Tres de la madrugada
El hombre de unos veinte o veintidós años tenía el uniforme azul
manchado de sangre, y el brillo de la locura en los ojos del color del lapislázuli. Sus
facciones clásicas podrían haber sido hermosas si no hubieran estado deformadas
por la rabia. Cerró la puerta sin soltar al viejo.
— ¡Nos están dando un poco de trabajo, tu... “hijo”... — masculló
agitado—, y el otro hijo de puta!— un ramalazo de dolor le cruzó la cara y le
arrancó una mueca sardónica. La sangre le brotó del hombro humedeciéndole la
camisa.
Odette se quedó muda y el corazón se le precipitó en picada al vacío. Por Dios, nena, no te aterrorices. No es él.
La bestia está muerta. El color de los ojos y del pelo, la altura y el
porte militar pero por sobre todo el uniforme azul y la mirada rabiosa, le
dispararon la adrenalina y le confundieron las imágenes.
Con un esfuerzo violento de la voluntad, apretó el puño tembloroso alrededor de la culata. No llores, estúpida. Sintió el ardor de
la lágrima trazarle un surco en la mejilla.
¡En el nombre de Dios, no llores!
El parecido existía más en su memoria
distorsionada por el miedo que en la realidad. Se obligó a ponerse de pie. Un
flashback aterrador le conmocionó las entrañas. No pienses en eso ahora.
— ¡Suelte el arma!— el hombre sacudió al viejo con el mismo ímpetu con
que le gritaba a ella—. ¡Suéltela o lo mato!
La amenaza
tuvo la virtud de traerla a la realidad inmediata. Se enfocó en el hombre, el
arma y la mano que la esgrimía. La mano temblaba. Perdió demasiada sangre. En otras circunstancias sería fácil dominarlo
pero está fuera de sí y dispuesto a cualquier cosa. Una súbita frialdad la invadió, levantando un muro
entre sus terrores desbocados y lo que sucedía en ese instante: era policía una
vez más y había un rehén en manos de un enajenado.
— ¿No me escuchó? ¡Suéltela!
Ella bajó el arma pero no la soltó.
— Por supuesto que lo escucho— hizo contacto visual y no se desprendió de los ojos
azules—. Pero no puedo creer que usted piense matarlo. No todavía, al menos: él
guarda información que ni siquiera Ortiz conoce.
La vacilación
del hombre le dio un aleteo de esperanza. Un poco de tiempo, nada más...
— Si lo mata ahora, perderá un tiempo precioso tratando de reunir los
pedazos de información quién sabe por dónde. Usted no organizó todo esto nada
más que matar a un anciano al que todavía necesita.
— ¡Usted qué sabe de mis motivos!— gritó el hombre. El movimiento brusco lo hizo
respirar con dificultad y otro espasmo lo sacudió. La sangre estaba manchando
la ropa del viejo.
— No conozco sus motivos pero sí sé que es demasiado joven para morir.
¿Cuántos años tiene, veintiuno, veintidós?
— ¡Qué le importa!— la voz le vaciló.
— Su nombre sonó tanto y en tantas bocas importantes que creí que era
mucho mayor. Porque usted es Seoane, ¿no es cierto?
— ¡”Seoane” es un invento de él!— aulló— ¡Otra mentira más! ¡Soy un Von
Schwannenfeld!— restalló con orgullo rabioso—. ¡Ese debió ser mi apellido y el de mi hermano! ¡El
apellido de mi padre!— le gritó al viejo en castellano—. ¡Le quitaste todo,
hasta el nombre!
— ¡Le salvé la vida quitándole el nombre!— el viejo destilaba veneno—
¡El Angel Rubio de Majdanek! ¡Le di la oportunidad de empezar de nuevo, le di a
mi hija...! ¡Mire cómo me pagó: con
traición sobre traición, él, mi nieto y usted! ¡He criado serpientes!
¿De quiénes habla Seoane? Lo acusa al viejo...
¡Dios! El padre nazi, el hermano... ¿Seoane es hermano del Brigadier? ¿Cómo
carajo es que el otro es nieto del viejo y éste no? Los razonamientos se le entrechocaban a la
velocidad del rayo.
— ¡Mi hermano no te traicionó! ¡Vos te dejaste llevar por las palabras
de ese negro de mierda! ¡Te puso en contra de mi hermano, de mi viejo y ahora
de mí, pero se acabó! — apretó el antebrazo alrededor del cuello descarnado y
por primera vez, ella tomó conciencia de lo frágil que era el condenado viejo.
Herido y todo, Seoane tenía la fuerza suficiente como para desnucarlo
con sólo apretar un poco más el brazo. Sin embargo, la MK le temblaba tanto en la mano, que ella
dudó que Seoane pudiera sostenerla mucho más.
Hubo gritos en el corredor. La puerta
batió contra la pared y rebotó. Marcel entró seguido de Ortiz.
— ¡Seoane,
suelte el arma! No le queda un solo hombre— ordenó el coronel, apuntándole.
— Me queda él— los ojos de Seoane
brillaron mientras sacudía la MK —. ¡Si
alguien se mueve, lo mato! ¡Los mato a los dos!— balanceó el arma entre el
viejo y ella.
Desde el corredor más voces llamaron a los gritos y ella reconoció una o
dos. ¿Auguste y la Caballería otra vez? Te
debo muchas, hermanito.
Ortiz y Marcel bajaron las armas a medias. Seoane tenía las pupilas muy
dilatadas y ya no podía ocultar los escalofríos: estaba entrando en shock
hipovolémico. Lo único que lo sostiene es
la desesperación. Todavía puede hacer estragos. Ese pensamiento la empujó a
hacer la movida siguiente.
— Si nos mata, ¿cómo saldrá de este lugar?— Odette señaló al viejo con la
barbilla—. No dudo de que él preferiría dejarse matar antes que darle a usted
alguna garantía, pero yo sí puedo ayudarlo a salir de aquí. Déjelo y lléveme con usted.
Seoane evaluó sus palabras en silencio y ella se aferró a esa mínima
ventaja.
— No está en condiciones de exigir mucho. Está solo, si dispara es hombre muerto y usted lo sabe — ella
se agachó a dejar su pistola en el suelo y se incorporó despacio sin dejar de
mirarlo— ¿Por qué está buscando que lo maten? Está perdiendo mucha sangre,
déjeme llevarlo adonde puedan parar esa hemorragia.
En ese momento, ella corría más riesgo que el viejo y lo sabía: estaba
en la línea de fuego entre Ortiz y Seoane, prácticamente protegiendo a éste
último con su cuerpo. Seoane miró a los hombres y su mirada era la de un chico
asustado por la enormidad de lo que hizo.
— No se haga matar...— ella insistió a media voz—. No
permitiré que nadie lo haga, se lo prometo. Déme el arma— dio un paso adelante y tendió la mano—. Esto ya no tiene ningún sentido.
— Yo...yo lo hago por mi hermano... — él levantó el mentón de líneas
orgullosas, pero le temblaba.
— Su hermano...— ella meneó la cabeza—. No vale la pena que usted arriesgue su vida por
él.
— ¡Usted qué sabe de mi hermano!
— Demasiado— hubiera querido morderse la lengua por la intensidad con
que lo dijo, pero era tarde.
— ¿Qué quiere decir con eso?
Lo miró a los ojos. Encontró
locura, desesperación, pero no maldad. Tuvo un
ramalazo de compasión.
Deje el arma— murmuró y se acercó—, no se haga matar. Es tan joven...
Él empujó violentamente al viejo a un costado y saltó sobre ella,
enterrándole el cañón en la garganta.
— Ud. no es como su hermano, no me hará daño…
La mirada furiosa y azul evocó a la otra y durante dos latidos de corazón,
el horror la estremeció de vértigo. No pudo evitar que una lágrima le rodara hasta la barbilla.
— ¡Usted... usted sabe!— exigió Seoane con voz angustiada de niño—. ¡Necesito
saber la verdad! ¡Dígame
c-cómo murió Federico!
— Esa verdad ya no importa ...— ella susurró entre lágrimas —. Él está muerto. Es usted el que necesita ayuda...
— ¡Alguien
tiene que decirme alguna vez la verdad!— suplicó él a los gritos.
— Yo lo maté.
La voz entre dientes la sobresaltó y giró apenas la cabeza: Marcel
estaba desencajado y pálido como un muerto.
— ¿Q-quién... le dio la o-orden? ¡Fue él!— Seoane miró al viejo—.
¡Él...!
— ¡No necesité la orden de nadie!— Marcel lo interrumpió y el odio le rezumaba en la
voz—. La había torturado y violado y yo lo maté.
Seoane la soltó como si el contacto le quemara la mano; Ortiz masculló
un insulto grueso; el viejo se quedó rígido, la taladrándola con los ojos. Toda la humillación sufrida a manos de la bestia se le
trepó por el cuerpo y se le enroscó en la garganta, dejándola
sin aire. Hubiera gritado hasta dejar de
recordar.
Marcel tiró el arma y se adelantó, dejando atrás a Ortiz. Sombrío y altivo la apartó
a un lado y se enfrentó a Seoane deteniéndose en la boca de la MK. Una fuerza y una
violencia incontenibles emanaban de él, algo que nadie en ese lugar podría
detener.
— Él había tirado el arma porque
creía que éramos de los suyos. Iba a violarla otra vez antes de matarla y yo le
disparé mientras estaba desarmado. Le vacié un cargador completo encima. ¿Qué
más quiere saber?
El otro recobró su dimensión real, la de un crío asustado y solo.
— Entonces...— las lágrimas rodaron por la cara de angel—,...era
cierto... Yo no quería...Creía que eran héroes... Que yo era... de su misma sangre...¡Me
mintieron!– sollozó— ¡Toda mi vida!
Marcel se apiadó.
— Démela— extendió la mano con la palma hacia arriba y hacia el arma— ,déjeme
ayudarlo.
— No puede...— Seoane lloraba
angustiado— ¡Nadie puede!
El pobrecito se volvió hacia Ortiz, juntó los
talones y le hizo una venia temblorosa.
— Mi coronel... no tenía nada contra el chico...
Levantó la MK ,
se la metió en la boca y disparó.
****
El estallido del disparo se le eternizó en los oídos mientras la sangre
le salpicaba la cara y las palmas de las manos. Retrocedió y se encogió en un
rincón, mientras el universo se volvía de gelatina espesa y roja, y ella
era una mosca atrapada en ese horror viscoso de muerte. La muerte que se
desparramaba a su alrededor, cercándola con una crecida que le mojaba los pies.
Se volvió hacia la pared y cerró los ojos muy apretados, hasta que
le dolieron. Voces masculinas se alejaban aullando una cacofonía de gritos y
órdenes.
Hubiera querido volverse invisible y escapar de ese lugar maldito adonde
había ido a buscar a Marcel y lo había perdido. Hubiera querido estar muerta
desde mucho tiempo atrás, cuando el animal le había arrasado el cuerpo, porque
aun después de muerto le había hecho daño. Puso una mano en el suelo y la
alfombra estaba húmeda de la sangre de Seoane. Tuvo nauseas. Una arcada
violenta la puso de rodillas. Percibió una presencia junto a ella; una mano
grande y firme le tomó la cara y le sostuvo la frente.
— ¿Qué más te hizo?
Miró hacia arriba y encontró los ojos de él, duros e imperiosos,
exigiendo el resto de la verdad. No puedo decírtelo... Negó con la cabeza y
cerró los ojos.
— ¡Qué más te hizo ese hijo de puta! —la levantó por los hombros y la
sostuvo contra la pared, impidiéndole esconderse— ¡QUÉ MÁS! ¡QUIERO SABER LA VERDAD !
Las palabras le retumbaron en la cabeza y le reventaron en el pecho.
— ¡ABORTÉ! — gritó desde la raíz de su desesperación —. ¡Creí que
me volvía loca de miedo! ¡Me violó y tuve que abortar!
Él la miraba sin entender su agonía. Lo hubiera abofeteado para hacerlo
comprender.
— ¿No te das cuenta todavía? ¡La noche anterior habíamos dormido
juntos...! ¡Podría haber sido tu hijo pero yo no estaba segura! ¡Tuve que
hacerlo! — sollozó a los gritos.
Él la soltó y ella se deslizó hasta el suelo, encogiéndose sobre el
vientre que todavía evocaba toda aquella brutalidad hacia su carne. Sin mirar, supo que
él se alejaba y que estaba sola en esa habitación que se había convertido en su
infierno.
****
— Comisario...
La voz de Meyer la hizo volverse a medias. Lo miró por encima del hombro
mientras se lavaba las manos en la cocina de la mansión, único lugar de ese
rincón del Purgatorio en el que no había cadáveres. No quiero que me vea la cara. Debo estar hecha un monstruo.
— Diga, capitán.
— ¿Quiere que la lleve a su casa?
Las piernas le temblaban, estaba mareada y las nauseas iban y venían a
su antojo, pero mierda si lo admitiría delante de nadie. Y además, a él ya no le importa. Negó con la cabeza.
— Mi auto está abajo. No, ocúpense de… — hizo un movimiento amplio con
el brazo—,... de esto.
Meyer vaciló.
— ¿Está segura? Massarino me dijo que...
— Puedo arreglármelas sola, gracias. Estoy bien— suspiró y se apoyó en
el mármol con ambas manos.
— Ajá— evidentemente, Meyer no estaba dispuesto a creerle.
— Capitán, ¿quiere hacerme un favor?
Se volvió y se apoyó contra la mesada, con los brazos cruzados. Si Meyer
tenía algo que decir acerca de su aspecto, se guardó de soltar palabra.
—Usted conoce al mayor Corrente. Le hice una visita esta madrugada y ...
bueno, no lo dejé en una situación airosa. Apenas pueda, vaya al hotel de
Corrente y... dígale que puede irse cuando quiera— le dio el nombre del hotel y
la habitación; Jumbo asintió sin hablar.
— Capitán, una cosa más. Seguramente Corrente esté de muy mal humor.
Meyer enarcó las cejas y encogió los hombros y ella aclaró:
— Quiero decir que tenga cuidado. No vaya solo: es peligroso.
— Lo mismo que Dubois— afirmó Meyer sin que se le moviera un solo
músculo de la cara de querubín. Algo en la mirada del capitán le dijo que sabía
mucho más de lo que se atrevía a expresar con palabras.
— Sí, lo mismo que Dubois— respondió a media voz.
Meyer se miró los zapatos, la miró a ella, murmuró un “De acuerdo” y se
fue.
Ella juntó coraje y recorrió los pasillos hasta las cocheras procurando
hacerse invisible. Estaba a punto de subirse al auto cuando una voz algo
cascada la detuvo.
— ¿Por qué se va?
Respondió sin volverse.
— Ya consiguió lo que quería. Déjeme en paz.
****
Un ejército de agentes especiales de RG en uniforme de fajina entraba
discretamente a la casa, cuando Auguste encontró a Marcel de pie en medio de la planta baja,
inmóvil y con los brazos caídos. Tuvo que llamarlo dos veces para que el otro
se diera la vuelta y lo enfrentara, con la mirada vacía. Algo de su expresión
extraviada lo conmocionó pero hizo un esfuerzo por ocultarlo.
— Te llevo a tu casa...— lo
tomó del brazo.
Marcel se encogió de hombros y lo siguió sin abrir la boca.
— ¿Cuándo lo supiste?— preguntó Marcel cuando se detuvieron en la puerta
de su edificio.
— Aquella noche— Auguste sabía perfectamente a qué se refería—. El médico
que la examinó en el hospital me dijo que estaba muy alterada y que no le
permitió auscultarla. No tuve ninguna duda de porqué, pero en ese momento no me
importó— admitió con culpa —. Estaba viva y era suficiente.
— No me lo dijiste— dijo Marcel sin acusarlo.
— No podía. Era... demasiado.
— Ya lo sé.
— No sabía nada de... lo otro. No sé qué decir o qué...
— Nada. Ya no importa— Marcel
meneó la cabeza sin mirarlo, abrió la puerta del auto y bajó y Auguste se quedó
con una amarga sensación de pérdida.
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