POLICIAL ARGENTINO: La dama es policía- Capítulo 1

sábado, 5 de julio de 2008

La dama es policía- Capítulo 1






BUENOS AIRES, 1983
Estaba tirado sobre una mesa, en una habitación mugrienta. Una lamparita desnuda colgaba miserablemente del techo. Oyó voces. Voces masculinas. Era extraño: podía ver y oír, pero no sentir su cuerpo. Era como estar desprendido de su humanidad. “¿Estoy muerto?” Pensó palabras que se negaban a salir de su boca. Estaban allí, en el borde de su mente, las oía en su interior pero sus mandíbulas selladas no podían articularlas. El acto de respirar era tortu-rante. Se ahogaba por no poder coordinar los músculos del tórax. Algo, alguien oscureció momentáneamente la luz implacable. Un hombre. Rubio, de contextura fuerte, facciones algo abotargadas. Los ojos, de tan claros, parecían vacíos. Crueles, espantosamente crueles, igual que la expresión apretada de la boca.
—¿Cómo estamos? —Hizo algo con las manos. —No tiene sensaciones. Nada. Perfecto. Te pasaste, Mengele.
El que llamaban “Mengele” se acercó.
—Una obrita de arte. Hay que tener mucha mano para esto. El movimiento justo en la vérte-bra exacta. Y sin tocar la médula. Cirugía mayor, pibe. —Le palmeó la cara pero no sintió nada. El aire le faltaba dolorosamente.
—Te vamos a mandar de vuelta, franchute. ¿Entendés? Nous te renvoyerons. A ver si se de-jan de joder con esas putas monjas. Les monnes, tu comprends? Sí que entendés.
—Callate, boludo —comentó alguien que se acercó desde atrás de su cabeza. Un morocho de bigotes tupidos se inclinó sobre él: sudamericano típico, cabello negro, tez mate, facciones aindiadas pero atractivas. El rubio giró sobre sus talones y, por el ruido, había agarrado al otro por la ropa.
—No te hagas el gallito conmigo, Tigre. —La voz sonó ronca.
—Pará, Briga. Pero mirá si éste...
—Éste es un muerto vivo. Esta vez Mengele se lució de veras. Les mandamos un avisito: no jodan más. Acá el quilombo terminó y somos intocables. Váyanse a investigar a la mierda.
Intentó moverse otra vez pero su cerebro estaba desconectado del resto del cuerpo. Nada. La furia hizo lugar a la desesperación en sus ojos, lo único vivo que le quedaba. Sintió que le faltaba el aire, que sobre el pecho tenía una manta de plomo. El que llamaban “Brigadier” lo miró detenidamente, evaluando el trabajo. La satisfacción en los ojos del otro lo llenó de pánico..
—Vas entendiendo, ¿eh? ¿Querés saber lo que les pasó a tus monjas? —Se sacudió la entre-pierna con la mano derecha. —Esto les pasó. No nos gustan los terroristas. “Pelotón de fusi-lamiento" y "traslado".
—Se resistieron, las guachas. No querían firmar —acotó el morocho.
—Vístanlo, pónganle el pasaporte y el resto de los papeles en el maletín. De vuelta al hotel. El dueño ya sabe que llevan el paquete. Mañana avisa a la cana. Chau, Francia. Un placer.
Lo dejaron tirado en una cama, mudo, impotente, aterrorizado hasta la locura, hasta que al día siguiente llegó la policía.


PARÍS, LA DÉFENSE, 1996
Rebuscó entre los recortes desparramados sobre la mesa. Algunos tenían casi veinte años. Noticias de otro país, acerca de “patriotas” que habían cometido atrocidades contra aquellas mismas personas a las que habían jurado defender.
El concepto de "patria" es tan variable... "Patria" proviene de "pater", padre, figura mascu-lina y avasalladora que impone el orden social. Pero la tierra es mujer y hembra fértil, con-tención, consuelo, refugio y madre. Qué notable que los que inician las guerras lo hagan en nombre de los padres de la Patria, y los que se defienden lo hagan por la madre Patria. Te-rroristas fundamentalistas, — o fundamentalmente terroristas—, traficantes de cualquier cosa que valga la pena —y el dinero— traficar... Atentados inexplicados... Cuánta basura, cuánto desperdicio de seres humanos en aras del poder. No la libertad, las ideas o la patria: simplemente el Poder y lo que él consigue. La cinta de Moebius del poder tiene una sola cara llamada corrupción. ¿Es del todo inevitable que el poder corrompa? ¿Es tan fácil dejarse seducir por ese monstruo que promete el mundo a tus pies? Demasiadas respuestas afirmati-vas para que me guste.
Recogió los nuevos recortes y los acomodó en el orden cronológico correspondiente.
“No hagas esto; te lastima todavía más”, le había dicho Auguste.
Quizá quiera conocer mi propia capacidad de soportar heridas. ¿Quién conoce los límites de la resistencia humana? Quién sabe hasta dónde se puede aguantar para cobrarse una ven-ganza. Únicamente en la seguridad de su casa, en su más íntima soledad, se atrevía a confesarse que era eso lo que buscaba desde hacía años. Su secreto mejor guardado. El odio visceral lentamente acumulado, guiado por la fría cerebralidad de su trabajo como policía, un perro desesperado y hambriento buscando rastros viejos entre basura y huesos. La furia que le cerraba la garganta y no la dejaba hablar ni llorar.
Me estoy secando por dentro, yerma, vacía. Me estoy convirtiendo en un cascarón lleno de odio y rabia. Siento la hiel en la boca. Y tengo tanto miedo... Pero no podía decírselo a nadie, porque nadie podría comprender. En esos momentos, temía verse en el espejo y encontrar todo ese horror en su mirada
“No te consumas de esa forma. No se puede vivir con semejante obsesión”, había murmurado Auguste con dolor. "¡No es una obsesión! —hubiera querido gritarle—: Es lo que me mantie-ne viva. Si supieras qué fuerte es. Si pudieras comprender cómo me impulsa, cada día, cada momento de mi existencia, a seguir adelante. Quiero justicia".
Pero, ¿cuál justicia? ¿La que permite que los asesinos anden sueltos y aparezcan sonrientes en los periódicos, en aras de la “reconciliación” entre una nación humillada y un gobierno cobarde? ¿La que hace que los reclamos se estrellen contra un muro de soberbia indiferente, porque “algo habrán hecho”? No. Tampoco la justicia que se encoge de hombros, impotente o indiferente ante la agonía de aquellos a los que se supone debe proteger. Quiero la justicia más antigua de la Tierra. La de la tierra misma. La que me pide la sangre que llevo en las venas.
Se recostó en el sofá y cerró los ojos, agotada. El pecho le martilleaba de angustia. Tanto tiempo había pasado, y la sensación seguía siendo la misma.
¿Te das cuenta, Auguste, de que no puedo olvidar? Cierro los ojos y el desfile comienza otra vez. Monjas desaparecidas en un país con una guerra no declarada, reclamos diplomáticos inútiles, condenas estériles e igualmente inútiles in absentia, la esperanza de que pudieran encontrar algún rastro, el avión, Jean-Luc despidiéndose apasionadamente, los meses desespe-rantes sin noticias, el regreso, la camilla que bajaron con infinito cuidado.
El diagnóstico fue lapidario: síndrome de “locked-in”.
"El paciente pierde el uso de todas sus capacidades físicas, conservando sólo la posibilidad de parpadear como único medio de comunicación con el mundo. En muchos casos necesitan de un respirador durante varios meses, hasta que pueden controlar los músculos del tórax. Por lo que hemos comprobado, conservan Las facultades mentales intactas. No sabemos si conser-van la sensibilidad cutánea”. El médico hablaba y ella enloquecía a medida que lo escuchaba.
"Con el tiempo, algunos pacientes logran articular algunas palabras. Se produce por un accidente vascular, o una herida interna o externa en el nivel de la corteza cerebral. En el caso del inspector, el trauma no alcanzó el centro del cerebro, pero rozó la corteza, causando el sín-drome. No sabemos cómo ocurrió".
“No, no existe ningún tratamiento, por ahora”.
“No, no sabemos cuánto puede vivir en estas condiciones”.
“No sabemos de ningún afectado que se haya recuperado”.
“Lo sentimos mucho, señora. Podemos facilitarle literatura sobre otros casos. Si usted lo des-ea, puede informar al hospital los progresos de su marido. Las estadísticas son siempre bien-venidas. No hay mucho sobre el locked-in”.
Ellos lo sienten mucho y yo ya no puedo sentir nada.Jean-Luc estaba encerrado en su atroz capullo. Aquello que había sido un hombre, su hombre maravilloso y único, era un muerto en vida, prisionero de su propio cuerpo. Aquella mente brillante estaba desconectada del mundo, imposibilitada, anulada sin esperanzas. Sólo los ojos vivían para transmitirle su desesperación. Los meses en el hospital fueron terribles hasta que consiguieron comunicarse: parpadeos cortos y largos, en el viejo código Morse. “Amor” fue la primera palabra que Jean-Luc parpadeó para ella, y lloraron juntos.
Con infinita, dolorosa lentitud, logró contarle el horror que había visto y vivido. No una caída al azar, sino la entrenada mano de un médico, siguiendo las órdenes del Brigadier. Ella lo mi-ró sin entender. Secuestros, torturas, desapariciones, ejecuciones clandestinas, campos de concentración.
Le llevó días interminables deletrear cada palabra ante sus ojos horrorizados. Días llenos de furia impotente. Refugiados, exiliados que quizá pudieran informar. El Brigadier. ¿La embajada? No, también implicados.
Cada vez que salía del hospital, el pecho le dolía hasta la nausea. Como ahora. Subía al automóvil y aceleraba hasta que la adrenalina la aturdía y se detenía en cualquier parte, a cualquier hora. A veces lloraba a gritos dentro del auto lanzado a toda velocidad por el bulevar Periphérique. Perdió la noción de otros horarios que no fueran los de visita del hospital.
Recurrió a la embajada y trabó relación con una diplomática dispuesta a colaborar, una mujer de edad mediana, inteligente y hermosa, que comprendió su desesperación. La mujer la escuchó y prometió ayudarla en la medida en que pudiera. No estaba de acuerdo con su gobierno y el giro que había tomado el antiterrorismo en su país. Estaban matando a inocentes.
El contacto tuvo un final abrupto con el suicidio de la diplomática. Un asunto pasional, dijeron los medios. Estaba segura de que esa mujer jamás se habría suicidado. Quienes fueran que habían cometido el crimen, tenían el brazo muy largo. Y Jean-Luc seguía con vida y los conocía.
Decidieron trasladarlo a un lugar más tranquilo y seguro, fuera del hospital y algo alejado de París. Con Auguste buscó una casita en las afueras y la instalaron casi como una sala de cuidados intensivos, sólo que con custodia permanente. No la policía o un servicio privado. Debía ser alguien de la familia o recomendado por ella, así que, tras un rápido viaje a Sicilia, Auguste regresó con el primo Calogero Colosimo, que no hizo preguntas y se limitó a ponerse al corriente de toda la situación. Resultó ser un magnífico enfermero, además de guardaespaldas. Él mismo se ocupó de contratar al personal de limpieza y a una enfermera de día y de cuidar a Jean-Luc como a su propio hermano.
Cada noche ella corría a la casa, a dormir en la cama de su marido. “No importa que no puedas tocarme; yo sí puedo”, insistía ante la dolorosa negativa de él, y lo amaba como podía. Continuaron así hasta que la decadencia física avanzó tanto que él no soportaba el más mínimo roce sin que le provocara sufrimiento. Todos sabían que los cuidados a un postrado tienen un límite después del cual sólo queda esperar la muerte sin mayores dolores.
Bambina, él no quiere que vengas más —le dijo una noche Calogero—. Sufre mucho. Hablamos... Bueno, yo hablo y él... Pero nos entendemos, y él quiere... que lo dejes.
No le permitió continuar. Corrió a la habitación gritando enloquecida. ¿Por qué le hacía eso? ¡Arrojarla de su lado como a un perro! Lo sacudió, y lo soltó cuando se dio cuenta de lo que hacía. Se arrodilló al costado de la cama.
- ¡Por Dios, perdón, mi amor, perdón por favor...!
“Te amo, no quiero verte más”, parpadeó él, y luego cerró los ojos. Esa noche, ella se prometió que encontraría a los que les habían hecho esto. Te lo juro, mi amor. Los voy a aniquilar. Ahora, después de tanto tiempo, las piezas reunidas encajaban. La perversidad y la corrupción implícitas en lo que había hallado eran enormes, inauditas, y el poder que las respaldaba pare-cía no tener límites.
No importa; siempre existe un punto débil, una mínima grieta, la pequeñísima falla estructu-ral. No hay crímenes perfectos sino pruebas insuficientes. Pruebas perfectas, indiscutibles, no la sombra de una sospecha sino la impecable demostración del delito. Cada falla nuestra hace más fuerte al enemigo pues le muestra nuestras debilidades. Ahora tengo unos cuantos hilos de la trama en la mano. Quién sabe hasta dónde llegaremos. Quién sabe si nos conoce-remos las caras, Brigadier. Ansío ese grato momento.


PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES. PRINCIPIOS DE SEPTIEMBRE DE 1996
—Éstos son los principales lineamientos del caso, Dubois. La capitán Marceau le dará el resto de la información...
La puerta del despacho del comisario Massarino se abrió para dar paso a una mujer vestida con sobria elegancia.
—Tarde —recriminó a medias Massarino mientras se ponía de pie.
—Archivos me emboscó —y volviéndose hacia el teniente: — Odette Marceau —al tiempo que le tendía una manita inocente. Inocencia desmentida por la fuerza del apretón y unos ojos de terciopelo apenas entrecerrados que lo evaluaron de un solo vistazo.
—Dubois. Marcel Dubois — estiró una mano distraída mientras recorría la figura de la mujer que apenas le llegaba a los hombros. —No esperaba... — no terminó la frase y prefirió cerrar la boca.
Era un “nuevo” y no estaba al tanto de todos los chismeríos locales, pero conocía de oídas la fama de Madame la Veuve(1) . Absolutamente inaccesible, nadie se le acercaba más que para darle la mano o alcanzarle un expediente. Por lo que se sabía, la dama nunca había sentido interés alguno en cambiar de estado civil. Por lo que se comentaba, la dama era propiedad privada de algún Número Uno. ¿El sobrenombre haría referencia al estado civil o a alguna costumbre desagradable de Madame? La advertencia tomó la forma de un pinchacito a la altura de los testículos. No hay problemas. No es mi tipo. Nada más lejos, capitán. Prefiero las rubias. No me gustan bajitas, ni con curvas. Aunque tengan buenas piernas. No me importa. Las muñecas de porcelana no son mi estilo. Y además es una superior, viejo. La mirada de ella se volvió gélida al notar que la estaba observando apreciativamente. Dios, esta mujer puede petrificarte con un gesto. No podía despegarse de esos ojos terribles. Tuvo la sospecha de que ella disfrutaba de la inquietud que le desperta-ba.
—Le aseguro, teniente, que Marceau es la persona más adecuada para este caso —Massarino sonrió.
Marceau le ganó la palabra antes de que él pudiera replicar.
—Vamos a ponernos a trabajar. A mi cuartel general — con un gesto lo invitó a salir.
—Marceau —Massarino se estaba sentando para tomarse el café que, a esas alturas, debía de estar helado —. Uno de estos días deberías tratar de solucionar tu pleito con Archivos.
—Prefiero sobornar a los de Explosivos para que se ocupen... y contratar a un buen abogado — una chispa brilló en sus ojos al responderle al comisario.
Mientras iban hacia el ascensor, le habló sin dirigirle la mirada.
— Prefiero el tuteo.
— Yo también.
— Mejor así.
No volvieron a hablar hasta que en el estacionamiento, Odette se acercó a un autito deportivo negro, un modelo casi microscópico — al menos desde la altura y punto de vista de él —, de seis o siete años atrás.
—Vamos — el tono no admitía réplica. Marcel frunció el morro y rodeó el auto mientras encendía un Gauloise.
Al sentarse al volante, Odette lo miró de reojo:
—Por lo general, no me multan por estorbar el tránsito... y nadie maneja mi auto.
Quince minutos después, el automóvil se detuvo en el garage de un edificio de las afueras de París para dejar descender a un Marcel con opiniones totalmente renovadas acerca de las mujeres al volante de autitos casi microscópicos. De hecho ya había cambiado de parecer cuando cruzaron el puente de Neuilly, rumbo a La Défense, a una velocidad sensiblemente superior a la permitida y después de haber sorteado con éxito varios slaloms en el tráfico infernal del centro. Estos cacharritos italianos sí se agarran bien al suelo, admitió Marcel.
El edificio era una construcción elegante de piedra gris y negra con reminiscencias Art Déco. Subieron en silencio desde la cochera hasta el piso trece. El palier era severo y desnudo; dos columnas pintadas en faux-marbre negro flanqueaban la doble puerta de entrada. Odette te-cleó el código de acceso en una botonera que Marcel no había advertido, y la puerta se abrió al tiempo que se encendían las luces.
El salón del departamento tenía esa elegancia intacta y helada de los ambientes que no se usan habitualmente. Todo era impecable, desde los cortinados hasta la alfombra que debían costar unos cuantos sueldos; los cuadros y las porcelanas exquisitas; los muebles de diseño en cris-tal; los sofás de cuero — cuero natural, nada de vinilo, conjeturó Marcel — , a ambos lados de la mesa baja.
—Vuelvo en un momento — Odette le señaló los sofás mientras se perdía por un extremo de la habitación.
Parece que la dama está acostumbrada a dar órdenes. Ni una sola vez 'por favor'. Miró a su alrededor. El lugar era inhumano en su perfección. ¿Qué falta? No hay fotografías. Ni una sola. Ni un objeto personal a la vista. Extraño. ¿Es tan fría como para esto? Algo le decía que no. Por ejemplo, el delicado encaje del puño de sus medias, sostenidas por un liguero en-trevisto en el tajo breve de la pollera. Se removió inquieto en el sofá al oír pasos que se acer-caban.
Calzada en unos jeans más que gastados, con un suéter de cuello alto y unos cuantos inviernos encima y botitas de elfo, la imagen de Odette era bastante menos sensual que la que él había estado evocando diez segundos antes.
Ella dejó sobre la mesa una pila de papeles, muchos de ellos oficiales, junto con una laptop. Epa, la dama sí tiene influencias. Nadie estaba oficialmente autorizado a retirar documenta-ción de los archivos de la PJ. De ser estrictamente necesario, el papeleo era tan farragoso que era preferible olvidar el asunto y trabajar sentado ante los escritorios de mierda de las oficinas. Odette había desaparecido nuevamente para volver con una bandeja, tazas, zucarera y un cenicero. En un último viaje llevó el termo con café y se enroscó en un extremo del otro sofá. Marcel no pudo ocultar a tiempo la intensidad de su mirada. Ella le clavó los ojos de terciopelo sin un gesto que trasluciera alguna emoción. Nada. En esa mirada no había seducción ni reprobación. Ni un solo sentimiento: nada más lo petrificó. Se había levantado un muro invisible e infranqueable, y se sintió observado por una esfinge que podía matarlo o dejarlo vivir sin que a ella le importara en absoluto ninguna de las dos opciones. Tragó saliva y bajó los ojos sin hablar: el silencio era ensordecedor. Encendió un cigarrillo por hacer algo.
Luego de instantes eternos, ella comentó:
—Hay café y sandwiches. Estaremos trabajando hasta tarde. —Él asintió sin hablar. — Necesitamos tener todo listo para iniciar la operación lo antes posible.
—Odette, yo no quisiera...
—Tenemos que analizar las estrategias. Tengo todo lo del caso aquí y... —siguió hablando sin hacerle caso y se interrumpió al ver que él la miraba. —¿Qué pasa?
—Es que... no quiero molestar... y... bueno... la seguridad... —dijo, por decir algo.
—Marcel, garantizo la seguridad de este departamento. No hay interferencias de ningún tipo en la línea telefónica y controlo personalmente el circuito cerrado de televisión.
La respuesta no admitía réplica. Odette continuó.
—El comisario Massarino te habrá informado sobre esta nueva modalidad de operación...
—Sí, es un poco desacostumbrada —comentó, nervioso.
—Lo aprendimos de los terroristas: células pequeñas, perfectamente organizadas, que no conocen a otras células que operan dentro del mismo caso; sólo se informa a un oficial de rango, al que en ciertos casos no se conoce; especialistas que trabajan solos, supervisados por un único superior y que reciben órdenes exclusivamente de éste. Instrucciones precisas, específicamente codificadas para cada célula, con claves que cambian semanal o diariamente, según las necesidades... En fin, también el delito puede enseñarnos cosas.
—¡Suena a traficantes! —rió más distendido.
—O guerrilleros al mejor estilo del Che — ella sonrió por primera vez. Cuando lo hacía, los ojos le brillaban. Si sólo pudiera lograr que ella no se molestara... ¿Y por qué mierda tengo que preocuparme por su aprobación?
—¿Quién diseñó esta estrategia?— preguntó para ocultar la irritación.
—Entiendo que estás al tanto de las generalidades del caso... ¿Eh? —ella respondió a su pregunta sin detenerse—. Ah, yo. Yo propuse este método operativo. Está dando buenos resultados, en general. Lo difícil es encontrar personal lo suficientemente capaz y leal como para entrenarlo en los nuevos sistemas, que estén... “compenetrados con la causa”, por decirlo en estilo adecuado.
— Un ideal a seguir al mejor estilo guerrillero —asintió Marcel—. ¿Y te parece que tengo el fuego sagrado?
—No estarías aquí si eso fuera cierto — el “aquí” sonó a “en este mundo”, mientras la mirada se le volvía feroz durante una décima de segundo.
Entonces, lo habían elegido. Y los rumores eran verdaderos. Algunos comentarios siempre se filtraban. Existían, realmente, esos grupos especiales, y ahora él pertenecía a uno. La comprensión lo invadió en un instante luminoso, llenándolo a la vez de orgullo y miedo. ¿Qué hace esta mujer metida en todo esto? ¿Y me dice que es ‘su’ método? Nadie conocía a un “especial”, o al menos nadie sabía si uno de sus compañeros lo era, pero se hablaba en voz baja de la elite, sin hacer nunca referencias directas. Hasta hacía unos minutos, había creído que era sencillamente una más de las fábulas de la Brigada y ahora, él acababa de entrar a formar parte de una.

3 comentarios:

Gabriela - Las Terrazas dijo...

Me parece genial, como todo lo que sale de esa cabecita y transita, no la pluma sí las teclas!
AILOVIU SISTER

LOLI dijo...

MA ME ENCANTAN LAS COSAS QUE HACES SEGUI ASI , SOS BUENISIMA EN LO QUE HACES, TE AMO MUCHO,
YOUR SWAN PRINCESS.
GRACIAS POR MOSTRARME QUE LOS LIBROS NO SON SOLO PAGINAS, SINO MUNDOS LLENOS DE COSAS PARA DESCUBRIR

Anónimo dijo...

Una propuesta muy pero muy interesante! Habrá que seguir leyendo.Un cariño,
SILVIA