POLICIAL ARGENTINO: corrupción policial
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martes, 21 de diciembre de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 11

PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ESTANCIA "LA AUGUSTA". TERCERA SEMANA DE MAYO


Sentado ante el escritorio, el viejo rozó distraídamente el sobre forrado en cuero: sus dedos no necesitaban mirar para encontrar las ranuras sutiles que señalaban la tapa-trampa. Movido por una tentación irresistible, tironeó del escueto cajón central y la tapa se soltó de su cerradura oculta. La levantó en un estado casi hipnótico y tanteó la cajafuerte. No sé porqué hago esto.
Desparramó el contenido de la caja encima del escritorio, sin acabar de decidir qué buscaba y hurgó con el índice entre papeles quebradizos y fotos más o menos amarillentas. Una rosa seca se deslizó entre unas hojas, y con delicadeza la puso a un lado con una sonrisa fría. Se dijo a sí mismo que ese husmear ocioso no tenía más propósito que matar el tiempo inmóvil de una tarde lluviosa de otoño. Y sin embargo sus dedos sí sabían qué buscar, porque tomaron la hoja correcta y la carta se desplegó ante sus ojos como una flor extraña, marchita y sin embargo, en cierto modo, viva. La caligrafía casi infantil que denunciaba la escasa educación de quien la había escrito hacía ya más de cincuenta años, le trajo una emoción que hacía mucho había olvidado que podía sentir.
No leyó: no quería hacerlo. Para qué, si conocía cada palabra de memoria. Ella había muerto poco después de escribirla, en respuesta a una única carta suya. Él, que jamás había escrito antes una carta de amor. ¿Amor? ¿Dijiste “amor”? ¡Viejo cuentero! Estás solo frente a tus recuerdos y no podés mentirles. Nunca hablaste de amor. Ofreciste protección, dinero y buen pasar. Muy educadamente, como corresponde a un caballero. Uno que invita a una mujer a ser su mantenida. ¿Quién podría haber rechazado semejante oferta en medio de la guerra? Ella, viejo zonzo. Cómo te equivocaste...
Desde la fotografía sepia y de esquinas desgastadas y carcomidas, aquellos ojos negros dedicaban sus miradas a otro que no era él.
Por alejarte de mí te alcanzó la muerte disfrazada de bombardero americano. Y ni siquiera una tumba en donde dejarte una flor a escondidas. La guerra me privó hasta de ese consuelo absurdo. Metió todos los papeles y las fotos de nuevo en la caja y la guardó en el escondite del escritorio. De pie frente al ventanal dejó que los recuerdos lo asaltaran y en el reflejo del cristal, encontró su mirada, que evocaba a otra también de agua, también cruel y fría. Sangre de su sangre, derramada por sus propios errores.
¿En qué me equivoqué con él? ¿Cuánta sangre nos costó? Mis manos jamás derramaron sangre pero firmaron tantas sentencias... ¿No es lo mismo? ¿Qué es el verdugo más que un ejecutor de decisiones ajenas? Tuve la suerte de que ciertas decisiones no fueran ejecutadas por mis propios verdugos, pero las hace eso menos violentas? Condené a mi propia sangre, esa es la verdad. Pero si tu mano derecha peca...
Rumiaba el tema y volvía a la misma eterna conclusión: debía hacerse. Mi propio nieto. El futuro de mi casa. Pero era una herida que lamía a escondidas.
Qué cruel es la verdad. Con tantos que se niegan a admitirla, resulta ser el mejor embuste de todos. ¿Y mi verdad? ¿Cuál es? ¿Ejercer el poder sin pasión y sin locura, llevar el timón con mano firme, dirigir detrás de la escena? ¿A eso se redujo mi vida? Y ahora vos también te fuiste, dejándome definitivamente solo. Lo supe por los diarios y por un presentimiento extraño que no me atrevo a llamar dolor, que me quitó el sueño varios dias. Fui a mirarme al espejo para recordarte, tanto nos parecíamos, y hacerme a la idea de lo que me espera: sin descendencia, casi sin esperanzas. Me queda una sola, tan pequeña que no me atrevo a formularla ni en mis pensamientos. A los dos nos castigaron con hembras y después nos resarcieron con varones. Quién sabe...
Su celular vibró y él respondió, agradeciendo la irreverencia de la tecnología que no respetaba los recuerdos de nadie. Reconoció instantáneamente la voz del otro lado.
— Tengo un encargo para usted — dijo sin detenerse en preámbulos.
—¿Recibiré órdenes escritas? — preguntó el hombre luego de escuchar sin interrumpirlo.
— No en esta oportunidad. Recibirá instrucciones telefónicas y reportará telefónicamente sólo a mí. Utilice el identificador de voces cada vez que hable conmigo para asegurarse. La investigación es absolutamente confidencial y me refiero a que nadie más, ni siquiera el coronel Ortiz, debe conocerla.
Hubo una levísima vacilación del otro lado.
— De acuerdo, señor. ¿Cómo le enviaré las fotografías?
Le dio una dirección de correo electrónico.
— Obtenga un nuevo e-mail y utilice códigos de encriptamiento para los envíos. Sólo imágenes, ningún texto.
— Sí, señor.
— El punto de partida es Milán. Inicie allí la búsqueda, consiga una cobertura válida para el caso que la necesite.
Del otro lado hubo nada más que un “sí, señor” seco: la comunicación había terminado.
De pie frente al hogar monumental coronado por el espejo majestuoso, se sirvió un whisky y levantó los ojos mientras bebía. La imagen podría haber sido también la del otro: el mismo orgullo frío, la misma mueca dura en la boca. Por fin sabré si la madera de que estabas hecho era igual a la mía.


MILÁN, PALAZZO BOZZI, SEGUNDA SEMANA DE JUNIO


Valentina Bozzi in Contardi

— Signora Valentina — el mayordomo llamó su atención discretamente.
Valentina Bozzi in Contardi se volvió hacia él sin responderle.
— El señor Corrente, señora.
— Hágalo pasar al escritorio.
Guglielmo asintió y se retiró en silencio. Tanto esperar las noticias que Corrente traería y ahora los nervios le jugaban una mala pasada. Inspiró profundo varias veces para recuperar el control y se miró al espejo antes de bajar. El cristal fue despiadado, pero no era su culpa. ¿Cuánto tiempo pasó desde la última vez que la vi? Veintinueve años. Una vida. Después, Marcello me prohibió volver a verla. Y yo acepté. Yo permití que nos hicieran esto.Entró al estudio y el hombre se puso de pie.
— Donna Valentina... — inclinó la cabeza para saludarla.
— Tome asiento, señor Corrente. ¿Le ofrecieron algo?
— Preferí esperarla a Ud.
Llamó a Guglielmo para pedirle el café. Estoy retrasando las cosas, Corrente ya debe haberse dado cuenta. Decidió poner fin a su propia inquietud.
— ¿Pudo averiguar algo?
— En primer lugar, que hija y su nieto dejaron Grenoble para trasladarse a París.
— Dios, no tenía idea... ¿Cuándo?
— Cuando su nieto tenía dieciseis años.
— ¿Por qué?
— Su hija y su yerno se separaron.
Constanza había muerto prematuramente de un cáncer de pecho, extendido en forma fulminante. Ella lo había sabido casi un año después, al encontrar las cartas de su nieto entre los papeles de Marcello. Lo odió por haberle ocultado tanto la existencia de esas cartas como el intento de su nieto por tomar contacto con ellos. Las cartas no mencionaban nada acerca de él o de su padre. No sabía que ella había abandonado a Jean-Pierre. Marcello no tenía excusas para esconder la muerte de su hija, aunque jurara que hacía mucho ella había muerto para él. Había destruído los sobres, negándole la posibilidad de encontar a su nieto.
— Signora...— Corrente se había mantenido en silencio.
— Discúlpeme. Continúe por favor.
— Lo localicé a través de los datos en los registros del cementerio, pero cambió de domicilio dos veces desde entonces.
— ¿Entonces — interrumpió asustada —, no tenemos forma de encontrarlo?
— Sí— Corrente la tranquilizó—, su nieto pertenece a la Policía. Está en la Prefectura de París. Comprenderá que cualquier investigación debe ser cuidadosa.
— ¿Policía como el padre?
— No, señora. Su yerno es coronel de la Gendarmería; actualmente está destinado en Estrasburgo.
— Está bien. No importa. ¿En un mes es todo lo que pudo encontrar?
— También conseguí su domicilio, aunque no fue fácil.
Sacó del portafolio un sobre con fotografías y se lo entregó. Las miró con los ojos llenos de nostalgia. Sí, era su nieto. La misma mirada que tenía a los cinco años. La mirada de Constanza. Parecido a su padre y sin embargo... Algo de Marcello, algo indefinible, estaba allí, vivo.
— Esta es su pareja. Ella también es policía. No viven juntos.
Le alcanzó más fotografías, esta vez de la mujer. Su expresión debió ser muy reveladora porque Corrente le preguntó si la conocía.
— No puede ser ...— murmuró — ¿Sabe su nombre, la edad?
— Parece de la misma edad que su nieto, quizás menos. Lo de los nombres fue toda una sorpresa.
Valentina sintió acelerársele el corazón.
— Ella aparece en los registros de la Prefectura como Marceau, pero su apellido de soltera es Massarino. Es hija de Franco y Addolorata Massarino, ex-étoiles de la Opera. El padre es actualmente el régisseur de la Opera de Palermo y tiene ofertas del San Carlo de Napoli y de la Scala — Corrente se habia entusiasmado — Eso fue lo más sencillo de indagar: eran estrellas internacionales.
Cerró los ojos y se recostó en el sofá. La hija de Addolorata. Quién sabe cuánto estuvo así, porque Corrente le preguntó si se sentía bien.
— La verdad es que no demasiado.
 — Comprendo.
No, no puede comprenderlo. Que el pasado nos persiga de esta forma no es para explicárselo a cualquiera.
— Señor Corrente, yo le pediría...
— Por favor, señora. No tiene que pedirme nada — le entregó el resto de los papeles —. Puedo volver cuando Ud lo desee. Espero su llamado.
— Se lo agradezco mucho.
Corrente se fue y Valentina volvió a su dormitorio con los papeles y las fotos. Tomó la foto de ella, tan parecida a su madre que la había hecho confundir. Qué tontería preguntar la edad. El recuerdo todavía le atenazaba el corazón. Como fundadores y miembros del Consejo de Administración del teatro de La Scala, Marcello y ella habían conocido muy bien a las estrellas que se presentaban. La Scala era un escenario donde los Massarino habían bailado a menudo, hasta que un día se negaron, corteses pero firmes, a renovar los contratos.
Marcello, que intervenía en todas las negociaciones, se había encerrado en un mutismo estatuario y furibundo mientras Franco Massarino ponía una excusa elegante tras otra bajo la forma de “compromisos indeclinables” y “palabra de caballero” al teatro Tal o Cual. Addolorata, que siempre acompañaba a su marido, no había estado presente en ninguna de las tirantes reuniones. Valentina no asistía a las sesiones del Consejo de Administración pero Umberto Testi, secretario del Consejo y su amigo de toda la vida, la informaba con puntualidad de las actividades del teatro y de las de su marido.
Umberto y Marcello mantenían una fría y mutua antipatía barnizada por la buena educación, pues el teatro los necesitaba a ambos y ellos se necesitaban entre sí. Los contactos de Marcello eran increíbles y su capacidad negociadora iba a la par de su inmenso poder de seducción. Umberto, por su parte, tenía una sensibilidad agudizada por su condición de homosexual confeso, que sólo agregaba encanto a los rancios títulos de nobleza que exhibía entre coqueto y ostentoso, sin perder ni un ápice de su glamour. Los músicos más exquisitos y arrogantes, los bailarines más caprichosos se rendían a su simpatía, su savoir-faire y quién sabe a qué más. Las prime donne del ballet y la ópera las dejaba para Marcello y entre los dos, el teatro se aseguraba las mejores voces, las estrellas mundiales del ballet, y los conciertos en los que cualquier músico hubiera dado su mano derecha por participar. El Consejo de Administración bailaba una complicada contradanza con su vicepresidente y su secretario y, en beneficio de la escena, cerraba los ojos a las actividades más o menos privadas de ambos.


Teatro Alla Scala
Valentina era confidente íntima de Umberto y de sus desvelos por la fiamma de turno, que invariablemente le dejaba el corazón destrozado. Nada podía ser más opuesto a Marcello. Las conquistas de su marido duraban hasta que aparecía el siguiente objetivo. Una soprano amenazó con suicidarse cuando Marcello la dejó por una nueva atracción, y el escándalo bastó para aumentar la fama de seductor irreductible del presidente del Consejo, convirtiéndolo en pieza más que codiciada por las damas y no tanto del tout—Milan. Marcello disfrutaba sin ningún empacho de las prebendas del renombre que lo precedía y que le ahorraba el esfuerzo de ser encantador. Hasta que los Massarino hicieron su entrada en escena.
Al igual que el público, Umberto se fascinó con la pareja y su historia de amor de cuento de hadas. Instantáneamente se convirtió en uno de sus más fervientes dilettanti. A Marcello las historias de amor le importaban un comino. En cuanto supo que Franco Massarino había nacido en Nápoles de una familia humildísima y que casi no había tenido educación hasta que comenzó a bailar casi por casualidad, dejó traslucir su olímpico y aristocrático desprecio por el bailarín. Pero por alguna razón oscura, Addolorata se le convirtió en una obsesión. Se apasionó por ella de un modo irracional y esa misma pasión contrariada lo volvió más violento que nunca.
Valentina evitaba a su marido a toda costa, aún de desaparecer dentro de su propia casa, espantada por la cólera que estallaba por cualquier minucia. Marcello se encerraba en su estudio y ella corría a encerrarse en su dormitorio — ya no dormían juntos desde hacía mucho, gracias al Cielo —, a la espera de que el día siguiente trajera una relativa calma con la noticia de que él ya había salido.
Por medio de un preocupado Umberto supo de la persecución feroz de que era objeto Addolorata. “¿Por qué lo soportas?”, era la eterna pregunta de su amigo que ella no podía responder. ¿Cómo explicarle que pendía sobre ella una amenaza demasiado grande, demasiado cruel, si se atrevía a cualquier cosa ? Era preferible que sólo yo lo sufriera  y no mi hija. Constanza ya sufrió demasiado. Debía proteger a su hija y al nieto al que casi no conocía.
La tensión en el teatro se hizo sentir. Corrieron versiones de que Marcello había forzado un encuentro a solas con Addolorata, acerca de cuyos resultados los vestidores y tramoyistas no terminaban de decidirse.
Umberto le confirmó luego que los Massarino se habían negado a renovar contratos con La Scala. El Consejo estaba desolado y Marcello manifestó su frío desagrado por la situación, comentando que Franco Massarino era un terrone sin educación y que no merecía que el teatro continuara ocupándose de él y de sus caprichos. Después de cinco o seis años de ese episodio y de no bailar en ningún teatro de Italia, los Massarino volvieron al San Carlo de Nápoles. Ella se enteró del acontecimiento por los periódicos, por Umberto que le contó que volaría de inmediato a tratar de convencerlos de volver a La Scala y por Marcello, que repentinamente tenía negocios en Nápoles.
Lo único bueno de todo eso era que lo tendría lejos por unos días y, quién sabe, como cada vez que viajaba por negocios y por mujeres, Marcello volvía de buen humor y la dejaba en paz, o al menos no la maltrataba verbal o físicamente durante un tiempo. No pudo haberse equivocado más: su marido volvió demasiado pronto, demasiado furioso, con esa cólera que era la que más la aterrorizaba porque permanecía agazapada como un animal salvaje a la espera de la más ínfima provocación.
Apoyó las fotografías a un costado sobre la cama y suspiró. Y ahora, mi propio nieto vive con la hija de los Massarino. Si los viera Marcello, se moriría de nuevo de la sorpresa. Si yo no hubiera sufrido tanto todos estos años, podría disfrutar de su castigo, más que merecido... Pensar que alguna vez te amé. Me quitaste a mi hija, me humillaste con tantas otras mujeres. La única que me respetó fue Addolorata. Voy a reparar tantos errores. Perdí a mi hija pero no voy a perder a mi nieto.

****


Gaetano Corrente azotó la puerta al entrar al cubículo de madera gastada que cumplía las funciones de despacho, archivo y fumadero de tabaco negro. Miró con disgusto el único rincón de su escritorio que no tenía papeles encima: había tierra acumulada, lo que significaba que hacía varios días que nadie se dignaba a limpiarlo. Estiró el brazo para alcanzar una carpeta que se mantenía en peligroso equilibrio inestable sobre una pila de expedientes de origen variado. Qué complicación, Virgen Santa. Es cana, carajo. Bah, es tan mortal como cualquier otro, meditó bajo los efectos mefíticos del humo. Pero me rompe las pelotas que sea cana. ¿Y ella? Nadie habló de una mujer. Otra cana. No había recibido instrucciones acerca de ella pero las necesitaría muy pronto.
Llegar a Valentina había sido casi un juego: Alessandra Giuliani se había encargado sutilmente de entregársela en bandeja de plata, por sus propios oscuros motivos. "La vieja dice que necesita un detective y me gustaría saber en qué anda. ¿No me harías ese favorcito?" Y ahora, Valentina confía en mí, se mordió el labio y pitó furibundo. ¿Desde cuándo tenemos problemas de conciencia ? Es un encargo como cualquier otro. Y estaba seguro de que no sería la primera ni la última vez que tuviera que "anular definitivamente" un "encargo", con ancianitas confiadas de por medio o sin ellas.
Bufó al tiempo que cambiaba de posición y el sillón crujió incómodo. Su reflejo en el cristal le devolvió un rostro cansado, con barba crecida de un día. Tendría que afeitarme antes de ver a Alessandra. Pensó en la mujer y en el cuerpo de la mujer y el habitual pulso erótico le recorrió la piel con la intensidad de siempre.
Macchè razza di coglione sono , Santo Dio(1) , no puedo seguir con ella. Se lo decía antes de cada encuentro y cuando la tenía cerca, se derretía como un pendejo. La relación con Alessandra podía costarle mucho más de lo que estaba dispuesto a perder pero era incapaz de tomar una decisión. Fumó con rabia el MS mientras giraba el sillón, para tomar el expediente del archivero y dedicarle un poco de su estimable atención a sus obligaciones oficiales. No hay nada definitivo, ninguna prueba. Nada que la Policía o los Carabinieri puedan usar contra Ruggieri o los Giuliani. Muy razonable, en tanto era él quien se ocupaba de mantener el expediente con el nivel de higiene adecuado. Se encogió de hombros mientras hojeaba las páginas manoseadas y sonreía torcido: tampoco sería la primera vez que un socio menor fuera abandonado para que las policías locales se lucieran metiéndolo a la sombra. Para eso estaban los hombres que pertenecían a las Fuerzas: para actuar cuando les correspondiera, eliminando las lacras de la sociedad. Él mismo, por ejemplo.
Tecleó desde el celular el número que jamás marcaba desde la línea telefónica común y esperó ansioso. Cuando la voz sensual respondió del otro lado, sintió que el nudo de la garganta se le disolvía en el estómago como por arte de magia y se insultó por ello. Arregló la cita y al cortar la comunicación, el deseo se había ocupado de ahogar a la culpa.

GÉNOVA, SEGUNDA SEMANA DE JUNIO
Marcel bajó al lobby del hotel para hacer la llamada. La quinta o sexta del día, pensó con acritud.
— Odette... — casi no podía hablar por la crispación que lo ahogaba.
— ¡Amor! ¡Qué sorpresa!
— Te llamé catorce veces a la oficina y no estabas...— gruñó.
— Estoy siguiendo un caso— ella replicó con tono de "ya deberías saber" y eso lo irritó más de lo que era capaz de admitir.
— No puedo volver este fin de semana — le informó brusco.
— Ah, bu- bueno...¿Cómo te está yendo con los cursos?
— Todo maravilloso — ladró —. Te extraño. Carajo, te necesito— podrían rastrear la llamada—. Tengo que cortar, no creo que pueda llamarte hasta el lunes.
— Está bien entonces...Espero tu llamada el lunes. Te quiero.
— Yo también.
Cuando colgó se sentía peor que antes. Subió a la habitación con ánimo pesado: Sonja lo estaba esperando y se le tiró encima apenas cerró la puerta.
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(1) ¡Pero qué clase de pelotudo soy, Dios mío!

viernes, 3 de septiembre de 2010

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 9

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES, DOS DÍAS DESPUÉS




El Nene Rimbaud tenía una mirada de alarma que no condecía con la expresión sobradora con la que había cruzado la entrada al Quai. Las salas de interrogatorio de la PJ continúan surtiendo efecto en los alcahuetes, pensó Jumbo del otro lado de la mesa, mientras desplomaba su humanidad contra la pared.
— ¿Cuándo trajiste a la chica? ¿Cuánto hace que la sacaste a trabajar?
— No sé de qué me habla.
— La que encontramos hace dos noches en el XIIº. Una ilegal sin identificación.
— No sé nada de ninguna asesinada.
— ¿Y quién te dijo que la asesinaron?
El macró retorció los labios en un gesto grotesco pero no abrió la boca.
— Aclaremos algo ahora, Rimbaud. No te estamos investigando... todavía. No me ocupo de proxenetas. Quiero saber quién fue el desgraciado que le hizo eso a tu pupila y en el ambiente te conocen por tu clientela refinada. Nos hacemos la vida mutuamente fácil y me olvido que estoy delante de una basura y te dejo ir tranquilito de vuelta a casa. Si se te ocurre hacerte el vivo, vas a dar de culo al calabozo y a tus amigos no les va a ser muy fácil sacarte rápido porque el primer sospechoso es el alcahuete.
— ¿Puedo fumar?
Le ofreció un Gauloise. Después de encenderlo y pitar dos o tres veces, Rimbaud respondió.
— Tengo clientes fijos y clientes ocasionales. A los ocasionales me los recomiendan los otros y no siempre vuelven a llamar, así que... no los registro. Anoche llamó uno. A eso de las once. Quería una chica, cualquiera. Estaba esta pobrecita y se la mandé. Eso es todo lo que puedo decirle.
— ¿No le pediste el domicilio?
— Un hotel— contestó mientras fumaba sin mirarlo.
— ¿La dirección?
Sin mirarlo todavía, tomó otro del paquete y lo encendió.
— Le pasé el llamado a ella, ella arregló.
— La chica estaba vestida con ropa bastante cara.
— ¿Le gusta el SM, capitán? — se burló el Nene.
— No abuses de tu suerte, cretino.
— Digo... como sabe que es cara... Se la habrá dado el cliente. Salió vestida como de costumbre.
— ¿Y los... complementos?
— Las chicas a veces compran cositas para divertirse y entretener a la clientela.
— ¿Con quién estabas anoche?
— Con una de mis chicas.
Ante la mirada interrogadora de Jumbo, el Nene aclaró:
— Con la Turca Anouk. Anoche no salió a trabajar. Está con el período.
— Quiero hablar con ella.
— Cuando quiera.
Meyer se levantó conteniendo las ganas de partirle la jeta de un derechazo.
— Dame los datos de la "Turca". Y no se te ocurra desaparecer porque tu culo va a valer menos que un gramo de mierda.
                                                       Los pasillos del 3º piso del Quai
                                                                           ****

Jumbo se desplomó en uno de los silloncitos ante el escritorio de Marceau.
— El hijo de puta mintió tan abiertamente que me dieron ganas de matarlo.
Le pasó la transcripción del interrogatorio y ella lo leyó a toda velocidad.
— Debe estar muy asustado: dijo un montón de incongruencias y metió la pata un par de veces —, comentó él cuando ella dejó los papeles sobre el escritorio—. Para empezar, mintió con la hora: a las once la chica ya estaba muerta.
 "Es todo lo que puedo decirle" — ella golpeó la hoja con un dedito — ¿Por qué? ¿Si dice algo más, caput?
— Y sabía lo de la ropa. Si la vio salir vestida de "civil", cómo sabe que tenía puesta ropa de cuero SM?
— ¿Y los "complementos"? Qué delicadeza, Meyer.
— En una de esas no miente en eso.
—Es posible. Nuestro Rimbaud tiene clientes y padrinos pesados. Los padrinos, ya sabemos — Marceau torció la boca con disgusto— ¿Los clientes? Éste está protegiendo a alguien muy gordo si mintió tan alevosamente. Y está muy asustado justamente por eso.
— Voy a citar a esa Turca.

                                                                ****
                                                         Anouk- Sulamit Chenayeb
— No entiendo por qué no me dejan ir...— la mujer estaba muy nerviosa.
— Quiero hacerle unas preguntas sobre su compañera— Jumbo empezó a juntar paciencia.
— Oiga, no tengo una puta mierda más que decirle y mientras estoy acá adentro, pierdo plata, ¿entiende? Yo trabajo en forma independiente — le escupió sarcástica—. El Estado no me paga el sueldo como a Uds. los canas. Yo no me puedo adherir a ningún paro porque no como.
La miró sin hablar: la mujer estaba tratando de parecer más vulgar de lo que era. Ella se quedó en silencio, mirándose las manos. A primer golpe de vista, el parecido era notable. Un poco más alta, pensó Jumbo mientras le miraba las muñecas. Contextura un poco más fuerte.
— Por favor, póngase de pie, vaya hasta la pared y vuelva.
— ¿Qué, quiere que desfile? ¿O está pensando en hacer uso del servicio? — lo desafió.
— No pienso usar nada de Ud. Qué carácter de mierda.
Ella se encogió de hombros desdeñosa.
— Por favor — insistió Meyer e hizo un ademán con la mano.
La mujer se levantó con renuencia y caminó como le había pedido. Buena cintura, buenas piernas, tobillos finos. Con un poco de cuidado, podría ser una puta con clase.
—¿Me puedo sentar? — le interrumpió el hilo de los pensamientos y él asintió. La sensación de incomodidad no lo abandonaba. Carajo, no es posible.
— ¿cuánto hace que trabaja para Rimbaud?
— Cuatro años.
— O sea que le conoce bastantes chicas... — ella asintió sin mirarlo — Y bastantes clientes.— La mujer curvó la boca hacia abajo y encogió los hombros. — ¿Tomo eso por un "sí"?
Ella volvió a levantar un hombro.
— ¿Tiene clientes habituales?— preguntó sentándose frente a ella.
— Algunos.
— ¿Suele pasarle sus habituales a otras?
— No. Cuando una tiene fijos es mejor, te dan propinas y el Nene ni las huele.
— ¿Ivanka tenía fijos?
— Todavía no: era muy nueva — la mujer apretó los labios para contener las lágrimas—. Tenía dieciocho... eso dijo, qué se yo. A mí me parece que era más joven.
— La noche en que la mataron...
— ¡Ya se lo dije!— estalló— Llamó un ocasional, yo no me sentía bien y le pedí que me reemplazara! — hacía esfuerzos por no llorar.
— ¿Este... ocasional, dio alguna especificación acerca de tipos físicos?
— No tengo idea — Anouk casi saltó sobre su pregunta. Demasiado rápido.
— Y como Ivanka estaba libre le tocó en suerte ir.
— Más o menos...— vaciló—. Sí, qué se yo. Hay tipos a los que da lo mismo. Otros son más... hinchapelotas. Que el pelo, los ojos, las tetas y toda la mierda esa.
— "Toda la mierda esa" no me parece una expresión feliz: se trata de Ud— dijo Meyer y la mujer lo miró con los ojos muy abiertos. Casi se veía bonita debajo del maquillaje excesivo. Otra vez la punzada de aviso en el estómago: mejor le hago caso, no pierdo nada.
— Quiero que vea a alguien — dijo mientras se levantaba de la mesa.
— ¿Qué, identi-kits, las fotitos, qué?
— Nada de eso — la tranquilizó —, es una persona. Una mujer.
— No me traiga asistentes sociales, ¿eh? Se las puede meter en el culo.
— Por más vulgar y grosera que se ponga no me va a impresionar— Meyer levantó el teléfono y llamó delante de ella.
La mujer estaba distraída y cabizbaja cuando Marceau entró sin golpear. La sorpresa se abrió paso en los ojos de la comisario, que por unas décimas de segundo se quedó congelada junto a la puerta. La otra levantó la cabeza y se quedó rígida, con la boca abierta.
Jumbo se acercó a Marceau y la puso rápidamente al tanto del interrogatorio. Marceau asintió sin despegar los ojos de la mujer, que a todas luces estaba sumamente incómoda: el capitán hubiera jurado que la tipa se mordía la lengua para no hablar.
Marceau se sentó plácidamente frente a la otra y comenzó su rueda de preguntas.
— ¿Cómo se llama?
— Ya se lo dije a él — resopló la mujer —. Anouk.
— No, el nom-de-guérre  no. Su nombre.
— Sulamit Chenayeb.
— ¿Es judía?
— Mis abuelos y mi madre eran turcos sefardíes. Mi padre, no sé...ni me importa... — hizo un gesto de resignación—. Llevo el nombre de mi abuela aunque prefiero que me llamen Anouk. Estoy más acostumbrada— se pasó el dorso de la mano por la nariz — ¿Y Ud.? — la señaló con el mentón.
— Odette. Nombre real. Ya estoy acostumbrada.
— El nombre es francés pero Ud. no es muy francesa que digamos.
— Es muy observadora — la comisario sonrió con suavidad.
— Con mi trabajo se aprende rápido — Anouk hizo una pausa, la miró un instante y desvió la vista —. parece del Sur de Italia.
— Podría ser de la Provenza.
— ¿Con esos ojos? ¡Vamos! — levantó un hombro —. Con el Nene apostamos a ver si adivino de dónde son las nuevas y siempre gano yo. Ivanka decía que era húngara pero yo la calé. Húngara las pelotas: albanesa— sonrió un instante y al siguiente los ojos se le pusieron vidriosos.
Jumbo aprovechó que estaban juntas para evaluar mejor las fisonomías. Marceau tenía la nariz y el mentón algo más finos, las cejas como alas de cuervo, las mejillas más ovaladas. Dientes perfectos y del color del marfil nuevo; un maquillaje cuidadoso destacaba la boca algo pequeña pero llena. Las cejas de Anouk-Sulamit eran más gruesas, la cara apenas más ancha en los maxilares; llevaba la boca sensual maquillada con descaro y sus dientes eran ligeramente desparejos pero blanquísimos. Una parece el original de porcelana y la otra la copia en arcilla. Ambas tenían el cutis blanco y los ojos profundos y oscuros, ojos de terciopelo. Los de Anouk casi negros; los de la comisario, muy cafés.
— Anouk — la voz de la comisario interrumpió su observación subrepticia — ¿Qué es lo que la inquieta de nuestro parecido?
— No estoy inquieta.
—Miente — Marceau afirmó con sequedad y la tipa casi saltó de la silla—. Escuche, quiero esclarecer el asesinato de su amiga. Estamos en una vía muerta, el cadáver no tenía nada que permita identificar al asesino. Lo único que tenemos es el llamado que alguien hizo a Rimbaud para pedir una chica — hizo una pausa —. ¿Se da cuenta que podría haber sido Ud.?
La mujer palideció.
— ¡No...! — barbotó a boca de jarro pero contuvo la lengua—. No. Yo sé cuidarme. Ivanka era demasiado nueva.
— No creo que pudiera “cuidarse” de un hombre que golpea de esa forma. Por el ángulo de incidencia y las marcas en el cuerpo, el forense supone que se trata de un hombre de unos noventa y cinco a cien kilos y de alrededor de un metro con noventa de estatura. Ninguna mujer tendría defensa frente a un individuo de esas características.
La tipa los miró a los dos.
— Es... es cuestión de experiencia— musitó Anouk al tiempo que desviaba la mirada.
— Experiencia...¿en qué?— la comisario endureció la voz— ¿En esquivar los golpes o en convencer al tipo de no hacerlo? ¿Sabe que a su amiga la mataron a golpes? ¿El capitán Meyer le leyó el resultado de la autopsia? Maxilar fracturado, concusiones varias, tres costillas rotas, pulmón derecho perforado, estallido de bazo...
La mujer estaba visiblemente conmovida.
— Hábleme de sus clientes — Marceau insistió—. Sin nombres, si lo prefiere. Después de todo, no está arrestada ni es sospechosa, por lo tanto nada de lo que diga puede perjudicarla.
— Uds. los canas siempre dicen lo mismo y después terminamos acuchilladas en un callejon — retrucó Anouk, mirándolos con rencor.
— La mayoría de las veces es cierto — admitió Meyer—, pero de verdad no estamos grabando, esto no es una declaración, no la citamos como testigo de nada...— todavía, omitió agregar y se sintió culpable por mentirle a una prostituta.
Anouk negó con la cabeza mientras hablaba.
— Nunca sabemos cómo se llaman o qué hacen. Es la condición del Nene para que trabajemos con él: si queremos seguir en el negocio, tenemos que ser sordas y a veces, ciegas. El Nene es muy riguroso en eso. Una de las chicas nuevas una vez comentó que se estaba trabajando a un político. El Nene se enteró y se puso como loco: le dijo que ni se le ocurriera volver a mencionar el asunto y le dio un par de tortazos para volverla más juiciosa. Igual, después de dos semanas, la chica dejó de trabajar.
— ¿Tiene los datos de esa chica? — arriesgó Meyer.
— No entendió, jefe. La chica ya no trabaja. No está más en la calle. Out — Anouk chasqueó los dedos con una miradita significativa —. A las chismosas les va mal con el Nene.
— ¿Y adónde fue a parar?
— No sé ni me importa, jefe — Anouk lo miró con ferocidad—. Tengo familia a cargo. Quiero que mi hijo tenga una vida digna. Ya junté mi buena mosca, cuatro o cinco años más y me salgo de esta mierda. Además— bajó la voz—, no voy a tener edad para aguantar.
— ¿Qué edad tiene ?
— Veintitrés...
La sorpresa lo dejó mudo: la mujer parecía mayor. Qué vida de mierda deben llevar estas pobres tipas.
— ¿Aguantar qué? — intervino Marceau.
— Los tipos... se ponen violentos — Anouk tragó saliva —. Algunos hacen cosas raras.
Carajo, que una puta te diga que los clientes hacen cosas raras, pensó Jumbo.
— ¿Muchos de sus clientes la golpean? — Marceau lanzó un tiro por elevación.
— Golpear no, yo qué sé... A veces... A algunos les gusta... un revés de vez en cuando, un azote en el culo. Otros, bueno, otros se ponen pesados...pero yo puedo manejarlos. Siempre hago lo que me piden, es mejor.
— ¿Qué le piden? — la comisario preguntaba inocente como una colegiala.
— Lo usual... La boca, el culo. Grita. “De rodillas, puta”. No tengo nombre, soy nada más que “puta”— continuó Anouk con amargura —. “La boca bien abierta, arrastrada”. Tengo que ser muy agradecida. Tengo que darle... darles las gracias— el resentimiento la estaba haciendo hablar de más y la tipa se dio cuenta de que estaba metiendo la pata.
— Esa chica, la de la paliza...¿Recuerda su nombre? — la voz se oía cándida y amable pero alguien que conociera a Marceau sabría que la plácida esfinge estaba a punto de saltar sobre la presa.
— El nom-de-guerre— la tipa alardeó y la comisario recibió la finta con una sonrisita irónica— Nadia. Pss, no sé qué mierda les da a todas por hacerse las rusas. Bueno, ésta era rusa de verdad o ucraniana, algo así, pero no se llamaba Nadia. Creo que era Galina, pero el Nene dice que los clientes prefieren nombres más cortos así que...— dejó la frase sin terminar.
— ¿Qué edad tenía?
— Mmm, no era tan joven como Ivanka. Veinticinco, más o menos.
— ¿Qué tipo físico tenía Nadia?
— Pelo oscuro, buen par de tetas — Anouk se encogió de hombros—. Un poco más alta que yo.
La expresión de la comisario se volvió indescifrable.
— ¿Nadia volvió a mencionar a ese cliente?
— El Nene la hubiera cagado a palos— aclaró Anouk con serena convicción.
— Bueno — intervino Meyer —, a veces los macrós amenazan pero...
— Usted no conoce al Nene: es un nazi. Hay que hacer lo que él dice.
— ¿Fue el Nene quien les avisó que Nadia no volvería? — insistió Marceau.
— No...— Anouk se encogió de hombros—. Un día nos dimos cuenta de que no venía.
—¿Cuánto hace de eso?
— No me acuerdo... unos tres meses... Qué se yo — Anouk curvó la boca hacia abajo: el asunto ya no valía la pena.
Marceau se puso de pie y le hizo señas para que salieran.
— Dejémosla ir. Cuando corroboremos algunos datos más, volvemos a llamarla y prefiero contar con su buena voluntad hacia los flics que la trataron bien la primera vez.
— De acuerdo — Jumbo aceptó.
Marceau se marchó a buen paso. Algo de la declaración de Anouk la puso en guardia; me gustaría saber qué, pensó Jumbo mientras volvía a entrar.
— Anouk, puede irse— se levantó e hizo un gesto invitándola a salir.
— Para Ud. es muy fácil. En cuanto sepan que estuve acá adentro y me largaron así como así, valgo menos que la mierda.
— Eso tiene arreglo: llame a Rimbaud para que la venga a buscar. Dígale que quieren dejarla detenida. Anouk lo miró asustada y él la tranquilizó.
— No es verdad pero quiero hacerlo creíble. Así esa escoria de Rimbaud no se ensaña con Ud. Dígale lo que más le guste: que le pegamos, que la apretamos. Llore un poco.
Ella se rio por primera vez.
— Siempre quise ser actriz — y levantó el teléfono.

                                                                         ****
                                                               El Nene Rimbaud
— Meyer, nos está jodiendo demasiado, a mí y a mis chicas.
— Te las voy a encanar una por una y después te meto de culo en el calabozo por proxenetismo, cucaracha.
— Las chicas son independientes y yo me encargo de cuidarlas. Soy su guardaespaldas.
— Salgan de una buena vez, antes que los encierre a los dos por obstaculizar el tránsito.
— Vamos, muñeca — el Nene le dio una palmada en el culo a Anouk y la abrazó mientras bajaban las escaleras —. Te portaste bien, Turquita, ese Meyer estaba muy caliente.
— Le dije lo que me dijiste y entonces llamó a una tipa. Seguro que era una asistente social porque no lo dejó apretarme más y me trató bien.
— ¿Viste que para algo sirven esas boludas?— la estrujó contra él y le besó la mejilla—. Vamos a casa y desayunamos en la cama juntos.
Rimbaud estaba preocupado. Al comi se le está yendo demasiado la mano, no quiero que me arruine o me mate a otra más. Mejor lo llamo a Etchegoyen: él sabrá qué hacer.

miércoles, 7 de julio de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 7

PARÍS, XII° ARRONDISSEMENT. SEGUNDA SEMANA DE MAYO

— Ahí llamó tu cliente favorito otra vez.
— ¡No me jodas! El tipo es un enfermo...
— Para eso paga...
— ¡Me importa una mierda la plata! ¡Puede metérsela en el culo! ¡Que se busque a otra!
El Nene Rimbaud se acercó amenazador y sacudió violentamente a la mujer por el brazo.
— ¿Desde cuándo te da por elegir los clientes?
La Turca lo enfrentó con ojos llameantes.
— Para que me caguen a palos me alcanza un solo alcahuete. ¡Si no, que pague el doble!
— Nunca me dijiste que te golpeaba... — le sujetó el otro brazo.
— ¡Nunca me escuchaste! ¡El tipo es un animal! Jugar al SM está bien, pero se pasa de la raya: ¡quiere el reality show! Eso no es chiste, Nene. Disfrazarme está bien, darle el culo, chupársela... ¡pero que me muela a palos no me gusta una mierda!
El Nene se la quedó mirando en silencio, con la cara torcida de disgusto. Carajo, el comi se nos está pasando mucho de la raya. Ya no lo aguantan ni las putas. Ella siguió.
— Nene, viene armado. La última vez me puso el fierro en la boca y lo amartilló. ¡Qué se yo si estaba cargado! Tengo miedo. Está demasiado pasado, no sé... — lo abrazó y lo besó con la boca abierta — Por favor, no me mandes con él de nuevo. Hago lo que quieras pero con él, no. Por favor...
La Turca está asustada de verdad. Le devolvió el beso metiéndole la mano por debajo de la ropa. Ella se le colgó del cuello.
— Y quién va...— masculló resignado.
— La nueva...
— ¡No quiere rubias ni pelirrojas, ni negras, ni una mierda! — continuó sin hacer caso de la mujer.
— ¡Ya sé! Te digo la albanesa... Todavía no se tiñó.
Una buena noticia: le había dicho que se cambiara de color y la putita no le había hecho caso. Menos mal. Evaluó la propuesta. La albanesa no da tan bien el tipo pero peor es nada. Bajita, ojos grandes y oscuros...
— Es demasiado nuevita... — dijo en voz alta.
— Mejor: en una de esas le tiene piedad...
— Bueno, que vaya ella. Dale las instrucciones y la ropa.
— Gracias, Nene... — la Turca se le apretó otra vez contra el cuerpo y él la apartó.
— No te hagas la cariñosa.
— La puta que te parió.
— Afuera— la empujó agarrándola del culo — No quiero que la mocosa haga cagadas con él. Mejor que le enseñes lo que tiene que hacer.
                                                                               ****


El cadáver apareció tirado en una esquina del XIIº. Otra puta asesinada y van... Pobrecita, parece que le dieron la paliza de su vida antes del tiro de gracia...
— ¿Qué hace ahí? ¡Salga del cerco, idiota!
Meyer se dio vuelta despacio con las manos en los bolsillos y un Gauloise entre los dientes, para enfrentar al suicida en potencia que lo había llamado "idiota". Sacó la mano y la placa y masculló su identificación sin sacarse el cigarrillo de la boca.
— Ah, la Crim. Capitán Martínez, del XIIº. Hoy llegaron rápido, ¿eh? — el otro se presentó sin disculparse. Si le digo que pasaba con el auto y bajé a mirar, me saca a patadas en el culo.
— Le dieron una linda paliza. Es nueva—Martínez señaló con un cabezazo hacia el cuerpo.
Meyer frunció el ceño interrogativamente.
— No es de la zona, nunca la vimos por aquí antes— Martínez se encogió de hombros.
—¿ Las conocen a todas? — Jumbo preguntó con sorna.
— Sin padrinos no pueden trabajar— Martínez levantó las cejas en un gesto esclarecedor.
Padrinos canas. Qué novedad. Le dieron ganas de zamparle un tortazo a Martínez del XII°
— Era bastante joven...
— Si, dieciocho, diecinueve años. No la mataron acá — Martínez aclaró un poco tarde.
Obvio. Nadie circula por ahí así vestida, aunque sea una mujer de la calle.
— ¿Hay sangre? — le preguntó al auxiliar del forense, que recogía muestras.
— No. Llevaba un par de horas muerta cuando dejaron aquí el cuerpo.
— ¿Huellas de zapatos, algo?
Jumbo se arrepintió de la pregunta casi al instante de haberla hecho: alrededor de la marca del cuerpo había huellas de toda clase: la mitad de la PN había dejado su impronta. Carajo, cuándo aprenderán...
Oyó el ruido del cierre de la bolsa de plástico y cuando se volvió, ya estaban metiendo el cuerpo en la ambulancia.

PARÍS, AL DÍA SIGUIENTE
Odette salió del centro médico con la amarga convicción de que conocía de sobra el motivo de sus cuitas. Sus estudios ginecológicos eran asquerosamente normales. Debería dar gracias a Dios por estar sana y por el perdón de todos mis pecados. La médica había sugerido que Marcel también se hiciera estudios, al menos para tranquilizarse ambos. Luego, había sonreído comprensiva. ”La ansiedad a veces juega en contra en estos casos. Tómense vacaciones y verán los resultados antes de lo que esperan”. Marcel ni siquiera está enterado de esta consulta.
Te lo dijimos y no nos hiciste caso, canturrearon en la parte trasera de su cabeza.
 ¡Váyanse a la mierda y déjenme en paz!
No somos nosotros los que no te dejamos en paz, señora "puedo-hacerlo-sola". Fuiste a hacer esa consulta sabiendo cuál sería el diagnóstico.
¡No es cierto, podría haber habido algo!
Claro que hay algo: telarañas en ese rincón de tu cabeza que te maneja las hormonas. Telarañas, oscuridad y un pretendido manto de olvido. Mal hecho. Te está pasando la cuenta. Hasta que no lo destierres de tu vida defintivamente te va a seguir jodiendo. Te violó, preciosa, pero sobreviviste. Estás entera, sana, viva; hay un hombre que te ama: no merece que le hagas esto. Si no quieren tener hijos, no hay problemas, pero no es tu caso... ni el de él.
No estoy tan segura.
¡Sï, sí lo estás! No te pongas excusas. Una mujer se completa con un hijo, es su propia vida. Un hombre se prolonga en un hijo: es su futuro, su legado a la posteridad. Para una mujer es carne de su carne. Para un hombre, es reflejo de su espíritu. No se lo niegues.
Se sentó al volante distraída por sus pensamientos amargos y enfiló hacia el Quai en medio del tránsito bovino del lunes por la mañana.
                                                                       ****

— Es una buena oportunidad para optimizar su cobertura— Michelon apoyó la taza con cuidado.
Meyer se inclinó hacia adelante, sentado en el borde de un sillón algo escaso para contener su humanidad, y separó las manos con las palmas hacia arriba.
— Madame, yo... — para qué carajo habré metido el morro...Nunca aprendo
— Pienso asignar el caso a Marceau; usted nada más la secunda con “apoyo logístico”-
Meyer frunció la trompa, no demasiado convencido y Madame continuó.
— ¿Qué es lo que puede interferir con su otra asignación? Podrá justificar sus idas y venidas con mejores fundamentos y nos permitirá a Dubois, a usted y a mí mantener a Marceau estrictamente al margen del operativo más importante. Ya sabe, Meyer: lo hacemos para proteger a la comisario.
Jumbo meneó la cabeza y asintió. Después de todo, es lo que Dubois me pidió: que la cuide y la vigile.¿Qué mejor forma de hacerlo que trabajando con ella?
— De acuerdo, Madame.
                                                                           

                                                                         ****
Los titulares de los diarios se revolcaban en la noticia. Las fotos publicadas eran obscenas de tanto horror que exhibían. Dios, pobre chica.
— Por favor, dejen de regodearse con esas fotografías.
— Perdone, señora — Bardou dobló apresurado el semanario sensacionalista y lo metió en el cajón de su escritorio. Los demás se desparramaron por la oficina. Sully estaba pálida de asco.
Luego de dejar su bolso y el impermeable en el perchero — carajo, llueve más en París que en Londres —, Odette tomó un alfiler de color y lo clavó en el mapa en la esquina de la calle Vincennes, calle de prostitutas baratas, donde había aparecido el cuerpo. Cuando el interno sonó a sus espaldas ya sabía lo que escucharía. Suspiró mientras descolgaba el impermeable al tiempo que levantaba el auricular.
                                                                            ****
Odette marcó el número del forense mientras se subía al auto.
— ¿Dr. Bedacarratx? Estoy en camino.
— La espero, comisario.
El forense le pidió que esperara a que le diera una ojeada al cuerpo que acababa de llegar.
— Unos quince minutos...
Los quince minutos se hicieron más de una hora y media hasta que Bedacarratx se reunió con ella en su cubículo, en un extremo de la sala de autopsias. Aún cerrado hermeticamente y con aire acondicionado, el olor de los antisépticos mezclado con el leve tufo a carne en inevitable descomposición, enrarecía siempre el lugar. Sobre una de las mesas, uno de los forenses auxiliares hojeaba el diario, merendando sobre lo que quedaba de un NN, un vagabundo encontrado bajo uno de los puentes. La muerte no sólo iguala, también te inmuniza contra sí misma. Apuró el paso. Todavía no soy tan inmune.
El forense cerró la puerta y la invitó con un café y Celtiques.
— No fumo. ¿Ya se olvidó?
— Hace bien. Si tuviera que ver lo que yo veo... La chica, vino por la chica, ¿cierto? — el forense cambió abruptamente de tema —. La mataron a golpes. El disparo fue post-mortem. Estuve tomando algunas fotos para analizar mejor el patrón de los golpes; se las pasaré con el informe cuando tenga algo definitivo pero no tengo dudas respecto de la causa de muerte — Bedacarratx encendió otro Celtique —. Era menuda, no más de uno con cincuenta y cinco, y unos cincuenta y dos kilos. Quien lo haya hecho conoce el método porque podría haberla matado con un solo revés. Tiene fracturada la mandíbula y tres costillas, el pulmón derecho perforado por una de ellas y varios hematomas en la región abdominal. Una auténtica salvajada. Comisario, ¿se siente bien?
— No, debe ser el humo — respondió aguantando el asco —. Bueno, Baptiste, envíeme el reporte en cuanto pueda.
— Hace unos dos meses llegó otro cuerpo con una paliza así — agregó el forense mientras ella se levantaba.
Odette levantó las cejas y Bedacarratx explicó.
— Una NN, en el Bois de Vincennes. El cuerpo estaba muy descompuesto como para apreciar golpes superficiales a simple vista, pero también tenía fracturas en las costillas y contusiones en el cráneo y maxilares... A ver... — se levantó a rebuscar en el archivo y sacó una carpeta. — Es éste. Vea las fotos. — le mostró una serie de tomas del Museo del Terror—. El cuerpo fue encontrado por un perro. Blanca, alrededor de veinticinco años, cabello oscuro, un metro con sesenta y tres.
En el nombre de Dios, qué espanto. Contuvo las nauseas: vomitar sobre el expediente hubiera sido una demostración de pésimos modales.
— ¿Por casualidad sabe quién se hizo cargo? — preguntó después de una prolongada inspiración.
El forense revolvió entre los expedientes y le dio el dato, ofreciéndole la carpeta. Ni loca pienso volver a mirar eso. Se estrecharon la mano y casi corrió hasta la entrada de la morgue. El aire viciado de smog le pareció maravilloso.
                                                                        ****
Lejeune se sentó ante la pantalla después de ordenar que no le pasaran llamados. De su notebook extrajo un CD e introdujo el que llevaba encima. El mapa con las señalizaciones se desplegó y agregó otro alfilercito electrónico. Vamos de mal en peor. Al número uno y al número dos no va a gustarles si se enteran. Tendríamos que ver cómo solucionar esto.

lunes, 31 de mayo de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 5

PARÍS, LA DÉFENSE, DEPARTAMENTO DE LA CRIO. MARCEAU. MISMO DÍA, DE MADRUGADA



Los ojos azules, claros como el agua. Crueles, vastamente crueles. Sin lugar en ellos para un mínimo de piedad.Ni siquiera la elemental compasión que se siente por un animal.
— Puta... me estuviste esperando trece años... Acá estoy...
Quería suplicarle pero estaba muda. La desesperación que le aporreaba las sienes y los tímpanos, le desgarraba la garganta en un grito que se empeñaba en no brotar. Por favor, no, pero los ojos azules le sellaban los labios y la paralizaban. Era de plomo sobre ella, plomo líquido y ardiente que se le colaba en los orificios torurados del cuerpo.
— Así,¿ ves?... Así quebrábamos a las putitas montoneras ...— jadeaba, ronco de furia.
Morir, morirse de una vez por todas para que el pecho no le doliera más así, el corazón lanzado a toda velocidad ensordeciéndola, no, por favor no... no... ¡NOO...!

Sus propios gritos la despertaron. Odette miró alucinada a su alrededor hasta que reconoció su propio dormitorio. Sin encender la luz, saltó de la cama y corrió al baño. Se metió en la ducha, temblando por los sollozos. Después de un rato bajo el agua se dio cuenta de que tenía puesta la ropa interior y se desnudó. Cuando consiguió llorar sin gritar, se sentó en el piso de la ducha dejando que el agua arrastrara los últimos estertores de la pesadilla. En cuatro patas, cerró los grifos y se quedó sentada hasta que el frío la hizo salir y ponerse una bata. Dios, estoy helada... Un café. Pasó corriendo delante del espejo para no verse y nunca estuvo tan concentrada llenando la cafetera. Se salpicó con el café caliente. Carajo, me tiemblan las manos.
De vuelta en la cama, encendió la lámpara y se metió bajo el cobertor con la bata puesta, sin admitir que tenía miedo de dormirse y soñar todo de nuevo. De todas las atrocidades que la bestia había cometido con su cuerpo, ninguna era comparable al odio con que le había lacerado las entrañas. Le había hundido en el cuerpo un hierro ardiente, la había inundado con ácido y destrozado por dentro con saña.
¿Qué te pasa, nena, no aprendiste que uno no le miente al espejo?
No me jodan, no puedo hablarlo con nadie... Además, el hijo de puta está muerto, muerto, muerto...!
¡Te da vergüenza, muñeca! Te da vergüenza que ese animal te haya violado. No que estuviera a punto de matarte, ¿eh? Una es una heroína si la matan, te dan medallas post mortem, pero no hay medallas post violación, no señor. Das lástima, los médicos te revisan los moretones y te hurgan en la vagina. Mejor cerrar la boquita tal como él te la cerró y no poder gritar ni cuando estás dormida. ¿Dónde mierda dejaste la psicología y la profesión? ¿Y si te pasa cuando Marcel esté en casa, qué vas a decirle? Nunca le contaste toda la verdad, claro que no, porque nunca te planteaste la idea de contárselo a alguien más, para que te acompañara en tu dolor. Tenías que tragártelo, señora "puedo-hacerlo-sola". Si lo hubieras compartido...
¿Compartir qué, la humillación? ¿Que ese hijo de puta me haya torturado y...? Estuve en exhibición en una cama de hospital, ¿qué mierda iba a conseguir con eso, que me miraran con más lástima que a un perro?
Qué estúpida puede ser una mujer inteligente.
Basta, en el nombre de Dios, basta. Ya terminó. Bebió un sorbo de café y la garganta le dolió de angustia al tragar. Todo está tan muerto y enterrado como él...
Ah, nena, ese es tu peor error: estas cosas no se entierran porque se pudren y te pudren.
Sí, decirlo, hablarlo con alguien... Un peso terrible amagó a aliviarse. Tomó el teléfono. Si no responde al segundo timbrazo, corto, se prometió cuando apretaba las teclas de memoria.


CAPO CALAVÀ, VILLA MASSARINO. LA MISMA MADRUGADA


Una desazón extraña la despertó de madrugada, oprimiéndole el pecho. Franco roncaba apaciblemente. Amor mío, lo besó y Franco dio media vuelta y dejó de roncar. Lola se levantó sin hacer ruido.
Alguien me llama. Se asomó al dormitorio de nonno Augusto: dormía como un bebé. ¿Y papá? No: si hubiera pasado algo, Aniello ya habría llamado. ¿Por qué pensé en los viejos? La voz que me llama: ronca y cascada, casi agotada por el esfuerzo de pronunciar. Decía "Addolorata". Todos me llaman Lola. ¿Quién...?
Miró la hora en el reloj de pie del salón: las cinco de la mañana. Qué frío hace, se frotó los brazos. Un frío húmedo que se le metía por las fosas nasales y le pesaba en los pulmones. Las ventanas estaban cerradas y el viento las sacudía apenas. El frente de tormenta había pasado rumbo a costas más cálidas, pero había llovido toda la noche.
Volvía al dormitorio cuando el llamado agonizante la reclamó de nuevo. ¿Quién...? La voz le azotó la memoria. ¡No! ¡No tú...! El pecho se le estrujó de miedo y los ojos se le llenaron de lágrimas. El teléfono le ahogó la respiración en la boca. Corrió y tropezó con una silla en la prisa. Gesucristo benedetto! Levantó el auricular con dedos rígidos por el temor, antes del segundo campanillazo.
Mamma?
Odette. Soltó el aire ruidosamente.
— ¡Hija, casi me muero de miedo! — pero ambas respiraron más tranquilas.
Scusa l’ora, mammina ... (1)
Otra vez la sensación de anticipación. Odette hablaba en voz queda.
— ¿Estabas despierta?
— Sí pero, ¿por qué llamaste?
Del otro lado tardaron un par de segundos de más en responder.
— Tuve un impulso — Odette titubeó — ... Quería... saber cómo estabas. Perdón, estoy medio chiflada, ... no tendría que haberlo hecho..
— No, figlia mia, no. Está bien: yo también necesitaba hablar con alguien... contigo— le confesó a su hija la inquietud—. Sentí que alguien me llamaba... Creí que eran los viejos y me levanté. Están bien— la tranquilizó —. No sé qué pueda haber sido. Un sueño, chi lo sà (2) — quién sabe te soñé...Sí, un mal sueño...
— Un sueño... — murmuró su hija —. Yo también ... soñé...
Presintió que había mucho más detrás de esas palabras.
— ¿No quieres contarme de qué se trataba? — la animó.
— Nada, mammina, ... un mal sueño... ya pasó.
— Basta, parecemos locas, hablando de pesadillas a mil quinientos kilómetros de distancia, a las seis de la mañana — se rieron más por los nervios que por lo ridículo de la situación.
Ciao, mammina.
Ciao, bambina.
Cuando cortó, reparó en el hecho: cuánto hace que no llamo bambina a Odette.

(1) Perdón por la hora, mami
(2) Quién sabe


PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. PRIMERA SEMANA DE ABRIL

— Sully, a mi oficina por favor.
Sully colgó de mal humor. Marceau. ¿Y ahora qué carajo quiere? Desde que Marceau había quedado a cargo del puesto de Massarino, había hecho lo imposible por evitarla. Lo único que me faltaba. Massarino había sido transferido al Ministerio del Interior, ¿no necesitaba una asistente? Había tratado de todas las formas posibles de que el comisario reparara en ella para que le dieran el traslado, inútilmente. La puta que lo parió, tuve que quedarme y verla ocupar ese despacho. Y encima, la gota que colmó el vaso: Dubois duerme con ella. ¡No hay derecho! ¿Por qué tengo tanta mala suerte?
Se había limitado a desaparecer de la vista de Marceau, que seguramente se la tenía jurada. Por algo le dicen "Madame la Veuve" . ¡Y cómo se callaron todos ahora que la señora es la número uno del sector! Ese chismoso de Bardou, que se llenaba la boca hablando pestes de ella y de Massarino. Todos los que le miraban el culo y las tetas cuando era capitán, y que apostaban sobre quién sería el macho de la señora y qué oficial sería capaz de encamársela, ahora se cuidan hasta cuando la saludan. Si su Dubois se llega a enterar de quiénes son, los corta en pedacitos. Maricones de mierda.
Cierto que había otros que jamás se habían metido con ella. Meyer, por ejemplo. Ese amargo de Paworski y los antipáticos de los Laboratorios: ¡los había visto sonreírle por los pasillos! Chupamedias. Con la única persona con la que el anormal de Witowlski articula más de dos palabras es con ella. Claro que hablan nada más que del sistema de mierda. ¿Y Foulquie? Pobre viejo, siempre la defendió. Y a mí qué me importa. Tragó saliva y entró al despacho.
— ¿Señora? — No la mires a los ojos. Visión periférica, preciosa.
— Sully, sería tan amable de traerme este expediente?
La comisario le alcanzó un papel con el número. Ella asintió con un sacudón de cabeza y salió.
Parece que hoy está de buen humor, pura cortesía. Bueno, conmigo siempre es muy cortés. Salvo que le mires al Dubois.
Mientras subía las escaleras a desgano expediente en mano, se cruzó con Bardou que venía de gran charla con Strauss, acerca de un tal Ayrault. Aminoró el paso y paró las orejas. El Ayrault ese se estaba postulando para candidato a presidente. ¿Y a éstos qué les importa? Alguien más intervino en la conversación: el comisario Girard. Otro cerdo con galones, de esos que te se creen que porque son comis te pueden mirar el culo y opinar acerca de él sin remordimientos.
— Su municipio es un ejemplo— decía el bocón de Girard —. Ojalá hubiéramos tenido un alcalde como él. ¡Él sí sabe cómo mantener el orden público!
— Duró poco en el Quai — intervino Strauss.
— ¡También, con el escándalo de Marceau, como para que durara! — Bardou se rió socarrón.
¡Mierda! ¿Marceau de por medio? Ésta sí que no puedo perdérmela. Pero unos pasos más y sería evidente que estaba escuchando. Se prometió averiguar el resto de la historia. Roulet, el de Archivos, siempre tenía una anécdota jugosa para quien quisiera escuchar. Seguro que algo debe saber. Se prometió ser más amable con el viejo verde para ver si le sonsacaba algo.
Apretó el paso y se adelantó al grupo sin mirarlos. Al alejarse, escuchó las risas ahogadas de los tres hombres. Alguna porquería que estarán contando, sucios babosos.
— Señora, el expediente que pidió.
Dio media vuelta decidida para salir cuando la voz aterciopelada la congeló.
— ¿Sully, quiere un café?
Se quedó sin aire durante un momento. Se volvió, tragó saliva y se sentó, consciente de que su expresión era una mezcla de sorpresa y pánico. Mejor digo que sí, nunca se sabe...
— Gracias...
Marceau le alcanzó una tacita de café exquisito y caliente. Desde que ocupaba esa oficina, se hacía preparar el café, su propio café pagado de su bolsillo, en una jarra térmica que quedaba en el despacho, junto con tacitas descartables. Bardou decía que era por Foulquie. Claro, el viejo siempre corría a llevarle la tacita de café, evocó con un pinchazo de envidia del que se arrepintió de inmediato. Pobre Foulquie.
— Sully, si no me equivoco, tuvo algunos problemas con Bardou.
Se puso roja como un tomate. Dios, ésta se entera de todo. Tragó saliva.
— Ah, bueno, tuvimos ... un intercambio de palabras.
Casi le había tirado el descartable de café por la cabeza al chismoso, por andar desparramando por ahí los comentarios groseros de Girard acerca de su anatomía y de lo bien que le vendría un poco de atención masculina específica.
— Sully, cuando una trabaja con más de dos personas, las habladurías son inevitables. Me importa un comino lo que digan de mí, pero detesto que molesten a mi personal. Sobre todo si quienes lo hacen se amparan en su rango.
Se quedó dura. La comisario continuó.
— Si vuelve a ocurrir un incidente de ese tipo, quiero conocer las circunstancias. Quiero que sepa que puede contar conmigo.
— Gra...gracias. Comisario. Gracias.
— A veces los hombres son más maledicentes que las mujeres — Marceau sonrió apenas.
Dios del Cielo, debo estar púrpura. Apuró el café y se puso de pie.
— Gra-gracias... Por el café.
La comisario sonrió otra vez y sacudió la cabeza, mientras giraba hacia la pantalla de la pc. Sully salía cuando la curiosidad pudo más que ella. No pudo resistirse más y preguntó desde la puerta.
— Comisario,... ¿quién era Ayrault?
Marceau se volvió a medias y respondió en tono neutro.
—Fue el antecesor de Michelon. Estuvo tres años en el cargo y después se retiró de la PN.
— ¿Ud. lo conoció?
— Sí.
Mierda, qué locuaz. Le informó a la comisario de sus recientemente adquiridos conocimientos.
— Ah, qué bien. ¿Sabe? Parece que va para candidato a presidente. Fue alcalde de Chaumont y ahora es diputado. Dicen que... que le va muy bien— terminó la frase en un murmullo, cortada por la expresión indescifrable de Marceau.
— Espero que tenga suerte — comentó Marceau educadamente.
— Sí, claro. Me voy... Me... tengo que archivar.
— Adelante — la sonrisa volvió al rostro impenetrable y ablandó el hielo de dos minutos atrás.
Mientras recogía expedientes y los ordenaba por número, la cabo se prometió que averiguaría la tenebrosa historia sobre la que la comisario mantenía un discretísimo silencio.

lunes, 24 de mayo de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 4

Despacho de la Crio. Michelon

PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES, PRINCIPIOS DE FEBRERO
El capitán Marcel Dubois miró a la comisario de división Claude Michelon por encima de las hojas dos o tres veces, dejando de leer al tiempo que la sensación de vacío y vértigo se le aposentaba en el estómago. Dejó los papeles sobre el escritorio sin abrir la boca.
— Lo siento, Dubois. Quisiera no haber recibido nunca ese informe. Tenía pensado darle la buena noticia del ascenso, pero esto — Madame golpeó las hojas con el índice —, tiene prioridad.
— Madame, ¿no corresponde a IGPN? — Marcel cruzó los dedos mentalmente.
Michelon vaciló antes de continuar.
— Precisamente alguien de IGPN, de cuya honestidad no puedo dudar, fue quien me lo dejó entre las manos. De acuerdo con esa persona, dejó de ser sólo territorio de IGPN.
— No me extraña — Marcel arrugó la frente—. Muchos matarían por la décima parte de todo esto.
— Ya empezaron — el tono de Madame era acre —, aunque no hay forma de probarlo.
—Veo un solo inconveniente para mi asignación a este caso: cómo mantener a ... a la comisario Marceau — iba a decir “Odette” —, al margen de esto.
— Ya pensé en eso: el ascenso estaba previsto. Los cursos en C* son muy exigentes; los postulantes deben quedarse allí en varias ocasiones... Es la excusa perfecta para ir y venir sin demasiadas preguntas. No creo que Marceau sea del estilo de perseguirlo telefónicamente. Por otra parte, no la quiero en este caso. Hay aspectos de la investigación...— Madame vaciló buscando el término adecuado —, digamos, sensibles. Hay vinculaciones con... casos anteriores. Cuando lea el informe completo, comprenderá.
Entonces es cierto, carajo. Ahora sí me duele el estómago. Dios, no tan pronto, no sé si puedo enfrentarme con ellos otra vez. La idea le petrificó la cara y Michelon lo notó.
— Dubois — lo tranquilizó —, si no quiero a Marceau en este asunto es porque estuvo directamente involucrada en una investigación relacionada con este sujeto y no sería ético que ella estuviera a cargo. La conozco bien y sé que trataría de ser lo más imparcial posible, pero desde mi posición no puedo permitirlo.
Se la quedó mirando fijo: Madame no está demasiado deductiva esta mañana. Por lo que leí en esta basura, voy a toparme con gentuza que conozco demasiado bien.
— Un solo “pero”, Madame: ¿cómo voy a justificar el que deba "recursar" más adelante?
— No lo hará. De hecho, conseguí condiciones especiales para Ud: deberá asistir sólo a los exámenes. Así que en definitiva, sí irá a C*, aunque no con la frecuencia estricta que requiere el curso — Michelon lo miró complacida —. No todas son malas noticias.
No sé si alegrarme o pegarme un tiro en las... Se ahorró a sí mismo la imagen deletérea de esa parte sensible de su anatomía.
— Una cosa más, Dubois — Madame tomó un expediente de la pila —. Ud. tiene familiares en Milán...
— No los conozco y no tengo interés en hacerlo — la interrumpió con sequedad.
— .. que tienen una empresa que casualmente opera con proveedores del otro lado del Atlántico — Michelon obvió su tono terminante—. Sería una cobertura interesante, si tuviera que utilizar alguna.
— Preferiría no tener que verme obligado a eso. Quiero decir, tomar contacto con ... mis familiares— tuvo que esforzarse para ocultar el disgusto.
— Capitán — Michelon lo miró con ojos grises y fríos apenas velados por los párpados —, en esta profesión hay miles de cosas que uno preferiría no hacer, pero las hace.
Es una orden, viejo. Te mandaron a tu lugar. Michelon continuó después de asegurarse que había sido comprendida.
— Los circuitos que recorren los fondos y las armas pasan por el puerto de Génova. Las armas siguen por mar hasta el Adriático y luego al continente. El dinero se desvía por bancos italianos a bancos luxemburgueses y desde allí se esfuma.
— Que es algo que el dinero no suele hacer. Alguien debe reunirlo en alguna parte para pagar.
Michelon hizo una pausa.
— No trabajará solo en esto. Elija un compañero.
— "Jumbo" Meyer— dijo casi sin pensar—. No confiaría en nadie más.
— Yo tampoco, Dubois — Madame sonrió —. Bien, son un equipo. Llévese el informe y comiencen a trabajar. Una cosa: esos exámenes en C*, debe aprobarlos. Fue el compromiso que asumí al negociar las condiciones. No espero menos de Ud.
Asintió sin hablar y se levantó. O sea que voy a perder las pelotas de cualquier modo.
                                                                         ****
— Tengo una sorpresa — le dijo mientras la abrazaba en la cama. Ella lo miró expectante. — Estuve con Michelon esta tarde: van a ascenderme a comandante — Marcel cruzó los dedos detrás de la espalda.
— ¡Magnífico! — Odette lo besuqueó; estaba tan feliz por él que lo hizo sentir culpable.
— El curso es en C** y comienza el lunes próximo. Serán montones de idas y venidas y tendré que quedarme algunas veces — explicó, molesto por la verdad que Odette desconocía.
— Bueno, si ese es el precio por el ascenso, vale la pena pagarlo, ¿no?
— No me queda más remedio — rezongó. ¿Te entusiasma la idea de tenerme lejos? Se arrepintió de inmediato. Soy un idiota. Dubois, no abras más la boca, vas a embarrar todo.
— Siempre podemos hablar por teléfono— ella se acurrucó debajo de su brazo —. Imagino que habrá teléfonos públicos o un número al que dejar mensajes en C*...
Hubiera podido jurar que los testículos le habían subido al menos dos centímetros: ¡El teléfono! ¡Carajo! Mejor que pienses algo, viejo, porque esto se está complicando.
— Pensaba llevarme el celular...
— Eso es mejor — ronroneó ella mientras le rascaba el estómago y descendía hacia el pubis —. Y esto está mucho mejor... Creo que me va a extrañar— lo acarició peligrosamente.
— Yo también.

OFICINAS DEL DIP. AYRAULT, CHAUMONT. MEDIADOS DE FEBRERO

— Señor, tiene una llamada desde el Comité Central — Loiseau asomó la cabeza de pájaro por la puerta.
Gruñó un asentimiento. ¿Quién jode ahora? Estaba revisando los nada halagüeños estados de cuentas personales y del FRF: estoy enterrado hasta las pelotas. La campaña estaba costando demasiado, a pesar de los buenos oficios de Blanche Lemaire a cambio de las encamadas maratónicas de las siestas. Casi todos los descubiertos están al límite: necesito ese préstamo lo antes posible.Estaba a punto de llamar al banco de Montevideo que sus contactos de Buenos Aires habían sugerido, cuando Loiseau lo habia interrumpido.
— Te llamo para darte buenas noticias — la voz del otro lado sonaba queda.
Bueno, es este cretino. Menos mal, no estoy de humor para rendir cuentas a nadie.
— Estoy muy ocupado. ¿Cuáles? — preguntó displicente.
— Me reasignaron. Soy asistente del comisario Auguste Massarino.
— ¿Y esas son buenas noticias? — masculló. ¿Imbécil, no tiene un carajo que hacer?
— ¿Qué te pasa, jefe? Massarino es del SSMI (1) , tiene acceso a información clasificada! Todavía falta limpiar algunos expedientes....— le recordó el gusano —. Entro en funciones la semana próxima.
— Bien, ya le encontraremos alguna utilidad a tu Massarino — cortó la comunicación con cualquier excusa.
Carajo, tengo demasiadas cosas de qué ocuparme...Aunque todavía debo algunos favores y esta cucaracha me los puede allanar. El directo interrumpió sus cavilaciones y le provocó un pinchacito al final de la espina dorsal. No era un número que conocieran muchos de sus allegados.
— ¿Jefe?
— ¡Nene...!
— Tengo una sorpresa muy especial para cuando tenga tiempo de hacerse ver por París.
— Si encontraste lo que te pedí, voy a dejarme ver muy pronto.
— Jefe, ¿alguna vez le fallé?— fanfarroneó el Nene. — Si me hubiera mandado la foto antes...
— Tiene que ser igual, ¿está claro? No como la última vez...— casi lo amenazó.
— No podía ser más parecida, comi. Le aseguro que es perfecta. Y una de mis mejores chicas. Veintitrés años, garantizo la discreción.
La excitación lo ahogó durante un instante.
— Quiero verla hoy — dijo sin casi pensarlo.
— Lo estamos esperando.
Del compartimiento oculto de su cajafuerte sacó sus juguetes preferidos. Le temblaban las manos cuando revisó la ropa que había comprado la semana anterior. Cargó la .45 y la metió en un maletín con los juguetitos. Guardó la foto, el expediente y cerró la cajafuerte. Al sorprendido Loiseau le dijo que había surgido un compromiso muy importante en París.
— No me esperen hasta mañana.

(1) Servicio de Seguridad del Ministerio del Interior


MILÁN, PALAZZO BOZZI. FINALES DE MARZO.


La lluvia helada azotó los cristales y Marcello Contardi se despertó completamente lúcido, con la lucidez previa a la muerte. Inspiró profundo por primera vez en varios días. El enfermero de noche no estaba en su puesto al pie de la cama de hospital, que había reemplazado a la suya propia monumental cuando la enfermedad lo encadenó a ese montón odioso de metal ortopédico para lo que le quedara de vida.
Supo que era el momento y la fuerza le llegó a los músculos vencidos por la postración. Puso los pies en el piso y sin preocuparse por buscar las pantuflas, salió de la habitación. La vida se le iba con cada respiración y muy pronto no podría impulsar el diafragma una vez más.
El picaporte del estudio le transmitió un algo de eléctrico cuando lo empuñó; tuvo la sensación de no pisar el suelo en el trayecto desde la puerta hasta el escritorio. Se sentó porque ya no podía tenerse en pie, y los pulmones y el corazón se prepararon para la traición definitiva. Abrió la trampa del escritorio y buscó enfebrecido hasta encontrar las fotografías. Quería gritar el nombre pero se le había acabado el aliento y fue nada más que un susurro ronco y desgarrado. Me muero, pensó, me muero y lo único que tuve de tí fue tu desprecio. A pesar del tiempo y de la agonía inminente, el cuerpo se le estremeció en un estertor de aquella locura que le había envenado la vida. ¡Por qué me condenaste de esta forma! Estoy maldito por tu culpa. ¡Maldito, maldito para siempre y sin descanso! El pecho le estalló en una convulsión de amor contrariado, en la rebelión inútil del final.
Guardó su secreto como pudo, con la vista turbia y las manos temblorosas por el esfuerzo ingente de girar la cerradura. Lloraba de rabia, de odio y de pasión cuando escuchó los gritos entre algodones, pero ya no podía responderlos.

domingo, 18 de octubre de 2009

La dama es policía - CAPÍTULO 34

PARÍS, LA DÉFENSE. LUNES, ÚLTIMAS HORAS DE LA TARDE
Carajo, no puede pedirme esto. No puede. Marcel golpeó el volante con las dos manos. Las llaves le estaban lastimando la palma. Le dolía el pecho de no querer pensar en las razones por las cuales Massarino tendría las llaves de la casa de ella. Se sentó en el auto con el estómago y las entrañas hechos un nudo. Miró el reloj: las siete y media de la tarde. El cementerio está cerrado. No puede estar ahí.. Intentó con la radio. Nada. Al puente de L'Alma.
¿Qué mierda vendría a hacer acá? Hace un frío espantoso. Frío y todo, bajó del auto y se arrebujó en el impermeable para recorrer el puente. El panorama era maravilloso, pero se le antojó tétrico.
No me gustan los puentes. La gente tiene la mala costumbre de tirarse al Sena en los lugares donde el paisaje es más interesante. ¿Dónde carajo estará? Massarino tenía cara de tragedia anticipada. ¿Por qué no vino conmigo, si tanto se preocupa...? ¿Tan importante es lo que tiene que hacer que no es capaz de salir a buscarla?

Se metió al auto y a punto de pasar un radiomensaje, intuyó que no tendría respuesta. No creo que quiera hablar conmigo. Lo pensó dos veces y llamó por la radio a las unidades de patrulla para que le avisaran de inmediato si alguien detectaba el automóvil de la capitán Marceau.
Recordó que no tenía anticongelante, así que arrancó el motor para evitar sorpresas desagradables.
¿Qué puede haber pasado con Marguerite?... No. No ‘qué’; ‘quién’ puede estar detrás de Marguerite, y para qué. Marguerite tiene las llaves de la casa de Odette, conoce su vida, sus horarios, sus gustos personales... ¡Dios mío, están detrás de Odette!.
La adrenalina se le disparó y le provocó un acceso de pánico. ¿Adónde? ¡Al departamento! ¡Antes que llegue otro!
Miró el reloj mientras aceleraba: las ocho y media. Perdí el tiempo como un boludo mientras ella quién sabe dónde está. Insistió con la radio, y a las nueve menos cuarto sí hubo novedades. Habían llamado a la policía. El portero del edificio de Marceau.
El pulso le martilleaba enloquecido en las sienes cuando vio la ambulancia. Le costaba respirar, caminar, pensar lógicamente, tanto que casi olvidó exhibir la placa y uno de los agentes estuvo a punto de sacudirle un macanazo por violar el cordón policial.
Alcanzó a ver que subían un cuerpo a la ambulancia y le preguntó a los gritos a un suboficial de quién se trataba. Después de lograr que dejara de zamarrearlo, el pobre cabo le informó que se trataba de una mujer mayor.
—La capitán Marceau está sentada en aquel patrullero, teniente.
Con las rodillas flojas se acercó. Cuando la llamó, Odette no respondió. No miraba a ninguna parte. Abrió la puerta y tomándola del brazo la sacó y la llevó hasta su automóvil. Mientras lo ponía en marcha para seguir a la ambulancia, pudo por fin escuchar lo que ella decía.
—La mataron por mi culpa. Yo la maté.


Prisión de La Santé, en el XIVº Arrondissement
PARÍS, PRISIÓN DE LA SANTÉ. LUNES, ÚLTIMAS HORAS DE LA TARDE
La sensación de impotencia le cerró la garganta. Dos oficiales y un suboficial tuvieron que entrar en la sala de interrogatorios y sujetarlo para que no matara a Nohant a golpes. Estaba enajenado y la expresión de burla e insolente suficiencia del ex Director General lo enfureció a tal grado que perdió el control.
—¿Qué le pasa, Massarino? —había murmurado el otro, sentado displicentemente del otro lado de la mesa—. ¿Tiene miedo? ¿O va entendiendo cómo son las cosas?
La mirada de Nohant lo atornilló a la silla.
—¿Cómo puede ser tan imbécil de creer que esto se terminó? ¿Sabe cuánto más me queda acá adentro? El tiempo que tarden en dejarlos a ustedes fuera. Definitivamente afuera.
—Qué quiere decir con eso... —las manos le dolían de tanto apretarlas.
—Averígüelo por usted mismo.
Lo agarró del cuello antes de pensar en lo que estaba haciendo y sus compañeros entraron a separarlos.
—Tranquilo. Lo único que falta es que te sancionen por ponerle las manos encima a este hijo de puta— lo contuvo uno de los oficiales mientras lo sentaban por la fuerza y se llevaban a Nohant.
—¡Tranquilo, un carajo! ¡Me amenazó!
—Está adentro. ¿Qué mierda puede hacer? Es un escorpión sin veneno.
Se sacudió rabioso las manos de sus compañeros. No entienden. No pueden entender. El malparido sabe de qué habla. ¿Dónde carajo está Odette?
—Mejor te vas a casa, Massarino. Quién sabe mañana, con un poco más de calma, nos sentamos con esta rata y le sacamos algo.
Se fue a su casa con dolor de estómago. Tenía la espantosa sensación de que “mañana” sería demasiado tarde.

PARÍS, XVI° ARRONDISSEMENT. LUNES POR LA NOCHE
El timbre del teléfono lo hizo saltar en el sillón. Nadine había acostado a los chicos y circulaba por la casa en puntas de pie. Un rato antes lo había abrazado, y él había recostado su cabeza contra el estómago suave y tibio de ella. Lo único seguro en el mundo. Te amo, pelirroja. La apretó tan fuerte que Nadine se sobresaltó. Sentada en sus rodillas, le preguntó qué estaba pasando. Auguste había negado con la cabeza, incapaz de hablar a causa de la emoción.
—Es Odette, ¿verdad?
Esa cualidad terrible de las mujeres de acertar donde más te duele. Asintió porque no podía hacer otra cosa.
—Si trataras de comprenderla, además de amarla, quizá todo fuera más fácil entre ustedes dos.
¿Comprenderla? Nadine lo miró con aquella mirada suya que lo había atrapado desde el primer día. "Me ves como si me leyeras el alma”, le había dicho él entonces.
—Odette es y representa todo aquello que te empeñaste en encerrar en lo más profundo de tu corazón —y en un susurro sobre sus labios—, siciliano.
Auguste suspiró, movió la cabeza y encogió los hombros, aceptando la verdad. Nadine lo sostuvo en un largo, largo abrazo y se levantó para preparar el café.
Ahora, al oír el teléfono, el comisario casi gritó por el auricular:
—Hable.
—¿Comisario? Es Bardou—la voz del otro lado sonaba extraña. —Llamaron... Encontraron a la persona que usted... —Bardou nunca había vacilado tanto.
Auguste sintió que la adrenalina se le disparaba descontrolada.
—¿Dónde carajo estás?
—En la morgue, señor.
Cuando Nadine volvió con el café, alcanzó a verlo salir como un loco.


Institut Médico-Légal de Paris
PARÍS, MORGUE JUDICIAL. LUNES POR LA NOCHE
—El cuerpo apareció frente al edificio de Marceau —le informó demasiado tarde Bardou.
Marcel estaba pálido de furia. Recordaba a Marguerite y el cariño que había mostrado por Odette aquella mañana. Pensó que si hubiera tenido oportunidad, al conocerla mejor le hubiera agradado todavía más. Miró el cuerpo de la pobre mujer, se volvió y golpeó una camilla cercana. La mujer tenía hematomas y marcas de quemaduras por todas partes: las plantas de los pies, el interior de los muslos, los pechos, los párpados, alrededor de la boca.
—...quemaduras de cigarrillo. Las más pequeñas son del tipo que provoca una descarga eléctrica puntual. La víctima presenta quemaduras de este último tipo en los genitales externos e internos. Se registran laceraciones, probablemente con elemento cortante, en el área vaginal, perianal y anal. Las piezas dentarias faltantes... —el forense estaba hablando hacia por el micrófono para dejar registro de la autopsia.
Marcel salió de allí enfermo de náusea. Afuera, Odette estaba sentada, temblando, en estado de shock. Hijos de puta. Se sentó al lado de ella para preguntarle dónde había estado, pero ella no reaccionaba. La angustia le atenazó la voz cuando intentó consolarla.
Massarino entró como una tromba, los hermosos rasgos de patricio romano deformados por la desesperación. Marcel y Bardou se quedaron helados cuando el comisario se arrodilló para abrazar a Odette y tomarle la cara.
—¿Qué pasó, bambina? ¡Por Dios, qué pasó!
Odette no respondió.
—Dejaron el cuerpo en la puerta del edificio. No mucho antes de que ella llegara. Los porteros no vieron nada —le explicó Marcel mientras entraban juntos en la sala de autopsias—. Bardou, quédese con Marceau. Que no se mueva de allí.
El cabo asintió con la cabeza.
Era terrible ver llorar a ese hombre y no saber qué decir para ayudarlo.
—Comisario, salgamos —y lo tomó del brazo, empujándolo suavemente.
Massarino se volvió y Marcel vio al niño que alguna vez había sido, asustado y dolorido, en los ojos del otro.
—Marguerite... era parte de la familia. Ella... ella quiso quedarse cuando los viejos se retiraron a Italia. “¿Quién se va a ocupar de ustedes dos?”, decía siempre. Ella cuidaba de Odette como si fuera su propia hija— las lágrimas le caían sin ninguna vergüenza.
Instintivamente, Marcel lo abrazó.
—“Está muy sola”, decía... “Está muy flaca”... Marguerite me llamaba cuando Odette estaba mal, sabía dónde encontrarnos a los dos. ¿Qué le hicimos, mi Dios? ¿Qué le hicimos?
Marcel lo sostuvo, mudo por la emoción, mientras Massarino lloraba como una criatura.
—Dubois, no dejes sola a mi hermana. No te le separes ni un minuto. Esos hijos de puta tratarán de llegar a ella de cualquier forma— el policía estaba de regreso.
—¿Su hermana?
—Odette —murmuró el comisario, pasándose las manos por la cara y el cabello en un intento por recuperar la compostura.
En medio de toda aquella atrocidad, Marcel sintió que el nudo en la garganta se le desataba, dejándolo pensar con claridad.
—Comisario, corra a su casa. Vamos —dijo, mientras tomaba a Odette por los hombros con cuidado y ella se dejaba llevar sin preguntar—. Bardou, envíe custodia armada a la casa de Massarino.
—Teniente —murmuró Bardou, señalando con la cabeza hacia Odette—, ¿de verdad es... la hermana del comisario?
Marcel asintió. Nunca había estado tan seguro de algo en toda su vida.
—Mierda — murmuró Bardou.