PARÍS, CONSULTORIO DE LA DRA. MEINVIELLE. MIÉRCOLES POR LA MAÑANA
Marceau asomó tímida, sin entrar del todo.
— ¿Tiene un minuto?
Meinvielle se subió los lentes de medio marco y sonrió.
— Tengo varios. Pase, pase.
Marceau se sentó en el borde del sillón; luego lo pensó mejor y se apoyó en el respaldo, sin relajar los hombros. ¿Qué es eso tan importante que estamos a punto de decir?, sonrió Meinvielle para sí. Marceau inspiró, se mordió el labio inferior y soltó a boca de jarro:
— Hablé con mi madre — y la miró con ojos enormes.
Bueno, bueno, comenzó el deshielo. Le dedicó una sonrisa espléndida antes de responder.
— Estoy muy feliz por usted.
La mirada de Marceau se perdió por las bibliotecas tras su escritorio.
— No sé si estoy feliz, ... estoy aliviada — suspiró. Después se encogió de hombros. — Por algo se empieza.
Meinvielle acomodó el mentón entre las manos entrelazadas. Me va a convencer de que le gusta que la hagan confesar. ¿Vicios de la profesión?
— ¿Puedo...?
— Ya sabe que puede — la otra la atajó, pero una sonrisa tenue le flotó por la cara.
— ¿Por qué no tuvo hijos con Jean-Luc?
Transcurrió una pausa.
— Me extrañaba que no lo hubiera preguntado antes — Marceau la miró enarcando una ceja.
— No haga esos jueguitos conmigo — la reconvino y la comisario sonrió— ¿Y bien?¿Por qué no tuvo hijos en su primer matrimonio?
— Jean-Luc insistía en que yo era joven y que teníamos tiempo. Ni siquiera había terminado mi carrera cuando me casé.
— Y a Ud. no le molestó.
— Tenía veinte años y a esa edad se es inmortal.
— ¿Qué edad tenía su marido?
—Me llevaba dieciséis años.
La psicóloga se arrellanó en su sillón.
— Él no necesitaba hijos: la tenía a Ud., que era todo lo que él podía desear: su mujer, su amante, su muñeca. El sueño inconfesable de cualquier padre: "mi nenita es mía y de nadie más". A Jean-Luc no le importaba esperar: ni siquiera había pensado en otra cosa. Después de todo, él también era joven: un hombre de ochenta años puede engendrar un hijo.
Marceau se quedó silenciosa, mirando la alfombra entre sus pies. Después de un rato susurró:
— No es justo...
— ¿Criticar a un muerto? — fustigó Meinvielle —. No lo critico: expongo los hechos tal como los veo.
Marceau no la miraba. Dicen que el hierro se golpea en caliente. Golpeemos entonces.
— ¿Cómo murió Jean-Luc?
— ¿Conoce el síndrome de “locked-in”?
—¡Locked-in! — casi saltó en su sillón — Qué terrible.
— Jean-Luc viajó a la Argentina por una investigación. Después de dos meses lo trajeron de vuelta... así. Fue premeditado...— los ojos de Marceau brillaron vidriosos—. Sobrevivió un año.
Dios, creo que esta vez fui demasiado lejos. Marceau continuó con voz sin inflexiones.
— Yo estaba desesperada e hice locuras. Llegué a inyectarlo con heroína para que no sufriera. Quería hacerlo sentir... un... un hombre completo. Él estaba consciente, lúcido, encerrado en esa cáscara muda y torturada que era su cuerpo. Me pedía que lo dejara. No sé cómo, pero convenció a mi primo Calogero, que lo cuidaba todo el tiempo, para que lo ayudara a morir. Calogero cambió la heroína por cloruro de potasio. Creí que yo lo había matado de una sobredosis — durante unos segundos, el único sonido que atravesó el aire fue el de la pesada respiración de Marceau — Después de que Jean-Luc murió fue como... como estar muerta yo también. No sé durante cuánto tiempo: dos, tres años. Era como no tener cuerpo, no verme en el espejo, no tener necesidades... nada. Había dejado de sentirme mujer.
Meinvielle se mantuvo en un silencio alentador durante la pausa que siguió. Marceau volvió a hablar en voz baja y sin mirar a ninguna parte.
— Y de pronto un día...Fue horrible. No podía entender cómo había pasado a mí, que no lo había buscado, no lo deseaba, que ni siquiera me atrevía a... a tocarme — terminó en un susurro.
— ¿Ni siquiera se masturbaba? — lanzó la pregunta como un dardo.
— N-no...— Marceau jadeó, roja de vergüenza.
— Y esa experiencia le recordó que después de todo usted era humana y podía sentir y despertar deseos.
— Lo único que sentí fue miedo.
— ¿Miedo a qué?
— A quién — la otra la corrigió —. Ese hombre.
— ¿Ese hombre tiene un nombre?
— Nombre, apellido, rango, posición política — Marceau respiraba pesadamente.
— ¿De quién estamos hablando? Comisario — la llamó —, se trata... ¿de quién?
— Jean-Jacques Ayrault. Y si va a hacer la perorata del nombre y la negación del nombre, gracias, ya la conozco — resopló sin aire—. Y sí, aborrezco pronunciar su maldito nombre.
— Lo aborrece porque la vio como mujer.
— Me vio como una cosa a poseer— la comisario subrayó con rabia fría.
— La hizo tomar conciencia de su propia fragilidad, de su femineidad y de lo indefensa que estaba. Suficiente en su caso para odiar a alguien durante bastante tiempo— sonrió, pero la otra le apagó la sonrisa.
— Tomé conciencia de mi propia fragilidad y de mi indefensión gracias a la paliza que me dio ese animal— enseguida cambió el tono—. Lo siento, no quise ser grosera.
— Disculpe, no sabía que nuestro ex-comisario Ayrault tenía entre sus muchas virtudes la de acosar subalternas— esta mujer es peor que el laberinto de Creta: en cada vuelta acecha un monstruo nuevo. Se las arregló para mantener la expresión neutral—. Y a pesar de todo, esa situación la hizo ‘re-tomar’ conciencia de su cuerpo y sus necesidades…
Marceau asintió despacio.
— Necesidades que vivía con culpa— nuevo asentimiento —, pero que debía satisfacer.— Enrojecimiento violento. — No se avergüence, no estamos hechos para el celibato y la vida impoluta, mal que les pese a los santos. Resumiendo, hasta que llegó Marcel, el único contacto con el sexo opuesto fue tan violento y frustrante que decidió hacer vida de religiosa laica en el convento de las carmelitas de la PDP .
— No me tome el pelo.
— No, claro que no: la hubieran echado de cualquier convento a los tres días por revolucionaria y activista.
Se rieron.
— ¿Cómo fue que Marcel pudo acercársele?
— No fue él: fui yo — el rostro de porcelana volvió a colorearse.
— No le tuvo miedo.
— No... Creo que... lo seduje.
— Volvió a ser una mujer completa. Esta vez no era usted el inocente objeto de seducción sino el sujeto, y por lo tanto responsable de sus actos. Pero entonces pecó contra esa memoria atesorada de Jean-Luc. ¡Deseaba a otro hombre, lo estaba engañando, abandonando! — hizo una pausa para observar las reacciones de la comisario, que cerró los ojos y se encogió en el sillón. Continuó, bajando la intensidad de su voz — Usted no mató a Jean-Luc. No es culpable de nada más que de comprar sustancias ilegales y seguramente la causa esté prescripta así que deje de castigarse por cosas que no hizo. ¿Qué es lo que se echa en cara ahora? ¿”No tuve hijos con Jean-Luc, no tengo derecho a tener hijos con nadie más”? ¿Es ese el cuestionamiento? — Meinvielle tendió las manos con las palmas hacia arriba. La comisario abandonó las suyas en las de ella y se las sostuvo mientras hablaba—. Perdónese de una buena vez, querida. Es muy saludable. Y también sería saludable que enterrara a sus muertos de una vez por todas.
Marceau meneó la cabeza asintiendo. Parece de verdad aliviada. Por mi parte estoy agotada. Pienso tomarme el resto de la mañana libre.
— ¿Qué tiene que hacer ahora? — preguntó palmeándole el dorso de una mano.
— Estaba por volver al Quai...
— Vámonos a tomar un café y a respirar aire libre. Sus clientes no tienen problemas si llega tarde, ¿no? — preguntó con intención.
Marceau le devolvió la humorada.
— Cuando una trabaja en la “Crim”, siempre llega tarde. Vamos: yo invito.
PARIS, MINISTERIO DEL INTERIOR. MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Después de estrellarse por cuarta vez contra la inaccesibilidad de IGPN y sus archivos, Auguste se decidió por la vía rápida. Esperó a que se retirara la mayor parte del personal — siempre alguien interrumpe en el mejor momento —, y se dedicó a hurgar electrónicamente en el sistema.
Llevaba más de quince minutos buscando cuando llegó a los archivos que le interesaban y cliqueó impaciente. La decepción le torció la boca: el informe era totalmente anodino. No es posible. Continuó buceando sin éxito por los subdirectorios. Después de casi una hora, soltó el sufrido ratón y se quedó mirando la pantalla con mal sabor en la boca.
¿Por qué no hay registros? Pensemos, Massarino. Uno, porque son demasiado viejos y no están cargados en el Archivo virtual. La hipótesis resultó no válida: había registros mucho más viejos que diez años. Pero IGPN tiene archivos. ¿Dónde están? Nueva búsqueda, nuevo éxito-fracaso. Sí había archivos de IGPN, pero no el que él buscaba.
Hipótesis número dos: archivos borrados o alterados. En caso de ser cierta, era sumamente peligrosa. Tus amigos te borran los “malos antecedentes”. Una punzada en el estómago lo previno. Tamborileó los dedos, impaciente. Los archivos electrónicos tienen un origen físico. Vamos a buscarlos.
Con su mejor cara de rottweiler de mal humor y la credencial prendida de la solapa, entró al sector. El suboficial a cargo hizo una venia silenciosa y él se perdió por los corredores entre estanterías. Lanzó una ojeada hacia el mostrador de entrada: el suboficial estaba inclinado sobre un diario, muy presumiblemente dormitando. Inspiró — Massarino, esto es ilícito, ¿lo sabías?—, y se lanzó de cabeza a las estanterías con expedientes de diez años antes.
Quince minutos y las manos debidamente mugrientas después, leía la carpeta. Su irritación iba en aumento con cada folio. Nada… Limpio como un bebé de pecho. Ni una sola mención al incidente: se retiró en la cumbre de su gloria.
Decidió probar con la contraparte y después de asegurarse que el archivista aún cabeceaba sobre las noticias del día, fue a buscar las copias de expedientes en las estanterías del otro extremo. Acá está... Por supuesto. Degradación, dos meses en el Archivo, restitución del rango. ¿Dónde mierda figura ese condenado asunto?
Salió del Archivo con una desagradable sensación de impotencia. El “incidente M” había sido borrado de los archivos de la PN en el sentido literal de la palabra. Las implicancias de algo semejante podían generar un escándalo de proporciones... si se descubría. Y por supuesto, había un sinnúmero de razones para que no se descubriera. El sólo hecho de alterar los expedientes era en sí mismo un delito.
Auguste regresó a su despacho a paso lento, mientras pensaba a todo vapor. El asunto estaba tomando un cariz desagradable. ¿Por qué “limpiarían” los antecedentes del tipo? ¿Cuándo lo habrían hecho: diez años atrás? Lo más probable era que sí. El sujeto tenía influencias ya en aquel entonces. Pregunta siguiente: ¿qué clase de influencias? Porque había sido la mismísma incorruptible IGPN la que había alterado los expedientes: no cabía otra posibilidad.
El ingreso del sujeto en política era razón más que suficiente para la “limpieza”. A nadie le gusta un candidato caracterizado por intentar violar subordinadas. Y sí que hizo carrera. En menos de diez años está disputando la presidencia. Qué rápido. Nadie había llegado tan lejos en tan corto tiempo. Nadie que haga las cosas limpiamente, entendámonos bien. Decidió que era buena hora de dedicarle un poco de su tiempo libre a la campaña presidencial del sujeto, nada más que por despuntar el vicio. Desde que me fui de la Brigada, me aburro como un cocodrilo embalsamado. Ahora la entiendo a mi hermana: la calle te mantiene vivo.
SUBURBIOS DE ESTRASBURGO, MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Ya había visto pasar el auto de cristales oscuros que se detuvo delante de ella. Se inclinó sobre la ventanilla, asomando el escote estratégicamente. El hombre ni siquiera intentó regatear. “Busco algo muy especial”, le dijo y ella sonrió. “Muy especial”, insistió el tipo. “Todo tiene su precio”, encogió un hombro desnudo. Él liberó el seguro de las puertas sin dejar de mirarla.
Le dio la ropa que traía en un maletín.” ¿Te gusta jugar?”, le preguntó mientras él sacaba el resto de los objetos. “Me fascina”, sonrió él de un modo que le hizo correr un escalofrío por la espalda. Examinó las prendas. Carajo, es carísimo. Cuero natural. Mientras se vestía, él le daba vueltas alrededor sin decir palabra. “¿No vas a desvestirte?”, preguntó y él negó con la cabeza.
“¿Así está bien?”, preguntó. Él se le acercó por detrás, la llevó frente al espejo y le sujetó las manos mientras le besaba el cuello y los hombros sin dejar de mirar la imagen reflejada.
“Así, quieta, no te muevas, no digas una sola palabra.” Ella se mordía por preguntarle qué quería. Él se apartó y le acarició el cabello, el borde de la mandíbula, el cuello hasta el nacimiento de los pechos. “No te muevas”, siseó entre dientes. La acarició otra vez, y otra más y le recorrió el cuello hasta las orejas con la lengua. “Quiero que me golpees”, y ella se lo quedó mirando. “Con la mano abierta, de revés, cuando te acaricie de nuevo”. Hizo lo que él le pedía. “No, muñeca, así no. Con fuerza: quiero que me golpees de verdad”. Recomenzaron el juego y esta vez sí le estrelló la mano en la cara.
La tomó del pelo y la arrojó al suelo, sin soltarla, mientras con la otra mano se desprendía la bragueta. “¡De rodillas, putita, así!” , y la estrujó contra él. “¡La boca bien abierta!” , rugió. “Más te vale que hagas el mejor trabajo de tu vida, arrastrada”. Le temblaba todo el cuerpo cuando se arrodilló delante del hombre.
“Ya está bien”, siseó y la arrojó boca abajo sobre la cama. Antes de que pudiera reaccionar, le estaba atando las manos con el cinturón. Le separó las rodillas con las suyas y sintió uno de los juguetes del tipo enterrársele en la carne y lastimarla. El miedo más básico e instintivo la hizo gritar. Él la hizo volverse de un empujón y un revés brutal le ahogó el grito en la garganta. Sonreía con odio. “Te voy a matar, puta”, y eso fue lo que hizo.
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sábado, 4 de junio de 2011
domingo, 7 de septiembre de 2008
La dama es policía - Capítulo 11

Prefectura de Policía de París
PARÍS, 1981
—¿Dónde está Marceau? — el aullido del teniente Massarino se escuchó desde el interior del despacho de SaintClaire, que no tuvo que molestarse en abrir para ver qué pasaba: la puerta del despacho se azotó y Massarino entró furioso.
—Olvidó golpear, teniente — dijo SaintClaire en tono exageradamente medido.
—Tenemos que hablar — respondió Massarino, agarrando a Jean-Luc por el hombro—. Disculpe, comisario.
—Más tarde, Massarino —respondió Jean-Luc, girando a medias el sillón.
—Voy a romperte la cara acá o afuera, así que mejor salimos.
—Teniente, salga y cálmese — dijo SaintClaire con severidad. Lo último que necesitaba era que esos dos percherones se enfrentaran a golpes en su despacho. Acababan de pintarlo, y era el dinero de la Prefectura. Nada de gastos extra.
—Después de golpearlo, señor, voy a estar muy calmado.
SaintClaire se preguntó qué podría haber llevado a Massarino a ese estado de descontrol. Estaba trabajando junto con Jean-Luc en un caso, y sabía que el inspector se cuidaba de imponer sus teorías sin escuchar antes a sus subalternos. No podía ser eso, entonces...
—¿Qué estuviste haciendo anoche en mi casa?— ladró Massarino.
Ah, era eso. SaintClaire se acomodó en el sillón. Jean-Luc sonreía beatíficamente. Massarino estaba a punto de perder el control.
—¡Tuve que enterarme por Marguerite esta mañana! ¡Qué clase de compañero tengo! ¡Invito a mi superior a mi casa, a compartir mi familia, y el cerdo termina en la cama con mi hermana!
—Tu hermana va a casarse conmigo —le respondió Jean-Luc con parsimonia.
—¡Odette es una mocosa!
—Ninguna mujer de más de nueve años es una mocosa — retrucó Jean-Luc sonriéndole a SaintClaire, que lo miró con expresión de “a mí no me metas”.
Esto pasa por aceptar italianos, carajo. El honor, la familia, la hermana, la Cavalleria Rusticana, y ahora tengo a dos buenos oficiales a punto de matarse en mi oficina. Y está recién pintada. Mierda.
—¡Grandísimo hijo de...!
—Tu hermana y yo salimos desde hace un año — interrumpió Jean-Luc.
—¡Cómo pude ser tan estúpido! ¡Yo creí que eras una buena persona!
— Bueno, tu hermana y tus padres opinan eso. Aunque también creen eso de ciertos oficiales jóvenes y un poco arrebatados —énarcó una ceja —.Y como tengo que darles crédito, quiero pedirte que seas mi testigo.
Para tranquilidad de SaintClaire, Massarino se sentó, aturdido por el giro que estaban tomando las cosas.
—No tengo familia. Fuiste el primero en quien pensé.
—Testigo...
—Ajá...
SaintClaire se levantó y los palmeó en el hombro.
—Felicitaciones, inspector. Felicitaciones, teniente. Nos gustan las familias. —Todo terminó bien. Aunque la mirada de Jean-Luc le avisó que el inspector no pensaba abandonar el campo de batalla sin devolver las atenciones.
—Auguste, cuando tengas un minuto, podrías explicarle al comisario por qué te encanta perder tanto de tu tiempo libre en la puerta de su casa. Nadine, la segunda, ¿verdad?
—La tercera. Massarino, ¿a qué se refiere Marceau? — SaintClaire frunció el ceño.
—Traidor... — farfulló el teniente.
—Te dejo en buenas manos — Jean-Luc abandonó el despacho. SaintClaire hubiera jurado que el inspector aguantaba la risa hasta salir de allí, mientras dejaba que Wellington invitara a Napoleón después de Waterloo, a tomar asiento.

Amalric Mathieu como Jean-Dominique Bauby, en la película "La escafandra y la mariposa"
Más sobre sindrome de locked-in: Alis - Asociación del Síndrome de Locked-In (en francés e inglés)
PARÍS, FINES DE SEPTIEMBRE DE 1996
Tropezó con las fotos mientras rebuscaba en el interminable revoltijo de papeles de su escritorio de casa. El dolor seguía agazapado ahí, esperando para tirarle el zarpazo. Auguste se mordió el labio hasta que sintió sangre, para no llorar. Dos años. La felicidad había durado dos años y después, la nada. El horror de esa nada agónica en que había quedado convertido Jean-Luc. La espera diaria por el milagro que jamás ocurriría. El sabor de la desesperación y la impotencia. No tuvo el coraje de seguir viéndolo cuando el deterioro físico fue más que evidente. No podía contener las lágrimas: apenas hablar por teléfono con Calogero. Sabía que Odette no lo abandonaría. Que ella sí creía ciega e irracionalmente en ese milagro inasequible. Sabía también que ella sabía que era una mentira construida por su mente para seguir adelante porque, entre las sondas y los catéteres que mantenían eso que había sido un ser humano al borde de la vida, ella veía todavía al hombre al que amaba. Afortunadamente, pensaba Auguste, los períodos de lucidez de Jean-Luc eran cada vez más cortos. Afortunadamente, y sin que su hermana lo supiera, había logrado que los médicos recetaran morfina, que Calogero inyectaba en los catéteres, junto con el resto de las prescripciones.
Guardó las fotos de cualquier manera en el último cajón, como si el esconderlas pudiera exorcisar los recuerdos. Cómo, si todavía los tenía a flor de piel y le daban escalofríos. La noche en que Jean-Luc murió, él estaba en el Quai, empantanado en una pila de informes por terminar. Entró un radio de un patrullero que cumplía con el recorrido habitual, informando sobre un posible suicida en el puente de L'Alma. La identificación positiva por parte de los suboficiales de ronda lo hizo salir como alma que lleva el diablo, sin impermeable y sin placa. Nunca pudo recordar cómo llegó hasta el puente. Seguramente violando todas las normas del tránsito.
—Acérquese despacio, capitán. No sabemos qué es lo que va a hacer.
Despacio una mierda. Corrió a abrazar a Odette, que miraba ciegamente el río, sentada descalza en el parapeto.
—¿Qué pasa, Cisne? —como cuando eran chicos.
—¿Sabías que una vez hicimos el amor en este puente? —Estaba desvariando, no podía ser otra cosa, estaba seguro.
—Bambina... — le acarició el pelo mientras se aseguraba de tenerla sujeta.
—Scaramouche — ella sonrió débilmente mientras se volvía hacia el río otra vez.
Auguste hizo señas al patrullero para que se retirara.
—Está bien— les gritó —. Un poco alterada, pero no pasa nada — cualquier cosa con tal que los dejaran solos.
—Se despertó para mirarme y sonrió.
No era posible. Era una ilusión creada por la desesperación misma.
—Me sonrió, lo abracé y murió.
—Vamos a casa.

CAPO CALAVÀ, FINES DE SEPTIEMBRE DE 1996
Lola acarició la cabeza de su hija mientras se asoleaban en la terraza del villino de Capo Calavà. Medio adormilada por el sol tibio del otoño siciliano, Odette sonrió al tiempo que frotaba su mejilla contra la mano de su madre. Lola suspiró. Cuando Auguste se entere, pondrá el grito en el cielo. Y ella se habrá salido con la suya. Lo normal.
—¿Le avisaste a tu hermano?
—Se lo encargué a Marguerite. No te preocupes, mamá. Tan pronto como tenga los papeles, vuelvo a París.
Pobre Auguste, siempre el último en enterarse, pensó Lola, sonriendo para sí. Caballero andante de brillante armadura, empeñado en proteger damiselas renuentes a ser protegidas. Odette reaccionaba como un basilisco ante el intervencionismo fraternal. Siempre había sido así: desde chicos, cada vez que Auguste había intentado tomarse seriamente su papel de hermano mayor, el Cisne se había escurrido en forma invariable, aunque se hubiera metido en problemas. “Puedo hacerlo sola”, era el eterno argumento contra el “Quiero ayudar”. No importaba que fuera un rompecabezas complicado o un compañero del Liceo demasiado afectuoso, aunque Auguste se las arreglara, en estos últimos casos, para cuidar a su hermana a espaldas de ella. Lola siempre había sospechado que Odette lo dejaba hacer en los casos en que le convenía que el oso de su hermano mayor hiciera su entrada triunfal como protector de doncellas en desgracia. Prueba de ello había sido el noviazgo con Jean-Luc: Auguste no se enteró de nada hasta que estuvieron a punto de casarse.
Lo mismo cuando Odette ingresó en la Policía, después de enviudar. Auguste había hecho un escándalo, se había peleado con Nadine y había amenazado a su hermana con encerrarla hasta que se le pasara la locura temporal que la había atacado. Ella se limitó a decirle con calma que no le estaba pidiendo permiso sino comunicándole una decisión. Auguste incluso intentó robar el expediente de admisión, lo que casi le costó que lo degradaran, si su suegro no hubiera intervenido para pacificar la situación y salvarle el cuello. Lola y Franco viajaron a París ante el pedido de refuerzos de su hijo, que veía que las cosas se le escapaban de las manos. Lola sonrió al recordar la expresión del viejo SaintClaire, en medio del simposio familiar en que había degenerado la cuestión, murmurando: “Estos italianos...”. Franco estuvo a punto de ofenderse, Nadine acusó llorando a Auguste de retrógrado y machista, y SaintClaire no sabía cómo disculparse con sus consuegros. Por fin, cuando se calmaron los ánimos, descubrieron que Odette se había ido. Regresó dos horas más tarde, con expresión plácida: había ido a firmar los papeles de la admisión. Auguste decidió cambiar de táctica.
—Odette, por favor, sólo queremos ayudarte.
—Soy mayor de edad.
—No tiene nada que ver con la edad —su hijo mostraba una ecuanimidad que estaba lejos de sentir —.Todos te queremos y queremos cuidarte.
—Yo también los quiero. Es simplemente un trabajo, como cualquier otro. Tengo que vivir de algo.
—¡No! — Auguste golpeó la mesa con el puño—. ¿No fuiste a la universidad? ¿Para qué estudiaste? ¿Qué carajo vas a hacer en la policía? — A la mierda la ecuanimidad.
Odette se sentó y se sirvió un café y cuando levantó la vista, Lola supo que su hija iba a ganarle otra partida al hermano.
—Esta conversación me recuerda a otra parecida, entre un abogado joven y muy prometedor, y sus padres — .Jaque.
Auguste se quedó sin argumentos. Miró consternado a cada uno de los presentes. Su suegro —que no se había atrevido a confesarle que era él quien había aceptado la solicitud de Odette— estaba muy ocupado armando una pipa. Nadine lo miraba con expresión triunfal. Buscó apoyo en el último baluarte que le quedaba, pero Franco, encogiéndose de hombros muy a la napolitana, dijo:
—Siempre hizo lo que quiso. No va a cambiar ahora.
Auguste ni siquiera pensó en consultar a su madre. Con los brazos en jarras se volvió hacia su hermana, tratando de hacer una salida honorable.
—No quiero que sepan que somos hermanos.
—Yo tampoco. Me admitieron como Marceau —.Jaque mate.
Y, con todo, Auguste continuó protegiendo como podía a su hermana. Contaba con la ayuda incondicional de Marguerite, que había decidido quedarse con los "chicos" cuando ella y Franco volvieron a Italia. Odette había insistido en que su padre aceptara el puesto de régisseur de la Ópera de Palermo, que le había sido ofrecido varias veces. “¡Qué mejor culminación de tu carrera! Quizás hasta podrías convencer a mamá de que vuelva a escena”, le dijo. Franco estaba feliz con el desafío del puesto. Con sus hijos casados, deseaba emprender algo nuevo.
Pas de deux del balcón de "Romeo y Julieta"
Mi dulce Franco, tan conmovedoramente napolitano. Tan enamorado de la vida, pensó Lola y sonrió. Ni la guerra, ni la infancia en la miseria, ni la muerte prematura de Vita le habían oscurecido el corazón. Sí, a lo sumo, exacerbado el ansia de vivir cada minuto de la vida, bebiéndosela a grandes tragos. Siempre la había arrastrado en sus bríos, hasta cuando bailaban. Por eso ella había elegido abandonar el escenario cuando su marido se había retirado. ¿Con quién podría sentir tan vívidamente las dulces ficciones de las coreografías? Franco le había enseñado a gozar de la danza no solamente como placer estético o disciplina artística. No era eso lo que importaba: cuando bailaban, eran de veras los protagonistas de cada historia. Su amor no se limitaba únicamente a las bambalinas: subía con ellos a escena y creaba la magia que los había hecho inolvidables. Podría no ser un bailarín tan acrobático como los rusos o tan disciplinado como los británicos, pero la pasión que le brotaba por los poros se transmitía al público, electrizándolo. Si Shakespeare y Prokofiev lo hubieran visto bailar, se habrían dado cuenta de que nunca fue más auténtico un Romeo. Franco era único, su amor era único y sería su único partenaire durante el resto de sus vidas.
Sólo la tragedia de su hija había opacado ese ímpetu maravilloso. La agonía de Jean-Luc les había cambiado la vida a todos. Después de su muerte, con Odette en Capo Calavà, Franco había intentado que su hija se quedara a vivir con ellos, pero al cabo de dos meses ella quiso regresar a París. “¿Estarás bien?”, le preguntó el padre, y Odette le mintió diciéndole que sí.
Lola se sentía impotente para penetrar el caparazón en que se había recluido voluntariamente Odette. Con un dolor que la consumía vio cómo su hija se transformaba, lenta pero inexorablemente. Quizás esa forma de ser siempre había estado allí, latente, acechando el momento para salir a la luz. Auguste era transparente, abierto e inocente como su padre, y precisamente esas cualidades muchas veces le causaban dolores innecesarios. Odette, en cambio, era más sombría, más reconcentrada, con una violencia interior severamente contenida, que Lola alcanzaba a entrever en algunas actitudes de su hija. Aun cuando todavía era una estudiante despreocupada, había en ella esa intensidad en los sentimientos que se manifestaba en la pasión desaforada con que emprendía todo lo que hacía. Había amado apasionadamente y ahora sufría igualmente apasionada, pero ese mismo fuego le había convertido la sangre en veneno. Lo veía en sus ojos, antes brillantes de alegría, ahora carbones encendidos por la furia sorda e impotente que le oprimía el pecho.
Odette nunca había podido engañarla. Tu padre y tu hermano podrán no verlo, o no querer verlo, pero te llevé en mis entrañas y yo sí sé lo que hay en tu corazón. Sabía que su hija no descansaría hasta vengar —sí, vengar, aunque me duela— la muerte de Jean-Luc. Una vez, una sola, Lola se había atrevido a preguntarle por qué se lastimaba de esa forma. Odette la miró como si quisiera ahogarse en sus ojos. “No lo sé. Lo llevo en las venas, en las entrañas. Es más fuerte que yo”, respondió en un momento terrible de desnuda debilidad. Es esta tierra, se lleva en la sangre. Se habían abrazado durante mucho tiempo, sin hablar, dejando que la piel transmitiera esas sensaciones que no pueden describirse con palabras. Te entiendo, hija, te amo y te acepto. Desearía que no sufrieras tanto, nada más. Pudo entonces verla en su real dimensión y darse cuenta de que Odette había madurado de la forma más dura posible, porque la vida no le había dejado oportunidad. Había perdido de un solo golpe el halo maravilloso de la juventud. Y si los años no la habían tocado, le habían dado a cambio la belleza sombría y terrible de una tragedia griega. Entonces Lola lloró por su pequeño, dulce e inocente Cisne, muerto y enterrado en la tumba de un policía.

Mariolino Varza enfocó los binoculares disimuladamente. En la reposera vecina, Beatrice se bronceaba el cuerpo de modelo, provocando a los guardaespaldas. Que provoque. Ninguno se atrevería a tocarle ni un pelo de la cabeza, aunque ella se les tirara encima desnuda. ¡Ah! Ahí está. Apretó los labios, inspirando para desatar el nudo que la excitación le había atado en la garganta. Tomaba sol con un pantaloncito viejo de jean desprendido y el corpiño de encaje. ¿Qué era lo que lo atraía de esa mujer? Eso. “Mujer” era la palabra. Con todas las letras. No solamente "hembra". Para hembra, tenía a Beatrice, la belleza romana que era la envidia de sus amigos. Beatrice, que se aburría ostentosamente fuera de su círculo social, y elegantemente dentro de él; que no podía comprender a la familia ni la forma de vida que ésta llevaba en la isla. Por fortuna, él estaba a cargo de los negocios y vivían alternadamente en Roma y en Milán, lo cual era muy conveniente para evitar los roces entre su mujer y el resto de sus parientes salvo su madre, tan afecta al jet set como Beatrice. Se había casado enamorado, pero la pasión no alcanzaba a convertirse en amor, y ya había perdido la esperanza de que eso sucediera algún día.
Ah, ahora se levantó. Volvió a tragar saliva. Orgullosa, había enfrentado a los hombres de la familia: su abuelo, su padre, sus hermanos y él mismo. Vestida de negro, con un único anillo de oro en la izquierda y la alianza del marido muerto descansando sobre el pecho, colgada de una cadena. No necesitaba más adornos. Ella se bastaba; sus ojos eran joyas suficientes. Los había mirado uno a uno, congelándolos, manteniéndolos a distancia. “No estoy en venta”, decía esa mirada. Él jamás habría intentado comprarla. A una mujer así se la respeta, y se la ama, si te deja. Y si no, uno se muerde y cede el paso.
Salvatore —quién sabe por qué, hacía tiempo que no podía pensar en él como “papá”— había reaccionado como el macho cabrío que era: “Siempre quise tener de amante a una putita francesa”, le había susurrado mientras salían del escritorio de don Mario. A una mujer así no se la tiene de amante. Uno se casa con ella y mata al que se le acerca, o nada..
—¿Qué estás mirando? —preguntó Beatrice, indolente, desde la reposera.
—Los veleros.
Les hizo señas a los guardaespaldas para que se retiraran. Se le había encendido la sangre, y el cuerpo de su mujer era tan bueno como cualquier otro. O casi, pensó con los dientes apretados.
—Bambina, tu madre y yo salimos un momento —gritó papá desde el vestíbulo. Odette asomó la cabeza desde el baño para pedirles que trajeran cannoli di ricotta(1).
—Cannoli, struffoli..., ¿macchè ti credi(2)? ¿Que estás de vacaciones en la Isola dei Ballocchi (3)? —papá rezongó—. ¿Traigo también casatta(4)?
—¡Síii!
La puerta se cerró y Odette se quedó rebuscando entre los vestidos de su madre. Mamá conservaba el cuerpo gentil de sus tiempos de étoile, así que todavía usaban el mismo talle, excepto que... Mierda, no puedo cerrarme la parte de arriba. Se sacó el corpiño y eligió otro, más escotado, con la espalda baja y breteles. Un modelito adorable. Por lo menos no parezco un salchichón. Descalza bajó a la cocina a meter el atribulado conjunto deportivo, la ropa interior y los pantaloncitos de jean en el lavarropas y a preparar café. Oh, struffoli. Tomó dos o tres y se los metió en la boca. Llamaron a la puerta y fue a abrir chupándose la miel de los dedos.
—¿Se olvidaron las llaves?
—Signora Marceau... —Mariolino Varza en persona, que pugnaba por mantener la mirada por encima de su cuello. Por qué mierda me puse este vestido. Y descalza. Y con el pelo mojado. Cristo, debo de parecer un pato.
—Adelante, signor Varza.
—Quise traerle estos papeles. Sé que está esperándolos para marcharse.
Tomó el sobre de papel de arroz —carísimo— que le entregaba el hombre.
—¿Puedo ofrecerle un café?
—Por favor.
Lo invitó a sentarse en el salón y mientras iba a la cocina sintió los ojos de Mariolino clavados en su espalda. Bebieron el café intercambiando frases de cortesía, hasta que él dijo:
—Mi abuelo me puso al tanto —dijo Mariolino mientras Odette asentía en silencio —.Creo que usted es... muy valiente al hacer lo que hace.
—Es mi trabajo.
—No me refería sólo a eso —y después de unos segundos: —Le prometo, señora, que tendrá toda la colaboración que necesite de nuestra parte.
Odette se sonrojó levemente ante esos ojos negros que la miraban con intensidad.
—Por favor, llámeme Odette. El “señora” es demasiado formal.
Él le sostuvo la mirada por un instante y después bajó los ojos.
—Odette... Llámeme Mario, entonces.
—Mario —sonrió, asintiendo. Sintió que podía confiar en él tal como había confiado en su abuelo, y se relajó.
La conversación se volvió profesional, pero en absoluto distante. Mario había oído rumores sobre cierto tipo de diversiones a los que eran afectos algunos de los hombres con los que hacía negocios. El gesto de repugnancia no era fingido. Continuaron hablando hasta que Franco y Lola regresaron. Si sus padres estaban sorprendidos, lo disimularon muy bien. Invitaron a Mario con una copa de Marsala y dulces pero él se negó con gentileza.
—Tengo que irme. Pero creo que pronto mi familia tendrá la oportunidad de aceptar y devolver la cortesía. Si Dios quiere, seremos parientes.
—¿Tonina? —Su madre sonrió, muy al tanto de los romances familiares. Franco, como siempre, estaba en la luna en ese aspecto.
—Su hermosa sobrina ha aceptado a mi hermano Andrea —Mario estaba complacido —.Parece que las Vitorello siempre se roban el corazón de los Varza —añadió, mirando galante a ambas. Lola sonrió otra vez, encantadora, mientras Mario se inclinaba en un educado besamanos. Saludó con un respetuoso gesto a Franco y, al volverse a Odette, le tomó la mano. No se la besó sino que se la estrechó con franqueza. Al devolverle el apretón, ella supo que ese hombre sería un aliado incondicional.
Cuando se hubo marchado, papá preguntó con la boca llena de casatta:
—¿Tonina se casa con Andrea Varza?
—Parece que sí —respondió mamá, que volvía de la cocina con más café.
—Podrías aprender — Franco reprendió a su hija.
—Papá...
—¿Te crees que estoy ciego? Si las miradas preñaran, ese Varza te habría dejado embarazada. ¿Qué te pasa? ¿Ya no te gustan los hombres?
—¡Papá!
—Encima te pones ese vestido... —comentó Franco en tono reprobador.
Odette y su madre se miraron con un gesto de entendimiento: “Papá no cambia más”.
(1) postre siciliano de masa frita en forma de tubo (cañón), rellena de ricota y chocolate
(2) ¿Pero qué te crees?
(3)La Isla de Los Juguetes: a donde se escapó Pinocho con su amigo para no ir a la
escuela
(4)postre siciliano confeccionado con ricotta, vino Marsala y frutas glaseadas
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