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jueves, 3 de septiembre de 2009

La dama es policía - CAPÍTULO 32


PARÍS, X° ARRONDISSEMENT. SÁBADO POR LA MAÑANA
—Me parece muy arriesgado —aventuró el Tigre. “El jefe está tan caliente que va a hacer cagadas”, le había comentado el Cachorro en un momento en que el otro había salido.
—¿Leíste los diarios, Tigre? —murmuró el Brigadier entre dientes.
—Es un quilombo muy grande. No podemos hacer nada. Peguemos la vuelta y vayamos para África antes de que..
—¿Te cagaste? ¿Estoy rodeado de maricones?
—No, hermano, no. Pero me gusta la cabeza donde la tengo. Oíme...
—Los vamos a hacer mierda. La voy a destrozar a esa yegua, al hermano, a toda la familia.
—Pará, tenemos a la vieja. La usamos de rehén y los traemos a algún lado. Hacemos un trabajo limpio y rajamos. Pensalo.
—¡NO! ¡Quiero verlos arrastrarse!
El Yarará estaba de acuerdo, pero no era de extrañar. Cuando hay minas de por medio, aquel guacho siempre se prende.El Mula puso cara de nada, como siempre. Hijo de puta, lo único que le importa es la guita.
—No les va a alcanzar la vida para pagar— la voz se le entrecortaba por momentos, de pura rabia—. No queda nada, nadie. Hicieron saltar la banca en todas partes. ¿Quién carajo los respalda? ¿Cómo hicieron para cargarse al puto de Fiore, a Muammar, a todos los que estaban enganchados con nosotros? Están enchufando a media Humanidad. ¡Los imbéciles de acá no pudieron pararlos! ¿Y el viejo les perdona la vida? ¡Me humilló, me cargó el muerto, me está entregando atado de pies y manos! ¿Saben lo que me dijo el muy turro? Que si tu mano derecha se equivoca y peca, hay que cortarla...
Lo miraron en silencio y entonces aulló:
—¡Pelotudos! ¿Todavía no entienden? ¡Nos sentenció a todos!
Se quedó callado, evaluando las caras. Así los quiero. Mejor que empiecen a entender que sin mí no tienen salida. Que sepan que el viejo ya no me da más órdenes. No me va a sacar de en medio así como así. ¿Te pedí una oportunidad y me la negaste? Me la voy a conseguir yo solo cuando vuelva de arreglar este asuntito.
Volvió a tomar los faxes manoseados con un murmullo.
—Puta, te voy a destrozar. Cometiste un error, muñeca: descuidaste a tu propia gente por hacernos mierda. ¿Te creías intocable? ¿Tan segura estabas de que yo no te iba a encontrar primero?
Se agachó al lado de la mujer que estaba tirada en el piso, esposada y amordazada. Ella lo miró con terror.
—No entendés una mierda, ¿no? Pero sabés lo que te va a pasar... sí que sabés... y la culpa es de ella... — le mostró la foto y la mujer se ahogó con un sollozo—. Te dejó sola, vieja. Para cuando se dé cuenta de lo que pasó, va a ser tarde... —su voz era como una cuchilla—. Muy tarde.
Sintió que la excitación le trepaba por la ingle con un escalofrío. Se levantó y manoteó los papeles de arriba de la mesa.
—Así que el hermanito tiene familia— sonrió lobunamente.
—¡Estas loco! — al Cachorro no le gustaba cómo se estaban poniendo las cosas—. Ella se habrá descuidado, todo lo que vos quieras, pero no podemos meternos en la casa del tipo así como así. Es ponernos demasiado en evidencia. Pará... — el tono de voz era conciliador—.No hagamos cagadas. ¿Para qué meternos en la casa? Lo agarramos afuera. Somos cinco, no tiene oportunidad. Después, si querés, te la cargás a ella como más te guste, pero rápido, y nos vamos a Angola antes de que el viejo se avive y nos haga mierda.
El Cachorro tiene miedo. En cualquier momento nos traiciona. A éste hay que dejarlo acá también. Tienen que entender de una vez por todas que acá mando yo, carajo.
—Ustedes se van a meter en la casa y me lo van a traer a él. Sin dejar a nadie, ¿está clarito? Un laburito limpio.
el Yarará lo miró.
—Bueno, si hay tiempo, ya saben... —se miraron y asintieron. Como en las viejas épocas. —De ella me encargo yo. Mula — hizo una seña con la cabeza hacia el Cachorro, que estaba de espaldas. El Mula asintió sin hablar, mientras el Tigre y Yarará se quedaban atornillados en las sillas por la sorpresa. Les clavó los ojos a la espera de un gesto y el Tigre bajó apenas la cabeza, aceptando su decisión. Bien. El Cachorro volvió hasta la mesa con los planos, ignorante de su sentencia.
—Mula, vos te encargás del departamento de ella y de avisarme. Ustedes tres, a la casa de él. ¿Los autos?
—Ya los alquilamos. En tres lugares distintos, como vos querías.
—Entonces hoy mismo verifiquen los recorridos y los tiempos. Quiero tres Motorolas, una con la frecuencia de la cana — el Yarará dio un cabezazo seco de asentimiento. Así se cumplen las órdenes, sargento; sin discutir.
—¿Munición?
—OK.
Lo más que se le puede sacar al Mula. Mejor, quién quiere que te converse.
—¿Uniformes?
—No, eso fue imposible. No hay tiempo— el Cachorro se encogió de hombros.
Me voy a conseguir el mío de otra forma. Miró a la mujer. Ya sé cómo. Desplegó uno de los planos en silencio y buscó el lugar. Bien, nene, bien. Hoy tenés un día brillante. Ésta es la otra salida posible que tenés, y te la voy a cerrar, muñeca. No te me vas a escapar.
—¿Y vos? —preguntó el Tigre.
—Yo me encargo de esperar las contingencias. No podemos dejar ningún flanco descubierto.
—¿Y la vieja? ¿Para qué mierda la queremos, entonces?
—Nos va a servir de carnada. El plan que tengo en mente los va a hacer descuidarse más todavía, y me asegura que la contingencia sea la que yo quiero. Además, necesito ponerme en forma —se volvió hacia la mujer —.Y voy a empezar con ella.


Gran Arco de La Dèfense

PARÍS, LA DÉFENSE. SÁBADO POR LA MAÑANA
Se despertó angustiada. La misma angustia que la rondaba desde el día anterior, desde la reunión con Michelon. No. No es solamente por eso. El perfume de Marcel le hirió la memoria. Miró hacia la fotografía. ¿Te estoy traicionando? Por Dios, necesito saber. Necesito estar segura de que esto no es un reflejo de otro amor. Porque, en ese caso, los traicionaría a los dos. Pasé tanto tiempo sin querer sentir, que ahora tengo miedo de hacerlo y equivocarme.
Casi agradeció la interrupción del teléfono.
—Odette...
No. ¿Por qué tenías que llamar ahora?
—Odette...
—S-Sí. —La voz se le cortaba por momentos.
—Quiero verte.
—No.
—Por favor...
—Ahora no.
—Quiero saber por qué...
Porque tengo miedo, porque no quiero lastimarte, porque no quiero que ocupes el lugar de otro hombre sino el tuyo, único e irreemplazable, pero necesito estar segura. Pero no podía hablar.
—No puedo... Me siento mal.
—Entonces quiero acompañarte.
—Necesito estar sola.
—No me hagas esto...
—Necesito... tiempo —no pudo ocultar el sollozo —.No puedo verte ahora.
—¿De verdad estás sola?
—Siempre estoy sola.
—Entonces hablemos.
—No puedo —suplicó con un hilo de voz—. Ahora... no puedo. Dame tiempo. Te juro que... no habrá nada de mí que no sepas, pero... ahora no. Hoy, no.
—¿Cuándo?
No respondió. La garganta se le había cerrado en un nudo.
—¡Odette! ¡No me dejes hablando solo, como un loco! ¡Odette!
Ella hizo un esfuerzo por articular las palabras.
—Te amo —susurró, y del otro lado hubo un silencio terrible—, pero no sé si tengo el derecho.
Él trató de interrumpir, pero ella continuó sin darle tiempo.
—Decir lo que estoy diciendo me está costando el alma. Siento que estoy a punto de cometer la traición más grande de mi vida y no la puedo evitar. Tampoco puedo soportarlo. Dame tiempo para entender lo que me pasa.
Del otro lado Marcel también lloraba.
—Si hay otro hombre... Cristo, podemos hablar...
—Hoy no. Por favor.
Ambos hicieron un silencio muy largo.
—Yo... nunca se lo dije antes a nadie... no necesité decirlo. Nunca lo sentí de esta manera. Te amo, Odette. Si eso te sirve de algo en este momento, si significa algo, te amo.
Cerró los ojos y las lágrimas le lavaron el dolor.
—Entonces, dame el tiempo que te pido.
—Lo que quieras. Pero no me dejes fuera de tu vida.
—No podría...
—Te amo. No te olvides.
—Imposible...
—Hasta... ¿mañana? ¿Sí?
—Sí. Hasta mañana.
No pienso estar en casa mañana. No quiero que me hagas el amor y creer que puede resultar, y después comprender que era nada más que un sueño. Necesito estar segura de mi propio amor.
No quiero lastimarte.



PARIS, XVI° ARRONDISSEMENT, SÁBADO POR LA NOCHE
Auguste encendió la pantalla del estudio después de asegurarse de que el resto de la familia dormía. No quería interrupciones, ni tener que dar explicaciones por estar trabajando en casa.
No había esperado nada muy diferente de lo que había encontrado al investigar la titularidad de la propiedad. Más aún: se habría decepcionado si no hubiera resultado así. Con todo, el presentimiento agorero no lo dejó en paz.
Según los registros, el terreno pertenecía desde fines del siglo pasado a una sociedad anónima ganadera y de forestación, radicada del otro lado del Atlántico, con domicilio legal en Buenos Aires. La construcción original se había levantado hacía más de sesenta años y se habían hecho modificaciones importantes unos años después del final de la Segunda Guerra. Tan importantes que se actualizaron los registros. Durante la ocupación, los alemanes habían tratado bastante bien a todo el suburbio, y los estadounidenses, quién sabe por qué, también decidieron dejarlo en paz.
Verificó lo que él y Odette suponían: la traza de las cloacas parecía dibujada adrede para pasar por debajo del edificio.
Se había demorado un par de días en reunir vía Internet el resto de la información del Mercado de Valores de Buenos Aires. La empresa propietaria era subsidiaria de otra, más importante, que sí cotizaba en Bolsa. De allí en adelante era una sucesión de matrioshkas rusas que se abrían para dejar salir a otra muñequita, en este caso a otra empresa, de las que ya sospechaba eran nada más que fantasmas bursátiles.
La investigación no llevaba a ninguna parte; era el laberinto del Minotauro. Vueltas y más vueltas sobre sí misma, atrás y adelante, sin saber dónde estaba el monstruo. Y no tengo ni el hilo de Ariadna ni la espada de Teseo.
Nombres... ¿Dónde mierda aparecen los nombres? Pidió las composiciones de los directorios. ¿Por qué no le puse un poco más de atención al Derecho Comercial, en lugar de meterme de cabeza a penalista? Son sociedades anónimas; tienen que publicar balances, memorias y etcéteras. Nadie escapa a la burocracia de la Bolsa. Allí estaban: listas de nombres que no significaban nada. Podría haber sido arameo. Se estaba mareando con los nombres de los miembros del directorio y de las empresas y los objetos sociales. Orden, Massarino, orden. Se entretuvo en armar un árbol genealógico de empresas.
Más que un árbol, esto es un manglar. Se frotó los ojos y la cara con cansancio, y la barba crecida le raspó la mano. Miró la hora: las dos de la madrugada. Último intento y a dormir.
A ver: nada más que los cargos más altos. Bah, podrían ser títeres de otros. U otro. ¿Otro? ¿Así, en singular? Cristo.
Siguió esa línea de razonamiento y volvió a los listados de directorios. Cuántas mujeres. Todos apellidos distintos. Pero las mujeres muchas veces figuran con sus apellidos de casadas. Se me está ocurriendo algo improbable pero no imposible. ¿Altamente improbable? Por cierto que no, señoras mías. Buscó nombres de varón con apellidos concordantes con los de las mujeres. Se alternaban en los listados: donde estaba el marido no estaba la mujer, y viceversa. O padre e hija, ¿por qué no?
En un ejercicio más de distensión que de otra cosa, comparó su familia con la de su mujer. Papá no tiene hermanos, pero mamma sí: todos varones, que tuvieron más varones. Las únicas mujeres de mi generación son Odette y, bastante más tardíamente, Antonietta. Yo soy el único varón con apellido diferente, pero habrá Vittorellos por bastante tiempo, con todos mis primos dedicados a perpetuar el apellido y la especie. Ahora, Nadine. Cinco hermanas, todas sólo con hijas, menos Nadine misma; tenemos a Isabelle y a Antonin: un varón para los Massarino, ninguno para los SaintClaire. Nadie lo continúa. El apellido termina ahí.
¡Eso es! Quienquiera que sea ‘él’, tuvo nada más que hijas, que a su vez tuvieron sólo hijas. Aunque alguna haya tenido un varón, no lleva el apellido.
Las mujeres eran mayoría en los directorios. Comparó la proporción de hombres: menos de un tercio.
¿Sólo maridos? Digamos que sí. ¿Y si alguna tuvo un varón? ¿Está en algún directorio? Tendría que buscar la repetición de apellidos entre los hombres y... ¿Y si las hermanas se casaron con hermanos, o primos? Me estoy volviendo loco. A ése, si existe, no puedo encontrarlo. Pero el nombre y apellido están detrás de todo esto.
Dejó la mente en blanco y se hamacó en su sillón. La comprensión lo alcanzó lentamente, como una marea.
Quienquiera que sea ‘nombre y apellido’, debe de ser muy poderoso. Sentarse muy alto en su sociedad y en unas cuantas más. Empresas saludablemente centenarias, una dinastía dedicada exclusivamente a figurar como miembros-fantoche de directorios, fantoches de empresas matrioshkas, en beneficio de la pantalla de la operación más terrible que toda la policía francesa había soñado alguna vez con desbaratar... Y sólo encontramos la punta del iceberg. ¿Qué más hay bajo el agua?

De pronto sintió que no quería saber nada más, que no quería buscar más relaciones entre esos listados interminablemente entrelazados. Que, en alguna parte, alguien estaba apuntándole a la cabeza y había amartillado el arma. Por primera vez en su vida decidió no investigar más. Con la opresión cerrándole el pecho, borró los archivos uno tras otro y rompió los papeles que había llevado de su despacho en la Brigada, y quemó los trocitos.
Ya pensaré en algo para decirle a Odette. Ese problema quedará para mañana, o mejor, el lunes. Además, está la orden de derivar la investigación. Carajo, casi me había olvidado, con el entusiasmo de la búsqueda. En definitiva, estuve investigando de contrabando. Nadine tenía razón y Michelon me pasó la posta. Menos mal que ella iba a darle la instrucción a mi hermana. ¿Por qué las mujeres siempre me hacen estas cosas?
Mientras subía la escalera camino al dormitorio, pensó que su problema más serio era que mentía muy mal. Bien, siempre queda el recurso de la superioridad del rango. Comisario dixit.

viernes, 7 de agosto de 2009

La dama es policía - Capítulo 30


Hôtel Matignon, residencia del Primer Ministro

PARÍS, MIÉRCOLES POR LA NOCHE
—Tengo que hablar con usted. Esta noche.
— Imposible. Tengo una audiencia con el Presidente.
—¡Me importa un carajo! Arrégleselas como pueda, pero a mí me recibe primero.
La puta que lo parió. ¿Qué se cree? ¿Que puedo darle el plantón al Viejo así porque sí? El Primer Ministro se revolvió molesto en el sillón: ese boludo merecía que lo pusieran en su lugar.
—Escuche...
—No. Escúcheme usted a mí. Este desastre tiene que terminar. Como sea. No se olvide de quiénes lo pusimos donde está.
Apretó los labios con rabia. Grandísimo hijo de puta, nunca se pierde la ocasión de recordármelo, él y su puto anillito, siempre amenazándome. Las entrañas se le hicieron un nudo.
—Voy a tratar de arreglarlo... No le prometo nada.
—No sea idiota. No trate: arréglese para verme. Y no quiero que nadie por ahí sepa que estuve con usted. Después vemos qué mierda vamos a hacer con el Viejo y los demás.
Cuando colgó, el Primer Ministro llamó al secretario privado. Un buen tipo, eficiente, diplomático. Un idiota útil.
—Frayssinet, necesito postergar la audiencia con el Presidente una hora por lo menos. Tengo que resolver algo... personal. Usted me entiende.
Frayssinet sonrió comprensivo. Bien, se tragó el sapo de que voy a ver a Evelyn.
—¿Va usted, señor?
—No. Ella insistió en venir aquí. Tengo que solucionar un problemita. ¿Sería posible un poquito de discreción?
—Señor...— Frayssinet se ofendió —Yo me ocupo de que nadie quede en el piso. Como siempre.
—Gracias, Georges. Usted es un amigo. Arrégleme lo de la agenda y avíseme por teléfono.
—¿Va a entrar...?
—Por donde siempre. No se preocupe.



En los pasillos del piso no había ningún guardia. Los empleados civiles ya se habían retirado. Me hizo caso. Bien por el ministro.
El cretino estaba esperando sentado a su escritorio. Seguramente para impresionarme. Gordo fanfarrón.
—No tengo mucho tiempo. Pude postergar la audiencia una hora y media, nada más.
—No nos va a llevar mucho tiempo —sacó el arma con silenciador y le apuntó.
—¿Qué... qué hace?
—Usted es un imbécil. Le dije que había que quitar de en medio a esos policías de mierda y al prefecto Oustry.
—¡Por Dios, hice lo que me ordenaron! ¡Puse a cargo a Beaumont! ¡Después tuvimos que liquidarlo antes de que hablara! ¡Todo está yendo muy rápido! Necesito tiempo... Déjeme ver al Viejo... Puedo convencerlo... de que son ellos... los responsables...
—O de que yo soy el responsable... Iba a entregarme en bandeja de plata, ¿no?
La cara mofletuda del hombre reflejaba una desesperación sin límite. La que se siente cuando te descubrieron y no te queda alternativa. La que se tiene cuando se sabe que te van a matar.
Se acercó ominoso y empujó el sillón hacia el escritorio, apretándole el estómago abultado contra el sobre de madera y cuero. El otro jadeó, un poco por el empujón, un poco por el miedo. No era rival físico para él. Lo sorprendió, agarrándolo por los cabellos y tirándole la cabeza hacia atrás, hacia el respaldo del sillón. Con el mismo movimiento le metió el cañón de la pistola en la boca y moviéndolo ligeramente hacia arriba y hacia la derecha, disparó. El proyectil atravesó el respaldo exactamente en el lugar que había previsto al correrse a la izquierda. Con cuidado, tomó la mano del hombre y la frotó con la suya cubierta por guantes de látex quirúrgico, para adherirle la pólvora a los dedos. Zurdo de mierda. Después quitó el silenciador, acomodó los dedos sobre el arma y dejó caer el brazo desde la posición frente a la boca. Se limpió una salpicadurita de sangre de la manga, abrió el cajón central del escritorio, retiró otra pistola igual a la que había puesto en la mano del muerto, y se la guardó en la cartuchera bajo el sobaco después de ponerle el silenciador.
Salió por donde había llegado, sin que lo vieran. Caminó unas cuadras hasta su automóvil y se fue a su casa, a esperar la llamada. Porque tenían que llamarlo. Y él iba a ir. Cómo no iba a ir. Ahora estaba a cargo de todo. El Brigadier me lo confirmó. Tembló de expectación y coraje. Reflotamos la operación y yo quedo al frente. La entrepierna se le erizó excitada.



BUENOS AIRES, MIÉRCOLES POR LA TARDE
Ortiz llamó la atención del viejo con una tosecita.
—Señor...
El viejo levantó la vista de los papeles y le hizo una seña con la cabeza. Ortiz se acercó sólo entonces, separó el silloncito con un movimiento silencioso y se sentó frente al escritorio, la boca apretada en una línea de disgusto.
—Están haciendo averiguaciones sobre los propietarios de la sede de París—dejó los faxes sobre el escritorio.
El viejo se recostó contra el respaldo del sillón con los papeles entre las manos y Ortiz se quedó en silencio.
—¿Qué quiere que hagamos?— preguntó Ortiz cuando el viejo apoyó otra vez los papeles.
—Por ahora, nada. No tienen posibilidades de investigar demasiado, José. A lo sumo fueron al municipio, consiguieron información sobre el dominio, y después, ¿qué? Una sociedad anónima, una nacionalidad. Tienen que seguir buscando. ¿Por dónde empiezan? ¿Por las páginas amarillas? —se rió seco, y él lo acompañó con una sonrisa. Ese humor tan particular del tatita.
El viejo continuó.
—Esto no es Europa, ni los Estados Unidos. ¿Sabe cuánto pueden tardar? No creo que consulten a nuestra policía, con la experiencia que tuvieron hace doce años. Sacando a algunos federicos derechos, el resto no es muy confiable que digamos. Yo no confiaría, ¿y usted?
—Ya sabe que no lo hago. Ni en esos federicos derechos, como los llama usted. Igualmente me gustaría saber qué averiguan. No quisiera salir un día a la mañana y encontrármelos en la tranquera.
—Esta vez creo que la mejor estrategia es mantener el mimetismo con el paisaje— el viejo sonrió con astucia—. No estoy huyendo; no se me equivoque— lo atajó al verle el gesto de desagrado—. No se olvide de que el poder que se intuye, muchas veces espanta más que el que se ve a simple vista. ¿Qué es peor: oír el rugido del león y saber que sale a cazar, o esperar el zarpazo silencioso del tigre? Si alguna vez llegan a saber más de lo que ya saben, que es mucho, y si son tan brillantes como creo que son, van a retroceder — la mano del viejo bajo categórica sobre el brazo del sillón, acompañando las palabras.
Ortiz nunca había dudado de la sabiduría del tatita, porque, entre otras cosas, nunca le había mentido ni le había ocultado nada. Pero la espinita en el costado le molestaba, así que decidió insistir. No sea cosa que por una vez se nos equivoque el viejo y...
—Señor, perdone que insista pero... ¿y si de cualquier forma llegan a saber algo más? ¿Algo que no deben?
El viejo lo miró con expresión severa.
—En ese caso, veremos.
Respiró más tranquilo. Por supuesto, la decisión final es de él, eso no se discute, pero tengo la aprobación. Si llegan a meterse demasiado en donde no deben, traslado.


PARÍS, MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Durante la cena, Michelon intercambió con Laure los chismeríos del día. Cuando le contó lo de Sully, Laure comentó divertida:
—¡Madame la Veuve ataca de nuevo! ¡Se ve que estuvo afilando la hoja durante bastante tiempo! ¿Hasta dónde rodó la cabeza de Sully?
Se rieron a carcajadas, tanto que medio restaurante se volvió a mirarlas.
—Pobre chica, no para de hacer malas elecciones— dijo Laure con un suspiro, después de beber un sorbo de vino blanco..
—Sí, y la primera fue ingresar en la policía.
—No me refería a eso. Por lo que yo sé...
—Que siempre es mucho más que lo que yo sé ... —la acusó Michelon, medio en broma.
—Por lo que sé —Laure frunció la nariz—, estaba decidida a pescar a Dubois.
—¡Ajá!
—Y las cosas no venían tan mal encaminadas, hasta que lo asignaron al caso con Marceau... —Laure le echó una miradita cómplice.
Michelon sonrió gatunamente, sin responder.
—Claudette, me estás ocultando algo... —Laure entrecerró los ojos.
—¡Vamos! No se puede ocultar lo inocultable...
—No me refiero al teniente. Los hombres no suelen ser muy sutiles a la hora de enmascarar emociones. El asunto es:¿cómo es que ella todavía no se lo sacudió de encima?
—Bien... no puedo decir que no lo haya sacudido... —le contó lo de las carpetas y la revista de historietas. Laure no paraba de reírse—. Estaba que echaba humo por las benditas carpetas, pero terminó admitiendo que ella tenía razón.
Laure cerró el puño derecho e inclinó el pulgar hacia abajo.
—Que Sully se olvide del teniente.... ¿Y ella, qué?
Madame se quedó pensativa, con la copa de vino en la mano.
—Algo le pasa también. Tuvo algunas reacciones... las de hoy, por ejemplo. Estoy segura de que si Dubois no hubiera estado allí con nosotros, el baldazo de vitriolo de la cabo le hubiera resbalado como de costumbre. Estaba indignada. Eso, dentro de lo que habitualmente deja traslucir.
—Estás muy observadora... —comentó Laure en tono neutro.
—No estarás celosa... —la reprendió con la mirada. La otra hizo un mohín gracioso. —Es parte de mi trabajo, querida. Observar a mi gente, evaluarla, conocerla a fondo. Saber en quién se puede confiar, en cualquier circunstancia.
—Separar la paja del trigo...
—Nunca mejor dicho.

Estaban entrando a su casa cuando el teléfono comenzó a sonar. Laure le hizo señas: Respetemos las convenciones. Cada una responde a las llamadas en su propia casa, así no herimos las suscep-tibilidades de nadie. Sin quitarse el tapado levantó el auricular.
—¡Claudette!
—¡Raoul! — Jesús, y ahora qué. Oustry llamando a estas horas de la noche. No creo que sea para hacer relaciones públicas...
—Te llamé a la oficina.
—Salí a comer...
—Esto que está pasando... ¿también se lo debemos a tus “especiales”?
Michelon tragó saliva y el prefecto siguió hablando.
—Se están metiendo con demasiada gente, querida.
—Raoul, esto es mucho, mucho más grande de lo que nunca imaginamos, y sí, es mi gente y estoy orgullosa de ellos. Y te recuerdo que somos todos "tu" gente.
—Ya lo sé, no me olvido —contemporizó Oustry—. Me llamó mi Número Uno. Están tratando de localizar también a Nohant, para una reunión de urgencia.
—Voy para tu casa —respondió Michelon, cerrando los ojos.
—Por favor —dijo el otro, y colgó.
Laure la miró a medias intrigada.
—Ya empezaron a golpear la puerta— suspiró pesadamente y salió.


El prefecto en persona le abrió la puerta. Subieron al estudio y él le ofreció algo de beber.
—Coñac... —lo voy a necesitar.
Oustry sirvió dos copas generosamente. Bebieron un par de tragos en silencio y luego lo puso al tanto de las últimas novedades, mientras Oustry asentía y le pedía detalles a medida que ella hablaba.
—Claudette, ¿por qué no diste parte al resto de las divisiones?
—Todo fue muy rápido. Casi no tuvimos tiempo más que para reaccionar ante lo que encontrábamos...
—¡Qué velocidad de reacción, querida!
Se rió sin ganas.
—Para colmo, lo de Inteligencia fue... tan inesperado.
El prefecto asintió con un gesto de disgusto.
—¡Beaumont! ¡Qué increíble! Pensar que se ofreció a arreglar la agenda del Presidente para que te recibiera las dos veces.
—Estaba más que interesado en saber qué pasaba.
—Y los teníamos con un pie adentro, gracias al acuerdo de colaboración que había firmado Nohant —comentó el prefecto mientras tomaba un sorbito de coñac.
Cierto. Nohant. Una alarma se le disparó en el cerebro. No le gustaba Nohant, como no le gustaban los políticos y los funcionarios en general. Cuando se creó el cargo de Director General de la Policía Nacional, habían esperado que lo ocupara un oficial de carrera, un hombre como Oustry. Habría sido el corolario ideal para la carrera del viejo prefecto de París. El Ministerio del Interior había designado a uno de sus funcionarios civiles en el cargo. Un “policía de escritorio”, como lo llamaban algunos. Nohant había hecho carrera en el Ministerio con una habilidad poco menos que maquiavélica. Un administrador fabuloso, eso era innegable. Era brillante, había que reconocérselo, y con una cintura política admirable.
Oustry siguió hablando.
—Tenían todo preparado —Michelon lo miró fijamente. —Yo también puedo moverme rápido—el prefecto sonrió sin alegría—. Te sacaban de en medio junto con el Viejo, y a mí detrás. No era el plan original, pero cuando lo pusiste al tanto, eso precipitó las cosas. El Primer Ministro se hacía cargo temporariamente. Proponían a su gente para nuestros puestos y con eso dejaban a los tuyos... perdón, a los nuestros... fuera de combate. Iba a ser un juego de niños manejar la situación.
—No vayas a creer... — lo miró con ironía.
—No... Viendo lo que hicieron, no habría sido fácil quitarlos de en medio.
El teléfono los interrumpió, sobresaltándolos. Oustry la miró mientras respondía que estaban juntos y que ya salían.
—El Elysée — dijo cuando colgaba.
—¿El Viejo?
Oustry asintió.
—El Primer Ministro acaba de suicidarse. Nos van a apretar las tuercas, querida. Vámonos.
— Antes, una llamada. Ya aprendí la lección.
El prefecto la miró intrigado.


Habían estado haciendo el amor durante más de una hora y tenían toda la intención de atacar el segundo movimiento, cuando el teléfono interrumpió la partitura. Auguste bufó y Nadine lo besó suavemente, haciéndole señas para que levantara el auricular.
—Que se vayan a la mierda— la abrazó otra vez—. Hace una semana que no te...
—Amor... — Nadine lo interrumpió.
Tiene razón. Levantó el auricular con rabia.
—¡Massarino! — ladró.
Era Michelon. Resignado, se sentó en la cama para hablar más cómodo, mientras Nadine le acariciaba el estómago. Se vistió a la carrera y antes de salir abrazó y besó a su mujer.
—No te duermas. Pienso volver lo más pronto posible.
—No tenía ninguna intención de dormir. —Le devolvió el beso.
Desde su auto, Massarino llamó a la Brigada.
—¿Quiénes están ahí ahora?
—Meyer y Dubois, señor— le informó el oficial de guardia.
Cierto. Todavía están revisando los montones de expedientes secuestrados.
—Que se reúnan conmigo en el Palais d’Elysée en quince minutos. Voy a buscar a Michelon y al prefecto Oustry.
—Sí, señor.
Mejor ir prevenidos.


PARÍS, PALAIS D'ELYSÉE. MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Cuando Michelon, Oustry y Auguste llegaron al Elysée, Meyer y Dubois los esperaban con caras de preocupación.
—¿No exageró un poco, comisario? —preguntó Oustry, sorprendido.
—Espero que sí, señor —le respondió Auguste con aprensión.
Los tres escoltaron a Madame junto al prefecto hasta el segundo piso, y se quedaron esperando en el corredor silencioso. El personal habitual de seguridad había sido reemplazado por los hombres del SSMI. Algunos eran conocidos de Auguste y lo saludaron sorprendidos.
—Comisario —lo llamó Oustry—. El director general Nohant todavía no llegó. Si uno de sus hombres es tan gentil de esperarlo abajo y acompañarlo hasta aquí...
Auguste le ordenó a Meyer que esperara a Nohant. Es una buena ocasión para charlar con Dubois a solas.
—¿Cómo va lo de las carpetas? —le preguntó para iniciar la conversación.
—Hasta ahora, Gendarmería detuvo a veinticinco de los fichados, en las fronteras con España y Alemania. Nosotros encontramos a diez más, tratando de abandonar París. Informamos a Interpol de... — hizo una pausa—: cincuenta y tres casos de pedido internacional de captura...
En ese momento vieron que Nohant se acercaba por el corredor. Cuando el recién llegado los vio, se apresuró a sacarse algo de la mano izquierda, sin quitarles los ojos de encima. Mientras pasaba entre Dubois y él, durante una décima escasa de segundo lo paralizó con una mirada inconfundible.
Dubois reaccionó medio instante después de que Nohant hubo entrado. Con el entrecejo fruncido en un gesto de alarma, le dijo en voz baja a Auguste:
—Está armado.
Se miraron y juntos atacaron la puerta, empujándola para evitar que corrieran la traba interior.



—¡Massarino! ¿Se volvió loco? —Oustry y los demás, salvo Michelon, los miraron con ojos desorbitados mientras el comisario esposaba a Nohant y Dubois lo desarmaba. Sin dejar de apuntarle, Auguste le metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón y le tendió a Michelon lo que había encontrado.
La comisario giró el anillo para ver el sello y se cubrió la boca en un gesto de disgusto, pero sin sorpresa.
—¿Cómo lo supo?
—Lo vi quitárselo antes de entrar. Dubois le vio el arma.
—Es el mismo que llevaban Jacques y Prévost— el teniente mordió las palabras.
Nohant los miró a todos con el desprecio y el odio pintados en los ojos. Recuperó la compostura y con una mueca desagradable le dijo a Michelon:
—Su gente es brillante, comisario. Deberíamos haberles ofrecido estar de nuestro lado.
—Que yo recuerde, no hay mujeres en la Orden —respondió fríamente Michelon—. No creo que hubiéramos aceptado. Tenemos un pleito muy antiguo con ustedes.
Auguste cerró los ojos para contenerse y les ordenó a Meyer y a Dubois que se lo llevaran.
—¿Quiere que me quede, Madame?
—Por favor... —Michelon comenzó a hablar, cuando el ministro del Interior los interrumpió.
—Creo que es mejor que se quede aquí, con nosotros.
Oustry estudió el anillo. Tenía un diseño curioso en el sello: dos caballeros medievales, montados uno detrás del otro, a la grupa de un solo caballo.
Auguste salió a llamar a Nadine para avisarle que no lo esperara.
—Te amo, pelirroja.
—No creas que te vas a salvar cuando vuelvas. Te amo.


En el despacho, las caras eran más que fúnebres. Al Presidente lo acompañaban el ministro del Interior y el de Relaciones Exteriores. Sin edecanes ni secretarios. El ministro del Interior dijo en tono apenado y sombrío:
—Señor, mi renuncia está a su disposición.
—Cállese la boca. Nadie quiere su renuncia —rezongó el Viejo—. Entre los culpables que se suicidan o van camino al calabozo, y los inocentes que renuncian, me voy a quedar sin Gabinete, en medio de la anarquía. Cerremos filas y déjese de estupideces.
Los anteojos le recorrieron el largo dorso de la nariz. Los miró por encima del marco de oro, mientras se repantigaba en el sillón enorme, cruzando las manos sobre el estómago.
—Madame, señores, en las últimas dos horas hablé con Washington cinco veces.
Cuatro pares de ojos la miraron expectantes. Michelon apretó los labios. Hora de dar explicaciones. Menos mal que traje apoyo logístico.



Marcel entró en su departamento pasadas las dos de la madrugada. Un día terrible. Primero Hamad; después Michelon y Massarino que casi me suspenden, y para rematar, el chistecito de Nohant. Hijo de puta traidor. Por un pelo no nos decapitó a todos. Dios, quiero que esto termine de una puta vez. Estoy tan nervioso que si se meto en la cama no voy a poder dormir.
Al entrar había tirado la revista de historietas y el CD sobre la mesita al costado del sofá. No sería mala idea... ¿o sí? Ver el contenido del CD lo repelía y atraía al mismo tiempo. Se desnudó y en ropa interior y con una lata de cerveza, se recostó en el sofá a hojear la revista. Se rió de sí mismo a su pesar. Ella tiene una forma tan especial de hacer bromas... No pierdas las esperanzas, viejo. Si está de humor para lanzarte indirectas después de que casi le rompiste las costillas, no te está yendo tan mal. Cristo, si pudiera estar a solas con ella, hablar, explicarle, hacerle el amor...
De pronto, el aire ya no le pasó por la garganta. Hicimos el amor acá, sobre esta alfombra, en mi cama. ¿Cómo pude creer que mentía? Yo interpuse mis ‘otros’ imaginarios. ¿Nunca vas a dejarme en paz, papá? ¿Nunca voy a poder confiar en ninguna mujer? Si alguna vez hubo otro, cuando estuvo conmigo ya no había nadie más. Era mía. No existía ninguna otra persona entre los dos. No quiero perderla. No puedo. No quiero.
Se levantó para ir a acostarse, cuando vio de nuevo el CD. Sin pensarlo dos veces, se sentó delante de la pantalla, encendió el equipo y lo cargó. Tecleó la contraseña con dedos como de madera.
Un “audio” de Vaireaux. Se obligó a seguir mirando. Hijos de puta. Por primera vez tomó conciencia de que la escena que veía era real. Los protagonistas eran atrozmente reales. Cada vez que había sido obligado a ver uno de esos audios había logrado mantener la cordura imponiéndose la idea de que lo que presenciaba era una ficción. Se vio a sí mismo arrancar la venda negra de la cara de la mujer, mientras Jacques repetía la orden. Su mano sostenía el rostro bañado en lágrimas. Leyó su propio nombre en los labios de ella y la vio cerrar los ojos por la desesperación y el dolor.
Apagó el equipo de un manotazo y se fue a la cama, recorriendo el camino de memoria, porque no podía ver por dónde iba.


Eran más de las cuatro de la mañana cuando llegó a su casa. Se desvistió en silencio y cuando se metió en la cama, Nadine se volvió para preguntarle qué había pasado.
—Creí que dormías.
—Sí, pero entró una manada de elefantes y me despertó.
—¡No hice ruido!
Su mujer le tapó la boca con un beso. Mientras se acomodaban en la cama, le resumió los hechos.
—Estamos afuera...
—Y te molesta.
—¿Te parece que no? ¡Casi dejamos el pellejo en esto!
—Me gusta dónde está tu pellejo. Me alegro de que ya no estén en este caso de mierda.
Massarino miró sorprendido.
—Es la primera vez que te preocupa tanto una investigación.
—Es la primera vez que toda mi familia se juega el cuello — y sin detenerse, preguntó: —¿Odette ya lo sabe?
—No, todavía no. Michelon me prometió que se encargaría de hablar con ella.
—Y le creíste...
—No tengo por qué no hacerlo.
Nadine movió la cabeza con incredulidad y se arrebujó entre las sábanas, pegada a él. Mientras lo acariciaba, susurró:
—Tenemos un asunto pendiente, héroe.

jueves, 7 de mayo de 2009

La dama es policía - CAPITULO 24



SUBURBIOS DE PARÍS, SÁBADO POR LA MAÑANA

Dos oficiales fueron a buscar a Marcel a la planta baja del edificio, donde junto a otros efectivos esta-ba concluyendo la requisa del arsenal digno de un ejército. Había armas que la policía conocía sólo en fotografías. La orden de Michelon en el sentido de que ningún oficial de los cuadros inferiores podía permanecer en el centro de cómputos, todavía lo molestaba. ¡Carajo, estuve casi cuatro semanas en este infierno! ¡No es justo! Después pensó que, de cualquier forma, sería más útil colaborando en el reconocimiento del edificio. Guió a sus asombrados compañeros por los pasillos y gimnasios, el polígono de tiro y la playa de expedición de la falsa fábrica. Encontraron un camión camuflado como transporte de refrigerados, equipado para operativos militares. Un sargento comentó admirado:
—Deberíamos confiscar el edificio entero para la Brigada.
Ya lo creo, pensó Marcel.
Lo acompañaron hasta el segundo subsuelo, el que recordaba con tanta repugnancia.
—¿Por qué acá? —preguntó, vagamente atemorizado.
—No sé, teniente. Órdenes de Massarino. Espere aquí.
El corazón le latía con fuerza. Tenía la boca seca. La habitación del otro lado del cristal, ¿no era la misma? Le estaba faltando el aire, mierda. ¿No había un peor lugar para reunirse? Pasaron varios minutos que sirvieron para que se pusiera cada vez más nervioso. ¡Carajo, para qué me hicieron venir acá!
Alguien entró en la habitación del otro lado. Traía a una mujer vendada, a la que empujó contra el piso, obligándola a ponerse de rodillas. Estaba esposada. Marcel creyó que el corazón le saltaba por la boca. Los latidos le pulsaban en la frente y un puño de hierro le retorció las entrañas. No podía despegar la vista de la escena. La mujer no se movía, de espaldas a él. Con las manos apoyadas contra el cristal, no se dio cuenta de que alguien había entrado a sus espaldas. Notó una mano pesada en el hombro.

—Entremos —oyó entre algodones. Enfrentó a la mujer, que boqueaba aterrorizada. El hombre parado detrás de él era de su misma contextura física o un poco más grueso, y casi tan alto como él. Vestido con el ominoso uniforme negro de la Orden.
—Mátela, Maurizio.
Las palabras retumbaron en su cabeza. Le alcanzaron un arma. No. No quiero. Pero sus brazos se estiraron hacia adelante, arma en mano. Puso la pistola sobre la frente de la mujer.
—Dispare, Maurizio. Es una orden.
—¡NO! —giró hacia el hombre de negro y gatilló. Una, dos, tres veces, hasta vaciar el cargador. ¡Soy Marcel Dubois, teniente de la Brigada Criminal, hijos de puta! Las piernas le fallaron y quedó de rodillas. Los sollozos le sacudieron el cuerpo en espasmos.
—¿Qué hice? ¿Qué me hicieron?


Auguste se acercó, soltó las esposas de Odette, que se sacó la venda, y se volvió para ayudar a Dubois a ponerse de pie. Después recogió el arma con cartuchos sin casquillo que le había dado al teniente.


Entre los dos lo llevaron a su casa y lo ayudaron a desvestirse y meterse en la cama. Odette le alcanzó un vaso de agua con un par de pastillas.
No supo durante cuánto tiempo durmió. Se despertó sobresaltado dos o tres veces, bañado en transpiración. Cada vez, lo tranquilizó ver a Odette sentada en el otro extremo de la habitación, junto a la ventana. En el contraluz, parecía una pintura de Degas. Se sintió estúpidamente feliz y volvió a dormirse después que ella se acercara a darle algo de beber. En una de las ocasiones, Massarino también estaba allí; por alguna razón que no alcanzaba a recordar, a Marcel le molestó.
Cuando se despertó definitivamente, estaba embotado. Bajó tambaleante de la cama, directo a ducharse. ¿Odette estaría todavía allí? El sillón de adelante de la ventana se hallaba vacío. Quizás ella nunca había estado. Le dolió.
El baño le devolvió la conciencia y el dominio de sus actos. Comenzó a recordar. En el nombre de Dios. Sintió náuseas. El espejo del baño le devolvió una imagen demacrada. Pero era su cara: la cara de Marcel Dubois. Basta de flashbacks. Se puso la bata sobre la ropa interior y fue al salón, en penumbras por la hora. Eran más de las diez de la noche. Rodeó el sofá y la vio.
Estaba dormida, la camisa negra desabrochada un botón de más, por la posición. Se sentó en el al sofá junto a ella y, sin pensar, le acarició el pelo. Odette abrió los ojos morosamente y, al verlo levantado, trató de incorporarse, pero él la retuvo con delicadeza.
—No te levantes.
—¿Cómo estás?
—Horrible. Tengo la boca seca todo el tiempo.
—Es el sedante. Ya pasará.
Odette estiró la mano y le ordenó el cabello húmedo. A ella también se la veía cansada. Retiró la mano, se incorporó a medias y miró hacia la ventana. Estaba oscuro.
—¿Qué hora es? —ella preguntó suavemente.
No supo por qué lo hizo. O sí, pero no le importó preguntarse los porqués. Ella estaba ahí. No se había ido. Quería decir algo, ¿no? Se inclinó para abrazarla. Mientras la besaba, respondió:
—¿A quién le importa?

Besándola, la atrajo hasta la alfombra al tiempo que le desabrochaba la camisa. Se abrazaron otra vez, de rodillas, mientras ella le desanudaba el lazo de la bata. Con un beso lo empujó, obligándolo a recos-tarse. Cuando intentó incorporarse, ella negó con un gesto a la vez que le acariciaba el pecho y la cara. Él le mordisqueó las puntas de los dedos, y cuando trató de quitarse la ropa interior, ella volvió a ne-gar. De pie a su lado terminó de desvestirse. Desnuda, se arrodilló entre sus piernas y comenzó a reco-rrerle el cuerpo con besos lentos y húmedos. Él trató de acariciarla, pero ella le sujetó las manos sin dejar de besarlo. Abrió la boca para inspirar y las sensaciones le recorrieron la espalda. Ella lo desnu-dó, estiró su cuerpo sobre el de él felinamente y se incorporó para separar las piernas y acomodarse encima de él. La proximidad lo desesperó todavía más, e instintivamente levantó las caderas. Ella se apartó apenas y le besó los ojos, cerrándoselos. Luego descendió por toda su piel, despertándole sen-saciones que no sabía que existían. Conoció puntos de placer de su propio cuerpo que ignoraba, entre oleadas de goce angustioso. Por primera vez en su vida se dejó arrastrar, entregado a lo que ella deci-diera hacer de él. Lo llevó hasta el límite una, dos, quién sabe cuántas veces, hasta que la piel le dolió de deseo. Ahora lo estaba acariciando con todo el cuerpo, deslizándose por encima de él para permitir-le besarla. Bebió de su boca como un náufrago. La miró y sus ojos eran brasas; en la penumbra del salón, la luz del alumbrado público que entraba por la ventana daba a su cuerpo el brillo pálido de la plata. Sus besos le recorrieron el pecho y el abdomen hasta el bajo vientre. Sus labios y su lengua lo torturaron exquisitamente, y cuando creyó que ya no podría resistir el infierno de su boca, ella se in-corporó una vez más y, entonces sí, lo dejó penetrarla. No necesitó más; las sensaciones lo retorcieron en oleadas y en medio de su propio agónico placer sintió cómo ella vibraba a su unísono, estremecida en un orgasmo violento e interminable.
Cuando ella regresó, él descubrió que no le bastaba, y la hizo rodar sobre la alfombra. La sostuvo bajo su cuerpo que todavía temblaba de voluptuosidad y la besó, sorbiéndole la vida con el beso. Se hundió en ella otra vez. Había sido poseído, y ahora necesitaba poseer, sentirla entregada como él se había entregado. La dominó con su cuerpo y ella respondió ferozmente, abandonándose de una forma que él no había esperado. Se sintió aprisionar por sus piernas y en respuesta al mudo mensaje le mordió los pechos y ella gimió de placer. Esta vez, el orgasmo los atravesó como un rayo y, cuando trató de apartarse para no afligirla con su peso, ella lo retuvo, acurrucada debajo de él. El pulso le atronaba en los oídos. La miró a través de la penumbra y vio una perla diminuta brillarle en el rostro extático. Inclinó la cabeza para que ella no viera sus propios ojos, también húmedos.


Estaban a punto de dormirse y murmuró:
—Lamento tener que arrestarla, Madame.
—¿Bajo qué cargos? —preguntó Odette mientras se acomodaba en el hueco de su cuerpo.
—Asalto y corrupción contra un oficial de la policía —la recorrió entera con sus manos.
—Como no emplee la fuerza pública para detenerme...
—Eso intento —murmuró él, al tiempo que la abrazaba y se cubrían con las sábanas.


BUENOS AIRES, SÁBADO, DESPUÉS DE MEDIODÍA

—¡Carajo! ¡Les dije que pasaba algo raro!
—Pará, Mengele, calmate— el Tigre intentó hacer un gesto conciliador.
—¡Las pelotas! Llamó el tira. Desde afuera— Mengele giró para mirar a todos— ¡Coparon el edificio! ¡La cana! ¿Entendés? ¡La cana copó el edificio!
—¿Cómo mierda pasó? —El Brigadier entró, desencajado.
—Todavía no sabemos. Lo único que se sabe es que es la policía. El tira ordenó cortar todas las comu-nicaciones. Está tratando de meter gente de él adentro para ver quiénes son.
—¡Hijos de mil putas! ¡Nos traicionaron!
—No. Estoy seguro de que no. Esto viene de afuera. Nos metieron gente.
—¡Quiénes, la reputa que los parió! ¡Si tenemos gente en todos lados! Nunca se nos metió nadie, ¡NADIE!
—Tranquilizate. Ya le dije al tira que averigüen quiénes son. Los van a boletear tan pronto como puedan. No puede ser demasiada gente. Si no, se habría filtrado algo.
—¿Pero vos tenés sangre de pato, Mengele? ¿Nos hicieron mierda, y vos tan tranquilo?
—Estoy tratando de razonar. Todavía queda un montón de gente afuera. No nos pueden agarrar tan fácilmente. Había un montón de los nuestros afuera cuando cayeron ellos.
—Pero se cargaron a Jacques y Prévost...
—Tenemos gente que puede reemplazarlos. Hay que preparar las cosas con cuidado. Hablé con el viejo. Estuvo de acuerdo con el nombre. Ya pasó la orden.
—¿A quién quieren poner?
—Al Carnicero.
El Brigadier lo miró con los ojos entrecerrados.
—Quiero hablar con él. Saber qué mierda tiene pensado hacer para retomar el control.
—Está bien. Lo llamamos y listo.
—Listo, un carajo. Y no me pases más por encima con el viejo. ¿Te quedó claro, Mengele?
—Como el agua.


PARÍS, DOMINGO POR LA MAÑANA
Se despertó sin saber qué hora era. Manoteó el reloj de pulsera: las seis. De la mañana, supuso. El brazo derecho de Marcel la aprisionaba contra la cama. Se sorprendió pensando que había olvidado esa sensación maravillosa. Extrañamente, no sintió vergüenza. Se levantó de puntillas para no despertarlo. Se lo veía tan conmovedor. Lo besó suavemente y se vistió en silencio. Antes de irse, le dejó una notita en la almohada.


El teléfono sonaba insistentemente. Te odio, te odio, te odio. Casi arrancó el auricular.
—¡Odette!
Auguste, y la puta que te parió.
—¿Vas a venir a almorzar?
¿En qué siglo estamos?
—¡Odette! ¿Estás bien?
—Ya te oí.
—¿Vas a venir?
—Sí —cualquier cosa con tal de colgar.
Se duchó y se vistió como pudo. ¿Por qué mierda los autos no tienen piloto automático? Dormí tres horas; no hay derecho a hacerme esto.
El almuerzo familiar pasó como en una neblina. Los chicos, comunicativos como siempre, se encargaron de las relaciones públicas. Se dio cuenta de la cara malhumorada de su hermano y trató de pensar en el porqué. Había comido las tagliatelle y los zucchini pero había rechazado el pollo. ¿Sería por el pollo? Auguste era muy sensible respecto de su cocina.
Mientras lavaba los platos con Nadine, preguntó:
—¿Qué carajo le pasa?
—Está celoso como un turco —los ojos color miel de su cuñada chispearon divertidos.
—¿Otra vez te escapaste a Printemps sin pasarle un radiomensaje?
—No, esta vez no es por mí.
—¿Eh?
—Pura Cavalleria Rusticana. Te llamó anoche y no te encontró en tu casa. Más la marca en el cuello...
Mierda. No la había visto.
—Me voy a casa —anunció Odette mientras besaba la frente de su hermano.
Auguste la miró con gesto de patriarca ofendido.
—¿Te divertiste anoche?
Nadine lo fusiló con la mirada. Odette cerró los ojos y prefirió no responder. Auguste la persiguió hasta la puerta.
—Estaba preocupado, nada más. Podrías haber llamado.
—Sí, mamma.
—¡Por qué no te vas a la mierda!
—Ídem. Te quiero.
Entró en su casa quitándose la ropa. A dormir hasta mañana. Va a ser un día muy pesado. Ya estaba casi dormida cuando se envolvió en las sábanas y apagó la luz.
El teléfono de mierda otra vez. Ni siquiera podía alcanzarlo.
—Hola.
—¡Odette! ¿Dónde estabas?
—¡Auguste, por Dios! ¿Vas a dejarme en paz de una puta vez? —colgó furiosa, sin detenerse a pensar que la voz de su hermano sonaba ligeramente distinta. A la mierda. Quiero dormir.

Cuando se despertó y encontró la notita sobre la almohada, sintió un doloroso vacío en el estómago. ¿Por qué se había ido? Dio vueltas en la cama tratando de encontrar su perfume. Se había despertado pensando en hacerle el amor otra vez. Se sorprendió de sus propias palabras: hacerle el amor. Nunca pensé en esos términos al irme a la cama con alguien. Miró el reloj: las doce. Llamó desde la cama. Llamó, llamó y llamó hasta enfurecerse cada vez que oía la campanilla inútil del otro lado. Un sentimiento desagradable se le instaló en el pecho. A las cinco de la tarde volvió a llamar, notando que el Gauloise le temblaba en la mano. El “hola” del otro lado de la línea fue como bálsamo sobre una herida.
—¡Odette! ¿Dónde estabas?
La respuesta y fin de la comunicación terminaron de enloquecerlo.


No puedo creerlo. La puerta. Algún hijo de puta está llamando a la puerta. ¿Es que no hay un Dios en el cielo? Manoteó una bata y fue a abrir. ¡Stop, estúpida, estás dormida! No puede ser nadie de la familia. Tienen la clave de acceso.
—¿Quién? —preguntó de malhumor por el intercomunicador.
—Señora Marceau, soy Grégoire.
El portero. Espero que sea un incendio, por lo menos.
—¿Qué pasa? — ladró.
—Señora, un oficial de policía insiste en verla.
Grégoire vaciló. ¿Qué clase de broma es?
—Dice ser... —Una voz grave y masculina respondió al portero, sobresaltándola. No hizo falta que le dijeran de quién se trataba. —El teniente Dubois, señora.
Apoyó la frente contra la puerta. Abramos.
Marcel estaba detrás del viejo, que le obstruía el paso manteniéndolo cerca del ascensor. Era gracioso, el pobre Grégoire tratando de contener al Abominable Hombre de los Pirineos.
—Está bien, Grégoire. Déjelo pasar.
Marcel entró sin mirarla. Mientras cerraba la puerta, ella le preguntó:
—¿Por qué le dijiste que eras policía?
—No quería dejarme entrar —respondió él, mientras se quitaba el impermeable sin volverse—. Llamé desde abajo varias veces y, como no respondiste, le hice señas para que me abriera.
—Y lo intimidaste con la placa. ¿Trajiste orden de allanamiento? —se le acercó sonriendo al tiempo que se ajustaba la bata. Tengo tanto sueño... Dios, ¿no puedo reaccionar normalmente? Marcel la tomó del brazo con saña.
—¿Dónde estabas? —ladró.
—¡Eh, me duele!
—¡Dónde estabas! —le sujetó el otro brazo y la sacudió. Estaba pálido, los dientes apretados. La empujó contra el sofá. —¿Por qué tenías que irte esta mañana?

—¡Te dejé una nota!
—“Me voy a casa. O.” ¡Muchas gracias!
—¿Qué te pasa? —trató de levantarse, y él la forzó a sentarse otra vez.
—¡Te llamé! ¡Toda la mañana! ¡Toda la tarde! — le gritó, desencajado.
Ella lo midió, se levantó con calma y, cuando él trató de detenerla, se escurrió empujando el sofá. Ca-minó rápidamente hacia el pasillo de su dormitorio.
—Voy a vestirme —no se puede discutir semidesnuda con un hombre de tan mal humor.



Estuvo tras ella en tres zancadas, sosteniendo la puerta del dormitorio para que no la cerrara.
—Tengo que cambiarme de ropa —lo miró severa.
—Anoche no estabas tan recatada —la enfrentó con violencia contenida.
—La situación es diferente — idiota fanfarrón, debería meterte una bala en las pelotas por grosero. Mantuvo la calma —Salgo en un minuto.
Intentó cerrar otra vez, pero él se lo impidió, azotando la puerta contra la pared. Apoyado en el quicio de la puerta, Marcel recorrió el cuarto de una ojeada. La mirada se le volvió torva y la respiración pe-sada, mientras se le acercaba ominoso.
—Es un dormitorio espléndido.
Ella lo miró desconcertada.
—Un piso espléndido. Muy elegante. Muy caro. ¿Quién paga por esto? —estaba pegado a ella; podía sentir el calor de su cuerpo a través de la bata. —¿La puta de quién me llevé a la cama? —susurró sobre su boca mientras la apretaba en un abrazo brutal.
Trató de revolverse y soltarse pero Marcel la arrojó sobre la cama con tal facilidad que se asustó. Retrocedió, pero ya estaba sobre ella.
— ¡Basta! ¡Me estás lastimando!
—¿Con cuántos más, Odette? —él ya no la escuchaba —.Por eso estabas tan apurada por irte. Tenías una cita, pero, claro, anoche tuviste un desliz con el tipo equivocado —la tomó de los cabellos, aplastándola contra la cama con su cuerpo —¡Dios, qué estúpido! Yo te creí, ¡puta mentirosa! ¡Te hice el amor! —la voz se le quebró —.Te juro que te hice el amor... ¿Quién te esperaba?
La sujetó de las muñecas y le pasó los brazos por encima de la cabeza, con un movimiento brusco, mientras le ahogaba las palabras en la garganta con besos rabiosos y desgarradores. Le separó las piernas con una mano de hierro, ayudándose con la rodilla. En medio de su desesperación, Odette sintió que se desabrochaba la bragueta. ¡No me hagas esto, por favor! Quería gritarle que estaba terriblemente equivocado, pero él no dejaba de castigarla con besos llenos de furor. Lo sintió luchar para penetrarla. No, Marcel, con odio no... La arremetida la dejó sin aliento. Él levantó un momento el torso para abrirle la bata y desprenderse la camisa. Los botones saltaron por todas partes. Él le separó los brazos sin soltarla ni aminorar la furia con que se hundía en su carne. Con un gemido ronco ella trató de retorcerse y rechazarlo, pero el peso del hombre era demasiado. Intentó mover la pierna libre y él se la sujetó con crueldad, afirmándose más contra la cama. Lo oyó murmurar cosas terribles mientras la besaba y la poseía como un loco. Volvió la cara y lo miró a través de las lágrimas que le caían silenciosamente. Por qué, por Dios, por qué. Entonces, él la miró como si la viera por primera vez. Se sostuvo encima de ella con los brazos, inmóvil durante un largo momento.
—¡No llores, puta! ¡No me mientas! —susurró mientras ahogaba un sollozo. — ¡Te odio...! —le soltó los brazos, le tomó la cara y la besó desesperado.
No es cierto. Tu cuerpo me dice que no es cierto, y para mostrarle que nunca le había mentido, se ofreció a su locura. Lo sintió buscar sus pechos y se estremeció, arqueándose contra él, abierta y húmeda, entregada por su propia sensualidad, pero él cerró los ojos para no verla ni perdonarla; entonces ella habría querido gritarle: “Te odio, no quiero, te odio”, pero sólo podía abandonarse cada vez más a lo que él quisiera hacer de ella. No me dejes ahora. Lo sintió crecer en su interior y estallar. Ahora, ahora, ahora. El orgasmo la atravesó desde lo más profundo de sus entrañas hasta la base del cerebro. Te amo. ¿Por qué me hiciste esto? Cerró los ojos y más lágrimas le rodaron hasta las orejas.
El colchón se sacudió cuando él se levantó.
— No te vayas, no me dejes — ella le suplicó en un susurro y se acurrucó en la cama, incapaz de sentarse. Marcel estaba de pie junto a la cama, desencajado y con la mirada perdida, abrochándose la bragueta.
Mareada, se incorporó despacio al tiempo que trataba de recuperar el aire. Él buscó algo en sus bolsillos, sacó un puñado de billetes y los tiró sobre las sábanas, a la vez que la empujaba hacia el dinero.
—Esto incluye lo de anoche.
El portazo estalló en medio de sus sollozos.


Se dio cuenta de que lloraba mientras conducía de regreso a su casa. De lo que no se había dado cuenta era del exceso de velocidad, que un patrullero sí notó. Lo detuvieron y le hicieron la prueba de alco-hol. “Conduzca con cuidado, teniente”, dijo el suboficial, haciendo la venia. Estaba desquiciado. Dios, cómo pude ser tan boludo. Cómo pude creer que podría haber algo más. La rabia le pesaba en el pecho como un yunque. ¡Estúpido, estúpido! Volvió para encamarse con el otro, Massarino la pescó y se pelearon. Cuando respondió mis llamadas, me confundió con Massarino. Por eso me llamó "Auguste" y me mandó a la mierda.
Había salido como un loco para verla. Quería una explicación, hablar civilizadamente y decirle, civilizadamente, lo que pensaba de ella. Por lo menos, eso pensaba mientras le dolían las manos de aferrarse al volante. Encontrarla en bata era lo último que esperaba. Con cara de inocencia y haciéndole bromas. No supo qué fue lo que lo enfureció más: si el aire ofendido de ella al echarlo de su dormitorio, o el lugar mismo. Nunca había visto esa parte del piso; el cuarto era amplio, con muebles Art Déco que juraría eran originales, la chaise-longue delante del ventanal, la cama sólida y enorme, de maderas exquisitas. Atrás se entreveía el vestidor. No era el dormitorio ultrafemenino que había esperado de una mujer sola. Había cierto dejo de virilidad en el lugar, los colores, las maderas. Un dormitorio para un hombre y una mujer. Amantes. Cerró los ojos mientras se le oprimía cada vez más el pecho. La cama estaba revuelta. Se encamaron ahí, ¡ahí!... ¿El hijo de puta la estaba esperando?
Los celos lo cegaron. Quería poseerla para humillarla. “¿Anoche no tenías quién te calentara la cama, puta? ¿Por eso te quedaste?” le había gritado, loco de rabia, dolor y celos. No fue sino hasta que vio sus lágrimas silenciosas que tomó conciencia del daño que le estaba causando. Parecía tan... inocente. Por un instante le creyó, cuando en medio de su furia desesperada cayó en la cuenta de que ella se había abandonado a él. Como anoche. Dios, ojalá fuera cierto. Ojalá tu cuerpo no mintiera tan bien. La besó como un condenado a muerte y ella le respondió. La sintió fundirse en su boca y alrededor de su sexo y estuvo a punto de creerle. “Zorra, no mientas", aulló para no gritarle te odio, te amo, te odio. Se vació en ella con furor, mordiéndose para no gritarle que era suya y que quería morirse allí mismo para no matarla. Cuando la oyó suplicarle indefensa, se despegó de su cuerpo con violencia. Quería que sufriera como él sufría, así que le arrojó los billetes a la cara. Mientras manoteaba el picaporte la oyó llorar. Salió temblando de coraje, porque si se quedaba iba a cometer una locura.

martes, 11 de noviembre de 2008

La dama es policía - Capítulo 16


SUBURBIOS DE PARÍS, EL MISMO DÍA, AL ATARDECER
—Mayor, tome asiento, por favor.
Jacques le señaló el sillón situado al otro lado de su espléndido escritorio. La habitación estaba decorada ostentosamente: paredes cubiertas de boiserie, techos artesonados, lámparas de cristal y alfombras costosísimas. Pero no había una sola ventana, y la sensación de pesadez y opresión era inevitable.
—Permítame reiterarle cuánto nos complace tenerlo entre nosotros.
Marcel asintió secamente, sin sonreír.
—Monseñor ya se lo dijo, pero es importante que sepa que somos muy rigurosos con nuestra selección.
No lo dudo. Si no estuviera aquí, tendría grandes posibilidades de estar flotando en el Sena. El otro continuó mientras jugueteaba con un anillo de sello en su mano izquierda.
—Su perfil es excelente, por no hablar de su representado. Estábamos deseosos de... entrar en contacto con Su Alteza.
O sea que la Orden ya tenía la mira puesta en Al Faid desde hace tiempo. Razonablemente lógico: Al Faid era un hombre poderoso, de gran influencia en su región. Musulmán hasta la médula y pacifista a ultranza, se mantenía neutral en las eternas disputas, escaramuzas y guerras propiamente dichas, mantenidas por sus vecinos entre sí y con los israelíes. Marcel volvió su atención a Jacques.
—Mayor... ¿puedo llamarlo Maurizio?
—Adelante... Señor Jacques —tenía la sensación de que Jacques ostentaba algún rango delante de su nombre. La actitud física del otro traicionaba la pretendida distensión con la que estaba hablándole.
—Por favor, obviemos los tratamientos distantes. Todos me llaman Jacques, a secas.
Marcel asintió con una media sonrisa. Jacques le ofreció un Gauloise, pero él negó con la cabeza, sacó el paquete de Muratti y encendió uno. Si éstos no me matan antes, voy a morirme del asco de fumar esta basura. Aspiró el humo mientras el otro volvía a hablar.
—Deseamos que tanto Su Alteza como usted confíen plenamente en nosotros. Nuestro objetivo es que dicha confianza sea mutua. Para eso, preparamos en este centro a los que ingresan en la Orden mediante un entrenamiento riguroso, aunque en su caso no será muy diferente de lo que hizo en el ejército. Ese entrenamiento permite crear lazos con nuestros hombres, que fortalecen nuestra relación tanto con ellos como con sus representados.
¿De qué mierda habla...? Condicionamiento. Apretó la mandíbula y siguió fumando en silencio sin distender los hombros. No se perdió la mirada apreciativa y la sutil aprobación de Jacques. Todavía estoy en el papel, si los Muratti no me hacen vomitar.
—Durante las próximas tres o cuatro semanas compartiremos mucho tiempo juntos, usted, yo y un entrenador personal que le asignaremos —el tono de voz de Jacques cambió sutilmente; ya no era una charla de presentación —. Todo dependerá de sus respuestas. Permanecerá dentro de los límites del edificio. No mantendrá ningún tipo de comunicación no autorizada. Estará permanentemente acompañado por su entrenador durante la instrucción. Es probable que se encuentre con otros que están en alguna etapa de su entrenamiento, quizás algo más avanzados que usted.
O sea que soy la última adquisición. Jacques hizo una pausa para permitirle hacer preguntas, pero Marcel prefirió mantener la boca cerrada y las orejas paradas. El otro sonrió apenas y continuó.
—Desalentamos todo tipo de relación entre nuestros hombres hasta que hayan cumplido la etapa final o hasta que lo consideremos adecuado. De todos modos, es una instrucción intensiva, por lo cual no echará en falta las relaciones sociales.
Órdenes estrictamente militares. Y esto no es un ‘centro de entrenamiento’: es un campo de concentración. "No" a deambular en solitario por las instalaciones, "no" a establecer contactos con el exterior, "no" a respirar si no me lo ordenan. Traducción: Jacques tiene poder de vida y muerte sobre sus hombres. Jacques seguía hablando.
—...Nuestros hombres trabajan solos o en parejas a lo sumo. Con instrucciones precisas. Organización en células que responden a un superior inmediato: es la forma de hacer más eficiente nuestro trabajo.
Terrorismo liso y llano. Marcel aplastó el cigarrillo en el cenicero y encendió otro para tener algo que hacer con las manos. No te vayas a poner a temblar ahora, viejo.
—Por supuesto, nuestros servicios cuestan dinero —continuó Jacques—. Su entrenamiento, Maurizio, cuesta dinero. Pero si Al Faid es un conocedor, como nos permitimos creer, encontrará que el precio es razonable, y la oferta, incomparable.
Ahora sí tengo náuseas.
—Entiendo que Su Alteza está abandonando su posición neutral por otra... más radical —Jacques esperó su respuesta.
—Así es. Logré convencerlo de plegarse a los otros países del bloque. Es muy difícil hacer negocios en estos tiempos si no se toma una posición definida —lancemos una sonda, a ver qué pasa —. Su Alteza estaría interesado en la adquisición de armamento adecuado para medidas defensivas... en principio.
Los ojos del otro brillaron, y no pudo evitar una sonrisita feroz. Así que también armas. ¿Qué más venden?
—Su Alteza podrá comprobar que nuestros servicios son muy amplios. La Orden también posee empresas en las que puede invertir sin riesgo...
Una alarma se le disparó en el cerebro. ¿Empresas?
— A decir verdad— continuó Jacques—, pensábamos que el pago por nuestro primer servicio podría hacerse mediante la compra de acciones de alguna de ellas.
Entonces, esas pobres desgraciadas son un anzuelo más para agarrar a los ‘clientes’ por las pelotas. Una vez que se entra en el negocio ya no se sale... vivo. Se las arregló para asentir y sonreir.
—Por supuesto, existen muchas formas de pagar los servicios — Jacques parecía estar vendiendo electrodomésticos por televisión. Cuántos eufemismos, basura, pensó Marcel —.Información bursátil, inversiones, invitarnos a intervenir en alguna operación financiera de importancia...
Hijos de puta, te proveen de todo: mujeres del tipo que elijas, armas, inversiones, un asesino profesional que, casualmente, responde al condicionamiento de la Orden. A cambio, te piden nada más que un pequeño gasto de inversión e información o lo que carajo puedan sacarte. Sin duda que el entrenado por la Orden debe saber cómo obtener lo que la Orden desea de un representado renuente. Me está doliendo la cabeza.
Gracias a Dios, Jacques dio por terminada la entrevista. Después de una llamada, apareció un hombre bajo, cetrino y delgado, de rasgos árabes. Se lo presentaron como Nasir Hamad.
—Nasir, tu nuevo discípulo.
Hamad asintió con un gesto duro en la boca y lo estudió apreciativamente, sin decir una palabra. Marcel se levantó y, respetando su papel, saludó a Jacques cuadrándose, al tiempo que chocaba ligeramente los talones. En un acto reflejo, el otro respondió de la misma forma. Marcel dio media vuelta y salió con Hamad.


Por una puerta lateral disimulada en la boiserie, un hombre bajo y grueso entró en el despacho y tomó asiento en el sillón que Jacques había ocupado durante la entrevista con el "nuevo". Jacques se sentó del otro lado.
—¿Y, Prévost? ¿Qué te pareció?
—Interesante, el mayor... ¿Será realmente italiano? Tenía toda la facha, pero a veces...
—¿Qué? ¡Todavía no conozco a nadie que no lo sea y pueda fumar esa mierda de Muratti!
Se rieron a carcajadas y Prévost suspiró.
—Tengo que irme. Reunión de directorio y asamblea de accionistas. No pueden vivir sin su presidente.
Se rieron otra vez. Prévost preguntó:
—¿Cuándo llegan las nuevas?
—No seas impaciente. El objetivo es Alsacia y, con lo de Al Faid, creo que en tres semanas, más o menos, podríamos estar haciendo la entrega.
—Me aburro... —se encogió de hombros. Jacques aguantó una mueca de disgusto. —¿Quiénes van esta vez?
—D'Ors y Hamad.
—¡Hamad! Te recuerdo que entregamos vírgenes, coronel...
—No te preocupes. D'Ors lo maneja bien.
—¿Cuántas?
—Dos, seguro. Sería ideal que consiguiéramos tres. Si De Biassi es lo que promete, estará listo en poco tiempo.
—La extra... la elijo yo.
—Sólo para tus ojos —Jacques sonrió.
Prévost perdió momentáneamente el control y una mueca perversa le retorció la cara. Demoró unos segundos en recuperar la compostura. Después de que se fue, Jacques se quedó pensativo. Se está volviendo tan peligroso como Hamad, advirtió.

PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES, FIN DE LA SEGUNDA SEMANA DE NOVIEMBRE
—¿Qué sabemos de Dubois? —preguntó Odette mientras se asomaba al despacho de su hermano.
Auguste levantó la mirada. Desde que Dubois había sido aceptado en la Orden, no habían tenido más comunicaciones. Ahora dependían de los blips.
—Ayer detectamos algunos blips más. Si no me equivoco, los está ubicando de a poco por dos motivos: primero, porque es la forma más segura de hacerlo, y segundo, porque es su manera de avisarnos que sigue con vida.
Odette tuvo un leve sobresalto. Cisne, ¿te preocupa Dubois?, se preguntó Massarino. Se guardó la sonrisa para otra ocasión.
—Bien hecho —comentó ella en tono neutro—. El Cro-Magnon piensa —agregó en voz baja.
—¿El qué?
—Nada. Una observación personal —pero no pudo evitar una sonrisa de Gioconda.
Por supuesto que es personal, querida, pensó Auguste. Hace años que no te escucho ponerle sobrenombres a nadie.
—Dijiste Cro-Magnon...
—Bah. Ya lo ascendí en la escala biológica. Está a punto de graduarse de Homo sapiens sapiens —Odette replicó y volvió a salir.
Definitivo. Esta vez, vamos por el buen camino. Y si a Dubois se le ocurre arruinarlo, lo estrangulo con mis propias manos.


Comisario de división Claude Michelon


PARÍS, LA DÉFENSE, MISMO DÍA POR LA NOCHE
Agregó otro chorrito de edulcorante líquido al café con leche y lo dejó enfriarse tranquilo en la taza. Se recostó en la cama, pensativa.
Ya estamos aquí, al borde del precipicio. No tengo vértigo. Sólo la necesidad de saltar. ¿Qué hay allí abajo? ¿Las piedras sobre las que voy a estrellarme, o el mar en el que puedo nadar y salvar la vida? Nadie me sostendrá en la caída esta vez. Estoy sola. Pero sé que te voy a encontrar. ¿Qué había en tus ojos cuando le hiciste esa atrocidad a Jean-Luc? ¿Qué sentiste al destrozarle la vida? Si puedo, si llego, si vivo, juro que no vas a hacérselo nunca más a nadie. Aunque tengamos que matarnos juntos. El pensamiento le provocó un instante de aprensión.
La misma aprensión que había vislumbrado en Auguste y en Michelon durante el encuentro a última hora del día. Madame la había estudiado en silencio. Mantenía con sus subordinados una distancia que le permitía evaluarlos lo más objetivamente posible, y eso era algo que Odette apreciaba profundamente. A mí tampoco me gusta involucrarme.
—Capitán —le dijo la comisario—, la cobertura que preparó para usted me resulta un poco arriesgada. No sé si estoy totalmente de acuerdo con que se mueva tan... desprotegida.
Auguste le había dicho lo mismo. Carajo, ¿empezamos otra vez?
—Madame, lo estudié desde todos los puntos de vista posibles: no tenemos otra forma de infiltrarnos. Dubois desde adentro de la Orden, y yo como rehén.
—¿Qué pasa si los... selectores... cambian de idea a mitad de camino?
—Ya lo pensé. Es un riesgo que debo correr, pero tengo probabilidades a favor.
—Explíquemelas —la voz de Michelon sonó como un fustazo.
—Si como sospechamos, trafican con mujeres vírgenes, no debería haber demasiado peligro durante el traslado. No pueden arriesgarse a arruinar la “mercadería” —sonrió, sarcástica —.Después, una vez dentro, es cuestión de mantener los tiempos y el plan que establecimos.
—¿Y si hay algún retraso?
—Por lo que observamos, las “entregas” siempre se hacen entre una y tres semanas después de los secuestros. En cuanto a qué es lo que hacen con las mujeres durante ese tiempo, sólo podemos hacer suposiciones, todas desagradables. Pero, otra vez en beneficio de la satisfacción del cliente, no creo que les causen daño físico. Más bien tengo la impresión de que se ocupan de anular la resistencia psicológica de las mujeres o prepararlas para algún tipo de reacción que busque el comprador.
—¿Qué pasa, entonces, si comprueban que entre las elegidas hay una que no se amolda fácilmente a sus especificaciones? —Michelon sonaba sombría.
—Espero que no tengan tanto tiempo a su disposición - Odette enarcó una ceja.
—O tanta capacidad de observación —la comisario la miró fijamente.
—Por favor, son posibilidades absolutamente remotas —intervino Auguste, preocupado—. Está previsto que la fase final concluya apenas lleguen a destino. Para eso están preparados los detectores y los equipos: para evitar demoras.
—Massarino —Michelon replicó —, nunca confíe demasiado en los equipos. Confíe en la gente. Yo lo hago, con buenos resultados —los miró severa —.No quiero perder a mis oficiales. Y eso lo incluye a usted, comisario, y a Marceau, a Dubois. Son “mi” gente. Si no confiara en la capacidad de ustedes, jamás habría permitido este operativo y habría dejado que se ocuparan los cuerpos especiales.
—Hasta ahora no consiguieron nada, Madame —le recordó Auguste—. Por eso hacemos este intento.
Michelon se quedó callada, bebiendo el café sin mirarlos. El cortapapeles de plata le daba vueltas entre las manos, en un ballet que pintaba chispas por las paredes del despacho.
—Madame... —Odette interrumpió la calma tensa —.Ya verificaron los “antecedentes” de Dubois. Los contactos confirmaron las llamadas. Si estos tipos sospecharan algo, ya lo sabríamos. No tengo ninguna duda de que Dubois ya estaría muerto a estas alturas— la mención de la idea le dio una punzada en el estómago —.Él es quien más tiempo pasará ahí dentro. Es el que afronta la prueba de fuego. Dependemos más de él y de sus reacciones que de las mías. Si puede superarlo, y creo que lo está haciendo, el operativo se resuelve en cuestión de horas.
—¿Capitán, pensó en la posibilidad de que actuemos mientras Dubois esté con ellos, sin que usted intervenga?
—¿Y qué conseguiríamos? Si en estos momentos no tienen que hacer ninguna entrega, la probabilidad de que haya mujeres en ese sitio es baja. Tienen una fachada impecable. Por vías legales no hubo forma de pasar de la puerta del lugar. Están limpios. Hasta con algunas pequeñas contravenciones impositivas, como cualquier empresita que se precie de serlo. ¿Qué demostraríamos sólo con Dubois entre esa gente? Tenemos que atraparlos in flagrante, sin dejarles oportunidad a simular otra cosa. Caerles encima cuando estén en plena operación —bebió un sorbo de café y continuó —.No sabemos cómo y cuándo trafican con todo lo otro que suponemos.
Se quedó pensando para sí: ¿Qué demostraríamos si lo dejamos solo y, en contra de todos los pronósticos, lo condicionan? Carajo, teniente, estás empezando a preocuparme.
—Se mueven con mucho cuidado —intervino Auguste—. Camiones en regla, mercadería en regla, entradas y salidas de puertos en regla. Ni siquiera cometen infracciones de tránsito —hizo un gesto de disgusto —.Parece que estuvieran siempre enterados de nuestros movimientos, de los de la Aduana, de Gendarmería —y en voz más baja —:eso es algo que también me preocupa.
No se miraron, pero la sensación de incomodidad de los tres pesaba en el aire del despacho. ¿Un informante dentro de la misma policía?
—No podemos ponerles las manos encima desde afuera — Odette se dio cuenta de que hablaba con los puños apretados y las uñas clavadas en las palmas — .Nos queda esta posibilidad: atacar por el punto más débil que tienen y que no pueden controlar. Podrán estar preparados para un ataque frontal. Quizá... —miró rápidamente en dirección de su hermano —, podrán tener información sobre los movimientos de la policía, pero dudo mucho de que imaginen una infiltración de este tipo. Si lo conseguimos, van a estar completamente al desnudo.
La comisario se recostó contra el respaldo del sillón, sin distenderse.
—Comprenden que hay un momento de la operación en el que estarán a ciegas...
—Es el riesgo más grande que corremos —replicó Odette, sin dar tiempo a Auguste—. Pero ellos también estarán a ciegas. Ya lo están, con Dubois adentro.
Michelon se quedó en silencio una vez más, haciendo girar el cortapapeles.
—No está convencida... —comentó Odette en tono neutro.
—Sí, capitán, lo estoy. Ocurre que también estoy preocupada. Por Dubois. Por usted.
El hecho de que lo dijera sin que le variara un ápice la expresión la estremeció. De pronto, el cortapapeles se quedó quieto. Madame había tomado una decisión.
—Bien, entonces. Adelante como lo planearon. Massarino... —Auguste la miró sin pestañear —,Paworski es responsable por los equipos, así que está en el operativo. Él me lo pidió.
Tanto Odette como su hermano se sorprendieron. Michelon continuó.
—Y no conozco a nadie mejor para esto. De cualquier manera, sabe estrictamente lo que necesita saber para intervenir. Él manejará la información que quiera o no quiera darle a su gente, aunque sé que no dejará filtrar ningún dato que pueda afectarlos. Comisario, capitán, merde —y sonrió apenas.


Merde, break a leg, in bocca al lupo... ¿Cuántas formas hay de desear buena suerte? Hará falta mucho más que eso. Jugó con la cucharita en el café con leche frío. Porque de veras nos estamos metiendo en la boca del lobo. ¿Cómo se siente uno de estar ahí, teniente? Es una experiencia que vamos a compartir muy pronto. Espero que no te coman. O a mí. O a todos.

martes, 21 de octubre de 2008

La dama es policía - Capítulo 14


Gauloises y Gitanes:símbolos de Francia
PARÍS, PRIMERA SEMANA DE NOVIEMBRE DE 1996
Marcel repasó una vez más el equipo mientras fumaba el último Gauloise. Los dichosos blips. Nunca había vuelto a los laboratorios de tecnología electrónica después de su paso por la Escuela de Policía. No sabía si los talleres eran sofisticados o no lo eran, pero las placas de integrados, testers, chips y quincallería electrónica desparramados por todas partes no ayudaban a mejorar la imagen del lugar. Varias pantallas destripadas exhibían sus interiores sin pudor, lo mismo que los ordenadores personales. Parecían esqueletos vacíos de animales exóticos. Para colmo, el jefe de ingenieros, Nikolai Paworski, era un bicho desagradable por el cual resultaba difícil sentir algo lejanamente parecido a la simpatía. Y además estaba empezando a dolerle la boca, pues el efecto de la anestesia se iba perdiendo. Se frotó la mandíbula como si eso sirviera de algo. Era el último lugar del mundo en donde hubiera pensado encontrar a Odette, sentada sobre una de las mesas y prestándole suma atención a Paworski. Carajo, por qué no estudié ingeniería. Al acercarse, vio una chispa de diversión en los ojos de ella.
—¿Ya perdiste tu primer molar en cumplimiento del deber?— dijo Odete haciéndoles señas para que se uniera al grupo.
—Me está empezando a doler —miró a Paworski con rencor—.Podrían hacer los localizadores un poco más chicos.
—¿Más chicos? ¿Usted tiene idea del esfuerzo que representó diseñar un chip que cupiera en una muela? —rezongó el otro, y miró acusador a Odette—. Las muelas de Marceau ya nos dieron bastante trabajo.
—Insisto en que deberíamos contratar ingenieros japoneses —respondió Odette, frunciendo la nariz. Marcel no sabía si reírse o no.
—El reglamento debería prohibir que se aceptaran personas por debajo de ciertos estándares físicos e intelectuales —el comentario de Paworski sonó ácido pero Odette no se molestó.
—Nikolai, uno de estos días voy a arrinconarlo en este laboratorio y exigirle que se case conmigo.
—Antes debería demostrarme que le gustan los hombres.
—Si usted se decide por las mujeres, estoy primera en la lista.
Entró uno de los técnicos, Thibaud, todavía con el abrigo puesto.
—Perdón, me retrasé por el tránsito...
Paworski le echó un vistazo devastador.
—Lástima. Unos minutos más y Paworski era mío— Odette miró al ingeniero con ojos entrecerrados.
—No insista, Marceau. Nunca podrá ponerme las manos encima.
El ingeniero se alejó para buscar algo en el otro extremo del laboratorio. Marcel asistía a la escena sin entender del todo. ¿Paworski tiene sentido del humor? Interrogó a Odette con la mirada y ella le guiñó un ojo cómplice.
—Acá están —gritó Thibaud, alcanzándole una caja a su jefe. Sin darle las gracias, el otro le arrancó la caja de las manos y regresó.
—Para usted, Dubois. Los blips.
La caja contenía esferitas de menos de medio centímetro de diámetro, de material negro y con aspecto de munición de arma de fuego. Marcel miró al ingeniero levantando las cejas.
Blips. Localizadores. No tan miniaturizados como los que les instalaron a ustedes — aclaró Paworski
—¿Por qué se llaman blips? —preguntó Marcel.
—Porque hacen “blip” cuando aparecen en las pantallas de los equipos de detección —la obviedad de la respuesta hizo sonreír a todos, menos a Paworski, por supuesto.
Thibaud intervino, ansioso por un poco de gloria personal.
—Son localizadores para relevamiento. Pueden detectarse a cuatrocientos metros o más, y permiten recomponer un mapa en tres dimensiones del lugar, si se colocan los suficientes blips, claro.
—¿Cuánto es “suficientes”? —preguntó, preocupado.
—Seis por cada planta del edificio —aseguró Thibaud.
—Debería funcionar con cuatro —intervino Paworski, molesto por la intromisión de su subordinado.
—Seis es más seguro —insistió el otro.
—Los localizadores de ustedes dos son diferentes. El rango de detección no es tan amplio, sólo cien metros, pero se intensifican mutuamente cuando están a menos de diez metros de distancia entre ambos.
Odette, que sonreía a medias, enarcó las cejas en un gesto de diversión.
—¿De qué están hechos? —preguntó, levantando una esferita.
Thibaud se apuró a contestar.
—El núcleo del localizador es un isótopo... —Paworski le echó una mirada furibunda y Thibaud se tragó el resto de la frase. El silencio que siguió fue desagradable.
—Lo lamento. Es información clasificada —el tono de voz era brusco: el ingeniero jefe estaba incómodo.
Marcel notó que ya no había diversión en la mirada de Odette: su rostro era una máscara de impasibilidad. Paworski se había puesto nervioso, eso era evidente. El asistente se escabulló por el laboratorio, pretextando algo ininteligible en voz baja.
—Los equipos de radio... también están listos —Paworsrki tartamudeó mientras les entregaba el material.
Odette bajó de la mesa y se apoyó contra ella, cruzada de brazos y con expresión de esfinge. Miró alrededor y, después de comprobar que no había nadie trabajando cerca, preguntó:
—¿De qué están hechos, Paworski?
La cara del ingeniero era un muestrario de culpabilidad. Odette insistió.
—¿Kolya?
—No sé a qué...
—Los blips —ladeó la cabeza.
El hombre inspiró, apretó los labios y miró a todas partes antes de responder.
—Usamos... cerio 141, cerio radiactivo.
Los ojos de Odette se entrecerraron y Paworski se puso violáceo.
—Una cantidad muy pequeña, se lo juro —el hombre parecía a punto de llorar —.Tiene una vida media de treinta y dos días. No... no puede afectar ningún órgano importante; la radiación gamma es muy baja y en menos de un mes les retiramos el implante —Paworski estaba sudando. Marcel tuvo ganas de estrangularlo.
—¿Con quién estamos durmiendo, Kolya? —la voz de Odette era una navaja.
—Inteligencia —murmuró el otro.
Odette tomó su equipo y lo invitó a salir con un gesto. Marcel tomó la caja de los blips y el radio y salieron en silencio.
En el ascensor Marcel dijo:
—Dejémosle los blips de mierda a Paworski.
—Ya es tarde para reemplazarlos. Lo mismo que las prótesis. Los equipos de detección ya deben de estar sintonizados en la frecuencia de estas basuras. ¡Dios! —susurró ella mientras salían del ascensor, camino al despacho de Massarino—. Empiezan por el laboratorio. ¿Y después, qué?
Entraron en la oficina del comisario, que al verlos frunció el entrecejo y lo interrogó con un gesto.
—Tenemos el material electrónico —respondió Marcel, mientras Odette se quedaba de pie en silencio, apoyada contra el archivero.
—A Paworski se le escapó un dato interesante —dijo ella entre dientes.
—¿Qué?
—Los blips. Están construidos con material radiactivo.
—¡Imposible! —Massarino se sobresaltó —.No tenemos acceso a esa tecnología.
—Nosotros no, pero Inteligencia sí. Me gustaría saber cómo mierda llegaron hasta nuestros laboratorios —parecía que Odette mordía las palabras.
El comisario no se molestó en ocultar su desagrado.
—Sabía de un programa de colaboración, pero nunca pensé que fuera esto. La puta que los parió —masculló Massarino—. ¿Y los localizadores de ustedes dos?
Las caras de ambos eran respuesta más que suficiente.
— ¡Qué puta mierda...! —sacudió el escritorio al golpearlo con la mano abierta.
—¿Por qué con Inteligencia? —estalló Odette—. ¡Para ellos somos menos que nada! ¡Escoria que junta la escoria de la calle! ¡Nos desprecian! ¿Qué? ¿Ahora somos sus conejitos de Indias? —estaba a punto de perder los estribos.
Massarino los miró alternadamente. La situación se estaba poniendo difícil y Marcel tuvo la incómoda sensación de que el enojo y la discusión eran acerca de algo que él desconocía.
—Les juro que no sabía que se trataba de esto. Tengo que hablarlo con Michelon...
—¡No puedo creerlo! Cuando la PJ les pidió colaboración, ni se molestaron en contestar —la voz de Odette le temblaba y bajó hasta un susurro ronco —.Estaría vivo si esas ratas hubieran ayudado. ¡Lo dejaron ir solo al matadero! O lo mandaron a sabiendas.
Massarino cerró los ojos y sacudió la cabeza.
—Odette, las cosas pueden haber cambiado.
—¡Claro que cambiaron! ¡Ahora Beaumont es general! —se cubrió la boca con las manos.
Hicieron un silencio durante el cual ella se recompuso y se sentó. Massarino pidió café para los tres. Marcel anotó mentalmente que, en cuanto pudiera, preguntaría al comisario —a solas— por ese Beaumont y el pleito con Inteligencia.
—¿Cómo mierda se las va a arreglar Dubois para contrabandear los blips? —Odette estaba pensando de nuevo como policía. Massarino respiró mejor y Marcel, también.
—No digas palabrotas. No es propio de una dama —el comisario la reprendió.
—No soy una dama —ella lo miró sombría.
Carajo, ¿qué pasa entre estos dos? Marcel se sintió incómodamente de más. Por suerte, el tono de la conversación cambió. Discutieron varias posibilidades. Como munición, no; le quitarían las armas en la primera oportunidad. Tampoco en un doble fondo del equipaje. Lugar demasiado común.
—Tiene que ser algo más sencillo —apuntó el comisario.
—Ajá. Más obvio —Odette se hamacó en el sillón —,“La carta robada”, de Edgar Allan Poe.
—¿Qué? —preguntaron los hombres a la vez.
—Una carta robada que estaba oculta a la vista, mezclada con otras cartas. El lugar obvio. ¿A qué se parecen estas mierditas? - Odette jugueteó con los blips haciéndolos rodar por el escritorio.
— No juegues con eso — Massarino torció la boca.
Odette moduló un "qué hinchapelotas" y el comisario miró al techo, moviendo la cabeza. Marcel no sabía si reirse.
—Municiones, bolillas de rodamientos, perlas... —enumeró Marcel, tratando de cambiar de tema.
—¡Eso! Perlas, cuentas, abalorios... Un cinturón. Sí, un cinturón. Me gusta —Odette movió la cabeza con expresión pensativa.
—¡Pero eso es de mujer! —protestó Marcel.
—Si es italiano, no —intervino, mirando a Odette, que hacía un gesto afirmativo—. Un cinturón de cuero trenzado con abalorios negros.
—Abalorios radiactivos —Marcel sonrió siniestro.
El intercomunicador interrumpió las risas.
—Marceau, responda a Laboratorio por favor —ea Paworski.
—Estoy en el despacho de Massarino —aclaró Odette por el micrófono.
El teléfono sonó instantes después. El comisario hizo señas para que ella levantara el auricular.
—Marceau —estalló el parlante. Odette se lo apartó instintivamente de la oreja.
—¿Cuándo van a cambiar esta mierda? —gruñó—. Sí, Paworski, no grite. Este aparato amplifica demasiado.
—Marceau... quería disculparme... por lo de esta tarde... los blips.
El parlante les taladró los oídos a todos. Odette mantuvo el auricular alejado.
—Está bien. Todos cumplimos órdenes.
El otro vaciló.
—Teníamos una cita en el gimnasio...
—A las seis —Odette sonrió a medias.
—A las seis. Nos vemos.
—Kolya... Por favor, que alguien cambie este interno.
—No es mi...
—Kolya...
—Mañana lo cambian.
Mientras ella cortaba la comunicación, Massarino preguntó:
—¿Van a tirar?
Odette asintió con un gesto.
—No entiendo. ¿Por qué en el gimnasio, y no en el polígono? —preguntó Marcel, extrañado.
—Esgrima. Con el príncipe Paworski jugamos a los Tres Mosqueteros —Odette tenía una expresión traviesa —.Estrictamente deportivo.
—¿Príncipe?
—Bueno, en los Estados Unidos, Paworski sería uno más de tantos canas polacos. Aquí puede darse el lujo de decir que desciende de la más rancia nobleza europea. Si le creen o no, eso es otra cosa.
Se rieron los tres.
— Aaaah...¿Por eso es tan...?— Marcel torció la cara en un gesto altivo.
Ella se rozó la punta de la nariz con el índice y levantando las cejas.
—Su Alteza consiente en mezclarse con nosotros, pobres plebeyos —agregó Marcel en tono teatral.
Odette se encogió de hombros con una media sonrisa.
— Pero pienso cobrarme lo de esta tarde —su expresión era la de un predador.


Se escurrió hasta el gimnasio, que estaba vacío salvo por Odette y Paworski. Estaban tan concentrados en lo que hacían que no notaron su presencia. La tensión entre ambos podía olerse: se les notaba en las actitudes físicas, expectantes, listos a responder a los movimientos del otro. Marcel siempre había creído que la esgrima era un deporte anticuado y sin demasiada fuerza. Elegante, pero muy elaborado para su gusto. Artificioso. Sus opiniones estaban cambiando en ese preciso momento. Odette y Paworski se atacaron velozmente, saltando uno contra el otro con movimientos felinos. No hablaban, nada más acusaban los golpes secamente. Se dio cuenta de que estaba tan tenso como ellos, con el aliento contenido y los puños apretados en los bolsillos del pantalón.

¿Más esgrima?: FencingPhotos

Hubo una sucesión sorprendente de ataques, fintas y contraataques. Ninguno de los dos parecía defenderse en exceso; se estudiaban para golpear donde la guardia del otro lo dejara al descubierto. En un momento, Paworski avanzó sobre Odette, que paró y contraatacó a toda velocidad. El otro intentó una parada a su vez, pero ella penetró su guardia y lo alcanzó. Ambos retrocedieron.
—¡Cuatro iguales! —gritó Paworski.
Fueron al centro de la pedana otra vez. Con el rabillo del ojo vio que Massarino estaba a su lado, también observando.
—No lo vi entrar —susurró sorprendido.
El comisario le tocó el brazo en un gesto que indicaba silencio. Podían oír jadear a Odette y Paworski.
En garde(1) —murmuró el ingeniero. Cruzaron las armas con ferocidad. En un momento, Odette levantó el florete, ofreciendo el flanco. El arma de Paworski buscó el punto débil. Odette paró, contra-atacó y fue a fondo en el mismo salto.
Coupé(2)!
Paworski bajó su arma.
Touché (3)
Se quitaron las caretas y se dieron la mano sonriendo. Paworski saludó militarmente con galantería y se retiró por el lado opuesto del gimnasio. Mientras pasaba entre Massarino y él, desprendiéndose el borde de la chaquetilla, Odette murmuró en tono vengativo:
—Abalorios radiactivos.

(1) En guardia
(2) Golpeado
(3) Tocado