domingo 5 de julio de 2009

La dama es policía - CAPITULO 28

Foto de Flickr: Esprit de Sel
SUBURBIOS DE PARÍS, MARTES POR LA TARDE
—Comisario, use la máscara para entrar ahí abajo.
No necesitaba el consejo: el hedor del lugar se estaba filtrando desde el segundo subsuelo por el hueco del montacargas y por la escalera de incendio que rodeaba el hueco. La sorpresa había sido mucho más que desagradable, sobre todo porque las ratas presentaron batalla. Finalmente las combatieron con el método expeditivo del lanzallamas. Cerraron la puerta metálica tan rápidamente como lo permitió la cerradura eléctrica y esperaron a que se extinguiera el fuego, que se demoró sus buenos quince minutos, antes de volver a abrirla. Había olor a cloacas mezclado con el de la carne hedionda y quemada de esos bichos asquerosos, más otro, muy identificable, a cadáveres en descomposición.
Auguste ya conocía al enemigo: había sufrido la presencia ubicua de las ratas durante su infancia en las bambalinas y los sótanos de la Ópera-Garnier. Siempre había un tramoyista persiguiendo a alguna que intentaba comerse las cuerdas de los contrapesos; los vestuaristas se quejaban a la administración del teatro porque cada tanto, los trajes más antiguos aparecían mordisqueados; a pesar de los intentos de exterminio, las chicas gozaban de buena salud y de un increíble poder de recuperación.
Tuvo un encuentro cercano con una de buen tamaño una vez que, aburrido, se escurrió del camarín de sus padres durante un ensayo general. Fue a su lugar favorito, los talleres de escenografía. Tenía muchos amigos entre los escultores, pintores, carpinteros y demás artesanos que trabajaban en el teatro. Era tarde, el taller estaba vacío y subió por la escalera de una escenografía para deslizarse por la balaustrada. Cuando se estaba trepando, un bulto gris chilló delante de su nariz. Saltó por encima de él mientras la cola larga y dura le rozaba la cabeza. Él gritó y salió corriendo aterrorizado; en sus siete años de vida nunca se había enfrentado a un enemigo tan feroz. Tardó bastante en volver de visita al taller, pero tuvo la valentía de no contarle nunca a nadie que había huido frente a una rata. Durante un tiempo mantuvo una conducta tan ejemplar que su madre pensó que estaba enfermo.
Cuando Odette tuvo edad suficiente para acompañarlo en el safari, la llevó a ver la ruta de los bichos y las hileritas de paseantes que hacían equilibrio en la cuerda floja de los contrapesos de los telones. Afortunadamente, su hermana siempre mostró un respeto muy saludable por las chicas, y lo consideraba un héroe por su hazaña contra el rey de los ratones del "Cascanueces", que era casi la versión que le había contado de su encuentro con el peligro.
Para vanagloriarse, también la llevó a conocer al empleado de la empresa de exterminio de plagas. Odette le hizo tantas preguntas que el pobre tipo, aburrido de aguantarlos, rezongó preguntándoles si no serían los hijos del conde Drácula, tanto interés mostraban por las ratas. “No. Somos los hijos del señor y la señora Massarino”, respondió él. El hombre abrió la boca y la cerró con el asombro dibujándole una expresión cómica en la cara. Los hermanos aprendieron muy temprano la importancia de los nombres influyentes. Después, hecho un almíbar de amable, el hombre les dio una de las mejores clases de su vida sobre biología de roedores. Les explicó las costumbres y les mostró las señales del paso de los bichos, dónde dejaban los excrementos, qué comían —prácticamente de todo— y los sitios en los que preferían vivir y anidar; por último les mostró todos los venenos que llevaba. “¿Y si no quieren comerse el veneno?”, insistió la chiquita. “Entonces las corremos con fuego, pero eso es peligroso y sólo puede hacerse en cloacas o lugares que puedan cerrarse, para no dejar salir a las ratas o, peor, propagar el incendio”. Tampoco era cuestión de arrasar París por unas ratas de porquería.
—Comisario, habría que llamar al forense —la voz del oficial salía deformada por el filtro antigás.
—Vino conmigo. Está poniéndose la máscara.
Carajo, siempre creí que los forenses eran capaces de aguantar cualquier cosa. Los ojos del patólogo, única parte de la cara visible detrás de la máscara, se habían abierto de horror. No era para menos: aquello era un osario. Los hombres recogieron los restos en bolsas de plástico. Gracias al cielo que Odette no está aquí, pensó Auguste.



—¿Qué había?— preguntó Marceau a media voz.
—No creo que les guste— Massarino los miró a ambos con una mueca inconfundible. Un par de auxiliares del forense estaban cargando bolsas de plástico negro. Nikolai Paworski miró al comisario y señaló con la cabeza hacia el fondo del pasillo.
—Una auténtica Corte de los Milagros, ¿eh?
Massarino asintió, todavía asqueado y pálido. Ráfagas de hedor trepaban por el hueco del montacargas. Subieron a la planta baja en silencio. Por fin el comisario habló.
—Un minicementerio. Sin demasiados restos, porque las aguas servidas habrán arrastrado la mayor parte y los bichos hicieron lo suyo también.
—Habría que demoler este edificio de mierda hasta los cimientos— dijo el ingeniero sin mirar a nadie. Con lo que había visto con Marceau y Dubois en el pasillo del segundo subsuelo era más que suficiente para tirar abajo todo el lugar. Digna copia de un campo nazi de exterminio resultaron las catacumbas; habían reemplazado el horno por las cloacas.
—Los cimientos... —murmuró Marceau—. Estábamos en los cimientos del edificio...
—Los muros son muy viejos —comentó Massarino, y cruzó miradas con Marceau. Comunicación telepática. Cuando estos dos empiezan a hablar en código Morse, uno se queda indefectiblemente afuera, pensó Paworski, un poco molesto.
—¿Como las cloacas? —Marceau.
—Más viejos. En esta zona no son tan antiguas —Massarino. Y después de un silencio: —¿Pagaron para que la traza pasara por aquí?
—Qué vecinos influyentes... —acotó Marceau, sombría—. ¿Quién es el verdadero propietario? —y señaló con un movimiento de cabeza a su alrededor.
—Buena pregunta, mejor respuesta.
—Te atrapé, rata— Marceau no se refería a ninguno de los presentes—. ¿Qué tenemos?
—Nada, ni papeles ni escrituras— Massarino negó con gesto torcido —.Los abogados que detuvimos tampoco tenían nada.
—¿Extranjeros?
— Más que una posibilidad. Pero sería peor que buscar una aguja en un pajar.
—¿Ya te diste por vencido?— Marceau azuzó al comisario.
—¿Apostamos? — Massarino levantó una ceja desafiante.
—Pero si los encontramos...
—Nada. Si los encontramos, nada— aclaró Massarino—. Nada de desapariciones.
—Uf…— Marceau echó la cabeza hacia atrás, visiblemente molesta.
—Uf, un carajo— contestó el comisario.
Paworski los miró sorprendido. ¿Massarino tratando así a Marceau?
—No quiero movimientos raros. Es una orden.
E indiscutible, o por lo menos eso se desprendía de la expresión y el tono duro del comisario.
—Sí, comisario— Marceau aflojó los hombros y no volvió a replicar.
Ésta es buena. Parece que Massarino sabe cuándo aplicar el peso de la autoridad, el ingeniero sonrió para sus adentros.
—¿Qué es esa cantidad de carpetas que Dubois, Meyer y los otros llevaron a la Brigada?- preguntó Massarino.
El comisario cambió de tema. ¿Negociando la paz? Paworski paseó la mirada de uno a otro mientras ella explicaba.
—Paworski también encontró grabaciones de entrevistas.
—Vamos a tener unos días muy entretenidos cazando ratas por todo el país — Massarino esbozó una sonrisita siniestra.
—Ya lo creo — acotó el ingeniero — A los de la Riviera no va a gustarles nada arrestar a los que los invitan a las fiestas...
—¿Qué tal los próximos titulares de las revistas de actualidad? “Visitamos la elegante celda del barón von Deustche”... “Motín de presos por la falta de champaña en los almuerzos: Exigimos que se nos trate de acuerdo con nuestra clase social”... —Marceau tenía una expresión malévola.
—Abajo el clero y la monarquía— Massarino se rió.
—Viva la Revolución — y se rieron los tres.


Marcel corrió al gimnasio sólo para encontrar a Paworski que se ejercitaba con unas pesas. A los cincuenta y siete años, el ingeniero conservaba el físico ágil y nervioso de un deportista. Eran bastante más de las siete y media. Sin darse cuenta, Marcel golpeó el marco de la puerta de entrada con el puño. Mierda. Necesito encontrarla, hablar con ella. Paworski se volvió.
—Se fue hace diez minutos.
No hacía falta que dijera quién. El gesto de contrariedad de Marcel debió de ser tan evidente que, cuando daba media vuelta para irse, Paworski lo llamó.
—Dubois... —hizo una pausa, esperando que lo mirara—. Habitualmente me interesa un cuerno la vida del prójimo, y creo que eso es evidente —el ingeniero sonrió a medias. Marcel lo miró con el entrecejo fruncido.— Pero voy a hacer una excepción. No por usted, sino por Marceau.
¿De qué está hablando? Su silencio invitó al otro a continuar.
—No es fácil trabajar con alguien brillante, más inteligente que uno. Sobre todo si ese alguien es una mujer. Cuando se consigue aceptar ese hecho, trabajar con Marceau constituye un absoluto placer intelectual, del que personalmente disfruto tan a menudo como puedo.
Marcel se quedó sin palabras.
—Placer que, imagino... repito: i-ma-gi-no —remarcó Paworski— sólo debe ser superado por el de llevarla a la cama.
Marcel lo miró con la mandíbula encajada y los puños apretados, pero el otro no se amilanó.
—No cometa el error de subestimarla, Dubois. Sus compañeros anteriores fueron unos imbéciles que, o no soportaron que ella fuera dos pasos delante de ellos, o creyeron que era una muñequita con la que entretenerse en horarios de trabajo.
—Nunca... nunca pensé en ella... de esa forma —. Era cierto.
—Le creo. Segunda advertencia, teniente. No crea en las estupideces que circulan por este lugar. En los años que he pasado aquí, nadie ha podido alardear de haberle tocado siquiera un pelo de la cabeza. Y no sólo eso. Estoy por demás seguro de que ella jamás ha sido ni será la amante, no ya de los que le adjudican de oficio, sino de ningún tipo que camine por la faz de la Tierra, simplemente porque no es segunda en nada ni de nadie — Paworski hizo una pausa, esperando que asimilara lo que acababa de decir. —¿Sabe? Tiene una voz magnífica. Una vez le pregunté por qué demonios no se había dedicado a la lírica en lugar de venir a hacerse matar en la Brigada. Me respondió que las contralto nunca son prime donne. ¿Entiende lo que quiero decir?
Marcel bajó la cabeza, atormentado por los recuerdos. Dios, cómo pude...
—Pero... —vaciló. Paworski parecía saber —¿Y... Massarino? —preguntó casi sin voz.
—Observe, Dubois. Aprenda. No sé qué clase de relación tienen pero no es lo que el populacho imagina.
Marcel se sobresaltó pero no abrió la boca. Paworski siguió.
—Es algo mucho más profundo... pero no carnal, no al menos de cuestiones de cama. A veces pareciera que se leen la mente mutuamente, y eso me da escalofríos... Es extraño de entender... pero comparten algo muy íntimo... que no es el dormitorio.
Hicieron un silencio muy largo. Por fin se atrevió a preguntar otra vez.
—¿Por qué me dice todo esto?
Paworski hizo una pausa. Lo miró a los ojos y Marcel reconoció sus propios sentimientos en el otro.
—Porque yo también estuve enamorado de ella.

BUENOS AIRES, MARTES POR LA TARDE
—¡Dame ese fax! —se lo arrancó de las manos con violencia. Ahí estaban. Los nombres, las direcciones. Las fotos.
—¡Pará, boludo! ¡Lo vas a romper!
—¿El tipo quién es? —preguntó el Tigre.
—El comisario que dirigió el copamiento.
—¿Y ella? ¿Es la minita del quía?
—No. Cana también. La hermana.
—¿De quién?
—¡Del comi! ¡Dejame de joder!
Mengele se acercó en silencio, a leer por encima de su hombro.
—Marceau —murmuró ominoso—. Igual que la encomienda.
El Brigadier miró con esos ojos azules terribles.
—¿Qué querés decir?
—Lo que te vengo diciendo desde hace un montón. ¿No te acordás de cuando al Tano lo fueron a ver esos “parientes”? ¿Lo que le habían preguntado?
—¡Carajo, siempre hinchando las pelotas con eso! ¡Pasó hace trece años! ¿Quién mierda...?
—Ella, pelotudo —se le acercó hasta que pudo sentirle el aliento—. Es la mujer. ¿Por qué mierda no leés? —Mengele estaba blanco de rabia. Parecía a punto de pegarle una trompada.
Es cierto. Yegua de mierda, ¿buscás vengar a tu macho? ¿Nos cagaron todo un operativo de años por cargarnos a un cana? Miró la fotografía. No tiene nada que ver con el tipo. Él tendría arriba de cincuenta si viviera. ¡La puta que la parió!
—¿Estas fotos son actuales? — el Tigre ocupándose de minucias, como siempre.
—¡Cómo no van a ser actuales! —rugió Mengele.
—Linda, la turra —se miraron con Cachorro—. Che, Mengele, ¿estás seguro de que es la mujer del paquete? Es un poco joven.
—¡Terminen de hablar pelotudeces! — el Brigadier los fusiló de una mirada.
—Cagamos. El jefe está caliente.
—Nos vamos para Lisboa. Vos —al Tigre—, vos —al Cachorro—, el Mula y el Yarará vienen conmigo. Como ordenó el viejo, pero antes vamos a dar un paseíto por Europa.
Hizo una pausa y siguió con el odio tiñéndole la voz.
—Tenemos un fin de semana. No lo voy a desperdiciar. Mengele, vos también. Estamos todos en el mismo barco.
—¿Y si se avivan?
—¡De qué!
—¡De que no fuimos! ¡Las órdenes son estar antes del lunes! —el Cachorro siempre tan obediente.
—Las conexiones con África son una mierda. El Yarará ya se comió sus buenos plantones anclado en Lisboa y Dakkar.
—Seguro, hermano— el Yarará asintió. —Además, es un “toco y me voy”, ¿no, jefe?
El Brigadier lo miró con furia, pero después se rió.
—“Toco y me voy”... Va a ser un poquito más que “toco”...
—¿Qué pensás hacer? —Mengele se cruzó de brazos, con cara de culo.
—Los voy a reventar. A la puta esa y al hermanito.
—Estás pensando en caliente. Eso no sirve, es una pelotudez. No podés pisar la mitad de Europa. Y estás desobedeciendo órdenes directas.
—No me busqués, Mengele.
—No te pongas al viejo más en contra todavía. Bastante quilombo tenemos como para que te dediques a asuntos personales. Ya hablaste con el tira de allá. Dejá que se encargue él.
—¡Es un pelotudo! ¡Un inútil! Hoy, ¿entendés? ¡HOY consiguió todos los datos! ¡Forro! Como no se encargue de los que le tocan a él, lo reviento. Esos canas ya se cargaron prácticamente a todos —bajó la voz, ronco de rabia—. Falta que vengan a golpear la puerta para rompernos el culo en casa. No, macho, los voy a hacer mierda personalmente.
—¿Y vos qué sabés si consiguieron los datos hoy? ¿Te creés que arriba no estaban enterados de quiénes eran?
Lo miró furioso. Sí, el viejo tiene que saber. Guacho de mierda, ¿lo supo todo el tiempo? La boca se le deformó en una mueca de violencia. ¿Y por qué los va a perdonar? ¿Tiene miedo? ¿De quién? Si nadie nos toca el culo. ¿El viejo se volvió cagón? No. El pensamiento lo azotó como un trallazo. Es un manejo de Ortiz. Negro de mierda, te diste el gusto de ponérmelo en contra. Estás todo el tiempo con él, llenándole la cabeza. Me odiás y yo también te odio. Me quitaste el lugar junto al viejo, pero te voy a devolver el favor. Nadie me va a sacar lo que me pertenece ni decirme lo que tengo que hacer. Voy a arreglar este quilombo, y cuando vuelva, van a saber quién manda. Se terminó Ortiz. Se terminó el viejo.
La decisión le recorrió el cuerpo con un estremecimiento. Se terminó el viejo. La sola idea del poder que iba a caerle entre las manos le sacudió la entrepierna.
—Te estás jugando la cabeza por una calentura... —insistió Mengele ante su silencio.
Agarró al doctor del cuello de la camisa y lo sacudió contra la pared.
—¿Qué te pasa? ¿Tenés sangre de pato? Cuando hay que apretar a alguno, mandar a la parrilla, trasladar, cogerse minitas, laburo fácil, ¿eso sí te gusta? ¿Reventar por encargo a periodistas sí te gusta? ¿Y ahora que hay que defender lo nuestro, me decís que estoy caliente? ¡Claro que estoy caliente! —lo sacudió de nuevo—. ¡Muy caliente! ¡Tanto que la puta esa va a maldecir el día en que nació!
Siguió sacudiéndolo y golpeándolo. Para cuando pudieron sacárselo de entre las manos, Mengele estaba muerto.
—Tírenlo por ahí. Total, a este hijo de puta no lo quería ni la familia. Preparen todo. Y ni una palabra del paseíto.
—Sí, señor.
El Tigre le hizo señas al Cachorro. Se acabó la joda. El jefe se calentó en serio.

domingo 28 de junio de 2009

La dama es policía - CAPITULO 27


SUBURBIOS DE PARÍS, MARTES POR LA MAÑANA
—¿Qué es este lugar? — dijo Odette para sí.
La habitación era espléndida, en contraste con la sobriedad espartana del resto del edificio. Tuvo una sensación desagradable y desabrochó la cartuchera. Mejor estar prevenida. Detrás de ella, Marcel respondió a su pregunta.
—La “sala de audiencias”, por ponerle un nombre. Acá me entrevistaron cuando me admitieron.
Lo miró por encima del hombro. Lo último que quiero es estar a solas con él. Y menos en este lugar de mierda. Se alejó hacia las paredes para recorrer el perímetro de la habitación y al cruzar delante de uno de los paneles de boiserie, tuvo una sensación rara. Aire frío. Esta habitación no tiene ventanas. Retrocedió. Le hizo un gesto imperioso a Marcel, que trataba de hablarle. Se pegó a la pared y pasó varias veces la mano por delante de las molduras. Definitivamente, una corriente de aire. Caminó hacia atrás, al centro de la habitación, y le hizo señas a Marcel para que se acercara. Detrás de él ahora había otros dos hombres, también en silencio.
—¿Hay otra puerta? — le susurró al teniente.
Él se encogió de hombros. Fue otra vez hacia la pared, con Marcel respirándole en la nuca. Recorrió las molduras mientras la anticipación le batía el pecho. Tres muescas seguidas. Para una mano más grande que la suya. Giró para hacerles señas a los otros de que se pusieran a cubierto. Marcel y ella se pegaron uno a cada lado del panel y, anticipándose a su gesto, el teniente indicó a los que estaban detrás que apagaran la luz. Bien hecho, Cro-Magnon. Apretó los dientes. Se miraron y sacaron las armas en silencio. Movió la cabeza para la cuenta de tres y apretó las muescas. La puerta se soltó silenciosa y del otro lado terminaron de abrirla violentamente, al tiempo que disparaban en la oscuridad. Ellos tenían por el momento la mejor posición, porque desde el otro lado llegaba una luz clara que les permitió ver al tipo una fracción de segundo antes.
El otro tenía reflejos de cobra. Retrocedió por el túnel disparando y giró para escapar, con la ventaja del que conoce el terreno. Marcel la empujó a un lado y corrió detrás del hombre.
—¡Vamos! —Odette hizo una seña con el arma, y los otros dos oficiales la siguieron al túnel. Dejaron de oir disparos. En un recodo tropezó con un cuerpo tirado en el suelo. Se agachó a mirar y distinguió a Marcel. Se le estrujó el estómago.
—¡Dubois está herido! —gritó, saltando por encima del cuerpo del teniente.
¡Hijo de puta, te voy a destrozar en cuanto te alcance! Mientras corría alcanzó a ver dos bultos a contraluz. Estaban saliendo. Disparó tres o cuatro veces y oyó un aullido de dolor. Del otro lado había gente gritando. ¡Son los nuestros! Llegó hasta el hombre, que trataba de manotear el arma; pateó la pistola lejos de él y lo encañonó. Del otro lado del corredor entraron dos uniformados con linternas. Mientras esposaban al tipo y lo sacaban a la calle, alguien le tocó el hombro. Marcel.
—¿Estás bien? — preguntó Odette casi sin voz.
—Había dos. El otro estaba esperando en el recodo y me golpeó.
Marcel tenía un raspón bastante grande en la sien. Odette dio media vuelta y salió para que él no la viera respirar con alivio. Gracias a Dios la prioridad de los tipos era salir de ahí. En la calle estaban subiendo a un suboficial a una ambulancia, herido en el hombro.
—Se metió en un auto y escapó, capitán —le dijo el hombre cuando se acercó. Podía oír las sirenas. Se aproximaron a ver al herido en la pierna, antes de que lo cargaran en otra ambulancia.
—D’Ors —dijo Marcel con rabia contenida.
El otro volvió la cabeza.
—De Biassi... un cana...—el tipo mordía las palabras. —...Y esa puta... —la miró y al reconocerla abrió mucho los ojos. —¡La monja!... Tendría que haber... dejado que Hamad te la diera en el camión...
El levantador de pesas. Odette tuvo que hacer un esfuerzo para guardar el arma. Marcel, pálido de furia, avanzó un paso hacia la camilla. Lo retuvo mientras cerraba los ojos.
—Lo necesitamos vivo —siseó—. Y si alguien vuelve a llamarme “puta”, lo dejo hecho un despojo.


Ing. Nikolai Paworski
—Lo perdimos, teniente —el suboficial del patrullero le avisó a Marcel —. Encontramos el automóvil abandonado en un callejón.
Habían recorrido los edificios cercanos, pero nadie había visto nada. Marcel apretó los dientes. ¿Quién mierda sería el otro? Alguien tan peligroso como D’Ors, posiblemente Hamad. Volvió a entrar, esta vez por el corredor. En el encuentro con la “sala de audiencias” había otra puerta. Oyó voces y se detuvo antes de entrar.
—¿Pudieron sacarle algo a Savatier? —preguntó alguien. Un hombre.
—Nada importante. Es un segunda línea —respondió una mujer en tono seco: Odette.
Se asomó. Ella estaba de espaldas a la puerta y no lo vio. La habitación era una sala de monitoreo con cuatro pantallas y equipo de circuito cerrado. Paworski en persona estaba operando las consolas y verificando las cámaras.
—¿Y Beaumont? —volvió a preguntar el ingeniero y ella se encogió de hombros. —Ah, cierto, todavía no puede hablar.
Después de unos momentos mientras Odette hojeaba algo, Paworski continuó:
—Savatier, Beaumont, ¿quién más? —no esperó respuesta. —Estaba de muy mal humor... ¿Tuvo un mal fin de semana? —Paworski sonrió irónico y al ver a Marcel le hizo señas para que entrara.
Odette se volvió con unos papeles en la mano y lo vio. Marcel se quedó con la boca seca al enfrentarla. Desviando la mirada, ella respondió:
—Digamos que el balance no fue muy positivo —cambió rápidamente de tema. —¿Encontró algo?
La delicadeza de ella al responder a Paworski lo hizo sentir un insecto. Hubiera querido disculparse a los gritos. ¿Qué mierda tiene que hacer Paworski en este lugar?
Las paredes del cuarto estaban cubiertas de cajones de archivo con carpetas, varias de ellas abiertas. D’Ors y el otro habían ido a robar esos papeles. Odette estaba revisando algunas de esas carpetas y le alcanzó una.
—¿Te resulta conocido? —le preguntó mientras hojeaba otro expediente, sentada sobre una mesita junto a las pantallas.
Marcel abrió la carpeta: sus propios antecedentes. Los papeles y cartas con que se había presentado en la Orden. Paworski comentó:
—Tengo imágenes.
Se acercaron a las pantallas. Era la entrevista que Marcel había mantenido con Jacques.
—¿Qué sentido tendría grabar las entrevistas? —preguntó el ingeniero.
—Estudiar al sujeto más a fondo, imagino. Porque seguramente alguien se sentaría de este lado a obervar —respondió Odette, y extendió la mano hacia él—. Dame tu carpeta. Quizás haya algo registrado después de esa entrevista.
Se la entregó y ella pasó rápidamente las hojas.
—Acá —se detuvo a leer. —La fecha... Kolya, ¿hay fecha registrada en el video?
A Marcel le dolió que ella llamara al otro por su diminutivo. El ingeniero verificó en los equipos.
—La grabación de Dubois fue, a hoy... hace tres... casi cuatro semanas.
—Bien, coincide —ella siguió. —Qué increíble... —dejó la carpeta sobre un monitor y con la mano ocultó una media sonrisa irónica.
—¿Qué increíble qué? —preguntó Paworski, mientras Marcel tomaba los papeles y los hojeaba. Al llegar a la página que Odette acababa de leer, dio un respingo.
—Cristo.
—¿Qué increíble qué? —repitió el otro, intrigado.
Odette se bajó de la mesa y, mientras salía, comentó:
—Que a Dubois lo salvaran los Murati. —Desde la puerta les dijo: —No cierren ningún cajón de los que abrieron esos dos.
Los Murati de mierda me salvaron el cuello. Ella me salvó el cuello al insistir en que no fumara Gauloises.
—Dubois, mire.
Las pantallas mostraban celdas. El ingeniero movió otro dial y apareció una de las salas con la grilla metálica. Se veían trozos de vidrio en el suelo. La imagen cambió a diferentes ángulos y se acercó y alejó alternadamente.
—¿Qué harían allí? —murmuró. Marcel tragó saliva. ¿En ese lugar obtenían los audiovisuales de Vaireaux?
—Atrocidades —fue lo único que pudo articular.
En ese momento, Odette regresó con dos hombres. Uno de ellos cargaba dos cajas grandes.
—Strauss —le ordenó al suboficial que llevaba las cajas—, tome todas las carpetas que están en los cajones abiertos y guárdelas por separado. No quiero que se mezclen con las otras.
—Sí, capitán —Strauss se puso a trabajar.
—¿Qué buscamos? —preguntó Marcel. Estaba decidido a no permitir que ella lo excluyera. Carajo, estamos trabajando juntos en esto.
—A quiénes querían salvarle el culo D’Ors y el otro —fue la respuesta seca—. Teniente Meyer, cuando Strauss termine, recoja las demás carpetas. Están ordenadas alfabéticamente. Divídalas entre usted y otros dos o tres. Separen a los franceses de los extranjeros; verifiquen si los extranjeros tienen pedido de captura, ya sea de Interpol o de algún país en particular. Con los franceses, el procedimiento de rutina. Informen a la Gendarmería. Muchos deben de estar bajo un alias. Trabajen con las fotografías. Investiguen también a los... ¿cómo les llamaban? —le lanzó una mirada rápida.
—Representados.
—Eso. Sobre todo a ellos... Son casi más importantes que los amigos de Dubois...
—No son mis amigos... — Marcel se molestó.
—Es una forma de decir... Meyer...
—No me gusta —la interrumpió Marcel. Ella contuvo un gesto de disgusto y Paworski se volvió hacia las pantallaspara que no lo viera contener una sonrisita. Meyer los miraba con cara de “mejor vuelvo más tarde”. Marcel cayó en la cuenta de que se estaba comportando como un cretino y cerró la boca.
—No quise ofenderte — Odette se disculpó secamente y continuó sin mirarlo: — Meyer, con respecto a estos últimos, verifique los nombres con los del listado de propietarios de cruceros que tiene Massarino. Ahí figuran los puertos donde amarran habitualmente —miró el reloj. —Si nuestra maravillosa red de comunicaciones no está ya fuera de servicio, por favor pase la información y que no permitan que ninguno zarpe ni efectúe operaciones de carga o descarga. Deberíamos librar las órdenes de requisa y arresto lo antes posible.
—Eso puede provocar un incidente internacional —intervino Paworski—. ¿Qué pasa si no encuentran nada en bodega? Además, a los chicos de la Riviera no les gusta que los de la Prefectura de París les demos órdenes.
—Con la información que escupió el centro de cómputos de la Orden alcanza para encerrar a la mitad del jet set naviero por tráfico de armas y estupefacientes —respondió ella en tono apenas sarcástico—, y si eso no basta a los elegantes y respetuosos oficiales que se ganan tan duramente la vida en la Côte d’Azur, los miembros del tout Monte Carlo son sospechosos de homicidio.
—¿Homicidio? —Meyer estaba sorprendido.
Por supuesto. No está al tanto de todas las actividades de la Orden, recordó Marcel. Intervino, en parte para disculparse con Odette.
—Mis “amigos” se dedicaban también a la trata de blancas —aclaró—, para una clientela muy selecta y que pagaba increíblemente bien por el servicio exclusivo.
—Pero entonces... las mujeres... ¿no podrían estar vivas en alguna parte? — Meyer los miró a Odette y a él. —En ocasiones... ya saben, las llevan y las encierran en... no sé... para... —la frase le estaba costando. —...usarlas... varias veces... Perdón, capitán. —el teniente casi se sonrojó.
—No, viejo. Están muertas —Marcel inspiró para tomar coraje y decir lo que seguía. —Era lo que aseguraba la continuidad del negocio. Ninguno las mantenía con vida por más de... una o dos semanas. —Odette miraba el piso, los brazos cruzados sobre el estómago. —Un tipo que paga por vírgenes no se interesa en las que dejaron de serlo...
Se quedaron todos callados, mirando a cualquier parte.
—¿Cómo obtuviste esa información?
Marcel levantó la vista hacia Odette, que había hecho la pregunta.
—Jacques me lo dijo.
—¿Jacques?
—Lo viste en la grabación; el tipo que me entrevistó. —Ella asintió. —Creo que le había caído bien... —se quedó pensativo; los demás esperaron a que continuara. —Parecía militar, o al menos tenía toda la actitud física, la forma de expresarse, de dar las órdenes... Supongo que por esa razón mi cobertura como ex Casco Azul funcionó bien... Me pareció que le gustaba... En una ocasión me preguntó con qué frecuencia yo estimaba que Al Faid utilizaría el “servicio”, para programar las selecciones... y luego hizo ese comentario de las dos semanas...
Buscó nervioso un Gauloise y se demoró en encenderlo. Cuando miró por encima de la llama del encendedor, Odette tenía un puño apretado contra la boca y la mirada perdida. Meyer y Paworski guardaban un silencio ominoso y, más atrás, Strauss había dejado de simular que ordenaba las carpetas para parar las orejas.
—O sea que las cinco mujeres que se rescataron... —Paworski no terminó la frase.
—Son las únicas que sobrevivieron —el Gauloise le tembló en la mano —.Nunca las vi mientras estuve aquí dentro. No sé qué harían con ellas, pero supongo que... sería muy... violento.
—De acuerdo con las denuncias de desaparición que conocemos y los registros que encontramos aquí, asesinaron a más de noventa religiosas —la voz de Odette era un murmullo.
—¿Religiosas? —susurró Paworski.
Marcel levantó la cabeza; el ingeniero estaba desagradablemente asombrado y paseaba la mirada de a Odette a él. Paworski estaba completando el rompecabezas del operativo con información fresca.
—Monjas y novicias. Más o menos jóvenes, más o menos bonitas. Todas vírgenes —aplastó el cigarrillo con saña mientras terminaba la frase. Hubo un silencio largo y pesado.
Repentinamente un bulto gris se disparó entre los pies de todos. Odette se sentó de un salto sobre una mesa, con una exclamación. Strauss dio un paso hacia atrás con un insulto.

—¡Carajo, una rata!
Afortunadamente, el animal estaba más impresionado que ellos, porque salió huyendo por la sala de audiencias hacia el corredor principal.
—¿De dónde salió? —Meyer estaba más asustado de lo que su tamaño podría dejar imaginar. Parece que es cierto eso que los elefantes se asustan de los ratones.
—No sé. —Strauss estaba pálido. —Dios, y yo estuve tocando estos papeles... —puso cara de repugnancia. —De ahí abajo, creo —dijo, señalando los cajones cercanos al suelo.
Odette bajó de la mesa, se acercó a los archivos, sacó dos o tres carpetas y las revisó; luego sacó el cajón.
—Está limpio.
—¿Limpio? —preguntó Strauss.
—No hay excrementos y los papeles no están mordisqueados. La madera tampoco. No tuvo tiempo de comer —quedó pensativa. —El bicho vino de otra parte.
—De la calle, seguramente —Meyer seguía asustado.
—No. Corrió hacia el otro lado. Estas chicas recorren siempre el mismo camino.
Marcel siguió a Odette hasta la sala de audiencias, y la vio revisar el escritorio.
—¿Ves? —le mostró ella mientras, acuclillada, examinaba la alfombra —.Está todo sano. Si los bichos anduvieran habitualmente por estos sitios, habría marcas en la madera, o habrían comenzado a roer la alfombra.
—Qué grandes conocimientos de zoología —se burló Marcel—, o más bien de “ratología”.
Odette abrió la boca, seguramente con toda la intención de decir algo mordaz, pero se contuvo y continuó con el mismo tema, en tono de voz contenido.
—Esa rata estaba muy bien alimentada. Tenía casi el tamaño de un gato.
Marcel se acercó y, mientras ella se ponía de pie, no pudo evitar hacer el comentario.
—Con tu tamaño, todas las ratas deben de parecer gatos.
Ella no se molestó en volverse.
—Dubois —y lo hizo sonar como sinónimo de “idiota”—, evidentemente, la falta de oxígeno en el aire a “tu” altura afecta el funcionamiento cerebral.
Dubois, podrías haberte ahorrado el papelón. Ella salió sin dignarse a mirarlo y se asomó al corredor. Él la siguió como un perro.
—Me porté como un imbécil —susurró con voz compungida.
—Ya me di cuenta. ¿Adónde va esa escalera? —le preguntó secamente.
Él agradeció la tregua.
—Arriba, a los dormitorios y al gimnasio. Abajo, al comedor, las cocinas y el montacargas que lleva a los subsuelos.
—Vamos a ver.
—Odette, ya revisamos todo el edificio.
—Y hasta ahora no habían encontrado ratas...
—¡No! ¿Qué mierda te importa una rata? —los putos bichos lo estaban poniendo nervioso.
Paworski se había asomado y los había seguido. Se está divirtiendo a mi costa, carajo.
—Teniente, creo que entiendo lo que Marceau quiere decir.
Los dos miraron al ingeniero, que se acercó mientras explicaba:
—Cuando uno vivió su infancia en medio de la guerra, aprende que donde hay ratas posiblemente haya algo para comer. No siempre del agrado de uno, claro. Ya sabe, estos bichitos comen cualquier cosa.
—Entonces están en las cocinas...
—Marcel, dijiste que no encontraron nada cuando inspeccionaron el lugar. Y seguramente había comida todavía. —Él asintió. —Y chocolate por todas partes. Entonces, si hay comida decente, y el olor del chocolate que debería volverlas locas, ¿por qué mierda esos bichos no aparecieron hasta hoy? ¿No será que tendrían algo mejor que comer?
La miró y entendió. Dios, no.
—¿Cuántos subsuelos tiene el edificio?
—Hay nada más que dos.
—Entonces —comentó Paworski— el segundo debe de estar al nivel de las cloacas de esta zona. No es raro que haya ratas del tamaño de gatos. Podría haberlas del tamaño de focas, por lo que sé.
—Vamos. Quiero ver el lugar —insistió Odette.
Salieron del montacargas al corredor que daba a las salas con frente vidriado. No pudo evitar el escalofrío. Un portón metálico cerraba el otro extremo. Una botonera con un par de teclas, una roja y la otra verde, permitía la apertura y el cierre. Entraron en silencio, y el olor a humedad y rancidez les azotó el olfato.
Era un pasillo estrecho, escasamente iluminado con tubos fluorescentes. Apenas se entraba había una habitación sin puerta, con un tablero eléctrico, un escritorio grande y sillas. A lo largo del pasillo se alineaban puertas metálicas con una ventanita en cada una. Una puerta ciega de mayor tamaño cerraba el final del corredor. El conjunto era lúgubre.
Paworski se acercó al tablero y accionó unos interruptores. Una de las puertas del pasillo se abrió. El interior era un cubículo ínfimo y sin iluminación. El olor a humedad era más fuerte todavía en el interior, mezclado con otros que le agredieron los sentidos. Olor a orina y a fluidos humanos en descomposición. Casi tuvo una arcada. Cuando miró otra vez al interior, Odette estaba parada en medio de la celda, con la mirada perdida.
—Por favor, no te quedes ahí —dijo Marcel, sin poder evitar otro acceso de asco.
Ella estaba de espaldas cuando le respondió en voz baja y entrecortada:
—Estuve aquí... —continuó casi en un murmullo—. No podría olvidar el olor en toda mi vida... —recorrió el cubículo en tres pasos. — Pobres mujeres... pobrecitas... —salió rápidamente, evitando mirarlo.
Él tardó unos segundos en digerir la frase. Cuando giró hacia ella, Odette estaba de cara a la pared, con los brazos cruzados fuertemente y la frente apoyada en el muro húmedo.
—Mi Dios... —la comprensión lo horrorizó. —Odette, vámonos de este lugar.
—Todavía no... —ella inspiró para recuperar el control.
—¡Dubois, Marceau, miren! —los llamó Paworski, que se había quedado manipulando el tablero—. Es el mismo sistema de apertura y cierre de puertas que en las prisiones— accionó varios interruptores y las puertitas del pasillo se abrieron y cerraron. Lo mismo el portón que separaba ese sector del resto del segundo subsuelo. —Y, miren, las paredes de las puertas son de construcción bastante más reciente que el resto.
—¿Nunca estuviste en este sector? —insistió Odette, que había recuperado la compostura y estaba prestando suma atención al lugar.
—No. Bajé una sola vez a este subsuelo.
—Dos.
—Bueno, sí. Dos veces —la carrera furiosa hasta la salida le saltó a la memoria. —Ahora vámonos.
—No. Quiero ver qué hay detrás de esa otra puerta —y se alejó hacia el otro extremo del pasillo.
—¡Es una locura! Si hay ratas, no las quiero sueltas por acá. Basta. ¡Subamos!
La tomó por un brazo y ella se volvió, la mano libre describiendo un arco que él adivinó dónde terminaría. Le sujetó la mano y se miraron rabiosos. Caprichosa de mierda. Apretó sus manos alrededor de las muñecas de ella y tiró atrayéndola hacia sí. ¿Ves qué frágil puede ser una mujer? Paworski habló desde adentro de la habitación con el tablero de mandos. Carajo, me olvidé de que estaba ahí. Marcel tragó saliva y la soltó; si las miradas asesinaran, él ya estaría degollado.
—Dubois tiene razón. Déjese de estupideces, Marceau y salgamos de aquí — Paworski terminó la frase mientras se asomaba.— Además, nuestras vecinas ya abrieron una vía de escape por alguna parte en este sitio. Son mejores que un batallón de ingenieros para eso. La visitante que vimos podría querer traer refuerzos.
Por una vez, Marcel agradeció la interrupción. Odette los miró a los dos y apretó los dientes.
—Tenemos pruebas concretas de que aquí también asesinaron a varias mujeres. Por lo menos a veinticuatro. Si lo que creo es correcto, hubo hombres entrenados por la Orden que no cumplieron con lo que se esperaba de ellos, y también los eliminaron.
—Y si las cloacas y los bichos están tan cerca... no hace falta preocuparse demasiado por los cadáveres —la idea era tan repugnante que le retorció el estómago.
—Bravo, Dubois, te despertaste. Buenos días.
No te ibas a perder la ocasión de ser sarcástica, capitán. Tuvo ganas de estrangularla. Ella también debe de tener las mismas ganas, así que estamos a mano. Paworski debe de estar pasándola en grande a costillas de los dos. Milagrosamente, Paworski decidió actuar como mediador en el conflicto.
—Les propongo algo: vamos a buscar a nuestra gente arriba y que se ocupen de revisar este subsuelo. Hay un interruptor en el tablero que abre la puerta grande del fondo. No quisiera estar aquí cuando la abran, y sugiero que se ocupen los bomberos. Ellos se las arreglan mejor con las cloacas, las ratas y todo lo otro que puedan encontrar.
Gracias a Dios, Odette estuvo de acuerdo. Segunda tregua del día.
Volvieron a la sala de monitoreo y Odette salió a pedir los efectivos que necesitaban. Él y Paworski pusieron a Meyer y a Strauss al tanto de lo que habían encontrado. Odette regresó a los diez minutos.
—Una unidad vendrá en una hora. Vamos a ver qué encuentran.
—Capitán —interrumpió Strauss—, terminé con esto. Son veinticinco carpetas.
Odette le sonrió con desarmante gentileza.
—Gracias por esperarme, Strauss. Déjelas aquí, por favor. ¿Puede ayudar a Meyer a llevar las otras? —Strauss asintió. Parecía encantado de complacerla.
Odette se volvió hacia Meyer.
—Teniente, muchas gracias también a usted. —El otro sonrió de oreja a oreja. —Ya mismo llamo al comisario Masarino para que le facilite gente que lo ayude. Es mucho trabajo —volvió a sonreír, y a Meyer se le iluminó la cara.
—Sí, señora.
No puedo creerlo. Es la primera vez que veo que alguien está encantado de tener que revisar casi doscientos expedientes, pensó Marcel.
Antes de que se fueran Meyer y Strauss, Odette volvió a preguntar:
—Meyer, ¿encontraron algo referido al envoltorio del chocolate?
—Tenía razón, capitán: es una falsificación. Las partidas y los códigos de barras son falsos, y las tintas usadas para estampar el papel de las etiquetas no son las que emplea el fabricante en Suiza.
—Por supuesto. El chocolate no es suizo. Es italiano.
—¿Cómo lo supo? ¡Laboratorio no tuvo los resultados hasta esta mañana!
—No necesito un laboratorio para distinguirlos. ¿Identificaron a los proveedores de papel y tinta? ¿La imprenta?
—A todos. Massarino libró las órdenes de detención.
Ella asintió.
—Tan pronto como localicen al fabricante del chocolate, den parte a la policía italiana.
—¡Pero, capitán! ¿Cómo va a arreglarse Laboratorio para identificar la procedencia? ¡Debe de haber decenas de fábricas!
—Mmm, no tantas, pero cada una elabora una variedad diferente —hizo un gesto de comprensión. —Veamos... vamos a aliviarle la tarea a Laboratorio... —anotó una dirección en un papel —Aquí venden todas las variedades que puedan desear. Que compren los de procedencia italiana y los comparen... antes de comerse toda la evidencia —y sonrió con una ceja levantada.
Meyer se rió tímidamente y Strauss enrojeció con una graciosa expresión culpable, mientras decía:
—Es muy buen chocolate, señora.
—Ya lo sé, y me temo que me lo voy a perder los próximos años, salvo que permitan elaborarlo en la cárcel...
Todos rieron agradeciendo el momento de distensión. Marcel se sorprendió pensando en el manejo firme pero sutil que ella tenía para lograr que los demás hicieran lo que les pedía. Una gentileza que desarma, un glaciar cuando hace falta. Podría aprovechar que le mejoró el humor, presentar bandera blanca y parlamentar. Ese subsuelo de mierda nos alteró demasiado. Tendría que conseguir que el pesado de Paworski desapareciera...
Pero cuando Meyer y Strauss se fueron, hizo la peor pregunta del día.
—Odette, ¿para qué dejaste éstas ahí? —señalando la caja con las carpetas que había reunido Strauss.
—Tarea para el hogar. Son todas tuyas.
—¡Pero...!
—Son nada más que veinticinco. Meyer se llevó doscientas. Veinticuatro, descontando la tuya. Conocemos tus antecedentes —remarcó en tono severo, sin quitarle los ojos de encima. A Marcel, el estómago se le estrujó en un nudo —.A trabajar, teniente.
Al carajo con la tregua. Furioso, levantó la caja de mierda y salió de la habitación. Alcanzó a oír que Paworski citaba a Odette en el gimnasio. A las seis. Como siempre.

jueves 11 de junio de 2009

La dama es policía - CAPITULO 26

Quai des Orfévrès - vista desde La "Tour Pointu"

PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES. LUNES, ÚLTIMAS HORAS DE LA TARDE
Se desplomó sobre la silla de su cubículo, ante la pantalla, sintiéndose miserable. No tengo un maldito analgésico y el primer día siempre es el peor. La puerta se abrió a sus espaldas. Odette giró a medias la cabeza y al ver entrar a Marcel, se revolvió en el asiento con la velocidad de una serpiente, apuntándole con el arma.
—Como te atrevas a acercarte, te vuelo las pelotas.
—¡Odette, por favor, necesito hablarte....!
—Fuera. Fuera de mi oficina y de mi vida.
—Odette... —suplicó—, fue.. un error. No sabía lo que hacía.
—Vas a necesitar otra excusa menos vulgar, Dubois. Acá es demasiado habitual.
—Por favor, dame una oportunidad...
—A mí no me diste ninguna. ¿Qué se siente al violar a un superior?
Él cerró los ojos, mudo, sin atreverse a mirarla.
—Tenías razón respecto del piso. Es demasiado grande y demasiado caro para el salario de un policía. Lo habíamos pensado para una familia. Por suerte tengo mi pensión de viuda. Pero aunque quisiera, no puedo venderlo, porque no pude terminar de pagar la hipoteca —se puso de pie. El cañón se movió un milímetro, y él intentó acercarse otra vez. —Otro paso más y te borro la cara.
Sin dejar de mirarlo, tomó el sobre de encima del escritorio y se lo arrojó con desprecio. Marcel levantó las manos instintivamente y lo atajó. La miró confundido y revisó rápidamente el contenido. Vio cómo los ojos de él se llenaban de lágrimas de culpa, pero estaba resuelta a no tenerle piedad.
—Afuera.
Marcel dio media vuelta y salió, blanco como el papel.


Carajo, ¿no puedo hacer nada bien? El aire no alcanzaba a llenarle los pulmones. Tenía ganas de golpear las paredes. ¿Qué hago? ¿Vuelvo a entrar y...? La mirada de ella tenía tanta determinación... Pero anoche, Dios, anoche me rogó, lloraba. ¿Cómo pude hacer lo que hice? Soy peor que los otros monstruos. Los billetes de mierda quedaron hechos un bollo inútil en un cesto de papeles del pasillo.
Sully se lo cruzó y lo saludó, pero él ni siquiera la oyó.



— Buen día, teniente... — Sully enderezó la espalda y agitó la cola de caballo rubia. Cero resultado: Dubois siguió de largo como si estuviera ciego y sordo.
—¿Qué le pasa? —preguntó, molesta. No estaba acostumbrada a que la ignoraran.
Bardou señaló la puerta de Marceau con un cabezazo y una media sonrisita sobradora y eso bastó para que la cabo enrojeciera de rabia. Sacudió la pila de expedientes que traía sobre su escritorio, con tanta fuerza que saltaron de vuelta al aire y se desparramaron por el piso.
— ¡Eh, Sully! ¿Esos no eran para Marceau? — Bardou estaba a sus anchas.
— ¡Que se los junte ella! — chilló Sully y dio una patadita en el suelo antes de salir al pasillo y desaparecer.
Foulquie le lanzó una mirada reprobadora y se ahorró la respuesta. La puerta de la oficina de Marceau no se abrió en toda la tarde.


Llegó a su departamento pasadas las nueve de la noche. No quería entrar en el dormitorio. Eso es estúpido. Marguerite estuvo esta mañana y debe de haberlo arreglado. Espero que haya quemado la bata y las sábanas. Otra estupidez. Qué sabe Marguerite.
Pasó rápidamente al vestidor, se desvistió y se puso una bata diferente. Su vieja bata azul de seda china. Papá y mamá la habían comprado en una gira por los Estados Unidos. Nadine tenía una igual, verde esmeralda, que también conservaba. Papá la había comprado para mamá, pero mamá insistía en que no le sentaba el verde, y cuando Auguste se casó, se la regalaron a su nuera, que la usó en su noche de bodas. Lola había conseguido que Franco le comprara una bata de seda roja con arabescos dorados. Parecía Madame Butterfly, y a papá se le había ocurrido que prepararan una coreografía con la ópera de Puccini, pero mamá insistía en que no se puede bailar en quimono.
No hay como las pequeñas cosas y los recuerdos familiares para sentirse contenida.
Te extraño, mamá, pero no puedo llamarte para contarte nada de esto. No voy a llorar un carajo.

Cuando salió del baño, vio la camisa negra, lavada y planchada, colgada de la percha-valet junto a la ventana. Te odio. En un primer impulso estuvo a punto de hacerla un bollo para tirarla a la basura. Estoy un poco irracional. Se tiró en la cama. A veces me gustaría fumar, para poder hacer algo con las manos cuando pienso. Recorrió el cuarto con la mirada, pensando en cualquier cosa. Estiró la mano para acariciar el retrato de Jean-Luc: su pequeño acto de amor diario. Se levantó a prepararse un café. No tengo hambre. Mejor tiro la comida antes de que Marguerite se dé cuenta.
Cuando volvió al dormitorio con la taza de café con leche, miró hacia la cama. Desde allí se veía cla-ramente la fotografía. La comprensión le llegó inexorable. Todo un caso, resuelto de punta a punta. Y con atenuantes para el criminal.
En contra de sus deseos, los hechos del día anterior tomaron la dimensión exacta en su memoria. No había sido Auguste quien había llamado por la tarde, sino Marcel. Dormida, se había equivocado, ¡ella, que jamás confundía una voz! Después él la encontró casi desnuda, con el maquillaje un poco corrido porque no se había lavado la cara al volver de la casa de su hermano, con la cama deshecha... No hacía falta demasiada imaginación para encadenar las conclusiones a las que él había llegado. Qué increíble. Qué conjunción terrible de casualidades. Te perdí. No nos dimos oportunidad ninguno de los dos.
Se levantó y llevó la camisa negra al cuarto de huéspedes para guardarla.



BUENOS AIRES, MEDIODÍA DEL LUNES

—Nos retiramos.
—¡NO!
Los ojos azul hielo lo taladraron. El viejo se recostó contra el respaldo del bergère, estirando las piernas con pereza.
—¿Perdón?
Retrocedió ante esa mirada glacial, terriblemente igual a la suya.
—No... ¡no podemos! ¡No vamos a dejar caer la organización así como así!
—No se equivoque. No dejamos caer nada. Es una retirada táctica. Reagrupamos y reiniciamos las operaciones en otra parte.
—¡Cómo, carajo! ¿Cómo? ¡Nos están haciendo mierda en todos lados! ¡Tienen los listados!
Ortiz lo fusiló de un solo vistazo oscuro. Con la calentura, el Brigadier se había olvidado lo mucho que le molestaban las puteadas al número uno.
—¿Tiene idea de por qué pasó todo esto? Fue un error de mi parte.
El Brigadier quedó mirándolo con la boca abierta.
—Sí, aunque usted no lo crea, yo me equivoqué. Le permití a usted organizar ese operativo tan desagradable, con mujeres de por medio.
Intentó interrumpirlo, pero los ojos de Ortiz le ahogaron las palabras en la boca. EL viejo siguió.
—Nos convertimos en vulgares tratantes de blancas, mire qué lindo, por hacerle caso a usted— apretó los labios en una línea muy fina— Una cochinada. Así nos fue.
—No, espere. Las transacciones dejaban fortunas y el riesgo era mínimo. Usted estuvo de acuerdo con eso.
—Digamos que no evalué a fondo todas las posibles derivaciones. Cometí un error de apreciación.
—Los clientes estaban muy satisfechos...
—Y Armand también, ¿sí? Porque fue Armand el que lo apoyó en París. A Jacques no le gustaba, pero, como buen militar, ejecutaba las órdenes sin discutir. No se puede trabajar con mujeres; se lo expliqué miles de veces.
—¡Pero si no...!
—Llámelo con el eufemismo que más le guste: intermediación, abastecimiento, servicio... como quiera. ¡Nuestra organización, rebajada al proxenetismo! Ese operativo terminó hundiendo al cuartel de París. Reorganizar y reagrupar Europa va a llevar bastante tiempo. No vamos a poder tener una base en el continente durante unos años.
El Brigadier seguía de pie delante del sillón, cada vez más nervioso, sin osar sentarse. El viejo no se había molestado en invitarlo a hacerlo. Y ese lagarto servil y traicionero de Ortiz, que no me saca los ojos de encima. El perro de presa del número uno. Le lame la mano al viejo después de destrozarte la garganta. Negro hijo de puta, tendrías que estar viviendo con los puesteros.
—Tranquilo —el viejo levantó la mano con gesto pacificador —. Lo básico sigue en pie, ¿sí? De eso no se perdió nada: las plantaciones, las industrias pesadas, los transportes. Todo eso está. Y el mercado también. Asumo mi total responsabilidad por las pérdidas y los errores. Ahora hay que repararlos, en la medida de lo posible.
—Perdimos muchos buenos elementos —admitió el Brigadier en voz baja.
—En estos momentos no es lo más importante... Pero, sí, perdimos hombres muy preparados.
—Déjeme tratar de arreglar las cosas allá. Le prometo que no dejo títere con cabeza. Esos tipos tienen que pagar por lo que hicieron. Voy, reorganizo todo...
El viejo lo miró en silencio, con expresión helada. Sus ojos eran más duros que nunca.
—No quiero vendettas personales. ¿Está clarito? Esto es una empresa. Considérelo un revés económico muy grande, del que nos recuperaremos.
—¿Los va a dejar? ¿Después de lo que hicieron? — ¿Cómo podés ser tan boludo, viejo de mierda?
—Todos tenemos que asumir nuestro grado de culpa en esto. Todos pusimos nuestro granito de arena para que esto pasara. Me dejé convencer por usted, que era mi mano derecha.
El “era” no se le escapó, y le apretó la tenaza de rabia en la garganta.
—Nos topamos con alguien más inteligente que usted y que supo ver la grieta que este... “servicio” estaba dejando en el sistema. Hasta tengo una idea de cómo fue... ¿Y usted?
Negó con la cabeza. No podía pensar en nada. Me está humillando delante de Ortiz. Nunca hizo algo así. . El viejo continuó, indiferente.
—Se infiltraron. No más de dos, imagino. Seguramente uno haya estado dentro del cuartel general para el entrenamiento. A ése hubiera sido más fácil controlarlo. Debe de haberse desempeñado muy bien para no descubrirse. Los suyos tienen que estar orgullosos de él. Resistió el condicionamiento. Me gustaría saber cómo lo hizo. Esa información vale oro...
Carajo, se está yendo por las ramas. ¿Pero quién interrumpe al viejo en sus digresiones?
— El otro... o la otra, porque más bien creo que es “otra”... atacó por el punto débil que no controlábamos: las mujeres. Se arriesgó a lo peor —el viejo paseó la mirada displicente por el estudio—. Porque, si caía en las manos de su amigote Armand, dudo mucho de que saliera entera, o viva... No podemos saber... Ya no.
El Brigadier atrevió a interrumpir, por la ansiedad que le agarrotaba el pecho.
—¿Lo sabe? ¿Ya sabe quiénes son?
—Todavía no. Estoy haciendo suposiciones, deducciones. No se me ocurre otra forma mejor ni más sutil de infiltrarse. Pero eso a usted ya no le importa.
—¡Sí que me importa, por Dios! ¡Quiero a los responsables, sean dos, tres, cien! ¡Los que hicieron esto tienen que pagar!
—¿Quién hizo qué? ¿Quién dejó el rastro? ¿Quién les facilitó la entrada con una operación tan obviamente nociva para nuestros intereses? Estábamos satisfaciendo demandas muy puntuales, en detrimento de negocios mayores. Se acabó. No quiero más errores como éste.
El tono del viejo era brutalmente acusador. ¿Lo estaba haciendo responsable, y encima le decía que no le permitía cargarse a esos hijos de puta?
—¡Pero ellos...!
—Estamos hablando de usted, no de ellos.
El corazón le dio un vuelco. Toda la cháchara de la responsabilidad y los errores era pura mierda. Me está cargando el muerto. Inspiró pero el aire no le llenaba los pulmones. Por primera vez en su vida tuvo miedo. Un miedo cerval, instintivo. El viejo, maestro en el manejo de los silencios, se mantuvo callado mientras esperaba que él comprendiera su verdadera situación.
—Usted y su grupo tienen destino reasignado.
Si le hubieran pegado un derechazo en el estómago no se habría sentido peor.
—Reúna a su gente. Salen para Angola.
No podías humillarme más, hijo de mil putas. El paredón de fusilamiento. Hizo el último intento.
—Por favor, déme una oportunidad...
—Gánesela. Salen el miércoles vía Lisboa.


Cuando Ortiz regresó, el viejo todavía estaba sentado. Ortiz le sirvió un whisky sin hablar y sólo después de que el viejo se lo hubo tomado, se atrevió a interrumpir el silencio fúnebre que flotaba en el aire.
—Señor...
El viejo levantó los ojos, invitándolo a hablar.
—Señor, no le va a hacer caso. Lo conozco.
—Quiero darle una oportunidad —suspiró a su pesar.
—¿Más? Señor, le dio mano libre, y mire lo que pasó...
—No hace falta que me lo digan. Yo sé que me equivoqué. Es duro de aceptar, nada más —lo miró y supo que Ortiz sabía que le dolía el pecho. Movió la cabeza con resignación — Me estoy poniendo viejo. A nadie le gusta, y a mí tampoco — bajó la mano pesadamente sobre el brazo del bergère.
—Usted no es viejo, señor —la voz de Ortiz estaba llena de ese afecto de años, capaz de perdonarle y aceptarle cualquier cosa. Sonrió para sí. Cualquier cosa menos que le tocaran al “tatita”. A veces los tuyos te salen como un pato guacho, y los que recogés parecen de tu sangre.
—A usted siempre le dolió que él fuera mi mano derecha...
—Conozco mi lugar, señor —Ortiz bajó los ojos, apretando los labios.
—Me equivoqué. Hay que saber perder. Lo que sea. Aunque se trate de mi propio nieto —hizo una pausa. La amargura le deformó la voz y la boca. —Si me desobedece, pobre de él.
Se levantó y se miró en el espejo que coronaba el hogar enorme de mármol italiano que adornaba el estudio. Recompuso el gesto austero y se sirvió otro whisky con parsimonia.
—Pobre de él.

viernes 22 de mayo de 2009

La dama es policía - CAPITULO 25

PARÍS, LUNES POR LA MAÑANA

"Fra noi" - Iva Zanicchi - 1974

El radiodespertador se encendió a las seis y media, indiferente al sufrimiento ajeno. Iva Zanicchi cantaba "Fra noi" como sólo ella sabía hacerlo. Apagó el artefacto de un manotazo y se tiró de la cama. Sin mirarse al espejo, se metió al baño .
— ¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta, te voy a cortar las pelotas, desgraciado! — aulló de desesperación bajo la ducha. Carajo, estoy con el período. Por lo menos el hijo de puta no me dejó embarazada. Lo mismo te voy a matar.
Cuando se decidió a mirarse en el espejo notó que tenía marcas y moretones desde el cuello hacia abajo. Te voy a castrar en donde te cruce. Qué espectáculo. Rebuscó entre la ropa un vestido apropiado. Como no me vista de monja... El vestido azul no era para un día así. Obvio, tendría que ir de luto porque te voy a liquidar, desgraciado, pero no había otra cosa que la cubriera adecuadamente. Bien, estaremos espléndidas. Radiantes. Como reinas. El abismo en el estómago le decía exactamente lo contrario. Mientras se maquillaba encontró una marquita bajo la oreja izquierda. En fin, no puedo salir con capucha. Se dejó llevar por el pulso violento y tomó la cartuchera con el arma. No la había usado desde que el inicio del operativo.
Mientras conducía hasta la fábrica de chocolates, repasó los hechos para distraer la mente de cosas peores. Había algo que no encajaba. No en la información hallada, las armas, el lugar: algo intangible. Algo que debía haber ocurrido y no estaba pasando...
—Capitán, el comisario Massarino la espera en el primer piso, en Cómputos —le dijo el sargento de guardia cuando ella dejó el automóvil en la playa de camiones.
Había el rumor habitual de conversaciones, pasos, órdenes, los ruidos humanos. Eso: los ruidos. ¿Qué faltaba? El teléfono. El fax. Las comunicaciones con Central se hacían por la silenciosa Intranet. ¿Por qué no se habían comunicado los otros Templarios? Era imposible que no tuvieran comunicaciones con otros centros, en el continente o del otro lado del Atlántico. ¿Nadie había llamado en casi cuatro días?
¡Dios, nos traicionaron! ¡Ya lo saben! Es una trampa. ¿Pero quién? Pensó desesperadamente cuándo sería lógico que se hubieran comunicado: veinticuatro, treinta y seis horas después de que coparan el lugar, no más. ¿Quién había llegado al lugar en ese tiempo? Inteligencia. El corazón le dio un vuelco. El coronel Savatier. A cargo de la seguridad de la conexión con el Archivo Central. ¿Quién mejor que él?
Corrió por los pasillos hasta la sala de cómputos y entró, buscando a Savatier con la mirada. Él la vio y le lanzó una mirada amenazadora. Ella se acercó mirándolo acusadoramente; él giró en el asiento y, mientras se levantaba, deslizó la mano hasta la cartuchera.
—Coronel, suelte el arma. Está bajo arresto —dijo Odette con voz controlada mientras sacaba su propia pistola.
—¡Grandísima puta! ¡Igual que la Michelon! —Savatier apuntó demasiado apresurado y erró el disparo.
Odette tuvo tiempo de apoyar la rodilla en tierra, apuntar y darle en el hombro. El resto del personal se había puesto a cubierto. En el otro extremo de la sala, Auguste encañonaba al otro hombre de Inteligencia. Se acercó al coronel y le apuntó otra vez. Dos hombres lo esposaron, manteniéndolo en el suelo.
—¿Cuál es el plan?
—No pueden hacer nada... — Savatier la miró con desprecio.
Odette bajó el arma hasta la entrepierna del hombre.
—¿Cuál es el plan?
Savatier no respondió. El disparo le estalló a un centímetro de sus testículos. Odette lo miró desafiante y acercó la pistola hasta la boca de él. Savatier boqueó alucinado.
—Michelon... tiene una audiencia con el Presidente —jadeó —.El general Beaumont... tiene que encargarse de ellos.
Odette se agachó, metió la mano en los bolsillos de la guerrera del hombre y le arrancó las credencia-les y la placa de Inteligencia.
—La contraseña —lo urgió, apuntándole otra vez a la entrepierna. Amartilló el arma ostentosamente.
—¡Relapsos! —gritó Savatier, atemorizado.
—Muy adecuado —masculló ella al tiempo que se levantaba. Mientras corría hasta la puerta, oyó que Auguste daba la orden de enviar patrulleros hacia el Palais d’Elysée.
—¡No vayas sola!— gritó su hermano.
—¡Es más seguro! —respondió Odette a la carrera mientras pensaba en un plan para entrar en el palacio presidencial.


Palacio del Elíseo Paseo virtual

Marcel llegó a la Brigada un poco más tarde de lo habitual. En las paredes de la planta baja, las fotos de los caídos en servicio observaban silenciosamente a los pasantes, esperando el homenaje mínimo de una mirada. Nunca pasaba sin hacerlo. Era su pequeña obligación secreta de cada mañana.
Un retrato le llamó la atención. “Insp. Jean-Luc Marceau”. ¿El padre de Odette? Algo lo hizo sentir muy mal. Preguntó a Foulquie, que pasaba a las apuradas.
—No, teniente. Marceau era su marido
Sintió que le apretaban los testículos con una tenaza.
—Un gran hombre —continuó Foulquie, memoria viviente y tradición oral de la Brigada—. Todos dicen que si hoy viviera estaría ocupando el lugar de la Michelon o que habría llegado más lejos todavía. Creo que ella era muy joven en esa época. Ingresó después en la fuerza.
Por supuesto que era muy joven. Habían pasado doce años. Pero lo que más lo golpeó fue comprobar que ése era el hombre cuya foto había visto en el dormitorio de Odette. La única fotografía en toda la casa. Subió a las oficinas con piernas como de plomo. En ese momento entró el radiomensaje de Massarino pasando el alerta. Corrió a la playa, subió a su automóvil y salió hacia el Elysée encendiendo la sirena.


Odette se retocó el maquillaje en el auto y trató de dominar el temblor de las manos y la voz. Tomó una foto suya del bolso y cubrió con ella la tarjeta de identificación de Savatier. Lo mismo hizo con la placa. Al menos para ayudarme a entrar. Hasta que alguien verifique el nombre y el portador. Había dejado el arma en su propio automóvil; de cualquier modo no podría ingresar en el Elysée con ella.
Bote de mierda. Maniobrar el auto de Savatier se le hacía bastante difícil, acostumbrada a la agilidad de su deportivo microscópico. Espero poder estacionar esta... cosa... sin llamar la atención. Se dirigió con calma al garaje del personal y sonrió al encargado. La tarjeta le abrió la barrera sin problemas. Subió por el ascensor trasero, tratando desesperadamente de recordar la distribución del edificio. Por radio le habían pasado el dato de dónde sería la audiencia: en el despacho del primer piso. Entró por las cocinas caminando con desenvoltura. Un par de camareros la miraron sorprendidos, pero ella les sonrió con candor.
—Es mi primer día. Llegué tarde... y me perdí —dijo, mordisqueándose el labio.
Uno de los camareros se ofreció a acompañarla.
— Busco al general Beaumont. Está en la audiencia del Presidente con la comisario Michelon. Tengo que entregarle documentos de parte del coronel Savatier — mostró unos sobres —. Soy su nueva asistente. Teniente Marceau.
El camarero tomó una bandeja con el servicio de café de la Presidencia y la cargó en un carrito.
—Acompáñeme, teniente —la llevó por el montacargas —.Por aquí es más rápido. Venga cuando quiera.
Dejó que el hombre se alejara con el servicio. Estaba segura de que lo iban a detener. Esperó y vio que el camarero regresaba rápidamente.
—No me dejaron pasar. Que se les enfríe el café — dijo el hombre, encogiéndose de hombros. Ella frunció la nariz en un gesto encantador, y el hombre le guiñó un ojo. Cuando el camarero se marchó, Odette avanzó con aire resuelto, agitándose el cabello. Ante la puerta del despacho había un guardia que la observaba acercarse.
—Traigo información para el general Beaumont.
—No puede pasar —el hombre volvió la cabeza para no mirarla.
—Soy la asistente personal del coronel Savatier. Teniente Marceau. El mensaje es importante.
Al oír el nombre del coronel, el hombre fijó los ojos en ella.
—La contraseña —bajó la voz, amenazador, y cuadró la espalda. La mano se le movió apenas hacia la cartuchera.
—Relapsos — Dios quiera que ese hijo de puta haya dicho la verdad. El guardia relajó los hombros y le echó una mirada apreciativa y nada disimulada. Odette pescó el gesto del guardia y no perdió la oportunidad. Inspiró, apretándose contra el vestido.
—¿Puedo pasar?
—Voy a preguntar —los ojos del tipo la recorrieron sin ningún pudor.
Ella sonrió con desfachatez. Y no uso Wonder Bra...
Mientras el guardia entraba en el despacho, tomó una bandeja de plata del carrito del servicio de café. Oyó gritos y disparos que venían de la planta baja. Espero que sea la Caballería.


Exhibición de esgrima de bastón francesa (Canne de combat)

—Lo lamento, señor. Comisario Michelon... —el general Beaumont movió la cabeza con falsa cortesía— No podemos permitir que estas... filtraciones... continúen. Tenemos mucho en juego para que la policía se cubra de gloria desbaratando una organización magnífica.
Apuntó primero al hombre. El Presidente y la comisario estaban esposados en sus sillas y amordazados con cinta adhesiva.
Michelon se desesperó. Qué estúpida, Jesús. Cómo cometí el error de venir sola a la entrevista. La habían desarmado antes de entrar pero era de esperar. Ansiosa, había esperado a que el Viejo leyera el informe. Él la miró con gesto más que preocupado.
—Señora, esto es... terrible —se puso de pie y caminó por la habitación —Nunca pensé en algo de esta magnitud. El Gabinete, mi Dios... ¿Quién está libre de sospecha...?
Antes de que terminara de hablar, el general Beaumont había entrado en el despacho.
Ahora, Renaud Beaumont giró sobre sus talones ante la interrupción.
—¿Qué pasa, idiota? ¡Di órdenes de que no entrara nadie!
—¡Señor! Es la secretaria del coronel Savatier, la teniente Marceau. Trae un...
—¡Imbécil! ¡En la Orden no hay mujeres!
Apartó al estúpido con un puñetazo que lo arrojó contra la pared y lo dejó inconsciente. No en vano lo conocían como el “Carnicero” Beaumont. No era alto, pero su fuerza física era poderosa. En ese momento, alguien más entró en el despacho: un borrón azul, seguido por un golpe de plano con algo metálico, en plena cara. Beaumont se tambaleó. Los ojos asombrados de Michelon siguieron los movimientos de ballet de Marceau, que, con el brazo extendido, volvió a golpear al hombre en la sien, esta vez con el filo de la bandeja. Siguiendo el mismo arco, rompió una vitrina en la que había antiguos bastones de mando. Marceau pivoteó sobre una pierna, tomó un bastón y golpeó la mano con que general sostenía el arma. Después, por detrás de las rodillas, haciéndolo caer. Volvió a girar en tanto que el bastón describía remolinos en el aire. Más golpes a los hombros, los codos, las piernas; todos puntos débiles y neurálgicos que hicieron que Beaumont chillara de dolor sin poder incorporarse. Mientras le daba el coup de grâce en la tráquea, entraron Massarino y Dubois, armas en mano, seguidos de cuatro oficiales de la Brigada. Massarino tenía un raspón que le sangraba en la sien, y Dubois, el traje desgarrado en una manga. Marceau quedó de pie al lado de Beaumont, temblando, como un torero después de la faena. Todavía sostenía el bastón.
Massarino se les acercó, les quitó las mordazas y soltó las esposas.
—Señor...
—Estamos bien. Gracias a Dios... y a esa mujer... no pasó nada —murmuró el Presidente, que temblaba, impresionado por los hechos—. Querían que pareciera que Michelon me había disparado y...
Michelon corrió hasta Marceau.
—Dios sabe cuánto me alegro de verla. ¿Cómo hizo eso? —murmuró al oído de la otra.
—Estoy con el período —le respondió Odette entre dientes.
Michelon entendió. En sus épocas, a ella le pasaba lo mismo. Sonrió comprensiva.
—Llamen a una ambulancia. El hijo de puta todavía está vivo —Marceau masticó las palabras.
Massarino se les acercó y miró a Marceau con severidad.
—Creo que el último golpe estuvo de más —comentó, seco.
—Que alegue brutalidad policial —Marceau sacudió el mentón.
Michelon contuvo otra sonrisa a su pesar. Peleándose en estos momentos. Si Dostoievsky hubiera conocido a estos dos, habría escrito ‘Los hermanos Massarino’ en lugar de los Karamazov.
—Tenías que venir sola, carajo— ladró Massarino.
—Fue más fácil entrar. Parece que no te fue tan bien... —retrucó Marceau mientras le pasaba el dedo por el raspón de la sien. Massarino respingó y la miró con ferocidad. Marceau se alejó para dejar el bastón en la vitrina rota.
Dubois no habló una sola palabra ni miró a su alrededor. A Michelon tampoco se le escapó que Marceau ni siquiera se volvió hacia donde estaba el teniente.