Policial argentino

sábado, 9 de febrero de 2013

La mano derecha del diablo -CAPITULO 52

MINISTERIO DEL INTERIOR, LUNES POR LA MAÑANA 
Ministerio del Interior 
Auguste recorrió los pasillos hasta su despacho, consciente de las miradas clavadas en su espalda. Las novedades habían corrido a la velocidad de la luz; el personal andaba en puntas de pie y mirando por encima del hombro. No se hacía ilusiones: en pocos días más todo volvería a la normalidad, y RG, IGPN, la PJ y el resto de las siglas insignes de la PN retomarían sus poco saludables hábitos. Esbozó una sonrisita amarga mientras abría la puerta y le daba la razón a Tomassi di Lampedusa .
 Todavía estaba encendiendo su terminal cuando Marcel entró, arrastrando a una secretaria del sector colgada de su manga, aterrorizada ante la posibilidad de despertar el malhumor o quién sabe qué más del temible Massarino. ¡Si se rumoreaba que el todopoderosísimo inspector general Lejeune de RG le pedía información y lo consultaba! La mujer salió pálida pero aliviada cuando Auguste palmeó la espalda de Marcel y lo invitó a sentarse.

 — Necesito hablarte— soltó Marcel sin muchos preámbulos y antes de encender el Gauloise.
— Te escucho.
 — Es... acerca de mi familia— Marcel palideció, enrojeció, volvió a palidecer y fumó como si fuera el último cigarrillo de su vida.
Auguste lo dejó fumar y esperó.
— No es grato... No te va a gustar, no le gustará a tus viejos... — Marcel tenía cara de estar saltando sin paracaídas.
 Auguste se mordió la lengua para no hablar. ¿Veo la mano de Meinvielle por aquí? Aunque quizás un poco de buenos consejos paternos... Quién sabe. Ánimo, Cro-Magnon.
— Mi abuelo era... Soy nieto de Marcello Contardi. El único nieto. Soy un Contardi. Llevo la sangre de ese... ese hijo de puta.
Auguste lo miró a los ojos: Marcel estaba devastado pero lo había dicho y ahora esperaba la sentencia.

 — Ya lo sabía: yo te seleccioné para la Brigada Criminal y siempre leo los expedientes de mis oficiales— Auguste le palmeó la mano.
 — Yo... debería haberte hablado de la investigación... — Marcel se miró los zapatos—, bueno, al menos cuando las cosas comenzaron a complicarse con... con mi familia y...
 — Procedimiento de "especiales". Conozco las reglas.
 — Auguste, él hizo cosas horribles...Mi abuela me contó algunas, yo encontré un diario del viejo y me enteré de otras... Carajo, era un miserable...
 — El viejo está muerto— Auguste levantó la mano con la palma abierta hacia adelante—. Es pasado, Marcel, y tenemos que vivir en el presente.
—Hay... algo más que quiero que sepas— el tono fúnebre de voz lo puso a medias alerta —. Mi abuelo tenía un hermano. Necesito hablarte de él.
Aguste se acomodó en su sillón y pidió que no le pasaran llamados.



 LA DÉFÉNSE, LUNES POR LA TARDE 

Odette se despertó en su propia cama, sola, y se miró las manos: estaban limpias y tenía la muñeca vendada. Ni siquiera estaba segura del día de la semana y tuvo que mirar el calendario del reloj. Los días anteriores habían transcurrido en una niebla piadosa, inducida por los calmantes que le habían administrado de a dos comprimidos por vez, con la pobre excusa de los golpes que repartidos por toda su doliente humanidad. Meyer la había metido en una de las ambulancias que esperaban fuera del galpón, y un discípulo del Marqués de Sade la reanimó y revisó meticulosamente. El tipo no dejaba de hablar y de preguntar, y ella no entendía nada y lloraba llamando a Marcel. Durante diez minutos se había sentido la protagonista de la versión tecnológica de "El Pozo y el Péndulo", mientras el Torquemada vestido de verde la sometía a las torturas de la Inquisición con su aparatología horrenda. Una voz de barítono interrumpió la sesión y el rostro hermoso y severo de su hermano reemplazó al del inquisidor, quien de inmediato asumió que Auguste se haría cargo de sus despojos mortales y dejó de dirigirse a ella. ¿Auguste sabía cómo se había hecho ese hematoma en las costillas? Si a Auguste le parecía, usarían el ecógrafo en lugar de los rayos X. Si Auguste quería, la mandaban al hospital para que le dieran un sedante. Auguste no sabía, el ecógrafo estaba bien y no quería ir al hospital y dijo no, gracias, pero se guardó una tira de sospechosos comprimidos celestes en un bolsillo del pantalón. Ya en su casa la había desvestido, lavado y metido en la cama, y obligado a tomarse dos de los comprimidos celestes, con una mirada fría que no admitía discusión alguna acerca de los posibles efectos secundarios de la medicación.
 “Estas mierdas me van a agujerear el estómago”, intentó defenderse ella. “Mejor que te las tomes porque te voy a agujerear... la cabeza”, concedió él con fingida magnanimidad. Se los tragó y ni siquiera alcanzó a tomarse el café que había pedido. Creía recordar que se había despertado urgida por la presión en la vejiga y que Nadine la había devuelto a la cama, comprimidos celestes de por medio. No tuvo tiempo ni de sentir hambre.
El reloj de su mesita de noche marcaba las tres. Por entre las cortinas se filtraba una luz blanca y metálica, así que supuso correctamente que eran las tres de la tarde. Envuelta en la bata azul fue al baño y lo que encontró en el espejo la hizo meterse de cabeza bajo la ducha, a despecho del hambre. Mientras se secaba, el aroma del café recién hecho la hizo sonreir. Nadine, bendita seas. Un ruido la hizo volverse: Marcel estaba apoyado en el quicio de la puerta, mirándola. La sacudieron tantas emociones encontradas que creyó que se caería al suelo. Tuvo que sentarse en el borde de la cama.

— Preparaste café — dijo la primera estupidez que le vino a la boca.
 Él asintió y volvió a la cocina. Ella lo siguió descalza y en puntas de pie. Marcel dejó su taza, sirvió otra y se la ofreció sin pronunciar palabra; ella la tomó y se sentó al extremo más alejado de la mesa.

— ¿Cómo estás?— preguntó él con voz sin inflexiones ni sentimientos.
Tan sólo preguntaba, lo mismo que un juez. Ella sintió vértigo y mintió diciéndole que se sentía bien.
 — ¿Te vio algún médico?— ella preguntó a su vez, entre sorbo y sorbo de café.
— No tengo nada roto pero el impacto me sacudió bastante. Me dieron una semana de licencia y me la tomé— él se acomodó en la silla con movimientos algo rígidos. Su rostro era una talla en mármol frío y pálido; el contraluz de la tarde le delineaba los pómulos altivos y le hundía las mejillas. Respiraba con cuidado y se veía cansado. Cambiado. El pensamiento la sorprendió y la asustó.
El silencio adquirió entidad palpable pero ella tenía las mandíbulas atornilladas: el café le pasaba entre los dientes. Sentía la mirada de Marcel traspasarle la piel, pero no podía emitir un solo sonido. La taza tintineó cuando la apoyó. Se levantó a servirse más café, a modo de excusa para darle la espalda y escaparse de esos ojos de hielo azul oscuro que la quemaban.
— Por lo visto, sigo condenado a tu silencio.
 Ella giró en redondo y se mareó por la brusquedad del movimiento. Él continuaba sentado, las manos entrelazadas apoyadas sobre la mesa y la expresión torva.
— O a tu desconfianza, no estoy seguro. De lo que sí estoy seguro es de que no estoy dispuesto a continuar ignorando la verdad. Quiero saberla. Toda. Todo lo que hayas callado y tengas que decirme, ahora.
No había una sola emoción en su voz. Ella hubiera preferido que él gritara, la insultara y se fuera dando un portazo a ese interrogatorio casi policial. Volvió a su silla temblando.
—¿Qué más debo saber?— insistió Marcel—. Federico Seoane, que debió haber sido Friedrich Von Schwannenfeld alias “El Brigadier”, nieto de Vittorio Contardi, el Gran Maestre de la Orden del Temple y hermano de mi abuelo, Marcello Contardi, te torturó y te violó; iba a violarte otra vez cuando le disparé; quedaste embarazada y abortaste— se tomaba los dedos de a uno enumerando los hechos y pronunciando cada palabra como si le asestara puñaladas—, y jamás me dijiste una sola palabra de nada. Me excluiste de tu vida y de tus decisiones como si yo no importara. ¿Qué más?
 Se dio cuenta que lloraba a los gritos. Un dolor físico insoportable la llenó de nauseas y la obligó a doblarse en dos.
— Qué más— exigió él, levantando apenas la voz.
Lloró hasta que le tembló todo el cuerpo pero él no le tuvo compasión. En voz muy baja y tartamudeando, comenzó a hablar para no prolongar más su agonía.
— Él me hizo todo eso..., me lastimó tanto... y cuando lo supe, creí que me volvía loca. Yo no quería, eso no podía estar pasándome. ¿Qué iba a hacer? No podía pensar en otra cosa; eso crecía dentro de mí como una cosa maligna. Él me había violado y yo tenía miedo, tenía asco... Cuando todo terminó, me di cuenta de lo que había hecho y quise morirme. ¿Cómo pude haber estado tan segura? Nunca podría. Habíamos estado juntos la noche anterior. ¿Y si yo había matado a tu hijo en lugar del suyo? Quería convencerme de que había hecho lo único que podía hacer, yo tenía derecho... pero la duda me carcomía... Jugué a ser Dios y pagué muy caro... — escondió la cara entre las rodillas, las rodeó con los brazos y lloró, pero no habría liberación posible si él no la perdonaba—. No volví a quedar embarazada... Me hice estudios... Debe haber algo que no encuentran... Nunca les dije del... aborto... Me dijeron que estoy sana pero no puede ser...
— Sí puede ser.
Hubo un ruido seco a papeles y ella no se atrevió a levantar la mirada más allá de la superficie de la mesa: ahí estaban sus estudios, en el sobre en el que ella los había guardado. Si le quedaba alguna sombra de esperanza, acababa de perderla para siempre en ese momento.
— ¡No, no! ¡No puedo! ¡Yo quería darte algo de mí que nunca le hubiera dado a nadie! ¡Quería darte un hijo y no puedo! ¡NO PUEDO!— gritó y sollozó hasta quedarse ronca.
 Hubo un silencio. Se había condenado y lo había sabido desde el primer momento. Él se iría, la vida se olvidaría de ella y continuaría pasando a su lado sin mirarla. Cada paso de él sonó a marcha fúnebre. Hubo ruidos sordos. Vino a llevarse sus cosas. El desgarro fue tan grande que se le aflojaron las piernas. No quería ver cuando se fuera y se encogió en la silla como un animalito apaleado. Él volvió a la cocina.
— Vamos— la levantó por el brazo y la llevó hasta el baño.
 Sin decir mu le alcanzó ropa interior, sus jeans agujereados favoritos, el viejo suéter blanco de cuello alto y las botitas grises de elfo. Cerró la puerta y ella no tuvo más remedio que lavarse la cara y vestirse. El espejo le devolvió la sombra de una mujer derrotada.
Juntó esperanzas ridículas con un pensamiento infantil: Él no se irá mientras yo esté aquí dentro. Él abrió la puerta por ella y le hizo señas con la cabeza. Lo siguió hasta el salón sin hacer ruido al caminar. En medio de la alfombra había varias valijas y ella se puso a temblar como una hoja. ¡Se va, Dios Santo, se va! Llamaron a la puerta, Marcel abrió y un par de tipos en overol azul gastado se las llevaron.
— Vamos— repitió Marcel y tironeó de ella.
 — ¿Qué?— susurró ella.
Él la miró con leve irritación y le explicó como si ella fuera deficiente mental.
 — Mi mujer y mi hijo viven en mi casa, conmigo. Después vendremos a buscar el resto de las cosas que quieras llevarte, o lo que quepa en mi departamento. No volveré a pedírtelo nunca más, ¿está claro?, así que vamos.
 Lo miró con la boca abierta sin entender una palabra. ¿El hijo de quién? 
 — ¿Tu hijo...?
 — Estás embarazada de ocho semanas— le informó en el mismo tonito desagradable—. Lo descubrió el tipo que el viernes te revisó en la ambulancia.
— Te amo...— dijo ella después de transcurrida una eternidad suspendida en la nada.
 — Yo también te amo. La empresa de mudanzas cobra por hora. Vamos.

**** 

Cruzó la avenida y mientras abría el paquete, encendió el celular, rescató los mensajes y llamó.
Com' è andato ? — preguntaron del otro lado con ansiedad.
— Bien, muy bien. Mejor de lo que esperaba— sonrió beatífico.
— ¿Dio resultado, eh?— su interlocutor largó la carcajada.
— Cristo, me sentí un villano de cuarta categoría. No sé cómo aguanté sin largarme a llorar yo también...
 — ¡Ah, con la madre tuve que hacer lo mismo! ¡Son iguales! ¡Si uno se arrodilla y suplica, ellas te patean! ¡Hay que hacerlas sufrir!
— No pensé que fuera tan difícil. No soy muy bueno para esto.
— ¿Y entonces?
— Ya está en casa. Se quedó dormida.
— No te preocupes, se les pasa después de los dos meses. Ahora, hablemos de negocios...
Mientras conversaba con Franco camino de su departamento, Marcel comenzó a considerar la posibilidad de dejar de fumar. Por el crío, claro. Bueno, al menos en casa. En la oficina, vaya y pase. Aunque  podría empezar por el dormitorio: con el crío en el cuarto... 

AEROPUERTO "CHARLES DE GAULLE". UNA SEMANA DESPUÉS 
Salón VIP "Icare" del aeropuerto Charles de Gaulle
Las autoridades del aeropuerto habían tenido la deferencia de vaciar una sala VIP suntuosa, para que el grupo esperara la salida de su avión privado. Una asistente en uniforme escoltó al mayor Gaetano Corrente hasta el lugar. El chiquito Ortiz correteaba entre los sillones, jugando a las escondidas con el teniente Rinaldi, mientras el viejo y el coronel Ortiz se habían acomodado en una de las esquinas y otro oficial muy joven les alcanzaba una bandeja cargada de canapés, bebidas y café. Al verlo, Rinaldi le lanzó una mirada de desagrado al tiempo que levantaba por el aire y hacía volar al mocosito, que se reía a carcajadas. El mayor inclinó la cabeza, devolviendo el saludo que Rinaldi no se había molestado en formular. Se acercaba para saludar al viejo y a Ortiz cuando resonaron voces en la antesala.
Dos guardias de la Policía Aeronáutica entraron y se quedaron uno a cada lado del ingreso acortinado, como postes. Detrás de ellos repiquetearon los tacos de una figura delicada que reconoció de inmediato. Qué perfume... Ah, comisario, tengo que preguntarle cuál usa: me vuelve loco. Compuso su mejor y más conquistadora sonrisa frente a la comisario Marceau que avanzaba resuelta hacia él, envuelta para regalo en un conjunto de seda azul que le enmarcaba principescamente el escote y el talle, y le acariciaba las piernas hasta un poquito así encima de las rodillas. Largo y entalle perfectos. Apuesto a que la ropa interior le hace juego. Adoro esos portaligas de encaje como altares de catedral gótica ante los que un hombre se arrodilla a rezar... o a desprender. Ni siquiera la escolta de la comisario logró arruinarle el talante con que había llegado, aunque Marceau trajera a la rastra a una mujerona vestida de verde oscuro, al mastodonte malhumorado de Meyer y a dos tipos más con el mismo malhumor y que lucían los ostentosos uniformes de los Carabinieri.

— ¿Gaetano Giuseppe Corrente?— interrogó ella sin darle tiempo a saludarla y sin mirar al resto de la asombrada concurrencia.
— Siempre es un placer verla, comisario... — sonrió invitador.
 — Su identificación, por favor— tendió una manita blanca y perfumada y él depositó en ella sus credenciales con una sonrisa cada vez más amplia.
 Ella les lanzó una ojeada distraída y se las dio a la grandota de verde.
— Mayor Corrente, queda arrestado por los cargos de intervención no autorizada en territorio extranjero, obstaculización de la labor policial y negligencia criminal en el cumplimiento del deber.
Arma dei Carabinieri

Mientras la boquita maravillosamente maquillada pronunciaba todas esas iniquidades, los dos Carabinieri cara de mastín napolitano con hambre, se le pusieron uno a cada lado y lo esposaron; la mujerota se caló un par de lentes de marco metálico y de un ajado portafolios de cuero, sacó un fajo de papeles con membrete del Palais de Justice. Ni siquiera escuchó a la jueza y se puso a aullar como un condenado.
— ¡Por Dios, comisario, usted no habla en serio!— miró a sus guardianes estatuarios—. Escúcheme, los dos aceptamos jugar el juego, porque era un juego, ¿cierto? Nunca, Cristo Santo!, nunca pretendí que nadie saliera lastimado. ¡No se habrá creído lo de su secuestro y lo de Ayrault, que usted era la carnada y todas esas bestialidades! ¡Fue un error, Dios, me excedí, lo admito!
La jueza se volvió en el acto hacia ellos.
— ¡Comisario, usted no mencionó lo de su secuestro! Estamos a tiempo de ampliar los cargos.
 Marceau respondió sin molestarse en mirarlo.
— El accionar irresponsable del mayor Corrente comprometió la seguridad de un procedimiento encubierto de la PJ, pero la imputación más grave es la de haber puesto en riesgo de muerte al capitán Dubois. Suficiente para desear verlo en la guillotina. Por no hablar del riesgo que corrieron mis otros oficiales.
 — Pero su secuestro...— la jueza no se daba por vencida y Marceau descartó el comentario agitando una mano desdeñosa.
 — El mayor dice la verdad: eso fue parte de un juego — lo miró a los ojos—. Una partida de ajedrez. Dejó de ocuparse de él y se dirigió a los oficiales junto con la jueza, que estaba terminando de firmar el papelerío. Uno de los Carabinieri firmó también y se guardó los papeles.
 ¡Carajo, la muy perra habla en serio y estos dos cafoni me arrestaron!
Porca puttana! Troia ...!(1) — Aulló y se abalanzó sobre ella, rojo de vergüenza y rabia.
Los Carabinieri tuvieron que sujetarlo.
 Ella dio media vuelta. Los ojos oscuros quemaban de furia contenida cuando le tomó la cara y lo acercó bruscamente a la suya.
 — Allora lu vvuliti stu vasu ‘na vucca?(2) — susurró tan cerca que el calor de su cuerpo lo alcanzó.
 Pero Corrente ya no tenía pensamientos eróticos respecto de la comisario Marceau: la mención de la ceremonia del beso había obrado el milagro de aplacarle el ánimo. Lanzó una mirada de soslayo al rincón: el viejo esbozaba una fría sonrisa de autocomplacencia y no hizo el más mínimo gesto de intervención.
Debí saberlo. Después de todo son familia. Relajó los hombros y les hizo un gesto mudo a sus cancerberos, que, sin mirarlo, asintieron con un cabezazo seco y lo llevaron hacia la salida, seguidos de la jueza, que no pensaba perderles pisada hasta embarcarlos en el siguiente vuelo de Alitalia.
 — Un attimo per cortesia, tenente (3)  — casi a punto de cruzar la cortina, el mayor se dirigió al de más rango. Los tres se detuvieron y los oficiales le soltaron los brazos pero no las esposas. Se volvió hacia ella. — Ci rivedremo ancora (4) — bravuconeó para recuperar algo del amor propio y la autoestima machucados.
 — Ma certo!— ella devolvió la estocada— La partita non è finita. Rimaniamo pari agli scacchi, vero?(5)
Corrente inclinó la cabeza en un gesto galante y salió sin volver a mirar atrás. Odio perder con esta mujer.

**** 
— Jefe...— susurró Jumbo a espaldas de la comisario, que todavía estaba hablando con la jueza.
— ¿Diga, capitán?
— Se le hace tarde. El coronel Dubois la está esperando abajo...
— ¿El coronel Dubois?— Marceau lo fusiló con la mirada—. Meyer, ¿cómo cuernos se enteró el coronel? Jumbo sacó un Gauloise, lo encendió, y farfulló con el cigarrillo entre los labios:
— Yo le avisé.
— ¡Capitán, le di órdenes específicas acerca de este procedimiento!— siseó Marceau.
Ortiz y el viejo paraban las orejas.
— Usted habló de su padre, el comisario Massarino y el capitán Dubois. Nunca mencionó al coronel Dubois.
Se midieron como esgrimistas.
 — Lo voy a arrestar por desacato.
— Soy testigo del novio. Sin mí, no hay casamiento y ese chico no tendrá padre. ¿Quién va a llevarlo a jugar al rugby y al fútbol y ...?
— No sea chauvinista, Meyer. Podría ser una nenita.
 — En el Quai, el varoncito gana cuatro a uno. No me falle, jefe, aposté unos francos yo también.
La jueza los miraba aguantando la risa.
— Meyer, nunca lo hubiera esperado de usted.. Es indigno de la confianza de sus superiores, es... — la comisario entrecerró los ojos—, una cucaracha. Lo voy a degradar y se va a ir de uniforme a dirigir el tránsito.
 — Bardou está de vacaciones, Dubois y usted no van a estar... No querrá dejar el sector a merced de esos dos tenientitos de juguete y de Sully...
 — ¿Ah, sí? ¿Y qué piensa hacer usted a merced de Sully?— Marceau enarcó una ceja y sonrió de lado.
— Tenía un par de ideas... Para empezar, pedirle café a cada rato...— respondió con cara de querubín.
 — Café, ¿eh? Mejor ocúpese de que Guildernstern y Rosencratnz no tropiecen con sus propios pies y que Sully no les revolotee alrededor. Esa chica necesita contención afectiva y usted es el oficial a cargo. ¡Conténgala adecuadamente!
— Haré lo posible, señora.
 — No “haga lo posible”. Simplemente hágalo. Es una orden— Marceau se volvió hacia la jueza, que se mordía las mejillas.
 — Será un placer. Sabe, jefe, hoy está muy linda... — Jumbo sonrió de oreja a oreja.
La comisario respondió por encima del hombro.
— ¿También tendré que dejar constancia de acoso sexual en su expediente?
— ¡Ah, no! El acoso sexual a superiores se lo dejo a Dubois. Él sí que sabe hacer bien las cosas. ¿Me deja las llaves de su auto? No tengo en qué volver— le guiñó un ojo a la jueza, que le devolvió el gesto con una risita.
La comisario le tendió el llavero y fue hasta el otro extremo de la sala, a saludar a los presentes con regia cortesía y disculparse por las incomodidades de la situación. Todos los hombres se pusieron de pie, inclusive el mismísimo viejo del diablo.
— Permítame acompañarla hasta la salida— pidió el coronel Ortiz.
— Realmente no es necesario— ella le respondió.
 — Será un placer para mí. Por favor.
Ella asintió con una sonrisa tenue y se fueron.
Jumbo se acercó al viejo, que había vuelto a sentarse, e inclinó la cabeza.
— Tengo un mensaje para usted de parte de Franco Massarino.
El viejo lo miró con una atención que hería. Jumbo continuó.
 — Dice que si Dios dispuso algún castigo para los Contardi por todo lo que han hecho, ese castigo acaba de salir por aquella puerta.
El silencio cruzó como un pájaro. Jumbo saludó educadamente y estaba a un paso de la salida cuando el viejo lo llamó. Sonriente, le tendió un sobrecito, pidiéndole que se lo entregara al señor Massarino.
 Cuando Jumbo consiguió meterse dentrás del volante del autito de juguete de la comisario y dejó de maldecirse por no haber venido en su propio auto, no pudo resistir más la tentación. Sacó el sobre y la tarjeta de visita, grabada en el anverso con un escudo de armas y debajo el nombre y título nobiliario. En el reverso se leía, escrito con caligrafía angulosa y asombrosamente firme para un hombre de su edad: “Nunca un castigo fue tan necesario. Que la penitencia dure para siempre.” No hay nada que hacer, filosofó Jumbo camino de la alcaldía, todos los viejos tienen algo de poetas. Miró la hora: después de todo no llegaría tarde a la ceremonia.

**** 

— Nos odia, ¿cierto? — Ortiz la tomó del brazo para detenerla.
Ella lo miró a los ojos.
 — No, no los odio. Ya se lo dije a su padre.
— ¿Nos teme?— insistió el coronel. La acercó a él con suavidad y el perfume masculino la envolvió. 
— Sí— ella respondió después de varios latidos de corazón.
— Pero elige a Dubois de cualquier modo.
— Sí — segura.
— ¿Por qué?— la mano del hombre apretó su brazo.
— Porque lo amo, porque prefiero luchar a su lado que en su contra. Si me ama, puedo ayudarlo.
— ¿Si la ama? ¿Por qué el condicional? La ama verdaderamente.
— Para un hombre hay cosas más poderosas que el amor, pero yo estoy dispuesta a enfrentarlas. No sé si estoy preparada pero quiero intentarlo. No lo amaría verdaderamente si no lo hiciera.
— Entonces, ma dame — él separó adrede las palabras—, Dubois tendrá ambas cosas. Tendrá lo que quiera porque usted está dispuesta— sonrió apenas y la arruga del entrecejo se le suavizó—. Usted lo dijo, deberíamos revisar los estatutos de la Orden— la mano de él descendió hasta tomar la suya.
— El nombre me da escalofríos— ella desvió la mirada.
— Es nada más que un nombre y está destinado a desaparecer. La Orden del Temple dejará de existir como tal cuando mi padre ya no esté. Él es el último Gran Maestre, así lo dispuso. Después, seremos nada más que un grupo empresario como otros tantos. El mundo cambia y debemos cambiar con él para perdurar.
 Adelante, destacándose entre el resto del gentío, Jean-Pierre escudriñaba con ojo clínico la multitud. Cuando la vio, le hizo señas. Ella agitó un brazo para saludarlo pero Ortiz no la soltó.
 — Tengo que irme...— se sentía asustada y no entendía por qué.
El coronel le tomó la otra mano.
— Lo entiende, ¿verdad? Es usted quien trae el cambio. Puede cambiar a Dubois y él puede cambiarlo todo.
— ¿Qué hay de usted? Usted es...
— Yo soy nada más que un administrador— la interrumpió—. Dubois y usted pueden dar el golpe de timón. Nunca había ocurrido antes.
 Ella tembló y él lo percibió.
 — Tiembla de emoción, ¿cierto? El juego está por empezar. Juéguelo junto a él.
 No le dijo nada: no hubiera podido. Él acercó su mano derecha hasta sus labios y la besó suavemente, sin dejar de mirarla a los ojos.
 — Hasta la vista, ma dame.
— Hasta la vista, coronel.

****

 Jean-Pierre necesitó nada más que dos pasos para imponer su figura enfundada en el uniforme de salida y alcanzarla con un brazo protector. Ella lo besó en la mejilla mientras dejaba que el alivio le recorriera el cuerpo y le devolviera el aliento.
— Vamos, preciosa, o llegamos tarde. ¡No hay que hacer esperar a los invitados!
 Mientras iban hacia el estacionamiento, Jean-Pierre preguntó por su acompañante.
 — El coronel José Ortiz. El padre del chiquito secuestrado...
 — El número dos de la Orden— él la interrumpió.
Ella tragó saliva varias veces antes de asentir.
— ¿Nerviosa?
 — Un poco.
 Jean-Pierre se detuvo junto al auto y la tomó por los hombros.
— No tengas miedo, chiquita. Todo saldrá bien.
 Ella sacudió la cabeza pero él no la dejó hablar.
— Ustedes dos, juntos, pueden cambiar las cosas. Mi hijo te ama y te necesita por encima de cualquier otra cosa. Siempre estarás primero.
 Comprendió que Jean-Pierre sabía y entonces, en un impulso, se abrazó a su cintura.
— Tengo miedo, tanto miedo... por Marcel...por mi bebé...
— Yo también lo tendría— él le acarició la cabeza—. "No conocerás el miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total..."
 — Eh, conozco eso... ¿No es de Frank Herbert...?
— "Duna". Me leí toda la saga cuando me tocaban las guardias en el cuartel. Para algo tenían que servir, ¿no?
Se rieron y se metieron al auto.

EPÍLOGO 
El rapto de Perséfone - Bernini

La estatuilla era una auténtica obra de arte, pieza única e invalorable. Representaba una escena de la mitología griega: el rapto de Perséfone. La diosa se retorcía entre los brazos de un Hades de barba rubia y hombros poderosos, magníficamente viril y desnudo, en su carro tirado por corceles negros de ojos enloquecidos. Un brazo del dios rodeaba las caderas de la diosa; el otro llevaba firmemente las riendas. A primera vista, la escena era el triunfo de la fuerza bruta masculina sobre la fragilidad femenina. Para algunos, resultaba ligeramente obscena en la desnudez de sus protagonistas, ya que la morena belleza de Perséfone estaba a medias cubierta por un velo desgarrado por las manos ávidas de Hades. Para aquellos que se detenían a admirar la obra, la verdad surgía con la observación. La mirada de Perséfone no suplicaba sino que provocaba; en sus labios no había temor sino sonrisa triunfal y exhibía su espléndida blancura a los ojos angustiados del dios al que había convertido en su esclavo. Él contenía la fuerza de sus manos, acariciando las caderas más que aferrándolas, y luchaba por ocultar la desesperación de perderla. El rostro transfigurado del dios reflejaba su propio infierno, encadenado para siempre al amor al que había tenido que raptar para poseer. Los ijares de los caballos negros relucían de sudor, al precipitarse de regreso hacia la herida que el carro del dios le había infligido al la madre Tierra, al irrumpir en la superficie para robar su tesoro.
Hades y Perséfone se eran fieles: el dios de las profundidades era inmune a la piedad; jamás había sentido el llamado de la carne y los sentimientos antes de conocer a la dulce diosa del renacer; la reina de los Infiernos no concebía amor más grande que el de su triste y oscuro señor. Y si no habitaban el Olimpo, su morada no les era menos grata. El artista se había tomado mucho tiempo para terminar la porcelana a gusto de su cliente. Había trabajado con las fotografías y había intercambiado cientos de bocetos, hasta alcanzar las fisonomías y las expresiones que el cliente demandaba. El resultado valía mucho más que la fortuna que le habían pagado: nunca volvería a hacer una pieza semejante. Había llorado al entregarla. El cliente le había prometido que la pieza sería periódicamente exhibida en exposiciones y museos. No era la fama lo que el artista anhelaba: era la obra misma. El cliente lo consoló diciéndole que los propietarios definitivos de la pieza, serían los mismos que la habían inspirado y que la obra se convertiría en tesoro y herencia de su familia. El artista pidió poder verla de vez en cuando y el cliente le prometió que hablaría con los dueños. Cuando la llevaron del taller, pareció que la luz se había vuelto más opaca.

 ****

Vittorio Contardi rodeó por enésima vez la mesa sobre la cual reposaba la porcelana. Había sufrido, pacientemente y en silencio, durante todo el tiempo que había demorado el embarque y traslado de la pieza, temiendo que algún accidente quebrara para siempre la armonía y belleza de las formas; o peor aún, que se le acabase su propio tiempo antes de verla terminada. La ansiedad le había consumido muchas noches, pero aquí estaba por fin. Podía respirar tranquilo. De hecho, casi podría decir que podía morirse en paz.
¿Cuánto había costado? ¿A quién le importaba? Era única, tanto como aquélla que una vez había admirado en los talleres de Nápoles, que reflejaba el éxtasis amoroso de Romeo y Julieta. El mismo artista las había hecho con la misma maestría. 
Mastr’Antuono no ha perdido la mano en todos estos años. 
El rapto de Proserpina- Porcelana napolitana de 1860
Enfocó la pieza desde distintos ángulos con la minicámara conectada a la notebook; eligió las mejores tomas y las grabó. Uno de los hombres de José ya había escaneado cuidadosamente todas las fotografías, inclusive las más antiguas, de color sepia, reparando a la vez los estragos del tiempo en ellas. Luego, las había archivado en la misma carpeta en la que Dubois había guardado la foto de Ombretta y Marcello; al parecer, Dubois no sabía de quiénes se trababa, pues el archivo no tenía nombre.
Seguramente la haya encontrado entre las cosas de Marcello. Nunca hubiera creido a Marcello tan sentimental.
Casi setenta años antes, él había encontrado la misma fotografía, en el compartimiento oculto del escritorio de su padre después de su muerte. Parecía obvio que Dubois tampoco sabía qué había sido de su notebook y que no se había ocupado por recuperarla, pero tenía una disculpa: había tenido cosas más importantes y urgentes de qué encargarse; seguramente daba por perdido el equipo. Bien, ahora lo recuperaría, y con algunos agregados familiares. Decidió que cambiaría el nombre de la pieza. “El triunfo de Perséfone” me parece más adecuado. Se sentó a la mesa, con la porcelana bien ante sus ojos, a redactar la nota que acompañaría a la notebook.

**** 
El suboficial a cargo de Ingreso de Materiales, exhibía un morro más largo que de costumbre cuando apoyó de mala manera un paquete peor envuelto encima del escritorio de Marcel.
 — Comandante, cuando vaya a recibir un envío de este tipo, por favor avise. ¡Creímos que era un atentado!
 Marcel miró al tipo con los ojos redondos de sorpresa, miró el paquete sospechado de actos terroristas, y volvió a mirar al fulano.
— ¿Quién espera un carajo?— ladró para no desentonar.
 — Eso — el suboficial señaló el paquete —, vino a su nombre. Una de esas computadoras portátiles. ¡No me diga que no sabía!
Discutir con necios es cosa de necios, pensó y se guardó el resto de sus argumentos. Cuando el uniformado se fue pavonéandose por haber puesto a un superior en su lugar, Marcel retiró los restos de papel y cartón para reencontrarse con su notebook.
 ¡Mierda! Creí que nunca volvería a verla.
Las circunstancias en las que la había perdido de vista habían quedado archivadas junto con el expediente Ayrault y, por una vez, ni Sistemas ni Equipos reclamaron el inventario. La conectó, maravillado, y abrió todos los programas y archivos que aparecían en “Escritorio” nada más que para regodearse con su funcionamiento.
¿Y esto? Una carpeta con archivos de imágenes. Mientras lo abría, recordó que en esa carpeta había guardado la foto reconstruida que había encontrado en casa de su abuela. Mi casa, recordó y sintió coloreársele la cara. El contenido era ahora mucho más voluminoso. Una sensación de premonición lo invadió, y aun antes de abrir los archivos, rebuscó entre los papeles y plásticos rotos. No encontró nada y se sintió frustrado. Ese idiota lo perdió. 
Llamó a Ingreso de Materiales y se sentó a esperar. La venganza es el placer de los dioses, meditó mientras cliqueaba sobre los archivos para abrirlos. Las fotos más antiguas estaban acompañadas por un texto que explicaba quiénes eran los retratados; de las otras, no necesitaba aclaraciones. Lo intrigaron las imágenes de lo que parecía ser una escultura y que resultó ser una porcelana de Capodimonte, del mismo estilo de aquella que estaba en casa de sus suegros y que representaba una escena del ballet “Romeo y Julieta”, y cuyos protagonistas eran Franco y Lola. La belleza de la obra lo sorprendió y lo conmovió.
 Al avanzar sobre las tomas siguientes, las sensaciones le encogieron el pecho.
¿Es posible?
Sonrió todavía incrédulo, pero las imágenes que se sucedieron lo obligaron a abandonar todo escepticismo. Quince minutos después, el mismo suboficial pero con menos humos, le entregó un sobre pequeño con huellas de pisadas y que contenía nada más que una tarjeta de visita.
 — Es lo único que encontré— masculló el tipo.


Sin dignarse a dirigirle la palabra, Marcel entreabrió el sobrecito y espió el contenido. En el anverso de la tarjeta, campeaba el relieve de un escudo de armas y debajo, el nombre y título impresos en caligrafía elegante. La nota estaba escrita en el reverso. Giró el sillón y dándole la espalda le dijo al suboficial que podía irse. Esta vez te vas con el rabo entre las patas, ¿eh? Volvió sobre las imágenes y las repasó una por una, hasta que le dolieron los ojos. Tomó la fotografía de Odette y los mellizos, que siempre llevaba con él, y dedicó los siguientes minutos a extasiarse secretamente con sus vástagos: Gabrielle le sonreía traviesa mostrando sus dos dientecitos, y la chispa pícara en sus ojazos oscuros era la misma que iluminaba la mirada de Odette; Gianfranco, desconfiando de la cámara, se colgaba del cuello de su madre como una garrapata rubia. Mis tres tesoros. Apoyó la foto en el teclado de la notebook y comenzó a recorrer nuevamente las imágenes.
Ahora entiendo.
Tomó la tarjeta y la releyó, poniendo su corazón en hacerlo:

 “El círculo está cerrado” 

 Sin dudarlo un segundo, ingresó al correo electrónico y buscó la dirección que estaba seguro de encontrar. Tecleó el mensaje, tan breve como el que había recibido, y lo despachó.

 “Comprendo” 

Más palabras hubieran sido innecesarias.

FIN
(por ahora...)

(1): Puta de mierda
(2): ¿Entonces sí quiere el beso en la boca? 
(3): Un momento por favor, teniente.
(4): Volveremos a vernos
(5): Por supuesto. La partida no terminó. Hicimos tablas, ¿cierto?

miércoles, 14 de noviembre de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 51


VIERNES, ONCE DE LA NOCHE, EN UN DEPÓSITO DE FERROCARRIL DEL Xº ARR.

El auto se detuvo en un callejón sucio y lleno de basura del X° arrondissement. Dos o tres figuras demasiado borrachas o pasadas de droga como para correr, se alejaron de las luces del auto, tambaleándose en dirección a la estación de tren.
— ¡Baje!— Corrente la tomó del brazo.
 Odette entrevió al conductor y la sorpresa la hizo detenerse.
— ¡Rinaldi! ¡Por fav...!— tironeó para acercársele pero Corrente la arrastró por el asiento.
 —¡Le dije que bajara!— el tipo mordió las palabras.
 Le agarró ambas muñecas y enlazándola por el cuello, la llevó hasta un portón carcomido por el óxido y cerrado con una cadena y un candado gruesos. Otro automóvil se detuvo el tiempo suficiente para que el pasajero se apeara; luego se alejó marcha atrás y con los faros apagados. El que había descendido se acercó y ella sintió que el corazón se le precipitaba en caída libre: Ayrault. El hombre la recorrió con una mirada feroz.
— Por fin nos vemos las caras, putita— Ayrault sonrió y la sonrisa se le deformó descubriéndole los dientes.
— Nosotros cumplimos con todos sus pedidos— Corrente lo interrumpió—. Su turno— le tendió un teléfono celular y retrocedió, arrastrándola consigo.
Ayrault tomó el teléfono y tecleó, con la cara retorcida de rabia.
Sin aflojar el abrazo brutal, con la mano libre Corrente liberó el candado, entreabrió una de las hojas del portón y la empujó dentro, con tanta fuerza que ella estuvo a punto de dar al suelo. El lugar era un depósito de techos altísimos, vacío excepto por una mesa en el centro del espacio enorme y desnudo. Cuando se acostumbró a la luz mortecina del lugar, vio que contra la pared opuesta a la entrada había una serie de bultos mal apilados hasta más de la mitad de la altura del depósito. Antes de poder darse cuenta de lo que pasaba, Corrente le esposó la muñeca izquierda a un caño a la altura de su cabeza, junto a una columna.
— ¡Por favor— suplicó —, ese hombre es un asesino...!
 — De eso se trata, comisario— los ojos del hombre brillaron—. Él quiere matarla antes de irse y los servicios que le ofrecimos la incluyen a usted.
El miedo pánico la paralizó y le trepó por el cuerpo. El zumbido que escuchaba dentro de su cabeza provocándole vértigo era la sangre que le corría enloquecida y la aturdía. Algo húmedo y ardiente le corrió por la cara cuando escuchó correr los eslabones y después el chasquido seco del candado.

 ****

— Ya está— Ayrault farfulló entre dientes—. Verifique su cuenta si quiere.
Corrente sonrió meneando la cabeza y le cambió el celular por la llave del candado.
 — Creo en su palabra. No demore: no tenemos demasiado tiempo.
Ayrault no se molestó en responder mientras entraba. Corrente cerró el portón y el candado sin hacer ruido y le entregó el celular a Rinaldi. El teniente lo conectó a su laptop y se concentró en lo que estaba haciendo durante varios minutos. Cuando terminó, avisó por el mic que colgaba de su cucaracha:
 — Transferencias terminadas. Final de la transacción habilitado— Rinaldi cerró la laptop y miró al italiano con desprecio.
Corrente lo evaluó de un vistazo y torció la boca en una sonrisa desagradable.
— Deduzco que no le gustan mis métodos— comentó mientras encendía un MS.
Rinaldi apretó los labios con disgusto y Corrente se encogió de hombros
— Me tomo muy en serio mi trabajo, teniente.
 — El trabajo de verdugo.
— Prefiero llamarlo “ejecutor”. Ejecuto órdenes. Cualquier orden.
 — Dudo que el señor conde le haya dado una orden semejante.
— Digamos que es mi “toque artístico”. El señor conde siempre lo ha apreciado.
Rinaldi se ahorró el insulto que le llenaba la boca y le dio la espalda.
 — No demorará mucho— aseguró el italiano —. Mejor así: no quiero perderme el noticiero.

 ****
Jumbo miró de reojo la pantalla del localizador en el que Dubois tecleaba frenético.
 — El X°— murmuró Dubois casi sin voz —. Perímetro de la Gare d’Est.
Con un ojo en la crucecita roja del localizador y otro en la avenida, Jumbo dio un volantazo suicida y tomó una calle de contramano. No te apagues, no te apagues... le rezó al celular de Marceau.
 — ¡Cristo, es uno de esos pasajes de mierda detrás de la estación...!— jadeó Dubois.
— Tranquilo, sé cómo llegar— puso una mano prudente delante del localizador que su compañero amenazaba destrozar con el puño.
 Dos o tres calles más de contramano y se detuvieron antes de la bocacalle. Dubois estuvo a punto de tirarse del auto y él lo agarró por el brazo.
— No sirve de nada que vayas como un loco.
Los ojos de Dubois brillaron furiosos.
— ¡La va a matar, boludo!— y lo que brillaba en la mirada de Dubois se le deslizó por la cara contraída de desesperación.
— No está solo, lo sabemos por los teléfonos. Quienquiera que esté ahí afuera esperando a Ayrault, estará prevenido. Suponemos que son tipos de la Orden que Ayrault no conoce. ¿Qué tal si no es así?
 Dubois forcejeó y Jumbo lo sacudió.
— ¡Carajo, si no vas a ir con la cabeza fría mejor que te quedes cubriéndome!
Dubois se pasó la mano por la cara y el pelo, y asintió sin poder hablar todavía.
— Vamos. Estoy bien— soltó el aire y aceptó la cucaracha y mic que le tendía.
 Dos autos se detuvieron detrás de ellos: eran los refuerzos que había pedido Michelon mientras ellos violaban a sabiendas todas las reglas de tránsito. Jumbo le tendió una pistola a Madame y ella lo sorprendió sacando otra de su bolso.
 — Vivimos tiempos difíciles— Michelon espió por encima de su hombro—. Apúrese, Dubois se va.
— ¡Carajo!— Jumbo voló detrás de Dubois, que corría como en medio de un try.

**** 
— ¿Cómo estás, putita?
El hombre avanzó hacia ella disfrutando de cada paso y ella se encogió de terror, respirando con la boca abierta porque el aire no le alcanzaba. Las lágrimas se le colaron entre los labios. Con un tirón de pelo brutal, le echó la cabeza hacia atrás. Sintió el frío de un arma rozarle el cuello y apretó los ojos muy fuerte; las lagrimas le rodaron hasta las orejas.
— No, muñeca, no te hagas ilusiones. Esto va a durar un buen rato todavía...
 La empujó contra la columna y el cañón bajó rozándole los pechos; siguió por el estómago y se detuvo un instante al alcanzar el borde del vestido. Le enderezó apenas la cabeza para obligarla a ver cómo el cañón le levantaba el vestido por encima de los muslos y le alcanzaba la entrepierna. La sonrisa de la bestia se amplió hasta transformarse en una mueca monstruosa.
— Te estás muriendo de miedo, perra...— le estrujó la cara hasta que el sabor de la sangre le llenó la boca—. Disfrutémoslo juntos ¿eh? — el animal empujó el arma violentamente hacia arriba y el impacto la hizo gritar. — Esto no es nada comparado con lo que te va a pasar. Deberías agradecer que sea la .44 y no yo — jadeó pegado a su oreja.
Odette sollozó, sin aliento para mantenerse en pie. El cañón se frotaba contra su cuerpo en un vaivén obsceno pero no se atrevía siquiera a usar la mano libre para detener al tipo. El arma cambió de posición y la boca del cañón le apuntó a la vagina, empujando con rabia. El terror le hizo contener la respiración.
— ¿Y, putita? ¿Quién primero: ella— movió la pistola —, o yo? No te escucho... — acercó la oreja hasta su boca —. Mmm, nada. Te quedaste muda. ¿Qué tal si te doy a probar?
 El miembro del tipo se endureció contra su cuerpo. La mano que la agarraba del pelo la soltó y se metió por debajo del vestido. Retorcerse de miedo y tratar de apartarse fue un reflejo que no pudo evitar, como no pudo evitar que la golpeara en la cara con el dorso de la mano. Le subió el vestido casi hasta la cintura y el metal recorrió el borde de encaje del calzón. Cerró los ojos ahogada de miedo, mientras él la insultaba y se mofaba de ella.
— Arrastrada, te gusta la lencería cara, ¿eh? ¿A que tenías que encontrarte con algún macho? Qué bueno, yo te encontré primero— el cañón empujó la tela hacia abajo —. Foulquie reventó, me contaron. ¿Quién vendrá esta vez a sacarte, comisario? Uh, no viene nadie...
El bulto contra su cadera era cada vez más grande y rígido. El tipo jadeaba de excitación mientras la humillaba con el arma.
— ¿No vas a golpearme?— le atrajo la cara hacia la suya y el aliento del hombre se mezcló con sus sollozos—. Pedí que te dejaran una mano libre para eso. La primera vez te di asco, ¿eh perrita?, pero parece que ahora te gusta porque no te escucho quejarte, ¿eh? ¡Te gusta, puta, siempre te gustó! A todas les gusta...— rugía — ¿Se creen que esto me basta? No, preciosa, no alcanza con que te abras de piernas... Yo quiero más... Vas a darme cada cosa que te pida... Con tal de salvar la vida me lo vas a dar lo mismo que las demás... Estúpida, putita imbécil... Son todas iguales...
 Retiró la pistola bruscamente y la soltó, y ella hubiera caído si no hubiera estado esposada al caño. Por un instante, la presión espantosa en el diafragma se le alivió, pero el animal no tenía pensado darle respiro.
 — ¡De rodillas, puta! ¡Es una orden!
 La empujó violentamente al suelo y ella quedó colgada de la muñeca esposada, que había comenzado a sangrarle. Él se apartó lo suficiente para amartillar el arma y ponérsela en la frente. Luego se desabrochó el cinturón y se desprendió la bragueta.
 — Hace diez años que espero este momento... La boquita bien abierta, muñeca...

 ****
 Marcel le hizo señas a Jumbo, señalando con la Beretta el auto detenido frente al portón carcomido por el óxido. Jumbo asintió seco: él se encargaría de los ocupantes del auto. Marcel se señaló la cucaracha en la oreja izquierda y Jumbo levantó el pulgar. Guiado por un técnico de Paworski desde uno de los autos, Marcel rodeó el edificio buscando la entrada trasera del depósito. La puerta estaba cerrada pero no se veía ningún tipo de cerradura o candado. Apoyó la mano en la hoja metálica y ésta cedió. Volvió a empujarla, hasta que quedó una abertura como para pasar el cuerpo pero no mucho más: algo la frenaba del otro lado. Con cuidado infinito asomó primero el brazo con el arma y luego la cabeza, y encontró el obstáculo: montones de cajones de madera medio podrida, arrumbados unos encima de otros de cualquier manera, hasta más de la mitad de la altura del galpón. Entró y cerró la puerta tras de sí sin hacer ruido y escuchó la voz de Ayrault. A punto de rodear las pilas de cajones, la cucaracha cliqueteó en su oído.
— Los del auto son gente de Ortiz— la voz de Jumbo siseó metálica —. Adentro hay un tipo de la Orden para liquidar a Ayrault. Ayrault está desarmado. Nosotros ...
Dejó de prestar atención a las boludeces de Jumbo: Ayrault rugió un insulto, se escuchó un chasquido seco y violento y después, los gritos y sollozos de Odette. Marcel sintió que las piernas no le respondían: el hijo de puta la había golpeado. Se olvidó de todas las idioteces que había prometido en un momento de cretinismo y sentido del deber. ¡Te voy a matar, escoria de mierda!
— ¡Dubois...! — chillaron por la cucaracha y él se la arrancó. Estoy ocupado.
 Se metió como pudo entre las hileras mal acomodadas y sucias, mientras Ayrault continuaba aullando obscenidades y amenazas. El pulso se le disparó frenético cuando quedó atrapado entre dos columnas de cajones y Ayrault le gritaba a Odette se pusiera de rodillas. Forcejeó desesperado y un clavo que sobresalía de la madera le desgarró la camisa y la piel. Aguantó un gruñido de dolor. Una sombra se deslizó en el extremo del ángulo de visión de su ojo izquierdo: ¿el hombre de la Orden del que hablaba Jumbo? La sombra avanzó con cautela, sin dar señales de haber notado su presencia. Trató de desenganchar la putísima tela, que se empeñaba en enredarse cada vez más en el clavo de mierda, y un tirón brusco hizo que los cajones se balancearan. Se paralizó. Lo único que me falta es una avalancha y que este tipo empiece un tiroteo. Trataba de equilibrar la pila cuando los gritos de Ayrault le taladraron el cerebro y dejó de preocuparse por el tipo y el derrumbe.
 Los vio cuando alcanzó la primera fila de bultos mugrientos: ella estaba de rodillas, casi colgando de la muñeca retorcida y sangrante; los sollozos la sacudían. Después, no vio nada más que el túnel y al animal al final del túnel por el que él se lanzaba. Un frío helado le recorrió la espina dorsal, mientras todo su cuerpo se preparaba para matar, liberado de cualquier otra sensación. Ni siquiera escuchó el estruendo de los cajones.
Pero cuando Ayrault giró hacia él tenía una pistola en la mano y era demasiado tarde para cualquier cosa.
Así y todo, mientras disparaba se retorció en el aire de un salto, para salir de la trayectoria del proyectil que apuntaba a su cabeza. Algo lo golpeó en el medio del pecho, arrastrándolo hacia los cajones y la cabeza le dio contra uno. Su propia bala terminó arrancando esquirlas de una pared. El chaleco antibala se le incrustó en el esternón. Piernas y brazos se negaban a responder a las órdenes de su cerebro atosigado de adrenalina. Un calibre de los grandes. ¿De dónde mierda la sacó? ¡Carajo, me falta el aire! Dejó caer la cabeza hacia atrás para respirar mejor y los gritos de Odette lo congelaron. Una sombra ominosa se le acercó: Ayrault, con el cinturón todavía desabrochado. Intentó mover la mano con que sostenía la Beretta y el pie del tipo le aplastó el brazo contra el piso. Ayrault se inclinó sobre él, precedido por la boca horrorosa de una Magnum.

 — Boludo de mierda...— la sonrisa espantosa se deformó en una mueca de odio mientras el cañón se acercaba a su frente. El cuerpo entero seguía sin responderle y se ahogó de impotencia al escuchar las súplicas desesperadas de Odette. Te fallé, nena, que Dios me perdone. Un estampido saturó el aire asfixiante del lugar. Te amo y no te pedí perdón... Las lágrimas le quemaron la cara cuando cerró los ojos.

**** 
Algo espeso y caliente le mojó la cara y la garganta, y cuando quiso moverse un peso tremendo se lo impidió. ¡Respiro! Levantó la cabeza como pudo, entreabrió los ojos y vio el cuerpo de Ayrault atravesado encima de él: por el agujero rojo brillante abierto en el occipital, le escurrían sangre y masa encefálica hacia el cuello de la camisa y por los lados de la cabeza. Una forma oscura se inclinó, arrastró el cuerpo a un lado ayudándose con los pies, y le tomó el mentón para mirarlo a los ojos.
— ¿Está bien? ¿Me escucha, Dubois? ¡Dubois!
Asintió sin aliento y logró golpearse el pecho sobre el chaleco y levantar el pulgar.
 — ¿Puede moverse? — el hombre no esperó a que él respondiera y le pasó un brazo por debajo de los hombros para ayudarlo a sentarse.
 Cuando pudo enfocar un poco mejor la vista, lo reconoció: el coronel Ortiz. El “hombre de la Orden” que debía liquidar a la bestia de Ayrault.
 — Lo siento de veras. No sabíamos que Ayrault estaba armado— Ortiz dijo a media voz—. Le hubiera disparado mucho antes pero tenía encañonada a la comisario Marceau.
Marcel sacudió la cabeza y el esfuerzo por respirar lo hizo toser. Estaba desesperado por preguntar por Odette pero el aire no le alcanzaba. Escuchó que Jumbo trataba de calmar a alguien que gritaba fuera de sí y al levantar la cabeza, vio correr a Odette hacia él, llorando, perseguida por el pobre Meyer y alguien más.
Él no podía articular palabra: el pecho le dolía tanto que se le nublaba la vista y no podía sostener el cuello.
Las manitas temblorosas de Odette le tomaron la cara y recorrieron las manchas de sangre, tratando de descubrir en dónde estaba herido. Sus deditos frenéticos tironearon de los botones de la camisa y encontraron la rigidez del chaleco y el proyectil incrustado.Él quería tranquilizarla, decir media palabra coherente pero boqueó como un pez fuera del agua: no hubiera podido hablar ni para salvar la vida. Ella se miró las manos sucias de sangre, volvió a tomarle la cabeza y lo miró con ojos enormes de miedo. Él enfocó la visión con esfuerzo y distinguió al insecto de Corrente detrás de Meyer.
 — ¡Por Dios, capitán, no sabíamos que el tipo estaba arma...!
Corrente no terminó la frase: un tortazo de Jumbo lo arrojó contra unos cajones, a unos buenos cinco metros de ellos. El italiano quedó despatarrado y si le dolía algo no osó quejarse.
Marcel sintió las manos de Odette repentinamente frías. Rígida y blanca como la cera, cayó desmadejada a sus pies, como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos de un solo golpe.
 — ¡Jefe!— Meyer gritó asustado y la levantó en brazos con delicadeza infinita.
Ella parecía no tener peso y su palidez era aterradora. Jumbo miró a Marcel, acongojado y con los ojos llenos de lágrimas. Ortiz dio un paso hacia Jumbo y sosteniendo la muñeca ensangrentada, rozó la cara de porcelana, tan pálido que parecía gris.
 — Qué le hicimos— murmuró Ortiz.
SAMU- Paris

Luego se agachó y lo rodeó con un brazo para ayudarlo a incorporarse. Desde la calle llegaron varios tipos de verde trayendo camillas. Él se desplomó en una y le plantaron una mascarilla de oxígeno en la cara que le impedió ver qué hacía Jumbo con Odette. Ni siquiera pudo forcejear con los médicos, que lo sujetaron con correas y lo metieron en una ambulancia. Lloró de dolor mientras le sacaban el chaleco y después perdió la conciencia. Nadie se preocupó en averiguar si Corrente estaba en condiciones de seguirlos.

lunes, 22 de octubre de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 50

QUAI DES ORFÊVRES, VIERNES POR LA NOCHE

 Michelon salió de su despacho pálida de contrariedad, y cuando abandonaba tan intempestivamente su centro de operaciones, por lo general había buenos motivos para alarmarse. El escaso personal civil y policial que todavía circulaba por los pasillos hizo lo posible por tornarse invisible.
 — ¡Laure! ¿Dónde está Marceau? — preguntó con brusquedad, asomándose a la oficina.
— En su despacho...— Laure se encogió de hombros.
— No responde al interno.
— Es posible que ya se haya ido, son las nueve.
— ¡Jesús, localícenla ya! ¡Y quiero a Meinvielle! ¡Aquí, no al teléfono! ¡En diez minutos! ¡Y busquen a Marceau!
La mirada de alarma de Madame era suficiente para movilizar al escuadrón de Desaparición de Personas. Laure salió corriendo detrás de Michelon, que volvió a su despacho con un montón de faxes en la mano. 

****


El capitán Bernard Meyer buscaba un expediente en su cubículo microscópico, cuando su celular vibró insistente. Intentó no hacer caso y continuó la búsqueda pero el celular seguía sonando. Por la persistencia, Jumbo dedujo adecuadamente de quién se trataba aún antes de leer el nombre en el display.
— Sí, mamá, todavía estoy en el trabajo... Haré lo posible, te lo prometo.... Mamá, a los delincuentes no les importa que yo sea judío y que hoy sea viernes.... Está bien. Un beso.
Logró cortarle a su madre, maldiciéndose por enésima vez por haberle dado el numero en un momento de debilidad filial yiddish. Manoteó el expediente que hacía equilibrio en el tope de la pila interminable acumulada sobre su exiguo escritorio. El celular vibró otra vez y su hermana, preocupada por la precaria salud de su madre y la falta de interés de su hermano menor en la misma, recibió una respuesta bastante menos diplomática. Se prometió que el lunes pediría que le asignaran un número nuevo.
Habiendo establecido que un café no le vendría nada mal y que Sully ya se había ido, se fue por sus propios medios hasta la máquina. Volvía con el vasito descartable cuando vio a Marceau salir de la oficina rumbo a las escaleras, pálida y silenciosa como un alma en pena. Su fragilidad y su desolación lo conmovieron, aunque a Jumbo jamás se le ocurriría planteárselo en esos términos.
Carajo, está hecha mierda.
Sacudió la cabeza y trató de concentrarse en la burocracia del Quai, sin resultados positivos. Lanzó un vistazo al cubículo de Dubois, que había estado vacío todo el día. De hecho, el capitán Dubois casi no estaba poniendo pie en su lugar habitual de trabajo y cuando lo hacía, se comunicaba con monosílabos con el resto del personal. A las preguntas por la salud de su padre, el coronel Dubois, respondía con un gruñido parecido a “estámejorgracias”. El noticiero de las ocho, más conocido como cabo Bardou, se había ocupado de difundir las actividades supuestamente mafiosas de Dubois, deducción no del todo antojadiza, extrapolada de sus frecuentes llamadas en idioma italiano a personajes de telenovela peninsular llamados Donna Valentina, Mario Varza y otro completamente impronunciable y por lo tanto más sospechoso todavía.
La estridencia del interno lo irritó tanto que respondió de mala manera. Era Laure y Jumbo se disculpó de inmediato.
 — ¡Bernard, qué suerte que todavía estás! ¡Michelon quiere que subas ya mismo!
 — Laure, ¿qué...?
 Por el clac estruendoso que siguió, Laure había lanzado el auricular sobre la horquilla y cuando lo hacía lo mejor era subir a velocidad supersónica, que fue lo que Jumbo hizo.

 ****
Pasillos de La Santé 
— Ayrault escapó — Michelon ni siquiera esperó a que Meyer se sentara para soltar la bomba.
— ¿Cómo es posible? ¿De La Santé?— El capitán se quedó con la boca abierta mientras revisaba los papeles que Madame le alcanzó.
 — Vestido como guardia penitenciario. ¡Idiotas!— estalló Michelon
— No tiene sentido...— Meyer enmudeció en medio de la frase—. Sí, sí lo tiene. Busquemos a Dubois: él sí sabrá cómo rastrear a Ayrault.
 **** 

Odette dio media vuelta y regresaba corriendo al Quai cuando los faros de un automóvil la encandilaron. Se protegió la cara con los brazos y vio que el auto venía hacia ella. Pivotó de un salto y se lanzó a cruzar la avenida. Mientras corría, el celular volvió a sonar. Lo abrió esperanzada pero la voz del otro lado ni siquiera la dejó terminar la frase.
— No te vas a escapar esta vez, putita.
Clic.
Hubiera estrellado el celular contra el suelo pero un chirrido de neumáticos a sus espaldas la alarmó. Miró por encima del hombro: una figura oscura se había apeado y corría tras ella. El auto aceleró. Buscó su arma en el fondo del bolso y alargó los pasos pero el hombre era mucho más rápido que ella y la alcanzó. Giró furiosa y lanzó la pierna derecha a la entrepierna del tipo mientras disparaba, pero el otro tenía una agilidad fulmínea y de un salto esquivó su pierna y el tiro, volteó en el aire y la desarmó golpeándola con el filo del pie. Ella volvió a correr pero una zarpa la agarró por el cuello y subió hasta aplastar su boca. El hombre la empujó contra la pared, sin importarle que ella lo pateara con toda la fuerza de que era capaz. 
Ferma... — siseó el tipo y ella reconoció la voz de Corrente—, ferma perchè te la faccio pagare qui! (1)
 El auto los alcanzó y el italiano la llevó en vilo sin esfuerzo. La tiró en el asiento trasero y el que iba al volante arrancó a velocidad demente, antes que Corrente cerrara la puerta. Ella trataba de alcanzarla cuando escuchó el siseo y el clic del seguro, y el italiano la enlazó por el cuello con el brazo y apretó. El celular sonó en su bolso. Corrente le puso el cañón obsceno de un Colt en la garganta.
 — ¡Responda!
—¡Váyase a la mierda!— se revolvió y lo pateó, y él la sacudió por el pelo hasta que le saltaron las lágrimas, pero siguió pateándolo y dándole codazos a pesar del dolor y los sacudones.
El tipo se le tiró encima para dominarla.
Piccola troia ...!(2) ¡Responda de una puta vez!
 Forcejearon y en tanto el teléfono dejó de sonar. La sangre le pulsaba en las sienes y el ruido no la dejaba pensar.
 — No vuelva a desobedecerme, comisario— gruñó Corrente encima de ella y sin soltarla—. No sabe cuánto me excitan las mujeres que juegan sucio, así que deje de provocarme o esto termina antes de empezar.

— ¡Cerdo imbécil!— sacudió la cabeza para golpearlo en la frente y acertó.
 El mayor ahogó un rugido pero no se movió de encima de ella.
— Stai ferma!— la amenazó mostrándole el dorso de la mano derecha.
Ella disparó la rodilla a la entrepierna del tipo pero él le leyó la intención en los ojos y le agarró el muslo en el aire, apretando hasta obligarla a ceder. Ring otra vez. Él le dedicó una mirada asesina mientras la enderezaba de un tirón.
 — ¡El teléfono!
Tanteó en el bolso temblando de rabia y miedo, como si el maldito artefacto fuera un hierro al rojo y entonces comprendió un detalle que, en medio de la desesperación, se le había escapado: no era el celular oficial de la Brigada, sino el del número que había usado para sus comunicaciones con ese hijo de puta de Corrente.
Con los dedos casi rígidos sacó el otro teléfono y presionó las teclas. El primer celular seguía llamando; ella soltó el que tenía en la mano dentro del bolso y agarró el que sonaba. Corrente le hizo una seña brusca que ratificó empujándole la cabeza con el Colt.
— ¿Qué te pasa putita, que no respondías?— gruñó el monstruo del otro lado—. ¿Te doy miedo? Estoy cerca, perra, muuuy cerca... ¿Te están trayendo a verme? ¿No me extrañaste todos estos años?
 — Cretino de mierda...— murmuró sin poder ahogar del todo un sollozo.
— Esperé mucho pero ya no puedo esperarte más, no tengo tiempo. Nos vemos en un ratito, ¿eh?
 Clic.
Ella se quedó mirando el teléfono como si fuera un bicho maligno y Corrente le llamó la atención con un sacudón.
— Ayrault volverá a llamarla. No se le ocurra hacer nada raro como no responder, tratar de bajarse, patearme o atacarme, o llamar la atención de alguien, ¿está claro?— bajó el martillo del revólver para confirmar sus amenazas.
— Escoria...
 — Me llamaron cosas peores. 
— ¿Por qué mierda hace esto?
— Porque me pagan muy bien, comisario.
 — ¡Hijo de puta!— gritó con la garganta apretada por las lágrimas.
— No me malentienda: no es nada personal— Corrente sonrió disfrutando de la situación—. Los que me contrataron me pagan por Ayrault. Usted no les interesa: es nada más que el anzuelo.
 El teléfono volvió a sonar y Corrente lo señaló con una sacudida del mentón. Mientras ella lo abría usando ambas manos por lo mucho que le temblaban, Corrente le mostró los dientes.
 — Así me gusta. Brava ragazza.(3)

*** 

Dubois se quedó rígido junto a la puerta de la habitación de su padre cuando los vio llegar a los tres juntos por el corredor del hospital: Michelon a la cabeza, flanqueada por la vieja psicóloga forense Meinvielle, y por último Jumbo, escoltando a las damas terribles.
Cuando Dubois terminó de escuchar, la expresión se le volvió granítica. 
— ¿Cómo consiguió el uniforme?
 — Por la mañana recibió la visita de su abogado, o eso es lo que dice el libro de entradas — aclaró Jumbo. — Fue la única persona a la que vio.
 — ¿No hay videos, fotos, nada que permita identificar a ese tipo?
Michelon le dio los fax con las imágenes: era obvio que el que había entrado conocía a la perfección la localización de las cámaras en el edificio de La Santé, porque no había una sola toma que permitiera identificarlo por completo. Podría haber sido cualquier tipo con maletín, traje oscuro y camisa clara, y a La Santé ingresaban decenas como ese todo el tiempo. Dubois le devolvió los papeles a Madame con gesto cansado.

El celular de Michelon sonó: acababan de encontrar el cuerpo desnudo de un guardia en una de las celdas vacías. El hombre llevaba muerto por lo menos doce horas. Lo habían golpeado y estrangulado. En los reportes de entradas y salidas el guardia figuraba como que había dejado su puesto de trabajo en el horario habitual. La fuga de Ayrault había sido descubierta dos horas después.
— ¿Quién le pasó la información, Madame?— preguntó Dubois y Jumbo se sorprendió de la pregunta.
Michelon miró fijamente al capitán antes de responder a media voz:
 — El inspector general Lejeune. Hace menos de una hora.
— Entonces no creo que encontremos a Ayrault antes que lo eliminen.
— ¿Qué?— Madame casi dio un salto en su lugar.
 — Lo ayudaron a evadirse. Están dándole un poco de aire para que no desconfíe, pero van a hacer lo mismo que hicieron con Nohant— respondió Dubois fríamente—. Deben querer algo de él porque de otro modo lo habrían liquidado en su celda— se encogió de hombros— .Tuvieron la deferencia de avisarnos, eso es todo.
 — Un verdugo de la Orden está a cargo — afirmó Jumbo con voz neutra.
 Dubois lo miró durante un momento largo, antes de asentir con la boca curvada hacia abajo, con una expresión que hablaba a las claras de lo mucho que le preocupaba la suerte de Ayrault a manos de un verdugo de la Orden.
— Señores— siseó Michelon—, no podemos permitirlo. Quiero a ese miserable de Ayrault frente a un tribunal como corresponde. ¡Nada de limpiezas estilo Cosa Nostra! Dubois, salga de inmediato a rastrear a ese... sujeto— Madame hizo una pausa de efecto—, si es que todavía es uno de mis hombres, capitán.
— Siempre, Madame — Dubois esbozó una sonrisa de disculpas—. En cualquier circunstancia.
Si alguien entre los presentes suspiró de alivio, Jumbo no podría haber dicho quién.
— ¿Puedo hacer una sugerencia?
Todos se volvieron hacia Meinvielle.
 — Si comprendí bien la personalidad de nuestro prófugo ilustre y si de verdad queremos encontrarlo, creo que lo más inteligente que podemos hacer en primer lugar, es localizar a Marceau. Con verdugos o sin ellos, antes que cualquier otra cosa, aún antes de huir, Ayrault tratará de matarla.
 Jumbo hubiera jurado que Dubois estaba a punto de desmayarse, cuando su celular comenzó a vibrar en el bolsillo superior interno. Abrió el aparatito insultando mentalmente al que lo jodía con alguna idiotez, pero el nombre que apareció en el visor le congeló las palabrotas en la punta de la lengua.

 **** 
El hombre que esperaba en el auto le advirtió que no tenían mucho tiempo y Ayrault bufó un asentimiento. Al final, había sido su socio italiano el que le había salvado el culo ayudándolo a evadirse. Por supuesto, a Ruggieri le convenía que él estuviera libre y era evidente que se había tragado que Delbosco había asesinado a Alessandra después de usarla para traicionarlo. El abogado francés que le había proporcionado como defensor, llevaba los asuntos de Ruggieri en Francia, Argelia y Túnez.
El territorio tunecino era su primer destino; luego vería cómo continuar. No sería barato, pero cualquier cosa era mejor que las pésimas perspectivas de una visita formal al Palais de Justice. Al verificar sus cuentas telefónicamente, había descubierto que el préstamo de Montevideo no le había sido acordado, pero tampoco esperaba otra cosa. Lo mismo contaba con lo que él llamaba medio en broma, medio en serio, su “pensión para la vejez”, que hubiera preferido no tener que utilizar: los fondos de la venta de los embarques, más lo escabullido de los fondos para las campañas, en una discreta cuenta en el aún más discreto banco de las Cayman Islands.
Cuando se actúa en política se debe ser doblemente previsor. Tanteó la pistola calibre .44 en la parte de atrás del cinturón, nada más que para saber que estaba ahí. Había hecho bien en conseguirse una, porque era claro que los tipos que lo ayudaban no pensaban proporcionarle armas mientras estuviera con ellos. Era la del guardia de La Santé, el mismo al que el abogado había sobornado para conseguir el uniforme y la tarjeta magnética. Debería haber simulado un ataque y golpear al tipo lo suficiente como para dejarlo inconsciente, pero el imbécil se negó a darle el arma y tuvo que liquidarlo.
No usaría el arma con ella. Te voy a matar con mis propias manos... Será un placer, muñeca.   La sola mención de la idea le provocó un estremecimiento y le entrecortó el aliento. El espasmo le llegó hasta el escroto y la erección empezó a empujarle contra el pantalón. Le rompería el cuello entre sus dedos, escucharía el traquido de sus costillas cuando las golpeara y la miraría a los ojos cuando ella se ahogara en su propia sangre. Aquellas miradas siempre lo fascinaban. Ese brillo agónico terrible, esa desesperación y ese terror de saber que estaban muriendo; esa resistencia estéril y ese aferrarse estúpidamente a la vida que él les arrancaba a golpes. Había leído la muerte en muchos ojos de todos los colores, y la expresión horrorizada del final era siempre la misma y le provocaba siempre el mismo placer orgásmico; un placer mucho más grande y más intenso que el de someterlas a su verga. Pobres estúpidas, creían que le bastaría con poseerles los orificios del cuerpo. Su ansia era mucho más grande: él les poseía la vida y la muerte, porque el poder de decidir quién vive y quién muere es el afrodisíaco más violento. Quiero verte bien a los ojos cuando te mate.

(1) ¡Quieta porque te las hago pagar acá!
(2) Putita
(3) Buena chica

sábado, 6 de octubre de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 49

HOSPITAL HÔTEL DIEU. JUEVES POR LA NOCHE 

Eran más de las nueve de la noche cuando Marcel se sentó al volante. Los autos deberían tener piloto automático y navegador, carajo. Hizo un esfuerzo por espantar cualquier pensamiento en cualquier dirección que no fuera la de volver a casa, comer algo, dormir hasta el día siguiente, enterrarse en el papelerío interminable del Quai y así secula seculorum, como lo venía haciendo desde que retomara su vida normal.
No hay nada de "normal" en tu vida, tarado. Había pensado seriamente en ver a la vieja bruja de Meinvielle. ¿Y qué le digo? ¿Qué tal, doctora, ¿sabe?, tuve la oportunidad de conocer a algunos miembros más de mi familia. Con uno de ellos tuve una relación fugaz: le vacié un cargador entero en las tripas'.
 Acababa de salir del hospital de ver a su padre. En menos de dos días Jean-Pierre le había sonsacado con habilidad digna de sus galones, información acerca de todo el operativo desde que comenzara en Génova. Se encontró contándole a su padre acerca de la Orden y de cómo habían llegado hasta la organización dos años atrás, mientras Jean-Pierre se fumaba sus Gauloises uno tras otro a escondidas de las enfermeras. Golpearon a la puerta y la enfermera asomó con la clara intención de despachar visitantes inoportunos. Él prometió que se iría en cinco minutos.
— Cinco minutos— refunfuñó la última representante de las huestes de Vercingétorix—. Y usted, apague  ese cigarrillo. Esto es un hospital, ¿no sabe que no se puede fumar?
 Jean-Pierre le tiró un beso y un anillo de humo por toda respuesta, y la pelirroja enrojeció hasta la raíz del pelo. Dio una patadita en el suelo pero se fue con un esbozo de sonrisa en la boca.
 — Es encantadora— sonrió Jean-Pierre.
— Uf, me lo imagino. Encantadora como un sargento de artillería.
 — Bah, perro que ladra...
 — Me voy antes que cambie de idea y me muerda.
 Se estaba poniendo el saco cuando el comentario aparentemente inocente de su padre lo congeló.
— Odette pasó a verme esta mañana.
Marcel gruñó algo así como un “Ah” porque estaba atragantado con su propia saliva. Jean-Pierre continuó:
— Parecía un animalito escapado de un incendio en el bosque.
 Tenía que volverse y mirarlo a los ojos aunque más no fuera para despedirse pero le faltó coraje y se escondió detrás de un Gauloise.
— Hasta mañana. Te dejo dos o tres— Marcel apoyó los cigarrillos en la mesita de noche.
Jean-Pierre lo miró largamente antes de devolverle el saludo.
— Como quieras.
Se quedó sentado en el auto, en la oscuridad del estacionamiento. ¿Qué puedo decirte, que no podemos hablar como adultos razonables? ¿Qué harías en mi lugar si supieras lo que sé? ¿No bastaba con que el hijo de puta la hubiera violado? ¿No era ya suficiente castigo llevar la misma sangre que todos esos malparidos? ¿Tenían que quitarme también a mi hijo? Pero... Y si no era mío... ¿Habría podido vivir con la duda?
Sabía que no, y que ella tampoco, y que entonces... Las entrañas le dolieron con una intensidad desgarradora. Sacudió ambos puños y golpeó la frente contra el volante, sintiendo que el auto se le encogía encima. Bajó sin pensar y volvió corriendo al hospital. La pelirroja se le cruzó en el camino y contuvo las ganas de sacársela de encima de un empujón.
— El horario de visita terminó— ladró la tipa.
— ¡Necesito hablar con mi papá!— la voz se le descontroló.
 La mujer abrió los ojos muy grandes y se apartó despacio.
 — Hablen en voz baja. Esto es un hospital, ¿sabe?
 Entró sin golpear: la habitación estaba a oscuras y estuvo a punto de dar media vuelta y correr al auto. Soy un boludo de primera categoría, ¿qué carajo estoy haciendo? ¡Pendejo!
 — Marcel...— la voz de su padre lo llamó en la oscuridad y entonces vio la brasita diminuta.
Jean-Pierre encendió la luz de noche: estaba sentado, fumando. La mano grande y cálida que sostenía el Gauloise, la sonrisa cómplice, la mirada preocupada como cuando le revisaba los machucones en las piernas.
¿Dónde estuviste todo este tiempo, papá?
 Jean-Pierre palmeó la silla junto a la cama.
 Marcel se sentó y dejó caer la cabeza, con las manos entrelazadas entre las rodillas.
 — Cristo, no sé por donde empezar... Creo que ... es demasiado largo.
— Tenemos tiempo.

HOSPITAL HÔTEL DIEU. VIERNES POR LA MAÑANA
Golpearon a la puerta, la enfermera abrió y le cedió el paso a alguien.  Jean-Pierre estaba de espaldas saboreando el primer Gauloise del día y disfrutando de la noticia de su alta. Volteó, pensando que sería Marcel, y se quedó mudo al ver a Valentina Contardi Bozzi de pie en medio de la habitación, junto a la cama.

 — Marcel me acompañó— Valentina sonrió tímidamente a modo de saludo—. Está afuera, hablando con los médicos.
Repentinamente, Jean-Pierre no se sentía siquiera en condiciones de respirar. Valentina se acercó a la silla y se sentó. Cuando Marcel le había contado de su reencuentro con la anciana, la punzada de culpa lo había paralizado y por lo visto también lo había dejado sordo, porque no recordaba que Marcel hubiera mencionado que Valentina estaba en París.
 — Dijeron que mañana te dan el alta— continuó Valentina, mostrando un coraje que él no era capaz de igualar.
 Jean-Pierre se sentó en el borde de la cama y el cigarrillo se le cayó de la mano. Valentina lo recogió y se lo tendió y él lo tomó temblando.
— ¿Cómo estás? De salud, quiero decir. Marcel me contó de... del tiroteo...
 Tenía que arrancarse esa culpa tremenda que le desgarraba el pecho. Cerró los ojos y habló a borbotones.
 — Lo siento... Lo lamento tanto...— no le alcanzaba el aliento y la voz le salió miserablemente ronca—. Yo... no supe hacerla feliz. No pude. Yo...
— Nunca hubiera podido ser feliz— susurró Valentina.

 Jean-Pierre lloró sin vergüenza.
— La amaba pero me equivoqué— murmuró escondido detrás de las manos—. Nunca, nunca debí alejarla de esa forma de usted; debí haberme quedado con ella cuando se enfermó, aunque me rechazara... Dios Santo, cometí tantos errores que no sé si tendré perdón alguna vez...
— Yo también cometí errores terribles... Pero Dios nos perdonó a los dos— Jean-Pierre levantó la vista y Valentina tenía los ojos arrasados mientras le tomaba las manos —: tenemos a Marcel.

QUAI DES ORFÉVRES, EL MISMO DÍA 
Odette subió las escaleras a toda velocidad, devolviendo los saludos tímidos sin mirar a nadie y se encerró en su despacho después de murmurar algo así como un “buenos días” en respuesta a la andanada de saludos. Despachó a Sully, que asomó con la pobre excusa de ofrecerle café, y pidió que no la molestaran durante un rato.
Bueno, algún día tendría que pasar: no podía quedarme eternamente atrincherada en casa.
La oficina bien podría haber sido la celda del Hombre de la Máscara de Hierro, por cómo se sentía ella dentro. Tuvo que reprimir el impulso de correr hasta la calle. Miró por la ventana al patio interior, poblado de ventanas grises y anónimas iguales a la suya. Allí arriba se distinguía un cuadradito de cielo despiadadamente azul. Encontró su propio reflejo en el cristal moteado por la lluvia de dos días atrás: una silueta perfilada en negro, el negro de aquel vestido de lana suave que a él le gustaba tanto. Se lo había dicho hacía un siglo, “ Me gusta cómo te queda el negro” y le había dibujado el cuerpo con las manos. Se apartó del reflejo de su rostro en el vidrio: no había maquillaje posible para su miseria interior. Volvió la mirada al escritorio con los expedientes escrupulosamente acomodados por fecha y número.
Sully habrá estado a sus anchas poniendo orden en el maremagnum y despellejándome por el despelote de papeles. Ya que le gusta tanto el orden, no le vendría nada mal una temporadita en el Archivo. Reflexionó sobre la acidez de sus pensamientos: Pobre Sully, no tiene la culpa de lo que me pasa. 
“Te perdí”, susurró y la angustia le apuñaló el costado. ¿Cuánto hacía que no sabía nada de él? Había llorado como una idiota al volver al departamento enorme y vacío. Nunca lo había sentido tan impersonal en su glacial elegancia, lleno de objetos bellos pero sin vida, y ahora comprendía que lo que lo hacía hermoso eran las camisas de él colgadas de cualquier manera entre su propia ropa; los perfumes y los suéters que ella le había regalado y que él desparramaba por el vestidor; su ropa interior, sus libros, su música favorita y sus latas de cerveza; el abono al canal de deportes y los paquetes de Gauloises en cada cajón que abría.
¿Tendría ella el coraje de estar ahí cuando él fuera a llevarse el rastro de su paso por su historia? Por supuesto que no.
Se sentó pesadamente y apoyó la frente en las manos acopadas, apretándose los ojos para no llorar. Trabajar y trabajar para perder la noción del tiempo y de los sentimientos. Aturdirse con papeles estúpidos y reportes interminables; esperar el caso siguiente y morirse de a poco ahogada en rutina, para no pensar. Era un ejercicio que conocía bien por haberlo practicado durante años.
Pero él no está muerto: está vivo, palpita y siente; lo herí profundamente y ahora me odia. Peor: me desprecia. ¿Cómo voy a vivir con esto? El desgarro interior la dobló en dos y hubiera gritado de dolor hasta enronquecer si hubiera podido. Y en cinco segundos el Quai en pleno tira la puerta abajo.
A punto de meterse una barrita de chocolate en la boca, recordó las veces que lo había provocado con el gesto y dejó el chocolate en paz. Se enterró entre los papeles, dispuesta a olvidarse de sí misma. Lo logró bastante bien, porque cuando notó que le dolía la cabeza, eran más de las nueve de la noche. Espió por la hendija de la puerta: no había nadie. Tomó el bolso y se escurrió hasta la playa de estacionamiento como un fantasma.

Abrió, se sentó, puso la llave y dio arranque, todo sin mirar. Ni un puto ruidito a encendido. Llena de odio por la tecnología moderna, se bajó con ganas de patear las puertas  y sentarse en el suelo a llorar de rabia y cansancio. Eso es infantil. Cerró el maldito auto y emprendió el camino del puente para tomar el Metro. El tránsito ya era escaso y apretó el paso, empujada por una inquietud que no podría definir. No será la primera vez que asalten a un cana. 
Un automóvil la sobrepasó, cruzando el Pont au Change a buena velocidad. Faltaban unos metros para la avenida Victoria cuando el celular repiqueteó en el fondo del bolso. Tanteó sin mirar hasta encontrarlo.
— Marceau.
— Puta, te estoy esperando...

Clic.
Podría haber sido nada más que un ronquido, una obscenidad susurrada, la jerigonza sorda y casi ininteligible de un animal salvaje, pero la voz era inconfundible y la frase también. Ayrault. Una lágrima de terror se le deslizó por la cara hasta la boca entreabierta.