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viernes, 20 de julio de 2012

La mano derecha del diablo- CAPITULO 42

XII° ARRONDISÉMENT, ONCE Y CINCUENTA DE LA NOCHE DEL SÁBADO 
Sulamit y Odette

Sulamit estaba feliz de obtener un Armani auténtico en pago por sus pantalones baratos de vinilo y la camiseta vulgarísima, llena de brillitos y agujeritos estratégicos.
 — Mierda, sí que te la dieron lindo— Sulamit murmuró señalándole las marcas de quemaduras de cigarrillos y tuteándola por primera vez.
 Odette se quedó paralizada, con la camiseta a medio bajar.
 —Un hijo de puta con todas las letras— continuó Sulamit mientras le recorría las marcas oscuras con la punta del índice—. Éste te quería matar— aseguró con conocimiento de causa.
Odette se bajó la camiseta sin poder pronunciar palabra. Los hombres estaban petrificados en sus asientos y Sulamit tenía un ataque de verborrea.
 — A veces juegan un poco con los cigarrillos pero cuando te arruinan así, te quieren liquidar. Hace tres años vi a una chica, el cliente la había quemado igual, hasta la...— la mujer lanzó una ojeada a su alrededor —, y después la remató. Tuvimos que ir todas a declarar pero el tipo era extranjero, un militar o algo así, y no lo agarraron. Te salvaste por un pelo...
 — No es mi tema favorito de conversación— Odette la cortó en seco, volviendo a respirar.
— Son todos iguales. Unos cerdos— Sulamit afirmó desafiante.
— Seguro, Sadie Thompson (1) — ironizó el viejo desde su rincón.
— ¿Qué dice?— preguntó Sulamit.
 — El señor conde está senil, no le hagas caso— Odette tenía una mueca dura en la boca. Nadie replicó.
 — Estaba segura de que eras asistente social pero me equivoqué. Eso se lo hacen a una puta o a un cana. Je, nunca hubiera pensado que eras cana. Demasiado fina para keuf  (2) , digo. A JJ lo calientan las putas vulgares. Como yo— Sulamit encogió un hombro—. Se ve que le gusta tu envase con mi contenido, je. Eso dijo la vez que le pregunté por la foto: “una putita con aires de virgen ofendida”. ¿Pasó algo entre ustedes?— preguntó como si estuvieran juntas en la peluquería—. JJ tiene fama de no perdonar a ninguna pollera.
— No fui una de sus subordinadas favoritas y me lo manifestó muy claramente en una oportunidad.
 Sulamit la miró con compasión.
 — Te cagó a palos... Es un animal.
 — Bueno, no es el primer misógino empedernido con el que me cruzo en este trabajo— Odette enarcó una ceja sin mirar a nadie y terminó de acomodarse la ropa.

 **** 
Marcel interrogó a Sulamit sobre la distribución del edificio y repitió las localizaciones para asegurarse que recordaba cuanto le había dicho.
 — Esto es una locura— rezongó—. Lo pensé bien: no vas.
 — Creí que nos habíamos entendido— Odette lo miró con cara de esfinge antes de acotar en tono apenas molesto— Si lo hacemos como lo preparamos no habrá mayores problemas.
Marcel se mordió el interior de las mejillas antes de hablar. Como sigas usando ese tonito de maestra de escuela, te estrangulo.
 — Puedo hacerlo solo perfectamente...
 Ella meneó la cabeza como si tuviera que repetir la explicación a un deficiente mental.
— Pueden matarte perfectamente. Ya te lo dije: yo no te necesito para hacer esto, pero creo que si vamos juntos tendremos más posibilidades. Basta con no salirnos del libreto.
 — No estoy de acuerdo... ¡No vas y se acabó!
— Capitán Dubois— ella le lanzó una mirada de hoja de navaja—, es una orden.
 — ¡No me vengas con esa mierda...!
— Jurisdicción de la PDP. Asunto de la Brigada Criminal. Yo soy el oficial a cargo y yo doy las órdenes.
 Él encajó los dientes para no insultarla en público y ella sonrió complacida.
Te borraría la sonrisita con un buen par de tortazos.
 — Cada minuto que pasa nos juega en contra— Odette continuó—. Para tu tranquilidad, no tengo intención de pasar por heroína o hacerme matar por nadie de ahí dentro. La experiencia me volvió cobarde. ¿Vamos?
Sonaba a tregua y bandera blanca. Marcel asintió: lo mejor sería simular acatar las putas órdenes de mierda, en tanto encontraba la forma de llevar adelante la decisión que había tomado. 

**** 
— ¿Así que es conde?— Sulamit le preguntó al viejo, muy suelta de cuerpo—. ¡Uaaah! Nunca estuve cerca de alguien con sangre azul.
El viejo la miró glacial pero ella no se amilanó.
 — Cuando se lo cuente a las chicas, se van a morir de envidia: ¡en una limusina y con un conde!— dejó de prestarle atención y aplastó la nariz contra la ventanilla—. Daría todas las limusinas del mundo por tener a mi nene sano y salvo. Carajo, espero que ese grandote la cuide: ella me cae bien...
 Le echó una ojeada a Ortiz.
 — El otro chiquito es suyo, ¿no?— ante la sonrisa pálida del coronel, Sulamit continuó—. Estaba segura: se le parece un montón. Es lindo que los varones se parezcan al papá— siguió mirando por la ventanilla—. Cuando me pongo nerviosa hablo mucho — encogió un hombro —. Los van a sacar, ¿no es cierto? — miró a Ortiz con aprensión y con los ojos llenos de lágrimas.
 — Seguro: son los mejores en esto — afirmó el coronel.
 — Yo no quería hacerlo, se lo juro, pero JJ se me llevó a Leo, usted entiende, ¿no?— se mordió el labio. — Todo saldrá bien.
 Sulamit se retorció las manos y murmuró:
 — Cuando Leo vuelva a casa me voy a salir de esta mierda, lo juro por Dios... No sé de qué voy a vivir, je.
 — Podría buscarse un trabajo honesto — disparó el viejo sin mirarla.
— Mi trabajo es honesto— retrucó ella con ferocidad—. Todo el mundo sabe a qué me dedico: yo no le miento a nadie, no asesino, no robo y no secuestro chicos.
 Se encontró con los ojos negros del coronel mirándola fijamente.
— Tiene razón, señora.

 **** 
Janvier
Había hombres armados en las ventanas de los pisos superiores. Pueden hacernos mierda en cualquier momento a partir de ahora pensó Marcel con acritud y se enfocó con desesperación en el plan, para no pensar en todas las posibles fallas que podrían ocurrir. Ayrault podría llegar de imprevisto; alguien de ahí dentro podría conocer a ese Seoane; podría haber gente de Seoane en el edificio...Las posibilidades comenzaban a tornarse desagradablemente infinitas.  
Un tipo más grueso y algo más bajo que él se acercó a impedirles la entrada, con la mano en la parte de atrás del cinturón. Al ver a Odette, el sujeto sonrió mostrando toda la dentadura. 
— ¡Hola, nena! ¿Quién es este tipo?— lo miró desconfiado. 
— Él es Seoane. 
Marcel creyo escuchar una vacilación levísima en la voz de Odette.  
Janvier lo miró de arriba abajo y silbó.
— Creímos que llegaría mañana, señor— el tipo le franqueó el paso y se volvió hacia Odette— ¿Viniste a ver a tu mocosito?— la enlazó por la cintura y la estrujó contra él. 
Marcel decidió saltarse algunas líneas del libreto para apresurar la salida de Odette y evitar que las manos de Janvier siguieran camino abajo.
— Hay que sacar a los mocosos de este lugar. Está demasiado expuesto— lanzó una ojeada apreciativa a su alrededor y miró al hombre con altivo desagrado—. El crío es una pieza clave para el intercambio. Vamos a llevarlo a un lugar seguro. 
— Pero JJ... — Janvier receló. 
Marcel tomó a Odette por el brazo, la apartó con brusquedad sin mirarla, y se dirigió a Janvier en un tono que no admitía réplica: eran órdenes que debían ser cumplidas. 
— Hubo una filtración de información. No todos los hombres de Ortiz estaban en la casa y algunos estarían intentando llegar aquí— sondeó al tipo con su mejor cara de perro y largó el farol—. Los refuerzos prometidos por Ayrault no llegaron a tiempo.
 Janvier se quedó momentáneamente sin palabras.

 — ¡No puede ser!— explotó —. ¡Nuestra gente se está moviendo en los tiempos convenidos...! 
— No es lo que Schwartz reportó— lo interrumpió—. No hay tiempo para lamentarse: hay que moverse rápido y trasladar a los rehenes. La localización alternativa ya está en nuestras manos y Ayrault la conoce. 
Si yo fuera Seoane y quisiera aparecer confiable ante Ayrault, le ofrecería pruebas de hasta dónde estaría dispuesto a llegar en la traición a Ortiz. Darle a conocer los escondites que la Orden conserva en París sería una muy buena forma de hacerlo.
Sonó tan marcial que Janvier casi chocó los talones mientras asentía vigorosamente. Típico custodio, todo músculos y cero cerebro. Menos mal

Se cruzaron con un par de tipos que apenas les dedicaron una mirada: evidentemente, el uniforme de la Orden no era algo inusual en ese sitio. Marcel marchaba a la par de Janvier y dos o tres veces pescó la miradita cómplice del tipo hacia Odette; ella le devolvió una sonrisita tímida y el tipo deslizó la lengua sobre los labios. Marcel le dedicó una ojeada de desprecio y Janvier enrojeció, pero mantuvo los ojos y las manos quietos.
 Los chicos dormían juntos en una misma camita. Odette entró en puntas de pie y los despertó sin encender la luz, explicándoles que se irían a otra parte y sin mencionar nombres: si el hijo de Ortiz conocía a Seoane, ellos estaban fritos. 
Medio adormilados, los críos la confundieron con Sulamit. 
— ¿Voy a ir con mi papá?— llorisqueó Fernandito. 
— Sí, pronto irás con tu papi— Odette susurró en castellano.  
Odette cargó a Leo, que la llamaba “mami” y lo besuqueó; él levantó a Fernandito y al sentir el cuerpecito tibio de sueño contra el suyo, se le estrujaron las entrañas y casi tropezó. Dios, no nos abandones. Estas criaturitas no deben sufrir ningún daño. 
— Nos esperan en la calle lateral en una limusina negra. Adelántese a avisar— le ladró a Janvier, que corrió hasta la puerta y volvió. 
— Ya están ahí, señor. 
Cuando asomaron, la limo esperaba enfrente con el motor en marcha y las ventanilla cerradas. 
Marini saltó y corrió hacia ellos. 
— ¡Todo listo, señor!— aseguró el subteniente en castellano y le hizo una venia. 
El imbécil de Janvier se paró muy derechito y saludó a ambos. El subteniente tomó a los chicos en brazos, los metió en la limusina y se sentó de nuevo al volante.
Marcel miró la hora y recorrió con los dedos la hebilla del cinturón. Cristo, espero que de verdad funciones. Había activado el radiofaro cuando habían ido a buscar a Sulamit, estimando el tiempo que podría llevar detectar la señal y comenzar el rastreo. Si todo iba bien, Jumbo llegaría con la caballería. Si no... Jumbo, no me falles. Ni siquiera voy a darme el gusto de romperle el culo a Paworski si esta mierda no anda. 
El celular del cretino interrumpió sus cálculos. 
— Era el jefe— Janvier sacudió el aparatito—. Salió antes de la tele. Le dije que usted ya estaba aquí y está viniendo. 
Un escalofrío de decisión le recorrió la espalda. Será la mejor oportunidad que tenga. Deliberadamente ignoró la mirada de alarma de Odette.
— Excelente. ¡Janvier!— escupió y el otro casi se cuadró—. Lléveme a la oficina de Ayrault. Tenemos que rehacer algunos planes.
— ¿Qué...van a hacer con... mi chiquito?— Odette también improvisó furiosa—. ¡Usted dijo que me llevaría con él! ¡Dijo que yo iría con ustedes...!
No me odies, estoy tratando de sacarte de este antro. La ignoró y se dirigió a Janvier, señalándola con un gesto despectivo del mentón.
— Despáchela.
 — Ya escuchaste al señor Seoane, nena— el imbécil la tomó por la cintura—, tengo que despacharte. Janvier señaló una puerta oscura en el extremo del corredor —. Allí, señor.
 Marcel entró a la oficina obligándose a no volver la cabeza, pero no pudo aguantar más y se asomó ver al cerdo llevarse la mano a la cintura y tantear el arma, mientras empujaba a Odette hacia las escaleras. ¡Cristo! Este animal piensa cumplir la orden al pie de la letra. ¿Qué carajo hice?

(1) Protagonista de "Rain", de W.S.Maugham 
(2) "Vesre" francés para "flic" (cana) (Verlan, argot que invierte las palabras, al igual que en castellano del Río de la Plata)

sábado, 19 de noviembre de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 28

HOTEL DE GÉNOVA, MIÉRCOLES, SEGUNDA SEMANA DE OCTUBRE


El rompecabezas de la ruta de las armas estaba tomando forma. Falta encajar algunas piezas, pero creo que sé perfectamente de quiénes se trata. En tanto, gracias a la información que Alessandra le pasaba regularmente— en pago de mi trabajo como killer de tiempo completo y semental part-time, pensó y el pensamiento le retorció la expresión—, Marcel había desenmarañado la madeja de conexiones, pagos a cuentas de Luxemburgo y transferencias entre bancos, que ligaban definitivamente a Ayrault con Ruggieri, identificando al primero como el nexo para Europa de todas las actividades de contrabando de armas. La sensación de vacío en el estómago lo mareó: un par de vulgares policías iban detrás del culo mejor cubierto de Francia, después de los culos del Presidente y del Primer Ministro.
El importe de una transferencia le llamó la atención: era imposible que correspondiera a una comisión, ¡la venta debería haber sido sideral! Verificó las fechas: la operación había sido efectuada el mismo día de la muerte de PierAndrea Giuliani.
 Imposible, si tuvieron que deshacerse del embarque precisamente por ese asunto... ¿O no? ¿De verdad se perdió? Una sospecha le pinchó las entrañas y revisó todas las operaciones financieras de Ruggieri y Ayrault en esa semana, hasta arribar a la única conclusión posible: Ayrault se había robado un embarque completo con la complicidad de Ruggieri, que se había llevado una comisión jugosa, según lo que aparecía en la contabilidad negra del italiano. Alessandra conocía lo ocurrido así que era tan cómplice de homicidio como los otros dos.
Con la nueva evidencia, se puso a verificar otros saldos y contrastar información que había obtenido Jumbo con la suya. La conclusión era que otros dos embarques que se habían “perdido” frente a la costa africana habían ido a parar a las arcas de Ayrault. El canalla le tomó el gusto al jueguito. Ahora, sólo faltaba identificar a quiénes estaba estafando Ayrault, y él tenía una hipótesis muy desagradable que apuntaba a viejos conocidos de la Brigada Criminal. Esta clase de percepción extrasensorial no colabora en nada con mi gastritis: Ayrault está jugando con fuego.
Encendió el celular: la casilla de mensajes estaba saturada y los eliminó sin escucharlos. Ya sé, Jumbo, Michelon me quiere de vuelta. No todavía, hermano. Puedo sentirlos en la punta de los dedos y esta vez los voy a agarrar bien agarrados de las pelotas. La sensación ominosa de justicia por propia mano le ensombreció la expresión mientras marcaba el número de Alessandra. Me deben muchas y me las pienso cobrar, como que me llamo Marcel Dubois.

SAN ISIDRO, PROVINCIA DE BUENOS AIRES. JUEVES A MEDIA TARDE


Cuando el coronel José Ortiz llegó, la manzana ya estaba rodeada por el cordón policial. Dos ambulancias estaban saliendo con las sirenas apagadas, mientras los uniformados sacaban a los curiosos a empujones y macanazos.
— ¡Coronel!— se dio vuelta: el comisario Salazar. El hombre lo tomó del brazo y lo apartó hacia un patrullero mientras le explicaba la situación—. Mataron a los dos guardaespaldas, hicieron un destrozo en la casa y se llevaron al nene. ¡Ramírez!— Salazar le ladró a un uniformado. El suboficial mayor se acercó a la carrera—. Termine de rajar a todos de acá. Y nada de periodistas, ¿entendió? Nada de pelotudos haciendo preguntas. ¡Ya mismo!
Entraron a la casa. La niñera estaba en estado de shock y un tipo de verde estaba terminando de inyectarle algo.
— ¿Sus hombres?— preguntó Ortiz.
— Heridas leves, nada más— rezongó Salazar por lo bajo —. Tenían todo muy bien planeado. Lo hicieron rápido, sabían cuánta gente había, que un par eran hombres míos, todo. Coparon la casa en un operativo comando como en las mejores épocas— sonrió sin ganas—. Según mis hombres, se movieron con una seguridad y una velocidad pasmosas. Casi no hablaron. El personal de la casa no coincide en las declaraciones: algunos dicen que tenían acento inglés, otros que francés, no se ponen de acuerdo.
Desde la cocina le llegó el llanto a los gritos: Ofelia. La pobre estaba muy golpeada, los brazos llenos de moretones.
— ¡Se me llevaron al negrito!— hipaba entre ahogos y sollozos, en un ataque de histeria. Uno de los médicos se acercó a darle un sedante y Ofelia le apartó el vaso de un manotazo.
—¡ Ofelia— le ordenó—, tomálo y dejáte de joder!
Salazar lo esperaba en el living.
— No podemos hacer nada más que esperar a que llamen— lo consoló el comisario.
Asintió sin hablar; la impotencia lo había dejado sin voz. Mi hijo. ¡La puta madre que los remil parió! ¡Se metieron con mi hijo!
Fue peor que cualquier cosa que hubiera podido imaginar. Cada vez que sonaba el teléfono, se abalanzaba sobre él con desesperación. A las diez de la noche, la gente de la casa comenzó a bajar de revoluciones y el agotamiento se coló por todas partes. Salazar y su gente habían interrogado a la niñera, a Ofelia y al resto del personal: los tipos venían encapuchados, con armas de gran calibre y llegaron cuando la niñera entraba con Fernando. El chofer estaba metiendo el auto en el garage. Dominaron la situación en segundos y mataron a los guardaespaldas sin siquiera abrir la boca, nada más que para intimidar.
Ofelia, mareada por la andanada de sedantes, lloraba y moqueaba acurrucada en una silla.
— ¡Estaba tan asustado,... pobrecito... pobrecito!
José se encerró en el estudio, un poco para tranquilizarse y esperar, otro poco porque no aguantaba más el caos en que estaba sumida la casa. El ronroneo del celular interrumpió el instante de silencio vacío.
— Coronel Ortiz, no me interrumpa y preste mucha atención.
Se quedó mudo durante unas décimas de segundo. Atinó a encender el grabador y el amplificador. Una voz alterada por un distorsionador hablaba en francés. Intentó interrumpir pero el otro siguió sin hacerle caso.
— Tenemos al mocoso. No queremos hacerle daño a un crío de seis años y Ud. tampoco quiere que le pase nada. El rescate del chico se paga en oro— mencionó una cifra apocalíptica—. Y también queremos los registros de refugiados nazis y de simpatizantes con el régimen. Completos, aún los de los muertos, con los cambios de identidad y la localización actual. Y al viejo protector de nazis: él el primero. El viejo por su hijo. En el próximo llamado le informaremos dónde se efectúa el intercambio. No intente rastrear las llamadas: sería muy desagradable tener que lastimar a su hijo para convencerlo a Ud de que hablamos en serio.
El teléfono quedó mudo y él quedó zombie. Judíos. Los servicios judíos.

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES, VIERNES POR LA TARDE.
La sensación de un terrible ridículo le había arruinado toda la mañana y buena parte de la tarde. Desde que había sabido que Sulamit “Anouk” Chenayeb había desaparecido de los poco recomendables lugares que solía frecuentar, la comisario Marceau había hecho no menos de cuarenta y cuatro llamadas telefónicas a los todos los commissariats de la PDP sin éxito y se habia aguantado el malhumor y el sarcasmo de cuanto suboficial de turno había respondido sus insistentes llamados.
De no haber sido por la automaticidad del hábito de incluir a todas las divisiones oficiales en los destinatarios del correo electrónico, en el que pasaba la foto de la mujer junto con la requisitoria de informes, jamás se habría enterado de que una mujer blanca que respondía a la descripción indicada, había salido del territorio por el aeropuerto Charles de Gaulle, en un vuelo con destino final Montevideo, Uruguay.
Se zambulló en Internet para descubrir que esos vuelos podían tener escalas en Buenos Aires o San Pablo. ¿Qué mierda tiene que hacer esta tipa en Montevideo, Buenos Aires o San Pablo? Averiguó que el hijo de Sulamit Chenayeb estaba ausente desde hacía dos días, de la escuela pública a la que concurría. Migraciones no tenía registrada la salida de un menor acompañando a la mujer de la requisitoria. Con las manos temblando de disgusto, reenvió el mensaje a Migraciones solicitando le informaran si la mujer había regresado al país y en ese caso, si lo hacía acompañada. Cortesmente y con el correspondiente lead-time oficial le informaron que Chenayeb Sulamit había reingresado al territorio y que no podían brindar más información salvo que se presentara una orden judicial. La puta que los parió. Tiene la mano muy larga si puede alcanzar a Migraciones. Se sintió acorralada. ¿Cuál será tu próxima movida, hijo de puta?

BUENOS AIRES, CUARTEL GENERAL DE LA ORDEN. VIERNES A MEDIODÍA
El hombre del otro lado de la cámara de videoconferencias se removió incómodo: no tenía novedades que reportar. ¡La puta madre, pasaron veinticuatro horas! Comunicación tras comunicación, había recibido la misma respuesta. “Estamos en alerta roja, coronel. Informaremos.” Dios santo, ¡se trata de mi hijo! El edificio entero parecía operar en sordina, atento a la desesperación del Jefe de Inteligencia Central. Los hombres apenas esbozaban un saludo tímido al cruzárselo.
Arrancó el fax que estaba terminando de entrar. Era el reporte de Migraciones del aeropuerto de Ezeiza: de entre los menores que habían salido del país acompañando a sus padres, uno respondía a la descripción de Fernando.
Apretó furioso los botones del interno, llamando a Schwartz.
— ¡Ezeiza! ¡Cómo pudo pasar! ¡Cómo mierda tuvimos semejante falla de seguridad!
Schwartz bajó los ojos sin abandonar la posición de firmes. El celular le vibró en el cinturón. Antes de responder echó al otro de su despacho.
— Coronel, escuche atentamente. Estas son las instrucciones de la siguiente etapa— la misma voz distorsionada del primer llamado lo atornilló a la silla—: el intercambio se hace en Francia...
—¡Qué garantías tengo de que me devolverá a mi hijo!— interrumpió a los gritos.

— A ver si nos entendemos de una buena vez, coronel— escupió el otro con voz glacial—. No existen garantías si no cumple estrictamente con lo que le exigimos: el viejo, el dinero y los registros completos.
—Quiero hablar con mi hijo. Saber si está vivo y sano...— trató de mantener el tono de voz normal por encima del pulso que le retumbaba en la nuca, enloqueciéndolo.
— Ah, un padre preocupado... — hubo una pausa horrible –. Escuche— una serie de clics le dijo que habían desconectado el distorsionador.
— ¡Pa...pi!— sollozó la vocecita de Fernando—. ¡Papá!
Agradeció el estar sentado porque sintió las piernas flojas. Había empezado a responder cuando su interlocutor le quitó el teléfono a Fernandito, que lloraba a los gritos. Otra pausa durante la que no respiró, clic, el distorsionador.
— El chico está bien... por ahora. Viajó en primera clase, tiene niñera... Debería darme las gracias por ocuparme tanto de él. Tengo una buena idea de cómo me lo puede agradecer...— se burlaron del otro lado—. No olvide traer todo lo que le pedimos... o no vuelve a verlo.
— Dígame dónde...— pudo articular.
— Espere nuestro próximo llamado en París. Cuando llegue, llame al número que le dicto...
Escribió con dedos endurecidos por la furia y la humillación. No terminó de escuchar el clic que tecleó casi histérico. La voz femenina de la computadora de Telecom France le informó dulcemente que no podía realizar la llamada por tratarse de un abonado inexistente y que verificara su información.
Boludo, porqué no lo pensé antes... Los nervios le jugaban en contra. Accedió al sistema de rastreo de la Orden e ingresó el número. La espera fue corta: el número no estaba asignado, ni siquiera bajo clearance de seguridad. La movida de los tipos era estratégica: están esperando a que lleguemos a París para habilitarlo, y saben que no podemos llegar en menos de veinte horas.
No lo había creído posible hasta ese momento. Sólo los servicios de seguridad tienen acceso a algo así. O nosotros. Un dolor súbito le acuchilló el estómago y le hizo rechinar los dientes. Nos traicionaron desde adentro.
De pronto, todo su universo estable y seguro basculó y se desordenó por completo. No se trataba de una traición unipersonal como la del Brigadier; era algo mucho más grande, planificado y ejecutado como sólo la Orden sabía hacerlo. Finta tras finta, capa sobre capa, encubriendo a los verdaderos traidores y a sus verdaderos motivos. Ya no podía confiar en nadie y sin embargo, debería emprender el operativo simulando que lo hacía si quería cazar a los hijos de puta. Estaba entre el yunque y el martillo: si dejaba entrever sus sospechas, la vida de Fernandito no valdría nada. Si se sometía a los pedidos del traidor, exponía al tatita. Sin considerar el peligro que corría la organización entera.
José se tomó tres dedos de whisky de un solo trago y se sirvió otro. El alcohol le quemó la garganta. ¿De cuántos hombres podía estar absolutamente seguro? Cuatro, cinco, no más. Insuficientes para el caso de tener que enfrentar una acción armada por parte de un enemigo, al tiempo que llevaban adelante una misión de rescate. Necesito a alguien en Francia. Alguien sin relación con los hombres de Buenos Aires o los de Nueva Central a quien poner a cargo de lo de Fernandito. Pero la Central de París había sido desmantelada. El sudor le corrió frío por las sienes. La puta madre que los parió, esos canas de mierda nos barrieron a todos los efectivos. Voy a llamar a Lejeune. Lo mejor sería hacer la llamada desde casa, corría menos riesgos de pinchaduras. Me estoy volviendo paranoico.
****

Casi aplastó el auricular contra el teléfono: Lejeune tampoco tenía información sobre algún elemento confiable para ejecutar un trabajo semejante. No le había hablado del otro problema, tan grave como ese:  las precauciones nunca eran demasiadas, y menos ahora.
— ¿Novedades?— preguntó el tatita mientras entraba al estudio y se sentaba en su bergère.
El viejo escuchó atentamente el estado de cosas mientras sorbía un whisky. Los ojos helados lo espiaron por encima del borde de cristal y por un momento sintió una mano fría atenazarle el escroto. No estoy a la altura de sus expectativas. Nunca lo estuve... 
— Estoy de acuerdo con la estrategia, José— murmuró el tatita dejando el vaso a un costado y él tuvo que esforzarse por no dejar entrever el alivio que sentía—. Dejémoslos creer que pueden seguir adelante.
— Pero no nos queda nadie en Francia, ningún hombre con el entrenamiento adecuado, carajo— masculló. Casi estuvo a punto de disculparse con el viejo por el exabrupto.
— Sí tenemos— el tatita sonrió lobuno cuando él lo miró extrañado—. El único hombre que nos quedó en Francia— Se levantó y de un compartimiento de la cajafuerte, sacó un DVD y lo cargó en el home-theatre.
La curiosidad del coronel se acabó en un instante: una sesión de “sólo-para-tus-ojos” de Prévost. Gracias a Dios el viejo bajó el volumen. Hijo de puta degenerado, cuánto me alegro de que te hayan llenado la barriga de plomo. La picana recorrió el cuerpo que se sacudía en espasmos agónicos. Cómo se le puede hacer eso a una mujer. Desvió la vista cuando la picana se le hundió entre los muslos haciéndola gritar hasta enronquecer. La atención se le evadió de las atrocidades que veía, fijándose en las axilas rasuradas de la mujer. Mirá vos. Una europea con las axilas depiladas. El cuerpo contorsionado sacudió la grilla.
— ¿Hace falta ver esto?— masculló irritado—. Páselo más rápido.
— Espere. Ahora viene lo que quiero que vea.
Jacques entraba con un hombre alto y de contextura fuerte, de unos treintaypico de años. El hombre se acercó a la grilla y le sacó la venda a la mujer. Para no mirar la cara deformada por el dolor y el miedo, José clavó los ojos en el cuerpo desnudo sin verlo.
— Mire, José— lo llamó el viejo.
"Su prueba más importante, Maurizio. Mátela." La voz de Jacques repetía la orden por última vez en su vida.
La mano del que llamaban Maurizio se levantó hasta la cara de la mujer, con la MK lista para disparar. Jacques sonreía. Prévost no despegaba los ojos del cuerpo jadeante y mojado, que se retorcía agónico y sin voz. Los disparos estallaron por los parlantes y la pantalla ennegreció.
— Fue la noche en que coparon Central. ¿Sabe quién es el hombre?— el viejo lo interrogó con la mirada. — El oficial que Lejeune propuso para llevarse a RG: el capitán Marcel Dubois. El infiltrado de la Brigada... Según el informe del coronel Jacques, era un elemento excelente. Jacques estaba fascinado por su 'Maurizio De Biassi’: se tragó que era militar, un mayor retirado de los Cascos Azules
El viejo apagó el equipo y se echó hacia atrás en el sillón del escritorio.
— ¿Qué le parece? Un profesional de los nuestros y con placa de policía.
Se miraron callados. El nudo en la garganta todavía le molestaba pero José se permitió el lujo del alivio.
— Voy a llamar a Lejeune. Que lo ubiquen en donde esté y no le pierdan pisada. Viajo a Central tan pronto como esté listo el avión.
Estaba encendiendo un Marlboro cuando la voz del tatita lo distrajo.
— Voy con Ud.
— ¿Qué? ¡No, ni lo sueñe! Perdóneme, señor, es demasiado peligroso— le faltó cuadrarse.
— Quiero... ver— el viejo lo miró sin dejar traslucir nada.
— ¿Ver qué? ¡Tatita, por Dios!— los nervios lo hicieron caer en el apelativo íntimo y cariñoso de su infancia—. Voy a tragarme el anzuelo, pero de ningún modo es el caso de exagerar...
El viejo meneó la cabeza.
— Me necesita si quiere que esos sinvergüenzas se traguen el anzuelo, la plomada y la caña. Y además, bueno, hay... cosas... que... tengo que ir a ver.
Está demasiado misterioso, pensó y el pensamiento lo sorprendió.
— ¿Puedo preguntar qué cosas?
— A su debido tiempo, José. Prometo no esconderle nada, pero por ahora...— tosió con esa tosecita de ocultar cosas que tenía el tatita—, déjeme guardarme algo para mí. A mi edad, no me quedan demasiados placeres.
— Estoy solo en esto: los hombres en los que puedo confiar los cuento con los dedos de una mano.
— Solo, no: me tiene a mí.
José se acercó al bergère y se inclinó. Estuvo a punto de tomar la mano vieja y arrugada entre las suyas para rogarle.
— Por favor, quédese en Buenos Aires.
— Ni loco. No tengo en quién confiar— lo estaba derrotando con sus mismos argumentos.
Éste no es un viaje de placer— insistió José, a sabiendas de que era en vano.
— Ya lo creo que no. Llámelo nomás al franchute y póngalo a trabajar. ¿Cuánto tiempo tenemos?
José sacudió la cabeza mientras media sonrisa se le escurría por entre los labios y levantó el auricular.