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lunes, 25 de julio de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 23

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. ULTIMOS DÍAS DE JULIO

Julio en París
Golpearon a la puerta y Michelon supo por el modo de llamar, que era Odette. Sin soltar el auricular, le indicó el silloncito delante del escritorio con un movimiento del mentón y después de cortar, pidió cafés. Laure entró en puntas de pie, dejó las tazas sin hacer tintinear las cucharitas y se fue con la discreción con que un ratón se escapa del gato de la casa. Michelon espió a su subordinada por encima de la taza, con los ojos entrecerrados: Odette no había tocado su café. Madame apretó los labios, disgustada, y aferró el cortapapeles, a medias consciente del gesto.
— Marceau, ¿ha estado solicitando estudios no autorizados a los forenses? — se arrepintió de inmediato de usar los apellidos, pero ya era tarde. La otra acusó adecuado recibo de la forma en que se dirigía hacia ella y hubo un cambio sutil en su actitud física. Para colmo conseguí ponerla en guardia.
— ¿A qué caso se refiere, Madame?
Michelon tomó una carpeta gris que coronaba una pila ordenada.
— La prostituta del XII° y...la del Bois-de-Vincennes.
— Le pregunté a Bedacarratx si se podía avanzar con algún estudio de huellas de mordidas. En el cuerpo del Bois se encontraron marcas correspondientes a mordidas y quería asegurarme de no estar desechando ninguna evidencia.
— Usted conoce el procedimiento y los reglamentos. Desde el momento en que interviene un juez, éste tiene potestad sobre cada caso.
— ¿Y entonces...? — La expresión de Odette había adquirido una cualidad marmórea.
— La oficina del forense tiene órdenes concretas. El caso del Bois está cerrado.
Dejó que la frase flotara en el aire del despacho hasta abrirse paso en la conciencia de su subordinada. La boca perfectamente delineada se deformó en un insulto que su propietaria no llegó a pronunciar en voz alta. Michelon le tendió el fax recibido hacía menos de una hora, y le pareció que Odette leía cada palabra como si quisiera quemarla con los ojos.
— Pienso continuar investigando. Este papelucho — Odette tiró el fax sobre el escritorio —, no dice nada sobre el otro caso y hasta tanto no tengamos notificación, seguiré adelante. Con forense o sin él.
Así me gusta, comisario Marceau: cuando se enfurece, trabaja mejor. Madame guardó el fax de mierda.
Odette se sostuvo de ambos brazos del sillón para ponerse de pie. Michelon sabía que no era un gesto de derrota sino que estaba intentando no arruinar el mobiliario del Estado con un exabrupto físico. El cortapapeles hizo un clac sonoro sobre el escritorio.
— No espero menos de usted— comentó mientras sostenía la mirada de brasas.
— Gracias, Madame — su subordinada sacudió la cabeza, dio media vuelta marcial y salió del despacho.

 PARÍS, CONSULTORIO DE LA DRA. MEINVIELLE. MEDIADOS DE SEPTIEMBRE

— ¿ Y bien, hoy está mejor dispuesto?—Meinvielle lo espió por encima de los lentes de medio marco.
La sesión anterior había concluído algo abrupta: lo había echado del consultorio. “Ud. no se siente subalterno de su mujer, se siente inferior”, había soltado la vieja en tono profesional. “Váyase a la mierda”, le gritó él y Meinvielle lo miró durante un rato muy largo, cómodamente recostada en su sillón, ambos sumidos en un silencio que se cortaba con cuchillo. “Madure, Marcel, pero no para complacerme a mí”.
Había rumiado su descontento todo el fin de semana, el lunes y el martes, sin querer dar el brazo a torcer. Si por lo menos me hubiera peleado con alguien. Mierda. Y encima, la prohibición estricta de “compartir el domicilio” con Odette. No basta con que me sienta un criminal: la vieja de mierda tiene que recordármelo a cada rato. “Tiene que superar esta etapa, Marcel. Más adelante incorporaremos a Odette a la terapia”.
La situación le destrozaba los nervios. ¿O es el asunto de Alessandra me está desquiciando? Me acuesto con la tipa que quiere liquidar a mi familia, yo incluido. Alessandra había tomado la poco saludable costumbre de meterse en la vida y en la cama de Marco Delbosco con cualquier pretexto.
Agosto había transcurrido incómodo y caluroso, y para peor, los cursos en C* se suspendían por el período de vacaciones. Encontrar excusas para Odette por sus continuas desapariciones se le había vuelto casi imposible. Por lo menos la prohibición de convivir sirvió para algo. Sólo podían encontrarse en lugares públicos, donde no fuera posible establecer alguna clase de intimidad.
Odette esperaba pacientemente en su despacho a que él decidiese hacer acto de presencia y jamás preguntaba por la marcha de las sesiones. Lo debe deducir de mis caras de culo y mis euforias psicóticas.
“Estoy un poco inestable”, se había disculpado y ella le había tomado las manos por encima del escritorio: “Ya se te pasará, casi siempre es así cerca del punto clave de la terapia”. Punto clave de la terapia un carajo. Me muero por hacerte el amor, había maldecido para sus adentros.
— ¿Tiene ganas de charlar? — insistió Meinvielle, llamando su atención.
Asintió lentamente.
— Anoche... se repitió esa pesadilla de la que le hablé. No la de mis padres. Esa ... ya la superé.
— Lo escucho.
— Yo... la veo... ella tiene los ojos vendados y está en la cama con un tipo. Hacen el amor, él se levanta y se aleja. Ella no me ve, no sabe, cuando le disparo a él... muchas veces. Escucho cliquetear el gatillo en vacío... y sigo... — la transpiración le corría helada por la espalda —. Después... me acerco a la cama... la penetro. Mi pene es metálico y ella grita que la lastimo... Entonces le arranco la venda...y la estrangulo. — cuando terminó, estaba empapado en sudor y no podía pensar siquiera en mirar a los ojos a Meinvielle. Contó los latidos que le llevó calmarse y respirar normalmente.
— ¿A quién estrangula, Marcel: a la mujer real, o a todo lo que odia en ella? ¿Quién es el hombre que se levanta de la cama?
— No sé. Nunca le veo la cara — gruñó sin mirarla.
— Eso no tiene nada que ver: Ud. sabe perfectamente quién es él. No lo conoce, pero lo sabe —cruzaron miradas como espadas —. Lo sabe, ¿verdad?
— Lo sé.
— Dígalo.
— ¡Con qué objeto! — estalló.
Meinvielle suspiró resignada.

— Los humanos ciframos mucho de lo que somos en las palabras. Cuando el hombre aprendió a hablar, relegó sus demás sentidos y capacidades en función del habla. Tanto es así que no recordamos concientemente nuestros primeros años de vida, nada más que porque nuestra memoria está diseñada para registrar recuerdos en forma de conceptos verbalizados. El psicoanálisis y todas sus escuelas se basan en poder hablar libremente de los sueños y recuerdos, buenos o malos, e incorporarlos a la vida consciente. Ya comprobó cómo el hecho de que su padre le explicara la relación con su madre hizo que pudiera verlo desde un punto de vista completamente distinto al que mantuvo durante casi veinte años.
"Jean-Pierre ya no es un monstruo violento, sino un hombre desgraciado superado por las circunstancias, con un sentimiento de inferioridad que su madre alimentó, aun de forma inconsciente. Ahora, volviendo a Ud. que es lo que nos ocupa...— hizo un ademán con la mano, invitándolo a hablar.
— Ese hombre al que no puedo verle la cara...— el esfuerzo le hacía doler las mandíbulas —, es...Jean-Luc, el marido de Odette — enterró la cara entre las manos.
— Y Odette no puede verlo a Jean-Luc ...— ella aguardó su respuesta.
— ...porque yo soy quien le venda los ojos — admitió sin levantar la cabeza.
— Bien. Un primer paso muy importante. Siga.
— Hacia el abismo.
— Vamos, tiene paracaídas. Abra los ojos.
Suspiró y tragó saliva.
— Yo... la odio... porque... está con otro hombre... Con él.
— Nómbrelo. Exorcíselo de una vez.
— Con Jean-Luc.
Meinvielle dejó pasar un silencio y cambió el tono de voz.
— ¿Las circunstancias en las que usted y Odette se conocieron tienen alguna relación con Jean-Luc?
— Sí — pudo decir después de unos segundos —. Indirectamente sí.
— ¿Por qué ”indirectamente” ?— quiso saber la vieja.
— Ella siguió esa investigación durante diez años.. a raíz de la muerte de... su marido...
Meinvielle interrumpió con un retintín irritado en la voz.
— “Ella” tiene nombre y “su marido” también. ¿Ya comprendió que cuando se refiere a Odette en relación con otro hombre, deja de ser “Odette” o “mi mujer” para pasar a ser “ella”? ¿Tanto detesta su pasado que no soporta nombrarla en relación a él? — Marcel se quedó mirándola sin atreverse a respirar y Meinvielle siguió—.Todos tenemos pasado. Mejor o peor, pero intrínsecamente nuestro y cuando nos relacionamos, lo llevamos con nosotros. ¿Qué hay del suyo, Marcel? Usted me relató lo que descubrió de su familia materna. ¿Qué responsabilidad tiene usted en los hechos de su abuelo? Y sin embargo, él es parte de su vida. Desencadenó la infelicidad de sus padres y por ende, la suya. Pero hoy usted es un adulto y esas cosas forman parte de su pasado. ¿Odette lo rechazaría por ser el nieto de Marcello Contardi?
Marcel se miró las manos un rato muy largo antes de continuar.
— Odette siguió esa investigación a causa de la muerte de Jean-Luc. De hecho, lo asesinaron cuando él había logrado rastrear la organización. Odette retomó los pasos de Jean-Luc, continuó hasta tener un caso armado y le dieron vía libre para seguir adelante. Nos infiltramos, ambos; ella como rehén, yo como representante de un posible cliente.
Trató de explicar todo el operativo sin explayarse mucho en las atrocidades. Meinvielle mantuvo la expresión inmutable hasta el relato del “audiovisual”.
— Odette fue seleccionada... para — tragó saliva y continuó—, la etapa final: los "audio" que yo había visto tantas veces... Ella debía ser la prueba de que el condicionamiento había funcionado en mí.
— ¿Cuál fue su reacción?
Marcel la miró con la boca entreabierta, antes de responder en un murmullo.
— Yo... le arranqué ... la venda y ... levanté el arma. No podía controlarlo.
— Iba a disparar — era una afirmación y él se quedó mudo. Algo húmedo le quemó la cara. No lo sé. No estoy seguro.
Meinvielle dejó transcurrir un silencio.
— Usted no es un sujeto fácil, Marcel, ¿ya se lo había dicho? ¿Nadie lo evaluó luego de actuar en esa investigación? — rezongó la vieja.
— Creo que ninguno de los que trabajamos en el caso esperaba llegar adonde lo hicimos o encontrarnos con ... con la gente con la que nos topamos. Tampoco esperábamos las consecuencias. Yo nunca las esperé.
— ¿Qué ocurrió además de lo que me acaba de relatar? — la vieja casi saltó sobre su última frase con una capacidad de percepción que lo sorprendió.
Mi propio infierno...y mi culpa. El pecho le dolía con una intensidad que ya no podía soportar.
— Yo... no sé. No estoy seguro...— vaciló.
— En todas las sesiones que mantuvimos hasta ahora estuvo absolutamente seguro de lo que decía, recordaba o sentía. ¿Qué es lo que lo hace dudar?
Se sostuvo de los ojos de la psicóloga como de un salvavidas.
— El tipo... el que maté en el Bois de Boulogne... y ella...
— ¿”Ella” quién? ¿Odette? — Meinvielle se acodó sobre el escritorio y apoyó el mentón en las manos entrecruzadas.
— Odette...— repitió en un susurro—. Él... Yo sé lo que les hacen — sacudió la cabeza asintiendo—, las vi en la morgue: cómo las golpean y las marcas que les dejan en el cuerpo. No quise vérselas a ella, lo mismo que no quise ver su mirada de animalito asustado. Estaba ahí, viva y era lo único que me importaba.
— Entonces...
— ¡Entonces ese hijo de puta la violó! — las palabras lo desgarraron como una infección—. Hubiera querido matarlo lentamente... pero no pude — la mano derecha se le cerró sobre una culata imaginaria. Una, dos, cinco, siete veces había gatillado, más, más, hasta los clics en vacío mientras gritaba y lloraba.
— ¿Odette se lo dijo?— Meinvielle lo miró penetrante.
— No, jamás hablamos de eso...
— ¿Por qué no?— la psicóloga se replegó en su asiento como una araña vieja.
— Ya pasó — no quería mirarla.
— ¿Pasó? — la voz burlona lo enfureció.
— ¡ No! ¡No, pero no puedo soportarlo! — golpeó el brazo de su sillón con el puño cerrado.
Meinvielle se volvió de piedra gris, severa y fría.
— Por supuesto que es insoportable. Es una tragedia para una mujer, sobre todo porque el dedo acusador no señala al culpable sino a la víctima— lo miró por encima del marco de los lentes—. Ellas se lo buscan, ellas provocan. Ellas son infieles— le asestaba con saña cada frase—. Ud. no soporta que Odette haya pertenecido a otro hombre, a Jean-Luc o a nadie más, ni siquiera a un violador, y en su sueño Ud. la castiga. Mata a los otros para vengar su honor de macho y la mata a ella por haberse atrevido a ser de otro que también la amó y de otros que la torturaron. Porque es una puta que no merece otra cosa.
— ¡No es así! — sollozó y escondió la cara.
Meinvielle lo dejó desahogarse. Cuando levantó los ojos, la vieja leyó admirablemente en él.
— Es así.
— Dios mío — sacudió la cabeza, sintiéndose horriblemente culpable —, yo la amo...

— Pero asocia su amor a la posesión. Marcel, el otro no es una cosa. No lo poseemos, salvo en tanto y en cuanto el otro nos lo permite porque nos ama, se somete o lo sometemos. Cuando hay amor no hay posesión ni sometimiento, sino entrega. El otro no le pertenece: Ud. pertenece al otro y como el sentimiento es mutuo, la relación prospera. Ese es el inconveniente más grave de la pasión: los amantes se poseen, se pertenecen y terminan ahogados por su propia locura. Si hay amor, la pasión queda saludablemente encerrada en el dormitorio y se puede convivir con el resto de la Humanidad en buenos términos. Si hay amor, hay confianza. Los amantes son celosos. Los que se aman son libres. Pueden compartirse porque son fuertes en sí mismos y juntos. No se miran el uno al otro ciegos al resto, sino que miran juntos en una misma dirección.
Marcel se sostuvo la frente con una mano, exhausto. Después de un rato susurró:
— Fue mi culpa... Yo desobedecí órdenes de no apartarme de su lado. Si me hubiera quedado... él no la habría...
— No se vive en subjuntivo, Marcel. Los hechos se conjugan sólo en el modo indicativo. Si Ud. no la hubiera dejado sola, quizás ese hombre los habría matado a ambos. Usted podría haberla defendido o no hubiera podido evitar nada de lo ocurrido. Teorías, suposiciones, what-ifs . La vida es concreta. Esta es su vida y la de su mujer. Tómelas a ambas y ámelas.
Marcel dejó caer ambos brazos a los costados del sillón, el cuerpo desmadejado mientras los ojos le vagaban por el consultorio y la psicóloga seguía hablando.
— Hable con ella, Marcel. Cuéntele sus dudas y sus miedos. Pregúntele lo que quiere saber. Porque usted quiere saber, ¿verdad? Quiere escuchar de sus labios lo que usted sabe que ocurrió. Quiere la prueba de que ella confía en usted, que usted es el único hombre en su vida y que ella sabe que usted puede protegerla, porque, ¿sabe una cosa? Ella tampoco ha vuelto a confiar en nadie. La golpearon mucho, en muchos sentidos y sólo usted puede hacer que ella cambie. Debe enseñarle a confiar.
Marcel se la quedó mirando como si acabara de descubrir el sentido de la vida y de las palabras.
— Entiendo...— susurró.
— No esperaba menos — sonrió la vieja —. Terminamos por hoy.

PARÍS, LA DÉFENSE. LA NOCHE SIGUIENTE
Titubeó tanto antes de entrar al edificio que el portero se acercó con actitud vigilante.
— ¡ Teniente Dubois! — Nazaire lo saludó con efusividad— ¡Cuánto hace que no viene!
Tan contento de verlo estaba el viejo que lo acompañó hasta el ascensor, llamándolo “teniente” varias veces. Cuando le aclararó por enésima vez que ya era capitán, el viejo lo felicitó por el ascenso.
— Qué bueno que la señora Marceau tiene amigos en la Policía — Nazaire guiñó un ojito —. Con las cosas que pasan en la calle, es bueno saber que uno tiene a quién recurrir, ¿eh?
De pie en el palier, vaciló entre teclear la clave de ingreso y tocar el timbre. Su mano decidió por él. No esperaba que le abriera la puerta y cuando ella lo hizo, se le acabaron las palabras.
— Ho-hola. Pasaba... quiero decir... vine a charlar.
Cretino, no podías decir algo un poco más elocuente. Odette se apartó del vano con una sonrisa tenue y lo invitó a entrar. Él se sentó en el borde de uno de los sofás sin despegarle los ojos, el cuerpo tenso y sin saber qué hacer con las manos. Tengo que hablar. Vamos, viejo, un poco de coraje.
—¿Cómo estás? — ella se lo había preguntado también el día anterior en el Quai, antes de que fuera a enfrentarse con Meinvielle y con los lugares oscuros de su alma.
— Bien — Marcel se encogió de hombros —, voy bien. Ayer me fue bien con la vieja.
— Que no te escuche decirle “vieja”. Es capaz de recomendarte para servicio en vía pública.
La lengua se le adhirió al paladar. Viniste a mantener una charla civilizada, boludo. ¿Qué te pasa? Sonrió como un idiota.
— Voy a preparar café — Odette le dedicó una sonrisa de Gioconda.
La siguió hasta la cocina y se quedó apoyado en el marco de la puerta.
— Ayer... hablé con Meinvielle — dijo, y se le acabó el discurso.
— Eso es lo que uno suele hacer en lo del psicólogo — ella acotó pícara.
— Hablamos mucho.
Odette se apoyó contra la mesada, atenta y de brazos cruzados.
— Yo... tengo muchas más cosas en claro ahora — ánimo, vas por el buen camino. Marcel tomó aire.
El blup-blup de la cafetera lo interrumpió y él respiró, agradecido y culpable. Se acercó mientras ella se estiraba para alcanzar las tazas y sin pensar, la tomó por la cintura, acariciándola por debajo del suéter.
— No quiero café— masculló.
Ella estaba desnuda debajo de la ropa. Él le deslizó las manos por dentro de los pantalones y encontró su piel tibia y su sexo húmedo. El sacudón erótico le secó la boca y lo dejó sin aliento. No hablaron más. Ella lo atacó con la voracidad de un predador y se encontró en el piso de la cocina, a merced de sus manos y su boca. No supo cómo pero estaban desnudos, oliéndose, tocándose y lamiéndose. Las manos de ella se enredaron en su pelo y lo llevaron hasta los pechos como frutas maduras que mordió goloso. La boca los reemplazó, una fruta por otra, y la lengua ávida le poseyó cada rincón. Era como hundirse en aguas cálidas y beber de ellas sin saciarse. Estaba por completo dentro de su cuerpo y su boca, sintiendo con cada centímetro cuadrado de piel, sensaciones que lo estremecían y lo obligaban a retorcerse de placer.
La reacción violentamente animal de ella lo descontroló. Lo devoraba, lo poseía, le desgarraba las entrañas con su ímpetu encima de él. Él era su objeto de placer, su juguete, una cosa suya que ella moldeaba con las manos, los pechos, el vientre y las caderas. Suplicó que todavía no, por favor no, que no quería acabarse como un pendejo en la primera cita pero ella no lo perdonó y le robó el aliento y el orgasmo que le subía desde la pelvis hasta la garganta.
No podría decir cuánto tiempo pasaron poseyéndose y susurrándose las obscenidades del amor, ni cómo llegaron a la cama. Entonces sí, ella suplicó por más, más profundo, más fuerte, más, te amo.
Te amo. Te amo como nunca amé en toda mi vida. La miró a los ojos y se lo repitió en voz alta. Ella detuvo con un dedo la lágrima que le corría a él desde la comisura del ojo hasta la boca y se la bebió con la punta de la lengua. La penetró y ella se abandonó por completo, llorando mientras él le arrebataba otro orgasmo. Se durmieron extenuados y sin embargo, todavía hambrientos uno del otro.
****

El bip desagradable de su reloj lo despertó de madrugada. Carajo, tengo que volar a Milán. Tengo que irme y no hablamos una sola palabra. La culpa comenzó a horadarle el estómago: Cristo, no le dije lo de mi abuela ni lo de BCB. Tampoco le pregunté... ni siquiera podía enunciar mentalmente la frase. Eso. Lo que le hizo ese hijo de puta. Ella se removió a su lado y se despertó.
— ¿Qué pasa?
— Tengo que viajar .. a C* — la mentira lo corroía por dentro.
— ¿Tan temprano?
— Hoy comienzan las prácticas — la besó para que ella no leyera en sus ojos.
— ¡Mierda! Te preparo el desayuno.
— No — se sentía cada vez más culpable —, tomo cualquier cosa por ahí...
— ¡Ni loca! — Odette saltó de la cama y corrió a la cocina mientras se ponía la bata.
Se duchó y se vistió a las apuradas. Cuando se cruzó con el sujeto del espejo, el tipo tenía cara de remordimiento. Recompuso la expresión antes de entrar a la cocina y se tragó el desayuno bajo la miradita socarrona de Odette, siempre admirada de su capacidad de ingesta.
— Tenía hambre... — se excusó.
— Pobrecito mi Pantagruel, anoche no te di de comer.
— Anoche me diste algo mucho más maravilloso — la abrazó y la besó —. Te amo. Soy un idiota, un cretino — ella le tapaba la boca con las manos y él se las sostuvo —, pero te amo. Si Meinvielle se entera de que pasé aquí la noche, me echa de la terapia a patadas en el culo.  Me muero si no te tengo. No me abandones.
Los ojos oscuros se llenaron de lágrimas.
— No podría...
La besó como un condenado a muerte, jurándose que lo primero que haría al volver de Milán sería ponerla al corriente del puto operativo y de todo lo demás.

sábado, 4 de junio de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 20

PARÍS, CONSULTORIO DE LA DRA. MEINVIELLE. MIÉRCOLES POR LA MAÑANA

Marceau asomó tímida, sin entrar del todo.
— ¿Tiene un minuto?
Meinvielle se subió los lentes de medio marco y sonrió.
— Tengo varios. Pase, pase.
Marceau se sentó en el borde del sillón; luego lo pensó mejor y se apoyó en el respaldo, sin relajar los hombros. ¿Qué es eso tan importante que estamos a punto de decir?, sonrió Meinvielle para sí. Marceau inspiró, se mordió el labio inferior y soltó a boca de jarro:
— Hablé con mi madre — y la miró con ojos enormes.
Bueno, bueno, comenzó el deshielo. Le dedicó una sonrisa espléndida antes de responder.
— Estoy muy feliz por usted.
La mirada de Marceau se perdió por las bibliotecas tras su escritorio.
— No sé si estoy feliz, ... estoy aliviada — suspiró. Después se encogió de hombros. — Por algo se empieza.
Meinvielle acomodó el mentón entre las manos entrelazadas. Me va a convencer de que le gusta que la hagan confesar. ¿Vicios de la profesión?
— ¿Puedo...?
— Ya sabe que puede — la otra la atajó, pero una sonrisa tenue le flotó por la cara.
— ¿Por qué no tuvo hijos con Jean-Luc?
Transcurrió una pausa.
— Me extrañaba que no lo hubiera preguntado antes — Marceau la miró enarcando una ceja.
— No haga esos jueguitos conmigo — la reconvino y la comisario sonrió— ¿Y bien?¿Por qué no tuvo hijos en su primer matrimonio?
— Jean-Luc insistía en que yo era joven y que teníamos tiempo. Ni siquiera había terminado mi carrera cuando me casé.
— Y a Ud. no le molestó.
— Tenía veinte años y a esa edad se es inmortal.
— ¿Qué edad tenía su marido?
—Me llevaba dieciséis años.
La psicóloga se arrellanó en su sillón.
— Él no necesitaba hijos: la tenía a Ud., que era todo lo que él podía desear: su mujer, su amante, su muñeca. El sueño inconfesable de cualquier padre: "mi nenita es mía y de nadie más". A Jean-Luc no le importaba esperar: ni siquiera había pensado en otra cosa. Después de todo, él también era joven: un hombre de ochenta años puede engendrar un hijo.
Marceau se quedó silenciosa, mirando la alfombra entre sus pies. Después de un rato susurró:
— No es justo...
— ¿Criticar a un muerto? — fustigó Meinvielle —. No lo critico: expongo los hechos tal como los veo.
Marceau no la miraba. Dicen que el hierro se golpea en caliente. Golpeemos entonces.
— ¿Cómo murió Jean-Luc?
— ¿Conoce el síndrome de “locked-in”?
—¡Locked-in! — casi saltó en su sillón — Qué terrible.
— Jean-Luc viajó a la Argentina por una investigación. Después de dos meses lo trajeron de vuelta... así. Fue premeditado...— los ojos de Marceau brillaron vidriosos—. Sobrevivió un año.
Dios, creo que esta vez fui demasiado lejos. Marceau continuó con voz sin inflexiones.
— Yo estaba desesperada e hice locuras. Llegué a inyectarlo con heroína para que no sufriera. Quería hacerlo sentir... un... un hombre completo. Él estaba consciente, lúcido, encerrado en esa cáscara muda y torturada que era su cuerpo. Me pedía que lo dejara. No sé cómo, pero convenció a mi primo Calogero, que lo cuidaba todo el tiempo, para que lo ayudara a morir. Calogero cambió la heroína por cloruro de potasio. Creí que yo lo había matado de una sobredosis — durante unos segundos, el único sonido que atravesó el aire fue el de la pesada respiración de Marceau — Después de que Jean-Luc murió fue como... como estar muerta yo también. No sé durante cuánto tiempo: dos, tres años. Era como no tener cuerpo, no verme en el espejo, no tener necesidades... nada. Había dejado de sentirme mujer.
Meinvielle se mantuvo en un silencio alentador durante la pausa que siguió. Marceau volvió a hablar en voz baja y sin mirar a ninguna parte.
— Y de pronto un día...Fue horrible. No podía entender cómo había pasado a mí, que no lo había buscado, no lo deseaba, que ni siquiera me atrevía a... a tocarme — terminó en un susurro.
— ¿Ni siquiera se masturbaba? — lanzó la pregunta como un dardo.
— N-no...— Marceau jadeó, roja de vergüenza.
— Y esa experiencia le recordó que después de todo usted era humana y podía sentir y despertar deseos.
— Lo único que sentí fue miedo.
— ¿Miedo a qué?
— A quién — la otra la corrigió —. Ese hombre.
— ¿Ese hombre tiene un nombre?
— Nombre, apellido, rango, posición política — Marceau respiraba pesadamente.
— ¿De quién estamos hablando? Comisario — la llamó —, se trata... ¿de quién?
— Jean-Jacques Ayrault. Y si va a hacer la perorata del nombre y la negación del nombre, gracias, ya la conozco — resopló sin aire—. Y sí, aborrezco pronunciar su maldito nombre.
— Lo aborrece porque la vio como mujer.
— Me vio como una cosa a poseer— la comisario subrayó con rabia fría.
— La hizo tomar conciencia de su propia fragilidad, de su femineidad y de lo indefensa que estaba. Suficiente en su caso para odiar a alguien durante bastante tiempo— sonrió, pero la otra le apagó la sonrisa.
— Tomé conciencia de mi propia fragilidad y de mi indefensión gracias a la paliza que me dio ese animal— enseguida cambió el tono—. Lo siento, no quise ser grosera.
— Disculpe, no sabía que nuestro ex-comisario Ayrault tenía entre sus muchas virtudes la de acosar subalternas— esta mujer es peor que el laberinto de Creta: en cada vuelta acecha un monstruo nuevo. Se las arregló para mantener la expresión neutral—. Y a pesar de todo, esa situación la hizo ‘re-tomar’ conciencia de su cuerpo y sus necesidades…
Marceau asintió despacio.
— Necesidades que vivía con culpa— nuevo asentimiento —, pero que debía satisfacer.— Enrojecimiento violento. — No se avergüence, no estamos hechos para el celibato y la vida impoluta, mal que les pese a los santos. Resumiendo, hasta que llegó Marcel, el único contacto con el sexo opuesto fue tan violento y frustrante que decidió hacer vida de religiosa laica en el convento de las carmelitas de la PDP .
— No me tome el pelo.
— No, claro que no: la hubieran echado de cualquier convento a los tres días por revolucionaria y activista.
Se rieron.
— ¿Cómo fue que Marcel pudo acercársele?
— No fue él: fui yo — el rostro de porcelana volvió a colorearse.
— No le tuvo miedo.
— No... Creo que... lo seduje.
— Volvió a ser una mujer completa. Esta vez no era usted el inocente objeto de seducción sino el sujeto, y por lo tanto responsable de sus actos. Pero entonces pecó contra esa memoria atesorada de Jean-Luc. ¡Deseaba a otro hombre, lo estaba engañando, abandonando! — hizo una pausa para observar las reacciones de la comisario, que cerró los ojos y se encogió en el sillón. Continuó, bajando la intensidad de su voz — Usted no mató a Jean-Luc. No es culpable de nada más que de comprar sustancias ilegales y seguramente la causa esté prescripta así que deje de castigarse por cosas que no hizo. ¿Qué es lo que se echa en cara ahora? ¿”No tuve hijos con Jean-Luc, no tengo derecho a tener hijos con nadie más”? ¿Es ese el cuestionamiento? — Meinvielle tendió las manos con las palmas hacia arriba. La comisario abandonó las suyas en las de ella y se las sostuvo mientras hablaba—. Perdónese de una buena vez, querida. Es muy saludable. Y también sería saludable que enterrara a sus muertos de una vez por todas.
Marceau meneó la cabeza asintiendo. Parece de verdad aliviada. Por mi parte estoy agotada. Pienso tomarme el resto de la mañana libre.
— ¿Qué tiene que hacer ahora? — preguntó palmeándole el dorso de una mano.
— Estaba por volver al Quai...
— Vámonos a tomar un café y a respirar aire libre. Sus clientes no tienen problemas si llega tarde, ¿no? — preguntó con intención.
Marceau le devolvió la humorada.
— Cuando una trabaja en la “Crim”, siempre llega tarde. Vamos: yo invito.


PARIS, MINISTERIO DEL INTERIOR. MIÉRCOLES POR LA NOCHE

Después de estrellarse por cuarta vez contra la inaccesibilidad de IGPN y sus archivos, Auguste se decidió por la vía rápida. Esperó a que se retirara la mayor parte del personal — siempre alguien interrumpe en el mejor momento —, y se dedicó a hurgar electrónicamente en el sistema.
Llevaba más de quince minutos buscando cuando llegó a los archivos que le interesaban y cliqueó impaciente. La decepción le torció la boca: el informe era totalmente anodino. No es posible. Continuó buceando sin éxito por los subdirectorios. Después de casi una hora, soltó el sufrido ratón y se quedó mirando la pantalla con mal sabor en la boca.
¿Por qué no hay registros? Pensemos, Massarino. Uno, porque son demasiado viejos y no están cargados en el Archivo virtual. La hipótesis resultó no válida: había registros mucho más viejos que diez años. Pero IGPN tiene archivos. ¿Dónde están? Nueva búsqueda, nuevo éxito-fracaso. Sí había archivos de IGPN, pero no el que él buscaba.
Hipótesis número dos: archivos borrados o alterados. En caso de ser cierta, era sumamente peligrosa. Tus amigos te borran los “malos antecedentes”. Una punzada en el estómago lo previno. Tamborileó los dedos, impaciente. Los archivos electrónicos tienen un origen físico. Vamos a buscarlos.
Con su mejor cara de rottweiler de mal humor y la credencial prendida de la solapa, entró al sector. El suboficial a cargo hizo una venia silenciosa y él se perdió por los corredores entre estanterías. Lanzó una ojeada hacia el mostrador de entrada: el suboficial estaba inclinado sobre un diario, muy presumiblemente dormitando. Inspiró — Massarino, esto es ilícito, ¿lo sabías?—, y se lanzó de cabeza a las estanterías con expedientes de diez años antes.
Quince minutos y las manos debidamente mugrientas después, leía la carpeta. Su irritación iba en aumento con cada folio. Nada… Limpio como un bebé de pecho. Ni una sola mención al incidente: se retiró en la cumbre de su gloria.
Decidió probar con la contraparte y después de asegurarse que el archivista aún cabeceaba sobre las noticias del día, fue a buscar las copias de expedientes en las estanterías del otro extremo. Acá está... Por supuesto. Degradación, dos meses en el Archivo, restitución del rango. ¿Dónde mierda figura ese condenado asunto?
Salió del Archivo con una desagradable sensación de impotencia. El “incidente M” había sido borrado de los archivos de la PN en el sentido literal de la palabra. Las implicancias de algo semejante podían generar un escándalo de proporciones... si se descubría. Y por supuesto, había un sinnúmero de razones para que no se descubriera. El sólo hecho de alterar los expedientes era en sí mismo un delito.
Auguste regresó a su despacho a paso lento, mientras pensaba a todo vapor. El asunto estaba tomando un cariz desagradable. ¿Por qué “limpiarían” los antecedentes del tipo? ¿Cuándo lo habrían hecho: diez años atrás? Lo más probable era que sí. El sujeto tenía influencias ya en aquel entonces. Pregunta siguiente: ¿qué clase de influencias? Porque había sido la mismísma incorruptible IGPN la que había alterado los expedientes: no cabía otra posibilidad.
El ingreso del sujeto en política era razón más que suficiente para la “limpieza”. A nadie le gusta un candidato caracterizado por intentar violar subordinadas. Y sí que hizo carrera. En menos de diez años está disputando la presidencia. Qué rápido. Nadie había llegado tan lejos en tan corto tiempo. Nadie que haga las cosas limpiamente, entendámonos bien. Decidió que era buena hora de dedicarle un poco de su tiempo libre a la campaña presidencial del sujeto, nada más que por despuntar el vicio. Desde que me fui de la Brigada, me aburro como un cocodrilo embalsamado. Ahora la entiendo a mi hermana: la calle te mantiene vivo.


SUBURBIOS DE ESTRASBURGO, MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Ya había visto pasar el auto de cristales oscuros que se detuvo delante de ella. Se inclinó sobre la ventanilla, asomando el escote estratégicamente. El hombre ni siquiera intentó regatear. “Busco algo muy especial”, le dijo y ella sonrió. “Muy especial”, insistió el tipo. “Todo tiene su precio”, encogió un hombro desnudo. Él liberó el seguro de las puertas sin dejar de mirarla.
Le dio la ropa que traía en un maletín.” ¿Te gusta jugar?”, le preguntó mientras él sacaba el resto de los objetos. “Me fascina”, sonrió él de un modo que le hizo correr un escalofrío por la espalda. Examinó las prendas. Carajo, es carísimo. Cuero natural. Mientras se vestía, él le daba vueltas alrededor sin decir palabra. “¿No vas a desvestirte?”, preguntó y él negó con la cabeza.
“¿Así está bien?”, preguntó. Él se le acercó por detrás, la llevó frente al espejo y le sujetó las manos mientras le besaba el cuello y los hombros sin dejar de mirar la imagen reflejada.
“Así, quieta, no te muevas, no digas una sola palabra.” Ella se mordía por preguntarle qué quería. Él se apartó y le acarició el cabello, el borde de la mandíbula, el cuello hasta el nacimiento de los pechos. “No te muevas”, siseó entre dientes. La acarició otra vez, y otra más y le recorrió el cuello hasta las orejas con la lengua. “Quiero que me golpees”, y ella se lo quedó mirando. “Con la mano abierta, de revés, cuando te acaricie de nuevo”. Hizo lo que él le pedía. “No, muñeca, así no. Con fuerza: quiero que me golpees de verdad”. Recomenzaron el juego y esta vez sí le estrelló la mano en la cara.
La tomó del pelo y la arrojó al suelo, sin soltarla, mientras con la otra mano se desprendía la bragueta. “¡De rodillas, putita, así!” , y la estrujó contra él. “¡La boca bien abierta!” , rugió. “Más te vale que hagas el mejor trabajo de tu vida, arrastrada”. Le temblaba todo el cuerpo cuando se arrodilló delante del hombre.
“Ya está bien”, siseó y la arrojó boca abajo sobre la cama. Antes de que pudiera reaccionar, le estaba atando las manos con el cinturón. Le separó las rodillas con las suyas y sintió uno de los juguetes del tipo enterrársele en la carne y lastimarla. El miedo más básico e instintivo la hizo gritar. Él la hizo volverse de un empujón y un revés brutal le ahogó el grito en la garganta. Sonreía con odio. “Te voy a matar, puta”, y eso fue lo que hizo.

sábado, 26 de febrero de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 16

                                                            
ESCUELA DE OFICIALES SUPERIORES DE LA POLICÍA, ST CYR AU MONT D'OR, MIÉRCOLES POR LA MAÑANA
St Cyr au Mont d'Or
— Debe saber, Dubois, que la comisario Michelon sigue atentamente su evolución en el curso y que mi prestigio profesional está en juego.
— Hasta ahora aprobé todas las evaluaciones sin inconvenientes, comisario.
— Considero que para un desempeño adecuado deberá permanecer los próximos dos días aquí y...
Dejó de escuchar la perorata. La puta madre, lo único que te importa es que tus charreteras y tu culo queden a salvo. En esos dos días podían matar a Valentina. O el hijo de puta que le había tomado las fotos podía descubrir el operativo. Se tragó sus opiniones acerca del curso, el ascenso, los profesores y el rendimiento académico, sacudió la cabeza y se fue a repasar el puto Código Penal. Jumbo, no vas a dormir esta noche.


PARÍS, MINISTERIO DEL INTERIOR. MIÉRCOLES POR LA MAÑANA


                  Hôtel de Beauvau (sede del Ministerio del Interior)                                                  
— ¡Bueno, qué sorpresa! — Auguste abrazó y besó a su hermana ante la mirada sorprendida de su asistente. — Blanchard, consíganos dos cafés bien cargados.

Chismorrearon durante cinco minutos sobre la familia, hasta que un Blanchard que no dejaba de lanzarles miraditas de circunstancias les trajo los cafés.
— El Sully del Ministerio — murmuró Auguste mientras Blanchard cerraba la puerta.
— La mala fama nos persigue — Odette contuvo una sonrisa.
— Me da gusto verte aunque me traigas mala fama — bromeó él y continuó —. ¿Hablaste con los viejos? La Scala le hizo una oferta espectacular a papá.
— ¡El viejo alla Scala! ¿Qué piensa hacer?
— En principio, viajar mañana a Milán y reunirse con el Consejo Administrativo del teatro. Mamma aprovechará para escaparse a París a ver a sus nietos y a enterarse de las novedades — Auguste enrojeció.
— ¿Novedades?
— Nadine está embarazada de tres meses — confesó casi púrpura—. Creo que todavía me da un poco de vergüenza...
Ma' che coglione! (1) — gritó Odette mientras lo besuqueaba —. Ecco 'o ’vvero maschio napuletano!(2)  
Blanchard volvió para dejar unas carpetas y los pescó tomados de las manos. Se disculpó y salió corriendo. Ellos se encogieron de hombros, muertos de risa. Odette terminó su café y lo espió por encima del borde de la tacita.
— Te extraño — comentó a media voz —. Ya no es lo mismo: no tengo a quién hincharle las pelotas.
— Algún día tenías que hacerte grande, Cisne.
— ¿Era eso, no? — ella sacudió la cabeza —. Odio ser comisario, estar atada a un escritorio, llenar papeles, firmar y nada más que firmar. Me gusta la calle. No quiero ordenar que hagan las cosas, quiero hacerlas.
— Es el precio de la fama, princesa. Un comisario es demasiado valioso como para que ande por la calle.
— Bah, eso es una estupidez— ella encogió un hombro —. La Constitución dice que todos somos iguales ante la ley.
No hay nada que hacer, el Cisne se aburre en su despacho. Eso es peligroso. Auguste hizo un esfuerzo por mantener la expresión neutral.
— Necesito intercambiar ideas — suspiró su hermana y Auguste se arrellanó en el sillón —. Algo que parecía de rutina se complicó. Comenzó con una prostituta asesinada a golpes hace unas semanas. Resultó que hubo una muerte similar unos tres meses antes y el expediente terminó en el Archivo. Ambas mujeres murieron de la misma forma. Busqué sujetos con esa clase de antecedentes pero no encontré sujetos sino más muertes, dispersas por varias ciudades. Hasta ahora, ocho más. No hay periodicidad ni patrón de distribución geográfica: lo que tienen en común estas pobres desgraciadas es que son putas, por lo general extranjeras, y que las matan a golpes. A algunas las remataron de un tiro, pero hubieran muerto de todos modos por las palizas. Ah, algo más: en todos los casos hubo violencia sexual...
— ¿Aún siendo prostitutas? — Auguste se sorprendió.
— Ajá. Sevicias graves. Tuve que ir en persona a las prefecturas locales porque no conseguía un puto dato por fax o por teléfono. Todavía me quedan algunas por visitar, pero hasta ahora todos los expedientes que revisé se fueron a dormir — Odette tomó aire y siguió —. En esas ciudades no había antecedentes, ni siquiera de chicas golpeadas por clientes: a lo sumo alguna pelea entre ellas por el territorio, o algún alcahuete pasado de droga que les da una zurra cada tanto.
— Riesgo profesional — Auguste esbozó una sonrisa sardónica.
— Estaba perdida cuando algo me llamó la atención: las localizaciones de las muertes.
— Pero dijiste que no había patrón geográfico...
— Pero sí puede haber alguien que las relacione entre sí, ¿se entiende?
— ¿Un asesino que hace turismo? — Auguste frunció el entrecejo.
— Meinvielle me hizo el mismo comentario — Odette sonrió de costado —. Más bien, un asesino que viaja por otras razones.
— Un viajante de comercio, un inspector de seguros, un camionero...
— ...un político en campaña.
Se miraron sin respirar durante una pausa muy larga y ambos bajaron la mirada al mismo tiempo.
— ¿Te das cuenta de lo que ...?— Auguste dejó la frase sin concluir.
— Absolutamente.
— ¿Verificaste los puntos?
— Pensé que podríamos hacerlo juntos.
Auguste retiró su sillón, acercó una silla a su computadora y Odette se sentó a su lado.
— ¿Por dónde empezamos?
— ¿Maçon?
— Allá vamos.
Durante más de una hora, revisaron los recorridos de las campañas políticas recientes; la impresora rechinaba por la cantidad de hojas que se desparramaban por el suelo.
— Mierda— masculló Auguste, retirando el sillón —. ¿Y si estamos equivocados? ¿Qué clase de evidencia es ésta? Por completo circunstancial — se respondió a sí mismo — ¿Qué tenemos?
— Me encanta que hables en plural — su hermana le sonrió y del maletín que había traído consigo sacó un fajo de fotos revulsivas—. Bedacarratx me dijo que se puede establecer un patrón para los golpes — señaló unas marcas sobre las fotografías y se quedó callada, los labios muy apretados.
— Y entonces, ¿qué?— Preguntó él, interpretando correctamente el gesto.
Ella inspiró y lo miró directo a los ojos.
— Si el forense llegara a establecer ese patrón, y si éste se correspondiese con un antecedente...
— ¿Qué clase de antecedente?— Auguste interrumpió.
—Hace unos diez años. Intervino IGPN.
— Odette.. ¡Eso no, por Dios!
— No estoy siendo prejuiciosa, te lo juro.
Auguste meneó la cabeza varias veces antes de preguntar a su vez:
— En el hipotético caso en que ese patrón pudiera determinarse y se correspondiese, ¿qué harías?
Ella lo evaluó durante un instante.
— Ninguna estupidez que exponga a nadie de la Brigada — respondió casi con tristeza—. No estoy tan loca, Auguste. Si realmente encontrara... algo..., volvería a los casos de París.
— Y se te acabó la relación: hasta ahora ninguna campaña tocó París.
— El sujeto es diputado.
— ¡No creo que sea tan imbécil como para divertirse en París!
— No es imbécil, es impune. ¿No me escuchaste? Ningún caso en el resto de las ciudades prosperó. La primera muerte en París no se investigó. Alguien le cuida el culo desde dentro de la PN — masculló ella con ferocidad.
— Habrá que encontrar evidencia más contundente.
— Le hacen el trabajo de limpieza: no hay huellas, ni semen, ni elementos para practicar análisis de ADN. Sólo golpes. Pero resulta que sí hay un registro fotográfico de cómo golpeaba este sujeto, sólo que yo no puedo pedirlo: estuve directamente involucrada en los hechos.
— No hace falta que me lo recuerdes — Auguste sintió que se le estrujaba el estómago. Volvió a mirar las fotografías con renuencia: había algo más en esos pobres cuerpos torturados en lo que Odette no había reparado.
— No te prometo nada pero — suspiró—, podría tratar de conseguir el expediente. O por lo menos verlo y comprobar si hay ... algún nexo. Ni siquiera conozco el procedimiento para pedir una de esas cosas al Archivo...
Los ojos de su hermana brillaron de entusiasmo.
Strega!(3) ¿Viniste a verme sólo por eso, eh? Lucertola!(4)
Odette se enfurruñó.
— Vine porque no tengo a nadie con quien consultar y necesitaba una opinión profesional. Que yo recuerde, fuiste el primero en enseñarme a no descartar jamás ninguna hipótesis por estúpida o loca que fuera, sin haberla verificado. “No te apresures a juzgar, no te apresures a descartar”.
— ¡Ahora vas a decirme que fui tu maestro!
— El único que tuve. Pero tuve al mejor — Odette le dedicó una sonrisa de Gioconda —. Ti voglio bene, cretino (5).
Pure io (6).
Se abrazaron para despedirse y él le pidió que le dejara las fotografías. Cuando Odette se fue, las estudió con el detenimiento que merecían. No podía decirlo delante de ella pero estas pobrecitas tienen exactamente su mismo tipo físico. Lo único que me falta es que se le ocurra la chifladura de ponerse de carnada de este animal.


PARÍS, LA DÉFENSE. JUEVES POR LA NOCHE
Odette se abrazó a Lola durante un rato muy largo, respirando el perfume favorito de su madre, “Capricci". Colgadas del brazo se fueron a la cocina, tazas de café de por medio, a intercambiar noticias familiares.
— Así que seré abuela por tercera vez — se enorgulleció Lola.
— Y una abuela muy joven — Odette le acarició la cara.
— Me gustaría serlo por cuarta vez — Lola la miró a los ojos y ella bajó la cabeza — ¿Eres feliz, hija? — susurró su madre, encerrándole las manos entre las suyas.
Sonrió asintiendo y desvió el tema hacia su hermano. Lola se animó al hablar de sus nietos y del resto de la familia. El resto de la noche transcurrió entre preparar la comida y sentarse a disfrutar del toque mágico y las salsas incomparables de Lola. Sin embargo, sabía que su madre no se rendiría fácilmente: Lola había aceptado la primera finta, pero no habría más evasivas. Le llevaba el bolso de viaje al cuarto de húespedes, cuando Lola se lanzó de cabeza.
— Cuando un hombre y una mujer se aman, son felices y todo lo demás, tienen hijos. Ya estás en edad. ¿Qué piensa Marcel? No debería preguntar pero soy tu madre y... bueno, ¿no quieren hijos?
— ¡Mamá, cómo se te ocurre! ¡Por supuesto que quiero hijos!
— ¿”Quiero” o “queremos”?
— Ay, mamá, no te pongas suspicaz — la besó —. Imagino que estarás cansada. Mañana charlamos.
— Seguro que sí.
Odette se fue a su cuarto sin saber si eso era una afirmación o un amenaza.
****
No... No lo hagas, por favor... Me duele, me duele mucho... Me ahogo, Dios mío, me ahogo,... ¡No lo hagas...!
— ¡Odette! Bambina! ¡Odette! — los gritos de su madre la rescataron del horror. Casi saltó de la cama, empapada y con la sensación espantosa de las quemaduras aún viva en la piel.
— ¡Mami! — se abrazó, sollozando — ¡Mami!
Lola la sostuvo hasta que pudo respirar normalmente.
Ma che c'è, figlia mia?(7)  — murmuró Lola, acunándola.
Era su oportunidad. Levantó la mirada para reflejarse en los ojos enormes y profundos de su madre. Mammina. Abrió la boca dos o tres veces. No puedo desencajar los dientes, mami, no puedo...
Digli la verità alla mamma (8)— susurró Lola y ella se aferró a las manos de su madre como a un salvavidas, cerró los ojos y las palabras y el dolor brotaron juntos, curándole la herida.
****
"Abduction" , Paul Cézanne
— Ahora entiendo lo que sienten los criminales al confesar...— se burló de sí misma mientras se secaba los ojos.
— No cometiste ningún crimen, lo cometieron contra ti — murmuró Lola—. Un monstruo lleno de odio vació ese odio espantoso dentro de tu cuerpo y te envenenó.
No podría haber descripto mejor lo que siento. Se sostuvo la frente con ambas manos y embargada por el alivio, demoró varios segundos en comprender que Lola hablaba.
— Nunca pensé que tendría que sufrirlo dos veces — Lola murmuraba, dolorida —. Esto no podía, no debía ocurrirle alla mia bambina...
— ¿De qué estás hablando, mamá?
Lola clavó la mirada en las manos entrelazadas de ambas.
— Una cree que se libró del odio, pero nos espera ahí, agazapado como un animal. Fue en el teatro Alla Scala; me citaron a un ensayo sin tu padre, había cláusulas en el contrato que me obligaban a los ensayos que la régie considerara necesarios — hablaba con una serenidad espantosa —. Me esperó en el camarín y ... me violó.
Odette estaba tan aturdida que no atinó a preguntar nada.
— Le dije a Franco que quería cancelar los contratos, que no quería volver a La Scala, que no me gustaba cómo nos trataban, no sé, cualquier cosa con tal de no pisar ese maldito lugar nunca más. Jamás se lo conté a nadie — Lola hablaba con los ojos cerrados —. Papá lo hubiera matado y entonces mi vida y mi familia hubieran quedado destrozadas.
La confesión le secó la boca.
Mammina... ¿Lo conocías?
Su madre asintió
— ¡Dios, por qué no denunciaste al hijo de puta!
— Era el presidente del Consejo de Administración del teatro, un hombre muy influyente— Lola murmuró—. Yo le tenía tanto miedo... Me había amenazado tantas veces... Ese día dijo que iba a matarnos a todos si yo hablaba. Estoy segura de que lo hubiera hecho.
— ¿Quién fue, mamá? — insistió.
— Está muerto, hija. Ya no puede hacernos daño.
— Mamá, por favor...
Lola respondió mientras una lágrima gruesa se le deslizaba por la barbilla.
— Marcello Contardi.
****
Su hija dormía pegada a ella pero Lola no podía dormir. Había conocido a Marcello Contardi en la flor de la madurez del empresario. La personalidad y el atractivo que quitaban el aliento, junto a su fortuna y su posición social, lo hacían blanco invariable de las bailarinas, cantantes y demás mujeres con las que se codeaba. Contardi ni siquiera se molestaba en ser encantador y cuanto más despectivo se mostraba, más se esforzaban ellas por conquistarlo, sin saber que era una de sus tácticas favoritas. Que una mujer lo rechazara era impensable, e interpretó las negativas de ella como un juego perverso de seducción.
Ella no comprendía qué era lo que la volvía deseable a los ojos del hombre. No la perseguía por despecho: había algo en la intensidad de aquella mirada de cristal helado; algo oscuro, agazapado detrás de toda esa galantería fría pero insistente y esos modales principescos. Contardi la atemorizaba con su sola presencia. ¿Cuántas veces lo había entrevisto en las bambalinas, mezclado entre los tramoyistas, observándola con un arrobamiento siniestro?
La jugada de los contratos había sido de una bajeza infame. “Yo te los conseguí, ¿o creíste que bastaban tu talento y el de tu marido?”, le había dicho, tomándole la barbilla con saña mientras sus alientos se confundían. “Deberías tener un poco más de consideración con los que te ayudan, mia cara. Puedo arruinarte la carrera, la familia o ambas cosas. La elección es tuya. Conmigo nadie juega, Addolorata". 
Nunca lo había visto tan furioso, tan apasionado, tan desesperado, ni había sentido tanto desprecio por él.
Y después... el horror del después. Marcello Contardi casi le destrozó la vida. No había podido olvidar aquella mirada aterradora, glacial y furiosa ni aquella violencia. "¡Voy a matarte, puta!”, le habia susurrado contra el cuello mientras le dejaba el alma y el cuerpo marcados con su odio. “¡Tus hijos debieron haber sido míos!”, le gritó mientras la poseía como un loco.
Sólo el amor de Franco la había rescatado del abismo; cualquier sacrificio que hiciera por él y por los niños valdría la pena. Pero la obsesión enfermiza del hombre la persiguió durante años: Contardi se aparecía en los teatros de Europa en donde Franco y ella bailaban, aterrorizándola.
Marcello, cuánto daño me hiciste. Cuánto tiempo te odié, y me desprecié a mí misma por mi cobardía. Creí que tu muerte me liberaría de esos sentimientos y ese dolor tremendos, pero hoy comprendí que tu maldad continuó lastimándome todo este tiempo. Hija mía, gracias por ayudarme a enfrentar mi propio miedo.




****
Se despertaron juntas, tomadas de la mano y Odette se levantó a preparar el desayuno. Dios, tengo que decírselo. La cafetera rezongó llamando su atención. Marcel no tiene la culpa de nada. No somos responsables por nuestros antepasados. Se entretuvo preparando la bandeja con excesivo primor. ¿Y yo, qué haría si supiera que mi hija duerme con el nieto de mi violador? Me duele el estómago.
— Me trajo el aroma del café — la voz de Lola casi la hizo saltar. Al mirarla, su madre sonrió con dulzura— ¿No te enseñé que a la mamma no se le miente? ¿Qué es lo que te quedó atragantado anoche?
— Mamá ... — ahora o nunca — Es... por Marcel. Su madre era Constanza Contardi-Bozzi. Ella murió hace unos quince años... Era la única hija de Marcello Contardi... — se quedó sin aire.
Un atisbo de tragedia cruzó el bello rostro de Lola y Odette creyó que el corazón ya no volvería a latirle normalmente.
— Mamá, todo es tan terrible... Yo... no sabía...— Odette sintió que se encogía en el lugar. La tormenta de emociones enturbió la mirada de su madre y corrió a abrazarla. Se sostuvieron durante un momento larguísimo, hasta que Lola habló a su oído.
— Ustedes dos no tienen la culpa de nada, bambina mia. El pasado está muerto y enterrado lo mismo que ese desgraciado. No suframos más por él.
Odette dejó caer la cabeza. Ambos están muertos y no nos harán más daño. Somos libres. El temor la abandonó en el mismo momento en que admitió sus propias debilidades.
Lola le tomó la cara entre sus manos.
— Mi Cisne se enamoró de un Contardi. Me gustaría saber qué clase de justicia poética será ésta.




(1) ¡Qué boludo!
(2) ¡Miren al auténtico macho napolitano!
(3) Bruja
(4) Lagartija
(5) Te quiero, idiota
(6) Yo también
(7) ¿Pero qué pasa, hija mía?
(8) Decile la verdad a tu madre

domingo, 6 de febrero de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 15

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. VIERNES A MEDIODÍA

Marcel abrió la puerta del despacho y asomó la cabeza.
— Hace un día espléndido y no pienso desperdiciarlo acá dentro. Vamos a tomar un poco de aire.
Odette le dedicó una sonrisa desvahída.
— Una dosis de sol me va a venir bien— suspiró y cerró los archivos —. Vamos a caminar un rato.
Anduvieron un buen trecho en silencio. Odette iba algo distraída. Marcel le pasó el brazo por los hombros y la acercó a él. Compraron crepes de queso en un puesto callejero y se rieron como chicos mientras se quemaban al comerlas.
—¡Aagh, me muero de sed! — Odette carraspeó.
— Te invito a un café.
— Miserable, ¿nada más que café?
— También tengo chocolate.
— ¡Ajá! Eso es soborno.
Se sentaron a una mesita asoleada. Después de que les trajeron los cafés, sacó una tableta de chocolate del bolsillo y se la ofreció. Ella tomó una barrita y jugueteó con ella entre los labios antes de comerla.
— Eso es instigación. La voy a arrestar por ofrecerse en la vía pública— le susurró al oído y le besó el cuello.
— Quieto o nos arrestan a los dos por alterar el orden público— Odette mojó la barrita en el café y la mordió, provocativa. Él le acarició el pelo y bebieron en silencio. Odette estiró la mano y le recorrió el dibujo de la barba con el índice, con sonrisa de Gioconda.
— ¿No es un poquito... presuntuosa?
— Soy presuntuoso — Marcel estiró la boca hacia un lado en una sonrisa y ella le acarició el cabello y la frente.
— Extraño el mechón. ¿Por qué cuernos te hiciste ese corte de pelo?
Marcel se encogió de hombros mientras pensaba en una excusa decente.
— Quería probar...
— La barba, bueno, ¡pero el pelo!....No me gusta, es... kafkiano— ella frunció la nariz.
— ¡Kafkiano! Creí que me daba un aire diferente.
— Sí, de presidiario. ¿El peluquero de C* es ciego?
— ¡No, manco!
Se rieron, pero la broma no alcanzó a distraer a Odette.
— ¿En qué estás pensando? — preguntó, preocupado.
— En esas mujeres...
— ¿Cuáles?
Rápidamente ella le refirió los casos a su cargo y lo que había encontrado.
— No debería permitirme este tipo de prejuicios en esta profesión...— ella meneó la cabeza.
— Sin los prejuicios qué sería de la mayor parte de las investigaciones policiales...
— Un poquito de prejuicios, un poquito de paranoia— Odette suspiró con resignación.
— Cuando estás tan sarcástica, tus “clientes” deberían empezar a cuidarse el culo.
— Todavía no tengo ningún cliente...
— Y eso te molesta mucho.

— Msé.. — mojó otra barrita de chocolate en el café caliente y la mordisqueó pensativa, sin mirarlo. —No hay nada, absolutamente nada. Nadie inició una investigación seria. Me estrellé contra la indiferencia de cinco prefecturas, incluida la PDP, a las que les importa un comino la muerte de una prostituta. Hubo un caso anterior al que me asignaron y acabó en el archivo. Total, qué le hace una puta más o menos al municipio. ¡Hay tantas!— ella subrayó con acidez—. Y para colmo, las pobres son "extracomunitarias". ¡Como si fueran ganado! No entienden que están matando personas. Mucho declamar frente al periodismo y rasgarse las vestiduras en el nombre de los derechos humanos, pero cuando se apagan las cámaras, todos dan media vuelta y a la mierda con lo que predican.
Odette hizo una pausa que él aprovechó para pedir más café.
— Lo siento. No quería hacer un discurso de barricada, pero toda esa indiferencia me pone furiosa.
— Bueno, en mi defensa puedo decir que tu discurso no me fue indiferente.
Odette le dedicó una larga mirada. Parecía a punto de decir algo más, pero estiró la mano y le dibujó circulitos con el índice.
— Te amo...— murmuró ella.
— No lo digas como si te doliera.
Transcurrió una pausa extraña y la mirada de ella se volvió impenetrable. ¿Qué te pasa?, pensó Marcel con una punzada e aevertencia en el estómago.
— ¿Cómo estás?— ella preguntó, pero la pregunta iba mucho más allá de la mera situación del momento. Algo le subió y le bajó por el esófago antes de responder:
— Te echo demasiado de menos. Cuando... cuando termine el curso — y cuando Dios me perdone por todas las mentiras y las porquerías que estoy haciendo—, quiero que... volvamos a hablar de... vivir juntos — bueno, viejo, lo dijiste.
Mirarla a los ojos fue como ver cerrarse una puerta y Marcel sintió la irritación enroscársele en las entrañas. ¿Por qué?
— Sí... Cuando termines el curso.
Si no hubieras dicho nada, habría sido mejor. Se quedaron callados, incómodos, escondidos detrás de sus tazas. Espió por encima del borde: Odette bebía con total concentración. ¿Qué le pasa? ¿Qué me pasa a mí? Fumó con dolorosa fruición y exhaló como si respirara por su vida.
— Ya es hora de volver a trabajar... — murmuró Marcel sin demasiada convicción en la voz—. Arreglé encontrarme con Meyer, y Michelon también quiere verme.
— Prometo cocinar una comida decente esta noche — dijo ella mientras se levantaba y tomaba el bolso.
— No vuelvas a matarme de hambre: me pone de mal humor.
— Ya me di cuenta, Pantagruel, ya me di cuenta.

****

Mientras Dubois hablaba, Michelon observaba las líneas de tensión en la mandíbula y los tendones del cuello. Había mucho más que cansancio en las arrugas que endurecían la expresión del capitán.
— Ruggieri debe estar desesperado porque hizo que me buscaran en Génova para invitarme a una reunión en Milán — estaba diciendo Dubois —. Tuvieron que deshacerse de un cargamento completo, unos siete millones de dólares tirados al mar. Tiene que resolver el transporte de la mercadería y supongo que hará una propuesta. Si como pensamos, Ruggieri es nada más que un eslabón intermedio en esta cadena, el que se haya debilitado es muy conveniente para nosotros porque podemos usarlo para llegar a su distribuidor que, siempre según Ruggieri, lo es para toda Europa y cercano Oriente. Por otra parte, La muerte de Giuliani le echó encima a los perros de la Polizia Finanziaria. Los Carabinieri poco menos que le desarmaron el barco cuando entró a puerto en Génova. No fue sencillo desembarcar.
El estado de cosas la irritó más: Dubois sabe que yo sé que no podemos darle ninguna cobertura: si termina en una questura (1) , se las arregla para salir como pueda por las suyas.
—¿Ud. tuvo problemas? — Michelon preguntó .
— No. Los de la Finanziaria nunca le comprobaron nada a EuroAvventura así que no tienen evidencia de donde agarrarse, pero a partir de ahora me huelo que los Carabinieri se le van a pegar al fundillo de los pantalones.
— ¿En qué circunstancias murió Giuliani?
— Tuvo un accidente mientras buceaba... Ex campeón olímpico de natación y mundial de buceo...Por los comentarios que recogí…
Los que recogió de esa Sonja, Michelon pensó con desagrado. Bueno, hay cosas inevitables si pretende que la pantalla que utiliza sea aceptable. Continuó escuchando.
—…Giuliani no estaba de acuerdo con los “negocios alternativos” de EuroAvventura y quería separar las operaciones.
— ¿No hubo autopsia?
— Sobornaron a la policía griega, forense incluído— Dubois encogió un hombro—. Giuliani bebió antes de bajar a bucear y de acuerdo con la autopsia, sufrió un paro cardíaco provocado por la ingesta de alcohol combinada con un esfuerzo físico excesivo para su edad. Si es por lo de la bebida, tomaba como un marinero irlandés sin que se le moviera un pelo del bigote; después bajaba a bucear en zonas de arrecifes y volvía fresco como un lenguado. Le metieron algo en la bebida que no aparece en los peritajes. El tipo se jalaba con cualquier porquería que pareciera polvo. Por lo que sé, le cambiaron la blanca por otra cosa.
Más Sonja. Pobre tipa, le veo poco tiempo más a bordo, Michelon pensó con algo de tristeza. Está metida con éste hasta los tuétanos y eso le puede costar muy caro... ¿y él? Nunca lo vi tan molesto al llevar adelante un caso. Lo lamento, Dubois, son las porquerías de este trabajo.
— ¿Qué sigue ahora?— Madame preguntó, arrellanándose en su sillón.
— El próximo encuentro es en Milán. Tengo que alojarme en...— le pasó el papelito con el nombre y los teléfonos de un hotel de mediana categoría —. Meyer ya los tiene. Ruggieri me contactará para seguir con las negociaciones. ¿Qué averiguaron de mis compañeritos de crucero, Wenger y Alvarado?
— Se “reubicaron laboralmente”. Wenger opera bajo un nombre supuesto para una empresa checa que es pantalla de otra rusa. Alvarado no tiene tantos problemas: la guerrilla colombiana se encargó de que sus antecedentes parezcan el CV de un CEO— se sonrieron mutuamente, sin ganas—.No haremos movimientos hasta que Ud. nos lo indique, Dubois.
El mensaje era claro: “INTERPOL está afuera hasta que Ud. pueda salir ileso de ésta”. Dubois asintió sin hablar.
— Sé que le está yendo muy bien en C*— acotó animada, para cambiar de tema. La cara del capitán no modificó su expresión.
— Pasado mañana tengo unos exámenes. Trato de no hacer un mal papel.
— No sea modesto: recibí excelentes comentarios. ¿Cuándo estudia leyes?
— En los aviones— el capitán suspiró con resignación.
— Ya debe estar harto de nosotros: váyase a casa.
— Me prometieron comida casera— Dubois esbozó la primera sonrisa sincera de la tarde.
Cuando estaba a punto de abrir la puerta, lo llamó:
— Capitán... Si tiene algún problema... de cualquier clase, me gustaría saberlo.
Los ojos de Dubois destellaron y durante un latido de corazón tuvo la certeza de que él volvería a su asiento. Fue un titubeo de menos de una décima de segundo.
— Gracias, Madame. Si surge algo, lo tendré muy en cuenta.

****



Se lo pensó mejor y salió a la calle, caminó hasta el puente y se acodó en el parapeto a fumarse un Gauloise. Aspiró el humo como si pudiera reconfortarlo de sus pesares. ¿Qué hago: le pregunto por el puto número nuevo? Repasó la “evidencia”: completamente circunstancial, Dubois, se recriminó. El sujeto bien podría ser un contacto o un informante. No era capaz de admitir que él mismo estaba ocultando información a Odette. Lo mío es diferente: tengo órdenes. La estamos protegiendo.
Sacudió la cabeza, cuadró los hombros y dando una media vuelta resuelta regresó al Quai.


PARÍS, QUAI  DES ORFÉVRES. MARTES POR LA MAÑANA

Meinvielle había rumiado la conversación con Marceau durante varios días y la convicción era cada vez más
fuerte. ¿Cómo puede convivir con eso? Tomó la decisión, nada académica por cierto: si se enteran me echan a empujones de la Asociación de Psicología. ¿Cuándo y dónde? No fue fácil buscar: los operativos de "especiales" no están a disposición de cualquier pedido inocente al Archivo. Pero preguntando se llega a Roma y si no vean a nuestros chicos de RG. Ja, nunca me hubiera imaginado jugando a Sherlock Holmes.
Cuando cruzó las puertas del Quai, el suboficial de guardia le preguntó amablemente qué buscaba por allí. Le faltó decirme "abuela", zopenco. La credencial le bajó los humos al meterete, que le indicó el piso sin que ella se lo pidiera o lo necesitara. El rumor habitual del piso menguó apenas cuando ella levantó la voz para preguntar por la comisario Marceau y un obsequioso sargento de uniforme le indicó la puerta cerrada.
— ¡Doctora Meinvielle, qué sorpresa! — Marceau se levantó a recibirla.
Se bebieron unos cafés mientras intercambiaban comentarios sobre temas generales.
— La charla con Ud. me resultó de gran utilidad, doctora. Tengo las cosas bastante más claras.
— ¿De verdad? —preguntó con ligera malintención pero Marceau continuó con entusiasmo.
— Creo que por fin pude encuadrar al sujeto. Fue muy sencillo a partir de ahí...
Ante la falta de reacción de la comisario, Meinvielle atacó frontalmente.
— Me pareció que en nuestro anterior encuentro quedaron temas pendientes… Si mal no recuerdo, Ud. me habló de alguien que había sido víctima de abuso sexual.
Marceau esbozó un gesto de sorpresa.
—¡Ah, eso! Curiosidad intelectual— respondió levantando un hombro.
— Conocía muy bien el caso para tratarse nada más que de curiosidad — A ver cómo le va con eso.
— Lo bien que una conoce un expediente.
Ah, Marceau, la pesqué en una mentirita.
— No creo que en el expediente hubiera mención de la sintomatología histérica— contraatacó Meinvielle.
Marceau sonrió apenas.
— Claro que no— y no dijo más nada.
— ¿De dónde conoce a la víctima? — insistió con el término que parecía molestarle más a Marceau —. Porque si no ¿cómo sabría tantas cosas tan íntimas acerca de ella?
— Preferiría preservar mis fuentes— la comisario se parapetó detrás del secreto profesional, pero ella no estaba dispuesta a soltar su presa tan fácilmente. Muerdo fuerte, Marceau: espere y verá.
— ¿Comisario, quiere decirme que ocultó evidencia en un caso criminal?
— Doctora, no creo que haya venido a decirme cómo tengo que hacer mi trabajo. Y le recuerdo que se trata de un delito privado, no de un homicidio. La ley actúa de oficio ante homicidios, no ante delitos privados.
— Hubo un muerto e intervención policial.
— El muerto fue el agresor y la policía actuó adecuadamente.
— Pero la víctima quedó por completo desprotegida. Si Ud. conocía las circunstancias debió haberla ayudado y convencido de solicitar apoyo médico y psicológico.
— Doctora, nos estamos perdiendo en especulaciones sin sentido. Los hechos transcurrieron hace mucho tiempo. Le repito, era simple curiosidad— la comisario volvió su sillón hacia la pantalla de la PC —. No vale la pena que discutamos por algo así.
Meinvielle se lanzó de cabeza.
—¿Todavía cree que Ud. se lo buscó, no es así ? — aseveró con voz queda y Marceau se la quedó mirando con los labios entreabiertos — ¿Cómo pudo callar algo semejante?— insistió—. No me extraña que sufra pesadillas y todo el catálogo de síntomas del viejo Sigmund.
— Doctora, ¿qué es lo que cree? — la comisario se envaró pero fue evidente que ya no podía sostener la situación.
— La pregunta es qué es lo que Ud. cree... ¿Que con no mencionarlo desaparecería de su vida? ¿De verdad se graduó en psicología? — deletreó — ¡Dígalo de una buena vez!

La comisario palideció pero no dijo nada.
— Eso es: quédese muda, guardando ese secreto terrible que la quema por dentro. El que el tipo esté muerto no quiere decir que no haya hecho lo que le hizo. El que sus propios compañeros de operativo lo hayan matado, no significa nada a la hora de lo que Ud. siente: humillación, rabia, impotencia. El abuso es horrible porque amenaza con destruir aquello por lo que luchamos: nosotras mismas.
Había quebrantado las defensas de Marceau de una forma que no esperaba. La comisario se hundió en su sillón y enterró la cara entre las manos durante un buen rato. Finalmente habló sin mirarla.
— Yo... quería encontrarlo... hacerle pagar por lo que había hecho... Cometí errores imperdonables... Murieron cuatro personas por mi causa... — la voz le temblaba cada vez más — Quise morirme cuando él... — se quedó muda.
— Cuando él... — la azuzó — ¡Dígalo en voz alta! ¡Le hizo daño, mucho daño! — rodeó el escritorio, la tomó por los hombros y la obligó a mirarla —. Si le hubiera pegado un balazo, seguramente mostraría la cicatriz. Esto también cicatriza. ¡Dígalo! Dígaselo a alguien más, a su madre, a una amiga. ¡Comparta su dolor, es la mejor forma de curarlo!
Marceau apoyó la frente en la mano acopada, sin mirar a ninguna parte.
— Ese hombre... me violó. Me arrasó el cuerpo y el alma. Lo odio, hubiera querido verlo morir muchas, muchas veces... Me envenenó, me dejó estéril con su inmundicia— la voz le rezumaba amargura.
— Sobrevivió a él, a su odio y al suyo propio. Puede amar a otros, ¿por qué no amarse a sí misma y perdonarse?
Ni una lágrima se escapó de los ojos enormes y opacos. Todavía no puede liberarse de ese fantasma: falta una última confesión. Seguramente sea la más dura de todas. Le tomó la barbilla y le levantó la cara.
— Ahora debe dar el siguiente paso: hablar. No conmigo: yo soy una extraña. Cuéntele su pena a quienes la aman.
— No puedo...— la comisario bajó la mirada.
— Sí puede. Pida auxilio, refugio. Eso está bien, es de seres humanos el necesitar de los demás y Ud no es la excepción ni SuperMujer. Si cree que puede hacerlo todo sola, está en un error: la vida está hecha para compartir las cosas buenas tanto como las malas. Mi querida, sería buena hora para que se curase de ese sentimiento que no la lleva a ninguna parte. Aprenda a dejarse ayudar.
Marceau sonrió tibiamente y se levantó. Bueno, al menos recuperó un poco el color. Ya me estaba sintiendo culpable.
— Gracias, doctora.
— ¿Por qué?
— Por ... no creerme.
— Ah, si me creyera todo lo que me dicen, dejaría bastante que desear como profesional — Cuando salía, la reconvino: — No deje pasar el tiempo sin hablar. No está curada: sólo inició el tratamiento.

MILÁN, OFICINAS DE BCB. MARTES POR LA MAÑANA
— ¿Tiene alguna novedad?— ladraron del otro lado de la línea.
Massimo Ruggieri se secó la transpiración que le perlaba la frente.
— Estoy detrás de eso, en estos momentos y conseguí información muy útil.
— ¿Qué mierda hay de la vieja? No va a decirme que no puede con una mujer de setenta y dos años...
— ¡Claro que puedo! La información de que le hablo me la pondrá en las manos.
— Ruggieri, no puedo esperarlo mucho tiempo más — la voz del otro restalló dura — Euroavventura se volvió muy transparente para sus Carabinieri.
— No hace falta que me lo recuerde — le retrucó irritado — BCB es un boccato di cardinale pero necesito un poco más de tiempo. Parece que la vieja encontró a la familia perdida.
— ¿Y qué?
— ¿Qué? Que si resulta que sea familia existe, tenemos más problemas. La presioné para que vendiera, hice que BCB tuviera algunos inconvenientes financieros menores para convencerla, pero la vieja se entusiasmó con la idea de que tiene un nieto en alguna parte, y lo está haciendo buscar. No sirve quitarla de en medio ahora. Aunque el estatuto social prevé que los socios tenemos precedencia para la adquisición de acciones, si hay un heredero estamos fritos.
— Me imagino que los herederos de la vieja son simples mortales— sisearon del otro lado.
— Ya lo pensé — ladró entre dientes—, pero tengo que encontrarlos primero, ¿no? y encargarme después.
— Espero que un poco más discretamente de lo que se encargó de Giuliani.
Cafone di merda (2) , se atreve a criticarme y él es discreto como un pavo real. Politicucho bocón.
— Giuliani murió en un accidente, la misma policía griega lo atestiguó. Hicieron la autopsia, reconstruyeron el hecho y todos libres, limpios de culpa y cargo.
— Cuénteselo a la policía griega entonces. Euroavventura se está fundiendo gracias a su maravillosa administracion y a la fantástica propaganda de la muerte de su cuñado, que le metió a los Carabinieri en casa. Tiene dos semanas de plazo para cumplir con los compromisos. No puedo seguir demorando los embarques o tendré que buscarme otro socio italiano y cobrarme lo que me debe... de alguna forma.
Este hiijo de puta madre no amenaza: me hizo la cortesía de avisarme. A la pobre lucciola(3) que encontraron tirada en la autopista a Bologna, no le avisó. La policía buscaba a un transportista que frecuentaba esa autopista, con un par de condenas por haber golpeado a otras.
Cuando Buffo lo llamó para quejarse, él le dijo que cerrara el pico. Buffo tascó el freno y le respondió que no pensaba proveerle más mujeres al animal de su socio transalpino, para que se las dejara tan golpeadas que no podían trabajar durante más de una semana, o se las matara, como la última vez.
— Ponga atención, Ruggieri, porque Ud. también pierde plata si las chicas no trabajan — rezongó Buffo.
— Y Ud. cierre la boca. Si la historia o el nombre circulan, es cadáver, y no diga que no le avisé. Mejor que sus pupilas se porten como es debido con él, no le mande chicas con ínfulas.
Pero le había costado sus buenos millones de liras “reponer la mercadería” del alcahuete.
Encima, es difícil conseguirle el tipo de mujer que quiere: a los milaneses les gustan rubias, con aspecto de eslava y éste quiere sicilianas. Habrá que buscar albanesas o turcas. Más problemas: untar a los de Migraciones para que hagan la vista gorda con las chicas. Ni muerto pienso recurrir a los calabreses.

****
                                                        Via Montenapoleone, Milán

Las oficinas de la Via Motenapoleone eran lujosas, aunque no podía espera otra cosa de cualquier edificio en esa calle. ¿Y dónde mierda iban a vender artículos de lujo si no era en una calle de lujo?, pensó Marcel con  acritud. Mientras esperaba a Ruggieri, la sensación de incomodidad crecía con cada minuto. La puta madre, tenía que ser BCB. El último lugar del mundo que hubiera querido pisar en su vida y ahí estaba, vestidito y perfumadito para una cita de negocios con un traficante de armas que en sus ratos libres era el director financiero de la firma familiar. Si me viera Michelon, se caería de culo de la risa. 'En esta profesión, hay miles de cosas que uno preferiría no hacer, pero las hace', y acá estoy, haciéndolas. Carajo.
Evidentemente no pudo evitar la mueca de desagrado, porque la secretaria se apresuró a servirle otro café, disculpándose por la inesperada demora del dottore(4) Ruggieri. Aceptó el café con displicencia y sin mirar a la mujer. Su celular eligió sonar en ese momento y respondió con brusquedad: Meyer, rastreándolo. Intercambiaron dos o tres frases preparadas.
— Estoy retrasado en esta cita. Te llamo apenas me desocupe.
Cuando cortó la comunicación, notó la mirada de la secretaria fija en él. La mujer se sintió sorprendida en su actitud de observación y desvió los ojos. Hermosa hembra, pensó distraído. ¿Dónde la vi antes? Recordó quién era al entregarle la taza vacía: ¡la viuda de Giuliani! ¿Qué mierda hace acá?
Ruggieri asomó de su despacho y lo saludó con un apretón de manos ampuloso.
— Alessandra, café para el señor Delbosco y para mí — ordenó sin “por favor” mientras lo hacía pasar a una oficina ostentosa.
Alessandra le lanzó una mirada verde y venenosa a Ruggieri.
— No para mí, muchas gracias — Marcel le sonrió por primera vez y la mujer agradeció el gesto cortés.
— Alessandra es la secretaria de Donna Valentina — comentó Ruggieri cuando cerraba la puerta —, y no le gusta que los demás directores le pidamos cosas.
Luego de ordenar que no le pasaran llamados, Ruggieri expuso la situación: las operaciones no podrían seguir adelante con EuroAvventura. Existía una posibilidad mejor pero que ocasionaría una pequeña demora. Ruggieri dio tantas vueltas que él se irritó y le exigió definiciones y el otro mostró el juego: las entregas podían hacerse utilizando como pantalla los embarques de BCB, pero para ello debían solucionarse unos detalles menores.
— Estoy gestionando la adquisición del paquete mayoritario de BCB— le confió Ruggieri —, pues eso me daría la comodidad de movimientos que necesitamos para nuestras operaciones.
— ¿Cuánto tiempo puede tardarse en esa gestión? Mis clientes preparan sus operaciones con tiempo, pero necesitan plazos ciertos.
— Pienso resolverlo en estas semanas.
— ¿Cuántas?
— Dos o tres como máximo.
— ¿Los accionistas mayoritarios estarán dispuestos a vender sin más?
Ruggieri bebió el último sorbo de café y continuó.
— La única accionista mayoritaria es la señora Contardi-Bozzi. Le hicimos una oferta muy interesante y...
— ¿Y qué pasa, si aún en ese caso, se niega a vender?
— Los socios minoritarios tenemos prioridad ante la oferta pública. Valentina es una anciana y no tiene familia. Es muy mayor, más de setenta años. Ud. comprende — Ruggieri lo miró a los ojos.
Claro que comprendo. Estás pensando en sacarla de en medio de cualquier forma. La idea le revolvió el estómago. Condenado hijo de puta. Esbozó una media sonrisa dura y Ruggieri, que estaba aguantando el aire, lo soltó más tranquilo.
— Entonces, vuelvo a preguntar: ¿cuándo?— e hizo un ademán con las manos: “Me pongo a su disposición”.
Ruggieri comprendió a la perfección y se le amplió la sonrisa.
— En ese caso, sólo hay que arreglar algunos detalles.
— Me gustaría tener idea de fechas. Tengo nuevas operaciones en vista con contactos en Rusia, que no interferirían con Wenger — Ruggieri se asombró de que él supiera para quién trabajaba el alemán. Si supieras, cucaracha —. Estos clientes tienen buen respaldo pero son exigentes en cuanto a tiempos. Si podemos cumplir con ellos, tendremos mercado asegurado a largo plazo. Necesito una definición ¿Puede dármela pronto?
— ¿De cuánto estamos hablando? — el otro se puso profesional
— Treinta millones cada tres meses, cinco por ciento de comisión para mí. Puedo dejar para Ud. una parte de mi comisión, digamos el siete por ciento de mi cinco por ciento, si conseguimos el negocio.
— El doce.
— Siete y medio.
— Nueve.
— Ocho— bueno, te puse la zanahoria delante, Ruggieri. A ver hasta dónde estás dispuesto a llegar.
— De acuerdo.
— Es un trato — se estrecharon la mano —. Quiero conocer esos detalles que usted mencionó —lo miró directo a los ojos.
— Tendré la información para usted esta semana.
Lo acompañó hasta la puerta de la oficina. Alessandra estaba de pie, hablando por teléfono y le lanzó una mirada de fría apreciación. Mierda, nunca antes me había sentido carne en el supermercado.
— Alessandra — Ruggieri llamó la atención de la mujer —, el signor Delbosco me llamará durante esta semana por una operación que su empresa hará con BCB. Te ruego que me lo pases a cualquier parte en donde me encuentre.
Alessandra les dedicó toda su glacial atención. Ruggieri hizo un gesto imperceptible con el mentón hacia el extremo más alejado de la recepción. La mujer les dedicó una semisonrisa.
— Por supuesto.
Marcel hubiera jurado que los ojos verdes habían destellado de placer.

****

Marcel estaba a punto de salir del edificio cuando un automóvil de lujo se detuvo y el guardia de seguridad corrió a abrir ceremoniosamente la puerta. Una mujer anciana descendió, agradeciendo el gesto del hombre.
Buongiorno, signora Valentina.
Buongiorno, Simone.
El nombre lo paralizó y no supo qué hacer, parado en medio del hall de entrada. La mujer entró entre los respetuosos saludos del personal y pasaba delante de él cuando se volvió a mirarlo. Se detuvo instantáneamente y parecía a punto de hablarle cuando Alessandra casi corrió hacia la entrada.
— ¡Signora Valentina, tengo un llamado esperando para Ud.!
Arrivo, cara.(5) ¿Il signore? — preguntó mirándolo con intensidad.
Él habló antes de que Alessandra pudiera responder.
— Delbosco, Marco, signora — inclinó levemente la cabeza.
— La signora Contardi-Bozzi— aclaró Alessandra innecesariamente e insistió en la urgencia del llamado. Cuando se iban juntas, Alessandra volvió apenas la cabeza. No lo miró pero sabía que ella estaba esperando que se fuera.
Salió a la calle con las emociones revueltas. Era mi abuela. Hasta ahora había sido nada más que un nombre, una anciana a la que la escoria de Ruggieri quería asesinar para poner sus patas sucias sobre BCB. Una complicación en un caso en el que estaba trabajando undercover .
¿Y ahora, qué?


HOTEL DE MILÁN, MARTES POR LA NOCHE

Paseó por la suite tratando de atrapar retazos de aquel único encuentro, a sus cinco años. Conservaba la imagen borrosa de una mujer que le había parecido vieja. Por aquel entonces Valentina tendría unos cuarenta y cinco años; hoy la hubiera llamado una bella mujer. Lo había mirado largamente y le había rozado apenas la mejilla con un beso que él no devolvió, a pesar de las reprimendas de su madre. Consiguió que mamá le diera permiso para levantarse de la mesa del café y jugar alrededor de las otras vacías, en la vereda asoleada. Cada vez que volvía la cabeza, su abuela lo estaba mirando.
"Se parece a él", la oyó susurrar cuando se acercó a tomar un sorbo de gaseosa. “¿A quién me parezco, mami?" "A tu papá", intervino rápidamente su madre, y le dijo que fuera a jugar pero no muy lejos. Finalmente, mamá lo llamó porque se hacía tarde y debían volver a casa. Su abuela lo abrazó, esta vez muy fuerte y lo llamó "Marcello", y entonces se dio cuenta de que ellas hablaban en italiano entre ellas y con él. "Marcel", corrigió mamá, en francés. "Le pusiste su nombre", respondió su abuela, con mirada triste.
“¿Quién se llama como yo?” había preguntado a su madre, extrañado. “¿Quién es Marcello?”
“ Tu abuelo, mi padre”, dijo mami después de una eternidad. “Apurémonos que se hace tarde”, y lo tomó muy fuerte de la mano.
“¿Me llamo como mi abuelo? ¿Por qué?” Mamá no respondió. “¿Mami, por qué?” insistió y ella le sacudió el brazo para llamarle la atención al cruzar una avenida. “No le digas nada a papi sobre la abuela: es nuestro secreto”, le hizo prometer y le dio un beso. “¿Mami, me parezco a papá?”. “Por supuesto mi amor: tienen los mismos ojos, el mismo carácter”, mami sonrió apenas. “Los dos son altos...” “¿Voy a ser alto como papá?”
“ Más alto que papi”, y la mano le transpiraba en la de su madre, que se la sujetaba dolorosamente mientras corrían a casa. “¿Por qué no podemos contarle a papá...?” “¡Me lo prometiste!”, gritó su madre y lo sacudió, los ojos maravillosos llenos de lágrimas. No le gustaba verla llorar, le daba miedo y volvió a prometer que no diría nada.
Mami corrió a su dormitorio a quitarse el vestido y a preparar la cena. Se puso la bata azul que le habían regalado con papá para su último cumpleaños y él se quedó fascinado mirándola. “Mami parece una princesa”, pensó y se fue a jugar al comedor, debajo de la mesa, con los autos de juguete. Uno era el patrullero de papi y el otro era el auto de los ladrones. Rum, rum, los hizo pasar entre las patas de las sillas. “Voy a pedirle a papá que me lleve con él en el patrullero”. Entonces llegaron su padre y la tragedia.
La memoria te juega sucio, carajo. Le había traído cada palabra, cada sobreentendido y cada mirada. Detalles ínfimos que a sus cinco años no tenían sentido y hoy, casi treinta años después, empezaban a develar sus significados. Uno es un boludo que se cree que el pasado se borra tan fácilmente como los archivos de la computadora: DELETE y a la mierda con los files, pero está ahí agazapado, esperando la ocasión para asaltarte con la guardia baja.
El teléfono sonó con insistencia. ¿Será Ruggieri?, pensó con desgano al levantar el auricular.
—¿ Signor Delbosco? — era una de las empleadas de la conserjería— Un llamado para Ud.
Del otro lado de la línea había alguien que vacilaba en hablar y rezongó molesto.
— Signor Delbosco, soy Valentina Contardi-Bozzi. Necesito hablar con Ud., en privado.
La puta madre, lo que me faltaba. No lo puedo creer, ¿cómo me localizó?
— No sé cuándo, señora. Viajo mañana muy temprano y...
— Ahora mismo, en mi casa.
Vaciló, cortado. ¿Y qué excusa le pongo? Valentina tomó su silencio por asentimiento.
— Un auto pasará a buscarlo. Sepa disculpar que no se trate de mi chofer, pero es mejor así por ahora—
Clic.
¡Carajo, qué hago! Se pasó la mano por la cara y el pelo con furia. No tuvo demasiado tiempo para pensar: el teléfono sonó nuevamente para anunciar que un automóvil lo esperaba en recepción.
****

La ¿casa? Un palazzo soberbio de tres plantas, adornado con una fastuosa elegancia finisecular italiana que lo impresionó. Un poco recargado para sus gustos espartanos en cuanto a decoración, pero tenía que admitir que era magnífico. La doble puerta se abrió en el momento en que él bajaba del auto alquilado y el hombre mayor que esperaba del otro lado le cedió el paso ceremoniosamente.
— La signora lo está esperando — dijo el hombre luego de echarle una mirada atenta. Podría jurar que el tipo dio un saltito cuando me vio, pensó a medias incómodo.
Pasó a una salita con sillones, dos sofás y mesitas por todas partes. Preciosas estatuillas de porcelana se exhibían sobre cada mueble. Sobre una mesa rodante, había un servicio de café. El hombre le sirvió una tacita y salió silencioso, sin dejar de observarlo cada vez que creía que él no lo notaba. Se bebió el café y encendió un Gauloise a despecho de la ausencia de ceniceros. No quería pensar en dónde se encontraba: la casa de sus abuelos. La que había sido la casa de su madre. No son nada para mí. No significan nada, fumó con rabia.
— Signor Delbosco.
Valentina acababa de entrar y había cerrado la puerta en silencio. Trató de componer una expresión neutra y murmuró un saludo.
La anciana se sentó frente a él. Traía con ella un portafolios delgado y elegante. Detrás de ella volvió el hombre con un cenicero de cristal que dejó a su alcance. Le agradeció con un movimiento de la cabeza; el hombre respondió con un solemne “Signore”, y salió.
— Siéntese, por favor. ¿Le sorprendió mi llamado? — Valentina preguntó a quemarropa.
— Debo decir que sí — Marcel respondió mesurado.
— ¿Ha estado antes en Milán?
— No.
— Tiene un excelente acento milanés para no haber estado nunca antes.
— No sabía — claro que sabías, boludo, tu madre tenía el mismo acento. Mantuvo la boca cerrada.
— ¿Dónde hace habitualmente sus negocios? — la mirada de la anciana lo taladró.
— Señora, si lo que necesita son referencias comerciales y personales, podría habérmelo dicho sin más y yo se las hubiera ofrecido de inmediato. Mis oficinas principales están en Marsella.
— ¿Y en París?
— Tengo algunos negocios. Señora, si me lo permite, puedo enviarle mis carpetas de presentación y...
— ¿Ha estado en París recientemente?
— Voy habitualmente — respondió con cautela.
La anciana desparramó unas fotos sobre la mesita, y él se quedó helado: él mismo, en París, cruzando el Pont au Change; bajando del auto alquilado; en la puerta de su edificio. Esparció las tomas por encima de la mesa con cara de póker mientras trataba de controlarse. ¿Quién es el condenado hijo de puta que se divierte sacándome fotos? Y ya que estamos, ¿cómo carajo tuvimos esta falla de seguridad? El fotógrafo es uno que sabe hacer su trabajo.
— ¿Es Ud., signor Delbosco?
Pasó las fotos una a una, inexpresivo.
— A primera vista pareciera que sí. Podrían estar retocadas — añadíó, cada vez más incómodo.
Espió a la anciana desde debajo de las cejas: ella lo miraba con una ansiedad indisimulable. Se sintió un gusano de cuarta categoría cuando Valentina estiró la mano y la apoyó sobre una foto.
— Estoy buscando a esta persona.
Nunca había sido tan conciente de ser tan mal mentiroso e hizo acopio de coraje para hacerlo aun peor.
— No creo que se trate de mí, señora.
La anciana pareció encogerse en el sillón.
— Lamento mucho haberlo incomodado. Guglielmo lo acompañará.
— Gracias, señora. Buenas noches.
La commedia è finita(6) , pensó con acritud. ¿Cuánto falta para que todo el operativo se vaya a la mierda?



(1) comisaría
(2) boludo de mierda
(3) prostituta (lit: luciérnaga)
(4) doctor. Término de respeto para cualquier profesional o persona con cargo jerárquico.
(5) Ya voy, querida.
(6) La comedia terminó. (Frase final de "I Pagliacci", de R. Leoncavallo.