POLICIAL ARGENTINO

viernes, 17 de agosto de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 44

MEDIANOCHE EN EL SEGUNDO PISO DE LA WOLFFSCHANZE

Marcel corrió hasta el final del corredor por donde se había ido el idiota llevando a Odette a la rastra, pero no vio a nadie. ¡La puta que lo parió, dónde mierda se metieron! A punto de largarse hacia las escaleras, un ruido amortiguado a sus espaldas le erizó los pelos de la nuca. Prestó atención. Pasos. Muchos pasos sordos y a un ritmo que reconocería dormido: el despliegue de un comando en operativo de copamiento. ¿Quiénes son? La posibilidad de que fueran los hombres de Seoane era desastrosamente alta. ¡Tengo que ir a buscar a Odette! Los pasos se acercaron, y se metió en una habitación vacía y a oscuras al principio del corredor, sin sacar el dedo del gatillo de la Uzi. Escuchó la respiración pesada de los tipos y espió por la hendija entre la puerta y el marco: uniformes negros. El corazón le saltó dos latidos. La puerta se abrió violentamente y dos tipos de negro y encapuchados lo encañonaron.
— ¡No se mueva! ¡Las manos separadas del cuerpo!
El más alto lo empujó contra la pared y le incrustó el fusil en los riñones.
— ¡Gire despacio! — ordenó el tipo mientras se encendía la luz.
 Se escucharon más portazos a lo largo del pasillo. De reojo, vio que el segundo hombre retrocedía hasta la puerta y salía, atento a lo que ocurría afuera. Levantó los brazos y comenzó a girar. El que lo encañonaba movió apenas el arma y él deslizó una pierna detrás de los tobillos del tipo y lo hizo volar por el aire, mientras que con el antebrazo golpeaba el fusil. Parece mentira que semejante mastodonte pueda dar una voltereta como esa. El tipo abrió los ojos enormes de asombro pero se recuperó instantáneamente y saltó sobre el arma. No lo suficientemente rápido, porque él la alcanzó antes y le apuntó al tipo, al tiempo que le arrancaba el pasamontañas.
— Jumbo, se supone que venías en mi auxilio.
— ¡Boludo! ¡Casi te vuelo la cabeza!
— ¿Ah, sí? ¿Y cómo, querubín? Soy yo el que apunta.
 — No fanfarronees tanto, bomboncito— Meyer levantó la zurda: sostenía una Tomcat ridículamente diminuta en su manaza pero muy efectiva a la altura de la entrepierna a la que estaba apuntada.
 — Bien hecho, compañero. Estoy tan contento de verte que tengo ganas de besarte.
 — Después, mi amor. Ahora tenemos que salir.
— Tengo una idea mejor.

**** 

El hombre de la garita de vigilancia del garage, tenía el quepis enterrado hasta las orejas y la visera sobre la cara. Ayrault lo saludó desde el auto y el tipo sacudió la cabeza. A Ayrault le gustaba el aspecto engañoso de su Wolfsschanze; disfrutaba del esplendor de su propio despacho y de la opulencia escondida en los pisos superiores, que imitaba el estilo de la antigua Central de la Orden del Temple en París.
El chofer del auto oficial lo había dejado en el departamento donde se alojaba cuando viajaba a la capital; él había despedido de manera algo más brusca que lo usual a la comitiva de asistentes, secretarios y adulones que zumbaba habitualmente a su alrededor. Janvier le había avisado de la llegada intempestiva de Seoane: ¿qué mierda podría haber pasado para que el tipo se adelantara? ¿Algo estaría saliendo mal? Era imposible que Seoane lo supiera antes que él. ¿Qué movería al tipo a llegar antes de lo convenido? Urgencias de pendejos, se encogió de hombros.
Un estremecimiento de anticipación le recorrió el cuerpo. Mañana. Falta tan poco para mañana... Seoane le había prometido un monto superior al exigido como rescate. Podría cubrir las deudas monstruosas que había generado la campaña política, entre sobornos, cuentas de publicidad y gastos de viajes. El sueño estaba ahí, al alcance de su mano y una vez en el Elysée, todo sería diferente. Todo, incluso su relación con el pendejo de Seoane y con la Orden misma. ¿Quién se atreve con el presidente de Francia? Tenía los hombres a su favor, el aparato político, el electorado... Su alcaldía en Chaumont había sido el ejemplo nacional de que cuando se quieren hacer las cosas bien, basta una mano firme y decidida.
“La gente está harta de ilegales que les roban el sueldo y atacan a sus hijos en la puerta de la escuela”, había pontificado desde su banca de diputado, apelando a ese chauvinismo fácil y efectista que siempre convencía al vulgo. El lema de su campaña plagiado a Monroe era “Francia para los franceses”, y había ganado adeptos en todo el territorio nacional. Francia para los franceses; yo soy francés; Francia para mí. El silogismo lo hizo sonreir cuando salía del montacargas al corredor del segundo piso. El que estuviera vacío y silencioso no lo sorprendió: en esos días la vigilancia se concentraba en los subsuelos. Sin mirar presionó la tecla del beeper, llamando a Janvier. Tener que llamar por segunda vez lo irritó. La tercera vez, regresó hasta el montacargas y aulló por el hueco. El montacargas bajó, y subió con Janvier que traía una pierna a la rastra.
— ¿Qué mierda te pasó?— rugió.
 — Anouk...— jadeó Janvier, desencajado.
 — ¿Anouk, qué?— lo sacudió por un hombro.
— La desgraciada me disparó. Vino con Seoane. Él me dio orden de despacharla lo mismo que usted y ...
— Y ella te despachó primero, ¿no? ¡Cretino! ¿Cuánto hace de esto?
 —Me caí y me golpeé la cabeza... pero me recuperé rápido... Tuve suerte, es nada más que un raspón...
— ¡Sabe demasiado!— sacudió al hombre por la camisa—¡Quiero ver el cadáver de esa puta con mis propios ojos!
— ¡Ya mismo, señor!— Janvier dio media vuelta y él lo agarró de nuevo.
 — ¿Dónde carajo está Seoane? ¿Para qué vino?
 Janvier le explicó y le dieron ganas de volarle la cabeza por imbécil.
 — ¿Por qué mierda no me dijiste nada cuando te llamé? — aulló a dos centímetros de la jeta del cretino.
— ¡Seoane habló de la otra localización...la que usted ya conocía! Dijo que los refuerzos no habían llegado a tiempo y que pasaba al plan alternativo!
Algo no salió bien. Ese idiota de Blanchard hizo cagadas. Una punzada de miedo le nació en la base de la espina dorsal.
 — ¡Que Seoane venga a verme!— ladró mientras Janvier se metía al montacargas y desaparecía en las tripas del edificio.
El tableteo inconfundible de una ametralladora destrozó el silencio y Ayrault se quedó paralizado, atento a los ruidos provenientes de los pisos inferiores. La indecisión le duró décimas de segundo. Que se maten entre ellos. No puedo quedarme y que me relacionen con este lugar. Que se arregle Seoane. Ni siquiera se molestó en pensar qué pasaría con los mocosos: eran descartables lo mismo que Anouk, Janvier y los demás ocupantes de la Wolffschanze. Todos, salvo él. Tuvo la precaución de recoger su arma del escritorio antes de correr al montacargas. Mientras bajaba escuchó ruidos por la escalera y al llegar al garage, se parapetó detrás de una columna para emboscar al que lo seguía. Cuando identificó el ruido, contuvo una carcajada: pasos de mujer.

**** 

— Comisario, se acercan dos vehículos— zumbó el radio.
Auguste sintió que la adrenalina se le disparaba, golpeándole el pecho de anticipación. ¿Cuánto hace que no estoy en la calle? Carajo, uno puede volverse adicto a esto. Ordenó al resto de las unidades mantenerse alerta, listas para reunirse con ellos delante de la entrada principal. Un comando, con Meyer a la cabeza, ya había entrado y en cualquier momento comenzaría la diversión. Reculó despacio con su auto, con las luces apagadas.
 — Mantengan las posiciones— radió en un murmullo.
El recuerdo del operativo de copamiento de la antigua Central le estrujó las entrañas. En dónde mierda estás, Cisne. El detector sólo señalaba a Marcel — un miserable puntito a 36,6 °C—, y no tenían idea de en dónde podría estar Odette hasta tanto no entraran. Los autos aparecieron de la nada y enfilaron hacia el garage quemando neumáticos. Auguste apretó furioso el acelerador y cruzó su auto delante de la entrada.
El conductor del primer vehículo clavó los frenos para no estrellársele encima, y desde el interior abrieron fuego sin demasiadas contemplaciones. Los hombres que iban con Auguste hicieron lo propio a discreción. Desde las ventanas del cuarto piso tiraron con ametralladoras y la calle se convirtió en un infierno de disparos y aullidos. Los del segundo auto bajaron dispararando; corrían todos hacia el edificio, cuando fueron interceptados por los hombres de Auguste que venían de la calle de atrás: estaban cerrando el círculo, pero las ratas se defendían con uñas, dientes y munición de grueso calibre. ¡Carajo, esto es una guerra civil! El audio zumbó un mensaje.
— ¡Comisario, me escucha?— Meyer ladró nuevamente por la cucaracha— ¡Localizamos a Dubois y estamos abriendo camino hacia afuera!
— ¿Qué hay de Marceau?
 — ¡Nada!
— ¡La puta mierda, encuéntrenla! — rugió.
 El fragor del tiroteo desde los pisos altos disminuyó. Bien por Meyer. No tenía novedades de Ortiz y el hombre que iba con él, pero antes de que tuviera tiempo de preguntar, desde los autos gritaron y tiraron las armas al medio de la calle. Tres tipos— los únicos en pie a esas alturas de los disparos —, salieron con las manos en alto. Los hombres de Auguste los rodearon, encañonaron y esposaron, y él se acercó corriendo.
— ¿Dónde está el hijo de puta de tu jefe?— gritó mientras le arrancaba el pasamontañas al primero y casi tropezó por la sorpresa: Blanchard. Se quitó su propio embozo y el otro abrió los ojos, aterrorizado. Auguste lo soltó con violencia.
— ¡Massarino!— gritaron a sus espaldas cuando amartillaba el arma para vaciarle el cargador.
Con un esfuerzo contuvo el dedo del gatillo y giró para ver quién carajo le había perdonado la vida a esa escoria: Claude Michelon bajaba de un auto oficial de la Brigada, en todo su férreo esplendor. Un tipo bajo y corpulento la seguía.
— Madame, no sabe cuánto me alegra verla— jadeó.
 Michelon asintió y preguntó por el cuadro de situación. Auguste le pasó el parte a las apuradas.
 — ¿Cómo llegó tan pronto...?
— Más tarde, Massarino— lo interrumpió.
Auguste lanzó una ojeada de refilón al tipo que la acompañaba. ¿El inspector general Lejeune? Y con una cara de culo que espanta... Mierda. Lejeune...¡Lejeune, hijo de puta madre!  La comprensión lo paralizó y la indignación le electrizó el cuerpo. Massarino, no pierdas la calma. Encajó los dientes hasta que le dolieron. Junto a él, Lejeune casi no respiraba, sin mirar a ninguna parte. Amagó a apartarse pero la mano de Michelon le apretó el brazo.
— Quédese conmigo, Massarino— susurró sólo para él—. Necesito apoyo.
 Iba por Odette pero después de todo, adentro estaban sus mejores hombres junto con Meyer y Ortiz. Y también Marcel. La miró de reojo: aun a la luz escasa de la calle, Madame se veía pálida. Le palmeó la mano con discreción.
— Cuente conmigo, Madame— e interpuso su metro con ochenta y siete y los algo más de noventa y cinco kilos de policía malhumorado, entre Madame y el bicho repelente de Lejeune, sin molestarse en dar las disculpas por haber pisado a un superior.

MEDIANOCHE EN LOS SUBSUELOS DE LA WOLFFSCHANZE 
La silueta se recortó en el contraluz ralo del garage, corriendo hacia la rampa. Ahí estás, putita. Ayrault se le cruzó delante, obstruyéndole el paso.
— ¿Adónde vas, nena?
La mujer dio un salto hacia atrás, evitando que la tocara.
— ¡JJ! ¡Me asustaste!
— ¿Qué estás haciendo acá? 
—Los tiros...— ella retrocedió —,...no sé qué pasa...
— ¿No viste a Janvier?— la tomó del brazo y se lo retorció—. Claro que lo viste, ¿eh? ¡Lo viste y le disparaste!— le enterró el cañón de la pistola en el estómago.
— ¡Él… él trató de...!
 — Este Janvier es un sentimental: seguro que antes de liquidarte quiso despedirse, ¿eh?— meneó la cabeza—. Es un completo idiota, siempre lo dije. No hay que enredarse con putas— con la mano libre le apretó el cuello —¿Quiénes son los que andan por el edificio?
—No sé...— tosió ella—, no los conozco...
La golpeó en la cara con la mano abierta y tuvo que sostenerla por el pelo para que no cayera al piso.
 — ¡No mientas, puta! ¡Me traicionaste y me las vas a pagar, pero antes vas a hablar!
— ¡JJ, te juro que no...!

Volvió a golpearla, esta vez en el costado y cuando la soltó, ella se desplomó a sus pies, doblada sobre el estómago. Se inclinó y le quitó la pistola que ella llevaba en la cintura. Seguro es la del cretino de Janvier. Por el hueco del montacargas resonaron gritos y disparos. Se están acercando. Tengo que salir ya mismo. Tenía que salvar su pellejo y el honor aunque el operativo fracasara. Contaba con las necesarias cabezas de turco pero no con tener que eliminar él mismo a nadie, ni siquiera a Anouk. Lejeune le había advertido que ya no le cubriría las espaldas en lo que se refería a sus diversiones, y él se había comprometido a abandonarlas. Había cumplido: no más jueguitos desde lo de Estrasburgo. Lo siento, ‘Etchegoyen’, esto es una emergencia. El arma está registrada a mi nombre y me delataría de inmediato. Prestó atención a la mujer que se removía en el suelo y se preparó para destrozarle el esternón. No tenía tiempo para más: sólo rematar. Son tan débiles, se quiebran tan pronto. Es como yo digo: ¿cómo carajo podrían servir en la Policía unas cositas tan ridículamente frágiles?
La levantó del suelo con una sola mano y la arrojó contra la columna. Disparaba el golpe cuando la reacción fulmínea de la mujer lo tomó por sorpresa. Despegándose de un salto, ella pivotó en un pie y lanzó el otro en un arco increíble y perfecto hacia su puño, vulnerándole la muñeca. El mismo pie continuó el trazo mortífero y se estrelló en su mandíbula, haciéndolo trastabillar y perder el equilibrio. Otro giro y otro golpe en la ingle le quitó el aliento. Ella ya no arriesgó más y se largó a la carrera hacia la rampa.

Ciego de rabia, aguantando las ganas violentas de vomitar y con un dolor que le apuñalaba las entrañas, corrió tras ella, 45 en mano, dispuesto a acabar con la arrastrada de una puta vez por todas. No podrán reconocer tu cadáver cuando yo termine con él, se prometió mientras corría.

 **** 

El disparo resonó a sus espaldas un segundo antes de que el edificio se sumiera en una oscuridad estigia. El apagón la desorientó y Odette se detuvo un instante a recobrar la noción del espacio a su alrededor. Inspiró tratando de no jadear. Más disparos provenientes de arriba la decidieron a guiarse por el ruido para llegar a la salida.
¿Y cuando salgas, nena? Una cosa a la vez. La rampa de salida estaba del lado opuesto a la que venía del segundo subsuelo. Avanzó cautelosa hacia donde tableteaba el tiroteo y entonces escuchó detrás y debajo de ella, el resuello de alguien corpulento. Miró por encima del hombro pero las tinieblas eran impenetrables. Corrió rozando la pared a su derecha. Un griterío infernal estalló por encima de su cabeza y una corriente de aire frío le agitó el pelo. ¡La calle! Tanteó con un pie y luego con el otro hasta sentir la pendiente. Cuando atacaba el tramo final, los faros de un automóvil desgarraron el aire negro del garage. ¡Ese condenado hijo de puta!
Ayrault disparó dos veces mientras conducía a golpes de volante. Uno de los proyectiles pasó silbando junto a su cabeza y se enterró en la pared que le servía de guía. Trocitos de revoque le saltaron en la cara. Se tiró al suelo, y el segundo disparo se perdió en la oscuridad. Los haces de luz barrieron enloquecidos el lugar y ella rodó rampa abajo, eludiéndolos. Desde el suelo distinguió un enjambre de bultos negros detrás del auto. ¿Y ahora, quién?
El automóvil retrocedió y viró en redondo a izquierda y derecha como un animal enfurecido, buscándola. Odette se incorporó y se lanzó a una carrera desesperada. Escuchó pasos que remontaban la rampa tras ella y el miedo la mareó: ¡carajo, viene por mí y estoy desarmada! El motor se quejó por la acelerada violenta y los neumáticos patinaron antes de rodar. Ella corrió zigzagueando, otro haz de luz la encontró y un disparo le pasó demasiado cerca. Ella y el que iba por ella, se tiraron al suelo y se levantaron a un tiempo. Ella apretó el paso y escuchó una andanada: ya no sabía quién era el blanco. El pavimento se nivelaba y siguió corriendo: la calle no podía estar a más de diez metros. Detrás de ella, los faros iluminaron el techo: Ayrault también estaba saliendo. Algo se interpuso entre la luz y ella y un instante después, ese algo la golpeó desde atrás.
El impacto la dejó sin aliento siquiera para gritar o defenderse. El tipo la levantó como si fuera un juguete y cargándosela al hombro se lanzó a la calle. Más disparos en todas direcciones arrancaron esquirlas de las paredes. Una debió rozar al que la llevaba porque el hombre ahogó un quejido bajo el pasamontañas, pero pareció que eso le dio el ímpetu final, porque de un salto ganó la calle. Rodó por el suelo con ella a cuestas, alejándose de la línea de fuego. Todavía debajo de la mole jadeante del tipo, oyó chirriar neumáticos. Sin dejar de cubrirla con su cuerpo, el hombre se movió para disparar y el estampido fue ensordecedor. Alguien aulló. El automóvil se detuvo. Ella no podía moverse o siquiera espiar, aplastada de cara contra el pavimento, y las costillas le estaban comenzando a doler.¡No puedo respirar! Trató de sacudirse de encima al hombre de un codazo pero sus intentos eran menos que cosquillas para él.
 — ¡Baje la cabeza, carajo!— acompañando la palabra con la acción, el tipo le sujetó la nuca y la mantuvo contra el suelo.
La voz la hizo respingar de la sorpresa: ¡Ortiz! ¿Qué mierda estaba haciendo ahí? Los tiros amainaron y el hombre se puso de pie, la levantó bruscamente por un codo y corrió con ella a la rastra, cubriéndola hasta pasar el círculo de autos.
Nadie les prestó atención, ocupados como estaban con los que tiraban desde el edificio. Pasaron la barrera protectora de los autos y Ortiz miró a su alrededor sin soltarla, buscando un vehículo al cual subirla.
 — ¡Espere!— chilló ella, tratando de soltarse—. ¿Qué hace aquí, coro...?
 Los ojos oscurísimos relampaguearon y la mano del hombre le cubrió la boca.
 — ¡Cállese! Hago nada más que lo que debo hacer. ¡Métase al auto y no salga!— ladró y la empujó dentro de uno, cerró de un portazo y regresó a la línea de fuego.

**** 

Meyer gruñó un “comprendido” y tironeó del brazo de Marcel al tiempo que se señalaba la cucaracha.
 — Es ese Ortiz. Marceau está fuera de peligro: acaba de dejarla afuera en un auto.
Marcel aguantó un suspiro de alivio. Ya está a salvo. Ahora es mi turno de terminar con esto.
— Necesito comunicarme con Ortiz— Meyer le pasó la cucaracha y el mic. Cuando se lo devolvió, Jumbo lo miraba con cara de velorio—. Lo siento, Jumbo. Tengo que hacerlo.
 — Vamos juntos.
— No. Tengo que terminar solo este asunto.
Jumbo lo miró a los ojos sin pestañear durante unos momentos.
— Encontraste al proveedor de Ayrault— dijo sin preguntar y Marcel asintió despacio.
— Es una jugada peligrosa. Empezamos esto juntos, lo terminamos juntos — decidió Jumbo.
— No esta vez. Necesito que... que la cuides.
Meyer tragó aire.
— ¿Le digo algo a Massarino?
— Lo que te parezca prudente— se encogió de hombros y sacudió la cabeza—. No. Es mejor que lo sepa todo.
— Ni siquiera yo sé todo— Jumbo replicó a media voz.
— Ya lo irás deduciendo. Tengo que irme— cabeceó hacia algún lugar afuera del edificio —. No la descuides.
 — Tranquilo— le dio una palmada en el hombro.
Marcel dio media vuelta y se perdió a la carrera por el corredor que daba a la salida lateral. Por eso no vio a Jumbo menear amenazadoramente la cabezota llena de rulos incongruentes con el uniforme de la Brigada Antiterrorismo, ni escuchó las obscenidades que murmuraba, haciendo referencia al escaso intelecto y al exceso de volumen de los testículos de su compañero. Tampoco vio la mirada que erróneamente todos confundían con inocente, y la decisión en ella que hablaba a las claras del poco caso que pensaba hacer el capitán Bernard Meyer de las instrucciones que acababa de recibir.

 **** 

El dolor la mordió como un animal. Respirar era un derecho que debía ejercerse con prudencia para no chillar demasiado. Se levantó la camiseta y se inspeccionó: un hematoma horrible estaba en plena onda expansiva. Dejó caer la cabeza contra el respaldo del asiento. El automóvil debía ser oficial pues así lo denunciaba la Motorola que zumbaba y cliqueteaba todo el tiempo, en la frecuencia de la PDP. Gracias, Dios mío, gracias por mandar a la Caballería.
 Salió del auto pero no reconoció a nadie, en medio del enjambre de uniformes y pasamontañas negros. Más allá del semicírculo de autos oscuros, en el centro, un automóvil gris plata exhibía varios agujeros en las puertas y los neumáticos. Si respiraba con cuidado no le dolía tanto. Es posible que esa bestia no me haya roto las costillas después de todo. Se acercó con precaución al teatro de operaciones. Nadie le hizo caso: lo que ocurría adelante era más importante.
Entre las cabezas oscuras identificó al instante, con alegría inesperada, una gris que destacaba orgullosa. ¡Madame está aquí! Y al parecer, al mando. Si hubiera tenido aliento suficiente habría corrido a abrazarla. Unos encapuchados tamaño King-Kong sujetaban a otro gorila de cara descubierta, que aullaba y despotricaba, el rostro de color rojo apoplético: el diputado Ayrault, que invocaba su inmunidad y su derecho a sus propios fueros, e insultaba y amenazaba a diestra y siniestra ante semejante atropello.
Odette alcanzó a los hombres más alejados del centro. Uno bajo y de espaldas de carnicero le llamó la atención; no uniformado como los demás, sino vestido con traje de buena calidad aunque algo vapuleado por las circunstancias y la hora. Al aproximarse al individuo, el olor a tabaco y sudor que lo envolvía le golpeó el olfato y desencadenó una catarata de recuerdos espantosos. ¡Es el que me amenazó en los sótanos de Ortiz! Pareció que él percibía su presencia porque giró a medias la cabeza y la miró. Un atisbo de sorpresa cruzó por la cara de sapo. El tipo lanzó un vistazo prudente, verificó que no les prestaban atención y se acercó con la obvia intención de cerrarle el paso.

 — ¡Comisario Marceau!— dijo en voz alta
Al oirlo, a Odette  no le quedaron dudas ¡Es él! ¿Qué mierda hace acá este hijo de puta?
—. Soy el inspector general Patrice Lejeune de RG. La felicito. Este asunto estuvo magníficamente bien resuelto.
La encerró entre su cuerpo y uno de los automóviles estacionados. Ella intentó liberarse pero el sapo asqueroso se lo impidió y continuó hablando, tan cerca que le olía el aliento repugnante.
 — Parece que hoy todos nos excedimos un poco en nuestros respectivos deberes y atribuciones— con la mano libre señaló hacia los autos—. Yo mismo malinterpreté órdenes y aquí estoy, tratando de remediar la situación que involuntariamente— destacó la palabra con letras de neón—, provoqué. Todos cumplimos órdenes. Incluso usted.
 — Jamás se me ocurriría torturar a nadie en cumplimiento de mis órdenes— lo enfrentó. Cucaracha, te patearía las pelotas. 
 Lejeune le leyó la intención asesina en los ojos y esbozó una mueca reptilesca.
— Vaireaux(1) no opinaría lo mismo— dejó transcurrir una pausa.— RG. Tengo buenos informantes, comisario. Aunque admito que me hubiera gustado verla en acción, a pesar de Vaireaux. Sin rencores. Hago lo que me ordenan, de la mejor forma posible, y a veces me equivoco lo mismo que cualquier mortal.
— ¿Equivocarse incluye drogar y programar a un hombre para convertirlo en una máquina de matar? Lejeune le aferró el mentón y la acercó a su cara, mascullando entre dientes.
— No quiera saber las cosas que se hacen en nombre del deber, aún dentro de la legalidad de las instituciones. Usted es una buena oficial, merece el puesto que tiene y más. No tengo nada personal en su contra ni en la de Dubois, tan buen oficial como usted. Me hubiera gustado conocerlo en otras circunstancias: es un elemento magnífico...
— ¿Para quién: la PN o la Orden?— replicó temblando de rabia.
La sonrisa de iguana le deformó más la punta aplastada de la nariz.
— Juzgue usted misma, comisario, y no se busque más problemas.
 — ¿Es una amenaza?
— Nada más que un consejo de alguien con más experiencia que usted. Ahora métase en algún auto y no vuelva a bajarse. No queremos que le pase nada— la soltó bruscamente y se alejó en dirección al grupo.

 **** 

— ¡Imbécil!— Ayrault le gritó a Michelon—. ¡Este procedimiento es ilegal y usted no puede arrestar a nadie! ¡La destituyeron por incompetente!
 El resto de los hombres de Massarino esposaba a varios más y los metían en los automóviles. Lejeune se acercó a ella. Madame le dedicó una ojeada helada y despectiva, pero apretó los labios y se guardó sus negros pensamientos acerca de la cabeza visible de RG. Massarino regresó junto a ella tan pronto como vio que Lejeune se le acercaba y la flanqueó silencioso. La mirada oscura del comisario iba de Ayrault a Lejeune, esperando la reacción de alguno de los dos.
 — ¡Vamos, dígaselo!— Ayrault estalló triunfal al ver a Lejeune—. ¡Dígales cómo los van a echar a todos a patadas en el culo de la PN!
La cara de Lejeune era una talla en piedra inexpresiva y dura cuando habló:
 — Jean-Jacques Ayrault, está bajo arresto. Cualquier declaración...
¡Esa escoria trabaja para la Orden!— Ayrault aulló como un poseso señalando a Lejeune—. ¡Es a él al que tienen que arrestar, estúpidos!— siguió gritándole a Michelon— ¡Idiota! ¿No entiende? ¡Lejeune se encargó de que te destituyeran, tortillera de mierda! ¡Es el que mueve los hilos para Ortiz y su chusma! ¡Él es Etchegoyen! ¡Es el alias que usa en la Orden!
— No sé de qué habla— replicó Michelon —. Resérvese las declaraciones para el juez de instrucción.
El rostro convulsionado de Ayrault se tornó violáceo.
 — ¡Hijo de puta madre, te vendiste!— vociferó acusando a Lejeune— ¡Todos se vendieron! ¡Pero no van a sacarla barata! ¡Los voy a hundir a todos!
 Lo metieron a empujones al blindado y la sirena ahogó los gritos del ex-futuro presidente.

**** 

Auguste lanzó una ojeada a su alrededor y su memoria holográfica le dijo que no estaba todo igual. ¿Qué es lo que hay de diferente...? ¡La “limo” no está! 
 — ¡Massarino!— Michelon le hacía señas.
Junto a ella estaba la mujer que había visto en la limusina, llevando de la mano a dos chiquitos de unos seis años cada uno. El estómago le dio un pinchazo de advertencia. Al acercarse, Auguste reparó en el parecido increíble entre ella y su hermana y comenzó a sacar conclusiones a toda velocidad.
 — ¿Dónde están los otros que venían con usted?— preguntó a la mujer.
 — ¡Y yo qué sé!— chilló ella, encogiéndose de hombros en un gesto esclarecedor — ¡Esos dos nos hicieron bajar a los chicos y a mí y se llevaron al viejo! ¡Nos dejaron en medio de este despelote de tiros...! ¡Hay dos criaturitas acá!
— ¿Quiénes dos?— Auguste se inquietó.
— ¡Los dos que me trajeron hasta acá! ¡El grandote ese del carácter de mierda y el morocho más delgado!— la mujer torció la boca—. Quisieron dejar también al viejo pero el viejo no quiso. ¿Qué van a hacer con nosotros?— sacudió la barbilla, beligerante, sin soltar los chicos de su mano.
 En un aparte acordaron con Madame trasladar a los tres al Quai y retenerlos allí hasta tanto pudieran darle protección adecuada. La misma Michelon se encargaría de llevarlos y de interrogar a la mujer, nada más que por precaución.
— ¿Y Marceau? — preguntó Madame antes de subir al auto.
— No sé nada de ella todavía— admitió contrariado.
 Pasó la voz: nadie había visto salir a Odette. Auguste ladró por el handy, tratando de localizar a Meyer.
 — El coronel Ortiz sacó a Marceau del edificio— fue la respuesta cortante de Jumbo antes de cerrar su handy.
— ¿Y Dubois? ¿No estaba con usted?— Auguste insistió a los gritos pero al parecer, Jumbo estaba ocupado en otra cosa.
Preguntó por Marcel al resto de los hombres, que se encogieron de hombros. Estoy empezando a ponerme nervioso. 
— ¿Qué te pasa, Massarino, perdiste a tu putita? — aulló el cretino de Blanchard, que ya esposado y junto al resto de los detenidos, todavía tenía ganas de provocar.
Antes te salvó Michelon pero ahora voy a darme el gusto. Auguste se acercó mientras el imbécil suicida seguía provocándolo.
 — ¿La trajiste para que se diviertiera un rato y se te escapó con alguno? Por qué no te vas a buscarla? ¡Debe andar cogiendo en algún auto!
Auguste agarró el cogote del tipo con una sola mano y lo puso a medio centímetro de su cara.
 — Marceau es mi hermana, imbécil de mierda— farfulló—. Si algo le pasó gracias a ustedes, hijos de puta, ¡no van a llegar vivos a La Santé!
 — ¡Comisario!— uno de sus hombres le sujetó el puño que volaba a la cara de Blanchard— Cuando Ayrault salía con su automóvil, uno de los nuestros dejó a una mujer dentro de uno de nuestros autos. No se ensucie las manos, no vale la pena.
 El oficial agarró a Blanchard por el cuello de la camisa y lo metió de prepo en uno de los camiones. Temblando de indignación, Auguste fue hasta los autos y le informaron que faltaba uno. Se puso a pensar a todo vapor.
Marcel se ocupa de hacernos saber en dónde se encuentran, pero él no da señales de vida. ¿Por qué carajo se iría con nuestros soliti ignoti (2) ? ¿A hacer qué cosa? ¿Odette sabía lo que tenían pensado hacer y por eso Ortiz trató de quitársela de encima? Apuesto unas cuantas fichas a eso. Y ya que estamos, pongamos unas fichas más a que Odette no piensa dejar a Marcel irse con ellos fácilmente. Massarino, ya sabemos lo que hay que hacer.
Mientras tecleaba el número de Paworski, Meyer apareció buscándolo y con novedades acerca de Marcel. No necesitaron hablar para decidir lo que tenían que hacer.


(1) Médico de la OCT que se ocupaba de mantener con vida a los torturados y a las mujeres secuestradas para tráfico, "La dama es policía"
(2) Los desconocidos de siempre

viernes, 3 de agosto de 2012

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 43

QUAI DES ORFÉVRES, ONCE Y MEDIA DE LA NOCHE

“Si nos pescan nos cortan las piernas”, le había asegurado Meyer. No tengo la menor duda que será algo más sensible que las piernas, pensó Auguste mientras subía desde la playa de estacionamiento. Un suboficial con demasiados humos le había exigido la identificación pero la credencial del SSMI abría más puertas de las que uno podría creer. El cónclave secreto era en el laboratorio de Paworski. Cuando llegó, Meyer y el ingeniero estaban instalados delante del monitor más grande, con el resto del lugar a oscuras y la puerta cerrada con llave.
 — Parecemos conspiradores— se burló Paworski.
— ¿Y qué cree que estamos haciendo?— Auguste le devolvió la burla. Paworski sonrió pero no replicó mientras se ocupaba de los controles. — Carajo— masculló el ingeniero—, hace mucho que no hago esto.
— Debería practicar más a menudo— comentó Auguste, mirando la pantalla con preocupación. Ni una puta señal cruzaba el mapa— ¿Qué podría pasar que anulara la señal? — Que hayan destruido o roto el radiofaro.
— ¿Dubois podía activarlo a voluntad?
— Sí. De hecho, la única otra forma de activación es si el detector de temperatura del radiofaro recibe una señal continua inferior a los 32 grados Celsius.
Es decir, si está muerto, cosa que aparentemente no es así. Todavía, Auguste pensó con un estremecimiento.
— Paworski, ¿ la señal podría ser tan débil que hicieran falta equipos más sensibles?— aventuró.
— Lo diseñé con un isótopo de larga vida y emisión constante. No debería haber problemas— murmuró Paworski mientras ajustaba controles y selectores.
Hubo una pausa más larga de lo deseado y las respiraciones de todos se volvieron pesadas.
 — Massarino, perdone que insista pero... ¿Está seguro de buscarlo en París intramuros? Quiero decir...
— Ya sé lo que quiere decir. Sí, estoy seguro, sólo que no quiero arriesgar un movimiento que podría resultar desastroso a nivel diplomático— por no hablar del despelote que ocurriría en la PN, en el MI y en cuanta puta repartición hubiera un puto uniforme azul. Mierda, me estoy volviendo tan malhablado como mi hermana.
Una eternidad de tres minutos transcurrió en medio de un silencio de muerte.
— Comisario, tendríamos que pensar en otra cosa...— decía Jumbo cuando un bip solitario cruzó la pantalla. Se quedaron paralizados, sin respirar. Otro, otro y otro más y ¡la señal!, la putísima señal se estabilizó.
Se detuvieron a cien metros del edificio de construcción de menos que mediana categoría y con aspecto de abandono, salvo por una o dos ventanas mal iluminadas; bien podría tratarse de uno de tantos ocupados por sans-papiers (1).
— Paworski, ya estamos en las coordenadas.

— Busque un automóvil, Massarino— la voz salía metálica por el radio—. La imagen satelital señala un automóvil grande.
Auguste ordenó a los demás autos que rodearan la manzana. La calle estaba vacía. El radio chirrió: una limusina se movía por una calle lateral. Los demás no habían detectado ningún vehículo.
— Paworski— Auguste insistió —, ¿está seguro de que se trata de un vehículo y no el edificio?
Si Paworski insultó, no salió al aire.
— Estoy completamente seguro, comisario— respondió el ingeniero entre dientes.
 ¿Qué mierda hago? ¿Si resulta que es un diplomático tirándose a la secretaria del embajador y les caemos encima con la Brigada Antiterrorismo? Por otra parte no es un barrio recomendable para pasear en limusina. Todavía dudaba cuando del otro lado del radio, Paworski sonó agitado.
 — ¡Massarino, espere! ¡La imagen satelital cambió!
— ¿Cómo es posible?— ladró Auguste, malhumorado.
— El retardo. Las comunicaciones no son instantáneas— explicó Paworski con algo de empacho.
— ¿Y ahora? ¿Está completamente seguro?
— Deme un par de minutos — admitió el ingeniero.
Santo Dios, te pueden matar en un par de minutos. ¡El planeta entero puede irse a la mierda en un puto par de minutos!
— Massarino— la voz del ingeniero sibiló por el radio—. Confirmadas las nuevas coordenadas. Se trata de un edificio de siete pisos. Estamos transmitiendo los planos. Confirmen. El radiofaro está emitiendo desde el segundo piso.
Meyer, que seguía la información desde su propio radio, intervino.
— ¿Cómo seguimos, comisario?
— Interceptamos el vehículo. Yo voy adelante; Meyer en el segundo auto, a cincuenta metros. Los demás, en las bocacalles— quiero encargarme de ellos personalmente, pensó Auguste recordando la rosa negra.

***
Cuatro autos salidos de la nada les impidieron avanzar. Las figuras de negro ominoso y pasamontañas rodearon la limusina antes que ninguno de ellos pudiera reaccionar, y el traquido inconfundible de las armas amartilladas desalentó cualquier movida. Una voz bronca les indicó que apagaran el motor, abrieran las puertas lentamente y bajaran del vehículo de uno en uno. Un culatazo persuasivo hizo estallar un cristal y el caño prolijamente perforado de un fusil ametrallador entró por el agujero. Ortiz miró alrededor: al menos diez gorilas acordonaban la limo, contando al que hablaba.
— ¿Papi, qué pasa?— chilló Fernando asustado. El otro chiquito, Leo, se puso a llorar.
— Mi coronel...— susurró Marini con la mano en la Uzi
Ortiz lo detuvo con un gesto.
— No haga ningún movimiento sospechoso. Lo único que importa es proteger a los chicos y a mi padre— presionó el levantavidrios— ¡Voy a bajar! J’y vais descendre! — gritó en francés y murmuró: — Intentaré una maniobra de distracción. Ya sabe a dónde ir. Dispare o atropelle al que se le ponga delante.
— ¡Pero, señor!
— Es una orden, subteniente.
¿Quiénes carajo son: los de Ayrault o los de Seoane? El sudor le corrió frío por la espina dorsal. Quienes quiera que sean, no voy a permitir que dañen a mi hijo. Escondió el arma en la cintura.
— ¡Papi!— gritó Fernando llorando.
— Hacéles caso al al abuelo y al subteniente Marini.
— Oiga, jefe, esa no es gente de JJ— susurró Sulamit
— ¿Cómo lo sabe?  — Los vi moverse alrededor del auto. Parecen canas— decidida, la mujer bajó el cristal de su lado y asomó la cabeza— ¡Eh, hay chicos acá adentro! ¿Oyeron?
La boca de una Beretta la empujó hacia adentro y Sulamit insultó al tipo sin demasiados pruritos.
— ¡Sin trucos! ¡Apaguen el motor o lo apagamos nosotros!— ladraron del otro lado de la pistola.
Las sombras se apretaron alrededor de la limo y Ortiz tuvo que dar la orden a Marini entre dientes
— Despacio. No queremos lastimar a nadie— insistió el tipo.
Ortiz emergió lentamente de la limusina, las manos separadas del cuerpo. Lo empujaron contra la carrocería y lo palparon de armas, y uno se metió en el vehículo.
— ¿Qué hacen?— se sobresaltó cuando un gorila tamaño XXL lo hizo volverse con brusquedad y lo encañonó en medio del estómago.
— Es la misma pregunta que queremos hacer nosotros— farfulló la bestia detrás del pasamontañas.
****
Auguste entró a la limo, se quitó el pasamontañas y le sonrió al viejo tendiéndole un pimpollo marchito y una tarjeta, pero sin dejar de apuntarle.
— Déme una buena explicación de qué hacía el capitán Marcel Dubois en este vehículo y cuál es el paradero de la comisario Marceau, pero hágalo rápido... Gran Maestre

****
Auguste y Ortiz se miraron durante unos buenos segundos antes de hablar.
— No tengo hombres disponibles para que los protejan. Llévelos a algún lugar seguro— Auguste cabeceó hacia la limusina—. Imagino que deben tener alguno más en la ciudad.
— Yo me quedo con usted— dijo Ortiz.
— No puedo permitirlo. Ya tengo demasiados problemas en la PDP como para sumarle la presencia de un militar extranjero en un operativo no autorizado.
— ¿No autorizado? No comprendo.
— Estamos aquí de contrabando. Estoy respaldando esto como Seguridad del Ministerio del Interior, cuando debería ser la Brigada Criminal la que dirigiera el procedimiento. Michelon fue relevada de su cargo hace dos días. El reemplazante no está y todas las investigaciones sobre el ciudadano Ayrault han sido dejadas sin efecto. No sé qué consecuencias tendrá todo esto. Posiblemente me echen a patadas de la PN, lo mismo que a la gente que me acompaña. Váyase, coronel.
Ortiz lo miraba con furiosa incredulidad.
— Puedo remediar algunas cosas. ¿Tiene un celular?
Ortiz se apartó para aullar una serie de órdenes telefónicas a alguien que se había extralimitado en su celo profesional.
En un relámpago esclarecedor, Auguste captó el estado de situación. Esta vez las reglas de juego que la Orden impone se te volvieron en contra, ¿eh, Ortiz? El coronel le devolvió el teléfono.
— Están saliendo a buscar a la comisario Michelon. Habrá una nueva comunicación, anulando la disposición anterior. Lo siento.
— Váyase de una puta vez — masculló Auguste entre dientes.
— No, comisario, no puedo irme— Ortiz lo encaró—. Se la debo a Dubois y a Marceau.
Auguste lo evaluó con los dientes apretados y después de unos instantes, asintió con expresión sombría. — Meyer, facilítele equipo al coronel Ortiz.

POCO ANTES DE MEDIANOCHE EN LA WOLFFSCHANZE
Recorrieron un pasillo interminable y varios tramos de escaleras abajo, hasta llegar a un corredor lateral de paredes mal revocadas. Janvier abrió una puerta y empujó dentro a Odette. En la habitación iluminada por una lamparita desnuda y tan sucia de pelusas como el cable del que pendía, había nada más que un camastro bajo contra una pared.
— Vamos, nena, no querrás despedirte sin mimarme un poco— el tipo gruñó mientras la arrinconaba contra la pared y le metía las zarpas por debajo de la camiseta. Parecía tener cuatro pares de manos.
— ¿Estás loco? ¿Si se aparece JJ?
El tipo ni se molestó en escucharla. Los cuatro pares de manos la sujetaron por las caderas y la lengua se le enterró en la oreja.
— Ese Seoane dijo que algo no había salido bien— insistió ella —, y JJ se pone cabrón cuando algo no resulta como él quiere... Mejor me voy.
La bragueta del tipo comenzó a cambiar alarmantemente de tamaño.
— Ni lo vas a oler, muñeca— el hombre la besó con la boca abierta y el estómago le subió hasta la garganta y le volvió a bajar— JJ hace sus trabajos sucios en los pisos altos.
— ¡JJ nos va a matar si nos pesca!
— ¿Qué te pasa, preciosa?
— Janvier, quiero ir a casa...— se retorció para escurrirse.
— No entendiste— el tipo le sujetó la cara con violencia—. Seoane dio una orden. Depende de cómo te comportes el que la ejecute.
La expresión torva del hombre le dijo que no importaba cómo se “comportara”, lo mismo la "ejecutaría". Odette se obligó a rodearle el cuello con los brazos pero la mirada del tipo se endureció, se arrancó sus brazos y se desprendió la bragueta, tomándole la mano para guiarla dentro del pantalón. Sus dedos tantearon la humedad y tuvo que contenerse para no sacar la mano de un tirón. Janvier la empujó para que se arrodillara.
— Vamos, puta, si es lo que más te gusta...— masculló ronco.
El miembro del tipo le saltó en la cara. Se estremeció y estuvo a punto de apartarse asqueada, cuando una mano le agarró el pelo y la acercó a medio centímetro, y la otra tironeó de la camiseta, levantándosela por encima de los pechos.
— Dame una buena chupada y te perdono la vida, desgraciada— gruñó mientras la manoseaba.
La mano que la pellizcaba se deslizó hacia la parte trasera de la cintura. ¡Dios, este animal de verdad piensa matarme! Se pegó al cuerpo del tipo tratando de dominar el rechazo insoportable que le provocaba y lo acarició. Con la punta de la lengua rozó la pelvis del bruto, dibujando circulitos y acercándose a la bragadura, hasta que el tipo dejó caer la mano que buscaba el arma. ¡Ahora! Se apartó ligeramente como para acomodarse, se incorporó a medias y pateó el escroto de Janvier, que se dobló por la mitad, los brazos repentinamente fláccidos por el dolor.
Odette se incorporó de un salto. El siguiente golpe fue con el filo del pie al maxilar, y el otro, a la sien. El tipo cayó de rodillas, insultando medio ahogado mientras trataba de alcanzarla, y el arma se le cayó del cinturón. Con un movimiento felino, Odette pasó por debajo de él, saltó sobre la pistola, giró y disparó sin apuntar. El tipo voló hacia atrás golpeándose la cabeza contra el camastro y ya no se movió. Ella volvió a respirar una eternidad después. No sabía si el hombre estaba muerto o inconsciente, pero no tenía tiempo de quedarse a averiguarlo. Se metió la pistola en la cintura del pantalón y corrió por el pasillo vacío, tratando desesperadamente de recordar el camino por donde había venido.
¿Había alcanzado ya la planta baja o estaba en el primer subsuelo? Jadeó y el flujo forzado de aire le hizo doler los pulmones. El ruido inconfundible de pies calzados con borceguíes le puso el estómago en el tobogán. ¿Era la gente que Ayrault había enviado en auxilio de Schwartz, que regresaba?
No, deben haber liquidado a todos. Entonces: ¿son los de Seoane que vienen a terminar el trabajo? Ella sería cadáver sin importar el grupo que la encontrara.
Los pasos se acercaban a la carrera y oyó voces ahogadas dar órdenes en francés: ¡los de Ayrault
Se metió en una habitación vacía y a oscuras y se acurrucó detrás de la puerta, poniendo todos sus sentidos en lo que ocurría afuera. Los que corrían siguieron de largo sin hablar. Están emboscando a alguien. No quería pensar a quién y contuvo la respiración.
Treinta latidos de corazón después, no habían regresado y nadie los seguía. Tenía que salir aunque el pánico le diera nauseas. ¿Y Marcel? Entreabrió la puerta: el corredor estaba vacío. El pulso le batía como un tambor. Los malditos zapatos de tacón hacían ruido y corrió en puntas de pie. El extremo final del corredor se abría en T; se acercó cautelosa al cruce y escuchó sin asomarse: ni un solo ruido perturbaba el silencio ominoso.
Dios Santo, ¿en dónde se metieron todos? El corazón le palpitaba en la boca, en medio de la lengua. Salir, comunicarme con Meyer, pedir refuerzos... Estaba tratando de convencerse a sí misma que era lo que mejor podía hacer, cuando oyó un ruido a sus espaldas. Por encima del hombro vio la figura oscura, de pie en la intersección de los pasillos. Aprovechó el instante de vacilación del hombre, sacó el arma de Janvier y disparó. El tipo se parapetó y ella dio media vuelta y echó a correr, abandonándose al más elemental instinto de conservación.


(1) Ilegales (lit: "sin papeles)

viernes, 20 de julio de 2012

La mano derecha del diablo- CAPITULO 42

XII° ARRONDISÉMENT, ONCE Y CINCUENTA DE LA NOCHE DEL SÁBADO 
Sulamit y Odette

Sulamit estaba feliz de obtener un Armani auténtico en pago por sus pantalones baratos de vinilo y la camiseta vulgarísima, llena de brillitos y agujeritos estratégicos.
 — Mierda, sí que te la dieron lindo— Sulamit murmuró señalándole las marcas de quemaduras de cigarrillos y tuteándola por primera vez.
 Odette se quedó paralizada, con la camiseta a medio bajar.
 —Un hijo de puta con todas las letras— continuó Sulamit mientras le recorría las marcas oscuras con la punta del índice—. Éste te quería matar— aseguró con conocimiento de causa.
Odette se bajó la camiseta sin poder pronunciar palabra. Los hombres estaban petrificados en sus asientos y Sulamit tenía un ataque de verborrea.
 — A veces juegan un poco con los cigarrillos pero cuando te arruinan así, te quieren liquidar. Hace tres años vi a una chica, el cliente la había quemado igual, hasta la...— la mujer lanzó una ojeada a su alrededor —, y después la remató. Tuvimos que ir todas a declarar pero el tipo era extranjero, un militar o algo así, y no lo agarraron. Te salvaste por un pelo...
 — No es mi tema favorito de conversación— Odette la cortó en seco, volviendo a respirar.
— Son todos iguales. Unos cerdos— Sulamit afirmó desafiante.
— Seguro, Sadie Thompson (1) — ironizó el viejo desde su rincón.
— ¿Qué dice?— preguntó Sulamit.
 — El señor conde está senil, no le hagas caso— Odette tenía una mueca dura en la boca. Nadie replicó.
 — Estaba segura de que eras asistente social pero me equivoqué. Eso se lo hacen a una puta o a un cana. Je, nunca hubiera pensado que eras cana. Demasiado fina para keuf  (2) , digo. A JJ lo calientan las putas vulgares. Como yo— Sulamit encogió un hombro—. Se ve que le gusta tu envase con mi contenido, je. Eso dijo la vez que le pregunté por la foto: “una putita con aires de virgen ofendida”. ¿Pasó algo entre ustedes?— preguntó como si estuvieran juntas en la peluquería—. JJ tiene fama de no perdonar a ninguna pollera.
— No fui una de sus subordinadas favoritas y me lo manifestó muy claramente en una oportunidad.
 Sulamit la miró con compasión.
 — Te cagó a palos... Es un animal.
 — Bueno, no es el primer misógino empedernido con el que me cruzo en este trabajo— Odette enarcó una ceja sin mirar a nadie y terminó de acomodarse la ropa.

 **** 
Marcel interrogó a Sulamit sobre la distribución del edificio y repitió las localizaciones para asegurarse que recordaba cuanto le había dicho.
 — Esto es una locura— rezongó—. Lo pensé bien: no vas.
 — Creí que nos habíamos entendido— Odette lo miró con cara de esfinge antes de acotar en tono apenas molesto— Si lo hacemos como lo preparamos no habrá mayores problemas.
Marcel se mordió el interior de las mejillas antes de hablar. Como sigas usando ese tonito de maestra de escuela, te estrangulo.
 — Puedo hacerlo solo perfectamente...
 Ella meneó la cabeza como si tuviera que repetir la explicación a un deficiente mental.
— Pueden matarte perfectamente. Ya te lo dije: yo no te necesito para hacer esto, pero creo que si vamos juntos tendremos más posibilidades. Basta con no salirnos del libreto.
 — No estoy de acuerdo... ¡No vas y se acabó!
— Capitán Dubois— ella le lanzó una mirada de hoja de navaja—, es una orden.
 — ¡No me vengas con esa mierda...!
— Jurisdicción de la PDP. Asunto de la Brigada Criminal. Yo soy el oficial a cargo y yo doy las órdenes.
 Él encajó los dientes para no insultarla en público y ella sonrió complacida.
Te borraría la sonrisita con un buen par de tortazos.
 — Cada minuto que pasa nos juega en contra— Odette continuó—. Para tu tranquilidad, no tengo intención de pasar por heroína o hacerme matar por nadie de ahí dentro. La experiencia me volvió cobarde. ¿Vamos?
Sonaba a tregua y bandera blanca. Marcel asintió: lo mejor sería simular acatar las putas órdenes de mierda, en tanto encontraba la forma de llevar adelante la decisión que había tomado. 

**** 
— ¿Así que es conde?— Sulamit le preguntó al viejo, muy suelta de cuerpo—. ¡Uaaah! Nunca estuve cerca de alguien con sangre azul.
El viejo la miró glacial pero ella no se amilanó.
 — Cuando se lo cuente a las chicas, se van a morir de envidia: ¡en una limusina y con un conde!— dejó de prestarle atención y aplastó la nariz contra la ventanilla—. Daría todas las limusinas del mundo por tener a mi nene sano y salvo. Carajo, espero que ese grandote la cuide: ella me cae bien...
 Le echó una ojeada a Ortiz.
 — El otro chiquito es suyo, ¿no?— ante la sonrisa pálida del coronel, Sulamit continuó—. Estaba segura: se le parece un montón. Es lindo que los varones se parezcan al papá— siguió mirando por la ventanilla—. Cuando me pongo nerviosa hablo mucho — encogió un hombro —. Los van a sacar, ¿no es cierto? — miró a Ortiz con aprensión y con los ojos llenos de lágrimas.
 — Seguro: son los mejores en esto — afirmó el coronel.
 — Yo no quería hacerlo, se lo juro, pero JJ se me llevó a Leo, usted entiende, ¿no?— se mordió el labio. — Todo saldrá bien.
 Sulamit se retorció las manos y murmuró:
 — Cuando Leo vuelva a casa me voy a salir de esta mierda, lo juro por Dios... No sé de qué voy a vivir, je.
 — Podría buscarse un trabajo honesto — disparó el viejo sin mirarla.
— Mi trabajo es honesto— retrucó ella con ferocidad—. Todo el mundo sabe a qué me dedico: yo no le miento a nadie, no asesino, no robo y no secuestro chicos.
 Se encontró con los ojos negros del coronel mirándola fijamente.
— Tiene razón, señora.

 **** 
Janvier
Había hombres armados en las ventanas de los pisos superiores. Pueden hacernos mierda en cualquier momento a partir de ahora pensó Marcel con acritud y se enfocó con desesperación en el plan, para no pensar en todas las posibles fallas que podrían ocurrir. Ayrault podría llegar de imprevisto; alguien de ahí dentro podría conocer a ese Seoane; podría haber gente de Seoane en el edificio...Las posibilidades comenzaban a tornarse desagradablemente infinitas.  
Un tipo más grueso y algo más bajo que él se acercó a impedirles la entrada, con la mano en la parte de atrás del cinturón. Al ver a Odette, el sujeto sonrió mostrando toda la dentadura. 
— ¡Hola, nena! ¿Quién es este tipo?— lo miró desconfiado. 
— Él es Seoane. 
Marcel creyo escuchar una vacilación levísima en la voz de Odette.  
Janvier lo miró de arriba abajo y silbó.
— Creímos que llegaría mañana, señor— el tipo le franqueó el paso y se volvió hacia Odette— ¿Viniste a ver a tu mocosito?— la enlazó por la cintura y la estrujó contra él. 
Marcel decidió saltarse algunas líneas del libreto para apresurar la salida de Odette y evitar que las manos de Janvier siguieran camino abajo.
— Hay que sacar a los mocosos de este lugar. Está demasiado expuesto— lanzó una ojeada apreciativa a su alrededor y miró al hombre con altivo desagrado—. El crío es una pieza clave para el intercambio. Vamos a llevarlo a un lugar seguro. 
— Pero JJ... — Janvier receló. 
Marcel tomó a Odette por el brazo, la apartó con brusquedad sin mirarla, y se dirigió a Janvier en un tono que no admitía réplica: eran órdenes que debían ser cumplidas. 
— Hubo una filtración de información. No todos los hombres de Ortiz estaban en la casa y algunos estarían intentando llegar aquí— sondeó al tipo con su mejor cara de perro y largó el farol—. Los refuerzos prometidos por Ayrault no llegaron a tiempo.
 Janvier se quedó momentáneamente sin palabras.

 — ¡No puede ser!— explotó —. ¡Nuestra gente se está moviendo en los tiempos convenidos...! 
— No es lo que Schwartz reportó— lo interrumpió—. No hay tiempo para lamentarse: hay que moverse rápido y trasladar a los rehenes. La localización alternativa ya está en nuestras manos y Ayrault la conoce. 
Si yo fuera Seoane y quisiera aparecer confiable ante Ayrault, le ofrecería pruebas de hasta dónde estaría dispuesto a llegar en la traición a Ortiz. Darle a conocer los escondites que la Orden conserva en París sería una muy buena forma de hacerlo.
Sonó tan marcial que Janvier casi chocó los talones mientras asentía vigorosamente. Típico custodio, todo músculos y cero cerebro. Menos mal

Se cruzaron con un par de tipos que apenas les dedicaron una mirada: evidentemente, el uniforme de la Orden no era algo inusual en ese sitio. Marcel marchaba a la par de Janvier y dos o tres veces pescó la miradita cómplice del tipo hacia Odette; ella le devolvió una sonrisita tímida y el tipo deslizó la lengua sobre los labios. Marcel le dedicó una ojeada de desprecio y Janvier enrojeció, pero mantuvo los ojos y las manos quietos.
 Los chicos dormían juntos en una misma camita. Odette entró en puntas de pie y los despertó sin encender la luz, explicándoles que se irían a otra parte y sin mencionar nombres: si el hijo de Ortiz conocía a Seoane, ellos estaban fritos. 
Medio adormilados, los críos la confundieron con Sulamit. 
— ¿Voy a ir con mi papá?— llorisqueó Fernandito. 
— Sí, pronto irás con tu papi— Odette susurró en castellano.  
Odette cargó a Leo, que la llamaba “mami” y lo besuqueó; él levantó a Fernandito y al sentir el cuerpecito tibio de sueño contra el suyo, se le estrujaron las entrañas y casi tropezó. Dios, no nos abandones. Estas criaturitas no deben sufrir ningún daño. 
— Nos esperan en la calle lateral en una limusina negra. Adelántese a avisar— le ladró a Janvier, que corrió hasta la puerta y volvió. 
— Ya están ahí, señor. 
Cuando asomaron, la limo esperaba enfrente con el motor en marcha y las ventanilla cerradas. 
Marini saltó y corrió hacia ellos. 
— ¡Todo listo, señor!— aseguró el subteniente en castellano y le hizo una venia. 
El imbécil de Janvier se paró muy derechito y saludó a ambos. El subteniente tomó a los chicos en brazos, los metió en la limusina y se sentó de nuevo al volante.
Marcel miró la hora y recorrió con los dedos la hebilla del cinturón. Cristo, espero que de verdad funciones. Había activado el radiofaro cuando habían ido a buscar a Sulamit, estimando el tiempo que podría llevar detectar la señal y comenzar el rastreo. Si todo iba bien, Jumbo llegaría con la caballería. Si no... Jumbo, no me falles. Ni siquiera voy a darme el gusto de romperle el culo a Paworski si esta mierda no anda. 
El celular del cretino interrumpió sus cálculos. 
— Era el jefe— Janvier sacudió el aparatito—. Salió antes de la tele. Le dije que usted ya estaba aquí y está viniendo. 
Un escalofrío de decisión le recorrió la espalda. Será la mejor oportunidad que tenga. Deliberadamente ignoró la mirada de alarma de Odette.
— Excelente. ¡Janvier!— escupió y el otro casi se cuadró—. Lléveme a la oficina de Ayrault. Tenemos que rehacer algunos planes.
— ¿Qué...van a hacer con... mi chiquito?— Odette también improvisó furiosa—. ¡Usted dijo que me llevaría con él! ¡Dijo que yo iría con ustedes...!
No me odies, estoy tratando de sacarte de este antro. La ignoró y se dirigió a Janvier, señalándola con un gesto despectivo del mentón.
— Despáchela.
 — Ya escuchaste al señor Seoane, nena— el imbécil la tomó por la cintura—, tengo que despacharte. Janvier señaló una puerta oscura en el extremo del corredor —. Allí, señor.
 Marcel entró a la oficina obligándose a no volver la cabeza, pero no pudo aguantar más y se asomó ver al cerdo llevarse la mano a la cintura y tantear el arma, mientras empujaba a Odette hacia las escaleras. ¡Cristo! Este animal piensa cumplir la orden al pie de la letra. ¿Qué carajo hice?

(1) Protagonista de "Rain", de W.S.Maugham 
(2) "Vesre" francés para "flic" (cana) (Verlan, argot que invierte las palabras, al igual que en castellano del Río de la Plata)

martes, 10 de julio de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 41


PARIS, Xº ARRONDISSEMENT, DIEZ DE LA NOCHE DEL SÁBADO

Conrado Seoane paseó la mirada de lapislázuli por los uniformes azules y cada hombre se envaró levemente al sentir el peso de esa mirada.
— ¿Los autos?— preguntó.
— Ya están disponibles, señor— el responsable casi chocó los talones al responder.
— No son rastreables — afirmó más que preguntó.
— No, señor— el mismo hombre.
— ¿El contacto?
— Anulado, señor.
— ¿Cronograma?
— Dentro de los tiempos establecidos. El primer grupo toma posiciones a las 00:45. El segundo a la hora 01:00. Tercer grupo, a las 01:15. Todos en sus móviles. Cuarto grupo a pie, a las 01:30. El suyo es el último, señor, a las 01:45, también con móvil. Reagrupamos y nos desplegamos para asegurar las rutas de escape. A las 01:50, rutas bloqueadas. A las 02:00 inicia fase final.
A cada frase los hombres cabecearon un asentimiento.
— Chequeen las armas y los recorridos alternativos— en unas horas más, también Ayrault quedará anulado, pensó colateralmente. Se alejó de los hombres para ejecutar la movida siguiente. Prefería llevarla a cabo lejos de testigos, con la siempre válida excusa del procedimiento habitual de la Orden: "células que responden a un único superior; elementos que sólo conocen sus propias órdenes; compartimientos estancos cuyas informaciones corren por diferentes canales".
Antes de llamar, miró la hora. La casa ya debería estar tomada y el primer objetivo, cumplido: eliminar a Ortiz y sus oficiales de confianza. Del viejo se encargaría él personalmente. Schwartz debe haber organizado una carnicería. Bien, ahora le toca a él. Había aprovechado con habilidad el hecho de que la casa tuviera inmunidad diplomática y rango de embajada, y había fabricado evidencia de que se trataba de un grupo local vinculado con extremistas argentinos; el secuestro del chico sería la pantalla perfecta para cubrir lo que pasaría allí dentro.
Abrió la notebook y cliqueó el archivo encriptado con la grabación. Le había llevado menos tiempo que el que había calculado el componer el falso mensaje de pedido de refuerzos. A nadie se le ocurriría averiguar la verdad hasta que fuera tarde. Los hombres de Ayrault correrían en auxilio de los de Schwartz y los liquidarían, confundiéndolos con los hombres de Ortiz, debido a que la gente de Schwartz vestía el uniforme negro de la Orden, en lugar de los uniformes de la PN que el mismo Ayrault había conseguido, supuestamente para todo el grupo argentino. El Ejército del Führer había usado esa estrategia simple con excelentes resultados. Tampoco le importaba mucho quiénes sobrevivieran: sus propios hombres se encargarían de limpiarlos.
Conectó el modem, ingresó el código de llamada y lanzó el archivo con el mensaje, comprobando con placer perverso que había calculado bien las pausas. Una sonrisa fría le estiró los labios.
Mientras volvía a la sala de comando, tanteó el objeto-talismán en el fondo del bolsillo y antes de abrir la puerta lo sacó para mirarlo: un anillo de oro, grueso y con un sello curioso: dos caballeros montados a la grupa de un solo caballo. No era suyo: muy pocos miembros de la Orden tenían derecho a uno y él no pertenecía al círculo áulico. No todavía... Se lo puso y notó que le quedaba apenas grande en el anular izquierdo cuando extendió la mano para admirarlo. Hoy voy a vengar a la otra mano que lo llevó. La mano de su hermano mayor, que debió haber sido Freiherr[1] Friedrich Von Schwannenfeld pero que fuera conocido como Federico Seoane, nombre clave El Brigadier. Conrado Seoane apretó el puño. Esta noche.

ONCE DE LA NOCHE, A MITAD DE CAMINO ENTRE EL XVII° Y EL XII° ARRONDISSEMENTS

Ortiz hizo que Marini desactivara el localizador satelital de la limusina apenas salieron, y se alejaron en una carrera desordenada, del radio de detección de la última posición.
— Tenemos que ir a buscar al chico...— Odette comenzó y Marcel la interrumpió brusco.
— No uses el plural, no estás incluida en esto. En cuanto encuentre a Ayrault, habré encontrado al chico...
— ¡El chico estará muerto para entonces!— ella restalló.
— ¡No si actúo lo suficientemente rápido!— respondió casi a los gritos.
— ¿Podemos postergar tu gloria personal hasta que encontremos al mocoso?
El sarcasmo lo hizo estallar furioso.
— ¿Qué mierda te ofrecieron éstos a cambio del crío?— casi no podía contener las manos que se le escapaban asesinas, mientras la metralla de flashbacks le trastornaba el pulso: el hombre que se alejaba de la cama, ella y sus labios maquillados... "La perra lo traicionó..."
— De nuevo estás pensando con las hormonas, Dubois...— las manos de ella encerraron las suyas—. No hay ofertas de nadie. Lo único que hay es nuestro deber. Somos policías de la Brigada Criminal detrás de un asesino que tiene a un chico como rehén. Primero el chico; después, Ayrault.
Los latidos se le normalizaron: el contacto había obrado el milagro de devolverlo a la realidad. Odette siguió hablando sin soltarlo.
—Si nos movemos rápido, tenemos una oportunidad bastante razonable de recuperar al chico y de agarrar a Ayrault al mismo tiempo. Tengo una idea de cómo localizarlos. Si Seoane tiene pensado aparecer a las seis, hay que aprovechar el tiempo al máximo.
La presión en las sienes se alivió. Ella volvía a sacarlo del punto ciego y lo llevaba de regreso a su precario equilibrio, al obligarlo a enfocarse en problemas más urgentes.
— Lo siento, estuve grosera con eso de la "gloria personal"— se disculpó mirándolo a los ojos. Él meneó la cabeza.
Dios, dame fuerzas para resistir hasta hacerme cargo de la situación, es todo lo que Te pido. Por ella y por ese chiquito que no tiene culpa de nada. Inspiró lento y profundo mientras tejía su propia estrategia mentalmente. Cuando sintió que podía controlar la voz, preguntó:
— ¿Cuál es el plan?

XII º ARRONDISSEMENT, ONCE Y MEDIA DE LA NOCHE DEL SÁBADO

— ¿Adónde nos trajo, comisario?— preguntó el viejo, entre burlón y molesto—. Si no es el barrio de peor reputación de París, debe ser el segundo.
—Entonces conoce bien todos los barrios de mala reputación de París— retrucó Odette sin dedicarle siquiera una mirada de sorna— Ahí, — le indicó a Marini que detuviera la limo —. Y necesito un arma.
— ¿Un arma?— Marini la miró sorprendido.
— Por favor— replicó ella con cansancio—, debe haber un arsenal en la guantera.
Ortiz asintió y Marini le dio una Tomcat. Odette verificó el cargador, se bajó de un salto y cruzó la avenida. Varias chicas se acercaron a la limo con sus encantos en venta. Minutos después, Odette salió de un portón desvencijado trayendo a la rastra a una mujer, que metió a empujones a la limo.
— ¡Vámonos!
— ¡Suélteme, loca de mierda!— la mujer forcejeó.
— ¡Basta!— Odette la sacudió por el brazo—. ¿Cuánto te pagó Ayrault para que lo ayudaras a sacar al chico de Argentina?
— ¡No sé de qué habla! ¡Nadie me pagó nada!
— Sulamit, no vuelvas a mentirme, no estoy de humor— Odette siseó entre dientes—. Hace días que te busco. Me faltó nada más pedir que removieran la tierra de Vincennes y Boulogne para encontrar tu cuerpo. ¡No dejé a un solo commissariat en paz, pensando que esa bestia te había liquidado! Resultó que te habías ido de paseo a Buenos Aires sin tu hijo, que está tan enfermo que no va a la escuela, ni está en tu casa ni con nadie que te conozca. Y tengo más, preciosa— le encañonó el cuello mientras seguía hablando—. Ayrault secuestró a un chico de seis años y necesitó a una mujer como cómplice. Las fechas de tus ausencias coinciden con las del secuestro del chico. ¿Llamo a Migraciones y te hago deportar por sans-papiers y por usar pasaportes falsos, o mejor te encano por cómplice de homicidio?
— ¡Está inventando todo, boluda de mierda!— la mujer pataleó al borde de las lágrimas. 
Odette la agarró por el pelo y tiró para acercar la cara a la suya.
— Si no encontramos pronto al chico, lo va a matar, lo mismo que mató a tus amigas Ivanka y Nadia y a otras diez mujeres— masculló—. ¿Cuántas palizas soportaste, estúpida? ¿Durante cuánto tiempo más podrás “arreglártelas” y “manejarlo”, como alardeaste en el Quai? ¿Quién le explicará a tu hijo que Ayrault te asesinó a golpes como a las otras?
Se miraron a los ojos y la mujer se derrumbó.
— ¡Se lo juro, no me pagó!— sollozó la tipa—. ¡Se llevó a mi Leo... mi hijo!— se ahogó con el llanto—. ¡Me dijo que si no colaboraba, no volvía a ver a Leo... ! ¿Entiende? ¡Mi nene tiene cinco años! ¡JJ me juró que no le pasaría nada! ¡Que mañana por la noche Leo estaría en casa! ¡Mañana! ¿Entiende?— chilló histérica.
— Mañana...— Odette restalló con dureza— tu hijo estará muerto mañana, lo mismo que el otro chiquito. No serás tan inocente de creer que Ayrault piensa dejar testigos, y eso te incluye. ¡Quiero ayudarte y para eso necesito la información!
La otra se encogió, gimoteando.
— ¡No puede hacer nada! ¡Ese lugar, la Gulfjans, no hay forma de entrar sin que lo sepan! ¡Está lleno de vigilantes!
— ¿La... qué?— preguntó Ortiz.
— ¡Gulfjans... Ulf-ans, yo qué sé... !— Sulamit encogió un hombro mientras se limpiaba las lágrimas de un manotón.
Después de unos segundos, el viejo y Odette repitieron casi al unísono y se miraron, como sorprendidos en algo sucio:
Wolfsschanze.
— ¿Y eso qué mierda es?— preguntó Sulamit.
— “La guarida del lobo” de Adolph Hitler— aclaró Odette—. Qué adecuado. Qué imbécil. Sulamit, necesito saber con cuánta gente cuenta Ayrault en su Wolfsschanze.
La mujer negó con la cabeza. Odette insistió.
— No haremos nada que ponga en peligro la vida de tu hijo. Te lo prometo.
— ¡No sé! ¡A veces está llena de gente que va y viene pero últimamente, no sé, habría una docena de tipos...!
— ¿Es habitual que llames para saber cómo está tu hijo?
— No conozco ningún número...— se pasó el dorso de la mano por la nariz.
— ¡Dios santo, esta tipa no sabe un carajo! — Marcel se enfureció — ¡Estamos perdiendo el tiempo...!
— Me dejan entrar a verlo — aclaró Sulamit con simpleza.
— ¡Sólo un deficiente mental te dejaría entrar! — gruñó Marcel.
— ¡Oiga, con usted no hablo!— rezongó la mujer.
— ¿Quién te deja entrar?— insistió Odette sin hacer caso de los gruñidos.
— Janvier, el jefe de los custodios. Todo músculo y cero cabeza. Como éste— Sulamit señaló a Marcel con un sacudón desdeñoso de la barbilla y se ganó una mirada venenosa del aludido.
— ¿Te estás acostando con alguien más, además de Ayrault y Janvier?— Odette cambió prudentemente de tema.
— Oiga, yo...— la mujer frunció la boca.
— Si mi hijo estuviera en manos de Ayrault, yo me dejaría voltear por un batallón. ¿Con quién más, Sulamit?
— Sólo con Janvier. Él..., yo me porto bien con él.
— ¿Viste a algún tipo nuevo en estos últimos días?
— Había varios extranjeros. Me pareció que hablaban en español... Sí, estoy segura. Español.
— ¿Escuchaste algún nombre?— preguntó Marcel.
— No sé... puede ser— Sulamit se encogió de hombros sin mirarlo—. Oiga, yo no lo tuteo...
— ¿Alguien llamado Seoane?— él insistió de mal humor.
— JJ habla de él todo el tiempo. Es muy importante, parece...
— ¿Y lo viste en la Wolfsschanze entre los tipos nuevos?— Marcel interrumpió, impaciente.
— No, a él no. Otros. Pesqué algunos apellidos alemanes, pero no hablaban alemán.
— No, seguro que no— Odette miró de reojo al viejo—. El Abwehr[2] de Buenos Aires.
Los ojos de hielo la fusilaron pero el viejo se tragó lo que iba a decir.
— ¿Cómo es ese Seoane? —Marcel le preguntó a Ortiz.
La descripción parecía hecha a medida de Marcel.
— Dubois, el papel es tuyo— dijo ella—. Será más sencillo de lo que pensé.
— Por supuesto porque nada más necesito que esta mujer nos diga dónde queda el búnker de Ayrault, me hago pasar por ese Seoane y...
— ¿Y cómo entrarías sin identificación? Te matarían antes de alcanzar la puerta. Tiene que ir alguien a quien conozcan y que no les resulte peligroso o amenazador. Sólo así te dejarán entrar también.
— ¿Tengo que ir con él?— interrumpió Sulamit, asustada.
— ¡No!— Odette sacudió la cabeza—. Yo voy en tu lugar.
— ¿Qué? ¡No lo puedo creer!— Marcel se quedó con la boca abierta.
— Dubois, no habrás creído que pondría en peligro la vida de un civil— Odette sonrió con un dejo de ironía.
— No me vengas con ese discursito de mierda. ¡Cristo, la última vez que hiciste algo así, casi te...!
Se miraron y la frase inconclusa quedó flotando en el aire. “Casi te mato”, ibas a decir, pensó ella. Marcel desvió los ojos y se mordió el labio.
— Casi...— ella cabeceó un asentimiento leve—. Esta vez es diferente.
— ¡Un carajo! ¡No tenemos cobertura de ninguna clase, no conocemos el terreno, no...!
— Vamos a arruinar todo si no lo hacemos como digo—aseguró Odette—. Puedo hacerlo sola, pero preferiría que vinieras conmigo. Hacemos buena pareja trabajando— aunque sea la única cosa buena que hacemos juntos, agregó para sí. 
Marcel farfulló algo ininteligible.
—Tomo eso por un “sí” — dijo Odette, dando por terminada la discusión.



[1] Barón
[2] Servicio Secreto alemán durante la 2° Guerra Mundial