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sábado, 31 de octubre de 2009

La dama es policía - CAPITULO 35


XVI° ARRONDISSEMENT. CASA DEL CRIO. MASASRINO. LUNES POR LA NOCHE
Auguste se había ido hacía menos de diez minutos cuando sonó el timbre. Nadine corrió hasta la puerta, pero, hija y mujer de policías, no abrió. Nadie de la familia podía estar llamando a la puerta a las diez de la noche.
—¿Quién es?
—Signora Nadine —respondió por el intercomunicador una voz vagamente conocida —. Soy Calogero. Calogero Colosimo, signora. Abra, por favor.
Nadine espió por la mirilla telescópica. Dios, de verdad es Colosimo. ¡Mis suegros! ¡Algo les pasó a mis suegros! Abrió y el hombre entró apresurado, seguido por otros tres.
—Calogero, ¿qué pasa?
—Busque a los chicos. Tenemos que salir de la casa.
—¡Auguste no está!
—Ya sé. Alcanzamos a verlo salir y preferimos quedarnos y sacarlos a ustedes.
Nadine miró a los hombres que acompañaban a Colosimo. El parecido no era suficiente para que fueran parientes, pero tenían un aire en común... paisanos del mismo lugar. Colosimo la tomó del brazo y la llevó escaleras arriba.
—Vamos, signora. No tenemos mucho tiempo.
— Dios santo, ¿dónde está Auguste?
—Por favor. Es por el bien suyo y de los niños— insistió Colosimo
Corrieron escaleras abajo, ella con Isabelle y Colosimo llevando de la mano a Antonin. En el garaje de la casa esperaba un automóvil igual al de Auguste.
—Suban. Agáchense en el piso del auto hasta que yo les avise.
—Calogero, ¿qué van a hacer?
—Los muchachos se quedan aquí. Yo la llevo a un lugar seguro.
Después de cinco minutos de carrera, el hombre les dijo que podían levantarse. Les llevó sólo cinco minutos más llegar al Quai. Calogero detuvo el automóvil frente a la puerta principal.
—¡Papá!
SaintClaire estaba esperándolos con un auto en marcha.
—Vamos, hija — el viejo ex comisario miró a Colosimo—. Gracias.
—Somos de la familia. No tiene nada que agradecer— Colosimo saludó respetuosamente a SaintClaire y acarició la cabeza de los chicos. Nadine lo miró con los ojos llenos de dolorosa anticipación.
—Quédese tranquila. A Augusto no le ocurrirá nada.
Mientras se sentaba en el auto de su padre, Nadine oyó el chirrido de los neumáticos del otro automóvil.


36,Quai des Orfèvres por la noche

QUAI DES ORFÈVRES. LUNES POR LA NOCHE
—¿Adónde vamos? —preguntó Odette después de unos minutos.
La había sentado en el auto y sujetado con el cinturón de seguridad, como a una criatura. Cuando arrancó, con el rabillo del ojo vio que ella estaba llorando en silencio. Le pasó el brazo por los hombros y le acarició la cara. Él tampoco podía hablar. Ella no resistió su abrazo. Se la veía tan frágil. Marcel sintió que el pecho le reventaba de dolor.
—¿A dónde vamos? —insistió ella, con vocecita entrecortada.
—Al Quai. Donde puedas estar segura— la soltó momentáneamente para tomar el volante y virar en un semáforo.
—¡No! ¡Van a matar a mi familia!
—Odette, tu hermano me dio la orden, y nunca estuve más de acuerdo.
—¡Van a matar a mi familia!
El semáforo cambió a rojo. En un segundo, Odette se soltó el cinturón y abrió la puerta, tratando de saltar del auto, pero él fue más rápido. Había previsto esa reacción, y la tomó del brazo y tirado de ella hacia adentro.
—¡No quiero! —Odette se debatió con furia.
—Lo siento, pero no vas a ninguna parte — le esposó la muñeca izquierda a la derecha de él —Ahora, hagamos lo posible por no matarnos— arrancó a toda velocidad.
—¡Te odio!
—Ya lo sé.
Entró con ella en el edificio, todavía esposados, escandalizando al suboficial de guardia.
—¿Quién está arriba?
—¡Foulquie! —gritó el hombre mientras Marcel arrastraba a Odette por las escaleras. Maldita caprichosa. No, por Dios. Está desesperada, igual que yo. Quería abrazarla, besarla, jurarle que nada le pasaría a su familia, que todo saldría bien.
—¡Foulquie!
El sargento se puso de pie de un salto, enarcando una ceja ante la escena. Marcel abrió las esposas, tomó a Odette por los hombros y la sentó ante uno de los escritorios.
—Por favor... —ella le dio la espalda —¡POR FAVOR! Quiero que te quedes aquí. ¡Foulquie —dijo sin volverse—, que no salga del edificio! Si es necesario, enciérrela en algún lado. Voy a la casa de Massarino.
Se inclinó hacia ella y la besó en la frente. Lo pensó mejor y la abrazó y besó apasionadamente.
—Voy a buscar a tu hermano. No te muevas de este escritorio. Quiero tu palabra.
Ella asintió con un gesto. La besó otra vez y salió.


QUAI DES ORFÈVRES. LUNES POR LA NOCHE.
Foulquie se acercó en silencio.
—Su... cuñada está en casa del comisario SaintClaire, con los niños. El comisario acaba de avisar.
Gracias al cielo. Se le quitó un peso del pecho.
—¿Cómo llegaron...?
El sargento se encogió de hombros.
Un yunque le oprimía el corazón. Odette se frotó el cuello como si con eso pudiera aliviar la angustia. Mi hermano, Marcel... Tengo tanto miedo.
—¿Quiere un café? —le preguntó Foulquie.
—Por favor —murmuró ella con un suspiro.
Mientras el sargento salía, Odette enterró la cara entre las manos. Estoy agotada. Dios mío, que no pase nada. Por primera vez en años se puso a rezar.
Entró un uniformado. Foulquie con el café... El hombre se paró detrás de ella y la levantó de un brazo.
—¡Qué...! —mientras el hombre le esposaba las manos a la espalda.
—Órdenes, señora.
No conozco esa voz.
—¡No es necesario que me espose! —sacudió las manos.
El hombre la tomó del brazo sin abrir la boca y la llevó a la rastra hacia las escaleras. En lugar de ir a las salas de interrogatorio donde pensaba que la encerraría, el tipo la empujó por el patio hacia la calle. ¿Por qué? Odette tuvo un presentimiento espantoso.


Patio interior del Quai des Orfèvres

Se volvió a medias para verlo. Alto, de contextura fuerte, rubio, facciones un poco abotargadas pero atractivas. Ojos azules, casi vacíos de tan claros. Notó que caminaba... No... Marchaba. Cristo, este hombre no es policía. Se estremeció y tironeó del brazo, pero el tipo la sujetó con mano de hierro.
—Un solo movimiento de más y masacro a los que se nos acerquen. O a los que encuentre —le susurró al oído, pegándola a él—. Así me gusta. Tranquila. Vamos a salir con calma.
Hablaba un francés plano, sin inflexiones ni acentos y sin la natural guturalidad del idioma. Extranjero, pero no europeo. Ni norteamericano. Militar, por la forma de moverse. El nombre le estalló en la mente como un rayo. Dios, es él. El estómago le dio un vuelco; le temblaron las piernas y trastabilló. El hombre la sostuvo con una facilidad increíble.
—Despacio. No queremos alarmar a nadie.
En la calle, caminaron muy juntos hasta uno de los patrulleros. Detrás de otros dos vehículos había un hombre tirado en el suelo, en ropa interior. Un hilo de sangre le corría por detrás de la oreja. Perrin. Tiene tres hijos, recordó Odette mientras pugnaba por no llorar de desesperación. Hijo de puta. El hombre la metió en el auto y la sujetó con el cinturón de seguridad. Se caló la gorra, se sentó al volante, y salieron despacio. Dejó el arma entre las piernas. Entre las sombras del interior del vehículo y la visera, no se le veía la cara.
—El mínimo intento de avisar a alguien y te vuelo la cabeza.
Odette no tenía ninguna duda al respecto.
Salieron sin que nadie los molestara, salvo algún saludo ocasional.
A unas cuadras, el hombre detuvo el patrullero detrás de un sedán oscuro, la amordazó con cinta adhesiva y la arrastró fuera del auto. El frío le cortó la respiración. Con la habilidad propia del entrenamiento, el tipo le dio detrás de la rodilla un golpe ligero que la hizo trastabillar lo suficiente como para que él le tomara la cabeza, se la bajara y la sentara en el asiento del acompañante del sedán, en un solo movimiento. Le ajustó el cinturón de seguridad, cerró la puerta y se sentó al volante. Antes de arrancar, reclinó el asiento para sacarla de la vista desde la ventanilla. Comprobó el ajuste del cinturón y se pusieron otra vez en marcha. Sobre la guantera había una Motorola sintonizada con la frecuencia de la policía. Mirando el reloj de pulsera, él dijo:
—Las once y media. En media hora nos encontramos con los muchachos en el Bois de Boulogne. Van a llevar a tu hermano.
La miró de reojo mientras conducía consultando un plano de la ciudad.
—Pensé que iba a tener que servir a una vaca vieja, y me encuentro con una yegua que todavía está para seguir corriendo.
Con la otra mano en el volante, le recorrió el cuerpo. Ella trató de apartarse.
—Eras muy joven para él— le levantó la pollera con la punta del arma—. Todas las francesas son putas. Mirá que usar portaligas. Turra—siguió en francés—. Muy fino. Me gusta.
Odette no entendía todo lo que el hombre había dicho, pero se lo imaginó muy bien. “Puta” suena igual en varios idiomas. Sintió, impotente, cómo las lágrimas de rabia le rodaban por la cara. No quería llorar delante de ese desgraciado. Si consiguiera calmarme, pensar en algo...
El tipo siguió hablando mientras conducía y le metía la mano entre las piernas, buscando el borde del calzón de encaje. Cuando ella se resistió, un violento empujón le sacudió la sien contra el parante del auto.
—No quiero marcarte la cara. No me gusta, así que no me obligues —la miró amenazador mientras le volvía bruscamente la cabeza agarrándola del pelo.
La Motorola zumbaba mensajes anodinos: robos, accidentes de tránsito. Una medianoche tranquila de invierno. Odette alimentaba la esperanza de que alguien hubiera notado la falta del patrullero. ¿Y el cuerpo de Perrin? Escuchó atentamente: lo que se oía por la radio tenía que ser casi incomprensible para el hombre, que la apagó de un manotazo.
—Hablan más atravesado que la puta que los parió —masculló —. Parece que lo de tu hermanito todavía no saltó— le habló en francés mientras le acariciaba un muslo y cuando ella apartó la pierna, se la retuvo violentamente—. Queremos que disfrute del show. Lo mismo que con la mujer. A estas horas deben de haber terminado con ella y los chicos. Espero que mis muchachos se hayan divertido. No con tu hermano, ¿eh? Él tiene que venir entero.
Entonces, el animal no sabía que Nadine no estaba en la casa. Gracias, Dios mío. Quién sabe si Marcel pudo llegar a tiempo. En medio de su angustia, saber que Nadine y los chico shabían escapado de esos monstruos la hizo recuperar algo de esperanza.
—Así que ésta es la capitán Marceau. La puta más cara del mundo. Nos costaste fortunas. Millones de dólares perdidos porque querías vengar la muerte de tu macho — el tono de voz cambió de sarcástico a sombrío. Odette entendía a medias lo que él murmuraba.
—No lo puedo creer. Un cana de mierda. Y la guacha de la mujer que busca venganza trece años después. ¡Como el puto conde de Montecristo, ja! —el auto aceleró rabioso—.Me las vas a pagar, muñeca. Aunque sea lo último que haga, vas a sufrir hasta el último segundo de lo que te queda de vida— se lo repitió en francés para asegurarse de que entendiera la sentencia.
Las luces del alumbrado público pasaban cada vez más rápido. El hombre le manoteó la camisa para desabrochársela y recorrió los contornos del corpiño. Odette tuvo un escalofrío de asco y miedo cuando la mano le bajó el encaje. Cerró los ojos para no ver al hijo de puta humillarle cada lugar del cuerpo donde la tocaba.
—¿Estás llorando de miedo o de rabia? —le volvió la cara y la miró asombrado—. ¡De rabia, puta! —hizo un gesto de incredulidad—. Quiero verte llorar de miedo—continuó con voz ronca—. Tuve una muñequita así, chiquita. Más joven, una pendeja. Después de que la quebré fue como seda. Al final tuve que “trasladarla”. Órdenes.
Ella intuyó el significado de las palabras y la desesperación le trepó por las entrañas, entrecortándole la respiración.
En el bosque se detuvieron en uno de los caminos laterales. Él miró el plano y asintió. Le soltó el cinturón de seguridad y reclinó totalmente el asiento. Se acomodó entre sus piernas, sacó una navaja del bolsillo y tuvo que hacer un esfuerzo para cortarle la ropa interior.
—Todavía te resistís, putita...
Le pasó la navaja a un milímetro de la cara y siguió bajando por el cuello, cada vez más cerca. Un hilo de sangre brotó del nacimiento del pecho izquierdo antes de que ella pudiera sentir el corte. El instinto y el miedo le hicieron contener la respiración para apartar el cuerpo de la hoja que le recorría el esternón y el estómago en una caricia mortífera. Gotitas como perlas diminutas le brotaron del rastro terrible. El hombre dejó la navaja en el otro asiento al tiempo que la sujetaba por el cuello, ahogándola con el apretón. El esfuerzo por respirar hizo que los bordes de los tajos se abrieran apenas y sangraran con un dolor intolerable. La cinta adhesiva le enmudeció el grito en la boca.
La mano de él subió para sostenerle la cara, y el pulgar le arrastró una lágrima. Un instante después la rodilla del tipo se le enterró súbita y violenta entre las piernas. El golpe la paralizó y la dejó sin aire otra vez. Cuando logró inspirar, el dolor casi la desmayó.
Cerró los ojos para controlar la náusea y arqueó el torso, acercándose involuntariamente a él en un esfuerzo por tratar de llenar los pulmones. Sintió que una mano le estrangulaba el gemido en la garganta mientras la otra la recorría en una caricia obscena, pero en lo único en que pudo pensar fue en tratar de seguir respirando. Un acceso de tos ahogada le llenó los ojos de lágrimas y le retorció el cuerpo. ¡Dios, tengo que poder respirar!
Abrió los ojos en el momento en que él miraba el reloj y encendía un cigarrillo. No pudo controlar otro espasmo de horror cuando la mano que lo sostenía la recorrió. Lo vio sonreír mientras fumaba para avivar la brasa, y el brillo rojizo le iluminó los ojos cruelmente azules. Inclinándose sobre ella murmuró:
—Diez minutos. En diez minutos podemos hacer muchas cosas.




Witowlski llegaba al Quai en su utilitario cuando se cruzó con un patrullero en el que salía Marceau, acompañada de un suboficial. La saludó cortés. Esa mujer entendía su trabajo.
—Buenas noches, capitán.
Ella le clavó los ojos. Angustiosamente, pensó él.
—Buenas noches, Vasili —lo saludó Marceau. El suboficial ni lo miró.
¿Vasili? Mientras dejaba el auto y se dirigía al ascensor, Witowlski pensó que era realmente extraño.
Un quejido le llamó la atención. Buscó, y encontró a Perrin con un balazo en la cabeza, semidesnudo, entre dos patrulleros. Las entrañas se le retorcieron del miedo. Witowlski corrió aterrorizado hasta la entrada y avisó al suboficial de guardia. Mientras llegaba la ambulancia, corrió hasta el tercer piso buscando a Massarino. Encontró a Foulquie desangrándose en el pasillo.
—Avísenle a Dubois —alcanzó a decir el viejo mientras lo subían a la camilla.
El pánico le dio ganas de vomitar. ¿Dónde mierda encuentro a Dubois?

XVI° ARRONDISSEMENT. CASA DEL CRIO.MASSARINO
Auguste estaba a unas cuadras de su casa cuando un automóvil se le cruzó delante. Clavó los frenos con un insulto y se bajó sacando el arma de la cartuchera.
—¡Comisario!
Inspiró angustiado y bajó la pistola.
—¡Dubois! ¡Casi lo mato!
—¡Vamos a su casa!
—¿Dónde está Odette?
—La dejé en el Quai con Foulquie.
Lo miró desconfiado pero Dubois insistió:
—Me juró que no se movería de allí.
Volvieron a los autos y se detuvieron cerca de la casa en silencio. Frente a la puerta había un patrullero con las luces apagadas. Había gente dentro. Se acercaron, armas en mano, para encontrar a los dos hombres de la Brigada asesinados a balazos. Auguste sintió detenérsele el corazón. Nadine. Mis hijos. Dubois lo arrinconó contra la pared
—¡No! ¿La casa no tiene otra entrada?
La desesperación no lo dejaba pensar.
—¡Ahí adentro está mi familia! —forcejeó.
—¡Tiene que haber otra forma de entrar!
Dubois tenía razón. Doblaron por la calle lateral hasta la puerta de servicio. En la casa había un silencio de muerte. El pulso le retumbaba en la cabeza. Mis hijos. ¿Dónde están mis hijos? Cuando irrumpieron en la cocina, el espectáculo era de horror. En una de las sillas había un hombre, herido en una pierna; se le veía la rodilla ensangrentada. Dos tipos lo estaban golpeando duramente. Un tercer hombre se ponía de pie, al lado de un cuerpo retorcido en forma extraña. Por la otra puerta podía verse otro cadáver, al pie de la escalera. Los tres giraron, apuntándoles.


PARÍS, BOIS DE BOULOGNE.
—Ahí están. Demasiado puntuales, carajo— la arrastró hacia afuera y le dijo, pegando la boca a la suya amordazada— Vamos. Lo mejor para el final.
Un auto se detuvo a diez metros de ellos. Tres hombres bajaron y uno quedó adentro. En la penumbra del bosque, Odette pudo entrever que el primero tenía la camisa desabrochada y con manchas oscuras. Llevaba las manos detrás de la nuca. El que venía detrás lo empujó, obligándolo a ponerse de rodillas. A pesar de las lágrimas que le nublaban la vista, reconoció a Auguste.
Si hubiera podido, habría gritado de angustia. ¡Mi hermano no! ¡A él no, por Dios!. Los sollozos se le estrangularon en la garganta, sacudiéndole el pecho. Entonces Marcel está muerto. Mi amor. ¿Qué les hice a todos?
Las piernas ya no le respondieron y el hombre tuvo que sostenerla para llevarla hacia el otro auto. El viento le hizo flamear la camisa contra la piel desnuda, pegando la tela sobre las quemaduras y erizándola de frío. Sintió la punta de la pistola enterrársele en el cuello, debajo de la mandíbula. Las esposas le laceraban las muñecas, pero había superado ese umbral de dolor.
—¡Massarino! ¿Te gustó lo de tu mujer? ¡Ahora vas a disfrutarlo con tu hermana!
El hombre la levantó, la arrojó como si fuera una muñeca sobre el capó del auto en que habían llevado a Auguste y le arrancó la cinta adhesiva de un tirón.
—Quiero que tu hermano te escuche.
Señor, si estás en alguna parte, quiero morirme ahora.
Lo último que sintió fue que la tomaba por los tobillos atrayéndola hacia él, al tiempo que le separaba las piernas.

domingo, 5 de julio de 2009

La dama es policía - CAPITULO 28

Foto de Flickr: Esprit de Sel
SUBURBIOS DE PARÍS, MARTES POR LA TARDE
—Comisario, use la máscara para entrar ahí abajo.
No necesitaba el consejo: el hedor del lugar se estaba filtrando desde el segundo subsuelo por el hueco del montacargas y por la escalera de incendio que rodeaba el hueco. La sorpresa había sido mucho más que desagradable, sobre todo porque las ratas presentaron batalla. Finalmente las combatieron con el método expeditivo del lanzallamas. Cerraron la puerta metálica tan rápidamente como lo permitió la cerradura eléctrica y esperaron a que se extinguiera el fuego, que se demoró sus buenos quince minutos, antes de volver a abrirla. Había olor a cloacas mezclado con el de la carne hedionda y quemada de esos bichos asquerosos, más otro, muy identificable, a cadáveres en descomposición.
Auguste ya conocía al enemigo: había sufrido la presencia ubicua de las ratas durante su infancia en las bambalinas y los sótanos de la Ópera-Garnier. Siempre había un tramoyista persiguiendo a alguna que intentaba comerse las cuerdas de los contrapesos; los vestuaristas se quejaban a la administración del teatro porque cada tanto, los trajes más antiguos aparecían mordisqueados; a pesar de los intentos de exterminio, las chicas gozaban de buena salud y de un increíble poder de recuperación.
Tuvo un encuentro cercano con una de buen tamaño una vez que, aburrido, se escurrió del camarín de sus padres durante un ensayo general. Fue a su lugar favorito, los talleres de escenografía. Tenía muchos amigos entre los escultores, pintores, carpinteros y demás artesanos que trabajaban en el teatro. Era tarde, el taller estaba vacío y subió por la escalera de una escenografía para deslizarse por la balaustrada. Cuando se estaba trepando, un bulto gris chilló delante de su nariz. Saltó por encima de él mientras la cola larga y dura le rozaba la cabeza. Él gritó y salió corriendo aterrorizado; en sus siete años de vida nunca se había enfrentado a un enemigo tan feroz. Tardó bastante en volver de visita al taller, pero tuvo la valentía de no contarle nunca a nadie que había huido frente a una rata. Durante un tiempo mantuvo una conducta tan ejemplar que su madre pensó que estaba enfermo.
Cuando Odette tuvo edad suficiente para acompañarlo en el safari, la llevó a ver la ruta de los bichos y las hileritas de paseantes que hacían equilibrio en la cuerda floja de los contrapesos de los telones. Afortunadamente, su hermana siempre mostró un respeto muy saludable por las chicas, y lo consideraba un héroe por su hazaña contra el rey de los ratones del "Cascanueces", que era casi la versión que le había contado de su encuentro con el peligro.
Para vanagloriarse, también la llevó a conocer al empleado de la empresa de exterminio de plagas. Odette le hizo tantas preguntas que el pobre tipo, aburrido de aguantarlos, rezongó preguntándoles si no serían los hijos del conde Drácula, tanto interés mostraban por las ratas. “No. Somos los hijos del señor y la señora Massarino”, respondió él. El hombre abrió la boca y la cerró con el asombro dibujándole una expresión cómica en la cara. Los hermanos aprendieron muy temprano la importancia de los nombres influyentes. Después, hecho un almíbar de amable, el hombre les dio una de las mejores clases de su vida sobre biología de roedores. Les explicó las costumbres y les mostró las señales del paso de los bichos, dónde dejaban los excrementos, qué comían —prácticamente de todo— y los sitios en los que preferían vivir y anidar; por último les mostró todos los venenos que llevaba. “¿Y si no quieren comerse el veneno?”, insistió la chiquita. “Entonces las corremos con fuego, pero eso es peligroso y sólo puede hacerse en cloacas o lugares que puedan cerrarse, para no dejar salir a las ratas o, peor, propagar el incendio”. Tampoco era cuestión de arrasar París por unas ratas de porquería.
—Comisario, habría que llamar al forense —la voz del oficial salía deformada por el filtro antigás.
—Vino conmigo. Está poniéndose la máscara.
Carajo, siempre creí que los forenses eran capaces de aguantar cualquier cosa. Los ojos del patólogo, única parte de la cara visible detrás de la máscara, se habían abierto de horror. No era para menos: aquello era un osario. Los hombres recogieron los restos en bolsas de plástico. Gracias al cielo que Odette no está aquí, pensó Auguste.



—¿Qué había?— preguntó Marceau a media voz.
—No creo que les guste— Massarino los miró a ambos con una mueca inconfundible. Un par de auxiliares del forense estaban cargando bolsas de plástico negro. Nikolai Paworski miró al comisario y señaló con la cabeza hacia el fondo del pasillo.
—Una auténtica Corte de los Milagros, ¿eh?
Massarino asintió, todavía asqueado y pálido. Ráfagas de hedor trepaban por el hueco del montacargas. Subieron a la planta baja en silencio. Por fin el comisario habló.
—Un minicementerio. Sin demasiados restos, porque las aguas servidas habrán arrastrado la mayor parte y los bichos hicieron lo suyo también.
—Habría que demoler este edificio de mierda hasta los cimientos— dijo el ingeniero sin mirar a nadie. Con lo que había visto con Marceau y Dubois en el pasillo del segundo subsuelo era más que suficiente para tirar abajo todo el lugar. Digna copia de un campo nazi de exterminio resultaron las catacumbas; habían reemplazado el horno por las cloacas.
—Los cimientos... —murmuró Marceau—. Estábamos en los cimientos del edificio...
—Los muros son muy viejos —comentó Massarino, y cruzó miradas con Marceau. Comunicación telepática. Cuando estos dos empiezan a hablar en código Morse, uno se queda indefectiblemente afuera, pensó Paworski, un poco molesto.
—¿Como las cloacas? —Marceau.
—Más viejos. En esta zona no son tan antiguas —Massarino. Y después de un silencio: —¿Pagaron para que la traza pasara por aquí?
—Qué vecinos influyentes... —acotó Marceau, sombría—. ¿Quién es el verdadero propietario? —y señaló con un movimiento de cabeza a su alrededor.
—Buena pregunta, mejor respuesta.
—Te atrapé, rata— Marceau no se refería a ninguno de los presentes—. ¿Qué tenemos?
—Nada, ni papeles ni escrituras— Massarino negó con gesto torcido —.Los abogados que detuvimos tampoco tenían nada.
—¿Extranjeros?
— Más que una posibilidad. Pero sería peor que buscar una aguja en un pajar.
—¿Ya te diste por vencido?— Marceau azuzó al comisario.
—¿Apostamos? — Massarino levantó una ceja desafiante.
—Pero si los encontramos...
—Nada. Si los encontramos, nada— aclaró Massarino—. Nada de desapariciones.
—Uf…— Marceau echó la cabeza hacia atrás, visiblemente molesta.
—Uf, un carajo— contestó el comisario.
Paworski los miró sorprendido. ¿Massarino tratando así a Marceau?
—No quiero movimientos raros. Es una orden.
E indiscutible, o por lo menos eso se desprendía de la expresión y el tono duro del comisario.
—Sí, comisario— Marceau aflojó los hombros y no volvió a replicar.
Ésta es buena. Parece que Massarino sabe cuándo aplicar el peso de la autoridad, el ingeniero sonrió para sus adentros.
—¿Qué es esa cantidad de carpetas que Dubois, Meyer y los otros llevaron a la Brigada?- preguntó Massarino.
El comisario cambió de tema. ¿Negociando la paz? Paworski paseó la mirada de uno a otro mientras ella explicaba.
—Paworski también encontró grabaciones de entrevistas.
—Vamos a tener unos días muy entretenidos cazando ratas por todo el país — Massarino esbozó una sonrisita siniestra.
—Ya lo creo — acotó el ingeniero — A los de la Riviera no va a gustarles nada arrestar a los que los invitan a las fiestas...
—¿Qué tal los próximos titulares de las revistas de actualidad? “Visitamos la elegante celda del barón von Deustche”... “Motín de presos por la falta de champaña en los almuerzos: Exigimos que se nos trate de acuerdo con nuestra clase social”... —Marceau tenía una expresión malévola.
—Abajo el clero y la monarquía— Massarino se rió.
—Viva la Revolución — y se rieron los tres.


Marcel corrió al gimnasio sólo para encontrar a Paworski que se ejercitaba con unas pesas. A los cincuenta y siete años, el ingeniero conservaba el físico ágil y nervioso de un deportista. Eran bastante más de las siete y media. Sin darse cuenta, Marcel golpeó el marco de la puerta de entrada con el puño. Mierda. Necesito encontrarla, hablar con ella. Paworski se volvió.
—Se fue hace diez minutos.
No hacía falta que dijera quién. El gesto de contrariedad de Marcel debió de ser tan evidente que, cuando daba media vuelta para irse, Paworski lo llamó.
—Dubois... —hizo una pausa, esperando que lo mirara—. Habitualmente me interesa un cuerno la vida del prójimo, y creo que eso es evidente —el ingeniero sonrió a medias. Marcel lo miró con el entrecejo fruncido.— Pero voy a hacer una excepción. No por usted, sino por Marceau.
¿De qué está hablando? Su silencio invitó al otro a continuar.
—No es fácil trabajar con alguien brillante, más inteligente que uno. Sobre todo si ese alguien es una mujer. Cuando se consigue aceptar ese hecho, trabajar con Marceau constituye un absoluto placer intelectual, del que personalmente disfruto tan a menudo como puedo.
Marcel se quedó sin palabras.
—Placer que, imagino... repito: i-ma-gi-no —remarcó Paworski— sólo debe ser superado por el de llevarla a la cama.
Marcel lo miró con la mandíbula encajada y los puños apretados, pero el otro no se amilanó.
—No cometa el error de subestimarla, Dubois. Sus compañeros anteriores fueron unos imbéciles que, o no soportaron que ella fuera dos pasos delante de ellos, o creyeron que era una muñequita con la que entretenerse en horarios de trabajo.
—Nunca... nunca pensé en ella... de esa forma —. Era cierto.
—Le creo. Segunda advertencia, teniente. No crea en las estupideces que circulan por este lugar. En los años que he pasado aquí, nadie ha podido alardear de haberle tocado siquiera un pelo de la cabeza. Y no sólo eso. Estoy por demás seguro de que ella jamás ha sido ni será la amante, no ya de los que le adjudican de oficio, sino de ningún tipo que camine por la faz de la Tierra, simplemente porque no es segunda en nada ni de nadie — Paworski hizo una pausa, esperando que asimilara lo que acababa de decir. —¿Sabe? Tiene una voz magnífica. Una vez le pregunté por qué demonios no se había dedicado a la lírica en lugar de venir a hacerse matar en la Brigada. Me respondió que las contralto nunca son prime donne. ¿Entiende lo que quiero decir?
Marcel bajó la cabeza, atormentado por los recuerdos. Dios, cómo pude...
—Pero... —vaciló. Paworski parecía saber —¿Y... Massarino? —preguntó casi sin voz.
—Observe, Dubois. Aprenda. No sé qué clase de relación tienen pero no es lo que el populacho imagina.
Marcel se sobresaltó pero no abrió la boca. Paworski siguió.
—Es algo mucho más profundo... pero no carnal, no al menos de cuestiones de cama. A veces pareciera que se leen la mente mutuamente, y eso me da escalofríos... Es extraño de entender... pero comparten algo muy íntimo... que no es el dormitorio.
Hicieron un silencio muy largo. Por fin se atrevió a preguntar otra vez.
—¿Por qué me dice todo esto?
Paworski hizo una pausa. Lo miró a los ojos y Marcel reconoció sus propios sentimientos en el otro.
—Porque yo también estuve enamorado de ella.

BUENOS AIRES, MARTES POR LA TARDE
—¡Dame ese fax! —se lo arrancó de las manos con violencia. Ahí estaban. Los nombres, las direcciones. Las fotos.
—¡Pará, boludo! ¡Lo vas a romper!
—¿El tipo quién es? —preguntó el Tigre.
—El comisario que dirigió el copamiento.
—¿Y ella? ¿Es la minita del quía?
—No. Cana también. La hermana.
—¿De quién?
—¡Del comi! ¡Dejame de joder!
Mengele se acercó en silencio, a leer por encima de su hombro.
—Marceau —murmuró ominoso—. Igual que la encomienda.
El Brigadier miró con esos ojos azules terribles.
—¿Qué querés decir?
—Lo que te vengo diciendo desde hace un montón. ¿No te acordás de cuando al Tano lo fueron a ver esos “parientes”? ¿Lo que le habían preguntado?
—¡Carajo, siempre hinchando las pelotas con eso! ¡Pasó hace trece años! ¿Quién mierda...?
—Ella, pelotudo —se le acercó hasta que pudo sentirle el aliento—. Es la mujer. ¿Por qué mierda no leés? —Mengele estaba blanco de rabia. Parecía a punto de pegarle una trompada.
Es cierto. Yegua de mierda, ¿buscás vengar a tu macho? ¿Nos cagaron todo un operativo de años por cargarnos a un cana? Miró la fotografía. No tiene nada que ver con el tipo. Él tendría arriba de cincuenta si viviera. ¡La puta que la parió!
—¿Estas fotos son actuales? — el Tigre ocupándose de minucias, como siempre.
—¡Cómo no van a ser actuales! —rugió Mengele.
—Linda, la turra —se miraron con Cachorro—. Che, Mengele, ¿estás seguro de que es la mujer del paquete? Es un poco joven.
—¡Terminen de hablar pelotudeces! — el Brigadier los fusiló de una mirada.
—Cagamos. El jefe está caliente.
—Nos vamos para Lisboa. Vos —al Tigre—, vos —al Cachorro—, el Mula y el Yarará vienen conmigo. Como ordenó el viejo, pero antes vamos a dar un paseíto por Europa.
Hizo una pausa y siguió con el odio tiñéndole la voz.
—Tenemos un fin de semana. No lo voy a desperdiciar. Mengele, vos también. Estamos todos en el mismo barco.
—¿Y si se avivan?
—¡De qué!
—¡De que no fuimos! ¡Las órdenes son estar antes del lunes! —el Cachorro siempre tan obediente.
—Las conexiones con África son una mierda. El Yarará ya se comió sus buenos plantones anclado en Lisboa y Dakkar.
—Seguro, hermano— el Yarará asintió. —Además, es un “toco y me voy”, ¿no, jefe?
El Brigadier lo miró con furia, pero después se rió.
—“Toco y me voy”... Va a ser un poquito más que “toco”...
—¿Qué pensás hacer? —Mengele se cruzó de brazos, con cara de culo.
—Los voy a reventar. A la puta esa y al hermanito.
—Estás pensando en caliente. Eso no sirve, es una pelotudez. No podés pisar la mitad de Europa. Y estás desobedeciendo órdenes directas.
—No me busqués, Mengele.
—No te pongas al viejo más en contra todavía. Bastante quilombo tenemos como para que te dediques a asuntos personales. Ya hablaste con el tira de allá. Dejá que se encargue él.
—¡Es un pelotudo! ¡Un inútil! Hoy, ¿entendés? ¡HOY consiguió todos los datos! ¡Forro! Como no se encargue de los que le tocan a él, lo reviento. Esos canas ya se cargaron prácticamente a todos —bajó la voz, ronco de rabia—. Falta que vengan a golpear la puerta para rompernos el culo en casa. No, macho, los voy a hacer mierda personalmente.
—¿Y vos qué sabés si consiguieron los datos hoy? ¿Te creés que arriba no estaban enterados de quiénes eran?
Lo miró furioso. Sí, el viejo tiene que saber. Guacho de mierda, ¿lo supo todo el tiempo? La boca se le deformó en una mueca de violencia. ¿Y por qué los va a perdonar? ¿Tiene miedo? ¿De quién? Si nadie nos toca el culo. ¿El viejo se volvió cagón? No. El pensamiento lo azotó como un trallazo. Es un manejo de Ortiz. Negro de mierda, te diste el gusto de ponérmelo en contra. Estás todo el tiempo con él, llenándole la cabeza. Me odiás y yo también te odio. Me quitaste el lugar junto al viejo, pero te voy a devolver el favor. Nadie me va a sacar lo que me pertenece ni decirme lo que tengo que hacer. Voy a arreglar este quilombo, y cuando vuelva, van a saber quién manda. Se terminó Ortiz. Se terminó el viejo.
La decisión le recorrió el cuerpo con un estremecimiento. Se terminó el viejo. La sola idea del poder que iba a caerle entre las manos le sacudió la entrepierna.
—Te estás jugando la cabeza por una calentura... —insistió Mengele ante su silencio.
Agarró al doctor del cuello de la camisa y lo sacudió contra la pared.
—¿Qué te pasa? ¿Tenés sangre de pato? Cuando hay que apretar a alguno, mandar a la parrilla, trasladar, cogerse minitas, laburo fácil, ¿eso sí te gusta? ¿Reventar por encargo a periodistas sí te gusta? ¿Y ahora que hay que defender lo nuestro, me decís que estoy caliente? ¡Claro que estoy caliente! —lo sacudió de nuevo—. ¡Muy caliente! ¡Tanto que la puta esa va a maldecir el día en que nació!
Siguió sacudiéndolo y golpeándolo. Para cuando pudieron sacárselo de entre las manos, Mengele estaba muerto.
—Tírenlo por ahí. Total, a este hijo de puta no lo quería ni la familia. Preparen todo. Y ni una palabra del paseíto.
—Sí, señor.
El Tigre le hizo señas al Cachorro. Se acabó la joda. El jefe se calentó en serio.

martes, 16 de septiembre de 2008

La dama es policía - Capítulo 12


Crio. Auguste Massarino
PARÍS, PRINCIPIOS DE OCTUBRE DE 1996
—Que hiciste qué? —Auguste mordió las palabras, más que pronunciarlas en voz baja, mientras golpeaba el escritorio y se ponía de pie, empujando el sillón hacia atrás. El hecho de que no gritase era señal inconfundible de furia asesina.
Ella lo miró impasible, sin abandonar su asiento, mientras Auguste rodeaba el escritorio en dos zancadas, para sacudirla por los hombros.
—¿Te volviste loca? ¡Por Dios! ¿Cómo carajo se te ocurrió?
Odette trató de mantener la calma mientras explicaba como si su hermano fuera deficiente mental.
—¿De dónde íbamos a conseguir las preciosas cartas para Dubois? ¿De la embajada? ¿O pensabas presentarte en el puerto de Monte Carlo, placa en mano, a preguntar si alguien estaba dispuesto a cola-borar con la Brigada Criminal? Tienen que ser comprobables, desde el membrete hasta la firma. ¡Deben ser reales! Si no, ¡es lo mismo que mandar a Dubois al pelotón de fusilamiento!
—¡Desapareciste cuatro días! —rugió Auguste sin mirar siquiera los papeles que ella había dejado sobre el escritorio.
—Marguerite te avisó— Odette apoyó los codos en la madera y la frente en las palmas.
—¡Menos mal! ¡Gracias a eso me enteré y estuve un poco menos preocupado! — se detuvo para respirar y bajó la voz —¿Te das cuenta del problema en que estás metiendo a la familia?
—La familia estaba perfectamente al tanto de lo que fui a hacer.
Auguste la miró a medias sorprendido.
—De hecho— Odette continuó—, Renzo y Ciro me acompañaron. Me demoré para esperar esos papeles.
—¡Y volviste en tren! ¡Desde Nápoles! ¿Por qué no tomaste un puto avión? —otro sacudón al sufrido escritorio.
¿Auguste diciendo palabrotas? Debe estar enojado de verdad. Dios santo, es un hinchapelotas. Odette se levantó tratando de contenerse para no patear la silla. Después de todo, el mobiliario pertenece al Estado.
—Porque quería dormir. Tomé el primer vuelo que encontré y llegué a Milán. De ahí, otro avión a Nápoles. Después a Ischia. Después el velero a Capo Calavà. Esperé los papeles y Renzo me llevó de vuelta a Ischia. Quería dormir un poco.



Marcel entró sin golpear. Llegaba tarde a la reunión con el comisario y las caras de culo que encontró lo dejaron frío. Murmuró una disculpa y volvió a salir, pero antes de que pudiera cerrar la puerta, Odette la sostuvo, salió y cerró.
El vestido negro de lana le disparó la adrenalina. Intentó despegar los ojos, pero fue tan obvio que ella le disparó una mirada asesina. Giró acompañando su paso mientras trataba penosamente de encontrar una disculpa: el puto vestido era tan devastador cuando llegaba como cuando se iba. Inesperadamente ella giró la cabeza y con una extraña sonrisa le dijo:
—La barba te queda bien, Duque de Mantova —y se encerró en su cubículo detrás de una montaña de papeles. Él sonrió, algo más relajado ante la pequeña broma privada. El sargento Foulquie observaba la escena en silencio, y Marcel lo miró con expresión culpable. Foulquie le sonrió con los ojos.
—Yo no lo intentaría, teniente —comentó en voz baja.
Marcel frunció la frente y lo interrogó con un gesto. El otro explicó a media voz:
—En el tiempo que llevo aquí, que es bastante, nadie... Repito: nadie... pudo acercársele más que para entregarle papeles. La dama tiene una gentileza que desarma hasta que intentan pasarse de la raya. Entonces, un glaciar es más simpático.
El cabo Bardou se unió a los comentarios, codeando al sargento.
—Coto de caza privado, Foulquie —y con la cabeza señaló la oficina de Massarino.
—No seas idiota, Bardou. Qué saben —rezongó el otro.
—Dicen... —respondió Bardou, encogiéndose de hombros—. ¿Por qué cierran la puerta cuando están juntos? ¿Para que no los escuchen? —Foulquie hizo un gesto con la mano y le dio la espalda, pero Bardou insistió: —¿O para discutir? Porque discuten, ¿eh?...
—Seguramente les guste ese estilo —acotó venenosamente alguien de uniforme. Una rubia muy, muy atractiva, esa cabo Sully, muy del tipo que le gustaba a él. Había estado a punto de invitarla a salir un par de veces, con la seguridad de que ella no lo rechazaría. El día que tenía pensado arreglar una cita con la rubia, Massarino lo había asignado al caso con Marceau.
—No sé qué le ven. A ella, digo. A Massarino —siguió la cabo, bajando la voz— lo pasaría por las armas de todo corazón —y miró a Marcel con idéntica vocación por el fusilamiento— Ay, teniente, parece D'Artagnan con la barba.
Pasó a su lado y le acomodó el mechón que se le había deslizado por la frente, mientras Bardou le hacía un gesto cómplice. Marcel le sonrió a medias a Sully, dándose cuenta de que lo hacía casi por compromiso.
—Imbéciles —murmuró Foulquie mientras volvía a su escritorio.
Marcel se detuvo un instante antes de entrar en la oficina del comisario. ¿Qué le ven? La forma de congelarte o incendiarte con la mirada. Cómo te pasa cerca. Cómo camina. Cómo le quedan los vestidos negros.

Auguste hizo el intento de cambiar la cara cuando Dubois entró, pero falló.
—Lamento llegar retrasado, comisario.
—Está bien —Auguste suspiró pesadamente al tiempo que aflojaba las mandíbulas—. Estas son las cartas de recomendación que necesita. ¿Tiene listo el resto de la documentación personal?
—Sí, señor. Las fotos las haré después, cuando me corte el pelo— y se lo tiña, recordó Auguste, pero no eran cosas de decir entre hombres grandes.O policías. Teñirse es cosa de futbolistas y de actores de cine, no de canas, razonó.
— Excelente falsificación— decía Dubois repasando la cartas.
—Son auténticas, teniente. Desde el membrete hasta la firma y el sello— vio la sorpresa pintada en la cara del otro mientras continuaba —.Este dossier es para que lo lea antes de partir.Es información sobre el príncipe Al Faid que podría llegar a necesitar: fotos, fechas, situación del país, cosas así.
Dubois asintió con la boca abierta y la cerró para tartamudear.
—Señor... no esperaba algo tan... real.
—Nos permitimos hacer lo propio con sus datos para el príncipe — Auguste continuó, sin responderle—. El conocimiento debe ser mutuo. Esta gente sin duda verificará por partida doble los datos que usted les dé.
Odette había preparado todo a sus espaldas y eso lo ponía furioso. En realidad, lo que más lo irritaba era no haber previsto lo que ella haría. En fin, lo usual con Odette, pensó con un suspiro furioso. Dubois hojeaba los papeles con expresión de perplejidad cuando sonó el teléfono. Se sobresaltó y tomó mecánicamente el auricular del interno. La campanilla siguió sonando; era la línea directa.
—¡Hola! —respondió bruscamente.
Augusto, sono mamma.
El corazón le dio un vuelco.
Mamma, cos’è successo? - ¿Qué pasó? Auguste sintió que se le retorcía el estómago.Dubois se levantó y salió del despacho,cerrando la puerta.
—Nada, querido — Lola continuó en italiano—, pero quería hablarte de tu hermana.
Dios, ¿y ahora qué? Algo se complicó. Cuando corte, la mato. Golpeó al pobre escritorio, tan fuerte que su madre debió escucharlo del otro lado del teléfono.
Figlio mio, debes confiar en Odette. Ella jamás, jamás haría algo que pudiera perjudicarte. No a nosotros. A ti. Te ama, Augusto. Su única preocupación al venir y hablar con... —Lola no pronunció el nombre. Madre de un cana. —...con ellos... era que nada de lo que ocurriese aquí pudiera afectarte personalmente o en tu trabajo. A te, Augusto, capisci?
Se sintió un absoluto gusano.
—Pero si yo...
—Figlio mio, te conozco. Ellos van a ayudar. De verdad.
Auguste podía imaginar la sonrisa resignada de su madre.
—Ya lo hicieron, mamma. Lo que Odette consiguió es... increíble.
—Harán más. Son gente de honor. Yo te llamaré para mantenerte al tanto. Un beso y un abrazo a Nadine y a mis nietos.
Ciao, mamma. Baci a tutti.
Sin duda, papá estaba junto a la mamma mientras hablaban. Y alguno más. Estas cosas se hacen en familia. Se recostó en el sillón. Entonces mamma sería el “correo”: la intermediaria perfecta. Se levantó para hacer pasar a Dubois.
—Era mi madre. Cosas de familia —se disculpó mientras el otro sonreía comprensivo.
El teléfono volvió a sonar. Esta vez sí era el interno. Hizo un gesto de resignación y levantó el auricular correcto.
Augusto, scusami — era Odette, pidiéndole disculpas.
Scusami tu —cerró los ojos y giró el sillón para que el teniente no viera su expresión culpable.
Non avrei dovuto prendere il treno... (1)
Se reprochó por enésima vez el haberle gritado por lo del tren de porquería.
Non fa’ niente. Ci vediamo stassera?(2)
Va’ bene.
Strega.
Cretino.
Bien, la familia reunida otra vez: mi mujer, mis hijos y mi hermana. Sonrió satisfecho.La sonrisa casi se le congeló cuando después de colgar recordó que Dubois también hablaba italiano. Tengo que pedir que Mantenimiento cambie este interno de mierda. El parlante del auricular amplifica demasiado y se escucha al que habla del otro lado. Bah, tampoco fue una conversación importante. Cosas de familia.


Marcel reconoció instantáneamente la voz del otro lado. Así que coto de caza privado. ¿Pero quién sale de cacería? Apretó la boca para que el gesto de irritación no lo traicionara.
La alianza de oro en la mano del comisario no era garantía de fidelidad. ¿Y ella se tomó el trabajo de aprender italiano para darle gusto? No me parece del estilo de darle gusto a nadie. La llamada de disculpas pareció más una segunda oportunidad para Massarino que para ella.
Chocolate en estado puro. El solo aroma te hace desear probarlo, aunque sepas que te deja la boca amarga. No, viejo. Lejos de la tentación, lo más lejos posible. Aunque me muera por saber a qué sabe, capitán. La sonrisa de Massarino terminó de arruinarle la mañana y lo dejó de muy, muy mal humor para el resto del día.


Scilingo admitió que hubo unos 200 vuelos de la muerte - Infobae.com
BUENOS AIRES, PRINCIPIOS DE OCTUBRE DE 1996
—El Tano nos cagó —dijo el Tigre mientras le pasaba el diario.
La foto del “Tano” acompañaba un titular y notas de varias páginas. Un arrepentido y la puta que lo parió. Sintió intensos deseos de reventarle los sesos a patadas.
—Tranquilos. No nos pueden hacer nada —comentó Mengele.
Tenía razón. Nadie podía tocarlos. Ése había sido el arreglo para la “pacificación nacional”
—Dejálo que hable al pedo— insistió el doctor.
—Tengo una idea mejor —se le acababa de ocurrir —.Llamen al Turco. Que lo tape de mierda hasta la nariz. Que lo enganche con algo y lo entierre.
—¿A cuál? Digo, cuál Turco... —preguntó el Tigre, con los ojos muy abiertos.
— ¡Al Camionero, pelotudo! Se enganchó en la custodia, ¿no?
—Bien pensado, capi —el Tigre sonrió, más tranquilo.
—Mayor, nene. Ahora soy mayor.
Se rieron a carcajadas. El negro de mierda ascendió a teniente coronel. El pensamiento le amargó su propia promoción.
—Esperen —Mengele, siempre tan puntilloso, tan memorioso —¿Qué sabe el Tano de la operación nueva?
—Nada. Ya estaba afuera cuando empezamos.
—Pero lo del franchute... la encomienda.
—¡Cómo no va a saber, si él lo llevó al hotel!
—Entonces...
—¡Pero quién carajo se acuerda!
Mengele dio media vuelta y salió sin contestar.
—Hacete el vivo y tratá de poner un pie en Francia, y vas a ver cómo se acuerdan —chicaneó el Tigre.
—No necesito estar para dirigir las operaciones —fanfarroneó—. Les di las instrucciones, la forma de hacer los operativos, de entrenar al personal... —se rieron a carcajadas.
—Briga, sos un hijo de puta —en ese tonito admirativo que cambiaba el sentido del insulto.


—Hay problemas —comentó Mengele, preocupado.
—¿Otro arrepentido?
—No. Algo referido a nuestra encomienda.
—¡Pero carajo, basta! Eso está terminado hace años. El tipo debe de estar muerto hace rato.
—Sí. Pero tenía familia.
—¿Y?
—Parece que aparecieron.
—Repito: ¿y?
—¿No sabés? Alguien contactó al Tano en la cárcel.
—No puede salir del país aunque lo larguen. El Turco hizo bien las cosas. Está hasta la jeta en no sé qué quilombo —reaccionó ante la información —¿Quiénes son? Los que lo fueron a ver...
—No sé. Otros tanos. Parientes, pareciera. De afuera.
—¿Y qué tiene que ver con la encomienda?
—Los escucharon, ¿entendés? Siempre escuchan cuando es uno de los nuestros. Y los tanos le preguntaron por ese asunto. Nada más que por ese asunto. No me gusta una mierda.
—¿Qué más? —la conversación había tomado un giro que no esperaba.
—Hablé con el contacto francés. Comentó que están pasando cosas. Cosas raras...
El Brigadier lo interrogó con una mirada que erizaba los pelos de la nuca.
—Se está armando algo dentro de la Brigada Crimi-nal. La misma de la que vino la encomienda — explicó el doctor.
—¡Ya sé, ya sé! ¿Y? —el tono cambió de impaciente a violento —¡No te hagas el misterioso, Mengele! ¿Qué pasa con la Brigada?
—Parece que es un operativo del que nadie sabe mucho. Habló de cuerpos especiales. No se sabe quiénes son. Pero parece que manejan asuntos gordos. A nivel internacional.
—Si la Interpol está metida, no hay problema. El viejo se encarga de que no jodan. Tiene buenos contactos —se rió sobrador, con una tranquilidad que estaba dejando de sentir.
—No, no es la Interpol. Es francés. Andan atrás de cosas grandes, jodidas, pero con mucho cuidado, ¿entendés? Nada de publicidad, nada de uniformes. Todo muy calladito. Ya hubo otros operativos que anduvieron bien. El asunto del tráfico de bebés, por ejemplo.
—No me vas a decir que con eso no pudieron saber de quiénes se trata.. Hacé el favor...
—Sí te lo voy a decir —Mengele encajó la mandíbula para no putearlo —Nadie larga información, ni para los diarios. Cuando se destapó la olla de los pibes, se mencionó solamente a la Prefectura de París, sin especificar nada más. Sin nombres ni fotos. Saltaron un par de capitostes en una secretaría de no sé qué, gente de guita en cana, pero sin demasiado ruido en los medios. No quieren levantar la perdiz, tanto que ni la propia gente de ellos está segura de quiénes son.
—¿Y el contacto cómo mierda sabe del “escuadrón secreto”, entonces? —burlonamente incrédulo.
—Siempre algún boludo deja escapar algo. Pero esto es en serio. Parece que después de la buchoneada al boludo le dieron el traslado.
—¿Boleta? —preguntó el Tigre, sorprendido.
—No, animal. Lo trasladaron al interior. A un pueblito de mierda —contestó Mengele, moviendo la cabeza—. Así que chau, no hay más rumores. Pero no me gusta.
—A mí tampoco —murmuró el Brigadier, apretando la mandíbula en un gesto sombrío—. A mí tampoco.


(1)No debería haber tomado el tren
(2)No es nada. ¿Nos vemos esta noche?

domingo, 31 de agosto de 2008

La dama es policía - Capítulo 10


36, Quai des Orfèvres - Fuente: Le Figaro

PARÍS, 1980
Cuando Auguste anunció que deseaba ingresar en el cuerpo policial, sus padres se miraron y se sentaron a hablar muy en serio con su hijo mayor. Franco y Lola eran franceses por adopción; la República les había otorgado la ciudadanía como reconocimiento por ser figuras de la danza nacional e internacional, con una prolongada residencia en Francia.
—Pero yo sí soy francés, papá. ¿Qué problemas podría haber?
Figlio mio (1)—había dicho Franco —,la familia de tu madre es siciliana; tu madre nació en Sicilia, y tu abuelo Augusto y yo somos napolitanos. ¿Crees que la policía no podrá averiguarlo? Además, tienes tu carrera de abogado. Creímos que querrías ingresar en algún estudio importante. Tuviste buenas ofertas...
— Papá, no tenemos nada que ocultar, ¿verdad? Quiero decir...
—Un momento, Franco, Auguste tiene razón — Lola saltó —. Nuestras familias no tienen nada de reprobables. Estoy más que orgullosa de ser quien soy y creo que tú sientes lo mismo, ¿verdad?
—El orgullo familiar no tiene nada que ver. No quiero que Auguste se ilusione con algo que quizá no resulte. Además, a la familia podría no gustarle...
—¡Franco! ¡Vivimos en Francia, con hijos franceses, y con uno que desea servir a su país! ¿Crees que me preocupa lo que puedan pensar los amigos de mi padre? ¿Crees que a mi padre le importaría lo que ellos pensaran de su nieto, si hace algo honesto?
Nonno Augusto entró desde la cocina, devorando a conciencia una porción de provolone, e interrogó con la mirada a Odette, a la vez que alzaba el mentón y juntaba los dedos de la mano izquierda en un significativo montoncito.
—Auguste quiere ser policía.
Ohe! ¡O'scugnizzo más famoso de Nápoles va a tener un hijo sbirro(2)! ¡Ja! ¿Te van a dar una moto?— dijo el nonno mientras palmeaba el brazo de su nieto. Auguste había alcanzado un incómodo metro ochenta y siete como para que nonno y papá le palmearan el hombro. —Pregúntale, pregúntale a tu padre cómo se divertía con sus amigos cuando Antunino u'pazzo (3)esquivaba a la policía con su moto—se jactó el nonno mientras volvía a la cocina por un vasito, sólo un vasito, ¿eh?, de Chianti
— ¡Papá, cuidado con el queso que te sube la presión! - advirtió Lola y aterrizó sobre la información —¿Qué? ¡Espera, papá! ¿Qué dijiste de Franco y Antonino?
Ecco perché mi prendo il vino(4).El provolone se come con vino y el vino es bueno para el corazón... ¡Antunino era el rey de la casba en Forcella!
—¡Así que eras amigo de Antonino! —exclamó Lola, mirando a Franco entre ofendida y divertida.
— Un momento, Lola, yo era un mocoso, y Antonino tendría veinte o veintidós años...
—¡Y te atreves a hablar de mi familia!
—¡Yo no dije nada de tu familia!
Lola emprendió el camino de la cocina con gesto de prima donna ofendida mientras Franco la seguía disculpándose a los gritos.
O 'ccapite pecché l'opera è italiana ?(5) —dijo nonno Augusto tirándole de las orejas a Auguste, que se había sentado para reírse más cómodamente —.Policía, ¿eh? ¡Y con la moto!
—No, nonno —riéndose todavía—. Sin la moto. Quiero ser oficial, hacer carrera.
—¡Un figurone(6)! ¡Ja! ¡Como los que vinieron a husmear cuando nos robamos el acorazado americano en la guerra! Nunca les conté, ¿eh? Papá era un bambino y nos divertimos como locos...
Auguste se salió con la suya e ingresó en la Escuela Superior de Policía. Una carrera brillante para un abogado brillante. Y con el respaldo de uno de los mejores, el inspector Jean-Luc Marceau. A los treinta y cinco años y después de ascensos meteóricos, Jean-Luc se había ganado el respeto tanto de sus superiores como de sus subordinados. Solterón empedernido por propia definición, insistía en que el matrimonio era un impedimento para la carrera policial, aunque la prolífica PJ(7) se empeñara en demostrarle lo contrario. Auguste se fascinó desde un primer momento con el inspector, pero el flechazo fue mutuo.
Jean-Luc Marceau había estado a cargo de la investigación de rutina de la solicitud de ingreso en la fuerza, y apasionado él mismo por el ballet, había descubierto con deleite a la familia Massarino. Nunca hubiera relacionado al novato con las étoiles de la danza. Más una hermana menor en la carrera de Psicología... Por alguna razón inexplicable, Marceau se tomó muy en serio la investigación de antecedentes y con ese pretexto se paseó durante algunos días más de los necesarios por los pasillos de la Facultad de Leyes y de la de Psicología.
No contó con que una estudiante en particular notara su presencia ajena al ambiente académico y desconfiara. Tampoco contó con que esa estudiante advirtiera que el extraño había aparecido por las calles del barrio de los Massarino. Una tarde, cuando Odette regresaba de sus clases de esgrima, cargada con la bolsa de floretes y bastones, textos y material de estudio, el interesante extraño —bueno, se puede ser un criminal y tener buena facha; la cátedra de Psicopatología había dado varias clases sobre el tema — apareció, caminando “casualmente” —casualmente una mierda, pensó Odette— por su calle. Sin poder evitar que el corazón le saltara un latido, apretó el paso, pero el extraño la alcanzó sin esfuerzo. Muy gracioso, Dos-Metros, con esos zancos...
—Perdón, señorita, no conozco la zona y me extravié. ¿Sabe dónde estamos?
Lo oyó apurar el paso mientras abría el cierre de su bolso y empuñaba el bastón de caña.
—¡En París, imbécil!
El bastón relampagueó fuera de la bolsa y sacudió los zancos del gigante con una magnífica parada en cuarta. Mientras el grandote se quedaba sin aliento por el golpe, Odette saltó hacia adelante y corrió hasta la puerta de casa, batiendo su propio récord de velocidad con sobrecarga de libros.
Entró en la casa sin respiración y corrió a su cuarto. El corazón le saltaba como loco y casi no podía hablar. Dios, estuvo cerca. ¿Me habrá visto entrar? En un segundo, todos los comportamientos patológicos que conocía desfilaron por su mente. ¿Se lo cuento a Auguste? ¿Y si se ríe de mí? 'Mucha psicología, chiquita, y poco mundo'. Un carajo, soy grande y puedo defenderme muy bien sola. Se tiró en la cama. Ah, un poco más de aire... Ese criminal se veía muy, muy interesante. ¡Mi primer caso real de psicodiagnóstico!
Pasaron unos días y los exámenes le hicieron olvidar el incidente, hasta que un jueves, cuando ya oscurecía, creyó ver a su delincuente favorito en un auto estacionado a las puertas de la universidad. Con el pulso acelerado caminó dos o tres cuadras en el sentido opuesto al tránsito y retomó la calle que la llevaba al club. Entonces vio al auto que doblaba en la esquina que acababa de pasar. Con un escalofrío paró un taxi y volvió a su casa. Dos días más tarde el automóvil reapareció: esta vez era temprano y lo distinguió claramente. Esto se está poniendo serio. ¿Hablo con Auguste? No, voy a resolverlo sola. Por un instante, se sintió muy audaz.


Escudo de la Policía Judicial - Policía Nacional
Jean-Luc se derrumbó en el sillón de visitantes del despacho del comisario de división SaintClaire de la Brigada Criminal.
—Tengo un problema.
SaintClaire lo miró por encima de sus anteojos de medio marco. Cuando Jean-Luc "tenía un problema", sus superiores temblaban, porque el asunto era serio. Lo interrogó con la mirada.
—Ah, nada relacionado con un caso. Es... personal.
Ajá, tiene un problema personal. SaintClaire movió la cabeza y se repantigó en su sillón. Polleras, seguramente. Era hora. Demasiado tiempo soltero y comienzan a ocurrírsete cosas raras. No es que te falten oportunidades, muchacho. Si yo tuviera tu facha, no perdería el tiempo...
—Investigué los antecedentes de Massarino y...
—¡Jean-Luc! —se sobresaltó SaintClaire—. ¡Dijiste que eran impecables!
—¡Lo son! Pero cuando hice la investigación... bueno, ya sabe: dónde estudió, su familia, dónde viven...
—Rutina, sí. ¿Qué?
—Tiene... Es decir, la hermana... eh... una mocosa — hizo un gesto con la mano a una altura de menos de 1.60m — de diecinueve años, pero...
Si SaintClaire necesitaba confirmar sus apreciaciones, la incomodidad de Jean-Luc le aseguró que estaba en lo cierto. Se removió en el asiento pensando que reírse a carcajadas haría que el otro se sintiera peor, así que se limitó a apretar los labios en una línea muy fina antes de hablar.
—Jean-Luc, como padre de cinco mujeres puedo jurarte que ninguna hembra de la especie de más de nueve años es una mocosa. Están todas en la Guerra Santa.
—¡Pero me estoy portando como un idiota! La seguí hasta su casa y... ¡me... me cagó a palos!¡ Por Dios, está loca como una cabra!
Las carcajadas de SaintClaire fueron tan contagiosas que Jean-Luc terminó riéndose de su desgracia.
—Jean-Luc, te hiciste amigo del hermano, ¿eh? Y Massarino te tiene en gran estima. Que te invite a la casa. Son italianos y eso les gusta, la comida en familia y con amigos. Quizá puedas devolverle el golpe a tu mini-amazona. Eh, no un palazo —risas—,me refiero al factor sorpresa.


Odette escuchó a su madre discutir el menú de la cena con Marguerite, sin prestar mucha atención.
—Mañana por la noche, hija, ¿estarás en casa para la cena? Un amigo de tu hermano, un inspector...
—Sí, mamá. Cocinen algo rico. No importa si el mismísimo comisario Maigret viene a encanar a Auguste con tal de que hagas struffoli(8).
Volvió a su casa muy temprano; estaba preparando un examen y no había ido a la habitual práctica de esgrima. Picoteó los struffoli a escondidas junto con nonno Augusto y se chuparon la miel de los dedos entre risitas. "Hay que esperar que vengan figuroni a casa para que tu madre haga struffoli”, había protestado el nonno. Lola y Franco estaban muy elegantes. Bah, papá y mamá siempre están elegantes. ¿Tan importante es el tipo? ¿Un viejo carcamán que ayudaría a Auguste en sus ascensos? No era el estilo de su hermano. Adoraba al grandote, cosa que él retribuía con absoluta idolatría por su Cisne.
Llamaron dos veces y luego oyó la llave en la cerradura. Era Auguste. Corrió a la planta alta a cambiarse los jeans gastados por algo más decente, mientras oía las presentaciones. Un timbre de voz le sacudió las entrañas. Dios, ¿dónde lo escuché antes? Le saltaron dos latidos. ¡Esa voz! Jamás olvidaba una, con su oído magníficamente educado por años de canto.
—¡Odette! —mamá llamaba.
El nudo del estómago amenazaba con estallar. Se miró al espejo y estaba pálida. El nuevo corte de pelo le afinaba la carita y le enmarcaba los ojos. “Destácalos siempre, bambina. Son lo más bello de tu cara y el espejo de lo que eres”. Se había maquillado con cuidado siguiendo los consejos de mamá para ver el efecto del conjunto, y le había gustado. Ahora no había tiempo de lavarse la cara. Bien; abajo, entonces, aunque el nudo estuviera subiendo a la garganta.
—El inspector Jean-Luc Marceau. Mi hermana, Odette —Auguste sonrió orgulloso, mientras ella entornaba los ojos al darle la mano.
—Buenas noches.
Cuánta buena educación. Pura hipocresía. Hola, rata. ¿No serás un caso de doble personalidad?
Durante la cena, Dos-Metros se mostró encantador. Hasta sabía de ballet, qué desfachatez. Los padres de Odette, por no hablar de Auguste, estaban fascinados mientras ella recorría el repertorio de los peores epítetos de Víctor Hugo y Émile Zola, sin decidirse por ninguno. Insecto. Comió en absoluto silencio, y cuando Lola se levantó para traer el café y los struffoli, la rata comentó:
—Casi no recuerdo su voz.
—Tiene muy mala memoria, inspector —le soltó en su más aterciopelado tono de contralto. Él se quedó helado mientras ella disfrutaba de la estocada —Le dije “buenas noches” — Coupé. Finta y contraataque impecables. Jean-Luc movió la cabeza galantemente. Touché.
—Mmm, se los ve tan apetitosos como la cena. ¿Qué son?— preguntó Jean-Luc cambiando rápidamente de tema.
Struffoli, y se comen con la mano. Así —tomó dos o tres y se los metió en la boca, para luego chuparse la miel de los dedos, uno a uno, con los ojos entrecerrados clavados en él. Simone Signoret estaría orgullosa de mí. Me falta el cigarrillo.
Dos-Metros continuó comportándose como un par de la corona británica, sin aludir al patinazo de momentos antes. Cuando se marchó, se inclinó hacia ella para saludarla.
—Buenas noches, Scaramouche(9)—la última palabra fue casi inaudible, sólo para sus oídos.
¿Lo diría por el espadachín? Sonrió contra su voluntad. Me encantó Stuart Granger en esa película...
—Mitad escarabajo, mitad mosca —dijo él, más bajo que antes. Sonrió y se fue. Escoria. Subió hasta el estudio y trató de desencajar la mandíbula al cruzarse connonno Augusto. Desde el pie de la escalera, el nonno canturreaba divertido: “Lo sai che i papaveri /son alti, alti, alti / se tu sei piccolina /che cosa ci vuoi far!”(10).
—¡Abuelo! —gritó, ofendida, y se encerró con sus libros.
Durante los tres meses siguientes no supo nada de él y le sorprendió sentirse tan molesta. Por fin una tarde lo encontró apoyado en su auto a las puertas del club.
—Hola, Scaramouche.
—Hola, Maigret — ¿Por qué no podía decirle todo lo que había pensado al estúpido psicópata fanfarrón?
—¿Puedo invitarte con un café? Sin bastones ni floretes, en lo posible.
—Mmm... sí — contestó, encogiéndose de hombros. ¡Sí! ¡Le dije que sí! ¡Dios, estoy completamente loca!
—¿A algún lugar en especial? —preguntó mientras se sentaban en el automóvil.
—A donde te quepan las piernas, Dos-Metros.
—Uno noventa y tres, Scaramouche.
Ella lo miró con ferocidad.
—Paz. Por favor — Jean-Luc levantó la mano.
Fue una tarde increíble, seguida por otras cuatro más, hasta que Jean-Luc le dijo que no podría verla por un tiempo porque le habían asignado un nuevo caso. Odette casi se puso a llorar— ¿cómo vas a llorar, mocosa estúpida?—, pero se despidió con dignidad.
Cuando dos meses después lo encontró esperándola a las puertas de la universidad, se sintió ridículamente feliz. Retomaron los cafés y los paseos en automóvil. Otras tres semanas de ausencias y encuentros alternados. Quizá debería rever su psicodiagnóstico.
—Mañana viajo por unos días a Estrasburgo. Cuando regrese, ¿querrías cenar conmigo?
Claro que le gustaría. Estaría encantada. Quería mostrarse reticente, pero a lo único que atinó fue a asentir con un gesto mientras le deseaba buen viaje.
—Me importa más el regreso —dijo Jean-Luc mientras le acariciaba la cara, antes de subir al auto y salir a velocidad un poco mayor que la permitida.
Odette estaba en su casa, tratando de desentrañar un caso planteado por la cátedra de Psicología Infantil, cuando el teléfono estalló en medio del silencio. Mierda, estoy sola, recordó mientras saltaba para responder.
—Hola, Scaramouche.
—¡Maigret!
—¿Cenamos mañana?
—A las ocho y media está bien.
Mientras se probaba el vestidito negro —¡ah, Cocó, cuánta sabiduría!— no podía sacarse esa miradita estúpida. Jeanne Moreau, ¿dónde está lo que me enseñaste? Papá y mamá estaban ya en el teatro, lo mismo que toda la semana, porque era temporada de ballet y los ensayos comenzaban temprano. Nonno Augusto, que acompañaba a papá —y desde que se habían casado, a ambos— a todas las funciones desde la muerte de Vita, se estaba poniendo el esmoquin cuando la vio pasar.
—¡Eh, bambina! ¿Sales con el papavero?
—¡¿Quée?!
—¡Con zampelunghe (11)! ¡El amigo de tu hermano! —El nonno rió, guiñando un ojito cómplice. Ella se le colgó del cuello, muerta de risa, y lo besuqueó pero no dijo nada.
Cuando salieron del restaurante, Odette sintió que podría bailar por la calle sin vergüenza. Caminaron en silencio hasta el automóvil y antes de subir se besaron. Jean-Luc volvió a abrazarla una vez adentro y se dio cuenta de que le temblaban los labios.
—Puedo llevarte a tu casa —dijo suavemente mientras la besaba otra vez.
—No.
Puso en marcha el motor y salieron en silencio mientras Odette se acurrucaba contra el hombro de él. Llegaron, subieron al departamento y sólo entonces percibió que Jean-Luc estaba más nervioso que ella.
—¿Tomamos algo? —preguntó él casualmente.
—Café.
Sonrió, la besó con dulzura y fue a la cocina a prepararlo. Idiota, no podías pedir un coñac. Si algo falta para que se convenza de que soy una mocosa, es esto. Era mejor esperar el café juntos y lo siguió.
—Cafetera express italiana. Uno de mis vicios ocultos, junto con los Gitanes. Me lo paso tratando de dejar de fumar —dijo Jean-Luc, riendo, mientras le alcanzaba la taza.
Volvieron al salón y él se sirvió un coñac generoso.
—¿Otro vicio oculto?
—No, éste es bien público. La mayoría de las botellas son regalos de mis compañeros.
Se dio cuenta de lo asustada que estaba mientras él dejaba la copa en la mesita al costado del sofá. Jean-Luc la abrazó contra su pecho y le besó el cabello sin soltarla.
—Lo que más deseo es que te quedes... pero prefiero llevarte a tu casa. No soy un estúpido de quince años...
Odette le tapó la boca con la mano.
—No quiero irme —Dios, si pudiera dejar de temblar, y hablar con mi tono habitual de voz. Por favor, no creas que soy una chiquilina —.Nunca... nunca estuve con un hombre.
Él la miró a los ojos intensamente, sin soltar todavía el abrazo.
—Nunca me acosté con nadie — murmuró Odette mientras él le bebía a besos las lágrimas que le caían hasta el cuello.
Le hizo el amor con ternura, luego con pasión y finalmente con locura, y antes de quedarse dormidos él susurró:
—También es mi primera vez. Te amo.



"Garage Olimpo" - Fuente: Cinenacional.com
BUENOS AIRES, 1980
La venda sobre los ojos se le caía sobre la nariz y le molestaba para respirar, y las esposas le habían sacado ampollas en las muñecas. Ya no tenía más lágrimas ni voz para llorar.
Los alaridos de uno de sus compañeros atravesaron el aire fétido de las celdas. Dos, tres disparos. Nada. Gritos y llanto desde los demás cubículos.
Entraron. Le metieron un trapo en la boca y lo aseguraron con una mordaza. El miedo la petrificó. Uno le pasó las manos por los sobacos y la levantó mientras el otro le sacaba los jeans a tirones y después la sujetaba por los tobillos. Pudo sentir una corriente de aire frío: iban por un corredor. Fue un trayecto corto. La bajaron sobre una superficie acolchada y estrecha: una camilla. Le separaron las piernas para atarle con correas los muslos por encima de las rodillas, a algo frío, de tacto metálico. Después le sujetaron también los tobillos. Intentó desesperadamente moverse, pero el que estaba detrás de su cabeza le pasó otra correa por el cuello y la aseguró en alguna parte. Ahora no podía incorporarse. Los gemidos se le convirtieron en un mugido aterrorizado. Oyó el ruido horrible de unas tijeras y el roce frío de la hoja mientras le cortaban la camisa y la ropa interior. Si se movía demasiado, la correa del cuello la estrangulaba. Los oyó salir y cerrar la puerta. No podía gritar, no podía moverse. Sintió que los pezones se le erizaban de frío hasta dolerle y que las piernas se le agarrotaban por la posición y la tensión de las correas. Por fin entendió dónde estaba atada: a una camilla ginecológica.
Una presencia. Una mano caliente y seca la estaba recorriendo morosamente, en silencio, dibujándole los contornos. La mano descendió y se le metió en la entrepierna. Hubiera querido gritar, cerrar las piernas, cubrirse los pechos. Estaba crucificada en la camilla.
—No te quiero lastimar... —Se quedó helada. —¿Eh? Sos muy chiquita, muy linda. Si te portás bien, vamos a andar bárbaro. ¿Qué te parece?
La voz educada de un hombre joven. La mano no había dejado de moverse, adentro, afuera, más abajo, por el pubis. El miedo no la dejaba pensar.
—Quiero que me digas qué sabés...
¿Qué sé de qué? ¡No sé nada de nadie, por Dios! Sacudió desesperada la cabeza entre gemidos ahogados.
—No, muñequita. Tenés que ser razonable. Los nombres de tus amiguitos de la facultad que están con los 'montos'. No me vas a decir que no los conocés... Si te pasabas el tiempo con ellos, de joda. Como tu amiga Liliana. O la otra, la... ¿Ginette, le dicen? ¿Qué sabés de Mirta? Todas tus amigas están en la pesada.
¿De qué habla? ¿Qué montos? ¡No lo puedo creer, mi Dios!
La mano subió, pero no supo qué era peor. La estaba pellizcando con crueldad.
—Mirá, te propongo algo. Te saco ese trapo de mierda de la boca, y vos me decís lo que yo quiero. Vas a ver todo lo que puedo hacer por vos si colaborás... ¿Estamos?
La mordaza le había dejado la boca como arpillera. Aunque hubiera querido o sabido, no habría podido hablar. Tosió para escupir unas pelusas. Él le sostuvo la cabeza apenas levantada y le dio un sorbo de agua.
—¿Y?
—N-no sé nada.... —le temblaba la voz —.Se lo juro, señor, no sé de qué me habla.
—No me gusta que me mientan, muñeca — un apretón en un pecho la hizo gritar.
—¡Por Dios! ¡Se lo juro! —sollozó—. ¡No sé!
—No estás en posición de negar nada. Yo sé que vos sabés... —Otro pellizco la retorció de dolor.
—¡Por favor!
El silencio del hombre era más aterrorizante que sus palabras. Oyó el tintineo de algo metálico, después el roce de la tela. Cuando se hundió en ella con saña, abrió la boca para gritar pero no le salía la voz, tal era el dolor. Tragó aire en un estertor y quiso retorcerse. El trapo la ahogó cuando iba a gritar otra vez. El bruto la estaba destrozando por dentro. Se desmayó y él la reanimó a cachetazos.
—¡No te lo pierdas! —gritó mientras sacudía la camilla a golpes de pelvis. Los mismos sacudones que lo enterraban en su carne. Cuando por fin la dejó, ella sintió que el interior de su cuerpo le quemaba como si le hubieran metido ácido.
—Mirá vos. Una virgencita — le sacó el trapo de la boca —.Soy tu primer hombre. Tu primer macho.
La dejó tirada y se fue. Vinieron, la desataron y la llevaron de vuelta a la celda.


Sala de tortura a embarazadas - Marinería - ESMA

—¿Viste cómo aprendiste?
Estaba sentado, las piernas separadas y ella de rodillas delante de él, arrancándole la vida con una fellatio
—¿Te gusta?
—Sí, papi, sí...
—Sos preciosa. Mi muñeca — le tomó la carita entre las manos, la besó con delicadeza y ella abrió la boca para ofrecérsela —Levantate. Sentate acá — le señaló la entrepierna —.Así. ¿Me querés?
—Te quiero. ¿Y vos? —asintió mientras lo besaba.
—Te quiero. Me volvés loco. Esa boca, esas piernas... — la abrazó y la penetró despacio. Ella se arqueó de placer. La luz ubicada detrás de su silla le destacaba las marcas diminutas de las quemaduras de cigarrillo en el vientre suave y los muslos. Pero las que más loco lo volvían eran las de los pechos. También se las había hecho él mismo, pero con la picana. Le había costado. Después del terror inicial, ella había mostrado una resistencia que lo enfureció. Lo miraba con rabia, con odio. La había quebrado, la había domado y ahora tenía a la hembra más hermosa y dulce del “campito”. Toda para él. Mi pendeja. Yo la estrené.
Habían cometido un error al llevársela esa noche, en la puerta de la facultad. Bueno, esas cosas pasan. Con tanto zurdo terrorista suelto, a veces no se sabe quién es quién. Y las denuncias estaban a la orden del día, con tanta gente con cagazo y tanta gente con ganas de cagar a otro. Por lo que había podido averiguar, la batida de la pendejita fue para vengarse del padre, un empresario de guita que, decían, había echado a un par de tipos de la fábrica. La nena iba a Filosofía y Letras. Todos montos. Quién carajo iba a decir que la pende no era, ni sabía un carajo, ni sospechaba de nadie. Bueno, salió bien al final. La única cagada es que no la puedo devolver. Sabe demasiado, me conoce demasiado... me calienta demasiado. Y tiene demasiada merca encima. Él la había iniciado. No consumía, pero la merca venía bien en muchos casos. Hace hablar a algunos muertos. Le había servido para quebrarle las últimas reservas y enseñarle a disfrutar.
¿Y si me la llevo a la estancia? Un tiempo, hasta que tengamos la situación dominada del todo. Mientras tanto, podríamos limpiar al padre, que rompe bastante las pelotas con los Derechos Humanos, la Justicia, el hábeas corpus y la puta madre que lo parió. No jodan más. Qué derechos ni qué humanos para esos zurdos de mierda.
La nena dormía con él en el casino del “campito”. No era ninguna novedad ni tampoco la excepción: había unas cuantas que ya habían aflojado antes, para zafar de la picana o porque habían cantado hasta La Traviata y enchufado a unos cuantos de sus antiguos compinches. Todas con una buena carrera encima. Más pasadas que el túnel subfluvial, macho. Ésta fue siempre para mí. A las otras, a veces se las pasaban entre oficiales y suboficiales. Había una en particular, que cogía con el Tigre y el Yarará. Decían que se encamaba con los dos a la vez. Al final, la soltaron porque se habían aburrido de ella. Pero en Uruguay, y sin pasaje de vuelta. También, si volvía... A mi nena no la presto. No se toca.
—Más... más —le pedía mientras se retorcía encima de él.
—Lo que quieras, muñeca. Es todo para vos.

—Es una orden.
La garganta se le atenazó.
—Mi coronel, no... — no pudo seguir hablando.
—Lo lamento, teniente. Órdenes son órdenes. Es una situación muy irregular. Muy peligrosa. Sabemos de algunas que fueron liberadas cuando la consigna era trasladar. Los responsables la van a pasar bastante mal.
Cerró los ojos y tragó saliva. No se discute con un superior. Pero, carajo, si éste también tiene minitas. Y no una; dos o tres que comparte con otro tira. Tenía una favorita, claro. No era joven y había sido muy pesada. Esa sí que ponía bombas. Se había cargado a unos cuantos canas y un par de milicos grosos. El coro en persona la había quebrado en una lección magistral. Pero, al final, la turra se había ganado la conmutación de pena.
—Coronel... usted...
—Yo también tuve que cumplir, teniente. Todos tenemos —la cara del tipo era un bloque de cemento picoteado por el granizo. El bigote negro y escrupulosamente recortado no se le había movido ni un pelo cuando se lo dijo —.La orden es de trasladar. Yo cumplo órdenes —la nuez de Adán le subió y le bajó visiblemente. A la mierda. El coro dio media vuelta y se fue con paso rápido.
Llegó al casino y le dio a la nena una dosis de merca mucho más fuerte que la habitual. Cuando quedó inconsciente en el suelo, llamó para que se la llevaran. Sabía que iba a estar muerta por la sobredosis antes de que la tiraran al río. Se tumbó en la cama, aguantando las ganas de gritar. Sabía de dónde había venido la orden. Viejo hijo de mil putas, me la quitaste.


Madres de desaparecidos arrojadas vivas al mar
Infobae: Scilingo admitió que hubo unos 200 vuelos de la muerte

—¡PELOTUDO DE MIERDA! ¡QUÉ HICISTE!
Podía sentir los sacudones, pero no abrir los ojos o responder.
—¡TRAIGAN AL TORDO!
Para qué mierda quieren un médico. Déjense de joder. Déjenme en paz.

—¡Qué carajo pasó!
—¡Dale, no preguntés! ¡Se pasó de merca!
—¡La reputa madre que lo parió!
Con la velocidad que da la práctica, "Mengele" le clavó la jeringa con aguja y todo entre las tercera y cuarta costillas. La dosis de adrenalina directa al corazón lo hizo saltar por el aire, y reaccionó resollando como un buey. "Menguele" lo cacheteó un poco y lo hizo sentar. Los resuellos eran cada vez más seguidos, más violentos.
—Ya está. Déjenlo en la cama hasta que se le pase. Y averigüen qué mierda tomó.
—Tomar, nada. Se jaló.
—¿Con qué?
El "Tigre" le pasó "Menguele" un sobre vacío. La que se usaba para terminar a alguno.
—La orden de trasladar a las minitas.
—¡Boludo! ¡Cómo te vas a dar con esto! ¡Si querés, usá de la fina, carajo!
Andate a la mierda, Mengele. No podía decírselo, pero el otro se lo leyó en los ojos todavía alucinados por la frula. Estuvo vomitando casi un día entero. Fue la primera y la última vez en su vida que se jaló. Viejo hijo de puta, algún día me las vas a pagar.

Más acerca de la represión en Argentina: Desaparecidos.org - Argentina


(1)Hijo mío
(2)cana
(3)Antonino el loco. Famoso delincuente napolitano de los años '50, escapaba de la policía en moto
(4)Por eso tomo vino
(5)¿Entienden por qué la ópera es italiana?
(6)Papelón. Fig: cartonazo, un burócrata importante.
(7)Police Judiciaire - Policía Judicial
(8)Frutos de sartén tradicionales del sur de Italia, elaborados con vino y miel.
(9)Famoso personaje de aventuras francés. Película con Steward Granger y Janet Leigh
(10)Canción popular italiana: "Ya sabes que las amapolas/son altas, altas,altas/Si tú eres pequeñita/qué le vas a hacer!"
(11)Patas largas

sábado, 5 de julio de 2008

La dama es policía- Capítulo 1






BUENOS AIRES, 1983
Estaba tirado sobre una mesa, en una habitación mugrienta. Una lamparita desnuda colgaba miserablemente del techo. Oyó voces. Voces masculinas. Era extraño: podía ver y oír, pero no sentir su cuerpo. Era como estar desprendido de su humanidad. “¿Estoy muerto?” Pensó palabras que se negaban a salir de su boca. Estaban allí, en el borde de su mente, las oía en su interior pero sus mandíbulas selladas no podían articularlas. El acto de respirar era tortu-rante. Se ahogaba por no poder coordinar los músculos del tórax. Algo, alguien oscureció momentáneamente la luz implacable. Un hombre. Rubio, de contextura fuerte, facciones algo abotargadas. Los ojos, de tan claros, parecían vacíos. Crueles, espantosamente crueles, igual que la expresión apretada de la boca.
—¿Cómo estamos? —Hizo algo con las manos. —No tiene sensaciones. Nada. Perfecto. Te pasaste, Mengele.
El que llamaban “Mengele” se acercó.
—Una obrita de arte. Hay que tener mucha mano para esto. El movimiento justo en la vérte-bra exacta. Y sin tocar la médula. Cirugía mayor, pibe. —Le palmeó la cara pero no sintió nada. El aire le faltaba dolorosamente.
—Te vamos a mandar de vuelta, franchute. ¿Entendés? Nous te renvoyerons. A ver si se de-jan de joder con esas putas monjas. Les monnes, tu comprends? Sí que entendés.
—Callate, boludo —comentó alguien que se acercó desde atrás de su cabeza. Un morocho de bigotes tupidos se inclinó sobre él: sudamericano típico, cabello negro, tez mate, facciones aindiadas pero atractivas. El rubio giró sobre sus talones y, por el ruido, había agarrado al otro por la ropa.
—No te hagas el gallito conmigo, Tigre. —La voz sonó ronca.
—Pará, Briga. Pero mirá si éste...
—Éste es un muerto vivo. Esta vez Mengele se lució de veras. Les mandamos un avisito: no jodan más. Acá el quilombo terminó y somos intocables. Váyanse a investigar a la mierda.
Intentó moverse otra vez pero su cerebro estaba desconectado del resto del cuerpo. Nada. La furia hizo lugar a la desesperación en sus ojos, lo único vivo que le quedaba. Sintió que le faltaba el aire, que sobre el pecho tenía una manta de plomo. El que llamaban “Brigadier” lo miró detenidamente, evaluando el trabajo. La satisfacción en los ojos del otro lo llenó de pánico..
—Vas entendiendo, ¿eh? ¿Querés saber lo que les pasó a tus monjas? —Se sacudió la entre-pierna con la mano derecha. —Esto les pasó. No nos gustan los terroristas. “Pelotón de fusi-lamiento" y "traslado".
—Se resistieron, las guachas. No querían firmar —acotó el morocho.
—Vístanlo, pónganle el pasaporte y el resto de los papeles en el maletín. De vuelta al hotel. El dueño ya sabe que llevan el paquete. Mañana avisa a la cana. Chau, Francia. Un placer.
Lo dejaron tirado en una cama, mudo, impotente, aterrorizado hasta la locura, hasta que al día siguiente llegó la policía.


PARÍS, LA DÉFENSE, 1996
Rebuscó entre los recortes desparramados sobre la mesa. Algunos tenían casi veinte años. Noticias de otro país, acerca de “patriotas” que habían cometido atrocidades contra aquellas mismas personas a las que habían jurado defender.
El concepto de "patria" es tan variable... "Patria" proviene de "pater", padre, figura mascu-lina y avasalladora que impone el orden social. Pero la tierra es mujer y hembra fértil, con-tención, consuelo, refugio y madre. Qué notable que los que inician las guerras lo hagan en nombre de los padres de la Patria, y los que se defienden lo hagan por la madre Patria. Te-rroristas fundamentalistas, — o fundamentalmente terroristas—, traficantes de cualquier cosa que valga la pena —y el dinero— traficar... Atentados inexplicados... Cuánta basura, cuánto desperdicio de seres humanos en aras del poder. No la libertad, las ideas o la patria: simplemente el Poder y lo que él consigue. La cinta de Moebius del poder tiene una sola cara llamada corrupción. ¿Es del todo inevitable que el poder corrompa? ¿Es tan fácil dejarse seducir por ese monstruo que promete el mundo a tus pies? Demasiadas respuestas afirmati-vas para que me guste.
Recogió los nuevos recortes y los acomodó en el orden cronológico correspondiente.
“No hagas esto; te lastima todavía más”, le había dicho Auguste.
Quizá quiera conocer mi propia capacidad de soportar heridas. ¿Quién conoce los límites de la resistencia humana? Quién sabe hasta dónde se puede aguantar para cobrarse una ven-ganza. Únicamente en la seguridad de su casa, en su más íntima soledad, se atrevía a confesarse que era eso lo que buscaba desde hacía años. Su secreto mejor guardado. El odio visceral lentamente acumulado, guiado por la fría cerebralidad de su trabajo como policía, un perro desesperado y hambriento buscando rastros viejos entre basura y huesos. La furia que le cerraba la garganta y no la dejaba hablar ni llorar.
Me estoy secando por dentro, yerma, vacía. Me estoy convirtiendo en un cascarón lleno de odio y rabia. Siento la hiel en la boca. Y tengo tanto miedo... Pero no podía decírselo a nadie, porque nadie podría comprender. En esos momentos, temía verse en el espejo y encontrar todo ese horror en su mirada
“No te consumas de esa forma. No se puede vivir con semejante obsesión”, había murmurado Auguste con dolor. "¡No es una obsesión! —hubiera querido gritarle—: Es lo que me mantie-ne viva. Si supieras qué fuerte es. Si pudieras comprender cómo me impulsa, cada día, cada momento de mi existencia, a seguir adelante. Quiero justicia".
Pero, ¿cuál justicia? ¿La que permite que los asesinos anden sueltos y aparezcan sonrientes en los periódicos, en aras de la “reconciliación” entre una nación humillada y un gobierno cobarde? ¿La que hace que los reclamos se estrellen contra un muro de soberbia indiferente, porque “algo habrán hecho”? No. Tampoco la justicia que se encoge de hombros, impotente o indiferente ante la agonía de aquellos a los que se supone debe proteger. Quiero la justicia más antigua de la Tierra. La de la tierra misma. La que me pide la sangre que llevo en las venas.
Se recostó en el sofá y cerró los ojos, agotada. El pecho le martilleaba de angustia. Tanto tiempo había pasado, y la sensación seguía siendo la misma.
¿Te das cuenta, Auguste, de que no puedo olvidar? Cierro los ojos y el desfile comienza otra vez. Monjas desaparecidas en un país con una guerra no declarada, reclamos diplomáticos inútiles, condenas estériles e igualmente inútiles in absentia, la esperanza de que pudieran encontrar algún rastro, el avión, Jean-Luc despidiéndose apasionadamente, los meses desespe-rantes sin noticias, el regreso, la camilla que bajaron con infinito cuidado.
El diagnóstico fue lapidario: síndrome de “locked-in”.
"El paciente pierde el uso de todas sus capacidades físicas, conservando sólo la posibilidad de parpadear como único medio de comunicación con el mundo. En muchos casos necesitan de un respirador durante varios meses, hasta que pueden controlar los músculos del tórax. Por lo que hemos comprobado, conservan Las facultades mentales intactas. No sabemos si conser-van la sensibilidad cutánea”. El médico hablaba y ella enloquecía a medida que lo escuchaba.
"Con el tiempo, algunos pacientes logran articular algunas palabras. Se produce por un accidente vascular, o una herida interna o externa en el nivel de la corteza cerebral. En el caso del inspector, el trauma no alcanzó el centro del cerebro, pero rozó la corteza, causando el sín-drome. No sabemos cómo ocurrió".
“No, no existe ningún tratamiento, por ahora”.
“No, no sabemos cuánto puede vivir en estas condiciones”.
“No sabemos de ningún afectado que se haya recuperado”.
“Lo sentimos mucho, señora. Podemos facilitarle literatura sobre otros casos. Si usted lo des-ea, puede informar al hospital los progresos de su marido. Las estadísticas son siempre bien-venidas. No hay mucho sobre el locked-in”.
Ellos lo sienten mucho y yo ya no puedo sentir nada.Jean-Luc estaba encerrado en su atroz capullo. Aquello que había sido un hombre, su hombre maravilloso y único, era un muerto en vida, prisionero de su propio cuerpo. Aquella mente brillante estaba desconectada del mundo, imposibilitada, anulada sin esperanzas. Sólo los ojos vivían para transmitirle su desesperación. Los meses en el hospital fueron terribles hasta que consiguieron comunicarse: parpadeos cortos y largos, en el viejo código Morse. “Amor” fue la primera palabra que Jean-Luc parpadeó para ella, y lloraron juntos.
Con infinita, dolorosa lentitud, logró contarle el horror que había visto y vivido. No una caída al azar, sino la entrenada mano de un médico, siguiendo las órdenes del Brigadier. Ella lo mi-ró sin entender. Secuestros, torturas, desapariciones, ejecuciones clandestinas, campos de concentración.
Le llevó días interminables deletrear cada palabra ante sus ojos horrorizados. Días llenos de furia impotente. Refugiados, exiliados que quizá pudieran informar. El Brigadier. ¿La embajada? No, también implicados.
Cada vez que salía del hospital, el pecho le dolía hasta la nausea. Como ahora. Subía al automóvil y aceleraba hasta que la adrenalina la aturdía y se detenía en cualquier parte, a cualquier hora. A veces lloraba a gritos dentro del auto lanzado a toda velocidad por el bulevar Periphérique. Perdió la noción de otros horarios que no fueran los de visita del hospital.
Recurrió a la embajada y trabó relación con una diplomática dispuesta a colaborar, una mujer de edad mediana, inteligente y hermosa, que comprendió su desesperación. La mujer la escuchó y prometió ayudarla en la medida en que pudiera. No estaba de acuerdo con su gobierno y el giro que había tomado el antiterrorismo en su país. Estaban matando a inocentes.
El contacto tuvo un final abrupto con el suicidio de la diplomática. Un asunto pasional, dijeron los medios. Estaba segura de que esa mujer jamás se habría suicidado. Quienes fueran que habían cometido el crimen, tenían el brazo muy largo. Y Jean-Luc seguía con vida y los conocía.
Decidieron trasladarlo a un lugar más tranquilo y seguro, fuera del hospital y algo alejado de París. Con Auguste buscó una casita en las afueras y la instalaron casi como una sala de cuidados intensivos, sólo que con custodia permanente. No la policía o un servicio privado. Debía ser alguien de la familia o recomendado por ella, así que, tras un rápido viaje a Sicilia, Auguste regresó con el primo Calogero Colosimo, que no hizo preguntas y se limitó a ponerse al corriente de toda la situación. Resultó ser un magnífico enfermero, además de guardaespaldas. Él mismo se ocupó de contratar al personal de limpieza y a una enfermera de día y de cuidar a Jean-Luc como a su propio hermano.
Cada noche ella corría a la casa, a dormir en la cama de su marido. “No importa que no puedas tocarme; yo sí puedo”, insistía ante la dolorosa negativa de él, y lo amaba como podía. Continuaron así hasta que la decadencia física avanzó tanto que él no soportaba el más mínimo roce sin que le provocara sufrimiento. Todos sabían que los cuidados a un postrado tienen un límite después del cual sólo queda esperar la muerte sin mayores dolores.
Bambina, él no quiere que vengas más —le dijo una noche Calogero—. Sufre mucho. Hablamos... Bueno, yo hablo y él... Pero nos entendemos, y él quiere... que lo dejes.
No le permitió continuar. Corrió a la habitación gritando enloquecida. ¿Por qué le hacía eso? ¡Arrojarla de su lado como a un perro! Lo sacudió, y lo soltó cuando se dio cuenta de lo que hacía. Se arrodilló al costado de la cama.
- ¡Por Dios, perdón, mi amor, perdón por favor...!
“Te amo, no quiero verte más”, parpadeó él, y luego cerró los ojos. Esa noche, ella se prometió que encontraría a los que les habían hecho esto. Te lo juro, mi amor. Los voy a aniquilar. Ahora, después de tanto tiempo, las piezas reunidas encajaban. La perversidad y la corrupción implícitas en lo que había hallado eran enormes, inauditas, y el poder que las respaldaba pare-cía no tener límites.
No importa; siempre existe un punto débil, una mínima grieta, la pequeñísima falla estructu-ral. No hay crímenes perfectos sino pruebas insuficientes. Pruebas perfectas, indiscutibles, no la sombra de una sospecha sino la impecable demostración del delito. Cada falla nuestra hace más fuerte al enemigo pues le muestra nuestras debilidades. Ahora tengo unos cuantos hilos de la trama en la mano. Quién sabe hasta dónde llegaremos. Quién sabe si nos conoce-remos las caras, Brigadier. Ansío ese grato momento.


PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES. PRINCIPIOS DE SEPTIEMBRE DE 1996
—Éstos son los principales lineamientos del caso, Dubois. La capitán Marceau le dará el resto de la información...
La puerta del despacho del comisario Massarino se abrió para dar paso a una mujer vestida con sobria elegancia.
—Tarde —recriminó a medias Massarino mientras se ponía de pie.
—Archivos me emboscó —y volviéndose hacia el teniente: — Odette Marceau —al tiempo que le tendía una manita inocente. Inocencia desmentida por la fuerza del apretón y unos ojos de terciopelo apenas entrecerrados que lo evaluaron de un solo vistazo.
—Dubois. Marcel Dubois — estiró una mano distraída mientras recorría la figura de la mujer que apenas le llegaba a los hombros. —No esperaba... — no terminó la frase y prefirió cerrar la boca.
Era un “nuevo” y no estaba al tanto de todos los chismeríos locales, pero conocía de oídas la fama de Madame la Veuve(1) . Absolutamente inaccesible, nadie se le acercaba más que para darle la mano o alcanzarle un expediente. Por lo que se sabía, la dama nunca había sentido interés alguno en cambiar de estado civil. Por lo que se comentaba, la dama era propiedad privada de algún Número Uno. ¿El sobrenombre haría referencia al estado civil o a alguna costumbre desagradable de Madame? La advertencia tomó la forma de un pinchacito a la altura de los testículos. No hay problemas. No es mi tipo. Nada más lejos, capitán. Prefiero las rubias. No me gustan bajitas, ni con curvas. Aunque tengan buenas piernas. No me importa. Las muñecas de porcelana no son mi estilo. Y además es una superior, viejo. La mirada de ella se volvió gélida al notar que la estaba observando apreciativamente. Dios, esta mujer puede petrificarte con un gesto. No podía despegarse de esos ojos terribles. Tuvo la sospecha de que ella disfrutaba de la inquietud que le desperta-ba.
—Le aseguro, teniente, que Marceau es la persona más adecuada para este caso —Massarino sonrió.
Marceau le ganó la palabra antes de que él pudiera replicar.
—Vamos a ponernos a trabajar. A mi cuartel general — con un gesto lo invitó a salir.
—Marceau —Massarino se estaba sentando para tomarse el café que, a esas alturas, debía de estar helado —. Uno de estos días deberías tratar de solucionar tu pleito con Archivos.
—Prefiero sobornar a los de Explosivos para que se ocupen... y contratar a un buen abogado — una chispa brilló en sus ojos al responderle al comisario.
Mientras iban hacia el ascensor, le habló sin dirigirle la mirada.
— Prefiero el tuteo.
— Yo también.
— Mejor así.
No volvieron a hablar hasta que en el estacionamiento, Odette se acercó a un autito deportivo negro, un modelo casi microscópico — al menos desde la altura y punto de vista de él —, de seis o siete años atrás.
—Vamos — el tono no admitía réplica. Marcel frunció el morro y rodeó el auto mientras encendía un Gauloise.
Al sentarse al volante, Odette lo miró de reojo:
—Por lo general, no me multan por estorbar el tránsito... y nadie maneja mi auto.
Quince minutos después, el automóvil se detuvo en el garage de un edificio de las afueras de París para dejar descender a un Marcel con opiniones totalmente renovadas acerca de las mujeres al volante de autitos casi microscópicos. De hecho ya había cambiado de parecer cuando cruzaron el puente de Neuilly, rumbo a La Défense, a una velocidad sensiblemente superior a la permitida y después de haber sorteado con éxito varios slaloms en el tráfico infernal del centro. Estos cacharritos italianos sí se agarran bien al suelo, admitió Marcel.
El edificio era una construcción elegante de piedra gris y negra con reminiscencias Art Déco. Subieron en silencio desde la cochera hasta el piso trece. El palier era severo y desnudo; dos columnas pintadas en faux-marbre negro flanqueaban la doble puerta de entrada. Odette te-cleó el código de acceso en una botonera que Marcel no había advertido, y la puerta se abrió al tiempo que se encendían las luces.
El salón del departamento tenía esa elegancia intacta y helada de los ambientes que no se usan habitualmente. Todo era impecable, desde los cortinados hasta la alfombra que debían costar unos cuantos sueldos; los cuadros y las porcelanas exquisitas; los muebles de diseño en cris-tal; los sofás de cuero — cuero natural, nada de vinilo, conjeturó Marcel — , a ambos lados de la mesa baja.
—Vuelvo en un momento — Odette le señaló los sofás mientras se perdía por un extremo de la habitación.
Parece que la dama está acostumbrada a dar órdenes. Ni una sola vez 'por favor'. Miró a su alrededor. El lugar era inhumano en su perfección. ¿Qué falta? No hay fotografías. Ni una sola. Ni un objeto personal a la vista. Extraño. ¿Es tan fría como para esto? Algo le decía que no. Por ejemplo, el delicado encaje del puño de sus medias, sostenidas por un liguero en-trevisto en el tajo breve de la pollera. Se removió inquieto en el sofá al oír pasos que se acer-caban.
Calzada en unos jeans más que gastados, con un suéter de cuello alto y unos cuantos inviernos encima y botitas de elfo, la imagen de Odette era bastante menos sensual que la que él había estado evocando diez segundos antes.
Ella dejó sobre la mesa una pila de papeles, muchos de ellos oficiales, junto con una laptop. Epa, la dama sí tiene influencias. Nadie estaba oficialmente autorizado a retirar documenta-ción de los archivos de la PJ. De ser estrictamente necesario, el papeleo era tan farragoso que era preferible olvidar el asunto y trabajar sentado ante los escritorios de mierda de las oficinas. Odette había desaparecido nuevamente para volver con una bandeja, tazas, zucarera y un cenicero. En un último viaje llevó el termo con café y se enroscó en un extremo del otro sofá. Marcel no pudo ocultar a tiempo la intensidad de su mirada. Ella le clavó los ojos de terciopelo sin un gesto que trasluciera alguna emoción. Nada. En esa mirada no había seducción ni reprobación. Ni un solo sentimiento: nada más lo petrificó. Se había levantado un muro invisible e infranqueable, y se sintió observado por una esfinge que podía matarlo o dejarlo vivir sin que a ella le importara en absoluto ninguna de las dos opciones. Tragó saliva y bajó los ojos sin hablar: el silencio era ensordecedor. Encendió un cigarrillo por hacer algo.
Luego de instantes eternos, ella comentó:
—Hay café y sandwiches. Estaremos trabajando hasta tarde. —Él asintió sin hablar. — Necesitamos tener todo listo para iniciar la operación lo antes posible.
—Odette, yo no quisiera...
—Tenemos que analizar las estrategias. Tengo todo lo del caso aquí y... —siguió hablando sin hacerle caso y se interrumpió al ver que él la miraba. —¿Qué pasa?
—Es que... no quiero molestar... y... bueno... la seguridad... —dijo, por decir algo.
—Marcel, garantizo la seguridad de este departamento. No hay interferencias de ningún tipo en la línea telefónica y controlo personalmente el circuito cerrado de televisión.
La respuesta no admitía réplica. Odette continuó.
—El comisario Massarino te habrá informado sobre esta nueva modalidad de operación...
—Sí, es un poco desacostumbrada —comentó, nervioso.
—Lo aprendimos de los terroristas: células pequeñas, perfectamente organizadas, que no conocen a otras células que operan dentro del mismo caso; sólo se informa a un oficial de rango, al que en ciertos casos no se conoce; especialistas que trabajan solos, supervisados por un único superior y que reciben órdenes exclusivamente de éste. Instrucciones precisas, específicamente codificadas para cada célula, con claves que cambian semanal o diariamente, según las necesidades... En fin, también el delito puede enseñarnos cosas.
—¡Suena a traficantes! —rió más distendido.
—O guerrilleros al mejor estilo del Che — ella sonrió por primera vez. Cuando lo hacía, los ojos le brillaban. Si sólo pudiera lograr que ella no se molestara... ¿Y por qué mierda tengo que preocuparme por su aprobación?
—¿Quién diseñó esta estrategia?— preguntó para ocultar la irritación.
—Entiendo que estás al tanto de las generalidades del caso... ¿Eh? —ella respondió a su pregunta sin detenerse—. Ah, yo. Yo propuse este método operativo. Está dando buenos resultados, en general. Lo difícil es encontrar personal lo suficientemente capaz y leal como para entrenarlo en los nuevos sistemas, que estén... “compenetrados con la causa”, por decirlo en estilo adecuado.
— Un ideal a seguir al mejor estilo guerrillero —asintió Marcel—. ¿Y te parece que tengo el fuego sagrado?
—No estarías aquí si eso fuera cierto — el “aquí” sonó a “en este mundo”, mientras la mirada se le volvía feroz durante una décima de segundo.
Entonces, lo habían elegido. Y los rumores eran verdaderos. Algunos comentarios siempre se filtraban. Existían, realmente, esos grupos especiales, y ahora él pertenecía a uno. La comprensión lo invadió en un instante luminoso, llenándolo a la vez de orgullo y miedo. ¿Qué hace esta mujer metida en todo esto? ¿Y me dice que es ‘su’ método? Nadie conocía a un “especial”, o al menos nadie sabía si uno de sus compañeros lo era, pero se hablaba en voz baja de la elite, sin hacer nunca referencias directas. Hasta hacía unos minutos, había creído que era sencillamente una más de las fábulas de la Brigada y ahora, él acababa de entrar a formar parte de una.