POLICIAL ARGENTINO: Malpensa
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viernes, 3 de febrero de 2012

la mano derecha del diablo - CAPITULO 33

QUAI DES ORFÈVRES, JUEVES POR LA MAÑANA


— ¿El comisario Massarino?
— Soy yo, dígame.
— Era como Ud. suponía. La comisario Marceau acaba de venir a preguntarme cuánto podría demorar en preparar un equipo de detección portátil.
Massarino insultó a medio santoral antes de preguntarle a Paworski qué le había respondido a Marceau.
— Que no menos de veinticuatro horas. Lo siento, comisario, no podía decirle más tiempo sin que sospechara.
— Está bien, eso nos da un día más. ¿Le pidió otra cosa?
— No... todavía.
— Manténgame al tanto.
— Algo más. En la madrugada del martes la señal de Dubois se activó en modo operativo normal pero se perdió en menos de cinco minutos. El operador pensó que se trataba de un encendido accidental y no reportó.
Massarino volvió a insultar.
— ¿No llegaron a triangular la posición?— preguntó el comisario cuando dejó a los antepasados del operador en paz.
— No. Trataré de reconstruirla con los datos del registro.
— Si lo consigue, no se lo informe a Marceau.
— En absoluto.
Cuando colgó el auricular, Paworski se sentía más miserable que una cucaracha.
****

La visita al laboratorio había sido frustrante: no había novedades y Paworski no tendría un equipo portatil antes del día siguiente. De regreso a su despacho, Odette encontró la puerta cerrada y ella la había dejado abierta. Dentro, El mayor Corrente medía la oficina con pasos inquietos.
— ¿No sabe anunciarse, mayor?— preguntó sin saludarlo.
— ¿Dónde está Dubois?— restalló el tipo, grosero.
— No debajo de mi escritorio, eso es seguro.
— Lo vieron por última vez con Alessandra. ¿Cuánto hace que no se reporta?
El tono perentorio del tipo la irritó.
— Alessandra solía ser vista con unas cuantas personas. ¿Quiénes vieron a Dubois por última vez?
— Mis informantes— respondió él con brusquedad—.Compró un pasaje en Malpensa como Marcel Dubois e hizo el check-in pero de acuerdo con mis contactos, nunca subió al avión. Alquiló un auto y lo cambió al llegar a Turín. Entró a Francia por Montmélian y volvió a cambiar de vehículo cuando llegó a Lyon. Allí lo perdieron. Tengo que encontrarlo— deletreó el hombre.
— Sigo sin ver la razón de su premura por localizarlo.
— Asesinaron a Alessandra— siseó Corrente a la distancia del aliento—. La molieron a golpes y la remataron con un disparo de .45 en la cabeza.
El corazón le subió hasta detrás de la lengua y tardó dos latidos en volver a su lugar. Se rehizo para seguir hablando en tono neutral.
— ¿Tiene una orden de arresto?— lo enfrentó.
— Por supuesto que no.
—¿Entonces, qué hace aquí en lugar de investigar en Milán? ¿O está usando a Dubois de coartada? ¿Y si fue usted quien mató a Alessandra? Las circunstancias apuntan más a usted que a Dubois, mayor: usted dormía con ella antes de que Dubois apareciese en escena. Usted se ocupó solícitamente de traerme la prueba de sus propios cuernos, todavía no sé con qué motivos
Corrente apretó los dientes sin responder y ella continuó.
— Es evidente que conoce los movimientos de Dubois mejor que yo. ¿Para qué lo busca?
— Ya se lo dije...
— ¡Vamos, Corrente! La excusa de Valentina se le terminó hace rato.
El mayor soltó un suspiro largo antes de hablar.
— Los Carabinieri estamos detrás de Ruggieri desde hace bastante. Me serví de Alessandra para acercarme a BCB; lo de Valentina fue, digamos, un intercambio de favores con Alessandra. Cuando Dubois resultó ser Marco Delbosco, me inquieté: no sabía si estaba operando undercover o era otro policía corrupto.  Reconozco que me excedí un poco tratando de saber qué era lo que realmente hacía, y descuidé otros frentes— Corrente meneó la cabeza con pesadumbre—. Eran dos pájaros en un mismo tiro, ¿entiende?, una tentación demasiado grande como para no ceder. Ahora las cosas se complicaron y... bueno, él se convirtió en uno de los eslabones de la cadena de investigación. Lo siento si me porté como un rústico. Estoy algo alterado— tragó saliva y la nuez de Adán le subió y bajó ostensiblemente—. La muerte de Alessandra me... afectó— se pasó la mano por la cara.
—Comprendo— respondió ella con una amabilidad que no sentía—. No sé nada de Dubois desde hace unos días— no pensaba decirle cuántos—, pero le prometo mantenerlo informado. ¿Se quedará en París?
— No sé todavía. Puede localizarme en mi celular.
— Lo llamaré.
— Se lo agradezco, comisario— Corrente le estrechó la mano y se fue y ella se quedó mirando la puerta.
No le había despegado los ojos al hombre mientras hablaba: las pupilas de Corrente ni siquiera se habían dilatado; su mirada no reflejaba emoción alguna.
Está mintiendo...¿respecto de quién? ¿Alessandra no le importaba tanto como quiere aparentar? ¿Quién carajo es Corrente? La información que maneja y su red de soplones son mucho más amplias que las de los Carabinieri. ¿Cuál es tu juego, Corrente? O mejor, ¿cuál es tu equipo? Demasiadas coincidencias, demasiada información.
Dudó entre enviar un fax o un e-mail y se decidió por la mayor discreción del primero. A ver qué nos responden ahora. Marcó el número de Calogero Colosimo en Roma y despachó nuevamente la hoja de pedido de información.
La respuesta oficial fue bastante más rápida que la de Calogero, pero ésta última era mucho más confiable porque la información era mucho más confidencial. Te cubren bien las espaldas, mayor. No quería imaginar las posibles razones de porqué buscaba tan desesperadamente a Marcel Dubois, pero la punzada en el estómago le decía que las conocía a la perfección. Se tiró el impermeable encima y se lanzó a la calle a caminar.
Corrente se había acercado a Valentina haciéndose pasar por investigador privado, cobertura que usaba como oficial de los Carabinieri con una particular independencia de movimientos. ¿Por qué en lugar de ocuparse de Ruggieri y sus socios, que debían ser los objetos obvios de indagaciones de la Polizia Finanziaria y los Carabinieri, Corrente estaba emperrado detrás de Dubois? Podría decirse que es su único objetivo: rastrearlo en donde se encuentre. ¿Para qué lo busca? ¿O es “para quién”? ¿Por qué estás tan cerca de nosotros todo el tiempo?
“Células pequeñas, perfectamente organizadas, que no conocen a otras células que operan dentro del mismo caso; sólo se informa a un oficial de rango, al que en ciertos casos no se conoce; especialistas que trabajan solos, supervisados por un único superior y que reciben órdenes exclusivamente de éste. Instrucciones precisas, específicamente codificadas para cada célula, con claves que cambian semanal o diariamente, según las necesidades...”
Los “especiales” de Michelon trabajaban de esa forma... Igual que los terroristas, las organizaciones clandestinas y parapoliciales. La Orden del Temple tenía ese modus operandi y por esa razón ellos habían logrado penetrar en sus filas. Y nuestro mayor Corrente sigue el patrón al pie de la letra. La certeza le quitó el aliento. ¿Corrente? ¿Y por qué no?
Los recuerdos se le hicieron carne y la nausea la hizo sostenerse del parapeto del puente. “Mátela, Maurizio. Es una orden” y Marcel había estado a punto de cumplirla. El condicionamiento había funcionado aunque ella siempre se hubiera negado a admitirlo. Estuviste frente al cañón de esa pistola, suplicándole que no te matara. Y ellos lo saben. Saben que aún es hombre de la Orden. El horror le secó la boca y le llenó los ojos de lágrimas.
Son “ellos” los que lo buscan. Maurizio De Biassi era uno de los “elegidos” y sólo quienes estuvieran al tanto del resultado del operativo de la Orden, sabrían que Maurizio De Biassi es Marcel Dubois y podrían intentar rastrearlo. Dios, tengo que encontrarte antes que ellos. No puedo permitir que te hagan daño nuevamente.

JUEVES, EN ALGÚN LUGAR DE PARÍS
Los escalofríos de agotamiento le hacían doler la piel. Los músculos le temblaban en espasmos involuntarios y por momentos el corazón se le aceleraba furioso. Sentía las piernas hinchadas al triple del volumen normal y pesadas como el plomo; la sed le estaba arrasando la boca y le incendiaba el estómago.
Lo que estuvieran inyectándole o suministrándole con la escasa agua que le daban a beber, lo condenaba a una vigilia atroz. Había perdido por completo la noción del tiempo y ya no era capaz de razonar; sólo ansiaba cerrar los ojos y hundirse en un olvido negro y sin imágenes.
El techo se iluminó con luz cegadora: otra vez las malditas proyecciones. Apretó los párpados y los dientes negándose a ver, pero no podía dejar de oir. Los gemidos atravesaron su cerebro como una lanza de fuego. Voces que le forzaban sensaciones que en una situación normal le hubieran resultado repelentes y que ahora se le hacían carne y le conmovían las entrañas.
— Mire, Dubois— ordenó la voz cascada.

No pudo resistirse y abrió los ojos. Las sensaciones odiosas le serpearon como una corriente eléctrica por el cuerpo. No quiero verlo, no quiero... Los gemidos degeneraron en gritos desgarradores y las imágenes se volvieron caóticas. Manos enguantadas, pedazos de cuerpos desnudos, ojos, bocas, piernas retorcidas, la varilla metálica adentro-afuera-adentro-afuera imitando obscena el coito, los espasmos, los gritos, un cuerpo extrañamente laxo, una vagina inerte penetrada con furia, más gritos, más carne desnuda y lacerada, más sexos erectos y violentos.
“Parece que va a dar trabajo. ¿Le gustará a su representado?”, preguntaron. “No lo dudo, es de su tipo”, respondía su propia voz.
Con terror sintió el cuerpo entero pulsarle en la entrepierna. La erección era independiente de su voluntad estragada por las drogas; crecía y latía rítmicamente. Tensó las piernas para evitar que continuase. “Entremos”. El cuerpo desnudo sujeto a la grilla metálica se retorcía espasmódico. No es verdad. No soy como ellos. Yo nunca...nunca...
— ¿Lo ve, Dubois? ¡Usted también está excitado! ¿Lo está disfrutando? Vamos, déjese llevar. Mírela a los ojos.
Quería gritar que no, que sentía horror, repudio, que no quería mirarla ni matarla, pero no tenía voz ni aliento. Las escenas se sucedieron con violencia creciente y le pareció que su propio corazón bombeaba al ritmo enloquecido de lo que veía. La tensión le hacía doler los testículos. “Matela, Maurizio. Es una orden” y los disparos retumbaron en los parlantes. Abrió la boca jadeando por aire y al inspirar, un envión le subió desde el bajovientre hasta la base de la cabeza, obligándolo a retorcerse. La eyaculación se le disparó sin que pudiera dominarla, y la humedad viscosa y caliente de sus propios fluidos le mojó el vientre. Era una liberación y una tortura.
El cuerpo entero se le sacudió en estertores agónicos que se disolvieron en un hormigueo desagradable, dejándolo sucio y transpirado, y sintiéndose inmensamente miserable. Sollozó sin voz y sin lágrimas, con la boca abierta y el rostro contraído.
— ¿Lo ve?— la voz atronaba el aire— ¿Para qué negarse a lo evidente? ¿No gozó con esto? ¡Usted es como nosotros! ¡Uno de nosotros! ¡CONFIÉSELO, DUBOIS! ¡ES UNO DE NOSOTROS!

QUAI DES ORFÉVRES, JUEVES POR LA TARDE
Después de de bucear en las redes de destinos aéreos y carreteras de interconexión, Odette pudo armar un cuadro más o menos lógico de situación. Algunos hechos comenzaban a encajar, como por ejemplo por qué habían confundido a Dubois padre con Dubois hijo. No era sólo el parecido físico: los que lo habían hecho, estaban siguiendo muy de cerca a Marcel, casi tanto como el mismo Corrente, aunque con motivos diferentes. Ahora tenía una idea bien precisa de la ruta que podría haber tomado Marcel, que sin duda estaba regresando a París. Bajó los escalones hasta el Laboratorio de dos en dos.
— ¿Paworski?
— Salió— gruñó uno de los auxiliares sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.
Carajo, ¿que hago, espero? Dio media vuelta y emprendía el camino hacia la salida cuando la tapa de un diario le llamó la atención.
—¿De quién es el "Corriere della Sera"?— preguntó sacudiendo el diario de dos días atrás.
El mismo auxiliar se encogió de hombros con otro gruñido, ni sí ni no. A la mierda, me lo llevo.
Subió las escaleras buscando la página de "Cronache" (1) , y releyó la noticia para asegurarse de que no había equivocado los nombres. La descripción meticulosa del cronista de policiales le dio piel de gallina. ¿Hace falta ser tan gráficos? Su contacto en Carabinieri estaba de humor comunicativo, porque le tomó sus buenos diez minutos llevar al hombre al tema que le interesaba. El oficial le prometió las fotos “para dentro de quince minutos”.
Corriere della Sera
Quince minutos italianos pueden ser dos horas, o mañana, o quién sabe cuando, pensó desesperanzada, pero el chirrido de la pc y el iconito del correo oficial le dijeron que esta vez se había equivocado: ahí estaba la información, vivita y coleando.
Santo Dios, qué le hicieron a esta pobre tipa. Nadie merece algo así. Con un clic reenvió las fotos al Laboratorio y a Bedacarratx. Esperó cinco minutos con los dedos repiqueteando inquietos sobre el teléfono, y citó al forense en el Quai.
****
— ¿Qué le pasa, Marceau, ahora se dedica al snuff (2) ? — Paworski puso cara de asco.
— Por favor, Kolya, esto va en serio. Superpóngala con las otras tomas.
— ¿Qué, hay más?— ladró Paworski mientras abría los otros archivos— ¡Mi Dios! ¿Por qué no va a lo del forense con esta porquería?
— Bedacarratx está por llegar. Pase las tomas a negativo.
Quai des Orfèvres- Local de secado de pruebas y fotografías
Estrecharon filas con el forense, delante del monitor, para que los ayudantes no se regodearan con el espectáculo en pantalla. Bedacarratx pidió acercamientos y Paworski comenzó a interesarse.
— ¿Podríamos imprimirlas?— pidió el forense.
— ¿Con o sin copyright?— chanceó Paworski.
— Basta, Kolya, por favor— Odette suspiró y el ingeniero asintió, algo más rojo que lo normal.
Se encerraron en el cubículo del ingeniero y Bedacarratx tuvo la deferencia de no fumar.
— Yo diría que es el mismo tipo— dijo el forense—. Vea: el tipo y tamaño de marcas y sobre todo, el sentido. Golpea siempre de la misma forma. ¿Ve estas marcas alargadas?
El forense se explayó en una clase sumamente didáctica sobre ejercicio de la violencia física. Cuando terminó, Paworski tenía náuseas y ella estaba completamente segura de la identidad del asesino.
****
Bedacarratx se despidió prometiendo un informe completo sobre las fotografías. Odette regresó a su oficina y se servía un café cuando Sully asomó sin golpear, blanca como el papel, y le entregó copia de una circular. La cabo salió sin haber soltado la respiración.
El texto le secó la boca: la comisario Michelon había sido relevada de su cargo y todas las acciones no estrictamente inmediatas quedaban suspendidas hasta tanto asumiera el nuevo Director de la Brigada Criminal. Se convocaba al personal para el acto de asunción del día... Alguien más entró: Michelon, el rostro de color ceniciento. A la comisario le costaba dominar la voz cuando habló.
— Veo que ya recibió la notificación— Michelon traía un sobre en la mano y se lo tendió—. Si hubieramos tenido esto antes, quizás hoy la situación sería diferente.
Odette revisó el contenido, palideciendo a medida que lo hacía.
— Madame... esto define la investigación...
— Es mi deber informarle además, que oficialmente no existe investigación alguna acerca del ciudadano Ayrault, diputado nacional y candidato para la presidencia.
Hubo una pausa durante la que ambas respiraron casi a la fuerza. Madame continuó en un susurro.
—Tiene hasta el lunes. Haga lo que pueda, como pueda.

(1) Policiales
(2) Género porno que incluye tortura y asesinato

domingo, 14 de agosto de 2011

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 23

Génova: ciudad y puerto
HOTEL DE GÉNOVA, ÚLTIMA SEMANA DE SEPTIEMBRE
— Jumbo, necesito un cadáver.
— ¿Qué te pasa, te volviste loco? —aulló Meyer del otro lado de la línea codificada. Por el tono de voz, parecía punto de salir por el auricular.
— Alguien de mi contextura y mi edad. Si se me parece, mejor— continuó Marcel sin hacerle caso.
— ¿Qué carajo estás maquinando?
— Delbosco tiene que hacer un “trabajo”.
Jumbo insultó, gruñó y ladró durante toda la conversación y se demoró sus buenos tres días en devolverle el llamado.
—¿Qué mierda hago con el paquete? — preguntó sin siquiera el “hola, habla Meyer” de cortesía.
— Viejo, me salvaste la vida.
Le explicó a Jumbo qué debía hacer con el cuerpo.
— Jawohl, Herr Doktor . Igorr vife parra complacerrle...— masculló Jumbo, medio riéndose.
— ¿Quién carajo es Igor?
— El sirviente del Joven Frankenstein que le conseguía los cadáveres. Bomboncito, hará falta un auto. ¿También tengo que robarlo?
— Jumbo, tu papel en esta película es el de productor. El cómo consigas el auto es tu problema.
— ¿Algo más, bwana? ¿Necesitará también mi culo o puedo disponer de él?
— No te quejes, Jumbo. Yo soy el que está en la línea de fuego.
— Sí, seguro. Esa Alessandra se ocupa de atizarte bien el fuego, ¿eh?
Un pinchazo de remordimiento le retorció el estómago pero no acusó recibo del dardo de Meyer.
— ¿Cuando sale en los diarios?
— Dame un par de días más.
— De acuerdo.
****
A punto de tirarse en la cama, control remoto en una mano y lata de cerveza en la otra, su mirada distraída tropezó con el sobre marrón que asomaba entre las camisas. Frunció el ceño pero la duda duró menos que un parpadeo: eran el diario y las fotografías ocultas de Marcello Contardi. Marcel dejó en paz el control remoto para tomar el sobre y al hacerlo, los fragmentos de la fotografía sepia se dispersaron sobre la cama. Masculló una grosería mientras juntaba los pedacitos pero, a punto de tirarlos a la basura, recordó que quería jugar a los rompecabezas. Durante un buen rato se distrajo reconstruyendo la imagen que Marcello Contardi parecía haber aborrecido tanto como para romperla, pero no lo suficiente como para deshacerse de ella.

La imagen tomó forma pero los bordes rotos conformaban un mapa difícil de leer. Excitado como un mocoso, sacó la notebook y conectó el scanner, todo en medio de la cama. Ensimismado en pelear con el programa, no se dio cuenta del paso del tiempo hasta que entre dos bostezos miró el reloj. ¡Mierda, las dos y media de la mañana!
El esfuerzo y la vigilia valieron la pena porque la pantalla mostraba una mujer de cabellos oscuros que abrazaba a un niñito rubio de boquita enfurruñada, ambos de pie. La sonrisa de ella le nacía en los ojos y le iluminaba el rostro enmarcado por mechones que se escapaban del peinado recogido y alcanzaban el escote generoso. Calculó que podría haber cercado el talle de la mujer con sus manos. Por la moda, la foto parecía tomada en los años ’20. Ella es muy joven. ¿Y el crío? Unos cinco años. Puso el zoom en la cara del niño. Si me hubieran vestido de marinero y me hubiera visto así de ridículo, tendría la misma cara de culo. Deslizó el mouse hasta el rostro femenino, centró el cursor y lo amplió. Está mirando a alguien, mostrándole al pendejo malcriado. Orgullosa como sólo una madre puede estarlo. El pensamiento lo hizo sonreir con ternura distraída mientras jugaba con el mouse. Clic, y la foto volvió a su tamaño original.

Clic, fuera el sepia. Clic, más contraste, clic, más brillo. Ella se veía radiante. Qué hermosa es. Volvió su atención al mocoso y entendió: no estaba enojado sino asustado. Bobito, nadie va a quitarte a tu mamá.
Guardó la imagen y desconectó el cablerío, dispuesto a dormir, pero tardó un buen rato tejiendo hipótesis acerca de la identidad de los personajes y las razones del viejo Contardi para conservar la foto rota, hasta que los bostezos lo hicieron lagrimear. Mejor me duermo de una vez.

MILÁN, OFICINAS DE BCB. PRIMERA SEMANA DE OCTUBRE

Corriere della Sera
Alessandra hojeaba aburrida el ejemplar del Corriere della Sera sobre la pila de periódicos que llegaban todos los días para la signora Contardi Bozzi, cuando el suelto policial le llamó la atención. El corazón se le aceleró mientras leía. El accidente había sido fatal: el automóvil se había desbarrancado por un problema en los frenos y su ocupante había muerto instantáneamente. La policía francesa lo había identificado como Marcel Dubois, treinta y cuatro años, de profesión comerciante. De los documentos que se habían encontrado en un maletín, surgía que el hombre tenía familiares y negocios en Milán.
El murmullo del personal de la entrada le dijo que Valentina acababa de llegar. Dobló el diario en esa página y lo dejó apoyado en el extremo de su escritorio. Valentina leía ritualmente todos los diarios apenas llegaba, en tanto ella le alcanzaba un caffelatte liviano.
Llevó la pila al escritorio de donna Valentina y salió a servir el caffelatte. Cuando volvió, la anciana estaba pálida como una muerta, con la mano sobre el diario. Se contuvo para no relamerse de gusto.
— ¿Le sucede algo, donna Valentina? ¿Se siente mal?
— No, cara — Valentina parecía haberse quedado sin aliento—. Supongo que... que estoy a punto de engriparme porque... no me siento muy bien. No me sentí bien desde anoche...
— ¿Por qué no se va a casa? ¿Donna Valentina...— le tocó el brazo —, quiere que pida el auto y la acompañe a su casa?
La anciana tenía la mirada perdida
— No, puedo... puedo irme sola. Pídeme el auto, por favor — y se levantó del sillón haciendo un esfuerzo inaudito.
Valentina no acababa de salir que Alessandra tecleó el número de Delbosco, tan nerviosa que se equivocó la primera vez.
— Sabía que llamarías. ¿Ya leíste el Corriere de hoy? — respondió Delbosco del otro lado.
— Yo... no esperaba que fuera... tan pronto —se rió nerviosa. ¡Cristo Santo, hice asesinar a un tipo!
— Me gusta cumplir mis compromisos en tiempo y forma, y espero reciprocidad.
— ¿Do-dónde estás? — preguntó, esquivando la respuesta de él.
— En Génova.
— ¿Cuándo vendrás a Milán?
— Pronto. Me gustaría tener el resto de la información reunida para entonces.
La comunicación terminó sin que ella pudiera volver a intervenir.

****
Los dos hombres morenos vestidos con trajes sobrios pero carísimos, y de acusados rasgos del Sur, esperaban de pie en el salón principal, bajo la mirada vigilante de Guglielmo. Valentina sintió que el corazón le tamborileaba en el pecho como a una colegiala mientras le hacía una seña al mayordomo para que se retirase. Me siento Miss Marple. ¿Me veré tan vieja como ella?
— Donna Valentina — ambos hombres inclinaron la cabeza en un besamanos.
Miró a los dos sin decidirse a cuál de ellos debía llamar "Signor Varza". El hombre más joven — y el más atractivo, pensó con una chispita de picardía —, comprendió su inquietud y con otra levísima inclinación se presentó.
— Él es Calogero Colosimo — señaló a su compañero y éste se adelantó medio paso —. Es de mi absoluta confianza. Él la acompañará.
Y me protegerá de todo mal, pensó Valentina mientras lo estudiaba. Los ojos negros de Colosimo no rehuían ninguna mirada pero no la enfrentaron sino que la tranquilizaron. Supo que podía confiar su vida a ese hombre y que no se equivocaría al hacerlo.
Guglielmo entró con café para los tres y grappa para los caballeros. Mario Varza estaba muy al tanto de la situación por la que ella y BCB atravesaban en esos momentos. Parecía estar al tanto de muchas cosas más pero evidentemente prefería callar, haciendo gala de muy buena educación.
— ¿Debemos salir hoy mismo? — ella preguntó con algo de desánimo.
— Es mejor así y además es completamente creíble — Varza insistió —. Los documentos que se encontraron en el maletín la mencionaban a usted. Había cartas suyas — Valentina se sobresaltó y abrió mucho los ojos. Los hombres sonrieron—. No se preocupe: nadie le pedirá una pericia caligráfica, donna Valentina. Calogero tiene los pasajes aquí. Si le parece bien...
Prefirió no darse tiempo para pensar. Llamó a Bellarmina, la mujer de Guglielmo, y le pidió que le preparara una valija pequeña con ropa para dos o tres días; más hubiera sido sospechoso. Si alguien preguntaba, Guglielmo y Bellarmina podrían responder sin mentir. Además, Colosimo disponía de fondos para proveerle todo lo que necesitara. En menos de dos horas estaba en Malpensa, tomada del brazo recio y protector de Calogero Colosimo, que la cuidaría como a su propia madre.

****
Mario Varza marcó el número mientras esperaba el cambio de luces del semáforo.
— Está fuera de peligro — dijo al teléfono, sin mencionar ningún nombre.
— Te debo una grande — le respondieron con alivio del otro lado.
— No necesito decirte que tengas los ojos bien abiertos: éstos son carroña. Y ella peor que el hermano.
— Estoy aprendiendo a conocerla. Una sola cosa más...
— No te preocupes: ni una palabra hasta que nos lo digas.
Por el auricular se escuchó el suspiro de alivio.
Arrivederci.
Arrivederci.

****
No había terminado la comunicación con Mario que el celular vibró contra su pecho. Marcel respondió a medias distraído y casi dijo "Sí, Mario". Menos mal que no llegó a abrir la boca porque era Ruggieri.
— ¡Delbosco! ¿Este chiste es responsabilidad suya ? — ladró el tipo.
— ¿De qué habla ? – ya sé de qué estás hablando, pero me gusta romperte las pelotas. Abrio la puerta del auto y se sentó al volante.
— ¡No se haga el inocente! ¿Se cree que no leo los diarios? ¿Cómo carajo se le ocurrió semejante idiotez?
— No hago idioteces con mi trabajo — retrucó con desdén.
— ¡No me diga! – el volumen de los aullidos hizo zumbar los circuitos del celular— ¿Y qué mierda vamos a hacer ahora que se va de viaje? ¿Cómo piensa llevar adelante el compromiso? Porque usted tenía uno conmigo, ¿lo recuerda ?
Marcel se permitió un suspiro ostentoso y aburrido.
— Siempre garantizo el ciento por ciento de satisfacción y seguridad a mis clientes, ya se lo dije. Con esta modalidad operativa aseguré el cambio de predisposición vendedora. Si hubiera elegido una forma más directa, en poco tiempo más se habría recibido el reclamo de los herederos, ¿comprende ? – hizo una pausa de efecto.
Del otro lado ladraron una serie bastante gráfica de insultos.
— No proteste, sabe que tengo razón.
— ¡Lo que no tengo es tiempo ! ¡Carajo, si hubiera hecho... !
— Ahora es usted el idiota – restalló con dureza—. Si hubiera hecho la operación de la otra forma, ni siquiera habría entrado en los tiempos legales para posibles reclamos de herederos. Más todo lo que llevaría reunirse después, ofertar, esperar la aceptación y en caso de negativa, tener que optar por un segundo operativo. Insisto: así le aseguré lo que usted necesitaba, en el menor tiempo posible y de una forma impecablemente limpia.
Pausa prolongada, suspiro pesado y un " Va bene" entre dientes.
— Todo resultará como le dije y en menos tiempo de lo que cree.
El celular cliqueteó sin siquiera un "arrivederci". Al carajo con este boludo. Ya me tiene harto. Tecleó el número de Jumbo para pasarle el reporte del día. Por lo menos, algo bueno saldrá de toda esta mierda. No van a hacerle daño a mi familia.

domingo, 22 de mayo de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 19

MILÁN, MARTES POR LA TARDE


— Delbosco, me gustaría encontrarme con usted para coordinar algunos detalles de una de las operaciones.
— Estoy a punto de salir para Malpensa, Ruggieri. Me esperan en Marsella esta noche.
— Podemos reunirnos en alguno de los bares del aeropuerto.
— ¿No podemos arreglarlo por teléfono?— preguntó Marcel sosteniendo el celular entre el hombro y la oreja, mientras metía la ropa de cualquier modo en el bolso.
— Me gustaría hablarlo personalmente.
Ruggieri estaba tan críptico que aceptó el encuentro. No había terminado de poner el pie en el aeropuerto que el celular vibró y la voz herrumbrada de Ruggieri le indicó el sector en donde lo esperaba.
— ¿Algún problema?— preguntó mientras se sentaba.
— No, no — Ruggieri sonrió mostrando los dientes—. Ninguno respecto de la operación principal. Pero quería coordinar con Ud. la otra pequeña operación que tenemos pendiente.
Ante su expresión interrogativa, el otro aclaró:
— La venta del paquete accionario.
Rata. Viniste a encargarme el asesinato de Valentina. Sucio hijo de puta. Sonrió medio de costado y sacó el paquete de Gauloises para tener la excusa de taparse la cara, y que la escoria no le viera la expresión de violencia.
— Lo escucho— farfulló con el cigarrillo entre los dientes.
— Creo que deberemos acelerar algunos tiempos.
Dejó pasar unas pitadas antes de responder, mientras se tomaba el tiempo de observar al tipo a fondo. Ruggieri estaba algo pálido, apenas transpirado, ligeramente desaliñado. No era lo habitual en un tipo que hacía tanto alarde de sangre fría y savoir-faire como él. Le están apretando las pelotas.
— De acuerdo, pero necesitaré preparar un briefing.
— Ningún problema. Puedo reunir la información para cuando guste.
— Prefiero hacerlo yo mismo— Ruggieri empezó a protestar y él lo acalló con un gesto de la mano—. No desconfío de usted. Se trata nada más que de una rutina de trabajo. Soy detallista en extremo, bueno, eso usted ya lo sabe — sonrió sin soltar el Gauloise de entre los dientes—, y me gusta ofrecer satisfacción al ciento por ciento a todos mis clientes.
— ¿Cuánto demorará eso?
Epa, sí que estamos con la soga al cuello. Hagamos sudar un poco al hijo de puta.
— No suelo demorar más de lo necesario. Las desprolijidades me irritan. Y una desprolijidad en este caso podría costar mucho, sobre todo para usted.
— De acuerdo, hagámoslo a su modo— Ruggieri apretó los labios a medias disgustado—. Yo preferiría que fuera lo más expeditivo posible en su metodología.
— Ninguno de mis clientes se arrepiente de mis métodos operativos. Quiero garantizarle completa seguridad.
Ruggieri asintió sin hablar y se bebió el café frío y en ese momento, llamaron para el vuelo a Marsella. La excusa perfecta para alguien con pasaje a París en el último vuelo del día, tres horas más tarde.
— Tengo que irme. A mi regreso me ocuparé de todos los detalles.
El otro se despidió sin tenderle la mano.
— Recuerde que ambos tenemos urgencia en este asunto.
— Por supuesto— tuvo que forzar los músculos de la mandíbula para sonreir—. Estoy al tanto de eso.
Carajo, tendré que sacar a mi abuela de este nido de víboras antes de que a Ruggieri se le ocurra una metodología más expeditiva para llevar a cabo la operación.

ESTACIÓN DE TREN DE ORLEANS. PRIMERA SEMANA DE JULIO

Estación Central de la SNFC de Orléans
La visita había rendido sus magros frutos pero frutos al fin. Odette se sentó en un bar de la estación de tren, a revisar las fotocopias que había recopilado y a beber un café tan malo como el que le habían servido en la prefectura local esa mañana. Miró la hora y le hizo señas al camarero para pedir la cuenta.
Estaba metiendo el reporte de la autopsia en el bolso cuando la musiquita del noticiero irrumpió en el aire viciado del lugar, al mismo tiempo que un celular, ¿cuál de los dos?, sonaba en las tripas insondables del agujero negro que tenía por bolso. Mientras rebuscaba sin mirar, la pantalla atrajo inexorable las miradas de los presentes, comisario parisina incluida.
Ah, la tele. La noticia en el momento en que se produce, la fama instantánea, héroes por un minuto, atrocidades con que alimentar el morbo del público, cuanto más horrorosas, mejor: más televidentes, más gente alrededor del cadáver, más periodistas afanándose por la exclusiva, forenses que se vuelven estrellas, policías que tocan el cielo con las manos cuando les enfocan el uniforme. Mejor que te calles la boca, nena, porque ¿qué mierda estás haciendo paradita frente al televisor de un bar de medio pelo mirando el noticiero: buscando la paja en el ojo ajeno? La imagen era revulsiva pero no podía despegar los ojos. Qué hijos de puta, no deberían mostrar esas cosas. Hay chicos mirando. Besançon lanzada al brillo de bengala de la popularidad televisiva gracias a un cadáver. Un parroquiano la empujó sin miramientos para ver mejor la pantalla y al volverse hacia la tele, la cámara estaba haciendo un primer plano de las marcas de los golpes.


HOTEL DE MILÁN, MISMO DÍA, POR LA TARDE
El teléfono llevaba sonando unos dos minutos y estaba a punto de cortar, exasperado, cuando alguien se dignó a levantar el tubo del otro lado.
— ¿Quién? — ladró Marcel al escuchar una voz masculina.
— Cabo Bardou al habla — respondieron del otro lado.
— Bardou, soy Dubois. ¿La comisario Marceau?
— ¿Eh? Ah, no vino. Viajó y no vuelve hasta el jueves o viernes, capitán.
Se quedó rígido, teléfono en mano. No sabía nada, no me dijo nada.
— ¿Tiene idea del motivo del viaje?— casi podía imaginarse al cretino imbécil frotándose las manos.
— Eh, capitán, usted ya la conoce a la comisario. Va y viene sin decir “a” o “b”. No sé.
— Páseme con Meyer.
— Tampoco está. Ultimamente aquí no hay nadie, todos tienen mucho que hacer fuera. Espero que no pase nada porque no hay oficiales, capitán — Bardou se preocupó ostentosamente.
Lo cortó en seco. Con dedos endurecidos de rabia, tecleó el número de celular: estaba apagado y la casilla de correo estaba saturada de mensajes. Vaciló antes de teclear el número nuevo. ¿Si me responde, que digo? Se supone que no sé que tiene otra línea. Pero si responde, es que espera llamados de alguien más. Del tipo. Apretó cada tecla con un nudo en la garganta. La voz inconfundible le enterró un puñal en las entrañas. Furioso, cortó sin responder. Furioso abrió la notebook, se conectó con el sistema de rastreo de llamadas e ingresó nuevamente el número. Cuando ella respondió, dejó la línea abierta con cualquier excusa hasta que detectó la localización: Orleans. Suficientemente cerca y suficientemente lejos de París como para dedicarse a actividades privadas sin interrupciones. Y no puedo volver hasta la semana próxima. Mil veces carajo. Con los nervios erizados, se trazó un “plan de acción” ¿La comisario Marceau estaría fuera hasta el viernes? Pues bien, el capitán Dubois rastrearía los destinos de la comisario día por día. Se prometió que verificaría las versiones que ella le diera de su itinerario y sus actividades. Se prometió también que mantendrían una conversación seria y racional acerca de las mutuas obligaciones de una pareja estable. Desconectó la notebook prometiéndose que la mataría si lo estaba engañando.


MILÁN, MISMO DÍA, POR LA NOCHE.
El MS se le estaba amargando en la boca más de lo debido. Corrente repasó una y otra vez las fotografías. ¡Carajo, es el mismo tipo, el nieto de Valentina Contardi-Bozzi! ¿Qué mierda hace con Ruggieri?
Tomó el teléfono y llamó para pedir la información, esta vez en forma oficial. Más de una hora después le llegó la respuesta escueta: “el capitán Marcel Dubois está siguiendo un curso en C*”. Más llamadas y verificaciones. Mierda: ¿usa el curso como pantalla? Haría la llamada. No puedo permitirme errores con este tipo.
— Usted conoce perfectamente las reglas, Corrente — respondió la voz irritada del otro lado y Corrente se maldijo por enésima vez desde que marcara el número.
— Por supuesto, señor. Usted sabe que siempre las he cumplido y...
— Entonces, no veo el motivo para romperlas en esta ocasión — lo cortaron con frialdad.
Inspiró, tomó coraje y continuó hablando.
— Señor, quiero asegurarme de estar haciendo lo correcto.
— Si hace lo que le pido, hace lo correcto.
— Es que la situación es inesperada, señor.
— ¿Por qué, Corrente? —el viejo nunca utilizaba los rangos y raramente los nombres de pila: mantenía la distancia a través de los apellidos y nadie se atrevía a cruzarla jamás.
— Señor — vaciló un segundo y siguió adelante —, nuestro hombre es policía...
— ¿Y bien?— el viejo interrumpió impaciente.
— ... Y está negociando...nuestra mercadería... — Santo Dio, que no hayan pinchado esta línea todavía —, con un alias. Aparentemente para un comprador alemán. También asegura tener contactos rusos interesados.
— No entiendo su preocupación, la Policía también hace negocios sucios.
—Señor, el intermediario es Ruggieri.
— No me preocupa.
— Tampoco me preocupa a mí que se trate de esa cucaracha de Ruggieri: me preocupa el proveedor de Ruggieri.
Hubo un silencio del otro lado, prolongado como para que Corrente creyera que se había cortado la comunicación.
— Comprendo...— respondieron a media voz, del otro lado—. Bien: seguimos adelante sin cambios.
— Señor: pueden darse dos opciones: que el hombre sea realmente negociador, con lo cual no habría mayores inconvenientes. Quizás hasta resulte más cómodo operar con él en lugar de Ruggieri... — del otro lado una tosecita seca lo interrumpió —, pero, ¿y si está actuando undercover? ¡Estaría poniendo en riesgo toda la operación europea!
— Corrente, no puedo darle todas las explicaciones que me pide, por múltiples razones. Digamos que... estoy buscando la mano derecha del diablo y esta sorpresiva actividad de nuestro hombre me ofrece la oportunidad de encontrarla.
El tono del viejo no admitía réplica. Estoy para cumplir órdenes, no para discutirlas, se recordó a sí mismo la filosofía de cada operación.
Después de cortar, Corrente se quedó atando cabos. Lo está probando. Debería asegurarme de los motivos, aunque el viejo es siempre críptico con sus encargos. Pero esta vez demuestra un interés fuera de lo habitual. Tomó la última serie de fotografías, bastante desagradables desde su punto de vista. Puttana, te estás tumbando al hombre más buscado de toda Europa. Utilizaría esas tomas en caso de estricta necesidad.

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El viejo cerró el teléfono celular y se lo metió en el bolsillo interno del sobretodo. Corrente estaba preocupado y con razón: era un magnífico elemento, un perro guardián de los intereses de la Orden. Pero en esta ocasión, él prefería correr los riesgos. Después de todo, mi hombre vale la pena, se dijo. Se trata de un Contardi y tiene que demostrar lo que vale.