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martes, 22 de septiembre de 2009

La dama es policía - CAPITULO 33


El edificio de Odette en La Dèfense

PARÍS, LA DÉFENSE. DOMINGO AL MEDIODÍA
—No, teniente. La señora Marceau salió cerca del mediodía y todavía no volvió. Los domingos rara vez está en casa, ¿sabe?
El portero lo había reconocido y estaba comunicativo. Marcel no pudo resistir la tentación, absolutamente reprobable, de seguir preguntando.
—Hace muchos años que trabajo acá. Apenas lo conocí al marido. Murió hace mucho. Poco después de que se mudaran, creo. Ella nunca recibe a nadie. Sus padres... bueno, deben de ser sus padres, ¿no? Un matrimonio muy agradable. Cada tanto vienen a quedarse en el piso de la señora. Y Marguerite, claro, viene todos los días. Ella está mucho tiempo afuera, ¿sabe? Por trabajo, creo.
A medida que Grégoire hablaba, Marcel se sentía más y más incómodo. ¿Cómo puedo estar haciéndole esto? Soy un insecto.
—Ella es siempre tan gentil... La señora. Marguerite también. Aunque nunca charlamos demasiado. Marguerite siempre está apurada.
Bien por Marguerite.
—¿Quiere que le avise a la señora que vino a verla?
No, no quería. Muchas gracias.
—Teniente Dubois... —el portero puso cara de circunstancias —, la señora Marceau... ¿tiene algún problema... con ustedes.? Ya sabe... —bajó la voz —. Con la policía.
Habría soltado la carcajada de no haberse sentido tan culpable.
—No, Grégoire. Nada más lejos.

BUENOS AIRES, DOMINGO PRIMERAS HORAS DE LA TARDE
La chicharra del teléfono agitó apenas el aire quieto de la hora de la siesta. Ortiz estiró la mano sin levantar la otra del teclado.
—Teniente Chávez, mi teniente coronel...
Se impacientó ante la irrupción. Y ahora qué pasa.
—Diga, teniente.
—Señor, hice lo posible por disuadir al mayor... Resultado negativo, señor.
—Las órdenes son de proceder sin dilaciones, teniente.
—Ya sé, señor— del otro lado del auricular tragaron saliva audiblemente—. No volverá a ocurrir. Señor.
—El grupo completo, teniente. Asegúrese de ejecutar la orden cuanto antes. Le recuerdo que no tiene que quedar nada que permita identificarlos o relacionarlos con nuestro país.
—Sí, señor. Comprendido, señor.

"Paris perdu" (París perdido)

PARÍS, X° ARRONDISSEMENT. DOMINGO, PRIMERAS HORAS DE LA NOCHE
—¿Adónde fuiste?
La voz del Brigadier a sus espaldas le paró el corazón durante medio segundo.
—A tomar un poco de aire —dijo el Cachorro mientras giraba y lo veía con visión periférica—. No me banco este encierro.
El otro le buscó los ojos con esa mirada helada y terrible.
—Hace un frío de cagarse.
—Igual necesitaba salir.
Se oyó un quejido sordo. ¿Todavía está viva? Instintivamente miró hacia el lugar de donde venían los gemidos. Está loco. Es demasiado; el teniente coronel tiene razón. Hay que limpiarlo cuanto antes. No va a ser fácil; los otros tres están de su lado. Podría intentar convencer al Tigre... No. Tengo órdenes. A todos.


PARÍS, LA DÉFENSE. DOMINGO, PRIMERAS HORAS DE LA NOCHE
Ya no soportaba más estar en su casa. Salió con el auto a dar una vuelta sin rumbo y terminó estacionando de nuevo frente al edificio de ella. Le mostró la placa al portero de la noche y éste lo dejó pasar. El auto de la señora Marceau estaba en las cocheras: acababa de venir de allí.
Llamó a la puerta varias veces hasta que por el intercomunicador, Odette preguntó quién era. Cuando le abrió, estaba en bata, con el cabello húmedo. Estaba tan pálida... Instintivamente miró al salón detrás de ella.
—¿Estás sola?
Hubiera querido morderse la lengua en el mismo instante en que lo dijo. Ella desvió la mirada e hizo un gesto con la cabeza.
—Hace doce años que estoy sola.
Lo miró con una pena infinita. Cuando trató de entrar, ella lo detuvo suavemente.
—No te hagas daño de esa forma. Prefiero que vuelvas cuando puedas confiar en mí.
—No...
—Te voy a esperar.
Ella se besó la punta de los dedos, estiró el brazo y los apoyó en su boca. Marcel asintió sin poder hablar, mientras la puerta se cerraba despacio. Se quedó sin saber qué hacer y después de una eternidad llamó otra vez. Cuando finalmente ella abrió sin preguntar, la abrazó, pidiéndole perdón con un beso.
Sin hablar la llevó hasta la cama. Sin hablar le hizo el amor mientras ella lloraba en silencio. Se quedaron dormidos casi al mismo tiempo.
No sabía qué hora era cuando sonó el teléfono. Odette dormía. Alargó la mano y levantó el auricular. Del otro lado vacilaron al oír su voz. Oyó una respiración pesada y después el clic violento. ¿Quién? ¿No esperaban que yo respondiera? La desconfianza se le enroscó en el pecho, quitándole el aire. Se odió a sí mismo por ese sentimiento que ya no lo dejó dormir.

El cielo mostraba esa luminosidad tenue previa al alba cuando en medio de la duermevela, el teléfono sonó de nuevo. Esta vez, ambos estiraron el brazo, pero él fue más rápido.
Lo mismo: el silencio ominoso seguido del clic. La miró con la duda agarrotándole la garganta.
Ella debió de ver algo en sus ojos, porque con la voz quebrada le pidió que se fuera. La apretó entre sus brazos, angustiado. No quería irse. Dios, ¿por qué esta mujer me hace sentir todas estas cosas? Quería saber pero no se atrevía a preguntar. Quiso hacerle el amor pero la poseyó desesperado. Ella era la sal en la herida y el bálsamo que la cerraba. La amaba y la odiaba. Ya no tenía orgullo; estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa con tal que lo dejara quedarse y se lo dijo.
—Jamás te humillaría de esa manera— se arrancó de sus brazos y habló con la voz opaca de amargura—. Si quisiera nada más que alguien que me calentara la cama, lo habría buscado en la calle.
Sus propias terribles palabras en boca de ella lo azotaron.
—¿Cómo pudiste insinuar algo así? Nos degrada a los dos. Es mejor que te vayas.
—Por Dios, no...
—No me lastimes más.
Se fue, mudo de vergüenza. Cómo se puede destruir lo que se ama con tanta facilidad. Te perdí. Ahora sí te perdí. Definitivamente.

PARIS, Xº ARRONDISSEMENT, MADRUGADA DEL LUNES—¿Y?
—Está con alguien. Un tipo, el que atendió las dos veces.
—Carajo...
—¿Qué hacemos?
—A esta hora, ya nada.
—Esperemos hasta la noche. Más fácil... Vive sola; se lo sacaste a la vieja. El tipo debe de venir los fines de semana. Seguro.


CAPO CALAVÀ, LUNES POR LA MAÑANA
Lola volvió a marcar el número de la casa de su hija. Nada. No hay nadie. ¿Y Marguerite? Una sensación extraña le trepó hasta el estómago. Decidió probar en la casa de Auguste. Charló de minucias familiares con su nuera y le preguntó como al pasar por Marguerite.
—No, mamá, no vino a casa.
Le pidió a Nadine que si la veía, le avisara para que la llamara y prudentemente cambió de tema. No está en casa de Odette, ni en lo de Auguste. Siempre hablaban el mismo día de la semana, para contarse las nimiedades de la vida diaria, los chismes familiares que la mantenían cerca de sus hijos. El contacto afectuoso de una amistad de años.
Insistió una vez más, esta vez a lo de Marguerite. Nadie. A lo largo del día continuó llamando, con creciente preocupación. A las cuatro de la tarde, la sensación desagradable se había transformado en una ominosa premonición.
Franco llegó del teatro a las cuatro y media. Lo oyó silbar "L'amour est un oisseau rebelle" mientras entraba en la casa. Estaban ensayando una nueva puesta para el ballet de "Carmen". Se asomó para verlo dar unos pasos de baile por el salón. Silbando, su marido la tomó de la cintura y la hizo girar siguiendo los compases.
—¿Qué te pasa? —le preguntó él, tras detenerse en seco.
Con el corazón en la boca, Lola le explicó lo de las llamadas. La expresión de Franco cambió instantáneamente.
—La última vez que te vi esa cara fue la noche en que murió Jean-Luc.
Los presentimientos le retorcieron las entrañas. Aquella noche, extrañamente, había insistido en llamar a la casita. Nunca lo hacían, pues Franco prefería hablar con Auguste. Calogero les había dado la noticia llorando: había encontrado a Odette al lado de la cama, paralizada. Cuando trató de tocarla, ella había gritado no sabía qué, lo había empujado y salido desesperada de la casa. No podía encontrarla. Tampoco podía encontrar a Auguste.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Aquella noche, su hija había estado a punto de matarse. Franco lo sospechaba, pero ella lo sabía: se lo había arrancado a Auguste, pues Odette jamás había hablado.
Ahora, la angustia le cerró la garganta. Franco la abrazó mientras ella murmuraba:
—Llamemos a Auguste.
Sin soltarla, él replicó:
—No. Llamemos a Varza.

MILÁN, LUNES POR LA MAÑANA
Mario Varza estaba todavía en su despacho, en la empresa, revisando papeles pero con la mente en otra parte. Había recibido el aviso de que el grupo había salido del país, con destino a Lisboa. ¿Carajo, por qué a Lisboa? No tengo a nadie allí. Repasó lo que sabía de ellos: tenían pedido de captura en Francia y España. ¿Cómo mierda iban a cruzar las fronteras? ¿Cuándo, dónde? Olvidémonos de los aeropuertos: el control es demasiado estricto. ¿Por mar? No. Mucho tiempo. Cualquier viaje por mar hasta puerto francés no llevaba menos de cuatro días, y él sabía que iban a actuar rápido.
El tren. Lógico. De entre una pila de papeles sacó la cartilla de horarios de trenes europeos. El tren les daba el tiempo necesario para preparar lo que hubiera que preparar, y la guardia fronteriza no era tan severa. Seguramente viajarían con documentación falsa. Buscó las conexiones. Lisboa-París Montparnasse, 16: 00-14: 50. Frontera: Hendaya. La puta que los parió, Hendaya es un balneario. Nadie controla nada. Están en París desde hace más de un día. La campanilla del teléfono lo sobresaltó.
—Il signore Mario Varza, per cortesia ... (1)
La voz del otro lado era...
—¿Odette?
—Lola Massarino, Mario. La prego mi scusi per il disturbo (2)
Apenas cortó con Lola, marcó el número de Colosimo.
En una hora, Calogero estuvo en su despacho. Ya había elegido a quiénes llevar y tenía listos los pasajes de Alitalia.
—Filippo también viene —le dijo, y él estuvo de acuerdo.
—Lo que necesiten — no era necesario mencionar qué—, ya saben dónde conseguirlo en París.
Calogero asintió seco. Cuando salía, Mario lo llamó:
—Calogero... con tu vida.
—Manco che me lo dica (3)— respondió Calogero y se marchó.


Entrada al 36, Quai des Orfèvres
PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES. LUNES POR LA TARDE
—Marguerite no vino a casa.
Odette cerró la puerta y se apoyó contra el archivero, con los brazos cruzados apretadamente y mirada de preocupación.
—Estará enferma...- respondió Auguste.
—Habría telefoneado.
—¿La llamaste?
—No atiende nadie.
—Odette... —se encogió de hombros y abrió los brazos, tratando de restarle importancia al asunto.
—Fui a su casa, Auguste. No hay nadie. El portero me dijo que no la ve desde hace unos días.
Sonaba muy mal.
—Te estás poniendo paranoica —sin admitir que él ya lo estaba.
—¿Paranoica? ¿Nadie más que yo está paranoico? Este trabajo es paranoico. Ser policía implica estarlo un poco. Si no estuviéramos todos leve, sólo levemente neuróticos, la otra noche Michelon hubiera ido sola, no hubieras llevado a Meyer y Dubois, Nohant se habría salido con la suya... —ella contestó mientras la voz le subía sin control.
—Odette, por favor —le dijo, con un gesto apaciguador—. Estamos todos bajo una gran presión. Quiero que... que dejes este caso.
Ella dio un respingo y le clavó los ojos.
—Por un tiempo, hasta que las cosas estén más tranquilas— ¿Cómo mierda le explico lo que nos ordenaron? Sintió que el estómago se le volvía un abismo.
—¿Qué carajo pasa?
— Nada. Te cuido — no va a ser fácil. Nunca lo es con ella.
—Auguste, no puedo creer lo que estás tratando de hacer. ¡El caso es mío! Estamos llegando al fondo y quieren... !quieren sacarme de en medio, que lo abandone, ahora que estamos a punto de...! Todavía no encontramos a los cerebros... ¡No puedo creerlo!
—¡Basta! Esto se terminó. No quiero que te arriesgues más. Ya tuve demasiado con lo de las monjas...
—Ya tuviste demasiado... ¡YA TUVISTE DEMASIADO! —Odette estaba fuera de sí.
—¡EN EL NOMBRE DE DIOS! ¡ESTOY TRATANDO DE PROTEGERTE!- estrelló el puño en el escritorio.
Desde afuera de la oficina seguramente se oirían los gritos. Pero aunque se estuviese derrumbando el techo, nadie entraba en su oficina cuando él y Odette discutían, lo cual ocurría con cierta frecuencia últimamente. Auguste miró hacia la puerta del despacho con preocupación. Mejor bajo el tono de voz. Bastante con las murmuraciones que corren aquí adentro como para darles más pasto a las fieras. Cerró los ojos, los abrió y respiró profundo tratando de mantener la calma.
—Por favor, sentémonos.
Ella le daba la espalda. Le rodeó los hombros con el brazo.
—¡Por el amor de Dios, necesito que me escuches! Todo esto que está pasando... quiero decir, los implicados, las relaciones que están apareciendo... es muy peligroso. Tengo órdenes. Esto se convirtió en algo muy grande. Nosotros... Nos superó... Hicimos un muy buen trabajo...
—No necesito que me lo expliques —le respondió Odette ácidamente—. Hace diez años que estoy buscando a los implicados y las relaciones. Diez años esperando pacientemente, reuniendo pieza por pieza, buscando noticias inconexas a primera vista, reuniendo testimonios, pruebas minúsculas— respiró y tragó saliva—. ¿Alguna vez imaginaste lo que significa saber que estás en lo cierto y no poder demostrarlo? ¿Alguna idea de cuántas noches pasé tratando de encontrar una grieta, un resquicio por donde penetrar en ese juego infernal? ¿Alguien puede imaginar lo que sufrí?
Una catarata de imágenes terribles le cruzó la mente. ¿Cómo puede seguir resistiendo? Yo ya no puedo soportarlo más. Ella siguió hablando.
—¿Alguien sabe todo lo que perdí?
Auguste cruzó los brazos y giró el sillón hacia la ventana. El viejo dolor estaba allí, golpeando bajo, como siempre. Se mordió el labio con saña.
—Odette, todos lo perdimos. Yo perdí a un gran amigo, mi maestro, mi... hermano —le costaba seguir hablando—. Yo... yo también lo quise. No soportaba verlo sufrir... —tragó, pero el nudo de la garganta no se aflojó ni un solo punto.
—Y como no soportabas verlo, ordenaste que le dieran morfina. ¿Te tranquilizaba la conciencia?
Supo que estaba blanco como el papel. Cerró los ojos y apoyó la frente en las palmas de las manos; se pasó los dedos por el cabello. No quería mirarla.
—¿Creíste que no iba a enterarme? ¿Cómo pudiste pensar que era tan estúpida?
—¡Estúpida, no! ¡Inocente! ¡Quería protegerte!
—¿De qué? ¿De tu piedad? Calogero me lo confesó. ¿Quién creías que lo inyectaba? ¡Calogero tenía miedo de equivocarse con las dosis!
La oyó rodear el escritorio para enfrentarlo.
—Pero la morfina no bastaba. El estar inconsciente no era suficiente. Yo quería hacerlo feliz, aun en ese estado. Así que empecé a inyectarle heroína.
Auguste sintió cómo ella giraba el sillón y le quitaba las manos de la cara para obligarlo a mirarla. Estaba pálida, los ojos como brasas.
—Eso sí, tuve mucho cuidado. No quería que mi dolorido hermano tuviera problemas por mi culpa. Quería que Jean-Luc pudiera sentir, ¡SENTIR ALGO!, algo más que dolor, impotencia, desesperación. Para eso bastaba conmigo. La heroína sirvió, podía verlo en sus ojos. Mientras le duraba el efecto, hasta podía acariciarlo y besarlo, porque cuando estaba lúcido no me lo permitía. Era... la única forma de hacerle el amor que me quedaba.
Estaba de rodillas en el suelo, meciéndose suavemente, con los brazos cruzados, como quien calma un dolor.
—Al final, fue nada más que heroína. La morfina no le hacía nada. Estaba tan débil... Tenía que tener mucho cuidado con la cantidad que le inyectaba... era difícil calcular cuánto... —Odette se recostó contra la pared bajo la ventana, cerró los ojos y hubo un silencio—. Yo lo maté, Auguste. Le di una sobredosis.
El mundo ya no estaba en su lugar. En ese terrible momento Auguste vislumbró la magnitud de la tragedia. Inhaló con dificultad, sabiendo que las lágrimas estaban ahí, ahogándole las palabras en la garganta. Cuando levantó la vista, Odette ya había salido.


El silencio que se hizo cuando Massarino asomó desde su despacho fue descomunal. Marceau acababa de pasar, desencajada y pálida como un fantasma.
—Necesito a alguien de Desaparición de Personas. Ahora.
Alguien murmuró un “Sí, señor” y levantó el teléfono, mientras la puerta se cerraba otra vez.
—Parece un hombre que ha visto su propia muerte —susurró Foulquie, sin dirigirse a nadie. Por una vez, nadie hizo comentarios vulgares.
Llamaron preguntando por Marceau y entonces se dieron cuenta de que se había ido sin decir adónde.


Las manos le temblaban todavía mientras removía mecánicamente los papeles encima del escritorio. No puedo concentrarme en nada. Estoy agotado; tendría que irme a casa y dormir una semana. Aunque, con la cara que debo de tener, Nadine va a atarme a una silla hasta saber qué mierda pasó. No quiero pensar. Volvió a los prontuarios. No. No los soporto. Tomó el teléfono y llamó; nadie respondía en casa de Marguerite. Carajo. Se quedó con la mente en blanco, recostado contra el respaldo del sillón. ¿Qué es lo que no encaja? Ya terminamos, se cerró el caso, no queda nadie suelto... ¿o sí? El instinto le decía que Odette no estaba equivocada. Sí alterada, fuera de control, porque de otra forma jamás le hubiera hecho esa confesión atroz. Las palabras le volvían como una cantilena de horror. No podía ser cierto. O sí. ¿Por qué, si no, torturarse todos esos años? ¿Se había condenado y estaba pagando la culpa? Ella se había ido sin darle tiempo a reaccionar. Fue un accidente. Se estaba muriendo. Yo no tuve el coraje de volver a verlo, porque me pedía que lo ayudara a morirse de una puta vez por todas. Fue culpa mía, Cisne. ¿Mi cobardía te hizo esto?
Se frotó los ojos en un intento estéril por apartar las imágenes y cruzó las manos para apoyar la frente en el hueco de las palmas. La alianza le rozó la piel y, quién sabe por qué, el anillo de sello de Nohant le asaltó la memoria. Nohant. El hijo de puta no había perdido la expresión sarcástica ni siquiera cuando se lo llevaron esposado. Recordó la mirada envenenada de odio... y de algo más. Se habían clavado los ojos durante un instante crucial y la cara del otro reflejaba una burla cruel. Como si supiera algo más, algo que Auguste desconocía. ¿Qué, por Dios, qué? Habían interrogado a Nohant durante horas, inútilmente. Ni siquiera acompañado por los abogados que había exigido había soltado palabra. Está esperando algo. O a alguien. ¡Es eso! A alguien que pueda sacarlo de esta situación. Pero para eso tienen que sacarnos a nosotros de en medio. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. ¿Dónde está mi hermana? Llamó por el interno y finalmente Sully respondió que la capitán había salido hacía más de media hora. ¿Dubois? Estaba en Archivos. En casa de Odette no respondieron al teléfono.
Pasó un radiomensaje, con el presentimiento a flor de piel. Después de un rato le avisaron que el aparato de radio de Marceau aparentemente estaba apagado. Cristo, ¿qué está haciendo?
—Bardou, que Dubois suba a mi oficina.
El teniente se asomó sin hablar.
—Estoy tratando de localizar a Marceau. Me avisaron que tiene apagada la radio de su auto— continuó sin mirar a ninguna parte—. Marguerite... la... empleada de... Marceau... desapareció. Ya di la orden de iniciar la búsqueda.
—¿Quiere que... trate de encontrar a Marguerite?
—No. Busque a Odette— le indicó algunos sitios en los que sabía su hermana podría estar—. Vaya hasta la casa y espérela ahí. Tiene que ir a su casa en algún momento—metió la mano en el bolsillo y le entregó el llavero—. Ésta es de la puerta de entrada; ésta, del departamento. Anula el código de acceso y la alarma —explicó en tono monocorde—. Cuando entre, vuelva a cerrar con llave para activar la alarma otra vez. Ya pedí que rastreen el auto.
Levantó la vista: Dubois estaba mortalmente pálido.
—Comisario... —Dubois vacilaba—. ¿No cree que sería mejor... que usted... buscara a M-Marceau?
—No. Vaya usted. Avíseme tan pronto como sepa algo. Tengo que hacer otra cosa— interrogar a ese hijo de puta de Nohant y arrancarle la verdad a golpes.
—Dubois... —el otro se volvió a medias —Encuéntrela. Como sea. Y no la deje sola.
Dubois asintió y se fue.


(1)El Sr. Mario Varza, por favor.
(2) Le ruego me disculpe por molestarlo
(3)No hace falta que me lo digas

domingo, 5 de julio de 2009

La dama es policía - CAPITULO 28

Foto de Flickr: Esprit de Sel
SUBURBIOS DE PARÍS, MARTES POR LA TARDE
—Comisario, use la máscara para entrar ahí abajo.
No necesitaba el consejo: el hedor del lugar se estaba filtrando desde el segundo subsuelo por el hueco del montacargas y por la escalera de incendio que rodeaba el hueco. La sorpresa había sido mucho más que desagradable, sobre todo porque las ratas presentaron batalla. Finalmente las combatieron con el método expeditivo del lanzallamas. Cerraron la puerta metálica tan rápidamente como lo permitió la cerradura eléctrica y esperaron a que se extinguiera el fuego, que se demoró sus buenos quince minutos, antes de volver a abrirla. Había olor a cloacas mezclado con el de la carne hedionda y quemada de esos bichos asquerosos, más otro, muy identificable, a cadáveres en descomposición.
Auguste ya conocía al enemigo: había sufrido la presencia ubicua de las ratas durante su infancia en las bambalinas y los sótanos de la Ópera-Garnier. Siempre había un tramoyista persiguiendo a alguna que intentaba comerse las cuerdas de los contrapesos; los vestuaristas se quejaban a la administración del teatro porque cada tanto, los trajes más antiguos aparecían mordisqueados; a pesar de los intentos de exterminio, las chicas gozaban de buena salud y de un increíble poder de recuperación.
Tuvo un encuentro cercano con una de buen tamaño una vez que, aburrido, se escurrió del camarín de sus padres durante un ensayo general. Fue a su lugar favorito, los talleres de escenografía. Tenía muchos amigos entre los escultores, pintores, carpinteros y demás artesanos que trabajaban en el teatro. Era tarde, el taller estaba vacío y subió por la escalera de una escenografía para deslizarse por la balaustrada. Cuando se estaba trepando, un bulto gris chilló delante de su nariz. Saltó por encima de él mientras la cola larga y dura le rozaba la cabeza. Él gritó y salió corriendo aterrorizado; en sus siete años de vida nunca se había enfrentado a un enemigo tan feroz. Tardó bastante en volver de visita al taller, pero tuvo la valentía de no contarle nunca a nadie que había huido frente a una rata. Durante un tiempo mantuvo una conducta tan ejemplar que su madre pensó que estaba enfermo.
Cuando Odette tuvo edad suficiente para acompañarlo en el safari, la llevó a ver la ruta de los bichos y las hileritas de paseantes que hacían equilibrio en la cuerda floja de los contrapesos de los telones. Afortunadamente, su hermana siempre mostró un respeto muy saludable por las chicas, y lo consideraba un héroe por su hazaña contra el rey de los ratones del "Cascanueces", que era casi la versión que le había contado de su encuentro con el peligro.
Para vanagloriarse, también la llevó a conocer al empleado de la empresa de exterminio de plagas. Odette le hizo tantas preguntas que el pobre tipo, aburrido de aguantarlos, rezongó preguntándoles si no serían los hijos del conde Drácula, tanto interés mostraban por las ratas. “No. Somos los hijos del señor y la señora Massarino”, respondió él. El hombre abrió la boca y la cerró con el asombro dibujándole una expresión cómica en la cara. Los hermanos aprendieron muy temprano la importancia de los nombres influyentes. Después, hecho un almíbar de amable, el hombre les dio una de las mejores clases de su vida sobre biología de roedores. Les explicó las costumbres y les mostró las señales del paso de los bichos, dónde dejaban los excrementos, qué comían —prácticamente de todo— y los sitios en los que preferían vivir y anidar; por último les mostró todos los venenos que llevaba. “¿Y si no quieren comerse el veneno?”, insistió la chiquita. “Entonces las corremos con fuego, pero eso es peligroso y sólo puede hacerse en cloacas o lugares que puedan cerrarse, para no dejar salir a las ratas o, peor, propagar el incendio”. Tampoco era cuestión de arrasar París por unas ratas de porquería.
—Comisario, habría que llamar al forense —la voz del oficial salía deformada por el filtro antigás.
—Vino conmigo. Está poniéndose la máscara.
Carajo, siempre creí que los forenses eran capaces de aguantar cualquier cosa. Los ojos del patólogo, única parte de la cara visible detrás de la máscara, se habían abierto de horror. No era para menos: aquello era un osario. Los hombres recogieron los restos en bolsas de plástico. Gracias al cielo que Odette no está aquí, pensó Auguste.



—¿Qué había?— preguntó Marceau a media voz.
—No creo que les guste— Massarino los miró a ambos con una mueca inconfundible. Un par de auxiliares del forense estaban cargando bolsas de plástico negro. Nikolai Paworski miró al comisario y señaló con la cabeza hacia el fondo del pasillo.
—Una auténtica Corte de los Milagros, ¿eh?
Massarino asintió, todavía asqueado y pálido. Ráfagas de hedor trepaban por el hueco del montacargas. Subieron a la planta baja en silencio. Por fin el comisario habló.
—Un minicementerio. Sin demasiados restos, porque las aguas servidas habrán arrastrado la mayor parte y los bichos hicieron lo suyo también.
—Habría que demoler este edificio de mierda hasta los cimientos— dijo el ingeniero sin mirar a nadie. Con lo que había visto con Marceau y Dubois en el pasillo del segundo subsuelo era más que suficiente para tirar abajo todo el lugar. Digna copia de un campo nazi de exterminio resultaron las catacumbas; habían reemplazado el horno por las cloacas.
—Los cimientos... —murmuró Marceau—. Estábamos en los cimientos del edificio...
—Los muros son muy viejos —comentó Massarino, y cruzó miradas con Marceau. Comunicación telepática. Cuando estos dos empiezan a hablar en código Morse, uno se queda indefectiblemente afuera, pensó Paworski, un poco molesto.
—¿Como las cloacas? —Marceau.
—Más viejos. En esta zona no son tan antiguas —Massarino. Y después de un silencio: —¿Pagaron para que la traza pasara por aquí?
—Qué vecinos influyentes... —acotó Marceau, sombría—. ¿Quién es el verdadero propietario? —y señaló con un movimiento de cabeza a su alrededor.
—Buena pregunta, mejor respuesta.
—Te atrapé, rata— Marceau no se refería a ninguno de los presentes—. ¿Qué tenemos?
—Nada, ni papeles ni escrituras— Massarino negó con gesto torcido —.Los abogados que detuvimos tampoco tenían nada.
—¿Extranjeros?
— Más que una posibilidad. Pero sería peor que buscar una aguja en un pajar.
—¿Ya te diste por vencido?— Marceau azuzó al comisario.
—¿Apostamos? — Massarino levantó una ceja desafiante.
—Pero si los encontramos...
—Nada. Si los encontramos, nada— aclaró Massarino—. Nada de desapariciones.
—Uf…— Marceau echó la cabeza hacia atrás, visiblemente molesta.
—Uf, un carajo— contestó el comisario.
Paworski los miró sorprendido. ¿Massarino tratando así a Marceau?
—No quiero movimientos raros. Es una orden.
E indiscutible, o por lo menos eso se desprendía de la expresión y el tono duro del comisario.
—Sí, comisario— Marceau aflojó los hombros y no volvió a replicar.
Ésta es buena. Parece que Massarino sabe cuándo aplicar el peso de la autoridad, el ingeniero sonrió para sus adentros.
—¿Qué es esa cantidad de carpetas que Dubois, Meyer y los otros llevaron a la Brigada?- preguntó Massarino.
El comisario cambió de tema. ¿Negociando la paz? Paworski paseó la mirada de uno a otro mientras ella explicaba.
—Paworski también encontró grabaciones de entrevistas.
—Vamos a tener unos días muy entretenidos cazando ratas por todo el país — Massarino esbozó una sonrisita siniestra.
—Ya lo creo — acotó el ingeniero — A los de la Riviera no va a gustarles nada arrestar a los que los invitan a las fiestas...
—¿Qué tal los próximos titulares de las revistas de actualidad? “Visitamos la elegante celda del barón von Deustche”... “Motín de presos por la falta de champaña en los almuerzos: Exigimos que se nos trate de acuerdo con nuestra clase social”... —Marceau tenía una expresión malévola.
—Abajo el clero y la monarquía— Massarino se rió.
—Viva la Revolución — y se rieron los tres.


Marcel corrió al gimnasio sólo para encontrar a Paworski que se ejercitaba con unas pesas. A los cincuenta y siete años, el ingeniero conservaba el físico ágil y nervioso de un deportista. Eran bastante más de las siete y media. Sin darse cuenta, Marcel golpeó el marco de la puerta de entrada con el puño. Mierda. Necesito encontrarla, hablar con ella. Paworski se volvió.
—Se fue hace diez minutos.
No hacía falta que dijera quién. El gesto de contrariedad de Marcel debió de ser tan evidente que, cuando daba media vuelta para irse, Paworski lo llamó.
—Dubois... —hizo una pausa, esperando que lo mirara—. Habitualmente me interesa un cuerno la vida del prójimo, y creo que eso es evidente —el ingeniero sonrió a medias. Marcel lo miró con el entrecejo fruncido.— Pero voy a hacer una excepción. No por usted, sino por Marceau.
¿De qué está hablando? Su silencio invitó al otro a continuar.
—No es fácil trabajar con alguien brillante, más inteligente que uno. Sobre todo si ese alguien es una mujer. Cuando se consigue aceptar ese hecho, trabajar con Marceau constituye un absoluto placer intelectual, del que personalmente disfruto tan a menudo como puedo.
Marcel se quedó sin palabras.
—Placer que, imagino... repito: i-ma-gi-no —remarcó Paworski— sólo debe ser superado por el de llevarla a la cama.
Marcel lo miró con la mandíbula encajada y los puños apretados, pero el otro no se amilanó.
—No cometa el error de subestimarla, Dubois. Sus compañeros anteriores fueron unos imbéciles que, o no soportaron que ella fuera dos pasos delante de ellos, o creyeron que era una muñequita con la que entretenerse en horarios de trabajo.
—Nunca... nunca pensé en ella... de esa forma —. Era cierto.
—Le creo. Segunda advertencia, teniente. No crea en las estupideces que circulan por este lugar. En los años que he pasado aquí, nadie ha podido alardear de haberle tocado siquiera un pelo de la cabeza. Y no sólo eso. Estoy por demás seguro de que ella jamás ha sido ni será la amante, no ya de los que le adjudican de oficio, sino de ningún tipo que camine por la faz de la Tierra, simplemente porque no es segunda en nada ni de nadie — Paworski hizo una pausa, esperando que asimilara lo que acababa de decir. —¿Sabe? Tiene una voz magnífica. Una vez le pregunté por qué demonios no se había dedicado a la lírica en lugar de venir a hacerse matar en la Brigada. Me respondió que las contralto nunca son prime donne. ¿Entiende lo que quiero decir?
Marcel bajó la cabeza, atormentado por los recuerdos. Dios, cómo pude...
—Pero... —vaciló. Paworski parecía saber —¿Y... Massarino? —preguntó casi sin voz.
—Observe, Dubois. Aprenda. No sé qué clase de relación tienen pero no es lo que el populacho imagina.
Marcel se sobresaltó pero no abrió la boca. Paworski siguió.
—Es algo mucho más profundo... pero no carnal, no al menos de cuestiones de cama. A veces pareciera que se leen la mente mutuamente, y eso me da escalofríos... Es extraño de entender... pero comparten algo muy íntimo... que no es el dormitorio.
Hicieron un silencio muy largo. Por fin se atrevió a preguntar otra vez.
—¿Por qué me dice todo esto?
Paworski hizo una pausa. Lo miró a los ojos y Marcel reconoció sus propios sentimientos en el otro.
—Porque yo también estuve enamorado de ella.

BUENOS AIRES, MARTES POR LA TARDE
—¡Dame ese fax! —se lo arrancó de las manos con violencia. Ahí estaban. Los nombres, las direcciones. Las fotos.
—¡Pará, boludo! ¡Lo vas a romper!
—¿El tipo quién es? —preguntó el Tigre.
—El comisario que dirigió el copamiento.
—¿Y ella? ¿Es la minita del quía?
—No. Cana también. La hermana.
—¿De quién?
—¡Del comi! ¡Dejame de joder!
Mengele se acercó en silencio, a leer por encima de su hombro.
—Marceau —murmuró ominoso—. Igual que la encomienda.
El Brigadier miró con esos ojos azules terribles.
—¿Qué querés decir?
—Lo que te vengo diciendo desde hace un montón. ¿No te acordás de cuando al Tano lo fueron a ver esos “parientes”? ¿Lo que le habían preguntado?
—¡Carajo, siempre hinchando las pelotas con eso! ¡Pasó hace trece años! ¿Quién mierda...?
—Ella, pelotudo —se le acercó hasta que pudo sentirle el aliento—. Es la mujer. ¿Por qué mierda no leés? —Mengele estaba blanco de rabia. Parecía a punto de pegarle una trompada.
Es cierto. Yegua de mierda, ¿buscás vengar a tu macho? ¿Nos cagaron todo un operativo de años por cargarnos a un cana? Miró la fotografía. No tiene nada que ver con el tipo. Él tendría arriba de cincuenta si viviera. ¡La puta que la parió!
—¿Estas fotos son actuales? — el Tigre ocupándose de minucias, como siempre.
—¡Cómo no van a ser actuales! —rugió Mengele.
—Linda, la turra —se miraron con Cachorro—. Che, Mengele, ¿estás seguro de que es la mujer del paquete? Es un poco joven.
—¡Terminen de hablar pelotudeces! — el Brigadier los fusiló de una mirada.
—Cagamos. El jefe está caliente.
—Nos vamos para Lisboa. Vos —al Tigre—, vos —al Cachorro—, el Mula y el Yarará vienen conmigo. Como ordenó el viejo, pero antes vamos a dar un paseíto por Europa.
Hizo una pausa y siguió con el odio tiñéndole la voz.
—Tenemos un fin de semana. No lo voy a desperdiciar. Mengele, vos también. Estamos todos en el mismo barco.
—¿Y si se avivan?
—¡De qué!
—¡De que no fuimos! ¡Las órdenes son estar antes del lunes! —el Cachorro siempre tan obediente.
—Las conexiones con África son una mierda. El Yarará ya se comió sus buenos plantones anclado en Lisboa y Dakkar.
—Seguro, hermano— el Yarará asintió. —Además, es un “toco y me voy”, ¿no, jefe?
El Brigadier lo miró con furia, pero después se rió.
—“Toco y me voy”... Va a ser un poquito más que “toco”...
—¿Qué pensás hacer? —Mengele se cruzó de brazos, con cara de culo.
—Los voy a reventar. A la puta esa y al hermanito.
—Estás pensando en caliente. Eso no sirve, es una pelotudez. No podés pisar la mitad de Europa. Y estás desobedeciendo órdenes directas.
—No me busqués, Mengele.
—No te pongas al viejo más en contra todavía. Bastante quilombo tenemos como para que te dediques a asuntos personales. Ya hablaste con el tira de allá. Dejá que se encargue él.
—¡Es un pelotudo! ¡Un inútil! Hoy, ¿entendés? ¡HOY consiguió todos los datos! ¡Forro! Como no se encargue de los que le tocan a él, lo reviento. Esos canas ya se cargaron prácticamente a todos —bajó la voz, ronco de rabia—. Falta que vengan a golpear la puerta para rompernos el culo en casa. No, macho, los voy a hacer mierda personalmente.
—¿Y vos qué sabés si consiguieron los datos hoy? ¿Te creés que arriba no estaban enterados de quiénes eran?
Lo miró furioso. Sí, el viejo tiene que saber. Guacho de mierda, ¿lo supo todo el tiempo? La boca se le deformó en una mueca de violencia. ¿Y por qué los va a perdonar? ¿Tiene miedo? ¿De quién? Si nadie nos toca el culo. ¿El viejo se volvió cagón? No. El pensamiento lo azotó como un trallazo. Es un manejo de Ortiz. Negro de mierda, te diste el gusto de ponérmelo en contra. Estás todo el tiempo con él, llenándole la cabeza. Me odiás y yo también te odio. Me quitaste el lugar junto al viejo, pero te voy a devolver el favor. Nadie me va a sacar lo que me pertenece ni decirme lo que tengo que hacer. Voy a arreglar este quilombo, y cuando vuelva, van a saber quién manda. Se terminó Ortiz. Se terminó el viejo.
La decisión le recorrió el cuerpo con un estremecimiento. Se terminó el viejo. La sola idea del poder que iba a caerle entre las manos le sacudió la entrepierna.
—Te estás jugando la cabeza por una calentura... —insistió Mengele ante su silencio.
Agarró al doctor del cuello de la camisa y lo sacudió contra la pared.
—¿Qué te pasa? ¿Tenés sangre de pato? Cuando hay que apretar a alguno, mandar a la parrilla, trasladar, cogerse minitas, laburo fácil, ¿eso sí te gusta? ¿Reventar por encargo a periodistas sí te gusta? ¿Y ahora que hay que defender lo nuestro, me decís que estoy caliente? ¡Claro que estoy caliente! —lo sacudió de nuevo—. ¡Muy caliente! ¡Tanto que la puta esa va a maldecir el día en que nació!
Siguió sacudiéndolo y golpeándolo. Para cuando pudieron sacárselo de entre las manos, Mengele estaba muerto.
—Tírenlo por ahí. Total, a este hijo de puta no lo quería ni la familia. Preparen todo. Y ni una palabra del paseíto.
—Sí, señor.
El Tigre le hizo señas al Cachorro. Se acabó la joda. El jefe se calentó en serio.