POLICIAL ARGENTINO: La mano derecha del diablo - CAPITULO 3

jueves, 13 de mayo de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 3

PARÍS,XVI° ARRONDISSEMENT. CASA DEL CRIO. MASSARINO. NAVIDAD.

El almuerzo familiar navideño había degenerado en el habitual y estentóreo intercambio de noticias. La visita de Franco y Lola había sublevado a los chicos en contra de la autoridad paterna y apoyados por sus abuelos, se dedicaban a fechorías tales como levantarse de la mesa sin permiso y arrancar las fotos de las manos de su madre y su tía.
Marcel los observó mientras volvía a la mesa: los Massarino en pleno. Los mismos ojos oscuros y profundos, la misma intensidad en todo lo que hacían. Lola y Odette eran versiones apenas diferentes de una misma porcelana de Capodimonte; Auguste y su padre se reían del mismo modo abierto y sincero.
Y pensar que no me gustaban las de tipo mediterráneo, ni bajitas, ni con curvas, ni quería enredarme con compañeras de trabajo, mucho menos con un superior y...
— ¿Qué te pasa? — murmuró Odette a su oído.
Cuándo voy a aprender que no se le escapa nada.
— Nada.
— No mientas que te crece la nariz.
La besó para no tener que responderle.
— ¿Eh, Calogero no se casó hace tres meses?— preguntó Auguste, que había recuperado las fotos.
— Ajá — asintió Lola.
— Pero Clementina está como de seis meses por lo menos...
— En Sicilia todo crece rápido — disparó Franco.
— ¿Y cómo fue que el padre de Clementina le perdonó la vida a Calogero?
— Es un buen muchacho, de buena familia. ¡No lo iban a rechazar!— Franco seguía en su papel de defensor de pobres.
— No sé de qué se asombran algunos— comentó Odette sin mirar a nadie—. Isabelle es la única sietemesina que conozco que pesó 3,5 kilos al nacer.
— No vayas a creer — Lola intervino, risueña —. Tu hermano nació de seis meses y pesó un poco más.
— ¡Mamá! — Odette puso cara de espanto —. Qué van a decir los vecinos...
— ¡No sé cómo papá te perdonó la vida!— Nadine se reía a carcajadas, colgada del cuello de Auguste.
— Ibamos a casarnos. ¿Cuál era la diferencia? — Auguste se encogió de hombros.
— Es que los napolitanos somos irresistibles— fanfarroneó Franco abrazando a su mujer—. Tropo belli — con Auguste se guiñaron un ojo—. Y talentosos... — agregó mientras hacía un gesto envolvente con la mano abierta.
Lo que se perdieron Vittorio de Sica y el neorrealismo italiano con los Massarino no tiene perdón, pensó Marcel, aguantando la risa.
— Y con mucha, mucha suerte— agregó Lola —. Te salvaste de que mi padre y mis hermanos te decapitaran o te hicieran algo peor...— hizo tijeritas con los dedos.
— Ya habíamos anunciado la boda, invitado a las autoridades del teatro, arreglado la fiesta,... ¡Estaba todo listo, ni siquiera le hice gastar dinero a Antonino! ¿Dónde más iba a encontrar un yerno como yo?— Franco gesticulaba con cara de inocencia ofendida— ¡Tu madre estaba contenta de que te casaras conmigo!
E non si parli più! (1) — Lola parafraseó a su marido, muerta de risa —. ¿Alguna vez alguien te ganó una discusión?
Auguste señaló a su hermana con la cabeza con un gesto por demás expresivo.
— Digna hija de su padre— Marcel sonrió y abrazó a Odette —. Mejor que tome lecciones con Franco si quiero ganar alguna.
— Un poco de elocuencia no te vendría nada mal. Dejarías de romperme las costillas para convencerme de algo — le dijo ella en voz baja.
— ¡Nunca te rompí nada!
— No porque te faltaran oportunidades...— lo provocó con la mirada.
— ¿Dónde está Antonin?— Nadine buscaba a su cachorro.
— En su cuarto — Franco señaló hacia el techo—, practicando las trampas que le enseñé a hacer al tre-sette.
— No se puede hacer trampas en el tre-sette— sentenció Auguste. Tres montoncitos de dedos se le sacudieron delante de la cara. Lola se reía a carcajadas y Odette levantaba una ceja burlona.
— ¡TU nunca aprendiste a hacer trampa en el tre-sette! — replicó Franco.
— ¿Dónde está Isabelle? — Auguste cambió prudentemente de tema.
— Hablando por teléfono — suspiró Nadine.
— ¿Con quién? — a Auguste se le oscureció la mirada.
— Con uno de los chicos del Liceo.
— Está preciosa— Lola estaba orgullosa de su nieta —. ¡Está tan alta, tan bonita! ¡Parece de dieciséis!
— ¿Escuchaste? — Auguste le gritó a su mujer. Nadine no se inmutó. — ¡Tu hija tiene trece años! ¡Es una mocosa! ¿Tengo que estar cuidándola todo el tiempo?
— No sabía que te habían transferido a Moralidad — disparó Odette.
Auguste miró a Marcel solicitando refuerzos mientras su hermana se mordía para no reírse.
— Antonietta se casa en noviembre— anunció Lola—, con Andrea Varza. ¡Renzo está amargado por lo que gastará en la fiesta! Pobrecito, todavía le falta lo peor: el vestido, la iglesia, la banda...
— Podrías aprender ...— intervino Franco, hablándole a su hija.
— Papá, basta — Odette suspiró.
Lola hizo un gesto de resignación e invitó a las demás mujeres a levantar la mesa, para que las cosas no pasaran a mayores. Cuando Odette volvió con la bandeja del café, Marcel la tomó de la cintura y se la sentó en las rodillas.
—Tu padre tiene razón— Marcel invitó a Franco y a Auguste a darle apoyo logístico y padre e hijo le pusieron trompa a Odette.
— Siempre la misma...— rezongó Franco.
— La culpa es tuya, papá, por malcriarla tanto— sentenció Auguste.
— ¿Ven?— declamó Marcel, mientras forcejeaba con Odette, que quería levantarse a toda costa —. Yo quiero hacerte una mujer honesta, ¿y qué consigo? Nada, la señora resopla como un búfalo. ¿Qué, no soy un buen partido?
— Es un buen muchacho — aseguró Franco.
— Y tiene un trabajo honesto — Auguste colaboró.
— ¿Qué les pasa, me quieren colocar con el primero que llega? — Odette se levantó, ofendida y él le dio una palmada en el culo. Caprichosa de mierda. Odette le lanzó una mirada oscura y se llevó la bandeja vacía. La siguió y la arrinconó antes de que pudiera escurrirse hasta la cocina. Asterix contra el César. Ella echó la cabeza hacia atrás y se mordió el labio.
—¿Por qué no ?— Marcel ensayó su mejor expresión asesina.
— ¿Por qué no qué?
— No te hagas la tonta...
— No necesito papeles. Te amo, estamos bien así. ¿No es suficiente?
— ¡No! No quiero que tu familia diga que somos amantes. Quiero que seas mi mujer— ¿Jaque mate en dos jugadas?
Ella miró al cielorraso con resignación, pero le acercó las caderas sin despegársele un milímetro. Bruja.
— Mi familia es tu familia. No necesitan un acta de matrimonio para aceptarte y quererte. Y yo tampoco.
Tengo una familia.
La idea lo tomó por sorpresa y lo emocionó. Odette lo empujó y se soltó, pero él quería arrancarle alguna clase de compromiso, palabra de honor o por lo menos un buen mechón de pelos. No pienso dejarte ganar la partida esta vez. Salieron al balcón pero ni el frío de diciembre les aplacó los ánimos belicosos.
— Muy bien. Entonces, no quiero que en la PJ se corra la voz de que estás disponible— ¡Jaque otra vez!
— ¡Disponible! ¡Qué vulgar! ¡Nunca estuve disponible!— se picó y forcejeó para apartarse, pero la sostuvo contra él, empujándola con la pelvis. Se miraron furiosos, en el límite entre un arranque de pasión y uno de rabia. Esto es la Inquisición, bruja.
— Vamos, comisario, si los pretendientes la acorralaban por los pasillos cuando era capitán, ahora deben estar haciendo fila fuera de su despacho. Quiero que todos sepan a quién pertenece— le echó una mirada de rufián.
— No seas desagradable. Nadie me acorrala en ninguna parte. ¿Qué es esa idea estúpida de que las mujeres tenemos que "pertenecer" o "estar disponibles"? ¿Por qué no podemos simplemente "ser" ?
— Nena, no te hagas la feminista conmigo— lo estaba sacando de quicio.
— ¡Miren al macho de la PN!
— ¿Sí o no? — la apretó entre sus brazos y la miró sombrío.
— No. ¡Auch! ¡Vas a romperme una costilla de verdad!
— Voy a hacer mucho más que eso — la miró amenazador —. Sí o no.
— Está bien.
— ¡No! "Está bien", no— masculló ronco —. Sí o no.
Lo miró sin responder tan largamente que estuvo a punto de estallar.
— No puedo respirar... — jadeó ella y él la apretó más.
— Te voy a matar...— susurró en su cuello.
— Basta, nos miran todos. Y me estoy muriendo de frío.
— Me importa un carajo. Por última vez, ma dame, ¿sí o no?
— S-sí.
Le dejó una buena marca en el cuello. Se rindió, viejo. Jaque mate. Ahora, segunda etapa.
— Cuándo.
— ¡Ah, no! Ya son demasiadas condiciones.
                                  

                                                                             ****

Franco abrazó a su mujer para darle un beso y se quedó helado, mirando hacia el balcón. No podía despegar los ojos de su hija y Marcel. Frunció el ceño y sacudió la cabeza.
— ¿Qué te pasa? — murmuró Lola pegada a su cuello.
— Nada.
— Claro, y yo estoy ciega. ¿A quién estabas mirando?
Ma' va, pazza! Nisciuno (2)— la apretó entre sus brazos.
— Tendrías que haberte visto la cara: pareció que viste un fantasma.
Suspiró resignado: cuándo voy a aprender. Cuarenta años con la misma mujer y todavía me dejo pescar distraído. La besó sin soltarla.
Va bene, mira hacia el balcón y díme qué ves. A primer golpe de vista, ¿eh?, sin pensar.
E va' bene... — Lola meneó la cabeza, poniéndole cara de "estás medio chiflado". Pero la sorpresa le abrió enormes los ojos. Se quedó callada y desvió la vista.
E' beh'? ¿A que pensaste lo mismo que yo?
— Me impresioné, te lo juro. Qué tontería — su mujer sonrió, incómoda.
— A mí también me pareció tonto. Pero no pude evitar pensarlo.
Hundió la nariz entre los cabellos de Lola y "Capricci" le inundó los sentidos, tranquilizándolo. Mi amor, mi mujer, mi vida. Gesucristo, cada vez que me acuerdo de ese hijo de puta me vuelven las ganas de asesinarlo. Cómo se atrevió a poner los ojos de serpiente encima de mis mujeres. Estrechó a su mujer contra sí. Mi Lola. Mi bambina. Mierda, la memoria te juega pasadas absurdas. Es imposible. No tiene sentido.
Miró otra vez: Marcel y Odette se abrazaban, riéndose y besándose. Gracias, Dios mío, por devolverle la felicidad a mi hija. Y con ella, a nosotros dos. Después de tantos años, Lola había vuelto a reír con alegría, y él, que vivía por la palabra de su mujer, se sentía entero otra vez. Ahora falta nada más que te dejes de esa estupidez de la Policía y tu madre y yo viviríamos más tranquilos.
Besó la frente de Lola y le acarició la nuca.
— Son felices... Dio Santo, nunca pensé que nuestra felicidad necesitara tanto de la suya — señaló hacia el balcón con la cabeza y Lola asintió.
— Casi tengo ganas de volver a bailar... — susurró ella. Franco le levantó la cara y la besó en la boca largamente.
— Siempre te espero en el teatro.
— Pero no podría bailar contigo...
— Hay muchas que quisieran aprender de tí. Podríamos trabajar juntos.
Ella no respondió pero sonrió y se acurrucó en el hueco de su hombro. Franco se sintió inmensamente feliz: otra vez juntos en el escenario, en la escuela de ballet.
— Hay unos mocositos que me gustaría que vieras...
Mientras charlaban en voz baja, la mirada se le fue una vez más, como atraída por un imán. La forma de levantar la cabeza y plantar los hombros, el perfil orgulloso y ligeramente aquilino, la boca sensual que a veces esbozaba aquel gesto altanero; la arrogancia con que sujetaba a Odette contra su cuerpo, mostrándole al mundo que esa mujer le pertenecía. No supo por qué, pero la aborrecida imagen de Marcello Contardi no dejó de rondarle la cabeza en toda la tarde.
                                                    Marcello Contardi
PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ESTANCIA "LA AUGUSTA". ENERO DE 1998

El viento le azotó la cara y el pecho desnudo hasta el ombligo. Entre las piernas, a través de las bombachas, sintió la transpiración del tordillo que montaba en pelo y descalzo. Riachos de agua corrían por el cuello y los flancos de la bestia. El sudor le perlaba la frente, más de excitación que del esfuerzo de la cabalgata. Hizo detener al tordillo nada más que con la presión de los talones en los ijares, para otear el horizonte. El pecho le batía gozoso.
Quería emborracharse de pampa interminable y callada, del viento seco y áspero como él mismo, del olor familiar de la polvareda y del rumor de los arbustos achaparrados susurrando en lenguas perdidas.
¿Así habrá sido cuando venían a saquear los fortines? ¿La grandeza entontecedora los habrá aturdido igual que a mí? ¿De veras darían alaridos de guerra? ¿No habrá sido su humanidad solitaria queriendo espantar a los que se atrevieron a quebrar el silencio eterno y el silbo del viento?
El ocaso lo cegó y en ese momento, el horizonte podría haber sido el mar.
¿Quién soy? ¿El que pertenece a esta tierra desde sus mismos huesos, desde la sangre que me corre por las venas? ¿El que lleva las riendas del poder tras el poder, sin dejarme conocer por los codiciosos, los glotones, los avaros, los trepadores? ¿O nada más que la mano izquierda que reemplazó a la derecha, cortada porque supuraba su propia podredumbre? La pregunta le corroía el alma y entonces ansiaba desesperadamente volver a la tierrra, a cabalgarla, a pertenecerle, para reencontrarse en secreto con su identidad.

Dejó que el animal volviera al trote cansino. Se lo merece. Jamás lo espoleaba o azotaba: no hacía falta. Se entendían con la piel, el sudor, los resoplidos de los ollares y sus propios murmullos y caricias en las orejas. “Le brota el indio, José”, le decía el tatita, y él sonreía con esa sonrisa que apenas le movía las comisuras aunque le hiciera brillar los ojos.
Cuando llegó a las caballerizas, desmontó y dejó libre al tordillo para que volviera solo a su stud. Se calzó las botas antes de entrar, no fuera cosa de asustar a los asistentes. Una cosa es un coronel que vuelve de recorrer el campo a caballo y otra muy distinta, un indio que regresa de un malón imaginario. Al entrar se miró en el espejo para ver si ya se la había borrado la mirada de salvaje. Se prendió dos botones de la camisa de fajina y se pasó la mano por el pelo oscuro y corto.
— Mi coronel...— el asistente se paró en posición de firmes cuando pasó por delante de la puerta del estudio. Mientras encendía un Marlboro y lo pitaba con fruición, hizo un gesto con la cabeza. El subteniente asintió y le pasó el mensaje. Golpeó la puerta del estudio y entró. Golpeaba más por costumbre que por pedir permiso, porque ahora, al único a quien tenía que pedirlo era a sí mismo.
                                                                
                                                                            ****
— Le estoy ocupando el escritorio.
— No es mi escritorio...
— Déjese de pavadas...
— Mientras Ud. esté en esta casa, señor, seguirá siendo suyo.
— Mire que es tozudo.
La discusión era siempre la misma y sin embargo, al viejo le complacía el respeto que José no ostentaba sino ejercía. Sabía que más que palabras, era una actitud de vida. Por qué será que a veces los de tu sangre te salen torcidos, la manzana podrida del árbol, y los que recogés parecieran estar hechos de tu misma madera.
José se acomodó en el sillón frente al escritorio imponente. Al viejo le gustaba verlo, nunca totalmente relajado, atento tanto a los ruidos de fuera como a lo que ocurría dentro, en una espera tensa, casi animal. Con el correr de los años y la convivencia, se entendían sin hablar. A veces, les bastaba una seña mínima para saber la decisión o la opinión del otro.
La botella de whisky estaba sobre el escritorio y José se sirvió un par de dedos para acompañar el cigarrillo.
— 'Etchegoyen' — dijo él y José asintió sin hablar—. Alguien está metiéndose donde no debe — antes que José pudiera hacer ningún comentario, levantó la mano—. No quien ya sabemos. De eso me encargué personalmente. Ella no hará ningún movimiento ni creo que permita que los suyos lo hagan.
— No estoy tan seguro. Pasó bastante tiempo ...
— Yo sé lo que le digo. Es una mujer muy inteligente. Nos ha esquivado cuidadosamente, ¿o Ud. se cree que no sospecha por dónde andamos o qué hacemos? No, ella sabe y se calla. Bien hecho. Nosotros cumplimos nuestra parte del trato, y ella la suya.
José miró la brasa y pitó en silencio. Todavía tiene la camisa mojada de transpiración. Esos raptos que le agarran y lo hacen cabalgar desmesurado, como si quisiera morirse a caballo. Su única concesión al desenfreno. Se le antojó tan severo como su propio padre, ya nada más que un jirón de recuerdo perdido en la memoria. Lo halló tan espartano como él mismo y sin embargo... La misma duda que hacía que José vacilara internamente en asumir el lugar que él le había dado, y que José se había ganado, lo hacía vulnerable: lo llenaba de humanidad y eso era peligroso para la Orden. Hay decisiones que deben tomarse. Sin odio, sin rencor, sin piedad. Simplemente, hacer lo que debe hacerse. El ejercicio del poder a lo largo de toda su vida se lo había enseñado. Él había intentado enseñárselo a su nieto, su heredero, y había fallado. Mi error.
El nieto se le había desbocado salvaje, había cometido todos los excesos que permite el poder, se había revolcado en ellos y había pecado de lujuria de poder. Que es un veneno terrible porque te intoxica pero no te mata. No había sabido mantener la necesaria distancia con lo que había que hacer: se había involucrado, había manchado sus propias manos.
La equivocación de los milicos de pacotilla. Imbéciles soberbios. No entendieron que el poder se ejerce mejor sin sentimientos, sin dejar que broten los instintos. Cuando se deja que las entrañas manejen al cerebro, el vientre se vuelve voraz y obnubila al intelecto. Una cosa es instinto de conservación, otra muy distinta, gula. La gula de poder lleva a la lujuria. De la lujuria al derrumbe hay nada más que un paso.
Apretó los labios con fuerza, mientras alcanzaba el vaso de whisky. De nuestras propias destilerías, sonrió complacido. Una highland cream, la que se bebía en la mesa de sus Graciosas Majestades Británicas y que él se dignaba a venderle a cuentagotas a la Corona. La cara que pondría la vieja si supiera que su ‘appointed supplier’ es un argentino. Pequeñas venganzas poéticas.
Sonrió, y José intuyó su gesto y el pensamiento, y se rió a medias con él de la broma privada. Retomaron el tema de conversación.
— ¿Tienen algún nombre?
— Parecen ser los de IGPN. Asuntos Internos de ellos, o algo parecido — se encogió apenas de hombros — .Dos tipos. Van detrás de nuestro cliente.
Golpearon a la puerta, José dio la orden de entrar y un asistente les alcanzó un fax. Se lo pasaron entre ellos, mirando las fotos.
— Queda uno. El otro murió de insuficiencia renal — comentó casi para sí.
— Qué conveniente para nuestro hombre...— José levantó una ceja apenas sarcástica.
— La gente se muere— se encogió de hombros—. Podría no ser nada.
— El hombre es demasiado sanguíneo...
— Por ahora, esperamos.
— Por ahora — José asintió y se bebió de un trago lo que le quedaba en el vaso antes de continuar—. Estuve pensando en desarrollar algún comprador nuevo en Francia. Éste era un contacto de Nohant y tiene muchas veleidades de otra clase. No termina de gustarme. Habrá que averiguar porqué IGPN anda ocupándose de él.
Mientras José se levantaba para salir, le preguntó por Fernandito, y a José se le iluminaron los ojos.
— Bien, con ganas de venir a ver a su tatita. Extraña mucho en Buenos Aires. En una de esas, me pego una vuelta y me lo traigo para Pascua.
Su debilidad: el hijo de José. Le recordaba al padre cuando tenía su edad. No le decía abuelo sino "tatita" y eso lo llenaba de un orgullo medio zonzo. ¿Me estaré volviendo gagá del todo?


(1) No se hable más
(2)¡Pero no seas loca! A nadie



2 comentarios:

nicol dijo...

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