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lunes, 27 de abril de 2009

La dama es policía - CAPITULO 23



SUBURBIOS DE PARÍS, VIERNES POR LA MAÑANA
El analista miró con preocupación el teclado, sin decidirse.
—¿Cómo podemos estar seguros?
—Witowlski, hágalo. Es la clave correcta —insistió Auguste, impaciente. Odette se cruzó de brazos y se apoyó en la mesa vecina, mirando a otra parte. Típico de ella cuando se irrita, pensó el comisario guardándose una sonrisa.
—Comisario, si es falsa, perdemos todo —Witowlski estaba emperrado y asustado. Auguste sintió el apretón del miedo en las entrañas. ¿Y si Vaireaux mintió? Apretó los labios mientras se apoyaba pensativo sobre un monitor. No, decidió. La clave es correcta. Estoy seguro.
Michelon entró a paso rápido.
—No me perdería esto por nada del mundo —dijo, excitada. Witowlski le lanzó una mirada oscura a la comisario y Michelon interrogó a Auguste con la mirada.
—Temen que sea un dato falso —él explicó.
—Es auténtico —murmuró Odette con un gesto contenido.
—¿Cómo lo sabe? —Viktor Witowlski giró furioso la silla hacia ella, mirándola con desagrado.
Es comprensible: ama más sus computadoras que a las mujeres. O a los hombres. O a cualquier otra cosa viviente en la faz de la Tierra. Los misóginos tienen la ventaja de concentrarse a fondo en su trabajo, pero a la hora de las relaciones públicas son un fiasco, pensó Auguste sin mirar a nadie. Witowlski no podía soportar la idea de causar el colapso de ese sistema magnífico nada más que porque un (en este caso, una) oficial de los cuadros superiores le daba la clave equivocada. Odette medía al analista como en un lance de esgrima. Definitivamente, Witowlski desprecia a la raza humana, concluyó Auguste.
—Tengo la certeza — Odette se enfrentó con Witowlski durante una eternidad, hasta que el analista no resistió más.
—Hágalo, Viktor— Odette levantó una ceja—.Confíe en mí.
—Es una orden, teniente. La clave es la correcta. Ingrésela, por favor —intervino Michelon con tono de voz controlado.
El hombre vaciló.
—Es... es una locura —murmuró mientras tecleaba despacio, muy despacio. Cada golpe de tecla sonaba a marcha fúnebre.
La pantalla se volvió negra.
—¡Estúpida! —giró hacia Odette, gritándole acusador: —¡Perdimos todo!


El rostro de Massarino parecía tallado en mármol, un busto del César, el entrecejo fruncido y la mirada severa. Michelon levantó el mentón y la ceja derecha mientras lo taladraba con el hielo de sus ojos. La expresión de Marceau era impasible. Sin hablar, empujó suavemente a Witowlski hacia el asiento y lo hizo enfrentar el monitor. Los pixeles se reunían desde los extremos de la pantalla para formar un extraño dibujo: dos caballeros medievales de armadura, sentados uno detrás del otro en la grupa de un caballo.
Witowlski boqueó por más aire. Los miró a los tres, uno a uno. Minos, Eaco y Radamanto, los tres jueces del Infierno.
—¿Sabe qué es eso, Viktor? —preguntó la aterciopelada voz de Marceau, que evidentemente no esperaba respuesta alguna—. Es el sello de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo: La Orden del Temple. Tranquilo, está todo bien—le palmeó el hombro —.Ahora, haga lo que le gusta hacer.



Listas interminables de nombres, direcciones, cuentas bancarias. Nombres importantes. Políticamente importantes. Ministros, secretarios de Estado. Financistas internacionales, embajadores, industriales. Otros, desconocidos. Michelon ordenó que los suboficiales y los oficiales de menor rango se retiraran de la sala de cómputos. Información clasificada. En el otro extremo de la sala, se estaban grabando los registros para llevarlos al centro de cómputos de la PJ.
—Quiero los listados completos antes de preparar ningún informe. Necesitamos estar seguros de quién está de qué lado— ordenó Michelon mientras intentaba aparentar una tranquilidad y seguridad que ya no sentía.
Los nombres que iban apareciendo le helaban el sudor en la espalda. Jesús, ¿quién está limpio? Era más peligroso que manejar uranio. La comprensión de que el operativo había llevado a algo tan impresionante, a niveles políticos y económicos inimaginables, apenas lograba hacerse lugar en su mente. El miedo se estaba apoderando de los presentes en la sala de cómputos y ya podía olerse.
—Comisario —Madame llamó a Massarino—, haga cercar el perímetro. Nada, repito, nada de lo que aparece aquí, ni las grabaciones, debe salir de este edificio hasta que yo en persona se lo indique. No acepte ni siquiera una llamada telefónica o un radiomensaje en mi nombre. Ni aun si reconoce mi voz. Es una orden.
—Madame, ¿puedo preguntarle qué piensa hacer?
—Ver al Presidente —bajó la voz —.Si es que todavía podemos confiar en alguien. Pero antes quiero ver todos los nombres.
Witowlski se rehabilitó al sugerir que intentaran interconectar el Archivo Central con el servidor de la fábrica.
—Puedo pedirle al programa que compare los datos e imprima los que están registrados en ambos, en un listado separado. La búsqueda sería más fácil.
Michelon estuvo de acuerdo y el capitán Santon solicitó la conexión, que demoró varias horas debido a las discusiones con los técnicos del Archivo Central, el personal de Inteligencia y la propia comisario, que se negaba a filtrar información fuera del perímetro. Finalmente se acordó que un grupo de agentes de Inteligencia de alto rango ingresaría en la fábrica para supervisar la conexión y asegurar las condiciones del operativo. La tarea no fue menos titánica. ¿Quién mierda estaba limpio? Horas revisando nombres. Michelon suspiró agotada. ¿Cómo podría estar segura de a quién recurrir? Tendrían que verificar cuidadosamente a los que no figuraban. ¿Y si utilizaban a algún intermediario? Jesús, la paranoia total. Sospecha de la sospecha de una sospecha. Notó que le temblaban las manos, quién sabe si por el cansancio o el temor.
Miró a su alrededor. A esas horas, ya nadie conservaba la compostura. Había corbatas y sacos tirados por todas las sillas disponibles. Su propio traje de Chanel estaba arruinándosele, y en la cara no le quedaban ni vestigios de maquillaje. El aire acondicionado ya no bastaba para eliminar los olores de cigarrillos, perfumes rancios y transpiración. Como si faltara algún otro olor, alguien —Suministros, seguramente— había tenido la buena idea de darle de comer al personal... pizza. Así que ahora todo y todos olían, además, a pizza. Magro consuelo: podría haber sido sopa de cebolla. ¿Cómo olería el Pequod?
En un momento vio a Marceau, de camisa y suéter negros y jeans, regresar a la sala. Bajo la luz cruel de los tubos fluorescentes, se la veía pálida y con las mejillas hundidas. Recordó lo que Massarino le había informado sobre el copamiento del lugar.
—Marceau —le hizo señas con la mano. Cuando estuvieron cerca, bajó la voz. —Váyase a su casa.
Marceau negó con la cabeza. Se pasó la mano por el cabello, revolviéndose el flequillo y peinándose luego con los dedos, en un gesto infantil que hizo sonreír a la comisario.
—Salí a preguntar por... las mujeres que rescatamos —la capitán se pasó las manos por la cara y se apoyó contra una mesa. —Las hermanas Marie y Denise y otras tres que estaban a punto de... —buscó las palabras con renuencia.
—De ser... despachadas. —Michelon completó la frase y cerró los ojos al recordar el horror que le habían descripto. ¿Qué clase de monstruos trata a otros seres humanos como mercadería? Marceau asintió.
—Marie y Denise salieron bastante bien libradas, gracias al Cielo. Las otras tres... No están bien. Les va a tomar mucho tiempo recuperarse, si se recuperan —tenía los ojos brillantes por las lágrimas. —Estoy... indignada. Dios, ¡cinco sobrevivientes!
—Seis —acotó la comisario, mirándola fijamente—. No sabemos qué puede haber pasado con las demás.
—Están muertas —respondió Marceau con amargura, y ambas sabían que era cierto.



—¿Qué significa eso? — dijo Witowlski hablando consigo mismo, como de costumbre. Los archivos comenzaban todos con las mismas letras: FYEO, y concluían con letras sin relación. La extensión era de archivos de video. Odette repitió las letras en voz baja.
—Es inglés. "For your eyes only" Sólo para tus ojos... —la voz de Prévost le asaltó la memoria. Después de un instante, dijo: —Busquemos alguno que tenga “mdb” antes de la extensión.
Allí estaba: FYEOMDB. Cuando intentaron verlo, apareció el requerimiento de una contraseña.
—Estamos como al principio —gruñó Auguste.
— A ver si... — Odette tecleó velozmente y pidió acceso. Denegado. Tecleó por segunda vez. La pantalla se desplegó. Auguste, Michelon y Witowlski miraron como hipnotizados el monitor. Odette vio los primeros segundos y giró hasta quedar de espaldas a la pantalla. No puedo soportarlo otra vez. Oyó las expresiones ahogadas de su hermano y de la comisario, y se alejó. Alguien retiró una silla y salió apresurado. Ella se sentó con los codos sobre las rodillas, la frente apoyada en las manos. El audio transmitió los disparos, y el video concluyó abruptamente. Se oyó el sacudón de un puño sobre una mesa. Auguste. Odette sintió una mano en su cabeza, que se deslizó hasta el hombro; era Michelon. Trató de recuperar la compostura.
—Cualquier cosa que diga es una estupidez. Son... —Michelon no encontraba las palabras.
—Inhumanos —Odette completó la frase mirando a ninguna parte. Se puso de pie con un escalofrío. —Las letras después de FYEO son iniciales de los entrenados por la Orden. La contraseña es el apellido. Debe de haber un listado en alguna parte.
Auguste estaba apoyado contra la pared, los brazos cruzados y la mandíbula encajada, sin mirar a ninguna parte. Cruzaron las miradas mientras se le acercaba, y le vio los ojos empañados. Si la sala de cómputos de mierda no hubiera estado atestada de oficiales de la Brigada y de Inteligencia mirando exactamente en su dirección, se habría abrazado a su hermano para llorar. Se sentó dándole la espalda, a sabiendas de que él sentía la misma angustiosa necesidad.
—¿Qué más te hicieron? —la pregunta le llegó en un murmullo entre dientes.
Negó con la cabeza. ¿Para qué? Me aterrorizaron un poquito. Ya terminó.
—No voy a dejar a un solo hijo de puta vivo, te lo juro — susurró Auguste por encima de su hombro. Michelon se sentó a su lado y le tocó el brazo. Odette asintió agradeciendo el gesto de consuelo.
Witowlski se les acercó tímidamente. Tenía el rostro descompuesto de uno que acaba de vomitar. Del cabello le caían gotitas de agua.
—Capitán... Es... para usted —le tendió un CD —Me... tomé la libertad de grabar... ese archivo y... eliminarlo de la memoria principal —vaciló, mirando a las dos mujeres. Odette sonrió, se levantó, se acercó a Witowlski y le besó la mejilla
—Muchas gracias, Viktor.
El hombre giró sobre sus talones y volvió a su teclado a toda velocidad.


—¿Qué le pasa a Witowlski? Está sonriendo como un boludo— murmuró uno de los oficiales.
—No sabía que le funcionaban esos músculos de la cara —fue la respuesta en voz baja—. Habrá tenido un orgasmo durante el log-in.
Auguste apretó los labios para no reírse a su pesar. Los muchachos están tratando de distenderse. Los videos eran todos de características similares y concluían indefectiblemente con la muerte de la mujer. ¿Para qué grabar esas atrocidades? Tenía una teoría y se moría por darla a conocer.
— Parece que te estás convenciendo de las bondades de la psicología — comentó Odette con una sonrisita mordaz. Auguste le devolvió una mueca y siguió exponiendo orgulloso.
—Parte del condicionamiento. Por Dubois sabemos que el centro de entrenamiento preparaba asesinos profesionales. Sería una forma de probar si había funcionado, a la vez que permitiría ejercer presión sobre algún posible rebelde. Supongo que si el “soldado” no podía ejecutar esa orden, él mismo era eliminado.
Michelon cerró los ojos. Ya sé, es repugnante, convino Auguste.
— ¿Qué otros horrores hay almacenados ahí? — preguntó Madame.
—Dubois también habló de cintas de video. Por lo general, copamientos militares y cosas por el estilo. Pero comentó que la sensación después de verlos era de suma violencia, aunque no podía comprender el porqué. ¿Qué podrá ser? —preguntó Auguste.
—Información subliminal —respondió Odette —. Si pudiéramos analizar alguno...
Auguste pidió a uno de los oficiales que buscara cintas de video.
—Páselas cuadro por cuadro —indicó Odette al operador.
Allí estaban. Intercaladas cada varios cuadros de la película principal, estaban los cuadros que buscaba. Violencia sexual. Escenas de tortura y muerte. La víctima, una mujer o, peor, una criatura.
—Voy a vomitar —murmuró Auguste.
—Las damas primero —replicó Odette. Michelon había salido apresurada. No hacía falta preguntar a dónde.
Cuando Michelon se fue de regreso al Quai, Odette se le apoyó en el brazo.
—Tenemos que hacer algo con Dubois.
Él la miró sin entender.
—También lo programaron. Si no lo recuperamos, tenemos entre nosotros a un asesino potencial.
A Auguste se le erizó el pelo de la nuca.
—Estuve hablando con él. Recuerda perfectamente todo lo que hizo durante las semanas en este sitio, los entrenamientos, las salidas, todo. Estaba un poco alterado cuando llegamos, pero...
—Viste las cintas de video y los archivos, igual que yo.
¿Le pareció o su hermana había palidecido? La miró preocupado: ella tenía razón.
—¿En qué pensaste? — se resignó ante lo inevitable.

sábado, 3 de enero de 2009

La dama es policía - CAPÍTULO 19


PUERTO DE MONTE CARLO, FINES DE LA TERCERA SEMANA DE NOVIEMBRE
—¡Te dije que no vinieras hoy! —Muammar le gritó enfurecido a la mujer llorosa que se acurrucaba en un extremo del sofá, en el camarote el capitán. Tenía ganas de golpearla, puta estúpida. Respiró hondo buscando dominarse. Tranquilo. La necesito. Inspiró dos veces más para recobrar la calma y se acercó a ella.
—Querida, te ruego que me perdones. Estoy muy nervioso... — ¿Cómo mierda me la saco de encima? Le tomó las manos y se las besó, rozándole las palmas con la punta de la lengua.
—Pero, mi amor... —balbuceó ella—. Yo... te lo juro... no quiero molestar — contuvo un sollozo.
Muammar cerró los ojos para no estallar de nuevo mientras ella hipaba.
—Hoy es un día tan importante... Hace cuatro meses que estamos juntos...
Negociemos; se sentó a su lado, la abrazó y la besó.
—Mi vida, mi princesa, no me olvidé, pero estos pesados insistieron en que cerráramos los acuerdos esta misma noche. Quieren volver a Iwata lo antes posible. Es una operación muy grande, mi amor... — claro que es importante, y si no te vas ya mismo, vas a joderme todo el negocio —.Te prometo que mañana mismo soltamos amarras y nos vamos a Grecia.
Ella dejó de hipar y lo miró con los ojos azules enormes, muy abiertos. Es tan hermosa como imbécil.
—¿Una miniluna de miel? —preguntó, ansiosa.
—Sí. Y al regreso hacemos el anuncio. Te lo prometo —la besó apasionadamente, sujetándola contra su cuerpo.
Podía sentirla pegada a él, cada curva del cuerpo espléndido debajo de la seda italiana de su vestido de firma, y sin querer se excitó. Ella era su pasaporte al jet set europeo. Con ella se aseguraba la alfombra roja en cada palacio, cada embajada.
Por un tiempo, hasta que se acostumbren a mi presencia. Hasta ahora me soportaron más que nada por mis pozos de petróleo. Dependen de mí, insectos, para que sus centrales termoeléctricas de mierda iluminen sus castillitos de juguete. Dependen de que mi guita vulgar y demasiado burguesa les compre sus hoteles de lujo en bancarrota, para seguir aparentando que pueden despilfarrar lo poco que les queda, mierdas aristocráticas.
—Por favor, muñeca, ya te lo expliqué. Los japoneses son muy particulares. No negocian delante de mujeres. Sus esposas ni siquiera cenan con ellos, mucho menos en reuniones de negocios. Si te quedaras, tendrías que encerrarte en algún camarote, y no quiero que te humilles de esa forma con estos tipos. No mi princesita — la besó y ella frunció la nariz —¿De acuerdo?
Ella se le pegó todavía más, ronroneando. La erección le estaba molestando dentro del calzoncillo.
—Sí... pero mañana...
—Mañana —la besó de nuevo con la boca abierta.
Para colmo me deja caliente como un carnero en celo. Llamó a los guardaespaldas. Filippo se detuvo respetuosamente en la puerta del camarote luego de golpear, con la vista baja.
—Acompañen a Su Alteza hasta el hotel.
Filippo asintió y se apartó para dejar salir a la mujer. Se quedó en cubierta despidiéndola, mientras ella lo saludaba desde la limusina. Ella no había terminado de cerrar la ventanilla cuando de otra limusina se apearon tres japoneses trajeados a la última moda de Milán, y subieron rápidamente por la planchada.
Me gusta este Filippo, Muammar meditó colateralmente mientras recibía a sus huéspedes. Callado, serio, cumple todas las órdenes. Cualquier orden. El trabajo de Andreazzi fue muy limpio, sin víctimas adicionales. Así aprenden estos imbéciles que se niegan a negociar en mis términos. Vamos a ver si podemos confiarle cosas de mayor envergadura.


Después de asegurarse de que la mujer se hubiera encerrado en su habitación —le había dejado dos sobres con polvo de primerísima calidad y ella había intentado darle una propina espléndida que él rechazó cortésmente—, Filippo bajó al lobby del hotel a hacer la llamada, antes de regresar al puerto.
Marcó el número de Roma y, cuando le respondieron del otro lado, se limitó a decir:
—Kazuo Nakamura —y cortó.


—Nakamura-san, éste será uno de los negocios más exitosos que haya hecho en los últimos tiempos— estaba a punto de palmearle el hombro cuando recordó lo reacios que eran sus huéspedes a ese tipo de manifestaciones. Todavía no son tan occidentales.
—Usted también ha cerrado un buen negocio, Muammar-san — retrucó Nakamura mirándolo directamente a los ojos.
—Sin duda. Juntos podemos hacer muchas cosas importantes.
La red de distribución de Nakamura Steel Industries en todo el sudeste asiático era perfecta para la operación. Sin contar con las filiales que estaban abriendo en los Estados Unidos. No habían conseguido un socio tan conveniente en el Lejano Oriente hasta ahora. Y yo lo presenté. Mérito todo mío. Los embarques estarían a disposición en una semana; Jacques se lo había prometido. Nakamura estaba ansioso por recibir la mercadería y había insistido en la posibilidad de embarcar directamente en Colombia, despachando a través del canal de Panamá. Jacques no quería arriesgar, no fuera cosa que se robaran el contacto. Finalmente los japoneses habían consentido en triangular los primeros embarques y luego continuar a través de Panamá. Para ese entonces, los tendremos bien agarrados de las pelotas, pensó Muammar, satisfecho. Conociendo a Nakamura, el regalo que estaba a punto de hacerle valía para él más que los embarques colombianos. "Los vicios de mis socios me cuestan fortunas", se había quejado a Jacques, que, como siempre, se encogió de hombros ante el sutil pedido de rebaja. "No insista, Muammar —le había espetado severo—. Tenemos el mercado cautivo y los precios los ponemos nosotros".
—Tenemos que diversificar las inversiones —comentó Nakamura mientras él permanecía en silencio, y se rieron estruendosamente. Se sorprendió de que el japonés le palmeara el brazo. Hoy estamos de lo más occidentales. Parece que el polvo de buena calidad relaja las costumbres ancestrales.
—Tengo un obsequio muy especial para usted. Sólo para conocedores —le dijo cuando los otros dos que acompañaban a Nakamura volvieron al hotel.
La cara del otro se coloreó ligeramente y las aletas de la nariz se le dilataron con placer anticipado. Carajo, y yo estoy solo ,pensó Muammar. Podría irme al hotel y... No, mejor me quedo y vigilo de cerca. Además, mañana nos vamos a Grecia; no puedo dejar nada fuera de lo común a bordo. Voy a tener que ser un poco más cuidadoso con ella. La última vez que jugamos, la dejé marcada. No queremos herir las susceptibilidades de la realeza.


Nakamura entró en el camarote que Muammar le había asignado. Escandalosamente lujoso. Se desnudó en la antecámara y del maletín sacó sus juguetes favoritos. Quiero un barco como éste. A la mierda con el conservadurismo de mi honorable padre. Tengo el dinero para pagar no uno, sino dos cruceros. Un barco para cerrar negocios y dedicarse al placer. La combinación perfecta. Acarició las correas de cuero con temblorosa anticipación. Ah, Europa, Europa, no puedo dedicarme a estas diversiones en Iwata. Entró en el dormitorio, y el terror que vio en los ojos de la mujer lo excitó todavía más.

Muammar se acomodó en la enorme cama de su camarote y encendió la pantalla del circuito cerrado. Hijo de puta, es un artista. El primer orgasmo lo tuvo cuando vio la sangre, pero el más violento lo tuvo cuando Nakamura la mató.

IWATA, MAÑANA DEL DÍA SIGUIENTE
Shige Nakamura respondió al teléfono con una desagradable premonición. Del otro lado, le pasaron el mensaje que sospechaba recibiría, pero no por eso sintió menos dolor. Se tragó las lágrimas y se encerró en su dormitorio durante dos días. Al tercer día, se levantó en silencio, rebuscó en el baúl exquisitamente tallado e incrustado en nácar que era el único adorno de su estudio y sacó todo lo que necesitaba. Se vistió para la ceremonia y fue a inclinarse ante el altar familiar de sus antepasados. No oyó entrar a Midori, que se arrodilló a su lado también en silencio, sin contener las lágrimas. Sin hablar su esposa se retiró, dejándolo solo. Shige regresó a su estudio y se sentó a esperar, con la espada cruzada sobre las piernas.

¿Si un hombre ve a alguien que actúa mal y no hace nada para detenerlo, cómo puede seguir llamándose hombre? Filosofía samurai
El chofer llevó a Kazuo directamente desde el aeropuerto hasta la casa de su padre. Carajo, pensaba ir primero a mi casa. Su madre lo recibió y le entregó la vestimenta tradicional. ¿Este color? Está bien. Hoy el viejo samurai está temperamental. Le queda poco. ¿Cuánto más va a vivir? Nakamura Steel Industries necesita sangre nueva y negocios nuevos. No pudo contener una sonrisa de satisfacción. El antiguo Imperio está a punto de terminar. Cuando entró en el estudio de Shige no le sorprendió encontrar a dos amigos del viejo, vestidos a la antigua usanza. Sí, en cambio, le sorprendió la presencia de dos hombres a los que no conocía. Ambos lo flanquearon, le sujetaron los brazos y lo obligaron a arrodillarse.
—¡Padre! —gritó— ¡Padre...!


PARÍS, PRINCIPIOS DE LA CUARTA SEMANA DE NOVIEMBRE
Tan pronto como cortó la comunicación con su madre, Auguste pidió que le consiguieran el ejemplar de Le Monde. La noticia ocupaba los titulares. Buscó en el obituario hasta que encontró el mensaje. Tienen los brazos largos, carajo. Debido a una operación que había causado un revés menor al holding, Kazuo Nakamura, vicepresidente en ejercicio interino de la presidencia de Nakamura Steel Industries, se había suicidado en casa de su padre. Con gran dolor, Shige Nakamura volvería a asumir la dirección de los destinos de NSI hasta la mayoría de edad de su nieto Toruo, que ocurriría el año siguiente. Una rata menos de que ocuparse. Cuando Odette llame esta noche, voy a darle la novedad.

domingo, 7 de diciembre de 2008

La dama es policía - CAPITULO 17


SUBURBIOS DE PARÍS, MADRUGADA DEL DÍA SIGUIENTE
“Papá está peleando otra vez con mamá. Está furioso". Corrió a su habitación para taparse la cabeza con la almohada y no oír los gritos. "¿Por qué está tan enojado? Salimos con mamá de paseo y ella se encontró con una señora muy elegante. Me dijo que es mi abuela, pero no le creo. La señora me miró raro y dijo: ‘Se parece a él’. Me dio un beso. Yo no quería besarla. No quiero que sea mi abuela. Se lo dije a mamá cuando volvíamos a casa, y mamá lloró. Le prometí que iba a querer a esa señora para que no llorara más”.
Los gritos pudieron más que su miedo. Se levantó y salió de su habitación sin hacer ruido. La puerta del dormitorio grande estaba entreabierta. Como en un sueño, vio cómo papá empujaba fuerte a mamá sobre la cama. Mamá tenía la bata que le habían regalado para su cumpleaños. La habían elegido con papá, de color azul que era el que más le gustaba porque mamá parecía una princesa con él. Papá estaba de pie, desabrochándose los pantalones. “Puta —gritó—, puta mentirosa. ¿Dónde estabas?” Mamá lloraba. Vio cómo papá le hacía eso terrible a mamá, eso que la hacía llorar tanto. Corrió a su habitación a esconderse bajo la almohada otra vez. No, papá, por favor. Por favor. Por favor...

Se despertó ahogado por la angustia. Las sábanas estaban empapadas de sudor. Abrió y cerró los ojos varias veces para asegurarse de que estaba despierto, y se sentó en la cama. Durante décimas de segundo de terror, no reconoció el lugar. No es mi dormitorio , recordó. Estoy en los cuarteles de la Orden. Cuando se puso de pie, notó que todavía le temblaban las piernas. Tardó cincuenta latidos de corazón en recuperar el ritmo cardíaco normal. Qué me está pasando, por Dios. Hace años que superé esa pesadilla. Había dejado atrás su infancia el día que se fue con su madre, y la había sepultado cuando ella había muerto. Te odio, papá. Creí que había enterrado también esos sentimientos. Se dio una ducha para que el agua le arrastrara la transpiración y los recuerdos, pero la sensación de violencia perduró. Golpeó las paredes mojadas hasta que le sangraron los nudillos. Cristo, ¿cuánto tiempo más voy a pasar en este lugar atroz?


SUBURBIOS DE PARÍS, TERCERA SEMANA DE NOVIEMBRE
Las jornadas eran agotadoras: instrucción al más puro estilo militar. Hamad era como su sombra, desde que se levantaba hasta que caía en la cama por la noche. Sólo después de tres días Marcel consiguió colocar algunos blips. El cinturón había sido una buena idea, después de todo; era uno de los poquísimos efectos personales que le habían permitido conservar, junto con los Muratti de mierda. Lo habían provisto de un uniforme militar completo, en color negro. La Beretta la conservó, sin los proyectiles, por supuesto. Hamad no se había sorprendido por las full-metal jacket. Sonrió aprobadoramente, o eso parecía cuando enseñaba los dientes menudos y desparejos.
—Así que no te gusta perder el tiempo hablando —le dijo, señalando las balas y los cargadores en su mano.
—A nadie le gusta — lo enfrentó impasible.
Hamad se rió.
—¿Y tuviste oportunidad de probarla en... Angola?
—En Somalía y Etiopía —casi deletreó. Me estás buscando la lengua. —Sí. Con resultados espectaculares. Había mucho para probar.
Las instalaciones eran sorprendentes, sobre todo el polígono de tiro en el último subsuelo del edificio. Nadie hubiera sospechado que en medio de uno de los suburbios más importantes de París existiera semejante sitio. Las armas que vio allí eran de última generación.
—Sólo tenemos lo mejor, De Biassi —alardeó Hamad. No lo llamaba por su nombre, y él lo imitó.
Las horas en el gimnasio eran terribles, casi una tortura en sí mismas: entrenamiento a primera hora de la mañana y a última de la tarde. El único sitio, aparte del comedor, donde se cruzó en ocasiones con otra pareja de entrenador y discípulo.
Al cuarto día, su carcelero — porque había llegado a la conclusión de que Hamad no era otra cosa— le informó que recorrerían el edificio en su totalidad. La fachada era una fábrica de chocolates. Había un sector de oficinas, una playa de expedición, camiones refrigerados para el traslado de la mercadería, más un depósito donde se apilaban pallets de cajas de chocolate de procedencia suiza, ya rotuladas, listas para despachar. Se mordía de ganas de preguntar, pero Hamad le ahorró la molestia: no pudo aguantar los deseos de vanagloriarse de ser uno de los más antiguos dentro de la Orden.
—Los camiones tienen muchos usos. Básicamente nos permiten trasladar cualquier tipo de mercadería hasta los puertos de embarque, sin ningún tipo de sospecha.
Se acercó a unos cajones de madera, con un tamaño tal que hubieran podido contener una motocicleta de baja cilindrada. También con rótulos y sellos de exportación. El interior estaba aislado —acústicamente, le explicó Hamad— con espuma rígida de alta densidad, que además acolchaba la paredes del cajón y recubría la chapa metálica de dos milímetros de espesor que estaba debajo de la madera. Hamad le señaló unas perforaciones con conexiones roscadas en una de las tapas.
—Mercadería especial. Necesita ventilación constante. Aquí se conectan las mangueras de entrada y salida de aire comprimido.
—¿Qué tipo de mercadería?
—La que le interesa a “tu” Alteza —Hamad sonrió sardónicamente.
Le mostró el interior de los vehículos. Uno estaba dividido por una compuerta hermética que cerraba un compartimiento insonorizado, con aire acondicionado y cuchetas adosadas a las paredes. La parte delantera se empleaba para la carga de pallets. Había otros en los que el compartimiento interior no tenía ningún equipamiento especial. Con ésos se trasladaban armas u otro tipo de mercancías, le informó el otro en tono casual. Marcel no quería pensar en el horror de los cajones y lo que transportaban.
Pasaban horas en el armado y desarmado de equipos de explosivos y armas de fuego. Hasta poder hacerlo a ciegas, insistía Hamad, así que el discípulo practicaba en completa oscuridad, en posiciones imposibles, mientras el otro controlaba sus movimientos con equipo de infrarrojo.
—Deben ser parte de tu cuerpo —repetía Hamad. El tipo era además un maestro en el uso de armas blancas, que prefería, cosa que a Marcel le resultaba siniestra.
—Vas rápido con las armas de fuego. Muy bueno. Te voy a entrenar con mis favoritas —le prometió Hamad mientras balanceaba un cuchillo de comando, y Marcel no pudo evitar un estremecimiento.
Le presentaron a Lucien Vaireaux, a cargo de los audiovisuales. La primera noche que asistió a uno, tuvo náuseas todo el tiempo. Casi no pudo comer y, ya en su habitación —ahora dormía solo, en otra ala del edificio—, se precipitó al baño a vomitar.
Las imágenes lo persiguieron durante días. Una habitación vacía excepto por una grilla metálica vertical y una mesa con algunos instrumentos quirúrgicos más otros cuyo uso desconocía. Un hombre bajo y grueso, con uniforme de la Orden, esperaba en el lugar.
Hamad se había acomodado a su lado y Jacques apareció para sentarse en la butaca libre del otro lado. Mejor que pongas cara de circunstancias, viejo. Esto es una prueba. Pase o muera. Se había cruzado con Jacques en contadas ocasiones, pero siempre en momentos en que, sospechaba, estaban evaluando sus reacciones. La voz de Vaireaux explicaba en tono académico lo que ocurría en el video. Marcel dedujo que el tipo o bien era médico o tenía conocimientos suficientes de medicina como para describir lo que estaban proyectando de la forma en que lo hacía.
—Las descargas eléctricas provocan tetanización: los tejidos se rigidizan y sufren espasmos. Si se prolongan el tiempo suficiente, el individuo pierde la función respiratoria...
Gracias a Dios que estoy sentado. Ya no escuchaba a Vaireaux, pero no podía apartar la mirada de la pantalla. No se dio cuenta de que Hamad y Jacques cruzaban miradas de mutuo entendimiento por detrás de él. En un momento, Jacques se levantó y le palmeó el hombro en un gesto de aprobación. Marcel se sobresaltó y le clavó los ojos. El otro sonreía complacido.
A partir de esa tarde asistió a los audiovisuales con una frecuencia que le causaba escalofríos. Por las noches, las pesadillas se le mezclaban con las imágenes en flashbacks aterradores.
Los videos de entrenamiento eran diferentes. Por lo general se trataba de métodos diversos de sabotajes, copamientos, descripciones detalladas de preparación de explosivos y otras exquisiteces por el estilo. Sin embargo, no alcanzaba a comprender por qué le dejaban una sensación de violencia que no tenía relación con las imágenes que recordaba.
Los días comenzaron a sucederse sin que tuviera conciencia de ello. Era como vivir dentro de un banco de niebla permanente, donde lo único real era el instante en que quedaba solo en su habitación. Recordaba colocar los blips, sabiendo que tenía que hacerlo con cuidado, pero sin estar muy seguro de por qué tenía que hacerlo. El espejo le estaba devolviendo una imagen que, por momentos, no reconocía como la propia. Dos o tres veces vio que el otro a quien veía en el espejo lloraba, pero no pudo saber por qué. Por las noches, antes de caer rendido en la cama, todavía lograba repetirse:
—Soy Marcel Dubois, teniente, Brigada Criminal, Policía Judicial, Prefectura de París.
Pero ya ni siquiera estaba seguro de si eso era verdad.



PARÍS, L A DÉFENSE, FINES DE LA TERCERA SEMANA DE NOVIEMBRE
Se revolvió en la cama mientras la excitación le trepaba hasta la garganta. No necesitaba pensar; sus manos recorrieron rápidamente el camino de su cuerpo hasta que alcanzó el orgasmo. Tres minutos. Satisfacción instantánea. ¿Satisfacción? Mejor, evacuación de una necesidad biológica postergable, a diferencia de las otras, más vitales, más crudas.
Sin embargo, la sensación que le quedó en la boca y el cuerpo no fue de rabia amarga y mal contenida, como le ocurría habitualmente. Se sorprendió de descubrir que no le había bastado y que no estaba molesta por eso: sólo excitada, más que antes. ¿Qué? ¿Mis demonios están de regreso?
Sus demonios personales y privados. Los que había vislumbrado durante su adolescencia como algo natural, inherente a su propio cuerpo. Nada más normal para una estudiante de ballet que se mira durante horas al espejo. O una esgrimista que disfruta del esfuerzo del deporte y la calma que sigue después, bañada en algo más que en transpiración. Nunca se había avergonzado de satisfacer las exigencias de su naciente sensualidad.
Más adelante, con Jean-Luc, había descubierto el resto de sus sensaciones y emociones. Habían sido amantes hasta el límite y lo habían sobrepasado largamente. Él sabía manejar sus demonios, seducirlos, engañarlos, provocarlos y desatarlos. Ella había aprendido de él, y él le juraba que había superado al maestro.
Después... después. Un después largo y oscuro. Lleno de odio, de desesperación, de impotencia y, finalmente, de nada. Fue como sellar una puerta con un bloque de granito. El cuerpo se le convirtió en un extraño que la acompañaba inerte. ¿Cuánto tiempo? ¿Dos, tres años luego de la muerte de Jean-Luc? Ni siquiera lo recordaba. Los deseos se le congelaron en las entrañas.
Hasta dejó de pasar ante el espejo para otra cosa que no fuera ver con qué ropa salía a la calle. Inclusive el pelo corto era una ventaja: no se necesita mirarse para peinarse. Se mutiló emocionalmente como se había mutilado el cabello.
Hasta que un día, quién sabe en reacción a qué estímulo, qué sensación, se reencontró violentamente con sus pasiones. Al principio, intentó que el hombre de sombras de su fantasía tuviera el rostro que había amado hasta la locura. Lo único que consiguió fue anular instantáneamente todo el deseo que la estaba ahogando. El resultado fue una angustia atroz y la vergüenza de sentir que ensuciaba los momentos que habían vivido juntos.
Durante un tiempo después de eso, sus demonios la dejaron en paz. Creyó que había encontrado la forma de ahuyentarlos de su cuerpo y de su vida, hasta que el acoso fue tan fuerte que pactó con sus propios deseos. No serían tales: solamente necesidad fisiológica. Sin hombres-sombra. Sin imágenes ni recuerdos. Ni siquiera como en su adolescencia, en la que se permitía soñar. Con el tiempo, cayó en la cuenta que ya no podía atrapar ni revivir los recuerdos de su amor. Le dolió espantosamente y negó su sensualidad otra vez, a modo de castigo por no poder recordar. Intento inútil. Los demonios no se dejaron embotellar. Negociemos. Nadie puede humillarme tanto como yo misma. Y ahora nuevamente la sombra la asaltaba y ella se dejó llevar. Pulsiones de vida, en contra de las pulsiones de muerte que la habían empujado durante tanto tiempo. ¿Me estoy proporcionando una excusa?
Al principio, el espectro en su cama no tuvo sino un rostro fragmentario y un cuerpo que ella debía adivinar. Hasta esta noche, en que le dio mirada a los ojos, calor a las manos y fuerza viril al cuerpo que imaginaba poseyéndola. No quería imaginar su voz pronunciando su nombre, porque no quería pronunciar el de él. No quiero. Es mentira que te deseo, porque me niego a desear sin amar. La pasión sin amor es revulsiva: después del magro placer de saciar la urgencia del cuerpo, llega la repugnancia por el compañero de cama que lo único que busca es su propia, egoísta satisfacción y finalmente, el asco por mí misma. No es eso lo que necesito, ni lo que quiero. Pero me niego también a amar sin desear. El pensamiento la sorprendió con la guardia baja.
Fuera de mi vida. De mis noches. De mis urgencias.
Entonces no te acaricies imaginando sus manos, hipócrita. Si vas a echar a tu hombre-sombra de tu dormitorio, no lo busques.
A las cinco de la mañana, resignada a no dormir, se levantó a ducharse y preparar las pocas cosas que llevaría a Alsacia, ese día, antes del mediodía. Se los advierto, monstruos: se quedan en casa. Una risita en el interior de su cabeza la convenció de que estaba perdiendo la discusión.

martes, 8 de julio de 2008

La dama es policía - Capítulo 2





LA DÉFENSE, LA MISMA NOCHE
Odette esperó a que él asimilara la idea. Siempre pasaba lo mismo con los nuevos: se sorprendían, se asustaban y al final, se sentían orgullosos. Había discutido mucho con Auguste y Michelon sobre el tema. Nada de dar a conocer la organización fuera de la Brigada ni asignarle las siglas a las que era tan afecta la PN(1). Cuanta menos gente supiera de esos equipos, mejor para todos. Los resultados estaban siendo muy buenos y se involucraba a muchísimos menos efectivos de los que se hubieran empleado en procedimientos tradicionales. Trabajaban solos o en parejas. Se estudiaba a cada posible candidato con cuidado. Por lo general trataban de elegir a hombres y mujeres sin compromisos familiares que los hicieran vulnerables de alguna forma. Muy pocos estaban casados o tenían hijos y esa política evitaba víctimas innecesarias: nadie en la Brigada quería perder vidas valiosas ni ofrecer posibles rehenes. Esta vez era su propio turno. Mi caso. Cerró los ojos para no dejar traslucir el dolor que la atacó sin avisar. Recuperó la compostura y tomó la primera carpeta del pilón, mientras encendía la laptop: el trabajo tenía la virtud de distraerla.
— Te voy a explicar mi punto de vista, Marcel. Cuando se informó de la desaparición de dos religiosas jóvenes hace un año, se pensó en una fuga. El caso se investigó bastante mal y después languideció en los archivos. Cuando se informaron otras desapariciones similares, dos monjas jóvenes y una novicia, esta vez en el norte del país, comenzaron a prestar un poco más de atención. Lamentablemente nos enteramos de lo ocurrido varios meses después, ya que las desapariciones se denunciaron inicialmente a las prefecturas regionales. Tuve una corazonada y consultamos a las policías alemana e italiana y descubrimos que en las cercanías de la frontera con Alsacia y en el norte del Piemonte, habían ocurrido casos similares, siempre con religiosas más o menos jóvenes.
— Se habrá fundado un Movimiento de Liberación de las Religiosas...
— Estamos en el siglo XX y ya no se obliga a las mujeres a meterse a monjas.
— Punto a favor. Aunque siempre creí que era un desperdicio de recursos —, comentó él, irónico.
— Desperdicio o no, estas mujeres eran monjas por su propia decisión, te lo puedo asegurar, así como puedo jurarte que no desaparecieron por su voluntad — respondió con sequedad.
— No tiene sentido, Odette, y si lo tiene... —Marcel torció la cara en un gesto de desagrado.
— No “si lo tiene". “Sí”, lo tiene. Todavía me faltan algunos hilos de la trama, pero creo estar bastante cerca. Antes de que entraras en este caso, entrevisté a algunas superioras de órdenes que no fueran de clausura. No fue fácil en tan pocos días, pero me fue bastante bien. Esas señoras son muy renuentes a tratar con nosotros, y sacarles información me costó horas de persuasión, apelaciones a sus patrióticos corazones, sentimientos religiosos, solidaridad con las pobres mujeres desaparecidas, las estrofas de La Marsellesa... ¡Una casi me hizo sacar la reglamentaria!
Marcel se rió escandalizado.
— ¿Amenazaste a una abadesa con encanarla por resistirse a la autoridad?
— Estaba furiosa. Pero conseguí la información: en los cuatro conventos que investigué no están permitidas las visitas de hombres, salvo parientes por consanguinidad en primero o segundo grado, y sólo en casos muy excepcionales. Esas visitas quedan registradas, lo mismo que las de visitantes femeninas, que tampoco son muy asiduas. Casi todos estos conventos se caracterizan por su retiro del mundanal ruido.
— Qué conveniente — apuntó Marcel.
— Mmm, sí, muy útil cuando se desea operar sin intromisiones del exterior.
— ¿Qué? ¿Las monjitas se dedican al contrabando?
— ¡Dubois, no seas idiota!
— Tengo un sentido del humor algo inoportuno — el teniente se disculpó a medias, conteniendo una sonrisa.
Ya te voy a borrar la sonrisita, Cro-Magnon. Jugadores de rugby metidos a policía. Adónde mierda se está yendo la excelencia. Y Auguste te eligió como mi compañero en este caso. Agendar: estrangular a Auguste. Odette hizo un esfuerzo por no torcer la boca y continuó.
— Volviendo al tema, hay excepciones: las órdenes religiosas masculinas. ¿Quién, si no, podría meterse en un convento sin despertar sospechas?
— O alguien que parezca serlo...
— Estás aprendiendo rápido — ella levantó una ceja y se estiró con las manos detrás de la nuca.
— ¿Pero con qué objeto?
— En primer lugar deberías tener en cuenta que estas buenas señoras no ven como “hombre” — hizo comillas con los dedos— a un religioso. Es más, la visita de uno o varios de ellos se considera visita de la orden y se registra como tal. Un acontecimiento especial sería la llegada de alguna autoridad eclesiástica, donde se mencionarían nombres, pero no es el caso.
— Así que si alguien tuviera motivos reprobables para tener acceso a un convento, y lo hiciera como un seudomonje de alguna orden, encontraría las puertas abiertas — acotó Marcel.
— Bravo. ¿Qué más? — El Cro-Magnon piensa. Pasémoslo al próximo escalón de la evolución. —Ah, bueno... ¡No debe de ser tan fácil hacerse pasar por monje!
— No: deben presentarse papeles oficiales de la orden, autorizaciones, a veces hasta cartas del mismísimo Vaticano. Pero las órdenes masculinas y femeninas intercambian visitas con cierta frecuencia.
— ¿Pero para qué querría alguien disfrazarse de cura y meterse en un convento lleno de viejas santurronas, si no fuera para robar? Y en ese caso, ¿qué?
— ¿Estás seguro de no tener doble personalidad? ¡Hace un momento hacías gala de un intelecto aceptable y un instante después te dio un derrame cerebral? Mi Dios, Dubois, ¿qué te parece que estamos investigando?


Tomaron un café perfumado y negrísimo en un silencio de muerte, hasta que el estómago de Marcel reclamó comida. Odette se compadeció y sin decir nada desapareció por el pasillo de siempre para volver con una bandeja de sandwiches, bebida y cositas dulces. Él agradeció la tregua y comieron entre comentarios intrascendentes. Ella se limitó a observarlo mientras bebía en silencio el café, esta vez con leche.
Es más barato regalarte un reloj de oro que invitarte a comer. Aunque, para mantener en forma toda esa infraestructura deportiva, imagino que hace falta combustible en cantidades adecuadas. Adecuadas a una central termoeléctrica. Tomar nota para próximos entremeses. Eso, sin hablar del perfume. Una sinfonía para el olfato, teniente. Toda una delicadeza de tu parte hacia las damas. No hay problema, no soy una dama. El sueldo se te debe de ir entre comida y loción para después de afeitar. Y a mí qué mierda me importa. Sonrió para sí y se dio cuenta que él había observado el gesto, pero no dijo nada. Un poquito de suspenso no viene mal. Te mantiene atento y enfocado, sin desviar la atención a ideas de otro tipo.
Odette retiraba la bandeja vacía cuando Marcel preguntó:
— ¿Te ayudo a lavar los vasos… y todo eso?
— Mañana viene Marguerite y se encarga de la ley y el orden domésticos — dio por terminado el tema y continuó con la exposición: —Bien, como te imaginarás, existe una gran cantidad de órdenes y grupos religiosos católicos en Francia y en el resto de Europa. No se crean órdenes nuevas desde hace al menos setenta años y otras desaparecieron, pero todavía perduran congregaciones pequeñas, desconocidas para la mayoría de la gente común y a veces inclusive para otras órdenes.
Tecleó en la laptop y la pantalla se llenó con un listado interminable de fechas, símbolos y números.
— ¡Mi Dios! ¿Por dónde empezamos? — Marcel suspiró.
— Tranquilo, no son tantas. Las del asterisco ya no existían a principios de siglo. De las restantes, las señaladas con (1) tienen sede en Francia, las (2) son del resto de Europa, y (3), Asia, África y América .
Marcel no dijo nada, pero cerró los ojos con resignación: las (1) eran más que suficientes. Odette esbozó media sonrisa.
— Yo también temblé un poco al principio. Pero nuestras monjitas me permitieron ver sus libros de visitas y comprobé algo que había comenzado a sospechar — hizo un alto para servirse más café mientras Marcel estudiaba los nombres del listado.
— ¿Alguna recurrencia de nombres en los cuadernos de visita?
— Exacto. En todos los casos de desaparición, algunos días antes una orden en particular había visitado cada convento, alojándose en ellos.
— ¿Cómo es eso posible? Quiero decir, que durmieran en...
— En las alas destinadas a visitantes, alejadas de los claustros principales. Y acá viene lo más interesante: en todos los casos, estos visitantes se presentaron como miembros de una orden que había sido suprimida a fines de la Edad Media con bastante escándalo, pero que recientemente había recibido la rehabilitación papal.
— ¡Y las monjitas se tragaron el sapo! — Marcel la miró fijamente—.No estarás hablando de...
— ...Jacques de Molay.
— ¡No puede ser! ¿Los Caballeros de la Orden del Temple? —la sorpresa de Marcel no podía ser mayor.
— Bingo.


Los Templarios... Una orden que había alcanzado un poder tal que hizo temblar a Occidente. Sus monjes-caballeros eran señores feudales poderosos y la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo era tan rica que operó como un verdadero banco entre Europa y el Cercano Oriente. En poco tiempo, todos los gobernantes del continente estaban en deuda con el Temple, monjes que empuñaban con más frecuencia la espada que el rosario. El mismo rey de Francia les debía su trono. La excusa para eliminarlos fue que el continuo contacto con los infieles los había convertido en herejes: lo habitual en esos tiempos para librarse de enemigos incómodos a quienes, por ejemplo, se debía mucho dinero. La Orden se disolvió, pero los sobrevivientes se dispersaron por Europa, confundiéndose con la masonería. Logias que brotaron como hongos después de la lluvia, y cuyos grados jerárquicos se parecían sospechosamente a los de los Caballeros Templarios.
El término “logia” había vuelto a ganar una trascendencia desagradable a mediados de los años ochenta gracias a que las actividades de una de esas organizaciones habían salido a la luz. Operaciones económicas de calibre internacional, implicados impensados y escándalos que habían golpeado a las puertas de la mismísima basílica de San Pedro. Y se habían diluido como una gota de tinta en el mar. Quién sabe dónde estarían ahora los verdaderos Richelieu detrás del trono. Otra vez lo mismo?, pensó Marcel. ¿Y por qué no? Nada nuevo bajo el sol. La humanidad se repite a sí misma.
— ¿Una logia masónica? — dijo siguiendo en voz alta sus conclusiones. El pensamiento le hizo fruncir el entrecejo.
— Muy buena elección del término... — ella se quedó silenciosa, evaluando su sugerencia —. Más si tenemos en cuenta que las logias funcionan casi de la misma forma que las células terroristas: no se conoce a los superiores, obediencia estricta, códigos secretos, bla, bla, bla… — hizo un gesto con la mano —. Y que de los Templarios que se salvaron de la hoguera y desaparecieron de la Historia, se sospecha que se unieron, o directamente generaron la masonería. Todo muy oculto, porque los hubieran colgado por herejía, brujería y crímenes de lesa majestad como prometer la piedra filosofal y la fuente de la eterna juventud... Las logias modernas seguramente se dedican a buscar otro tipo de verdades científicas. Hoy en día, cualquiera puede obtener oro del plomo con el material radiactivo adecuado, lograr la eterna juventud gracias a la cirugía estética y acceder a la suma del conocimiento universal a través de las enciclopedias en CD-ROM y la Internet — se rieron ante lo ridículo de la idea.
La dama tiene sentido del humor. No lo hubiera imaginado. Me gusta cómo se ríe.
Odette continuó en voz más baja, como si hablara para sí.
— Pero los hombres siguen teniendo las mismas ambiciones básicas que hace cuatrocientos años o cuatro millones de años: el poder sobre otros. Para pagar el precio que sea y obtener cualquier cosa que se desee. Porque el poderoso es un eterno insatisfecho que necesita cada vez más poder para encontrarle algún sentido a su vida. Ya nada es suficiente, nada satisface.
”Se vuelve adicto a la adrenalina, y cuando ésta no alcanza a provocarle el placer que busca en cada cosa que hace, prueba con drogas más fuertes... no sólo en el sentido literal del término. Y detentar y ejercer el poder es la droga más terrible. Decidir la vida y la muerte de otros, que les están sometidos aunque no lo sepan. Usarlos en el propio beneficio o la propia satisfacción; los otros son objetos y, como tales, sin derecho a tener voluntad propia o decisión — el tono de su voz tenía un dejo de amargura —. El poderoso posee a los demás en toda la extensión de la palabra: tiene 'cosas' para 'usarlas' como más le complazca. Se apodera de la vida y la muerte de los otros. Se arroga el papel de Dios.
”Posee el dinero, el gobierno, los hombres, las mujeres, las armas, lo que señale con el dedo. Lo desea y tiene que tenerlo. No se le puede negar nada porque tiene el poder. No por nada 'poder' y 'poseer' tienen las mismas raíces en latín".
Se quedó callada, mirándolo sin ver.
La intensidad de sus palabras lo había dejado mudo. Ella sacudió la cabeza, se revolvió el pelo, se lo acomodó con los dedos y suspiró.
— Perdón por la digresión. Los que vivimos solos durante mucho tiempo tenemos el hábito de pensar en voz alta.
— Estoy acostumbrado. Las paredes son confidentes discretos: no le cuentan nada a nadie.
Por primera vez en toda la noche los ojos de ella reflejaron un sentimiento al mirarlo. Compartieron unos instantes de común soledad, en un silencio que, extrañamente, no se hizo incómodo.


LA DÉFENSE, MÁS TARDE, LA MISMA NOCHE
Eran más de las once de la noche cuando Marcel miró subrepticiamente su reloj.
— ¿Te esperan? — preguntó Odette con tono casual.
— Eh, no...
— Estás cansado — no fue una pregunta sino un desafío.
— No, sigamos. Hace nada más que cuatro horas que estamos con esto.
Ella se encogió de hombros.
— Marcel, ya te dije que quiero ponerte al tanto de lo que sabemos y de lo que esperamos encontrar. Necesitamos comenzar a actuar lo antes posible. La Brigada no quiere más desapariciones. Vas a quedarte a dormir. Hay un cuarto preparado, ropa limpia y un baño a tu disposición.
Casi se atragantó con el café al oír la última frase. No conocía a Odette, pero se imaginó que las suspicacias le ponían los pelos de punta. Cuando se supiese, aparecería en los titulares del noticiario de las ocho de la Brigada.
Pareció que ella le había leído la mente.
— No tengas miedo de las murmuraciones. Nadie sabe que estás aquí salvo Auguste — y se levantó en silencio.
Auguste, no 'comisario Massarino'. El detalle no se le escapó. Supo que Odette había ido a la cocina porque trajo una bandeja con una botella de agua mineral, más sandwiches, chocolate y, por supuesto, más café.
— Algo dulce y algo salado. Sirve para mantenerse despierto — el tono no admitía réplica y él obedeció con placer, mientras ella saboreaba el chocolate. Luego del minirrelax, volvieron a atacar los datos.
— ¿Y cómo cuernos las monjitas se tragaron el anzuelo de la rehabilitación papal y todo eso? — preguntó Marcel.
— ¡Ah, ahí viene lo mejor de todo! Estos tipos presentaron papeles oficiales, con membretes y sellos auténticos del Vaticano, emblemas, firmas y toda la parafernalia. En ellos constaba el perdón papal, la devolución de tierras y monasterios, la rehabilitación de los inmolados, ¡hasta una presentación para la beatificación de Molay! ¡Creo que hasta el mismo Papa hubiera creído que la firma era la suya!
— ¡Increíble! Pero, ¿robaron los papeles o...? ¡El Vaticano no puede estar involucrado en esto!
— ¡Dios nos libre! No voy a las procesiones vestida de penitente, pero guardo cierto respeto por la Iglesia Católica. Los papeles eran falsos. Falsificaciones casi perfectas — y se metió una barra de chocolate entre los dientes y jugueteó con ella.
Fue inevitable que a él se le cruzaran toda clase de imágenes en absoluto morales de Odette, y no precisamente con una barra de chocolate entre los labios. Recuperó la cordura y tomó también una barrita para distraerse. No va a ser fácil trabajar con esta mujer.
— ¡Uy, es exquisito! ¿Suizo?
— No, italiano. Los suizos son correctos hasta para hacer chocolate. Demasiado dulce para mi gusto. El italiano es absolutamente pecador e irresistible. Es mi perdición — ella suspiró con deleite.
— Entonces, si los papeles son falsos, alguien tuvo que conseguir originales. ¿Se informó algún robo en Francia? —respondió, tratando de no mirar la saltarina barrita de chocolate.
— No, pero hace tres años, del arzobispado de Venecia desaparecieron objetos de relativo valor y papelería diplomática en blanco. Ahora resultaría claro que el robo sólo tenía por objetivo los papeles. Pero, lo de siempre...
— Sí: denuncia, informe y archivo —suspiró —. Aunque sigo sin ver la relación.
— Mi corazonada es que estos tipos se metieron en esos conventos a secuestrar mujeres.
— ¡Qué locura! ¡A quién se le ocurriría secuestrar monjas! Quiero decir, ¿con qué propósito? ¿Pedir rescate? Cierto que muchas de ellas pertenecen a familias de buena posición económica. ¿Se investigó eso?
— Ninguna de las desaparecidas tenía familia. Además, los religiosos suelen ceder sus bienes a sus congregaciones. Tampoco hubo pedidos de rescate. Nunca se supo más de esas mujeres. Ni fugas, ni rescates, ni cuerpos.
— Entonces, ¿qué? ¿Qué querrían de unas pobres monjas?
— Marcel, éste es tu primer caso así, ¿cierto? Quiero decir, desaparición de mujeres.
— Sí. Bueno, por lo menos de monjas...
— Nunca se te cruzó por la mente cometer ningún tipo de aberración o violencia sexual contra otra persona, o de causarle daño físico o moral, o aun la muerte.
— ¡No, por Dios! Yo... bueno, soy, creo ser bastante normal — se sonrojó.
— No estoy juzgando tu vida privada. No tomamos en consideración juegos consentidos entre dos personas que se desean o se aman. Son situaciones de las que no se ocupa la policía, afortunadamente. Estoy hablando de secuestro, corrupción y asesinato. Y no las llames “monjitas”. Son mujeres, Marcel, y por esa razón desaparecieron.
— Lo que estás sugiriendo es horrible... —dijo mientras se le endurecía la boca en una mueca.
— Sí, y está ocurriendo —Odette lo miró a los ojos mientras hablaba —. Lo que quiero decirte es que sospecho que se trata de secuestros de mujeres más o menos jóvenes, más o menos bonitas... eso es casi lo de menos... pero, sobre todo, vírgenes, con fines absolutamente repugnantes.
— ¿Vírgenes? — Marcel frunció el ceño — ¿Y cómo sabían que eran...?
— En los registros de los conventos también figuran la edad y estado civil al ingresar. Digamos que una mujer soltera que elige ser miembro de una orden religiosa a una edad temprana, tiene bastantes probabilidades de no tener experiencia sexual alguna. Nuestros amigos apuestan a la ley de probabilidades — Odette pronunció la última frase como si la mordiera.
Marcel comenzó a digerir todo lo que ella le había soltado en los últimos minutos. Es aberrante.
— Creo que fuiste demasiado lejos con tu imaginación — dijo con calma y esbozó una sonrisita de suficiencia que ella se encargó de borrar en menos de una décima de segundo.
— ¿Dónde están los cuerpos?— lo fusiló con una ojeada negra —. ¿Todas se desvanecieron en el aire? Si las mataron, se deshicieron de los cadáveres con mucha habilidad. ¿Montar toda una organización por el placer de matar mujeres? ¿Para probar métodos modernos de eliminación de cadáveres? Ah, no, mi querido Dubois; demasiados gastos y muy pocos beneficios. Puedo imaginar a un asesino serial solitario como Andrei Chikatilo, o el hijo de Sam, o nuestro viejo y querido Landrú, o hasta dos como los primos Bianco. ¿Pero preparar semejante puesta en escena nada más que por el placer de cometer asesinatos seriales? ¡Qué desperdicio de recursos!
— ¡Dios, no hables así! —gritó asqueado.
— ¡Bien, empezamos a entendernos! No son asesinos, no en forma directa. ¡Son tratantes de mujeres! — ladró imperiosa.
—Tratantes...
—¡Sí! ¡Pero qué mujeres! Sin experiencia sexual y posiblemente sin experiencia de vida de ningún tipo... No quiero pensar lo que esos hijos de puta hacen con esas pobrecitas...
Tragó y asintió. Sí, parecía asquerosamente razonable. ¿Y quiénes eran los compradores? Ella se quedó callada, dejándolo tomar conciencia de lo que habían hablado hasta ese momento; se levantó, se acercó al ventanal y apoyó la frente sobre los cristales helados. Volvió al sofá y se sentó frente a él otra vez. Le clavó los ojos y enarcó una ceja, a la espera de su respuesta.
— ¿Quiénes podrían...? Quiero decir, ¿qué clase de personas? No creo que se trate de mercancía barata — dijo, imitando el tonito sarcástico de ella, que ya había comprobado le rompía las pelotas. Seguramente conozca varias formas de rompérmelas con minuciosidad, se permitió el pensamiento colateral.
— No, cierto. Muy, muy cara. El secreto es siempre caro. El sexo aberrante también. Sumemos los honorarios por los servicios... — le respondió, tomando otra barra de chocolate sin dejar de mirarlo con el ceño apenas fruncido.
Apretó los dientes para que la adrenalina que le estaba acelerando el pulso no le traicionara la expresión. Era increíble que esa mujer pudiera despertar en él sentimientos tan contradictorios: lo enfurecía, lo humillaba y hacía que necesitara su aprobación, todo a la vez. Se obligó a pensar la respuesta que ella le exigía. Mejor que estés a su altura, viejo.
—Gente rica, muy rica —murmuró—. Hombres de negocios... Co un lugar para esconder a las víctimas... Trasladarlas en secreto, mantenerlas ocultas mientras... —no terminó de enunciar la idea, por delicadeza —, y llegado el momento... deshacerse de ellas.
—Bingo otra vez.
Marcel se acomodó nerviosamente un mechón que le caía sobre la frente, se sirvió café y lo sorbió despacio. ¿En qué nos estamos metiendo? ¿Qué clase de personas podrían estar haciendo esto?


LA DÉFENSE, PRIMERAS HORAS DE LA MADRUGADA

— ¿Te gustan los cruceros? — dijo ella mientras mojaba el chocolate en su taza de café y tecleaba rápidamente. La pantalla escupió otro listado y Odette giró la laptop hacia él —. Es el movimiento de los principales puertos franceses sobre el Mediterráneo. También está Montecarlo.
— ¿Por qué sobre el Mediterráneo?
— Casi no hay cruceros en los puertos del Atlántico o el mar del Norte. Clima inhóspito, supongo, salvo parte de la costa española. Tengo otro listado con puertos italianos y griegos, pero por ahora basta con éste.
Había algunas líneas destacadas: cruceros de magnates árabes, algunos griegos, dos estadounidenses, uno italiano. Algunos no mencionaban nacionalidad del propietario, pero sí bandera. Fechas de arribo y salida de puerto.
— ¿Tenemos la lista de las desapariciones?
— Con fechas — Bien, estamos usando el plural. ¿Te metiste en el caso, Cro-Magnon? Marcel verificó lo que ella ya sabía: que los cruceros habían entrado en puerto entre una y tres semanas después de la fecha de cada desaparición y habían partido el mismo día o a lo sumo al día siguiente.
—¿Tenemos la nacionalidad de los propietarios de estos barcos? —señaló a los que sólo mencionaban bandera.
— Algunos colombianos, un japonés, un argentino —enumeró ella mientras le indicaba cada nave.
— Colombianos... ¿Tendrá que ver con la forma de pago? Entraron en puerto también en fechas intermedias entre desapariciones... ¿Qué significa ese corazoncito? — Marcel señaló un nombre del listado.
Perspicaz cuando se pone on-line. Me gusta. Presta atención a los detalles. ¿Otro escalón hacia arriba? Estoy siendo injusta: démosle dos.
— Ése es un “cliente” habitual en las revistas del corazón y el jet set. Se codea con nuestra muy alicaída nobleza europea. Me hace inmensamente feliz celebrar el 14 de julio. A veces me enorgullezco del Régimen del Terror —comentó irónicamente—.Y en cuanto a la forma de pago... Sí, podrían estar pagando en especies...
— La Argentina se está convirtiendo en una etapa muy importante del lavado de dinero de narcos, después de los Estados Unidos...
— Ajá, pero el crucero entró en coincidencia con las fechas de desaparición. Si hacen alguna operación económica, no es en puertos del Mediterráneo.
— ¿Suiza? — refiriéndose a los Bancos.
— No podemos meternos hasta tener evidencia cierta y orden judicial.
— ¿No podemos registrar los cruceros?
— ¿Con qué motivo? ¿Sospechosos de secuestro? El escándalo diplomático sería tal que toda la PJ terminaría en la guillotina. No tenemos nada más que papeles falsos, listados de desapariciones y de barcos en puerto. No es prueba de nada. Coincidencias sin sentido. Imposible de llevar ante la Justicia.
— Carajo, ¿me estás probando? ¿Qué mierda tenemos, entonces? — ahora fue él quien se puso de pie y dio zancadas por toda la habitación. Se quitó los mechones de la frente de un manotazo y se detuvo delante de ella con los brazos en jarras y mirándola furioso.
Así me gusta, teniente. Ahora sí estás involucrado en el caso. A trabajar de verdad.
— No te estoy probando. Simplemente hay que buscar la grieta en la estructura. Es lo único que podemos hacer. Sí, es cierto que no tenemos nada concreto, salvo que creo que encontré esa fisura mínima, el más delgado de los hilos de la trama... — en silencio extrajo otro disquete del maletín y lo cargó, mientras Marcel se hacía a la idea de no dormir esa noche.

(1) Police National (Policía Nacional