POLICIAL ARGENTINO: Quai des Orfèvres
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lunes, 22 de octubre de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 50

QUAI DES ORFÊVRES, VIERNES POR LA NOCHE

 Michelon salió de su despacho pálida de contrariedad, y cuando abandonaba tan intempestivamente su centro de operaciones, por lo general había buenos motivos para alarmarse. El escaso personal civil y policial que todavía circulaba por los pasillos hizo lo posible por tornarse invisible.
 — ¡Laure! ¿Dónde está Marceau? — preguntó con brusquedad, asomándose a la oficina.
— En su despacho...— Laure se encogió de hombros.
— No responde al interno.
— Es posible que ya se haya ido, son las nueve.
— ¡Jesús, localícenla ya! ¡Y quiero a Meinvielle! ¡Aquí, no al teléfono! ¡En diez minutos! ¡Y busquen a Marceau!
La mirada de alarma de Madame era suficiente para movilizar al escuadrón de Desaparición de Personas. Laure salió corriendo detrás de Michelon, que volvió a su despacho con un montón de faxes en la mano. 

****


El capitán Bernard Meyer buscaba un expediente en su cubículo microscópico, cuando su celular vibró insistente. Intentó no hacer caso y continuó la búsqueda pero el celular seguía sonando. Por la persistencia, Jumbo dedujo adecuadamente de quién se trataba aún antes de leer el nombre en el display.
— Sí, mamá, todavía estoy en el trabajo... Haré lo posible, te lo prometo.... Mamá, a los delincuentes no les importa que yo sea judío y que hoy sea viernes.... Está bien. Un beso.
Logró cortarle a su madre, maldiciéndose por enésima vez por haberle dado el numero en un momento de debilidad filial yiddish. Manoteó el expediente que hacía equilibrio en el tope de la pila interminable acumulada sobre su exiguo escritorio. El celular vibró otra vez y su hermana, preocupada por la precaria salud de su madre y la falta de interés de su hermano menor en la misma, recibió una respuesta bastante menos diplomática. Se prometió que el lunes pediría que le asignaran un número nuevo.
Habiendo establecido que un café no le vendría nada mal y que Sully ya se había ido, se fue por sus propios medios hasta la máquina. Volvía con el vasito descartable cuando vio a Marceau salir de la oficina rumbo a las escaleras, pálida y silenciosa como un alma en pena. Su fragilidad y su desolación lo conmovieron, aunque a Jumbo jamás se le ocurriría planteárselo en esos términos.
Carajo, está hecha mierda.
Sacudió la cabeza y trató de concentrarse en la burocracia del Quai, sin resultados positivos. Lanzó un vistazo al cubículo de Dubois, que había estado vacío todo el día. De hecho, el capitán Dubois casi no estaba poniendo pie en su lugar habitual de trabajo y cuando lo hacía, se comunicaba con monosílabos con el resto del personal. A las preguntas por la salud de su padre, el coronel Dubois, respondía con un gruñido parecido a “estámejorgracias”. El noticiero de las ocho, más conocido como cabo Bardou, se había ocupado de difundir las actividades supuestamente mafiosas de Dubois, deducción no del todo antojadiza, extrapolada de sus frecuentes llamadas en idioma italiano a personajes de telenovela peninsular llamados Donna Valentina, Mario Varza y otro completamente impronunciable y por lo tanto más sospechoso todavía.
La estridencia del interno lo irritó tanto que respondió de mala manera. Era Laure y Jumbo se disculpó de inmediato.
 — ¡Bernard, qué suerte que todavía estás! ¡Michelon quiere que subas ya mismo!
 — Laure, ¿qué...?
 Por el clac estruendoso que siguió, Laure había lanzado el auricular sobre la horquilla y cuando lo hacía lo mejor era subir a velocidad supersónica, que fue lo que Jumbo hizo.

 ****
Pasillos de La Santé 
— Ayrault escapó — Michelon ni siquiera esperó a que Meyer se sentara para soltar la bomba.
— ¿Cómo es posible? ¿De La Santé?— El capitán se quedó con la boca abierta mientras revisaba los papeles que Madame le alcanzó.
 — Vestido como guardia penitenciario. ¡Idiotas!— estalló Michelon
— No tiene sentido...— Meyer enmudeció en medio de la frase—. Sí, sí lo tiene. Busquemos a Dubois: él sí sabrá cómo rastrear a Ayrault.
 **** 

Odette dio media vuelta y regresaba corriendo al Quai cuando los faros de un automóvil la encandilaron. Se protegió la cara con los brazos y vio que el auto venía hacia ella. Pivotó de un salto y se lanzó a cruzar la avenida. Mientras corría, el celular volvió a sonar. Lo abrió esperanzada pero la voz del otro lado ni siquiera la dejó terminar la frase.
— No te vas a escapar esta vez, putita.
Clic.
Hubiera estrellado el celular contra el suelo pero un chirrido de neumáticos a sus espaldas la alarmó. Miró por encima del hombro: una figura oscura se había apeado y corría tras ella. El auto aceleró. Buscó su arma en el fondo del bolso y alargó los pasos pero el hombre era mucho más rápido que ella y la alcanzó. Giró furiosa y lanzó la pierna derecha a la entrepierna del tipo mientras disparaba, pero el otro tenía una agilidad fulmínea y de un salto esquivó su pierna y el tiro, volteó en el aire y la desarmó golpeándola con el filo del pie. Ella volvió a correr pero una zarpa la agarró por el cuello y subió hasta aplastar su boca. El hombre la empujó contra la pared, sin importarle que ella lo pateara con toda la fuerza de que era capaz. 
Ferma... — siseó el tipo y ella reconoció la voz de Corrente—, ferma perchè te la faccio pagare qui! (1)
 El auto los alcanzó y el italiano la llevó en vilo sin esfuerzo. La tiró en el asiento trasero y el que iba al volante arrancó a velocidad demente, antes que Corrente cerrara la puerta. Ella trataba de alcanzarla cuando escuchó el siseo y el clic del seguro, y el italiano la enlazó por el cuello con el brazo y apretó. El celular sonó en su bolso. Corrente le puso el cañón obsceno de un Colt en la garganta.
 — ¡Responda!
—¡Váyase a la mierda!— se revolvió y lo pateó, y él la sacudió por el pelo hasta que le saltaron las lágrimas, pero siguió pateándolo y dándole codazos a pesar del dolor y los sacudones.
El tipo se le tiró encima para dominarla.
Piccola troia ...!(2) ¡Responda de una puta vez!
 Forcejearon y en tanto el teléfono dejó de sonar. La sangre le pulsaba en las sienes y el ruido no la dejaba pensar.
 — No vuelva a desobedecerme, comisario— gruñó Corrente encima de ella y sin soltarla—. No sabe cuánto me excitan las mujeres que juegan sucio, así que deje de provocarme o esto termina antes de empezar.

— ¡Cerdo imbécil!— sacudió la cabeza para golpearlo en la frente y acertó.
 El mayor ahogó un rugido pero no se movió de encima de ella.
— Stai ferma!— la amenazó mostrándole el dorso de la mano derecha.
Ella disparó la rodilla a la entrepierna del tipo pero él le leyó la intención en los ojos y le agarró el muslo en el aire, apretando hasta obligarla a ceder. Ring otra vez. Él le dedicó una mirada asesina mientras la enderezaba de un tirón.
 — ¡El teléfono!
Tanteó en el bolso temblando de rabia y miedo, como si el maldito artefacto fuera un hierro al rojo y entonces comprendió un detalle que, en medio de la desesperación, se le había escapado: no era el celular oficial de la Brigada, sino el del número que había usado para sus comunicaciones con ese hijo de puta de Corrente.
Con los dedos casi rígidos sacó el otro teléfono y presionó las teclas. El primer celular seguía llamando; ella soltó el que tenía en la mano dentro del bolso y agarró el que sonaba. Corrente le hizo una seña brusca que ratificó empujándole la cabeza con el Colt.
— ¿Qué te pasa putita, que no respondías?— gruñó el monstruo del otro lado—. ¿Te doy miedo? Estoy cerca, perra, muuuy cerca... ¿Te están trayendo a verme? ¿No me extrañaste todos estos años?
 — Cretino de mierda...— murmuró sin poder ahogar del todo un sollozo.
— Esperé mucho pero ya no puedo esperarte más, no tengo tiempo. Nos vemos en un ratito, ¿eh?
 Clic.
Ella se quedó mirando el teléfono como si fuera un bicho maligno y Corrente le llamó la atención con un sacudón.
— Ayrault volverá a llamarla. No se le ocurra hacer nada raro como no responder, tratar de bajarse, patearme o atacarme, o llamar la atención de alguien, ¿está claro?— bajó el martillo del revólver para confirmar sus amenazas.
— Escoria...
 — Me llamaron cosas peores. 
— ¿Por qué mierda hace esto?
— Porque me pagan muy bien, comisario.
 — ¡Hijo de puta!— gritó con la garganta apretada por las lágrimas.
— No me malentienda: no es nada personal— Corrente sonrió disfrutando de la situación—. Los que me contrataron me pagan por Ayrault. Usted no les interesa: es nada más que el anzuelo.
 El teléfono volvió a sonar y Corrente lo señaló con una sacudida del mentón. Mientras ella lo abría usando ambas manos por lo mucho que le temblaban, Corrente le mostró los dientes.
 — Así me gusta. Brava ragazza.(3)

*** 

Dubois se quedó rígido junto a la puerta de la habitación de su padre cuando los vio llegar a los tres juntos por el corredor del hospital: Michelon a la cabeza, flanqueada por la vieja psicóloga forense Meinvielle, y por último Jumbo, escoltando a las damas terribles.
Cuando Dubois terminó de escuchar, la expresión se le volvió granítica. 
— ¿Cómo consiguió el uniforme?
 — Por la mañana recibió la visita de su abogado, o eso es lo que dice el libro de entradas — aclaró Jumbo. — Fue la única persona a la que vio.
 — ¿No hay videos, fotos, nada que permita identificar a ese tipo?
Michelon le dio los fax con las imágenes: era obvio que el que había entrado conocía a la perfección la localización de las cámaras en el edificio de La Santé, porque no había una sola toma que permitiera identificarlo por completo. Podría haber sido cualquier tipo con maletín, traje oscuro y camisa clara, y a La Santé ingresaban decenas como ese todo el tiempo. Dubois le devolvió los papeles a Madame con gesto cansado.

El celular de Michelon sonó: acababan de encontrar el cuerpo desnudo de un guardia en una de las celdas vacías. El hombre llevaba muerto por lo menos doce horas. Lo habían golpeado y estrangulado. En los reportes de entradas y salidas el guardia figuraba como que había dejado su puesto de trabajo en el horario habitual. La fuga de Ayrault había sido descubierta dos horas después.
— ¿Quién le pasó la información, Madame?— preguntó Dubois y Jumbo se sorprendió de la pregunta.
Michelon miró fijamente al capitán antes de responder a media voz:
 — El inspector general Lejeune. Hace menos de una hora.
— Entonces no creo que encontremos a Ayrault antes que lo eliminen.
— ¿Qué?— Madame casi dio un salto en su lugar.
 — Lo ayudaron a evadirse. Están dándole un poco de aire para que no desconfíe, pero van a hacer lo mismo que hicieron con Nohant— respondió Dubois fríamente—. Deben querer algo de él porque de otro modo lo habrían liquidado en su celda— se encogió de hombros— .Tuvieron la deferencia de avisarnos, eso es todo.
 — Un verdugo de la Orden está a cargo — afirmó Jumbo con voz neutra.
 Dubois lo miró durante un momento largo, antes de asentir con la boca curvada hacia abajo, con una expresión que hablaba a las claras de lo mucho que le preocupaba la suerte de Ayrault a manos de un verdugo de la Orden.
— Señores— siseó Michelon—, no podemos permitirlo. Quiero a ese miserable de Ayrault frente a un tribunal como corresponde. ¡Nada de limpiezas estilo Cosa Nostra! Dubois, salga de inmediato a rastrear a ese... sujeto— Madame hizo una pausa de efecto—, si es que todavía es uno de mis hombres, capitán.
— Siempre, Madame — Dubois esbozó una sonrisa de disculpas—. En cualquier circunstancia.
Si alguien entre los presentes suspiró de alivio, Jumbo no podría haber dicho quién.
— ¿Puedo hacer una sugerencia?
Todos se volvieron hacia Meinvielle.
 — Si comprendí bien la personalidad de nuestro prófugo ilustre y si de verdad queremos encontrarlo, creo que lo más inteligente que podemos hacer en primer lugar, es localizar a Marceau. Con verdugos o sin ellos, antes que cualquier otra cosa, aún antes de huir, Ayrault tratará de matarla.
 Jumbo hubiera jurado que Dubois estaba a punto de desmayarse, cuando su celular comenzó a vibrar en el bolsillo superior interno. Abrió el aparatito insultando mentalmente al que lo jodía con alguna idiotez, pero el nombre que apareció en el visor le congeló las palabrotas en la punta de la lengua.

 **** 
El hombre que esperaba en el auto le advirtió que no tenían mucho tiempo y Ayrault bufó un asentimiento. Al final, había sido su socio italiano el que le había salvado el culo ayudándolo a evadirse. Por supuesto, a Ruggieri le convenía que él estuviera libre y era evidente que se había tragado que Delbosco había asesinado a Alessandra después de usarla para traicionarlo. El abogado francés que le había proporcionado como defensor, llevaba los asuntos de Ruggieri en Francia, Argelia y Túnez.
El territorio tunecino era su primer destino; luego vería cómo continuar. No sería barato, pero cualquier cosa era mejor que las pésimas perspectivas de una visita formal al Palais de Justice. Al verificar sus cuentas telefónicamente, había descubierto que el préstamo de Montevideo no le había sido acordado, pero tampoco esperaba otra cosa. Lo mismo contaba con lo que él llamaba medio en broma, medio en serio, su “pensión para la vejez”, que hubiera preferido no tener que utilizar: los fondos de la venta de los embarques, más lo escabullido de los fondos para las campañas, en una discreta cuenta en el aún más discreto banco de las Cayman Islands.
Cuando se actúa en política se debe ser doblemente previsor. Tanteó la pistola calibre .44 en la parte de atrás del cinturón, nada más que para saber que estaba ahí. Había hecho bien en conseguirse una, porque era claro que los tipos que lo ayudaban no pensaban proporcionarle armas mientras estuviera con ellos. Era la del guardia de La Santé, el mismo al que el abogado había sobornado para conseguir el uniforme y la tarjeta magnética. Debería haber simulado un ataque y golpear al tipo lo suficiente como para dejarlo inconsciente, pero el imbécil se negó a darle el arma y tuvo que liquidarlo.
No usaría el arma con ella. Te voy a matar con mis propias manos... Será un placer, muñeca.   La sola mención de la idea le provocó un estremecimiento y le entrecortó el aliento. El espasmo le llegó hasta el escroto y la erección empezó a empujarle contra el pantalón. Le rompería el cuello entre sus dedos, escucharía el traquido de sus costillas cuando las golpeara y la miraría a los ojos cuando ella se ahogara en su propia sangre. Aquellas miradas siempre lo fascinaban. Ese brillo agónico terrible, esa desesperación y ese terror de saber que estaban muriendo; esa resistencia estéril y ese aferrarse estúpidamente a la vida que él les arrancaba a golpes. Había leído la muerte en muchos ojos de todos los colores, y la expresión horrorizada del final era siempre la misma y le provocaba siempre el mismo placer orgásmico; un placer mucho más grande y más intenso que el de someterlas a su verga. Pobres estúpidas, creían que le bastaría con poseerles los orificios del cuerpo. Su ansia era mucho más grande: él les poseía la vida y la muerte, porque el poder de decidir quién vive y quién muere es el afrodisíaco más violento. Quiero verte bien a los ojos cuando te mate.

(1) ¡Quieta porque te las hago pagar acá!
(2) Putita
(3) Buena chica

sábado, 6 de octubre de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 49

HOSPITAL HÔTEL DIEU. JUEVES POR LA NOCHE 

Eran más de las nueve de la noche cuando Marcel se sentó al volante. Los autos deberían tener piloto automático y navegador, carajo. Hizo un esfuerzo por espantar cualquier pensamiento en cualquier dirección que no fuera la de volver a casa, comer algo, dormir hasta el día siguiente, enterrarse en el papelerío interminable del Quai y así secula seculorum, como lo venía haciendo desde que retomara su vida normal.
No hay nada de "normal" en tu vida, tarado. Había pensado seriamente en ver a la vieja bruja de Meinvielle. ¿Y qué le digo? ¿Qué tal, doctora, ¿sabe?, tuve la oportunidad de conocer a algunos miembros más de mi familia. Con uno de ellos tuve una relación fugaz: le vacié un cargador entero en las tripas'.
 Acababa de salir del hospital de ver a su padre. En menos de dos días Jean-Pierre le había sonsacado con habilidad digna de sus galones, información acerca de todo el operativo desde que comenzara en Génova. Se encontró contándole a su padre acerca de la Orden y de cómo habían llegado hasta la organización dos años atrás, mientras Jean-Pierre se fumaba sus Gauloises uno tras otro a escondidas de las enfermeras. Golpearon a la puerta y la enfermera asomó con la clara intención de despachar visitantes inoportunos. Él prometió que se iría en cinco minutos.
— Cinco minutos— refunfuñó la última representante de las huestes de Vercingétorix—. Y usted, apague  ese cigarrillo. Esto es un hospital, ¿no sabe que no se puede fumar?
 Jean-Pierre le tiró un beso y un anillo de humo por toda respuesta, y la pelirroja enrojeció hasta la raíz del pelo. Dio una patadita en el suelo pero se fue con un esbozo de sonrisa en la boca.
 — Es encantadora— sonrió Jean-Pierre.
— Uf, me lo imagino. Encantadora como un sargento de artillería.
 — Bah, perro que ladra...
 — Me voy antes que cambie de idea y me muerda.
 Se estaba poniendo el saco cuando el comentario aparentemente inocente de su padre lo congeló.
— Odette pasó a verme esta mañana.
Marcel gruñó algo así como un “Ah” porque estaba atragantado con su propia saliva. Jean-Pierre continuó:
— Parecía un animalito escapado de un incendio en el bosque.
 Tenía que volverse y mirarlo a los ojos aunque más no fuera para despedirse pero le faltó coraje y se escondió detrás de un Gauloise.
— Hasta mañana. Te dejo dos o tres— Marcel apoyó los cigarrillos en la mesita de noche.
Jean-Pierre lo miró largamente antes de devolverle el saludo.
— Como quieras.
Se quedó sentado en el auto, en la oscuridad del estacionamiento. ¿Qué puedo decirte, que no podemos hablar como adultos razonables? ¿Qué harías en mi lugar si supieras lo que sé? ¿No bastaba con que el hijo de puta la hubiera violado? ¿No era ya suficiente castigo llevar la misma sangre que todos esos malparidos? ¿Tenían que quitarme también a mi hijo? Pero... Y si no era mío... ¿Habría podido vivir con la duda?
Sabía que no, y que ella tampoco, y que entonces... Las entrañas le dolieron con una intensidad desgarradora. Sacudió ambos puños y golpeó la frente contra el volante, sintiendo que el auto se le encogía encima. Bajó sin pensar y volvió corriendo al hospital. La pelirroja se le cruzó en el camino y contuvo las ganas de sacársela de encima de un empujón.
— El horario de visita terminó— ladró la tipa.
— ¡Necesito hablar con mi papá!— la voz se le descontroló.
 La mujer abrió los ojos muy grandes y se apartó despacio.
 — Hablen en voz baja. Esto es un hospital, ¿sabe?
 Entró sin golpear: la habitación estaba a oscuras y estuvo a punto de dar media vuelta y correr al auto. Soy un boludo de primera categoría, ¿qué carajo estoy haciendo? ¡Pendejo!
 — Marcel...— la voz de su padre lo llamó en la oscuridad y entonces vio la brasita diminuta.
Jean-Pierre encendió la luz de noche: estaba sentado, fumando. La mano grande y cálida que sostenía el Gauloise, la sonrisa cómplice, la mirada preocupada como cuando le revisaba los machucones en las piernas.
¿Dónde estuviste todo este tiempo, papá?
 Jean-Pierre palmeó la silla junto a la cama.
 Marcel se sentó y dejó caer la cabeza, con las manos entrelazadas entre las rodillas.
 — Cristo, no sé por donde empezar... Creo que ... es demasiado largo.
— Tenemos tiempo.

HOSPITAL HÔTEL DIEU. VIERNES POR LA MAÑANA
Golpearon a la puerta, la enfermera abrió y le cedió el paso a alguien.  Jean-Pierre estaba de espaldas saboreando el primer Gauloise del día y disfrutando de la noticia de su alta. Volteó, pensando que sería Marcel, y se quedó mudo al ver a Valentina Contardi Bozzi de pie en medio de la habitación, junto a la cama.

 — Marcel me acompañó— Valentina sonrió tímidamente a modo de saludo—. Está afuera, hablando con los médicos.
Repentinamente, Jean-Pierre no se sentía siquiera en condiciones de respirar. Valentina se acercó a la silla y se sentó. Cuando Marcel le había contado de su reencuentro con la anciana, la punzada de culpa lo había paralizado y por lo visto también lo había dejado sordo, porque no recordaba que Marcel hubiera mencionado que Valentina estaba en París.
 — Dijeron que mañana te dan el alta— continuó Valentina, mostrando un coraje que él no era capaz de igualar.
 Jean-Pierre se sentó en el borde de la cama y el cigarrillo se le cayó de la mano. Valentina lo recogió y se lo tendió y él lo tomó temblando.
— ¿Cómo estás? De salud, quiero decir. Marcel me contó de... del tiroteo...
 Tenía que arrancarse esa culpa tremenda que le desgarraba el pecho. Cerró los ojos y habló a borbotones.
 — Lo siento... Lo lamento tanto...— no le alcanzaba el aliento y la voz le salió miserablemente ronca—. Yo... no supe hacerla feliz. No pude. Yo...
— Nunca hubiera podido ser feliz— susurró Valentina.

 Jean-Pierre lloró sin vergüenza.
— La amaba pero me equivoqué— murmuró escondido detrás de las manos—. Nunca, nunca debí alejarla de esa forma de usted; debí haberme quedado con ella cuando se enfermó, aunque me rechazara... Dios Santo, cometí tantos errores que no sé si tendré perdón alguna vez...
— Yo también cometí errores terribles... Pero Dios nos perdonó a los dos— Jean-Pierre levantó la vista y Valentina tenía los ojos arrasados mientras le tomaba las manos —: tenemos a Marcel.

QUAI DES ORFÉVRES, EL MISMO DÍA 
Odette subió las escaleras a toda velocidad, devolviendo los saludos tímidos sin mirar a nadie y se encerró en su despacho después de murmurar algo así como un “buenos días” en respuesta a la andanada de saludos. Despachó a Sully, que asomó con la pobre excusa de ofrecerle café, y pidió que no la molestaran durante un rato.
Bueno, algún día tendría que pasar: no podía quedarme eternamente atrincherada en casa.
La oficina bien podría haber sido la celda del Hombre de la Máscara de Hierro, por cómo se sentía ella dentro. Tuvo que reprimir el impulso de correr hasta la calle. Miró por la ventana al patio interior, poblado de ventanas grises y anónimas iguales a la suya. Allí arriba se distinguía un cuadradito de cielo despiadadamente azul. Encontró su propio reflejo en el cristal moteado por la lluvia de dos días atrás: una silueta perfilada en negro, el negro de aquel vestido de lana suave que a él le gustaba tanto. Se lo había dicho hacía un siglo, “ Me gusta cómo te queda el negro” y le había dibujado el cuerpo con las manos. Se apartó del reflejo de su rostro en el vidrio: no había maquillaje posible para su miseria interior. Volvió la mirada al escritorio con los expedientes escrupulosamente acomodados por fecha y número.
Sully habrá estado a sus anchas poniendo orden en el maremagnum y despellejándome por el despelote de papeles. Ya que le gusta tanto el orden, no le vendría nada mal una temporadita en el Archivo. Reflexionó sobre la acidez de sus pensamientos: Pobre Sully, no tiene la culpa de lo que me pasa. 
“Te perdí”, susurró y la angustia le apuñaló el costado. ¿Cuánto hacía que no sabía nada de él? Había llorado como una idiota al volver al departamento enorme y vacío. Nunca lo había sentido tan impersonal en su glacial elegancia, lleno de objetos bellos pero sin vida, y ahora comprendía que lo que lo hacía hermoso eran las camisas de él colgadas de cualquier manera entre su propia ropa; los perfumes y los suéters que ella le había regalado y que él desparramaba por el vestidor; su ropa interior, sus libros, su música favorita y sus latas de cerveza; el abono al canal de deportes y los paquetes de Gauloises en cada cajón que abría.
¿Tendría ella el coraje de estar ahí cuando él fuera a llevarse el rastro de su paso por su historia? Por supuesto que no.
Se sentó pesadamente y apoyó la frente en las manos acopadas, apretándose los ojos para no llorar. Trabajar y trabajar para perder la noción del tiempo y de los sentimientos. Aturdirse con papeles estúpidos y reportes interminables; esperar el caso siguiente y morirse de a poco ahogada en rutina, para no pensar. Era un ejercicio que conocía bien por haberlo practicado durante años.
Pero él no está muerto: está vivo, palpita y siente; lo herí profundamente y ahora me odia. Peor: me desprecia. ¿Cómo voy a vivir con esto? El desgarro interior la dobló en dos y hubiera gritado de dolor hasta enronquecer si hubiera podido. Y en cinco segundos el Quai en pleno tira la puerta abajo.
A punto de meterse una barrita de chocolate en la boca, recordó las veces que lo había provocado con el gesto y dejó el chocolate en paz. Se enterró entre los papeles, dispuesta a olvidarse de sí misma. Lo logró bastante bien, porque cuando notó que le dolía la cabeza, eran más de las nueve de la noche. Espió por la hendija de la puerta: no había nadie. Tomó el bolso y se escurrió hasta la playa de estacionamiento como un fantasma.

Abrió, se sentó, puso la llave y dio arranque, todo sin mirar. Ni un puto ruidito a encendido. Llena de odio por la tecnología moderna, se bajó con ganas de patear las puertas  y sentarse en el suelo a llorar de rabia y cansancio. Eso es infantil. Cerró el maldito auto y emprendió el camino del puente para tomar el Metro. El tránsito ya era escaso y apretó el paso, empujada por una inquietud que no podría definir. No será la primera vez que asalten a un cana. 
Un automóvil la sobrepasó, cruzando el Pont au Change a buena velocidad. Faltaban unos metros para la avenida Victoria cuando el celular repiqueteó en el fondo del bolso. Tanteó sin mirar hasta encontrarlo.
— Marceau.
— Puta, te estoy esperando...

Clic.
Podría haber sido nada más que un ronquido, una obscenidad susurrada, la jerigonza sorda y casi ininteligible de un animal salvaje, pero la voz era inconfundible y la frase también. Ayrault. Una lágrima de terror se le deslizó por la cara hasta la boca entreabierta.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 48

SEIS DE LA MAÑANA DEL DOMINGO, EN UN HOTEL DEL CENTRO DE LA CIUDAD

— Necesito ver a un médico— gruñó Corrente mostrándole la mano: el pulgar todavía le sangraba si lo apretaba.
Jumbo asintió sin hablar y con cara de aburrimiento: la cantinela de Corrente estaba durando mucho para su gusto.
— ¡Esa mujer está completamente loca!— continuó despotricando el mayor mientras se calzaba los pantalones con una sola mano—. ¡Cristo Santo, me atacó amparada en una placa de la PDP! ¡Me mutiló!
 — Corrente, cierre la boca o se la cierro de un tortazo— masculló Jumbo.
El otro lo miró de mala manera pero algo en la expresión de Jumbo lo hizo cambiar de idea, y terminó de vestirse sin hablar.
— Necesito recuperar algunos efectos personales que la comisario Marceau me sustrajo— escupió Corrente con altanería.
— ¿Quiere hacer la denuncia por robo?— Jumbo preguntó con cara de inocente.
— Se lo tendría bien merecido...
 — Le recuerdo que la denuncia de la comisario contra usted por hostigamiento todavía está pendiente.
 — ¡Hostigamiento! ¡Qué caradura! ¡Ella viola mi intimidad, me ataca y me roba y yo, por tomar unas fotos inocentes, soy culpable de acoso sexual!
— Yo no mencioné el acoso sexual. ¿Lo tomo como una confesión?
 — ¡No se haga el gracioso!
 — Si quiere puedo llevarlo al aeropuerto— Jumbo se ofreció sin hacer caso del malhumor del italiano.
— No, gracias, puedo arreglármelas solo— ladró el otro. Luego miró la hora y dijo:— Capitán, tengo que hacer un llamado en privado. Si no le es molesto...
 Jumbo se encogió filosóficamente de hombros
 — Comprendo. Entonces, ya que no me necesita, me despido.

 Mientras él se alejaba hacia la puerta, Corrente se quedó rebuscando en el escritorio. Apenas salió de la suite, Jumbo llamó al oficial de Comunicaciones que esperaba en el estacionamiento del hotel, con un equipo de rastreo de llamadas. Cuando llegó a la camioneta, el hombre ya había pinchado la llamada de Corrente. El número correspondía a Milán y el mensaje era escueto. “Ruggieri, Massimo. Anulación definitiva de la transacción.” El oficial de Comunicaciones frunció el ceño sin entender. Jumbo había entendido a la perfección.

 QUAI DES ORFEVRES, LUNES POR LA TARDE

Los últimos dos días no habían sido gratos para Sulamit, yendo de una “localización protegida” a otra con los dos críos a cuestas, y tratando de controlar su propio miedo para no transmitirlo a los chicos. Ahora estaba encogida en el borde de una silla, sudando frío: no era la primera vez que pasaba una noche “adentro”, pero esta vez la situación no era la habitual. Y para colmo, habían dejado a Leo no sabía con quién. La mujer que hacía las preguntas parecía de hierro y trasmitía una sensación de voluntad y fuerza arrolladoras. Los ojos glacialmente grises no exhibían ninguna expresión, más allá del desagrado por lo que escuchaba. Se había mostrado cortés con ella y los nenes pero ya a solas, el interrogatorio había sido despiadado.
 Me va a encanar, estoy segura. 
Aguantó el pánico mientras firmaba sin ver una hoja, que otra mujer tan desagradable y fría como la primera— una jueza de instrucción —, le había puesto delante.
Y yo que creía que las tipas eran más suaves que los cabrones de los keufs. La habían escoltado hasta otra sala. Las luces se apagaron y se encendieron del otro lado de un cristal: entre los hombres en fila estaba el Nene Rimbaud. Ella comenzó a sentir nauseas por el miedo pero lo identificó, temblando como una hoja. Si tenía que hacerlo en un juicio, ella era carne de cañón. Se lo susurró entre sollozos a la tipa de gris. Volvieron a la sala de interrogatorios.
Dios, no me voy a salvar... 
Se retorció las manos con desesperación. Mi nene... Si tan sólo me aseguraran que a mi nene no le pasará nada... No se había dado cuenta de que la jueza también había entrado.
 — Sulamit Chenayeb, no hay cargos en su contra. Puede retirarse cuando lo desee— le informó la jueza y ella se sentó por la sorpresa—. Está incluida en el programa de protección de testigos. Le sugiero que regularice su situación migratoria cuanto antes.
 La tipa le tendió una tarjeta con el relieve del Ministerio de Justicia sin que se le moviera un músculo de la cara.
— Con la visa de residente le será bastante más fácil conseguir otro tipo de empleo. El Estado está organizando unos programas interesantes que incluyen el BAC (1) . Póngase en contacto con la persona que le indico aquí.
 Sulamit miró la tarjeta y miró a ambas mujeres. La de gris sonreía apenas pero el gesto le suavizaba la expresión adusta. Bajó las escaleras del Quai sin poder creerlo todavía. Le habían dicho que Leo la esperaría afuera y ahí estaba, de la mano de un hombre moreno de alrededor de veinticuatro años, bronceado y de rasgos agradablemente masculinos. Leo corrió a abrazarla y ella se aferró a su hijo como a un salvavidas. El hombre se identificó como el teniente Fabricio Rinaldi y los llevó hasta un automóvil con cristales oscuros, estacionado a unos metros de la entrada al Purgatorio identificada con el número 36.
 En cuanto vea en dónde vivo... pensó ella y enrojeció hasta la raíz del pelo. Cuando estaba a punto de bajar, se volvió hacia el hombre, suplicante.
 — Dígale... a Ortiz que yo no quería... Que por favor me perdone...
El hombre sonreía sin hacerle caso mientras sacaba un sobre del bolsillo, llamando “pequeña compensación” al contenido suficiente para comprarse una casita y vivir sin problemas el resto de su vida.
Y me va a sobrar plata para pagarle el Liceo al nene. No sabía de qué modo darle las gracias. El hombre los acompañó hasta la puerta mal pintada y ella volvió a ruborizarse.
— ¿Puedo ser curioso? Fernando le contó al coronel cuánto se preocupó usted por él, y que usted le cantaba. ¿Cómo se entendían?
— Yo le hablaba en ladino— y ante el gesto de desconcierto del teniente, ella aclaró: — es el español que hablan los judíos sefaradíes. Mis abuelos, ¿sabe?, ellos me enseñaron, lo mismo que las canciones. Son muy hermosas. Las canciones, digo.
Rinaldi asintió.
— Mis abuelos también me enseñaron su idioma y sus tradiciones. Es bueno conservarlas, ¿no?
Se sonrieron y el hombre se metió al auto. Ella levantó a Leo en brazos.
— Te invito a comer al lugar que más te guste.
— Quiero ir a casa, mami.
 — Seguro, mi bebé. Vamos a casa.

 MARTES, TEMPRANO POR LA MAÑANA EN LA WOLFFSCHANZE 

Marcel lanzó un vistazo previsor al pasillo para asegurarse de que nadie lo seguía. Lejeune se alejaba hacia las escaleras cuando él se deslizó, sin hacer ruido, hasta el que fuera el despacho de Ayrault. Revisó el lugar a toda velocidad.
Dónde carajo estará... Tiene que haberlo dejado ahora, no tuvo otra oportunidad mejor. 
Repasó todos los cajones del escritorio y hasta se tiró debajo de él. Irritado, se apoyó en el sillón monumental mientras pensaba en dónde podría estar el maldito aparatito. ¿En la lámpara del techo? Necesitaría una escalera y no había ninguna cerca. No estaba en la lámpara de escritorio, ni en el mueble de archivo. ¿Qué era lo que todavía no había revisado?, sacudió el sillón.
Mierda. El sillón.
Repasó la superficie mullida con las yemas de los dedos, sintiendo cada pliegue del cuero. No en el asiento, cualquiera que lo usara se daría cuenta. Bajó la mano hasta la parte inferior y su índice detectó un tajito mínimo en el tapizado. Forzó el dedo por la abertura y encontró lo que buscaba.
Y ahora, dilema de conciencia: si lo saco, sabrán que sabemos y quizás intenten algo peor. Si lo dejo, lo harán en nuestras narices y vuelta a empezar detrás de ese condenado hijo de puta.
 El bip-bip del buscador le ahorró el resto de sus dudas retóricas: Michelon lo llamaba. Dejó lo que había encontrado en donde estaba, resignándose a lo que el destino disfrazado de Orden del Temple, les deparara a Ayrault y a la Brigada Criminal.
 **** 
Michelon no pudo esconder la expresión de disgusto al ver a Lejeune pasearse por las instalaciones de la Wolffschanze, oficialmente allanada por la Brigada Criminal y en pleno procedimiento de requisa. Le hizo una seña a Meyer y éste dejó su puesto junto a los oficiales de Sistemas, y salió tras Lejeune como un perro detrás del rastro y con la pertinente cara de bulldog. Dubois se acercó obediente y esperó sus órdenes en silencio. Desde que había regresado a la guarida de Ayrault, luego de la misteriosa desaparición de la madrugada del domingo, Dubois sólo abría la boca si alguien le preguntaba algo; el resto del tiempo, el capitán mantenía las mismas expresividad y comunicatividad que una pared.
Michelon estaba al tanto de lo ocurrido en la mansión gracias a Massarino, que había mantenido una larga conversación con el inspector general Lejeune. De resultas de dicha conversación, Lejeune se había hecho cargo de una muy necesaria limpieza en el hôtel particulier del XVII° al mejor estilo RG. Verbigracia: sin que trascendieran más detalles que los de un frustrado intento de robo a mano armada en el domicilio particular de un empresario extranjero. El comunicado de prensa era más digerible— y publicable—, que la versión mucho más ajustada de”secuestro de menor” y “diplomático extranjero”, que hubiera generado toneladas de papel de diario.
Madame espió de reojo a Dubois, plantado detrás de ella. Parece un zombie. Le hizo señas y el otro se le puso al lado.
— Todas esas cuentas que están apareciendo— señaló las pantallas—, ¿teníamos registro de esto en el material de Henri?
— La mayor parte— comentó Dubois mientras leía los papeles recién impresos—. No hay mucho nuevo aquí...— Dubois cerró repentinamente la boca.
Se le erizaron los pelos del lomo, pensó Madame al verle la mirada oscura: Lejeune regresaba al centro de cómputos.
 — No puede mantenerse alejado de esta habitación— rezongó Madame.
 Desde el otro extremo, Viktor Witowlski de Sistemas asomó primero los lentes, después el resto de la cabeza y el cuerpo. Abrió la boca pero la presencia de Lejeune lo hizo cambiar de idea. Al pasar delante de ellos, se detuvo a saludarlos.
— Comisario Michelon, qué gusto verla.
Witowlski la había saludado dos horas antes. Madame enarcó una ceja interrogativa y Witowlski señaló al cielorraso. Dubois sacó un Gauloise y mientras se cubría la boca con las manos para encenderlo, murmuró:
— ¿El despacho principal?
— Sí.
— Espérenos ahí en cinco minutos— ordenó al tiempo que soltaba una bocanada de humo.
 Witowlski tosió y siguió hasta el extremo de la fila de pantallas. Ellos dos continuaron interesados en los papeles que leían hasta que Lejeune dejó de observarlos.
 — Quiero ver los subsuelos de este lugar— anunció Michelon y Dubois la escoltó por el pasillo.
Subieron igual que chicos haciendo una travesura; Witowlski los estaba esperando. El teniente estaba tan excitado con sus descubrimientos que casi no le acertaba a las teclas.
 — Es otra contabilidad, distinta a la de abajo. Una sola persona tiene acceso a ésta: los log-in son siempre los mismos. Verifiqué otras dos cosas: uno, ninguna de las otras terminales accede a este sistema aún con el mismo log-in, por lo tanto no están conectadas y ésta sí. Segundo, es siempre la msima persona porque— Witowlski sonrió pretencioso—, comete siempre los mismos errores de ortografía.
 Madame sonrió satisfecha de la perspicacia de Witowlski.
— O sea que podríamos haber tenido un presidente de Francia que no sabe escribir el francés.
Los tres se rieron bajo pero a Dubois la risa no le duró y le pidió a Witowlski que entrara al sistema.
Aunque no entendieran una palabra de contabilidad, inclusive un chico podría comprender los saldos bancarios que denunciaban que el ex-futuro presidente de Francia poseía mucho más dinero que lo que sus actividades ilícitas podían justificar.
— ¿Qué significa esto entonces?— se preguntó Michelon a media voz, mientras se hamacaba en el sillón enorme.
Dubois apagó el Gauloise y encendió otro antes de responder mirando la brasa.
— Que estaba estafando a todos sus socios.
— Eso ya lo sabíamos: tenemos los registros de desvíos de fondos de las campañas además de los ingresos por las armas también.
— Los ingresos “oficiales” por las armas querrá decir. Estos montos — Dubois señaló varios renglones —, no se corresponden con porcentajes de comisión: son valores de embarques como los que yo negocié.
 El capitán la miró a los ojos por primera vez en toda la mañana y siguió hablando.
— La muerte de Giuliani no se debió sólo a que se oponía a la nueva "business line" de Ruggieri, sino que fue la excusa para justificar la “pérdida” del embarque que Ayrault después negoció por las suyas, quedándose con todo. Ruggieri tuvo su tajada, cierto, pero intuía que la jugada era demasiado peligrosa y estaba asustado. No estaba decidido del todo a poner BCB en manos de su socio: Ayrault había comenzado a robar a la Orden y le estaba tomando gusto.
— Entonces, ¿por qué participar del secuestro si tenía el dinero que quería?— preguntó Madame.
— Ayrault no es tan cretino como para no saber que sus socios ya lo tendrían bajo estrecha vigilancia gracias a los "inconvenientes" que él mismo había inventado. Seoane le ofreció una carnada que él no podía rechazar: eliminar a los número uno y repartirse la organización entre ellos. Era perfecto para Ayrault. Nunca imaginó que Seoane no tenía intenciones de repartir nada y que pensaba liquidarlo, lo mismo que a los demás.
 Michelon sacudió la cabeza.
 — ¿Y si llegaba al Elysée? Las encuestas eran impresionantes. Y con ese programa del sábado se había metido al electorado en el bolsillo. Jesús, el desgraciado se oía tan convincente, tan patriótico, que si yo no hubiera sabido lo que sabía...
 — Hubiera tenido una posición envidiable para negociar. O muy vulnerable, no sé. El poder es la tentación suprema. Quién sabe si no deseaba llevar un anillo de sello él también: Presidente, Gran Maestre...Muchos sueños de poder juntos.
Transcurrió un silencio interrumpido sólo por el arder de la brasa del Gauloise con cada pitada, mientras Witowlski los miraba con temor reverente y sin atreverse a respirar. 
— ¿Cuáles son los bancos, Witowlski?— preguntó Michelon y el teniente imprimió los datos.
Madame apretó los labios con resignación
—Bueno, no esperaba otra cosa: están fuera de nuestro alcance. Sólo habrá orden judicial cuando se inicie el proceso y si esto sale a la luz. Y la verdad es que no me atrevo a poner las manos en el fuego por nadie. Durante este tiempo que Marceau siguió los asesinatos de este animal, me desengañé de unos cuantos jueces.
 ¿Le había parecido a ella o la mención de los crímenes y de Marceau habían hecho que Dubois se quedara congelado durante un instante? Y a propósito, ¿dónde cuernos se metió Marceau?
 — Unos cuantos deben andar detrás de esta información— comentó Dubois a sus espaldas.
— No sé para que le serviría a nadie— intervino Witowlski —. Son cuentas con claves de identificación electrónica que conoce únicamente el titular. Cualquier intento de hackearlas hace saltar las firewalls del sistema, y el atacante queda señalado por un flag electrónico que permite rastrearlo por cualquier sistema de comunicación. Es algo así como un Echelon para bancos. Mejor que el Carnivore del FBI— al teniente le brillaban los ojitos de excitación—. El titular de una cuenta de éstas puede operarla desde cualquier parte del mundo...
 — ... incluso desde la cárcel — Michelon terminó la frase y Witowlski se quedó con la boca abierta.
— ¿Podríamos pinchar las llamadas que haga este tipo y tratar de rastrear las cuentas?— preguntó Dubois.
 — Imposible: la llamada se interrumpe. El sistema detecta la interferencia y anula la operación.
 Dubois apretó los labios hasta que se le pusieron blancos y después murmuró.
— No podemos hacer nada... Volvamos abajo o Lejeune comenzará a sospechar.
 — ¿A qué se refiere con que no podemos hacer nada?— Madame preguntó al capitán mientras bajaban. — Impedir que la Orden del Temple recupere el dinero que Ayrault les robó— Dubois la miró inexpresivo.
 — ¿Cómo lo sabe?
Dubois se encogió de hombros.
— Tengo la corazonada.

****

 Eran más de las ocho de la noche cuando Lejeune volvió a rondar el despacho de Ayrault. A esa hora, el personal de la Brigada Criminal había terminado la requisa precintando el edificio completo, y no quedaba un solo archivo electrónico o en papel que la Brigada no hubiera detectado y registrado.
Bien por Michelon, pensó con sombría alegría. Del sillón extrajo un transmisor inalámbrico miniaturizado y sintonizado con su sistema de audio, que personalmente había instalado durante las primeras horas del día, cruzando los dedos para que nadie lo sorprendiera en una situación cuanto menos sospechosa, porque, ¿qué tendría que hacer el director de RG, inspector general Patrice Lejeune, hurgando en el tapizado de un sillón giratorio? Se metió el mic en el bolsillo del saco y lo palmeó satisfecho.
Los hombres de la Brigada sí que eran eficientes: ese Witowlski valía su peso en oro.
 Ni hablar de Dubois: Michelon sabe elegir a su gente.
Hizo el llamado desde su auto.
— Habrá que hacerlo salir — concluyó y recibió autorización para proceder.
 Un elemento de la Orden que él no conocía tomaría contacto para organizar los movimientos. Le dieron el nombre, que no significaba nada para él: Gaetano Corrente. Con la satisfacción del deber cumplido, Lejeune puso el auto en marcha y se fue a casa.

(1) Bachillerato

jueves, 7 de junio de 2012

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 39

NUEVE DE LA NOCHE
En la biblioteca, la mesita rodante con el servicio de café esperaba obediente junto a los sillones. El viejo tomó su posición de mando en su bergère. Odette se acomodó en el bergère más alejado, todavía luchando con sus propios infiernos, la frente apoyada en una mano. Marcel y el coronel se quedaron de pie, en guardia.
— ¿Cuándo se comunicaron con Uds. los secuestradores?— Marcel interrogó a Ortiz.
— La primera vez, el día del secuestro, el jueves. Nos dijeron que deberíamos venir a París para el ‘intercambio’. Se comunicaron por última vez hoy por la tarde. Nos dan un número distinto al que llamar cada vez y nunca hablan el tiempo suficiente para permitir rastrear las llamadas.
— ¿Les dieron alguna indicación de cómo y dónde deben hacer ese intercambio?
— Todavía no. La última vez llamamos nosotros para informar el número que usamos aquí.
— ¿Tiene grabaciones de los llamados?
— Sí— Ortiz encendió una laptop, activó un programa anti-distorsión y se escuchó una voz masculina, algo ronca.
El primer llamado sonaba particularmente monótono, sin dar espacio para hablar a los del otro lado. Una grabación. En el segundo, el que hablaba se había regodeado en la desesperación del que respondía. El tercer llamado duraba menos de veinte segundos y la voz era diferente. Otra grabación.
— ¡Yo conozco esa voz!— la voz queda de Odette lo sobresaltó: casi había saltado desde el fondo del bergère—. El segundo llamado: quiero escucharlo.
Ortiz hizo lugar y ella se acercó a operar los controles, adelantando y retrocediendo la grabación hasta localizar una frase determinada. La pasó varias veces, subiendo el volumen y refinando la calidad del sonido.

"Debería darme las gracias por ocuparme tanto de él. Tengo una buena idea de cómo me lo
puede agradecer"...

— ¡Es él...!— farfulló Odette— ¡El tipo del auto en la avenida Vincennes! ¡"Deberías estar agradecida por la oferta"!— rememoró en voz alta—. ¡Maldito hijo de puta, estabas ahí!— golpeó la mesa con el puño cerrado.
— ¡La avenida Vincennes! ¿Qué hacía en esa calle de busconas, comisario?— preguntó el viejo, medio divertido.
— Mi trabajo...— ella le lanzó una mirada seca como un navajazo—. ¿Qué hora es?
— Las nueve— respondió Ortiz mirando su reloj.
— ¿Coronel, hay algún televisor que podamos usar? Creo que sé quién es el que habla. ! Por favor... ! — lo urgió.
Ortiz descubrió una pantalla de home-cinema tras un panel pintado en trompe-l’oeil y le entregó el control remoto a Odette, que sintonizó ansiosa un canal tras otro.
— ¡Ahí está!— corrió a grabar el audio. Luego de un minuto apagó el televisor y los miró con expresión de predador.
— Es él—sibiló.
— ¡No es posible! — replicó Ortiz.
— ¡En el nombre de Dios!— Odette se irritó—. ¿Tiene un programa de identificación de voces?
— Hay uno en el servidor...
— ¡Búsquelo!— ladró imperiosa.
Ortiz tecleó nervioso y los tres se arremolinaron frente a la pantalla. Ya no cabían dudas; las voces pertenecían a la misma persona: Jean-Jacques Ayrault.

****
Ortiz estaba demudado y soltó un insulto grueso en su propio idioma.
—Su socio para Europa continental— afirmó Marcel con calma—. El que junto con Ruggieri pretendía utilizar los embarques de BCB como pantalla para el contrabando de armas. Qué mala elección, coronel: el hombre carece de sentido del honor— se burló—. En todo este tiempo que investigué a Ayrault, aprendí que el tipo no es inteligente: es astuto, intuitivo y sanguíneo, pero no puede ser el cerebro de nada. Había alguien más moviendo los hilos. Pero Ayrault es demasiado vanidoso y ambicioso como para aceptar ser nada más que un intermediario, y quería armar su propio negocio. Muy oportunamente, apareció alguien que podía ayudarlo a dar el golpe, traicionando a sus socios originales. No me importaba en lo absoluto: si Uds. se jodían, nos hacían un doble favor. Pero cuando Ayrault y su nuevo socio hicieron la jugada, fue en una forma que no esperábamos y terminamos metidos todos hasta el cuello en esta mierda. Ese alguien tiene otros planes y ahora ustedes tienen al enemigo durmiendo en casa.
A Ortiz se le oscureció el semblante. ¿Qué es lo que oculta? pensó Marcel.
— Y por ganar el juego más grande preferiste desaparecer cuando Michelon te dio la orden de regresar— a sus espaldas, Odette habló con voz tenue—. No esperaba que respondieras mis mensajes, pero ni siquiera llamaste a Meyer cuando te avisó que habían baleado a tu padre.
— ¿ Qué ... ?— la enfrentó horrorizado.
— Hiciste el check-in para un vuelo Milán-Estrasburgo-París que no pensabas tomar: era sólo para despistar a los tipos que Ayrault te había mandado detrás. Alguien verificó los Dubois en ese vuelo, otro Dubois subió en Estrasburgo y alguien en París equivocó el blanco.
Mi viejo. Las entrañas se le retorcieron de remordimiento. No mi viejo, en el nombre de Dios. Odette continuó.
– Alessandra era tu informante. Iba a decirte quién era el socio de Ayrault y cómo llegar a él, ¿no es cierto? Ese sí hubiera sido un golpe en el riñón de la Orden. Pero Ayrault llegó primero, hizo hablar a Alessandra y la mató; preparó la evidencia en contra de Marco Delbosco y te mandó a sus esbirros. Te quedaste sin la última pieza del rompecabezas y con un dilema de conciencia: ‘si dejo que metan a Ayrault en la cárcel nada más que por homicidio, me pierdo la oportunidad de llegar al socio más peligroso’.
— Hubieras hecho lo mismo— Marcel la refutó entre dientes.
— No. Ya no me importan las luchas de poder en la cima del mundo. Me quemé las manos una vez y el dolor es inolvidable. Soy una vulgar cana de la Crim y Ayrault ya asesinó a doce mujeres. Quiero mandarlo adentro por el resto de su puta vida y nada más. De los demás— Odette miró de reojo hacia Ortiz—, que se ocupen otros. Yo no puedo. No quiero. Tengo miedo de lo que pueda encontrar.
“La perra lo traicionó". "Acaba de negociar con Ortiz”, repitió la voz dentro de su cabeza y Marcel apretó los puños para esconder el ímpetu horrible de estrangularla. ¿Por eso nada más te importa esa mierda de Ayrault? ¡Me traicionaste! “Todos tenemos un precio”, se burlaban. Una metralla de flashbacks se superpuso a la voz: la limusina, los golpes, los insultos, las vejaciones... La voz recia que insistía: “¿Quiere que le suplique a los gritos que la saque de aquí?" “Está asustada... ” El pulso homicida pasó dejándole sabor ácido en la boca.


— No voy a discutir ahora sobre quién tiene la razón— masculló y se volvió hacia Ortiz—. Hay problemas más urgentes de qué ocuparse. Coronel, estos tipos conocen todo: desde le recorrido del auto que llevaba a su hijo, hasta cómo reaccionarían ante cada ataque. Sabían cómo despistarlos con lo del MOSSAD, que no tienen hombres en Francia, ¿qué más saben, Ortiz? ¿Exigieron dinero? ¿No le habrán pedido datos de ciertas cuentas bancarias de sus amigos SS? Porque ustedes conocen todos esos datos, ¿no es cierto? ¿No es cierto que son los propietarios de los bancos donde están esas cuentas?
Ortiz se quedó rígido y sin palabras. El viejo mantuvo la expresión hierática pero los nudillos apretados en la empuñadura del bastón estaban tan blancos que parecía que se le saldrían de las manos. Bueno, Dubois, te liquidan ahora o seguimos juntos hasta el final. Ya no hay secretos entre nosotros, ¿eh, viejo de mierda? Los ojos de cristal lo fusilaron, pero ya no le importaba. Continuó con los dientes apretados.
— No nos queda más remedio que ser aliados por una noche porque creo que vamos detrás del mismo hombre, del que Ayrault es nada más que el instrumento. Así que piense, coronel, quién además de ustedes dos, conoce tan íntimamente los secretos de la Orden.
— José...— ¿le pareció o en la voz del viejo había una vacilación?— que traigan a...
— ¡Al hijo de mil putas de Seoane!

NUEVE Y MEDIA DE LA NOCHE
La puerta se abrió estrepitosamente y entraron tres hombres armados.
— ¡Todos quietos!— aulló el primero.
— ¡Schmidt!— gritó Ortiz, pero el tipo lo golpeó en el estómago con el arma; Ortiz se dobló de dolor y trastabilló sin aire. Schmidt le arrancó la Glock de la cartuchera y lo sentó de un culatazo; después balanceó la punta del fusil entre el viejo, el coronel y él. El que venía detrás avanzó hacia Odette, después de asegurarse de que nadie más estuviera armado. Un tercer hombre, más joven que los dos primeros, se quedó de guardia frente a la puerta.
— ¡Vaya con ellos!— ladró el tipo a Odette, señalándolos con la punta de la Kalashnikov. Ella retrocedió, simulando tropezar con una mesita y consiguiendo que el hombre perdiera la paciencia y se abalanzara sobre ella. La maniobra de distracción cumplió su objetivo: Schmidt dejó de vigilarlos para observar de reojo lo que pasaba.
Marcel se abandonó a la adrenalina le quemaba en las venas. Sus músculos se prepararon para dispararse en un soberbio alarde de reflejos condicionados. Matar. Aquí, ahora, con mis manos. El túnel y del otro lado, el objetivo: la presa, la víctima. Primero estos imbéciles, después Ortiz y el viejo. Casi tuvo un espasmo de placer.
Hizo una finta y Schmidt giró hacia él insultando. Pero él ya no estaba ahí: se había movido una décima de segundo antes del clic del gatillo. Con un movimiento corto y preciso levantó el fusil con el codo, que siguió su trayectoria hasta la sien del hombre, golpeó y rebotó. Schmidt se tambaleó aturdido. Le enroscó el brazo alrededor del cuello y el traquido le dijo que Schmidt estaba muerto. Aflojó el brazo y el cuerpo cayó al suelo con ruido apagado.
El tercer hombre que había quedado junto a la puerta todavía no había reaccionado: los hechos transcurrían demasiado rápido para él y cometió el error fatal de no decidir a quién disparar primero. Marcel lo alcanzó de un salto y lo desnucó en el mismo movimiento.
Odette había rodado por el suelo haciendo caer al tipo que había saltado sobre ella, y pateó la Kalashnikov hacia Marcel, pero el tipo tenía una pistola escondida en la ropa y le disparó. Marcel saltó a un lado y alcanzó el arma mientras se incorporaba, pero el hombre se revolvió hacia Odette y la alcanzó, aplastándola contra el piso; forcejearon pero él terminó de un golpe con su resistencia.
— ¡Suelte el arma o le vuelo la cabeza!— gritó mientras la sostenía con una rodilla contra el suelo y la sujetaba por el pelo.
Marcel amagaba a soltar la Kalashnikov calculando una finta, cuando un cuarto tipo armado entró a la habitación, seguido de dos más que los encañonaron. De una ojeada el cabecilla verificó los daños y masticó una obscenidad. Marcel tiró el arma.
— ¡Arriba, puta!— el que tenía a Odette la levantó por el pelo.
— Dejen a Dubois acá— ordenó el recién llegado—. Los otros tres, abajo.
La mirada del tipo no dejaba dudas acerca de qué les esperaba “abajo” a los demás. Se quedó a solas con él, a prudente distancia y apuntándole con la ametralladora.
— Usted es un hombre demasiado valioso para perderlo. Estoy dispuesto a ofrecerle un trato: Ortiz está acabado, en cinco minutos no le quedará gente leal. Únase a nosotros y no se arrepentirá.
La voz y el acento extranjero lo pusieron alerta: era el que había hablado por los parlantes denunciando a Odette cuando él salía de la ducha.
— ¿Por qué debería aceptar la oferta?
— Usted es de los nuestros. Ya lo demostró antes, con ella en el “agujero”: no le importa lo que pierde sino lo que gana. Habrá muchos cambios en la Orden y alguien como usted tiene un valor inestimable.
Marcel miró al hombre tratando de no desviar los ojos hacia la puerta: se escuchaban los gritos de los otros, arreando a los prisioneros. Una luz se hizo lugar en medio del torbellino que era su mente y asintió con media sonrisa irónica.
— Usted parece conocerme bien, pero yo no tengo el placer.
— Mayor Jorge Schwartz, Ejército Argentino. Vamos, Dubois, necesitamos hombres de su talla y conocemos sus antecedentes. Estos idiotas desmembraron Europa. Nosotros podemos reconstruir toda la red y el “nosotros” puede incluirlo.
— No tengo nada que perder, ¿eh, Schwartz? y todo que ganar. Hay un problema: Ayrault. ¿Cómo se las arreglarán para sacarlo de en medio? Es el socio de la Orden para Europa.
— Ayrault es un idiota y usted lo sabe tan bien como nosotros. Nos sirvió, lo utilizamos; ya no nos sirve, lo descartamos. Usted es el contacto perfecto: no necesitamos a Ayrault teniéndolo a usted de nuestro lado. Conocemos las porquerías que hicieron Ayrault y su socio Ruggieri. Usted quiere ganar como sea: eso nos gusta. Le ofrecemos a Ayrault como chivo expiatorio: su posición en la PN quedará más firme y respaldada que nunca. En cuanto al resto, usted ya nos conoce. ¿Qué dice?— lo evaluó con frialdad aterradora.
— ¿Cómo sé que no me dispararán por la espalda?— Marcel le dedicó una semisonrisa igualmente helada.
— Porque usted sería nuestro hombre en la PN. La Brigada Criminal es un escalón menor en su carrera, si acepta. Además conoce al socio italiano de Ayrault y puede ayudarnos a poner pie en la empresa, esa BCB, que sería nuestra puerta al continente.
— Parece que tiene poder de representación...— deslizó mordaz.
— Absolutamente.
— De acuerdo— Marcel inspiró para ocultar el estremecimiento.
— Venga conmigo— Schwartz lo hizo pasar delante y lo siguió.
Ni por un segundo Marcel creyó que el tipo dejaría de apuntarle, y relajó los músculos de la espalda. Cuando llegaron a la sala de monitoreo, el coronel y Odette estaban esposados y el viejo sentado en una silla alejada. Delante de cada uno esperaba un hombre armado apuntándoles.
— Liquídenlos— ordenó Schwartz, indiferente.
— Todavía no— intervino Marcel e interpuso un brazo delante de las armas.
— ¿Qué...?— Schwartz se volvió furibundo hacia él.
— Pueden servirnos— levantó una ceja—. Ella es comisario, y un rehén de la PN no se desprecia, al menos hasta que deja de ser útil. Y en cuanto a los otros dos...supongo que... Seoane, ¿verdad?, no conoce todas las claves y todas las combinaciones de todas las puertas, ni todos los números de todas las cuentas.
Schwartz lo miró satisfecho.
— Lo dicho, Dubois: usted nos es invalorable. Enciérrenlos y pongan una guardia— se volvió y le arrojó el arma de Schmidt— Venga con nosotros. Todavía hay mucho que hacer.


MINISTERIO DEL INTERIOR, NUEVE Y MEDIA DE LA NOCHE
Auguste repicó los dedos con impaciencia sobre el teclado mientras la pesada página Web terminaba de descargarse. Le dolían los ojos de buscar en los archivos electrónicos, mientras rezaba porque el registro catastral estuviera actualizado. Conociendo a nuestra burocracia, bien podrían haberse quedado en 1925. De cualquier manera, no importaba: los propietarios que buscaba posiblemente fueran dueños del lugar desde bastante antes.

Los registros aparecieron y la sonrisa de depredador le dio aspecto sombrío a su rostro patricio. Siempre es un placer encontrarse con viejos conocidos. Memorizó la localización, cerró la página y entrando algo ilegalmente con la password robada a un distraido tenientito de Sistemas, borró su paso por el server, precaución que nunca estaba de más en los tiempos que corrían.
Salió con calma de su despacho en el MI, saludó a los oficiales de la guardia nocturna y apenas se metió en el auto, salió derrapando hacia el Quai.

jueves, 9 de febrero de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 34

VIERNES, AL AMANECER



— Señor...
Lejeune levantó a medias la vista de la nota que leía e interrogó al teniente con la mirada. El otro se mordisqueó el labio superior antes de hablar.
— Está resistiendo demasiado.
— ¿Qué dice el médico?
El teniente meneó la cabeza con un gesto entre negativo y desalentador. Lejeune sintió que la rabia le estrujaba el escroto. Lo necesito receptivo. La Orden lo necesita. Ortiz me cortará las pelotas en pedacitos si este condenado de Dubois no colabora. 
Aplastó los papeles sobre el escritorio y azotó el sillón contra la pared.
Dubois y la puta que te parió.
Sacó el sobre blanco con la tarjeta que había traído uno de los grupos de apoyo recién llegados. “Ella sabrá quién la envía”, le había asegurado Ortiz la noche anterior, cuando él lo había llamado para pasar el reporte de situación.
 Quieren resultados, carajo. Está bien, voy a dárselos.
Tamborileó los dedos sobre el escritorio. El relevo de Michelon estaría fuera del país un día más del previsto y eso le había empeorado el malhumor.
  Carajo, este boludo de Ayrault casi nos echa encima a toda la Brigada Criminal.
En la sala de monitoreo, los hombres se aburrían frente a las pantallas y el oficial a cargo de la de la celda de Dubois le cedió el lugar. Lejeune activó el micrófono.
— Capitán, insiste en no entrar en razones— no obtuvo respuesta pero no esperaba otra cosa—. ¿Quiere hacerse matar?
Cero reacción. Te lo buscaste, boludo de mierda.
— Lo necesitamos vivo y con muchas ganas de colaborar, pero mi paciencia y mi tiempo tienen límites. No así mis métodos. ¿Quiere seguir probando?
El “váyanse al carajo” fue menos que un susurro pero se escuchó.
— ¿Sabe, Dubois? No soporto a los héroes. Sostengo que son todos unos boludos y Ud. no es la excepción. ¿Quiere saber qué es lo que está haciendo la comisario Marceau en estos momentos? Está a punto de venir a ver lo que queda de Ud. Si yo estuviera en su lugar, trataría de recomponerme un poco — hizo una pausa.
¡Tiene que reaccionar!
El silencio se prolongó demasiado.
— ¿No me cree? Siempre hablo en serio, mejor que lo aprenda. Preste mucha atención porque su aprendizaje empieza ahora.

QUAI DES ORFÉVRES, VIERNES A PRIMERA HORA DE LA MAÑANA
Con el pretexto de confrontar las pruebas fotográficas, Odette había pasado buena parte de la noche en el laboratorio junto a Paworski, a la espera de alguna condenada señal de detección del radiofaro. A las tres y media el ingeniero le rogó compasión y ella lo mandó a dormir.
Ella en cambio, sin olvidar sus obligaciones y violando las recientes disposiciones oficiales, le había enviado a Bedacarratx desde su departamento y por correo electrónico privado— si me pescan me echan a patadas de la PN —, copias de los negativos que Michelon le había dado para que pudiera comparar los patrones que él mismo había establecido y avanzar en los casos pendientes. La cabeza le daba vueltas, pero no podía dormir y se duchó para arrancarse el cansancio del cuerpo.
Regresó al Quai antes de las seis. La falta de sueño y el nerviosismo comenzaron a afectarla y los papeles se le cayeron varias veces de las manos y del escritorio.
Mejor me tomo un café y me pongo a archivar.
Miró la hora varias veces pero las agujas se habían detenido en las 6:45. Ni siquiera la hora decente para llamar a Bedacarratx. Volvía a su despacho con un vasito de café y una aspirina cuando Jumbo la alcanzó por el pasillo con cara de pocos amigos.

— ¿A qué hora se fue anoche?
— No me fui anoche. Volví a casa hoy a las cuatro y regresé hace un rato.
Meyer la empujó dentro del despacho y cerró la puerta tras de sí.
— Gendarmería reportó el hallazgo del auto que Dubois había alquilado en Dijon, lleno de agujeros de bala, con los vidrios rotos y un lateral y el baúl hundidos.
—¿Qué... qué más... encontraron?— preguntó ella mientras el piso se le movía debajo de los pies.
— Había rastros de sangre importantes; los gendarmes suponen que se trataba de varios cuerpos. El forense calcula que pudo haber ocurrido entre las cuatro y las seis de la madrugada del martes. Demoraron en pasar la información porque no podían identificar la procedencia del vehículo y quién lo había rentado. Había cápsulas servidas de 9mm, comunes y acorazadas y Dubois llevaba un cargador de acorazadas...
— ¡La sangre, Meyer! ¿Analizaron la sangre?— preguntó mordiéndose para no gritar.
— Fue lo primero que hicieron: ninguna corresponde a la de Dubois— Jumbo le rozó el hombro con la manaza.
— ¿Y qué hay del radiofaro ese de mierda?— estalló ella sin poder contener el temblor de la voz.
— Debe estar bloqueado por una transmisión más fuerte. Podrían haberselo quitado pero pienso que es lo menos probable. Dubois no haría ninguna locura, y si tiene forma de comunicarse o enviar alguna señal desde donde esté, lo hará. Démosle tiempo. En cuanto pueda escabullirme— Jumbo lanzó una mirada significativa a su alrededor—, iré a ver qué puedo encontrar.
— Dubois estaba camino de París.
— ¿Cómo lo sabe?
— Corrente también lo buscaba— le contó de la extemporánea visita del mayor, sin abundar en los detalles. No quiero a Meyer de niñera—. Por los sitios que enumeró, es la ruta más rápida de regreso desde Milán, si uno viene en auto. Tenemos un radio por dónde empezar a buscar.
— No se mueva del Quai— Jumbo sacudió el índice—. Le prometo mantenerla al tanto de todo.
Ni pensaba prestarle atención a Jumbo y su perorata de seguridad personal.
A la mierda con todos.
Apenas el capitán salió de su despacho, tecleó con dedos rígidos de miedo el número de Corrente y le respondió la voz metálica de la casilla telefónica de mensajes.
¿Dónde te metiste, cretino? ¿Para esto lo buscabas, condenado hijo de puta?
Le dejó un mensaje levemente más civilizado que sus pensamientos, pidiéndole que se comunicara con ella porque tenía novedades. El interno zumbó y lo levantó de un tirón antes de que sonara por segunda vez.
— ¿Comisario Marceau?
¡No conozco esa voz! La paranoia profesional le hizo encender el rastreador de llamadas.
— Soy yo.
— ¿Ya conoce las novedades? Imagino que sí porque la Gendarmería y Meyer son muy eficientes.
Las palabras le hicieron saltar dos latidos.
— ¿Quién es Ud.?
— No necesito decirle que por la seguridad de Dubois, apague el rastreador. ¡Hágalo ahora, comisario!— restalló el tipo. No tuvo más remedio que hacerle caso—. No importa quién soy sino lo que puedo hacer. ¿Quiere volver a ver vivo a Dubois?
Esta vez el costado izquierdo le dio una punzada.
— ¿Qué es lo que quiere?— articuló cuando pudo mover las mandíbulas.
— A usted. Y no intente avisarle a nadie. De cualquier modo lo sabremos, ¿comprendido? Vaya sola hasta el estacionamiento subterráneo del Pompidou. Allí la recogerán.
—¿Cómo sabré quiénes son?
— Ellos saben. A las nueve, en el Pompidou.
El clic la dejó sin respiración. Contra la advertencia, trataba de teclear el número de Auguste cuando golpearon a la puerta de su despacho. Dejó el auricular tratando de recomponer la expresión.
— Señora, llegó un presente para Ud. ¿Es su cumpleaños?— Bardou se asomó con cara de asombro.
— No, Bardou— casi no le salía la voz—. ¿Qué es?
El cabo entró con una sonrisa de circunstancias y un copón lleno de rosas negras. La belleza mortífera de las flores la clavó al piso.

— ¡Guau! ¡ Cuestan una fortuna!— chilló Sully desde la puerta y codeó a Bardou para que saliera— Deben estar reconciliándose. Debería mandarle algo más que flores.
Le dolía el pecho de desesperación mientras rebuscaba en el ramo con dedos como de madera. ¡Dónde está la puta tarjeta! Reconoció la caligrafía angulosa antes de poder leer el texto.

“Usted me necesita. Yo la necesito. Le ofrezco un buen trato y esta vez ganamos los dos.”

VIERNES, NUEVE DE LA MAÑANA
Intentó por tercera vez: “el comisario Massarino está en una reunión y no puedo interrumpirlo”, “Todavía no salió”, “Apenas esté disponible la llamará”, y todo el rosario de excusas del imbécil de Blanchard. “Por favor, avísele que llamé”, repitió.
Entró al estacionamiento y no vio ningún vehículo en movimiento. ¿Espero en el auto? Tendría la oportunidad de salir más rápido si... No había terminado de armar el pensamiento cuando un camión pequeño se acercó impidiéndole el paso. Un hombre joven en overol azul gastado se acercó con un pimpollo de rosa negra en la mano.
— ¿Comisario Marceau?
Asintió, tensa; el hombre le ofreció la flor y ella la dejó caer dentro del automóvil.

— Acompáñeme, por favor— la tomó del brazo con una violencia que desdecía la cortesía del “por favor” y la llevó hasta la parte trasera del camión. Abrió la doble puerta y la empujó dentro. En la entrada del estacionamiento, una Trafic con problemas de arranque obstruía el ingreso a una fila de automóviles.
Tienen todo controlado.
Las puertas se cerraron con un “clanc” ominoso. El vehículo arrancó y la sacudió contra las paredes desnudas. Un miedo irracional se le trepó por las piernas y le aferró las entrañas. Como pudo, se arrimó a una de las paredes mientras el camión aceleraba rabioso. Varios cambios bruscos de dirección cumplieron con el objetivo de desorientarla, además de desollarle los nudillos. Se sentó en un rincón y entonces distinguió en la penumbra de la cabina, el lente de una cámara fijada en un ángulo de la carrocería. La luz testigo titilaba roja.
¿Me están filmando, por qué?
El camión se detuvo y abrieron la puerta. Los faros de un auto la encandilaron y se cubrió la cara. Dos hombres subieron de un salto; uno la levantó de un brazo y le esposó las manos a la espalda y otro la vendó con algo negro. Entre ambos la bajaron y la metieron a un auto con interiores que olían a cuero y perfume masculino caro. Al entrar, rozó otro asiento delante de ella. Una limusina...
— Vamos— golpearon y sonó a vidrio. El auto se movió.
El corazón le latía al doble de lo normal.
— ¿Quién es “madame”?— preguntó en castellano alguien sentado frente a ella—. ¿El tira se aburre y nos mandó a buscarle diversión? No vale, él jode y la tropa mira.
— ¡Si fuera para Etchegoyen no sería una mina, boludo!— se rieron a carcajadas—. Es la mina del tipo que trajeron el martes, ese Dubois.
—¿Viste lo que hizo con los que lo fueron a buscar? ¡Los destrozó! Menos mal que Etchegoyen mandó otra unidad de refuerzo. Schwartz está entusiasmadísimo. ¿De dónde lo habrán sacado?
— Alguno de los servicios de acá, seguro. Nadie más aguantaría tanto. ¿Y vos, cuánto aguantás?— la mano del que hablaba le rozó el pelo y ella se apartó. Los tipos se rieron por lo bajo—. Lo apretaron y no aflojó así que Etchegoyen nos mandó a buscarla. Hay que aplicarle tratamiento.
— ¡Upa! ¿Y para esto Ortiz le prestó la limo al enano?
— Ordenes de Etchegoyen. La cámara— ordenó el mismo tipo con voz repentinamente dura, y un ‘ping’ le dijo que se había encendido una camcorder.
¿Por qué graban todo esto?
Hicieron silencio, y eso la asustó más que el tono obsceno de la conversación en un argot por momentos ininteligible. Una mano le acarició una pierna y se metió debajo del vestido, mientras una voz burlona hacía un comentario grosero. Se apartó con brusquedad y los tipos se rieron. Un dedo le rozó la línea de la mandíbula y se le metió entre los labios. Intentó alejarse y la mano le estrujó el mentón y la empujó contra el asiento. Una tira de cinta adhesiva le cruzó la boca mientras otro par de manos le separaba las rodillas.
Mientras uno la agarraba por los cabellos, el otro le hizo saltar los botones de la delantera del vestido. El pánico la aturdió y se contorsionó aterrorizada mientras le forzaban las piernas brutalmente. El golpe en la entrepierna le hizo doblarse en dos, gimiendo por el aire que no le llenaba los pulmones, pero el que la sujetaba por el pelo la enderezó de un tirón.
Unas manos transpiradas le manosearon los pechos y le retorcieron los pezones, y se arqueó de dolor. Sus propios gritos le retumbaban en el interior del cuerpo. Un acceso de tos amenazó con asfixiarla y en medio de las convulsiones, sintió que le separaban otra vez las rodillas. El miedo cedió ante el instinto y disparó ambas piernas juntas, pero el animal le sujetó los tobillos y se los retorció hasta separárselos. Sintió frío sobre el estómago y los muslos: le estaban abriendo el vestido. El pulso terminó de enloquecerle cuando una mano le manoseó los calzones, pero el puñetazo en el estómago fue completamente inesperado. Creyó que se ahogaría con su propio vómito y luchó desesperada contra el reflejo.

El juego espantoso se prolongó hasta que la limusina se detuvo. La bajaron casi a la rastra, le arrancaron la cinta adhesiva y la arrojaron dentro de lo que ella percibió como un cubículo. La bocanada de aire la mareó. Respirar normalmente era un acto más allá de sus fuerzas. Le llevó varios latidos de corazón el comprender que por fin la habían dejado sola. Entonces, se acurrucó contra una pared y lloró de desesperación.

****
— ¿Está mirando, Dubois? ¿Cuánto tiempo más permitirá que continuemos? Vino aquí por Ud. ¿Ud. no hará nada por ella?
El micrófono cliqueteó y la proyección en el techo volvió para torturarlo. No podía emitir un solo sonido coherente. Las lágrimas le quemaban la cara y el cuerpo entero se le estremecía de agotamiento e impotencia. Los voy a matar a todos con mis propias manos, se prometió.
— Tengo más para ella y para Ud— insistió la voz odiosa—. Espere y verá que siempre hablo en serio.

MINISTERIO DEL INTERIOR. DESPACHO DEL CRIO . MASSARINO. VIERNES POR LA TARDE
Blanchard dejó una pila delante de él y Auguste resopló mentalmente, soltando el teléfono. No había tenido un solo minuto libre para saber en qué andaba su hermana. Paworski prometió llamarme si se enteraba de algo. Probó con Meyer sin éxito, mientras pasaba los papeles casi mecánicamente. Una de las hojas con membrete oficial lo clavó en el asiento.
— ¡Blanchard!— llamó—. ¿Cuándo llegó esta circular?— agitó el papel delante de la cara de su asistente.
— Esta mañana... o ayer a última hora, no recuerdo— Blanchard se encogió de hombros—. Pensé que se había enterado durante la reunión. Bueno, lo sabe todo el mundo que Michelon fue relevada del puesto.
Llamó al Quai: Odette no estaba y ya había cambiado la guardia. Nadie sabía nada de ella.
—Blanchard— volvió a llamar y el otro asomó la cabeza—. ¿Hoy no hubo llamados?
— Bueno, llamó su esposa ... — Blanchard se permitió una sonrisita de circunstancias.
— ¿Nadie más?
— Ah, sí, también llamó la comisario Marceau. Temprano. No volvió a llamar— la sonrisita se amplió.
Auguste contuvo un insulto muy gráfico.

— Siempre que llame la comisario Marceau, pásela de inmediato. Por favor.
— Por supuesto, comisario, no voy a olvidarlo— el idiota levantó las cejas, socarrón.
Probó con el celular de Odette y luego con su casa, sin resultados. Con una sensación ominosa, pasó la descripción del auto, pidiendo que lo localizaran en su celular apenas tuvieran novedades.
A las once de la noche reclamó información sin éxito. A las dos de la mañana se fue a dormir, más que inquieto. ¿En dónde estás, Cisne?

lunes, 16 de enero de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 32

EN ALGUNA PARTE DE PARÍS, MADRUGADA DEL MIÉRCOLES


Se despertó esposado a una cama metálica en un cuartucho ínfimo. La cabeza y la espalda le dolían y el acto de respirar era casi intolerable. Tenía la ropa manchada de sangre. Lentamente, recordó que no era la suya. Se tocó la cara: el corte ya estaba cubierto por una costra pero ante el mínimo movimiento le brotaba sangre. Se incorporó muy despacio, pero las nauseas lo dominaron y se cayó sobre el colchón desnudo. Contuvo el vómito y se incorporó de nuevo. Esta vez aterrizó de rodillas junto a la cama. La cabeza le estalló en chispazos y tuvo que sostenerse de los barrotes de la cabecera.
— Nos dio trabajo traerlo, capitán— dijo una voz recia.
Levantó la cabeza por la sorpresa y un dolor blanco le hendió el cráneo. Donde debería estar la puerta, una luz cegadora rodeaba una figura oscura.
— ¿Quién carajo es Ud.?— rugió, doblado sobre su estómago.
Dos hombres más entraron y lo arrojaron contra la cabecera. Ciego de furia, estiró el brazo libre y alcanzó a uno, lo hizo trastabillar y le partió la tráquea de un golpe. El otro le dio en la sien con algo duro. Marcel tiró de la macana con la que lo había golpeado, trabó las piernas del tipo con las suyas y lo desnucó de un giro violento de la cabeza.
— ¡Párenlo, carajo!— aulló el que daba las órdenes.
Tres más se le tiraron encima, esposándole la otra mano a la cabecera.
— ¡Alejense de él! ¡Saquen a esos dos boludos de acá, rápido!—el tipo siguió gritando furioso—. ¡Les dije que le esposaran las dos manos!
— Sí, señor!— ladró uno de los tipos. Estaban de uniforme negro, igual que el que daba las órdenes.
El sujeto se acercó hasta los pies de la cama, a prudente distancia de sus piernas. Hijo de puta, si te alcanzo te llevo conmigo. La luz no le permitía ver la cara del tipo pero sí apreciarle la contextura. Bajo y de espaldas poderosas, caminaba como un predador al acecho. ¿Dónde te vi antes? Te conozco, hijo de puta. Si la cabeza no estuviera a punto de estallarme...
— Impresionante, Dubois. No esperaba menos pero estoy asombrado. Superó mis expectativas.
— ¡La puta madre que te...!
— Si se tranquiliza, hablamos— el otro sacó un cigarrillo y lo encendió con parsimonia; aspiró dos o tres veces y se dignó a prestarle atención.
Un brillo dorado destelló en la mano izquierda del hombre.
— ¿Lo conoce? Claro que sí— le acercó el dorso de la mano a la altura de los ojos: el anillo de sello de la Orden del Temple—. Ningún miembro de la Orden lo desconocería.
— ¡Miembro de la Orden! ¿De qué mierda habla?
El otro sonrió sardónico.
— Capitán: usted es uno de nuestros hombres. Por lo que pude ver, muy bueno. Su entrenamiento fue perfecto: una verdadera máquina de matar en cualquier situación, aún en desventaja física o numérica. Magnífico.
No puede ser posible... ¿no? El pensamiento horroroso tomó forma. Nunca dejé de serlo...
— Está empezando a comprender, Dubois. Aunque si utilizo su alias quizás nos entendamos mejor..."Mayor" Maurizio De Biassi.
El nombre que había usado para infiltrarse en la Orden, dos años atrás. No era posible que ese pasado regresara de este modo. La garganta se le cerró en un nudo: no tengo salida, soy hombre muerto.
— No sé qué pretenden de mí pero no me importa— jadeó—. No puede obligarme a nada.
— ¿No? ¿Se imagina el escándalo en la PDP cuando se sepa que su condicionamiento funcionó?
— ¡No sea imbécil! ¡Nunca funcionó!
— Asesinó a ocho hombres en la ruta esta madrugada, acaba de liquidar a otros dos, y si me pusiera al alcance de sus piernas, creo que la pasaría mal. Podría no significar nada, pero tenemos pruebas de su condicionamiento.
— ¡No tienen un carajo!
— Sí, tenemos. Tenemos todas las grabaciones de su entrenamiento, sus respuestas y, lo más importante, el “audio” del test final. Muy satisfactorio. Jacques no se equivocó con Ud. y me alegra comprobar que yo tampoco.
— No importa lo que haya hecho entonces— susurró—. Me niego a hacer nada para Uds. Máteme y déjeme en paz.
— No quiero matarlo. Quiero que trabaje para nosotros— el bastardo hijo de puta era un modelo de mesura y consideración—. Sea razonable, Dubois, no quisera tener que convencerlo por la fuerza.
— ¿ Puede hacer más de lo que hicieron en el cuartel de París? ¡No les sirvo, cretino de mierda! ¡Pégueme un tiro de una vez por todas!
— Lo necesito vivo. Si no acepta colaborar voluntariamente, usaré otros métodos. Siempre consigo lo que quiero.
Se levantó, aplastó el cigarrillo en el piso y salió, cerrando de un portazo.
Marcel se quedó aturdido de horror: soy como ellos. Soy uno de ellos. El recuerdo de lo que había hecho era terrible: cada uno de sus movimientos había sido fatal; su cuerpo respondía autónomo en impulsos mortales.
¿Cuántas otras veces lo hice? Los entrenadores de C** estaban maravillados conmigo... ¿Dios mío, en qué me convertí? ¡Soy tan criminal como ellos, nunca conseguí limpiarme esta mierda!
Una sucesión de flashbacks lo paralizó: “Mátela, Maurizio. Es una orden” y él había levantado el arma. Tenía recuerdos físicos atroces de ese momento: su propia mano moviéndose sola, independiente de su voluntad; su cuerpo empapado en sudor; la erección incipiente ante la visión del cuerpo desnudo y torturado. La mirada fría y evaluadora de Jacques. La excitación evidente y grosera del necrofílico de Prévost. Y ella, retorcida de dolor, aterrorizada ante la muerte que le llegaba de su mano.
Me convirtieron en un monstruo y no fui capaz de librarme de esa podredumbre.
La habitación quedó a oscuras
— Capitán, la decisión está en sus manos— la voz del tipo provenía del techo—. Ud. ya nos conoce y sabe qué es lo que podemos hacer. ¿Está dispuesto a colaborar?
— ¡Váyase a la mierda!
— No: el que se va a la mierda es usted. Que lo disfrute.
El parlante cliqueteó y cambió el sonido. Una imagen se proyectó en el techo del cuartucho, ocupando todo el cielorraso. Los gritos desgarradores llenaron la habitación y le estallaron en los tímpanos. Cerró los ojos pero no podía evitar escuchar. “Su prueba más importante, Maurizio. Mátela. Es una orden”.

****

— Señor— el capitán médico se acercó respetuosamente—. ¿Cómo continuamos?
— Continúen con las proyecciones y no permitan que duerma. Vuelvan a inyectarlo tan pronto como noten que pierde la conciencia.
— ¿La misma dosis, señor? Parece muy resistente, podríamos probar con una más alta...
— Tiene que estar en condiciones antes de cuarenta y ocho horas así que no se pasen de la raya. Sólo lo necesario. No quiero un zombie.
El médico sacudió la cabeza y antes de salir, Lejeune se volvió una vez más hacia él.
— No me llamen. Yo me comunicaré.

PARÍS, XV° ARRONDISSEMENT. RESIDENCIA DE LA CRIO. MICHELON. MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Michelon se fue a casa sin la compañía consoladora de Laure. Prefería dispensarle los malos momentos que últimamente pasaba, respondiendo al teléfono que no dejaba de sonar, y evitar que algún periodista indiscreto se metiera a husmear relaciones que no le interesaban a nadie.
Se servía un coñac generoso cuando llamaron a la puerta. Espió por el circuito cerrado: un hombrecito anodino con un sobre en la mano.
— ¿Quién es?— ladró por el intercom.
— ¿La comisario Claude Michelon? Traigo algo para usted de parte de Lionel Henri.
El nombre la puso alerta.
— Un momento— fue a buscar su reglamentaria en el cajón del escritorio donde solía dejarla olvidada. Camino de la puerta verificó el cargador y liberó el seguro.
El hombrecito la miró detenidamente y miró el arma sin arredrarse.
— Tenía que entregarle esto si el comisario Henri moría... en determinadas circunstancias— le tendió un sobre manoseado—. Usted no me conoce, nunca me vio y no sabe quién le dejó esto en su buzón.
— ¿Por qué hace esto?
— Lionel era mi amigo. Me hizo prometer que le entregaría esto a usted cuando llegara la ocasión. Él estaba seguro que llegaría. Una sola cosa más: Lionel pidió que luego de leer la nota, la destruya.
— ¿Quién es usted?— insistió pero el hombre ya se alejaba rápidamente.
Michelon cerró la puerta con llave y ni siquiera esperó a llegar al escritorio para revisar el contenido: varios microfilms y negativos cortados más la nota de Lionel Henri.
Inspector Lionel Henri

“Querida Claudette:


Si estás leyendo estas líneas es porque estoy muerto. Es preferible así, entre otras cosas porque esta confesión me avergüenza tremendamente. Te pido perdón, Claudette, por haberte mentido y por no haber tenido el coraje de decírtelo personalmente.
Cuando te entregué el informe Ayrault diciéndote que se había eliminado evidencia clave en la causa contra él, no te dije toda la verdad. No te dije, por ejemplo, que fui yo quien la eliminó: acepté presiones y suprimí y oculté evidencia que yo mismo había registrado, como condición para que Ayrault no implicara a funcionarios de alto nivel en IGPN, RG y otras divisiones de nuestra vieja y venial PN. Como pago por mis servicios, me promocionaron rápidamente y tuve una próspera carrera en IGPN.
Y aunque la única mancha de mi legajo permaneció oculta, los culpables nunca dormimos tranquilos, así que cargaba con el peso de esa evidencia robada a los expedientes y que me quemaba en las manos. Creí que siguiendo por mi cuenta y por otras vías con la investigación que yo mismo había cerrado, podría equilibrar ese saldo pendiente sobre mi conciencia. No estaría usando aquello que yo mismo había contribuido a desaparecer; nadie podría acusarme de no cumplir con lo pactado. Si Ayrault sacaba los pies del plato por otro motivo, entonces la PN tendría un caso completamente nuevo y yo, la conciencia en paz.
Me busqué un compañero que creyera en mi virtuosa indignación: Arnold tuvo la desgracia de confiar en mí, porque fue demasiado lejos en su celo profesional y murió por mi causa. Pero resultó que no es la única víctima: cuando veas lo que te envío con esta carta, comprenderás.
No hice caso de mi instinto de policía. Debí saber que Ayrault no cambiaría; que lo que parecía un juego perverso, terminaría en crimen; que cuando la corrupción alcanza cierto grado, sólo cambia para hacerse más grande y contaminar cuanto toca, como a mí.
Lamento profundamente todo lo ocurrido: la humillación de quienes quedaron manchados por mi deshonestidad; las vidas perdidas; el quedar como un miserable ante los ojos de una colega a quien respeto y una amiga a quien quiero con el corazón.
Ojalá que cuando esto llegue a tus manos, sea de alguna utilidad y evite, al menos, otra muerte más.
                                                           Lionel”

Hizo lo que Henri pedía: rompió la carta y la quemó.
No quería esperar al día siguiente para conocer lo que revelarían los negativos y los anticuados microfilms y llamó al Quai: los técnicos se había retirado. Regresó al Quai y fue al Laboratorio de Fotografía. Después de dos o tres vacilaciones, y de recordar el orden de los reactivos gracias a un listado pegado con cinta adhesiva a la pared, consiguió revelar las tomas. Sin duda alguna, era su despacho del Quai. En total desorden, con el intercom y teléfonos arrancados y en el suelo, y papeles desparramados por todas partes. Las demás fotos le dieron escalofríos y vergüenza: varias tomas de cuerpo entero, frente, espalda, y tomas localizadas de una mujer brutalmente golpeada: Odette Marceau.