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martes, 21 de diciembre de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 11

PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ESTANCIA "LA AUGUSTA". TERCERA SEMANA DE MAYO


Sentado ante el escritorio, el viejo rozó distraídamente el sobre forrado en cuero: sus dedos no necesitaban mirar para encontrar las ranuras sutiles que señalaban la tapa-trampa. Movido por una tentación irresistible, tironeó del escueto cajón central y la tapa se soltó de su cerradura oculta. La levantó en un estado casi hipnótico y tanteó la cajafuerte. No sé porqué hago esto.
Desparramó el contenido de la caja encima del escritorio, sin acabar de decidir qué buscaba y hurgó con el índice entre papeles quebradizos y fotos más o menos amarillentas. Una rosa seca se deslizó entre unas hojas, y con delicadeza la puso a un lado con una sonrisa fría. Se dijo a sí mismo que ese husmear ocioso no tenía más propósito que matar el tiempo inmóvil de una tarde lluviosa de otoño. Y sin embargo sus dedos sí sabían qué buscar, porque tomaron la hoja correcta y la carta se desplegó ante sus ojos como una flor extraña, marchita y sin embargo, en cierto modo, viva. La caligrafía casi infantil que denunciaba la escasa educación de quien la había escrito hacía ya más de cincuenta años, le trajo una emoción que hacía mucho había olvidado que podía sentir.
No leyó: no quería hacerlo. Para qué, si conocía cada palabra de memoria. Ella había muerto poco después de escribirla, en respuesta a una única carta suya. Él, que jamás había escrito antes una carta de amor. ¿Amor? ¿Dijiste “amor”? ¡Viejo cuentero! Estás solo frente a tus recuerdos y no podés mentirles. Nunca hablaste de amor. Ofreciste protección, dinero y buen pasar. Muy educadamente, como corresponde a un caballero. Uno que invita a una mujer a ser su mantenida. ¿Quién podría haber rechazado semejante oferta en medio de la guerra? Ella, viejo zonzo. Cómo te equivocaste...
Desde la fotografía sepia y de esquinas desgastadas y carcomidas, aquellos ojos negros dedicaban sus miradas a otro que no era él.
Por alejarte de mí te alcanzó la muerte disfrazada de bombardero americano. Y ni siquiera una tumba en donde dejarte una flor a escondidas. La guerra me privó hasta de ese consuelo absurdo. Metió todos los papeles y las fotos de nuevo en la caja y la guardó en el escondite del escritorio. De pie frente al ventanal dejó que los recuerdos lo asaltaran y en el reflejo del cristal, encontró su mirada, que evocaba a otra también de agua, también cruel y fría. Sangre de su sangre, derramada por sus propios errores.
¿En qué me equivoqué con él? ¿Cuánta sangre nos costó? Mis manos jamás derramaron sangre pero firmaron tantas sentencias... ¿No es lo mismo? ¿Qué es el verdugo más que un ejecutor de decisiones ajenas? Tuve la suerte de que ciertas decisiones no fueran ejecutadas por mis propios verdugos, pero las hace eso menos violentas? Condené a mi propia sangre, esa es la verdad. Pero si tu mano derecha peca...
Rumiaba el tema y volvía a la misma eterna conclusión: debía hacerse. Mi propio nieto. El futuro de mi casa. Pero era una herida que lamía a escondidas.
Qué cruel es la verdad. Con tantos que se niegan a admitirla, resulta ser el mejor embuste de todos. ¿Y mi verdad? ¿Cuál es? ¿Ejercer el poder sin pasión y sin locura, llevar el timón con mano firme, dirigir detrás de la escena? ¿A eso se redujo mi vida? Y ahora vos también te fuiste, dejándome definitivamente solo. Lo supe por los diarios y por un presentimiento extraño que no me atrevo a llamar dolor, que me quitó el sueño varios dias. Fui a mirarme al espejo para recordarte, tanto nos parecíamos, y hacerme a la idea de lo que me espera: sin descendencia, casi sin esperanzas. Me queda una sola, tan pequeña que no me atrevo a formularla ni en mis pensamientos. A los dos nos castigaron con hembras y después nos resarcieron con varones. Quién sabe...
Su celular vibró y él respondió, agradeciendo la irreverencia de la tecnología que no respetaba los recuerdos de nadie. Reconoció instantáneamente la voz del otro lado.
— Tengo un encargo para usted — dijo sin detenerse en preámbulos.
—¿Recibiré órdenes escritas? — preguntó el hombre luego de escuchar sin interrumpirlo.
— No en esta oportunidad. Recibirá instrucciones telefónicas y reportará telefónicamente sólo a mí. Utilice el identificador de voces cada vez que hable conmigo para asegurarse. La investigación es absolutamente confidencial y me refiero a que nadie más, ni siquiera el coronel Ortiz, debe conocerla.
Hubo una levísima vacilación del otro lado.
— De acuerdo, señor. ¿Cómo le enviaré las fotografías?
Le dio una dirección de correo electrónico.
— Obtenga un nuevo e-mail y utilice códigos de encriptamiento para los envíos. Sólo imágenes, ningún texto.
— Sí, señor.
— El punto de partida es Milán. Inicie allí la búsqueda, consiga una cobertura válida para el caso que la necesite.
Del otro lado hubo nada más que un “sí, señor” seco: la comunicación había terminado.
De pie frente al hogar monumental coronado por el espejo majestuoso, se sirvió un whisky y levantó los ojos mientras bebía. La imagen podría haber sido también la del otro: el mismo orgullo frío, la misma mueca dura en la boca. Por fin sabré si la madera de que estabas hecho era igual a la mía.


MILÁN, PALAZZO BOZZI, SEGUNDA SEMANA DE JUNIO


Valentina Bozzi in Contardi

— Signora Valentina — el mayordomo llamó su atención discretamente.
Valentina Bozzi in Contardi se volvió hacia él sin responderle.
— El señor Corrente, señora.
— Hágalo pasar al escritorio.
Guglielmo asintió y se retiró en silencio. Tanto esperar las noticias que Corrente traería y ahora los nervios le jugaban una mala pasada. Inspiró profundo varias veces para recuperar el control y se miró al espejo antes de bajar. El cristal fue despiadado, pero no era su culpa. ¿Cuánto tiempo pasó desde la última vez que la vi? Veintinueve años. Una vida. Después, Marcello me prohibió volver a verla. Y yo acepté. Yo permití que nos hicieran esto.Entró al estudio y el hombre se puso de pie.
— Donna Valentina... — inclinó la cabeza para saludarla.
— Tome asiento, señor Corrente. ¿Le ofrecieron algo?
— Preferí esperarla a Ud.
Llamó a Guglielmo para pedirle el café. Estoy retrasando las cosas, Corrente ya debe haberse dado cuenta. Decidió poner fin a su propia inquietud.
— ¿Pudo averiguar algo?
— En primer lugar, que hija y su nieto dejaron Grenoble para trasladarse a París.
— Dios, no tenía idea... ¿Cuándo?
— Cuando su nieto tenía dieciseis años.
— ¿Por qué?
— Su hija y su yerno se separaron.
Constanza había muerto prematuramente de un cáncer de pecho, extendido en forma fulminante. Ella lo había sabido casi un año después, al encontrar las cartas de su nieto entre los papeles de Marcello. Lo odió por haberle ocultado tanto la existencia de esas cartas como el intento de su nieto por tomar contacto con ellos. Las cartas no mencionaban nada acerca de él o de su padre. No sabía que ella había abandonado a Jean-Pierre. Marcello no tenía excusas para esconder la muerte de su hija, aunque jurara que hacía mucho ella había muerto para él. Había destruído los sobres, negándole la posibilidad de encontar a su nieto.
— Signora...— Corrente se había mantenido en silencio.
— Discúlpeme. Continúe por favor.
— Lo localicé a través de los datos en los registros del cementerio, pero cambió de domicilio dos veces desde entonces.
— ¿Entonces — interrumpió asustada —, no tenemos forma de encontrarlo?
— Sí— Corrente la tranquilizó—, su nieto pertenece a la Policía. Está en la Prefectura de París. Comprenderá que cualquier investigación debe ser cuidadosa.
— ¿Policía como el padre?
— No, señora. Su yerno es coronel de la Gendarmería; actualmente está destinado en Estrasburgo.
— Está bien. No importa. ¿En un mes es todo lo que pudo encontrar?
— También conseguí su domicilio, aunque no fue fácil.
Sacó del portafolio un sobre con fotografías y se lo entregó. Las miró con los ojos llenos de nostalgia. Sí, era su nieto. La misma mirada que tenía a los cinco años. La mirada de Constanza. Parecido a su padre y sin embargo... Algo de Marcello, algo indefinible, estaba allí, vivo.
— Esta es su pareja. Ella también es policía. No viven juntos.
Le alcanzó más fotografías, esta vez de la mujer. Su expresión debió ser muy reveladora porque Corrente le preguntó si la conocía.
— No puede ser ...— murmuró — ¿Sabe su nombre, la edad?
— Parece de la misma edad que su nieto, quizás menos. Lo de los nombres fue toda una sorpresa.
Valentina sintió acelerársele el corazón.
— Ella aparece en los registros de la Prefectura como Marceau, pero su apellido de soltera es Massarino. Es hija de Franco y Addolorata Massarino, ex-étoiles de la Opera. El padre es actualmente el régisseur de la Opera de Palermo y tiene ofertas del San Carlo de Napoli y de la Scala — Corrente se habia entusiasmado — Eso fue lo más sencillo de indagar: eran estrellas internacionales.
Cerró los ojos y se recostó en el sofá. La hija de Addolorata. Quién sabe cuánto estuvo así, porque Corrente le preguntó si se sentía bien.
— La verdad es que no demasiado.
 — Comprendo.
No, no puede comprenderlo. Que el pasado nos persiga de esta forma no es para explicárselo a cualquiera.
— Señor Corrente, yo le pediría...
— Por favor, señora. No tiene que pedirme nada — le entregó el resto de los papeles —. Puedo volver cuando Ud lo desee. Espero su llamado.
— Se lo agradezco mucho.
Corrente se fue y Valentina volvió a su dormitorio con los papeles y las fotos. Tomó la foto de ella, tan parecida a su madre que la había hecho confundir. Qué tontería preguntar la edad. El recuerdo todavía le atenazaba el corazón. Como fundadores y miembros del Consejo de Administración del teatro de La Scala, Marcello y ella habían conocido muy bien a las estrellas que se presentaban. La Scala era un escenario donde los Massarino habían bailado a menudo, hasta que un día se negaron, corteses pero firmes, a renovar los contratos.
Marcello, que intervenía en todas las negociaciones, se había encerrado en un mutismo estatuario y furibundo mientras Franco Massarino ponía una excusa elegante tras otra bajo la forma de “compromisos indeclinables” y “palabra de caballero” al teatro Tal o Cual. Addolorata, que siempre acompañaba a su marido, no había estado presente en ninguna de las tirantes reuniones. Valentina no asistía a las sesiones del Consejo de Administración pero Umberto Testi, secretario del Consejo y su amigo de toda la vida, la informaba con puntualidad de las actividades del teatro y de las de su marido.
Umberto y Marcello mantenían una fría y mutua antipatía barnizada por la buena educación, pues el teatro los necesitaba a ambos y ellos se necesitaban entre sí. Los contactos de Marcello eran increíbles y su capacidad negociadora iba a la par de su inmenso poder de seducción. Umberto, por su parte, tenía una sensibilidad agudizada por su condición de homosexual confeso, que sólo agregaba encanto a los rancios títulos de nobleza que exhibía entre coqueto y ostentoso, sin perder ni un ápice de su glamour. Los músicos más exquisitos y arrogantes, los bailarines más caprichosos se rendían a su simpatía, su savoir-faire y quién sabe a qué más. Las prime donne del ballet y la ópera las dejaba para Marcello y entre los dos, el teatro se aseguraba las mejores voces, las estrellas mundiales del ballet, y los conciertos en los que cualquier músico hubiera dado su mano derecha por participar. El Consejo de Administración bailaba una complicada contradanza con su vicepresidente y su secretario y, en beneficio de la escena, cerraba los ojos a las actividades más o menos privadas de ambos.


Teatro Alla Scala
Valentina era confidente íntima de Umberto y de sus desvelos por la fiamma de turno, que invariablemente le dejaba el corazón destrozado. Nada podía ser más opuesto a Marcello. Las conquistas de su marido duraban hasta que aparecía el siguiente objetivo. Una soprano amenazó con suicidarse cuando Marcello la dejó por una nueva atracción, y el escándalo bastó para aumentar la fama de seductor irreductible del presidente del Consejo, convirtiéndolo en pieza más que codiciada por las damas y no tanto del tout—Milan. Marcello disfrutaba sin ningún empacho de las prebendas del renombre que lo precedía y que le ahorraba el esfuerzo de ser encantador. Hasta que los Massarino hicieron su entrada en escena.
Al igual que el público, Umberto se fascinó con la pareja y su historia de amor de cuento de hadas. Instantáneamente se convirtió en uno de sus más fervientes dilettanti. A Marcello las historias de amor le importaban un comino. En cuanto supo que Franco Massarino había nacido en Nápoles de una familia humildísima y que casi no había tenido educación hasta que comenzó a bailar casi por casualidad, dejó traslucir su olímpico y aristocrático desprecio por el bailarín. Pero por alguna razón oscura, Addolorata se le convirtió en una obsesión. Se apasionó por ella de un modo irracional y esa misma pasión contrariada lo volvió más violento que nunca.
Valentina evitaba a su marido a toda costa, aún de desaparecer dentro de su propia casa, espantada por la cólera que estallaba por cualquier minucia. Marcello se encerraba en su estudio y ella corría a encerrarse en su dormitorio — ya no dormían juntos desde hacía mucho, gracias al Cielo —, a la espera de que el día siguiente trajera una relativa calma con la noticia de que él ya había salido.
Por medio de un preocupado Umberto supo de la persecución feroz de que era objeto Addolorata. “¿Por qué lo soportas?”, era la eterna pregunta de su amigo que ella no podía responder. ¿Cómo explicarle que pendía sobre ella una amenaza demasiado grande, demasiado cruel, si se atrevía a cualquier cosa ? Era preferible que sólo yo lo sufriera  y no mi hija. Constanza ya sufrió demasiado. Debía proteger a su hija y al nieto al que casi no conocía.
La tensión en el teatro se hizo sentir. Corrieron versiones de que Marcello había forzado un encuentro a solas con Addolorata, acerca de cuyos resultados los vestidores y tramoyistas no terminaban de decidirse.
Umberto le confirmó luego que los Massarino se habían negado a renovar contratos con La Scala. El Consejo estaba desolado y Marcello manifestó su frío desagrado por la situación, comentando que Franco Massarino era un terrone sin educación y que no merecía que el teatro continuara ocupándose de él y de sus caprichos. Después de cinco o seis años de ese episodio y de no bailar en ningún teatro de Italia, los Massarino volvieron al San Carlo de Nápoles. Ella se enteró del acontecimiento por los periódicos, por Umberto que le contó que volaría de inmediato a tratar de convencerlos de volver a La Scala y por Marcello, que repentinamente tenía negocios en Nápoles.
Lo único bueno de todo eso era que lo tendría lejos por unos días y, quién sabe, como cada vez que viajaba por negocios y por mujeres, Marcello volvía de buen humor y la dejaba en paz, o al menos no la maltrataba verbal o físicamente durante un tiempo. No pudo haberse equivocado más: su marido volvió demasiado pronto, demasiado furioso, con esa cólera que era la que más la aterrorizaba porque permanecía agazapada como un animal salvaje a la espera de la más ínfima provocación.
Apoyó las fotografías a un costado sobre la cama y suspiró. Y ahora, mi propio nieto vive con la hija de los Massarino. Si los viera Marcello, se moriría de nuevo de la sorpresa. Si yo no hubiera sufrido tanto todos estos años, podría disfrutar de su castigo, más que merecido... Pensar que alguna vez te amé. Me quitaste a mi hija, me humillaste con tantas otras mujeres. La única que me respetó fue Addolorata. Voy a reparar tantos errores. Perdí a mi hija pero no voy a perder a mi nieto.

****


Gaetano Corrente azotó la puerta al entrar al cubículo de madera gastada que cumplía las funciones de despacho, archivo y fumadero de tabaco negro. Miró con disgusto el único rincón de su escritorio que no tenía papeles encima: había tierra acumulada, lo que significaba que hacía varios días que nadie se dignaba a limpiarlo. Estiró el brazo para alcanzar una carpeta que se mantenía en peligroso equilibrio inestable sobre una pila de expedientes de origen variado. Qué complicación, Virgen Santa. Es cana, carajo. Bah, es tan mortal como cualquier otro, meditó bajo los efectos mefíticos del humo. Pero me rompe las pelotas que sea cana. ¿Y ella? Nadie habló de una mujer. Otra cana. No había recibido instrucciones acerca de ella pero las necesitaría muy pronto.
Llegar a Valentina había sido casi un juego: Alessandra Giuliani se había encargado sutilmente de entregársela en bandeja de plata, por sus propios oscuros motivos. "La vieja dice que necesita un detective y me gustaría saber en qué anda. ¿No me harías ese favorcito?" Y ahora, Valentina confía en mí, se mordió el labio y pitó furibundo. ¿Desde cuándo tenemos problemas de conciencia ? Es un encargo como cualquier otro. Y estaba seguro de que no sería la primera ni la última vez que tuviera que "anular definitivamente" un "encargo", con ancianitas confiadas de por medio o sin ellas.
Bufó al tiempo que cambiaba de posición y el sillón crujió incómodo. Su reflejo en el cristal le devolvió un rostro cansado, con barba crecida de un día. Tendría que afeitarme antes de ver a Alessandra. Pensó en la mujer y en el cuerpo de la mujer y el habitual pulso erótico le recorrió la piel con la intensidad de siempre.
Macchè razza di coglione sono , Santo Dio(1) , no puedo seguir con ella. Se lo decía antes de cada encuentro y cuando la tenía cerca, se derretía como un pendejo. La relación con Alessandra podía costarle mucho más de lo que estaba dispuesto a perder pero era incapaz de tomar una decisión. Fumó con rabia el MS mientras giraba el sillón, para tomar el expediente del archivero y dedicarle un poco de su estimable atención a sus obligaciones oficiales. No hay nada definitivo, ninguna prueba. Nada que la Policía o los Carabinieri puedan usar contra Ruggieri o los Giuliani. Muy razonable, en tanto era él quien se ocupaba de mantener el expediente con el nivel de higiene adecuado. Se encogió de hombros mientras hojeaba las páginas manoseadas y sonreía torcido: tampoco sería la primera vez que un socio menor fuera abandonado para que las policías locales se lucieran metiéndolo a la sombra. Para eso estaban los hombres que pertenecían a las Fuerzas: para actuar cuando les correspondiera, eliminando las lacras de la sociedad. Él mismo, por ejemplo.
Tecleó desde el celular el número que jamás marcaba desde la línea telefónica común y esperó ansioso. Cuando la voz sensual respondió del otro lado, sintió que el nudo de la garganta se le disolvía en el estómago como por arte de magia y se insultó por ello. Arregló la cita y al cortar la comunicación, el deseo se había ocupado de ahogar a la culpa.

GÉNOVA, SEGUNDA SEMANA DE JUNIO
Marcel bajó al lobby del hotel para hacer la llamada. La quinta o sexta del día, pensó con acritud.
— Odette... — casi no podía hablar por la crispación que lo ahogaba.
— ¡Amor! ¡Qué sorpresa!
— Te llamé catorce veces a la oficina y no estabas...— gruñó.
— Estoy siguiendo un caso— ella replicó con tono de "ya deberías saber" y eso lo irritó más de lo que era capaz de admitir.
— No puedo volver este fin de semana — le informó brusco.
— Ah, bu- bueno...¿Cómo te está yendo con los cursos?
— Todo maravilloso — ladró —. Te extraño. Carajo, te necesito— podrían rastrear la llamada—. Tengo que cortar, no creo que pueda llamarte hasta el lunes.
— Está bien entonces...Espero tu llamada el lunes. Te quiero.
— Yo también.
Cuando colgó se sentía peor que antes. Subió a la habitación con ánimo pesado: Sonja lo estaba esperando y se le tiró encima apenas cerró la puerta.
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(1) ¡Pero qué clase de pelotudo soy, Dios mío!

jueves, 14 de agosto de 2008

La dama es policía - Capítulo 8




Obertura de "El lago de los Cisnes", Pyotr Illich Tchaikovsky

PARÍS, 1957
Los aplausos atronaron el teatro durante una eternidad, mientras los bailarines flotaban en ese Nirvana que ocurre después de un enorme esfuerzo físico y mental. Al agotamiento lo seguía siempre esa maravillosa e indescriptible sensación casi posorgásmica que provoca la aprobación rugiente del público. Esa noche además, aplaudían por partida doble: el Cisne de Kiev, la gran Alina Pawlowska, se retiraba de la danza. Tomada de la mano de sus partenaires, saludaba bajo una lluvia de flores que ya cubría el proscenio por completo, aunque ella no pudiera verlo por las lágrimas.
Había bailado "El lago de los cisnes" no sólo con los pies sino con la vida puesta en cada paso. Su Odette había sido sublime y había arrancado lágrimas y vítores por igual. Si supieran —pensó— que yo también acabo de morir. Tragó saliva para ahogar el nudo que tenía en la garganta. “¡Arriba la cabeza, muchacha! ¡El cuello siempre erguido, el talle como una vara! ¡Con gracia, con gracia!” Las instrucciones de su maestro de baile le resonaban como una cantilena y le servían para alejar otros pensamientos. Era su sonsonete privado cuando necesitaba concentrarse: “¡Arriba la cabeza! ¡Majestuosa!”.
Eso, majestuosa. Y majestuosa debería ser su salida de la escena y de la vida. De la vida de Franco Massarino. Visino di Fata lo había llevado de la mano por los caminos del ballet hasta la fama y el éxito, y él había retribuido con devoción absoluta su dedicación. Demasiada devoción —pensó—. No puedes seguir aquí, ragazzino mio. Nuestros caminos deben separarse.
Hacía apenas unas semanas que Franco había entrado en su camarín para hacerle la proposición más increíble que había recibido en su vida.
—¡Visino di Fata, cásate conmigo! —le dijo con la ilusión bailándole en la cara.
Alina se volvió hacia el espejo para no mirarlo a los ojos, cerró los suyos, tomó coraje y con toda la ironía y el desprecio de que fue capaz, respondió:
—No estás hablando en serio, querido, ¿sí?
—Alina, por favor, nunca hablé más seriamente que ahora...
—¡Fuera de aquí! ¡Cómo te atreves!
—Alina, te amo... —y un sollozo lo dejó sin palabras.
Estuvo a punto de dejarse conmover. Hubiera sido tan fácil ceder y dejarse amar... ¿por cuánto tiempo? ¿Un año? ¿Dos? ¿Cuántos? ¿Y después, qué? Alguna más joven y hermosa la reemplazaría y ella se moriría de dolor. No, era mejor morir ahora, antes de haber probado aquel cuerpo fuerte y dulce, aquel aliento que había adivinado, aquellos brazos que la habían sostenido en el escenario y que se ofrecían a sostenerla en la cama. Él amaba a la estrella, a la imagen que tenía de su Visino di Fata. Ella lo sabía porque ya había pasado por la misma experiencia, hacía tanto, en Kiev. Pero Rudolph no le había destrozado el corazón rechazándola. Había tomado la fruta jugosa que se le ofrecía y, a su extraña manera, la había amado. Sí, alguna vez, fue realmente feliz.
Cuando Franco salió del camarín deshecho de dolor, Alexander se asomó de entre los cortinados con una sola frase:
—¿Por qué?
Se abrazó a su hermano para llorar en silencio. Porque lo amo demasiado, Sasha, pero no puedo decírselo. Porque lo que esperé toda mi vida llega tarde. Lloró como cuando sus padres huyeron con ella en brazos ante el avance imparable de Lenin y la Revolución. Lloró como no había llorado desde los campos de concentración alemanes. Lloró como el día en que decidió desertar para salvar a Alexander de la persecución implacable del Partido, que no aceptaba a los disidentes homosexuales. Tantas pérdidas, y ahora, la más dura de aceptar.
—Madame —dijo el médico pausadamente mientras la auscultaba—, creo que... eh... sería mejor realizar unos estudios un poco más... eh... profundos. Su condición actual no me pare-ce... eh... totalmente adjudicable al agotamiento físico. Vístase, por favor.
Los estudios habían confirmado lo que el médico sospechaba y no se había atrevido a decirle desde un principio: una disfunción valvular cardíaca congénita (¡Dios, cuánto palabrerío científico para decirte que vas a morirte antes de lo que creías!, pensó Alina con leve disgusto), no solucionable mediante medicación adecuada y cuya resolución quirúrgica entrañaba ciertos riesgos (¡Basta, basta! Va a matarme de aburrimiento) aunque él personalmente recomendaba el intento...
—Gracias, doctor. ¿La cirugía es absolutamente inevitable? Quiero decir, ¿qué ocurrirá si no...?
—Si no se opera, Madame, bien... eh... por lo pronto, deberá abandonar toda actividad física fatigosa.
—Mi actividad es fatigosa, doctor — restalló Alina con acidez.
—Lo sé, Madame. Lo que estoy tratando de decirle es...
—Es que si quiero vivir un tiempo más, debo abandonar el ballet, ¿verdad? Olvidarme de la escuela de danza y del teatro y vivir lo que me quede por vivir en un sillón de ruedas.
—Madame, la cirugía puede ayudarla muchísimo en esto.
—¿Podré volver a bailar? ¿O dirigir la escuela de ballet?
—Eso no puedo garantizarlo. Todo depende de cómo reaccione su organismo.
—¿Cuánto tiempo viviré si no me opero?
—No lo sé, Madame. No lo sé — el médico bajó los ojos, entre derrotado y avergonzado.
Para ser una condenada a muerte, me siento bastante bien, pensó Alina de regreso a su casa. Y en definitiva, ¿no estamos todos condenados? ¿No hemos de morir algún día? ¿Y quién te dijo cuándo se ejecutará la sentencia?
—Entonces vivamos, Alina — había gritado Alexander al enterarse del diagnóstico— ¡Vive, ama a Franco, cásate con él, ¡sé feliz!
—No, mi Sasha. No me casaré. Tendré que ser feliz de otra forma.
La felicidad tiene caminos extraños, se decía Alina mientras repasaba la coreografía con el régisseur. "El lago de los cisnes" era más que adecuado para su despedida. ¿No era ella el Cisne de Kiev? Rudolph la había llamado así, y a ella le había gustado. Entonces, estaba decidido. Pero sabía que no podría bailar la obra completa. Necesitaban encontrar una Odile: el Cisne Negro. Qué significativo, pensaba Alina, que el Cisne Negro fuera la sentencia de muerte de Odette. El régisseur le habló entonces de la nueva bailarina: era muy adecuada para el papel. Alina lo supo apenas la vio bailar. Sí, esta vez el Cisne Negro no sólo derrotaría al Cisne Blanco: haría que los que la amaban la olvidaran. “Es magnífica”, comentó ella. “No tiene tu majestad”, insistió el régisseur.
No; tiene la fuerza, el brío, la insolencia de la juventud, la vida. Franco mío, espero que te agrade mi elección: serán una pareja magnífica.
Un año después, en el mismo escenario de la Ópera de París, luego de haber bailado un "Corsario" inolvidable, Franco Massarino y Addolorata “Lola” Vittorello, étoiles de la Ópera-Garnier, anunciaron su boda entre los aplausos y lágrimas del público.

PARÍS, 1962
Franco abrazó a su mujer y la cubrió de besos.
—¡Una niña, mi vida!
Después de tantos varones en la familia, una preciosa niñita para su preciosa Lola. No podía dejar de contarle los deditos de los pies ni evitar emocionarse al verla en el pecho de su madre. Hasta el pequeño Auguste, un poco desconcertado por el revuelo, se había acercado de la mano de nonna Nunzia a la ventana de la nursery para conocer a su diminuta hermana. El bautizo sería ocasión para una fiesta grandiosa, casi tanto como lo había sido el de Auguste.
—No pensamos en el nombre — susurró Lola cuando las visitas se fueron.
Franco se quedó en silencio y con la mirada perdida en quién sabe qué recuerdos.
—Me gustaría llamarla Odette.
—Pensé que querrías ponerle el nombre de tu madre.
Franco negó con la cabeza. Vita le había pedido expresamente que no llamara a ninguno de sus hijos con su nombre y él quería respetar ese último deseo. Alcanzaste a verme debutar, mamá. Al menos pude bailar para ti una vez. Intentó pasarse la mano por la cara para detener las lágrimas que se le escapaban despacio, pero Lola se la retuvo entre las de ella.
—Es bueno llorar.
—Pero es tan triste, y hoy...
El cáncer pulmonar se había llevado a Vita una semana después del debut de Franco como primer bailarín del San Carlo. Habían pagado fortunas por la morfina que había hecho que la pobrecita no sufriera los dolores atroces del final.
—¿Cómo la llamaremos? —insistió Lola para desviar su atención.
—¿Annunziata, como tu madre?
—No, basta de abuelos. Quiero un nombre francés.
Don Antonino había insistido en ello al nacer Auguste: "Será ciudadano francés; entonces, que tenga nombre francés”. Y aunque llevaría los nombres de sus dos abuelos porque Lola se había encaprichado con la tradición italiana, deberían escribirse en francés.
Lola estaba dejando a la niña en la cuna cuando oyó a Franco decir:
—La llamaremos Odette. Nuestro pequeño cisne.
El silencio duró unos segundos; luego ella comentó suavemente:
—La amaste mucho, ¿verdad?
Franco la abrazó con fuerza, la besó y, mirándola a los ojos, respondió:
—A ella la amé como un niño. A ti te amo como un hombre — y era la absoluta verdad.

Escuela de ballet de la Opera de París (Opera-Garnier)

Odette no resultó ser el "pequeño cisne" que sus padres esperaban. No para la danza. Después de ocho años en la escuela de ballet, el maestro de danza llamó a ambos padres para decirles que, aunque buena alumna, era algo indisciplinada y él recomendaba algo un poco más enérgico. Por otra parte, su contextura física no se adaptaría bien.
—Claro que tiene la altura y el peso correctos, pero... Bien... Quiero decir, el desarrollo de la joven...
—Lo que M. Bertrand quiere decir, mamá, es que los cisnes no tienen tetas —disparó la mocosa.
El maestro de danza enrojeció, palideció y asintió y Lola se rindió ante la evidencia: Odette tenía silueta de sirena, no de sílfide. En eso, su hija se parecía más a nonna Nunzia que a ella.
—Bien — filosofó Franco—, no seremos una familia de bailarines.
Odette estaba feliz de abandonar la escuela de ballet más terrible del mundo. Desilusionar a sus padres era lo último que deseaba en la vida pero la idea de horas y más horas como rat(1)la estaba volviendo loca . Lola la abrazó diciendo que lo que su hija eligiera estaría bien para ella, y lo decía con el corazón. Así que el "ex-cisne", como la llamaba su hermano mayor, dedicó sus esfuerzos al noble arte de la esgrima. Sus reflejos pronto se hicieron notar y el maestro italiano tuvo más de un motivo para enorgullecerse. Odette insistía en que le enseñara a esgrimir el sable o por lo menos la espada, pero tuvo que conformarse con el florete.
—No es un arma para mujeres, "signorina" Massarino. Las damas sólo esgrimen florete.
—Yo no quiero ser una dama —insistió testaruda, pero el “no” fue definitivo. Muy bien, ¿ni sable ni espada? Entonces, nada más que con contrincantes masculinos. No hubiera hecho falta aclararlo: ni una sola compañera del club se habría atrevido con el Cisne. Demasiado feroz para ellas, un hermano mayor maledicente aseguraba que disfrutaba asustando a las chicas en la pedana.
Para satisfacción de Franco, continuó con sus estudios de canto. Llevaba la ópera en la sangre y si hubiera tenido los agudos requeridos, quizás hubiera sido cantante lírica. Pero las contralto nunca son "prime donne" así que desistió de ingresar al coro del teatro. De todos modos, a "nonno" Augusto le encantaba cantar canzonette a dúo con su bambina.
Después llegó la esgrima de bastón. Esta vez Lola sí protestó, pero Odette insistió en que era muy elegante.
— ¡Seguro! Le dará de bastonazos a sus pretendientes “elegantemente” —, dijo Auguste, muerto de risa, y a continuación experimentó en carne propia un curso acelerado de la disciplina deportiva que acababa de criticar.
—Bueno, tiene carácter —comentó Franco, tratando de contener las carcajadas mientras Lola abrazaba a los beligerantes que se amenazaban con la mirada.

(1) rat: rata. Estudiante de la escuela de ballet de la Opera-Garnier