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viernes, 17 de agosto de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 44

MEDIANOCHE EN EL SEGUNDO PISO DE LA WOLFFSCHANZE

Marcel corrió hasta el final del corredor por donde se había ido el idiota llevando a Odette a la rastra, pero no vio a nadie. ¡La puta que lo parió, dónde mierda se metieron! A punto de largarse hacia las escaleras, un ruido amortiguado a sus espaldas le erizó los pelos de la nuca. Prestó atención. Pasos. Muchos pasos sordos y a un ritmo que reconocería dormido: el despliegue de un comando en operativo de copamiento. ¿Quiénes son? La posibilidad de que fueran los hombres de Seoane era desastrosamente alta. ¡Tengo que ir a buscar a Odette! Los pasos se acercaron, y se metió en una habitación vacía y a oscuras al principio del corredor, sin sacar el dedo del gatillo de la Uzi. Escuchó la respiración pesada de los tipos y espió por la hendija entre la puerta y el marco: uniformes negros. El corazón le saltó dos latidos. La puerta se abrió violentamente y dos tipos de negro y encapuchados lo encañonaron.
— ¡No se mueva! ¡Las manos separadas del cuerpo!
El más alto lo empujó contra la pared y le incrustó el fusil en los riñones.
— ¡Gire despacio! — ordenó el tipo mientras se encendía la luz.
 Se escucharon más portazos a lo largo del pasillo. De reojo, vio que el segundo hombre retrocedía hasta la puerta y salía, atento a lo que ocurría afuera. Levantó los brazos y comenzó a girar. El que lo encañonaba movió apenas el arma y él deslizó una pierna detrás de los tobillos del tipo y lo hizo volar por el aire, mientras que con el antebrazo golpeaba el fusil. Parece mentira que semejante mastodonte pueda dar una voltereta como esa. El tipo abrió los ojos enormes de asombro pero se recuperó instantáneamente y saltó sobre el arma. No lo suficientemente rápido, porque él la alcanzó antes y le apuntó al tipo, al tiempo que le arrancaba el pasamontañas.
— Jumbo, se supone que venías en mi auxilio.
— ¡Boludo! ¡Casi te vuelo la cabeza!
— ¿Ah, sí? ¿Y cómo, querubín? Soy yo el que apunta.
 — No fanfarronees tanto, bomboncito— Meyer levantó la zurda: sostenía una Tomcat ridículamente diminuta en su manaza pero muy efectiva a la altura de la entrepierna a la que estaba apuntada.
 — Bien hecho, compañero. Estoy tan contento de verte que tengo ganas de besarte.
 — Después, mi amor. Ahora tenemos que salir.
— Tengo una idea mejor.

**** 

El hombre de la garita de vigilancia del garage, tenía el quepis enterrado hasta las orejas y la visera sobre la cara. Ayrault lo saludó desde el auto y el tipo sacudió la cabeza. A Ayrault le gustaba el aspecto engañoso de su Wolfsschanze; disfrutaba del esplendor de su propio despacho y de la opulencia escondida en los pisos superiores, que imitaba el estilo de la antigua Central de la Orden del Temple en París.
El chofer del auto oficial lo había dejado en el departamento donde se alojaba cuando viajaba a la capital; él había despedido de manera algo más brusca que lo usual a la comitiva de asistentes, secretarios y adulones que zumbaba habitualmente a su alrededor. Janvier le había avisado de la llegada intempestiva de Seoane: ¿qué mierda podría haber pasado para que el tipo se adelantara? ¿Algo estaría saliendo mal? Era imposible que Seoane lo supiera antes que él. ¿Qué movería al tipo a llegar antes de lo convenido? Urgencias de pendejos, se encogió de hombros.
Un estremecimiento de anticipación le recorrió el cuerpo. Mañana. Falta tan poco para mañana... Seoane le había prometido un monto superior al exigido como rescate. Podría cubrir las deudas monstruosas que había generado la campaña política, entre sobornos, cuentas de publicidad y gastos de viajes. El sueño estaba ahí, al alcance de su mano y una vez en el Elysée, todo sería diferente. Todo, incluso su relación con el pendejo de Seoane y con la Orden misma. ¿Quién se atreve con el presidente de Francia? Tenía los hombres a su favor, el aparato político, el electorado... Su alcaldía en Chaumont había sido el ejemplo nacional de que cuando se quieren hacer las cosas bien, basta una mano firme y decidida.
“La gente está harta de ilegales que les roban el sueldo y atacan a sus hijos en la puerta de la escuela”, había pontificado desde su banca de diputado, apelando a ese chauvinismo fácil y efectista que siempre convencía al vulgo. El lema de su campaña plagiado a Monroe era “Francia para los franceses”, y había ganado adeptos en todo el territorio nacional. Francia para los franceses; yo soy francés; Francia para mí. El silogismo lo hizo sonreir cuando salía del montacargas al corredor del segundo piso. El que estuviera vacío y silencioso no lo sorprendió: en esos días la vigilancia se concentraba en los subsuelos. Sin mirar presionó la tecla del beeper, llamando a Janvier. Tener que llamar por segunda vez lo irritó. La tercera vez, regresó hasta el montacargas y aulló por el hueco. El montacargas bajó, y subió con Janvier que traía una pierna a la rastra.
— ¿Qué mierda te pasó?— rugió.
 — Anouk...— jadeó Janvier, desencajado.
 — ¿Anouk, qué?— lo sacudió por un hombro.
— La desgraciada me disparó. Vino con Seoane. Él me dio orden de despacharla lo mismo que usted y ...
— Y ella te despachó primero, ¿no? ¡Cretino! ¿Cuánto hace de esto?
 —Me caí y me golpeé la cabeza... pero me recuperé rápido... Tuve suerte, es nada más que un raspón...
— ¡Sabe demasiado!— sacudió al hombre por la camisa—¡Quiero ver el cadáver de esa puta con mis propios ojos!
— ¡Ya mismo, señor!— Janvier dio media vuelta y él lo agarró de nuevo.
 — ¿Dónde carajo está Seoane? ¿Para qué vino?
 Janvier le explicó y le dieron ganas de volarle la cabeza por imbécil.
 — ¿Por qué mierda no me dijiste nada cuando te llamé? — aulló a dos centímetros de la jeta del cretino.
— ¡Seoane habló de la otra localización...la que usted ya conocía! Dijo que los refuerzos no habían llegado a tiempo y que pasaba al plan alternativo!
Algo no salió bien. Ese idiota de Blanchard hizo cagadas. Una punzada de miedo le nació en la base de la espina dorsal.
 — ¡Que Seoane venga a verme!— ladró mientras Janvier se metía al montacargas y desaparecía en las tripas del edificio.
El tableteo inconfundible de una ametralladora destrozó el silencio y Ayrault se quedó paralizado, atento a los ruidos provenientes de los pisos inferiores. La indecisión le duró décimas de segundo. Que se maten entre ellos. No puedo quedarme y que me relacionen con este lugar. Que se arregle Seoane. Ni siquiera se molestó en pensar qué pasaría con los mocosos: eran descartables lo mismo que Anouk, Janvier y los demás ocupantes de la Wolffschanze. Todos, salvo él. Tuvo la precaución de recoger su arma del escritorio antes de correr al montacargas. Mientras bajaba escuchó ruidos por la escalera y al llegar al garage, se parapetó detrás de una columna para emboscar al que lo seguía. Cuando identificó el ruido, contuvo una carcajada: pasos de mujer.

**** 

— Comisario, se acercan dos vehículos— zumbó el radio.
Auguste sintió que la adrenalina se le disparaba, golpeándole el pecho de anticipación. ¿Cuánto hace que no estoy en la calle? Carajo, uno puede volverse adicto a esto. Ordenó al resto de las unidades mantenerse alerta, listas para reunirse con ellos delante de la entrada principal. Un comando, con Meyer a la cabeza, ya había entrado y en cualquier momento comenzaría la diversión. Reculó despacio con su auto, con las luces apagadas.
 — Mantengan las posiciones— radió en un murmullo.
El recuerdo del operativo de copamiento de la antigua Central le estrujó las entrañas. En dónde mierda estás, Cisne. El detector sólo señalaba a Marcel — un miserable puntito a 36,6 °C—, y no tenían idea de en dónde podría estar Odette hasta tanto no entraran. Los autos aparecieron de la nada y enfilaron hacia el garage quemando neumáticos. Auguste apretó furioso el acelerador y cruzó su auto delante de la entrada.
El conductor del primer vehículo clavó los frenos para no estrellársele encima, y desde el interior abrieron fuego sin demasiadas contemplaciones. Los hombres que iban con Auguste hicieron lo propio a discreción. Desde las ventanas del cuarto piso tiraron con ametralladoras y la calle se convirtió en un infierno de disparos y aullidos. Los del segundo auto bajaron dispararando; corrían todos hacia el edificio, cuando fueron interceptados por los hombres de Auguste que venían de la calle de atrás: estaban cerrando el círculo, pero las ratas se defendían con uñas, dientes y munición de grueso calibre. ¡Carajo, esto es una guerra civil! El audio zumbó un mensaje.
— ¡Comisario, me escucha?— Meyer ladró nuevamente por la cucaracha— ¡Localizamos a Dubois y estamos abriendo camino hacia afuera!
— ¿Qué hay de Marceau?
 — ¡Nada!
— ¡La puta mierda, encuéntrenla! — rugió.
 El fragor del tiroteo desde los pisos altos disminuyó. Bien por Meyer. No tenía novedades de Ortiz y el hombre que iba con él, pero antes de que tuviera tiempo de preguntar, desde los autos gritaron y tiraron las armas al medio de la calle. Tres tipos— los únicos en pie a esas alturas de los disparos —, salieron con las manos en alto. Los hombres de Auguste los rodearon, encañonaron y esposaron, y él se acercó corriendo.
— ¿Dónde está el hijo de puta de tu jefe?— gritó mientras le arrancaba el pasamontañas al primero y casi tropezó por la sorpresa: Blanchard. Se quitó su propio embozo y el otro abrió los ojos, aterrorizado. Auguste lo soltó con violencia.
— ¡Massarino!— gritaron a sus espaldas cuando amartillaba el arma para vaciarle el cargador.
Con un esfuerzo contuvo el dedo del gatillo y giró para ver quién carajo le había perdonado la vida a esa escoria: Claude Michelon bajaba de un auto oficial de la Brigada, en todo su férreo esplendor. Un tipo bajo y corpulento la seguía.
— Madame, no sabe cuánto me alegra verla— jadeó.
 Michelon asintió y preguntó por el cuadro de situación. Auguste le pasó el parte a las apuradas.
 — ¿Cómo llegó tan pronto...?
— Más tarde, Massarino— lo interrumpió.
Auguste lanzó una ojeada de refilón al tipo que la acompañaba. ¿El inspector general Lejeune? Y con una cara de culo que espanta... Mierda. Lejeune...¡Lejeune, hijo de puta madre!  La comprensión lo paralizó y la indignación le electrizó el cuerpo. Massarino, no pierdas la calma. Encajó los dientes hasta que le dolieron. Junto a él, Lejeune casi no respiraba, sin mirar a ninguna parte. Amagó a apartarse pero la mano de Michelon le apretó el brazo.
— Quédese conmigo, Massarino— susurró sólo para él—. Necesito apoyo.
 Iba por Odette pero después de todo, adentro estaban sus mejores hombres junto con Meyer y Ortiz. Y también Marcel. La miró de reojo: aun a la luz escasa de la calle, Madame se veía pálida. Le palmeó la mano con discreción.
— Cuente conmigo, Madame— e interpuso su metro con ochenta y siete y los algo más de noventa y cinco kilos de policía malhumorado, entre Madame y el bicho repelente de Lejeune, sin molestarse en dar las disculpas por haber pisado a un superior.

MEDIANOCHE EN LOS SUBSUELOS DE LA WOLFFSCHANZE 
La silueta se recortó en el contraluz ralo del garage, corriendo hacia la rampa. Ahí estás, putita. Ayrault se le cruzó delante, obstruyéndole el paso.
— ¿Adónde vas, nena?
La mujer dio un salto hacia atrás, evitando que la tocara.
— ¡JJ! ¡Me asustaste!
— ¿Qué estás haciendo acá? 
—Los tiros...— ella retrocedió —,...no sé qué pasa...
— ¿No viste a Janvier?— la tomó del brazo y se lo retorció—. Claro que lo viste, ¿eh? ¡Lo viste y le disparaste!— le enterró el cañón de la pistola en el estómago.
— ¡Él… él trató de...!
 — Este Janvier es un sentimental: seguro que antes de liquidarte quiso despedirse, ¿eh?— meneó la cabeza—. Es un completo idiota, siempre lo dije. No hay que enredarse con putas— con la mano libre le apretó el cuello —¿Quiénes son los que andan por el edificio?
—No sé...— tosió ella—, no los conozco...
La golpeó en la cara con la mano abierta y tuvo que sostenerla por el pelo para que no cayera al piso.
 — ¡No mientas, puta! ¡Me traicionaste y me las vas a pagar, pero antes vas a hablar!
— ¡JJ, te juro que no...!

Volvió a golpearla, esta vez en el costado y cuando la soltó, ella se desplomó a sus pies, doblada sobre el estómago. Se inclinó y le quitó la pistola que ella llevaba en la cintura. Seguro es la del cretino de Janvier. Por el hueco del montacargas resonaron gritos y disparos. Se están acercando. Tengo que salir ya mismo. Tenía que salvar su pellejo y el honor aunque el operativo fracasara. Contaba con las necesarias cabezas de turco pero no con tener que eliminar él mismo a nadie, ni siquiera a Anouk. Lejeune le había advertido que ya no le cubriría las espaldas en lo que se refería a sus diversiones, y él se había comprometido a abandonarlas. Había cumplido: no más jueguitos desde lo de Estrasburgo. Lo siento, ‘Etchegoyen’, esto es una emergencia. El arma está registrada a mi nombre y me delataría de inmediato. Prestó atención a la mujer que se removía en el suelo y se preparó para destrozarle el esternón. No tenía tiempo para más: sólo rematar. Son tan débiles, se quiebran tan pronto. Es como yo digo: ¿cómo carajo podrían servir en la Policía unas cositas tan ridículamente frágiles?
La levantó del suelo con una sola mano y la arrojó contra la columna. Disparaba el golpe cuando la reacción fulmínea de la mujer lo tomó por sorpresa. Despegándose de un salto, ella pivotó en un pie y lanzó el otro en un arco increíble y perfecto hacia su puño, vulnerándole la muñeca. El mismo pie continuó el trazo mortífero y se estrelló en su mandíbula, haciéndolo trastabillar y perder el equilibrio. Otro giro y otro golpe en la ingle le quitó el aliento. Ella ya no arriesgó más y se largó a la carrera hacia la rampa.

Ciego de rabia, aguantando las ganas violentas de vomitar y con un dolor que le apuñalaba las entrañas, corrió tras ella, 45 en mano, dispuesto a acabar con la arrastrada de una puta vez por todas. No podrán reconocer tu cadáver cuando yo termine con él, se prometió mientras corría.

 **** 

El disparo resonó a sus espaldas un segundo antes de que el edificio se sumiera en una oscuridad estigia. El apagón la desorientó y Odette se detuvo un instante a recobrar la noción del espacio a su alrededor. Inspiró tratando de no jadear. Más disparos provenientes de arriba la decidieron a guiarse por el ruido para llegar a la salida.
¿Y cuando salgas, nena? Una cosa a la vez. La rampa de salida estaba del lado opuesto a la que venía del segundo subsuelo. Avanzó cautelosa hacia donde tableteaba el tiroteo y entonces escuchó detrás y debajo de ella, el resuello de alguien corpulento. Miró por encima del hombro pero las tinieblas eran impenetrables. Corrió rozando la pared a su derecha. Un griterío infernal estalló por encima de su cabeza y una corriente de aire frío le agitó el pelo. ¡La calle! Tanteó con un pie y luego con el otro hasta sentir la pendiente. Cuando atacaba el tramo final, los faros de un automóvil desgarraron el aire negro del garage. ¡Ese condenado hijo de puta!
Ayrault disparó dos veces mientras conducía a golpes de volante. Uno de los proyectiles pasó silbando junto a su cabeza y se enterró en la pared que le servía de guía. Trocitos de revoque le saltaron en la cara. Se tiró al suelo, y el segundo disparo se perdió en la oscuridad. Los haces de luz barrieron enloquecidos el lugar y ella rodó rampa abajo, eludiéndolos. Desde el suelo distinguió un enjambre de bultos negros detrás del auto. ¿Y ahora, quién?
El automóvil retrocedió y viró en redondo a izquierda y derecha como un animal enfurecido, buscándola. Odette se incorporó y se lanzó a una carrera desesperada. Escuchó pasos que remontaban la rampa tras ella y el miedo la mareó: ¡carajo, viene por mí y estoy desarmada! El motor se quejó por la acelerada violenta y los neumáticos patinaron antes de rodar. Ella corrió zigzagueando, otro haz de luz la encontró y un disparo le pasó demasiado cerca. Ella y el que iba por ella, se tiraron al suelo y se levantaron a un tiempo. Ella apretó el paso y escuchó una andanada: ya no sabía quién era el blanco. El pavimento se nivelaba y siguió corriendo: la calle no podía estar a más de diez metros. Detrás de ella, los faros iluminaron el techo: Ayrault también estaba saliendo. Algo se interpuso entre la luz y ella y un instante después, ese algo la golpeó desde atrás.
El impacto la dejó sin aliento siquiera para gritar o defenderse. El tipo la levantó como si fuera un juguete y cargándosela al hombro se lanzó a la calle. Más disparos en todas direcciones arrancaron esquirlas de las paredes. Una debió rozar al que la llevaba porque el hombre ahogó un quejido bajo el pasamontañas, pero pareció que eso le dio el ímpetu final, porque de un salto ganó la calle. Rodó por el suelo con ella a cuestas, alejándose de la línea de fuego. Todavía debajo de la mole jadeante del tipo, oyó chirriar neumáticos. Sin dejar de cubrirla con su cuerpo, el hombre se movió para disparar y el estampido fue ensordecedor. Alguien aulló. El automóvil se detuvo. Ella no podía moverse o siquiera espiar, aplastada de cara contra el pavimento, y las costillas le estaban comenzando a doler.¡No puedo respirar! Trató de sacudirse de encima al hombre de un codazo pero sus intentos eran menos que cosquillas para él.
 — ¡Baje la cabeza, carajo!— acompañando la palabra con la acción, el tipo le sujetó la nuca y la mantuvo contra el suelo.
La voz la hizo respingar de la sorpresa: ¡Ortiz! ¿Qué mierda estaba haciendo ahí? Los tiros amainaron y el hombre se puso de pie, la levantó bruscamente por un codo y corrió con ella a la rastra, cubriéndola hasta pasar el círculo de autos.
Nadie les prestó atención, ocupados como estaban con los que tiraban desde el edificio. Pasaron la barrera protectora de los autos y Ortiz miró a su alrededor sin soltarla, buscando un vehículo al cual subirla.
 — ¡Espere!— chilló ella, tratando de soltarse—. ¿Qué hace aquí, coro...?
 Los ojos oscurísimos relampaguearon y la mano del hombre le cubrió la boca.
 — ¡Cállese! Hago nada más que lo que debo hacer. ¡Métase al auto y no salga!— ladró y la empujó dentro de uno, cerró de un portazo y regresó a la línea de fuego.

**** 

Meyer gruñó un “comprendido” y tironeó del brazo de Marcel al tiempo que se señalaba la cucaracha.
 — Es ese Ortiz. Marceau está fuera de peligro: acaba de dejarla afuera en un auto.
Marcel aguantó un suspiro de alivio. Ya está a salvo. Ahora es mi turno de terminar con esto.
— Necesito comunicarme con Ortiz— Meyer le pasó la cucaracha y el mic. Cuando se lo devolvió, Jumbo lo miraba con cara de velorio—. Lo siento, Jumbo. Tengo que hacerlo.
 — Vamos juntos.
— No. Tengo que terminar solo este asunto.
Jumbo lo miró a los ojos sin pestañear durante unos momentos.
— Encontraste al proveedor de Ayrault— dijo sin preguntar y Marcel asintió despacio.
— Es una jugada peligrosa. Empezamos esto juntos, lo terminamos juntos — decidió Jumbo.
— No esta vez. Necesito que... que la cuides.
Meyer tragó aire.
— ¿Le digo algo a Massarino?
— Lo que te parezca prudente— se encogió de hombros y sacudió la cabeza—. No. Es mejor que lo sepa todo.
— Ni siquiera yo sé todo— Jumbo replicó a media voz.
— Ya lo irás deduciendo. Tengo que irme— cabeceó hacia algún lugar afuera del edificio —. No la descuides.
 — Tranquilo— le dio una palmada en el hombro.
Marcel dio media vuelta y se perdió a la carrera por el corredor que daba a la salida lateral. Por eso no vio a Jumbo menear amenazadoramente la cabezota llena de rulos incongruentes con el uniforme de la Brigada Antiterrorismo, ni escuchó las obscenidades que murmuraba, haciendo referencia al escaso intelecto y al exceso de volumen de los testículos de su compañero. Tampoco vio la mirada que erróneamente todos confundían con inocente, y la decisión en ella que hablaba a las claras del poco caso que pensaba hacer el capitán Bernard Meyer de las instrucciones que acababa de recibir.

 **** 

El dolor la mordió como un animal. Respirar era un derecho que debía ejercerse con prudencia para no chillar demasiado. Se levantó la camiseta y se inspeccionó: un hematoma horrible estaba en plena onda expansiva. Dejó caer la cabeza contra el respaldo del asiento. El automóvil debía ser oficial pues así lo denunciaba la Motorola que zumbaba y cliqueteaba todo el tiempo, en la frecuencia de la PDP. Gracias, Dios mío, gracias por mandar a la Caballería.
 Salió del auto pero no reconoció a nadie, en medio del enjambre de uniformes y pasamontañas negros. Más allá del semicírculo de autos oscuros, en el centro, un automóvil gris plata exhibía varios agujeros en las puertas y los neumáticos. Si respiraba con cuidado no le dolía tanto. Es posible que esa bestia no me haya roto las costillas después de todo. Se acercó con precaución al teatro de operaciones. Nadie le hizo caso: lo que ocurría adelante era más importante.
Entre las cabezas oscuras identificó al instante, con alegría inesperada, una gris que destacaba orgullosa. ¡Madame está aquí! Y al parecer, al mando. Si hubiera tenido aliento suficiente habría corrido a abrazarla. Unos encapuchados tamaño King-Kong sujetaban a otro gorila de cara descubierta, que aullaba y despotricaba, el rostro de color rojo apoplético: el diputado Ayrault, que invocaba su inmunidad y su derecho a sus propios fueros, e insultaba y amenazaba a diestra y siniestra ante semejante atropello.
Odette alcanzó a los hombres más alejados del centro. Uno bajo y de espaldas de carnicero le llamó la atención; no uniformado como los demás, sino vestido con traje de buena calidad aunque algo vapuleado por las circunstancias y la hora. Al aproximarse al individuo, el olor a tabaco y sudor que lo envolvía le golpeó el olfato y desencadenó una catarata de recuerdos espantosos. ¡Es el que me amenazó en los sótanos de Ortiz! Pareció que él percibía su presencia porque giró a medias la cabeza y la miró. Un atisbo de sorpresa cruzó por la cara de sapo. El tipo lanzó un vistazo prudente, verificó que no les prestaban atención y se acercó con la obvia intención de cerrarle el paso.

 — ¡Comisario Marceau!— dijo en voz alta
Al oirlo, a Odette  no le quedaron dudas ¡Es él! ¿Qué mierda hace acá este hijo de puta?
—. Soy el inspector general Patrice Lejeune de RG. La felicito. Este asunto estuvo magníficamente bien resuelto.
La encerró entre su cuerpo y uno de los automóviles estacionados. Ella intentó liberarse pero el sapo asqueroso se lo impidió y continuó hablando, tan cerca que le olía el aliento repugnante.
 — Parece que hoy todos nos excedimos un poco en nuestros respectivos deberes y atribuciones— con la mano libre señaló hacia los autos—. Yo mismo malinterpreté órdenes y aquí estoy, tratando de remediar la situación que involuntariamente— destacó la palabra con letras de neón—, provoqué. Todos cumplimos órdenes. Incluso usted.
 — Jamás se me ocurriría torturar a nadie en cumplimiento de mis órdenes— lo enfrentó. Cucaracha, te patearía las pelotas. 
 Lejeune le leyó la intención asesina en los ojos y esbozó una mueca reptilesca.
— Vaireaux(1) no opinaría lo mismo— dejó transcurrir una pausa.— RG. Tengo buenos informantes, comisario. Aunque admito que me hubiera gustado verla en acción, a pesar de Vaireaux. Sin rencores. Hago lo que me ordenan, de la mejor forma posible, y a veces me equivoco lo mismo que cualquier mortal.
— ¿Equivocarse incluye drogar y programar a un hombre para convertirlo en una máquina de matar? Lejeune le aferró el mentón y la acercó a su cara, mascullando entre dientes.
— No quiera saber las cosas que se hacen en nombre del deber, aún dentro de la legalidad de las instituciones. Usted es una buena oficial, merece el puesto que tiene y más. No tengo nada personal en su contra ni en la de Dubois, tan buen oficial como usted. Me hubiera gustado conocerlo en otras circunstancias: es un elemento magnífico...
— ¿Para quién: la PN o la Orden?— replicó temblando de rabia.
La sonrisa de iguana le deformó más la punta aplastada de la nariz.
— Juzgue usted misma, comisario, y no se busque más problemas.
 — ¿Es una amenaza?
— Nada más que un consejo de alguien con más experiencia que usted. Ahora métase en algún auto y no vuelva a bajarse. No queremos que le pase nada— la soltó bruscamente y se alejó en dirección al grupo.

 **** 

— ¡Imbécil!— Ayrault le gritó a Michelon—. ¡Este procedimiento es ilegal y usted no puede arrestar a nadie! ¡La destituyeron por incompetente!
 El resto de los hombres de Massarino esposaba a varios más y los metían en los automóviles. Lejeune se acercó a ella. Madame le dedicó una ojeada helada y despectiva, pero apretó los labios y se guardó sus negros pensamientos acerca de la cabeza visible de RG. Massarino regresó junto a ella tan pronto como vio que Lejeune se le acercaba y la flanqueó silencioso. La mirada oscura del comisario iba de Ayrault a Lejeune, esperando la reacción de alguno de los dos.
 — ¡Vamos, dígaselo!— Ayrault estalló triunfal al ver a Lejeune—. ¡Dígales cómo los van a echar a todos a patadas en el culo de la PN!
La cara de Lejeune era una talla en piedra inexpresiva y dura cuando habló:
 — Jean-Jacques Ayrault, está bajo arresto. Cualquier declaración...
¡Esa escoria trabaja para la Orden!— Ayrault aulló como un poseso señalando a Lejeune—. ¡Es a él al que tienen que arrestar, estúpidos!— siguió gritándole a Michelon— ¡Idiota! ¿No entiende? ¡Lejeune se encargó de que te destituyeran, tortillera de mierda! ¡Es el que mueve los hilos para Ortiz y su chusma! ¡Él es Etchegoyen! ¡Es el alias que usa en la Orden!
— No sé de qué habla— replicó Michelon —. Resérvese las declaraciones para el juez de instrucción.
El rostro convulsionado de Ayrault se tornó violáceo.
 — ¡Hijo de puta madre, te vendiste!— vociferó acusando a Lejeune— ¡Todos se vendieron! ¡Pero no van a sacarla barata! ¡Los voy a hundir a todos!
 Lo metieron a empujones al blindado y la sirena ahogó los gritos del ex-futuro presidente.

**** 

Auguste lanzó una ojeada a su alrededor y su memoria holográfica le dijo que no estaba todo igual. ¿Qué es lo que hay de diferente...? ¡La “limo” no está! 
 — ¡Massarino!— Michelon le hacía señas.
Junto a ella estaba la mujer que había visto en la limusina, llevando de la mano a dos chiquitos de unos seis años cada uno. El estómago le dio un pinchazo de advertencia. Al acercarse, Auguste reparó en el parecido increíble entre ella y su hermana y comenzó a sacar conclusiones a toda velocidad.
 — ¿Dónde están los otros que venían con usted?— preguntó a la mujer.
 — ¡Y yo qué sé!— chilló ella, encogiéndose de hombros en un gesto esclarecedor — ¡Esos dos nos hicieron bajar a los chicos y a mí y se llevaron al viejo! ¡Nos dejaron en medio de este despelote de tiros...! ¡Hay dos criaturitas acá!
— ¿Quiénes dos?— Auguste se inquietó.
— ¡Los dos que me trajeron hasta acá! ¡El grandote ese del carácter de mierda y el morocho más delgado!— la mujer torció la boca—. Quisieron dejar también al viejo pero el viejo no quiso. ¿Qué van a hacer con nosotros?— sacudió la barbilla, beligerante, sin soltar los chicos de su mano.
 En un aparte acordaron con Madame trasladar a los tres al Quai y retenerlos allí hasta tanto pudieran darle protección adecuada. La misma Michelon se encargaría de llevarlos y de interrogar a la mujer, nada más que por precaución.
— ¿Y Marceau? — preguntó Madame antes de subir al auto.
— No sé nada de ella todavía— admitió contrariado.
 Pasó la voz: nadie había visto salir a Odette. Auguste ladró por el handy, tratando de localizar a Meyer.
 — El coronel Ortiz sacó a Marceau del edificio— fue la respuesta cortante de Jumbo antes de cerrar su handy.
— ¿Y Dubois? ¿No estaba con usted?— Auguste insistió a los gritos pero al parecer, Jumbo estaba ocupado en otra cosa.
Preguntó por Marcel al resto de los hombres, que se encogieron de hombros. Estoy empezando a ponerme nervioso. 
— ¿Qué te pasa, Massarino, perdiste a tu putita? — aulló el cretino de Blanchard, que ya esposado y junto al resto de los detenidos, todavía tenía ganas de provocar.
Antes te salvó Michelon pero ahora voy a darme el gusto. Auguste se acercó mientras el imbécil suicida seguía provocándolo.
 — ¿La trajiste para que se diviertiera un rato y se te escapó con alguno? Por qué no te vas a buscarla? ¡Debe andar cogiendo en algún auto!
Auguste agarró el cogote del tipo con una sola mano y lo puso a medio centímetro de su cara.
 — Marceau es mi hermana, imbécil de mierda— farfulló—. Si algo le pasó gracias a ustedes, hijos de puta, ¡no van a llegar vivos a La Santé!
 — ¡Comisario!— uno de sus hombres le sujetó el puño que volaba a la cara de Blanchard— Cuando Ayrault salía con su automóvil, uno de los nuestros dejó a una mujer dentro de uno de nuestros autos. No se ensucie las manos, no vale la pena.
 El oficial agarró a Blanchard por el cuello de la camisa y lo metió de prepo en uno de los camiones. Temblando de indignación, Auguste fue hasta los autos y le informaron que faltaba uno. Se puso a pensar a todo vapor.
Marcel se ocupa de hacernos saber en dónde se encuentran, pero él no da señales de vida. ¿Por qué carajo se iría con nuestros soliti ignoti (2) ? ¿A hacer qué cosa? ¿Odette sabía lo que tenían pensado hacer y por eso Ortiz trató de quitársela de encima? Apuesto unas cuantas fichas a eso. Y ya que estamos, pongamos unas fichas más a que Odette no piensa dejar a Marcel irse con ellos fácilmente. Massarino, ya sabemos lo que hay que hacer.
Mientras tecleaba el número de Paworski, Meyer apareció buscándolo y con novedades acerca de Marcel. No necesitaron hablar para decidir lo que tenían que hacer.


(1) Médico de la OCT que se ocupaba de mantener con vida a los torturados y a las mujeres secuestradas para tráfico, "La dama es policía"
(2) Los desconocidos de siempre

lunes, 22 de agosto de 2011

La mano derecha del diablo- CAPÍTULO 24


PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. PRIMERA SEMANA DE OCTUBRE. VIERNES POR LA TARDE

La Brigada Criminal, 3º piso del 36, Quai des Orfèvres
 — Ya me está cansando, Corrente.
El hombre bajo arresto miró de arriba abajo a la mujer que se levantaba de la silla: no sabía que los comisarios franceses usaban portaligas. Estuvo a punto de decírselo. Iba a sacar un MS pero las esposas le recordaron que el brazo derecho no le serviría y él era diestro.
— No entiendo porqué me arrestaron. Quiero fumar — se señaló la muñeca esposada a la pata de la mesa.
Sentada sobre la mesa, la comisario Marceau cruzó las piernas.
— Me molesta el humo...
— ¿Dubois fuma Gauloises y a Ud le molesta el humo?
— El de los MS, sí— ella sonrió con ferocidad digna de un felino, Corrente sintió que su más fiel amigo se ponía de humor conversador. Se concentró en obviar las sensaciones.
— Qué- está- haciendo- en-París — deletreó ella.
— Turismo. No pueden arrestarme por sacar fotos.
— Me dice qué carajo quiere o termina en un calabozo del Quai.
— No tiene un solo cargo...
— Tengo testigos de su persecución y hostigamiento hacia mi persona. Jurarán que trató de violarme— se inclinó hacia él y su perfume levísimo y exquisito lo envolvió.
— No está prohibido andar por las mismas calles que Ud.
— Y supongo que cree que me hace un honor siguiéndome hasta mi casa y esperando que vuelva a salir.
— Siempre quise conocer La Defénse.
Se moría por fumar y como pudo se retorció para sacar el puto paquete de MS del bolsillo interior del saco. Sacó uno y casi lo mordió.
— Por favor, necesito el encendedor.
— ¿Qué es lo que busca, Corrente?
— El encendedor...
— Si no fuera tan cretino me caería simpático.
El perfume y la cercanía hicieron que su amigo insistiera en conversar. Se puso furioso consigo mismo y con ella. Te voy a borrar la sonrisa. Conste que no quería hacerlo.
— Traigo algo para Ud. Si me deja fumar, se lo doy.
— ¿Y si no?
— Lo encontrará de cualquier modo, cuando me revise los bolsillos buscando el encendedor — sonrió.
Ella se bajó de la mesa y rebuscó en el bolsillo derecho exterior del saco. Él se puso a medias de pie, impedido por la mano esposada.
— Está en el bolsillo derecho del pantalón. El encendedor, digo.
La manita entró y salió con suavidad provocándole otro tirón en la bragueta. El ruido del encendedor al caer sobre la mesa lo volvió a asuntos más urgentes. Iba a manotearlo cuando ella le detuvo la mano.
— ¿Y lo mío?
— Eso sí está en el saco.
Ella encontró el sobre, lo abrió y rodeó la mesa para sentarse mentras él encendía el MS como si fuera el último. El rostro de porcelana se volvió inexpresivo. Non ti piace, vero, tesoro? (1)
— A mí tampoco me gustó — dijo, aspirando el humo—. No pierda el tiempo haciéndolas analizar: no hay truco. Yo mismo instalé las cámaras ocultas.
Ni aún con la provocación logró un solo gesto de parte de ella. La comisario se levantó y llamó por el intercom sin dejar traslucir emoción; regresó y se sentó a repasar las fotos, esperando a los oficiales sin uniforme que lo habían arrestado.
— Teniente, fíchelo y enciérrelo. Ya conoce los cargos.
— Sí, señora— el tenientito de mierda soltó las esposas de la mesa, le tomó el brazo izquierdo y el clac metálico le informó que estaba a disposición de la PDP(2).
— ¡No tiene nada, no puede arrestarme!
Ella se limitó a sacudir la cabeza señalando la puerta. Carajo,¿estos pendejos quiénes se creen que son? — ¡Sáquenme las manos de encima!
Otra seña y lo sentaron de prepo y se retiraron hasta la pared a sus espaldas.
— ¿Qué es lo que le preocupa más, Corrente: la hotelería del Quai o cómo le quedará el culo cuando en Milán sepan que quedó al descubierto? — preguntó ella.
La rabia le estrujó los testículos. Sacó la voz de cualquier parte.
— Si sabía que soy de los Carabinieri, ¿para qué hizo toda esta mise en scéne (3)?
Ella sonrió con sonrisa de escultura etrusca.
— No lo sabía: me lo acaba de decir.
La puta madre que te parió. Amagó a levantarse y una mano masculina en el hombro lo convenció de sentarse.La comisario se acercó y le revisó metódicamente y sin segundas intenciones los bolsillos, hasta encontrar la identificación. Uno de los pendejos se acercó, ella le entregó la identificación y el otro salió a la carrera. Una sacudida del mentón, y el pendejo restante le abrió las esposas.

— Puede retirarse, teniente — dijo a media voz sin volver la cabeza y se sentó frente a él.
— ¿Yo también puedo preguntar? — aventuró Corrente después de encender otro cigarrillo.
— Las damas primero. ¿Quiénes son las mujeres?
— Una era una tal Sonja Jorgensson, sueca, mannequin de mediana categoría. Trabajaba en uno de los cruceros de EuroAvventura y alli conoció a Dubois. La otra es Alessandra Giuliani — la puttana de Alessandra, pensó tragándose la hiel.
— ¿Y se molestó en venir a verme para que convenza a Dubois de dejar en paz a su Alessandra?
Si no fueras comisario te retorcería el pescuezo. Le devolvió golpe por golpe.
— No: pensé que Ud. podría decirme a qué se dedica Dubois cuando le dice que está en C*.
— Ud. parece saberlo mejor que yo.
La dama no se rinde fácilmente, me gusta. Se sostuvieron la mirada, y en nombre de las relaciones internacionales, decidió ceder.
— Comisario, ¿qué le parece si hablamos en serio?
— Sé que tiene sus propios motivos, o los de los Carabinieri, no sé, para jugar al detective privado con Donna Valentina; sé que Ruggieri quiere a BCB para usarla de pantalla para sus actividades turbias y sé algunas cosas más. Su turno.
— Por “jugar al detective” me topé con Dubois en estrechas relaciones con Ruggieri. Traté de convencerme que se trataba de algún operativo pero resultó que no hay operativo. La PN(4) no tiene noticias de ningún oficial francés actuando encubierto en territorio italiano y por supuesto, los Carabinieri no tenemos información. ¿Qué clase de negocios podría tener Dubois, o Marco Delbosco, como le guste más, con Ruggieri? No queda mucho espacio para su inocencia, ¿no le parece?
— Me imagino que puede probar su culpabilidad...
— Para ser sincero, no. Lo único que tengo son las fotos...
— Que servirían en un juicio de divorcio si Dubois fuera casado — ella lo interrumpió con acidez.
— Alessandra Giuliani le encargó a Delbosco asesinar a Marcel Dubois, y Delbosco cumplió el encargo.
— ¿Oh?— los labios delicadamente dibujados se distendieron apenas en una sonrisa irónica.
— Cuando Valentina se empeñó en encontrar a su nieto, Alessandra se las arregló para que Valentina me conociera. Alessandra la espía constantemente; quizás pescó alguna conversación telefónica en BCB, porque las líneas de la casa de Valentina están limpias, me ocupo de eso. El caso es que se enteró de que Valentina había localizado a su nieto. Alessandra quiere usar a Delbosco para matar varios pájaros de un tiro: librarse de Ruggieri y poner las manos sobre BCB. Delbosco ya le llevó pruebas de que había cumplido con su pedido.
El teniente que había salido con su identificación, volvió con ella y con unas hojas de fax que la comisario leyó en silencio.
— Mayor Gaetano Giuseppe Corrente de los Carabinieri... Qué hacemos ahora... — murmuró Marceau con un suspiro.
— Yo, en su lugar, verificaría las temporadas que Marcel Dubois pasa en C*. Seguramente encontraría que coinciden con las idas y venidas de Marco Delbosco, veronés residente en Marsella y dedicado a comercio internacional, por Génova, a bordo de los cruceros y en Milán.
— ¿Y Ud., cómo lo supo?
La miró fijo antes de responder.
— Sonja Jorgensson...
— Otra chica con agenda ocupada...
— Sonja quería salirse de los cruceros. Le prometí ayuda y un pasaporte con otra identidad...
— Habla en pasado.
— Terminó mal.
— En el fondo del Mediterráneo — ella restalló — ¿Por qué mierda no se metió Ud. en los cruceros, en lugar de usar a la pobre tipa?
— Ya me lo reproché lo suficiente — respondió con amargura—, Sonja era una buena chica.
— Seguro, de otro modo seguiría con vida.
Corrente meneó la cabeza y continuó.
— Alessandra está trampeando a Ruggieri y a Delbosco por partida doble...
— Sin contarlo a Ud —comentó la comisario en tono llano y sin inflexiones —. Sin ofender.
— Yo soy un coglione (5).
— Yo diría que es tan inteligente que consigue que los que la persiguen para encarcelarla, terminen protegiéndola— lo miró directo a los ojos mientras le revolvía el puñal en la herida. Bien, de nuevo estamos intercambiando atenciones.
— No hay pruebas concluyentes contra ella — se defendió.
— ¿No hay, Ud. no puede encontrarlas, o Ud. las eliminó en un momento de debilidad y ahora no sabe qué hacer?
— ¿Siempre disfruta tanto de hacer mierda al prójimo?
— No más de lo que mi prójimo disfruta conmigo. Estamos a mano, Corrente: Ud. y yo somos un hermoso par de cornudos desinformados.
Touché. Pero volvamos a lo urgente: Alessandra está jugando a varias puntas con todos y puede que intente una jugada peligrosa.
—Entonces se le están acabando las movidas posibles— una ceja pincelada se enarcó, evaluando la situación —. Si me pongo a pensar como Alessandra, digo: "no le caigo tan mal a Delbosco "— sacudió el sobre con las fotos —, "ergo, la situación es relativamente sencilla: Delbosco me hace el favor de eliminar al nietito, Valentina se queda sin herederos, revienta, hago uso de la opción de compra de las acciones de BCB y me quedo con todas las fichas". Pero para eso hay que solucionar el ínfimo problema de lo que Ruggieri quiere hacer con BCB, que no es lo que ella quiere hacer, así que también debe limpiar a su hermano, que es el socio minoritario más importante de BCB. ¿Cómo conseguir el paquete accionario de su hermano? Heredándolo. ¿Logrará convencer a Delbosco? Probablemente sí, pero ¿y si Delbosco luego pretende hacer lo mismo que Ruggieri con BCB? Sabe mucho sobre ella, asesinó para ella. Delbosco se volvió inconveniente: sabe demasiado. ¿Qué haría yo si estuviera en su lugar? Le digo “a” a mi hermanito: cómo me enteré de la terrible verdad acerca de las intenciones de su nuevo socio, etcétera, etcétera, y Delbosco se va a dormir con los peces antes de un parpadeo; luego le digo “b” a los Carabinieri, dignamente representados por el mayor Corrente, y Ruggieri, sospechado de tráfico de estupefacientes, juego clandestino, tráfico de armas, proxenetismo y homicidio, termina en caserma (6) Pastrengo mientras que Corrente termina con un ascenso y eternamente agradecido a los buenos servicios de Alessandretta. Ella quiere BCB: el brillo del tout-Milán y los apellidos importantes. Falta ocuparse de Valentina, pero eso hasta una mujer puede hacerlo y quién sabe, le baste nada más que con presionar un poco... ¿Y Dubois y Ud. duermen tranquilos con la tipa? — ella le lanzó una mirada asesina.
— Sabe, comisario, verdaderamente hace falta la mente retorcida de una mujer para entender a otra.
— Gracias, mayor. Prefiero tomarlo como un halago.
— Lo es. Por mi parte estoy dispuesto a darle un voto de confianza a Dubois.
— Hombres. Todos iguales. Son todos unos cerdos — él la miró y ella aclaró con ironía:— no lo dije yo, fue W.S. Maugham.
— Cerdo o no, Dubois es uno de los mejores oficiales de la PDP y Ud. lo sabe. Lo asignaron a un operativo undercover, tanto que ni el resto de la PN lo sabe; no puede estar actuando solo, sería una chifladura. Alguien más debe estar respaldándolo y cubriéndolo aquí. Quizás su compañero pueda aclararnos algunas cosas a todos.
— Meyer...— dijo ella y encendió el intercom para pedir que llamaran a ese Meyer. Se sentaron en silencio hasta que un mastodonte tamaño XXL asomó la cabezota.
— ¿Comisario Marceau...?
— Siéntese, Meyer — lo invitó sin cortesía y los presentó —. El mayor Corrente tuvo la deferencia de traerme material de la investigación que está llevando adelante para los Carabinieri— le pasó las fotos — ¿Ud. tiene algo para decirme, capitán?
El gordo perdió el color de la cara al revisar las fotos. La comisario siguió, implacable.
— De acuerdo con lo que el mayor Corrente informa, un tal Marco Delbosco — el grandote respingó al oir el nombre —, se encargó de eliminar a Marcel Dubois. ¿No tiene nada que reportar al respecto, Meyer? ¿Uno de mis oficiales está muerto y yo no estoy al tanto?
El gordo se puso púrpura y a duras penas pudo emitir palabra.
— Es un ... operativo especial...comisario...
— ¿Puedo conocer al menos la identidad del finado?
— No... no tiene importancia... Quiero decir... usamos un NN. El encargo, usted entiende...era necesario para la cobertura de Dubois.
— Y supongo que esto también — tamborileó los deditos sobre las fotos.
— Yo... — Meyer tartamudeó —, le dije... que se estaba metiendo en... un despelote...
— Haga el favor de esperarme en mi oficina, Meyer.
— Señora, .... yo...— balbuceó el mamut.
— Ahora.
Meyer se levantó y salió a una velocidad de por lo menos treinta nudos. Ella se volvió hacia él, acusando el impacto de la situación en la mirada opaca.
— Creo que ya sé a quién preguntar desde cuándo Dubois está actuando undercover... y desde cuándo se excede con la pantalla que utiliza — el sarcasmo no le sirvió para esconder la humillación —. El juego fue divertido mientras duró. Mayor, no necesito decirle que puede irse cuando quiera.
— Comisario...¿cómo supo de los Ruggieri... y de mí?
Ella lo miró con una ironía amarga. Carajo, me gusta. Es dura, haríamos buen equipo. Una pena que no trabajemos con mujeres.
— ¿Dónde nació, mayor?
— En Caltanisseta.
— Hace preguntas tontas para ser siciliano.
— ¿Los Varza?
— Somos de la familia — la comisario se encogió de hombros.
— Quería verificar las versiones.
— ¿Se quedará en París?
— Si no ocurre nada raro... — le tendió una tarjeta con la dirección del hotel y su número de teléfono celular—. Aquí me alojo habitualmente. Me parece que el número de celular ya lo conoce, pero por las dudas...
****
Odette entró a su oficina y Meyer estaba de pie frente a su escritorio.
— Señora...
— Sabe, capitán, soy una idiota. La PN y mis superiores me humillaron muchas veces pero nunca lo esperé por parte de mis subalternos. Menos aún de quienes consideraba mis mejores hombres. Soy tan imbécil que inclusive duermo con uno de ellos— giró hacia la ventana para que Meyer no le viera las lágrimas de impotencia.
— Comisario, por favor, déjeme explicarle...
— Salga, Meyer. Déjeme sola.
— Comisario...
— Puede retirarse, Meyer — masculló con saña.
No se sentó hasta que escuchó cerrarse la puerta. El pulso le azotaba las sienes. Un operativo de “especiales”, ¿qué otra cosa podría ser? Yo misma diseñé la estrategia y ellos son parte del grupo. Los dos mejores. La puerta se abrió.
— Necesito estar sola — dijo sin volverse.
— No, Marceau — la voz la sobresaltó —, necesita explicaciones— Michelon se estaba sentando frente a ella— Yo ordené la investigación y fui estricta al aclarar que Ud. estaba fuera y debía ser mantenida fuera. Si alguien se equivocó, esa fui yo. Meyer habló de fotos: quiero verlas — exigió.
Sin hablar, Odette le entregó el sobre.
— Jesús...— murmuró Michelon entre dientes—. Esto no estaba dentro de los cálculos... Sabía lo de la Jorgensson, pero esta mujer Giuliani...
Bien, todo volvió a la normalidad: ahora es un superior quien me trata de idiota. Me siento reconfortada. Apoyó la frente en la palma de la mano.
— Esta mujer Giuliani está usando a Delbosco y sus servicios de killer para hacerse de BCB— retrucó Odette con aspereza—. Parece que la Giuliani es irresistible porque el carabiniere que está haciendo de topo detrás de Ruggieri también se la monta— la vulgaridad no hizo nada por su acidez.
— Marceau, asumo la total responsabilidad...— Michelon empezó a hablar.
— Dubois es mayor de edad — la interrumpió —, y por lo tanto responsable de sus actos— y de mis papelones, la puta madre que lo parió. Su expresión debió traicionarla porque Michelon meneó la cabeza con preocupación y levantó las manos en señal de paz.
— Déjeme empezar por el principio. ¿Recuerda a Lionel Henri?
— ¿Henri de IGPN? — fue su turno de saltar sorprendida—. Por supuesto que sí.
Michelon llamó a Laure por el interno y le pidió unos papeles. Luego, habló en voz baja.
— Personalmente ordené esta investigación a Dubois. Sabía que lo mandaba a la guarida del lobo y sin posiblidad de respaldo por nuestra parte, hasta tanto no tuviéramos algo cierto. Dubois tenía que ofrecer una cobertura impecable. Ruggieri utiliza a las mujeres habitualmente como una más de sus armas de ventas y de espionaje; Dubois sabía que Ruggieri usaba a la Jorgensson y tenía que seguir el juego...
Laure entró interrumpiendo el relato inconexo de Michelon y le susurró algo al oído que le provocó una mueca de disgusto a Michelon. La comisario le entregó el dossier que había traído Laure y se levantó.
— Es parte del informe Henri. Léalo y véame. Hoy. No se vaya sin verme — insistió desde la puerta.
****
Odette entró sin llamar. El dossier hizo un ruido seco al caer encima de los demás papeles. Le ofreció café y Odette negó con un gesto, sin dejar de mirarla. Michelon no sabía por dónde empezar, pero su subordinada le ahorró el trabajo de encontrar las palabras.
— Lo peor de todo esto es que nadie confió en mí. ¿Qué se supone debo hacer? Lo razonable sería pedir la transferencia, algo que el mismo Henri me aconsejó hace diez años. Tenía razón, no confiaron en mí entonces, por qué deberían hacerlo ahora...
— Está siendo injusta... — Madame intentó interrumpirla.
— ¿Injusta? ¡Esa mierda — Odette estrelló una palma sobre el dossier —, dice que me usaron! Se sirvieron de mí para librarse del grano en el culo de la PN que representaba Ayrault. En ninguna parte se mencionan los hechos. Eliminaron todas mis declaraciones: la que Henri me tomó y la que hice ante el Tribunal de Deontología.
— Es cierto — trató de apaciguarla —. Henri me dijo que fue el arreglo que Ayrault consiguió para retirarse de la PN sin involucrar a nadie...
— A nadie más que a mí. ¿A quién carajo le importaban la reputación y la carrera de una oficial? ¿La humillación que pasé delante de esos hijos de puta de IGPN, la mitad de ellos amigos de Ayrault, que me pedían que describiera por dónde me había metido la mano, si creía que el comisario me había tocado los pechos con alguna intencionalidad y si yo estaba segura de que efectivamente se había abierto la bragueta? “¿No se sentía Ud. atraída por la figura de su superior, capitán?”, “¿No lo provocó con sus repetidas insubordinaciones?” ¡Las insubordinaciones que Ayrault había inventado! Uno me preguntó cómo me había hecho los desgarros en el uniforme. Henri sabía perfectamente cómo, porque fue él quien me tomó testimonio en este mismo piso, el día de los hechos, en una oficina vacía y sin testigos. Me suspendieron diez días hasta que se resolviera el caso. Menos mal, porque al menos me evité la vergüenza de circular por el Quai con la cara y el cuerpo magullados por los golpes.
“Y resulta que nada consta en ninguna parte. Fui tan estúpida como para insistir en quedarme en la Brigada. Me aguanté los chismes y la maledicencia gratuitos y estúpidamente creí que podría usarlos para que me dejaran en paz. ¿Querían colgarme el sambenito de puta? De acuerdo, mientras no me jodieran y me dejaran trabajar tranquila. ¿Querían hacer apuestas para ver quién le hacía sombra a Ayrault? Apuesten, muchachos. Nadie tuvo una sola palabra de apoyo o de consuelo salvo el pobre Foulquie. Todas las mujeres a las que Ayrault acosó, renunciaron a la PN o pidieron el pase. Tendría que haber hecho lo mismo que ellas.”
Jesús, cómo pude equivocarme de esta forma. Michelon sacudió la cabeza con pesadumbre.
— Ni siquiera Ud. confió en mí, Madame— la acusación llegó en un susurro y cuando levantó la vista, la otra lloraba en calma, sin mirar a ninguna parte, meciéndose suavemente en el sillón.
— Odette, déjeme explicarle...
Odette ya no la escuchaba; hablaba para sí, con una media sonrisa entre escéptica y amarga.
— Sabe, Madame, una cree que la peor humillación es la que acaba de sufrir, pero siempre llega otra que la supera. IGPN y la misma PN me hicieron sentir peor que Ayrault. Hoy superaron los records anteriores: no tengo siquiera derecho a saber qué hace la gente que se supone está bajo mi comando, y que incluye al tipo que casualmente comparte mi cama. Ya sé: ese es un error que yo no debería haber cometido. Uno de los dos sobra en el sector. Debí saber que no resultaría y quién llevaría las de perder — hizo una pausa para tomar aliento—, y que si no había sido promovida en tanto tiempo era porque no consideraban que lo mereciera. Ni siquiera yo estuve dispuesta a creérmelo cuando lo hicieron, ¿porqué deberían creérselo los demás?
Yo tampoco me preocupé por saber qué había pasado, se reprochó Madame. Me quedé cómodamente aposentada sobre los legajos. Levantó la mirada y la otra estaba exhausta. Derrotada. Jesús, cómo pudo pasar todo esto.
— Mejor me voy a casa— murmuró Odette, poniéndose de pie con un esfuerzo.
— Querida, escúcheme ... — la alcanzó cuando la otra tomaba el picaporte.
Odette le tomó las manos y se demoró unos segundos en hablar.
— Mañana. Me sentiré mejor mañana, se lo prometo. Dije un montón de cosas injustas.
— No es así...
— Sí, fui injusta y sobre todo con Ud., pero me siento como si acabara de atropellarme un camión. Discúlpeme, Madame. No puedo razonar.
— La entiendo, créame que la entiendo— Michelon bajó los brazos y la dejó ir.
La puerta no terminó de cerrarse que tomó el teléfono.
— ¿Lionel?— no le dio tiempo a su interlocutor a ponerle excusas— ¡Necesito algunas aclaraciones!— demandó. Cuando cortó la comunicación, la sensación de impotencia le estrujó el estómago: si se trata de ocultar información, a mí también me trataron de estúpida. No la alivió el hecho de que Henri le hubiera prometido enviarle la “información faltante” de inmediato, y reunirse con ella tan pronto como pudiera.
Le pegó a las teclas del intercom para ladrarle a Laure:
— ¡Que pase!
Se detuvo frente a la ventana, de espaldas a la puerta. El reflejo desvahído en el cristal le dijo que el hombre que había estado escuchando la última media hora en el despacho anexo, había entrado. Sin molestarse en volver la cabeza, le espetó:
— Espero que tenga explicaciones suficientemente convincentes como para que no lo eche a patadas de la PDP, Dubois.
****
— Tome asiento, ingeniero— Michelon le señaló el sillón vacío. Dubois ocupaba el otro, el ceño fruncido y la expresión impenetrable.
Antes de continuar, Michelon tomó un cortapapeles de plata y empezó a hacerlo girar entre sus manos.
— Paworski, Ud. está en el Quai desde antes que yo fuera asignada a la Brigada Criminal.
— Creo que estoy en el Quai desde la época del inspector Maigret, Madame— sonrió y Michelon le devolvió un gesto desvahído. Dubois no mosqueó.
— Entonces estuvo durante la época de Ayrault— afirmó Michelon.
Paworski asintió en silencio. El cortapapeles evolucionó un par de giros antes de la siguiente pregunta.
— ¿Qué sabe de las circunstancias en las que Ayrault... se retiró?
— Lo que sabe todo el mundo, Madame — Paworski se encogió de hombros.
Michelon lo estudió con la mirada de un gris tormentoso; Dubois continuaba sumido en un mutismo absoluto.
— Lionel Henri me confirmó que fue Ud. quien llamó a IGPN el día del incidente M— el cortapapeles se detuvo en medio de un giro—. Me gustaría escuchar su versión de los hechos.
Al ingeniero, algo le subió y le bajó en el estómago. El cortapapeles chasqueó contra el sobre del escritorio. Paworsli frunció la boca y se dispuso a relatar.
— Ayrault había llamado a Marceau por el intercom en llamada general, para que subiera a su despacho. Tenía la costumbre de usar el intercom para llamar a los que caían en desgracia y le aseguro que el efecto era devastador. Esa vez, por lo menos sirvió de algo: se lo olvidó encendido. Yo estaba con Foulquie, que había venido por un problemita de nada con el radio, una tontería con el selector de banda, cuando salieron las voces por el intercom..., amenazando e insultando...

— ¿Quién amenazaba a quién?
— Ayrault a Marceau. La llamó a los gritos por el apellido y así supimos que esa vez se trataba de ella...
— ¿Esa vez? ¿Hubo otras?— interrogó Michelon.
— Demasiadas. Una de mis mejores técnicas se fue, lo mismo que varias suboficiales. Una teniente pidió que la transfirieran a otra ciudad— hizo una pausa.
— Continúe.
Paworski abrió la boca y sacudió la cabeza pero las palabras se le enredaron detrás de la lengua, sin decidirse. Madame decidió por él.
— Me basta con que repita su declaración ante Henri. Paworski, por favor...— Michelon retomó el zarandeo del cortapapeles.
— Sí, sí, ya continúo. Yo ...
— ... estaba con Foulquie, en su laboratorio...— Michelon empleó un tono conciliador.
— Sí, en el laboratorio...— la pausa fue algo larga porque el cortapapeles giró furioso: Madame se está impacientando—. Pasó un rato, no sé cuánto después de eso y de pronto... los gritos de Ayrault casi hicieron estallar los parlantes. “¡Tiene que aprender a ser lo suficientemente agradecida, Marceau! Hay gente que se rompe el culo por agradecerme, no querrá ...ser... la excepción”...— se sintió enrojecer.
— ¿Y después? — insistió Michelon.
— Después... hubo un ruido ahogado y él volvió a gritar : “¡Te vas a arrepentir!”. Gritó algunas cosas más, insultos... Ahora no recuerdo— pero sabía que el color de su cara lo traicionaba porque sí recordaba.
Hubo otra pausa durante la cual Paworski advirtió que Dubois contenía la respiración.
— ¿Entonces? — la voz de Michelon ya no sonaba imperiosa.
— Todo pasó tan rápido... Hubo ruidos... Después me enteré de que la había golpeado. Foulquie salió corriendo sin darme tiempo a reaccionar. Me gritó que llamara a IGPN. Por los altoparlantes seguían los gritos y... los golpes. Lo último que él gritó fue “¡ De rodillas, puta! ¡Es una orden!” y entró Foulquie: hizo saltar la cerradura a tiros. Creo que fue la única vez que el viejo usó su reglamentaria— sonrió con tristeza.
Michelon dejó transcurrir un silencio y leyó un expediente.
— De acuerdo con la información oficial, Ayrault había degradado a Marceau y la había asignado al Archivo por ofender a la Fuerza con sus manifestaciones de índole política— lo invitó a hablar con una ojeada de hielo gris.
— Había hecho público que la había degradado y mandado al archipielago Gulag por "jugar a la activista pro-judía". Había ido al funeral del padre de un amigo y llegó con retraso a tomar su turno...
— Ezra Benzacar — dijo Madame y Paworski respingó.
— ¿Benzacar el director de orquesta? Dios, murió en el atentado de Francfort. No sabía que... Bueno, no tendría porqué saberlo... Roulet y sus secuaces estaban de lo más divertidos; el cretino repetía a quien lo quisiera escuchar que Marceau se lo merecía porque, a mayor resistencia, más grande es la caída en desgracia. El idiota es técnico electricista, me gustaría saber qué mierda analiza la PN cuando estudia a los postulantes— masculló irritado.
Michelon suspiró.
— “Nadie te pone el revólver en la cabeza para que ingreses a la Policía, nena”. Es la filosofía de Roulet y de unos cuantos más.
— Derecho de pernada — agregó Paworski.
— ¿Qué?— Dubois abrió la boca por primera vez.
— Ayrault decía que estaba en posición de cobrarse el derecho de pernada.
Dubois palideció y largó un insulto grueso por lo bajo.
— Ella no vino durante muchos días, pensé que había renunciado... Sólo Foulquie y Henri la vieron. El viejo me contó cómo la había golpeado esa bestia. Me enteré de que le habían ofrecido pasar a otra repartición — meneó la cabeza —. Menos mal que es terca como una mula y no quiso dejar la Brigada.
Transcurrió una pausa pesada hasta que Michelon la rompió, a media voz cansada.
— Es todo, ingeniero. Muchas gracias por su testimonio— un rictus de amargura tironeaba hacia abajo la boca de la comisario. Dubois seguía petrificado, los ojos fijos en un punto detrás del sillón de Michelon, y no había vuelto a pronunciar palabra.
Asintió, se levantó y se dirigió a la puerta del despacho. Impulsivamente giró en redondo y con la mano en el picaporte, enfrentó a los otros dos.
— IGPN la usó, ¿no es cierto? Se sirvieron de ella para sacarse de encima a Ayrault.
Michelon asintió, muda y él continuó.
— Por eso la dejaron olvidada en un escritorio. El reglamento no escrito de la PN: el que jode a un compañero... Menudo compañero había resultado Ayrault. Qué compañeros resultamos todos.
— No Ud., Paworski — dijo Dubois en voz baja, todavía de espaldas a él.
— Yo no cuento, Dubois y Ud. conoce perfectamente las razones.
Dubois giró el sillón y lo miró a los ojos:
— Gracias.
— No sea idiota — retrucó Paworski.
— Ud. también es un idiota. Gracias.
Paworski sacudió la cabeza marcialmente, saludó y se fue.

(1) No te gusta, ¿cierto, linda?
(2) Prefectura de París
(3) Puesta en escena
(4) Police Nationale - Policía Nacional
(5) Boludo
(6) Cuartel. En el arma de los Carabinieri, equivale a una comisaría.