POLICIAL ARGENTINO: dictadura militar
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domingo, 8 de agosto de 2010

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 8


San Isidro, provincia de Buenos Aires. Segunda semana de mayo

— Con vos quiero hablar.
Aunque el tono de Ofelia no admitía réplica, a José le hizo gracia. Es la única persona que se atreve a hablarme de esa forma, y a quien yo se lo aguanto. Toda una vida bajo la mirada vigilante y atenta de la Ofelia, tanto que uno a veces se olvidaba que había sido nada más que un ama de leche para él y para el nieto. Con el correr de los años, Ofelia se había convertido en una institución en la estancia. La correntina manejaba con mano segura el puesto de ama de llaves que , solita, se había ganado de puro intervencionista. Cuando la conducción del casco quedó acéfala a la muerte de Aurora, aragonesa austera, eterna y seca, Ofelia tomó el poder silenciosamente. 
Cuando las demás — y ellos — se dieron cuenta, Ofelia mandaba cuándo se lavaban las sábanas, cuándo se hacía la limpieza general; cuándo se lustraba la platería y se ventilaban los cuartos cerrados y las alfombras; qué se comía y a qué hora.
Como para el tatita esas habían sido siempre cosas de mujeres, la dejó hacer. “No me toque los papeles del escritorio y no me entre si yo no mando”. Y como la palabra del tatita era sagrada para Ofelia, defendió el estudio con su propia vida, aún de las hijas que, cada vez más de vez en cuando, se acercaban a la estancia a cumplir con la ceremonia de un beso seco y desvahído en la mejilla del viejo. “El patrón no quiere que lo molesten”, y espantaba al resto de las sirvientas, administradores y demás personal del campo. Llegó a echar a un general. “A mí no me importa que mande ejércitos. Acá manda el patrón, y en la cocina, yo. Y se me limpia las botas antes de entrar”. El milico la miró de refilón y un edecán algo entusiasta intentó poner a la Ofelia en su lugar, pero el tira levantó la mano en son de paz, de una ojeada mandó atrás al edecán y se limpió las botas. Si en el Colegio Militar hubiera corrido la anécdota, el tira habría sido el hazmerreír de los cadetes.
Ofelia, casi la madre que no tuve, la que le habían contado se había muerto al pie de su cuna. No recordaba otro olor de mujer de su infancia más que el de Ofelia, gorda, los ojos negros y chiquitos como caramelos de orozuz, siempre apurada y de buen talante, manos callosas pero ligeras para sacudir un sopapo o, más a menudo, acariciar.  Menos al nieto. El nieto, arisco y orgulloso de su estampa y su ascendencia la despreciaba, como despreciaba a casi toda la gente de la estancia, él incluído. Ofelia era inmune a esos sentimientos de superioridad. “¡Yo te di la teta y te limpié el culo, mocoso de porra! ¿Sabés dónde te podés meter el orgullo ese?” Él la había mirado con el odio pintado en esos ojos del color del agua, los mismos que su abuelo, y con los dientes apretados pegó media vuelta y se fue derecho a las caballerizas. Salió como exhalación, azotando cruelmente al zaino, y se perdió al galope. Cuando volvió se encerró en su habitación y cuando salió, fue para volverse a Buenos Aires. El padre se quedaba, porque era el capataz y administrador del campo, desde que su propio padre, Elías Ortiz, muriera.
Elías, tan indio y mestizo como él y que nunca había abandonado la chatura de la estancia, se atrevió a soñar para su hijo un futuro diferente. Había temblado de miedo y de coraje cuando le pidió al patrón por su mocoso recién nacido que se había quedado huérfano de madre, y el patrón dijo que sí. Su hijo se criaría en el casco y tendría las oportunidades que él, como simple capataz, no podría ofrecerle. Elías murió antes de que él cumpliera los catorce, sin ver sus sueños realizados. Un profesor del Liceo Militar le avisó y para cuando llegó a la estancia, ya lo habían enterrado. Se sentó sobre la tierra, a llorar sin lágrimas junto a la tumba de aquel padre tan humilde que ni siquiera se atrevía a visitarlo en el casco.
Él le había enseñado a amar esa tierra desmesurada, de la que alguna vez habían sido señores libres y orgullosos sus ancestros ranqueles. “No te equivoqués”, le repetía, “uno no es el dueño de la tierra: es ella la que te deja estar, pisarla, cabalgarla, sacarle el jugo y el fruto.”
Le había enseñado, con conocimiento de indios fieros y sin más dios que el Gualichu, a montar en pelo; a domar un potro sin espuela ni rebenque, sino a fuerza de sobado y maniado, y a curarle las mataduras; a reconocer las tormentas por el canto de los sapos y "la” calor por el de las chicharras.
Pero Elías había querido para su hijo un destino distinto al de su raza despreciada y para eso, había hecho la renuncia más grande de su vida: había renunciado a su hijo. Con los sentidos a flor de la piel oscura y curtida como la tierra que amaba, le había dicho más de una vez que él, José, sería para el patrón como el hijo varón que nunca había engendrado.
“Está el nieto”, José respondía desde el rencor de sus doce años. “No te me equivoqués”, repetía Elías; “vos sos como el propio hijo: él te cría y te educa como yo hubiera querido hacerlo. Ya vas a ver, mocito”, sentenciaba entre mate y mate en la cocina de su propia casa, respetuosamente alejada del casco de la estancia. 
“No soy de su sangre”, insistía José, tozudo. Elías lo miró a los ojos, los suyos dos ascuas oscuras en la cara cuarteada por el viento impío. “Las mujeres paren con sangre y los hijos son de su carne. La hembra es madre en cualquier circunstancia, hasta del guacho que le hizo el conquistador bellaco. Ser padre es otra cosa: es enseñar a obedecer tanto como a mandar, es hacer un hombre hecho y derecho de ese gurí que no sabe nada de la vida más que lo que conoce alrededor de la pollera de la madre; es saber llevarlo de la mano y saber soltarlo a tiempo para que pueda volar.”
Extraña filosofía la de Elías. Pero al pasar los años, no se había atrevido a ponerla en duda. Tuve dos padres. No todos tienen mi suerte. Sacudió los recuerdos de un cabezazo y se acercó a recibir el  mate que Ofelia le tendía.  Esto va para largo, pensó y sorbió el amargo con fruición.
Ofelia Ramos

 — José... Lo estás dejando muy solo al Fernandito— Ofelia no era de dar vueltas cuando tenía que hablar.
— Ya sé — sacudió la cabeza —. Pensaba llevármelo al campo para Pascua.
— No alcanza con eso y vos lo sabés. ¿Qué querés, criar un guacho como el otro?
Para Ofelia, el nieto siempre era "el otro".
— Habrá sido cualquier cosa, pero guacho, no. Tenía padre y madre.
— ¡Padre y madre! — saltó la correntina—. ¿Y qué le enseñaron? ¡Madre! Ni le cambió los pañales. Ni a la escuela lo llevaba. ¡Lo único que le importaba era revolcarse con el marido! Ahí la tenés, entrando y saliendo de las clínicas de "recuparación"... En mi época le decían loquero... ¿Y él? ¡Lo metió de milico para sacárselo de encima, porque no lo podía manejar! O no le importaba.
— Ofelia — contemporizó —, yo también fui al Liceo y al Colegio Militar, y mi padre tampoco pudo criarme.
— Tu padre se deslomó trabajando para que fueras lo que sos — ella retrucó —. Era un buen hombre... se murió trabajando. —  Los ojos de orozuz se llenaron de lágrimas. Tiene la lágrima fácil, no hay nada que hacer. — Y el patrón se encargó de sacarte derecho. Si hubiera tenido la misma mano firme con el otro, no hubiera pasado lo que pasó.
Eso es cierto. A veces, allá en la infancia y la adolescencia, resentía el trato diferente. Ya adulto, comprendió que el tatita lo había educado tal como lo habían educado a él, en la severidad de la gente de campo. Como había querido Elías.
— Yo estoy vieja. A veces, me falta la paciencia. Y las mocosas de ahora no sirven para niñeras. El chico necesita que estés con él. Bastante que no tiene madre, pobrecita, Dios la tenga en la gloria.
Hicieron una pausa larga mientras Ofelia cebaba mate. Él no tomaba mate más que si ella lo cebaba. Si no, prefería el café. Sorbió lentamente mientras pensaba en Mariana con un dolor que se le había ido encalleciendo con el tiempo.
Hacía ya mucho que había descubierto que tenía que mirar las fotos para recordar aquellos ojos negros, la piel de durazno y el pelo renegrido y lustroso con que lo acariciaba cuando hacían el amor. Recordaba sus palabras, pero no la voz con que las pronunciara, su voz de miel salteña cálida y dulce. Mariana era el perfume de un recuerdo más que el recuerdo mismo, y eso le dolía con una pena larga y silenciosa que se negaba a compartir. Él no la había buscado pero ella había llegado, había entrado a su vida y se había ido, dejándole como ofrenda de amor y vida a Fernandito, y de ese modo él había ganado y había perdido.
Había otras mujeres, siempre las habría, bellos adornos que él colgaba de su brazo en ocasiones y que sólo podían despertarle la necesidad de satisfacer su biología o su lujuria, dependiendo del estado del tiempo y de su estado de ánimo; ninguna le había importado nunca lo suficiente como para querer resignar su viudez empedernida y melancólica.
— Sabés, los otros días me encontré con la Alcira...— Ofelia reanudó la conversación y él la interrogó con una sacudida del mentón —. La paraguaya que trabajaba en la casa de Buenos Aires, antes que ellos se vinieran a vivir acá. La que se escapó cuando él todavía estaba en el Colegio Militar.
"Ellos": el nieto, su madre y su padre. El desprecio de Ofelia se basaba en el uso discriminatorio de los artículos.
Fernando Ortiz
— Se enteró por los diarios de que el otro había muerto. Me dijo que después de más de veinte años, ahora podía dormir tranquila. Que siempre le había tenido miedo. Me contó... bueno, cosas de mujeres... ya te imaginás... Estas paraguayas calentonas... bueh ... — renegó Ofelia. — Qué chinita del campo, qué prima no se revolcó con él... Mirá si se le iba a resistir una sirvienta... Pero parece que ya de esa edad le venía el vicio, o lo había aprendido del padre.
José la miró sin levantar la cabeza, mientras el acíbar de la yerba se le hacía menos amargo que ciertos recuerdos. 
 La mataba a rebencazos. Le dio a probar esa porquería... Y era un mocoso.  Y lo que hizo después...— Ofelia estaba conversadora pero la conversación estaba tomando un giro incómodo. Los hechos de los años de represión no eran materia de discusión, ni siquiera con Ofelia. Él había podido mantenerse al margen gracias a una conveniente agregaduría en una sede diplomática del otro lado del mundo, pero su calidad de militar lo encuadraba dentro de las generales de la ley. Prefería no rememorar esas épocas nefastas.
— Ofelia, sé que estoy mucho tiempo fuera de casa, lejos de mi hijo. No es lo que me gusta, pero es lo que tengo que hacer. En este último viaje las cosas se demoraron un poco más de lo previsto, pero ahora me voy a quedar.
— Hacés bien. Un varón tiene que estar con el padre. El padre tiene que educarlo, enseñarle. Lo mismo que a vos te enseñó el patrón. Vos sos más su hijo que lo que son las pitucas esas de las hijas, o de lo que alguna vez fue el nieto.
Se sorprendió de la capacidad de penetración de Ofelia.  Ensayó una sonrisa triste y ella se levantó a tirar la yerba. Terminó la conversación.
— Andá, todavía  debe estar esperándote. Es más duro para dormirse...





Buenos Aires,  Cuartel general de la Orden del Temple. tercera semana de mayo, por la mañana



— Señor...
Se volvió apenas en el sillón giratorio hacia la puerta del despacho. Conrado Seoane. El "señor" sonaba siempre forzado entre los dientes del subteniente, que nunca lo llamaba por el rango. No podía decirle nada. No se habían cruzado en una situación pública tal como para que el otro tuviera que hacerle la venia o manifestar de alguna manera su reconocimiento hacia la superioridad de sus jinetas de coronel.
Mocoso de mierda. Un "criadito", lo mismo que yo, pero con más ínfulas que una puta cara.
Cuando regresó a  Buenos Aires a finales del '83, después de casi seis años de ausencia, lo encontró en la estancia jugando con las mujeres en la cocina. Un angelote rubio con ojazos de un azul tan profundo que lastimaba.
La versión oficial hablaba de una chinita de Nueve de Julio — una de tantas —, seducida por el maduro atractivo de Conrado Seoane senior, todopoderoso mayordomo de la estancia grande y yerno del viejo. Todos la habían comprado sin rechistar, inclusive Dora, interesada directa en el oscuro asunto, en tanto esposa cornuda. Desde la muerte accidental de su marido, Dora se hundía en un ciclo maníacodepresivo tras otro  y como no podía prestar atención al mocoso que le evocaba la infancia del suyo propio, lo mismo que con su hijo mayor había dejado la crianza en las manos de su padre. Si hubieran debido criar en la estancia a cada hijo del mayordomo, habría batallones de gringuitos arreglando los alambrados.
La historia real de Seoane junior era bastante más turbia pero nadie se hubiera atrevido a evocarla. Seoane había llegado a la estancia en la primavera de 1977, envuelto en una frazada blanca de hospital y berreando como un ternero muerto de hambre. Sólo había hombres de uniforme acompañando al Brigadier y a su padre el mayordomo, en el auto sin patente en el que habían traído al mocoso. Ofelia había recogido sin preguntar el paquetito rubio, gritón y sin nombre, y se había ocupado de cambiarle los pañales, darle una mamadera y poner en condiciones una cunita arrumbada en el cuartito de los trastos viejos.
Si había habido alguna explicación, había sido dada frente al escritorio inmenso del viejo, en el estudio al que nadie entraba cuando se cerraba la puerta. Cuando padre e hijo salieron, el Brigadier le hizo una seña a Ofelia: “Se queda”.  Nadie osó cuestionar la decisión del tatita de criar al mocoso como si fuera un miembro más de la familia.  El “hermanito mayor” estaba fascinado con el borrego: lo mimaba y malcriaba como si fuera de su misma sangre. Ante la pregunta de algún desprevenido, el Brigadier aseguraba que era su hermanito,  el “hijo de la vejez” de sus padres. La única vez que vi a ese hijo de puta demostrar cariño por alguien. Dejó las meditaciones de lado por un momento para prestar atención.
— Diga, Seoane...
— Los registros contables del comprador francés — le tendió las hojas de impresora, sin agregar otro "señor".
— Gracias. Puede retirarse.
Seoane giró marcialmente sobre un talón, picó la punta del pie derecho y salió, vista al frente y sin mirar.
Me aborrece por reflejo de lo mucho que me aborrecía el otro. Si supiera que ni siquiera me importa lo suficiente como para devolverle el sentimiento...  Se encogió de hombros .
“Se va a tener que acostumbrar al odio, José”, le había dicho una vez el viejo. “Su puesto genera odios de parte de la gente más inesperada. Que lo odien, mientras le tengan miedo. El miedo se huele y cuando uno le aprende el aroma, reconoce a los que le temen y los usa en su beneficio.”
Volvió a los papeles: tienen bastantes quilombos. Y encima le dio por jugar al político importante.  Fanfarrón y bocón como todos, no sé de qué me asombro. Como si los de acá fueran diferentes. La misma mierda con diferente nombre. Nunca le había gustado el hombre y ahora le gustaba menos.
El tatita se había hartado de las nuevas "degeneraciones" de políticos.
— Parece que no hubieran aprendido nada— rezongaba —. Mire al mico éste: las ovejas lo votaron como si fuera la última esperanza del resurgir nacional y ya las traicionó. ¿Sabe qué es lo peor de este mico? Que no tiene palabra. ¡Y se quejaban de Perón y de sus ministros! ¡Pero por favor! —  renegaba el tata —. No me van a comparar, ¡Perón era inteligente! A éste y a su cría, su propia corruptela los embruteció. Pero todo se paga. Mientras tanto, él juega al emperador latinoamericano y se rodea de la Corte de los Milagros.
A medida que concluían los negocios pactados, La Orden se apartaba de los círculos económicos y políticos locales y volvía a poner miras en el exterior. Los escándalos políticos, judiciales y diplomáticos por coimas ya ni siquiera merecían notas en los diarios, aunque involucraran la venta del patrimonio del Estado a precios viles y en condiciones más viles todavía. Las peleas a los gritos en el despacho principal de la Casa Rosada eran por ver quién se quedaba con la mejor parte de un negociado.
El viejo dio la orden de apartarse de los contactos en el gobierno, operadores y lobbistas confiados en la impunidad sin límites de la que parecían gozar los miembros de un Gabinete que oficiaba de nexo con los parientes, amigos y entenados de turno. Tanta exposición pública terminaba siendo perniciosa.
Ni siquiera esos nuevos que habían aparecido en medio de una dudosa alianza contra el partido reinante les merecían confianza. Alianza un carajo. Se están despedazando entre ellos como hienas.
 Había que prepararse para la crisis brutal que asomaba en el horizonte, y fortalecer las empresas y operaciones tradicionales. Diversificar, reinvertir en el exterior, afianzarse y capear el temporal, con plazos de por lo menos veinte años. El viejo planificaba con asombrosa sangre fría un terreno que jamás vería.
A veces me pregunto si no sería mejor trasladarnos de una vez por todas a Nueva Central. Suspiró ante la conclusión de siempre. El centro operativo tiene que estar en donde están las necesidades inmediatas, pero el centro neurálgico necesita de la inmensidad silenciosa de la tierra para meditar cada paso. El poder debe ejercerse en soledad, y si la soledad es ascética, mejor. Se evitan las tentaciones. Sin odio, sin rencor, sin piedad. Sólo lo que hay que hacer. La cabeza de la Orden se queda acá. El cuerpo es el mundo, pero la cabeza descansa en lugar seguro.
El viejo se había quedado callado, mirándolo.
— Acá es mejor. Las decisiones de poder se toman en soledad y silencio.
Él había asentido sin hablar. No era necesario.

martes, 16 de septiembre de 2008

La dama es policía - Capítulo 12


Crio. Auguste Massarino
PARÍS, PRINCIPIOS DE OCTUBRE DE 1996
—Que hiciste qué? —Auguste mordió las palabras, más que pronunciarlas en voz baja, mientras golpeaba el escritorio y se ponía de pie, empujando el sillón hacia atrás. El hecho de que no gritase era señal inconfundible de furia asesina.
Ella lo miró impasible, sin abandonar su asiento, mientras Auguste rodeaba el escritorio en dos zancadas, para sacudirla por los hombros.
—¿Te volviste loca? ¡Por Dios! ¿Cómo carajo se te ocurrió?
Odette trató de mantener la calma mientras explicaba como si su hermano fuera deficiente mental.
—¿De dónde íbamos a conseguir las preciosas cartas para Dubois? ¿De la embajada? ¿O pensabas presentarte en el puerto de Monte Carlo, placa en mano, a preguntar si alguien estaba dispuesto a cola-borar con la Brigada Criminal? Tienen que ser comprobables, desde el membrete hasta la firma. ¡Deben ser reales! Si no, ¡es lo mismo que mandar a Dubois al pelotón de fusilamiento!
—¡Desapareciste cuatro días! —rugió Auguste sin mirar siquiera los papeles que ella había dejado sobre el escritorio.
—Marguerite te avisó— Odette apoyó los codos en la madera y la frente en las palmas.
—¡Menos mal! ¡Gracias a eso me enteré y estuve un poco menos preocupado! — se detuvo para respirar y bajó la voz —¿Te das cuenta del problema en que estás metiendo a la familia?
—La familia estaba perfectamente al tanto de lo que fui a hacer.
Auguste la miró a medias sorprendido.
—De hecho— Odette continuó—, Renzo y Ciro me acompañaron. Me demoré para esperar esos papeles.
—¡Y volviste en tren! ¡Desde Nápoles! ¿Por qué no tomaste un puto avión? —otro sacudón al sufrido escritorio.
¿Auguste diciendo palabrotas? Debe estar enojado de verdad. Dios santo, es un hinchapelotas. Odette se levantó tratando de contenerse para no patear la silla. Después de todo, el mobiliario pertenece al Estado.
—Porque quería dormir. Tomé el primer vuelo que encontré y llegué a Milán. De ahí, otro avión a Nápoles. Después a Ischia. Después el velero a Capo Calavà. Esperé los papeles y Renzo me llevó de vuelta a Ischia. Quería dormir un poco.



Marcel entró sin golpear. Llegaba tarde a la reunión con el comisario y las caras de culo que encontró lo dejaron frío. Murmuró una disculpa y volvió a salir, pero antes de que pudiera cerrar la puerta, Odette la sostuvo, salió y cerró.
El vestido negro de lana le disparó la adrenalina. Intentó despegar los ojos, pero fue tan obvio que ella le disparó una mirada asesina. Giró acompañando su paso mientras trataba penosamente de encontrar una disculpa: el puto vestido era tan devastador cuando llegaba como cuando se iba. Inesperadamente ella giró la cabeza y con una extraña sonrisa le dijo:
—La barba te queda bien, Duque de Mantova —y se encerró en su cubículo detrás de una montaña de papeles. Él sonrió, algo más relajado ante la pequeña broma privada. El sargento Foulquie observaba la escena en silencio, y Marcel lo miró con expresión culpable. Foulquie le sonrió con los ojos.
—Yo no lo intentaría, teniente —comentó en voz baja.
Marcel frunció la frente y lo interrogó con un gesto. El otro explicó a media voz:
—En el tiempo que llevo aquí, que es bastante, nadie... Repito: nadie... pudo acercársele más que para entregarle papeles. La dama tiene una gentileza que desarma hasta que intentan pasarse de la raya. Entonces, un glaciar es más simpático.
El cabo Bardou se unió a los comentarios, codeando al sargento.
—Coto de caza privado, Foulquie —y con la cabeza señaló la oficina de Massarino.
—No seas idiota, Bardou. Qué saben —rezongó el otro.
—Dicen... —respondió Bardou, encogiéndose de hombros—. ¿Por qué cierran la puerta cuando están juntos? ¿Para que no los escuchen? —Foulquie hizo un gesto con la mano y le dio la espalda, pero Bardou insistió: —¿O para discutir? Porque discuten, ¿eh?...
—Seguramente les guste ese estilo —acotó venenosamente alguien de uniforme. Una rubia muy, muy atractiva, esa cabo Sully, muy del tipo que le gustaba a él. Había estado a punto de invitarla a salir un par de veces, con la seguridad de que ella no lo rechazaría. El día que tenía pensado arreglar una cita con la rubia, Massarino lo había asignado al caso con Marceau.
—No sé qué le ven. A ella, digo. A Massarino —siguió la cabo, bajando la voz— lo pasaría por las armas de todo corazón —y miró a Marcel con idéntica vocación por el fusilamiento— Ay, teniente, parece D'Artagnan con la barba.
Pasó a su lado y le acomodó el mechón que se le había deslizado por la frente, mientras Bardou le hacía un gesto cómplice. Marcel le sonrió a medias a Sully, dándose cuenta de que lo hacía casi por compromiso.
—Imbéciles —murmuró Foulquie mientras volvía a su escritorio.
Marcel se detuvo un instante antes de entrar en la oficina del comisario. ¿Qué le ven? La forma de congelarte o incendiarte con la mirada. Cómo te pasa cerca. Cómo camina. Cómo le quedan los vestidos negros.

Auguste hizo el intento de cambiar la cara cuando Dubois entró, pero falló.
—Lamento llegar retrasado, comisario.
—Está bien —Auguste suspiró pesadamente al tiempo que aflojaba las mandíbulas—. Estas son las cartas de recomendación que necesita. ¿Tiene listo el resto de la documentación personal?
—Sí, señor. Las fotos las haré después, cuando me corte el pelo— y se lo tiña, recordó Auguste, pero no eran cosas de decir entre hombres grandes.O policías. Teñirse es cosa de futbolistas y de actores de cine, no de canas, razonó.
— Excelente falsificación— decía Dubois repasando la cartas.
—Son auténticas, teniente. Desde el membrete hasta la firma y el sello— vio la sorpresa pintada en la cara del otro mientras continuaba —.Este dossier es para que lo lea antes de partir.Es información sobre el príncipe Al Faid que podría llegar a necesitar: fotos, fechas, situación del país, cosas así.
Dubois asintió con la boca abierta y la cerró para tartamudear.
—Señor... no esperaba algo tan... real.
—Nos permitimos hacer lo propio con sus datos para el príncipe — Auguste continuó, sin responderle—. El conocimiento debe ser mutuo. Esta gente sin duda verificará por partida doble los datos que usted les dé.
Odette había preparado todo a sus espaldas y eso lo ponía furioso. En realidad, lo que más lo irritaba era no haber previsto lo que ella haría. En fin, lo usual con Odette, pensó con un suspiro furioso. Dubois hojeaba los papeles con expresión de perplejidad cuando sonó el teléfono. Se sobresaltó y tomó mecánicamente el auricular del interno. La campanilla siguió sonando; era la línea directa.
—¡Hola! —respondió bruscamente.
Augusto, sono mamma.
El corazón le dio un vuelco.
Mamma, cos’è successo? - ¿Qué pasó? Auguste sintió que se le retorcía el estómago.Dubois se levantó y salió del despacho,cerrando la puerta.
—Nada, querido — Lola continuó en italiano—, pero quería hablarte de tu hermana.
Dios, ¿y ahora qué? Algo se complicó. Cuando corte, la mato. Golpeó al pobre escritorio, tan fuerte que su madre debió escucharlo del otro lado del teléfono.
Figlio mio, debes confiar en Odette. Ella jamás, jamás haría algo que pudiera perjudicarte. No a nosotros. A ti. Te ama, Augusto. Su única preocupación al venir y hablar con... —Lola no pronunció el nombre. Madre de un cana. —...con ellos... era que nada de lo que ocurriese aquí pudiera afectarte personalmente o en tu trabajo. A te, Augusto, capisci?
Se sintió un absoluto gusano.
—Pero si yo...
—Figlio mio, te conozco. Ellos van a ayudar. De verdad.
Auguste podía imaginar la sonrisa resignada de su madre.
—Ya lo hicieron, mamma. Lo que Odette consiguió es... increíble.
—Harán más. Son gente de honor. Yo te llamaré para mantenerte al tanto. Un beso y un abrazo a Nadine y a mis nietos.
Ciao, mamma. Baci a tutti.
Sin duda, papá estaba junto a la mamma mientras hablaban. Y alguno más. Estas cosas se hacen en familia. Se recostó en el sillón. Entonces mamma sería el “correo”: la intermediaria perfecta. Se levantó para hacer pasar a Dubois.
—Era mi madre. Cosas de familia —se disculpó mientras el otro sonreía comprensivo.
El teléfono volvió a sonar. Esta vez sí era el interno. Hizo un gesto de resignación y levantó el auricular correcto.
Augusto, scusami — era Odette, pidiéndole disculpas.
Scusami tu —cerró los ojos y giró el sillón para que el teniente no viera su expresión culpable.
Non avrei dovuto prendere il treno... (1)
Se reprochó por enésima vez el haberle gritado por lo del tren de porquería.
Non fa’ niente. Ci vediamo stassera?(2)
Va’ bene.
Strega.
Cretino.
Bien, la familia reunida otra vez: mi mujer, mis hijos y mi hermana. Sonrió satisfecho.La sonrisa casi se le congeló cuando después de colgar recordó que Dubois también hablaba italiano. Tengo que pedir que Mantenimiento cambie este interno de mierda. El parlante del auricular amplifica demasiado y se escucha al que habla del otro lado. Bah, tampoco fue una conversación importante. Cosas de familia.


Marcel reconoció instantáneamente la voz del otro lado. Así que coto de caza privado. ¿Pero quién sale de cacería? Apretó la boca para que el gesto de irritación no lo traicionara.
La alianza de oro en la mano del comisario no era garantía de fidelidad. ¿Y ella se tomó el trabajo de aprender italiano para darle gusto? No me parece del estilo de darle gusto a nadie. La llamada de disculpas pareció más una segunda oportunidad para Massarino que para ella.
Chocolate en estado puro. El solo aroma te hace desear probarlo, aunque sepas que te deja la boca amarga. No, viejo. Lejos de la tentación, lo más lejos posible. Aunque me muera por saber a qué sabe, capitán. La sonrisa de Massarino terminó de arruinarle la mañana y lo dejó de muy, muy mal humor para el resto del día.


Scilingo admitió que hubo unos 200 vuelos de la muerte - Infobae.com
BUENOS AIRES, PRINCIPIOS DE OCTUBRE DE 1996
—El Tano nos cagó —dijo el Tigre mientras le pasaba el diario.
La foto del “Tano” acompañaba un titular y notas de varias páginas. Un arrepentido y la puta que lo parió. Sintió intensos deseos de reventarle los sesos a patadas.
—Tranquilos. No nos pueden hacer nada —comentó Mengele.
Tenía razón. Nadie podía tocarlos. Ése había sido el arreglo para la “pacificación nacional”
—Dejálo que hable al pedo— insistió el doctor.
—Tengo una idea mejor —se le acababa de ocurrir —.Llamen al Turco. Que lo tape de mierda hasta la nariz. Que lo enganche con algo y lo entierre.
—¿A cuál? Digo, cuál Turco... —preguntó el Tigre, con los ojos muy abiertos.
— ¡Al Camionero, pelotudo! Se enganchó en la custodia, ¿no?
—Bien pensado, capi —el Tigre sonrió, más tranquilo.
—Mayor, nene. Ahora soy mayor.
Se rieron a carcajadas. El negro de mierda ascendió a teniente coronel. El pensamiento le amargó su propia promoción.
—Esperen —Mengele, siempre tan puntilloso, tan memorioso —¿Qué sabe el Tano de la operación nueva?
—Nada. Ya estaba afuera cuando empezamos.
—Pero lo del franchute... la encomienda.
—¡Cómo no va a saber, si él lo llevó al hotel!
—Entonces...
—¡Pero quién carajo se acuerda!
Mengele dio media vuelta y salió sin contestar.
—Hacete el vivo y tratá de poner un pie en Francia, y vas a ver cómo se acuerdan —chicaneó el Tigre.
—No necesito estar para dirigir las operaciones —fanfarroneó—. Les di las instrucciones, la forma de hacer los operativos, de entrenar al personal... —se rieron a carcajadas.
—Briga, sos un hijo de puta —en ese tonito admirativo que cambiaba el sentido del insulto.


—Hay problemas —comentó Mengele, preocupado.
—¿Otro arrepentido?
—No. Algo referido a nuestra encomienda.
—¡Pero carajo, basta! Eso está terminado hace años. El tipo debe de estar muerto hace rato.
—Sí. Pero tenía familia.
—¿Y?
—Parece que aparecieron.
—Repito: ¿y?
—¿No sabés? Alguien contactó al Tano en la cárcel.
—No puede salir del país aunque lo larguen. El Turco hizo bien las cosas. Está hasta la jeta en no sé qué quilombo —reaccionó ante la información —¿Quiénes son? Los que lo fueron a ver...
—No sé. Otros tanos. Parientes, pareciera. De afuera.
—¿Y qué tiene que ver con la encomienda?
—Los escucharon, ¿entendés? Siempre escuchan cuando es uno de los nuestros. Y los tanos le preguntaron por ese asunto. Nada más que por ese asunto. No me gusta una mierda.
—¿Qué más? —la conversación había tomado un giro que no esperaba.
—Hablé con el contacto francés. Comentó que están pasando cosas. Cosas raras...
El Brigadier lo interrogó con una mirada que erizaba los pelos de la nuca.
—Se está armando algo dentro de la Brigada Crimi-nal. La misma de la que vino la encomienda — explicó el doctor.
—¡Ya sé, ya sé! ¿Y? —el tono cambió de impaciente a violento —¡No te hagas el misterioso, Mengele! ¿Qué pasa con la Brigada?
—Parece que es un operativo del que nadie sabe mucho. Habló de cuerpos especiales. No se sabe quiénes son. Pero parece que manejan asuntos gordos. A nivel internacional.
—Si la Interpol está metida, no hay problema. El viejo se encarga de que no jodan. Tiene buenos contactos —se rió sobrador, con una tranquilidad que estaba dejando de sentir.
—No, no es la Interpol. Es francés. Andan atrás de cosas grandes, jodidas, pero con mucho cuidado, ¿entendés? Nada de publicidad, nada de uniformes. Todo muy calladito. Ya hubo otros operativos que anduvieron bien. El asunto del tráfico de bebés, por ejemplo.
—No me vas a decir que con eso no pudieron saber de quiénes se trata.. Hacé el favor...
—Sí te lo voy a decir —Mengele encajó la mandíbula para no putearlo —Nadie larga información, ni para los diarios. Cuando se destapó la olla de los pibes, se mencionó solamente a la Prefectura de París, sin especificar nada más. Sin nombres ni fotos. Saltaron un par de capitostes en una secretaría de no sé qué, gente de guita en cana, pero sin demasiado ruido en los medios. No quieren levantar la perdiz, tanto que ni la propia gente de ellos está segura de quiénes son.
—¿Y el contacto cómo mierda sabe del “escuadrón secreto”, entonces? —burlonamente incrédulo.
—Siempre algún boludo deja escapar algo. Pero esto es en serio. Parece que después de la buchoneada al boludo le dieron el traslado.
—¿Boleta? —preguntó el Tigre, sorprendido.
—No, animal. Lo trasladaron al interior. A un pueblito de mierda —contestó Mengele, moviendo la cabeza—. Así que chau, no hay más rumores. Pero no me gusta.
—A mí tampoco —murmuró el Brigadier, apretando la mandíbula en un gesto sombrío—. A mí tampoco.


(1)No debería haber tomado el tren
(2)No es nada. ¿Nos vemos esta noche?