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sábado, 19 de mayo de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 38



  OCHO Y MEDIA DE LA NOCHE
La cena transcurría en silencio. José había desconectado el circuito cerrado al entrar; como era habitual cuando ellos usaban ese comedor privado, nada de lo que allí ocurriera quedaría registrado. Allí se cerraban negocios y se sellaban acuerdos, comida de por medio. Qué se le va a hacer: uno es argentino y los asuntos importantes los resuelve sentado a la mesa,meditó el viejo mientras se servía vino.
Miró a los tres: José se había quedado con los ojos prendidos en la comisario y Dubois, que lo había notado, lo miraba con expresión asesina. Si José la sigue mirando así perdido, Dubois lo degüella. Decidió intervenir porque las miradas se cruzaban como puñales por encima de la mesa.
— Entiendo que no haya tocado el whisky pero ¿tampoco le gusta el vino?— se dirigió a ella, galante, y Dubois y José se envararon en sus sillas, como sorprendidos en algo ilícito — Debería probarlo: los vinos argentinos son famosos, tan buenos como los franceses o los italianos. Y éste está hecho para halagar el paladar de las damas.
— No bebo cuando estoy de servicio— ella respondió mordaz—. Y no soy una dama.
Está rabiosa, mi querida. Ah, pero qué gusto me da verla así, encendida, irradiando toda esa fuerza y esa furia que tanto le cuesta encerrar.
— La memoria tiene caminos extraños. Se parece mucho a una respuesta que escuché hace casi veinticinco años. Me divirtió en aquel entonces; ahora me trae recuerdos.
Los otros hombres lo miraron, sorprendidos. Educadamente, ella apoyó los cubiertos y le prestó atención. No me engaña: si fuera por usted, señora comisario, yo tendría el tenedor clavado en la yugular. Bebió un sorbito de vino y continuó dirigiéndose a ella.
— Como verá, me fascinan las obras de arte. No es vanagloria decir que tengo una colección muy importante de porcelanas europeas en esta casa. Muchas veces pensé en trasladarla a Buenos Aires, donde tengo otra colección de piezas orientales...
Ella se recostó contra el respaldo de la silla sin dejar de mirarlo y sin que una sola nube empañara la máscara indescifrable que era su cara. Los otros dos estaban en guardia, los ojos de José alternándose entre él y Dubois, que hacía lo propio.

—... pero debo admitir que tengo una cierta debilidad por las porcelanas de Capodimonte. Son tan diferentes a los otros estilos, tan reales; pareciera que van a despertarse y bailar o cantar. Es como si el artista lograra encerrar vida en cada estatuilla. En cierta ocasión yo estaba de paso por Nápoles y un empresario milanés insistió en verme. Nos conocíamos desde hacía bastante; su firma hacía negocios con una de mis empresas más antiguas."
“Él ya había tomado contacto con algunos de mis hombres en Milán por un, llamémoslo ‘encargo’, que di orden de rechazar. Aunque hacía muchos años que el hombre no pisaba Nápoles por razones personales, su decisión de hacer el intento de convencerme pudo más que su renuencia y allí nos encontramos."

“Almorzamos sin hablar de la operación y él, sabedor de mi afición a las porcelanas, me invitó a conocer uno de los talleres más famosos, del que era cliente habitual. Debo admitir que su colección llegó a rivalizar con la mía. Él tenía que estar allí alrededor de las tres de la tarde y si yo gustaba, podía acompañarlo y además tendría la oportunidad de explicarme los motivos del encargo que pretendía. Camino del taller de porcelanas, me explicó que no se trataba de hacerle daño a nadie sino simplemente de obligar a una tercera persona a cederle algo que le interesaba. Era algo muy sencillo, un poco de presión psicológica más que otra cosa. Cosas que ocurren a veces entre competidores, explicó. Nada nuevo en el mundo del espionaje industrial, imaginé."

“En el taller no se interesó por nada: parecía estar esperando algo o a alguien. Yo me entretuve en circular por entre las mesas, donde cada artesano trabajaba en su obra. El maestro Antonio Schiavo, Mastr’ Antuono, preparaba una figura especial: una pareja de bailarines. Mastr’Antuono me explicó que era una escena de “Romeo y Julieta” y me mostró los bocetos. Las figuras eran hermosas y la estatuilla terminada prometía ser una pieza única. Se lo dije y él sonrió halagado: los modelos eran sus amigos; había compartido su infancia en Forcella con el hombre de la pareja y hacía la estatuilla para regalárselas. Le pregunté si no estaría dispuesto a venderla y me respondió que no. Insistí y ociosamente hice una oferta casi grosera por una copia, un poco para estudiar la reacción de mi anfitrión. Mastr’Antuono se negó cortesmente, diciéndome que no se harían copias y que la pieza no tenía precio de venta, porque era su regalo para un amigo que lo había ayudado y no se había olvidado de él. Mi anfitrión apenas pudo ocultar una mueca de desprecio. Ah, entonces mi hombre de negocios quiere la pieza única, pensé.
Podía llegar a valer una fortuna porque era de tamaño importante y con un nivel de detalle que dejaba sin aliento. Cada loco con su tema, me dije. Con todo, no terminaba de entender el método que había planeado para conseguir lo que quería."
“Mi anfitrión estaba nervioso cuando se acercó a ver los bocetos. En eso, entró una mocosita de unos catorce años y saludó a todos. Se abrazó con Mastr’Antuono, que protestó porque ella llegaba tarde. Se perdió por el taller y regresó vestida con la túnica y las zapatillas de punta que reproduciría la estatuilla. Era muy parecida a la figura femenina de los bocetos y cuando pregunté, el maestro me dijo que era la hija de los bailarines que servían de modelo. La madre y el padre no podían venir para las tomas de bocetos porque ensayaban, así que la hija, y en ocasiones el hijo, venían a posar. ‘Con la chiquita es más fácil’, me explicó, ‘porque estudia danzas y puede seguir las poses. El hermano es demasiado alto y sólo lo hice venir para los bocetos de la cabeza’."

El viejo se detuvo un segundo a humedecerse los labios con un sorbo de vino, y aprovechó para observar a los hombres: habían dejado de enfrentarse y le prestaban total atención. Ella parecía detenida en un instante en el tiempo, pálida y fría, los labios apenas entreabiertos, los ojos brillantes de miedo. Ya sabe de qué estoy hablando, mi querida...El viejo continuó con el relato.
— Ella era tan especial como las porcelanas que se hacían en ese taller; tenía algo que hacía volver la cabeza. Mientras se subía al estrado no dejaba de moverse, de reírse y charlar con los otros artesanos y con el maestro, que afectuosamente la reprendía para que se quedara quieta. Hablaban en dialecto y ella rebatía cada argumento con un retintín gracioso. Uno de los artesanos jóvenes se acercó con el boceto y le pidió que reprodujera la pose; sin dejar de protestar, ella se empinó graciosamente sobre un pie. Después de unos segundos descansó y volvió a posar, diciéndole al artesano que se apurara con el boceto porque ella no podía flotar en el aire para que él dibujara al suo porco comodo . Alguien la reprendió por el vocabulario poco adecuado para una señorita, y con un encogimiento de hombros y un desparpajo que hizo reír a todos, ella respondió que no habría problemas porque no era una señorita.

“Mi anfitrión se acercó al pie del estrado: ‘Puedo sostenerte para que no abandones la pose’, le dijo mientras la tomaba de la mano. Ella reparó en él por primera vez, agradeció el apoyo improvisado y volvió a extenderse en un arabesque etéreo. Los hombres más jóvenes bromearon y se ofrecieron para servir de soporte, y ella los espantó frunciendo la nariz.
“La túnica y la pose la habían transformado en algo menudo, delicado, tan frágil como las porcelanas que la rodeaban; la manita en la mano de mi anfitrión se veía desvalidamente pequeña. Si quisiera, él podría cargarla y llevársela bajo el brazo, pensé. Jugaba con la idea cuando comprendí, sorprendido y no poco, que el objeto del ‘encargo’ de mi anfitrión estaba ahí delante de mis ojos. Inocente de mí que había creído que se interesaba en conseguir la obra de arte: él deseaba a la modelo con una desesperación que le oscurecía el semblante y la mirada.
‘Te pareces mucho a tu madre, Cisne’, murmuró él. Sin perder el equilibrio, ella le sonrió, y en un italiano perfectamente educado, le preguntó si se conocían. ‘Todavía no’, él respondió y cuando ella bajó el otro brazo para descansar, él le tomó también la otra mano y la hizo sentar a su lado. Me sorprendió que un hombre de casi mi misma edad pudiera estar allí por una chiquilina; era insano, absurdo.
Alguien más comprendió lo que pasaba porque se acercó a decir algo al oído del maestro y éste desvió la vista de sus bocetos hacia el hombre. De inmediato Mastr'Antuono hizo una seña y uno de los aprendices salió del taller. Algo había pasado porque los demás bajaron la voz. Yo me sentí espectador de un drama que desconocía.
Ella volvió a posar y mi anfitrión la sostenía con fuerza mientras hablaba con ella. Estaba tremendamente pálido, transfigurado. Ella no parecía darse cuenta de nada y respondía a las preguntas del hombre con total despreocupación, mientras él le acomodaba la seda de la túnica sobre la pierna en el aire. Creo que le temblaban las manos.
“Un hombre entró al taller. Al verlo, comprendí que era el modelo masculino de Mastr’Antuono. Hubo murmullos de saludo pero él no los devolvió; miró severo a la chica y le ordenó que fuera a cambiarse de ropa. Ella lo miró sorprendida y protestó porque acababa de llegar, pero él restalló:’ Vai, bambina! Subito!’ ; ella bajó de un salto del estrado y salió corriendo.
“El hombre se volvió hacia mi anfitrión. Todo el taller hizo silencio. ‘Si vuelvo a verte cerca de mi mujer o de mi hija, te mato’, le dijo y se besó la mano derecha con el pulgar cruzado sobre el resto de los dedos. Nadie en ese instante y en ese lugar hubiera dudado de semejante juramento, se los puedo asegurar, pero mi anfitrión exhibió una sonrisa cínica y murmuró: ‘Puedo arruinarte la carrera’ y dio medio paso adelante. Los hombres del taller se pusieron de pie. La hoja de una navaja relampagueó en la mano del padre. '¡Te mato!', rugió. Mastr'Antuono lo contuvo sujetándole los brazos un instante antes de que saltara encima de mi anfitrión. 'Nun fa' roba e'pazzi, guaglione! Chisto nun ne torna cchiù 'ca!' 'No hagas locuras, muchacho: éste aquí no viene más', y lo obligó a guardar la navaja. En ese momento la chica volvió cambiada de ropa; miró a los hombres y bajó los ojos, todavía con las mejillas rojas. Su padre la tomó por los hombros, saludó a Mastr’Antuono y a los demás y se fueron.
“Mi anfitrión temblaba de furia mal contenida. Salimos del taller sin hablar y no volvió a mencionar el tema que lo había traído a Nápoles. Ni siquiera se molestó en formular la invitación a cenar que yo de cualquier modo, hubiera rechazado.
Esa noche fui al teatro: con buenas propinas siempre se consiguen localidades. Nunca me interesó demasiado el ballet y menos todavía ‘Romeo y Julieta’: prefiero la ópera, pero sentía curiosidad. Cuando vi a los protagonistas comprendí muchas cosas. Busqué con los gemelos y encontré a mi hombre en uno de los palcos, solo, mirando obsesionado el escenario.”

Se quedó callado, observándola con placer casi perverso. Los ojos oscuros ya no podían contener la tormenta. Los hombres estaban conmovidos por la historia. Et maintenant, le coup de grâce , pensó irónico.
— No le dije el nombre de mi anfitrión de esa tarde, señora: Marcello Contardi.
El rostro de cera casi no tenía señales de vida cuando dos lágrimas como diamantes lo recorrieron y se estrellaron sobre el mantel que amortajaba la mesa. Dubois estaba pálido, clavado rígidamente en su silla y José había llevado la mano hasta la cartuchera, preparado para disparar.

****
El viejo esperó la reacción de Dubois lo mismo que una fiera agazapada en su cubil. ¿Y ahora, qué hará? ¿Me saltará al cuello? ¿Me insultará? Sentía una curiosidad casi insana por descubrir las facetas de la furia del otro. Pero Dubois no estaba dispuesto a jugar su juego, al menos por ahora.
— Es la última persona en el mundo a quien pensé que tendría que agradecerle algo alguna vez— Dubois echó hacia adelante el mentón, altivo—. Nobleza obliga. Estoy en deuda con Ud.
Sintió que la satisfacción se le escapaba como el agua entre los dedos; el dudoso placer que había sentido mientras contaba su historia desapareció. Se sostuvieron la mirada y él se rindió primero. Noblesse oblige.
— Seamos aliados por una noche, entonces— recostó la cabeza leonina contra el alto respaldo de la silla— Devuélvame el favor y tráigame a Fernandito sano y salvo.
Dubois levantó la copa de vino y paladeó cada sorbo antes de hablar.
— Hay mucho que hacer. Pongámonos a trabajar.

jueves, 14 de agosto de 2008

La dama es policía - Capítulo 8




Obertura de "El lago de los Cisnes", Pyotr Illich Tchaikovsky

PARÍS, 1957
Los aplausos atronaron el teatro durante una eternidad, mientras los bailarines flotaban en ese Nirvana que ocurre después de un enorme esfuerzo físico y mental. Al agotamiento lo seguía siempre esa maravillosa e indescriptible sensación casi posorgásmica que provoca la aprobación rugiente del público. Esa noche además, aplaudían por partida doble: el Cisne de Kiev, la gran Alina Pawlowska, se retiraba de la danza. Tomada de la mano de sus partenaires, saludaba bajo una lluvia de flores que ya cubría el proscenio por completo, aunque ella no pudiera verlo por las lágrimas.
Había bailado "El lago de los cisnes" no sólo con los pies sino con la vida puesta en cada paso. Su Odette había sido sublime y había arrancado lágrimas y vítores por igual. Si supieran —pensó— que yo también acabo de morir. Tragó saliva para ahogar el nudo que tenía en la garganta. “¡Arriba la cabeza, muchacha! ¡El cuello siempre erguido, el talle como una vara! ¡Con gracia, con gracia!” Las instrucciones de su maestro de baile le resonaban como una cantilena y le servían para alejar otros pensamientos. Era su sonsonete privado cuando necesitaba concentrarse: “¡Arriba la cabeza! ¡Majestuosa!”.
Eso, majestuosa. Y majestuosa debería ser su salida de la escena y de la vida. De la vida de Franco Massarino. Visino di Fata lo había llevado de la mano por los caminos del ballet hasta la fama y el éxito, y él había retribuido con devoción absoluta su dedicación. Demasiada devoción —pensó—. No puedes seguir aquí, ragazzino mio. Nuestros caminos deben separarse.
Hacía apenas unas semanas que Franco había entrado en su camarín para hacerle la proposición más increíble que había recibido en su vida.
—¡Visino di Fata, cásate conmigo! —le dijo con la ilusión bailándole en la cara.
Alina se volvió hacia el espejo para no mirarlo a los ojos, cerró los suyos, tomó coraje y con toda la ironía y el desprecio de que fue capaz, respondió:
—No estás hablando en serio, querido, ¿sí?
—Alina, por favor, nunca hablé más seriamente que ahora...
—¡Fuera de aquí! ¡Cómo te atreves!
—Alina, te amo... —y un sollozo lo dejó sin palabras.
Estuvo a punto de dejarse conmover. Hubiera sido tan fácil ceder y dejarse amar... ¿por cuánto tiempo? ¿Un año? ¿Dos? ¿Cuántos? ¿Y después, qué? Alguna más joven y hermosa la reemplazaría y ella se moriría de dolor. No, era mejor morir ahora, antes de haber probado aquel cuerpo fuerte y dulce, aquel aliento que había adivinado, aquellos brazos que la habían sostenido en el escenario y que se ofrecían a sostenerla en la cama. Él amaba a la estrella, a la imagen que tenía de su Visino di Fata. Ella lo sabía porque ya había pasado por la misma experiencia, hacía tanto, en Kiev. Pero Rudolph no le había destrozado el corazón rechazándola. Había tomado la fruta jugosa que se le ofrecía y, a su extraña manera, la había amado. Sí, alguna vez, fue realmente feliz.
Cuando Franco salió del camarín deshecho de dolor, Alexander se asomó de entre los cortinados con una sola frase:
—¿Por qué?
Se abrazó a su hermano para llorar en silencio. Porque lo amo demasiado, Sasha, pero no puedo decírselo. Porque lo que esperé toda mi vida llega tarde. Lloró como cuando sus padres huyeron con ella en brazos ante el avance imparable de Lenin y la Revolución. Lloró como no había llorado desde los campos de concentración alemanes. Lloró como el día en que decidió desertar para salvar a Alexander de la persecución implacable del Partido, que no aceptaba a los disidentes homosexuales. Tantas pérdidas, y ahora, la más dura de aceptar.
—Madame —dijo el médico pausadamente mientras la auscultaba—, creo que... eh... sería mejor realizar unos estudios un poco más... eh... profundos. Su condición actual no me pare-ce... eh... totalmente adjudicable al agotamiento físico. Vístase, por favor.
Los estudios habían confirmado lo que el médico sospechaba y no se había atrevido a decirle desde un principio: una disfunción valvular cardíaca congénita (¡Dios, cuánto palabrerío científico para decirte que vas a morirte antes de lo que creías!, pensó Alina con leve disgusto), no solucionable mediante medicación adecuada y cuya resolución quirúrgica entrañaba ciertos riesgos (¡Basta, basta! Va a matarme de aburrimiento) aunque él personalmente recomendaba el intento...
—Gracias, doctor. ¿La cirugía es absolutamente inevitable? Quiero decir, ¿qué ocurrirá si no...?
—Si no se opera, Madame, bien... eh... por lo pronto, deberá abandonar toda actividad física fatigosa.
—Mi actividad es fatigosa, doctor — restalló Alina con acidez.
—Lo sé, Madame. Lo que estoy tratando de decirle es...
—Es que si quiero vivir un tiempo más, debo abandonar el ballet, ¿verdad? Olvidarme de la escuela de danza y del teatro y vivir lo que me quede por vivir en un sillón de ruedas.
—Madame, la cirugía puede ayudarla muchísimo en esto.
—¿Podré volver a bailar? ¿O dirigir la escuela de ballet?
—Eso no puedo garantizarlo. Todo depende de cómo reaccione su organismo.
—¿Cuánto tiempo viviré si no me opero?
—No lo sé, Madame. No lo sé — el médico bajó los ojos, entre derrotado y avergonzado.
Para ser una condenada a muerte, me siento bastante bien, pensó Alina de regreso a su casa. Y en definitiva, ¿no estamos todos condenados? ¿No hemos de morir algún día? ¿Y quién te dijo cuándo se ejecutará la sentencia?
—Entonces vivamos, Alina — había gritado Alexander al enterarse del diagnóstico— ¡Vive, ama a Franco, cásate con él, ¡sé feliz!
—No, mi Sasha. No me casaré. Tendré que ser feliz de otra forma.
La felicidad tiene caminos extraños, se decía Alina mientras repasaba la coreografía con el régisseur. "El lago de los cisnes" era más que adecuado para su despedida. ¿No era ella el Cisne de Kiev? Rudolph la había llamado así, y a ella le había gustado. Entonces, estaba decidido. Pero sabía que no podría bailar la obra completa. Necesitaban encontrar una Odile: el Cisne Negro. Qué significativo, pensaba Alina, que el Cisne Negro fuera la sentencia de muerte de Odette. El régisseur le habló entonces de la nueva bailarina: era muy adecuada para el papel. Alina lo supo apenas la vio bailar. Sí, esta vez el Cisne Negro no sólo derrotaría al Cisne Blanco: haría que los que la amaban la olvidaran. “Es magnífica”, comentó ella. “No tiene tu majestad”, insistió el régisseur.
No; tiene la fuerza, el brío, la insolencia de la juventud, la vida. Franco mío, espero que te agrade mi elección: serán una pareja magnífica.
Un año después, en el mismo escenario de la Ópera de París, luego de haber bailado un "Corsario" inolvidable, Franco Massarino y Addolorata “Lola” Vittorello, étoiles de la Ópera-Garnier, anunciaron su boda entre los aplausos y lágrimas del público.

PARÍS, 1962
Franco abrazó a su mujer y la cubrió de besos.
—¡Una niña, mi vida!
Después de tantos varones en la familia, una preciosa niñita para su preciosa Lola. No podía dejar de contarle los deditos de los pies ni evitar emocionarse al verla en el pecho de su madre. Hasta el pequeño Auguste, un poco desconcertado por el revuelo, se había acercado de la mano de nonna Nunzia a la ventana de la nursery para conocer a su diminuta hermana. El bautizo sería ocasión para una fiesta grandiosa, casi tanto como lo había sido el de Auguste.
—No pensamos en el nombre — susurró Lola cuando las visitas se fueron.
Franco se quedó en silencio y con la mirada perdida en quién sabe qué recuerdos.
—Me gustaría llamarla Odette.
—Pensé que querrías ponerle el nombre de tu madre.
Franco negó con la cabeza. Vita le había pedido expresamente que no llamara a ninguno de sus hijos con su nombre y él quería respetar ese último deseo. Alcanzaste a verme debutar, mamá. Al menos pude bailar para ti una vez. Intentó pasarse la mano por la cara para detener las lágrimas que se le escapaban despacio, pero Lola se la retuvo entre las de ella.
—Es bueno llorar.
—Pero es tan triste, y hoy...
El cáncer pulmonar se había llevado a Vita una semana después del debut de Franco como primer bailarín del San Carlo. Habían pagado fortunas por la morfina que había hecho que la pobrecita no sufriera los dolores atroces del final.
—¿Cómo la llamaremos? —insistió Lola para desviar su atención.
—¿Annunziata, como tu madre?
—No, basta de abuelos. Quiero un nombre francés.
Don Antonino había insistido en ello al nacer Auguste: "Será ciudadano francés; entonces, que tenga nombre francés”. Y aunque llevaría los nombres de sus dos abuelos porque Lola se había encaprichado con la tradición italiana, deberían escribirse en francés.
Lola estaba dejando a la niña en la cuna cuando oyó a Franco decir:
—La llamaremos Odette. Nuestro pequeño cisne.
El silencio duró unos segundos; luego ella comentó suavemente:
—La amaste mucho, ¿verdad?
Franco la abrazó con fuerza, la besó y, mirándola a los ojos, respondió:
—A ella la amé como un niño. A ti te amo como un hombre — y era la absoluta verdad.

Escuela de ballet de la Opera de París (Opera-Garnier)

Odette no resultó ser el "pequeño cisne" que sus padres esperaban. No para la danza. Después de ocho años en la escuela de ballet, el maestro de danza llamó a ambos padres para decirles que, aunque buena alumna, era algo indisciplinada y él recomendaba algo un poco más enérgico. Por otra parte, su contextura física no se adaptaría bien.
—Claro que tiene la altura y el peso correctos, pero... Bien... Quiero decir, el desarrollo de la joven...
—Lo que M. Bertrand quiere decir, mamá, es que los cisnes no tienen tetas —disparó la mocosa.
El maestro de danza enrojeció, palideció y asintió y Lola se rindió ante la evidencia: Odette tenía silueta de sirena, no de sílfide. En eso, su hija se parecía más a nonna Nunzia que a ella.
—Bien — filosofó Franco—, no seremos una familia de bailarines.
Odette estaba feliz de abandonar la escuela de ballet más terrible del mundo. Desilusionar a sus padres era lo último que deseaba en la vida pero la idea de horas y más horas como rat(1)la estaba volviendo loca . Lola la abrazó diciendo que lo que su hija eligiera estaría bien para ella, y lo decía con el corazón. Así que el "ex-cisne", como la llamaba su hermano mayor, dedicó sus esfuerzos al noble arte de la esgrima. Sus reflejos pronto se hicieron notar y el maestro italiano tuvo más de un motivo para enorgullecerse. Odette insistía en que le enseñara a esgrimir el sable o por lo menos la espada, pero tuvo que conformarse con el florete.
—No es un arma para mujeres, "signorina" Massarino. Las damas sólo esgrimen florete.
—Yo no quiero ser una dama —insistió testaruda, pero el “no” fue definitivo. Muy bien, ¿ni sable ni espada? Entonces, nada más que con contrincantes masculinos. No hubiera hecho falta aclararlo: ni una sola compañera del club se habría atrevido con el Cisne. Demasiado feroz para ellas, un hermano mayor maledicente aseguraba que disfrutaba asustando a las chicas en la pedana.
Para satisfacción de Franco, continuó con sus estudios de canto. Llevaba la ópera en la sangre y si hubiera tenido los agudos requeridos, quizás hubiera sido cantante lírica. Pero las contralto nunca son "prime donne" así que desistió de ingresar al coro del teatro. De todos modos, a "nonno" Augusto le encantaba cantar canzonette a dúo con su bambina.
Después llegó la esgrima de bastón. Esta vez Lola sí protestó, pero Odette insistió en que era muy elegante.
— ¡Seguro! Le dará de bastonazos a sus pretendientes “elegantemente” —, dijo Auguste, muerto de risa, y a continuación experimentó en carne propia un curso acelerado de la disciplina deportiva que acababa de criticar.
—Bueno, tiene carácter —comentó Franco, tratando de contener las carcajadas mientras Lola abrazaba a los beligerantes que se amenazaban con la mirada.

(1) rat: rata. Estudiante de la escuela de ballet de la Opera-Garnier