POLICIAL ARGENTINO: Carabinieri
Mostrando entradas con la etiqueta Carabinieri. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carabinieri. Mostrar todas las entradas

sábado, 9 de febrero de 2013

La mano derecha del diablo -CAPITULO 52

MINISTERIO DEL INTERIOR, LUNES POR LA MAÑANA 
Ministerio del Interior 
Auguste recorrió los pasillos hasta su despacho, consciente de las miradas clavadas en su espalda. Las novedades habían corrido a la velocidad de la luz; el personal andaba en puntas de pie y mirando por encima del hombro. No se hacía ilusiones: en pocos días más todo volvería a la normalidad, y RG, IGPN, la PJ y el resto de las siglas insignes de la PN retomarían sus poco saludables hábitos. Esbozó una sonrisita amarga mientras abría la puerta y le daba la razón a Tomassi di Lampedusa .
 Todavía estaba encendiendo su terminal cuando Marcel entró, arrastrando a una secretaria del sector colgada de su manga, aterrorizada ante la posibilidad de despertar el malhumor o quién sabe qué más del temible Massarino. ¡Si se rumoreaba que el todopoderosísimo inspector general Lejeune de RG le pedía información y lo consultaba! La mujer salió pálida pero aliviada cuando Auguste palmeó la espalda de Marcel y lo invitó a sentarse.

 — Necesito hablarte— soltó Marcel sin muchos preámbulos y antes de encender el Gauloise.
— Te escucho.
 — Es... acerca de mi familia— Marcel palideció, enrojeció, volvió a palidecer y fumó como si fuera el último cigarrillo de su vida.
Auguste lo dejó fumar y esperó.
— No es grato... No te va a gustar, no le gustará a tus viejos... — Marcel tenía cara de estar saltando sin paracaídas.
 Auguste se mordió la lengua para no hablar. ¿Veo la mano de Meinvielle por aquí? Aunque quizás un poco de buenos consejos paternos... Quién sabe. Ánimo, Cro-Magnon.
— Mi abuelo era... Soy nieto de Marcello Contardi. El único nieto. Soy un Contardi. Llevo la sangre de ese... ese hijo de puta.
Auguste lo miró a los ojos: Marcel estaba devastado pero lo había dicho y ahora esperaba la sentencia.

 — Ya lo sabía: yo te seleccioné para la Brigada Criminal y siempre leo los expedientes de mis oficiales— Auguste le palmeó la mano.
 — Yo... debería haberte hablado de la investigación... — Marcel se miró los zapatos—, bueno, al menos cuando las cosas comenzaron a complicarse con... con mi familia y...
 — Procedimiento de "especiales". Conozco las reglas.
 — Auguste, él hizo cosas horribles...Mi abuela me contó algunas, yo encontré un diario del viejo y me enteré de otras... Carajo, era un miserable...
 — El viejo está muerto— Auguste levantó la mano con la palma abierta hacia adelante—. Es pasado, Marcel, y tenemos que vivir en el presente.
—Hay... algo más que quiero que sepas— el tono fúnebre de voz lo puso a medias alerta —. Mi abuelo tenía un hermano. Necesito hablarte de él.
Aguste se acomodó en su sillón y pidió que no le pasaran llamados.



 LA DÉFÉNSE, LUNES POR LA TARDE 

Odette se despertó en su propia cama, sola, y se miró las manos: estaban limpias y tenía la muñeca vendada. Ni siquiera estaba segura del día de la semana y tuvo que mirar el calendario del reloj. Los días anteriores habían transcurrido en una niebla piadosa, inducida por los calmantes que le habían administrado de a dos comprimidos por vez, con la pobre excusa de los golpes que repartidos por toda su doliente humanidad. Meyer la había metido en una de las ambulancias que esperaban fuera del galpón, y un discípulo del Marqués de Sade la reanimó y revisó meticulosamente. El tipo no dejaba de hablar y de preguntar, y ella no entendía nada y lloraba llamando a Marcel. Durante diez minutos se había sentido la protagonista de la versión tecnológica de "El Pozo y el Péndulo", mientras el Torquemada vestido de verde la sometía a las torturas de la Inquisición con su aparatología horrenda. Una voz de barítono interrumpió la sesión y el rostro hermoso y severo de su hermano reemplazó al del inquisidor, quien de inmediato asumió que Auguste se haría cargo de sus despojos mortales y dejó de dirigirse a ella. ¿Auguste sabía cómo se había hecho ese hematoma en las costillas? Si a Auguste le parecía, usarían el ecógrafo en lugar de los rayos X. Si Auguste quería, la mandaban al hospital para que le dieran un sedante. Auguste no sabía, el ecógrafo estaba bien y no quería ir al hospital y dijo no, gracias, pero se guardó una tira de sospechosos comprimidos celestes en un bolsillo del pantalón. Ya en su casa la había desvestido, lavado y metido en la cama, y obligado a tomarse dos de los comprimidos celestes, con una mirada fría que no admitía discusión alguna acerca de los posibles efectos secundarios de la medicación.
 “Estas mierdas me van a agujerear el estómago”, intentó defenderse ella. “Mejor que te las tomes porque te voy a agujerear... la cabeza”, concedió él con fingida magnanimidad. Se los tragó y ni siquiera alcanzó a tomarse el café que había pedido. Creía recordar que se había despertado urgida por la presión en la vejiga y que Nadine la había devuelto a la cama, comprimidos celestes de por medio. No tuvo tiempo ni de sentir hambre.
El reloj de su mesita de noche marcaba las tres. Por entre las cortinas se filtraba una luz blanca y metálica, así que supuso correctamente que eran las tres de la tarde. Envuelta en la bata azul fue al baño y lo que encontró en el espejo la hizo meterse de cabeza bajo la ducha, a despecho del hambre. Mientras se secaba, el aroma del café recién hecho la hizo sonreir. Nadine, bendita seas. Un ruido la hizo volverse: Marcel estaba apoyado en el quicio de la puerta, mirándola. La sacudieron tantas emociones encontradas que creyó que se caería al suelo. Tuvo que sentarse en el borde de la cama.

— Preparaste café — dijo la primera estupidez que le vino a la boca.
 Él asintió y volvió a la cocina. Ella lo siguió descalza y en puntas de pie. Marcel dejó su taza, sirvió otra y se la ofreció sin pronunciar palabra; ella la tomó y se sentó al extremo más alejado de la mesa.

— ¿Cómo estás?— preguntó él con voz sin inflexiones ni sentimientos.
Tan sólo preguntaba, lo mismo que un juez. Ella sintió vértigo y mintió diciéndole que se sentía bien.
 — ¿Te vio algún médico?— ella preguntó a su vez, entre sorbo y sorbo de café.
— No tengo nada roto pero el impacto me sacudió bastante. Me dieron una semana de licencia y me la tomé— él se acomodó en la silla con movimientos algo rígidos. Su rostro era una talla en mármol frío y pálido; el contraluz de la tarde le delineaba los pómulos altivos y le hundía las mejillas. Respiraba con cuidado y se veía cansado. Cambiado. El pensamiento la sorprendió y la asustó.
El silencio adquirió entidad palpable pero ella tenía las mandíbulas atornilladas: el café le pasaba entre los dientes. Sentía la mirada de Marcel traspasarle la piel, pero no podía emitir un solo sonido. La taza tintineó cuando la apoyó. Se levantó a servirse más café, a modo de excusa para darle la espalda y escaparse de esos ojos de hielo azul oscuro que la quemaban.
— Por lo visto, sigo condenado a tu silencio.
 Ella giró en redondo y se mareó por la brusquedad del movimiento. Él continuaba sentado, las manos entrelazadas apoyadas sobre la mesa y la expresión torva.
— O a tu desconfianza, no estoy seguro. De lo que sí estoy seguro es de que no estoy dispuesto a continuar ignorando la verdad. Quiero saberla. Toda. Todo lo que hayas callado y tengas que decirme, ahora.
No había una sola emoción en su voz. Ella hubiera preferido que él gritara, la insultara y se fuera dando un portazo a ese interrogatorio casi policial. Volvió a su silla temblando.
—¿Qué más debo saber?— insistió Marcel—. Federico Seoane, que debió haber sido Friedrich Von Schwannenfeld alias “El Brigadier”, nieto de Vittorio Contardi, el Gran Maestre de la Orden del Temple y hermano de mi abuelo, Marcello Contardi, te torturó y te violó; iba a violarte otra vez cuando le disparé; quedaste embarazada y abortaste— se tomaba los dedos de a uno enumerando los hechos y pronunciando cada palabra como si le asestara puñaladas—, y jamás me dijiste una sola palabra de nada. Me excluiste de tu vida y de tus decisiones como si yo no importara. ¿Qué más?
 Se dio cuenta que lloraba a los gritos. Un dolor físico insoportable la llenó de nauseas y la obligó a doblarse en dos.
— Qué más— exigió él, levantando apenas la voz.
Lloró hasta que le tembló todo el cuerpo pero él no le tuvo compasión. En voz muy baja y tartamudeando, comenzó a hablar para no prolongar más su agonía.
— Él me hizo todo eso..., me lastimó tanto... y cuando lo supe, creí que me volvía loca. Yo no quería, eso no podía estar pasándome. ¿Qué iba a hacer? No podía pensar en otra cosa; eso crecía dentro de mí como una cosa maligna. Él me había violado y yo tenía miedo, tenía asco... Cuando todo terminó, me di cuenta de lo que había hecho y quise morirme. ¿Cómo pude haber estado tan segura? Nunca podría. Habíamos estado juntos la noche anterior. ¿Y si yo había matado a tu hijo en lugar del suyo? Quería convencerme de que había hecho lo único que podía hacer, yo tenía derecho... pero la duda me carcomía... Jugué a ser Dios y pagué muy caro... — escondió la cara entre las rodillas, las rodeó con los brazos y lloró, pero no habría liberación posible si él no la perdonaba—. No volví a quedar embarazada... Me hice estudios... Debe haber algo que no encuentran... Nunca les dije del... aborto... Me dijeron que estoy sana pero no puede ser...
— Sí puede ser.
Hubo un ruido seco a papeles y ella no se atrevió a levantar la mirada más allá de la superficie de la mesa: ahí estaban sus estudios, en el sobre en el que ella los había guardado. Si le quedaba alguna sombra de esperanza, acababa de perderla para siempre en ese momento.
— ¡No, no! ¡No puedo! ¡Yo quería darte algo de mí que nunca le hubiera dado a nadie! ¡Quería darte un hijo y no puedo! ¡NO PUEDO!— gritó y sollozó hasta quedarse ronca.
 Hubo un silencio. Se había condenado y lo había sabido desde el primer momento. Él se iría, la vida se olvidaría de ella y continuaría pasando a su lado sin mirarla. Cada paso de él sonó a marcha fúnebre. Hubo ruidos sordos. Vino a llevarse sus cosas. El desgarro fue tan grande que se le aflojaron las piernas. No quería ver cuando se fuera y se encogió en la silla como un animalito apaleado. Él volvió a la cocina.
— Vamos— la levantó por el brazo y la llevó hasta el baño.
 Sin decir mu le alcanzó ropa interior, sus jeans agujereados favoritos, el viejo suéter blanco de cuello alto y las botitas grises de elfo. Cerró la puerta y ella no tuvo más remedio que lavarse la cara y vestirse. El espejo le devolvió la sombra de una mujer derrotada.
Juntó esperanzas ridículas con un pensamiento infantil: Él no se irá mientras yo esté aquí dentro. Él abrió la puerta por ella y le hizo señas con la cabeza. Lo siguió hasta el salón sin hacer ruido al caminar. En medio de la alfombra había varias valijas y ella se puso a temblar como una hoja. ¡Se va, Dios Santo, se va! Llamaron a la puerta, Marcel abrió y un par de tipos en overol azul gastado se las llevaron.
— Vamos— repitió Marcel y tironeó de ella.
 — ¿Qué?— susurró ella.
Él la miró con leve irritación y le explicó como si ella fuera deficiente mental.
 — Mi mujer y mi hijo viven en mi casa, conmigo. Después vendremos a buscar el resto de las cosas que quieras llevarte, o lo que quepa en mi departamento. No volveré a pedírtelo nunca más, ¿está claro?, así que vamos.
 Lo miró con la boca abierta sin entender una palabra. ¿El hijo de quién? 
 — ¿Tu hijo...?
 — Estás embarazada de ocho semanas— le informó en el mismo tonito desagradable—. Lo descubrió el tipo que el viernes te revisó en la ambulancia.
— Te amo...— dijo ella después de transcurrida una eternidad suspendida en la nada.
 — Yo también te amo. La empresa de mudanzas cobra por hora. Vamos.

**** 

Cruzó la avenida y mientras abría el paquete, encendió el celular, rescató los mensajes y llamó.
Com' è andato ? — preguntaron del otro lado con ansiedad.
— Bien, muy bien. Mejor de lo que esperaba— sonrió beatífico.
— ¿Dio resultado, eh?— su interlocutor largó la carcajada.
— Cristo, me sentí un villano de cuarta categoría. No sé cómo aguanté sin largarme a llorar yo también...
 — ¡Ah, con la madre tuve que hacer lo mismo! ¡Son iguales! ¡Si uno se arrodilla y suplica, ellas te patean! ¡Hay que hacerlas sufrir!
— No pensé que fuera tan difícil. No soy muy bueno para esto.
— ¿Y entonces?
— Ya está en casa. Se quedó dormida.
— No te preocupes, se les pasa después de los dos meses. Ahora, hablemos de negocios...
Mientras conversaba con Franco camino de su departamento, Marcel comenzó a considerar la posibilidad de dejar de fumar. Por el crío, claro. Bueno, al menos en casa. En la oficina, vaya y pase. Aunque  podría empezar por el dormitorio: con el crío en el cuarto... 

AEROPUERTO "CHARLES DE GAULLE". UNA SEMANA DESPUÉS 
Salón VIP "Icare" del aeropuerto Charles de Gaulle
Las autoridades del aeropuerto habían tenido la deferencia de vaciar una sala VIP suntuosa, para que el grupo esperara la salida de su avión privado. Una asistente en uniforme escoltó al mayor Gaetano Corrente hasta el lugar. El chiquito Ortiz correteaba entre los sillones, jugando a las escondidas con el teniente Rinaldi, mientras el viejo y el coronel Ortiz se habían acomodado en una de las esquinas y otro oficial muy joven les alcanzaba una bandeja cargada de canapés, bebidas y café. Al verlo, Rinaldi le lanzó una mirada de desagrado al tiempo que levantaba por el aire y hacía volar al mocosito, que se reía a carcajadas. El mayor inclinó la cabeza, devolviendo el saludo que Rinaldi no se había molestado en formular. Se acercaba para saludar al viejo y a Ortiz cuando resonaron voces en la antesala.
Dos guardias de la Policía Aeronáutica entraron y se quedaron uno a cada lado del ingreso acortinado, como postes. Detrás de ellos repiquetearon los tacos de una figura delicada que reconoció de inmediato. Qué perfume... Ah, comisario, tengo que preguntarle cuál usa: me vuelve loco. Compuso su mejor y más conquistadora sonrisa frente a la comisario Marceau que avanzaba resuelta hacia él, envuelta para regalo en un conjunto de seda azul que le enmarcaba principescamente el escote y el talle, y le acariciaba las piernas hasta un poquito así encima de las rodillas. Largo y entalle perfectos. Apuesto a que la ropa interior le hace juego. Adoro esos portaligas de encaje como altares de catedral gótica ante los que un hombre se arrodilla a rezar... o a desprender. Ni siquiera la escolta de la comisario logró arruinarle el talante con que había llegado, aunque Marceau trajera a la rastra a una mujerona vestida de verde oscuro, al mastodonte malhumorado de Meyer y a dos tipos más con el mismo malhumor y que lucían los ostentosos uniformes de los Carabinieri.

— ¿Gaetano Giuseppe Corrente?— interrogó ella sin darle tiempo a saludarla y sin mirar al resto de la asombrada concurrencia.
— Siempre es un placer verla, comisario... — sonrió invitador.
 — Su identificación, por favor— tendió una manita blanca y perfumada y él depositó en ella sus credenciales con una sonrisa cada vez más amplia.
 Ella les lanzó una ojeada distraída y se las dio a la grandota de verde.
— Mayor Corrente, queda arrestado por los cargos de intervención no autorizada en territorio extranjero, obstaculización de la labor policial y negligencia criminal en el cumplimiento del deber.
Arma dei Carabinieri

Mientras la boquita maravillosamente maquillada pronunciaba todas esas iniquidades, los dos Carabinieri cara de mastín napolitano con hambre, se le pusieron uno a cada lado y lo esposaron; la mujerota se caló un par de lentes de marco metálico y de un ajado portafolios de cuero, sacó un fajo de papeles con membrete del Palais de Justice. Ni siquiera escuchó a la jueza y se puso a aullar como un condenado.
— ¡Por Dios, comisario, usted no habla en serio!— miró a sus guardianes estatuarios—. Escúcheme, los dos aceptamos jugar el juego, porque era un juego, ¿cierto? Nunca, Cristo Santo!, nunca pretendí que nadie saliera lastimado. ¡No se habrá creído lo de su secuestro y lo de Ayrault, que usted era la carnada y todas esas bestialidades! ¡Fue un error, Dios, me excedí, lo admito!
La jueza se volvió en el acto hacia ellos.
— ¡Comisario, usted no mencionó lo de su secuestro! Estamos a tiempo de ampliar los cargos.
 Marceau respondió sin molestarse en mirarlo.
— El accionar irresponsable del mayor Corrente comprometió la seguridad de un procedimiento encubierto de la PJ, pero la imputación más grave es la de haber puesto en riesgo de muerte al capitán Dubois. Suficiente para desear verlo en la guillotina. Por no hablar del riesgo que corrieron mis otros oficiales.
 — Pero su secuestro...— la jueza no se daba por vencida y Marceau descartó el comentario agitando una mano desdeñosa.
 — El mayor dice la verdad: eso fue parte de un juego — lo miró a los ojos—. Una partida de ajedrez. Dejó de ocuparse de él y se dirigió a los oficiales junto con la jueza, que estaba terminando de firmar el papelerío. Uno de los Carabinieri firmó también y se guardó los papeles.
 ¡Carajo, la muy perra habla en serio y estos dos cafoni me arrestaron!
Porca puttana! Troia ...!(1) — Aulló y se abalanzó sobre ella, rojo de vergüenza y rabia.
Los Carabinieri tuvieron que sujetarlo.
 Ella dio media vuelta. Los ojos oscuros quemaban de furia contenida cuando le tomó la cara y lo acercó bruscamente a la suya.
 — Allora lu vvuliti stu vasu ‘na vucca?(2) — susurró tan cerca que el calor de su cuerpo lo alcanzó.
 Pero Corrente ya no tenía pensamientos eróticos respecto de la comisario Marceau: la mención de la ceremonia del beso había obrado el milagro de aplacarle el ánimo. Lanzó una mirada de soslayo al rincón: el viejo esbozaba una fría sonrisa de autocomplacencia y no hizo el más mínimo gesto de intervención.
Debí saberlo. Después de todo son familia. Relajó los hombros y les hizo un gesto mudo a sus cancerberos, que, sin mirarlo, asintieron con un cabezazo seco y lo llevaron hacia la salida, seguidos de la jueza, que no pensaba perderles pisada hasta embarcarlos en el siguiente vuelo de Alitalia.
 — Un attimo per cortesia, tenente (3)  — casi a punto de cruzar la cortina, el mayor se dirigió al de más rango. Los tres se detuvieron y los oficiales le soltaron los brazos pero no las esposas. Se volvió hacia ella. — Ci rivedremo ancora (4) — bravuconeó para recuperar algo del amor propio y la autoestima machucados.
 — Ma certo!— ella devolvió la estocada— La partita non è finita. Rimaniamo pari agli scacchi, vero?(5)
Corrente inclinó la cabeza en un gesto galante y salió sin volver a mirar atrás. Odio perder con esta mujer.

**** 
— Jefe...— susurró Jumbo a espaldas de la comisario, que todavía estaba hablando con la jueza.
— ¿Diga, capitán?
— Se le hace tarde. El coronel Dubois la está esperando abajo...
— ¿El coronel Dubois?— Marceau lo fusiló con la mirada—. Meyer, ¿cómo cuernos se enteró el coronel? Jumbo sacó un Gauloise, lo encendió, y farfulló con el cigarrillo entre los labios:
— Yo le avisé.
— ¡Capitán, le di órdenes específicas acerca de este procedimiento!— siseó Marceau.
Ortiz y el viejo paraban las orejas.
— Usted habló de su padre, el comisario Massarino y el capitán Dubois. Nunca mencionó al coronel Dubois.
Se midieron como esgrimistas.
 — Lo voy a arrestar por desacato.
— Soy testigo del novio. Sin mí, no hay casamiento y ese chico no tendrá padre. ¿Quién va a llevarlo a jugar al rugby y al fútbol y ...?
— No sea chauvinista, Meyer. Podría ser una nenita.
 — En el Quai, el varoncito gana cuatro a uno. No me falle, jefe, aposté unos francos yo también.
La jueza los miraba aguantando la risa.
— Meyer, nunca lo hubiera esperado de usted.. Es indigno de la confianza de sus superiores, es... — la comisario entrecerró los ojos—, una cucaracha. Lo voy a degradar y se va a ir de uniforme a dirigir el tránsito.
 — Bardou está de vacaciones, Dubois y usted no van a estar... No querrá dejar el sector a merced de esos dos tenientitos de juguete y de Sully...
 — ¿Ah, sí? ¿Y qué piensa hacer usted a merced de Sully?— Marceau enarcó una ceja y sonrió de lado.
— Tenía un par de ideas... Para empezar, pedirle café a cada rato...— respondió con cara de querubín.
 — Café, ¿eh? Mejor ocúpese de que Guildernstern y Rosencratnz no tropiecen con sus propios pies y que Sully no les revolotee alrededor. Esa chica necesita contención afectiva y usted es el oficial a cargo. ¡Conténgala adecuadamente!
— Haré lo posible, señora.
 — No “haga lo posible”. Simplemente hágalo. Es una orden— Marceau se volvió hacia la jueza, que se mordía las mejillas.
 — Será un placer. Sabe, jefe, hoy está muy linda... — Jumbo sonrió de oreja a oreja.
La comisario respondió por encima del hombro.
— ¿También tendré que dejar constancia de acoso sexual en su expediente?
— ¡Ah, no! El acoso sexual a superiores se lo dejo a Dubois. Él sí que sabe hacer bien las cosas. ¿Me deja las llaves de su auto? No tengo en qué volver— le guiñó un ojo a la jueza, que le devolvió el gesto con una risita.
La comisario le tendió el llavero y fue hasta el otro extremo de la sala, a saludar a los presentes con regia cortesía y disculparse por las incomodidades de la situación. Todos los hombres se pusieron de pie, inclusive el mismísimo viejo del diablo.
— Permítame acompañarla hasta la salida— pidió el coronel Ortiz.
— Realmente no es necesario— ella le respondió.
 — Será un placer para mí. Por favor.
Ella asintió con una sonrisa tenue y se fueron.
Jumbo se acercó al viejo, que había vuelto a sentarse, e inclinó la cabeza.
— Tengo un mensaje para usted de parte de Franco Massarino.
El viejo lo miró con una atención que hería. Jumbo continuó.
 — Dice que si Dios dispuso algún castigo para los Contardi por todo lo que han hecho, ese castigo acaba de salir por aquella puerta.
El silencio cruzó como un pájaro. Jumbo saludó educadamente y estaba a un paso de la salida cuando el viejo lo llamó. Sonriente, le tendió un sobrecito, pidiéndole que se lo entregara al señor Massarino.
 Cuando Jumbo consiguió meterse dentrás del volante del autito de juguete de la comisario y dejó de maldecirse por no haber venido en su propio auto, no pudo resistir más la tentación. Sacó el sobre y la tarjeta de visita, grabada en el anverso con un escudo de armas y debajo el nombre y título nobiliario. En el reverso se leía, escrito con caligrafía angulosa y asombrosamente firme para un hombre de su edad: “Nunca un castigo fue tan necesario. Que la penitencia dure para siempre.” No hay nada que hacer, filosofó Jumbo camino de la alcaldía, todos los viejos tienen algo de poetas. Miró la hora: después de todo no llegaría tarde a la ceremonia.

**** 

— Nos odia, ¿cierto? — Ortiz la tomó del brazo para detenerla.
Ella lo miró a los ojos.
 — No, no los odio. Ya se lo dije a su padre.
— ¿Nos teme?— insistió el coronel. La acercó a él con suavidad y el perfume masculino la envolvió. 
— Sí— ella respondió después de varios latidos de corazón.
— Pero elige a Dubois de cualquier modo.
— Sí — segura.
— ¿Por qué?— la mano del hombre apretó su brazo.
— Porque lo amo, porque prefiero luchar a su lado que en su contra. Si me ama, puedo ayudarlo.
— ¿Si la ama? ¿Por qué el condicional? La ama verdaderamente.
— Para un hombre hay cosas más poderosas que el amor, pero yo estoy dispuesta a enfrentarlas. No sé si estoy preparada pero quiero intentarlo. No lo amaría verdaderamente si no lo hiciera.
— Entonces, ma dame — él separó adrede las palabras—, Dubois tendrá ambas cosas. Tendrá lo que quiera porque usted está dispuesta— sonrió apenas y la arruga del entrecejo se le suavizó—. Usted lo dijo, deberíamos revisar los estatutos de la Orden— la mano de él descendió hasta tomar la suya.
— El nombre me da escalofríos— ella desvió la mirada.
— Es nada más que un nombre y está destinado a desaparecer. La Orden del Temple dejará de existir como tal cuando mi padre ya no esté. Él es el último Gran Maestre, así lo dispuso. Después, seremos nada más que un grupo empresario como otros tantos. El mundo cambia y debemos cambiar con él para perdurar.
 Adelante, destacándose entre el resto del gentío, Jean-Pierre escudriñaba con ojo clínico la multitud. Cuando la vio, le hizo señas. Ella agitó un brazo para saludarlo pero Ortiz no la soltó.
 — Tengo que irme...— se sentía asustada y no entendía por qué.
El coronel le tomó la otra mano.
— Lo entiende, ¿verdad? Es usted quien trae el cambio. Puede cambiar a Dubois y él puede cambiarlo todo.
— ¿Qué hay de usted? Usted es...
— Yo soy nada más que un administrador— la interrumpió—. Dubois y usted pueden dar el golpe de timón. Nunca había ocurrido antes.
 Ella tembló y él lo percibió.
 — Tiembla de emoción, ¿cierto? El juego está por empezar. Juéguelo junto a él.
 No le dijo nada: no hubiera podido. Él acercó su mano derecha hasta sus labios y la besó suavemente, sin dejar de mirarla a los ojos.
 — Hasta la vista, ma dame.
— Hasta la vista, coronel.

****

 Jean-Pierre necesitó nada más que dos pasos para imponer su figura enfundada en el uniforme de salida y alcanzarla con un brazo protector. Ella lo besó en la mejilla mientras dejaba que el alivio le recorriera el cuerpo y le devolviera el aliento.
— Vamos, preciosa, o llegamos tarde. ¡No hay que hacer esperar a los invitados!
 Mientras iban hacia el estacionamiento, Jean-Pierre preguntó por su acompañante.
 — El coronel José Ortiz. El padre del chiquito secuestrado...
 — El número dos de la Orden— él la interrumpió.
Ella tragó saliva varias veces antes de asentir.
— ¿Nerviosa?
 — Un poco.
 Jean-Pierre se detuvo junto al auto y la tomó por los hombros.
— No tengas miedo, chiquita. Todo saldrá bien.
 Ella sacudió la cabeza pero él no la dejó hablar.
— Ustedes dos, juntos, pueden cambiar las cosas. Mi hijo te ama y te necesita por encima de cualquier otra cosa. Siempre estarás primero.
 Comprendió que Jean-Pierre sabía y entonces, en un impulso, se abrazó a su cintura.
— Tengo miedo, tanto miedo... por Marcel...por mi bebé...
— Yo también lo tendría— él le acarició la cabeza—. "No conocerás el miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total..."
 — Eh, conozco eso... ¿No es de Frank Herbert...?
— "Duna". Me leí toda la saga cuando me tocaban las guardias en el cuartel. Para algo tenían que servir, ¿no?
Se rieron y se metieron al auto.

EPÍLOGO 
El rapto de Perséfone - Bernini

La estatuilla era una auténtica obra de arte, pieza única e invalorable. Representaba una escena de la mitología griega: el rapto de Perséfone. La diosa se retorcía entre los brazos de un Hades de barba rubia y hombros poderosos, magníficamente viril y desnudo, en su carro tirado por corceles negros de ojos enloquecidos. Un brazo del dios rodeaba las caderas de la diosa; el otro llevaba firmemente las riendas. A primera vista, la escena era el triunfo de la fuerza bruta masculina sobre la fragilidad femenina. Para algunos, resultaba ligeramente obscena en la desnudez de sus protagonistas, ya que la morena belleza de Perséfone estaba a medias cubierta por un velo desgarrado por las manos ávidas de Hades. Para aquellos que se detenían a admirar la obra, la verdad surgía con la observación. La mirada de Perséfone no suplicaba sino que provocaba; en sus labios no había temor sino sonrisa triunfal y exhibía su espléndida blancura a los ojos angustiados del dios al que había convertido en su esclavo. Él contenía la fuerza de sus manos, acariciando las caderas más que aferrándolas, y luchaba por ocultar la desesperación de perderla. El rostro transfigurado del dios reflejaba su propio infierno, encadenado para siempre al amor al que había tenido que raptar para poseer. Los ijares de los caballos negros relucían de sudor, al precipitarse de regreso hacia la herida que el carro del dios le había infligido al la madre Tierra, al irrumpir en la superficie para robar su tesoro.
Hades y Perséfone se eran fieles: el dios de las profundidades era inmune a la piedad; jamás había sentido el llamado de la carne y los sentimientos antes de conocer a la dulce diosa del renacer; la reina de los Infiernos no concebía amor más grande que el de su triste y oscuro señor. Y si no habitaban el Olimpo, su morada no les era menos grata. El artista se había tomado mucho tiempo para terminar la porcelana a gusto de su cliente. Había trabajado con las fotografías y había intercambiado cientos de bocetos, hasta alcanzar las fisonomías y las expresiones que el cliente demandaba. El resultado valía mucho más que la fortuna que le habían pagado: nunca volvería a hacer una pieza semejante. Había llorado al entregarla. El cliente le había prometido que la pieza sería periódicamente exhibida en exposiciones y museos. No era la fama lo que el artista anhelaba: era la obra misma. El cliente lo consoló diciéndole que los propietarios definitivos de la pieza, serían los mismos que la habían inspirado y que la obra se convertiría en tesoro y herencia de su familia. El artista pidió poder verla de vez en cuando y el cliente le prometió que hablaría con los dueños. Cuando la llevaron del taller, pareció que la luz se había vuelto más opaca.

 ****

Vittorio Contardi rodeó por enésima vez la mesa sobre la cual reposaba la porcelana. Había sufrido, pacientemente y en silencio, durante todo el tiempo que había demorado el embarque y traslado de la pieza, temiendo que algún accidente quebrara para siempre la armonía y belleza de las formas; o peor aún, que se le acabase su propio tiempo antes de verla terminada. La ansiedad le había consumido muchas noches, pero aquí estaba por fin. Podía respirar tranquilo. De hecho, casi podría decir que podía morirse en paz.
¿Cuánto había costado? ¿A quién le importaba? Era única, tanto como aquélla que una vez había admirado en los talleres de Nápoles, que reflejaba el éxtasis amoroso de Romeo y Julieta. El mismo artista las había hecho con la misma maestría. 
Mastr’Antuono no ha perdido la mano en todos estos años. 
El rapto de Proserpina- Porcelana napolitana de 1860
Enfocó la pieza desde distintos ángulos con la minicámara conectada a la notebook; eligió las mejores tomas y las grabó. Uno de los hombres de José ya había escaneado cuidadosamente todas las fotografías, inclusive las más antiguas, de color sepia, reparando a la vez los estragos del tiempo en ellas. Luego, las había archivado en la misma carpeta en la que Dubois había guardado la foto de Ombretta y Marcello; al parecer, Dubois no sabía de quiénes se trababa, pues el archivo no tenía nombre.
Seguramente la haya encontrado entre las cosas de Marcello. Nunca hubiera creido a Marcello tan sentimental.
Casi setenta años antes, él había encontrado la misma fotografía, en el compartimiento oculto del escritorio de su padre después de su muerte. Parecía obvio que Dubois tampoco sabía qué había sido de su notebook y que no se había ocupado por recuperarla, pero tenía una disculpa: había tenido cosas más importantes y urgentes de qué encargarse; seguramente daba por perdido el equipo. Bien, ahora lo recuperaría, y con algunos agregados familiares. Decidió que cambiaría el nombre de la pieza. “El triunfo de Perséfone” me parece más adecuado. Se sentó a la mesa, con la porcelana bien ante sus ojos, a redactar la nota que acompañaría a la notebook.

**** 
El suboficial a cargo de Ingreso de Materiales, exhibía un morro más largo que de costumbre cuando apoyó de mala manera un paquete peor envuelto encima del escritorio de Marcel.
 — Comandante, cuando vaya a recibir un envío de este tipo, por favor avise. ¡Creímos que era un atentado!
 Marcel miró al tipo con los ojos redondos de sorpresa, miró el paquete sospechado de actos terroristas, y volvió a mirar al fulano.
— ¿Quién espera un carajo?— ladró para no desentonar.
 — Eso — el suboficial señaló el paquete —, vino a su nombre. Una de esas computadoras portátiles. ¡No me diga que no sabía!
Discutir con necios es cosa de necios, pensó y se guardó el resto de sus argumentos. Cuando el uniformado se fue pavonéandose por haber puesto a un superior en su lugar, Marcel retiró los restos de papel y cartón para reencontrarse con su notebook.
 ¡Mierda! Creí que nunca volvería a verla.
Las circunstancias en las que la había perdido de vista habían quedado archivadas junto con el expediente Ayrault y, por una vez, ni Sistemas ni Equipos reclamaron el inventario. La conectó, maravillado, y abrió todos los programas y archivos que aparecían en “Escritorio” nada más que para regodearse con su funcionamiento.
¿Y esto? Una carpeta con archivos de imágenes. Mientras lo abría, recordó que en esa carpeta había guardado la foto reconstruida que había encontrado en casa de su abuela. Mi casa, recordó y sintió coloreársele la cara. El contenido era ahora mucho más voluminoso. Una sensación de premonición lo invadió, y aun antes de abrir los archivos, rebuscó entre los papeles y plásticos rotos. No encontró nada y se sintió frustrado. Ese idiota lo perdió. 
Llamó a Ingreso de Materiales y se sentó a esperar. La venganza es el placer de los dioses, meditó mientras cliqueaba sobre los archivos para abrirlos. Las fotos más antiguas estaban acompañadas por un texto que explicaba quiénes eran los retratados; de las otras, no necesitaba aclaraciones. Lo intrigaron las imágenes de lo que parecía ser una escultura y que resultó ser una porcelana de Capodimonte, del mismo estilo de aquella que estaba en casa de sus suegros y que representaba una escena del ballet “Romeo y Julieta”, y cuyos protagonistas eran Franco y Lola. La belleza de la obra lo sorprendió y lo conmovió.
 Al avanzar sobre las tomas siguientes, las sensaciones le encogieron el pecho.
¿Es posible?
Sonrió todavía incrédulo, pero las imágenes que se sucedieron lo obligaron a abandonar todo escepticismo. Quince minutos después, el mismo suboficial pero con menos humos, le entregó un sobre pequeño con huellas de pisadas y que contenía nada más que una tarjeta de visita.
 — Es lo único que encontré— masculló el tipo.


Sin dignarse a dirigirle la palabra, Marcel entreabrió el sobrecito y espió el contenido. En el anverso de la tarjeta, campeaba el relieve de un escudo de armas y debajo, el nombre y título impresos en caligrafía elegante. La nota estaba escrita en el reverso. Giró el sillón y dándole la espalda le dijo al suboficial que podía irse. Esta vez te vas con el rabo entre las patas, ¿eh? Volvió sobre las imágenes y las repasó una por una, hasta que le dolieron los ojos. Tomó la fotografía de Odette y los mellizos, que siempre llevaba con él, y dedicó los siguientes minutos a extasiarse secretamente con sus vástagos: Gabrielle le sonreía traviesa mostrando sus dos dientecitos, y la chispa pícara en sus ojazos oscuros era la misma que iluminaba la mirada de Odette; Gianfranco, desconfiando de la cámara, se colgaba del cuello de su madre como una garrapata rubia. Mis tres tesoros. Apoyó la foto en el teclado de la notebook y comenzó a recorrer nuevamente las imágenes.
Ahora entiendo.
Tomó la tarjeta y la releyó, poniendo su corazón en hacerlo:

 “El círculo está cerrado” 

 Sin dudarlo un segundo, ingresó al correo electrónico y buscó la dirección que estaba seguro de encontrar. Tecleó el mensaje, tan breve como el que había recibido, y lo despachó.

 “Comprendo” 

Más palabras hubieran sido innecesarias.

FIN
(por ahora...)

(1): Puta de mierda
(2): ¿Entonces sí quiere el beso en la boca? 
(3): Un momento por favor, teniente.
(4): Volveremos a vernos
(5): Por supuesto. La partida no terminó. Hicimos tablas, ¿cierto?

viernes, 3 de febrero de 2012

la mano derecha del diablo - CAPITULO 33

QUAI DES ORFÈVRES, JUEVES POR LA MAÑANA


— ¿El comisario Massarino?
— Soy yo, dígame.
— Era como Ud. suponía. La comisario Marceau acaba de venir a preguntarme cuánto podría demorar en preparar un equipo de detección portátil.
Massarino insultó a medio santoral antes de preguntarle a Paworski qué le había respondido a Marceau.
— Que no menos de veinticuatro horas. Lo siento, comisario, no podía decirle más tiempo sin que sospechara.
— Está bien, eso nos da un día más. ¿Le pidió otra cosa?
— No... todavía.
— Manténgame al tanto.
— Algo más. En la madrugada del martes la señal de Dubois se activó en modo operativo normal pero se perdió en menos de cinco minutos. El operador pensó que se trataba de un encendido accidental y no reportó.
Massarino volvió a insultar.
— ¿No llegaron a triangular la posición?— preguntó el comisario cuando dejó a los antepasados del operador en paz.
— No. Trataré de reconstruirla con los datos del registro.
— Si lo consigue, no se lo informe a Marceau.
— En absoluto.
Cuando colgó el auricular, Paworski se sentía más miserable que una cucaracha.
****

La visita al laboratorio había sido frustrante: no había novedades y Paworski no tendría un equipo portatil antes del día siguiente. De regreso a su despacho, Odette encontró la puerta cerrada y ella la había dejado abierta. Dentro, El mayor Corrente medía la oficina con pasos inquietos.
— ¿No sabe anunciarse, mayor?— preguntó sin saludarlo.
— ¿Dónde está Dubois?— restalló el tipo, grosero.
— No debajo de mi escritorio, eso es seguro.
— Lo vieron por última vez con Alessandra. ¿Cuánto hace que no se reporta?
El tono perentorio del tipo la irritó.
— Alessandra solía ser vista con unas cuantas personas. ¿Quiénes vieron a Dubois por última vez?
— Mis informantes— respondió él con brusquedad—.Compró un pasaje en Malpensa como Marcel Dubois e hizo el check-in pero de acuerdo con mis contactos, nunca subió al avión. Alquiló un auto y lo cambió al llegar a Turín. Entró a Francia por Montmélian y volvió a cambiar de vehículo cuando llegó a Lyon. Allí lo perdieron. Tengo que encontrarlo— deletreó el hombre.
— Sigo sin ver la razón de su premura por localizarlo.
— Asesinaron a Alessandra— siseó Corrente a la distancia del aliento—. La molieron a golpes y la remataron con un disparo de .45 en la cabeza.
El corazón le subió hasta detrás de la lengua y tardó dos latidos en volver a su lugar. Se rehizo para seguir hablando en tono neutral.
— ¿Tiene una orden de arresto?— lo enfrentó.
— Por supuesto que no.
—¿Entonces, qué hace aquí en lugar de investigar en Milán? ¿O está usando a Dubois de coartada? ¿Y si fue usted quien mató a Alessandra? Las circunstancias apuntan más a usted que a Dubois, mayor: usted dormía con ella antes de que Dubois apareciese en escena. Usted se ocupó solícitamente de traerme la prueba de sus propios cuernos, todavía no sé con qué motivos
Corrente apretó los dientes sin responder y ella continuó.
— Es evidente que conoce los movimientos de Dubois mejor que yo. ¿Para qué lo busca?
— Ya se lo dije...
— ¡Vamos, Corrente! La excusa de Valentina se le terminó hace rato.
El mayor soltó un suspiro largo antes de hablar.
— Los Carabinieri estamos detrás de Ruggieri desde hace bastante. Me serví de Alessandra para acercarme a BCB; lo de Valentina fue, digamos, un intercambio de favores con Alessandra. Cuando Dubois resultó ser Marco Delbosco, me inquieté: no sabía si estaba operando undercover o era otro policía corrupto.  Reconozco que me excedí un poco tratando de saber qué era lo que realmente hacía, y descuidé otros frentes— Corrente meneó la cabeza con pesadumbre—. Eran dos pájaros en un mismo tiro, ¿entiende?, una tentación demasiado grande como para no ceder. Ahora las cosas se complicaron y... bueno, él se convirtió en uno de los eslabones de la cadena de investigación. Lo siento si me porté como un rústico. Estoy algo alterado— tragó saliva y la nuez de Adán le subió y bajó ostensiblemente—. La muerte de Alessandra me... afectó— se pasó la mano por la cara.
—Comprendo— respondió ella con una amabilidad que no sentía—. No sé nada de Dubois desde hace unos días— no pensaba decirle cuántos—, pero le prometo mantenerlo informado. ¿Se quedará en París?
— No sé todavía. Puede localizarme en mi celular.
— Lo llamaré.
— Se lo agradezco, comisario— Corrente le estrechó la mano y se fue y ella se quedó mirando la puerta.
No le había despegado los ojos al hombre mientras hablaba: las pupilas de Corrente ni siquiera se habían dilatado; su mirada no reflejaba emoción alguna.
Está mintiendo...¿respecto de quién? ¿Alessandra no le importaba tanto como quiere aparentar? ¿Quién carajo es Corrente? La información que maneja y su red de soplones son mucho más amplias que las de los Carabinieri. ¿Cuál es tu juego, Corrente? O mejor, ¿cuál es tu equipo? Demasiadas coincidencias, demasiada información.
Dudó entre enviar un fax o un e-mail y se decidió por la mayor discreción del primero. A ver qué nos responden ahora. Marcó el número de Calogero Colosimo en Roma y despachó nuevamente la hoja de pedido de información.
La respuesta oficial fue bastante más rápida que la de Calogero, pero ésta última era mucho más confiable porque la información era mucho más confidencial. Te cubren bien las espaldas, mayor. No quería imaginar las posibles razones de porqué buscaba tan desesperadamente a Marcel Dubois, pero la punzada en el estómago le decía que las conocía a la perfección. Se tiró el impermeable encima y se lanzó a la calle a caminar.
Corrente se había acercado a Valentina haciéndose pasar por investigador privado, cobertura que usaba como oficial de los Carabinieri con una particular independencia de movimientos. ¿Por qué en lugar de ocuparse de Ruggieri y sus socios, que debían ser los objetos obvios de indagaciones de la Polizia Finanziaria y los Carabinieri, Corrente estaba emperrado detrás de Dubois? Podría decirse que es su único objetivo: rastrearlo en donde se encuentre. ¿Para qué lo busca? ¿O es “para quién”? ¿Por qué estás tan cerca de nosotros todo el tiempo?
“Células pequeñas, perfectamente organizadas, que no conocen a otras células que operan dentro del mismo caso; sólo se informa a un oficial de rango, al que en ciertos casos no se conoce; especialistas que trabajan solos, supervisados por un único superior y que reciben órdenes exclusivamente de éste. Instrucciones precisas, específicamente codificadas para cada célula, con claves que cambian semanal o diariamente, según las necesidades...”
Los “especiales” de Michelon trabajaban de esa forma... Igual que los terroristas, las organizaciones clandestinas y parapoliciales. La Orden del Temple tenía ese modus operandi y por esa razón ellos habían logrado penetrar en sus filas. Y nuestro mayor Corrente sigue el patrón al pie de la letra. La certeza le quitó el aliento. ¿Corrente? ¿Y por qué no?
Los recuerdos se le hicieron carne y la nausea la hizo sostenerse del parapeto del puente. “Mátela, Maurizio. Es una orden” y Marcel había estado a punto de cumplirla. El condicionamiento había funcionado aunque ella siempre se hubiera negado a admitirlo. Estuviste frente al cañón de esa pistola, suplicándole que no te matara. Y ellos lo saben. Saben que aún es hombre de la Orden. El horror le secó la boca y le llenó los ojos de lágrimas.
Son “ellos” los que lo buscan. Maurizio De Biassi era uno de los “elegidos” y sólo quienes estuvieran al tanto del resultado del operativo de la Orden, sabrían que Maurizio De Biassi es Marcel Dubois y podrían intentar rastrearlo. Dios, tengo que encontrarte antes que ellos. No puedo permitir que te hagan daño nuevamente.

JUEVES, EN ALGÚN LUGAR DE PARÍS
Los escalofríos de agotamiento le hacían doler la piel. Los músculos le temblaban en espasmos involuntarios y por momentos el corazón se le aceleraba furioso. Sentía las piernas hinchadas al triple del volumen normal y pesadas como el plomo; la sed le estaba arrasando la boca y le incendiaba el estómago.
Lo que estuvieran inyectándole o suministrándole con la escasa agua que le daban a beber, lo condenaba a una vigilia atroz. Había perdido por completo la noción del tiempo y ya no era capaz de razonar; sólo ansiaba cerrar los ojos y hundirse en un olvido negro y sin imágenes.
El techo se iluminó con luz cegadora: otra vez las malditas proyecciones. Apretó los párpados y los dientes negándose a ver, pero no podía dejar de oir. Los gemidos atravesaron su cerebro como una lanza de fuego. Voces que le forzaban sensaciones que en una situación normal le hubieran resultado repelentes y que ahora se le hacían carne y le conmovían las entrañas.
— Mire, Dubois— ordenó la voz cascada.

No pudo resistirse y abrió los ojos. Las sensaciones odiosas le serpearon como una corriente eléctrica por el cuerpo. No quiero verlo, no quiero... Los gemidos degeneraron en gritos desgarradores y las imágenes se volvieron caóticas. Manos enguantadas, pedazos de cuerpos desnudos, ojos, bocas, piernas retorcidas, la varilla metálica adentro-afuera-adentro-afuera imitando obscena el coito, los espasmos, los gritos, un cuerpo extrañamente laxo, una vagina inerte penetrada con furia, más gritos, más carne desnuda y lacerada, más sexos erectos y violentos.
“Parece que va a dar trabajo. ¿Le gustará a su representado?”, preguntaron. “No lo dudo, es de su tipo”, respondía su propia voz.
Con terror sintió el cuerpo entero pulsarle en la entrepierna. La erección era independiente de su voluntad estragada por las drogas; crecía y latía rítmicamente. Tensó las piernas para evitar que continuase. “Entremos”. El cuerpo desnudo sujeto a la grilla metálica se retorcía espasmódico. No es verdad. No soy como ellos. Yo nunca...nunca...
— ¿Lo ve, Dubois? ¡Usted también está excitado! ¿Lo está disfrutando? Vamos, déjese llevar. Mírela a los ojos.
Quería gritar que no, que sentía horror, repudio, que no quería mirarla ni matarla, pero no tenía voz ni aliento. Las escenas se sucedieron con violencia creciente y le pareció que su propio corazón bombeaba al ritmo enloquecido de lo que veía. La tensión le hacía doler los testículos. “Matela, Maurizio. Es una orden” y los disparos retumbaron en los parlantes. Abrió la boca jadeando por aire y al inspirar, un envión le subió desde el bajovientre hasta la base de la cabeza, obligándolo a retorcerse. La eyaculación se le disparó sin que pudiera dominarla, y la humedad viscosa y caliente de sus propios fluidos le mojó el vientre. Era una liberación y una tortura.
El cuerpo entero se le sacudió en estertores agónicos que se disolvieron en un hormigueo desagradable, dejándolo sucio y transpirado, y sintiéndose inmensamente miserable. Sollozó sin voz y sin lágrimas, con la boca abierta y el rostro contraído.
— ¿Lo ve?— la voz atronaba el aire— ¿Para qué negarse a lo evidente? ¿No gozó con esto? ¡Usted es como nosotros! ¡Uno de nosotros! ¡CONFIÉSELO, DUBOIS! ¡ES UNO DE NOSOTROS!

QUAI DES ORFÉVRES, JUEVES POR LA TARDE
Después de de bucear en las redes de destinos aéreos y carreteras de interconexión, Odette pudo armar un cuadro más o menos lógico de situación. Algunos hechos comenzaban a encajar, como por ejemplo por qué habían confundido a Dubois padre con Dubois hijo. No era sólo el parecido físico: los que lo habían hecho, estaban siguiendo muy de cerca a Marcel, casi tanto como el mismo Corrente, aunque con motivos diferentes. Ahora tenía una idea bien precisa de la ruta que podría haber tomado Marcel, que sin duda estaba regresando a París. Bajó los escalones hasta el Laboratorio de dos en dos.
— ¿Paworski?
— Salió— gruñó uno de los auxiliares sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.
Carajo, ¿que hago, espero? Dio media vuelta y emprendía el camino hacia la salida cuando la tapa de un diario le llamó la atención.
—¿De quién es el "Corriere della Sera"?— preguntó sacudiendo el diario de dos días atrás.
El mismo auxiliar se encogió de hombros con otro gruñido, ni sí ni no. A la mierda, me lo llevo.
Subió las escaleras buscando la página de "Cronache" (1) , y releyó la noticia para asegurarse de que no había equivocado los nombres. La descripción meticulosa del cronista de policiales le dio piel de gallina. ¿Hace falta ser tan gráficos? Su contacto en Carabinieri estaba de humor comunicativo, porque le tomó sus buenos diez minutos llevar al hombre al tema que le interesaba. El oficial le prometió las fotos “para dentro de quince minutos”.
Corriere della Sera
Quince minutos italianos pueden ser dos horas, o mañana, o quién sabe cuando, pensó desesperanzada, pero el chirrido de la pc y el iconito del correo oficial le dijeron que esta vez se había equivocado: ahí estaba la información, vivita y coleando.
Santo Dios, qué le hicieron a esta pobre tipa. Nadie merece algo así. Con un clic reenvió las fotos al Laboratorio y a Bedacarratx. Esperó cinco minutos con los dedos repiqueteando inquietos sobre el teléfono, y citó al forense en el Quai.
****
— ¿Qué le pasa, Marceau, ahora se dedica al snuff (2) ? — Paworski puso cara de asco.
— Por favor, Kolya, esto va en serio. Superpóngala con las otras tomas.
— ¿Qué, hay más?— ladró Paworski mientras abría los otros archivos— ¡Mi Dios! ¿Por qué no va a lo del forense con esta porquería?
— Bedacarratx está por llegar. Pase las tomas a negativo.
Quai des Orfèvres- Local de secado de pruebas y fotografías
Estrecharon filas con el forense, delante del monitor, para que los ayudantes no se regodearan con el espectáculo en pantalla. Bedacarratx pidió acercamientos y Paworski comenzó a interesarse.
— ¿Podríamos imprimirlas?— pidió el forense.
— ¿Con o sin copyright?— chanceó Paworski.
— Basta, Kolya, por favor— Odette suspiró y el ingeniero asintió, algo más rojo que lo normal.
Se encerraron en el cubículo del ingeniero y Bedacarratx tuvo la deferencia de no fumar.
— Yo diría que es el mismo tipo— dijo el forense—. Vea: el tipo y tamaño de marcas y sobre todo, el sentido. Golpea siempre de la misma forma. ¿Ve estas marcas alargadas?
El forense se explayó en una clase sumamente didáctica sobre ejercicio de la violencia física. Cuando terminó, Paworski tenía náuseas y ella estaba completamente segura de la identidad del asesino.
****
Bedacarratx se despidió prometiendo un informe completo sobre las fotografías. Odette regresó a su oficina y se servía un café cuando Sully asomó sin golpear, blanca como el papel, y le entregó copia de una circular. La cabo salió sin haber soltado la respiración.
El texto le secó la boca: la comisario Michelon había sido relevada de su cargo y todas las acciones no estrictamente inmediatas quedaban suspendidas hasta tanto asumiera el nuevo Director de la Brigada Criminal. Se convocaba al personal para el acto de asunción del día... Alguien más entró: Michelon, el rostro de color ceniciento. A la comisario le costaba dominar la voz cuando habló.
— Veo que ya recibió la notificación— Michelon traía un sobre en la mano y se lo tendió—. Si hubieramos tenido esto antes, quizás hoy la situación sería diferente.
Odette revisó el contenido, palideciendo a medida que lo hacía.
— Madame... esto define la investigación...
— Es mi deber informarle además, que oficialmente no existe investigación alguna acerca del ciudadano Ayrault, diputado nacional y candidato para la presidencia.
Hubo una pausa durante la que ambas respiraron casi a la fuerza. Madame continuó en un susurro.
—Tiene hasta el lunes. Haga lo que pueda, como pueda.

(1) Policiales
(2) Género porno que incluye tortura y asesinato

lunes, 22 de agosto de 2011

La mano derecha del diablo- CAPÍTULO 24


PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. PRIMERA SEMANA DE OCTUBRE. VIERNES POR LA TARDE

La Brigada Criminal, 3º piso del 36, Quai des Orfèvres
 — Ya me está cansando, Corrente.
El hombre bajo arresto miró de arriba abajo a la mujer que se levantaba de la silla: no sabía que los comisarios franceses usaban portaligas. Estuvo a punto de decírselo. Iba a sacar un MS pero las esposas le recordaron que el brazo derecho no le serviría y él era diestro.
— No entiendo porqué me arrestaron. Quiero fumar — se señaló la muñeca esposada a la pata de la mesa.
Sentada sobre la mesa, la comisario Marceau cruzó las piernas.
— Me molesta el humo...
— ¿Dubois fuma Gauloises y a Ud le molesta el humo?
— El de los MS, sí— ella sonrió con ferocidad digna de un felino, Corrente sintió que su más fiel amigo se ponía de humor conversador. Se concentró en obviar las sensaciones.
— Qué- está- haciendo- en-París — deletreó ella.
— Turismo. No pueden arrestarme por sacar fotos.
— Me dice qué carajo quiere o termina en un calabozo del Quai.
— No tiene un solo cargo...
— Tengo testigos de su persecución y hostigamiento hacia mi persona. Jurarán que trató de violarme— se inclinó hacia él y su perfume levísimo y exquisito lo envolvió.
— No está prohibido andar por las mismas calles que Ud.
— Y supongo que cree que me hace un honor siguiéndome hasta mi casa y esperando que vuelva a salir.
— Siempre quise conocer La Defénse.
Se moría por fumar y como pudo se retorció para sacar el puto paquete de MS del bolsillo interior del saco. Sacó uno y casi lo mordió.
— Por favor, necesito el encendedor.
— ¿Qué es lo que busca, Corrente?
— El encendedor...
— Si no fuera tan cretino me caería simpático.
El perfume y la cercanía hicieron que su amigo insistiera en conversar. Se puso furioso consigo mismo y con ella. Te voy a borrar la sonrisa. Conste que no quería hacerlo.
— Traigo algo para Ud. Si me deja fumar, se lo doy.
— ¿Y si no?
— Lo encontrará de cualquier modo, cuando me revise los bolsillos buscando el encendedor — sonrió.
Ella se bajó de la mesa y rebuscó en el bolsillo derecho exterior del saco. Él se puso a medias de pie, impedido por la mano esposada.
— Está en el bolsillo derecho del pantalón. El encendedor, digo.
La manita entró y salió con suavidad provocándole otro tirón en la bragueta. El ruido del encendedor al caer sobre la mesa lo volvió a asuntos más urgentes. Iba a manotearlo cuando ella le detuvo la mano.
— ¿Y lo mío?
— Eso sí está en el saco.
Ella encontró el sobre, lo abrió y rodeó la mesa para sentarse mentras él encendía el MS como si fuera el último. El rostro de porcelana se volvió inexpresivo. Non ti piace, vero, tesoro? (1)
— A mí tampoco me gustó — dijo, aspirando el humo—. No pierda el tiempo haciéndolas analizar: no hay truco. Yo mismo instalé las cámaras ocultas.
Ni aún con la provocación logró un solo gesto de parte de ella. La comisario se levantó y llamó por el intercom sin dejar traslucir emoción; regresó y se sentó a repasar las fotos, esperando a los oficiales sin uniforme que lo habían arrestado.
— Teniente, fíchelo y enciérrelo. Ya conoce los cargos.
— Sí, señora— el tenientito de mierda soltó las esposas de la mesa, le tomó el brazo izquierdo y el clac metálico le informó que estaba a disposición de la PDP(2).
— ¡No tiene nada, no puede arrestarme!
Ella se limitó a sacudir la cabeza señalando la puerta. Carajo,¿estos pendejos quiénes se creen que son? — ¡Sáquenme las manos de encima!
Otra seña y lo sentaron de prepo y se retiraron hasta la pared a sus espaldas.
— ¿Qué es lo que le preocupa más, Corrente: la hotelería del Quai o cómo le quedará el culo cuando en Milán sepan que quedó al descubierto? — preguntó ella.
La rabia le estrujó los testículos. Sacó la voz de cualquier parte.
— Si sabía que soy de los Carabinieri, ¿para qué hizo toda esta mise en scéne (3)?
Ella sonrió con sonrisa de escultura etrusca.
— No lo sabía: me lo acaba de decir.
La puta madre que te parió. Amagó a levantarse y una mano masculina en el hombro lo convenció de sentarse.La comisario se acercó y le revisó metódicamente y sin segundas intenciones los bolsillos, hasta encontrar la identificación. Uno de los pendejos se acercó, ella le entregó la identificación y el otro salió a la carrera. Una sacudida del mentón, y el pendejo restante le abrió las esposas.

— Puede retirarse, teniente — dijo a media voz sin volver la cabeza y se sentó frente a él.
— ¿Yo también puedo preguntar? — aventuró Corrente después de encender otro cigarrillo.
— Las damas primero. ¿Quiénes son las mujeres?
— Una era una tal Sonja Jorgensson, sueca, mannequin de mediana categoría. Trabajaba en uno de los cruceros de EuroAvventura y alli conoció a Dubois. La otra es Alessandra Giuliani — la puttana de Alessandra, pensó tragándose la hiel.
— ¿Y se molestó en venir a verme para que convenza a Dubois de dejar en paz a su Alessandra?
Si no fueras comisario te retorcería el pescuezo. Le devolvió golpe por golpe.
— No: pensé que Ud. podría decirme a qué se dedica Dubois cuando le dice que está en C*.
— Ud. parece saberlo mejor que yo.
La dama no se rinde fácilmente, me gusta. Se sostuvieron la mirada, y en nombre de las relaciones internacionales, decidió ceder.
— Comisario, ¿qué le parece si hablamos en serio?
— Sé que tiene sus propios motivos, o los de los Carabinieri, no sé, para jugar al detective privado con Donna Valentina; sé que Ruggieri quiere a BCB para usarla de pantalla para sus actividades turbias y sé algunas cosas más. Su turno.
— Por “jugar al detective” me topé con Dubois en estrechas relaciones con Ruggieri. Traté de convencerme que se trataba de algún operativo pero resultó que no hay operativo. La PN(4) no tiene noticias de ningún oficial francés actuando encubierto en territorio italiano y por supuesto, los Carabinieri no tenemos información. ¿Qué clase de negocios podría tener Dubois, o Marco Delbosco, como le guste más, con Ruggieri? No queda mucho espacio para su inocencia, ¿no le parece?
— Me imagino que puede probar su culpabilidad...
— Para ser sincero, no. Lo único que tengo son las fotos...
— Que servirían en un juicio de divorcio si Dubois fuera casado — ella lo interrumpió con acidez.
— Alessandra Giuliani le encargó a Delbosco asesinar a Marcel Dubois, y Delbosco cumplió el encargo.
— ¿Oh?— los labios delicadamente dibujados se distendieron apenas en una sonrisa irónica.
— Cuando Valentina se empeñó en encontrar a su nieto, Alessandra se las arregló para que Valentina me conociera. Alessandra la espía constantemente; quizás pescó alguna conversación telefónica en BCB, porque las líneas de la casa de Valentina están limpias, me ocupo de eso. El caso es que se enteró de que Valentina había localizado a su nieto. Alessandra quiere usar a Delbosco para matar varios pájaros de un tiro: librarse de Ruggieri y poner las manos sobre BCB. Delbosco ya le llevó pruebas de que había cumplido con su pedido.
El teniente que había salido con su identificación, volvió con ella y con unas hojas de fax que la comisario leyó en silencio.
— Mayor Gaetano Giuseppe Corrente de los Carabinieri... Qué hacemos ahora... — murmuró Marceau con un suspiro.
— Yo, en su lugar, verificaría las temporadas que Marcel Dubois pasa en C*. Seguramente encontraría que coinciden con las idas y venidas de Marco Delbosco, veronés residente en Marsella y dedicado a comercio internacional, por Génova, a bordo de los cruceros y en Milán.
— ¿Y Ud., cómo lo supo?
La miró fijo antes de responder.
— Sonja Jorgensson...
— Otra chica con agenda ocupada...
— Sonja quería salirse de los cruceros. Le prometí ayuda y un pasaporte con otra identidad...
— Habla en pasado.
— Terminó mal.
— En el fondo del Mediterráneo — ella restalló — ¿Por qué mierda no se metió Ud. en los cruceros, en lugar de usar a la pobre tipa?
— Ya me lo reproché lo suficiente — respondió con amargura—, Sonja era una buena chica.
— Seguro, de otro modo seguiría con vida.
Corrente meneó la cabeza y continuó.
— Alessandra está trampeando a Ruggieri y a Delbosco por partida doble...
— Sin contarlo a Ud —comentó la comisario en tono llano y sin inflexiones —. Sin ofender.
— Yo soy un coglione (5).
— Yo diría que es tan inteligente que consigue que los que la persiguen para encarcelarla, terminen protegiéndola— lo miró directo a los ojos mientras le revolvía el puñal en la herida. Bien, de nuevo estamos intercambiando atenciones.
— No hay pruebas concluyentes contra ella — se defendió.
— ¿No hay, Ud. no puede encontrarlas, o Ud. las eliminó en un momento de debilidad y ahora no sabe qué hacer?
— ¿Siempre disfruta tanto de hacer mierda al prójimo?
— No más de lo que mi prójimo disfruta conmigo. Estamos a mano, Corrente: Ud. y yo somos un hermoso par de cornudos desinformados.
Touché. Pero volvamos a lo urgente: Alessandra está jugando a varias puntas con todos y puede que intente una jugada peligrosa.
—Entonces se le están acabando las movidas posibles— una ceja pincelada se enarcó, evaluando la situación —. Si me pongo a pensar como Alessandra, digo: "no le caigo tan mal a Delbosco "— sacudió el sobre con las fotos —, "ergo, la situación es relativamente sencilla: Delbosco me hace el favor de eliminar al nietito, Valentina se queda sin herederos, revienta, hago uso de la opción de compra de las acciones de BCB y me quedo con todas las fichas". Pero para eso hay que solucionar el ínfimo problema de lo que Ruggieri quiere hacer con BCB, que no es lo que ella quiere hacer, así que también debe limpiar a su hermano, que es el socio minoritario más importante de BCB. ¿Cómo conseguir el paquete accionario de su hermano? Heredándolo. ¿Logrará convencer a Delbosco? Probablemente sí, pero ¿y si Delbosco luego pretende hacer lo mismo que Ruggieri con BCB? Sabe mucho sobre ella, asesinó para ella. Delbosco se volvió inconveniente: sabe demasiado. ¿Qué haría yo si estuviera en su lugar? Le digo “a” a mi hermanito: cómo me enteré de la terrible verdad acerca de las intenciones de su nuevo socio, etcétera, etcétera, y Delbosco se va a dormir con los peces antes de un parpadeo; luego le digo “b” a los Carabinieri, dignamente representados por el mayor Corrente, y Ruggieri, sospechado de tráfico de estupefacientes, juego clandestino, tráfico de armas, proxenetismo y homicidio, termina en caserma (6) Pastrengo mientras que Corrente termina con un ascenso y eternamente agradecido a los buenos servicios de Alessandretta. Ella quiere BCB: el brillo del tout-Milán y los apellidos importantes. Falta ocuparse de Valentina, pero eso hasta una mujer puede hacerlo y quién sabe, le baste nada más que con presionar un poco... ¿Y Dubois y Ud. duermen tranquilos con la tipa? — ella le lanzó una mirada asesina.
— Sabe, comisario, verdaderamente hace falta la mente retorcida de una mujer para entender a otra.
— Gracias, mayor. Prefiero tomarlo como un halago.
— Lo es. Por mi parte estoy dispuesto a darle un voto de confianza a Dubois.
— Hombres. Todos iguales. Son todos unos cerdos — él la miró y ella aclaró con ironía:— no lo dije yo, fue W.S. Maugham.
— Cerdo o no, Dubois es uno de los mejores oficiales de la PDP y Ud. lo sabe. Lo asignaron a un operativo undercover, tanto que ni el resto de la PN lo sabe; no puede estar actuando solo, sería una chifladura. Alguien más debe estar respaldándolo y cubriéndolo aquí. Quizás su compañero pueda aclararnos algunas cosas a todos.
— Meyer...— dijo ella y encendió el intercom para pedir que llamaran a ese Meyer. Se sentaron en silencio hasta que un mastodonte tamaño XXL asomó la cabezota.
— ¿Comisario Marceau...?
— Siéntese, Meyer — lo invitó sin cortesía y los presentó —. El mayor Corrente tuvo la deferencia de traerme material de la investigación que está llevando adelante para los Carabinieri— le pasó las fotos — ¿Ud. tiene algo para decirme, capitán?
El gordo perdió el color de la cara al revisar las fotos. La comisario siguió, implacable.
— De acuerdo con lo que el mayor Corrente informa, un tal Marco Delbosco — el grandote respingó al oir el nombre —, se encargó de eliminar a Marcel Dubois. ¿No tiene nada que reportar al respecto, Meyer? ¿Uno de mis oficiales está muerto y yo no estoy al tanto?
El gordo se puso púrpura y a duras penas pudo emitir palabra.
— Es un ... operativo especial...comisario...
— ¿Puedo conocer al menos la identidad del finado?
— No... no tiene importancia... Quiero decir... usamos un NN. El encargo, usted entiende...era necesario para la cobertura de Dubois.
— Y supongo que esto también — tamborileó los deditos sobre las fotos.
— Yo... — Meyer tartamudeó —, le dije... que se estaba metiendo en... un despelote...
— Haga el favor de esperarme en mi oficina, Meyer.
— Señora, .... yo...— balbuceó el mamut.
— Ahora.
Meyer se levantó y salió a una velocidad de por lo menos treinta nudos. Ella se volvió hacia él, acusando el impacto de la situación en la mirada opaca.
— Creo que ya sé a quién preguntar desde cuándo Dubois está actuando undercover... y desde cuándo se excede con la pantalla que utiliza — el sarcasmo no le sirvió para esconder la humillación —. El juego fue divertido mientras duró. Mayor, no necesito decirle que puede irse cuando quiera.
— Comisario...¿cómo supo de los Ruggieri... y de mí?
Ella lo miró con una ironía amarga. Carajo, me gusta. Es dura, haríamos buen equipo. Una pena que no trabajemos con mujeres.
— ¿Dónde nació, mayor?
— En Caltanisseta.
— Hace preguntas tontas para ser siciliano.
— ¿Los Varza?
— Somos de la familia — la comisario se encogió de hombros.
— Quería verificar las versiones.
— ¿Se quedará en París?
— Si no ocurre nada raro... — le tendió una tarjeta con la dirección del hotel y su número de teléfono celular—. Aquí me alojo habitualmente. Me parece que el número de celular ya lo conoce, pero por las dudas...
****
Odette entró a su oficina y Meyer estaba de pie frente a su escritorio.
— Señora...
— Sabe, capitán, soy una idiota. La PN y mis superiores me humillaron muchas veces pero nunca lo esperé por parte de mis subalternos. Menos aún de quienes consideraba mis mejores hombres. Soy tan imbécil que inclusive duermo con uno de ellos— giró hacia la ventana para que Meyer no le viera las lágrimas de impotencia.
— Comisario, por favor, déjeme explicarle...
— Salga, Meyer. Déjeme sola.
— Comisario...
— Puede retirarse, Meyer — masculló con saña.
No se sentó hasta que escuchó cerrarse la puerta. El pulso le azotaba las sienes. Un operativo de “especiales”, ¿qué otra cosa podría ser? Yo misma diseñé la estrategia y ellos son parte del grupo. Los dos mejores. La puerta se abrió.
— Necesito estar sola — dijo sin volverse.
— No, Marceau — la voz la sobresaltó —, necesita explicaciones— Michelon se estaba sentando frente a ella— Yo ordené la investigación y fui estricta al aclarar que Ud. estaba fuera y debía ser mantenida fuera. Si alguien se equivocó, esa fui yo. Meyer habló de fotos: quiero verlas — exigió.
Sin hablar, Odette le entregó el sobre.
— Jesús...— murmuró Michelon entre dientes—. Esto no estaba dentro de los cálculos... Sabía lo de la Jorgensson, pero esta mujer Giuliani...
Bien, todo volvió a la normalidad: ahora es un superior quien me trata de idiota. Me siento reconfortada. Apoyó la frente en la palma de la mano.
— Esta mujer Giuliani está usando a Delbosco y sus servicios de killer para hacerse de BCB— retrucó Odette con aspereza—. Parece que la Giuliani es irresistible porque el carabiniere que está haciendo de topo detrás de Ruggieri también se la monta— la vulgaridad no hizo nada por su acidez.
— Marceau, asumo la total responsabilidad...— Michelon empezó a hablar.
— Dubois es mayor de edad — la interrumpió —, y por lo tanto responsable de sus actos— y de mis papelones, la puta madre que lo parió. Su expresión debió traicionarla porque Michelon meneó la cabeza con preocupación y levantó las manos en señal de paz.
— Déjeme empezar por el principio. ¿Recuerda a Lionel Henri?
— ¿Henri de IGPN? — fue su turno de saltar sorprendida—. Por supuesto que sí.
Michelon llamó a Laure por el interno y le pidió unos papeles. Luego, habló en voz baja.
— Personalmente ordené esta investigación a Dubois. Sabía que lo mandaba a la guarida del lobo y sin posiblidad de respaldo por nuestra parte, hasta tanto no tuviéramos algo cierto. Dubois tenía que ofrecer una cobertura impecable. Ruggieri utiliza a las mujeres habitualmente como una más de sus armas de ventas y de espionaje; Dubois sabía que Ruggieri usaba a la Jorgensson y tenía que seguir el juego...
Laure entró interrumpiendo el relato inconexo de Michelon y le susurró algo al oído que le provocó una mueca de disgusto a Michelon. La comisario le entregó el dossier que había traído Laure y se levantó.
— Es parte del informe Henri. Léalo y véame. Hoy. No se vaya sin verme — insistió desde la puerta.
****
Odette entró sin llamar. El dossier hizo un ruido seco al caer encima de los demás papeles. Le ofreció café y Odette negó con un gesto, sin dejar de mirarla. Michelon no sabía por dónde empezar, pero su subordinada le ahorró el trabajo de encontrar las palabras.
— Lo peor de todo esto es que nadie confió en mí. ¿Qué se supone debo hacer? Lo razonable sería pedir la transferencia, algo que el mismo Henri me aconsejó hace diez años. Tenía razón, no confiaron en mí entonces, por qué deberían hacerlo ahora...
— Está siendo injusta... — Madame intentó interrumpirla.
— ¿Injusta? ¡Esa mierda — Odette estrelló una palma sobre el dossier —, dice que me usaron! Se sirvieron de mí para librarse del grano en el culo de la PN que representaba Ayrault. En ninguna parte se mencionan los hechos. Eliminaron todas mis declaraciones: la que Henri me tomó y la que hice ante el Tribunal de Deontología.
— Es cierto — trató de apaciguarla —. Henri me dijo que fue el arreglo que Ayrault consiguió para retirarse de la PN sin involucrar a nadie...
— A nadie más que a mí. ¿A quién carajo le importaban la reputación y la carrera de una oficial? ¿La humillación que pasé delante de esos hijos de puta de IGPN, la mitad de ellos amigos de Ayrault, que me pedían que describiera por dónde me había metido la mano, si creía que el comisario me había tocado los pechos con alguna intencionalidad y si yo estaba segura de que efectivamente se había abierto la bragueta? “¿No se sentía Ud. atraída por la figura de su superior, capitán?”, “¿No lo provocó con sus repetidas insubordinaciones?” ¡Las insubordinaciones que Ayrault había inventado! Uno me preguntó cómo me había hecho los desgarros en el uniforme. Henri sabía perfectamente cómo, porque fue él quien me tomó testimonio en este mismo piso, el día de los hechos, en una oficina vacía y sin testigos. Me suspendieron diez días hasta que se resolviera el caso. Menos mal, porque al menos me evité la vergüenza de circular por el Quai con la cara y el cuerpo magullados por los golpes.
“Y resulta que nada consta en ninguna parte. Fui tan estúpida como para insistir en quedarme en la Brigada. Me aguanté los chismes y la maledicencia gratuitos y estúpidamente creí que podría usarlos para que me dejaran en paz. ¿Querían colgarme el sambenito de puta? De acuerdo, mientras no me jodieran y me dejaran trabajar tranquila. ¿Querían hacer apuestas para ver quién le hacía sombra a Ayrault? Apuesten, muchachos. Nadie tuvo una sola palabra de apoyo o de consuelo salvo el pobre Foulquie. Todas las mujeres a las que Ayrault acosó, renunciaron a la PN o pidieron el pase. Tendría que haber hecho lo mismo que ellas.”
Jesús, cómo pude equivocarme de esta forma. Michelon sacudió la cabeza con pesadumbre.
— Ni siquiera Ud. confió en mí, Madame— la acusación llegó en un susurro y cuando levantó la vista, la otra lloraba en calma, sin mirar a ninguna parte, meciéndose suavemente en el sillón.
— Odette, déjeme explicarle...
Odette ya no la escuchaba; hablaba para sí, con una media sonrisa entre escéptica y amarga.
— Sabe, Madame, una cree que la peor humillación es la que acaba de sufrir, pero siempre llega otra que la supera. IGPN y la misma PN me hicieron sentir peor que Ayrault. Hoy superaron los records anteriores: no tengo siquiera derecho a saber qué hace la gente que se supone está bajo mi comando, y que incluye al tipo que casualmente comparte mi cama. Ya sé: ese es un error que yo no debería haber cometido. Uno de los dos sobra en el sector. Debí saber que no resultaría y quién llevaría las de perder — hizo una pausa para tomar aliento—, y que si no había sido promovida en tanto tiempo era porque no consideraban que lo mereciera. Ni siquiera yo estuve dispuesta a creérmelo cuando lo hicieron, ¿porqué deberían creérselo los demás?
Yo tampoco me preocupé por saber qué había pasado, se reprochó Madame. Me quedé cómodamente aposentada sobre los legajos. Levantó la mirada y la otra estaba exhausta. Derrotada. Jesús, cómo pudo pasar todo esto.
— Mejor me voy a casa— murmuró Odette, poniéndose de pie con un esfuerzo.
— Querida, escúcheme ... — la alcanzó cuando la otra tomaba el picaporte.
Odette le tomó las manos y se demoró unos segundos en hablar.
— Mañana. Me sentiré mejor mañana, se lo prometo. Dije un montón de cosas injustas.
— No es así...
— Sí, fui injusta y sobre todo con Ud., pero me siento como si acabara de atropellarme un camión. Discúlpeme, Madame. No puedo razonar.
— La entiendo, créame que la entiendo— Michelon bajó los brazos y la dejó ir.
La puerta no terminó de cerrarse que tomó el teléfono.
— ¿Lionel?— no le dio tiempo a su interlocutor a ponerle excusas— ¡Necesito algunas aclaraciones!— demandó. Cuando cortó la comunicación, la sensación de impotencia le estrujó el estómago: si se trata de ocultar información, a mí también me trataron de estúpida. No la alivió el hecho de que Henri le hubiera prometido enviarle la “información faltante” de inmediato, y reunirse con ella tan pronto como pudiera.
Le pegó a las teclas del intercom para ladrarle a Laure:
— ¡Que pase!
Se detuvo frente a la ventana, de espaldas a la puerta. El reflejo desvahído en el cristal le dijo que el hombre que había estado escuchando la última media hora en el despacho anexo, había entrado. Sin molestarse en volver la cabeza, le espetó:
— Espero que tenga explicaciones suficientemente convincentes como para que no lo eche a patadas de la PDP, Dubois.
****
— Tome asiento, ingeniero— Michelon le señaló el sillón vacío. Dubois ocupaba el otro, el ceño fruncido y la expresión impenetrable.
Antes de continuar, Michelon tomó un cortapapeles de plata y empezó a hacerlo girar entre sus manos.
— Paworski, Ud. está en el Quai desde antes que yo fuera asignada a la Brigada Criminal.
— Creo que estoy en el Quai desde la época del inspector Maigret, Madame— sonrió y Michelon le devolvió un gesto desvahído. Dubois no mosqueó.
— Entonces estuvo durante la época de Ayrault— afirmó Michelon.
Paworski asintió en silencio. El cortapapeles evolucionó un par de giros antes de la siguiente pregunta.
— ¿Qué sabe de las circunstancias en las que Ayrault... se retiró?
— Lo que sabe todo el mundo, Madame — Paworski se encogió de hombros.
Michelon lo estudió con la mirada de un gris tormentoso; Dubois continuaba sumido en un mutismo absoluto.
— Lionel Henri me confirmó que fue Ud. quien llamó a IGPN el día del incidente M— el cortapapeles se detuvo en medio de un giro—. Me gustaría escuchar su versión de los hechos.
Al ingeniero, algo le subió y le bajó en el estómago. El cortapapeles chasqueó contra el sobre del escritorio. Paworsli frunció la boca y se dispuso a relatar.
— Ayrault había llamado a Marceau por el intercom en llamada general, para que subiera a su despacho. Tenía la costumbre de usar el intercom para llamar a los que caían en desgracia y le aseguro que el efecto era devastador. Esa vez, por lo menos sirvió de algo: se lo olvidó encendido. Yo estaba con Foulquie, que había venido por un problemita de nada con el radio, una tontería con el selector de banda, cuando salieron las voces por el intercom..., amenazando e insultando...

— ¿Quién amenazaba a quién?
— Ayrault a Marceau. La llamó a los gritos por el apellido y así supimos que esa vez se trataba de ella...
— ¿Esa vez? ¿Hubo otras?— interrogó Michelon.
— Demasiadas. Una de mis mejores técnicas se fue, lo mismo que varias suboficiales. Una teniente pidió que la transfirieran a otra ciudad— hizo una pausa.
— Continúe.
Paworski abrió la boca y sacudió la cabeza pero las palabras se le enredaron detrás de la lengua, sin decidirse. Madame decidió por él.
— Me basta con que repita su declaración ante Henri. Paworski, por favor...— Michelon retomó el zarandeo del cortapapeles.
— Sí, sí, ya continúo. Yo ...
— ... estaba con Foulquie, en su laboratorio...— Michelon empleó un tono conciliador.
— Sí, en el laboratorio...— la pausa fue algo larga porque el cortapapeles giró furioso: Madame se está impacientando—. Pasó un rato, no sé cuánto después de eso y de pronto... los gritos de Ayrault casi hicieron estallar los parlantes. “¡Tiene que aprender a ser lo suficientemente agradecida, Marceau! Hay gente que se rompe el culo por agradecerme, no querrá ...ser... la excepción”...— se sintió enrojecer.
— ¿Y después? — insistió Michelon.
— Después... hubo un ruido ahogado y él volvió a gritar : “¡Te vas a arrepentir!”. Gritó algunas cosas más, insultos... Ahora no recuerdo— pero sabía que el color de su cara lo traicionaba porque sí recordaba.
Hubo otra pausa durante la cual Paworski advirtió que Dubois contenía la respiración.
— ¿Entonces? — la voz de Michelon ya no sonaba imperiosa.
— Todo pasó tan rápido... Hubo ruidos... Después me enteré de que la había golpeado. Foulquie salió corriendo sin darme tiempo a reaccionar. Me gritó que llamara a IGPN. Por los altoparlantes seguían los gritos y... los golpes. Lo último que él gritó fue “¡ De rodillas, puta! ¡Es una orden!” y entró Foulquie: hizo saltar la cerradura a tiros. Creo que fue la única vez que el viejo usó su reglamentaria— sonrió con tristeza.
Michelon dejó transcurrir un silencio y leyó un expediente.
— De acuerdo con la información oficial, Ayrault había degradado a Marceau y la había asignado al Archivo por ofender a la Fuerza con sus manifestaciones de índole política— lo invitó a hablar con una ojeada de hielo gris.
— Había hecho público que la había degradado y mandado al archipielago Gulag por "jugar a la activista pro-judía". Había ido al funeral del padre de un amigo y llegó con retraso a tomar su turno...
— Ezra Benzacar — dijo Madame y Paworski respingó.
— ¿Benzacar el director de orquesta? Dios, murió en el atentado de Francfort. No sabía que... Bueno, no tendría porqué saberlo... Roulet y sus secuaces estaban de lo más divertidos; el cretino repetía a quien lo quisiera escuchar que Marceau se lo merecía porque, a mayor resistencia, más grande es la caída en desgracia. El idiota es técnico electricista, me gustaría saber qué mierda analiza la PN cuando estudia a los postulantes— masculló irritado.
Michelon suspiró.
— “Nadie te pone el revólver en la cabeza para que ingreses a la Policía, nena”. Es la filosofía de Roulet y de unos cuantos más.
— Derecho de pernada — agregó Paworski.
— ¿Qué?— Dubois abrió la boca por primera vez.
— Ayrault decía que estaba en posición de cobrarse el derecho de pernada.
Dubois palideció y largó un insulto grueso por lo bajo.
— Ella no vino durante muchos días, pensé que había renunciado... Sólo Foulquie y Henri la vieron. El viejo me contó cómo la había golpeado esa bestia. Me enteré de que le habían ofrecido pasar a otra repartición — meneó la cabeza —. Menos mal que es terca como una mula y no quiso dejar la Brigada.
Transcurrió una pausa pesada hasta que Michelon la rompió, a media voz cansada.
— Es todo, ingeniero. Muchas gracias por su testimonio— un rictus de amargura tironeaba hacia abajo la boca de la comisario. Dubois seguía petrificado, los ojos fijos en un punto detrás del sillón de Michelon, y no había vuelto a pronunciar palabra.
Asintió, se levantó y se dirigió a la puerta del despacho. Impulsivamente giró en redondo y con la mano en el picaporte, enfrentó a los otros dos.
— IGPN la usó, ¿no es cierto? Se sirvieron de ella para sacarse de encima a Ayrault.
Michelon asintió, muda y él continuó.
— Por eso la dejaron olvidada en un escritorio. El reglamento no escrito de la PN: el que jode a un compañero... Menudo compañero había resultado Ayrault. Qué compañeros resultamos todos.
— No Ud., Paworski — dijo Dubois en voz baja, todavía de espaldas a él.
— Yo no cuento, Dubois y Ud. conoce perfectamente las razones.
Dubois giró el sillón y lo miró a los ojos:
— Gracias.
— No sea idiota — retrucó Paworski.
— Ud. también es un idiota. Gracias.
Paworski sacudió la cabeza marcialmente, saludó y se fue.

(1) No te gusta, ¿cierto, linda?
(2) Prefectura de París
(3) Puesta en escena
(4) Police Nationale - Policía Nacional
(5) Boludo
(6) Cuartel. En el arma de los Carabinieri, equivale a una comisaría.