POLICIAL ARGENTINO: corrupción política
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sábado, 13 de noviembre de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 10

     C* , tercera semana de mayo
Otra vez los gritos. ¿Por qué? Él también quería gritar: por favor, no peleen más. Se encerró en su dormitorio. Mamá está llorando. Salió sin hacer ruido por el corredor, hasta el cuarto grande.
“¿Dónde estabas?” repetía su padre, sordo a las súplicas de mamá. No la escuchaba, tan sólo repetía “¿Dónde estuviste? ¿Con quién?” Sus propias lágrimas le mojaron la cara al oir los insultos. La voz de papá sonaba rara. ¡Está llorando también él!  Se agazapó detrás de la puerta. No podía abrir los ojos y le dolían las rodillas de apretarlas contra el suelo.
En un arranque de coraje, se puso de pie y abrió la puerta. El valor se le diluyó en la boca y le fue a parar en un nudo en el pecho, junto con las palabras que nunca llegó a pronunciar. Papi, no quiero que te enojes con mamá, quería decirle, pero papi estaba fuera de sí.  De alguna manera intuyó que veía lo que no debió haber visto a su edad ni nunca. La violencia de la escena lo asustaba y lo atraía. Ya no oía los gritos ni las súplicas, sólo miraba.  "¡Te amo, puta!", escuchó después de un tiempo interminable. Mamá dijo que ‘puta’ es una mala palabra y no me deja decirla.  "¡Te mato antes de verte con otro!"  Papá es gendarme ¿mata ladrones ? preguntó una vez y mami le dijo que sólo si era muy necesario. Matar es malo, mi chiquito, siempre. Papá también se lo había dicho ¿Entonces, por qué?  No quiero que mates a mami. ¡Por favor, papá ! ¡PAPA... !

Marcel se sentó en la cama con el corazón estallándole en el pecho. Miró alucinado alrededor hasta que reconoció el lugar. ¿Qué hora...? Las cuatro y media. Esa pesadilla de mierda otra vez. Las manos todavía le temblaban. Inspiró profundo tres o cuatro veces, hasta dominar el pulso. Un vaso de agua me vendría bien... Se levantó en silencio,  bañado en transpiración. Volvió a toda velocidad a meterse bajo las mantas.
Se quedó tratando de pensar en nada, pero las imágenes le rondaban los bordes de la conciencia. Tengo que dormir. Se obligó a relajarse. Cuenta regresiva y respiración profunda. Así, viejo. No fue más que un sueño. Las inspiraciones lo oxigenaron apenas en exceso y aprovechó el mareo ligero para acostarse y dormirse. Carajo, mañana tengo la primera evaluación y me puso nervioso. Mejor que me duerma de una perra vez.
En el instante en que se quedaba dormido, una pregunta lo tomó desprevenido: ¿por qué lloraba mi padre? No sé, ni me importa. No me importa nada de tu vida, papá. Ni si alguna vez lloraste por alguien. Yo ya lloré demasiado.

París, Quai des Orfévres,  tercera semana de mayo
— Laure, necesito hablar con Michelon.
La voz del otro lado del intercom fue interrumpida por los timbrazos de varios directos.
— Ahora o nunca— dijo Laure entre una llamada y otra —, antes que llame el prefecto Oustry.
Odette subió  a la carrera los dos tramos de escalera. Entró y Madame le dedicó una ojeada.
— ¿Novedades?
— Malas — de pie, Odette apoyó ambas manos en el escritorio—. Hubo otra muerte similar: hace unos dos meses, unos perros encontraron el cuerpo en el Bois de Vincennes
— Ya recuerdo: una sans-papiers[1]. No había huellas, ni testigos, nada. Como si hubiese aparecido de la nada.
— Bedacarratx me mostró fotos del cuerpo: presentaba el mismo tipo de golpes y fracturas, la misma causa de muerte.
— ¿Y entonces?
— El juez de instrucción ordenó archivar el caso.
— ¡¿Qué!?— Madame estaba moderadamente furiosa.
— Que algo huele a podrido en la PDP. Necesito su autorización para pedir información a otras prefecturas.
— Eso quiere decir que ya tomó contacto con esas otras prefecturas y no hubo información.
— Algo así.
— ¿Qué tiene en concreto?
— Dos muertes en París, una en Orleans, muy posiblemente otra en Maçon. No sé, tengo que seguir buscando.
Madame apretó los labios.
— Déle las indicaciones a Laure para que redacte las notas.
Odette se incorporó y se alejó hacia la puerta.
— ¡Manténgame al tanto! — escuchó que Michelon le decía mientras ella cerraba.

****

Michelon abrió el cajón y sacó la cajita con el zip. ¿Qué voy a hacer con esto? se preguntó por enésima vez.  Miró hacia la puerta como si pudiera taladrarla con los ojos. Debería verificar su versión del incidente "M", pero ¿cómo encaro las preguntas? "¿Odette, querida, podría referirme los hechos de hace diez años?" ¿Y con qué motivo le pediría algo así? Si yo estuviera en su lugar, sospecharía de  inmediato y tendría razón. Había leído los expedientes de Personal, inclusive los ya archivados: unas líneas neutras que no significaban nada. En los registros aparecía como una insubordinación. La versión no escrita de Henri no aclaraba mucho más sobre el asunto.
Ni hablar del resto de la investigación: tengo una bomba de plutonio en el último cajón. Torció la cara en una mueca y sacó el dossier que Meyer actualizaba día a día con los reportes de Dubois. Al principio, la elección del alias la había hecho sonreir: Marcel no era más que el diminutivo latino de Marco, y Delbosco, la traducción de Dubois al italiano. No fue lo que se dice un ataque de originalidad.
Hasta ahora había sido el único motivo de sonrisas de toda la investigación. La preocupaba el hecho de que Dubois no tuviera respaldo en territorio italiano, en tierra o a bordo. Junto con Meyer habían acordado — ella, con suma renuencia — que mientras Dubois estuviera embarcado no habría comunicaciones, salvo en caso de "emergencia mayor", un eufemismo ominoso. El equipo de Dubois se limitaba a un transmisor especial disimulado en una hebilla intercambiable de cinturón, un radiofaro que el usuario podía activar voluntariamente para que enviara una señal determinada. Con una triangulación sencilla, sería detectado satelitalmente en menos de cuatro minutos, en el lugar del planeta donde se encontrara.
Dubois debería recordar desactivar el bendito artefacto cada vez que se quitara el cinturón, pues de otra forma se se activaría en modo automático, generarando falsas alarmas al emitir la señal preestablecida para variaciones del gradiente de temperatura corporal. Se miraron los tres sin decir nada: si llegaban a captar esa señal, significaría que Dubois flotaba en alguna parte del Mediterráneo.
El ingeniero Paworski les había asegurado que el variador secuencial de banda garantizaba una señal indetectable por un equipo que no fuera el específicamente preparado para captarla. 
“Y qué pasa si alguien capta la señal indetectable”, preguntó Dubois con escepticismo. 
“Nada”, se encogió de hombros el jefe de Laboratorios. “Necesitarían saber quién recibe la señal y qué significa”.  A continuación, les dio una clase sobre emisiones de radiación controlada y fiabilidad de los rangos de detección. Dubois le había preguntado si tanta sofisticación nuclear no le afectaría su capacidad reproductiva, o en buen francés, si no le freiría las pelotas, y Paworski lanzó la nariz al aire, ofendidísimo. Ninguno de sus dispositivos había jamás afectado a ningún usuario, replicó el ingeniero, a lo que Dubois respondió que Paworski no era el más indicado ya que jamás era su propio usuario.
La discusión se tornó incómodamente bizantina y Michelon decidió cortar por lo sano, apoyando a Paworski, al menos desde el punto de vista tecnológico. Con todo, era un transmisor y a quienes estuvieran con Dubois no les gustaría que llevara algo así encima.
En Génova habría mucho más equipo sofisticado y recursos a disposición, la  tranquilizó Meyer. Ella miró al capitán sin hablar: ambos sabían que estarían a ciegas mientras Dubois estuviera a bordo y que una vez en puerto, estaba por su cuenta.  Bueno, demostró ser buen actor con el operativo de la Orden. Espero que siga teniendo la puntería y los reflejos de siempre y que los Carabinieri le crean.

Puerto de Génova, tercera semana de mayo

os pasajeros no eran los mismos del crucero anterior pero algunos nombres eran igual de rimbombantes. Había sin embargo un par de tipos cuyo aspecto no generaba una excesiva confianza. Le recordaron a algunas caras con las que se había cruzado durante el operativo de la Orden del Temple y una tenaza fría le aferró el escroto, hasta que recordó que lo que había visto de ellos eran las fotos en los expedientes secuestrados. Asesinos profesionales entrenados por la Orden. Ellos no me conocen, gracias a Dios, pero que anden sueltos es una muy mala noticia. Apenas regresara a Génova le pasaría la información a Jumbo.
Sonja lo recibió con efusividad.
— Me puso contenta saber que vendrías también esta vez.
— Me hiciste un gran favor al conseguirme esa reunión con Ruggieri, preciosa — y le deslizó un billete doblado entre los pechos— Eso sí, la próxima vez que me revises las cosas, no las dejes desordenadas.
La mujer retrocedió, asustada y rabiosa,  pero él la apretó contra sí levantándole el mentón.
— Está bien, no tiene nada de malo. Ruggieri tiene que tomar sus precauciones, yo en su lugar haría exactamente lo mismo.  Pero no le digas que me enteré porque no creo que le guste saber que sus chicas a veces meten la pata. ¿OK? — la besó detrás de la oreja — Buena chica.
— ¿No estás enojado?
Negó con un gesto.
— Cada uno hace su trabajo... y el tuyo es muy, muy bueno— acentuó con total intención—. Me gustaría que nos encontráramos cuando no estás a bordo.
Los ojos verdes brillaron de anticipación. Sí, es muy probable que estas pobres tipas estén esperando que alguno las “baje del barco”, literalmente. Ruggieri se acercaba y lo saludó.
— Veo que el comité de recepción ya se encargó de las relaciones públicas.
— Estaba por presentarlo a los demás— sonrió Sonja, colgada de su brazo, y se lo llevó hacia el grupo más grande de hombres y mujeres.
Los tipos de la Orden se presentaron como “negociadores” para compradores de Medio Oriente.  Ruggieri le lanzó una mirada de entendedor: "estamos todos juntos". ¿Habrá un remate?
— Esta noche quiero invitarlos a una rueda especial — les dijo a los tres, en un aparte. Parece que veremos la mercadería.

****

La “mercadería” era de excelente calidad y origen variado: ruso, americano, francés y en buena proporción, argentino.
Ruggieri esperó pacientemente mientras los tres desarmaban y revisaban las armas con la eficiencia y la mecanicidad del hábito. Al tiempo que lo hacía, un flashback conmovió la conciencia de Marcel: las horas pasadas armando y desarmando armas a oscuras, a ciegas, en cuclillas, en posiciones imposibles e insoportables. En cualquier situación, aún bajo fuego.  Uno por uno, los mismos gestos se repetían hasta volverse tan automáticos como un reflejo condicionado.  "Hasta que las armas sean parte de tu cuerpo" repetía el loco de Hamad,  el entrenador que el coronel Jacques, responsable de la instrucción militar de los seleccionados por la Orden, había elegido para él. Ese mismo entrenamiento que había hecho que aprobara la primera tanda de exámenes en C* dentro del grupo con mejores calificaciones.
¿En qué mierda nos convierten? Desmontó una mira infrarroja telescópica y la apuntó sobre sus compañeros. ¿Cuál es la diferencia entre uno de estos asesinos y yo? Con un esfuerzo del diafragma ahogó los latidos que amenazaban con acelerarse.
Cada uno eligió un grupo de armas. Discutieron los precios y los tiempos de entrega. Uno de los hombres  tenía cierta prisa por el "equipamiento", como lo llamaba. El otro no tenía problemas en esperar.
— ¿Qué hay de Ud., Marco? — preguntó Ruggieri.
— Mi cliente gusta de preparar las cosas con cierta anticipación. Puede esperar un tiempo prudencial pero quiere certeza en las entregas.
— ¿Para quién compra? — preguntó el más alto, rubio desvahído y de mirada gris glacial. Alemán. Recordó el apellido: Wenger. El nombre del otro tardó un poco más en llegar: Alvarado, colombiano.
Ruggieri y el colombiano lo miraron sorprendidos: no eran la pregunta ni el lugar para hacerla.
— Mis clientes son tan afectos a la discreción como los suyos, espero— lo encaró —. Ruggieri, me imagino que no acostumbra publicar sus listados de compradores en los diarios. 
— No creo que el capitán Wenger haya querido ofenderlo, señor Delbosco—  Ruggieri enrojeció.
— ¿Brigadistas? — insistió el alemán,  obviando a Ruggieri — ¿O etarras?
— No trabajo con fanáticos — Marcel se permitió una sonrisa piadosa—. Suele haber problemas a la hora de los cheques. No adhiero a ninguna causa más que a la mía.
Wenger estiró la boca y enseñó los dientes.
— A mí tampoco me gustan los fanáticos— tendió la mano—. Nunca pregunté nada.
Le estrechó la mano. Un completo chiflado.
— Me sorprendió su habilidad con los equipos— continuó Wenger —. Creí que era uno de ellos, un brigadista o algo parecido.
Si supieras, Wenger, que fuimos compañeritos en la peor escuela de fanáticos que conozco.
Alvarado se atusó el bigote tupido, muy molesto por el intermezzo. Era el que tenía urgencia.
— Señores, no vinimos a intercambiar experiencias personales.
Ruggieri, más tranquilo, les explicó la metodología de los embarques.
— Las armas salen del puerto de Colón, Panamá. Allí son trasbordadas, tanto para cruzar el canal si vienen a Europa como para cargarse en buques del Pacífico si van a Medio o Lejano Oriente.  Los pagos se hacen a través de un banco de Luxemburgo. Cuando llegue el momento, les indicaré cuál y el número de la cuenta...
La puta madre, es precavido hasta el final. Ruggieri seguía hablando.
—... buques de bandera liberiana. Ninguno cruza Gibraltar, de eso nos encargamos nosotros. Esta noche haremos un trasbordo de mercadería que debe entregarse en la costa dálmata. Pueden acompañarme si lo desean pero les sugiero mantenerse fuera del alcance visual de la tripulación: estos argentinos son sumamente desconfiados.
—¿Argentinos? — preguntó el colombiano.
— Todos, hasta el grumete— bromeó Ruggieri—. Marinos profesionales, oficiales y suboficiales retirados en su mayoría. No hay nombres— recalcó — Ni siquiera los de ustedes— miró el reloj — Vamos a cubierta.
La operación de trasbordo se hizo sin problemas, muy cerca de la costa africana. Seguramente tengan arreglada a la prefectura o lo que sea que patrulle la costa. Lo más probable es que la patrulla esté compuesta por tiburones, Marcel filosofó.
A bordo del crucero, la tripulación se afanó en acomodar las cajas sin identificación.  Las naves se alejaron a toda máquina a un tiempo, una hacia alta mar y la otra rumbo a Gibraltar. El operativo se había llevado con una sincronización perfecta que hablaba de una habitualidad y una frecuencia poco comunes. Mierda, esto es más grande de lo que parecía.
Cuando volvió al camarote, Sonja dormía profundamente, gracias a Dios. Apenas llegue a casa, voy a hacerle el amor a Odette en el umbral.


[1] indocumentada

domingo, 8 de agosto de 2010

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 8


San Isidro, provincia de Buenos Aires. Segunda semana de mayo

— Con vos quiero hablar.
Aunque el tono de Ofelia no admitía réplica, a José le hizo gracia. Es la única persona que se atreve a hablarme de esa forma, y a quien yo se lo aguanto. Toda una vida bajo la mirada vigilante y atenta de la Ofelia, tanto que uno a veces se olvidaba que había sido nada más que un ama de leche para él y para el nieto. Con el correr de los años, Ofelia se había convertido en una institución en la estancia. La correntina manejaba con mano segura el puesto de ama de llaves que , solita, se había ganado de puro intervencionista. Cuando la conducción del casco quedó acéfala a la muerte de Aurora, aragonesa austera, eterna y seca, Ofelia tomó el poder silenciosamente. 
Cuando las demás — y ellos — se dieron cuenta, Ofelia mandaba cuándo se lavaban las sábanas, cuándo se hacía la limpieza general; cuándo se lustraba la platería y se ventilaban los cuartos cerrados y las alfombras; qué se comía y a qué hora.
Como para el tatita esas habían sido siempre cosas de mujeres, la dejó hacer. “No me toque los papeles del escritorio y no me entre si yo no mando”. Y como la palabra del tatita era sagrada para Ofelia, defendió el estudio con su propia vida, aún de las hijas que, cada vez más de vez en cuando, se acercaban a la estancia a cumplir con la ceremonia de un beso seco y desvahído en la mejilla del viejo. “El patrón no quiere que lo molesten”, y espantaba al resto de las sirvientas, administradores y demás personal del campo. Llegó a echar a un general. “A mí no me importa que mande ejércitos. Acá manda el patrón, y en la cocina, yo. Y se me limpia las botas antes de entrar”. El milico la miró de refilón y un edecán algo entusiasta intentó poner a la Ofelia en su lugar, pero el tira levantó la mano en son de paz, de una ojeada mandó atrás al edecán y se limpió las botas. Si en el Colegio Militar hubiera corrido la anécdota, el tira habría sido el hazmerreír de los cadetes.
Ofelia, casi la madre que no tuve, la que le habían contado se había muerto al pie de su cuna. No recordaba otro olor de mujer de su infancia más que el de Ofelia, gorda, los ojos negros y chiquitos como caramelos de orozuz, siempre apurada y de buen talante, manos callosas pero ligeras para sacudir un sopapo o, más a menudo, acariciar.  Menos al nieto. El nieto, arisco y orgulloso de su estampa y su ascendencia la despreciaba, como despreciaba a casi toda la gente de la estancia, él incluído. Ofelia era inmune a esos sentimientos de superioridad. “¡Yo te di la teta y te limpié el culo, mocoso de porra! ¿Sabés dónde te podés meter el orgullo ese?” Él la había mirado con el odio pintado en esos ojos del color del agua, los mismos que su abuelo, y con los dientes apretados pegó media vuelta y se fue derecho a las caballerizas. Salió como exhalación, azotando cruelmente al zaino, y se perdió al galope. Cuando volvió se encerró en su habitación y cuando salió, fue para volverse a Buenos Aires. El padre se quedaba, porque era el capataz y administrador del campo, desde que su propio padre, Elías Ortiz, muriera.
Elías, tan indio y mestizo como él y que nunca había abandonado la chatura de la estancia, se atrevió a soñar para su hijo un futuro diferente. Había temblado de miedo y de coraje cuando le pidió al patrón por su mocoso recién nacido que se había quedado huérfano de madre, y el patrón dijo que sí. Su hijo se criaría en el casco y tendría las oportunidades que él, como simple capataz, no podría ofrecerle. Elías murió antes de que él cumpliera los catorce, sin ver sus sueños realizados. Un profesor del Liceo Militar le avisó y para cuando llegó a la estancia, ya lo habían enterrado. Se sentó sobre la tierra, a llorar sin lágrimas junto a la tumba de aquel padre tan humilde que ni siquiera se atrevía a visitarlo en el casco.
Él le había enseñado a amar esa tierra desmesurada, de la que alguna vez habían sido señores libres y orgullosos sus ancestros ranqueles. “No te equivoqués”, le repetía, “uno no es el dueño de la tierra: es ella la que te deja estar, pisarla, cabalgarla, sacarle el jugo y el fruto.”
Le había enseñado, con conocimiento de indios fieros y sin más dios que el Gualichu, a montar en pelo; a domar un potro sin espuela ni rebenque, sino a fuerza de sobado y maniado, y a curarle las mataduras; a reconocer las tormentas por el canto de los sapos y "la” calor por el de las chicharras.
Pero Elías había querido para su hijo un destino distinto al de su raza despreciada y para eso, había hecho la renuncia más grande de su vida: había renunciado a su hijo. Con los sentidos a flor de la piel oscura y curtida como la tierra que amaba, le había dicho más de una vez que él, José, sería para el patrón como el hijo varón que nunca había engendrado.
“Está el nieto”, José respondía desde el rencor de sus doce años. “No te me equivoqués”, repetía Elías; “vos sos como el propio hijo: él te cría y te educa como yo hubiera querido hacerlo. Ya vas a ver, mocito”, sentenciaba entre mate y mate en la cocina de su propia casa, respetuosamente alejada del casco de la estancia. 
“No soy de su sangre”, insistía José, tozudo. Elías lo miró a los ojos, los suyos dos ascuas oscuras en la cara cuarteada por el viento impío. “Las mujeres paren con sangre y los hijos son de su carne. La hembra es madre en cualquier circunstancia, hasta del guacho que le hizo el conquistador bellaco. Ser padre es otra cosa: es enseñar a obedecer tanto como a mandar, es hacer un hombre hecho y derecho de ese gurí que no sabe nada de la vida más que lo que conoce alrededor de la pollera de la madre; es saber llevarlo de la mano y saber soltarlo a tiempo para que pueda volar.”
Extraña filosofía la de Elías. Pero al pasar los años, no se había atrevido a ponerla en duda. Tuve dos padres. No todos tienen mi suerte. Sacudió los recuerdos de un cabezazo y se acercó a recibir el  mate que Ofelia le tendía.  Esto va para largo, pensó y sorbió el amargo con fruición.
Ofelia Ramos

 — José... Lo estás dejando muy solo al Fernandito— Ofelia no era de dar vueltas cuando tenía que hablar.
— Ya sé — sacudió la cabeza —. Pensaba llevármelo al campo para Pascua.
— No alcanza con eso y vos lo sabés. ¿Qué querés, criar un guacho como el otro?
Para Ofelia, el nieto siempre era "el otro".
— Habrá sido cualquier cosa, pero guacho, no. Tenía padre y madre.
— ¡Padre y madre! — saltó la correntina—. ¿Y qué le enseñaron? ¡Madre! Ni le cambió los pañales. Ni a la escuela lo llevaba. ¡Lo único que le importaba era revolcarse con el marido! Ahí la tenés, entrando y saliendo de las clínicas de "recuparación"... En mi época le decían loquero... ¿Y él? ¡Lo metió de milico para sacárselo de encima, porque no lo podía manejar! O no le importaba.
— Ofelia — contemporizó —, yo también fui al Liceo y al Colegio Militar, y mi padre tampoco pudo criarme.
— Tu padre se deslomó trabajando para que fueras lo que sos — ella retrucó —. Era un buen hombre... se murió trabajando. —  Los ojos de orozuz se llenaron de lágrimas. Tiene la lágrima fácil, no hay nada que hacer. — Y el patrón se encargó de sacarte derecho. Si hubiera tenido la misma mano firme con el otro, no hubiera pasado lo que pasó.
Eso es cierto. A veces, allá en la infancia y la adolescencia, resentía el trato diferente. Ya adulto, comprendió que el tatita lo había educado tal como lo habían educado a él, en la severidad de la gente de campo. Como había querido Elías.
— Yo estoy vieja. A veces, me falta la paciencia. Y las mocosas de ahora no sirven para niñeras. El chico necesita que estés con él. Bastante que no tiene madre, pobrecita, Dios la tenga en la gloria.
Hicieron una pausa larga mientras Ofelia cebaba mate. Él no tomaba mate más que si ella lo cebaba. Si no, prefería el café. Sorbió lentamente mientras pensaba en Mariana con un dolor que se le había ido encalleciendo con el tiempo.
Hacía ya mucho que había descubierto que tenía que mirar las fotos para recordar aquellos ojos negros, la piel de durazno y el pelo renegrido y lustroso con que lo acariciaba cuando hacían el amor. Recordaba sus palabras, pero no la voz con que las pronunciara, su voz de miel salteña cálida y dulce. Mariana era el perfume de un recuerdo más que el recuerdo mismo, y eso le dolía con una pena larga y silenciosa que se negaba a compartir. Él no la había buscado pero ella había llegado, había entrado a su vida y se había ido, dejándole como ofrenda de amor y vida a Fernandito, y de ese modo él había ganado y había perdido.
Había otras mujeres, siempre las habría, bellos adornos que él colgaba de su brazo en ocasiones y que sólo podían despertarle la necesidad de satisfacer su biología o su lujuria, dependiendo del estado del tiempo y de su estado de ánimo; ninguna le había importado nunca lo suficiente como para querer resignar su viudez empedernida y melancólica.
— Sabés, los otros días me encontré con la Alcira...— Ofelia reanudó la conversación y él la interrogó con una sacudida del mentón —. La paraguaya que trabajaba en la casa de Buenos Aires, antes que ellos se vinieran a vivir acá. La que se escapó cuando él todavía estaba en el Colegio Militar.
"Ellos": el nieto, su madre y su padre. El desprecio de Ofelia se basaba en el uso discriminatorio de los artículos.
Fernando Ortiz
— Se enteró por los diarios de que el otro había muerto. Me dijo que después de más de veinte años, ahora podía dormir tranquila. Que siempre le había tenido miedo. Me contó... bueno, cosas de mujeres... ya te imaginás... Estas paraguayas calentonas... bueh ... — renegó Ofelia. — Qué chinita del campo, qué prima no se revolcó con él... Mirá si se le iba a resistir una sirvienta... Pero parece que ya de esa edad le venía el vicio, o lo había aprendido del padre.
José la miró sin levantar la cabeza, mientras el acíbar de la yerba se le hacía menos amargo que ciertos recuerdos. 
 La mataba a rebencazos. Le dio a probar esa porquería... Y era un mocoso.  Y lo que hizo después...— Ofelia estaba conversadora pero la conversación estaba tomando un giro incómodo. Los hechos de los años de represión no eran materia de discusión, ni siquiera con Ofelia. Él había podido mantenerse al margen gracias a una conveniente agregaduría en una sede diplomática del otro lado del mundo, pero su calidad de militar lo encuadraba dentro de las generales de la ley. Prefería no rememorar esas épocas nefastas.
— Ofelia, sé que estoy mucho tiempo fuera de casa, lejos de mi hijo. No es lo que me gusta, pero es lo que tengo que hacer. En este último viaje las cosas se demoraron un poco más de lo previsto, pero ahora me voy a quedar.
— Hacés bien. Un varón tiene que estar con el padre. El padre tiene que educarlo, enseñarle. Lo mismo que a vos te enseñó el patrón. Vos sos más su hijo que lo que son las pitucas esas de las hijas, o de lo que alguna vez fue el nieto.
Se sorprendió de la capacidad de penetración de Ofelia.  Ensayó una sonrisa triste y ella se levantó a tirar la yerba. Terminó la conversación.
— Andá, todavía  debe estar esperándote. Es más duro para dormirse...





Buenos Aires,  Cuartel general de la Orden del Temple. tercera semana de mayo, por la mañana



— Señor...
Se volvió apenas en el sillón giratorio hacia la puerta del despacho. Conrado Seoane. El "señor" sonaba siempre forzado entre los dientes del subteniente, que nunca lo llamaba por el rango. No podía decirle nada. No se habían cruzado en una situación pública tal como para que el otro tuviera que hacerle la venia o manifestar de alguna manera su reconocimiento hacia la superioridad de sus jinetas de coronel.
Mocoso de mierda. Un "criadito", lo mismo que yo, pero con más ínfulas que una puta cara.
Cuando regresó a  Buenos Aires a finales del '83, después de casi seis años de ausencia, lo encontró en la estancia jugando con las mujeres en la cocina. Un angelote rubio con ojazos de un azul tan profundo que lastimaba.
La versión oficial hablaba de una chinita de Nueve de Julio — una de tantas —, seducida por el maduro atractivo de Conrado Seoane senior, todopoderoso mayordomo de la estancia grande y yerno del viejo. Todos la habían comprado sin rechistar, inclusive Dora, interesada directa en el oscuro asunto, en tanto esposa cornuda. Desde la muerte accidental de su marido, Dora se hundía en un ciclo maníacodepresivo tras otro  y como no podía prestar atención al mocoso que le evocaba la infancia del suyo propio, lo mismo que con su hijo mayor había dejado la crianza en las manos de su padre. Si hubieran debido criar en la estancia a cada hijo del mayordomo, habría batallones de gringuitos arreglando los alambrados.
La historia real de Seoane junior era bastante más turbia pero nadie se hubiera atrevido a evocarla. Seoane había llegado a la estancia en la primavera de 1977, envuelto en una frazada blanca de hospital y berreando como un ternero muerto de hambre. Sólo había hombres de uniforme acompañando al Brigadier y a su padre el mayordomo, en el auto sin patente en el que habían traído al mocoso. Ofelia había recogido sin preguntar el paquetito rubio, gritón y sin nombre, y se había ocupado de cambiarle los pañales, darle una mamadera y poner en condiciones una cunita arrumbada en el cuartito de los trastos viejos.
Si había habido alguna explicación, había sido dada frente al escritorio inmenso del viejo, en el estudio al que nadie entraba cuando se cerraba la puerta. Cuando padre e hijo salieron, el Brigadier le hizo una seña a Ofelia: “Se queda”.  Nadie osó cuestionar la decisión del tatita de criar al mocoso como si fuera un miembro más de la familia.  El “hermanito mayor” estaba fascinado con el borrego: lo mimaba y malcriaba como si fuera de su misma sangre. Ante la pregunta de algún desprevenido, el Brigadier aseguraba que era su hermanito,  el “hijo de la vejez” de sus padres. La única vez que vi a ese hijo de puta demostrar cariño por alguien. Dejó las meditaciones de lado por un momento para prestar atención.
— Diga, Seoane...
— Los registros contables del comprador francés — le tendió las hojas de impresora, sin agregar otro "señor".
— Gracias. Puede retirarse.
Seoane giró marcialmente sobre un talón, picó la punta del pie derecho y salió, vista al frente y sin mirar.
Me aborrece por reflejo de lo mucho que me aborrecía el otro. Si supiera que ni siquiera me importa lo suficiente como para devolverle el sentimiento...  Se encogió de hombros .
“Se va a tener que acostumbrar al odio, José”, le había dicho una vez el viejo. “Su puesto genera odios de parte de la gente más inesperada. Que lo odien, mientras le tengan miedo. El miedo se huele y cuando uno le aprende el aroma, reconoce a los que le temen y los usa en su beneficio.”
Volvió a los papeles: tienen bastantes quilombos. Y encima le dio por jugar al político importante.  Fanfarrón y bocón como todos, no sé de qué me asombro. Como si los de acá fueran diferentes. La misma mierda con diferente nombre. Nunca le había gustado el hombre y ahora le gustaba menos.
El tatita se había hartado de las nuevas "degeneraciones" de políticos.
— Parece que no hubieran aprendido nada— rezongaba —. Mire al mico éste: las ovejas lo votaron como si fuera la última esperanza del resurgir nacional y ya las traicionó. ¿Sabe qué es lo peor de este mico? Que no tiene palabra. ¡Y se quejaban de Perón y de sus ministros! ¡Pero por favor! —  renegaba el tata —. No me van a comparar, ¡Perón era inteligente! A éste y a su cría, su propia corruptela los embruteció. Pero todo se paga. Mientras tanto, él juega al emperador latinoamericano y se rodea de la Corte de los Milagros.
A medida que concluían los negocios pactados, La Orden se apartaba de los círculos económicos y políticos locales y volvía a poner miras en el exterior. Los escándalos políticos, judiciales y diplomáticos por coimas ya ni siquiera merecían notas en los diarios, aunque involucraran la venta del patrimonio del Estado a precios viles y en condiciones más viles todavía. Las peleas a los gritos en el despacho principal de la Casa Rosada eran por ver quién se quedaba con la mejor parte de un negociado.
El viejo dio la orden de apartarse de los contactos en el gobierno, operadores y lobbistas confiados en la impunidad sin límites de la que parecían gozar los miembros de un Gabinete que oficiaba de nexo con los parientes, amigos y entenados de turno. Tanta exposición pública terminaba siendo perniciosa.
Ni siquiera esos nuevos que habían aparecido en medio de una dudosa alianza contra el partido reinante les merecían confianza. Alianza un carajo. Se están despedazando entre ellos como hienas.
 Había que prepararse para la crisis brutal que asomaba en el horizonte, y fortalecer las empresas y operaciones tradicionales. Diversificar, reinvertir en el exterior, afianzarse y capear el temporal, con plazos de por lo menos veinte años. El viejo planificaba con asombrosa sangre fría un terreno que jamás vería.
A veces me pregunto si no sería mejor trasladarnos de una vez por todas a Nueva Central. Suspiró ante la conclusión de siempre. El centro operativo tiene que estar en donde están las necesidades inmediatas, pero el centro neurálgico necesita de la inmensidad silenciosa de la tierra para meditar cada paso. El poder debe ejercerse en soledad, y si la soledad es ascética, mejor. Se evitan las tentaciones. Sin odio, sin rencor, sin piedad. Sólo lo que hay que hacer. La cabeza de la Orden se queda acá. El cuerpo es el mundo, pero la cabeza descansa en lugar seguro.
El viejo se había quedado callado, mirándolo.
— Acá es mejor. Las decisiones de poder se toman en soledad y silencio.
Él había asentido sin hablar. No era necesario.