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lunes, 25 de julio de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 23

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. ULTIMOS DÍAS DE JULIO

Julio en París
Golpearon a la puerta y Michelon supo por el modo de llamar, que era Odette. Sin soltar el auricular, le indicó el silloncito delante del escritorio con un movimiento del mentón y después de cortar, pidió cafés. Laure entró en puntas de pie, dejó las tazas sin hacer tintinear las cucharitas y se fue con la discreción con que un ratón se escapa del gato de la casa. Michelon espió a su subordinada por encima de la taza, con los ojos entrecerrados: Odette no había tocado su café. Madame apretó los labios, disgustada, y aferró el cortapapeles, a medias consciente del gesto.
— Marceau, ¿ha estado solicitando estudios no autorizados a los forenses? — se arrepintió de inmediato de usar los apellidos, pero ya era tarde. La otra acusó adecuado recibo de la forma en que se dirigía hacia ella y hubo un cambio sutil en su actitud física. Para colmo conseguí ponerla en guardia.
— ¿A qué caso se refiere, Madame?
Michelon tomó una carpeta gris que coronaba una pila ordenada.
— La prostituta del XII° y...la del Bois-de-Vincennes.
— Le pregunté a Bedacarratx si se podía avanzar con algún estudio de huellas de mordidas. En el cuerpo del Bois se encontraron marcas correspondientes a mordidas y quería asegurarme de no estar desechando ninguna evidencia.
— Usted conoce el procedimiento y los reglamentos. Desde el momento en que interviene un juez, éste tiene potestad sobre cada caso.
— ¿Y entonces...? — La expresión de Odette había adquirido una cualidad marmórea.
— La oficina del forense tiene órdenes concretas. El caso del Bois está cerrado.
Dejó que la frase flotara en el aire del despacho hasta abrirse paso en la conciencia de su subordinada. La boca perfectamente delineada se deformó en un insulto que su propietaria no llegó a pronunciar en voz alta. Michelon le tendió el fax recibido hacía menos de una hora, y le pareció que Odette leía cada palabra como si quisiera quemarla con los ojos.
— Pienso continuar investigando. Este papelucho — Odette tiró el fax sobre el escritorio —, no dice nada sobre el otro caso y hasta tanto no tengamos notificación, seguiré adelante. Con forense o sin él.
Así me gusta, comisario Marceau: cuando se enfurece, trabaja mejor. Madame guardó el fax de mierda.
Odette se sostuvo de ambos brazos del sillón para ponerse de pie. Michelon sabía que no era un gesto de derrota sino que estaba intentando no arruinar el mobiliario del Estado con un exabrupto físico. El cortapapeles hizo un clac sonoro sobre el escritorio.
— No espero menos de usted— comentó mientras sostenía la mirada de brasas.
— Gracias, Madame — su subordinada sacudió la cabeza, dio media vuelta marcial y salió del despacho.

 PARÍS, CONSULTORIO DE LA DRA. MEINVIELLE. MEDIADOS DE SEPTIEMBRE

— ¿ Y bien, hoy está mejor dispuesto?—Meinvielle lo espió por encima de los lentes de medio marco.
La sesión anterior había concluído algo abrupta: lo había echado del consultorio. “Ud. no se siente subalterno de su mujer, se siente inferior”, había soltado la vieja en tono profesional. “Váyase a la mierda”, le gritó él y Meinvielle lo miró durante un rato muy largo, cómodamente recostada en su sillón, ambos sumidos en un silencio que se cortaba con cuchillo. “Madure, Marcel, pero no para complacerme a mí”.
Había rumiado su descontento todo el fin de semana, el lunes y el martes, sin querer dar el brazo a torcer. Si por lo menos me hubiera peleado con alguien. Mierda. Y encima, la prohibición estricta de “compartir el domicilio” con Odette. No basta con que me sienta un criminal: la vieja de mierda tiene que recordármelo a cada rato. “Tiene que superar esta etapa, Marcel. Más adelante incorporaremos a Odette a la terapia”.
La situación le destrozaba los nervios. ¿O es el asunto de Alessandra me está desquiciando? Me acuesto con la tipa que quiere liquidar a mi familia, yo incluido. Alessandra había tomado la poco saludable costumbre de meterse en la vida y en la cama de Marco Delbosco con cualquier pretexto.
Agosto había transcurrido incómodo y caluroso, y para peor, los cursos en C* se suspendían por el período de vacaciones. Encontrar excusas para Odette por sus continuas desapariciones se le había vuelto casi imposible. Por lo menos la prohibición de convivir sirvió para algo. Sólo podían encontrarse en lugares públicos, donde no fuera posible establecer alguna clase de intimidad.
Odette esperaba pacientemente en su despacho a que él decidiese hacer acto de presencia y jamás preguntaba por la marcha de las sesiones. Lo debe deducir de mis caras de culo y mis euforias psicóticas.
“Estoy un poco inestable”, se había disculpado y ella le había tomado las manos por encima del escritorio: “Ya se te pasará, casi siempre es así cerca del punto clave de la terapia”. Punto clave de la terapia un carajo. Me muero por hacerte el amor, había maldecido para sus adentros.
— ¿Tiene ganas de charlar? — insistió Meinvielle, llamando su atención.
Asintió lentamente.
— Anoche... se repitió esa pesadilla de la que le hablé. No la de mis padres. Esa ... ya la superé.
— Lo escucho.
— Yo... la veo... ella tiene los ojos vendados y está en la cama con un tipo. Hacen el amor, él se levanta y se aleja. Ella no me ve, no sabe, cuando le disparo a él... muchas veces. Escucho cliquetear el gatillo en vacío... y sigo... — la transpiración le corría helada por la espalda —. Después... me acerco a la cama... la penetro. Mi pene es metálico y ella grita que la lastimo... Entonces le arranco la venda...y la estrangulo. — cuando terminó, estaba empapado en sudor y no podía pensar siquiera en mirar a los ojos a Meinvielle. Contó los latidos que le llevó calmarse y respirar normalmente.
— ¿A quién estrangula, Marcel: a la mujer real, o a todo lo que odia en ella? ¿Quién es el hombre que se levanta de la cama?
— No sé. Nunca le veo la cara — gruñó sin mirarla.
— Eso no tiene nada que ver: Ud. sabe perfectamente quién es él. No lo conoce, pero lo sabe —cruzaron miradas como espadas —. Lo sabe, ¿verdad?
— Lo sé.
— Dígalo.
— ¡Con qué objeto! — estalló.
Meinvielle suspiró resignada.

— Los humanos ciframos mucho de lo que somos en las palabras. Cuando el hombre aprendió a hablar, relegó sus demás sentidos y capacidades en función del habla. Tanto es así que no recordamos concientemente nuestros primeros años de vida, nada más que porque nuestra memoria está diseñada para registrar recuerdos en forma de conceptos verbalizados. El psicoanálisis y todas sus escuelas se basan en poder hablar libremente de los sueños y recuerdos, buenos o malos, e incorporarlos a la vida consciente. Ya comprobó cómo el hecho de que su padre le explicara la relación con su madre hizo que pudiera verlo desde un punto de vista completamente distinto al que mantuvo durante casi veinte años.
"Jean-Pierre ya no es un monstruo violento, sino un hombre desgraciado superado por las circunstancias, con un sentimiento de inferioridad que su madre alimentó, aun de forma inconsciente. Ahora, volviendo a Ud. que es lo que nos ocupa...— hizo un ademán con la mano, invitándolo a hablar.
— Ese hombre al que no puedo verle la cara...— el esfuerzo le hacía doler las mandíbulas —, es...Jean-Luc, el marido de Odette — enterró la cara entre las manos.
— Y Odette no puede verlo a Jean-Luc ...— ella aguardó su respuesta.
— ...porque yo soy quien le venda los ojos — admitió sin levantar la cabeza.
— Bien. Un primer paso muy importante. Siga.
— Hacia el abismo.
— Vamos, tiene paracaídas. Abra los ojos.
Suspiró y tragó saliva.
— Yo... la odio... porque... está con otro hombre... Con él.
— Nómbrelo. Exorcíselo de una vez.
— Con Jean-Luc.
Meinvielle dejó pasar un silencio y cambió el tono de voz.
— ¿Las circunstancias en las que usted y Odette se conocieron tienen alguna relación con Jean-Luc?
— Sí — pudo decir después de unos segundos —. Indirectamente sí.
— ¿Por qué ”indirectamente” ?— quiso saber la vieja.
— Ella siguió esa investigación durante diez años.. a raíz de la muerte de... su marido...
Meinvielle interrumpió con un retintín irritado en la voz.
— “Ella” tiene nombre y “su marido” también. ¿Ya comprendió que cuando se refiere a Odette en relación con otro hombre, deja de ser “Odette” o “mi mujer” para pasar a ser “ella”? ¿Tanto detesta su pasado que no soporta nombrarla en relación a él? — Marcel se quedó mirándola sin atreverse a respirar y Meinvielle siguió—.Todos tenemos pasado. Mejor o peor, pero intrínsecamente nuestro y cuando nos relacionamos, lo llevamos con nosotros. ¿Qué hay del suyo, Marcel? Usted me relató lo que descubrió de su familia materna. ¿Qué responsabilidad tiene usted en los hechos de su abuelo? Y sin embargo, él es parte de su vida. Desencadenó la infelicidad de sus padres y por ende, la suya. Pero hoy usted es un adulto y esas cosas forman parte de su pasado. ¿Odette lo rechazaría por ser el nieto de Marcello Contardi?
Marcel se miró las manos un rato muy largo antes de continuar.
— Odette siguió esa investigación a causa de la muerte de Jean-Luc. De hecho, lo asesinaron cuando él había logrado rastrear la organización. Odette retomó los pasos de Jean-Luc, continuó hasta tener un caso armado y le dieron vía libre para seguir adelante. Nos infiltramos, ambos; ella como rehén, yo como representante de un posible cliente.
Trató de explicar todo el operativo sin explayarse mucho en las atrocidades. Meinvielle mantuvo la expresión inmutable hasta el relato del “audiovisual”.
— Odette fue seleccionada... para — tragó saliva y continuó—, la etapa final: los "audio" que yo había visto tantas veces... Ella debía ser la prueba de que el condicionamiento había funcionado en mí.
— ¿Cuál fue su reacción?
Marcel la miró con la boca entreabierta, antes de responder en un murmullo.
— Yo... le arranqué ... la venda y ... levanté el arma. No podía controlarlo.
— Iba a disparar — era una afirmación y él se quedó mudo. Algo húmedo le quemó la cara. No lo sé. No estoy seguro.
Meinvielle dejó transcurrir un silencio.
— Usted no es un sujeto fácil, Marcel, ¿ya se lo había dicho? ¿Nadie lo evaluó luego de actuar en esa investigación? — rezongó la vieja.
— Creo que ninguno de los que trabajamos en el caso esperaba llegar adonde lo hicimos o encontrarnos con ... con la gente con la que nos topamos. Tampoco esperábamos las consecuencias. Yo nunca las esperé.
— ¿Qué ocurrió además de lo que me acaba de relatar? — la vieja casi saltó sobre su última frase con una capacidad de percepción que lo sorprendió.
Mi propio infierno...y mi culpa. El pecho le dolía con una intensidad que ya no podía soportar.
— Yo... no sé. No estoy seguro...— vaciló.
— En todas las sesiones que mantuvimos hasta ahora estuvo absolutamente seguro de lo que decía, recordaba o sentía. ¿Qué es lo que lo hace dudar?
Se sostuvo de los ojos de la psicóloga como de un salvavidas.
— El tipo... el que maté en el Bois de Boulogne... y ella...
— ¿”Ella” quién? ¿Odette? — Meinvielle se acodó sobre el escritorio y apoyó el mentón en las manos entrecruzadas.
— Odette...— repitió en un susurro—. Él... Yo sé lo que les hacen — sacudió la cabeza asintiendo—, las vi en la morgue: cómo las golpean y las marcas que les dejan en el cuerpo. No quise vérselas a ella, lo mismo que no quise ver su mirada de animalito asustado. Estaba ahí, viva y era lo único que me importaba.
— Entonces...
— ¡Entonces ese hijo de puta la violó! — las palabras lo desgarraron como una infección—. Hubiera querido matarlo lentamente... pero no pude — la mano derecha se le cerró sobre una culata imaginaria. Una, dos, cinco, siete veces había gatillado, más, más, hasta los clics en vacío mientras gritaba y lloraba.
— ¿Odette se lo dijo?— Meinvielle lo miró penetrante.
— No, jamás hablamos de eso...
— ¿Por qué no?— la psicóloga se replegó en su asiento como una araña vieja.
— Ya pasó — no quería mirarla.
— ¿Pasó? — la voz burlona lo enfureció.
— ¡ No! ¡No, pero no puedo soportarlo! — golpeó el brazo de su sillón con el puño cerrado.
Meinvielle se volvió de piedra gris, severa y fría.
— Por supuesto que es insoportable. Es una tragedia para una mujer, sobre todo porque el dedo acusador no señala al culpable sino a la víctima— lo miró por encima del marco de los lentes—. Ellas se lo buscan, ellas provocan. Ellas son infieles— le asestaba con saña cada frase—. Ud. no soporta que Odette haya pertenecido a otro hombre, a Jean-Luc o a nadie más, ni siquiera a un violador, y en su sueño Ud. la castiga. Mata a los otros para vengar su honor de macho y la mata a ella por haberse atrevido a ser de otro que también la amó y de otros que la torturaron. Porque es una puta que no merece otra cosa.
— ¡No es así! — sollozó y escondió la cara.
Meinvielle lo dejó desahogarse. Cuando levantó los ojos, la vieja leyó admirablemente en él.
— Es así.
— Dios mío — sacudió la cabeza, sintiéndose horriblemente culpable —, yo la amo...

— Pero asocia su amor a la posesión. Marcel, el otro no es una cosa. No lo poseemos, salvo en tanto y en cuanto el otro nos lo permite porque nos ama, se somete o lo sometemos. Cuando hay amor no hay posesión ni sometimiento, sino entrega. El otro no le pertenece: Ud. pertenece al otro y como el sentimiento es mutuo, la relación prospera. Ese es el inconveniente más grave de la pasión: los amantes se poseen, se pertenecen y terminan ahogados por su propia locura. Si hay amor, la pasión queda saludablemente encerrada en el dormitorio y se puede convivir con el resto de la Humanidad en buenos términos. Si hay amor, hay confianza. Los amantes son celosos. Los que se aman son libres. Pueden compartirse porque son fuertes en sí mismos y juntos. No se miran el uno al otro ciegos al resto, sino que miran juntos en una misma dirección.
Marcel se sostuvo la frente con una mano, exhausto. Después de un rato susurró:
— Fue mi culpa... Yo desobedecí órdenes de no apartarme de su lado. Si me hubiera quedado... él no la habría...
— No se vive en subjuntivo, Marcel. Los hechos se conjugan sólo en el modo indicativo. Si Ud. no la hubiera dejado sola, quizás ese hombre los habría matado a ambos. Usted podría haberla defendido o no hubiera podido evitar nada de lo ocurrido. Teorías, suposiciones, what-ifs . La vida es concreta. Esta es su vida y la de su mujer. Tómelas a ambas y ámelas.
Marcel dejó caer ambos brazos a los costados del sillón, el cuerpo desmadejado mientras los ojos le vagaban por el consultorio y la psicóloga seguía hablando.
— Hable con ella, Marcel. Cuéntele sus dudas y sus miedos. Pregúntele lo que quiere saber. Porque usted quiere saber, ¿verdad? Quiere escuchar de sus labios lo que usted sabe que ocurrió. Quiere la prueba de que ella confía en usted, que usted es el único hombre en su vida y que ella sabe que usted puede protegerla, porque, ¿sabe una cosa? Ella tampoco ha vuelto a confiar en nadie. La golpearon mucho, en muchos sentidos y sólo usted puede hacer que ella cambie. Debe enseñarle a confiar.
Marcel se la quedó mirando como si acabara de descubrir el sentido de la vida y de las palabras.
— Entiendo...— susurró.
— No esperaba menos — sonrió la vieja —. Terminamos por hoy.

PARÍS, LA DÉFENSE. LA NOCHE SIGUIENTE
Titubeó tanto antes de entrar al edificio que el portero se acercó con actitud vigilante.
— ¡ Teniente Dubois! — Nazaire lo saludó con efusividad— ¡Cuánto hace que no viene!
Tan contento de verlo estaba el viejo que lo acompañó hasta el ascensor, llamándolo “teniente” varias veces. Cuando le aclararó por enésima vez que ya era capitán, el viejo lo felicitó por el ascenso.
— Qué bueno que la señora Marceau tiene amigos en la Policía — Nazaire guiñó un ojito —. Con las cosas que pasan en la calle, es bueno saber que uno tiene a quién recurrir, ¿eh?
De pie en el palier, vaciló entre teclear la clave de ingreso y tocar el timbre. Su mano decidió por él. No esperaba que le abriera la puerta y cuando ella lo hizo, se le acabaron las palabras.
— Ho-hola. Pasaba... quiero decir... vine a charlar.
Cretino, no podías decir algo un poco más elocuente. Odette se apartó del vano con una sonrisa tenue y lo invitó a entrar. Él se sentó en el borde de uno de los sofás sin despegarle los ojos, el cuerpo tenso y sin saber qué hacer con las manos. Tengo que hablar. Vamos, viejo, un poco de coraje.
—¿Cómo estás? — ella se lo había preguntado también el día anterior en el Quai, antes de que fuera a enfrentarse con Meinvielle y con los lugares oscuros de su alma.
— Bien — Marcel se encogió de hombros —, voy bien. Ayer me fue bien con la vieja.
— Que no te escuche decirle “vieja”. Es capaz de recomendarte para servicio en vía pública.
La lengua se le adhirió al paladar. Viniste a mantener una charla civilizada, boludo. ¿Qué te pasa? Sonrió como un idiota.
— Voy a preparar café — Odette le dedicó una sonrisa de Gioconda.
La siguió hasta la cocina y se quedó apoyado en el marco de la puerta.
— Ayer... hablé con Meinvielle — dijo, y se le acabó el discurso.
— Eso es lo que uno suele hacer en lo del psicólogo — ella acotó pícara.
— Hablamos mucho.
Odette se apoyó contra la mesada, atenta y de brazos cruzados.
— Yo... tengo muchas más cosas en claro ahora — ánimo, vas por el buen camino. Marcel tomó aire.
El blup-blup de la cafetera lo interrumpió y él respiró, agradecido y culpable. Se acercó mientras ella se estiraba para alcanzar las tazas y sin pensar, la tomó por la cintura, acariciándola por debajo del suéter.
— No quiero café— masculló.
Ella estaba desnuda debajo de la ropa. Él le deslizó las manos por dentro de los pantalones y encontró su piel tibia y su sexo húmedo. El sacudón erótico le secó la boca y lo dejó sin aliento. No hablaron más. Ella lo atacó con la voracidad de un predador y se encontró en el piso de la cocina, a merced de sus manos y su boca. No supo cómo pero estaban desnudos, oliéndose, tocándose y lamiéndose. Las manos de ella se enredaron en su pelo y lo llevaron hasta los pechos como frutas maduras que mordió goloso. La boca los reemplazó, una fruta por otra, y la lengua ávida le poseyó cada rincón. Era como hundirse en aguas cálidas y beber de ellas sin saciarse. Estaba por completo dentro de su cuerpo y su boca, sintiendo con cada centímetro cuadrado de piel, sensaciones que lo estremecían y lo obligaban a retorcerse de placer.
La reacción violentamente animal de ella lo descontroló. Lo devoraba, lo poseía, le desgarraba las entrañas con su ímpetu encima de él. Él era su objeto de placer, su juguete, una cosa suya que ella moldeaba con las manos, los pechos, el vientre y las caderas. Suplicó que todavía no, por favor no, que no quería acabarse como un pendejo en la primera cita pero ella no lo perdonó y le robó el aliento y el orgasmo que le subía desde la pelvis hasta la garganta.
No podría decir cuánto tiempo pasaron poseyéndose y susurrándose las obscenidades del amor, ni cómo llegaron a la cama. Entonces sí, ella suplicó por más, más profundo, más fuerte, más, te amo.
Te amo. Te amo como nunca amé en toda mi vida. La miró a los ojos y se lo repitió en voz alta. Ella detuvo con un dedo la lágrima que le corría a él desde la comisura del ojo hasta la boca y se la bebió con la punta de la lengua. La penetró y ella se abandonó por completo, llorando mientras él le arrebataba otro orgasmo. Se durmieron extenuados y sin embargo, todavía hambrientos uno del otro.
****

El bip desagradable de su reloj lo despertó de madrugada. Carajo, tengo que volar a Milán. Tengo que irme y no hablamos una sola palabra. La culpa comenzó a horadarle el estómago: Cristo, no le dije lo de mi abuela ni lo de BCB. Tampoco le pregunté... ni siquiera podía enunciar mentalmente la frase. Eso. Lo que le hizo ese hijo de puta. Ella se removió a su lado y se despertó.
— ¿Qué pasa?
— Tengo que viajar .. a C* — la mentira lo corroía por dentro.
— ¿Tan temprano?
— Hoy comienzan las prácticas — la besó para que ella no leyera en sus ojos.
— ¡Mierda! Te preparo el desayuno.
— No — se sentía cada vez más culpable —, tomo cualquier cosa por ahí...
— ¡Ni loca! — Odette saltó de la cama y corrió a la cocina mientras se ponía la bata.
Se duchó y se vistió a las apuradas. Cuando se cruzó con el sujeto del espejo, el tipo tenía cara de remordimiento. Recompuso la expresión antes de entrar a la cocina y se tragó el desayuno bajo la miradita socarrona de Odette, siempre admirada de su capacidad de ingesta.
— Tenía hambre... — se excusó.
— Pobrecito mi Pantagruel, anoche no te di de comer.
— Anoche me diste algo mucho más maravilloso — la abrazó y la besó —. Te amo. Soy un idiota, un cretino — ella le tapaba la boca con las manos y él se las sostuvo —, pero te amo. Si Meinvielle se entera de que pasé aquí la noche, me echa de la terapia a patadas en el culo.  Me muero si no te tengo. No me abandones.
Los ojos oscuros se llenaron de lágrimas.
— No podría...
La besó como un condenado a muerte, jurándose que lo primero que haría al volver de Milán sería ponerla al corriente del puto operativo y de todo lo demás.

domingo, 19 de junio de 2011

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 21

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. VIERNES, POCO DESPUÉS DE MEDIODÍA
                                  Opera Garnier (Opera Nacional de París) (clic para entrar al sitio)
                                                          
El teléfono otra vez.... no, mierda, es el celular nuevo. Odette rebuscó en el bolso insondable y lo pescó justo a tiempo. Una voz bronca gruñó del otro lado.
— Buenas tardes, signor Corrente.
— Estoy en París, necesito hablar con Ud.
— Visíteme en el Quai.
— Prefiero invitarla a tomar un café. Sin reglamentarias esta vez — Odette miró el reloj: qué cuernos querrá este tipo ahora. Ante su vacilación, el otro insistió—. Tengo información que puede interesarle.
Acordaron encontrarse frente a la Opera.
****
Corrente la miró con una sonrisa de oreja a oreja que ella no se molestó en corresponder.
— Pensé que tenía algo importante — le soltó, irritada.
— ¿Le parece poco? Oiga, déjeme hablar con Dubois y explicarle. El director financiero de BCB está presionando a Donna Valentina para que venda. Si ella tuviera el respaldo de un familiar, estaría en una posición más segura, ¿no cree?
— Si le hubiera dado mi número a Donna Valentina, ella estaría hablando con su nieto y la situación no sería tan complicada. Dígame una cosa, Corrente...
— Gaetano...
— “Corrente” está bien para mí— lo cortó —. ¿Cómo sé yo que Ud. trabaja para Valentina y no para el director financiero de BCB? Porque si las cosas son como dice, a este señor no le conviene la existencia de un heredero para Valentina.
El tipo rezongó por lo bajo llamándola cocciuta .(1)
— Por supuesto que soy tozuda. Hasta ahora Ud. no me ofreció ninguna certeza, ni siquiera acerca de Ud. No veo porqué tendría que confiar en un tipo que dice ser investigador privado y se deja pescar en la primera oportunidad.
— Dubois es grandecito, puede cuidarse solo. Dígame dónde puedo encontrarlo.
Se recostó contra la silla, midiendo al hombre con la mirada: así que esa es la información que estás tratando de sacarme. Bueno, no pierdo nada con decírtelo.
— Dubois está siguiendo un curso en C* y no está localizable — Odette se encogió de hombros.
Un cambio de expresión que duró menos de un segundo la puso en guardia: ¿qué es lo que él sabe y yo no sé?
— En fin, él se lo pierde — murmuró Corrente después de unos momentos y la miró a los ojos —. Es un verdadero desperdicio de parte de él — el hombre pidió la cuenta y se pusieron de pie casi al mismo tiempo. — Cuando Dubois regrese... de C* — había un dejo irónico en la voz del tipo —, por favor, necesito hablar con él. Valentina lo necesita.
— Dígale a Valentina que me llame. Si es que se trata de ella.
— No me cree.
— Ud. tampoco. Somos dos.
Se miraron y durante el espacio de un latido tuvo la certeza de que Corrente quería decirle algo más y luchaba contra sí mismo para callarse. Frunció el ceño sin darse cuenta.
— No arrugue la frente. Se ve más bonita cuando sonríe— Corrente la galanteó adrede y sonrió mientras se metía a un autito verde.
Cafone (2) . Odette enfiló hacia el estacionamiento sin reparar en el sedán gris que esperaba en la otra esquina frente al café y que salió chirriando los neumáticos con rabia.

****
Las diez de la noche: hora de irse. Mierda, cómo llueve. Se sentó en el auto nada más que para verificar que el muy perro se había quedado otra vez sin batería. ¡Puta madre, si la cambié hace dos meses! Insultó a todos los fabricantes de baterías del planeta mientras revisaba el bolso, buscando las moneditas salvadoras que pagaran el pasaje en Metro. Entonces lo vio- en el puente St. Michel. Estaba acodado en el parapeto, fumando, a despecho de la lluvia.
Hacía ya dos o tres días que lo veía recorriendo el puente, o cruzando delante del Quai sin atreverse a entrar. El parecido le había acelerado el pulso: la misma forma de caminar y moverse; los mismos gestos. Su contacto le confirmó la identificación, y que estaba de licencia, fuera de Estrasburgo. ¿Por qué no se presenta de una vez, dice lo que tiene que decir y desaparece, como hizo durante veinte años? Se detuvo del otro lado de la calle, a mirarlo, y él le dio la espalda. A la mierda, que se quede a mojarse en el puente. Yo me voy a casa. La lluvia no solía ponerla de talante comunicativo o diplomático.
Apretó el paso por el Bvd. du Palais. Los edificios públicos a oscuras siempre le daban un pinchacito incómodo. A punto de cruzar el puente au Change, una mano pesada la detuvo con brusquedad. Giró sacando la reglamentaria en un acto reflejo, pero él tenía más años de oficio que ella: le sujetó la mano y la empujó contra el parapeto del puente. Se miraron con dureza durante un instante.
                                               El Quai des Orfèvres y el Puente St. Michel
— Lo siento... comisario Marceau. No era mi intención. Quiero hablar con usted — pero no la liberó.
— ¿Y por qué cuernos no entró al Quai y preguntó por mí, coronel Dubois?
Los ojos azul oscuro brillaron de sorpesa. ¿Qué, creías que no te conocía? La lluvia arreció y ella insultó al clima por lo bajo, aunque no tanto como para que él no la oyera.
— Mi auto está cerca. La llevo hasta su casa.
Mejor terminar con esto lo antes posible. Encima me voy a agarrar una gripe de lujo. Asintió y el hombre aflojó la mano, aunque no la soltó. Le abrió la puerta de un sedán color bordó, esperó a que ella se sentara para cerrarla y dio la vuelta por detrás del auto para entrar. El gesto caballeroso la sorprendió.
— No me preguntó en dónde vivo — dijo ella, después de unos minutos de silencio interrumpido por el picoteo de la lluvia en el techo del auto.
— La Défense, calle...
— Está bien, ya sé que sabe hacer su trabajo. ¿Qué es lo que quiere? — segunda pregunta retórica de la noche.
— Quiero ver a mi hijo.
— El puente no es el mejor lugar para encontrarlo.
— Ya lo sé: está en C* — él no acusó recibo de la mordacidad —. Necesito hablar con él.
— Existe el teléfono — no aguantó el sarcasmo, pero él apretó las manos en el volante y no respondió.
Cuando se detuvieron en la puerta de su edificio, el coronel se volvió hacia ella y la tomó por los hombros.
— Es... muy largo de contar... Yo sé que le causé daño pero tengo que hablar con él, personalmente.
Lo miró a los ojos: había dolor en esa mirada igual a la de Marcel. ¿Y si estoy equivocada? No sería justo para ellos. Marcel necesita reunirse con su padre, aunque más no sea para saber la verdad.
— No puedo prometer nada en nombre de otro, pero...
Él la acercó hacia sí.
—Yo... no sé...muy bien... pedir por favor, pero... se lo ruego — la miró casi con desesperación.
— Está bien, coronel. Marcel vuelve mañana. Llámeme. Imagino que también tiene mi número.
Él asintió mientras soltaba el aire con alivio, al tiempo que se apartaba un mechón de la frente. Ella abrió la puerta del auto y bajó.
— Una sola cosa — se asomó al interior del auto y lo miró a los ojos —: no lo lastime.
Él sacudió la cabeza, puso primera y se fue sin decir una palabra.

****
Cnel. Jean-Pierre Dubois
Odette se quedó de pie en la vereda, mirando el auto alejarse. ¿Qué voy a hacer ahora? Un sedán gris clavó los frenos junto a ella y el chirrido de los neumáticos la asustó.
— ¡¿Qué ...?! — dio un salto hacia atrás.
El conductor se tiró del auto y se abalanzó sobre ella, que demoró un segundo entero en comprender que ese loco era Marcel. La tomó del brazo, abrió la puerta y la empujó dentro, haciendo que se golpeara la sien contra el parante.
— ¡Me golpeé! ¡Qué estás haciendo! — gritó,  pero él no le hizo caso, empeñado en alcanzar el auto cuyas luces traseras se perdían en dirección al puente de Neuilly. Un sacudón brusco le recordó ajustarse el cinturón de seguridad.
— ¡Marcel! — insistió —. ¡Por favor, adónde vamos!
Después de violar una luz roja y ponerse a menos de cien metros de distancia del otro, Marcel masculló sin aire:
— ¡A alcanzar a ese hijo de puta!
—¿Qué? ¡Basta, Marcel, él vino a verte, a hablar...! — Marcel encajó los dientes, aceleró y se apareó al otro automóvil — ¡Por Dios, nos vamos a matar...!
En una maniobra violenta, cruzó su sedán en el camino del otro, que frenó a veinte centímetros de la colisión. El otro conductor no atinaba a bajarse. Marcel bajó y la arrastró hasta el otro vehículo. Fuera de sí, la empujó contra el auto y la golpeó en la cara. El golpe la aturdió y le hizo saltar las lágrimas
— ¡Puta mentirosa! ¡Por supuesto que vas a decirme quién es! — rugió Marcel —. ¿Él quiere hablarme? ¿Los dos tienen mucho para decirme? ¡Yo también!
Jean-Pierre Dubois bajó del auto despacio, con el rostro demudado. Marcel se quedó rígido. Ella hundió la cara entre las manos, llorando y sin poder creer lo que pasaba. Marcel me golpeó. Se hizo un silencio ominoso y vacío entre los tres. Todavía aturdida y sin mirar a los hombres, corrió hasta el auto de Marcel. Alguien la tomó del brazo: era él, desencajado, pálido como un muerto.
Tironeó murmurando que la dejara en paz.
— ¿Quién... era? — tartamudeó él.
— ¡Quién era quién! — le gritó, desconcertada y furiosa. La cara le ardía de dolor y humillación.
— ¡El tipo de esta mañana! — jadeó, zamarreándola descontrolado — ¿Quién es?
— ¡Marcel, basta! — Jean-Pierre trató de separarlos pero Marcel lo apartó de un empujón.
Con una calma que le nacía del centro mismo del furor, Odette sacó del bolso las fotografías.
— Ese tipo es Gaetano Corrente— le tiró las fotos a la cara—. Tu abuela, Valentina Contardi-Bozzi, lo mandó a buscarte.
Marcel la soltó y retrocedió como si estuviera borracho. Las fotografías que Corrente les había tomado a ambos se desparramaron por el pavimento mojado. Marcel recogió las fotos y la miró a ella.
— No quiero volver a verte — le informó con voz gélida. Agarró el bolso y se alejó corriendo.
— ¡Odette! — la llamó Marcel con la voz quebrada —. ¡Odette, por favor...!
Te odio. Trastabilló pero sostuvo el paso; todavía tenía vértigos por el golpe. Apretó los dientes para no llorar.
— ¡Odette...!
Te odio con todo mi corazón. Las lágrimas le escocían y se las enjugó de un manotazo. Un taxi milagroso apareció y ella le hizo señas. Corrió hasta el vehículo y subió, ordenándole arrancar antes de decirle adónde, aunque no se alejó tan rápido como para no escuchar las súplicas desesperadas de Marcel.

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Le temblaban las piernas con tal intensidad que tuvo que sostenerse del auto. Se quedó mirando la calle negra que se se había tragado al taxi con la mujer que amaba y a la que había venido a matar, y lloró como una criatura. Lloraba y se sacudía contra el auto, golpeándolo. Alguien le tocó el brazo y lo llamó quedo. Levantó la cabeza: su padre lo miraba apenado.
— ¡Qué viniste a hacer!— le gritó, rabioso— ¡Me arruinaste la vida!
Jean-Pierre susurró, acongojado.
—Lo supe todos estos años y legué tarde. Es terrible ver a un hijo repetir los mismos errores que uno.
— ¡Nunca te importé!
— No es cierto...
— ¡No me mientas!— rugió y lo sacudió por las solapas del sobretodo.
Quedaron a la distancia del aliento. Jean-Pierre bajó los brazos sin reaccionar y Marcel se quedó congelado. No podía soltarlo. Sus manos se negaban a abandonar ese contacto brutal, como si ellas por su cuenta le suplicaran a ese hombre al que odiaba desde sus mismas entrañas, por todo aquello que le había faltado durante casi veinte años. Dónde estuviste todo este tiempo, papá.
Luchó consigo mismo por abrir las manos y alejarse de su padre.
— No quiero volver a verte— masculló y lo empujó sin mirarlo.
Otra mano, tan grande y tan fuerte como la suya, lo detuvo.
— No, Marcel. No pienso cometer el mismo error otra vez ni permitirte que cometas los míos.
La firmeza y la calma de Jean-Pierre lo sorprendieron.
— Te debo una vida de explicaciones y vine a dártelas. No voy a irme hasta que me escuches. Si si de verdad ella te importa — Jean-Pierre miró hacia la calle vacía —, mejor que pongas todo tu corazón en escucharme.
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Se sentaron a una mesa del lobby del hotel de Jean-Pierre. El encargado del bar estiró la jeta cuando los vio acomodarse y miró la hora, pero se acercó educadamente. Marcel respondió con monosílabos a los ofrecimientos de café y prefirió un coñac. Lo voy a necesitar, y doble.
Después de tomarse la primera copa de una sola vez y pedir la segunda, sintió que recobraba el control de manos y piernas. Se cruzó de brazos sin hablar y se quedó mirando a su padre, que hacía girar su propia copa entre las manos.
Marie-Thérèse había huído del lado del marido cuando Adéle y él tenían doce y diez años respectivamente. Edouard Dubois había volcado en sus hijos la violencia que antes ejercía contra su mujer. La que más había sufrido el horror familiar había sido su hermana mayor, hermosa y delicada como su madre y con la misma fragilidad de carácter. Edouard abusó en todas las formas posibles de su hija, hasta que un día la desesperación de Adéle empujó a Jean-Pierre a cometer uno de los actos más terribles de su vida: a los doce años, intentó matar a su padre. Luego, el escándalo en el pueblito provinciano, el escarnio para Adéle, la cárcel para Edouard y hogares sustitutos para él y su hermana. Al poco tiempo de separarlos, Adéle se suicidó. Edouard murió en la cárcel. Él logró la emancipación a los dieciseis y abandonó el lugar. Cuando ingresó a la Gendarmería, ocultó sus antecedentes familiares.
Localizó a su madre en una institución psiquiátrica: el remordimiento por haber abandonado a sus hijos le había destruído la poca cordura que le quedaba. No se atrevió a contarle sobre la muerte de Adéle.
Con Constanza se había jurado que serían felices. Fue inútil. El odio de su suegro, la imposibilidad de reconciliarla con su familia, las diferencias sociales que los separaban y que salían indefectiblemente a relucir en las peleas cada vez más frecuentes, porque no eran más que mocosos que habían intentado escapar de realidades familiares intolerables. El que su hija se enamorara de un don nadie no había entrado jamás en los cálculos de Marcello Contardi, que la había insultado y golpeado delante de él cuando Constanza les dijo a sus padres que estaba embarazada. Se enfureció y hubiera matado al hijo de puta si Constanza no le hubiera rogado a los gritos que lo dejara. Fue la última vez que vio a sus suegros.
Los celos lo volvían loco. Constanza era tan hermosa, tan educada, tan refinada y él era nada más que un gendarme de provincia. Sus amigos lo envidiaban y sus conocidos lo humillaban a sus espaldas, diciendo que la había dejado embarazada para hacerse de la fortuna de su mujer. A él le importaba una mierda la fortuna de ella: la amaba por ella misma, algo que Constanza nunca comprendió.
— Yo... nunca la golpeé... La perseguía, discutíamos de una forma terrible, pero nunca la golpeé, por Dios, eso no. Constanza mentía. Me mentía todo el tiempo como una colegiala por cualquier tontería, no sé, en qué había gastado la plata, dónde iba cuando salía sola, con quién hablaba por teléfono... y eso me enloquecía. Me iba de casa furioso— bajó la cabeza y después de una larga pitada al Gauloise continuó— Una vez, una sola — hizo un esfuerzo por hablar —, tu madre había salido, se suponía que estabas en la escuela... Unos compañeros que estaban de franco la vieron en un café. Estaba esperando a alguien... Algún desgraciado que me conocía demasiado bien tuvo la cruel idea de llamar y avisarme... Yo no podía dejar mi puesto... Cada minuto hasta la noche fue un suplicio. Llamé a casa cada vez que pude y no estaban.”
"Cuando llegué, estabas jugando por ahí. Corrí a buscarla y preguntarle en dónde había estado. Ella me dijo que en ninguna parte, que no se había movido de casa... Sabía que me mentía y me desquicié. Ella se asustó... Me dijo llorando que se había encontrado... con tu abuela y que habían ido a buscarte a la escuela para que te conociera... pero no le creí. Cuando me dijo la verdad no le creí..."
"Puta mentirosa". Había usado las mismas palabras de su padre para herir a la mujer que amaba. Lo mismo que su padre. Tuvo que hacer un esfuerzo para contener la angustia que amenazaba con estrangularlo.
Jean-Pierre continuó con voz casi inaudible.
— Después, Constanza me tuvo terror. Tenía en sus ojos la misma expresión que cuando su padre la golpeó y la echó. Para ella, yo me había convertido en la misma clase de monstruo. Empecé a no estar en casa, prefería no volver a verla así; fueron tiempos peores que los anteriores. Acepté traslados temporarios con tal de mantenerme alejado, y cada vez que regresaba, tu madre se convertía en un animalito asustado. Cuando me dijo que se iba y que te llevaba con ella, no pude soportarlo. No me quedaba nada, ni siquiera mi hijo: no podía resignarme. Yo te amaba; eras tan hijo mío como de tu madre. Quise rogarle que se quedara, que lo intentáramos de nuevo pero terminamos como siempre, echándonos en cara las estupideces del pasado, las diferencias, la vida espantosa que habíamos llevado. Traté de abrazarla, de explicarle y entonces... ahí estabas, reaccionando tal como había hecho yo con mi padre. Comprendí que a tus ojos yo era como él... y los dejé ir.
— ¿Por qué no viniste a buscarla? — le preguntó entre dientes, sin mirarlo.
— ¿Y quién te dijo que no los busqué? Siempre supe en dónde estaban y adónde iban. Traté de mantenerme cerca de cualquier modo que me fuera posible...¿De dónde creías que sacaba el dinero tu madre? Pero ella no me permitía verlos y yo no quería hacerles más daño que el que ya les había hecho así que acepté sus condiciones. Me equivoqué, ahora lo sé— meneó la cabeza con resignación—. Cuando Constanza se enfermó, no lo supe hasta que fue demasiado tarde. Corrí a verla, a rogarle que me perdonara y me dejara volver, pero ella me dijo que no querías verme.
Marcel le clavó los ojos, sorprendido contra su voluntad.
— Nunca me dijo nada.
— Estaba tan mal que no quise contrariarla... y volví a equivocarme.
Su madre había muerto a la madrugada en el hospital. Le avisaron a su casa. Esa noche se había quedado con ella hasta última hora, mientras Constanza agonizaba, misericordiosamente inconsciente. Como si supiera en qué estaba pensando, Jean-Pierre murmuró:
— Estuve allí. Esperé a que te llamaran y me fui antes que llegaras.
— ¿Por qué?
— Tenía miedo de enfrentarte.
Se quedaron en silencio durante un tiempo larguísimo.
— Sé que es tarde para pedirte perdón — cuando levantó la vista, Jean-Pierre tenía los ojos nublados — Pero tenía que encontrarte ... y explicarte.. que no toda la culpa fue mía. Nadie me dijo hace treinta años que las cosas podían cambiar,... con la ayuda adecuada. Estaba enfermo. No fue fácil admitir que necesitaba ayuda. Me resultó muy duro empezar: a mi edad las cosas ya no son fáciles.
No era la mirada que recordaba de su padre: había un dolor enorme en esos ojos iguales a los suyos. Quería odiar a ese hombre y sólo podía sentir compasión por él, y lo inesperado de ese sentimiento lo conmovió. Había aceptado hablar con él con la intención de no perdonarlo, pero el sentimiento que le oprimía el pecho no era rencor: era dolor, un dolor inmenso por esa vida destruída. Todavía podía encontrar amor por él en alguna parte de su ser: si se permitía abrigar una mínima esperanza de recuperar a la mujer que amaba, el camino comenzaba esa noche, aceptando a su padre y ofreciéndole el perdón que él venía a pedirle. Sintió que ambos estaban limpios, inocentes como recién nacidos. Había recibido un regalo increíble de quien menos lo esperaba: su padre le estaba dando la oportunidad de empezar de nuevo.

(1) testaruda
(2) imbécil