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lunes, 9 de abril de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 37


Siete y media de la tarde

La puerta se abrió y el oficial la recorrió con media sonrisita aprobadora. Como si fuera un caballo de carrera... Le hubiera borrado la sonrisita de un cachetazo al idiota cuando se dio cuenta de lo obvio. ¡Carajo! ¿Estaban espiándome? ¿Dónde...? Buscó con la mirada: la cámara estaba disimulada en el artefacto de iluminación del baño. Sobre la puerta de entrada había otra. Cerdos, más que cerdos. ¡Les cortaría las pelotas!
—El coronel Ortiz está esperando— la urgió el hombre.
— Dígame, oficial, ¿cómo se llama?
— Rinaldi. Teniente primero Rinaldi— casi se cuadró de hombros.
— Bien, teniente primero Rinaldi— deletreó—, Ud. y su coronel Ortiz se pueden ir a la mierda.
El hombre desvió la mirada y se apartó para dejarla pasar. 

Subieron dos tramos de escalera iluminada a medias, dejando atrás descansos y puertas cerradas. Desembocaron en un corredor secundario y finalmente, a la entrada principal.
La mansión era espléndida, con el esplendor de la belle epoque todavía vivo entre las paredes. El lujo no era nuevo allí. Todo era exquisito y tenía esa pátina de tiempo que no envejece sino ennoblece a una casa y al mobiliario. La escalera por donde habían subido hasta la habitación adonde acababan de entrar era de mármol de Carrara, cubierta con alfombras tejidas a mano.
La doble puerta, una joya de ebanistería con picaportes bañados en oro, tenía su correspondiente gemela en el otro extremo, sobre el ancho de la habitación. Las paredes estaban cubiertas de vitrinas repletas de libros, estatuillas y pequeños objetos de arte. El despliegue de riqueza no era casual ni grosero: era de una exquisitez sobriamente masculina, que  halagaba los sentidos.
— El coronel vendrá enseguida. Siéntese— y agregó sin entonación—,  por favor.
A tus órdenes, pendejo, seguro que sí. Se acercó a la puerta a escuchar: el oficial había salido pero sus pasos no se alejaron: está de guardia ahí afuera.
— ¿Todavía no le ofrecieron café?
Viró en redondo al escuchar la voz. Ortiz había entrado por el lado opuesto sin hacer ruido; se acercó a una mesita rodante y sirvió café para ambos en unas tacitas de porcelana etérea y nacarada.
— Sé que prefiere el café. Yo también.
La taza le tintineó al tomarla y Odette comprendió que temblaba de hambre. Mejor que me siente o derramo todo el café antes de tomármelo. No quería darle al tipo el gusto de pedirle azúcar. Gracias al cielo, el café estaba lo suficientemente dulce. Trató de no bebérselo demasiado rápido. 
Dios, necesito otro. Necesito por lo menos un litro. Café espresso recién hecho, una bendición en medio de esa locura. 
Cuánto personal a disposición: tres hombres para ir a buscarme, sin contar a los de la Trafic; más los que se divirtieron masacrándome— había cuatro voces diferentes—; más los que secuestraron a Marcel; más los del centro de cómputos, más alguien en las cocinas preparando café, indiferente a los horrores que pasan en el resto de la casa. Y un ejército para mantener esta mansión limpia y en condiciones.
Se tomó el tiempo del café para observar al tipo. Realmente militar, no sólo por cómo llevaba el uniforme sino por la forma de moverse, de pararse, de dar órdenes. Alto, uno ochenta y cinco, ¿quizás algo menos? Piel cetrina, de ese color de madera del indígena americano. El rostro parecía una talla, cada rasgo un golpe de cincel: pómulos altos y fuertes, nariz afilada ligeramente aguileña, ojos negros de tan cafés. La boca era fina y firme, con surcos nasolabiales muy marcados, lo mismo que las profundas líneas de la frente. Atractivo en su particular estilo. No era joven pero no tenía un solo cabello blanco en la melena corta y espesa. Él también la observaba atentamente. Nos estamos midiendo.








Ortiz tomó asiento en el sillón frente a ella.
— No era en absoluto mi intención que esto pasara. Jamás di órdenes de que la trataran en esta forma ni...
— Parece que sus hombres están muy acostumbrados a esas órdenes— lo interrumpió ácida—. Le aseguro que me “aplicaron el tratamiento”  a conciencia— agregó en un castellano mordaz.
— No espero que me crea, pero no soy partidario de ninguna clase de “tratamiento”.
— No me invitó tan gentilmente para discutir sus cualidades como anfitrión.
Él se levantó para dejar la taza en la mesita. Se acercó, manteniendo una respetuosa distancia, tomó su taza vacía y la llevó a la misma mesa. Volvió a sentarse frente a ella.
— Soy el coronel José Elías Ortiz, jefe de Inteligencia Central de la Orden del Temple— se presentó—, y si le pedimos que viniera hasta aquí...
— ¿Me pidieron?—  Odette levantó una ceja—. Que recuerde, no me dejaron opción...
— Está bien— contemporizó él—, si la trajimos hasta aquí, ¿mejor así?, es porque necesitamos algo de Ud...
— Quiero hablar con el que envió la nota.
— Ud. está aquí por Dubois. Si Dubois colabora y hace lo necesario...
¿Este cretino me toma por estúpida o cree que me olvidé del “tratamiento” ?
 — No me importa lo que haya que hacer. La nota que recibí hablaba de un trato. No la escribió Ud. Quiero ver al que lo hizo.
— ¿Por qué?— el hombre preguntó, extrañado.
Ella se puso de pie mientras le respondía y la convicción de lo que iba a hacer le dio un escalofrío.
— Porque es el que toma las decisiones. No tengo nada que discutir con Ud.
Él se quedó callado, evaluando sus palabras. Las aletas de la nariz se le dilataron y al recorrerla con la mirada se le iluminaron los ojos sombríos.
— Tiene coraje...— dijo en una media voz inquietante—. Otra mujer estaría aterrorizada. Otro hombre lo estaría. Se atreve a decirme lo que tengo que hacer... Con quién quiere negociar... No está en situación de imponer condiciones— sonrió apenas, pero la complacencia suavizó el rostro severo. 
¿Te encontraste con una oponente digna, coronel?
— Está equivocado. Si se tomaron tanto trabajo para secuestrar a Dubois y después a mí, para que él  haga algo que, según Ud., sólo él puede hacer siempre y cuando yo logre convencerlo, entonces valgo más viva que muerta. Pero si cruzo sola la puerta por la que entré, no tengo dudas de que alguien se encargará de que no salga viva de esta casa.
Rodeó el sofá y retrocedió hasta la puerta. El hombre la miró asombrado.
— Esas son mis condiciones: Dubois y el número uno o salgo y me matan, y se le acaban los elementos de presión con Dubois.
Estiró la mano hacia atrás y tomó el picaporte. Sabía que él estaba calculando si llegaría a detenerla antes que saliera. Bajó el picaporte y comenzó a abrir la puerta.
— ¡NO!— gritó Ortiz—. Está bien: Ud. gana. Por ahora— los ojos negros le brillaban de furia por haber perdido la partida.
No era lo que tenías pensado. Todo el poder que tenía ese hombre se estaba estrellando contra su determinación de hacerse matar. La diminuta victoria le dio ánimos.
Antes  de que volvieran a hablar, la otra puerta doble de la biblioteca se abrió. Ahí estás, hijo de puta.

Ocho de la noche


El viejo se acercó con ese paso algo lento pero firme, que ella recordaba de aquel cruce en el Palais d’ Elysée. Ni una vacilación. El bastón de caña con empuñadura de marfil le servía más de adorno que de apoyo. Apenas encorvado, superaba la altura de Ortiz. O quizás era la melena blanca y leonina la que lo hacía aparecer más alto de lo que era. Los ojos azules muy claros, casi como el agua. Los ojos. El corte de la cara. ¿A quién me recuerda?
— Le dije, José, que no sería fácil convencerla— el viejo soltó una  risita mordaz, la saludó con una inclinación de cabeza y  con el bastón señaló la puerta por donde había entrado—. Es una buena hora para comer. No me gusta hablar con el estómago vacío y creo que nuestra huésped opina lo mismo.
— No sin Dubois— exigió ella.
— Que lo traigan— ordenó displicente, al tiempo que regresaba por la puerta por la que había venido.
Ortiz tomó un teléfono y ladró un par de frases. Prendida de la figura del viejo, no notó que Ortiz se le acercaba hasta que la tomó por el codo con firmeza; señalando la puerta, la obligó a caminar.
— ¿Realmente pensaba abrir la puerta y salir?— murmuró entre dientes mientras la llevaba a la otra habitación.
Ella no respondió ni lo miró.
— Estaba bluffeando— la mano en su brazo apretó con fuerza contenida y la hizo detenerse por el lapso de un paso—. Debe ser muy buena en el póker.
El comedor aguardaba silencioso y tan espléndido como el resto de la casa. El coronel se quedó a sus espaldas. Está intimidándome. Ambos hombres la observaban mudos, descarnándola hasta los huesos. No podría decir quién de los dos la inquietaba más; si el viejo, agazapado detrás de la mirada de hielo; o el otro, una amenaza tangible y palpitante. Consciente de su propia fragilidad, se forzó a concentrarse en la puerta por la que entraría Marcel.
Después de unos minutos que le parecieron una eternidad, dos hombres armados entraron escoltando a Marcel, que traía las manos esposadas a la espalda. Un trazo enrojecido y fino como un pelo le cruzaba la mejilla derecha recién afeitada. Buscó más señales de violencia física pero lo único que descubrió fue la mirada obnubilada de Marcel, que no reaccionó al contacto visual. El pánico le dio una punzada en las entrañas. Es como si no estuviera ahí.
— Como verá, siempre cumplimos lo que prometemos— el viejo mostró los dientes en una sonrisita de lobo. 
Ortiz le ordenó a los uniformados que se retiraran. Los hombres le quitaron las esposas a Marcel y salieron en silencio.
Ella miró a los otros dos y miró a Marcel, que continuaba ligeramente extraviado. El miedo amenazaba con volcarle el estómago, pero lo estudió lo más analíticamente que pudo. Tiene las pupilas muy dilatadas. Definitivamente, Marcel estaba bajo los efectos de alguna porquería que le agitaba la respiración; las manos le temblaban mientras abría y cerraba los puños. 
Lo drogaron... Recorrió atropellada los nombres y efectos de cuanta mierda recordaba del nomenclador de drogas peligrosas. Alucinógenos, anfetaminas, efedrina; un cóctel mortal de todo eso junto... Dio un paso adelante y un apretón brusco en el brazo la hizo desistir.
Marcel pareció verla por primera vez, pero la mirada que le dedicó estaba despojada de cualquier sentimiento humano. Un flashback la mareó. “Mátela, Maurizio, es una orden”, y Marcel tenía la misma mirada vacía mientras levantaba el arma.
— ¿Qué le pasa? ¿Qué le hicieron?— susurró.
Ortiz respondió a sus espaldas.
— Recordarle lo que es. Una vez logrado, el condicionamiento de la Orden siempre funciona. Aunque personalmente no esté de acuerdo con ciertas metodologías, debo admitir que Hamad hizo un trabajo impecable con Dubois. O debería decir De Biassi.
Odette sintió la tierra moverse bajo sus pies mientras Ortiz continuaba con expresión indefinible.
— Un asesino profesional con placa de oficial de policía. El arma perfecta.

****

Ortiz cerró las puertas y operaba un tablero disimulado entre las molduras de la pared, cuando Marcel le cayó encima de un salto, lo golpeó y lo desarmó.
— Este asesino profesional está listo para matar, coronel. ¿Quién podría impedirmelo ahora? Ni siquiera necesito un arma— Marcel apretó el brazo alrededor del cuello del coronel y le hundió la pistola en la garganta—. No sabe lo bien que Hamad me entrenó. 
— No pueden ir a ninguna parte. Si salen de esta habitación, son cadáveres— jadeó Ortiz.
— No pienso irme solo: ustedes vienen conmigo.
— No haga estupideces, Dubois. Mis hombres no tienen su excelencia pero tienen buena puntería. No puede cubrir todos los flancos.
— Vale la pena intentarlo. ¡Muévase!— ladró Marcel, tironeando del coronel.
— No entendió, Dubois— terció el viejo desde su silla—. La orden es de dispararle a ella, no a usted— hizo una pausa de efecto—. Usted lograría confundir a nuestra gente el tiempo suficiente para salir, pero la comisario no tiene oportunidad  y usted lo sabe: no hay mujeres en la Orden. Ella tuvo suerte: se salvó de Prévost y de usted— Marcel tuvo un  sobresalto y el viejo continuó con regocijo sombrío—, pero creo que su buena estrella se acabó esta noche. Haga lo que le pido y se van; trate de evitarlo y la matan.
Hubo un silencio asfixiante. Condenado viejo de mierda, lo tenías todo calculado. Ahora entendía la sofisticación y la femineidad de la ropa que le habían traído: si la hubieran hecho vestir de rojo habría sido lo mismo. El viejo sonreía con tal malignidad que la hizo retroceder un paso completo.
— Está dudando, Dubois y ese es un punto a nuestro favor. La vida de un rehén vale mucho, ¿verdad?, sobre todo si ese rehén es un compañero. En cierto sentido, Ud. es mejor de lo que yo esperaba, aunque una vacilación semejante no sea la ideal en un miembro de la Orden. Quizás sea esa parte de su conciencia que conserva una ética diferente de la nuestra. De cualquier manera necesitamos de sus servicios. Negociemos, le estoy ofreciendo un trato razonable— insistió —. Hace el trabajo para nosotros y se va con ella viva. Insista en la negativa y también se irá, con un cadáver difícil de justificar. Una auténtica mancha en su expediente de la PN. ¿Quién le creerá cuando lo encuentren con el cuerpo de la mujer que además de ser su superior es su amante, y que lo descubrió acostándose con otras mujeres por media Europa? La comisario estaba tan desquiciada que le mostró las fotografías a un subordinado y a su superior. Y usted tiene antecedentes de violencia física con ella, ¿cierto? Está concurriendo a terapia por ese motivo. En un juicio, lo mismo que para IGPN, toda esa evidencia pesaría demasiado.
Odette enrojeció de furor. ¡Hijos de puta, para eso querían las putas fotos de mierda! Marcel respiraba con fuerza y la mano que sostenía el arma vaciló.
— ¿Qué mierda quieren?— farfulló Marcel sin soltar a Ortiz.
— Secuestraron al hijo de José en Buenos Aires y lo trajeron a Francia.  Encuéntrelo y tráigalo,  y a los que se lo llevaron— no era una explicación: era una orden de alguien muy habituado a darlas.
— ¿Y los secuestradores lo trajeron lejos de donde los familiares pueden pagar el rescate? ¡Cuéntele su historia a otro!— rugió Marcel y empujó al coronel con el arma.
— No es sólo el dinero— Ortiz respondió—. También quieren... otras cosas. No puedo permitirlo.
— ¿Y qué es esa “otra cosa” tanto más importante que su propio hijo?
— Archivos. Quieren... los registros de la Orden.
— ¿Cuáles?— Marcel exigió— ¿Los entrenados? ¿Registros bancarios? ¿Clientes?
— Datos de gente a la que ayudamos a... digamos,  reubicarse después de la Segunda Guerra— el viejo respondió por Ortiz.
—  ¿El MOSSAD se les metió en casa?— Marcel no ahorró en sorna.
— Eso parece.
— ¿Y eso es lo que le exigen? ¿Registros de hombres que seguramente ya estén muertos? ¡Vamos! ¡Es a Ud. a quien quieren! — restalló Odette señalando al viejo con el mentón.
— Chapeau (1) , comisario— el viejo soltó una risita sarcástica.
— Entonces no necesita a Dubois— replicó ella, sin contenerse—. Los parientes de sus amigos SS le deben unos cuantos favores: ¡pídaselo a ellos!
—  Dubois es mejor— el viejo sonrió y la expresión de lobo le llegó a los ojos fríos—. Y yo sólo quiero lo mejor. Siempre. No quiero a nadie más para rescatar a Fernandito.
Fernandito... ¿por qué el diminutivo?
— ¿Qué edad tiene Fernandito?— preguntó ella antes de darse cuenta de que lo hacía.
— Seis años— Ortiz respondió antes que el viejo.
Jaque mate, comisario, hay un crío inocente de por medio. La sensación de impotencia tomó entidad palpable y le oprimió la garganta, ahogándole las protestas. Cerró los ojos y se tragó los insultos. Cuando los abrió, Marcel había bajado el arma.

****

— Aceptamos o morimos. ¿O hay una tercera opción?— Marcel escupió entre dientes.
— Una de las cosas que más me agradan de usted, Dubois, es que nunca se engaña respecto de una situación— respondió el viejo, filoso como una navaja.
Marcel alejó a Ortiz de un empujón y tiró la pistola con rabia sobre la mesa. El coronel la tomó al vuelo y la metió en la cartuchera mientras giraba para enfrentársele. Se iban a las manos cuando el viejo intervino.
— José, nuestros invitados comprendieron la situación. Sentémonos a hablar de lo que hay que hacer... Y considérenlo un acto de servicio. Ahora, compórtense todos y siéntense a la mesa— los amonestó como a colegiales.
Viejo de mierda, porqué no te vas a reprender a tu... Marcel se guardó los pensamientos altamente escatológicos acerca del geronte.  
— Está bien, tatita— murmuró Ortiz y se dirigió a ellos—.Siéntense, por favor.
Odette y él ocuparon sendos lados de la mesa. Ortiz volvió con una botella de whisky y cuatro vasos de cristal exquisito. Sin preguntarles, sirvió generosas medidas para todos y se sentó a beberse la suya con expresión reconcentrada. Luego comenzó a hablar.
— Se llevaron a Fernandito de la puerta de mi casa. Atacaron a la niñera y mataron a los guardaespaldas. El resto del personal estaba aterrorizado por el tiroteo— Ortiz terminó su whisky de un trago—. Lo sacaron del país con documentación falsa, en un vuelo de línea, y hubo una mujer entre ellos para simular que viajaba con ambos padres porque de otra forma deberían haber tenido un poder autorizando la salida del país.
El coronel hizo silencio sin mirar a nadie y después de una vacilación, se sirvió otro whisky tan generoso como el primero. Los ojos del hombre asomados por el borde del vaso, recorrieron la silueta femenina, se apartaron y volvieron. Marcel lanzó una ojeada hacia Odette, que escuchaba con la cabeza gacha, pálida e inmóvil, y el recuerdo de las proyecciones le estrujó las entrañas. No te saca los ojos de encima. Le cortaría la garganta nada más que para darme el gusto de verlo desangrarse como un marrano. Se tomó el whisky que no había pedido pero que ahora necesitaba. Nos tienen agarrados de las pelotas.
— ¿Qué pasa con nosotros si logro traer a su hijo de regreso?— preguntó Marcel. La otra parte de la pregunta era ociosa: si no lo consigo, caput. Sourire kabyle (2)
— Se van— respondió Ortiz en tono neutro.
— ¿Así de sencillo?— insistió sarcástico.
— Ese es el trato— el viejo intervino—. Ella ya lo sabe.
Odette le lanzó al viejo una mirada rabiosa y bajó la vista. Marcel no se perdió el gesto. ¿Un trato? ¿Entonces lo que dijo aquel hijo de puta es cierto? ¿Te vendiste a este Ortiz creyendo que serviría de algo? ¡Estúpida! Nos van a matar a los dos. El pulso de violencia le aceleró los latidos.
— Se lo repito: pienso cumplir con mi palabra— insistió el viejo—. Siempre la cumplo.
Marcel estaba a punto de abrir la boca para emitir su pobre opinión acerca de la palabra del viejo de mierda, cuando unos golpecitos discretos a la puerta le ahorraron la molestia: la comida acababa de llegar. 


(1) Felicitaciones
(2) (El gesto de cortar la garganta)

viernes, 16 de diciembre de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 30

BUENOS AIRES, BARRIO DE LA RECOLETA, LUNES POR LA NOCHE
                                                                    Nunca Más
Conrado Seoane se había atrevido a comprar el libro y se había puteado por hacerlo. Semejante mierda. Estoy loco, ¿qué carajo estoy buscando? Pero algunos de los nombres estigmatizados por el libro de porquería se pronunciaban en voz baja en el Colegio. El puto libro lo atraía y lo repelía. Abría las hojas en capítulos salteados y las cerraba de golpe. Lo revoleó al otro sillón, prendió la tele y las imágenes del canal de documentales lo hechizaron: el ejército del Tercer Reich desfilaba glorioso ante el Führer.
Antorchas, hombres a paso de ganso en uniformes severos y magníficos. El poderío de una nación guerrera, la gloria del Valhalla. Qué impresionante. Haber estado ahí para vivirlo, sentir a los chicos, las mujeres, los hombres aullar, rugir, ¡casi rezar! "Heil Hitler! Heil Hitler!". Qué ejército.
Se fue a buscar una latita de Coca y cuando volvió, las imágenes mostraban chiquilines rubiotes y de ojos claros: el futuro del Reich. Las madres estaban a disposición de los oficiales; cualquiera de ellos podía impregnar a cualquier mujer y engendrar hijos arios para gloria del Führer. No había lugar para los no-arios, los deficientes físicos o mentales, los diferentes.
El relato desapasionado del doblaje lo dejó mudo. Liebensborn. Miles de bebés polacos de características "arias", "confiscados" para el Reich, arrancados de sus familias convenientemente exterminadas. Miles de bebés alemanes y escandinavos que jamás conocerían a sus padres biológicos.
Majdanek, Polonia
Millones de judíos, alemanes disidentes, gitanos, rusos, húngaros, polacos, en campos de trabajo que se convertían en tumbas colectivas.
Pero mi viejo estaba en el Ejército y el Ejército no se metió con los campos de exterminio. Esos fueron los turros de los SS.
Hornos de Majdanek
A punto de cambiar de canal, la imagen en la pantalla lo detuvo: un grupo de oficiales jóvenes, hermosos y orgullosos como dioses, sonreía a la cámara frente a las puertas de un campo de trabajo. El capitán le llamó la atención. La película en blanco y negro desvahídos perdía la nitidez por momentos, pero lo vio: la boca sensual, el perfil puro, el pelo que se veía blanco de tan rubio. Los ojos no podían apreciarse, velados por la visera. La Cruz de Hierro sobre el pecho, en la manga el brazalete con la svastica y en el cuello de la guerrera, las insignias plateadas de los SS.


BUENOS AIRES, CUARTEL GENERAL DE LA ORDEN. MARTES POR LA MAÑANA
Entró a la página web con resquemor.  "Los niños del Holocausto"; "Bibliografía del Holocausto", "Glosario de términos". Cliqueó y la pantalla desplegó un listado de nombres. Buscó el del documental: Majdanek, Polonia. “Campo de exterminio, desde julio de 1941 hasta julio de 1944”. Salió y cliqueó en otra entrada. “De entre más de cien mil oficiales, se localizaron y juzgaron a cinco mil. No existen registros completos. Los listados existentes pueden consultarse en...”
No. No quiero. No es cierto. Mi viejo no me mintió.
Seoane cortó la conexión de Internet, diciéndose que necesitaba darle una última revisada al plan. Su plan, independiente del de Schwartz. Ayrault ya había entregado los quince uniformes de la PN, completos y con placas de identificación, al contacto francés, que por supuesto ignoraba tanto los motivos del pedido como lo que ocurriría en unos días. En cuanto a Ayrault, le había explicado que sus hombres podrían necesitarlos como cobertura, lo cual era parcialmente cierto, y Ayrault no había hecho más preguntas.
Con clics nerviosos verificó las grabaciones, los planos y recorridos, mientras con la otra mano jugueteaba con el objeto que llevaba en su bolsillo izquierdo a modo de talismán, apretándolo hasta incrustárselo en la carne.
Clic. Archivo: plantas.pdf. Los planos originales del hôtel particulier de París, pirateados de archivos rigurosamente confidenciales de la Orden y bajo clearance de seguridad, y que incluían todos los recorridos originales de la mansión. Reconocería ese lugar a ciegas, sonrió. A Schwartz le había pasado los planos ligeramente alterados, sin los corredores internos de la servidumbre, que todavía se mantenían activos y que constituían una vía de escape de la casa. Esos corredores le servirían a su propio operativo, que no incluía a Schwartz ni a sus hombres.

El mayor lo había puesto en contacto con un borrego de dieciséis años amigo de su sobrino, un hacker con más experiencia que Bill Gates a la hora de reventar claves. El pibe había conseguido la password de log-in del negro de mierda, que cambiaba cada veinticuatro horas de acuerdo con las exigencias de seguridad del sistema.
“Una pena lo del pibe: era brillante.”, había comentado Schwartz con un encogimiento de hombros. El cuerpo había aparecido en La Cava de San Isidro y los diarios le cargarían el muerto a la Bonaerense.
Clic. Archivo: crono2.xls. Como era norma en cualquier operativo, todos se desplazarían en vuelos distintos y con escalas que permitieran tanto reorganizarse como dispersarse, llegado el caso. Él se desviaría desde Madrid a Londres. Sus hombres conocerían el resto de las instrucciones una vez que él se reuniera nuevamente con ellos en París.
Tamborileó nervioso los dedos en el borde de la notebook.
Clic. Archivo: Falklands.txt. Un e-mail enviado por un ex-combatiente de Malvinas. Había usado una de las direcciones de correo electrónico del Reino Unido para contactar al hombre, haciéndose pasar por historiador británico. El veterano había sido embarcado en el HMS Northland como prisionero de guerra y pedía preservar su identidad. Había participado de la acción en la que soldados argentinos de un grupo de Artillería de Defensa, siguiendo las órdenes de un oficial, habían derribado a uno de sus propios helicópteros causando doce bajas.
El entonces subteniente Schwartz había discutido agriamente— “se cagaron a gritos”, escribía el veterano— con el suboficial artillero. “La orden es de disparar a los que vuelen después de las 18.00”, había dicho Schwartz y el artillero insistía en asegurarse de la procedencia antes de lanzar la defensa antiaérea. El subteniente Seoane intervino y dio la orden de atacar. "Nosotros estamos para cumplir órdenes, no para discutirlas" había dicho. El grupo recibió la felicitación de un superior de alto rango por el cabal cumplimiento y el artillero cumplió arresto por desacato.


En el mismo archivo, él había registrado los datos personales del piloto del helicóptero derribado, conseguidos a través de un contacto suyo en la Fuerza Aérea. Los oficiales se asignaban a cada aeronave y permanecían asignados. El radio del helicóptero estaba en óptimas condiciones de funcionamiento. Las aeronaves eran perfectamente identificables visualmente. La única confusión posible podría haber surgido a raíz del horario del vuelo.

El mismo contacto le había confirmado que el piloto muerto en combate había tenido una disputa bastante fuerte por un asunto de polleras, poco antes de ser destinado en Malvinas. El tercero en discordia era un oficial del Ejército. La disputa había degenerado en una pelea a golpes y con exhibición de armas de fuego. Ambos oficiales habían terminado bajo arresto de setenta y dos horas.
Alguien golpeó a la puerta de su cubículo y Seoane casi arrancó el mouse en la prisa por cerrar el archivo. Schwartz asomó la cabeza y habló en tono casual.
—Todo listo. Nosotros ya nos vamos— echó un vistazo a la notebook— ¿Qué hacés?
— Boludear. Nos vemos en París.
— Aurrevuar.
Sacudió la cabeza sin hablar. Cuando el otro salió,  Seoane sacó la mano del bolsillo izquierdo y miró el dibujo que se le había grabado en la palma de tanto apretar. Chau, Schwartz.