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viernes, 16 de diciembre de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 30

BUENOS AIRES, BARRIO DE LA RECOLETA, LUNES POR LA NOCHE
                                                                    Nunca Más
Conrado Seoane se había atrevido a comprar el libro y se había puteado por hacerlo. Semejante mierda. Estoy loco, ¿qué carajo estoy buscando? Pero algunos de los nombres estigmatizados por el libro de porquería se pronunciaban en voz baja en el Colegio. El puto libro lo atraía y lo repelía. Abría las hojas en capítulos salteados y las cerraba de golpe. Lo revoleó al otro sillón, prendió la tele y las imágenes del canal de documentales lo hechizaron: el ejército del Tercer Reich desfilaba glorioso ante el Führer.
Antorchas, hombres a paso de ganso en uniformes severos y magníficos. El poderío de una nación guerrera, la gloria del Valhalla. Qué impresionante. Haber estado ahí para vivirlo, sentir a los chicos, las mujeres, los hombres aullar, rugir, ¡casi rezar! "Heil Hitler! Heil Hitler!". Qué ejército.
Se fue a buscar una latita de Coca y cuando volvió, las imágenes mostraban chiquilines rubiotes y de ojos claros: el futuro del Reich. Las madres estaban a disposición de los oficiales; cualquiera de ellos podía impregnar a cualquier mujer y engendrar hijos arios para gloria del Führer. No había lugar para los no-arios, los deficientes físicos o mentales, los diferentes.
El relato desapasionado del doblaje lo dejó mudo. Liebensborn. Miles de bebés polacos de características "arias", "confiscados" para el Reich, arrancados de sus familias convenientemente exterminadas. Miles de bebés alemanes y escandinavos que jamás conocerían a sus padres biológicos.
Majdanek, Polonia
Millones de judíos, alemanes disidentes, gitanos, rusos, húngaros, polacos, en campos de trabajo que se convertían en tumbas colectivas.
Pero mi viejo estaba en el Ejército y el Ejército no se metió con los campos de exterminio. Esos fueron los turros de los SS.
Hornos de Majdanek
A punto de cambiar de canal, la imagen en la pantalla lo detuvo: un grupo de oficiales jóvenes, hermosos y orgullosos como dioses, sonreía a la cámara frente a las puertas de un campo de trabajo. El capitán le llamó la atención. La película en blanco y negro desvahídos perdía la nitidez por momentos, pero lo vio: la boca sensual, el perfil puro, el pelo que se veía blanco de tan rubio. Los ojos no podían apreciarse, velados por la visera. La Cruz de Hierro sobre el pecho, en la manga el brazalete con la svastica y en el cuello de la guerrera, las insignias plateadas de los SS.


BUENOS AIRES, CUARTEL GENERAL DE LA ORDEN. MARTES POR LA MAÑANA
Entró a la página web con resquemor.  "Los niños del Holocausto"; "Bibliografía del Holocausto", "Glosario de términos". Cliqueó y la pantalla desplegó un listado de nombres. Buscó el del documental: Majdanek, Polonia. “Campo de exterminio, desde julio de 1941 hasta julio de 1944”. Salió y cliqueó en otra entrada. “De entre más de cien mil oficiales, se localizaron y juzgaron a cinco mil. No existen registros completos. Los listados existentes pueden consultarse en...”
No. No quiero. No es cierto. Mi viejo no me mintió.
Seoane cortó la conexión de Internet, diciéndose que necesitaba darle una última revisada al plan. Su plan, independiente del de Schwartz. Ayrault ya había entregado los quince uniformes de la PN, completos y con placas de identificación, al contacto francés, que por supuesto ignoraba tanto los motivos del pedido como lo que ocurriría en unos días. En cuanto a Ayrault, le había explicado que sus hombres podrían necesitarlos como cobertura, lo cual era parcialmente cierto, y Ayrault no había hecho más preguntas.
Con clics nerviosos verificó las grabaciones, los planos y recorridos, mientras con la otra mano jugueteaba con el objeto que llevaba en su bolsillo izquierdo a modo de talismán, apretándolo hasta incrustárselo en la carne.
Clic. Archivo: plantas.pdf. Los planos originales del hôtel particulier de París, pirateados de archivos rigurosamente confidenciales de la Orden y bajo clearance de seguridad, y que incluían todos los recorridos originales de la mansión. Reconocería ese lugar a ciegas, sonrió. A Schwartz le había pasado los planos ligeramente alterados, sin los corredores internos de la servidumbre, que todavía se mantenían activos y que constituían una vía de escape de la casa. Esos corredores le servirían a su propio operativo, que no incluía a Schwartz ni a sus hombres.

El mayor lo había puesto en contacto con un borrego de dieciséis años amigo de su sobrino, un hacker con más experiencia que Bill Gates a la hora de reventar claves. El pibe había conseguido la password de log-in del negro de mierda, que cambiaba cada veinticuatro horas de acuerdo con las exigencias de seguridad del sistema.
“Una pena lo del pibe: era brillante.”, había comentado Schwartz con un encogimiento de hombros. El cuerpo había aparecido en La Cava de San Isidro y los diarios le cargarían el muerto a la Bonaerense.
Clic. Archivo: crono2.xls. Como era norma en cualquier operativo, todos se desplazarían en vuelos distintos y con escalas que permitieran tanto reorganizarse como dispersarse, llegado el caso. Él se desviaría desde Madrid a Londres. Sus hombres conocerían el resto de las instrucciones una vez que él se reuniera nuevamente con ellos en París.
Tamborileó nervioso los dedos en el borde de la notebook.
Clic. Archivo: Falklands.txt. Un e-mail enviado por un ex-combatiente de Malvinas. Había usado una de las direcciones de correo electrónico del Reino Unido para contactar al hombre, haciéndose pasar por historiador británico. El veterano había sido embarcado en el HMS Northland como prisionero de guerra y pedía preservar su identidad. Había participado de la acción en la que soldados argentinos de un grupo de Artillería de Defensa, siguiendo las órdenes de un oficial, habían derribado a uno de sus propios helicópteros causando doce bajas.
El entonces subteniente Schwartz había discutido agriamente— “se cagaron a gritos”, escribía el veterano— con el suboficial artillero. “La orden es de disparar a los que vuelen después de las 18.00”, había dicho Schwartz y el artillero insistía en asegurarse de la procedencia antes de lanzar la defensa antiaérea. El subteniente Seoane intervino y dio la orden de atacar. "Nosotros estamos para cumplir órdenes, no para discutirlas" había dicho. El grupo recibió la felicitación de un superior de alto rango por el cabal cumplimiento y el artillero cumplió arresto por desacato.


En el mismo archivo, él había registrado los datos personales del piloto del helicóptero derribado, conseguidos a través de un contacto suyo en la Fuerza Aérea. Los oficiales se asignaban a cada aeronave y permanecían asignados. El radio del helicóptero estaba en óptimas condiciones de funcionamiento. Las aeronaves eran perfectamente identificables visualmente. La única confusión posible podría haber surgido a raíz del horario del vuelo.

El mismo contacto le había confirmado que el piloto muerto en combate había tenido una disputa bastante fuerte por un asunto de polleras, poco antes de ser destinado en Malvinas. El tercero en discordia era un oficial del Ejército. La disputa había degenerado en una pelea a golpes y con exhibición de armas de fuego. Ambos oficiales habían terminado bajo arresto de setenta y dos horas.
Alguien golpeó a la puerta de su cubículo y Seoane casi arrancó el mouse en la prisa por cerrar el archivo. Schwartz asomó la cabeza y habló en tono casual.
—Todo listo. Nosotros ya nos vamos— echó un vistazo a la notebook— ¿Qué hacés?
— Boludear. Nos vemos en París.
— Aurrevuar.
Sacudió la cabeza sin hablar. Cuando el otro salió,  Seoane sacó la mano del bolsillo izquierdo y miró el dibujo que se le había grabado en la palma de tanto apretar. Chau, Schwartz.

jueves, 7 de julio de 2011

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 22

PARÍS,LA DÉFENSE. DOMINGO, ÚLTIMAS HORAS DE LA TARDE
El teléfono. Lo único que quiero es estar muerta y ese puto teléfono suena.
— ¡Hola!
— ¡Eh! ¡Qué mal humor!
Auguste. Señor, no abandones a tu sierva y dale un buen argumento para mentir adecuadamente.
— Hola, scugnizzo (1)
Convenció a su hermano de que no se sentía bien y que pensaba haraganear en la cama. "Cosas de mujeres", mintió, y Auguste exclamó “¡Aaahhh!” y le recomendó los analgésicos de Nadine. Colgó con los ojos llenos de lágrimas: Dios, tener un hombre que te quiere tanto que sabe cuáles son los mejores analgésicos para el período. Aguantó un sollozo y se tapó la cabeza con el cobertor.
Se despertó aturdida por un sueño vacío de sueños que le hacía pesar la cabeza. Sin mirar el reloj se metió al baño y se duchó con meticulosidad. Salió y se envolvió en la bata, sin secarse. El dejo de perfume que la impregnaba le dijo que esa era la que Marcel usaba cuando se quedaba a dormir. Demasiado agotada para quitársela en un arrebato de rabia, fue hasta la cocina a tomar algo: tenía la boca pastosa. Descubrió que también tenía hambre y se comió una manzana mientras esperaba el blup-blup del café. Se sentó a beberse el café con leche y a compadecerse de sí misma. No quiero pensar. Vacío total, absoluto y abstracto. Cero pensamientos. ¿Música? Música. Taza en mano fue al salón, puso cinco de sus CDs favoritos en el equipo y se tumbó en el sofá, dejándose acunar por las voces maravillosas que cantaban las glorias y pesares del amor.
“Va pensiero /sulle ali dorate ” (2). Vayan ustedes porque yo no quiero pensar...
No le creas, "Celeste Aída": Radamés es héroe de Egipto antes que tu amante; la Carmencita, qué bien hace al no atarse a ningún hombre: miren cómo le fue a Madame Butterfly.
¿”Caro nome ”? (3) No recuerdo ninguno.
 “Pourquoi me reveiller ”? (4)No, no nos despertemos: durmamos como Werther.
Y estaba a punto de quedarse misericordiosamente dormida cuando la voz desgarradora del amante condenado a muerte evocó “ O, dolci baci, / O, languide carezze ”.(5)Lloró sin consuelo por Tosca, Cavaradossi, su pasión y sus celos tremendos, y sus amores desgraciados. “Svanì per sempre il sogno mio d'amore... ”.(6) Puccini, insecto, te odio.

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Están tocando el timbre y la puta madre que los parió. Auguste, te voy a mandar al carajo como Dios manda.
Se ajustaba el lazo de la bata mientras sin levantar el intercom abría la puerta, y se quedó congelada: ocupando casi todo el vano de la puerta y conteniendo la respiración, Jean-Pierre Dubois esperaba a que se abrieran los portales del Infierno.

****

Jean-Pierre abrió y cerró la boca un par de veces antes de decidirse.
— Yo... quisiera disculparme por lo del viernes y ... bueno... lo de toda la semana y...
En la Gendarmería no dan clases de elocuencia, pensó Odette y enseguida se arrepintió: el hombre estaba apenado en serio y pasaba alternativamente del rojo al blanco. Se hizo a un lado y lo invitó a pasar.
— Déme dos minutos para ponerme presentable— sonrió desvahída, señalando los sofás, y él asintió.
Se calzó los jeans agujereados y su viejo suéter blanco a la carrera. Sin preocuparse por ponerse zapatos, se zambulló en la cocina a preparar más café y corrió al baño a mirarse crítica al espejo: que Dios me ayude, esto no tiene remedio.
La cafetera estaba de mejor humor que de costumbre porque el blup-blup no se hizo esperar. Sirvió dos tazas, llenó una lecherita, cargó la azucarera y regresó al salón donde Jean-Pierre esperaba.
— Preparé café — dijo, por hacer ruido. El coronel sonrió y agradeció con un movimento de cabeza; se sirvió leche y tres generosas cucharadas de azúcar. ¿Por qué tiene que recordármelo de esa manera?, pensó ella con un retortijón de estómago. ¡No llores, estúpida! Habías decidido odiar al cretino animal cerdo chauvinista. Apretó los dientes y tragó el café.
Jean-Pierre dejó la taza y se lanzó de cabeza.
— No soy buen diplomático y tampoco hablo elegantemente, pero siento que le debo una explicación.
— No me debe nada...— meneó la cabeza.

Jean-Pierre estiró la mano y le rozó la barbilla allí donde Marcel la había golpeado. Todavía le dolía e involuntariamente retiró la cara. Se hubiera matado por reaccionar de esa forma.
— Sí, y mucho. Soy en parte responsable de esto.
— Marcel es mayor de edad y responsable de sus actos — Odette tragó un nudo en la garganta.
— En algunas cosas actúa como el crío de dieciséis años que yo dejé ir.
Se descubrió buscando expresiones y gestos familiares en Jean-Pierre y comprobando con dolor que reconocía cada uno de ellos. Las manos le temblaron al recoger las tazas y el tintineo hizo que Jean-Pierre levantara la cabeza. Las miradas se encontraron en el espacio neutral sobre la mesa baja y se quedaron prendidos. Bajó la vista y volvió a sentarse, incapaz de moverse. Todas sus hipótesis acerca de la vida de Marcel que ella no conocía, habían quedado reducidas a maquinaciones infantiles frente al relato de Jean-Pierre. Se llenó los pulmones de aire y se levantó. Recuperó algo de frialdad al volver de la cocina, y comenzó a racionalizar la situación.
¿Quién me asegura que no mandaste a tu viejo a conmoverme? Lo de siempre: te agreden, te piden perdón, buena letra un tiempo y de vuelta subidos al carrusel. Se dejó inundar por el enojo, disfrutando del embate hormonal. Me importa un carajo tu pasado.
Con una capacidad de penetración que la sorprendió, el coronel dijo a media voz:
— Marcel no sabe que vine. Tampoco lo veré esta noche: no quiso, dijo que tenía demasiadas cosas para digerir. Mañana tomo el servicio temprano así que no tendré oportunidad de decirle que vine a verla.
Asintió, reprochándose para sus adentros sus sospechas y sintiéndose menos que un gusano.
— Usted lo ama, lo supe desde el primer momento, pero a veces el amor no alcanza: hacen falta madurez, paciencia y comprensión. Esa lección la aprendí muy duramente— sonrió con tristeza—. Si alguien puede darle todo eso a Marcel, esa es usted — Jean-Pierre se puso de pie.
— Me está haciendo trampas — masculló mientras la lágrima traicionera que la acechaba se le deslizaba mejilla abajo.
— Si juego sucio es por mi hijo.
Lo acompañó hasta la puerta y se tendieron la mano al mismo tiempo.
Cuando cerró la puerta, la marejada de emociones encontradas le tironeaba el cuerpo y el alma hacia los cuatro puntos cardinales.

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. MARTES POR LA MAÑANA
La entrada al Quai le pareció siniestra. Vamos, cobarde, arriba. Aunque ella esté dispuesta a echarte a patadas de su vida. Siguió de largo ante las fotos de los caídos en servicio y emprendió muy despacio la escalera engañándose con que le daría tiempo para pensar. Estaba considerando la posibilidad de salir y llamar por teléfono cuando lo detuvieron tomándolo del brazo.
— Tenemos que hablar— la mirada de Auguste era inquietantemente oscura.
Asintió y lo invitó a su pecera. Auguste negó con la cabeza y señaló el otro extremo del pasillo: las salas de interrogatorio. Caminaron sin abrir la boca más que para devolver saludos murmurados por personal con repentina prisa.
Auguste cerró la puerta y tuvo la deferencia de apagar el circuito cerrado.
— ¿Dónde está mi hermana? — le soltó sin previo aviso y Marcel se atragantó con su propio aliento.
— No... sé.
— Por supuesto que no, porque aunque estás en París desde el jueves a la noche, no pisaste su casa. ¿No te interesa saber qué le pasó?
¿Y qué mierda puedo decir: “Auguste, golpeé a tu hermana en público y me muero de vergüenza de enfrentarla?” .
Por lo visto, Auguste iba a hacerle ahorrar saliva.
— Yo sí estoy preocupado, porque Odette se está escondiendo: de mí, de los que la conocen, de su trabajo. Ayer no vino al Quai y cuando la llamo por teléfono pone excusas para no verme ni darme explicaciones. ¿No te parece raro?
Marcel sintió que la lengua no le respondía y se apoyó contra la pared, sin mirarlo. Auguste continuó con voz bronca.
— Hay más cosas raras. Por ejemplo, porqué alquilaste autos en tus tres últimos viajes de regreso, para circular por la ciudad. ¿De quién te estabas escondiendo? El viernes alquilaste un auto gris — afirmó—. El portero de Odette la vio llegar en un automóvil color bordó. Estuvo charlando con el conductor y cuando bajó, un auto gris llegó a toda velocidad. El portero jura que el conductor responde a tu descripción. El tipo la metió por la fuerza al auto y se fueron. Ella volvió sola en taxi, muy alterada.
No hay nada que hacer, sigue siendo el mejor policía que conozco, pensó Marcel con desazón. Auguste se apoyó con ambas manos sobre la pared, una a cada lado de su cabeza, tan cerca que las respiraciones y las transpiraciones de ambos se entremezclaban. El rostro patricio parecía tallado en granito, los ojos terribles hundidos en cuencas prominentes, la línea de la mandíbula encajada con dureza. Las aletas de la nariz romana se dilataron en una inspiración premonitoria. Uno comete la estupidez de olvidar que la mitad del comisario Massarino desciende en línea directa de Sicilia. La mitad más peligrosa. El pensamiento no contribuyó a su situación en extremo comprometida.
— ¿Qué le hiciste a mi hermana, Dubois?— deletreó el César furibundo.
No tengo escapatoria: el comisario Massarino me pasará por las armas sin juicio previo.
— Estoy esperando que abras la boca — masculló Auguste entre dientes.
Marcel cerró los ojos y se mordió el labio y su vacilación bastó para confirmar las sospechas de Auguste, que sin decir mu, le sacudió un cross de derecha, seguido de un jab impecable. La cabeza le rebotó en la pared y casi perdió el equilibrio.
— ¡Te voy a matar, hijo de puta!
El siguiente uppercut le nubló la vista: Auguste golpeaba con método y elegancia. Me lo tengo merecido, Marcel atinó a pensar antes de que un gancho magistral lo doblara en dos. Tuvo que sostenerse de la mesa con ambas manos.
— Por... favor...— levantó las manos con las palmas hacia Auguste —, no sigas... No quiero defenderme...
— ¡No pienso darte la oportunidad!
— ¡Auguste! ¿Te volviste loco? ¡Basta! — la voz de Odette los congeló.
— ¡Ah! ¡Apareciste! — Auguste miró de soslayo a su hermana; después reaccionó y trató de alcanzarlo.
— Te dije que basta — restalló ella, interponiéndose entre ambos—. Esto es inadmisible.
Auguste la encaró con los brazos en jarras y Marcel se dejó caer en una de las sillas, agradeciendo secretamente la interrupción.
— ¿Qué es inadmisible? ¿Que me preocupe por lo que te pasa? — Auguste gritó—. ¿Que quiera matar a este hijo de puta por ponerte las manos encima?
— Te estás pasando de la raya — replicó ella en voz baja —. !No hagas escándalo, por Dios!
— ¡No entiendo un carajo! ¡Esta escoria ...! — lo señaló y el dedo acusador temblaba.
— Auguste, que la termines — Odette hablaba cada vez más bajo.
— ¡No puedo creer que además lo defiendas! ¿Qué mierda te pasa, te gusta que te maltraten?
— Por Dios, no me avergüences...
— ¡Yo te avergüenzo y él te golpea! — Auguste estrelló la palma abierta sobre la pobre mesa.
Transcurrió una pausa desagradable.
— No me golpeó — Odette respondió, mirando fijamente a su hermano.
La respuesta le cortó la respiración: ¿está mintiendo por mí? Escondió la cara entre las manos sintiéndose la última basura del planeta
— Si no te golpeó— Auguste no pensaba darse por vencido —, se te fue la mano con el maquillaje.
— Estás diciendo estupideces.
— Ah, digo estupideces, ¿eh? ¿Entonces, por qué mierda desapareciste todos estos días?— la acusó —. No pisaste la oficina ni te tomaste el trabajo de darme una buena excusa.
— No desaparecí: el fin de semana estuve en casa y las explicaciones de porqué vengo o dejo de venir se las doy a mi superior.
Auguste reconsideró y cambió el flanco de ataque.
— Me preocupo. Te cuido, soy...
— Mi hermano mayor que tiene la espantosa costumbre de meterse en donde no lo llaman, ¡como por ejemplo en mi vida!— ladró Odette a dos centímetros de la cara de su hermano, que no le despegaba la mirada asesina.
— ¡Me meto porque me importa! — Auguste retrucó —. No lo puedo creer... ¡Parece que estoy delante de una de esas pobres boludas que después aparecen en la morgue, muertas a palos por defender a un hijo de puta! ¿Qué sigue ahora? ¿Con qué te va a dar la próxima vez, con la reglamentaria?
Las palabras de Auguste le explotaron en el plexo.
—¡Basta, por favor!— Marcel se encontró suplicando sin pensar.
Lo miraron como si acabaran de percatarse de su presencia. Los hermanos Massarino están a punto de arrojarse uno a la yugular del otro porque soy un cretino imbécil y un animal.
— Tu hermano hace bien en querer protegerte— jadeó —. Auguste, es verdad... la golpeé.
Hubo una pausa vacía de sonidos y de respiraciones. Odette palideció, les dio la espalda y se alejó hacia el otro extremo de la sala. Marcel se dejó caer en la silla y sosteniéndose la frente con ambas manos murmuró su confesión para ella.
— Yo... te seguí.... No sólo el viernes. Varias veces, en cada encuentro que tenías con ese Corrente. Averigüé que tenías un nuevo número de celular que nadie más conocía, salvo el tipo; rastreé las llamadas y era él quien las hacía. Él te llamaba al Quai y salías corriendo a verlo. Yo te llamaba y nunca te encontraba; después te preguntaba y me dabas una excusa cualquiera.
Odette se acercó a la mesa y se sentó con los brazos cruzados. Auguste, apoyado contra la pared, lo miraba insondable.
— Me estaba volviendo loco — Marcel continuó —, y el viernes... fue terrible. Cuando mi padre te dejó en la puerta de tu edificio... yo estaba seguro que era Corrente— levantó los ojos y miró a Odette por primera vez—. Quería matarte — murmuró sin voz —. Me habías mentido... y yo no podía soportarlo...
No pudo seguir. Hundió la cara en el hueco de las manos y sollozó.
Nadie habló durante un rato muy largo. Cuando recobró el dominio de sí mismo y los miró, Odette lloraba en silencio, pálida como la porcelana, y Auguste, de brazos cruzados, se miraba los zapatos con el ceño fruncido.
Sintió que las palabras le brotaban desde el centro de las entrañas en un pedido desesperado.
— Estoy enfermo. Necesito ayuda.

(1) chico de la calle, ladronzuelo (dialecto napolitano)
(2)"Vuela, recuerdo/sobre alas doradas". (Coro de esclavos de "Nabucco", G.Verdi.)
(3) "Nombre amado" ( "Rigoletto", G. Verdi.)
(4) "¿Por qué debo despertarme?" ( "El joven Werther", C. Gounod)
(5)"Oh, dulces besos, / oh, lánguidas caricias" ( "E lucevan le stelle" , "Tosca", G.Puccini.)
(6)"Mi sueño de amor / se ha desvanecido para siempre". Id. ant.

sábado, 4 de junio de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 20

PARÍS, CONSULTORIO DE LA DRA. MEINVIELLE. MIÉRCOLES POR LA MAÑANA

Marceau asomó tímida, sin entrar del todo.
— ¿Tiene un minuto?
Meinvielle se subió los lentes de medio marco y sonrió.
— Tengo varios. Pase, pase.
Marceau se sentó en el borde del sillón; luego lo pensó mejor y se apoyó en el respaldo, sin relajar los hombros. ¿Qué es eso tan importante que estamos a punto de decir?, sonrió Meinvielle para sí. Marceau inspiró, se mordió el labio inferior y soltó a boca de jarro:
— Hablé con mi madre — y la miró con ojos enormes.
Bueno, bueno, comenzó el deshielo. Le dedicó una sonrisa espléndida antes de responder.
— Estoy muy feliz por usted.
La mirada de Marceau se perdió por las bibliotecas tras su escritorio.
— No sé si estoy feliz, ... estoy aliviada — suspiró. Después se encogió de hombros. — Por algo se empieza.
Meinvielle acomodó el mentón entre las manos entrelazadas. Me va a convencer de que le gusta que la hagan confesar. ¿Vicios de la profesión?
— ¿Puedo...?
— Ya sabe que puede — la otra la atajó, pero una sonrisa tenue le flotó por la cara.
— ¿Por qué no tuvo hijos con Jean-Luc?
Transcurrió una pausa.
— Me extrañaba que no lo hubiera preguntado antes — Marceau la miró enarcando una ceja.
— No haga esos jueguitos conmigo — la reconvino y la comisario sonrió— ¿Y bien?¿Por qué no tuvo hijos en su primer matrimonio?
— Jean-Luc insistía en que yo era joven y que teníamos tiempo. Ni siquiera había terminado mi carrera cuando me casé.
— Y a Ud. no le molestó.
— Tenía veinte años y a esa edad se es inmortal.
— ¿Qué edad tenía su marido?
—Me llevaba dieciséis años.
La psicóloga se arrellanó en su sillón.
— Él no necesitaba hijos: la tenía a Ud., que era todo lo que él podía desear: su mujer, su amante, su muñeca. El sueño inconfesable de cualquier padre: "mi nenita es mía y de nadie más". A Jean-Luc no le importaba esperar: ni siquiera había pensado en otra cosa. Después de todo, él también era joven: un hombre de ochenta años puede engendrar un hijo.
Marceau se quedó silenciosa, mirando la alfombra entre sus pies. Después de un rato susurró:
— No es justo...
— ¿Criticar a un muerto? — fustigó Meinvielle —. No lo critico: expongo los hechos tal como los veo.
Marceau no la miraba. Dicen que el hierro se golpea en caliente. Golpeemos entonces.
— ¿Cómo murió Jean-Luc?
— ¿Conoce el síndrome de “locked-in”?
—¡Locked-in! — casi saltó en su sillón — Qué terrible.
— Jean-Luc viajó a la Argentina por una investigación. Después de dos meses lo trajeron de vuelta... así. Fue premeditado...— los ojos de Marceau brillaron vidriosos—. Sobrevivió un año.
Dios, creo que esta vez fui demasiado lejos. Marceau continuó con voz sin inflexiones.
— Yo estaba desesperada e hice locuras. Llegué a inyectarlo con heroína para que no sufriera. Quería hacerlo sentir... un... un hombre completo. Él estaba consciente, lúcido, encerrado en esa cáscara muda y torturada que era su cuerpo. Me pedía que lo dejara. No sé cómo, pero convenció a mi primo Calogero, que lo cuidaba todo el tiempo, para que lo ayudara a morir. Calogero cambió la heroína por cloruro de potasio. Creí que yo lo había matado de una sobredosis — durante unos segundos, el único sonido que atravesó el aire fue el de la pesada respiración de Marceau — Después de que Jean-Luc murió fue como... como estar muerta yo también. No sé durante cuánto tiempo: dos, tres años. Era como no tener cuerpo, no verme en el espejo, no tener necesidades... nada. Había dejado de sentirme mujer.
Meinvielle se mantuvo en un silencio alentador durante la pausa que siguió. Marceau volvió a hablar en voz baja y sin mirar a ninguna parte.
— Y de pronto un día...Fue horrible. No podía entender cómo había pasado a mí, que no lo había buscado, no lo deseaba, que ni siquiera me atrevía a... a tocarme — terminó en un susurro.
— ¿Ni siquiera se masturbaba? — lanzó la pregunta como un dardo.
— N-no...— Marceau jadeó, roja de vergüenza.
— Y esa experiencia le recordó que después de todo usted era humana y podía sentir y despertar deseos.
— Lo único que sentí fue miedo.
— ¿Miedo a qué?
— A quién — la otra la corrigió —. Ese hombre.
— ¿Ese hombre tiene un nombre?
— Nombre, apellido, rango, posición política — Marceau respiraba pesadamente.
— ¿De quién estamos hablando? Comisario — la llamó —, se trata... ¿de quién?
— Jean-Jacques Ayrault. Y si va a hacer la perorata del nombre y la negación del nombre, gracias, ya la conozco — resopló sin aire—. Y sí, aborrezco pronunciar su maldito nombre.
— Lo aborrece porque la vio como mujer.
— Me vio como una cosa a poseer— la comisario subrayó con rabia fría.
— La hizo tomar conciencia de su propia fragilidad, de su femineidad y de lo indefensa que estaba. Suficiente en su caso para odiar a alguien durante bastante tiempo— sonrió, pero la otra le apagó la sonrisa.
— Tomé conciencia de mi propia fragilidad y de mi indefensión gracias a la paliza que me dio ese animal— enseguida cambió el tono—. Lo siento, no quise ser grosera.
— Disculpe, no sabía que nuestro ex-comisario Ayrault tenía entre sus muchas virtudes la de acosar subalternas— esta mujer es peor que el laberinto de Creta: en cada vuelta acecha un monstruo nuevo. Se las arregló para mantener la expresión neutral—. Y a pesar de todo, esa situación la hizo ‘re-tomar’ conciencia de su cuerpo y sus necesidades…
Marceau asintió despacio.
— Necesidades que vivía con culpa— nuevo asentimiento —, pero que debía satisfacer.— Enrojecimiento violento. — No se avergüence, no estamos hechos para el celibato y la vida impoluta, mal que les pese a los santos. Resumiendo, hasta que llegó Marcel, el único contacto con el sexo opuesto fue tan violento y frustrante que decidió hacer vida de religiosa laica en el convento de las carmelitas de la PDP .
— No me tome el pelo.
— No, claro que no: la hubieran echado de cualquier convento a los tres días por revolucionaria y activista.
Se rieron.
— ¿Cómo fue que Marcel pudo acercársele?
— No fue él: fui yo — el rostro de porcelana volvió a colorearse.
— No le tuvo miedo.
— No... Creo que... lo seduje.
— Volvió a ser una mujer completa. Esta vez no era usted el inocente objeto de seducción sino el sujeto, y por lo tanto responsable de sus actos. Pero entonces pecó contra esa memoria atesorada de Jean-Luc. ¡Deseaba a otro hombre, lo estaba engañando, abandonando! — hizo una pausa para observar las reacciones de la comisario, que cerró los ojos y se encogió en el sillón. Continuó, bajando la intensidad de su voz — Usted no mató a Jean-Luc. No es culpable de nada más que de comprar sustancias ilegales y seguramente la causa esté prescripta así que deje de castigarse por cosas que no hizo. ¿Qué es lo que se echa en cara ahora? ¿”No tuve hijos con Jean-Luc, no tengo derecho a tener hijos con nadie más”? ¿Es ese el cuestionamiento? — Meinvielle tendió las manos con las palmas hacia arriba. La comisario abandonó las suyas en las de ella y se las sostuvo mientras hablaba—. Perdónese de una buena vez, querida. Es muy saludable. Y también sería saludable que enterrara a sus muertos de una vez por todas.
Marceau meneó la cabeza asintiendo. Parece de verdad aliviada. Por mi parte estoy agotada. Pienso tomarme el resto de la mañana libre.
— ¿Qué tiene que hacer ahora? — preguntó palmeándole el dorso de una mano.
— Estaba por volver al Quai...
— Vámonos a tomar un café y a respirar aire libre. Sus clientes no tienen problemas si llega tarde, ¿no? — preguntó con intención.
Marceau le devolvió la humorada.
— Cuando una trabaja en la “Crim”, siempre llega tarde. Vamos: yo invito.


PARIS, MINISTERIO DEL INTERIOR. MIÉRCOLES POR LA NOCHE

Después de estrellarse por cuarta vez contra la inaccesibilidad de IGPN y sus archivos, Auguste se decidió por la vía rápida. Esperó a que se retirara la mayor parte del personal — siempre alguien interrumpe en el mejor momento —, y se dedicó a hurgar electrónicamente en el sistema.
Llevaba más de quince minutos buscando cuando llegó a los archivos que le interesaban y cliqueó impaciente. La decepción le torció la boca: el informe era totalmente anodino. No es posible. Continuó buceando sin éxito por los subdirectorios. Después de casi una hora, soltó el sufrido ratón y se quedó mirando la pantalla con mal sabor en la boca.
¿Por qué no hay registros? Pensemos, Massarino. Uno, porque son demasiado viejos y no están cargados en el Archivo virtual. La hipótesis resultó no válida: había registros mucho más viejos que diez años. Pero IGPN tiene archivos. ¿Dónde están? Nueva búsqueda, nuevo éxito-fracaso. Sí había archivos de IGPN, pero no el que él buscaba.
Hipótesis número dos: archivos borrados o alterados. En caso de ser cierta, era sumamente peligrosa. Tus amigos te borran los “malos antecedentes”. Una punzada en el estómago lo previno. Tamborileó los dedos, impaciente. Los archivos electrónicos tienen un origen físico. Vamos a buscarlos.
Con su mejor cara de rottweiler de mal humor y la credencial prendida de la solapa, entró al sector. El suboficial a cargo hizo una venia silenciosa y él se perdió por los corredores entre estanterías. Lanzó una ojeada hacia el mostrador de entrada: el suboficial estaba inclinado sobre un diario, muy presumiblemente dormitando. Inspiró — Massarino, esto es ilícito, ¿lo sabías?—, y se lanzó de cabeza a las estanterías con expedientes de diez años antes.
Quince minutos y las manos debidamente mugrientas después, leía la carpeta. Su irritación iba en aumento con cada folio. Nada… Limpio como un bebé de pecho. Ni una sola mención al incidente: se retiró en la cumbre de su gloria.
Decidió probar con la contraparte y después de asegurarse que el archivista aún cabeceaba sobre las noticias del día, fue a buscar las copias de expedientes en las estanterías del otro extremo. Acá está... Por supuesto. Degradación, dos meses en el Archivo, restitución del rango. ¿Dónde mierda figura ese condenado asunto?
Salió del Archivo con una desagradable sensación de impotencia. El “incidente M” había sido borrado de los archivos de la PN en el sentido literal de la palabra. Las implicancias de algo semejante podían generar un escándalo de proporciones... si se descubría. Y por supuesto, había un sinnúmero de razones para que no se descubriera. El sólo hecho de alterar los expedientes era en sí mismo un delito.
Auguste regresó a su despacho a paso lento, mientras pensaba a todo vapor. El asunto estaba tomando un cariz desagradable. ¿Por qué “limpiarían” los antecedentes del tipo? ¿Cuándo lo habrían hecho: diez años atrás? Lo más probable era que sí. El sujeto tenía influencias ya en aquel entonces. Pregunta siguiente: ¿qué clase de influencias? Porque había sido la mismísma incorruptible IGPN la que había alterado los expedientes: no cabía otra posibilidad.
El ingreso del sujeto en política era razón más que suficiente para la “limpieza”. A nadie le gusta un candidato caracterizado por intentar violar subordinadas. Y sí que hizo carrera. En menos de diez años está disputando la presidencia. Qué rápido. Nadie había llegado tan lejos en tan corto tiempo. Nadie que haga las cosas limpiamente, entendámonos bien. Decidió que era buena hora de dedicarle un poco de su tiempo libre a la campaña presidencial del sujeto, nada más que por despuntar el vicio. Desde que me fui de la Brigada, me aburro como un cocodrilo embalsamado. Ahora la entiendo a mi hermana: la calle te mantiene vivo.


SUBURBIOS DE ESTRASBURGO, MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Ya había visto pasar el auto de cristales oscuros que se detuvo delante de ella. Se inclinó sobre la ventanilla, asomando el escote estratégicamente. El hombre ni siquiera intentó regatear. “Busco algo muy especial”, le dijo y ella sonrió. “Muy especial”, insistió el tipo. “Todo tiene su precio”, encogió un hombro desnudo. Él liberó el seguro de las puertas sin dejar de mirarla.
Le dio la ropa que traía en un maletín.” ¿Te gusta jugar?”, le preguntó mientras él sacaba el resto de los objetos. “Me fascina”, sonrió él de un modo que le hizo correr un escalofrío por la espalda. Examinó las prendas. Carajo, es carísimo. Cuero natural. Mientras se vestía, él le daba vueltas alrededor sin decir palabra. “¿No vas a desvestirte?”, preguntó y él negó con la cabeza.
“¿Así está bien?”, preguntó. Él se le acercó por detrás, la llevó frente al espejo y le sujetó las manos mientras le besaba el cuello y los hombros sin dejar de mirar la imagen reflejada.
“Así, quieta, no te muevas, no digas una sola palabra.” Ella se mordía por preguntarle qué quería. Él se apartó y le acarició el cabello, el borde de la mandíbula, el cuello hasta el nacimiento de los pechos. “No te muevas”, siseó entre dientes. La acarició otra vez, y otra más y le recorrió el cuello hasta las orejas con la lengua. “Quiero que me golpees”, y ella se lo quedó mirando. “Con la mano abierta, de revés, cuando te acaricie de nuevo”. Hizo lo que él le pedía. “No, muñeca, así no. Con fuerza: quiero que me golpees de verdad”. Recomenzaron el juego y esta vez sí le estrelló la mano en la cara.
La tomó del pelo y la arrojó al suelo, sin soltarla, mientras con la otra mano se desprendía la bragueta. “¡De rodillas, putita, así!” , y la estrujó contra él. “¡La boca bien abierta!” , rugió. “Más te vale que hagas el mejor trabajo de tu vida, arrastrada”. Le temblaba todo el cuerpo cuando se arrodilló delante del hombre.
“Ya está bien”, siseó y la arrojó boca abajo sobre la cama. Antes de que pudiera reaccionar, le estaba atando las manos con el cinturón. Le separó las rodillas con las suyas y sintió uno de los juguetes del tipo enterrársele en la carne y lastimarla. El miedo más básico e instintivo la hizo gritar. Él la hizo volverse de un empujón y un revés brutal le ahogó el grito en la garganta. Sonreía con odio. “Te voy a matar, puta”, y eso fue lo que hizo.

domingo, 22 de mayo de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 19

MILÁN, MARTES POR LA TARDE


— Delbosco, me gustaría encontrarme con usted para coordinar algunos detalles de una de las operaciones.
— Estoy a punto de salir para Malpensa, Ruggieri. Me esperan en Marsella esta noche.
— Podemos reunirnos en alguno de los bares del aeropuerto.
— ¿No podemos arreglarlo por teléfono?— preguntó Marcel sosteniendo el celular entre el hombro y la oreja, mientras metía la ropa de cualquier modo en el bolso.
— Me gustaría hablarlo personalmente.
Ruggieri estaba tan críptico que aceptó el encuentro. No había terminado de poner el pie en el aeropuerto que el celular vibró y la voz herrumbrada de Ruggieri le indicó el sector en donde lo esperaba.
— ¿Algún problema?— preguntó mientras se sentaba.
— No, no — Ruggieri sonrió mostrando los dientes—. Ninguno respecto de la operación principal. Pero quería coordinar con Ud. la otra pequeña operación que tenemos pendiente.
Ante su expresión interrogativa, el otro aclaró:
— La venta del paquete accionario.
Rata. Viniste a encargarme el asesinato de Valentina. Sucio hijo de puta. Sonrió medio de costado y sacó el paquete de Gauloises para tener la excusa de taparse la cara, y que la escoria no le viera la expresión de violencia.
— Lo escucho— farfulló con el cigarrillo entre los dientes.
— Creo que deberemos acelerar algunos tiempos.
Dejó pasar unas pitadas antes de responder, mientras se tomaba el tiempo de observar al tipo a fondo. Ruggieri estaba algo pálido, apenas transpirado, ligeramente desaliñado. No era lo habitual en un tipo que hacía tanto alarde de sangre fría y savoir-faire como él. Le están apretando las pelotas.
— De acuerdo, pero necesitaré preparar un briefing.
— Ningún problema. Puedo reunir la información para cuando guste.
— Prefiero hacerlo yo mismo— Ruggieri empezó a protestar y él lo acalló con un gesto de la mano—. No desconfío de usted. Se trata nada más que de una rutina de trabajo. Soy detallista en extremo, bueno, eso usted ya lo sabe — sonrió sin soltar el Gauloise de entre los dientes—, y me gusta ofrecer satisfacción al ciento por ciento a todos mis clientes.
— ¿Cuánto demorará eso?
Epa, sí que estamos con la soga al cuello. Hagamos sudar un poco al hijo de puta.
— No suelo demorar más de lo necesario. Las desprolijidades me irritan. Y una desprolijidad en este caso podría costar mucho, sobre todo para usted.
— De acuerdo, hagámoslo a su modo— Ruggieri apretó los labios a medias disgustado—. Yo preferiría que fuera lo más expeditivo posible en su metodología.
— Ninguno de mis clientes se arrepiente de mis métodos operativos. Quiero garantizarle completa seguridad.
Ruggieri asintió sin hablar y se bebió el café frío y en ese momento, llamaron para el vuelo a Marsella. La excusa perfecta para alguien con pasaje a París en el último vuelo del día, tres horas más tarde.
— Tengo que irme. A mi regreso me ocuparé de todos los detalles.
El otro se despidió sin tenderle la mano.
— Recuerde que ambos tenemos urgencia en este asunto.
— Por supuesto— tuvo que forzar los músculos de la mandíbula para sonreir—. Estoy al tanto de eso.
Carajo, tendré que sacar a mi abuela de este nido de víboras antes de que a Ruggieri se le ocurra una metodología más expeditiva para llevar a cabo la operación.

ESTACIÓN DE TREN DE ORLEANS. PRIMERA SEMANA DE JULIO

Estación Central de la SNFC de Orléans
La visita había rendido sus magros frutos pero frutos al fin. Odette se sentó en un bar de la estación de tren, a revisar las fotocopias que había recopilado y a beber un café tan malo como el que le habían servido en la prefectura local esa mañana. Miró la hora y le hizo señas al camarero para pedir la cuenta.
Estaba metiendo el reporte de la autopsia en el bolso cuando la musiquita del noticiero irrumpió en el aire viciado del lugar, al mismo tiempo que un celular, ¿cuál de los dos?, sonaba en las tripas insondables del agujero negro que tenía por bolso. Mientras rebuscaba sin mirar, la pantalla atrajo inexorable las miradas de los presentes, comisario parisina incluida.
Ah, la tele. La noticia en el momento en que se produce, la fama instantánea, héroes por un minuto, atrocidades con que alimentar el morbo del público, cuanto más horrorosas, mejor: más televidentes, más gente alrededor del cadáver, más periodistas afanándose por la exclusiva, forenses que se vuelven estrellas, policías que tocan el cielo con las manos cuando les enfocan el uniforme. Mejor que te calles la boca, nena, porque ¿qué mierda estás haciendo paradita frente al televisor de un bar de medio pelo mirando el noticiero: buscando la paja en el ojo ajeno? La imagen era revulsiva pero no podía despegar los ojos. Qué hijos de puta, no deberían mostrar esas cosas. Hay chicos mirando. Besançon lanzada al brillo de bengala de la popularidad televisiva gracias a un cadáver. Un parroquiano la empujó sin miramientos para ver mejor la pantalla y al volverse hacia la tele, la cámara estaba haciendo un primer plano de las marcas de los golpes.


HOTEL DE MILÁN, MISMO DÍA, POR LA TARDE
El teléfono llevaba sonando unos dos minutos y estaba a punto de cortar, exasperado, cuando alguien se dignó a levantar el tubo del otro lado.
— ¿Quién? — ladró Marcel al escuchar una voz masculina.
— Cabo Bardou al habla — respondieron del otro lado.
— Bardou, soy Dubois. ¿La comisario Marceau?
— ¿Eh? Ah, no vino. Viajó y no vuelve hasta el jueves o viernes, capitán.
Se quedó rígido, teléfono en mano. No sabía nada, no me dijo nada.
— ¿Tiene idea del motivo del viaje?— casi podía imaginarse al cretino imbécil frotándose las manos.
— Eh, capitán, usted ya la conoce a la comisario. Va y viene sin decir “a” o “b”. No sé.
— Páseme con Meyer.
— Tampoco está. Ultimamente aquí no hay nadie, todos tienen mucho que hacer fuera. Espero que no pase nada porque no hay oficiales, capitán — Bardou se preocupó ostentosamente.
Lo cortó en seco. Con dedos endurecidos de rabia, tecleó el número de celular: estaba apagado y la casilla de correo estaba saturada de mensajes. Vaciló antes de teclear el número nuevo. ¿Si me responde, que digo? Se supone que no sé que tiene otra línea. Pero si responde, es que espera llamados de alguien más. Del tipo. Apretó cada tecla con un nudo en la garganta. La voz inconfundible le enterró un puñal en las entrañas. Furioso, cortó sin responder. Furioso abrió la notebook, se conectó con el sistema de rastreo de llamadas e ingresó nuevamente el número. Cuando ella respondió, dejó la línea abierta con cualquier excusa hasta que detectó la localización: Orleans. Suficientemente cerca y suficientemente lejos de París como para dedicarse a actividades privadas sin interrupciones. Y no puedo volver hasta la semana próxima. Mil veces carajo. Con los nervios erizados, se trazó un “plan de acción” ¿La comisario Marceau estaría fuera hasta el viernes? Pues bien, el capitán Dubois rastrearía los destinos de la comisario día por día. Se prometió que verificaría las versiones que ella le diera de su itinerario y sus actividades. Se prometió también que mantendrían una conversación seria y racional acerca de las mutuas obligaciones de una pareja estable. Desconectó la notebook prometiéndose que la mataría si lo estaba engañando.


MILÁN, MISMO DÍA, POR LA NOCHE.
El MS se le estaba amargando en la boca más de lo debido. Corrente repasó una y otra vez las fotografías. ¡Carajo, es el mismo tipo, el nieto de Valentina Contardi-Bozzi! ¿Qué mierda hace con Ruggieri?
Tomó el teléfono y llamó para pedir la información, esta vez en forma oficial. Más de una hora después le llegó la respuesta escueta: “el capitán Marcel Dubois está siguiendo un curso en C*”. Más llamadas y verificaciones. Mierda: ¿usa el curso como pantalla? Haría la llamada. No puedo permitirme errores con este tipo.
— Usted conoce perfectamente las reglas, Corrente — respondió la voz irritada del otro lado y Corrente se maldijo por enésima vez desde que marcara el número.
— Por supuesto, señor. Usted sabe que siempre las he cumplido y...
— Entonces, no veo el motivo para romperlas en esta ocasión — lo cortaron con frialdad.
Inspiró, tomó coraje y continuó hablando.
— Señor, quiero asegurarme de estar haciendo lo correcto.
— Si hace lo que le pido, hace lo correcto.
— Es que la situación es inesperada, señor.
— ¿Por qué, Corrente? —el viejo nunca utilizaba los rangos y raramente los nombres de pila: mantenía la distancia a través de los apellidos y nadie se atrevía a cruzarla jamás.
— Señor — vaciló un segundo y siguió adelante —, nuestro hombre es policía...
— ¿Y bien?— el viejo interrumpió impaciente.
— ... Y está negociando...nuestra mercadería... — Santo Dio, que no hayan pinchado esta línea todavía —, con un alias. Aparentemente para un comprador alemán. También asegura tener contactos rusos interesados.
— No entiendo su preocupación, la Policía también hace negocios sucios.
—Señor, el intermediario es Ruggieri.
— No me preocupa.
— Tampoco me preocupa a mí que se trate de esa cucaracha de Ruggieri: me preocupa el proveedor de Ruggieri.
Hubo un silencio del otro lado, prolongado como para que Corrente creyera que se había cortado la comunicación.
— Comprendo...— respondieron a media voz, del otro lado—. Bien: seguimos adelante sin cambios.
— Señor: pueden darse dos opciones: que el hombre sea realmente negociador, con lo cual no habría mayores inconvenientes. Quizás hasta resulte más cómodo operar con él en lugar de Ruggieri... — del otro lado una tosecita seca lo interrumpió —, pero, ¿y si está actuando undercover? ¡Estaría poniendo en riesgo toda la operación europea!
— Corrente, no puedo darle todas las explicaciones que me pide, por múltiples razones. Digamos que... estoy buscando la mano derecha del diablo y esta sorpresiva actividad de nuestro hombre me ofrece la oportunidad de encontrarla.
El tono del viejo no admitía réplica. Estoy para cumplir órdenes, no para discutirlas, se recordó a sí mismo la filosofía de cada operación.
Después de cortar, Corrente se quedó atando cabos. Lo está probando. Debería asegurarme de los motivos, aunque el viejo es siempre críptico con sus encargos. Pero esta vez demuestra un interés fuera de lo habitual. Tomó la última serie de fotografías, bastante desagradables desde su punto de vista. Puttana, te estás tumbando al hombre más buscado de toda Europa. Utilizaría esas tomas en caso de estricta necesidad.

****


El viejo cerró el teléfono celular y se lo metió en el bolsillo interno del sobretodo. Corrente estaba preocupado y con razón: era un magnífico elemento, un perro guardián de los intereses de la Orden. Pero en esta ocasión, él prefería correr los riesgos. Después de todo, mi hombre vale la pena, se dijo. Se trata de un Contardi y tiene que demostrar lo que vale.





lunes, 9 de mayo de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 18

Milán,  Palazzo Bozzi. Lunes por la mañana


Valentina lo esperaba ansiosa y Marcel no se había sentido menos inquieto durante toda la noche. Sabía que hacía peligrar el operativo con esas visitas, pero ya no podía evitar querer saber más de su familia. No puedo dejar Milán como si no me importara nada. Correría el riesgo y pensaría en alguna coartada para Ruggieri, si algo no salía bien.
Guglielmo se asomó con el servicio de café y un enorme cenicero de cristal.
— ¿Qué te pasa? — preguntó Valentina mientras él encendía el sexto Gauloise desde que se levantara, dos horas más temprano.
— ¿Soy tan transparente?
Valentina le tomó la mano.
— Cuando se es vieja como yo todos se vuelven transparentes— le acarició la cara con nostalgia —. Ya te lo dije, pero tienes la mirada de tu madre.
— Se te parecía mucho.
—Ah, no seas zalamero — lo reprendió.
Se quedaron callados sorbiendo el café caliente. Cuando terminó el suyo, Valentina se puso de pie.
— Vamos, quiero mostrarte la casa.
Le ofreció el brazo y salieron del saloncito.
****
Su abuela lo acompañó hasta el que había sido el estudio del viejo, tan recargado y elegante como el resto de la casa. Valentina le contó que ese había sido el estudio de su padre, Ruggiero Bozzi. El mobiliario era el original: maderas espléndidas, talladas e incrustadas en los cajoneros, archiveros y biblioteca; el piso de mármol que parecía taraceado; sillones de cuero de Rusia. ¿Y cómo sabe uno que el cuero es de Rusia? ¿Las vacas mugirían en ruso? ¿Trae el sello de los Romanoff en alguna parte? pensó, irreverentemente divertido.
— ¿Vas a dejarme solo? — le preguntó al verla salir.
— Sí— fue la respuesta tranquila.
— ¿Pero, qué hago?
— Es tu estudio ahora.
— Abuela, por favor... — empezó a protestar.
— No estoy diciendo más que la verdad. Ésta fue la casa de mis padres y después la mía. Marcello vivió aquí e hizo de este sitio, de su vida y de las vidas de los demás lo que quiso, pero siempre fue mi casa y será tuya algún día. Y si yo decido que este cuarto es tu estudio, está bien así. Si no te gusta algo, lo cambiamos o mudamos el estudio a otro lado. Pero lo que hay dentro, es tuyo.
Se quedó sin palabras durante unos instantes larguísimos y Valentina siguió.
— Me gustaría que revisaras los papeles, los archivos, todo y te tomes el tiempo que haga falta.
Asintió y ella sonrió mientras lo abrazaba otra vez.
— Bravo ragazzo[1]. Así me gusta, haciéndole caso a sus mayores — y le pellizcó la barbilla.
— No me tomes el pelo.

Paseó por la habitación sintiéndose un intruso. Para tomar confianza, abrió las puertas vidriadas de las bibliotecas y el olor a viejo inundó el estudio. Parecen los rollos del Mar Muerto. Detrás de algunas puertas había más de las porcelanas que había visto cuando visitara la casa familiar por primera vez. Tomó una para mirarla de cerca: Arlecchino le robaba un beso apasionado a Colombina. La estatuilla impresionaba por su realismo y su belleza. La dejó en su lugar con infinito cuidado. Parece que las coleccionan... Mejor las dejo en paz, a ver si encima rompo alguna...  Cristo, ¿cuánto hace que nadie abre una ventana en este cuarto? Abrió una de par en par y el aire gris y húmedo agitó los cortinados. También entró más luz y eso lo animó a abrir las demás. Mejor, bastante mejor. Señoras y señores, el Museo de Cera de Madame Tussaud. Se rió de la impertinencia y abrió el resto de los muebles. Algunos de los libros tenían menos polvo. Un trompe-l'oeil. ¿La cajafuerte? Ajá. Un poco obvia, modelo un poco antiguo. Espero que no guarden nada importante o que los ladrones no frecuenten la zona. Los archiveros, prolijos hasta la exasperación, contenían papeles de negocios: habría que revisar con tiempo y tirar a la basura todo lo que no tuviera más utilidad. Los archivos son mi karma.






                                                                          
                                                                       Arlecchino
                                                         Porcelanas Capodimonte

                                                                      Colombina
                                                       

Dejó el escritorio para lo último. El sillón era asombrosamente cómodo; el cuero tenía el tacto de la seda y el asiento se amoldaba al usuario con silenciosa suavidad. Los rusos hacían bien las cosas, después de todo. ¿Un mueble tan grande y con tan pocos cajones? Los abrió todos y encontró artículos de escritorio y agendas viejas. El resto del contenido era de una inocencia anodina: blocs de papel membrete, tarjetas personales, un tarjetero de visitas, llaveros viejos con llaves probablemente inservibles... El tamaño del escritorio continuaba intrigándolo.
El sobre de cuero hacía juego con el tapizado de los sillones y estaba dividido en seis paneles iguales. El panel frente al sillón estaba libre; los demás, ocupados por portalápices de plata, una lámpara de escritorio de Lalique; un cenicero y un pisapapeles, ambos en cristal de Murano. Levantó el pisapapeles y el cuero estaba marcado debajo: el orden del anterior inquilino había sido fielmente mantenido. Recorrió las divisiones del sobre de cuero con un dedo y las que delimitaban el panel despejado estaban más rehundidas que las otras. Tuvo una sensación rara, y hacía rato que había aprendido a no desechar nunca esas percepciones. 
Recorrió el borde de madera del sobre con los ojos cerrados, buscando alguna imperfección con la yema de los dedos. Notó algo y retrocedió la mano sin abrir los ojos. Aquí: una fisura finísima, casi imperceptible. A simple vista no se observaba: parecía otra veta más de la madera.  Buscó en el otro extremo y encontró la otra fisura. Golpeó, pero si había un hueco debajo, el cuero amortiguaba el eco. Intentó levantar el panel. Nada. Tiene que haber algún resorte, algún botón. El cajón central era tan estrecho que casi no le cabía la mano. Dentro había algunas lapiceras viejas e inservibles, un par de lentes de marco de carey desgastado con su estuche ajado de cuero. Qué absurdo, guardar todas estas basuras. Manías de viejo. O para que nadie sospeche que el cajón tiene otro uso y busque lo que no debe.
Intentó meter la mano y tocar la parte superior del cajón, sin éxito. Tengo manos demasiado grandes para esto pero si lo saco, .... Retiró el sillón y extrajo el cajón hasta el tope: era menos profundo que el resto de los cajones, pero no salía. Tironeó suavemente y entonces oyó el clic. ¿Así de sencillo? Tanteó el panel: estaba suelto. Lo levantó apenas y lo soltó. Clic. Estaba cerrado y no podía abrirlo. Cerró y abrió el cajón otra vez. Clic. Abierto.  Levantó el panel: había una tapa interior con llave. Carajo. ¿El cajón? Volvió a abrirlo, sin bajar el panel, pero no encontró nada nuevo. Examinó la cerradura de combinación, una joyita de cerrajería.
Recordó los llaveros. A primera vista, las llaves eran viejas e inútiles. ¿Todas son inútiles? Las frotó una por una, y una llave le manchó la mano con tizne. La probó sin hesitar. Disfrazó la llave con el humo de una vela. Simple y efectivo. Viejo zorro. La tapa tenía el interior metálico y por fuera estaba forrada en madera; ocultaba un compartimiento que ocupaba todo el espacio profundo debajo del sobre. No había polvo dentro, lo que hablaba de lo bien hecho que estaba el escritorio, tan hermético que no dejaba pasar la mugre ni el eco de los golpes de alguien que buscara lo que no debía.
Se sintió un mocoso espiando los secretos de un adulto. ¿Qué guardaría el viejo, contratos con gente inconveniente? ¿Correspondencia comprometedora? ¿Pornografía? Qué asco. Sacó una caja de madera con llave; probó las más pequeñas y una giró. Dentro había un montón de hojas sueltas con escritura apretada, y fotografías. Qué inocente, su diario personal y fotos viejas. Al levantarlas, cayeron trocitos de lo que alguna vez había sido una foto. Por el color sepia desvahído dedujo que era mucho más antigua que las que estaban enteras. Guardó los trocitos de fotos en un papel doblado y se los metió en el bolsillo del pantalón, prometiéndose que de regreso en el hotel, jugaría a los rompecabezas nada más que para despuntar el vicio de la profesión. Los escritos los leería más tarde: le provocaba un poco de escozor husmear las intimidades de un muerto.
A ver las fotos. Para su sorpresa, descubrió un seguimiento casi policial. Marcello Contardi había perseguido a la mujer de una forma obsesiva. La primera serie de fotos tenía fechas que abarcaban un período de algo más de diez años.  Dios mío, qué es esto... Encendió un Gauloise  y se lo olvidó colgado en la boca mientras cerraba el panel y desparramaba el material  por el escritorio. No lo puedo creer.

La otra serie de fotos correspondía a una mocosita encantadora, muy parecida a la mujer. Miró el reverso de dos o tres: también estaban fechadas y eran contemporáneas de las últimas de la serie anterior.
Volvió a las fechas; hacía más de veinte años de las tomas. Una lo sorprendió: la chica tenía una expresión que instantáneamente calificó de “sonrisa de Gioconda”. La actitud era la de estar leyendo algo. Había más fotos de ese mismo día: un dedo enroscado en un mechón de cabello, el gesto de acomodarse el flequillo congelado por la toma, un instante de pura sensualidad con una barra de chocolate entre los dientes. Dio un salto en el sillón, dejó las fotografías, manoteó el diario, olvidándose de la renuencia que había sentido y rebuscó entre las páginas.
Al principio le costó descifrar las frases: la escritura era apretada y angulosa, con trazos muy remarcados y fuertemente inclinada. El viejo había llevado el diario durante más de diez años y concluía abruptamente. Buscó fechas que coincidieran con las de las fotografías.

"Es sutil, etérea. Flota en lugar de saltar. Nunca antes me dejé emocionar por una bailarina, no más allá del placer estético del ballet. Ella es tan diferente, destila pasión en cada pirouette, cada fouetté. ¿Cómo lo logra? ¿Qué magia esconde para hechizar así al público?"

"Convencí al regisséur de ofrecerles una recepción. No hizo falta mucho: la ovación duró más de quince minutos; el público estaba electrizado. Se olvidaron que son del Sur y aplaudieron hasta que les dolieron las manos. Yo también aplaudí, pero sólo a ella."

Pasó las páginas deteniéndose apenas en cada una.

" Hoy vuelven al teatro. Las localidades se agotaron hace más de un mes. Dos años sin verte. Dos años de contar los días. "

" Rechazaron la invitación a cenar. Mejor dicho, él la rechazó, con mucha elegancia fingida y mucha educación en la voz pero con una mirada que hablaba a las claras. Ella no dijo nada."

" Él no pudo negarse esta vez, y la recepción fue un éxito. Si cree que puede evitar que yo consiga lo que quiero, está completamente equivocado. Tengo muchos elementos de presión y todavía no ejercí ninguno. Estabas tan hermosa, tan cerca."

El tono de las anotaciones tomó un cariz desagradable.

"Me llamaron de la florería para avisarme que habías devuelto las rosas. Seguro fue tu marido."

"Le exigí al imbecil del régisseur que reprogramara los ensayos. El cretino se olvida de quién sostuvo su candidatura para el puesto. Le llegó la hora de agradecer. Mañana tengo una función off the records en exclusiva para mí, con mi artista favorita, sin partenaires que incomoden."

Saltó hacia adelante con las hojas, cada vez más incómodo y molesto con lo que leía.

"Creí que el paso del tiempo te afectaría. Quería verte ajada, desgastada, tu talento perdido. Te juro que lo deseaba desesperadamente. Estás más hermosa que nunca, floreciste en estos años que no te tuve cerca. ¡Cerca, qué ironía! Nunca logré tenerte más cerca que a la distancia de un besamanos. Nunca pude respirar tu aliento, sostenerte entre los brazos, tenerte en mi cama como te tengo en la sangre. Tu sola presencia es un veneno lento que me quema las venas."

"Impulsé la decisión esta mañana en la reunión del Directorio del teatro. Por supuesto, dijeron que  sí: contrato por cinco años, dos presentaciones al año de cuatro funciones cada una. Estarás feliz, imagino. Yo también, aunque tenga que sufrir  la presencia de él. Tendré que pensar una solución para eso"

 Se le estaba antojando que esa solución no sería de su gusto.

" Conseguí un magnífico elemento de presión: el contrato es muy ventajoso, mejor que el del Met. Los americanos se quedaron nada más con una presentación anual. Costó una pequeña fortuna pero valdrá la pena. Para el público y para el teatro, dijeron los otros Directores. Al teatro se lo puede tragar la tierra. Te tendré cerca mucho, mucho tiempo. Es lo que más me importa "

"Hoy presencié el ensayo de los reemplazantes. Son bastante buenos. Un accidente no ocasionaría problemas a las funciones."

¿Qué clase de hijo de puta eras? La caligrafía de las hojas posteriores mostraba una gran tensión.

"Me rechazaste. Ninguna mujer me rechazó jamás. Hasta ahora me porté como un estúpido pero ya no más: nunca amenazo en vano y me las vas a pagar. Nadie me niega lo que quiero.”

El cigarrillo le temblaba en las manos cuando tomó las hojas otra vez. Las anotaciones eran espaciadas e incoherentes. Por fin aparecieron unas líneas de caligrafía brusca y desigual, casi incomprensibles en su redacción furiosa.

"Te odio. Estoy más loco que antes, ¿cómo es posible? Puta, más que puta, ¿qué me hiciste? ¿Por qué esta maldición? Este veneno tuyo me quema la sangre. Ah, debí haberte matado allí mismo porque si no puedo tenerte para mí no deberías ser de nadie más. Saber que estás viva y en brazos de él me enfurece y me desespera. Saber que te toca, te posee, bebe de tu aliento... Matarte, sí, matarte es lo mejor.” 

Retiró el sillón, dio unos pasos por el estudio y se asomó a una de las ventanas. Necesito aire. ¿Loco? Es un término demasiado suave. Psicópata lo describe mejor. La anotación siguiente había sido hecha unos meses después de la anterior y parecía inconexa con el resto:

“V viajó a ver a C a mis espaldas. Estúpida, cree que puede ocultarme algo. Cuando volvió, la estaba esperando en el aeropuerto. Se aterrorizó de verme. No la golpeé hasta que estuvimos en casa, encerrados en el dormitorio. Pasará un tiempo antes que la ramera pueda volver a salir a la calle. Nadie me desobedece nunca. C está muerta. Murió cuando me abandonó por ese hijo de puta. Era mía, mi sangre y mi carne. Cuando pienso en él tocándola, haciéndole el amor, podría matarlo.”

Se recostó contra el respaldo para encender otro Gauloise. ¿Tu sangre y tu carne? ¡Monstruo, era tu hija! ¡Era mi madre! La angustia y el dolor le cerraron el pecho y la garganta. Soy tu nieto, también soy tu sangre y tu carne y te aborrezco. Cómo consiguiste hacer pedazos la vida de tantas personas. No quería y sí quería seguir leyendo. ¿Por qué hizo tomar la otra serie de fotografías? Sospechaba que el motivo sería igualmente repugnante. Buscó fechas de las últimas tomas de ambas mujeres: el estómago se oponía a que leyera todo lo anterior.

" No pensé que se te pareciera tanto. Hace muchos años que no vienen a Milán y me obligaste a seguirte por otros teatros. Hice lo imposible para que el teatro hiciera lugar en la agenda de este año, volví locos a los de París y a los de Nápoles. Tu marido y esa debilidad estúpida de acceder a cualquier pedido idiota que haga el San Carlo. Ah, pero es una joya, una piedra preciosa esperando a que terminen de tallarla. No tiene tu esbeltez: es más... terrena, más carnal.  Es una criatura, todavía no tiene trece años y ya se le intuye el fuego en los ojos. Tu mismo fuego. Hasta no hace tanto tiempo, una hembra de trece años estaba presta para casarse y parir. ¿Por qué no? Ah, mi adorada, pensar en tí me vuelve vulgar. Es tu culpa. Pero esta vez prometo ser sutil, no iré a buscarte ni suplicarte: lo harás tú. También prometo ceder no demasiado rápidamente a tus ruegos.¿Cómo será? Madre e hija, ambas tan deseables y tan indefensas. No me importa tu odio: más bien me inspira. Me siento un Scarpia cualquiera: ‘spasimi d’ira /spasimi d ‘amore’[2].  Debieran hacer de ‘Tosca’ un ballet.”

Una semana después la locura continuaba.

" No me dejé ver por el teatro, hubiera ocurrido un desastre: tu marido tiene un sexto sentido para intuir mi presencia. Cómo alguien con tu delicadeza puede amar a ese bruto ignorante, nacido en la calle más mugrienta de la ciudad  más miserable y envilecida de toda Italia."  

 Claro, todas deberían admirar y desesperar por el gran Marcello Contardi, deslumbrarse ante su educación y su elegancia, sus cinco idiomas, su don de gentes, su capacidad para los negocios y sus dotes de sádico y corruptor. Cómo una se atrevió a despreciarte por un pobre napolitano. La rabia le dejó amarga la boca. Cómo tu hija te engañó con un miserable gendarme. Miró los Gauloises aplastados en el cenicero. Casi termino con el paquete, mierda. Tomó las hojas restantes y se sentó en el sofá delante de la ventana. Buscó fechas un año y medio después de lo que acababa de leer. Prefiero no enterarme de un año y medio de bajezas.

 "No pude conseguir que los cretinos de sus esbirros aceptaran el encargo, pero me enteré de que él está en Nápoles: perfecto. Si logro convencerlo, están todos donde quiero que estén."

Griego antiguo. ¿Encargo? Huele mal. ¿Quién es “él”? ¿Quiénes son “todos”? La fecha de la última anotación coherente era diez días posterior.

"El imbécil se negó. Cuestión de principios, dijo. ¡Hijo de puta, se atreve a hablarme de moral a mí! Ayudó a huir a torturadores y criminales de guerra, vende su mierda al que se la pague mejor, ¿pero no se ocupa de ese tipo de encargos? ¿Y en su país, de qué se ocupa?
Estaba ahí, al alcance de mi mano. Fui un idiota, debí haberlo hecho yo mismo. Hubieras sufrido, mi adorada, mucho, pensando en lo que le haría a tu hija. Tu dulce hija, tan inocente, tan parecida a tí y sin embargo tan diferente. Nunca la había visto así vestida con la túnica y las zapatillas. Era tu imagen y no lo era: ella tiene algo animal, más sensual, o quizás sea esa misma juventud sin domar todavía, sin haber aprendido la sofisticación de la mentira ni la hipocresía de la educación. Toda esa sensualidad necesita ser despertada y yo lo hubiera hecho con delectación.
Me hubieras rogado por ella, te habrías humillado, ¿qué no habrías dado a cambio de que te  devolviera a tu Cisne? La hija por la madre... y el placer de tenerlas a las dos. Te hubieras muerto de pena, ¿no es cierto? Cómo te odio... No, es mentira, no te odio, pero no puedo tenerte y preferiría verte muerta antes de que de otro."

Las hojas se deslizaron en un susurro hasta el suelo. Caminó hasta la ventana abierta y se apoyó en el alféizar, conteniendo como podía las ganas desesperadas de gritar. ¿Cómo voy a explicarle esto a Odette? ¿A Lola? ¿Cómo voy a decirles que soy el nieto de este hijo de puta?

****
Golpearon suavemente pero el ruido lo sobresaltó y volteó con brusquedad. Valentina se quedó de pie en la solia, sin atreverse a dar un paso.
— Abuela... ¿qué pasa?
La anciana suspiró antes de hablar.
— La memoria nos juega malas pasadas...— Valentina sacudió la cabeza y se acercó a tomarle las manos. Cuando lo hizo, Marcel notó que le temblaban.
— ¿Qué te pasa? — repitió él y le pareció que Valentina buscaba las palabras con dificultad.
— Te vi...de pie junto a la ventana... Tan gallardo, tan arrogante...
— Abuela, me voy a poner colorado — dijo medio en broma, medio en serio, pero la anciana no le hizo caso.
— ... ¡Santo Dio, me dije, es posible, se le parece tanto! — ella le acarició las mejillas con ambas manos, — que tuve miedo...
— ¿Miedo? — murmuró Marcel.
— De que seas ... como él... ¿No es así, verdad? — suplicó su abuela.
— ¡Por supuesto que no! ¿Qué...?
— ¿Le serías fiel a una mujer? ¿La respetarías?
La pregunta le secó la boca.
— Abuela, por favor — enrojeció hasta las orejas —. ¿Qué significa todo esto? Ya te hablé de Odette...
— La hija de los Massarino — Valentina se cubrió la cara con las manos —. No podía creerlo: tú, ¡el nieto de Marcello Contardi! y ella... Díme la verdad,  ragazzo mio[3] : tú no la harías sufrir, ¿no es cierto? — los ojos de la anciana se volvieron aguachentos.
La tomó por los hombros y la sentó a su lado en el sofá, abrazándola y sintiéndose un gusano. Dios sabe que la amo y que lo que voy a decir es cierto.
— La amo, abuela. Quiero que sea la madre de mis hijos. Nunca se lo dije todavía... pero es verdad.
Valentina asintió y apretó los labios para pasear la mirada por la habitación y vio los papeles y fotos encima del escritorio.
— Ya descubriste los secretos de este cuarto.. — afirmó a media voz.
Se maldijo por no haber ocultado sus hallazgos. Tengo que esconder el diario. Se levantó y mientras tomaba las fotos, acomodó las hojas ocultándolas con un sobre. ¿Para qué hacerla sufrir con las locuras que había escrito ese canalla?
— Encontré estas fotos en un compartimiento debajo del sobre del escritorio— le explicó el funcionamiento del panel oculto. Valentina meneó la cabeza.
— Yo casi no entraba aquí, a Marcello no le gustaba. Sé dónde está la cajafuerte pero jamás la utilicé — Valentina se encogió de hombros —. Ni siquiera sabía de ese escondite del escritorio.
— ¿Qué pasó cuando enfermó?
— Lo de BCB siempre estuvo en la empresa. Aquí Marcello llevaba sus “otros asuntos”, como él los llamaba.
— ¿Cuáles?
— No lo sé. Ni siquiera entré a ver qué había después de que murió — suspiró su abuela —. Éste fue el estudio de mi padre, Ruggiero Bozzi. Era médico psicoanalista, y aquí ejerció hasta que abandonó el psicoanálisis por la clínica médica durante la guerra. Después de que mi padre murió, ni mi madre ni yo veníamos a este sitio. Luego de casarnos, Marcello y yo vinimos a vivir aquí porque mi madre estaba muy delicada. Yo no quería entrar a este lugar: las pertenencias de mi padre me traían recuerdos. Con el tiempo, Marcello fue ocupándolo con sus cosas. Ese escritorio, por ejemplo. Había pertenecido a su padre y él le tenía una especial estima. Jamás habló mucho de sus padres; nada más sé que él murió cuando Marcello tenía quince años y que su madre murió durante la guerra— la anciana se estremeció—. Nunca me gustó esta habitación...
— Vámonos a otra parte entonces — le propuso, pero Valentina estaba inmersa en sus recuerdos. La anciana estiró la mano y tomó dos o tres fotos.
— Addolorata Massarino — murmuró con amargura —.  Virgen Santa, lo que sufrimos ambas... Diez años de persecuciones y amenazas. Cuanto más lo rechazaba ella, más se empecinaba él en perseguirla. La amenazó con anularles los contratos, no dejarlos bailar en toda Europa. En el teatro se decían tantas cosas... Marcello era capaz de cualquier locura por conseguir lo que quería — Valentina  tomó una foto de Odette y las manos le temblaron violentamente—. Tú no sabes cuánto recé por esta criatura...
— No... no te entiendo ... — Cristo, sí te entiendo pero no puedo decírtelo. Sus sentidos se rebelaban ante la insania de ese hombre.
— ¿Qué es lo que no entiendes? ¿Que él hubiera sido capaz de usar a la hija para conseguir a la madre? Estaba dispuesto a todo. La chiquita no le importaba, para él hubiera sido un juego. Él quería a Addolorata: destrozarla, destruirla para vengarse de su desprecio... Si yo hubiera podido hacer lo mismo... despreciarlo y no temerle... Quién sabe hoy, tu madre... mi chiquita...— los sollozos la sacudieron y no la dejaron hablar. Marcel la abrazó para consolarla —. Después de Constanza, perdí varios embarazos... — Valentina vaciló y cerró los ojos y él la besó en la frente—. Después del tercer aborto, me dijeron que ya no podría volver a quedar embarazada.  Estúpida de mí... creía que si  teníamos otro hijo, las cosas cambiarían.. Tenía amantes en cualquier parte, a la vista de todo el mundo. Yo no sabía si lo hacía para humillarme...— la voz le bajó hasta ser casi inaudible—. Creía que era mi culpa, que yo no era lo suficientemente mujer para él. Siempre me acusaba... y yo... le temía cada vez más... y entonces comenzó a golpearme. No entendía que Marcello nunca había sido diferente. Me consiguió y se terminaron su enamoramiento y su galantería. Alguna vez fui joven y hermosa. Él destruyó todo lo que yo era y después todo lo que me quedaba: mi hija...  — la  anciana hizo un alto para inspirar profundamente y enjugarse una lágrima—. Constanza amaba tanto a su padre que yo no me atreví a decirle qué clase de monstruo era. El la adoraba casi con locura... Era absolutamente posesivo con ella: vigilaba cada uno de sus pasos, le objetaba las amistades. "Tus compañeros de escuela no son de nuestra clase", "Ninguno de esos mocosos malcriados merece una mirada tuya" y cosas por el estilo. La perseguía implacablemente y Constanza disfrutaba de enfurecerlo con sus caprichos de chiquilina.... Llegué a creer... que Marcello...no la amaba... como a una hija... — Valentina se ahogó en sollozos.
— No me cuentes más si te hace tanto mal — murmuró en su oído.
Valentina recuperó el aire.
— Necesito hacerlo. ¡La culpa que cargué todos estos años es muy grande!
— ¡Culpa! ¡Por qué!
— Porque tenía tanto miedo de Marcello que no me atreví a hacer nada y la abandoné. Cuando... cuando Constanza vino con tu padre, a decirnos que se amaban y que estaba embarazada, lloré de alegría: Jean-Pierre se la llevaría lejos de toda esta violencia. ¡Tu padre la amaba tanto! — se quedó callada unos momentos, mientras él le sostenía las manos—. Marcello ...
.— No hace falta que me cuentes...— la consoló.
Valentina negó con la cabeza, sin poder hablar. Continuó después de un rato.
— Creí que se había vuelto loco. Destrozó todo lo que encontró en el dormitorio de tu madre: su ropa, sus objetos personales, sus libros. Tiró las fotografías, hasta le prohibió a la servidumbre mencionar su nombre. Yo me mantuve en contacto con Constanza, traté de ayudarla como pude... Tu padre también era orgulloso, no aceptaba nada de nosotros. Yo quería conocerte. Una vez que Marcello había viajado a Génova a recibir un embarque de cueros, me atreví a hacer la escapada. Quería saber si mi hija era feliz: eso me bastaría para serlo yo también. Pero Constanza estaba... extraña. Le pregunté muchas veces por tu padre y comprendí que eran desdichados. Me dolió terriblemente entender que tu padre no había sido más que otro capricho de mi hija, pero más doloroso fue no poder ayudarla o acompañarla. Los errores de los hijos nos duelen más que los propios... — la voz le vaciló por el esfuerzo enorme de seguir con el relato—. Y entonces, cuando regresé... él... me estaba esperando en el aeropuerto... Casi me desmayé al verlo... Nunca supe cómo se enteró... y... cuando llegamos a casa...
— No sigas, por favor. Te hace mucho daño — le susurró al oído mientras la abrazaba.
— ¡No! ¡Necesito contárselo a alguien! — sollozó su abuela—. Me golpeó... como tantas otras veces... no pude salir a la calle durante un tiempo... como tantas otras veces... No me hubiera importado...  pero me prohibió volver a ver a mi hija... Me dijo que... si lo intentaba, iría a buscarla él mismo. “¿Te gustaría que yo fuera en persona a traértelos, a ella, a tu nieto?” me gritó...— el llanto casi no la dejaba hablar—. Y entonces... nunca, nunca más me atreví a volver a verla. ¡Tuve tanto miedo! Por mi hija, por tí.
La sostuvo entre sus brazos durante un tiempo muy largo, mientras le besaba el pelo y se quedaron abrazados en silencio, consolándose mutuamente.
****
Valentina lo miró con preocupación.
— ¿Qué debo hacer ahora?
— Nada, abuela. Sobre todo, no dejar entrever que estás al tanto de quién soy.
Le había explicado someramente la operación y había insistido en el peligro que ella corría, sin hacer mayores aclaraciones. Lo único que me falta es que se entere de que me acuesto con Alessandra.
— Sería bueno que te tomaras vacaciones a cualquier parte y si es a París, mejor. Allí puedo cuidarte.
— Pero no puedo salir corriendo, a París o a cualquier parte. Tengo que seguir adelante como si no supiera nada— le espetó su abuela muy calma.
— Necesito protegerte.
— ¿Qué mejor protección que mi propio nieto policía? — sonrió Valentina.
Vas perdiendo uno a cero, Dubois, se dijo. ¿Por qué las mujeres me ganan todas las discusiones? Prefirió cambiar de tema.
—Quiero conocer a tu fotógrafo. Parece que sabe hacer bien las cosas.
— Oh — Valentina chasqueó la lengua —, un detective privado y nada más. Me ayudó con algunas cositas y  me atreví a pedirle el favor de buscarte,  ¡y te encontró! — s abuela lo besó sonoramente.
Para ser un 'oh, detective privado y nada más' se mueve bastante bien. Le pidió a su abuela los datos del tal Gaetano Corrente. Otra cosa más para corroborar. Otro sujeto de investigación más. Esto se está poniendo complicado.


[1] Buen muchacho
[2] "Espasmos de ira / espasmos de amor..." Versos del villano Scarpia, personaje de "Tosca", de Puccini.
[3] Muchacho mío