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miércoles, 21 de abril de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 2

Oficinas del Diputado Jean-Jacques Ayrault. Chaumont, mediados de noviembre




El diputado Jean-Jacques Ayrault


— Señor...
Loiseau miró incómodo a los presentes en el despacho, mientras manoseaba un sobre grueso. El diputado Jean-Jacques Ayrault le hizo una seña y Loiseau se acercó, rodeando con cuidado a los hombres sentados en un semicírculo alrededor del escritorio.
— Acaban de traerlo, señor— el asistente vaciló y bajó la voz—. Me atreví a interrumpir porque me dijeron que estaba esperándolo.
Ayrault tomó el sobre con gesto de disgusto, pero el contenido le cambió la expresión. Le sonrió a su asistente con un gesto de suficiencia.
— Está bien, Loiseau. Por esta vez está disculpado— guardó los papeles en un cajón del escritorio mientras Loiseau salía y aclaró a sus interlocutores: — Asuntos bastante urgentes.
Los otros sonrieron con diplomacia y retomaron la conversación.
— Diputado, el desarrollo de la campaña necesitará de una financiación importante...— el jefe de la agencia publicitaria volvió a la carga.
— Puedo asegurarles que no necesitan preocuparse por ese tema. Los miembros del "Front pour le Recouvrement Français"[1] pueden solventar la campaña con sus aportes. Además, hay empresas que han comprometido su apoyo tanto en forma oficial como extraoficial.
Discutieron hasta muy avanzada la tarde sobre los aspectos de la campaña, la asignación de fondos para la publicidad en los medios, invitaciones a programas radiales y de televisión — "me interesan únicamente los de opinión política", les aclaró: "no quiero aparecer en programas frívolos ni dar ese tipo de imagen" — y toda la parafernalia electoralista que secretamente lo entusiasmaba y le halagaba el ego.
— Al FRF le fue muy bien en las regionales — comentó uno de los hombres del grupo y Ayrault asintió satisfecho mientras el otro hablaba— Mejor que a los demás partidos de derecha en el resto del país...Ese será un buen punto para la campaña. ¿Está pensando en alguna alianza estratégica para encarar la candidatura presidencial?
— No por el momento. Mi partido ya ha demostrado sobradamente su capacidad, y yo también — sonrió condescendiente—. La falsa modestia no es uno de mis pecados.
Todos rieron corteses. Él paseó la mirada entre los presentes y continuó:
— Su agencia ya demostró su capacidad con las campañas por la diputación y la delegación regional. Sólo pueden mejorar lo que hicieron hasta ahora.
Más risas. Nadie es inmune al halago, y menos ustedes, que viven de la vanidad ajena, pensó Ayrault.
— Necesitaremos un resumen de su desempeño como diputado, datos y estadísticas sobre su alcaldía... Ud. fue comisario de Policía y se retiró antes de los cincuenta. ¿Por qué...?
Asintió con expresión plácida e interrumpió al hombre. No pienso responderte ese tipo de preguntas, imbécil.
— Mi asistente ya preparó una carpeta con los resultados de mi gestión a lo largo de estos años. Fui reelegido en dos oportunidades como alcalde y tengo el honor de haber presidido uno de los municipios más ordenados y con menor incidencia de delitos de la región. La policía municipal es el orgullo de mi ciudad. La seguridad fue el leit-motiv de mis campañas para la diputación y cumplí ampliamente con los objetivos que propuse: limpiar la delincuencia de las calles, prevenir, ofrecer más seguridad a los ciudadadanos honestos para que puedan ejercer sus libertades individuales...
— Parece el discurso del Ministro del Interior — acotó la hizo la única mujer del grupo, encargada de los contactos con la prensa escrita. Alguien a quien tener muy en cuenta.
Bastante feúcha, querida. Aunque a las feas siempre se les puede encontrar alguna virtud. Más de una ha hecho carrera donde las bonitas fallan. Y suelen ser mejores a la hora de la cama: tienen que suplir la belleza con la habilidad. Él tenía una experiencia muy amplia en ese sentido: unas cuantas feas que se había montado se lo habían demostrado cabalmente. Prestó atención a la mujer. Cara alargada y sin maquillaje, con cejas oscuras y algo desprolijas lo mismo que el cabello, que pedía a los gritos un buen corte. Nariz borbónica, boca grande y sensual. Ropa severa y elegante aunque un poco descuidada, buenas pantorrillas. Debajo de la blusa se adivinaban los pechos generosos. Por qué no, señorita publicista. Te alegro las tardes con unas buenas encamadas y apuesto a que tu opinión sobre mí cambia radicalmente. Se dirigió a la mujer con su mejor sonrisa y una cortesía que casi pareció sincera.
— No veo qué es lo que tiene de malo el discurso del Ministro del Interior. Velar por la seguridad de la ciudadanía es el primer paso para asegurar el ejercicio de los derechos.
— Hay quejas — insistió ella.
— Siempre las hay. Siempre hay disconformes— mantuvo el tono conciliador, y los ojos fijos en los de ella—. Pero si se toman el trabajo de hacer una encuesta, yo les aseguro que el porcentaje de la población a favor de la política de la seguridad es bastante más elevado de lo que creerían.
El grupo se despidió con una idea cabal de lo que él pretendía para su campaña. Los saludó uno a uno y retuvo la mano de la mujer mientras la recorría con la mirada, en un despliegue de seducción.
— Siempre es un placer concocer a una mujer inteligente.
La cara de ella se coloreó apenas y sonrió con complacencia.
Blanco perfecto. La señorita encargada de los medios gráficos está lista para recibir una invitación irrechazable del señor diputado. Un poco más de fuego lento y tendremos una aliada incondicional dentro de la agencia. Obtener información de cómo piensan llevar estos cretinos la campaña y si emplean los fondos adecuadamente o se meten en lo que no les importa, será como quitarle un dulce a un chico. Y sus contactos con la prensa no son para despreciar. Nunca se sabe a quién se necesitará hacerle campaña en contra.
Estaba ansioso porque se fueran y lo dejaran a solas con el sobre. Las manos le habían ardido durante toda la reunión, de deseos de revisar el contenido. Desparramó los papeles sobre el escritorio después de avisarle a su asistente que no admitiría interrupciones. Había hecho nuevas amistades dentro de la PN[2] gracias a la política y a sus negocios privados, pero sus contactos en la PJ[3] se habían reducido, y desarrollar unos nuevos le había costado una pequeña fortuna. Mis vicios personales son un poco caros, se rió. Mis pequeñas venganzas también, pero el placer será inmenso.
Espléndido, consiguieron copias del expediente. Revisó las fotos y sintió una punzada de rabia mezclada con deseo. Hola, putita. Estos diez años te hicieron bien. Mejor así: cuando te destroce lo voy a disfrutar más intensamente. Oh, ¡la señora es comisario! Le dieron el cargo a los treinta y cinco: debe ser uno de los más jóvenes de la PN. ¿Cómo carajo hiciste? ¿Con quién te acostaste, muñeca? ¿O serás como la reventada de tu jefe, la Michelon? No, a menos que te hayas vuelto lesbiana después de tantos años de viuda. Qué desperdicio de recursos serías, estás hecha para que te monte un macho de verdad.
Cerró los ojos para recordar el tacto fugaz de unos pechos llenos y la excitación se le trepó por la bragueta.
Pensar que te tuve de rodillas... ¿Qué habrá sido del viejo de mierda de Foulquie? Me olvidé de preguntar. Ya debe estar retirado. Ah, te condecoraron, nena. Te gusta hacer bien los deberes. A mí me retiraron y a ella la condecoraron y ascendieron. Perdí oportunidades de negocios preciosas gracias a tus amigos de IGPN, que empezaron a meter la nariz en otros asuntos. Menos mal que mis amigos me cubrieron las espaldas. Para cuidarse el culo, cierto: nadie te hace favores por nada. Me retiraron gracias a tus esfuerzos, putita, pero me llegó la hora de la revancha.
El teléfono directo interrumpió el fisgoneo.
— Quién? — ladró.
— JJ — del otro lado hablaban bajo —, ¿te llegó el material?
— Podrías haber investigado un poquitín más a fondo, imbécil — resopló molesto.
— No te pongas pesado, JJ. No es fácil meterse en el sistema para darte gusto. No te olvides del lugar en donde trabajo. Si me pescan, mi culo no valdrá una mierda.
— Ya no vale una mierda y te pago demasiado por él— gruñó.
— ¡Vamos! Hasta te conseguí el domicilio de la señora. ¿Puedo preguntar las razones de tanto interés?
— No es asunto tuyo.
Su tono de voz debió ser muy revelador porque el del otro lado vaciló, incómodo.
— ¿JJ, qué vas a hacer con... la información?
— ¿Y eso a qué viene?
— Bueno... quiero decir, la tipa es comisario,...
— Me importa un carajo. Conozco a unos cuantos comisarios que merecerían estar guardados en lugar seguro. Ésta, por ejemplo.
Se cuidó muy bien de aclarar que el lugar seguro que estaba considerando era a tres metros bajo tierra.
— De acuerdo, pero...
— ¿Te asusta una comisario de mierda?
— Me cuido el culo. Me gusta donde lo tengo, me gusta el puesto que tengo...
— Y te gustó lo que te pagué para que hicieras lo que hiciste — le soltó, amenazador. No sería la primera vez que un traidor traiciona a dos puntas.
— JJ, conseguir información es una cosa, soy incondicional tuyo pero, bueno... meterme en algo más pesado, no sé...
— Pesado como qué? — "Incondicional" hasta que se te frunce el culo de miedo. ¿Qué se le cruzó a este boludo? — Por favor, viejo — compuso su tono más conciliador—, no pasa nada: estoy preparando mi campaña presidencial y en algún momento alguien preguntará sobre mi temprano retiro de la PN.
— Y qué tiene que ver la señora con eso?
— Todo, viejo. Por su culpa me retiraron. La muy puta me acusó de acoso sexual. Nunca le puse una mano encima, ni siquiera la miraba. Es una ratita insignificante— la voz le destilaba amargura —. Debe haberse dejado montar por media IPGN y todo el tribunal de Deontología para conseguir que me echaran de la PN. Después, mi puesto lo ocupó esa lesbiana de mierda de la Michelon: no sería extraño que se hubiera encamado también con ella para que le dieran el ascenso.
Del otro lado de la línea se escuchó un largo silbido. Ya está, te convencí. Nunca falla: es la versión que más les gusta a todos. Es más fácil hacerle fama de zorra a una tipa que verificar la verdad. Eso era algo que había comprobado largamente durante sus años en la PN y como comisario responsable de la Brigada Criminal: "Todas son putas hasta que se demuestre lo contrario". Con Marceau se había dado el gusto de colgarle el sambenito.
— O sea — interrumpieron sus cavilaciones —, que al tiempo de preparar tu campaña política, te vas a cobrar algunas viejas deudas...
— Digámoslo así... Si a alguien se le ocurriera sacar a la luz aquel incidente, bueno, tengo que defender mi buen nombre y honor.
El otro largó la carcajada, más tranquilo. Mejor así, cretino. Carajo, alguien más que pasar a las listas de prescindibles. Pero por ahora me sirve. Intercambiaron un par de comentarios intrascendentes y cortaron la comunicación.
Guardó el sobre en la caja fuerte y se sirvió un coñac más que generoso. Por diez años de espera, putita, levantó la copa y se la bebió de un solo trago.— Señor — la voz de Loiseau, irritante como de costumbre, lo arrancó de sus placeres secretos —, un llamado del Comité Central.
— ¿No le dijeron quién? — ladró.
— Sí, señor. El Sr. Etchegoyen.
¡Mierda, no es del Comité, es RG[4] ! Éste llama nada más que para darme malas noticias. Ayrault se tragó la irritación.
— Páselo ya mismo.
— Sï, señor— respondió Loiseau, ansioso por agradar.
"Etchegoyen" no estaba de humor para cortesías.
— IGPN[5] está metiendo la nariz en donde no le importa — ladró sin saludar.
La rabia le recorrió el cuerpo en un estremecimiento.
— No hay nada, estoy limpio— aseguró Ayrault—. Mi expediente da asco de tan resplandeciente.
— ¿Qué cagadas hiciste cuando estabas en la PN?— el tono de “Etchegoyen” no admitía réplicas.
— ¡Nada de lo que tenga que avergonzarme! Una tipa me acusó de acoso sexual — escupió con rabia — . Inventó todo el asunto, me tenía entre ceja y ceja, estaría caliente conmigo. Se salió con la suya y me retiraron, pero no quedó constancia en mi record. Fue lo que negocié para irme sin más escándalo.
—¿Por qué mierda yo no sabía nada de esto?— bufó su interlocutor.
— Me fui de la PN limpio como un colegial. ¡A quién carajo puede importarle ahora esa mierda de hace diez años!
— ¡Entonces habrán encontrado algo más porque están revolviendo mierda antigua!
El miedo reemplazó a la furia y le sacudió las entrañas.
— Quiero saber qué investigan.
— Sin órdenes, diputado— siseó Etchegoyen—. No te olvides de con quién estás hablando...
Hijo de puta, perro de presa; si le dan la orden, te destroza la yugular sin remordimientos. El otro continuó:
— ¿ Quién estuvo a cargo de la investigación de IGPN?
— Dos tipos: Lionel Henri y... el otro... no me acuerdo, ... Arnaud o Arnold Perrier, algo así.
— Bien, vamos a ver qué están haciendo. Y no hagas nada raro. Me estoy hartando de tapar tus diversiones — el clic le retumbó en el tímpano.
Esos malparidos de Henri y Perrier tenían que haber seguido adelante, porque ¿quién más si no? ¿Así que quieren ventilar viejas querellas? ¿No te alcanzó con lo que obtuviste, Henri? ¿O te prometieron algo mejor? La mierda se te puede volver en contra muy rápido. Habrá que mandarte un avisito. Marcó el número desde su celular.
— Necesito otra averiguación y no empieces a protestar — atajó al otro —. Lionel Henri y Arnold Perrier, de IGPN.
— ¡IGPN! ¡Te volviste loco!
— No me interrumpas cuando hablo— gruñó —. Quiero saber nada más por dónde andan.
— De Perrier puedo darte noticias de público conocimiento: se retiró por problemas de salud a mitad de año, le hicieron la fiesta de despedida y ...
— ¿Problemas de salud?— interrumpió — ¿Cuáles?
— Insuficiencia renal severa. Se dializa y todo eso.
Le encargó al cretino que le consiguiera datos de “público conocimiento” sobre Henri, aunque la información acerca de Perrier le era mucho más útil: no necesitaría deberle más favores a “Etchegoyen”.

Saint-Denis,Hospital Delafontaine. Primeros días de diciembre

Comisario de División Lionel Henri

La familia Perrier se quedó mirando al nefrólogo con la boca abierta. Un instante después, la señora Perrier se desmayaba y Daniel, el hijo menor, agarraba al médico por la bata verde y lo sacudía.
— ¡Ud. dijo que estaba bien! —gritaba y lloraba.
Un enfermero los separó y otra asistía a la mujer que, recuperada, se quedó muda en estado de shock.
— Escuchen, por favor, estas cosas suceden... El corazón puede fallar... — decía el médico.
— ¡Íbamos a trasplantarlo! ¡No es justo! — lloraba el chico —. Yo iba a darle mi riñón a mi papá...
Lionel Henri se acercó al grupo y el hijo mayor de Arnold Perrier se le abrazó.
— Lionel... el viejo...— balbuceaba.
Henri lo sostuvo contra su pecho.
— El viejo murió durante la diálisis... Estaba tan contento... Daniel era compatible... Lo trasplantaban la semana próxima... — Phillipe sacudió la cabeza incrédulo —. Había elegido los regalos para Navidad...
Mientras consolaba a los muchachos, con el rabillo del ojo pescó a un enfermero con uniforme verde que salía de la sala de diálisis. El hombre se detuvo en seco, lanzó una mirada al grupo y bajó la cabeza para dar media vuelta y emprender el camino del pasillo hacia el otro lado. Venía para acá, pensó Henri, y cambió de idea. Se lo quedó mirando. Arnold está muerto, pensó. Quedo solamente yo. ¿Por cuánto tiempo? No había dejado de observar al enfermero que se alejaba con apuro. Tiene zapatos de calle. ¿Por qué un enfermero tendría zapatos de calle? Se maldijo por no haber echado una ojeada a la identificación de plástico colgada de la bata.
— ¿Quién es el médico a cargo del sector?
— Yo — el médico que les había dado la mala noticia a los Perrier se presentó y le tendió la mano — Pfeiffer.
— ¿Conoce al enfermero que acaba de salir?
— ¿Cuál enfermero? — preguntó Pfeiffer.
— El de verde, que salió hace dos minutos de Diálisis— se impacientó.
— Todos estamos de verde— retrucó el médico con acidez.
— Aquel...— señaló hacia el extremo del corredor vacío —. El que acababa de salir.
— Tendría que preguntar quién está hoy de turno.
— ¿No los conoce?
— Hace menos de una semana que estoy en el hospital. Todavía no me sé la nómina.
Imbécil de mierda, pensó Henri, y una sensación desagradable le invadió el estómago. No puedo decírselo a nadie más pero estoy seguro de que ese enfermero con zapatos de calle y este cretino de verde acaban de asesinar a Arnold.

París,Quai des Orfévres, principios de diciembre

Comisario de División Claude Michelon

—Claudette...
— ¿Quién...? — la comisario de división Claude Michelon se sorprendió de que alguien usara el diminutivo familiar para llamarla a la Brigada.
— Soy Lionel. Necesito verte... en privado.
— ¡Querido! ¿Pasa algo malo?
— ¿Puedo invitarte a almorzar? ¿Hoy, a las doce y media?
Miró la hora: doce y cuarto. Lionel Henri se oía tan mal que aceptó casi sin pensar. Acordaron el lugar de la cita y Henri cortó de inmediato.
Se quedó mirando el teléfono y todavía tenía la mirada perdida cuando Laure entró.
— Laure, querida, ¿hay algún compromiso para la una?
— No...
No le dio tiempo a continuar.
— Bien, ahora tengo uno. Salgo a almorzar. Un asunto de trabajo.
— ¿Con quién?
— IGPN
— ¡Claude! ¿Qué pasa? — se alarmó Laure.
— Nada. Al menos que yo sepa.
— ¿Vas sola?
— Sí. Me encuentran en el celular.
— No me gusta...
— Es un viejo amigo, querida, no te preocupes.
— ¿No? ¿Vas con esa cara y no tengo que preocuparme? — Laure extendió la mano y le rozó la mejilla.
— No. — la tranquilizó tomándole la mano entre las suyas.
— Claude... ¿me lo vas a decir después?
Le sonrió y se fue sin aclarar si se lo diría.

****
Pidieron cualquier cosa; a ninguno de los dos le interesaba demasiado el menú.
— Claudette, creo que me estoy volviendo paranoico— declaró Henri en forma abrupta—. No sé cómo empezar ni por dónde... — la miró, tragó saliva y siguió —. Sí, lo mejor es por el principio. Fue antes de que te designaran a cargo de la Brigada, hace como diez años. Tu puesto lo ocupaba el comisario de división Jean-Jacques Ayrault. Se fue, o mejor dicho, lograron que se fuera... gracias a un escándalo.
— El “incidente M”— acotó ella con sarcasmo—. Estoy enterada, aunque no de todos los detalles.
— No hay detalles, Claudette. No figuran en ninguna parte.
Michelon frunció el ceño con curiosidad y Henri interpretó correctamente el gesto.
— Fue lo que negoció Ayrault para retirarse sin tapar de mierda a los cadres[6] de la PN, RG, IGPN y cuanta otra división o cuerpo especial quieras listar de la la Prefectura de París y el Ministerio del Interior: el comisario se retira en la cumbre de su gloria y sin mención del incidente "M".
— ¿Y qué razones tendría Ayrault para desacreditar a los cadres?
— Razones que se miden en millones de francos: tráfico de armas. ¿El nombre de Didier Nohant no te dice nada?
El ex Director General de la PN, que de acuerdo a la información dada a los medios, se había “suicidado” por haberse visto involucrado en un supuesto escándalo de lavado de dinero. El traidor que casi había entregado a media Prefectura de París a los asesinos a sueldo de la Orden del Temple, de la que él mismo era miembro. Pero la Orden no perdona a sus traidores, ¿cierto, Nohant? ¿Cuántos más quedan sueltos todavía? Michelon aguantó una mueca de desagrado.
— Sí, me dice unas cuantas cosas.
— Amigo íntimo de JJ Ayrault. Al momento de los hechos que precedieron a la muerte de Nohant, Ayrault llevaba varios años retirado de la PN y actuando en política. Lo mismo que está haciendo ahora, al menos oficialmente.
— IGPN no tiene más nada que hacer entonces— dijo ella sin ocultar el disgusto.
— IGPN en la persona de un servidor se pasó años detrás del hijo de puta de Ayrault sin poder tocarle ni la pelusa de la ropa. No podíamos comprobarle nada, no podíamos pasar ciertas barreras que para IGPN no debieran existir. Y cuando podíamos penetrarlas, no quedaban rastros. Todos estaban limpios como bebés de pecho.
— Y el incidente "M" sirvió para quitárselo de encima a la PN, ¿no es así?— Michelon meneó la cabeza —. Usaron a una oficial— le recriminó.
— Era la única forma. Pero no nos sirvió para nada más: nos retiraron del caso y adiós.
— Lionel, no es tu estilo el abandonar una investigación...— esperó la respuesta de Henri.
— No lo hice, Claudette, te lo aseguro. Arnold Perrier y yo seguimos hasta donde pudimos. Llegamos lejos, pero no todo lo que nos hubiera gustado. Extraoficialmente, por supuesto. Ya se sabe, muerto el perro se acabó la rabia.
Henri hizo una pausa para comerse el último bocado y beber un sorbo de su copa.
— Lionel, no me llamaste para contarme tus penas y nada más— se acomodó en su silla.
— Claudette... Arnold murió hace una semana mientras se dializaba. Un fallo cardíaco es lo que figura en el acta de defunción— Henri la miró a los ojos —. Según su familia estaba en buena condición, tan buena que lo trasplantarían la semana siguiente,... es decir, hoy.
—Lo lamento mucho, de veras. Estas cosas pasan, Lionel.
— Sí, pasan. Y por eso ocurrió. Claudette, creo que asesinaron a Arnold.
Michelon se quedó con la boca seca: a pesar de ser un mastín de la IGPN y de sufrir de algunas deformaciones profesionales, Lionel no tenía tendencias paranoicas.
— ¿Qué es lo que te hace pensar eso?
— Indicios, pequeñeces: un enfermero con zapatos de calle, un médico que esa semana hacía una suplencia y que no volvió a prestar servicio en el hospital. Aprovecharon la desesperación de la familia para no hacer la autopsia.
Lo observó sin hablar durante unos segundos.
— ¿Qué es lo que ustedes dos encontraron?
— Encontré en singular, Claudette. Arnold se había retirado por la enfermedad. Me entregó todo lo que había recopilado en sus investigaciones, no quiso conservar nada para que su familia tuviera problemas —el hombre bajó la cabeza antes de continuar—. Fue un aviso. Saben que estoy sobre la pista.
— ¡Lionel! ¿Continuaste investigando?
— Parece que no me conocieras. ¿Qué hubieras hecho en mi lugar? ¿Qué hubieran hecho tus "especiales"? Que recuerde, uno de ellos siguió un caso más de diez años.
— Se trataba de algo personal y lo hizo sin autorización — admitió con renuencia.
— Sabías que tu oficial seguía un caso personal como un perro de presa e hiciste la vista gorda. Y cuando tuvo todo a punto, le diste apoyo personal, hombres...
— Hubo una investigación, un procedimiento y un superior a cargo. El caso tenía bases sólidas y...
— Me lo conozco de memoria, Claudette. Lo mismo que a tus "especiales". Es por eso que vine a verte.
Henri sacó una cajita del bolsillo: un disco zip.
— Son mis informes y los de Arnold, transcriptos desde que comenzó la investigación hace diez años, más lo que encontramos a lo largo de este tiempo. Hay registros de testimonios y declaraciones. La Brigada puede iniciar una investigación...Tus especiales pueden. Y no me digas que no hay un caso todavía — la atajó —, ya hay un muerto aunque no haya pruebas: Arnold.
Se quedó callada, evaluando las palabras de Henri.
— ¿Hay alguien más en tu grupo? — finalmente preguntó.
— No quise involucrar a nadie más...
— O no confiabas en nadie más...
El hombre asintió sin hablar.
— ¿Qué vas a hacer ahora, Lionel?
— Lo único que sé hacer: seguir adelante. Soy un perro viejo, no aprendo mañas nuevas.
No dijeron más: las despedidas suelen ser desagradables.




[1] Frente para la Recuperación Francesa
[2] Policía Nacional
[3] Policía Judicial
[4] RG:Reinssegnements Générales: Servicio de Informaciones de la PN.
[5] IGPN: Inspection General de la PN . Asuntos Internos y Deontología
[6] Los escalafones superiores

sábado, 10 de abril de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 1


PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ESTANCIA "LA AUGUSTA". AGOSTO DE 1997

El Gran Maestre


"Al principio me pareció medio zonza la idea, pero pudo más la necesidad y aquí estoy, escribiéndote estas líneas que supe que jamás te enviaría desde el momento mismo en que las concebí. ¿Qué será este impulso: la conciencia que me empuja a poner por escrito impresiones que jamás confesé a nadie? ¿La vejez y la soledad a las que ya nada puede vencer salvo mis recuerdos? ¿O será no más la muerte que gusta de acompañarme y quiere que le refiera mis cosas para no aburrirse de puro silencio aquí en la estancia? Siento que lee por encima de mi hombro, pero no me molesta. Llevamos tantos años juntos que ya somos como un matrimonio. ¿Quién de los dos da las órdenes? ¿Cuál de nosotros es el verdugo?
La tierra inmensa duerme bajo la helada. Esta tierra que es tan tuya como mía y que nunca quisiste conocer, quién sabe si por orgullo o por rencor. Aunque no soy el más indicado para hablarte de esos sentimientos, ¿verdad? Sos mi más oscuro y secreto espejo. ¿Qué puedo decir de vos que no diga de mí? Porque si vos te dejaste llevar siempre por tus pasiones y tus odios, yo usé las pasiones y odios del prójimo en mi beneficio.
Me pasé la vida queriendo hacer de cuenta que no existías y ahora comprendo que estuviste presente en cada uno de los momentos de mi existencia, aún a través de otros. Como si no bastara la sangre para atarnos, nos conseguimos otros lazos, más terribles, más mortales. Tenemos muchas culpas compartidas. Y ahora, cuando tu vida se te escurre de entre las manos, yo siento ese mismo frío entre las mías.
Quisiera sentir piedad por vos, por tus sentimientos furiosos y contrariados, por tu despecho y tu vacío igual al mío. Durante mucho tiempo creí que no sentía nada pero no era cierto: tuve que anestesiarme los sentimientos para poder ejercer el poder espartanamente. Hubiera sido una locura dejarlo en tus manos. La misma locura que hubiera cometido dejándolo en manos de mi nieto. Hoy sé que nunca confié verdaderamente en que él podría ocupar mi lugar, sólo que me negaba a admitirlo. Y estoy tan solo..."

Golpearon a la puerta imponente del estudio y él posó la lapicera sobre el papel.
— Señor...— el ayudante de José chocó los talones a modo de saludo, mientras le entregaba un fax.
Lo leyó con parsimonia. Entonces, ya está todo listo. La idea de viajar lo excitó. Despidió al teniente con un gesto y abrió el compartimiento para guardar la carta. Un secreto más entre otros.

NUEVA CENTRAL, ESCOCIA, SEPTIEMBRE DE 1997


Cnel.José Elías Ortiz


José Elías Ortiz, coronel del Ejército Argentino y jefe de Inteligencia Central de la Orden del Temple, se acercó a los cristales empañados vaso de whisky en mano. Una celebración íntima y sobria: el tatita no habría admitido otra cosa. Afuera, la nieve todavía escasa dibujaba paisajes de cuento sobre los alféizares. Una media sonrisa le tironeó de una comisura, templándole el gesto adusto de indio. La elección de la nueva Central no podía haber sido mejor, aunque los gastos para acondicionarla habían sido un poco más que discretos. Los alrededores estaban bastante desiertos: el pueblo más cercano estaba a más de cuarenta y cinco kilómetros, carretera de montaña de por medio, lo que no invitaba a los curiosos a acercarse. Su propio ascetismo hacía que el sitio le pareciera más acogedor que lo que le había resultado siempre la Central de París, demasiado expuesta para su gusto. Así había terminado, por culpa de ese hijo de puta.
Cerró los ojos, la frente apoyada contra los vidrios fríos. Los ojos azules, claros como el agua, helados, los mismos ojos del tatita. El gesto siempre despectivo de la boca, aquella misma boca infantil que allá en la estancia lo había llamado "guacho" tantas veces. Me odiabas abiertamente y yo te odiaba sordamente, sin tener siquiera el derecho a hacerlo, porque era el 'criadito', el hermano de leche no querido del heredero. Siempre fuiste un desmesurado para todo, hasta para hacerte matar. Nunca hubieras podido ocupar el lugar del viejo El poder debe ejercerse espartanamente para que perdure, casi sin pasión, mano firme y mesurada para que no te contamine con las tentaciones. Lo había aprendido del tatita, que así les había enseñado a ambos. Él había aprendido con humildad. El nieto se había burlado de ese estoicismo hecho a fuerza de pampa silente hasta la exasperación, de noches avasalladoras de estrellas mudas; de cabalgatas con nadie más que el viento por compañero, y se había encargado de demostrarlo con cada uno de los hechos de su vida.
Una sola vez el viejo lamentó los errores cometidos con su nieto y él supo respetar en silencio su dolor. “Me equivoqué con él y con el padre”, le había dicho con amargura. “Creí que si le quitaba el pasado a mi yerno y le daba la oportunidad de convertirse en alguien diferente, nacer de nuevo, podría cambiarlo. Creí que mi nieto no heredaría o no aprendería su crueldad torpe e inútil. Me descuidé y permití que lo alejaran de mi mano. He pagado caro mi yerro”.
Algo muy adentro se le había quebrado al tatita después de la muerte de ese malparido. En persona había dado la orden: anulación definitiva, un eufemismo no por tal, menos violento. La herida le estaba haciendo estragos, no visibles para otros que lo conocían apenas, pero sí para él, que le sabía hasta los silencios, cada vez más largos, más solitarios.
Supongo que a mi también me habría dolido. Pero si tu mano derecha peca... El viejo no había vacilado en cortarla, a sabiendas de que se cortaba a sí mismo la esperanza de su estirpe. Tendría que haberle evitado el dolor de la decisión, pensó mientras miraba el paisaje teñido de ámbar a través del whisky. Yo debí cargar con la responsabilidad y soportar el castigo que el viejo me impusiera. No tuve el coraje. ¿Le habrá dolido también eso? ¿Qué su hombre más fiel no fuera capaz de sacrificarse por él, por la Orden, anticipándose a ejecutar el castigo que sabía que otro merecía?
Y con todo, la orden del viejo no se había cumplido nada más que porque los franceses habían actuado antes. Tres de los cinco hombres del comando desaparecieron sin dejar rastro. Deben estar pudriéndose en el fondo del Sena con una piedra atada al cogote. Ese favor se lo debemos a los Varza. Su propio hombre, infiltrado con el encargo de eliminar al grupo ante cualquier desobediencia, había muerto junto al nieto en un supuesto enfrentamiento con la policía francesa, entre las sombras del Bois de Boulogne. El paso de aquel hijo de puta no se había conocido más que en las necrológicas: una mujer salvajemente asesinada; un suboficial degollado en el mismo Quai des Orfévres y dos más, muertos a balazos. Si hubo más víctimas, no quedaron rastros. A los franceses les importaba tanto o más que a ellos mantener la discreción sobre los hechos: también tenían sus buenos escándalos que tapar. La Orden por su parte, se había ocupado de limpiar a aquellos miembros que respondían al "Brigadier". La Orden no tolera ni perdona a los traidores.
¿Merezco el lugar que ocupo? ¿Tengo derecho a reclamar el puesto que no debió haber sido mío? Yo estaba siendo preparado para ser segundo. Esas preguntas le abrían las puertas de su infierno, árido y desierto, en el que estaba siempre solo, siempre dudando. No podía preguntar a nadie porque nadie respondería. Había sobrevivido al odio del nieto y a su propio odio por él, pero no sabía si sobreviviría al infierno de su propia duda.
— José...— la voz del viejo lo arrancó de sus pensamientos sombríos. Dio media vuelta hacia la puerta mientras el tatita se acercaba con andar pausado, el bastón enjoyándole la mano larga y huesuda.
Se acercó con un vaso del whisky favorito del viejo y se lo ofreció en silencio, mientras el otro se sentaba en el bergère más cercano a la chimenea.
— Siéntese conmigo, José. No me esté de pie cuando yo estoy sentado. Ya estoy viejo...— casi suspiró mientras se acomodaba.
— Ud. no es viejo, señor... — dijo mientras ocupaba el bergère vecino.
— Ah, déjese de pavadas — el viejo sacudió una mano impaciente y la dejó caer sobre el brazo del sillón —. ¿En qué andaba pensando, ahí parado delante de la ventana?
— En nada — mintió mirando el fuego.
— ¿Sabe una cosa, José? Ud. no sabe mentir.
Se quedó callado, la boca apretada contra el borde del vaso de cristal. Asintió y bebió despacio.
— ¿Por qué cree que no merece el puesto que le toca?— insistió el viejo con voz llana.
Se le anudó la garganta. Por qué me conocerá tan bien. El viejo continuó.
— Nos reagrupamos y reorganizamos en muchísimo menos tiempo del que creíamos. Expurgamos las filas de las lacras. Nos recuperamos económicamente. Todo eso es mérito suyo. Yo no lo hubiera hecho mejor— estiró el brazo y palmeó el suyo apoyado en el brazo del bergère.
El hecho que el viejo estuviera tan al tanto de todo como siempre, lo sorprendió menos que el gesto inusual de afecto. Prácticamente se había retirado hacía casi dos años, después de la muerte del nieto, para dejar en sus manos la conducción de la Orden. Por primera vez, el Gran Maestre no era de ascendencia europea. José prefería prescindir de esos títulos rimbombantes. Jefe de Inteligencia Central es más adecuado a lo que hago.
— Con Ud., José, me pasa algo raro: es como si no necesitáramos hablar para saber lo que nos pasa.
— Son los años juntos, señor.
Bebieron lo que les quedaba en los vasos y José se levantó para servir otra vuelta. Cuando se inclinó con la botella hacia el viejo, los ojos azules, claros como el agua, del tatita, se prendieron de los suyos.
— Él era mi nieto. Ud... — subrayó —, es mi hijo. No siempre se puede elegir a un hijo. Yo lo elijo a Ud.
La botella tintineó apenas contra el cristal del vaso.
— Gracias, tatita.
— Sirva y déjese de pavadas.

BUENOS AIRES, BARRIO DE LA RECOLETA, SEPTIEMBRE DE 1997

Tte. Conrado Seoane


— La decisión que enfrentan es fundamental. Deben saber que cuando la tomen, no habrá marcha atrás.
Paseó la mirada de color lapislázuli lentamente por el auditorio, deteniéndose en cada una de las caras ansiosas y atentas, evaluándolos uno por uno. Más asentimientos silenciosos. Inspiró y el aire le silbó a través de la garganta en una borrachera de hiperventilación.
— Vamos a establecer un nuevo orden, con sangre renovada.
Los rostros más viejos se distendieron en sonrisas de autocomplacencia; los ojos de los más jóvenes brillaron con dureza.
— Le devolveremos el orgullo a la raza.
Orgullo. Raza. Le pareció que las palabras le vibraban en la garganta y le retumbaban en el pecho cada vez que las pronunciaba. Los despidió con el saludo prohibido y cuando los otros respondieron, un placer frío le recorrió la espina dorsal. Mi Blitzkrieg está cerca. Cuando salieron, Conrado Seoane sacó del bolsillo el objeto que había estado tocando todo el tiempo mientras hablaba. Apretarlo en la mano le provocaba una especie de electricidad mística. Por vos, viejo. Por vos, hermano.

domingo, 18 de octubre de 2009

La dama es policía - CAPÍTULO 34

PARÍS, LA DÉFENSE. LUNES, ÚLTIMAS HORAS DE LA TARDE
Carajo, no puede pedirme esto. No puede. Marcel golpeó el volante con las dos manos. Las llaves le estaban lastimando la palma. Le dolía el pecho de no querer pensar en las razones por las cuales Massarino tendría las llaves de la casa de ella. Se sentó en el auto con el estómago y las entrañas hechos un nudo. Miró el reloj: las siete y media de la tarde. El cementerio está cerrado. No puede estar ahí.. Intentó con la radio. Nada. Al puente de L'Alma.
¿Qué mierda vendría a hacer acá? Hace un frío espantoso. Frío y todo, bajó del auto y se arrebujó en el impermeable para recorrer el puente. El panorama era maravilloso, pero se le antojó tétrico.
No me gustan los puentes. La gente tiene la mala costumbre de tirarse al Sena en los lugares donde el paisaje es más interesante. ¿Dónde carajo estará? Massarino tenía cara de tragedia anticipada. ¿Por qué no vino conmigo, si tanto se preocupa...? ¿Tan importante es lo que tiene que hacer que no es capaz de salir a buscarla?

Se metió al auto y a punto de pasar un radiomensaje, intuyó que no tendría respuesta. No creo que quiera hablar conmigo. Lo pensó dos veces y llamó por la radio a las unidades de patrulla para que le avisaran de inmediato si alguien detectaba el automóvil de la capitán Marceau.
Recordó que no tenía anticongelante, así que arrancó el motor para evitar sorpresas desagradables.
¿Qué puede haber pasado con Marguerite?... No. No ‘qué’; ‘quién’ puede estar detrás de Marguerite, y para qué. Marguerite tiene las llaves de la casa de Odette, conoce su vida, sus horarios, sus gustos personales... ¡Dios mío, están detrás de Odette!.
La adrenalina se le disparó y le provocó un acceso de pánico. ¿Adónde? ¡Al departamento! ¡Antes que llegue otro!
Miró el reloj mientras aceleraba: las ocho y media. Perdí el tiempo como un boludo mientras ella quién sabe dónde está. Insistió con la radio, y a las nueve menos cuarto sí hubo novedades. Habían llamado a la policía. El portero del edificio de Marceau.
El pulso le martilleaba enloquecido en las sienes cuando vio la ambulancia. Le costaba respirar, caminar, pensar lógicamente, tanto que casi olvidó exhibir la placa y uno de los agentes estuvo a punto de sacudirle un macanazo por violar el cordón policial.
Alcanzó a ver que subían un cuerpo a la ambulancia y le preguntó a los gritos a un suboficial de quién se trataba. Después de lograr que dejara de zamarrearlo, el pobre cabo le informó que se trataba de una mujer mayor.
—La capitán Marceau está sentada en aquel patrullero, teniente.
Con las rodillas flojas se acercó. Cuando la llamó, Odette no respondió. No miraba a ninguna parte. Abrió la puerta y tomándola del brazo la sacó y la llevó hasta su automóvil. Mientras lo ponía en marcha para seguir a la ambulancia, pudo por fin escuchar lo que ella decía.
—La mataron por mi culpa. Yo la maté.


Prisión de La Santé, en el XIVº Arrondissement
PARÍS, PRISIÓN DE LA SANTÉ. LUNES, ÚLTIMAS HORAS DE LA TARDE
La sensación de impotencia le cerró la garganta. Dos oficiales y un suboficial tuvieron que entrar en la sala de interrogatorios y sujetarlo para que no matara a Nohant a golpes. Estaba enajenado y la expresión de burla e insolente suficiencia del ex Director General lo enfureció a tal grado que perdió el control.
—¿Qué le pasa, Massarino? —había murmurado el otro, sentado displicentemente del otro lado de la mesa—. ¿Tiene miedo? ¿O va entendiendo cómo son las cosas?
La mirada de Nohant lo atornilló a la silla.
—¿Cómo puede ser tan imbécil de creer que esto se terminó? ¿Sabe cuánto más me queda acá adentro? El tiempo que tarden en dejarlos a ustedes fuera. Definitivamente afuera.
—Qué quiere decir con eso... —las manos le dolían de tanto apretarlas.
—Averígüelo por usted mismo.
Lo agarró del cuello antes de pensar en lo que estaba haciendo y sus compañeros entraron a separarlos.
—Tranquilo. Lo único que falta es que te sancionen por ponerle las manos encima a este hijo de puta— lo contuvo uno de los oficiales mientras lo sentaban por la fuerza y se llevaban a Nohant.
—¡Tranquilo, un carajo! ¡Me amenazó!
—Está adentro. ¿Qué mierda puede hacer? Es un escorpión sin veneno.
Se sacudió rabioso las manos de sus compañeros. No entienden. No pueden entender. El malparido sabe de qué habla. ¿Dónde carajo está Odette?
—Mejor te vas a casa, Massarino. Quién sabe mañana, con un poco más de calma, nos sentamos con esta rata y le sacamos algo.
Se fue a su casa con dolor de estómago. Tenía la espantosa sensación de que “mañana” sería demasiado tarde.

PARÍS, XVI° ARRONDISSEMENT. LUNES POR LA NOCHE
El timbre del teléfono lo hizo saltar en el sillón. Nadine había acostado a los chicos y circulaba por la casa en puntas de pie. Un rato antes lo había abrazado, y él había recostado su cabeza contra el estómago suave y tibio de ella. Lo único seguro en el mundo. Te amo, pelirroja. La apretó tan fuerte que Nadine se sobresaltó. Sentada en sus rodillas, le preguntó qué estaba pasando. Auguste había negado con la cabeza, incapaz de hablar a causa de la emoción.
—Es Odette, ¿verdad?
Esa cualidad terrible de las mujeres de acertar donde más te duele. Asintió porque no podía hacer otra cosa.
—Si trataras de comprenderla, además de amarla, quizá todo fuera más fácil entre ustedes dos.
¿Comprenderla? Nadine lo miró con aquella mirada suya que lo había atrapado desde el primer día. "Me ves como si me leyeras el alma”, le había dicho él entonces.
—Odette es y representa todo aquello que te empeñaste en encerrar en lo más profundo de tu corazón —y en un susurro sobre sus labios—, siciliano.
Auguste suspiró, movió la cabeza y encogió los hombros, aceptando la verdad. Nadine lo sostuvo en un largo, largo abrazo y se levantó para preparar el café.
Ahora, al oír el teléfono, el comisario casi gritó por el auricular:
—Hable.
—¿Comisario? Es Bardou—la voz del otro lado sonaba extraña. —Llamaron... Encontraron a la persona que usted... —Bardou nunca había vacilado tanto.
Auguste sintió que la adrenalina se le disparaba descontrolada.
—¿Dónde carajo estás?
—En la morgue, señor.
Cuando Nadine volvió con el café, alcanzó a verlo salir como un loco.


Institut Médico-Légal de Paris
PARÍS, MORGUE JUDICIAL. LUNES POR LA NOCHE
—El cuerpo apareció frente al edificio de Marceau —le informó demasiado tarde Bardou.
Marcel estaba pálido de furia. Recordaba a Marguerite y el cariño que había mostrado por Odette aquella mañana. Pensó que si hubiera tenido oportunidad, al conocerla mejor le hubiera agradado todavía más. Miró el cuerpo de la pobre mujer, se volvió y golpeó una camilla cercana. La mujer tenía hematomas y marcas de quemaduras por todas partes: las plantas de los pies, el interior de los muslos, los pechos, los párpados, alrededor de la boca.
—...quemaduras de cigarrillo. Las más pequeñas son del tipo que provoca una descarga eléctrica puntual. La víctima presenta quemaduras de este último tipo en los genitales externos e internos. Se registran laceraciones, probablemente con elemento cortante, en el área vaginal, perianal y anal. Las piezas dentarias faltantes... —el forense estaba hablando hacia por el micrófono para dejar registro de la autopsia.
Marcel salió de allí enfermo de náusea. Afuera, Odette estaba sentada, temblando, en estado de shock. Hijos de puta. Se sentó al lado de ella para preguntarle dónde había estado, pero ella no reaccionaba. La angustia le atenazó la voz cuando intentó consolarla.
Massarino entró como una tromba, los hermosos rasgos de patricio romano deformados por la desesperación. Marcel y Bardou se quedaron helados cuando el comisario se arrodilló para abrazar a Odette y tomarle la cara.
—¿Qué pasó, bambina? ¡Por Dios, qué pasó!
Odette no respondió.
—Dejaron el cuerpo en la puerta del edificio. No mucho antes de que ella llegara. Los porteros no vieron nada —le explicó Marcel mientras entraban juntos en la sala de autopsias—. Bardou, quédese con Marceau. Que no se mueva de allí.
El cabo asintió con la cabeza.
Era terrible ver llorar a ese hombre y no saber qué decir para ayudarlo.
—Comisario, salgamos —y lo tomó del brazo, empujándolo suavemente.
Massarino se volvió y Marcel vio al niño que alguna vez había sido, asustado y dolorido, en los ojos del otro.
—Marguerite... era parte de la familia. Ella... ella quiso quedarse cuando los viejos se retiraron a Italia. “¿Quién se va a ocupar de ustedes dos?”, decía siempre. Ella cuidaba de Odette como si fuera su propia hija— las lágrimas le caían sin ninguna vergüenza.
Instintivamente, Marcel lo abrazó.
—“Está muy sola”, decía... “Está muy flaca”... Marguerite me llamaba cuando Odette estaba mal, sabía dónde encontrarnos a los dos. ¿Qué le hicimos, mi Dios? ¿Qué le hicimos?
Marcel lo sostuvo, mudo por la emoción, mientras Massarino lloraba como una criatura.
—Dubois, no dejes sola a mi hermana. No te le separes ni un minuto. Esos hijos de puta tratarán de llegar a ella de cualquier forma— el policía estaba de regreso.
—¿Su hermana?
—Odette —murmuró el comisario, pasándose las manos por la cara y el cabello en un intento por recuperar la compostura.
En medio de toda aquella atrocidad, Marcel sintió que el nudo en la garganta se le desataba, dejándolo pensar con claridad.
—Comisario, corra a su casa. Vamos —dijo, mientras tomaba a Odette por los hombros con cuidado y ella se dejaba llevar sin preguntar—. Bardou, envíe custodia armada a la casa de Massarino.
—Teniente —murmuró Bardou, señalando con la cabeza hacia Odette—, ¿de verdad es... la hermana del comisario?
Marcel asintió. Nunca había estado tan seguro de algo en toda su vida.
—Mierda — murmuró Bardou.

martes, 22 de septiembre de 2009

La dama es policía - CAPITULO 33


El edificio de Odette en La Dèfense

PARÍS, LA DÉFENSE. DOMINGO AL MEDIODÍA
—No, teniente. La señora Marceau salió cerca del mediodía y todavía no volvió. Los domingos rara vez está en casa, ¿sabe?
El portero lo había reconocido y estaba comunicativo. Marcel no pudo resistir la tentación, absolutamente reprobable, de seguir preguntando.
—Hace muchos años que trabajo acá. Apenas lo conocí al marido. Murió hace mucho. Poco después de que se mudaran, creo. Ella nunca recibe a nadie. Sus padres... bueno, deben de ser sus padres, ¿no? Un matrimonio muy agradable. Cada tanto vienen a quedarse en el piso de la señora. Y Marguerite, claro, viene todos los días. Ella está mucho tiempo afuera, ¿sabe? Por trabajo, creo.
A medida que Grégoire hablaba, Marcel se sentía más y más incómodo. ¿Cómo puedo estar haciéndole esto? Soy un insecto.
—Ella es siempre tan gentil... La señora. Marguerite también. Aunque nunca charlamos demasiado. Marguerite siempre está apurada.
Bien por Marguerite.
—¿Quiere que le avise a la señora que vino a verla?
No, no quería. Muchas gracias.
—Teniente Dubois... —el portero puso cara de circunstancias —, la señora Marceau... ¿tiene algún problema... con ustedes.? Ya sabe... —bajó la voz —. Con la policía.
Habría soltado la carcajada de no haberse sentido tan culpable.
—No, Grégoire. Nada más lejos.

BUENOS AIRES, DOMINGO PRIMERAS HORAS DE LA TARDE
La chicharra del teléfono agitó apenas el aire quieto de la hora de la siesta. Ortiz estiró la mano sin levantar la otra del teclado.
—Teniente Chávez, mi teniente coronel...
Se impacientó ante la irrupción. Y ahora qué pasa.
—Diga, teniente.
—Señor, hice lo posible por disuadir al mayor... Resultado negativo, señor.
—Las órdenes son de proceder sin dilaciones, teniente.
—Ya sé, señor— del otro lado del auricular tragaron saliva audiblemente—. No volverá a ocurrir. Señor.
—El grupo completo, teniente. Asegúrese de ejecutar la orden cuanto antes. Le recuerdo que no tiene que quedar nada que permita identificarlos o relacionarlos con nuestro país.
—Sí, señor. Comprendido, señor.

"Paris perdu" (París perdido)

PARÍS, X° ARRONDISSEMENT. DOMINGO, PRIMERAS HORAS DE LA NOCHE
—¿Adónde fuiste?
La voz del Brigadier a sus espaldas le paró el corazón durante medio segundo.
—A tomar un poco de aire —dijo el Cachorro mientras giraba y lo veía con visión periférica—. No me banco este encierro.
El otro le buscó los ojos con esa mirada helada y terrible.
—Hace un frío de cagarse.
—Igual necesitaba salir.
Se oyó un quejido sordo. ¿Todavía está viva? Instintivamente miró hacia el lugar de donde venían los gemidos. Está loco. Es demasiado; el teniente coronel tiene razón. Hay que limpiarlo cuanto antes. No va a ser fácil; los otros tres están de su lado. Podría intentar convencer al Tigre... No. Tengo órdenes. A todos.


PARÍS, LA DÉFENSE. DOMINGO, PRIMERAS HORAS DE LA NOCHE
Ya no soportaba más estar en su casa. Salió con el auto a dar una vuelta sin rumbo y terminó estacionando de nuevo frente al edificio de ella. Le mostró la placa al portero de la noche y éste lo dejó pasar. El auto de la señora Marceau estaba en las cocheras: acababa de venir de allí.
Llamó a la puerta varias veces hasta que por el intercomunicador, Odette preguntó quién era. Cuando le abrió, estaba en bata, con el cabello húmedo. Estaba tan pálida... Instintivamente miró al salón detrás de ella.
—¿Estás sola?
Hubiera querido morderse la lengua en el mismo instante en que lo dijo. Ella desvió la mirada e hizo un gesto con la cabeza.
—Hace doce años que estoy sola.
Lo miró con una pena infinita. Cuando trató de entrar, ella lo detuvo suavemente.
—No te hagas daño de esa forma. Prefiero que vuelvas cuando puedas confiar en mí.
—No...
—Te voy a esperar.
Ella se besó la punta de los dedos, estiró el brazo y los apoyó en su boca. Marcel asintió sin poder hablar, mientras la puerta se cerraba despacio. Se quedó sin saber qué hacer y después de una eternidad llamó otra vez. Cuando finalmente ella abrió sin preguntar, la abrazó, pidiéndole perdón con un beso.
Sin hablar la llevó hasta la cama. Sin hablar le hizo el amor mientras ella lloraba en silencio. Se quedaron dormidos casi al mismo tiempo.
No sabía qué hora era cuando sonó el teléfono. Odette dormía. Alargó la mano y levantó el auricular. Del otro lado vacilaron al oír su voz. Oyó una respiración pesada y después el clic violento. ¿Quién? ¿No esperaban que yo respondiera? La desconfianza se le enroscó en el pecho, quitándole el aire. Se odió a sí mismo por ese sentimiento que ya no lo dejó dormir.

El cielo mostraba esa luminosidad tenue previa al alba cuando en medio de la duermevela, el teléfono sonó de nuevo. Esta vez, ambos estiraron el brazo, pero él fue más rápido.
Lo mismo: el silencio ominoso seguido del clic. La miró con la duda agarrotándole la garganta.
Ella debió de ver algo en sus ojos, porque con la voz quebrada le pidió que se fuera. La apretó entre sus brazos, angustiado. No quería irse. Dios, ¿por qué esta mujer me hace sentir todas estas cosas? Quería saber pero no se atrevía a preguntar. Quiso hacerle el amor pero la poseyó desesperado. Ella era la sal en la herida y el bálsamo que la cerraba. La amaba y la odiaba. Ya no tenía orgullo; estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa con tal que lo dejara quedarse y se lo dijo.
—Jamás te humillaría de esa manera— se arrancó de sus brazos y habló con la voz opaca de amargura—. Si quisiera nada más que alguien que me calentara la cama, lo habría buscado en la calle.
Sus propias terribles palabras en boca de ella lo azotaron.
—¿Cómo pudiste insinuar algo así? Nos degrada a los dos. Es mejor que te vayas.
—Por Dios, no...
—No me lastimes más.
Se fue, mudo de vergüenza. Cómo se puede destruir lo que se ama con tanta facilidad. Te perdí. Ahora sí te perdí. Definitivamente.

PARIS, Xº ARRONDISSEMENT, MADRUGADA DEL LUNES—¿Y?
—Está con alguien. Un tipo, el que atendió las dos veces.
—Carajo...
—¿Qué hacemos?
—A esta hora, ya nada.
—Esperemos hasta la noche. Más fácil... Vive sola; se lo sacaste a la vieja. El tipo debe de venir los fines de semana. Seguro.


CAPO CALAVÀ, LUNES POR LA MAÑANA
Lola volvió a marcar el número de la casa de su hija. Nada. No hay nadie. ¿Y Marguerite? Una sensación extraña le trepó hasta el estómago. Decidió probar en la casa de Auguste. Charló de minucias familiares con su nuera y le preguntó como al pasar por Marguerite.
—No, mamá, no vino a casa.
Le pidió a Nadine que si la veía, le avisara para que la llamara y prudentemente cambió de tema. No está en casa de Odette, ni en lo de Auguste. Siempre hablaban el mismo día de la semana, para contarse las nimiedades de la vida diaria, los chismes familiares que la mantenían cerca de sus hijos. El contacto afectuoso de una amistad de años.
Insistió una vez más, esta vez a lo de Marguerite. Nadie. A lo largo del día continuó llamando, con creciente preocupación. A las cuatro de la tarde, la sensación desagradable se había transformado en una ominosa premonición.
Franco llegó del teatro a las cuatro y media. Lo oyó silbar "L'amour est un oisseau rebelle" mientras entraba en la casa. Estaban ensayando una nueva puesta para el ballet de "Carmen". Se asomó para verlo dar unos pasos de baile por el salón. Silbando, su marido la tomó de la cintura y la hizo girar siguiendo los compases.
—¿Qué te pasa? —le preguntó él, tras detenerse en seco.
Con el corazón en la boca, Lola le explicó lo de las llamadas. La expresión de Franco cambió instantáneamente.
—La última vez que te vi esa cara fue la noche en que murió Jean-Luc.
Los presentimientos le retorcieron las entrañas. Aquella noche, extrañamente, había insistido en llamar a la casita. Nunca lo hacían, pues Franco prefería hablar con Auguste. Calogero les había dado la noticia llorando: había encontrado a Odette al lado de la cama, paralizada. Cuando trató de tocarla, ella había gritado no sabía qué, lo había empujado y salido desesperada de la casa. No podía encontrarla. Tampoco podía encontrar a Auguste.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Aquella noche, su hija había estado a punto de matarse. Franco lo sospechaba, pero ella lo sabía: se lo había arrancado a Auguste, pues Odette jamás había hablado.
Ahora, la angustia le cerró la garganta. Franco la abrazó mientras ella murmuraba:
—Llamemos a Auguste.
Sin soltarla, él replicó:
—No. Llamemos a Varza.

MILÁN, LUNES POR LA MAÑANA
Mario Varza estaba todavía en su despacho, en la empresa, revisando papeles pero con la mente en otra parte. Había recibido el aviso de que el grupo había salido del país, con destino a Lisboa. ¿Carajo, por qué a Lisboa? No tengo a nadie allí. Repasó lo que sabía de ellos: tenían pedido de captura en Francia y España. ¿Cómo mierda iban a cruzar las fronteras? ¿Cuándo, dónde? Olvidémonos de los aeropuertos: el control es demasiado estricto. ¿Por mar? No. Mucho tiempo. Cualquier viaje por mar hasta puerto francés no llevaba menos de cuatro días, y él sabía que iban a actuar rápido.
El tren. Lógico. De entre una pila de papeles sacó la cartilla de horarios de trenes europeos. El tren les daba el tiempo necesario para preparar lo que hubiera que preparar, y la guardia fronteriza no era tan severa. Seguramente viajarían con documentación falsa. Buscó las conexiones. Lisboa-París Montparnasse, 16: 00-14: 50. Frontera: Hendaya. La puta que los parió, Hendaya es un balneario. Nadie controla nada. Están en París desde hace más de un día. La campanilla del teléfono lo sobresaltó.
—Il signore Mario Varza, per cortesia ... (1)
La voz del otro lado era...
—¿Odette?
—Lola Massarino, Mario. La prego mi scusi per il disturbo (2)
Apenas cortó con Lola, marcó el número de Colosimo.
En una hora, Calogero estuvo en su despacho. Ya había elegido a quiénes llevar y tenía listos los pasajes de Alitalia.
—Filippo también viene —le dijo, y él estuvo de acuerdo.
—Lo que necesiten — no era necesario mencionar qué—, ya saben dónde conseguirlo en París.
Calogero asintió seco. Cuando salía, Mario lo llamó:
—Calogero... con tu vida.
—Manco che me lo dica (3)— respondió Calogero y se marchó.


Entrada al 36, Quai des Orfèvres
PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES. LUNES POR LA TARDE
—Marguerite no vino a casa.
Odette cerró la puerta y se apoyó contra el archivero, con los brazos cruzados apretadamente y mirada de preocupación.
—Estará enferma...- respondió Auguste.
—Habría telefoneado.
—¿La llamaste?
—No atiende nadie.
—Odette... —se encogió de hombros y abrió los brazos, tratando de restarle importancia al asunto.
—Fui a su casa, Auguste. No hay nadie. El portero me dijo que no la ve desde hace unos días.
Sonaba muy mal.
—Te estás poniendo paranoica —sin admitir que él ya lo estaba.
—¿Paranoica? ¿Nadie más que yo está paranoico? Este trabajo es paranoico. Ser policía implica estarlo un poco. Si no estuviéramos todos leve, sólo levemente neuróticos, la otra noche Michelon hubiera ido sola, no hubieras llevado a Meyer y Dubois, Nohant se habría salido con la suya... —ella contestó mientras la voz le subía sin control.
—Odette, por favor —le dijo, con un gesto apaciguador—. Estamos todos bajo una gran presión. Quiero que... que dejes este caso.
Ella dio un respingo y le clavó los ojos.
—Por un tiempo, hasta que las cosas estén más tranquilas— ¿Cómo mierda le explico lo que nos ordenaron? Sintió que el estómago se le volvía un abismo.
—¿Qué carajo pasa?
— Nada. Te cuido — no va a ser fácil. Nunca lo es con ella.
—Auguste, no puedo creer lo que estás tratando de hacer. ¡El caso es mío! Estamos llegando al fondo y quieren... !quieren sacarme de en medio, que lo abandone, ahora que estamos a punto de...! Todavía no encontramos a los cerebros... ¡No puedo creerlo!
—¡Basta! Esto se terminó. No quiero que te arriesgues más. Ya tuve demasiado con lo de las monjas...
—Ya tuviste demasiado... ¡YA TUVISTE DEMASIADO! —Odette estaba fuera de sí.
—¡EN EL NOMBRE DE DIOS! ¡ESTOY TRATANDO DE PROTEGERTE!- estrelló el puño en el escritorio.
Desde afuera de la oficina seguramente se oirían los gritos. Pero aunque se estuviese derrumbando el techo, nadie entraba en su oficina cuando él y Odette discutían, lo cual ocurría con cierta frecuencia últimamente. Auguste miró hacia la puerta del despacho con preocupación. Mejor bajo el tono de voz. Bastante con las murmuraciones que corren aquí adentro como para darles más pasto a las fieras. Cerró los ojos, los abrió y respiró profundo tratando de mantener la calma.
—Por favor, sentémonos.
Ella le daba la espalda. Le rodeó los hombros con el brazo.
—¡Por el amor de Dios, necesito que me escuches! Todo esto que está pasando... quiero decir, los implicados, las relaciones que están apareciendo... es muy peligroso. Tengo órdenes. Esto se convirtió en algo muy grande. Nosotros... Nos superó... Hicimos un muy buen trabajo...
—No necesito que me lo expliques —le respondió Odette ácidamente—. Hace diez años que estoy buscando a los implicados y las relaciones. Diez años esperando pacientemente, reuniendo pieza por pieza, buscando noticias inconexas a primera vista, reuniendo testimonios, pruebas minúsculas— respiró y tragó saliva—. ¿Alguna vez imaginaste lo que significa saber que estás en lo cierto y no poder demostrarlo? ¿Alguna idea de cuántas noches pasé tratando de encontrar una grieta, un resquicio por donde penetrar en ese juego infernal? ¿Alguien puede imaginar lo que sufrí?
Una catarata de imágenes terribles le cruzó la mente. ¿Cómo puede seguir resistiendo? Yo ya no puedo soportarlo más. Ella siguió hablando.
—¿Alguien sabe todo lo que perdí?
Auguste cruzó los brazos y giró el sillón hacia la ventana. El viejo dolor estaba allí, golpeando bajo, como siempre. Se mordió el labio con saña.
—Odette, todos lo perdimos. Yo perdí a un gran amigo, mi maestro, mi... hermano —le costaba seguir hablando—. Yo... yo también lo quise. No soportaba verlo sufrir... —tragó, pero el nudo de la garganta no se aflojó ni un solo punto.
—Y como no soportabas verlo, ordenaste que le dieran morfina. ¿Te tranquilizaba la conciencia?
Supo que estaba blanco como el papel. Cerró los ojos y apoyó la frente en las palmas de las manos; se pasó los dedos por el cabello. No quería mirarla.
—¿Creíste que no iba a enterarme? ¿Cómo pudiste pensar que era tan estúpida?
—¡Estúpida, no! ¡Inocente! ¡Quería protegerte!
—¿De qué? ¿De tu piedad? Calogero me lo confesó. ¿Quién creías que lo inyectaba? ¡Calogero tenía miedo de equivocarse con las dosis!
La oyó rodear el escritorio para enfrentarlo.
—Pero la morfina no bastaba. El estar inconsciente no era suficiente. Yo quería hacerlo feliz, aun en ese estado. Así que empecé a inyectarle heroína.
Auguste sintió cómo ella giraba el sillón y le quitaba las manos de la cara para obligarlo a mirarla. Estaba pálida, los ojos como brasas.
—Eso sí, tuve mucho cuidado. No quería que mi dolorido hermano tuviera problemas por mi culpa. Quería que Jean-Luc pudiera sentir, ¡SENTIR ALGO!, algo más que dolor, impotencia, desesperación. Para eso bastaba conmigo. La heroína sirvió, podía verlo en sus ojos. Mientras le duraba el efecto, hasta podía acariciarlo y besarlo, porque cuando estaba lúcido no me lo permitía. Era... la única forma de hacerle el amor que me quedaba.
Estaba de rodillas en el suelo, meciéndose suavemente, con los brazos cruzados, como quien calma un dolor.
—Al final, fue nada más que heroína. La morfina no le hacía nada. Estaba tan débil... Tenía que tener mucho cuidado con la cantidad que le inyectaba... era difícil calcular cuánto... —Odette se recostó contra la pared bajo la ventana, cerró los ojos y hubo un silencio—. Yo lo maté, Auguste. Le di una sobredosis.
El mundo ya no estaba en su lugar. En ese terrible momento Auguste vislumbró la magnitud de la tragedia. Inhaló con dificultad, sabiendo que las lágrimas estaban ahí, ahogándole las palabras en la garganta. Cuando levantó la vista, Odette ya había salido.


El silencio que se hizo cuando Massarino asomó desde su despacho fue descomunal. Marceau acababa de pasar, desencajada y pálida como un fantasma.
—Necesito a alguien de Desaparición de Personas. Ahora.
Alguien murmuró un “Sí, señor” y levantó el teléfono, mientras la puerta se cerraba otra vez.
—Parece un hombre que ha visto su propia muerte —susurró Foulquie, sin dirigirse a nadie. Por una vez, nadie hizo comentarios vulgares.
Llamaron preguntando por Marceau y entonces se dieron cuenta de que se había ido sin decir adónde.


Las manos le temblaban todavía mientras removía mecánicamente los papeles encima del escritorio. No puedo concentrarme en nada. Estoy agotado; tendría que irme a casa y dormir una semana. Aunque, con la cara que debo de tener, Nadine va a atarme a una silla hasta saber qué mierda pasó. No quiero pensar. Volvió a los prontuarios. No. No los soporto. Tomó el teléfono y llamó; nadie respondía en casa de Marguerite. Carajo. Se quedó con la mente en blanco, recostado contra el respaldo del sillón. ¿Qué es lo que no encaja? Ya terminamos, se cerró el caso, no queda nadie suelto... ¿o sí? El instinto le decía que Odette no estaba equivocada. Sí alterada, fuera de control, porque de otra forma jamás le hubiera hecho esa confesión atroz. Las palabras le volvían como una cantilena de horror. No podía ser cierto. O sí. ¿Por qué, si no, torturarse todos esos años? ¿Se había condenado y estaba pagando la culpa? Ella se había ido sin darle tiempo a reaccionar. Fue un accidente. Se estaba muriendo. Yo no tuve el coraje de volver a verlo, porque me pedía que lo ayudara a morirse de una puta vez por todas. Fue culpa mía, Cisne. ¿Mi cobardía te hizo esto?
Se frotó los ojos en un intento estéril por apartar las imágenes y cruzó las manos para apoyar la frente en el hueco de las palmas. La alianza le rozó la piel y, quién sabe por qué, el anillo de sello de Nohant le asaltó la memoria. Nohant. El hijo de puta no había perdido la expresión sarcástica ni siquiera cuando se lo llevaron esposado. Recordó la mirada envenenada de odio... y de algo más. Se habían clavado los ojos durante un instante crucial y la cara del otro reflejaba una burla cruel. Como si supiera algo más, algo que Auguste desconocía. ¿Qué, por Dios, qué? Habían interrogado a Nohant durante horas, inútilmente. Ni siquiera acompañado por los abogados que había exigido había soltado palabra. Está esperando algo. O a alguien. ¡Es eso! A alguien que pueda sacarlo de esta situación. Pero para eso tienen que sacarnos a nosotros de en medio. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. ¿Dónde está mi hermana? Llamó por el interno y finalmente Sully respondió que la capitán había salido hacía más de media hora. ¿Dubois? Estaba en Archivos. En casa de Odette no respondieron al teléfono.
Pasó un radiomensaje, con el presentimiento a flor de piel. Después de un rato le avisaron que el aparato de radio de Marceau aparentemente estaba apagado. Cristo, ¿qué está haciendo?
—Bardou, que Dubois suba a mi oficina.
El teniente se asomó sin hablar.
—Estoy tratando de localizar a Marceau. Me avisaron que tiene apagada la radio de su auto— continuó sin mirar a ninguna parte—. Marguerite... la... empleada de... Marceau... desapareció. Ya di la orden de iniciar la búsqueda.
—¿Quiere que... trate de encontrar a Marguerite?
—No. Busque a Odette— le indicó algunos sitios en los que sabía su hermana podría estar—. Vaya hasta la casa y espérela ahí. Tiene que ir a su casa en algún momento—metió la mano en el bolsillo y le entregó el llavero—. Ésta es de la puerta de entrada; ésta, del departamento. Anula el código de acceso y la alarma —explicó en tono monocorde—. Cuando entre, vuelva a cerrar con llave para activar la alarma otra vez. Ya pedí que rastreen el auto.
Levantó la vista: Dubois estaba mortalmente pálido.
—Comisario... —Dubois vacilaba—. ¿No cree que sería mejor... que usted... buscara a M-Marceau?
—No. Vaya usted. Avíseme tan pronto como sepa algo. Tengo que hacer otra cosa— interrogar a ese hijo de puta de Nohant y arrancarle la verdad a golpes.
—Dubois... —el otro se volvió a medias —Encuéntrela. Como sea. Y no la deje sola.
Dubois asintió y se fue.


(1)El Sr. Mario Varza, por favor.
(2) Le ruego me disculpe por molestarlo
(3)No hace falta que me lo digas

jueves, 3 de septiembre de 2009

La dama es policía - CAPÍTULO 32


PARÍS, X° ARRONDISSEMENT. SÁBADO POR LA MAÑANA
—Me parece muy arriesgado —aventuró el Tigre. “El jefe está tan caliente que va a hacer cagadas”, le había comentado el Cachorro en un momento en que el otro había salido.
—¿Leíste los diarios, Tigre? —murmuró el Brigadier entre dientes.
—Es un quilombo muy grande. No podemos hacer nada. Peguemos la vuelta y vayamos para África antes de que..
—¿Te cagaste? ¿Estoy rodeado de maricones?
—No, hermano, no. Pero me gusta la cabeza donde la tengo. Oíme...
—Los vamos a hacer mierda. La voy a destrozar a esa yegua, al hermano, a toda la familia.
—Pará, tenemos a la vieja. La usamos de rehén y los traemos a algún lado. Hacemos un trabajo limpio y rajamos. Pensalo.
—¡NO! ¡Quiero verlos arrastrarse!
El Yarará estaba de acuerdo, pero no era de extrañar. Cuando hay minas de por medio, aquel guacho siempre se prende.El Mula puso cara de nada, como siempre. Hijo de puta, lo único que le importa es la guita.
—No les va a alcanzar la vida para pagar— la voz se le entrecortaba por momentos, de pura rabia—. No queda nada, nadie. Hicieron saltar la banca en todas partes. ¿Quién carajo los respalda? ¿Cómo hicieron para cargarse al puto de Fiore, a Muammar, a todos los que estaban enganchados con nosotros? Están enchufando a media Humanidad. ¡Los imbéciles de acá no pudieron pararlos! ¿Y el viejo les perdona la vida? ¡Me humilló, me cargó el muerto, me está entregando atado de pies y manos! ¿Saben lo que me dijo el muy turro? Que si tu mano derecha se equivoca y peca, hay que cortarla...
Lo miraron en silencio y entonces aulló:
—¡Pelotudos! ¿Todavía no entienden? ¡Nos sentenció a todos!
Se quedó callado, evaluando las caras. Así los quiero. Mejor que empiecen a entender que sin mí no tienen salida. Que sepan que el viejo ya no me da más órdenes. No me va a sacar de en medio así como así. ¿Te pedí una oportunidad y me la negaste? Me la voy a conseguir yo solo cuando vuelva de arreglar este asuntito.
Volvió a tomar los faxes manoseados con un murmullo.
—Puta, te voy a destrozar. Cometiste un error, muñeca: descuidaste a tu propia gente por hacernos mierda. ¿Te creías intocable? ¿Tan segura estabas de que yo no te iba a encontrar primero?
Se agachó al lado de la mujer que estaba tirada en el piso, esposada y amordazada. Ella lo miró con terror.
—No entendés una mierda, ¿no? Pero sabés lo que te va a pasar... sí que sabés... y la culpa es de ella... — le mostró la foto y la mujer se ahogó con un sollozo—. Te dejó sola, vieja. Para cuando se dé cuenta de lo que pasó, va a ser tarde... —su voz era como una cuchilla—. Muy tarde.
Sintió que la excitación le trepaba por la ingle con un escalofrío. Se levantó y manoteó los papeles de arriba de la mesa.
—Así que el hermanito tiene familia— sonrió lobunamente.
—¡Estas loco! — al Cachorro no le gustaba cómo se estaban poniendo las cosas—. Ella se habrá descuidado, todo lo que vos quieras, pero no podemos meternos en la casa del tipo así como así. Es ponernos demasiado en evidencia. Pará... — el tono de voz era conciliador—.No hagamos cagadas. ¿Para qué meternos en la casa? Lo agarramos afuera. Somos cinco, no tiene oportunidad. Después, si querés, te la cargás a ella como más te guste, pero rápido, y nos vamos a Angola antes de que el viejo se avive y nos haga mierda.
El Cachorro tiene miedo. En cualquier momento nos traiciona. A éste hay que dejarlo acá también. Tienen que entender de una vez por todas que acá mando yo, carajo.
—Ustedes se van a meter en la casa y me lo van a traer a él. Sin dejar a nadie, ¿está clarito? Un laburito limpio.
el Yarará lo miró.
—Bueno, si hay tiempo, ya saben... —se miraron y asintieron. Como en las viejas épocas. —De ella me encargo yo. Mula — hizo una seña con la cabeza hacia el Cachorro, que estaba de espaldas. El Mula asintió sin hablar, mientras el Tigre y Yarará se quedaban atornillados en las sillas por la sorpresa. Les clavó los ojos a la espera de un gesto y el Tigre bajó apenas la cabeza, aceptando su decisión. Bien. El Cachorro volvió hasta la mesa con los planos, ignorante de su sentencia.
—Mula, vos te encargás del departamento de ella y de avisarme. Ustedes tres, a la casa de él. ¿Los autos?
—Ya los alquilamos. En tres lugares distintos, como vos querías.
—Entonces hoy mismo verifiquen los recorridos y los tiempos. Quiero tres Motorolas, una con la frecuencia de la cana — el Yarará dio un cabezazo seco de asentimiento. Así se cumplen las órdenes, sargento; sin discutir.
—¿Munición?
—OK.
Lo más que se le puede sacar al Mula. Mejor, quién quiere que te converse.
—¿Uniformes?
—No, eso fue imposible. No hay tiempo— el Cachorro se encogió de hombros.
Me voy a conseguir el mío de otra forma. Miró a la mujer. Ya sé cómo. Desplegó uno de los planos en silencio y buscó el lugar. Bien, nene, bien. Hoy tenés un día brillante. Ésta es la otra salida posible que tenés, y te la voy a cerrar, muñeca. No te me vas a escapar.
—¿Y vos? —preguntó el Tigre.
—Yo me encargo de esperar las contingencias. No podemos dejar ningún flanco descubierto.
—¿Y la vieja? ¿Para qué mierda la queremos, entonces?
—Nos va a servir de carnada. El plan que tengo en mente los va a hacer descuidarse más todavía, y me asegura que la contingencia sea la que yo quiero. Además, necesito ponerme en forma —se volvió hacia la mujer —.Y voy a empezar con ella.


Gran Arco de La Dèfense

PARÍS, LA DÉFENSE. SÁBADO POR LA MAÑANA
Se despertó angustiada. La misma angustia que la rondaba desde el día anterior, desde la reunión con Michelon. No. No es solamente por eso. El perfume de Marcel le hirió la memoria. Miró hacia la fotografía. ¿Te estoy traicionando? Por Dios, necesito saber. Necesito estar segura de que esto no es un reflejo de otro amor. Porque, en ese caso, los traicionaría a los dos. Pasé tanto tiempo sin querer sentir, que ahora tengo miedo de hacerlo y equivocarme.
Casi agradeció la interrupción del teléfono.
—Odette...
No. ¿Por qué tenías que llamar ahora?
—Odette...
—S-Sí. —La voz se le cortaba por momentos.
—Quiero verte.
—No.
—Por favor...
—Ahora no.
—Quiero saber por qué...
Porque tengo miedo, porque no quiero lastimarte, porque no quiero que ocupes el lugar de otro hombre sino el tuyo, único e irreemplazable, pero necesito estar segura. Pero no podía hablar.
—No puedo... Me siento mal.
—Entonces quiero acompañarte.
—Necesito estar sola.
—No me hagas esto...
—Necesito... tiempo —no pudo ocultar el sollozo —.No puedo verte ahora.
—¿De verdad estás sola?
—Siempre estoy sola.
—Entonces hablemos.
—No puedo —suplicó con un hilo de voz—. Ahora... no puedo. Dame tiempo. Te juro que... no habrá nada de mí que no sepas, pero... ahora no. Hoy, no.
—¿Cuándo?
No respondió. La garganta se le había cerrado en un nudo.
—¡Odette! ¡No me dejes hablando solo, como un loco! ¡Odette!
Ella hizo un esfuerzo por articular las palabras.
—Te amo —susurró, y del otro lado hubo un silencio terrible—, pero no sé si tengo el derecho.
Él trató de interrumpir, pero ella continuó sin darle tiempo.
—Decir lo que estoy diciendo me está costando el alma. Siento que estoy a punto de cometer la traición más grande de mi vida y no la puedo evitar. Tampoco puedo soportarlo. Dame tiempo para entender lo que me pasa.
Del otro lado Marcel también lloraba.
—Si hay otro hombre... Cristo, podemos hablar...
—Hoy no. Por favor.
Ambos hicieron un silencio muy largo.
—Yo... nunca se lo dije antes a nadie... no necesité decirlo. Nunca lo sentí de esta manera. Te amo, Odette. Si eso te sirve de algo en este momento, si significa algo, te amo.
Cerró los ojos y las lágrimas le lavaron el dolor.
—Entonces, dame el tiempo que te pido.
—Lo que quieras. Pero no me dejes fuera de tu vida.
—No podría...
—Te amo. No te olvides.
—Imposible...
—Hasta... ¿mañana? ¿Sí?
—Sí. Hasta mañana.
No pienso estar en casa mañana. No quiero que me hagas el amor y creer que puede resultar, y después comprender que era nada más que un sueño. Necesito estar segura de mi propio amor.
No quiero lastimarte.



PARIS, XVI° ARRONDISSEMENT, SÁBADO POR LA NOCHE
Auguste encendió la pantalla del estudio después de asegurarse de que el resto de la familia dormía. No quería interrupciones, ni tener que dar explicaciones por estar trabajando en casa.
No había esperado nada muy diferente de lo que había encontrado al investigar la titularidad de la propiedad. Más aún: se habría decepcionado si no hubiera resultado así. Con todo, el presentimiento agorero no lo dejó en paz.
Según los registros, el terreno pertenecía desde fines del siglo pasado a una sociedad anónima ganadera y de forestación, radicada del otro lado del Atlántico, con domicilio legal en Buenos Aires. La construcción original se había levantado hacía más de sesenta años y se habían hecho modificaciones importantes unos años después del final de la Segunda Guerra. Tan importantes que se actualizaron los registros. Durante la ocupación, los alemanes habían tratado bastante bien a todo el suburbio, y los estadounidenses, quién sabe por qué, también decidieron dejarlo en paz.
Verificó lo que él y Odette suponían: la traza de las cloacas parecía dibujada adrede para pasar por debajo del edificio.
Se había demorado un par de días en reunir vía Internet el resto de la información del Mercado de Valores de Buenos Aires. La empresa propietaria era subsidiaria de otra, más importante, que sí cotizaba en Bolsa. De allí en adelante era una sucesión de matrioshkas rusas que se abrían para dejar salir a otra muñequita, en este caso a otra empresa, de las que ya sospechaba eran nada más que fantasmas bursátiles.
La investigación no llevaba a ninguna parte; era el laberinto del Minotauro. Vueltas y más vueltas sobre sí misma, atrás y adelante, sin saber dónde estaba el monstruo. Y no tengo ni el hilo de Ariadna ni la espada de Teseo.
Nombres... ¿Dónde mierda aparecen los nombres? Pidió las composiciones de los directorios. ¿Por qué no le puse un poco más de atención al Derecho Comercial, en lugar de meterme de cabeza a penalista? Son sociedades anónimas; tienen que publicar balances, memorias y etcéteras. Nadie escapa a la burocracia de la Bolsa. Allí estaban: listas de nombres que no significaban nada. Podría haber sido arameo. Se estaba mareando con los nombres de los miembros del directorio y de las empresas y los objetos sociales. Orden, Massarino, orden. Se entretuvo en armar un árbol genealógico de empresas.
Más que un árbol, esto es un manglar. Se frotó los ojos y la cara con cansancio, y la barba crecida le raspó la mano. Miró la hora: las dos de la madrugada. Último intento y a dormir.
A ver: nada más que los cargos más altos. Bah, podrían ser títeres de otros. U otro. ¿Otro? ¿Así, en singular? Cristo.
Siguió esa línea de razonamiento y volvió a los listados de directorios. Cuántas mujeres. Todos apellidos distintos. Pero las mujeres muchas veces figuran con sus apellidos de casadas. Se me está ocurriendo algo improbable pero no imposible. ¿Altamente improbable? Por cierto que no, señoras mías. Buscó nombres de varón con apellidos concordantes con los de las mujeres. Se alternaban en los listados: donde estaba el marido no estaba la mujer, y viceversa. O padre e hija, ¿por qué no?
En un ejercicio más de distensión que de otra cosa, comparó su familia con la de su mujer. Papá no tiene hermanos, pero mamma sí: todos varones, que tuvieron más varones. Las únicas mujeres de mi generación son Odette y, bastante más tardíamente, Antonietta. Yo soy el único varón con apellido diferente, pero habrá Vittorellos por bastante tiempo, con todos mis primos dedicados a perpetuar el apellido y la especie. Ahora, Nadine. Cinco hermanas, todas sólo con hijas, menos Nadine misma; tenemos a Isabelle y a Antonin: un varón para los Massarino, ninguno para los SaintClaire. Nadie lo continúa. El apellido termina ahí.
¡Eso es! Quienquiera que sea ‘él’, tuvo nada más que hijas, que a su vez tuvieron sólo hijas. Aunque alguna haya tenido un varón, no lleva el apellido.
Las mujeres eran mayoría en los directorios. Comparó la proporción de hombres: menos de un tercio.
¿Sólo maridos? Digamos que sí. ¿Y si alguna tuvo un varón? ¿Está en algún directorio? Tendría que buscar la repetición de apellidos entre los hombres y... ¿Y si las hermanas se casaron con hermanos, o primos? Me estoy volviendo loco. A ése, si existe, no puedo encontrarlo. Pero el nombre y apellido están detrás de todo esto.
Dejó la mente en blanco y se hamacó en su sillón. La comprensión lo alcanzó lentamente, como una marea.
Quienquiera que sea ‘nombre y apellido’, debe de ser muy poderoso. Sentarse muy alto en su sociedad y en unas cuantas más. Empresas saludablemente centenarias, una dinastía dedicada exclusivamente a figurar como miembros-fantoche de directorios, fantoches de empresas matrioshkas, en beneficio de la pantalla de la operación más terrible que toda la policía francesa había soñado alguna vez con desbaratar... Y sólo encontramos la punta del iceberg. ¿Qué más hay bajo el agua?

De pronto sintió que no quería saber nada más, que no quería buscar más relaciones entre esos listados interminablemente entrelazados. Que, en alguna parte, alguien estaba apuntándole a la cabeza y había amartillado el arma. Por primera vez en su vida decidió no investigar más. Con la opresión cerrándole el pecho, borró los archivos uno tras otro y rompió los papeles que había llevado de su despacho en la Brigada, y quemó los trocitos.
Ya pensaré en algo para decirle a Odette. Ese problema quedará para mañana, o mejor, el lunes. Además, está la orden de derivar la investigación. Carajo, casi me había olvidado, con el entusiasmo de la búsqueda. En definitiva, estuve investigando de contrabando. Nadine tenía razón y Michelon me pasó la posta. Menos mal que ella iba a darle la instrucción a mi hermana. ¿Por qué las mujeres siempre me hacen estas cosas?
Mientras subía la escalera camino al dormitorio, pensó que su problema más serio era que mentía muy mal. Bien, siempre queda el recurso de la superioridad del rango. Comisario dixit.

viernes, 7 de agosto de 2009

La dama es policía - Capítulo 30


Hôtel Matignon, residencia del Primer Ministro

PARÍS, MIÉRCOLES POR LA NOCHE
—Tengo que hablar con usted. Esta noche.
— Imposible. Tengo una audiencia con el Presidente.
—¡Me importa un carajo! Arrégleselas como pueda, pero a mí me recibe primero.
La puta que lo parió. ¿Qué se cree? ¿Que puedo darle el plantón al Viejo así porque sí? El Primer Ministro se revolvió molesto en el sillón: ese boludo merecía que lo pusieran en su lugar.
—Escuche...
—No. Escúcheme usted a mí. Este desastre tiene que terminar. Como sea. No se olvide de quiénes lo pusimos donde está.
Apretó los labios con rabia. Grandísimo hijo de puta, nunca se pierde la ocasión de recordármelo, él y su puto anillito, siempre amenazándome. Las entrañas se le hicieron un nudo.
—Voy a tratar de arreglarlo... No le prometo nada.
—No sea idiota. No trate: arréglese para verme. Y no quiero que nadie por ahí sepa que estuve con usted. Después vemos qué mierda vamos a hacer con el Viejo y los demás.
Cuando colgó, el Primer Ministro llamó al secretario privado. Un buen tipo, eficiente, diplomático. Un idiota útil.
—Frayssinet, necesito postergar la audiencia con el Presidente una hora por lo menos. Tengo que resolver algo... personal. Usted me entiende.
Frayssinet sonrió comprensivo. Bien, se tragó el sapo de que voy a ver a Evelyn.
—¿Va usted, señor?
—No. Ella insistió en venir aquí. Tengo que solucionar un problemita. ¿Sería posible un poquito de discreción?
—Señor...— Frayssinet se ofendió —Yo me ocupo de que nadie quede en el piso. Como siempre.
—Gracias, Georges. Usted es un amigo. Arrégleme lo de la agenda y avíseme por teléfono.
—¿Va a entrar...?
—Por donde siempre. No se preocupe.



En los pasillos del piso no había ningún guardia. Los empleados civiles ya se habían retirado. Me hizo caso. Bien por el ministro.
El cretino estaba esperando sentado a su escritorio. Seguramente para impresionarme. Gordo fanfarrón.
—No tengo mucho tiempo. Pude postergar la audiencia una hora y media, nada más.
—No nos va a llevar mucho tiempo —sacó el arma con silenciador y le apuntó.
—¿Qué... qué hace?
—Usted es un imbécil. Le dije que había que quitar de en medio a esos policías de mierda y al prefecto Oustry.
—¡Por Dios, hice lo que me ordenaron! ¡Puse a cargo a Beaumont! ¡Después tuvimos que liquidarlo antes de que hablara! ¡Todo está yendo muy rápido! Necesito tiempo... Déjeme ver al Viejo... Puedo convencerlo... de que son ellos... los responsables...
—O de que yo soy el responsable... Iba a entregarme en bandeja de plata, ¿no?
La cara mofletuda del hombre reflejaba una desesperación sin límite. La que se siente cuando te descubrieron y no te queda alternativa. La que se tiene cuando se sabe que te van a matar.
Se acercó ominoso y empujó el sillón hacia el escritorio, apretándole el estómago abultado contra el sobre de madera y cuero. El otro jadeó, un poco por el empujón, un poco por el miedo. No era rival físico para él. Lo sorprendió, agarrándolo por los cabellos y tirándole la cabeza hacia atrás, hacia el respaldo del sillón. Con el mismo movimiento le metió el cañón de la pistola en la boca y moviéndolo ligeramente hacia arriba y hacia la derecha, disparó. El proyectil atravesó el respaldo exactamente en el lugar que había previsto al correrse a la izquierda. Con cuidado, tomó la mano del hombre y la frotó con la suya cubierta por guantes de látex quirúrgico, para adherirle la pólvora a los dedos. Zurdo de mierda. Después quitó el silenciador, acomodó los dedos sobre el arma y dejó caer el brazo desde la posición frente a la boca. Se limpió una salpicadurita de sangre de la manga, abrió el cajón central del escritorio, retiró otra pistola igual a la que había puesto en la mano del muerto, y se la guardó en la cartuchera bajo el sobaco después de ponerle el silenciador.
Salió por donde había llegado, sin que lo vieran. Caminó unas cuadras hasta su automóvil y se fue a su casa, a esperar la llamada. Porque tenían que llamarlo. Y él iba a ir. Cómo no iba a ir. Ahora estaba a cargo de todo. El Brigadier me lo confirmó. Tembló de expectación y coraje. Reflotamos la operación y yo quedo al frente. La entrepierna se le erizó excitada.



BUENOS AIRES, MIÉRCOLES POR LA TARDE
Ortiz llamó la atención del viejo con una tosecita.
—Señor...
El viejo levantó la vista de los papeles y le hizo una seña con la cabeza. Ortiz se acercó sólo entonces, separó el silloncito con un movimiento silencioso y se sentó frente al escritorio, la boca apretada en una línea de disgusto.
—Están haciendo averiguaciones sobre los propietarios de la sede de París—dejó los faxes sobre el escritorio.
El viejo se recostó contra el respaldo del sillón con los papeles entre las manos y Ortiz se quedó en silencio.
—¿Qué quiere que hagamos?— preguntó Ortiz cuando el viejo apoyó otra vez los papeles.
—Por ahora, nada. No tienen posibilidades de investigar demasiado, José. A lo sumo fueron al municipio, consiguieron información sobre el dominio, y después, ¿qué? Una sociedad anónima, una nacionalidad. Tienen que seguir buscando. ¿Por dónde empiezan? ¿Por las páginas amarillas? —se rió seco, y él lo acompañó con una sonrisa. Ese humor tan particular del tatita.
El viejo continuó.
—Esto no es Europa, ni los Estados Unidos. ¿Sabe cuánto pueden tardar? No creo que consulten a nuestra policía, con la experiencia que tuvieron hace doce años. Sacando a algunos federicos derechos, el resto no es muy confiable que digamos. Yo no confiaría, ¿y usted?
—Ya sabe que no lo hago. Ni en esos federicos derechos, como los llama usted. Igualmente me gustaría saber qué averiguan. No quisiera salir un día a la mañana y encontrármelos en la tranquera.
—Esta vez creo que la mejor estrategia es mantener el mimetismo con el paisaje— el viejo sonrió con astucia—. No estoy huyendo; no se me equivoque— lo atajó al verle el gesto de desagrado—. No se olvide de que el poder que se intuye, muchas veces espanta más que el que se ve a simple vista. ¿Qué es peor: oír el rugido del león y saber que sale a cazar, o esperar el zarpazo silencioso del tigre? Si alguna vez llegan a saber más de lo que ya saben, que es mucho, y si son tan brillantes como creo que son, van a retroceder — la mano del viejo bajo categórica sobre el brazo del sillón, acompañando las palabras.
Ortiz nunca había dudado de la sabiduría del tatita, porque, entre otras cosas, nunca le había mentido ni le había ocultado nada. Pero la espinita en el costado le molestaba, así que decidió insistir. No sea cosa que por una vez se nos equivoque el viejo y...
—Señor, perdone que insista pero... ¿y si de cualquier forma llegan a saber algo más? ¿Algo que no deben?
El viejo lo miró con expresión severa.
—En ese caso, veremos.
Respiró más tranquilo. Por supuesto, la decisión final es de él, eso no se discute, pero tengo la aprobación. Si llegan a meterse demasiado en donde no deben, traslado.


PARÍS, MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Durante la cena, Michelon intercambió con Laure los chismeríos del día. Cuando le contó lo de Sully, Laure comentó divertida:
—¡Madame la Veuve ataca de nuevo! ¡Se ve que estuvo afilando la hoja durante bastante tiempo! ¿Hasta dónde rodó la cabeza de Sully?
Se rieron a carcajadas, tanto que medio restaurante se volvió a mirarlas.
—Pobre chica, no para de hacer malas elecciones— dijo Laure con un suspiro, después de beber un sorbo de vino blanco..
—Sí, y la primera fue ingresar en la policía.
—No me refería a eso. Por lo que yo sé...
—Que siempre es mucho más que lo que yo sé ... —la acusó Michelon, medio en broma.
—Por lo que sé —Laure frunció la nariz—, estaba decidida a pescar a Dubois.
—¡Ajá!
—Y las cosas no venían tan mal encaminadas, hasta que lo asignaron al caso con Marceau... —Laure le echó una miradita cómplice.
Michelon sonrió gatunamente, sin responder.
—Claudette, me estás ocultando algo... —Laure entrecerró los ojos.
—¡Vamos! No se puede ocultar lo inocultable...
—No me refiero al teniente. Los hombres no suelen ser muy sutiles a la hora de enmascarar emociones. El asunto es:¿cómo es que ella todavía no se lo sacudió de encima?
—Bien... no puedo decir que no lo haya sacudido... —le contó lo de las carpetas y la revista de historietas. Laure no paraba de reírse—. Estaba que echaba humo por las benditas carpetas, pero terminó admitiendo que ella tenía razón.
Laure cerró el puño derecho e inclinó el pulgar hacia abajo.
—Que Sully se olvide del teniente.... ¿Y ella, qué?
Madame se quedó pensativa, con la copa de vino en la mano.
—Algo le pasa también. Tuvo algunas reacciones... las de hoy, por ejemplo. Estoy segura de que si Dubois no hubiera estado allí con nosotros, el baldazo de vitriolo de la cabo le hubiera resbalado como de costumbre. Estaba indignada. Eso, dentro de lo que habitualmente deja traslucir.
—Estás muy observadora... —comentó Laure en tono neutro.
—No estarás celosa... —la reprendió con la mirada. La otra hizo un mohín gracioso. —Es parte de mi trabajo, querida. Observar a mi gente, evaluarla, conocerla a fondo. Saber en quién se puede confiar, en cualquier circunstancia.
—Separar la paja del trigo...
—Nunca mejor dicho.

Estaban entrando a su casa cuando el teléfono comenzó a sonar. Laure le hizo señas: Respetemos las convenciones. Cada una responde a las llamadas en su propia casa, así no herimos las suscep-tibilidades de nadie. Sin quitarse el tapado levantó el auricular.
—¡Claudette!
—¡Raoul! — Jesús, y ahora qué. Oustry llamando a estas horas de la noche. No creo que sea para hacer relaciones públicas...
—Te llamé a la oficina.
—Salí a comer...
—Esto que está pasando... ¿también se lo debemos a tus “especiales”?
Michelon tragó saliva y el prefecto siguió hablando.
—Se están metiendo con demasiada gente, querida.
—Raoul, esto es mucho, mucho más grande de lo que nunca imaginamos, y sí, es mi gente y estoy orgullosa de ellos. Y te recuerdo que somos todos "tu" gente.
—Ya lo sé, no me olvido —contemporizó Oustry—. Me llamó mi Número Uno. Están tratando de localizar también a Nohant, para una reunión de urgencia.
—Voy para tu casa —respondió Michelon, cerrando los ojos.
—Por favor —dijo el otro, y colgó.
Laure la miró a medias intrigada.
—Ya empezaron a golpear la puerta— suspiró pesadamente y salió.


El prefecto en persona le abrió la puerta. Subieron al estudio y él le ofreció algo de beber.
—Coñac... —lo voy a necesitar.
Oustry sirvió dos copas generosamente. Bebieron un par de tragos en silencio y luego lo puso al tanto de las últimas novedades, mientras Oustry asentía y le pedía detalles a medida que ella hablaba.
—Claudette, ¿por qué no diste parte al resto de las divisiones?
—Todo fue muy rápido. Casi no tuvimos tiempo más que para reaccionar ante lo que encontrábamos...
—¡Qué velocidad de reacción, querida!
Se rió sin ganas.
—Para colmo, lo de Inteligencia fue... tan inesperado.
El prefecto asintió con un gesto de disgusto.
—¡Beaumont! ¡Qué increíble! Pensar que se ofreció a arreglar la agenda del Presidente para que te recibiera las dos veces.
—Estaba más que interesado en saber qué pasaba.
—Y los teníamos con un pie adentro, gracias al acuerdo de colaboración que había firmado Nohant —comentó el prefecto mientras tomaba un sorbito de coñac.
Cierto. Nohant. Una alarma se le disparó en el cerebro. No le gustaba Nohant, como no le gustaban los políticos y los funcionarios en general. Cuando se creó el cargo de Director General de la Policía Nacional, habían esperado que lo ocupara un oficial de carrera, un hombre como Oustry. Habría sido el corolario ideal para la carrera del viejo prefecto de París. El Ministerio del Interior había designado a uno de sus funcionarios civiles en el cargo. Un “policía de escritorio”, como lo llamaban algunos. Nohant había hecho carrera en el Ministerio con una habilidad poco menos que maquiavélica. Un administrador fabuloso, eso era innegable. Era brillante, había que reconocérselo, y con una cintura política admirable.
Oustry siguió hablando.
—Tenían todo preparado —Michelon lo miró fijamente. —Yo también puedo moverme rápido—el prefecto sonrió sin alegría—. Te sacaban de en medio junto con el Viejo, y a mí detrás. No era el plan original, pero cuando lo pusiste al tanto, eso precipitó las cosas. El Primer Ministro se hacía cargo temporariamente. Proponían a su gente para nuestros puestos y con eso dejaban a los tuyos... perdón, a los nuestros... fuera de combate. Iba a ser un juego de niños manejar la situación.
—No vayas a creer... — lo miró con ironía.
—No... Viendo lo que hicieron, no habría sido fácil quitarlos de en medio.
El teléfono los interrumpió, sobresaltándolos. Oustry la miró mientras respondía que estaban juntos y que ya salían.
—El Elysée — dijo cuando colgaba.
—¿El Viejo?
Oustry asintió.
—El Primer Ministro acaba de suicidarse. Nos van a apretar las tuercas, querida. Vámonos.
— Antes, una llamada. Ya aprendí la lección.
El prefecto la miró intrigado.


Habían estado haciendo el amor durante más de una hora y tenían toda la intención de atacar el segundo movimiento, cuando el teléfono interrumpió la partitura. Auguste bufó y Nadine lo besó suavemente, haciéndole señas para que levantara el auricular.
—Que se vayan a la mierda— la abrazó otra vez—. Hace una semana que no te...
—Amor... — Nadine lo interrumpió.
Tiene razón. Levantó el auricular con rabia.
—¡Massarino! — ladró.
Era Michelon. Resignado, se sentó en la cama para hablar más cómodo, mientras Nadine le acariciaba el estómago. Se vistió a la carrera y antes de salir abrazó y besó a su mujer.
—No te duermas. Pienso volver lo más pronto posible.
—No tenía ninguna intención de dormir. —Le devolvió el beso.
Desde su auto, Massarino llamó a la Brigada.
—¿Quiénes están ahí ahora?
—Meyer y Dubois, señor— le informó el oficial de guardia.
Cierto. Todavía están revisando los montones de expedientes secuestrados.
—Que se reúnan conmigo en el Palais d’Elysée en quince minutos. Voy a buscar a Michelon y al prefecto Oustry.
—Sí, señor.
Mejor ir prevenidos.


PARÍS, PALAIS D'ELYSÉE. MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Cuando Michelon, Oustry y Auguste llegaron al Elysée, Meyer y Dubois los esperaban con caras de preocupación.
—¿No exageró un poco, comisario? —preguntó Oustry, sorprendido.
—Espero que sí, señor —le respondió Auguste con aprensión.
Los tres escoltaron a Madame junto al prefecto hasta el segundo piso, y se quedaron esperando en el corredor silencioso. El personal habitual de seguridad había sido reemplazado por los hombres del SSMI. Algunos eran conocidos de Auguste y lo saludaron sorprendidos.
—Comisario —lo llamó Oustry—. El director general Nohant todavía no llegó. Si uno de sus hombres es tan gentil de esperarlo abajo y acompañarlo hasta aquí...
Auguste le ordenó a Meyer que esperara a Nohant. Es una buena ocasión para charlar con Dubois a solas.
—¿Cómo va lo de las carpetas? —le preguntó para iniciar la conversación.
—Hasta ahora, Gendarmería detuvo a veinticinco de los fichados, en las fronteras con España y Alemania. Nosotros encontramos a diez más, tratando de abandonar París. Informamos a Interpol de... — hizo una pausa—: cincuenta y tres casos de pedido internacional de captura...
En ese momento vieron que Nohant se acercaba por el corredor. Cuando el recién llegado los vio, se apresuró a sacarse algo de la mano izquierda, sin quitarles los ojos de encima. Mientras pasaba entre Dubois y él, durante una décima escasa de segundo lo paralizó con una mirada inconfundible.
Dubois reaccionó medio instante después de que Nohant hubo entrado. Con el entrecejo fruncido en un gesto de alarma, le dijo en voz baja a Auguste:
—Está armado.
Se miraron y juntos atacaron la puerta, empujándola para evitar que corrieran la traba interior.



—¡Massarino! ¿Se volvió loco? —Oustry y los demás, salvo Michelon, los miraron con ojos desorbitados mientras el comisario esposaba a Nohant y Dubois lo desarmaba. Sin dejar de apuntarle, Auguste le metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón y le tendió a Michelon lo que había encontrado.
La comisario giró el anillo para ver el sello y se cubrió la boca en un gesto de disgusto, pero sin sorpresa.
—¿Cómo lo supo?
—Lo vi quitárselo antes de entrar. Dubois le vio el arma.
—Es el mismo que llevaban Jacques y Prévost— el teniente mordió las palabras.
Nohant los miró a todos con el desprecio y el odio pintados en los ojos. Recuperó la compostura y con una mueca desagradable le dijo a Michelon:
—Su gente es brillante, comisario. Deberíamos haberles ofrecido estar de nuestro lado.
—Que yo recuerde, no hay mujeres en la Orden —respondió fríamente Michelon—. No creo que hubiéramos aceptado. Tenemos un pleito muy antiguo con ustedes.
Auguste cerró los ojos para contenerse y les ordenó a Meyer y a Dubois que se lo llevaran.
—¿Quiere que me quede, Madame?
—Por favor... —Michelon comenzó a hablar, cuando el ministro del Interior los interrumpió.
—Creo que es mejor que se quede aquí, con nosotros.
Oustry estudió el anillo. Tenía un diseño curioso en el sello: dos caballeros medievales, montados uno detrás del otro, a la grupa de un solo caballo.
Auguste salió a llamar a Nadine para avisarle que no lo esperara.
—Te amo, pelirroja.
—No creas que te vas a salvar cuando vuelvas. Te amo.


En el despacho, las caras eran más que fúnebres. Al Presidente lo acompañaban el ministro del Interior y el de Relaciones Exteriores. Sin edecanes ni secretarios. El ministro del Interior dijo en tono apenado y sombrío:
—Señor, mi renuncia está a su disposición.
—Cállese la boca. Nadie quiere su renuncia —rezongó el Viejo—. Entre los culpables que se suicidan o van camino al calabozo, y los inocentes que renuncian, me voy a quedar sin Gabinete, en medio de la anarquía. Cerremos filas y déjese de estupideces.
Los anteojos le recorrieron el largo dorso de la nariz. Los miró por encima del marco de oro, mientras se repantigaba en el sillón enorme, cruzando las manos sobre el estómago.
—Madame, señores, en las últimas dos horas hablé con Washington cinco veces.
Cuatro pares de ojos la miraron expectantes. Michelon apretó los labios. Hora de dar explicaciones. Menos mal que traje apoyo logístico.



Marcel entró en su departamento pasadas las dos de la madrugada. Un día terrible. Primero Hamad; después Michelon y Massarino que casi me suspenden, y para rematar, el chistecito de Nohant. Hijo de puta traidor. Por un pelo no nos decapitó a todos. Dios, quiero que esto termine de una puta vez. Estoy tan nervioso que si se meto en la cama no voy a poder dormir.
Al entrar había tirado la revista de historietas y el CD sobre la mesita al costado del sofá. No sería mala idea... ¿o sí? Ver el contenido del CD lo repelía y atraía al mismo tiempo. Se desnudó y en ropa interior y con una lata de cerveza, se recostó en el sofá a hojear la revista. Se rió de sí mismo a su pesar. Ella tiene una forma tan especial de hacer bromas... No pierdas las esperanzas, viejo. Si está de humor para lanzarte indirectas después de que casi le rompiste las costillas, no te está yendo tan mal. Cristo, si pudiera estar a solas con ella, hablar, explicarle, hacerle el amor...
De pronto, el aire ya no le pasó por la garganta. Hicimos el amor acá, sobre esta alfombra, en mi cama. ¿Cómo pude creer que mentía? Yo interpuse mis ‘otros’ imaginarios. ¿Nunca vas a dejarme en paz, papá? ¿Nunca voy a poder confiar en ninguna mujer? Si alguna vez hubo otro, cuando estuvo conmigo ya no había nadie más. Era mía. No existía ninguna otra persona entre los dos. No quiero perderla. No puedo. No quiero.
Se levantó para ir a acostarse, cuando vio de nuevo el CD. Sin pensarlo dos veces, se sentó delante de la pantalla, encendió el equipo y lo cargó. Tecleó la contraseña con dedos como de madera.
Un “audio” de Vaireaux. Se obligó a seguir mirando. Hijos de puta. Por primera vez tomó conciencia de que la escena que veía era real. Los protagonistas eran atrozmente reales. Cada vez que había sido obligado a ver uno de esos audios había logrado mantener la cordura imponiéndose la idea de que lo que presenciaba era una ficción. Se vio a sí mismo arrancar la venda negra de la cara de la mujer, mientras Jacques repetía la orden. Su mano sostenía el rostro bañado en lágrimas. Leyó su propio nombre en los labios de ella y la vio cerrar los ojos por la desesperación y el dolor.
Apagó el equipo de un manotazo y se fue a la cama, recorriendo el camino de memoria, porque no podía ver por dónde iba.


Eran más de las cuatro de la mañana cuando llegó a su casa. Se desvistió en silencio y cuando se metió en la cama, Nadine se volvió para preguntarle qué había pasado.
—Creí que dormías.
—Sí, pero entró una manada de elefantes y me despertó.
—¡No hice ruido!
Su mujer le tapó la boca con un beso. Mientras se acomodaban en la cama, le resumió los hechos.
—Estamos afuera...
—Y te molesta.
—¿Te parece que no? ¡Casi dejamos el pellejo en esto!
—Me gusta dónde está tu pellejo. Me alegro de que ya no estén en este caso de mierda.
Massarino miró sorprendido.
—Es la primera vez que te preocupa tanto una investigación.
—Es la primera vez que toda mi familia se juega el cuello — y sin detenerse, preguntó: —¿Odette ya lo sabe?
—No, todavía no. Michelon me prometió que se encargaría de hablar con ella.
—Y le creíste...
—No tengo por qué no hacerlo.
Nadine movió la cabeza con incredulidad y se arrebujó entre las sábanas, pegada a él. Mientras lo acariciaba, susurró:
—Tenemos un asunto pendiente, héroe.