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domingo, 8 de agosto de 2010

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 8


San Isidro, provincia de Buenos Aires. Segunda semana de mayo

— Con vos quiero hablar.
Aunque el tono de Ofelia no admitía réplica, a José le hizo gracia. Es la única persona que se atreve a hablarme de esa forma, y a quien yo se lo aguanto. Toda una vida bajo la mirada vigilante y atenta de la Ofelia, tanto que uno a veces se olvidaba que había sido nada más que un ama de leche para él y para el nieto. Con el correr de los años, Ofelia se había convertido en una institución en la estancia. La correntina manejaba con mano segura el puesto de ama de llaves que , solita, se había ganado de puro intervencionista. Cuando la conducción del casco quedó acéfala a la muerte de Aurora, aragonesa austera, eterna y seca, Ofelia tomó el poder silenciosamente. 
Cuando las demás — y ellos — se dieron cuenta, Ofelia mandaba cuándo se lavaban las sábanas, cuándo se hacía la limpieza general; cuándo se lustraba la platería y se ventilaban los cuartos cerrados y las alfombras; qué se comía y a qué hora.
Como para el tatita esas habían sido siempre cosas de mujeres, la dejó hacer. “No me toque los papeles del escritorio y no me entre si yo no mando”. Y como la palabra del tatita era sagrada para Ofelia, defendió el estudio con su propia vida, aún de las hijas que, cada vez más de vez en cuando, se acercaban a la estancia a cumplir con la ceremonia de un beso seco y desvahído en la mejilla del viejo. “El patrón no quiere que lo molesten”, y espantaba al resto de las sirvientas, administradores y demás personal del campo. Llegó a echar a un general. “A mí no me importa que mande ejércitos. Acá manda el patrón, y en la cocina, yo. Y se me limpia las botas antes de entrar”. El milico la miró de refilón y un edecán algo entusiasta intentó poner a la Ofelia en su lugar, pero el tira levantó la mano en son de paz, de una ojeada mandó atrás al edecán y se limpió las botas. Si en el Colegio Militar hubiera corrido la anécdota, el tira habría sido el hazmerreír de los cadetes.
Ofelia, casi la madre que no tuve, la que le habían contado se había muerto al pie de su cuna. No recordaba otro olor de mujer de su infancia más que el de Ofelia, gorda, los ojos negros y chiquitos como caramelos de orozuz, siempre apurada y de buen talante, manos callosas pero ligeras para sacudir un sopapo o, más a menudo, acariciar.  Menos al nieto. El nieto, arisco y orgulloso de su estampa y su ascendencia la despreciaba, como despreciaba a casi toda la gente de la estancia, él incluído. Ofelia era inmune a esos sentimientos de superioridad. “¡Yo te di la teta y te limpié el culo, mocoso de porra! ¿Sabés dónde te podés meter el orgullo ese?” Él la había mirado con el odio pintado en esos ojos del color del agua, los mismos que su abuelo, y con los dientes apretados pegó media vuelta y se fue derecho a las caballerizas. Salió como exhalación, azotando cruelmente al zaino, y se perdió al galope. Cuando volvió se encerró en su habitación y cuando salió, fue para volverse a Buenos Aires. El padre se quedaba, porque era el capataz y administrador del campo, desde que su propio padre, Elías Ortiz, muriera.
Elías, tan indio y mestizo como él y que nunca había abandonado la chatura de la estancia, se atrevió a soñar para su hijo un futuro diferente. Había temblado de miedo y de coraje cuando le pidió al patrón por su mocoso recién nacido que se había quedado huérfano de madre, y el patrón dijo que sí. Su hijo se criaría en el casco y tendría las oportunidades que él, como simple capataz, no podría ofrecerle. Elías murió antes de que él cumpliera los catorce, sin ver sus sueños realizados. Un profesor del Liceo Militar le avisó y para cuando llegó a la estancia, ya lo habían enterrado. Se sentó sobre la tierra, a llorar sin lágrimas junto a la tumba de aquel padre tan humilde que ni siquiera se atrevía a visitarlo en el casco.
Él le había enseñado a amar esa tierra desmesurada, de la que alguna vez habían sido señores libres y orgullosos sus ancestros ranqueles. “No te equivoqués”, le repetía, “uno no es el dueño de la tierra: es ella la que te deja estar, pisarla, cabalgarla, sacarle el jugo y el fruto.”
Le había enseñado, con conocimiento de indios fieros y sin más dios que el Gualichu, a montar en pelo; a domar un potro sin espuela ni rebenque, sino a fuerza de sobado y maniado, y a curarle las mataduras; a reconocer las tormentas por el canto de los sapos y "la” calor por el de las chicharras.
Pero Elías había querido para su hijo un destino distinto al de su raza despreciada y para eso, había hecho la renuncia más grande de su vida: había renunciado a su hijo. Con los sentidos a flor de la piel oscura y curtida como la tierra que amaba, le había dicho más de una vez que él, José, sería para el patrón como el hijo varón que nunca había engendrado.
“Está el nieto”, José respondía desde el rencor de sus doce años. “No te me equivoqués”, repetía Elías; “vos sos como el propio hijo: él te cría y te educa como yo hubiera querido hacerlo. Ya vas a ver, mocito”, sentenciaba entre mate y mate en la cocina de su propia casa, respetuosamente alejada del casco de la estancia. 
“No soy de su sangre”, insistía José, tozudo. Elías lo miró a los ojos, los suyos dos ascuas oscuras en la cara cuarteada por el viento impío. “Las mujeres paren con sangre y los hijos son de su carne. La hembra es madre en cualquier circunstancia, hasta del guacho que le hizo el conquistador bellaco. Ser padre es otra cosa: es enseñar a obedecer tanto como a mandar, es hacer un hombre hecho y derecho de ese gurí que no sabe nada de la vida más que lo que conoce alrededor de la pollera de la madre; es saber llevarlo de la mano y saber soltarlo a tiempo para que pueda volar.”
Extraña filosofía la de Elías. Pero al pasar los años, no se había atrevido a ponerla en duda. Tuve dos padres. No todos tienen mi suerte. Sacudió los recuerdos de un cabezazo y se acercó a recibir el  mate que Ofelia le tendía.  Esto va para largo, pensó y sorbió el amargo con fruición.
Ofelia Ramos

 — José... Lo estás dejando muy solo al Fernandito— Ofelia no era de dar vueltas cuando tenía que hablar.
— Ya sé — sacudió la cabeza —. Pensaba llevármelo al campo para Pascua.
— No alcanza con eso y vos lo sabés. ¿Qué querés, criar un guacho como el otro?
Para Ofelia, el nieto siempre era "el otro".
— Habrá sido cualquier cosa, pero guacho, no. Tenía padre y madre.
— ¡Padre y madre! — saltó la correntina—. ¿Y qué le enseñaron? ¡Madre! Ni le cambió los pañales. Ni a la escuela lo llevaba. ¡Lo único que le importaba era revolcarse con el marido! Ahí la tenés, entrando y saliendo de las clínicas de "recuparación"... En mi época le decían loquero... ¿Y él? ¡Lo metió de milico para sacárselo de encima, porque no lo podía manejar! O no le importaba.
— Ofelia — contemporizó —, yo también fui al Liceo y al Colegio Militar, y mi padre tampoco pudo criarme.
— Tu padre se deslomó trabajando para que fueras lo que sos — ella retrucó —. Era un buen hombre... se murió trabajando. —  Los ojos de orozuz se llenaron de lágrimas. Tiene la lágrima fácil, no hay nada que hacer. — Y el patrón se encargó de sacarte derecho. Si hubiera tenido la misma mano firme con el otro, no hubiera pasado lo que pasó.
Eso es cierto. A veces, allá en la infancia y la adolescencia, resentía el trato diferente. Ya adulto, comprendió que el tatita lo había educado tal como lo habían educado a él, en la severidad de la gente de campo. Como había querido Elías.
— Yo estoy vieja. A veces, me falta la paciencia. Y las mocosas de ahora no sirven para niñeras. El chico necesita que estés con él. Bastante que no tiene madre, pobrecita, Dios la tenga en la gloria.
Hicieron una pausa larga mientras Ofelia cebaba mate. Él no tomaba mate más que si ella lo cebaba. Si no, prefería el café. Sorbió lentamente mientras pensaba en Mariana con un dolor que se le había ido encalleciendo con el tiempo.
Hacía ya mucho que había descubierto que tenía que mirar las fotos para recordar aquellos ojos negros, la piel de durazno y el pelo renegrido y lustroso con que lo acariciaba cuando hacían el amor. Recordaba sus palabras, pero no la voz con que las pronunciara, su voz de miel salteña cálida y dulce. Mariana era el perfume de un recuerdo más que el recuerdo mismo, y eso le dolía con una pena larga y silenciosa que se negaba a compartir. Él no la había buscado pero ella había llegado, había entrado a su vida y se había ido, dejándole como ofrenda de amor y vida a Fernandito, y de ese modo él había ganado y había perdido.
Había otras mujeres, siempre las habría, bellos adornos que él colgaba de su brazo en ocasiones y que sólo podían despertarle la necesidad de satisfacer su biología o su lujuria, dependiendo del estado del tiempo y de su estado de ánimo; ninguna le había importado nunca lo suficiente como para querer resignar su viudez empedernida y melancólica.
— Sabés, los otros días me encontré con la Alcira...— Ofelia reanudó la conversación y él la interrogó con una sacudida del mentón —. La paraguaya que trabajaba en la casa de Buenos Aires, antes que ellos se vinieran a vivir acá. La que se escapó cuando él todavía estaba en el Colegio Militar.
"Ellos": el nieto, su madre y su padre. El desprecio de Ofelia se basaba en el uso discriminatorio de los artículos.
Fernando Ortiz
— Se enteró por los diarios de que el otro había muerto. Me dijo que después de más de veinte años, ahora podía dormir tranquila. Que siempre le había tenido miedo. Me contó... bueno, cosas de mujeres... ya te imaginás... Estas paraguayas calentonas... bueh ... — renegó Ofelia. — Qué chinita del campo, qué prima no se revolcó con él... Mirá si se le iba a resistir una sirvienta... Pero parece que ya de esa edad le venía el vicio, o lo había aprendido del padre.
José la miró sin levantar la cabeza, mientras el acíbar de la yerba se le hacía menos amargo que ciertos recuerdos. 
 La mataba a rebencazos. Le dio a probar esa porquería... Y era un mocoso.  Y lo que hizo después...— Ofelia estaba conversadora pero la conversación estaba tomando un giro incómodo. Los hechos de los años de represión no eran materia de discusión, ni siquiera con Ofelia. Él había podido mantenerse al margen gracias a una conveniente agregaduría en una sede diplomática del otro lado del mundo, pero su calidad de militar lo encuadraba dentro de las generales de la ley. Prefería no rememorar esas épocas nefastas.
— Ofelia, sé que estoy mucho tiempo fuera de casa, lejos de mi hijo. No es lo que me gusta, pero es lo que tengo que hacer. En este último viaje las cosas se demoraron un poco más de lo previsto, pero ahora me voy a quedar.
— Hacés bien. Un varón tiene que estar con el padre. El padre tiene que educarlo, enseñarle. Lo mismo que a vos te enseñó el patrón. Vos sos más su hijo que lo que son las pitucas esas de las hijas, o de lo que alguna vez fue el nieto.
Se sorprendió de la capacidad de penetración de Ofelia.  Ensayó una sonrisa triste y ella se levantó a tirar la yerba. Terminó la conversación.
— Andá, todavía  debe estar esperándote. Es más duro para dormirse...





Buenos Aires,  Cuartel general de la Orden del Temple. tercera semana de mayo, por la mañana



— Señor...
Se volvió apenas en el sillón giratorio hacia la puerta del despacho. Conrado Seoane. El "señor" sonaba siempre forzado entre los dientes del subteniente, que nunca lo llamaba por el rango. No podía decirle nada. No se habían cruzado en una situación pública tal como para que el otro tuviera que hacerle la venia o manifestar de alguna manera su reconocimiento hacia la superioridad de sus jinetas de coronel.
Mocoso de mierda. Un "criadito", lo mismo que yo, pero con más ínfulas que una puta cara.
Cuando regresó a  Buenos Aires a finales del '83, después de casi seis años de ausencia, lo encontró en la estancia jugando con las mujeres en la cocina. Un angelote rubio con ojazos de un azul tan profundo que lastimaba.
La versión oficial hablaba de una chinita de Nueve de Julio — una de tantas —, seducida por el maduro atractivo de Conrado Seoane senior, todopoderoso mayordomo de la estancia grande y yerno del viejo. Todos la habían comprado sin rechistar, inclusive Dora, interesada directa en el oscuro asunto, en tanto esposa cornuda. Desde la muerte accidental de su marido, Dora se hundía en un ciclo maníacodepresivo tras otro  y como no podía prestar atención al mocoso que le evocaba la infancia del suyo propio, lo mismo que con su hijo mayor había dejado la crianza en las manos de su padre. Si hubieran debido criar en la estancia a cada hijo del mayordomo, habría batallones de gringuitos arreglando los alambrados.
La historia real de Seoane junior era bastante más turbia pero nadie se hubiera atrevido a evocarla. Seoane había llegado a la estancia en la primavera de 1977, envuelto en una frazada blanca de hospital y berreando como un ternero muerto de hambre. Sólo había hombres de uniforme acompañando al Brigadier y a su padre el mayordomo, en el auto sin patente en el que habían traído al mocoso. Ofelia había recogido sin preguntar el paquetito rubio, gritón y sin nombre, y se había ocupado de cambiarle los pañales, darle una mamadera y poner en condiciones una cunita arrumbada en el cuartito de los trastos viejos.
Si había habido alguna explicación, había sido dada frente al escritorio inmenso del viejo, en el estudio al que nadie entraba cuando se cerraba la puerta. Cuando padre e hijo salieron, el Brigadier le hizo una seña a Ofelia: “Se queda”.  Nadie osó cuestionar la decisión del tatita de criar al mocoso como si fuera un miembro más de la familia.  El “hermanito mayor” estaba fascinado con el borrego: lo mimaba y malcriaba como si fuera de su misma sangre. Ante la pregunta de algún desprevenido, el Brigadier aseguraba que era su hermanito,  el “hijo de la vejez” de sus padres. La única vez que vi a ese hijo de puta demostrar cariño por alguien. Dejó las meditaciones de lado por un momento para prestar atención.
— Diga, Seoane...
— Los registros contables del comprador francés — le tendió las hojas de impresora, sin agregar otro "señor".
— Gracias. Puede retirarse.
Seoane giró marcialmente sobre un talón, picó la punta del pie derecho y salió, vista al frente y sin mirar.
Me aborrece por reflejo de lo mucho que me aborrecía el otro. Si supiera que ni siquiera me importa lo suficiente como para devolverle el sentimiento...  Se encogió de hombros .
“Se va a tener que acostumbrar al odio, José”, le había dicho una vez el viejo. “Su puesto genera odios de parte de la gente más inesperada. Que lo odien, mientras le tengan miedo. El miedo se huele y cuando uno le aprende el aroma, reconoce a los que le temen y los usa en su beneficio.”
Volvió a los papeles: tienen bastantes quilombos. Y encima le dio por jugar al político importante.  Fanfarrón y bocón como todos, no sé de qué me asombro. Como si los de acá fueran diferentes. La misma mierda con diferente nombre. Nunca le había gustado el hombre y ahora le gustaba menos.
El tatita se había hartado de las nuevas "degeneraciones" de políticos.
— Parece que no hubieran aprendido nada— rezongaba —. Mire al mico éste: las ovejas lo votaron como si fuera la última esperanza del resurgir nacional y ya las traicionó. ¿Sabe qué es lo peor de este mico? Que no tiene palabra. ¡Y se quejaban de Perón y de sus ministros! ¡Pero por favor! —  renegaba el tata —. No me van a comparar, ¡Perón era inteligente! A éste y a su cría, su propia corruptela los embruteció. Pero todo se paga. Mientras tanto, él juega al emperador latinoamericano y se rodea de la Corte de los Milagros.
A medida que concluían los negocios pactados, La Orden se apartaba de los círculos económicos y políticos locales y volvía a poner miras en el exterior. Los escándalos políticos, judiciales y diplomáticos por coimas ya ni siquiera merecían notas en los diarios, aunque involucraran la venta del patrimonio del Estado a precios viles y en condiciones más viles todavía. Las peleas a los gritos en el despacho principal de la Casa Rosada eran por ver quién se quedaba con la mejor parte de un negociado.
El viejo dio la orden de apartarse de los contactos en el gobierno, operadores y lobbistas confiados en la impunidad sin límites de la que parecían gozar los miembros de un Gabinete que oficiaba de nexo con los parientes, amigos y entenados de turno. Tanta exposición pública terminaba siendo perniciosa.
Ni siquiera esos nuevos que habían aparecido en medio de una dudosa alianza contra el partido reinante les merecían confianza. Alianza un carajo. Se están despedazando entre ellos como hienas.
 Había que prepararse para la crisis brutal que asomaba en el horizonte, y fortalecer las empresas y operaciones tradicionales. Diversificar, reinvertir en el exterior, afianzarse y capear el temporal, con plazos de por lo menos veinte años. El viejo planificaba con asombrosa sangre fría un terreno que jamás vería.
A veces me pregunto si no sería mejor trasladarnos de una vez por todas a Nueva Central. Suspiró ante la conclusión de siempre. El centro operativo tiene que estar en donde están las necesidades inmediatas, pero el centro neurálgico necesita de la inmensidad silenciosa de la tierra para meditar cada paso. El poder debe ejercerse en soledad, y si la soledad es ascética, mejor. Se evitan las tentaciones. Sin odio, sin rencor, sin piedad. Sólo lo que hay que hacer. La cabeza de la Orden se queda acá. El cuerpo es el mundo, pero la cabeza descansa en lugar seguro.
El viejo se había quedado callado, mirándolo.
— Acá es mejor. Las decisiones de poder se toman en soledad y silencio.
Él había asentido sin hablar. No era necesario.

jueves, 7 de mayo de 2009

La dama es policía - CAPITULO 24



SUBURBIOS DE PARÍS, SÁBADO POR LA MAÑANA

Dos oficiales fueron a buscar a Marcel a la planta baja del edificio, donde junto a otros efectivos esta-ba concluyendo la requisa del arsenal digno de un ejército. Había armas que la policía conocía sólo en fotografías. La orden de Michelon en el sentido de que ningún oficial de los cuadros inferiores podía permanecer en el centro de cómputos, todavía lo molestaba. ¡Carajo, estuve casi cuatro semanas en este infierno! ¡No es justo! Después pensó que, de cualquier forma, sería más útil colaborando en el reconocimiento del edificio. Guió a sus asombrados compañeros por los pasillos y gimnasios, el polígono de tiro y la playa de expedición de la falsa fábrica. Encontraron un camión camuflado como transporte de refrigerados, equipado para operativos militares. Un sargento comentó admirado:
—Deberíamos confiscar el edificio entero para la Brigada.
Ya lo creo, pensó Marcel.
Lo acompañaron hasta el segundo subsuelo, el que recordaba con tanta repugnancia.
—¿Por qué acá? —preguntó, vagamente atemorizado.
—No sé, teniente. Órdenes de Massarino. Espere aquí.
El corazón le latía con fuerza. Tenía la boca seca. La habitación del otro lado del cristal, ¿no era la misma? Le estaba faltando el aire, mierda. ¿No había un peor lugar para reunirse? Pasaron varios minutos que sirvieron para que se pusiera cada vez más nervioso. ¡Carajo, para qué me hicieron venir acá!
Alguien entró en la habitación del otro lado. Traía a una mujer vendada, a la que empujó contra el piso, obligándola a ponerse de rodillas. Estaba esposada. Marcel creyó que el corazón le saltaba por la boca. Los latidos le pulsaban en la frente y un puño de hierro le retorció las entrañas. No podía despegar la vista de la escena. La mujer no se movía, de espaldas a él. Con las manos apoyadas contra el cristal, no se dio cuenta de que alguien había entrado a sus espaldas. Notó una mano pesada en el hombro.

—Entremos —oyó entre algodones. Enfrentó a la mujer, que boqueaba aterrorizada. El hombre parado detrás de él era de su misma contextura física o un poco más grueso, y casi tan alto como él. Vestido con el ominoso uniforme negro de la Orden.
—Mátela, Maurizio.
Las palabras retumbaron en su cabeza. Le alcanzaron un arma. No. No quiero. Pero sus brazos se estiraron hacia adelante, arma en mano. Puso la pistola sobre la frente de la mujer.
—Dispare, Maurizio. Es una orden.
—¡NO! —giró hacia el hombre de negro y gatilló. Una, dos, tres veces, hasta vaciar el cargador. ¡Soy Marcel Dubois, teniente de la Brigada Criminal, hijos de puta! Las piernas le fallaron y quedó de rodillas. Los sollozos le sacudieron el cuerpo en espasmos.
—¿Qué hice? ¿Qué me hicieron?


Auguste se acercó, soltó las esposas de Odette, que se sacó la venda, y se volvió para ayudar a Dubois a ponerse de pie. Después recogió el arma con cartuchos sin casquillo que le había dado al teniente.


Entre los dos lo llevaron a su casa y lo ayudaron a desvestirse y meterse en la cama. Odette le alcanzó un vaso de agua con un par de pastillas.
No supo durante cuánto tiempo durmió. Se despertó sobresaltado dos o tres veces, bañado en transpiración. Cada vez, lo tranquilizó ver a Odette sentada en el otro extremo de la habitación, junto a la ventana. En el contraluz, parecía una pintura de Degas. Se sintió estúpidamente feliz y volvió a dormirse después que ella se acercara a darle algo de beber. En una de las ocasiones, Massarino también estaba allí; por alguna razón que no alcanzaba a recordar, a Marcel le molestó.
Cuando se despertó definitivamente, estaba embotado. Bajó tambaleante de la cama, directo a ducharse. ¿Odette estaría todavía allí? El sillón de adelante de la ventana se hallaba vacío. Quizás ella nunca había estado. Le dolió.
El baño le devolvió la conciencia y el dominio de sus actos. Comenzó a recordar. En el nombre de Dios. Sintió náuseas. El espejo del baño le devolvió una imagen demacrada. Pero era su cara: la cara de Marcel Dubois. Basta de flashbacks. Se puso la bata sobre la ropa interior y fue al salón, en penumbras por la hora. Eran más de las diez de la noche. Rodeó el sofá y la vio.
Estaba dormida, la camisa negra desabrochada un botón de más, por la posición. Se sentó en el al sofá junto a ella y, sin pensar, le acarició el pelo. Odette abrió los ojos morosamente y, al verlo levantado, trató de incorporarse, pero él la retuvo con delicadeza.
—No te levantes.
—¿Cómo estás?
—Horrible. Tengo la boca seca todo el tiempo.
—Es el sedante. Ya pasará.
Odette estiró la mano y le ordenó el cabello húmedo. A ella también se la veía cansada. Retiró la mano, se incorporó a medias y miró hacia la ventana. Estaba oscuro.
—¿Qué hora es? —ella preguntó suavemente.
No supo por qué lo hizo. O sí, pero no le importó preguntarse los porqués. Ella estaba ahí. No se había ido. Quería decir algo, ¿no? Se inclinó para abrazarla. Mientras la besaba, respondió:
—¿A quién le importa?

Besándola, la atrajo hasta la alfombra al tiempo que le desabrochaba la camisa. Se abrazaron otra vez, de rodillas, mientras ella le desanudaba el lazo de la bata. Con un beso lo empujó, obligándolo a recos-tarse. Cuando intentó incorporarse, ella negó con un gesto a la vez que le acariciaba el pecho y la cara. Él le mordisqueó las puntas de los dedos, y cuando trató de quitarse la ropa interior, ella volvió a ne-gar. De pie a su lado terminó de desvestirse. Desnuda, se arrodilló entre sus piernas y comenzó a reco-rrerle el cuerpo con besos lentos y húmedos. Él trató de acariciarla, pero ella le sujetó las manos sin dejar de besarlo. Abrió la boca para inspirar y las sensaciones le recorrieron la espalda. Ella lo desnu-dó, estiró su cuerpo sobre el de él felinamente y se incorporó para separar las piernas y acomodarse encima de él. La proximidad lo desesperó todavía más, e instintivamente levantó las caderas. Ella se apartó apenas y le besó los ojos, cerrándoselos. Luego descendió por toda su piel, despertándole sen-saciones que no sabía que existían. Conoció puntos de placer de su propio cuerpo que ignoraba, entre oleadas de goce angustioso. Por primera vez en su vida se dejó arrastrar, entregado a lo que ella deci-diera hacer de él. Lo llevó hasta el límite una, dos, quién sabe cuántas veces, hasta que la piel le dolió de deseo. Ahora lo estaba acariciando con todo el cuerpo, deslizándose por encima de él para permitir-le besarla. Bebió de su boca como un náufrago. La miró y sus ojos eran brasas; en la penumbra del salón, la luz del alumbrado público que entraba por la ventana daba a su cuerpo el brillo pálido de la plata. Sus besos le recorrieron el pecho y el abdomen hasta el bajo vientre. Sus labios y su lengua lo torturaron exquisitamente, y cuando creyó que ya no podría resistir el infierno de su boca, ella se in-corporó una vez más y, entonces sí, lo dejó penetrarla. No necesitó más; las sensaciones lo retorcieron en oleadas y en medio de su propio agónico placer sintió cómo ella vibraba a su unísono, estremecida en un orgasmo violento e interminable.
Cuando ella regresó, él descubrió que no le bastaba, y la hizo rodar sobre la alfombra. La sostuvo bajo su cuerpo que todavía temblaba de voluptuosidad y la besó, sorbiéndole la vida con el beso. Se hundió en ella otra vez. Había sido poseído, y ahora necesitaba poseer, sentirla entregada como él se había entregado. La dominó con su cuerpo y ella respondió ferozmente, abandonándose de una forma que él no había esperado. Se sintió aprisionar por sus piernas y en respuesta al mudo mensaje le mordió los pechos y ella gimió de placer. Esta vez, el orgasmo los atravesó como un rayo y, cuando trató de apartarse para no afligirla con su peso, ella lo retuvo, acurrucada debajo de él. El pulso le atronaba en los oídos. La miró a través de la penumbra y vio una perla diminuta brillarle en el rostro extático. Inclinó la cabeza para que ella no viera sus propios ojos, también húmedos.


Estaban a punto de dormirse y murmuró:
—Lamento tener que arrestarla, Madame.
—¿Bajo qué cargos? —preguntó Odette mientras se acomodaba en el hueco de su cuerpo.
—Asalto y corrupción contra un oficial de la policía —la recorrió entera con sus manos.
—Como no emplee la fuerza pública para detenerme...
—Eso intento —murmuró él, al tiempo que la abrazaba y se cubrían con las sábanas.


BUENOS AIRES, SÁBADO, DESPUÉS DE MEDIODÍA

—¡Carajo! ¡Les dije que pasaba algo raro!
—Pará, Mengele, calmate— el Tigre intentó hacer un gesto conciliador.
—¡Las pelotas! Llamó el tira. Desde afuera— Mengele giró para mirar a todos— ¡Coparon el edificio! ¡La cana! ¿Entendés? ¡La cana copó el edificio!
—¿Cómo mierda pasó? —El Brigadier entró, desencajado.
—Todavía no sabemos. Lo único que se sabe es que es la policía. El tira ordenó cortar todas las comu-nicaciones. Está tratando de meter gente de él adentro para ver quiénes son.
—¡Hijos de mil putas! ¡Nos traicionaron!
—No. Estoy seguro de que no. Esto viene de afuera. Nos metieron gente.
—¡Quiénes, la reputa que los parió! ¡Si tenemos gente en todos lados! Nunca se nos metió nadie, ¡NADIE!
—Tranquilizate. Ya le dije al tira que averigüen quiénes son. Los van a boletear tan pronto como puedan. No puede ser demasiada gente. Si no, se habría filtrado algo.
—¿Pero vos tenés sangre de pato, Mengele? ¿Nos hicieron mierda, y vos tan tranquilo?
—Estoy tratando de razonar. Todavía queda un montón de gente afuera. No nos pueden agarrar tan fácilmente. Había un montón de los nuestros afuera cuando cayeron ellos.
—Pero se cargaron a Jacques y Prévost...
—Tenemos gente que puede reemplazarlos. Hay que preparar las cosas con cuidado. Hablé con el viejo. Estuvo de acuerdo con el nombre. Ya pasó la orden.
—¿A quién quieren poner?
—Al Carnicero.
El Brigadier lo miró con los ojos entrecerrados.
—Quiero hablar con él. Saber qué mierda tiene pensado hacer para retomar el control.
—Está bien. Lo llamamos y listo.
—Listo, un carajo. Y no me pases más por encima con el viejo. ¿Te quedó claro, Mengele?
—Como el agua.


PARÍS, DOMINGO POR LA MAÑANA
Se despertó sin saber qué hora era. Manoteó el reloj de pulsera: las seis. De la mañana, supuso. El brazo derecho de Marcel la aprisionaba contra la cama. Se sorprendió pensando que había olvidado esa sensación maravillosa. Extrañamente, no sintió vergüenza. Se levantó de puntillas para no despertarlo. Se lo veía tan conmovedor. Lo besó suavemente y se vistió en silencio. Antes de irse, le dejó una notita en la almohada.


El teléfono sonaba insistentemente. Te odio, te odio, te odio. Casi arrancó el auricular.
—¡Odette!
Auguste, y la puta que te parió.
—¿Vas a venir a almorzar?
¿En qué siglo estamos?
—¡Odette! ¿Estás bien?
—Ya te oí.
—¿Vas a venir?
—Sí —cualquier cosa con tal de colgar.
Se duchó y se vistió como pudo. ¿Por qué mierda los autos no tienen piloto automático? Dormí tres horas; no hay derecho a hacerme esto.
El almuerzo familiar pasó como en una neblina. Los chicos, comunicativos como siempre, se encargaron de las relaciones públicas. Se dio cuenta de la cara malhumorada de su hermano y trató de pensar en el porqué. Había comido las tagliatelle y los zucchini pero había rechazado el pollo. ¿Sería por el pollo? Auguste era muy sensible respecto de su cocina.
Mientras lavaba los platos con Nadine, preguntó:
—¿Qué carajo le pasa?
—Está celoso como un turco —los ojos color miel de su cuñada chispearon divertidos.
—¿Otra vez te escapaste a Printemps sin pasarle un radiomensaje?
—No, esta vez no es por mí.
—¿Eh?
—Pura Cavalleria Rusticana. Te llamó anoche y no te encontró en tu casa. Más la marca en el cuello...
Mierda. No la había visto.
—Me voy a casa —anunció Odette mientras besaba la frente de su hermano.
Auguste la miró con gesto de patriarca ofendido.
—¿Te divertiste anoche?
Nadine lo fusiló con la mirada. Odette cerró los ojos y prefirió no responder. Auguste la persiguió hasta la puerta.
—Estaba preocupado, nada más. Podrías haber llamado.
—Sí, mamma.
—¡Por qué no te vas a la mierda!
—Ídem. Te quiero.
Entró en su casa quitándose la ropa. A dormir hasta mañana. Va a ser un día muy pesado. Ya estaba casi dormida cuando se envolvió en las sábanas y apagó la luz.
El teléfono de mierda otra vez. Ni siquiera podía alcanzarlo.
—Hola.
—¡Odette! ¿Dónde estabas?
—¡Auguste, por Dios! ¿Vas a dejarme en paz de una puta vez? —colgó furiosa, sin detenerse a pensar que la voz de su hermano sonaba ligeramente distinta. A la mierda. Quiero dormir.

Cuando se despertó y encontró la notita sobre la almohada, sintió un doloroso vacío en el estómago. ¿Por qué se había ido? Dio vueltas en la cama tratando de encontrar su perfume. Se había despertado pensando en hacerle el amor otra vez. Se sorprendió de sus propias palabras: hacerle el amor. Nunca pensé en esos términos al irme a la cama con alguien. Miró el reloj: las doce. Llamó desde la cama. Llamó, llamó y llamó hasta enfurecerse cada vez que oía la campanilla inútil del otro lado. Un sentimiento desagradable se le instaló en el pecho. A las cinco de la tarde volvió a llamar, notando que el Gauloise le temblaba en la mano. El “hola” del otro lado de la línea fue como bálsamo sobre una herida.
—¡Odette! ¿Dónde estabas?
La respuesta y fin de la comunicación terminaron de enloquecerlo.


No puedo creerlo. La puerta. Algún hijo de puta está llamando a la puerta. ¿Es que no hay un Dios en el cielo? Manoteó una bata y fue a abrir. ¡Stop, estúpida, estás dormida! No puede ser nadie de la familia. Tienen la clave de acceso.
—¿Quién? —preguntó de malhumor por el intercomunicador.
—Señora Marceau, soy Grégoire.
El portero. Espero que sea un incendio, por lo menos.
—¿Qué pasa? — ladró.
—Señora, un oficial de policía insiste en verla.
Grégoire vaciló. ¿Qué clase de broma es?
—Dice ser... —Una voz grave y masculina respondió al portero, sobresaltándola. No hizo falta que le dijeran de quién se trataba. —El teniente Dubois, señora.
Apoyó la frente contra la puerta. Abramos.
Marcel estaba detrás del viejo, que le obstruía el paso manteniéndolo cerca del ascensor. Era gracioso, el pobre Grégoire tratando de contener al Abominable Hombre de los Pirineos.
—Está bien, Grégoire. Déjelo pasar.
Marcel entró sin mirarla. Mientras cerraba la puerta, ella le preguntó:
—¿Por qué le dijiste que eras policía?
—No quería dejarme entrar —respondió él, mientras se quitaba el impermeable sin volverse—. Llamé desde abajo varias veces y, como no respondiste, le hice señas para que me abriera.
—Y lo intimidaste con la placa. ¿Trajiste orden de allanamiento? —se le acercó sonriendo al tiempo que se ajustaba la bata. Tengo tanto sueño... Dios, ¿no puedo reaccionar normalmente? Marcel la tomó del brazo con saña.
—¿Dónde estabas? —ladró.
—¡Eh, me duele!
—¡Dónde estabas! —le sujetó el otro brazo y la sacudió. Estaba pálido, los dientes apretados. La empujó contra el sofá. —¿Por qué tenías que irte esta mañana?

—¡Te dejé una nota!
—“Me voy a casa. O.” ¡Muchas gracias!
—¿Qué te pasa? —trató de levantarse, y él la forzó a sentarse otra vez.
—¡Te llamé! ¡Toda la mañana! ¡Toda la tarde! — le gritó, desencajado.
Ella lo midió, se levantó con calma y, cuando él trató de detenerla, se escurrió empujando el sofá. Ca-minó rápidamente hacia el pasillo de su dormitorio.
—Voy a vestirme —no se puede discutir semidesnuda con un hombre de tan mal humor.



Estuvo tras ella en tres zancadas, sosteniendo la puerta del dormitorio para que no la cerrara.
—Tengo que cambiarme de ropa —lo miró severa.
—Anoche no estabas tan recatada —la enfrentó con violencia contenida.
—La situación es diferente — idiota fanfarrón, debería meterte una bala en las pelotas por grosero. Mantuvo la calma —Salgo en un minuto.
Intentó cerrar otra vez, pero él se lo impidió, azotando la puerta contra la pared. Apoyado en el quicio de la puerta, Marcel recorrió el cuarto de una ojeada. La mirada se le volvió torva y la respiración pe-sada, mientras se le acercaba ominoso.
—Es un dormitorio espléndido.
Ella lo miró desconcertada.
—Un piso espléndido. Muy elegante. Muy caro. ¿Quién paga por esto? —estaba pegado a ella; podía sentir el calor de su cuerpo a través de la bata. —¿La puta de quién me llevé a la cama? —susurró sobre su boca mientras la apretaba en un abrazo brutal.
Trató de revolverse y soltarse pero Marcel la arrojó sobre la cama con tal facilidad que se asustó. Retrocedió, pero ya estaba sobre ella.
— ¡Basta! ¡Me estás lastimando!
—¿Con cuántos más, Odette? —él ya no la escuchaba —.Por eso estabas tan apurada por irte. Tenías una cita, pero, claro, anoche tuviste un desliz con el tipo equivocado —la tomó de los cabellos, aplastándola contra la cama con su cuerpo —¡Dios, qué estúpido! Yo te creí, ¡puta mentirosa! ¡Te hice el amor! —la voz se le quebró —.Te juro que te hice el amor... ¿Quién te esperaba?
La sujetó de las muñecas y le pasó los brazos por encima de la cabeza, con un movimiento brusco, mientras le ahogaba las palabras en la garganta con besos rabiosos y desgarradores. Le separó las piernas con una mano de hierro, ayudándose con la rodilla. En medio de su desesperación, Odette sintió que se desabrochaba la bragueta. ¡No me hagas esto, por favor! Quería gritarle que estaba terriblemente equivocado, pero él no dejaba de castigarla con besos llenos de furor. Lo sintió luchar para penetrarla. No, Marcel, con odio no... La arremetida la dejó sin aliento. Él levantó un momento el torso para abrirle la bata y desprenderse la camisa. Los botones saltaron por todas partes. Él le separó los brazos sin soltarla ni aminorar la furia con que se hundía en su carne. Con un gemido ronco ella trató de retorcerse y rechazarlo, pero el peso del hombre era demasiado. Intentó mover la pierna libre y él se la sujetó con crueldad, afirmándose más contra la cama. Lo oyó murmurar cosas terribles mientras la besaba y la poseía como un loco. Volvió la cara y lo miró a través de las lágrimas que le caían silenciosamente. Por qué, por Dios, por qué. Entonces, él la miró como si la viera por primera vez. Se sostuvo encima de ella con los brazos, inmóvil durante un largo momento.
—¡No llores, puta! ¡No me mientas! —susurró mientras ahogaba un sollozo. — ¡Te odio...! —le soltó los brazos, le tomó la cara y la besó desesperado.
No es cierto. Tu cuerpo me dice que no es cierto, y para mostrarle que nunca le había mentido, se ofreció a su locura. Lo sintió buscar sus pechos y se estremeció, arqueándose contra él, abierta y húmeda, entregada por su propia sensualidad, pero él cerró los ojos para no verla ni perdonarla; entonces ella habría querido gritarle: “Te odio, no quiero, te odio”, pero sólo podía abandonarse cada vez más a lo que él quisiera hacer de ella. No me dejes ahora. Lo sintió crecer en su interior y estallar. Ahora, ahora, ahora. El orgasmo la atravesó desde lo más profundo de sus entrañas hasta la base del cerebro. Te amo. ¿Por qué me hiciste esto? Cerró los ojos y más lágrimas le rodaron hasta las orejas.
El colchón se sacudió cuando él se levantó.
— No te vayas, no me dejes — ella le suplicó en un susurro y se acurrucó en la cama, incapaz de sentarse. Marcel estaba de pie junto a la cama, desencajado y con la mirada perdida, abrochándose la bragueta.
Mareada, se incorporó despacio al tiempo que trataba de recuperar el aire. Él buscó algo en sus bolsillos, sacó un puñado de billetes y los tiró sobre las sábanas, a la vez que la empujaba hacia el dinero.
—Esto incluye lo de anoche.
El portazo estalló en medio de sus sollozos.


Se dio cuenta de que lloraba mientras conducía de regreso a su casa. De lo que no se había dado cuenta era del exceso de velocidad, que un patrullero sí notó. Lo detuvieron y le hicieron la prueba de alco-hol. “Conduzca con cuidado, teniente”, dijo el suboficial, haciendo la venia. Estaba desquiciado. Dios, cómo pude ser tan boludo. Cómo pude creer que podría haber algo más. La rabia le pesaba en el pecho como un yunque. ¡Estúpido, estúpido! Volvió para encamarse con el otro, Massarino la pescó y se pelearon. Cuando respondió mis llamadas, me confundió con Massarino. Por eso me llamó "Auguste" y me mandó a la mierda.
Había salido como un loco para verla. Quería una explicación, hablar civilizadamente y decirle, civilizadamente, lo que pensaba de ella. Por lo menos, eso pensaba mientras le dolían las manos de aferrarse al volante. Encontrarla en bata era lo último que esperaba. Con cara de inocencia y haciéndole bromas. No supo qué fue lo que lo enfureció más: si el aire ofendido de ella al echarlo de su dormitorio, o el lugar mismo. Nunca había visto esa parte del piso; el cuarto era amplio, con muebles Art Déco que juraría eran originales, la chaise-longue delante del ventanal, la cama sólida y enorme, de maderas exquisitas. Atrás se entreveía el vestidor. No era el dormitorio ultrafemenino que había esperado de una mujer sola. Había cierto dejo de virilidad en el lugar, los colores, las maderas. Un dormitorio para un hombre y una mujer. Amantes. Cerró los ojos mientras se le oprimía cada vez más el pecho. La cama estaba revuelta. Se encamaron ahí, ¡ahí!... ¿El hijo de puta la estaba esperando?
Los celos lo cegaron. Quería poseerla para humillarla. “¿Anoche no tenías quién te calentara la cama, puta? ¿Por eso te quedaste?” le había gritado, loco de rabia, dolor y celos. No fue sino hasta que vio sus lágrimas silenciosas que tomó conciencia del daño que le estaba causando. Parecía tan... inocente. Por un instante le creyó, cuando en medio de su furia desesperada cayó en la cuenta de que ella se había abandonado a él. Como anoche. Dios, ojalá fuera cierto. Ojalá tu cuerpo no mintiera tan bien. La besó como un condenado a muerte y ella le respondió. La sintió fundirse en su boca y alrededor de su sexo y estuvo a punto de creerle. “Zorra, no mientas", aulló para no gritarle te odio, te amo, te odio. Se vació en ella con furor, mordiéndose para no gritarle que era suya y que quería morirse allí mismo para no matarla. Cuando la oyó suplicarle indefensa, se despegó de su cuerpo con violencia. Quería que sufriera como él sufría, así que le arrojó los billetes a la cara. Mientras manoteaba el picaporte la oyó llorar. Salió temblando de coraje, porque si se quedaba iba a cometer una locura.

viernes, 27 de marzo de 2009

La dama es policía - CAPITULO 22



JUEVES, SUBURBIOS DE PARÍS, PRIMERAS HORAS DE LA MAÑANA
—Michelon quiere vernos — le avisó Auguste mientras recogía su abrigo y el de ella. En la fábrica de chocolates la tensión crecía minuto a minuto. Los técnicos en sistemas no lograban romper la clave de acceso a una enorme cantidad de archivos clasificados.
—Es un sistema digno de un servicio secreto —comentó el analista en jefe—. Cualquier intento por probar una clave causa el total colapso de los datos. Todo se pierde sin remedio. Es algo así como un virus, un “gusano” que está en la superficie del disco y se anula únicamente con la clave correcta. Si ingresamos un dato errado o le acoplamos un programa aleatorio, el “gusano” se activa y destruye la información antes de poder recopiarla. —El capitán Santon estaba entusiasmado con el hallazgo. — Magnífico. Deberíamos tener algo parecido.
Que lo copien. Siempre se aprende algo. Mientras tanto, vamos a ver a Madame, pensó Odette
Madame Claude Michelon. Que había exigido el “Madame” —“A los cincuenta y tantos tengo ganado el derecho”, decía— aunque nunca había dejado de ser “Mademoiselle”. Claudette, para los escasísimos íntimos. Safo, o epítetos peores, para el vulgo de la Brigada. ¿Por qué será que donde trabajan más de dos personas, se tiende a tomar la vida sexual del prójimo como tema principal de conversación? El único lugar libre de murmuraciones en la Tierra debe de estar en los satélites orbitales no tripulados.
Madame se había ganado muy dura y dignamente el cargo de comisario de la Brigada Criminal y el puesto era más que merecido. La dama de acero: ojos de hielo gris, cabellos grises, severos trajes de Armani.Aquel a quien alguna vez Michelon haya levantado la voz, que tire la primera piedra. No necesita hacerlo; su tono mesurado te escarcha la transpiración. ¿A quién carajo le importa el tipo de compañía que prefiere?, Odette se encogió de hombros. El chusmerío es el pan de todos los días. A veces, hasta resulta conveniente que te asignen amantes de oficio; evita intromisiones molestas. Mientras esperaban el cambio de luces del semáforo, se inclinó hacia Auguste y le estampó un beso en la mejilla. Él se volvió a medias, levantando las cejas por la sorpresa y le sonrió.
—Lucertola(1) —le dijo mientras la despeinaba.
—Scugnizzo(2) —los halagos habituales de la infancia.
—Ah, esto me recuerda que llamó mamma —nunca era “mamá” para Auguste. —Dice que compremos "L'Osservatore Romano" y el "Eco di Roma".
Mensaje de Varza. Se detuvieron en un quiosco a comprar. Rápidamente buscó en los obituarios. Ahí estaba: “Monseñor Jacques Roland de Coulignac, RIP. La familia Varza lamenta la triste desaparición de un amigo entrañable”, bla, bla, bla. En los policiales del Eco, el pequeño suelto que mencionaba el accidente fatal sufrido por Monseñor al ser atropellado por el camión que habitualmente entregaba provisiones en los almacenes del Vaticano. Una lamentable falla en el sistema de frenos. El chofer estaba libre. L’Osservatore publicaba la habitual elegía.
Auguste miró de reojo mientras estacionaban en el garage de la Brigada. Un apellido que había pertenecido en su época a la nobleza francesa.
—De Coulignac. Abajo el clero y la monarquía —Auguste hizo un gesto obsceno con el dedo mayor.
—Viva la Revolución —Odette le devolvió el ademán.

36, Quai des Orfévres, Paris

QUAI DES ORFÈVRES, DESPUÉS DE MEDIODÍA
—No necesito decirles que no nos queda mucho tiempo. Vamos a tener que ponerles abogados a esas ratas. ¿No pudieron entrar en los archivos? —Michelon estaba muy molesta.
—Todavía no— Auguste estaba más que molesto; tenía los ojos terriblemente negros. Mala señal, pensó Odette sin abrir la boca.
—Madame, los únicos que pueden darnos la clave están en nuestras manos. Podemos obtenerlas si...—Odette miró ansiosa a la comisario.
—¡Se niegan a hablar sin un abogado! ¿Qué vamos a hacer? —Auguste sacudió el escritorio con el puño. —¿Golpearlos? ¿Para que después aleguen brutalidad policial y tengamos que largarlos por culpa del procedimiento? ¡No!
—¡No nos darán una puta información, con abogados o sin ellos! — retrucó ella.
Auguste la miró de reojo, reprobándola.
—Comisario, capitán, por favor — intervino Michelon. — Siento la misma repugnancia que ustedes por esos individuos, pero me niego a utilizar cualquier tipo de violencia. Si los técnicos no consiguen nada en estas horas, tendremos que darles sus condenados abogados..
Auguste se recostó contra el sillón y miró al techo. Tanto esfuerzo desperdiciado. ¡Mierda que le vamos a dar abogados a esos hijos de puta!, pensó Odette y una idea se le cruzó como un relámpago.
—Madame, quisiera proponer algo. Sin brutalidad policial. Puede resultar, estoy segura...
—¡No! — rugió Auguste, mirándola furioso. —¡No más riesgos inútiles!— e hizo un ademán termi-nante con la mano.
Odette contuvo a medias una mueca de disgusto. Michelon los miraba inexpresiva. Cristo, Madame está de pésimo humor.
—Madame, por favor, ¿me permitiría cinco minutos con usted? —arriesgó Odette.
Michelon los miró alternadamente.
—Comisario —un gesto de la cabeza: "Afuera"
—Sí, Madame — deletreó Auguste y salió después de lanzarle una ojeada asesina y negra a su hermana menor.
Cuando Auguste hubo salido, Michelon la miró con ojos de hielo.
—Adelante, capitán. Tiene sus cinco minutos.


Era inteligente. Retorcido, pero inteligente; había que admitirlo. La comisario dejó en paz el cortapapeles y vio a su subalterna contener la respiración.
Sabe que ya tomé una decisión —pensó mientras reprimía una sonrisa—. Me conoce mejor de lo que yo pensaba, capitán.
—Usted se graduó en Psicología... —más para sí que para la otra —.Puede funcionar... Pero — levantó un dedo, — yo debería presenciar los interrogatorios y estar al tanto del tratamiento previo. Podría ser... No lo sé — se hamacó en el sillón. — No es muy ortodoxo que digamos.
Marceau no abrió la boca: no era la respuesta que estaba esperando. Cuando el silencio se prolongó, la capitán amagó a levantarse con los labios apretados. Madame la detuvo con un gesto.
—Comprenda, capitán, que oficialmente no puedo aprobar lo que me pide— Marceau asintió rígidamente— Extraoficialmente…, hágalos mierda. Y recuerde que quiero estar presente.
—Gracias, Madame — la capitán sonrió con una sonrisa de navaja.
Mientras Marceau salía, Madame levantó el teléfono para avisar que Massarino y la capitán quedaban a cargo de la custodia de los detenidos.


BUENOS AIRES, JUEVES, ÚLTIMA HORA DE LA TARDE
—¿Qué mierda pasa, que no hay comunicaciones?
—¡Cómo que no hay! Llamaron anteayer. Todo bien. Fueron a buscar a las minitas para el turco nuevo.
—¿Y? Lo mismo tienen órdenes. Se comunican cada veinticuatro horas.
—No, Mengele. Ahora cada treinta y seis o cuarenta y ocho.
—¿Por qué cambiaron la frecuencia? ¿Cuándo fue, y quién decidió sin avisarme? Se supone que yo estoy a cargo de las comunicaciones.
—Uh, dale, macho. ¿Tenés miedo de perder autoridad? Si anda todo bien... Todos los días es un embole.
—Es asunto mío. ¿Quién carajo dio la orden de variar?
—Yo — El Briga intervino a sus espaldas.
Las cosas con el Brigadier no andan bien. Ultimamente cambiamos dos palabras y tres puteadas.
—Voy a llamar —manoteó el teléfono, pero el otro le detuvo la mano.
—No. Esperá que llamen ellos. Así hacemos siempre.

Prisión de La Santé, en el centro de París

PARÍS, PRISIÓN DE LA SANTÉ. MADRUGADA DEL VIERNES
¿Cuánto hacía que estaba ahí? Cuando fueron a buscarlo a la celda, uno de los oficiales le dijo que ya no estaba bajo la custodia de la Brigada. Bien, están entendiendo. Llamaron a los abogados. Pero se presentaron dos desconocidos que, después de cerrar la puerta, lo esposaron, le vendaron los ojos y lo encapucharon. Un miedo irracional se apoderó de sus entrañas y ya no lo abandonó. Vaireaux caminó sostenido por sus custodios a lo largo de pasillos interminables —arriba, abajo, vuelta a la derecha, ascensor, el automóvil, más pasillos hasta perder la cuenta—. Cuando se detuvieron, oyó la puerta que se abría y sintió el empujón. Cerraron y el pestillo exterior corrió estruendosamente. Después, nada. Gritó y gritó, pero nadie se acercó a quitarle la venda o las esposas. Escuchó atentamente. Afuera no había nadie. La desesperación se le trepó por el cuerpo y se le enroscó en la garganta.
Alguien entró. Arrojaron a su lado ¿un cuerpo? Por el sonido sordo que hizo al caer, eso parecía. Patearon al otro entre insultos. Gritos. Una voz de hombre sollozaba. Más insultos. Más golpes. El otro no habló más. Dios, está inconsciente. Intentó ponerse de pie y una mano de hierro lo lanzó contra la pared. “No te metas. No es tu turno”, le dijo alguien. Disparos. Dos, tres. “Sáquenlo”, ordenó una voz. Estaba solo otra vez. La ropa empapada de transpiración se le pegaba asquerosamente al cuerpo. Oyó voces afuera, débiles tras la puerta metálica. Vienen a buscarme. Vienen a buscarme… El corazón le bombardeaba el pecho. “Abajo”, dijo otro desde atrás. Tuvieron que sostenerlo porque el pánico no lo dejaba caminar.
La silla metálica estaba fría bajo su carne desnuda. Lo esposaron, manos y pies, a los brazos y patas de la silla. El corazón le latía tan fuerte que le retumbaban los oídos. La puerta. Pasos suaves. Inesperadamente, oyó música. Lenta, profunda, dramática, evocando emociones terribles. Las entrañas estaban a punto de derramársele. “Apaguen esa música”, gritó mientras se sacudía impotente en la silla. Una mano suave y perfumada le quitó la venda. Una mujer. De bata negra, entreabierta, que dejaba ver el nacimiento de los pechos blancos. Lo miró y, sin hablarle, comenzó a calzarse guantes negros de cuero. Se sentó encima de la mesa, sobre la que había una gran jarra con agua y una varilla... una picana. La silla... La silla es de metal…. ¡No, no, no...! Ella se inclinó, y él pudo ver más del interior de su bata. Sintió la erección. En otras circunstancias... Ahora estaba seguro de que ella iba a matarlo. Ese cuerpo, esa mujer, no podían estar haciéndole esto. La boca de ella rozó la suya y murmuró:

—¿Vas a hacerme perder mucho tiempo?
La miró enloquecido mientras ella encendía un cigarrillo. Con la brasa peligrosamente cercana a su piel, le recorrió la cara. En los ojos de esa mujer estaba su muerte. Ella estiró un pie diminuto calzado con tacón negro y le recorrió el borde de la mandíbula, el pecho y el bajo vientre con la punta del zapato. La música atronaba trágica. Ella bajó la mano con el cigarrillo hasta la altura de la entrepierna. Su cara de muñeca era una máscara de placer perverso.
—No... no quiero — dijo en un estertor. La erección le estaba haciendo doler el escroto.
—¿No? — ella se puso de pie, tomó la picana y la probó contra la mesa, también metálica. Funcionaba. Sirvió un vaso de agua y se acercó. Agua no. Era lo único en que podía pensar. No quiero, no quiero, no quiero...
—Me prometieron... — gimió él. Ella alzó las cejas con estudiada sorpresa. —... Abogados —estaba ronco del miedo. Ella se limitó a sonreír irónica.
—Ya vinieron. Ellos te trajeron —le acarició la boca con un dedo. —¿Dónde creías que estabas? ¿Parezco de la policía?
¡Me traicionaron! La comprensión lo llenó de terror y acabó con la excitación y la erección. ¡Los hijos de puta salvaron el culo y me entregaron a...
—Quiero algo a cambio para dejarte ir. Algo que me sirva —le sostuvo la cara y acercó el vaso de agua.
Algo caliente le corrió entre las piernas. Dios mío, nno, nooooo...



Del otro lado del cristal, Massarino tomó nota de las claves. Michelon observaba impasible. El hombre esposado a la silla era un desecho humano en medio de un charco de orina. Marceau se apartó de la mesa, se ajustó la bata negra y aplastó el cigarrillo contra el piso. Se volvió de espaldas a la ventana mientras dos oficiales en ropas de civil entraban en la sala de interrogatorios. Chopin sonaba dulce y trágico en el aire.
—¡Dijiste que iban a perdonarme! ¡Dijiste...! — Vaireaux sollozó desesperado, mientras le vendaban los ojos otra vez.
Marceau se inclinó hacia él, le besó los labios, susurró:
—Mentí —y salió.
Los gritos de Vaireaux hicieron eco todo a lo largo del pasillo hasta el ascensor.
—Quién sabe por qué lo besó —murmuró Michelon. Sospechaba que Massarino sí lo sabía pero que prefería guardarse la información.

(1) Lagartija
(2) Ladronzuelo