POLICIAL ARGENTINO: psicóloga forense
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lunes, 25 de julio de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 23

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. ULTIMOS DÍAS DE JULIO

Julio en París
Golpearon a la puerta y Michelon supo por el modo de llamar, que era Odette. Sin soltar el auricular, le indicó el silloncito delante del escritorio con un movimiento del mentón y después de cortar, pidió cafés. Laure entró en puntas de pie, dejó las tazas sin hacer tintinear las cucharitas y se fue con la discreción con que un ratón se escapa del gato de la casa. Michelon espió a su subordinada por encima de la taza, con los ojos entrecerrados: Odette no había tocado su café. Madame apretó los labios, disgustada, y aferró el cortapapeles, a medias consciente del gesto.
— Marceau, ¿ha estado solicitando estudios no autorizados a los forenses? — se arrepintió de inmediato de usar los apellidos, pero ya era tarde. La otra acusó adecuado recibo de la forma en que se dirigía hacia ella y hubo un cambio sutil en su actitud física. Para colmo conseguí ponerla en guardia.
— ¿A qué caso se refiere, Madame?
Michelon tomó una carpeta gris que coronaba una pila ordenada.
— La prostituta del XII° y...la del Bois-de-Vincennes.
— Le pregunté a Bedacarratx si se podía avanzar con algún estudio de huellas de mordidas. En el cuerpo del Bois se encontraron marcas correspondientes a mordidas y quería asegurarme de no estar desechando ninguna evidencia.
— Usted conoce el procedimiento y los reglamentos. Desde el momento en que interviene un juez, éste tiene potestad sobre cada caso.
— ¿Y entonces...? — La expresión de Odette había adquirido una cualidad marmórea.
— La oficina del forense tiene órdenes concretas. El caso del Bois está cerrado.
Dejó que la frase flotara en el aire del despacho hasta abrirse paso en la conciencia de su subordinada. La boca perfectamente delineada se deformó en un insulto que su propietaria no llegó a pronunciar en voz alta. Michelon le tendió el fax recibido hacía menos de una hora, y le pareció que Odette leía cada palabra como si quisiera quemarla con los ojos.
— Pienso continuar investigando. Este papelucho — Odette tiró el fax sobre el escritorio —, no dice nada sobre el otro caso y hasta tanto no tengamos notificación, seguiré adelante. Con forense o sin él.
Así me gusta, comisario Marceau: cuando se enfurece, trabaja mejor. Madame guardó el fax de mierda.
Odette se sostuvo de ambos brazos del sillón para ponerse de pie. Michelon sabía que no era un gesto de derrota sino que estaba intentando no arruinar el mobiliario del Estado con un exabrupto físico. El cortapapeles hizo un clac sonoro sobre el escritorio.
— No espero menos de usted— comentó mientras sostenía la mirada de brasas.
— Gracias, Madame — su subordinada sacudió la cabeza, dio media vuelta marcial y salió del despacho.

 PARÍS, CONSULTORIO DE LA DRA. MEINVIELLE. MEDIADOS DE SEPTIEMBRE

— ¿ Y bien, hoy está mejor dispuesto?—Meinvielle lo espió por encima de los lentes de medio marco.
La sesión anterior había concluído algo abrupta: lo había echado del consultorio. “Ud. no se siente subalterno de su mujer, se siente inferior”, había soltado la vieja en tono profesional. “Váyase a la mierda”, le gritó él y Meinvielle lo miró durante un rato muy largo, cómodamente recostada en su sillón, ambos sumidos en un silencio que se cortaba con cuchillo. “Madure, Marcel, pero no para complacerme a mí”.
Había rumiado su descontento todo el fin de semana, el lunes y el martes, sin querer dar el brazo a torcer. Si por lo menos me hubiera peleado con alguien. Mierda. Y encima, la prohibición estricta de “compartir el domicilio” con Odette. No basta con que me sienta un criminal: la vieja de mierda tiene que recordármelo a cada rato. “Tiene que superar esta etapa, Marcel. Más adelante incorporaremos a Odette a la terapia”.
La situación le destrozaba los nervios. ¿O es el asunto de Alessandra me está desquiciando? Me acuesto con la tipa que quiere liquidar a mi familia, yo incluido. Alessandra había tomado la poco saludable costumbre de meterse en la vida y en la cama de Marco Delbosco con cualquier pretexto.
Agosto había transcurrido incómodo y caluroso, y para peor, los cursos en C* se suspendían por el período de vacaciones. Encontrar excusas para Odette por sus continuas desapariciones se le había vuelto casi imposible. Por lo menos la prohibición de convivir sirvió para algo. Sólo podían encontrarse en lugares públicos, donde no fuera posible establecer alguna clase de intimidad.
Odette esperaba pacientemente en su despacho a que él decidiese hacer acto de presencia y jamás preguntaba por la marcha de las sesiones. Lo debe deducir de mis caras de culo y mis euforias psicóticas.
“Estoy un poco inestable”, se había disculpado y ella le había tomado las manos por encima del escritorio: “Ya se te pasará, casi siempre es así cerca del punto clave de la terapia”. Punto clave de la terapia un carajo. Me muero por hacerte el amor, había maldecido para sus adentros.
— ¿Tiene ganas de charlar? — insistió Meinvielle, llamando su atención.
Asintió lentamente.
— Anoche... se repitió esa pesadilla de la que le hablé. No la de mis padres. Esa ... ya la superé.
— Lo escucho.
— Yo... la veo... ella tiene los ojos vendados y está en la cama con un tipo. Hacen el amor, él se levanta y se aleja. Ella no me ve, no sabe, cuando le disparo a él... muchas veces. Escucho cliquetear el gatillo en vacío... y sigo... — la transpiración le corría helada por la espalda —. Después... me acerco a la cama... la penetro. Mi pene es metálico y ella grita que la lastimo... Entonces le arranco la venda...y la estrangulo. — cuando terminó, estaba empapado en sudor y no podía pensar siquiera en mirar a los ojos a Meinvielle. Contó los latidos que le llevó calmarse y respirar normalmente.
— ¿A quién estrangula, Marcel: a la mujer real, o a todo lo que odia en ella? ¿Quién es el hombre que se levanta de la cama?
— No sé. Nunca le veo la cara — gruñó sin mirarla.
— Eso no tiene nada que ver: Ud. sabe perfectamente quién es él. No lo conoce, pero lo sabe —cruzaron miradas como espadas —. Lo sabe, ¿verdad?
— Lo sé.
— Dígalo.
— ¡Con qué objeto! — estalló.
Meinvielle suspiró resignada.

— Los humanos ciframos mucho de lo que somos en las palabras. Cuando el hombre aprendió a hablar, relegó sus demás sentidos y capacidades en función del habla. Tanto es así que no recordamos concientemente nuestros primeros años de vida, nada más que porque nuestra memoria está diseñada para registrar recuerdos en forma de conceptos verbalizados. El psicoanálisis y todas sus escuelas se basan en poder hablar libremente de los sueños y recuerdos, buenos o malos, e incorporarlos a la vida consciente. Ya comprobó cómo el hecho de que su padre le explicara la relación con su madre hizo que pudiera verlo desde un punto de vista completamente distinto al que mantuvo durante casi veinte años.
"Jean-Pierre ya no es un monstruo violento, sino un hombre desgraciado superado por las circunstancias, con un sentimiento de inferioridad que su madre alimentó, aun de forma inconsciente. Ahora, volviendo a Ud. que es lo que nos ocupa...— hizo un ademán con la mano, invitándolo a hablar.
— Ese hombre al que no puedo verle la cara...— el esfuerzo le hacía doler las mandíbulas —, es...Jean-Luc, el marido de Odette — enterró la cara entre las manos.
— Y Odette no puede verlo a Jean-Luc ...— ella aguardó su respuesta.
— ...porque yo soy quien le venda los ojos — admitió sin levantar la cabeza.
— Bien. Un primer paso muy importante. Siga.
— Hacia el abismo.
— Vamos, tiene paracaídas. Abra los ojos.
Suspiró y tragó saliva.
— Yo... la odio... porque... está con otro hombre... Con él.
— Nómbrelo. Exorcíselo de una vez.
— Con Jean-Luc.
Meinvielle dejó pasar un silencio y cambió el tono de voz.
— ¿Las circunstancias en las que usted y Odette se conocieron tienen alguna relación con Jean-Luc?
— Sí — pudo decir después de unos segundos —. Indirectamente sí.
— ¿Por qué ”indirectamente” ?— quiso saber la vieja.
— Ella siguió esa investigación durante diez años.. a raíz de la muerte de... su marido...
Meinvielle interrumpió con un retintín irritado en la voz.
— “Ella” tiene nombre y “su marido” también. ¿Ya comprendió que cuando se refiere a Odette en relación con otro hombre, deja de ser “Odette” o “mi mujer” para pasar a ser “ella”? ¿Tanto detesta su pasado que no soporta nombrarla en relación a él? — Marcel se quedó mirándola sin atreverse a respirar y Meinvielle siguió—.Todos tenemos pasado. Mejor o peor, pero intrínsecamente nuestro y cuando nos relacionamos, lo llevamos con nosotros. ¿Qué hay del suyo, Marcel? Usted me relató lo que descubrió de su familia materna. ¿Qué responsabilidad tiene usted en los hechos de su abuelo? Y sin embargo, él es parte de su vida. Desencadenó la infelicidad de sus padres y por ende, la suya. Pero hoy usted es un adulto y esas cosas forman parte de su pasado. ¿Odette lo rechazaría por ser el nieto de Marcello Contardi?
Marcel se miró las manos un rato muy largo antes de continuar.
— Odette siguió esa investigación a causa de la muerte de Jean-Luc. De hecho, lo asesinaron cuando él había logrado rastrear la organización. Odette retomó los pasos de Jean-Luc, continuó hasta tener un caso armado y le dieron vía libre para seguir adelante. Nos infiltramos, ambos; ella como rehén, yo como representante de un posible cliente.
Trató de explicar todo el operativo sin explayarse mucho en las atrocidades. Meinvielle mantuvo la expresión inmutable hasta el relato del “audiovisual”.
— Odette fue seleccionada... para — tragó saliva y continuó—, la etapa final: los "audio" que yo había visto tantas veces... Ella debía ser la prueba de que el condicionamiento había funcionado en mí.
— ¿Cuál fue su reacción?
Marcel la miró con la boca entreabierta, antes de responder en un murmullo.
— Yo... le arranqué ... la venda y ... levanté el arma. No podía controlarlo.
— Iba a disparar — era una afirmación y él se quedó mudo. Algo húmedo le quemó la cara. No lo sé. No estoy seguro.
Meinvielle dejó transcurrir un silencio.
— Usted no es un sujeto fácil, Marcel, ¿ya se lo había dicho? ¿Nadie lo evaluó luego de actuar en esa investigación? — rezongó la vieja.
— Creo que ninguno de los que trabajamos en el caso esperaba llegar adonde lo hicimos o encontrarnos con ... con la gente con la que nos topamos. Tampoco esperábamos las consecuencias. Yo nunca las esperé.
— ¿Qué ocurrió además de lo que me acaba de relatar? — la vieja casi saltó sobre su última frase con una capacidad de percepción que lo sorprendió.
Mi propio infierno...y mi culpa. El pecho le dolía con una intensidad que ya no podía soportar.
— Yo... no sé. No estoy seguro...— vaciló.
— En todas las sesiones que mantuvimos hasta ahora estuvo absolutamente seguro de lo que decía, recordaba o sentía. ¿Qué es lo que lo hace dudar?
Se sostuvo de los ojos de la psicóloga como de un salvavidas.
— El tipo... el que maté en el Bois de Boulogne... y ella...
— ¿”Ella” quién? ¿Odette? — Meinvielle se acodó sobre el escritorio y apoyó el mentón en las manos entrecruzadas.
— Odette...— repitió en un susurro—. Él... Yo sé lo que les hacen — sacudió la cabeza asintiendo—, las vi en la morgue: cómo las golpean y las marcas que les dejan en el cuerpo. No quise vérselas a ella, lo mismo que no quise ver su mirada de animalito asustado. Estaba ahí, viva y era lo único que me importaba.
— Entonces...
— ¡Entonces ese hijo de puta la violó! — las palabras lo desgarraron como una infección—. Hubiera querido matarlo lentamente... pero no pude — la mano derecha se le cerró sobre una culata imaginaria. Una, dos, cinco, siete veces había gatillado, más, más, hasta los clics en vacío mientras gritaba y lloraba.
— ¿Odette se lo dijo?— Meinvielle lo miró penetrante.
— No, jamás hablamos de eso...
— ¿Por qué no?— la psicóloga se replegó en su asiento como una araña vieja.
— Ya pasó — no quería mirarla.
— ¿Pasó? — la voz burlona lo enfureció.
— ¡ No! ¡No, pero no puedo soportarlo! — golpeó el brazo de su sillón con el puño cerrado.
Meinvielle se volvió de piedra gris, severa y fría.
— Por supuesto que es insoportable. Es una tragedia para una mujer, sobre todo porque el dedo acusador no señala al culpable sino a la víctima— lo miró por encima del marco de los lentes—. Ellas se lo buscan, ellas provocan. Ellas son infieles— le asestaba con saña cada frase—. Ud. no soporta que Odette haya pertenecido a otro hombre, a Jean-Luc o a nadie más, ni siquiera a un violador, y en su sueño Ud. la castiga. Mata a los otros para vengar su honor de macho y la mata a ella por haberse atrevido a ser de otro que también la amó y de otros que la torturaron. Porque es una puta que no merece otra cosa.
— ¡No es así! — sollozó y escondió la cara.
Meinvielle lo dejó desahogarse. Cuando levantó los ojos, la vieja leyó admirablemente en él.
— Es así.
— Dios mío — sacudió la cabeza, sintiéndose horriblemente culpable —, yo la amo...

— Pero asocia su amor a la posesión. Marcel, el otro no es una cosa. No lo poseemos, salvo en tanto y en cuanto el otro nos lo permite porque nos ama, se somete o lo sometemos. Cuando hay amor no hay posesión ni sometimiento, sino entrega. El otro no le pertenece: Ud. pertenece al otro y como el sentimiento es mutuo, la relación prospera. Ese es el inconveniente más grave de la pasión: los amantes se poseen, se pertenecen y terminan ahogados por su propia locura. Si hay amor, la pasión queda saludablemente encerrada en el dormitorio y se puede convivir con el resto de la Humanidad en buenos términos. Si hay amor, hay confianza. Los amantes son celosos. Los que se aman son libres. Pueden compartirse porque son fuertes en sí mismos y juntos. No se miran el uno al otro ciegos al resto, sino que miran juntos en una misma dirección.
Marcel se sostuvo la frente con una mano, exhausto. Después de un rato susurró:
— Fue mi culpa... Yo desobedecí órdenes de no apartarme de su lado. Si me hubiera quedado... él no la habría...
— No se vive en subjuntivo, Marcel. Los hechos se conjugan sólo en el modo indicativo. Si Ud. no la hubiera dejado sola, quizás ese hombre los habría matado a ambos. Usted podría haberla defendido o no hubiera podido evitar nada de lo ocurrido. Teorías, suposiciones, what-ifs . La vida es concreta. Esta es su vida y la de su mujer. Tómelas a ambas y ámelas.
Marcel dejó caer ambos brazos a los costados del sillón, el cuerpo desmadejado mientras los ojos le vagaban por el consultorio y la psicóloga seguía hablando.
— Hable con ella, Marcel. Cuéntele sus dudas y sus miedos. Pregúntele lo que quiere saber. Porque usted quiere saber, ¿verdad? Quiere escuchar de sus labios lo que usted sabe que ocurrió. Quiere la prueba de que ella confía en usted, que usted es el único hombre en su vida y que ella sabe que usted puede protegerla, porque, ¿sabe una cosa? Ella tampoco ha vuelto a confiar en nadie. La golpearon mucho, en muchos sentidos y sólo usted puede hacer que ella cambie. Debe enseñarle a confiar.
Marcel se la quedó mirando como si acabara de descubrir el sentido de la vida y de las palabras.
— Entiendo...— susurró.
— No esperaba menos — sonrió la vieja —. Terminamos por hoy.

PARÍS, LA DÉFENSE. LA NOCHE SIGUIENTE
Titubeó tanto antes de entrar al edificio que el portero se acercó con actitud vigilante.
— ¡ Teniente Dubois! — Nazaire lo saludó con efusividad— ¡Cuánto hace que no viene!
Tan contento de verlo estaba el viejo que lo acompañó hasta el ascensor, llamándolo “teniente” varias veces. Cuando le aclararó por enésima vez que ya era capitán, el viejo lo felicitó por el ascenso.
— Qué bueno que la señora Marceau tiene amigos en la Policía — Nazaire guiñó un ojito —. Con las cosas que pasan en la calle, es bueno saber que uno tiene a quién recurrir, ¿eh?
De pie en el palier, vaciló entre teclear la clave de ingreso y tocar el timbre. Su mano decidió por él. No esperaba que le abriera la puerta y cuando ella lo hizo, se le acabaron las palabras.
— Ho-hola. Pasaba... quiero decir... vine a charlar.
Cretino, no podías decir algo un poco más elocuente. Odette se apartó del vano con una sonrisa tenue y lo invitó a entrar. Él se sentó en el borde de uno de los sofás sin despegarle los ojos, el cuerpo tenso y sin saber qué hacer con las manos. Tengo que hablar. Vamos, viejo, un poco de coraje.
—¿Cómo estás? — ella se lo había preguntado también el día anterior en el Quai, antes de que fuera a enfrentarse con Meinvielle y con los lugares oscuros de su alma.
— Bien — Marcel se encogió de hombros —, voy bien. Ayer me fue bien con la vieja.
— Que no te escuche decirle “vieja”. Es capaz de recomendarte para servicio en vía pública.
La lengua se le adhirió al paladar. Viniste a mantener una charla civilizada, boludo. ¿Qué te pasa? Sonrió como un idiota.
— Voy a preparar café — Odette le dedicó una sonrisa de Gioconda.
La siguió hasta la cocina y se quedó apoyado en el marco de la puerta.
— Ayer... hablé con Meinvielle — dijo, y se le acabó el discurso.
— Eso es lo que uno suele hacer en lo del psicólogo — ella acotó pícara.
— Hablamos mucho.
Odette se apoyó contra la mesada, atenta y de brazos cruzados.
— Yo... tengo muchas más cosas en claro ahora — ánimo, vas por el buen camino. Marcel tomó aire.
El blup-blup de la cafetera lo interrumpió y él respiró, agradecido y culpable. Se acercó mientras ella se estiraba para alcanzar las tazas y sin pensar, la tomó por la cintura, acariciándola por debajo del suéter.
— No quiero café— masculló.
Ella estaba desnuda debajo de la ropa. Él le deslizó las manos por dentro de los pantalones y encontró su piel tibia y su sexo húmedo. El sacudón erótico le secó la boca y lo dejó sin aliento. No hablaron más. Ella lo atacó con la voracidad de un predador y se encontró en el piso de la cocina, a merced de sus manos y su boca. No supo cómo pero estaban desnudos, oliéndose, tocándose y lamiéndose. Las manos de ella se enredaron en su pelo y lo llevaron hasta los pechos como frutas maduras que mordió goloso. La boca los reemplazó, una fruta por otra, y la lengua ávida le poseyó cada rincón. Era como hundirse en aguas cálidas y beber de ellas sin saciarse. Estaba por completo dentro de su cuerpo y su boca, sintiendo con cada centímetro cuadrado de piel, sensaciones que lo estremecían y lo obligaban a retorcerse de placer.
La reacción violentamente animal de ella lo descontroló. Lo devoraba, lo poseía, le desgarraba las entrañas con su ímpetu encima de él. Él era su objeto de placer, su juguete, una cosa suya que ella moldeaba con las manos, los pechos, el vientre y las caderas. Suplicó que todavía no, por favor no, que no quería acabarse como un pendejo en la primera cita pero ella no lo perdonó y le robó el aliento y el orgasmo que le subía desde la pelvis hasta la garganta.
No podría decir cuánto tiempo pasaron poseyéndose y susurrándose las obscenidades del amor, ni cómo llegaron a la cama. Entonces sí, ella suplicó por más, más profundo, más fuerte, más, te amo.
Te amo. Te amo como nunca amé en toda mi vida. La miró a los ojos y se lo repitió en voz alta. Ella detuvo con un dedo la lágrima que le corría a él desde la comisura del ojo hasta la boca y se la bebió con la punta de la lengua. La penetró y ella se abandonó por completo, llorando mientras él le arrebataba otro orgasmo. Se durmieron extenuados y sin embargo, todavía hambrientos uno del otro.
****

El bip desagradable de su reloj lo despertó de madrugada. Carajo, tengo que volar a Milán. Tengo que irme y no hablamos una sola palabra. La culpa comenzó a horadarle el estómago: Cristo, no le dije lo de mi abuela ni lo de BCB. Tampoco le pregunté... ni siquiera podía enunciar mentalmente la frase. Eso. Lo que le hizo ese hijo de puta. Ella se removió a su lado y se despertó.
— ¿Qué pasa?
— Tengo que viajar .. a C* — la mentira lo corroía por dentro.
— ¿Tan temprano?
— Hoy comienzan las prácticas — la besó para que ella no leyera en sus ojos.
— ¡Mierda! Te preparo el desayuno.
— No — se sentía cada vez más culpable —, tomo cualquier cosa por ahí...
— ¡Ni loca! — Odette saltó de la cama y corrió a la cocina mientras se ponía la bata.
Se duchó y se vistió a las apuradas. Cuando se cruzó con el sujeto del espejo, el tipo tenía cara de remordimiento. Recompuso la expresión antes de entrar a la cocina y se tragó el desayuno bajo la miradita socarrona de Odette, siempre admirada de su capacidad de ingesta.
— Tenía hambre... — se excusó.
— Pobrecito mi Pantagruel, anoche no te di de comer.
— Anoche me diste algo mucho más maravilloso — la abrazó y la besó —. Te amo. Soy un idiota, un cretino — ella le tapaba la boca con las manos y él se las sostuvo —, pero te amo. Si Meinvielle se entera de que pasé aquí la noche, me echa de la terapia a patadas en el culo.  Me muero si no te tengo. No me abandones.
Los ojos oscuros se llenaron de lágrimas.
— No podría...
La besó como un condenado a muerte, jurándose que lo primero que haría al volver de Milán sería ponerla al corriente del puto operativo y de todo lo demás.

sábado, 4 de junio de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 20

PARÍS, CONSULTORIO DE LA DRA. MEINVIELLE. MIÉRCOLES POR LA MAÑANA

Marceau asomó tímida, sin entrar del todo.
— ¿Tiene un minuto?
Meinvielle se subió los lentes de medio marco y sonrió.
— Tengo varios. Pase, pase.
Marceau se sentó en el borde del sillón; luego lo pensó mejor y se apoyó en el respaldo, sin relajar los hombros. ¿Qué es eso tan importante que estamos a punto de decir?, sonrió Meinvielle para sí. Marceau inspiró, se mordió el labio inferior y soltó a boca de jarro:
— Hablé con mi madre — y la miró con ojos enormes.
Bueno, bueno, comenzó el deshielo. Le dedicó una sonrisa espléndida antes de responder.
— Estoy muy feliz por usted.
La mirada de Marceau se perdió por las bibliotecas tras su escritorio.
— No sé si estoy feliz, ... estoy aliviada — suspiró. Después se encogió de hombros. — Por algo se empieza.
Meinvielle acomodó el mentón entre las manos entrelazadas. Me va a convencer de que le gusta que la hagan confesar. ¿Vicios de la profesión?
— ¿Puedo...?
— Ya sabe que puede — la otra la atajó, pero una sonrisa tenue le flotó por la cara.
— ¿Por qué no tuvo hijos con Jean-Luc?
Transcurrió una pausa.
— Me extrañaba que no lo hubiera preguntado antes — Marceau la miró enarcando una ceja.
— No haga esos jueguitos conmigo — la reconvino y la comisario sonrió— ¿Y bien?¿Por qué no tuvo hijos en su primer matrimonio?
— Jean-Luc insistía en que yo era joven y que teníamos tiempo. Ni siquiera había terminado mi carrera cuando me casé.
— Y a Ud. no le molestó.
— Tenía veinte años y a esa edad se es inmortal.
— ¿Qué edad tenía su marido?
—Me llevaba dieciséis años.
La psicóloga se arrellanó en su sillón.
— Él no necesitaba hijos: la tenía a Ud., que era todo lo que él podía desear: su mujer, su amante, su muñeca. El sueño inconfesable de cualquier padre: "mi nenita es mía y de nadie más". A Jean-Luc no le importaba esperar: ni siquiera había pensado en otra cosa. Después de todo, él también era joven: un hombre de ochenta años puede engendrar un hijo.
Marceau se quedó silenciosa, mirando la alfombra entre sus pies. Después de un rato susurró:
— No es justo...
— ¿Criticar a un muerto? — fustigó Meinvielle —. No lo critico: expongo los hechos tal como los veo.
Marceau no la miraba. Dicen que el hierro se golpea en caliente. Golpeemos entonces.
— ¿Cómo murió Jean-Luc?
— ¿Conoce el síndrome de “locked-in”?
—¡Locked-in! — casi saltó en su sillón — Qué terrible.
— Jean-Luc viajó a la Argentina por una investigación. Después de dos meses lo trajeron de vuelta... así. Fue premeditado...— los ojos de Marceau brillaron vidriosos—. Sobrevivió un año.
Dios, creo que esta vez fui demasiado lejos. Marceau continuó con voz sin inflexiones.
— Yo estaba desesperada e hice locuras. Llegué a inyectarlo con heroína para que no sufriera. Quería hacerlo sentir... un... un hombre completo. Él estaba consciente, lúcido, encerrado en esa cáscara muda y torturada que era su cuerpo. Me pedía que lo dejara. No sé cómo, pero convenció a mi primo Calogero, que lo cuidaba todo el tiempo, para que lo ayudara a morir. Calogero cambió la heroína por cloruro de potasio. Creí que yo lo había matado de una sobredosis — durante unos segundos, el único sonido que atravesó el aire fue el de la pesada respiración de Marceau — Después de que Jean-Luc murió fue como... como estar muerta yo también. No sé durante cuánto tiempo: dos, tres años. Era como no tener cuerpo, no verme en el espejo, no tener necesidades... nada. Había dejado de sentirme mujer.
Meinvielle se mantuvo en un silencio alentador durante la pausa que siguió. Marceau volvió a hablar en voz baja y sin mirar a ninguna parte.
— Y de pronto un día...Fue horrible. No podía entender cómo había pasado a mí, que no lo había buscado, no lo deseaba, que ni siquiera me atrevía a... a tocarme — terminó en un susurro.
— ¿Ni siquiera se masturbaba? — lanzó la pregunta como un dardo.
— N-no...— Marceau jadeó, roja de vergüenza.
— Y esa experiencia le recordó que después de todo usted era humana y podía sentir y despertar deseos.
— Lo único que sentí fue miedo.
— ¿Miedo a qué?
— A quién — la otra la corrigió —. Ese hombre.
— ¿Ese hombre tiene un nombre?
— Nombre, apellido, rango, posición política — Marceau respiraba pesadamente.
— ¿De quién estamos hablando? Comisario — la llamó —, se trata... ¿de quién?
— Jean-Jacques Ayrault. Y si va a hacer la perorata del nombre y la negación del nombre, gracias, ya la conozco — resopló sin aire—. Y sí, aborrezco pronunciar su maldito nombre.
— Lo aborrece porque la vio como mujer.
— Me vio como una cosa a poseer— la comisario subrayó con rabia fría.
— La hizo tomar conciencia de su propia fragilidad, de su femineidad y de lo indefensa que estaba. Suficiente en su caso para odiar a alguien durante bastante tiempo— sonrió, pero la otra le apagó la sonrisa.
— Tomé conciencia de mi propia fragilidad y de mi indefensión gracias a la paliza que me dio ese animal— enseguida cambió el tono—. Lo siento, no quise ser grosera.
— Disculpe, no sabía que nuestro ex-comisario Ayrault tenía entre sus muchas virtudes la de acosar subalternas— esta mujer es peor que el laberinto de Creta: en cada vuelta acecha un monstruo nuevo. Se las arregló para mantener la expresión neutral—. Y a pesar de todo, esa situación la hizo ‘re-tomar’ conciencia de su cuerpo y sus necesidades…
Marceau asintió despacio.
— Necesidades que vivía con culpa— nuevo asentimiento —, pero que debía satisfacer.— Enrojecimiento violento. — No se avergüence, no estamos hechos para el celibato y la vida impoluta, mal que les pese a los santos. Resumiendo, hasta que llegó Marcel, el único contacto con el sexo opuesto fue tan violento y frustrante que decidió hacer vida de religiosa laica en el convento de las carmelitas de la PDP .
— No me tome el pelo.
— No, claro que no: la hubieran echado de cualquier convento a los tres días por revolucionaria y activista.
Se rieron.
— ¿Cómo fue que Marcel pudo acercársele?
— No fue él: fui yo — el rostro de porcelana volvió a colorearse.
— No le tuvo miedo.
— No... Creo que... lo seduje.
— Volvió a ser una mujer completa. Esta vez no era usted el inocente objeto de seducción sino el sujeto, y por lo tanto responsable de sus actos. Pero entonces pecó contra esa memoria atesorada de Jean-Luc. ¡Deseaba a otro hombre, lo estaba engañando, abandonando! — hizo una pausa para observar las reacciones de la comisario, que cerró los ojos y se encogió en el sillón. Continuó, bajando la intensidad de su voz — Usted no mató a Jean-Luc. No es culpable de nada más que de comprar sustancias ilegales y seguramente la causa esté prescripta así que deje de castigarse por cosas que no hizo. ¿Qué es lo que se echa en cara ahora? ¿”No tuve hijos con Jean-Luc, no tengo derecho a tener hijos con nadie más”? ¿Es ese el cuestionamiento? — Meinvielle tendió las manos con las palmas hacia arriba. La comisario abandonó las suyas en las de ella y se las sostuvo mientras hablaba—. Perdónese de una buena vez, querida. Es muy saludable. Y también sería saludable que enterrara a sus muertos de una vez por todas.
Marceau meneó la cabeza asintiendo. Parece de verdad aliviada. Por mi parte estoy agotada. Pienso tomarme el resto de la mañana libre.
— ¿Qué tiene que hacer ahora? — preguntó palmeándole el dorso de una mano.
— Estaba por volver al Quai...
— Vámonos a tomar un café y a respirar aire libre. Sus clientes no tienen problemas si llega tarde, ¿no? — preguntó con intención.
Marceau le devolvió la humorada.
— Cuando una trabaja en la “Crim”, siempre llega tarde. Vamos: yo invito.


PARIS, MINISTERIO DEL INTERIOR. MIÉRCOLES POR LA NOCHE

Después de estrellarse por cuarta vez contra la inaccesibilidad de IGPN y sus archivos, Auguste se decidió por la vía rápida. Esperó a que se retirara la mayor parte del personal — siempre alguien interrumpe en el mejor momento —, y se dedicó a hurgar electrónicamente en el sistema.
Llevaba más de quince minutos buscando cuando llegó a los archivos que le interesaban y cliqueó impaciente. La decepción le torció la boca: el informe era totalmente anodino. No es posible. Continuó buceando sin éxito por los subdirectorios. Después de casi una hora, soltó el sufrido ratón y se quedó mirando la pantalla con mal sabor en la boca.
¿Por qué no hay registros? Pensemos, Massarino. Uno, porque son demasiado viejos y no están cargados en el Archivo virtual. La hipótesis resultó no válida: había registros mucho más viejos que diez años. Pero IGPN tiene archivos. ¿Dónde están? Nueva búsqueda, nuevo éxito-fracaso. Sí había archivos de IGPN, pero no el que él buscaba.
Hipótesis número dos: archivos borrados o alterados. En caso de ser cierta, era sumamente peligrosa. Tus amigos te borran los “malos antecedentes”. Una punzada en el estómago lo previno. Tamborileó los dedos, impaciente. Los archivos electrónicos tienen un origen físico. Vamos a buscarlos.
Con su mejor cara de rottweiler de mal humor y la credencial prendida de la solapa, entró al sector. El suboficial a cargo hizo una venia silenciosa y él se perdió por los corredores entre estanterías. Lanzó una ojeada hacia el mostrador de entrada: el suboficial estaba inclinado sobre un diario, muy presumiblemente dormitando. Inspiró — Massarino, esto es ilícito, ¿lo sabías?—, y se lanzó de cabeza a las estanterías con expedientes de diez años antes.
Quince minutos y las manos debidamente mugrientas después, leía la carpeta. Su irritación iba en aumento con cada folio. Nada… Limpio como un bebé de pecho. Ni una sola mención al incidente: se retiró en la cumbre de su gloria.
Decidió probar con la contraparte y después de asegurarse que el archivista aún cabeceaba sobre las noticias del día, fue a buscar las copias de expedientes en las estanterías del otro extremo. Acá está... Por supuesto. Degradación, dos meses en el Archivo, restitución del rango. ¿Dónde mierda figura ese condenado asunto?
Salió del Archivo con una desagradable sensación de impotencia. El “incidente M” había sido borrado de los archivos de la PN en el sentido literal de la palabra. Las implicancias de algo semejante podían generar un escándalo de proporciones... si se descubría. Y por supuesto, había un sinnúmero de razones para que no se descubriera. El sólo hecho de alterar los expedientes era en sí mismo un delito.
Auguste regresó a su despacho a paso lento, mientras pensaba a todo vapor. El asunto estaba tomando un cariz desagradable. ¿Por qué “limpiarían” los antecedentes del tipo? ¿Cuándo lo habrían hecho: diez años atrás? Lo más probable era que sí. El sujeto tenía influencias ya en aquel entonces. Pregunta siguiente: ¿qué clase de influencias? Porque había sido la mismísma incorruptible IGPN la que había alterado los expedientes: no cabía otra posibilidad.
El ingreso del sujeto en política era razón más que suficiente para la “limpieza”. A nadie le gusta un candidato caracterizado por intentar violar subordinadas. Y sí que hizo carrera. En menos de diez años está disputando la presidencia. Qué rápido. Nadie había llegado tan lejos en tan corto tiempo. Nadie que haga las cosas limpiamente, entendámonos bien. Decidió que era buena hora de dedicarle un poco de su tiempo libre a la campaña presidencial del sujeto, nada más que por despuntar el vicio. Desde que me fui de la Brigada, me aburro como un cocodrilo embalsamado. Ahora la entiendo a mi hermana: la calle te mantiene vivo.


SUBURBIOS DE ESTRASBURGO, MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Ya había visto pasar el auto de cristales oscuros que se detuvo delante de ella. Se inclinó sobre la ventanilla, asomando el escote estratégicamente. El hombre ni siquiera intentó regatear. “Busco algo muy especial”, le dijo y ella sonrió. “Muy especial”, insistió el tipo. “Todo tiene su precio”, encogió un hombro desnudo. Él liberó el seguro de las puertas sin dejar de mirarla.
Le dio la ropa que traía en un maletín.” ¿Te gusta jugar?”, le preguntó mientras él sacaba el resto de los objetos. “Me fascina”, sonrió él de un modo que le hizo correr un escalofrío por la espalda. Examinó las prendas. Carajo, es carísimo. Cuero natural. Mientras se vestía, él le daba vueltas alrededor sin decir palabra. “¿No vas a desvestirte?”, preguntó y él negó con la cabeza.
“¿Así está bien?”, preguntó. Él se le acercó por detrás, la llevó frente al espejo y le sujetó las manos mientras le besaba el cuello y los hombros sin dejar de mirar la imagen reflejada.
“Así, quieta, no te muevas, no digas una sola palabra.” Ella se mordía por preguntarle qué quería. Él se apartó y le acarició el cabello, el borde de la mandíbula, el cuello hasta el nacimiento de los pechos. “No te muevas”, siseó entre dientes. La acarició otra vez, y otra más y le recorrió el cuello hasta las orejas con la lengua. “Quiero que me golpees”, y ella se lo quedó mirando. “Con la mano abierta, de revés, cuando te acaricie de nuevo”. Hizo lo que él le pedía. “No, muñeca, así no. Con fuerza: quiero que me golpees de verdad”. Recomenzaron el juego y esta vez sí le estrelló la mano en la cara.
La tomó del pelo y la arrojó al suelo, sin soltarla, mientras con la otra mano se desprendía la bragueta. “¡De rodillas, putita, así!” , y la estrujó contra él. “¡La boca bien abierta!” , rugió. “Más te vale que hagas el mejor trabajo de tu vida, arrastrada”. Le temblaba todo el cuerpo cuando se arrodilló delante del hombre.
“Ya está bien”, siseó y la arrojó boca abajo sobre la cama. Antes de que pudiera reaccionar, le estaba atando las manos con el cinturón. Le separó las rodillas con las suyas y sintió uno de los juguetes del tipo enterrársele en la carne y lastimarla. El miedo más básico e instintivo la hizo gritar. Él la hizo volverse de un empujón y un revés brutal le ahogó el grito en la garganta. Sonreía con odio. “Te voy a matar, puta”, y eso fue lo que hizo.