POLICIAL ARGENTINO: conexión argentina
Mostrando entradas con la etiqueta conexión argentina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta conexión argentina. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de agosto de 2010

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 8


San Isidro, provincia de Buenos Aires. Segunda semana de mayo

— Con vos quiero hablar.
Aunque el tono de Ofelia no admitía réplica, a José le hizo gracia. Es la única persona que se atreve a hablarme de esa forma, y a quien yo se lo aguanto. Toda una vida bajo la mirada vigilante y atenta de la Ofelia, tanto que uno a veces se olvidaba que había sido nada más que un ama de leche para él y para el nieto. Con el correr de los años, Ofelia se había convertido en una institución en la estancia. La correntina manejaba con mano segura el puesto de ama de llaves que , solita, se había ganado de puro intervencionista. Cuando la conducción del casco quedó acéfala a la muerte de Aurora, aragonesa austera, eterna y seca, Ofelia tomó el poder silenciosamente. 
Cuando las demás — y ellos — se dieron cuenta, Ofelia mandaba cuándo se lavaban las sábanas, cuándo se hacía la limpieza general; cuándo se lustraba la platería y se ventilaban los cuartos cerrados y las alfombras; qué se comía y a qué hora.
Como para el tatita esas habían sido siempre cosas de mujeres, la dejó hacer. “No me toque los papeles del escritorio y no me entre si yo no mando”. Y como la palabra del tatita era sagrada para Ofelia, defendió el estudio con su propia vida, aún de las hijas que, cada vez más de vez en cuando, se acercaban a la estancia a cumplir con la ceremonia de un beso seco y desvahído en la mejilla del viejo. “El patrón no quiere que lo molesten”, y espantaba al resto de las sirvientas, administradores y demás personal del campo. Llegó a echar a un general. “A mí no me importa que mande ejércitos. Acá manda el patrón, y en la cocina, yo. Y se me limpia las botas antes de entrar”. El milico la miró de refilón y un edecán algo entusiasta intentó poner a la Ofelia en su lugar, pero el tira levantó la mano en son de paz, de una ojeada mandó atrás al edecán y se limpió las botas. Si en el Colegio Militar hubiera corrido la anécdota, el tira habría sido el hazmerreír de los cadetes.
Ofelia, casi la madre que no tuve, la que le habían contado se había muerto al pie de su cuna. No recordaba otro olor de mujer de su infancia más que el de Ofelia, gorda, los ojos negros y chiquitos como caramelos de orozuz, siempre apurada y de buen talante, manos callosas pero ligeras para sacudir un sopapo o, más a menudo, acariciar.  Menos al nieto. El nieto, arisco y orgulloso de su estampa y su ascendencia la despreciaba, como despreciaba a casi toda la gente de la estancia, él incluído. Ofelia era inmune a esos sentimientos de superioridad. “¡Yo te di la teta y te limpié el culo, mocoso de porra! ¿Sabés dónde te podés meter el orgullo ese?” Él la había mirado con el odio pintado en esos ojos del color del agua, los mismos que su abuelo, y con los dientes apretados pegó media vuelta y se fue derecho a las caballerizas. Salió como exhalación, azotando cruelmente al zaino, y se perdió al galope. Cuando volvió se encerró en su habitación y cuando salió, fue para volverse a Buenos Aires. El padre se quedaba, porque era el capataz y administrador del campo, desde que su propio padre, Elías Ortiz, muriera.
Elías, tan indio y mestizo como él y que nunca había abandonado la chatura de la estancia, se atrevió a soñar para su hijo un futuro diferente. Había temblado de miedo y de coraje cuando le pidió al patrón por su mocoso recién nacido que se había quedado huérfano de madre, y el patrón dijo que sí. Su hijo se criaría en el casco y tendría las oportunidades que él, como simple capataz, no podría ofrecerle. Elías murió antes de que él cumpliera los catorce, sin ver sus sueños realizados. Un profesor del Liceo Militar le avisó y para cuando llegó a la estancia, ya lo habían enterrado. Se sentó sobre la tierra, a llorar sin lágrimas junto a la tumba de aquel padre tan humilde que ni siquiera se atrevía a visitarlo en el casco.
Él le había enseñado a amar esa tierra desmesurada, de la que alguna vez habían sido señores libres y orgullosos sus ancestros ranqueles. “No te equivoqués”, le repetía, “uno no es el dueño de la tierra: es ella la que te deja estar, pisarla, cabalgarla, sacarle el jugo y el fruto.”
Le había enseñado, con conocimiento de indios fieros y sin más dios que el Gualichu, a montar en pelo; a domar un potro sin espuela ni rebenque, sino a fuerza de sobado y maniado, y a curarle las mataduras; a reconocer las tormentas por el canto de los sapos y "la” calor por el de las chicharras.
Pero Elías había querido para su hijo un destino distinto al de su raza despreciada y para eso, había hecho la renuncia más grande de su vida: había renunciado a su hijo. Con los sentidos a flor de la piel oscura y curtida como la tierra que amaba, le había dicho más de una vez que él, José, sería para el patrón como el hijo varón que nunca había engendrado.
“Está el nieto”, José respondía desde el rencor de sus doce años. “No te me equivoqués”, repetía Elías; “vos sos como el propio hijo: él te cría y te educa como yo hubiera querido hacerlo. Ya vas a ver, mocito”, sentenciaba entre mate y mate en la cocina de su propia casa, respetuosamente alejada del casco de la estancia. 
“No soy de su sangre”, insistía José, tozudo. Elías lo miró a los ojos, los suyos dos ascuas oscuras en la cara cuarteada por el viento impío. “Las mujeres paren con sangre y los hijos son de su carne. La hembra es madre en cualquier circunstancia, hasta del guacho que le hizo el conquistador bellaco. Ser padre es otra cosa: es enseñar a obedecer tanto como a mandar, es hacer un hombre hecho y derecho de ese gurí que no sabe nada de la vida más que lo que conoce alrededor de la pollera de la madre; es saber llevarlo de la mano y saber soltarlo a tiempo para que pueda volar.”
Extraña filosofía la de Elías. Pero al pasar los años, no se había atrevido a ponerla en duda. Tuve dos padres. No todos tienen mi suerte. Sacudió los recuerdos de un cabezazo y se acercó a recibir el  mate que Ofelia le tendía.  Esto va para largo, pensó y sorbió el amargo con fruición.
Ofelia Ramos

 — José... Lo estás dejando muy solo al Fernandito— Ofelia no era de dar vueltas cuando tenía que hablar.
— Ya sé — sacudió la cabeza —. Pensaba llevármelo al campo para Pascua.
— No alcanza con eso y vos lo sabés. ¿Qué querés, criar un guacho como el otro?
Para Ofelia, el nieto siempre era "el otro".
— Habrá sido cualquier cosa, pero guacho, no. Tenía padre y madre.
— ¡Padre y madre! — saltó la correntina—. ¿Y qué le enseñaron? ¡Madre! Ni le cambió los pañales. Ni a la escuela lo llevaba. ¡Lo único que le importaba era revolcarse con el marido! Ahí la tenés, entrando y saliendo de las clínicas de "recuparación"... En mi época le decían loquero... ¿Y él? ¡Lo metió de milico para sacárselo de encima, porque no lo podía manejar! O no le importaba.
— Ofelia — contemporizó —, yo también fui al Liceo y al Colegio Militar, y mi padre tampoco pudo criarme.
— Tu padre se deslomó trabajando para que fueras lo que sos — ella retrucó —. Era un buen hombre... se murió trabajando. —  Los ojos de orozuz se llenaron de lágrimas. Tiene la lágrima fácil, no hay nada que hacer. — Y el patrón se encargó de sacarte derecho. Si hubiera tenido la misma mano firme con el otro, no hubiera pasado lo que pasó.
Eso es cierto. A veces, allá en la infancia y la adolescencia, resentía el trato diferente. Ya adulto, comprendió que el tatita lo había educado tal como lo habían educado a él, en la severidad de la gente de campo. Como había querido Elías.
— Yo estoy vieja. A veces, me falta la paciencia. Y las mocosas de ahora no sirven para niñeras. El chico necesita que estés con él. Bastante que no tiene madre, pobrecita, Dios la tenga en la gloria.
Hicieron una pausa larga mientras Ofelia cebaba mate. Él no tomaba mate más que si ella lo cebaba. Si no, prefería el café. Sorbió lentamente mientras pensaba en Mariana con un dolor que se le había ido encalleciendo con el tiempo.
Hacía ya mucho que había descubierto que tenía que mirar las fotos para recordar aquellos ojos negros, la piel de durazno y el pelo renegrido y lustroso con que lo acariciaba cuando hacían el amor. Recordaba sus palabras, pero no la voz con que las pronunciara, su voz de miel salteña cálida y dulce. Mariana era el perfume de un recuerdo más que el recuerdo mismo, y eso le dolía con una pena larga y silenciosa que se negaba a compartir. Él no la había buscado pero ella había llegado, había entrado a su vida y se había ido, dejándole como ofrenda de amor y vida a Fernandito, y de ese modo él había ganado y había perdido.
Había otras mujeres, siempre las habría, bellos adornos que él colgaba de su brazo en ocasiones y que sólo podían despertarle la necesidad de satisfacer su biología o su lujuria, dependiendo del estado del tiempo y de su estado de ánimo; ninguna le había importado nunca lo suficiente como para querer resignar su viudez empedernida y melancólica.
— Sabés, los otros días me encontré con la Alcira...— Ofelia reanudó la conversación y él la interrogó con una sacudida del mentón —. La paraguaya que trabajaba en la casa de Buenos Aires, antes que ellos se vinieran a vivir acá. La que se escapó cuando él todavía estaba en el Colegio Militar.
"Ellos": el nieto, su madre y su padre. El desprecio de Ofelia se basaba en el uso discriminatorio de los artículos.
Fernando Ortiz
— Se enteró por los diarios de que el otro había muerto. Me dijo que después de más de veinte años, ahora podía dormir tranquila. Que siempre le había tenido miedo. Me contó... bueno, cosas de mujeres... ya te imaginás... Estas paraguayas calentonas... bueh ... — renegó Ofelia. — Qué chinita del campo, qué prima no se revolcó con él... Mirá si se le iba a resistir una sirvienta... Pero parece que ya de esa edad le venía el vicio, o lo había aprendido del padre.
José la miró sin levantar la cabeza, mientras el acíbar de la yerba se le hacía menos amargo que ciertos recuerdos. 
 La mataba a rebencazos. Le dio a probar esa porquería... Y era un mocoso.  Y lo que hizo después...— Ofelia estaba conversadora pero la conversación estaba tomando un giro incómodo. Los hechos de los años de represión no eran materia de discusión, ni siquiera con Ofelia. Él había podido mantenerse al margen gracias a una conveniente agregaduría en una sede diplomática del otro lado del mundo, pero su calidad de militar lo encuadraba dentro de las generales de la ley. Prefería no rememorar esas épocas nefastas.
— Ofelia, sé que estoy mucho tiempo fuera de casa, lejos de mi hijo. No es lo que me gusta, pero es lo que tengo que hacer. En este último viaje las cosas se demoraron un poco más de lo previsto, pero ahora me voy a quedar.
— Hacés bien. Un varón tiene que estar con el padre. El padre tiene que educarlo, enseñarle. Lo mismo que a vos te enseñó el patrón. Vos sos más su hijo que lo que son las pitucas esas de las hijas, o de lo que alguna vez fue el nieto.
Se sorprendió de la capacidad de penetración de Ofelia.  Ensayó una sonrisa triste y ella se levantó a tirar la yerba. Terminó la conversación.
— Andá, todavía  debe estar esperándote. Es más duro para dormirse...





Buenos Aires,  Cuartel general de la Orden del Temple. tercera semana de mayo, por la mañana



— Señor...
Se volvió apenas en el sillón giratorio hacia la puerta del despacho. Conrado Seoane. El "señor" sonaba siempre forzado entre los dientes del subteniente, que nunca lo llamaba por el rango. No podía decirle nada. No se habían cruzado en una situación pública tal como para que el otro tuviera que hacerle la venia o manifestar de alguna manera su reconocimiento hacia la superioridad de sus jinetas de coronel.
Mocoso de mierda. Un "criadito", lo mismo que yo, pero con más ínfulas que una puta cara.
Cuando regresó a  Buenos Aires a finales del '83, después de casi seis años de ausencia, lo encontró en la estancia jugando con las mujeres en la cocina. Un angelote rubio con ojazos de un azul tan profundo que lastimaba.
La versión oficial hablaba de una chinita de Nueve de Julio — una de tantas —, seducida por el maduro atractivo de Conrado Seoane senior, todopoderoso mayordomo de la estancia grande y yerno del viejo. Todos la habían comprado sin rechistar, inclusive Dora, interesada directa en el oscuro asunto, en tanto esposa cornuda. Desde la muerte accidental de su marido, Dora se hundía en un ciclo maníacodepresivo tras otro  y como no podía prestar atención al mocoso que le evocaba la infancia del suyo propio, lo mismo que con su hijo mayor había dejado la crianza en las manos de su padre. Si hubieran debido criar en la estancia a cada hijo del mayordomo, habría batallones de gringuitos arreglando los alambrados.
La historia real de Seoane junior era bastante más turbia pero nadie se hubiera atrevido a evocarla. Seoane había llegado a la estancia en la primavera de 1977, envuelto en una frazada blanca de hospital y berreando como un ternero muerto de hambre. Sólo había hombres de uniforme acompañando al Brigadier y a su padre el mayordomo, en el auto sin patente en el que habían traído al mocoso. Ofelia había recogido sin preguntar el paquetito rubio, gritón y sin nombre, y se había ocupado de cambiarle los pañales, darle una mamadera y poner en condiciones una cunita arrumbada en el cuartito de los trastos viejos.
Si había habido alguna explicación, había sido dada frente al escritorio inmenso del viejo, en el estudio al que nadie entraba cuando se cerraba la puerta. Cuando padre e hijo salieron, el Brigadier le hizo una seña a Ofelia: “Se queda”.  Nadie osó cuestionar la decisión del tatita de criar al mocoso como si fuera un miembro más de la familia.  El “hermanito mayor” estaba fascinado con el borrego: lo mimaba y malcriaba como si fuera de su misma sangre. Ante la pregunta de algún desprevenido, el Brigadier aseguraba que era su hermanito,  el “hijo de la vejez” de sus padres. La única vez que vi a ese hijo de puta demostrar cariño por alguien. Dejó las meditaciones de lado por un momento para prestar atención.
— Diga, Seoane...
— Los registros contables del comprador francés — le tendió las hojas de impresora, sin agregar otro "señor".
— Gracias. Puede retirarse.
Seoane giró marcialmente sobre un talón, picó la punta del pie derecho y salió, vista al frente y sin mirar.
Me aborrece por reflejo de lo mucho que me aborrecía el otro. Si supiera que ni siquiera me importa lo suficiente como para devolverle el sentimiento...  Se encogió de hombros .
“Se va a tener que acostumbrar al odio, José”, le había dicho una vez el viejo. “Su puesto genera odios de parte de la gente más inesperada. Que lo odien, mientras le tengan miedo. El miedo se huele y cuando uno le aprende el aroma, reconoce a los que le temen y los usa en su beneficio.”
Volvió a los papeles: tienen bastantes quilombos. Y encima le dio por jugar al político importante.  Fanfarrón y bocón como todos, no sé de qué me asombro. Como si los de acá fueran diferentes. La misma mierda con diferente nombre. Nunca le había gustado el hombre y ahora le gustaba menos.
El tatita se había hartado de las nuevas "degeneraciones" de políticos.
— Parece que no hubieran aprendido nada— rezongaba —. Mire al mico éste: las ovejas lo votaron como si fuera la última esperanza del resurgir nacional y ya las traicionó. ¿Sabe qué es lo peor de este mico? Que no tiene palabra. ¡Y se quejaban de Perón y de sus ministros! ¡Pero por favor! —  renegaba el tata —. No me van a comparar, ¡Perón era inteligente! A éste y a su cría, su propia corruptela los embruteció. Pero todo se paga. Mientras tanto, él juega al emperador latinoamericano y se rodea de la Corte de los Milagros.
A medida que concluían los negocios pactados, La Orden se apartaba de los círculos económicos y políticos locales y volvía a poner miras en el exterior. Los escándalos políticos, judiciales y diplomáticos por coimas ya ni siquiera merecían notas en los diarios, aunque involucraran la venta del patrimonio del Estado a precios viles y en condiciones más viles todavía. Las peleas a los gritos en el despacho principal de la Casa Rosada eran por ver quién se quedaba con la mejor parte de un negociado.
El viejo dio la orden de apartarse de los contactos en el gobierno, operadores y lobbistas confiados en la impunidad sin límites de la que parecían gozar los miembros de un Gabinete que oficiaba de nexo con los parientes, amigos y entenados de turno. Tanta exposición pública terminaba siendo perniciosa.
Ni siquiera esos nuevos que habían aparecido en medio de una dudosa alianza contra el partido reinante les merecían confianza. Alianza un carajo. Se están despedazando entre ellos como hienas.
 Había que prepararse para la crisis brutal que asomaba en el horizonte, y fortalecer las empresas y operaciones tradicionales. Diversificar, reinvertir en el exterior, afianzarse y capear el temporal, con plazos de por lo menos veinte años. El viejo planificaba con asombrosa sangre fría un terreno que jamás vería.
A veces me pregunto si no sería mejor trasladarnos de una vez por todas a Nueva Central. Suspiró ante la conclusión de siempre. El centro operativo tiene que estar en donde están las necesidades inmediatas, pero el centro neurálgico necesita de la inmensidad silenciosa de la tierra para meditar cada paso. El poder debe ejercerse en soledad, y si la soledad es ascética, mejor. Se evitan las tentaciones. Sin odio, sin rencor, sin piedad. Sólo lo que hay que hacer. La cabeza de la Orden se queda acá. El cuerpo es el mundo, pero la cabeza descansa en lugar seguro.
El viejo se había quedado callado, mirándolo.
— Acá es mejor. Las decisiones de poder se toman en soledad y silencio.
Él había asentido sin hablar. No era necesario.

jueves, 13 de mayo de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 3

PARÍS,XVI° ARRONDISSEMENT. CASA DEL CRIO. MASSARINO. NAVIDAD.

El almuerzo familiar navideño había degenerado en el habitual y estentóreo intercambio de noticias. La visita de Franco y Lola había sublevado a los chicos en contra de la autoridad paterna y apoyados por sus abuelos, se dedicaban a fechorías tales como levantarse de la mesa sin permiso y arrancar las fotos de las manos de su madre y su tía.
Marcel los observó mientras volvía a la mesa: los Massarino en pleno. Los mismos ojos oscuros y profundos, la misma intensidad en todo lo que hacían. Lola y Odette eran versiones apenas diferentes de una misma porcelana de Capodimonte; Auguste y su padre se reían del mismo modo abierto y sincero.
Y pensar que no me gustaban las de tipo mediterráneo, ni bajitas, ni con curvas, ni quería enredarme con compañeras de trabajo, mucho menos con un superior y...
— ¿Qué te pasa? — murmuró Odette a su oído.
Cuándo voy a aprender que no se le escapa nada.
— Nada.
— No mientas que te crece la nariz.
La besó para no tener que responderle.
— ¿Eh, Calogero no se casó hace tres meses?— preguntó Auguste, que había recuperado las fotos.
— Ajá — asintió Lola.
— Pero Clementina está como de seis meses por lo menos...
— En Sicilia todo crece rápido — disparó Franco.
— ¿Y cómo fue que el padre de Clementina le perdonó la vida a Calogero?
— Es un buen muchacho, de buena familia. ¡No lo iban a rechazar!— Franco seguía en su papel de defensor de pobres.
— No sé de qué se asombran algunos— comentó Odette sin mirar a nadie—. Isabelle es la única sietemesina que conozco que pesó 3,5 kilos al nacer.
— No vayas a creer — Lola intervino, risueña —. Tu hermano nació de seis meses y pesó un poco más.
— ¡Mamá! — Odette puso cara de espanto —. Qué van a decir los vecinos...
— ¡No sé cómo papá te perdonó la vida!— Nadine se reía a carcajadas, colgada del cuello de Auguste.
— Ibamos a casarnos. ¿Cuál era la diferencia? — Auguste se encogió de hombros.
— Es que los napolitanos somos irresistibles— fanfarroneó Franco abrazando a su mujer—. Tropo belli — con Auguste se guiñaron un ojo—. Y talentosos... — agregó mientras hacía un gesto envolvente con la mano abierta.
Lo que se perdieron Vittorio de Sica y el neorrealismo italiano con los Massarino no tiene perdón, pensó Marcel, aguantando la risa.
— Y con mucha, mucha suerte— agregó Lola —. Te salvaste de que mi padre y mis hermanos te decapitaran o te hicieran algo peor...— hizo tijeritas con los dedos.
— Ya habíamos anunciado la boda, invitado a las autoridades del teatro, arreglado la fiesta,... ¡Estaba todo listo, ni siquiera le hice gastar dinero a Antonino! ¿Dónde más iba a encontrar un yerno como yo?— Franco gesticulaba con cara de inocencia ofendida— ¡Tu madre estaba contenta de que te casaras conmigo!
— E non si parli più! (1) — Lola parafraseó a su marido, muerta de risa —. ¿Alguna vez alguien te ganó una discusión?
Auguste señaló a su hermana con la cabeza con un gesto por demás expresivo.
— Digna hija de su padre— Marcel sonrió y abrazó a Odette —. Mejor que tome lecciones con Franco si quiero ganar alguna.
— Un poco de elocuencia no te vendría nada mal. Dejarías de romperme las costillas para convencerme de algo — le dijo ella en voz baja.
— ¡Nunca te rompí nada!
— No porque te faltaran oportunidades...— lo provocó con la mirada.
— ¿Dónde está Antonin?— Nadine buscaba a su cachorro.
— En su cuarto — Franco señaló hacia el techo—, practicando las trampas que le enseñé a hacer al tre-sette.
— No se puede hacer trampas en el tre-sette— sentenció Auguste. Tres montoncitos de dedos se le sacudieron delante de la cara. Lola se reía a carcajadas y Odette levantaba una ceja burlona.
— ¡TU nunca aprendiste a hacer trampa en el tre-sette! — replicó Franco.
— ¿Dónde está Isabelle? — Auguste cambió prudentemente de tema.
— Hablando por teléfono — suspiró Nadine.
— ¿Con quién? — a Auguste se le oscureció la mirada.
— Con uno de los chicos del Liceo.
— Está preciosa— Lola estaba orgullosa de su nieta —. ¡Está tan alta, tan bonita! ¡Parece de dieciséis!
— ¿Escuchaste? — Auguste le gritó a su mujer. Nadine no se inmutó. — ¡Tu hija tiene trece años! ¡Es una mocosa! ¿Tengo que estar cuidándola todo el tiempo?
— No sabía que te habían transferido a Moralidad — disparó Odette.
Auguste miró a Marcel solicitando refuerzos mientras su hermana se mordía para no reírse.
— Antonietta se casa en noviembre— anunció Lola—, con Andrea Varza. ¡Renzo está amargado por lo que gastará en la fiesta! Pobrecito, todavía le falta lo peor: el vestido, la iglesia, la banda...
— Podrías aprender ...— intervino Franco, hablándole a su hija.
— Papá, basta — Odette suspiró.
Lola hizo un gesto de resignación e invitó a las demás mujeres a levantar la mesa, para que las cosas no pasaran a mayores. Cuando Odette volvió con la bandeja del café, Marcel la tomó de la cintura y se la sentó en las rodillas.
—Tu padre tiene razón— Marcel invitó a Franco y a Auguste a darle apoyo logístico y padre e hijo le pusieron trompa a Odette.
— Siempre la misma...— rezongó Franco.
— La culpa es tuya, papá, por malcriarla tanto— sentenció Auguste.
— ¿Ven?— declamó Marcel, mientras forcejeaba con Odette, que quería levantarse a toda costa —. Yo quiero hacerte una mujer honesta, ¿y qué consigo? Nada, la señora resopla como un búfalo. ¿Qué, no soy un buen partido?
— Es un buen muchacho — aseguró Franco.
— Y tiene un trabajo honesto — Auguste colaboró.
— ¿Qué les pasa, me quieren colocar con el primero que llega? — Odette se levantó, ofendida y él le dio una palmada en el culo. Caprichosa de mierda. Odette le lanzó una mirada oscura y se llevó la bandeja vacía. La siguió y la arrinconó antes de que pudiera escurrirse hasta la cocina. Asterix contra el César. Ella echó la cabeza hacia atrás y se mordió el labio.
—¿Por qué no ?— Marcel ensayó su mejor expresión asesina.
— ¿Por qué no qué?
— No te hagas la tonta...
— No necesito papeles. Te amo, estamos bien así. ¿No es suficiente?
— ¡No! No quiero que tu familia diga que somos amantes. Quiero que seas mi mujer— ¿Jaque mate en dos jugadas?
Ella miró al cielorraso con resignación, pero le acercó las caderas sin despegársele un milímetro. Bruja.
— Mi familia es tu familia. No necesitan un acta de matrimonio para aceptarte y quererte. Y yo tampoco.
Tengo una familia.
La idea lo tomó por sorpresa y lo emocionó. Odette lo empujó y se soltó, pero él quería arrancarle alguna clase de compromiso, palabra de honor o por lo menos un buen mechón de pelos. No pienso dejarte ganar la partida esta vez. Salieron al balcón pero ni el frío de diciembre les aplacó los ánimos belicosos.
— Muy bien. Entonces, no quiero que en la PJ se corra la voz de que estás disponible— ¡Jaque otra vez!
— ¡Disponible! ¡Qué vulgar! ¡Nunca estuve disponible!— se picó y forcejeó para apartarse, pero la sostuvo contra él, empujándola con la pelvis. Se miraron furiosos, en el límite entre un arranque de pasión y uno de rabia. Esto es la Inquisición, bruja.
— Vamos, comisario, si los pretendientes la acorralaban por los pasillos cuando era capitán, ahora deben estar haciendo fila fuera de su despacho. Quiero que todos sepan a quién pertenece— le echó una mirada de rufián.
— No seas desagradable. Nadie me acorrala en ninguna parte. ¿Qué es esa idea estúpida de que las mujeres tenemos que "pertenecer" o "estar disponibles"? ¿Por qué no podemos simplemente "ser" ?
— Nena, no te hagas la feminista conmigo— lo estaba sacando de quicio.
— ¡Miren al macho de la PN!
— ¿Sí o no? — la apretó entre sus brazos y la miró sombrío.
— No. ¡Auch! ¡Vas a romperme una costilla de verdad!
— Voy a hacer mucho más que eso — la miró amenazador —. Sí o no.
— Está bien.
— ¡No! "Está bien", no— masculló ronco —. Sí o no.
Lo miró sin responder tan largamente que estuvo a punto de estallar.
— No puedo respirar... — jadeó ella y él la apretó más.
— Te voy a matar...— susurró en su cuello.
— Basta, nos miran todos. Y me estoy muriendo de frío.
— Me importa un carajo. Por última vez, ma dame, ¿sí o no?
— S-sí.
Le dejó una buena marca en el cuello. Se rindió, viejo. Jaque mate. Ahora, segunda etapa.
— Cuándo.
— ¡Ah, no! Ya son demasiadas condiciones.
                                  

                                                                             ****

Franco abrazó a su mujer para darle un beso y se quedó helado, mirando hacia el balcón. No podía despegar los ojos de su hija y Marcel. Frunció el ceño y sacudió la cabeza.
— ¿Qué te pasa? — murmuró Lola pegada a su cuello.
— Nada.
— Claro, y yo estoy ciega. ¿A quién estabas mirando?
— Ma' va, pazza! Nisciuno (2)— la apretó entre sus brazos.
— Tendrías que haberte visto la cara: pareció que viste un fantasma.
Suspiró resignado: cuándo voy a aprender. Cuarenta años con la misma mujer y todavía me dejo pescar distraído. La besó sin soltarla.
— Va bene, mira hacia el balcón y díme qué ves. A primer golpe de vista, ¿eh?, sin pensar.
— E va' bene... — Lola meneó la cabeza, poniéndole cara de "estás medio chiflado". Pero la sorpresa le abrió enormes los ojos. Se quedó callada y desvió la vista.
— E' beh'? ¿A que pensaste lo mismo que yo?
— Me impresioné, te lo juro. Qué tontería — su mujer sonrió, incómoda.
— A mí también me pareció tonto. Pero no pude evitar pensarlo.
Hundió la nariz entre los cabellos de Lola y "Capricci" le inundó los sentidos, tranquilizándolo. Mi amor, mi mujer, mi vida. Gesucristo, cada vez que me acuerdo de ese hijo de puta me vuelven las ganas de asesinarlo. Cómo se atrevió a poner los ojos de serpiente encima de mis mujeres. Estrechó a su mujer contra sí. Mi Lola. Mi bambina. Mierda, la memoria te juega pasadas absurdas. Es imposible. No tiene sentido.
Miró otra vez: Marcel y Odette se abrazaban, riéndose y besándose. Gracias, Dios mío, por devolverle la felicidad a mi hija. Y con ella, a nosotros dos. Después de tantos años, Lola había vuelto a reír con alegría, y él, que vivía por la palabra de su mujer, se sentía entero otra vez. Ahora falta nada más que te dejes de esa estupidez de la Policía y tu madre y yo viviríamos más tranquilos.
Besó la frente de Lola y le acarició la nuca.
— Son felices... Dio Santo, nunca pensé que nuestra felicidad necesitara tanto de la suya — señaló hacia el balcón con la cabeza y Lola asintió.
— Casi tengo ganas de volver a bailar... — susurró ella. Franco le levantó la cara y la besó en la boca largamente.
— Siempre te espero en el teatro.
— Pero no podría bailar contigo...
— Hay muchas que quisieran aprender de tí. Podríamos trabajar juntos.
Ella no respondió pero sonrió y se acurrucó en el hueco de su hombro. Franco se sintió inmensamente feliz: otra vez juntos en el escenario, en la escuela de ballet.
— Hay unos mocositos que me gustaría que vieras...
Mientras charlaban en voz baja, la mirada se le fue una vez más, como atraída por un imán. La forma de levantar la cabeza y plantar los hombros, el perfil orgulloso y ligeramente aquilino, la boca sensual que a veces esbozaba aquel gesto altanero; la arrogancia con que sujetaba a Odette contra su cuerpo, mostrándole al mundo que esa mujer le pertenecía. No supo por qué, pero la aborrecida imagen de Marcello Contardi no dejó de rondarle la cabeza en toda la tarde.
                                                    Marcello Contardi
PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ESTANCIA "LA AUGUSTA". ENERO DE 1998

El viento le azotó la cara y el pecho desnudo hasta el ombligo. Entre las piernas, a través de las bombachas, sintió la transpiración del tordillo que montaba en pelo y descalzo. Riachos de agua corrían por el cuello y los flancos de la bestia. El sudor le perlaba la frente, más de excitación que del esfuerzo de la cabalgata. Hizo detener al tordillo nada más que con la presión de los talones en los ijares, para otear el horizonte. El pecho le batía gozoso.
Quería emborracharse de pampa interminable y callada, del viento seco y áspero como él mismo, del olor familiar de la polvareda y del rumor de los arbustos achaparrados susurrando en lenguas perdidas.
¿Así habrá sido cuando venían a saquear los fortines? ¿La grandeza entontecedora los habrá aturdido igual que a mí? ¿De veras darían alaridos de guerra? ¿No habrá sido su humanidad solitaria queriendo espantar a los que se atrevieron a quebrar el silencio eterno y el silbo del viento?
El ocaso lo cegó y en ese momento, el horizonte podría haber sido el mar.
¿Quién soy? ¿El que pertenece a esta tierra desde sus mismos huesos, desde la sangre que me corre por las venas? ¿El que lleva las riendas del poder tras el poder, sin dejarme conocer por los codiciosos, los glotones, los avaros, los trepadores? ¿O nada más que la mano izquierda que reemplazó a la derecha, cortada porque supuraba su propia podredumbre? La pregunta le corroía el alma y entonces ansiaba desesperadamente volver a la tierrra, a cabalgarla, a pertenecerle, para reencontrarse en secreto con su identidad.

Dejó que el animal volviera al trote cansino. Se lo merece. Jamás lo espoleaba o azotaba: no hacía falta. Se entendían con la piel, el sudor, los resoplidos de los ollares y sus propios murmullos y caricias en las orejas. “Le brota el indio, José”, le decía el tatita, y él sonreía con esa sonrisa que apenas le movía las comisuras aunque le hiciera brillar los ojos.
Cuando llegó a las caballerizas, desmontó y dejó libre al tordillo para que volviera solo a su stud. Se calzó las botas antes de entrar, no fuera cosa de asustar a los asistentes. Una cosa es un coronel que vuelve de recorrer el campo a caballo y otra muy distinta, un indio que regresa de un malón imaginario. Al entrar se miró en el espejo para ver si ya se la había borrado la mirada de salvaje. Se prendió dos botones de la camisa de fajina y se pasó la mano por el pelo oscuro y corto.
— Mi coronel...— el asistente se paró en posición de firmes cuando pasó por delante de la puerta del estudio. Mientras encendía un Marlboro y lo pitaba con fruición, hizo un gesto con la cabeza. El subteniente asintió y le pasó el mensaje. Golpeó la puerta del estudio y entró. Golpeaba más por costumbre que por pedir permiso, porque ahora, al único a quien tenía que pedirlo era a sí mismo.
                                                                
                                                                            ****
— Le estoy ocupando el escritorio.
— No es mi escritorio...
— Déjese de pavadas...
— Mientras Ud. esté en esta casa, señor, seguirá siendo suyo.
— Mire que es tozudo.
La discusión era siempre la misma y sin embargo, al viejo le complacía el respeto que José no ostentaba sino ejercía. Sabía que más que palabras, era una actitud de vida. Por qué será que a veces los de tu sangre te salen torcidos, la manzana podrida del árbol, y los que recogés parecieran estar hechos de tu misma madera.
José se acomodó en el sillón frente al escritorio imponente. Al viejo le gustaba verlo, nunca totalmente relajado, atento tanto a los ruidos de fuera como a lo que ocurría dentro, en una espera tensa, casi animal. Con el correr de los años y la convivencia, se entendían sin hablar. A veces, les bastaba una seña mínima para saber la decisión o la opinión del otro.
La botella de whisky estaba sobre el escritorio y José se sirvió un par de dedos para acompañar el cigarrillo.
— 'Etchegoyen' — dijo él y José asintió sin hablar—. Alguien está metiéndose donde no debe — antes que José pudiera hacer ningún comentario, levantó la mano—. No quien ya sabemos. De eso me encargué personalmente. Ella no hará ningún movimiento ni creo que permita que los suyos lo hagan.
— No estoy tan seguro. Pasó bastante tiempo ...
— Yo sé lo que le digo. Es una mujer muy inteligente. Nos ha esquivado cuidadosamente, ¿o Ud. se cree que no sospecha por dónde andamos o qué hacemos? No, ella sabe y se calla. Bien hecho. Nosotros cumplimos nuestra parte del trato, y ella la suya.
José miró la brasa y pitó en silencio. Todavía tiene la camisa mojada de transpiración. Esos raptos que le agarran y lo hacen cabalgar desmesurado, como si quisiera morirse a caballo. Su única concesión al desenfreno. Se le antojó tan severo como su propio padre, ya nada más que un jirón de recuerdo perdido en la memoria. Lo halló tan espartano como él mismo y sin embargo... La misma duda que hacía que José vacilara internamente en asumir el lugar que él le había dado, y que José se había ganado, lo hacía vulnerable: lo llenaba de humanidad y eso era peligroso para la Orden. Hay decisiones que deben tomarse. Sin odio, sin rencor, sin piedad. Simplemente, hacer lo que debe hacerse. El ejercicio del poder a lo largo de toda su vida se lo había enseñado. Él había intentado enseñárselo a su nieto, su heredero, y había fallado. Mi error.
El nieto se le había desbocado salvaje, había cometido todos los excesos que permite el poder, se había revolcado en ellos y había pecado de lujuria de poder. Que es un veneno terrible porque te intoxica pero no te mata. No había sabido mantener la necesaria distancia con lo que había que hacer: se había involucrado, había manchado sus propias manos.
La equivocación de los milicos de pacotilla. Imbéciles soberbios. No entendieron que el poder se ejerce mejor sin sentimientos, sin dejar que broten los instintos. Cuando se deja que las entrañas manejen al cerebro, el vientre se vuelve voraz y obnubila al intelecto. Una cosa es instinto de conservación, otra muy distinta, gula. La gula de poder lleva a la lujuria. De la lujuria al derrumbe hay nada más que un paso.
Apretó los labios con fuerza, mientras alcanzaba el vaso de whisky. De nuestras propias destilerías, sonrió complacido. Una highland cream, la que se bebía en la mesa de sus Graciosas Majestades Británicas y que él se dignaba a venderle a cuentagotas a la Corona. La cara que pondría la vieja si supiera que su ‘appointed supplier’ es un argentino. Pequeñas venganzas poéticas.
Sonrió, y José intuyó su gesto y el pensamiento, y se rió a medias con él de la broma privada. Retomaron el tema de conversación.
— ¿Tienen algún nombre?
— Parecen ser los de IGPN. Asuntos Internos de ellos, o algo parecido — se encogió apenas de hombros — .Dos tipos. Van detrás de nuestro cliente.
Golpearon a la puerta, José dio la orden de entrar y un asistente les alcanzó un fax. Se lo pasaron entre ellos, mirando las fotos.
— Queda uno. El otro murió de insuficiencia renal — comentó casi para sí.
— Qué conveniente para nuestro hombre...— José levantó una ceja apenas sarcástica.
— La gente se muere— se encogió de hombros—. Podría no ser nada.
— El hombre es demasiado sanguíneo...
— Por ahora, esperamos.
— Por ahora — José asintió y se bebió de un trago lo que le quedaba en el vaso antes de continuar—. Estuve pensando en desarrollar algún comprador nuevo en Francia. Éste era un contacto de Nohant y tiene muchas veleidades de otra clase. No termina de gustarme. Habrá que averiguar porqué IGPN anda ocupándose de él.
Mientras José se levantaba para salir, le preguntó por Fernandito, y a José se le iluminaron los ojos.
— Bien, con ganas de venir a ver a su tatita. Extraña mucho en Buenos Aires. En una de esas, me pego una vuelta y me lo traigo para Pascua.
Su debilidad: el hijo de José. Le recordaba al padre cuando tenía su edad. No le decía abuelo sino "tatita" y eso lo llenaba de un orgullo medio zonzo. ¿Me estaré volviendo gagá del todo?


(1) No se hable más
(2)¡Pero no seas loca! A nadie



sábado, 10 de abril de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 1


PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ESTANCIA "LA AUGUSTA". AGOSTO DE 1997

El Gran Maestre


"Al principio me pareció medio zonza la idea, pero pudo más la necesidad y aquí estoy, escribiéndote estas líneas que supe que jamás te enviaría desde el momento mismo en que las concebí. ¿Qué será este impulso: la conciencia que me empuja a poner por escrito impresiones que jamás confesé a nadie? ¿La vejez y la soledad a las que ya nada puede vencer salvo mis recuerdos? ¿O será no más la muerte que gusta de acompañarme y quiere que le refiera mis cosas para no aburrirse de puro silencio aquí en la estancia? Siento que lee por encima de mi hombro, pero no me molesta. Llevamos tantos años juntos que ya somos como un matrimonio. ¿Quién de los dos da las órdenes? ¿Cuál de nosotros es el verdugo?
La tierra inmensa duerme bajo la helada. Esta tierra que es tan tuya como mía y que nunca quisiste conocer, quién sabe si por orgullo o por rencor. Aunque no soy el más indicado para hablarte de esos sentimientos, ¿verdad? Sos mi más oscuro y secreto espejo. ¿Qué puedo decir de vos que no diga de mí? Porque si vos te dejaste llevar siempre por tus pasiones y tus odios, yo usé las pasiones y odios del prójimo en mi beneficio.
Me pasé la vida queriendo hacer de cuenta que no existías y ahora comprendo que estuviste presente en cada uno de los momentos de mi existencia, aún a través de otros. Como si no bastara la sangre para atarnos, nos conseguimos otros lazos, más terribles, más mortales. Tenemos muchas culpas compartidas. Y ahora, cuando tu vida se te escurre de entre las manos, yo siento ese mismo frío entre las mías.
Quisiera sentir piedad por vos, por tus sentimientos furiosos y contrariados, por tu despecho y tu vacío igual al mío. Durante mucho tiempo creí que no sentía nada pero no era cierto: tuve que anestesiarme los sentimientos para poder ejercer el poder espartanamente. Hubiera sido una locura dejarlo en tus manos. La misma locura que hubiera cometido dejándolo en manos de mi nieto. Hoy sé que nunca confié verdaderamente en que él podría ocupar mi lugar, sólo que me negaba a admitirlo. Y estoy tan solo..."

Golpearon a la puerta imponente del estudio y él posó la lapicera sobre el papel.
— Señor...— el ayudante de José chocó los talones a modo de saludo, mientras le entregaba un fax.
Lo leyó con parsimonia. Entonces, ya está todo listo. La idea de viajar lo excitó. Despidió al teniente con un gesto y abrió el compartimiento para guardar la carta. Un secreto más entre otros.

NUEVA CENTRAL, ESCOCIA, SEPTIEMBRE DE 1997


Cnel.José Elías Ortiz


José Elías Ortiz, coronel del Ejército Argentino y jefe de Inteligencia Central de la Orden del Temple, se acercó a los cristales empañados vaso de whisky en mano. Una celebración íntima y sobria: el tatita no habría admitido otra cosa. Afuera, la nieve todavía escasa dibujaba paisajes de cuento sobre los alféizares. Una media sonrisa le tironeó de una comisura, templándole el gesto adusto de indio. La elección de la nueva Central no podía haber sido mejor, aunque los gastos para acondicionarla habían sido un poco más que discretos. Los alrededores estaban bastante desiertos: el pueblo más cercano estaba a más de cuarenta y cinco kilómetros, carretera de montaña de por medio, lo que no invitaba a los curiosos a acercarse. Su propio ascetismo hacía que el sitio le pareciera más acogedor que lo que le había resultado siempre la Central de París, demasiado expuesta para su gusto. Así había terminado, por culpa de ese hijo de puta.
Cerró los ojos, la frente apoyada contra los vidrios fríos. Los ojos azules, claros como el agua, helados, los mismos ojos del tatita. El gesto siempre despectivo de la boca, aquella misma boca infantil que allá en la estancia lo había llamado "guacho" tantas veces. Me odiabas abiertamente y yo te odiaba sordamente, sin tener siquiera el derecho a hacerlo, porque era el 'criadito', el hermano de leche no querido del heredero. Siempre fuiste un desmesurado para todo, hasta para hacerte matar. Nunca hubieras podido ocupar el lugar del viejo El poder debe ejercerse espartanamente para que perdure, casi sin pasión, mano firme y mesurada para que no te contamine con las tentaciones. Lo había aprendido del tatita, que así les había enseñado a ambos. Él había aprendido con humildad. El nieto se había burlado de ese estoicismo hecho a fuerza de pampa silente hasta la exasperación, de noches avasalladoras de estrellas mudas; de cabalgatas con nadie más que el viento por compañero, y se había encargado de demostrarlo con cada uno de los hechos de su vida.
Una sola vez el viejo lamentó los errores cometidos con su nieto y él supo respetar en silencio su dolor. “Me equivoqué con él y con el padre”, le había dicho con amargura. “Creí que si le quitaba el pasado a mi yerno y le daba la oportunidad de convertirse en alguien diferente, nacer de nuevo, podría cambiarlo. Creí que mi nieto no heredaría o no aprendería su crueldad torpe e inútil. Me descuidé y permití que lo alejaran de mi mano. He pagado caro mi yerro”.
Algo muy adentro se le había quebrado al tatita después de la muerte de ese malparido. En persona había dado la orden: anulación definitiva, un eufemismo no por tal, menos violento. La herida le estaba haciendo estragos, no visibles para otros que lo conocían apenas, pero sí para él, que le sabía hasta los silencios, cada vez más largos, más solitarios.
Supongo que a mi también me habría dolido. Pero si tu mano derecha peca... El viejo no había vacilado en cortarla, a sabiendas de que se cortaba a sí mismo la esperanza de su estirpe. Tendría que haberle evitado el dolor de la decisión, pensó mientras miraba el paisaje teñido de ámbar a través del whisky. Yo debí cargar con la responsabilidad y soportar el castigo que el viejo me impusiera. No tuve el coraje. ¿Le habrá dolido también eso? ¿Qué su hombre más fiel no fuera capaz de sacrificarse por él, por la Orden, anticipándose a ejecutar el castigo que sabía que otro merecía?
Y con todo, la orden del viejo no se había cumplido nada más que porque los franceses habían actuado antes. Tres de los cinco hombres del comando desaparecieron sin dejar rastro. Deben estar pudriéndose en el fondo del Sena con una piedra atada al cogote. Ese favor se lo debemos a los Varza. Su propio hombre, infiltrado con el encargo de eliminar al grupo ante cualquier desobediencia, había muerto junto al nieto en un supuesto enfrentamiento con la policía francesa, entre las sombras del Bois de Boulogne. El paso de aquel hijo de puta no se había conocido más que en las necrológicas: una mujer salvajemente asesinada; un suboficial degollado en el mismo Quai des Orfévres y dos más, muertos a balazos. Si hubo más víctimas, no quedaron rastros. A los franceses les importaba tanto o más que a ellos mantener la discreción sobre los hechos: también tenían sus buenos escándalos que tapar. La Orden por su parte, se había ocupado de limpiar a aquellos miembros que respondían al "Brigadier". La Orden no tolera ni perdona a los traidores.
¿Merezco el lugar que ocupo? ¿Tengo derecho a reclamar el puesto que no debió haber sido mío? Yo estaba siendo preparado para ser segundo. Esas preguntas le abrían las puertas de su infierno, árido y desierto, en el que estaba siempre solo, siempre dudando. No podía preguntar a nadie porque nadie respondería. Había sobrevivido al odio del nieto y a su propio odio por él, pero no sabía si sobreviviría al infierno de su propia duda.
— José...— la voz del viejo lo arrancó de sus pensamientos sombríos. Dio media vuelta hacia la puerta mientras el tatita se acercaba con andar pausado, el bastón enjoyándole la mano larga y huesuda.
Se acercó con un vaso del whisky favorito del viejo y se lo ofreció en silencio, mientras el otro se sentaba en el bergère más cercano a la chimenea.
— Siéntese conmigo, José. No me esté de pie cuando yo estoy sentado. Ya estoy viejo...— casi suspiró mientras se acomodaba.
— Ud. no es viejo, señor... — dijo mientras ocupaba el bergère vecino.
— Ah, déjese de pavadas — el viejo sacudió una mano impaciente y la dejó caer sobre el brazo del sillón —. ¿En qué andaba pensando, ahí parado delante de la ventana?
— En nada — mintió mirando el fuego.
— ¿Sabe una cosa, José? Ud. no sabe mentir.
Se quedó callado, la boca apretada contra el borde del vaso de cristal. Asintió y bebió despacio.
— ¿Por qué cree que no merece el puesto que le toca?— insistió el viejo con voz llana.
Se le anudó la garganta. Por qué me conocerá tan bien. El viejo continuó.
— Nos reagrupamos y reorganizamos en muchísimo menos tiempo del que creíamos. Expurgamos las filas de las lacras. Nos recuperamos económicamente. Todo eso es mérito suyo. Yo no lo hubiera hecho mejor— estiró el brazo y palmeó el suyo apoyado en el brazo del bergère.
El hecho que el viejo estuviera tan al tanto de todo como siempre, lo sorprendió menos que el gesto inusual de afecto. Prácticamente se había retirado hacía casi dos años, después de la muerte del nieto, para dejar en sus manos la conducción de la Orden. Por primera vez, el Gran Maestre no era de ascendencia europea. José prefería prescindir de esos títulos rimbombantes. Jefe de Inteligencia Central es más adecuado a lo que hago.
— Con Ud., José, me pasa algo raro: es como si no necesitáramos hablar para saber lo que nos pasa.
— Son los años juntos, señor.
Bebieron lo que les quedaba en los vasos y José se levantó para servir otra vuelta. Cuando se inclinó con la botella hacia el viejo, los ojos azules, claros como el agua, del tatita, se prendieron de los suyos.
— Él era mi nieto. Ud... — subrayó —, es mi hijo. No siempre se puede elegir a un hijo. Yo lo elijo a Ud.
La botella tintineó apenas contra el cristal del vaso.
— Gracias, tatita.
— Sirva y déjese de pavadas.

BUENOS AIRES, BARRIO DE LA RECOLETA, SEPTIEMBRE DE 1997

Tte. Conrado Seoane


— La decisión que enfrentan es fundamental. Deben saber que cuando la tomen, no habrá marcha atrás.
Paseó la mirada de color lapislázuli lentamente por el auditorio, deteniéndose en cada una de las caras ansiosas y atentas, evaluándolos uno por uno. Más asentimientos silenciosos. Inspiró y el aire le silbó a través de la garganta en una borrachera de hiperventilación.
— Vamos a establecer un nuevo orden, con sangre renovada.
Los rostros más viejos se distendieron en sonrisas de autocomplacencia; los ojos de los más jóvenes brillaron con dureza.
— Le devolveremos el orgullo a la raza.
Orgullo. Raza. Le pareció que las palabras le vibraban en la garganta y le retumbaban en el pecho cada vez que las pronunciaba. Los despidió con el saludo prohibido y cuando los otros respondieron, un placer frío le recorrió la espina dorsal. Mi Blitzkrieg está cerca. Cuando salieron, Conrado Seoane sacó del bolsillo el objeto que había estado tocando todo el tiempo mientras hablaba. Apretarlo en la mano le provocaba una especie de electricidad mística. Por vos, viejo. Por vos, hermano.

domingo, 14 de marzo de 2010

La mano derecha del diablo- PROLOGO-2º PARTE

MILÁN, 1930
"Desnudo" Guido Cadorin

Esperaba el encuentro desde hacía meses, espiando cada carta que su madre recibía. En el último año Vittorio había viajado varias veces y su padre, ninguna. Enojado y envidioso, no se atrevía a hablar con su hermano. Debe considerarme nada más que un crío.
Vittorio era extraño. Joven y sin embargo seco y severo como el viejo. Mientras él moría por entrar al tout—Milano y se enfurecía con su madre por ser tan pacata y tan rústica que no se atrevía a alternar con las señoras elegantes, Vittorio, que tenía todo al alcance de la mano para hacerlo, evitaba la vida social tan a menudo como podía.
En el último año, él había madurado mucho y no sólo físicamente. Era casi tan alto como Vittorio, lo cual significaba que pronto sobrepasaría a su padre. En unos años más el parecido físico con su hermano haría que los confundieran con mellizos.
Pero es en lo único en que nos parecemos. Mi hermano debería ser cura. En sus soliloquios lo llamaba "il cardinale", un poco por burlarse y otro poco por imaginarlo como un Richelieu severo. Vittorio tenía costumbres en exceso ascéticas para sus propias ansias juveniles. Seguramente jamás le haya levantado las faldas a ninguna mucama, pensaba tirado en su cama. Él ya se había ocupado de cubrir esos vacíos en su educación de una forma más que eficiente, y la experiencia adquirida estaba comenzando a rendir sus frutos: el personal femenino más joven de la casa se peleaba en secreto por entrar al dormitorio del padroncino (1), que disfrutaba de los favores de todas sin despreciar a ninguna. Inclusive Miss Parsons parecía haber escuchado ciertos rumores porque se sentaba cada vez más lejos de él a la mesa de estudios.
Una mañana, cuando su madre había hecho una de sus raras salidas — a la iglesia, a confesar alguna estupidez — decidió que ya era hora de probar el menú inglés. Los conocimientos obtenidos gracias a los voluntariosos servicios de las mucamas demostraron ser mucho más útiles de lo que hubiera esperado, porque Miss Parsons se rindió como una colegiala asustada. Descubrió que la reputación de la corsetería francesa no era en vano. Resultó excitante saber que debajo de ropas grises y frías se escondían fuego y encajes. Fue toda una experiencia el iniciar a una Miss Parsons deliciosamente madura y maravillosamente bien dispuesta a aprender.
Seguramente mi madre ni siquiera conozca el satén para la ropa interior. Es mejor que no alterne con damas de nuestra clase social, sería terrible que descubrieran lo vulgar que es, se avergonzaba secretamente.
La tarde en que llegó su padre, él estaba con el tutor. Casi olvidó pedirle permiso para salir corriendo hasta el vestíbulo. Dos pasos antes de la puerta del corredor interno se plantó, recompuso la expresión, se acomodó la camisa y abrió. El aspecto de su padre lo dejó helado: había envejecido terriblemente desde la última vez que lo había visto, menos de un año atrás. No se le escaparon los ojos llenos de lágrimas de su madre, abrazada a la cintura del viejo. Tampoco se le escapó la expresión extraña de él ni la forma en que acariciaba los cabellos negros: su padre jamás hacía manifestaciones de afecto delante de la servidumbre. Algo serio le pasa al viejo, se dijo. Esperó silencioso a que le prestaran atención y cuando su padre lo hizo, leyó la inocultable sorpresa en sus ojos.
—Has crecido mucho, Marcello— murmuró el viejo al tenderle la mano recién desenguantada y fría.
— Padre, cómo está Ud— y al tomársela, la notó huesuda y arrugada. Sintió que el coraje que habia estado reuniendo durante tanto tiempo se le diluía y decidió hablar antes de perderlo del todo.
— Yo también quiero hablar contigo — murmuró el viejo. En ese momento, se alegró de haber pedido audiencia aunque se desilusionó un poco cuando su padre le dijo que hablarían más adelante.
El resto de la tarde fue insoportablemente largo y durante la cena familiar, se intercambiaron noticias sobre los dos continentes. ¡Qué maldita manía de no discutir temas personales en la mesa, Santo Dios! ¡Se trata de mi futuro!, quería gritarles a sus padres.
Cuando se fue a dormir descubrió que le era imposible y se levantó para escurrirse hasta la biblioteca, como lo hacía habitualmente. Había llevado su habilidad de recorrer la casa por los corredores internos de la servidumbre al estadio de arte. Las reuniones secretas de los hombres mayores ya no lo eran para él. Sí en cambio algunos temas sobre los que, por más averiguaciones subrepticias que había realizado, no había llegado demasiado lejos. Palabras que no se mencionaban, sitios, cargos apenas sugeridos; todo tenía una aureola de poder que él percibía y no podía alcanzar.
Unos ruidos ahogados le llegaron a través de las paredes del estudio de su padre cuando pasó rumbo a la biblioteca y lo picó la curiosidad. Se detuvo a escuchar y lo que oyó resultó inconfundible para sus oídos acostumbrados a los sonidos del amor furtivo. ¿El viejo está con una mujer en el estudio? La idea lo sorprendió tanto que casi tropezó. Volvió sobre sus pasos a la carrera y apoyó la oreja en el panel de madera : no hay dudas, ¡el viejo está montándose a alguien! Muerto de curiosidad se deslizó a su punto habitual de observación.
Su padre estaba con una mujer. Blanca, de formas armoniosas y suaves encerradas en el más delicado de los satenes. Desde el agujero minúsculo sólo podía verla desde los hombros para abajo, lo mismo que a su padre. Las piernas envueltas en medias negras se enlazaron en la cintura del viejo como dos serpientes lujuriosas mientras su padre, de pie frente al escritorio, la poseía lentamente, disfrutando de cada arremetida. Alcanzaba a ver las manos y brazos enguantados, rodeados por un pañuelo de seda sujeto al tirador de un cajón, y el torso bellamente esclavizado por el corsé, ahora a medias desnudo, bajo las largas manos arrugadas que acariciaban los senos espléndidos apenas cubiertos por el encaje.
¡Viejo fauno, se trajo una prostituta a casa!, pensó entre furioso y divertido. La escena se volvía ora violenta, ora sensual. La mujer lo provocaba una y otra vez, prisionera de las manos como garras y de los pañuelos de seda. Eran un monstruo de dos cabezas, un Girión sensual que contorsionaba sus dos mitades en éxtasis.
La excitación le quitó el aliento. No podía dejar de mirar mientras odiaba a ese anciano lascivo que manoseaba el cuerpo joven y duro. ¿Puta, cuánto te paga para que finjas de esa manera?
Se forzó a alejarse hasta la biblioteca. Si antes no podía dormir, ahora era imposible. ¿Quién es la fulana? Deseaba a esa mujer con toda la violenta furia adolescente de que era capaz. ¿Cuándo la trajo a casa? ¿Cómo? Bah, mi madre es tan santurrona, debe estar durmiendo hace rato. Volvió al corredor pero cuando llegó hasta su observatorio privado, el estudio estaba vacío. Qué imbécil, se insultó. Demoré demasiado.
La escena se repitió varias noches esas semanas. En una ocasión alcanzó a presenciar la “ceremonia” completa : el viejo la desnudaba; la vestía besándole cada rincón del cuerpo maravilloso, enfundándole las medias y enlazándolas en los portaligas; él mismo sujetaba los cordones del corsé y de los zapatos interminablemente altos; ella se dejaba adorar como en un ritual pagano, hasta que el viejo elegía en dónde ataría a su tesoro para consumar el sacrificio. Luego seguían las súplicas, los ruegos y las más dulces torturas. No se atrevía a agrandar el agujero en el panel por temor a que lo descubrieran y sufría en silencio por ver la escena en su totalidad.
Estuvo tan distraído todo ese tiempo, que inclusive se olvidó de la audiencia y por lo visto de unas cuantas cosas más porque su tutor lo reprendió más a menudo que de costumbre.
—¿Qué te pasa, muchacho? — ladró el viejo cascarrabias—. ¿En dónde tienes la cabeza? ¡No sé ni para qué me preocupo por ti!
La llamada de atención le recordó que quería hablar con su padre sobre su futuro. Lo haría al día siguiente, sin falta.
Se prometió que la anterior había sido la última noche en que lo espiaría. Tengo que demostrarle que puedo ser muy bueno en mis estudios y en todo lo que me proponga, si quiero que me apoye. Después de todo, si el viejo quiere divertirse, no es asunto mío. Yo también me divierto. Se miró al espejo mientras se acomodaba la camisa: no es asunto tuyo pero esa tipa te caló hondo. Ya sabía que era morena y pequeña. Bueno, evidentemente le gustan las de ese tipo. Yo prefiero las rubias. Las mucamas de la casa ya sabían de sus gustos y Andreina se aprovechaba de sus trenzas doradas para obtener ciertos pequeños favores y vanagloriarse delante de las demás.
Quería retirarse temprano: mañana es el gran día. Estudió hasta tarde y se durmió sobre los libros. Despertó aturdido, incómodo y con dolor de cabeza y fue a la cocina a tomar una aspirina. Como siempre que andaba de noche por la casa, usó los corredores de la servidumbre.
Al pasar por el estudio, los ruidos lo atrajeron como un imán. Se obligó a seguir hasta la cocina pero al volver, la curiosidad y su sexo malhumorado e imperativo lo llevaron hasta el panel de siempre.
Ahí estás, zorra. Se prometió que encontraría a esa mujer y repetiría el ritual hasta el más mínimo detalle. Imaginó sus manos ajustando los lazos hasta casi quebrar la cintura y se mareó de voluptuosidad.
Parece que llegué en el momento culminante. El rostro de fauno mostraba la tremenda tensión previa al orgasmo. El cuerpo blanco se retorcía jadeante entre súplicas, deseable y hermoso en su desesperación. Por fin acabaron, él resollando desplomado sobre el escritorio y ella cubriendo de besos las arrugas repugnantes.
Te odio, puta, se mintió, te aborrezco por acostarte con este viejo decrépito. Cerró los ojos y se recostó contra la pared opuesta al panel, tratando de empujar hacia el estómago el nudo de deseo que lo estrangulaba. Oyó murmullos y se acercó a espiar. La escena lo sorprendió: el viejo estaba sentado en su sillón, envuelto en su bata de seda, y la mujer estaba sobre sus rodillas, también en bata, acariciándole la cara y el cabello. La larga melena negra se le desmadejaba por la espalda y el viejo la acariciaba distraído. Hablaban en voz queda, así que pescó la mitad de la conversación susurrada entre amantes.
— Si te pidiera que te quedaras, ¿cuánto tardarías en detestarme por haberlo hecho?
— No digas eso... — murmuró el viejo.
— Una mujer puede dejar todo lo que tiene por quien ama...
— Ya lo sé... — la interrumpió el viejo y la besó.
— ...pero un hombre..., tú, en tu posición... No, vida mía, no puedo...— la mujer contuvo un sollozo.
— Entonces ven conmigo.
Hubo una larga pausa antes de la réplica de ella.
— ¿No quisiste llevarme antes, por qué tendrías que hacerlo ahora? Está bien así. Yo lo entiendo. Es que te amo demasiado y cada día me es más difícil vivir lejos de ti
— No me arrepiento de nada de lo que hice en mi vida— el viejo reclinó la cabeza contra el respaldo mientras sujetaba a la mujer contra su pecho—, excepto el no haber tenido el coraje de tenerte junto a mí. Fui un cobarde...
— No es verdad...
— ... y lo descubro apenas hoy, cuando ya es demasiado tarde.
Comprendió que ella lloraba y ahogaba las lágrimas en el pecho del viejo. No entiendo nada. ¿El viejo quiso dejar a mi madre por ésta? Porque si no, ¿de qué otra cosa pueden estar hablando ?
La conversación continuó en tonos susurrados y tuvo que hacer un esfuerzo considerable por entender algo. Están hablando de mí, se sorprendió. ¿Por qué habla de mí con esa...? Una sospecha espantosa se le aferró a la garganta y no le dejó pasar más saliva. La pareja se levantó y abrazados, fueron hacia la puerta del estudio. Reunió el coraje que le estaba flaqueando y se precipitó por los corredores hasta el piso de arriba. No es cierto, no puede ser. Corrió como un loco, los ojos llenos de lágrimas rabiosas.
Al asomarse al corredor principal, los vio entrar al dormitorio. Cuando la puerta doble se cerró tras ellos, se metió en su cuarto. Ciego de furia golpeó los muebles y las paredes, ahogando como podía los gritos que pugnaban por escapársele de la garganta.
La puta del viejo asqueroso, la ramera voluptuosa que esclavizaba a su padre y a él, la mujer que deseaba hasta la exasperación como nunca antes a otra, era su propia madre.

Reale Accademia Militare di Modena

Se despertó gracias a los golpecitos en la puerta y lo hizo de un malhumor insoportable. Le latían las sienes por haber dormido mal y antes de verse al espejo supo que las ojeras lo traicionarían. No se molestó en responder pero quien golpeaba evidentemente gozaba de ciertos privilegios en la casa porque entró sin esperar su permiso.
Casi dio un salto en la cama al ver a su madre inclinada sobre él para besarle la frente.
— Dai, caro, alzati (2). Tu padre te está esperando — se acercó a la percha-valet y dejó colgado algo en ella —. Eres un poco joven todavía para esto, pero quiero que tu padre vea cuánto has crecido y madurado. Ya eres todo un hombre, hijo mío — sonrió dulcemente.
Odiaba su sonrisa, su dulzura, sus besos. La odiaba desesperadamente desde hacía una noche. No te acerques, quería gritarle, pero las palabras se le enredaban en la lengua. Se levantó de un salto, sin mirarla, a lavarse la cara. Cuando regresó, ella todavía esperaba.
— ¿Vas a quedarte ahí mientras me visto? — masculló entre dientes.
— Ya me voy. Quería nada más que vieras lo que te traje. Espero que te guste— señaló la ropa colgada.
Se acercó, tratando de pasar lo más lejos posible de ella. Cuando revisó la ropa casi se cayó sentado : ¡pantalones largos! No pudo evitar mirarla sorprendido. La mano pequeña y suave le recorrió la mejilla.
— Te espero en el corredor. No tardes — y salió.
Se vistió a los trompicones y cuando terminó, el espejo le devolvió una imagen desconocida: podría haber estado mirando a Vittorio en uno de sus trajes de tarde. Levantó la cabeza en un gesto arrogante, el mismo gesto que su hermano y su padre, y se admiró frente al cristal. Su estampa le dio confianza; parecía mucho mayor que sus casi quince años. Salió del cuarto dispuesto a enfrentar al mundo entero si era preciso. Su madre lo esperaba al final del corredor.
— Estoy tan orgullosa de ti — murmuró al verlo.
Se sonrojó sin querer y la detestó todavía más por ello. Ella extendió la mano y la retiró de inmediato.
— Iba a tomarte de la mano— se excusó —, pero ya no eres un niño. Deberías llevarme del brazo. Sacudió la cabeza sin hablar y le ofreció el brazo que ella pedía. Mientras bajaban las escaleras se cruzaron con Andreina. La mucama no pudo disimular la sorpresa y lo miró como si acabara de descubrirlo, admirada y con la boca abierta. De reojo pescó la sonrisa, entre reprobadora y divertida, de su madre. Cayó en la cuenta de que ella sí sabía de sus correrías por los cuartos de la servidumbre. No supo cómo pero logró mantener la compostura. Volvió apenas la cabeza y Andreina le dedicó una mirada perdidamente enamorada que le dio la seguridad que le faltaba junto a su madre. Sonrió para sus adentros y se prometió que esa noche celebraría sus pantalones largos a toda orquesta.
A punto de entrar al estudio, en un extremo del corredor se arremolinaron las faldas negras y los delantales blancos para desbandarse luego por toda la casa. Esta sería una noche muy larga. Serviría para celebrar tanto como para olvidar.
El viejo estaba sentado ante su escritorio monumental. Tuvo que hacer un esfuerzo para arrancarse de la memoria las imágenes de las noches pasadas. Si los cajones de este mueble hablaran... Se sentó frente a su padre, reuniendo coraje y saliva, pero el viejo le ahorró el aliento. — Sé que estuviste esforzándote mucho en tus estudios, Marcello — él asintió vigorosamente —, y que hay un motivo muy importante para eso.
El viejo hizo una pausa para que él hablara.
— Padre... — no tartamudees, cretino, se insultó. Se miró los pantalones largos y recobró el habla—. Quiero ingresar a la Accademia Militare. Sé que puedo hacerlo. No lo desilusionaré.
El viejo lo miró largamente, los ojos del color del agua traspasándole los suyos. Después meneó la cabeza.
— Me esperaba algo así. Tu madre me puso al tanto de algunas cosas y tu tutor me lo confirmó — tosió para aclararse la garganta —. Existen... algunos inconvenientes, por así llamarlos. Pero le prometí a tu madre que... lo solucionaría.
¿De qué habla el viejo ? ¿Qué tipo de inconvenientes ? ¿Será por mi madre? Miss Parsons se lo había explicado. No es de familia noble como el viejo y por otra parte, yo no tengo derecho al título, soy el segundón, eso lo heredará Vittorio. Pero por lo demás, soy tan hijo y tan noble como mi hermanito mayor. Su padre continuó.
— Has demostrado ser lo bastante mayor para enterarte de ciertas cosas. Si puedes divertirte como un adulto — lo miró significativamente y él tuvo la presencia de ánimo suficiente para aguantarle la mirada —, puedes también entender cosas de adultos.
— Precisamente de eso se trata, padre — se atrevió a interrumpir —. Sé que tanto Vittorio como Ud. se ocupan de asuntos importantes. Quiero demostrarles a ambos que ya no soy un niño y que quiero estar preparado para ocuparme también de esos asuntos.
— No tengo dudas de que estás más enterado de algunas cosas más de las que yo o tu hermano imaginamos — lo reprendió apenas —. Eres un muchacho brillante, Marcello. Quizás un poco demasiado impetuoso para tu edad. Pero de lo que quiero hablarte tiene que ver con la Accademia.
Hubo una pausa incómoda y el viejo retomó el discurso, en voz más baja.
— Yo... cometí un grave error del que me arrepiento profundamente, porque le hace daño a quien amo más que a mi vida— ¿Mi padre hablando de amor ? Bueno, después de haber visto o, quién lo que vi, quién sabe, pensó sarcástico. — Quizás algún día te encuentres en mi situación y espero no cometas la misma equivocación. Y las consecuencias de ese error hoy pueden ir en contra de tus intereses, figlio mio(3).
Era la primera vez que lo llamaba de esa forma. Se mordió para no interrumpir.
— Pero he decidido reparar ese error antes de que sea demasiado tarde.
— ¿De qué habla, padre ? — preguntó, muerto de curiosidad.
— Que me casaré con tu madre para que puedas ingresar a la Accademia. De otro modo jamás te lo permitirían.
Se hundió en el asiento como si lo hubieran golpeado en la cara. ¡Soy un bastardo! Le costó seguir prestando atención a cuanto su padre decía. El viejo llamó al ama de llaves para pedirle que buscaran a su madre. Cuando ella entró al estudio, él la llamó a su lado.
— Le he explicado a Marcello cómo son las cosas— su madre bajó los ojos, levemente ruborizada. ¡Puta, no eres más que la puta del viejo! ¡Cómo pudieron hacerme esto, avergonzarme de esta manera!
— Y también le dije que me casaré contigo.
Ella trató de interrumpir y el viejo le tomó la mano y se la besó.
No, Ombretta, debe hacerse así si Marcello quiere ingresar a la Accademia. Nadie podrá entonces poner ningún tipo de impedimentos. Dependerá exclusivamente de ti, hijo, de tu inteligencia. Que no se diga que un Contardi no pudo demostrar su capacidad porque alguien no supo reparar un equívoco a tiempo.
Su madre miró al viejo fauno con ojos llenos de amor y lágrimas.
— Me pondré celoso de ver que te preocupa tanto este joven caballero— sonrió su padre.
¡Está completamente chocho, viejo estúpido! Quería salir de esa habitación, de la casa y no verlos nunca más. En los días que siguieron se encerró con el pretexto de estudiar. Su tutor se sorprendió de su aplicación y su celo, y lo felicitó. Cuanto más pronto me vaya, mejor. Incluso trataba de evitar las cenas familiares, dentro de lo posible y de lo cortés. El viejo jamás se había quedado durante tanto tiempo.
Las mucamas comenzaron a acusar parte de la violencia interior arrolladora que lo impulsaba. Me negaron la honra de ser un hijo legítimo. Nadie me negará jamás nada. Nunca más, se prometió y desataba su furia impotente con las doncellas, que se peleaban por saltar dentro de su cama. Andreina y Miss Parsons compartían por igual sus negras fantasías y eran sus víctimas complacientes, sin saber que reemplazaban a una mujer prohibida.
Pasó los exámenes de admisión tan limpiamente que mereció una felicitación. El mismísimo viejo sucio se reunió con los capitostes de la Accademia, que le palmearon el hombro y estrecharon la mano de su padre con respetuosos “Signor Conte”. Estarían orgullosos de tener a un Contardi entre ellos. ¡Por supuesto que lo estarán, si lo que esperan es usufructuar las influencias del viejo! Sentía que en esos pocos días no había madurado, sino envejecido.
Estaba acomodando su ropa y sus cosas en las maletas cuando su madre entró a su dormitorio.
— ¿Estás contento, figlio mio ? — preguntó ella con voz cantarina.
— Sí, madre — respondió sin volverse. ¿No te das cuenta de cuánto te detesto?
Hubo una pausa larga.
— Yo soy nada más que una muchacha de pueblo. Me enamoré de tu padre y sigo tan enamorada de él como la primera vez que lo vi. Nunca le pedí nada a cambio y él quiso dármelo todo. Lo más importante en mi vida han sido tú y él, y nunca quise otra cosa más que mi familia. Marcello... me harás mucha falta, lo sabes. Pero estoy orgullosa de ti y de lo que conseguiste.
¿Qué conseguí, que el viejo se casara contigo?, estuvo a punto de soltarle. Asintió mudo. Ella se acercó y lo abrazó.
— Estás casi tan alto como tu padre — y se empinó en la punta de sus piececitos para besarlo en la mejilla. ¡No me toques, por Dios, no te acerques! Te odio tanto, mamá.
— Tu padre quiere que nos tomemos una foto. Regresa a Buenos Aires y quiere llevársela con él. El fotógrafo está esperándonos en el estudio. Estaré abajo.
Cuanto antes baje, mejor. Terminó de vestirse y corrió a tomarse la condenada fotografía. Se tomaron una los tres juntos, él sintiéndose un idiota hipócrita junto a sus padres, y luego una él y su madre solos, él de pie detrás del sillón. Por indicación del fotógrafo puso la mano sobre el hombro de su madre.
Cuando el fotógrafo y su padre salieron del estudio, se dio cuenta de la expresión desconsolada de su madre.
— ¿Qué te pasa ? — preguntó seco.
Ella se quebró y se sentó a llorar en silencio. Se quedó petrificado, embargado por una emoción que no podía soportar.
— No quiero que tu padre me vea llorar— murmuró y respiró profundamente para recomponerse.
— No te preocupes, siempre vuelve — se sorprendió consolándola con torpeza.
Ella levantó los ojos oscuros y maravillosos, llenos de dolor.
— Ya no volverá, Marcello. Tu padre se está muriendo.

MILÁN, 1943

La mansión estaba más silenciosa y oscura que lo habitual en esos tiempos sombríos, lo cual no colaboró con el ánimo igualmente sombrío del mayor Marcello Contardi. El personal se retiraba temprano y se apagaban todas las luces posibles. En el único lugar de la casa en donde se mantenían encendidas era en su dormitorio y su estudio, por expresa orden de Ombretta.
Hacía ya mucho tiempo que Ombretta había dejado de ser "mamma” para sus adentros y el “madre” era una mera formalidad que cumplir en público o delante de la servidumbre. Detestaba evocar la silueta armoniosa y de curvas dulces, aquel rostro delicado y esa voz cantarina. Ombretta intuía su malestar sin comprenderlo y se mantenía alejada de él, aunque en varias ocasiones la había pescado en el extremo de algún corredor o asomada al vano de alguna puerta, observándolo con una mezcla de tristeza y orgullo por ese hijo al que ella le importaba cada vez menos.
Esa noche, Marcello no estaba de ánimo conversador. Ni siquiera el revoloteo de Andreína lo entusiasmó y la despachó secamente. El régimen de Mussolini había fracasado e Italia ya había perdido la guerra escandalosamente. El piloto austríaco Scorzeny había rescatado al Duce de su prisión en el Sasso, en la cara de los Carabinieri — o con su connivencia, nunca se sabría del todo— , pero Mussolini estaba destinado a ser un títere de Hitler durante lo que quedara de la guerra o lo que le quedara de vida. Marcello no se hacía demasiadas ilusiones, ni siquiera respecto a la utópica y absurda Repubblica di Salò que Mussolini había declarado en el Norte dominado por los partisanos. Entretanto, los americanos hacían una jugada que sería clásica en ellos: aliarse con sus enemigos públicos número uno para atacar a otro enemigo mayor. Le famiglie (4) de la Cosa Nostra de Chicago y Nueva York les habían abierto las puertas de Sicilia a los Marines, allanándoles el camino hacia el continente. Era una clase de favores que solía pagarse a precios muy altos.

Croce al Merito di Guerra - Medaglia d'Argento al Valore Militare (condecoraciones II Guerra Mundial- Ejército Italiano)
Con el Ejército dividido entre los fieles al Duce y los monárquicos, Badoglio coqueteaba con los Aliados tratando de salvar lo que pudiera de los agonizantes gobierno y fuerzas armadas, y una Italia derrotada desde el día mismo en que había entrado al Eje, le declaraba la guerra al III Reich.
Le dedicó una mirada de desprecio a la fotografía con las condecoraciones por su desempeño en la campaña de Abisinia. En algún cajón de sus armarios, dormían la Medaglia d’Argento al Valor Militare y la Croce al Merito di Guerra. Pocas cosas lo hacían sentir tan impotente como esas condecoraciones. La campaña a Rusia había sido desastrosa y el Ejército había sufrido suficientes pérdidas como para que la Medaglia d’Argento no significara nada. Se tiró en la cama a fumar, con la guerrera desabrochada y sin quitarse las botas. Después de un rato, sacó la carta de Vittorio de un bolsillo y se dedicó a descifrar el código de encriptamiento.
El contenido le hizo esbozar una media sonrisa: los alemanes estaban seriamente preocupados por el futuro del III Reich. Parece que ya no creen que durará mil años, pensó con desprecio, mordiendo el cigarrillo, un lujo que escasos oficiales podían darse a esa altura de la guerra. Se recostó en el cabecero de la cama: la oferta de los alemanes a cambio de una vida nueva en “territorio no hostil” se medía en lingotes de oro, pero Vittorio se proponía obtener mucho más que dinero: ciencia y tecnología de avanzada, como pago por asegurarle a la élite de las fuerzas armadas germanas un futuro posible, lejos de Europa. No podía menos que aprobar la contrapropuesta de su hermano.
Él sería el enlace entre ambos continentes, supervisaría que los depósitos se efectuaran a tiempo y que los viajeros embarcaran con adecuados sigilo y discreción. Su participación en los negocios familiares se depositaría en una cuenta en Montevideo, que a su debido tiempo sería transferida a Suiza. No había querido recurrir a ningún banco europeo durante la guerra: nadie sabía qué ocurriría con esos depósitos cuando todo terminara, y ahora que los brutos americanos parecían haber entendido el arte de la guerra, y habían conseguido revertir sus impresionantes derrotas y marchar lento pero seguro a la victoria final, quién podía imaginar qué harían al toparse con la impasibilidad de los banqueros helvéticos.
Aplastó el cigarrillo con descuido. Por fin algo bueno saldrá de toda esta mierda.
Unos golpecitos discretos a su puerta lo sorprendieron y guardó la carta. Mañana le responderé con un telegrama. Invitó a quien golpeaba a entrar, deseando que no fuera Andreina: no tenía deseo alguno de sexo esa noche. Era Ombretta. A los cuarenta y un años la belleza se le había vuelto tran trágica como la de la Addolorata y su pena interminable lo enfurecía. Desvió de inmediato la mirada que revelaba cuanto él se esforzaba por ocultar.
— No te robaré mucho tiempo, figlio mio. Sé que estás cansado.
Él asintió sin hablar.
— Vuelvo a Nápoles, con mi familia...
— ¿Nápoles? ¿Te volviste loca? — casi rugió.
— Ya no puedo seguir viviendo aquí, sola — Ombretta tragó saliva para tomar valor —. Sufro demasiado en esta casa vacía que me recuerda a tu padre.
— ¡Padre murió hace doce años!— escupió rabioso, muerto de celos de ese fantasma que todavía rondaba la casa y la vida de Ombretta.
Ella continuó sin hacer demasiado caso de su enojo.
— Parto pasado mañana. No quise hacerlo antes porque quería decírtelo personalmente— suspiró —.Pure tu mi manchi (5)... pero sé que no es recíproco— una lágrima se le deslizó hasta la barbilla, pero orgullosamente, ella no la enjugó. Se quedó paralizado, escuchándola —. No soy la madre que merece un Contardi. Tampoco fui la esposa ideal para un noble como tu padre. Prefiero volver a donde pertenezco.
Le respondió con una absoluta estupidez.
— Permíteme que te dé una escolta adecuada. Es una locura viajar sola por Italia en estos tiempos.
Por un instante, Ombretta creyó que esa escolta sería él y cuando por su mirada comprendió que no sería así, su rostro se apagó como una vela que agoniza.
— No es necesario...
— Es lo menos que puedo hacer por tí, madre. Dame unos días para organizar el viaje.
— No es...
— Lo hablaremos mañana en el desayuno — dio por terminada la conversación y Ombretta asintió desvahída y se marchó a su cuarto.

***
Se levantó muy temprano a despedir a su madre. Ella se empinó y lo besó en ambas mejillas, dejándoselas empapadas con sus lágrimas. Se subió al automóvil sin siquiera preguntarle si la visitaría, porque ambos sabían que él no lo haría, pero le dejó en la mano un papelito cuidadosamente doblado, escrito con la caligrafía infantil que tanto lo avergonzaba y donde le indicaba la dirección de sus parientes.
— Escríbeme — susurró Ombretta y él le mintió diciendo que lo haría.
Un instante antes que el auto arrancara, ella saltó y corrió a colgársele del cuello y apretarse contra su pecho mientras sollozaba. Se quedó rígido y apenas atinó a rodearla con un brazo y acompañarla de regreso al auto. En un impulso, tomó las manos y la cara de su madre y las cubrió de besos, mientras murmuraba vaya a saber qué locuras. Feliz, Ombretta le acarició la cara y lo besó en la frente, diciendo:
— Figlio mio, Iddio ti benedica.(6)
Le temblaban las piernas cuando se incorporó y cerró la puerta del auto, agradeciendo que nadie de la servidumbre hubiera presenciado la despedida.

Bombardeo de Nápoles, 1943



No golpeaban a la puerta: estaban aporreándola. Andreina se había despertado primero y llevaba su buen rato sacudiéndolo. Saltó de la cama desnudo e irritado, y manoteó la bata.
El ama de llaves, también en ropa de cama, lo acompañó hasta la planta baja donde un sargento en uniforme manchado esperaba en medio del recibidor. Era uno de los hombres que había enviado como escolta de Ombretta. El sargento estaba pálido.
— Mayor Contardi— jadeó, haciendo la venia —, lamento informarle que su señora madre murió durante un ataque Aliado a la ciudad de Nápoles.
El hombre se quedó mudo y él también. Sólo después de unos instantes negros como su desesperación y su furia, pudo preguntar cuándo.
— Ayer, señor. Mi más sentido pésame, señor. No fue posible rescatar ningún cuerpo...Señor — el sargento terminó la frase con un murmullo.
El ama de llaves se adelantó y con un susurro invitó al hombre a pasar a las cocinas a beber algo caliente. Él estaba paralizado, como golpeado por un rayo, y se quedó mirándolo seguir a la vieja con la cabeza gacha. De pie en medio de la nada, oyó a lo lejos al coro de mujeres llorar y desgañitarse. Dio media vuelta y regresó a su dormitorio, seguido tímidamente por Andreina que pretendía hacerle compañía. La echó del cuarto a los gritos, cerró la puerta con llave y se desangró los nudillos golpeando las paredes hasta que el dolor insoportable de las fracturas lo obligó a detenerse. De rodillas en medio de la habitación, aulló como un animal. Afuera, Andreina sollozaba, pidiendo que la dejara entrar.
Siguió gritando y sacudiéndose contra las paredes hasta que la voz del doctor Ruggiero Bozzi logró traerlo de regreso a la realidad en la que Ombretta estaba muerta.

***
La voz melodiosa y educada de Valentina Bozzi respondió a sus bruscos rezongos y le hizo cambiar de humor y de tono de voz. Valentina entró al cuarto y se sentó tímidamente en el borde de la cama, tomándole la mano enyesada, mientras la doncella retiraba la bandeja con el desayuno.
— ¿Te duele un poco menos esta mañana?
Asintió con una sonrisa.
— La mia fata dei capelli biondini (7) me hace olvidar cuánto me duele — respondió y Valentina se ruborizó. La inocencia y la dorada belleza de Valentina lo conmovían. Con la mano sana, Marcello le acarició el pelo.
Fresco del Albergo Ambasciatori,
por Guido Cadorin (1927)
La excusa para verse tan temprano en la mañana era que el padre de Valentina, el doctor Bozzi, quería verlo si es que él se sentía en condiciones. Lo esperaba en su estudio.
Ruggiero Bozzi lo había trasladado a su propia casa en el mismo vecindario elegante que los Contardi, dos días después de haber recibido la noticia de la muerte de Ombretta. “Es preferible que se aleje un poco de ese lugar: le trae demasiados recuerdos”, había sonreído apenado el doctor Bozzi.
Desde hacía unos ocho meses, Marcello escoltaba a la esposa del doctor, Donna Maria Pia Cacchierano in Bozzi, y a su hermosa y jovencísima hija, Donna Valentina Bozzi, en sus escasas salidas. Milán estaba todavía ocupada por los alemanes y no era seguro para nadie circular por la ciudad.
Ponerse el uniforme con un brazo enyesado hasta el hombro era una tarea engorrosa, pero se negaba sistemáticamente a que las mucamas lo ayudaran.
— Siéntate, Marcello. ¿Te molesta que te tutee? — Bozzi hizo que le ofrecieran café, que aceptó gustoso.
— En absoluto, dottore Bozzi.
Se entretuvieron en hablar de generalidades hasta que el mayordomo se retiró, pero él intuía que Bozzi quería hablarle de algo importante y privado. ¿Quizás acerca de Valentina? Se dijo que muy pronto debería comenzar a considerar el pedido de mano de la signorina Bozzi, sobre todo teniendo en cuenta que la había seducido en la mismísima casa de sus padres. Al fin y al cabo, él era un Contardi, un oficial del Ejército italiano y un hombre de honor, y Valentina una cría inexperta que se había aterrorizado tanto ante sus avances, que ni siquiera había podido negarse. En cierto sentido, la seducción había sido casi una violación. Y Valentina era menor de edad.
— ¿Marcello, recuerdas la conversación que mantuvimos hace una o dos noches, respecto de la posibilidad de transferir, ...eh... fondos…. a América? — Bozzi dejó flotar la frase en el aire.
— Argentina — aclaró él —. Sí, la recuerdo perfectamente.
— ¿Ya han comenzado a ... transferir?
— Hemos hecho una o dos operaciones a modo de prueba y fueron exitosas.
La conversación continuó en los mismos términos crípticos, pues nunca se sabía quién de entre la servidumbre de la casa podría ser informante de los alemanes, los partisanos o el mismo Ejército, aunque contaran con un oficial temporariamente albergado en casa. Por aquellos días, la traición empañaba las relaciones sociales milanesas.
El doctor Bozzi tenía un severo problema llamado Konrad Von Schwannenfeld, mayor de los SS que había estado a cargo de "campos de trabajo" en Polonia, y que conocía demasiado bien las idas y venidas de la familia como para que el doctor se quedara tranquilo. El mayor Von Schwannenfeld estaba enterado de las “transferencias” y le había manifestado a Ruggiero Bozzi su interés en realizar una: la de su propia estimable persona. Marcello releyó atentamente las líneas que Bozzi había escrito a toda velocidad y rompió el papel para después quemarlo.
— Puede hacerse. Pero tendrá que esperar. La lista de espera es larga.
Unas semanas más tarde Marcello ya no tenía el brazo enyesado, y la discreción imponia que estuviese instalado en su casa, porque después de todo, Milano è un paese(8) y no era cuestión de desatar habladurías. Regresaba de visitar a los Bozzi en carácter de prometido oficial de Valentina cuando encontró un Mercedes Benz negro estacionado en el lugar de su propio auto. Con fría cortesía milanesa, invitó a Konrad Von Schwannenfeld con grappa y café y se dedicó a estudiarlo. Casi tan alto como él aunque más corpulento; mandíbula firme y levemente prominente; ojos del color del lapislázuli, crueles y duros. El epítome de la raza aria en uniforme gris y negro e insignias de plata se acomodó en un sillón, dejando la fusta en una mesita. Resultaba bastante fácil imaginar la rapidez con que Von Schwannenfeld había intimidado al buen doctor Bozzi.
El mayor parecía conocerlo muy bien y tenía información de primera mano acerca de los operativos de transferencia. Con la copita de grappa haciendo equilibrio sobre el taco de la bota, el mayor quiso saber si existía alguna posibilidad de saltear turnos. Teniendo en cuenta todo lo que él había averiguado acerca de Von Schwannenfeld, la prisa del alemán era muy comprensible. El tipo le caía particularmente desagradable, pero hizo gala de un tacto exquisito al explicarle que todas las "transferencias" estaban meticulosamente planificadas, lo mismo que la obtención de la documentación nueva, que insumía bastante tiempo en su confección; además era preciso asegurar que las remesas previas de fondos se hicieran en tiempo y forma. La burocracia era inevitable aunque la maquinaria estuviera muy bien aceitada.
El mayor comenzó a mostrarse inquieto. Era evidente que no estaba en posición de amenazarlo abiertamente, pero Marcello no se hacía muchas ilusiones acerca del tipo de presiones que el otro podría ejercer. Recordó la desazón del doctor Bozzi. “Quítemelo de encima, por favor, mayor”, le había rogado, abandonando el “tú”. Mientras se bebía su grappa, evaluó la situación: Von Schwannenfeld estaba acorralado o pronto lo estaría y se volvería más peligroso aún. Sirvió una nueva ronda de alcohol y miró al otro a los ojos.
— De cualquier forma, mayor, estoy seguro de que podré hacer algo por sus prioridades — mencionó una fecha y Von Schwannenfeld se chupó las mejillas y asintió.
Se puso de pie para dar por terminada la visita y el alemán le tendió una mano húmeda de transpiración fría: el tipo estaba asustado. Durante varios días tuvo la curiosa sensación de ser observado en todas sus idas y venidas, aunque nadie lo molestó. Sabía que su correspondencia era interceptada y se lo hizo saber a Vittorio, no fuera el caso que se tratara de los Aliados.
La vacante para Von Schwannenfeld se produjo intempestivamente o no tanto, eso dependía del punto de vista: uno de los viajeros había sido hecho prisionero gracias a una denuncia anómima. Sacarlo de Gran Bretaña llevaría su buen tiempo si es que los ingleses no lo ahorcaban primero. Sin querer darse espacio para sospechas, se comunicó con el mayor para darle la buena noticia. VonSchwannenfeld le preguntó cómo podría agradecerle.
— Olvídese del doctor Bozzi y de su familia, mayor — le espetó fríamente —. Y eso me incluye.
El otro chocó los talones y desapareció en medio de la noche lluviosa junto con su Mercedes negro.
Tres meses más tarde, en uno de los febreros más fríos que recordaba, y mientras dejaba a su futura familia política en la puerta de su casa, les dispararon desde un automóvil gris medio desvencijado. El doctor Bozzi fue alcanzado por uno de los proyectiles y no sobrevivió, él recibió las esquirlas que arrancaron las demás balas contra la mampostería del frente de la casa, y Donna Maria Pia y Valentina salieron ilesas. Mientras disparaban, los insultaron en alemán.

MILÁN, 1969

Entró al edificio de BCB sacudiendo bruscamente las puertas y sin saludar. El pretexto era recoger unos papeles que necesitaba para la reunión de negocios de esa noche, y que su secretario había olvidado entregarle, contrariedad que bastaba para mantener su malhumor durante el resto de la semana según la dura experiencia del personal de la empresa. La verdad era que necesitaba calmarse y recobrar la presencia de ánimo suficiente para mantener un encuentro racional con cualquier otro miembro de la raza humana. Cerró de un portazo, dejando bien a las claras que no deseaba interrupciones y se desplomó en el sillón giratorio, respirando con fuerza.
Había ido al teatro a ocultarse en el anonimato de la platea vacía y oscura para presenciar el ensayo que personalmente se había encargado de exigir al regisseur. La había acechado lo mismo que un animal de presa, detrás del escenario y por los pasillos hasta el camarín, pisando sobre sus pasos leves. Había estado a punto de cumplir con la amenaza de matarla, tan violentos eran los sentimientos que ella le provocaba. Si cerraba los ojos podía evocar las sensaciones y sentir en la yema de los dedos la piel húmeda de transpiración y miedo, y los músculos estremecidos por el esfuerzo inútil de resistirse a su verga enfurecida.
Hecho un bollo informe en un bolsillo del pantalón, estaba el pañuelo de cuello que había usado como mordaza. Lo acercó a la nariz y lo olió, tratando de rescatar el tenue aroma de la piel que había vejado sin compasión. Se frotó el trozo de seda por la cara y el recuerdo le golpeó nuevamente el plexo y le descendió hasta las entrañas. Demasiado intenso, demasiado breve. La detestaba demasiado como para haber agotado su odio en ese único acto de brutalidad.

Descubrió que las manos le temblaban. ¿Por qué? ¿Acaso ella no había afrentado su orgullo masculino al despreciarlo? ¿Él no la había humillado en lo más íntimo de su condición de mujer, reduciéndola a la de hembra? Se había cobrado la afrenta con saña pero, ¿verdaderamente la odiaba? No se atrevía a responder a esa pregunta. Creyó que sentiría satisfacción y la única sensación que perduraba eran los resabios de aquella rabia irracional e impotente. Hundió la cabeza entre las manos. Había creído que el ejercicio de la violencia le provocaría un placer más duradero y se había equivocado. Se sentía afiebrado, consumido por ese sentimiento fatal que lo carcomía como una enfermedad. Había creído que podría extirparla de su vida y lo unico que había conseguido había sido marcársela a fuego en la piel. La sed espantosa que sentía ya no se le apagaría y lo que había hecho lo había convertido en esclavo de su propia ira.
En un paroxismo de furor impotente, golpeó la pared del despacho. El estallido de dolor le atravesó el brazo y le alcanzó el cerebro una fracción de segundo después. Se miró la mano fracturada con fascinación hipnótica. Puta, te odio. ¿Cómo pudiste hacerme esto? Lo agudo del dolor lo hizo evocar otro parecido, mucho tiempo atrás, cuando era joven y creía que Valentina podría borrar los recuerdos de otra mujer imposible. Valentina jamás lo habia conseguido y él jamás se lo había perdonado.
— ¡Puta! — repitió en voz alta, casi a los gritos, odiando ya no sabía a quién.
En el hospital, nadie le preguntó cómo se había provocado la fractura. Valentina hacía ya tiempo que no le preguntaba nada. El lugar de la muñeca donde se había fracturado le dolió durante los siete años siguientes, tiempo suficiente para imaginar todas las venganzas posibles y elegir la más cruel. Como siempre, las elecciones de Marcello Contardi llevarían sus actos mucho más lejos de lo que él podría imaginar.



(1)Patroncito
(2)Vamos, querido, levántate
(3)Hijo mío
(4)Las familias
(5)También tú me haces falta
(6)Hijo mío, que Dios te bendiga
(7) Mi hada de los cabellos rubios
(8)Milán es un pueblito