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miércoles, 16 de junio de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 6

Capitán Bernard Meyer

GÉNOVA, MEDIADOS DE LA PRIMERA SEMANA DE ABRIL

Marcel se registró en el hotel como Marco Delbosco, veronés residente en Marsella, documentos en regla: pasaporte, tarjetas de crédito y personales, cheques. En estas épocas todo es reciclable menos los alias, le sonrió siniestro al espejo mientras se acariciaba el pelo recién cortado en estilo casi militar. La barba afeitada a la última moda de Milán le daba un toque ligeramente perverso. Se había reunido con Meyer en el aeropuerto y Meyer había esbozado una sonrisita socarrona.
— Te van a arrestar por portación de barba...
— La envidia te está matando, Jumbo.
Tres o cuatro días, una semana a lo sumo y luego de vuelta a casa: Michelon no quería perder su rastro ni el de Meyer. "Sin riesgos inútiles", había insistido Madame, que se sentía incómoda, encadenada a su sillón de la Brigada sin la posibilidad de darles apoyo.
Jumbo y él se habían encerrado a preparar el trabajo: por el momento, estudiar el terreno. Él haría el contacto inicial en Italia: un “interesado” en ciertas mercaderías muy específicas. Jumbo sería su “enlace” para América. Se resistía a pensar en algún sitio determinado aunque el informe señalara con flechas de neón. Habían rastreado los numerosos nombres citados en el informe Henri como miembros de la red de tráfico y sus posibles relaciones. Muchos estaban muertos de muerte violenta — nada fuera de lo común en esa clase de gente — y otros habían desaparecido adecuadamente. Por fin apareció uno vivo: un tal Massimo Ruggieri, de Milán.
Verificaron con discreción que Ruggieri, que no tenía antecedentes en Italia ni en el resto de Europa, era socio de una agencia de turismo alternativo que organizaba cruceros por el Mediterráneo, el Adriático y la costas norte y occidental africanas: itinerarios sospechosamente convenientes.
— Qué te parece, Jumbo: tienen una pantalla perfecta — marcó los puertos en el mapa —. Mientras pasean a los pasajeros, cargan y descargan.
— ¿Vas a hacerte un crucerito? — preguntó Meyer.
— Uno de dos o tres días: el que llega a Marruecos.
— ¿Qué se supone vas a hacer a bordo, además de mirar a las chicas?
— Jugar un poco. La Polizia Finanziaria no le tiene demasiado afecto a EuroAvventura pero hasta ahora no pudieron comprobar nada. Los clientes son gente de mucho dinero, uno no va y arresta a un miembro del jet-set como si fuera un delincuente común, nada más que por jugarse unas fichas en un casino clandestino.
— Seguramente más de un general de los Carabinieri se asolee en cubierta: chicas, blanca... — Jumbo se encogió filosóficamente de hombros— ¿Y yo, cuándo empiezo a jugar?
— Tan pronto encuentre un enlace con los que despachan, te paso la pelota.
Antes de separarse, Meyer preguntó:
— ¿El jefe se tragó lo del curso y el ascenso?
— Parece que sí. Espero que no se ponga suspicaz porque estoy frito. Tengo previsto pasar por C* antes de ir a Génova y ver qué es lo que arregló Michelon.
— Si te vas a meter en el papel, mejor que te pongas a dieta: en C* la disciplina física es un deber moral.
— Entonces te vendría bien que te ascendieran a inspector general, querubín— le pellizcó los cachetes y Jumbo le dedicó un pescozón.
Después de intercambiar unos tortazos amistosos, se despidieron. Algo frío le rondó las entrañas.
—Jumbo, no la descuides mientras estoy afuera.
— No te preocupes. Le voy a pisar los talones y si trata de escaparse, se los muerdo.
— Ni una palabra con ella. Órdenes de Michelon.
— Soy una tumba.
La reunión con el director de C* no había comenzado de modo amable. El fulano, un comi de alto rango, lo había mirado de arriba abajo como si se tratara de un insecto bajo estudio.
— No tengo muy claros los motivos para estas condiciones especiales que solicitó Michelon, capitán Dubois. Estoy dispuesto a concederlas sólo porque la comisario me lo pidió, pero debe saber que las exigencias serán las mismas que para los oficiales que realizan el curso a conciencia.
Traducción: me van a romper el culo en cada examen del podrido curso. Mejor que afiles el lápiz, viejo. Puso cara de hoja en blanco.
— Comisario, me limito a cumplir órdenes — le entregó un sobre que Madame le había dado “por si hay que convencer a alguien” . Bueno, parece que estoy delante de ese alguien.
El hombre abrió el sobre y leyó la nota casi sin respirar. Cuando dejó la hoja sobre la mesa, su disposición de ánimo había variado visiblemente.
— Capitán, esto cambia las cosas.
Los bulldogs sonríen, quién lo hubiera creído. El comi le devolvió la carta.
— No necesito ningún registro escrito. Bien, dados sus antecedentes y la investigación que encara, la dispensa es comprensible — el hombre se puso de pie y le tendió la mano —. Le deseo suerte, capitán y espero entregarle sus charreteras de comandante junto a los demás graduados del curso. No querrá decepcionar a sus superiores.
— En absoluto, comisario.
Se despidió de su primer día en C* sin estar seguro si lo del ascenso era una buena cortina de humo para Odette o una piedra en el zapato.

                                                                             ****

Los pasajeros del crucero se saludaron como viejos conocidos que eran y le lanzaron miradas entre intrigadas y suspicaces. Un sesentón musculoso y bronceado, a cargo de las actividades a bordo, exhibía sonrisa de relacionista público mientras recibía uno a uno a los pasajeros.
— PierAndrea Giuliani — se presentó y miró la lista de embarque —. Ud. debe ser Marco Delbosco.
— Así es—  Marcel sonrió tan espléndidamente como su anfitrión y le estrechó la mano con ampulosidad —. Me recomendaron sus cruceros y no veía la hora de embarcarme en uno.
Giuliani le presentó a otros pasajeros.
— Son amigos más que clientes de EuroAvventura — nombró a dos o tres apellidos que sonaban en los medios: un cantante lírico, un músico de rock, un banquero. No había mujeres en la lista.
— ¿A qué se dedica, señor Delbosco? — preguntó el banquero.
— Comercio internacional — explicó con ambigüedad y una sonrisa más espléndida que la anterior —. Es un trabajo estresante. Necesitaba un relax y aquí estoy.
Se pasó el resto de la mañana haciendo sociales con los otros viajeros, y mirando a las mujeres que habían aparecido en cubierta tan pronto la nave zarpó y se alejó a prudente distancia de las lanchas de la Prefectura italiana.
— Hermosas hembras— comentó despreocupado a su compañero ocasional de barandilla, que asintió señalando a una negra bellísima, alta y delgada como una gacela.
— EuroAvventura sólo ofrece lo mejor. En todo sentido — subrayó el hombre.
— Sin duda. Por eso estoy a bordo— lo miró directo a los ojos.
— Creo que no nos presentaron: Massimo Ruggieri.
— Marco Delbosco.
Se estrecharon la mano. Así que este es uno de los “candidatos” de Henri.
— ¿Cuál es su tipo? — Ruggieri cabeceó hacia las mujeres, que se reían a carcajadas con un grupo de hombres con copas en la mano.
— Ah, qué pregunta difícil. Si tengo que elegir alguna... La rubia alta, con aires de mannequin.
— Eso es lo que es — Ruggieri sonrió irónico.
— Entonces tengo buen ojo.
Ruggieri la llamó y se la presentó. La mujer le tendió una mano lánguida y perfumada.
— Sonja— Los ojos verdes relumbraron bajo las pestañas. Ojos de pupilas muy dilatadas. ¿Cuánto se dopa esta mujer para hacer lo que hace?
— Marco.
— Lo dejo en buena compañía— Ruggieri le palmeó el brazo.

                                                                             ****

Sonja Jorgensson

 primera noche lo dejaron ganar en la ruleta y procuró simular que había bebido lo suficiente como para irse a dormir sin llevarse la rubia a la cama. Al día siguiente, ni siquiera asomó en cubierta y se quedó atornillado a una mesa de baccarat. Sonja lo rondó consecuentemente, alentándolo cuando ganaba y lamentándose cuando perdía.
— Quiero hablar con Ruggieri — se la sentó en las rodillas y le besó el cuello —. A solas.
— ¿Y a mí cuándo me toca? — se quejó ella. Pobrecita, te estás perdiendo las propinas.
— Después que me consigas la cita con Ruggieri.
La mujer lo besó con la boca abierta y le rozó los labios con la lengua.
— Te tomo la palabra.
                                                                              ****
— No es un hombre de perder el tiempo, Delbosco.
— No, y tampoco dinero. Ya dejé bastante en sus mesas, pero no me quejo. Son las reglas del azar.
— Puedo ofrecerle crédito...
— No es lo que necesito de Ud. Crédito es lo que me sobra— cambió sutilmente de actitud física—. Soy comprador. Tengo una clientela muy especial y exigente, y tengo buenas referencias suyas.
— No sé nada de Ud...— el otro se volvió cauteloso.
— Quizás conoció a alguno de mis anteriores contactos— nombró a dos de los finados de la lista de Henri, más un “Frankestein” que habían fabricado con Jumbo. Era tan ambiguo que podía haber sido cliente de medio planeta y la otra mitad le creería. Los llamados se desviarían a un celular que Jumbo llevaba permanentemente encima; los e-mails serían re-ruteados, lo mismo que los faxes. Meyer estaría ocupado preparando papelería membretada, sobres, sellos y falsos archivos fotográficos de falsos clientes.
— Se imaginará que tengo que constatar cuanto Ud. me informa.
— No espero menos. Hágalo pronto: volvemos a puerto pasado mañana y no quisiera volver a Génova sin un principio de acuerdo.
Cuando volvió a su camarote, Sonja lo esperaba en la cama, adobada con la dosis de rigor.

                                                                          ****
— Le ruego comprenda que tenía que tomar mis precauciones — Ruggieri sonrió disculpándose.
— Si no lo hubiera hecho, no sería Ud. confiable— Marcel dejó traslucir una amenaza sutilísima.
— Me gustaría invitarlo a nuestro próximo recorrido, la semana que viene. Salimos el jueves, regresamos el domingo por la mañana. Podremos hablar cómodamente y analizar nuestras mutuas ofertas.
— Me parece bien.
O sea que te vas a tomar una semana para continuar investigándome. Bien, me da tiempo para hacer lo propio.
                                                                          ****
— ¿Y? ¿Qué encontraste? — preguntó Ruggieri entrando al camarote de Sonja.
— Lo que le dije: tarjetas de crédito, tarjetas de presentación de varias firmas, efectivo, papeles de negocios de una firma en Venezuela...Parece ser quien dice ser. El pasaporte es italiano.
— ¿Qué tal es?
— No del tipo de los que hablan en la cama.
— ¿Gay?— no sería la primera vez que usaran a un bisexual como intermediario.
— No me lo pareció — Sonja exhibió una sonrisa de gata.
— ¿Fue generoso?
— Digamos que sí...— se encogió de hombros —, tratándose de un italiano. Me tocaron peores.
— Quién sabe la próxima.
— ¿Vuelve?— la mujer abrió los ojos apenas un poquito y luego volvió a entrecerrarlos desdeñosa.
— ¿Qué, te gustó?
— No está mal— Sonja curvó apenas los labios hacia abajo pero la sonrisa pudo más. O sea que la propina no fue tan mala o Delbosco es muy bueno en la cama. A Sonja le gusta su trabajo.


PARÍS, OFICINAS DEL SERVICIO DE RG. PRIMERA SEMANA DE MAYO
Inspector General Patrice Lejeune, de RG

El capitán se sentó del otro lado del escritorio impresionante del inspector general Patrice Lejeune, director de RG(1) , y apoyó el expediente.
— Está frecuentando a una prostituta aquí.
— ¿Frecuentando? — repitió Lejeune con incredulidad.
— Sí, inspector. Parece que la tipa es de su gusto.
Una mueca sarcástica estiró la boca de sapo de Lejeune mientras el capitán le pasaba las fotografías.
— O sea que ésta lo mantiene tranquilo.
— Yo no confiaría demasiado, señor. Es muy violento.
— No hace falta que me lo recuerde, capitán— meneó la cabeza—. ¿La tipa tiene rufián?
El capitán le alcanzó más fotos y el informe. Un viejo conocido, sonrió de costado. Carajo, la gentuza con la que uno se cruza en la PN.
— Tráiganme al alcahuete. Quiero saber en qué anda, además de proveerle putas a nuestro hombre.
Después de despedir a su subalterno se sirvió un coñac. Nos equivocamos con este sujeto, los proxenetas le conocen los vicios. Si la tipa lo calienta y el cabrón termina abriendo la boca, fanfarrón como político que es.... No se puede mezclar mujeres con estos asuntos. En la Orden no hay mujeres.
                                                                                 ****
Los dos gorilas lo esposaron sin demasiada consideración por su persona y lo metieron en un auto azul sin identificación.
— ¡Tengo influencias muy importantes! —el Nene Rimbaud fanfarroneó desde detrás de la grilla metálica— ¡No pueden encanarme sin una orden judicial, ni ...!
— No me aburras, Rimbaud — el gorila del asiento del acompañante le apuntó con una Beretta de tamaño más que respetable —. Adonde te llevamos, tus influencias no valen una puta mierda.
Llegaron a un galpón de ferrocarril en el X°, lo bajaron del auto y lo entraron a la rastra. El lugar era una nave enorme, vacía salvo por una mesa a la que estaba sentado un tipo. En el fondo se apilaban cajones viejos casi hasta el techo. Cuando los gorilas lo sentaron ante el tipo, el pico de miedo le frunció el escroto.
— Una de tus chicas se encama con Ayrault — dijo el tipo mientras jugaba con un anillo de sello en su anular derecho.
— No conozco a ningún Ayrault.
El hombre se levantó con parsimonia y rodeó la mesa: no más de un metro con setenta y cinco, pero con unas espaldas y unas manazas que podrían partir la mesa de un solo golpe. Las piernas se le adivinaban musculosas bajo el traje carísimo. Cada paso del tipo parecía calculado y ejecutado con la elasticidad y economía de movimientos de un animal. Tan ocupado estaba en estudiarlo que el revés en la mandíbula lo sorprendió y lo tiró de la silla.
— No me tomes por boludo, Rimbaud. Éste — señaló una carpeta sobre la mesa mientras los gorilas lo sentaban de nuevo —, es tu expediente original de la PDP: una auténtica mierda. Escoria de la peor calaña. Traicionaste a tus compañeros para vender por tu cuenta un cargamento de blanca secuestrado en un allanamiento. En tu perra vida como suboficial hiciste un solo arresto de algún delincuente que hubieras perseguido... Alguien te hizo el favor de limpiarte los sumarios para que pudieras retirarte y no terminar adentro, porque los mismos presos te hubieran degollado— la bestia se apoyó en la mesa con la jeta a dos centímetros de la de él — JJ Ayrault fue ese alguien. A cambio, te da trabajitos de dealer y te consiguió socio en la PDP para ayudarte con las chicas. A cambio las usa gratis, JJ no hace nada por nada. Quiero un informe de los movimientos de JJ cada vez que se aparezca por París. Todo: con quién se encuentra, el hotel en donde se aloja, a quién se coge y cómo le gusta más; quiero hasta el texto de los discursos que tanto le gusta dar. Tu culo está en juego y te lo voy a romper personalmente. Y para que no dudes de que puedo cumplir mi palabra, acá va una muestra gratis.
A una seña, los gorilas lo tiraron boca abajo encima de la mesa y le bajaron los pantalones. Uno le sostuvo la nuca, aplastándole la cara contra la madera y el otro le sujetó las piernas. El ruido del cierre lo aterrorizó.
— ¡NO, NO! ¡Está bien, hago lo que quiera! — sollozó medio ahogado contra la mesa — ¡NOOO!

No pudo seguir gritando: le metieron un trapo mugriento en la boca y casi se ahogó, no supo si de dolor o de miedo.
Lo soltaron y le abrieron las esposas. Como pudo se sacó el trapo y se subió los calzoncillos y los pantalones mojados con deshechos corporales propios y ajenos.
— A este número— uno de los gorilas le tendió un papelito.

— ¿A q-quién...?— tartamudeó. Le temblaban tanto las piernas que apenas podía sostenerse parado.
— Etchegoyen. Sáquenlo de mi vista.

(1) Renseignements Généraux: Servicio de Informaciones de la PN.

miércoles, 8 de octubre de 2008

La dama es policía - CAPITULO 13

PARÍS, LA DÉFENSE, MEDIADOS DE OCTUBRE DE 1996
—¡Dios santo! —la exclamación de Marguerite la sorprendió cuando estaba a punto de salir.
—¿Qué pasa?
—¡Asesinaron a Taddeo Fiore!
—¿Qué?— Odette se quedó con la boca abierta.
Marguerite le pasó el diario. Mierda, es cierto. El famoso diseñador italiano radicado en Los Ángeles había sido asesinado, al parecer, por un amante ocasional. La servidumbre lo había visto entrar en la casa la noche anterior con un mocoso que no tendría más de quince años, y Fiore había ordenado que se marcharan temprano. Al día siguiente, su ama de llaves lo encontró atado a la cama y apuñalado en varias partes del cuerpo. Los identikits del supuesto criminal no coincidían.
Taddeo Fiore. Nom de guerre (1)de Galeazzo Cagna. Con semejante epónimo nunca habría triunfado en el mundo de la moda. Había dado sus primeros pasos como diseñador de vestuario teatral y se había conocido con los Massarino —una manera de decir— cuando la Ópera-Garnier lo contrató. Brillante hasta la genialidad como profesional, en lo personal era un tipo encantador hasta que se lo conocía a fondo: un deshecho moral. Franco y Lola advirtieron enseguida la catadura del tipo y mantenían el menor contacto posible con él, lo cual no fue obstáculo para que Cagna se dedicara a rondar a Auguste. A los trece años, el hermano de Odette era tan virilmente hermoso como un adolescente renacentista y con una inocencia que sorprendía a los que lo trataban. Cagna había desplegado todos sus encantos para atraerlo y seducirlo.
Fue la primera y última vez que vieron a Franco golpear a un tipo. Quién hubiera imaginado que papá tenía tan buenos conocimientos de pugilato. Bueno, no por nada el viejo nació y se crió en Forcella. Cuando los separaron, Cagna tenía partido el labio y rotos el tabique nasal —que nunca pudo reparar del todo—, el orgullo y el contrato con la Ópera.
Se había radicado en los Estados Unidos, consciente de que en Europa el escándalo lo perseguiría durante bastante tiempo. Sus clientas lo adoraban, los maridos detestaban las cuentas astronómicas por sus creaciones y sus mannequins le temían, aunque esto último corría sotto voce(2). La policía nunca le había podido probar nada concreto, pero se sospechaba que el modisto del jet set estadounidense proveía de modelos afamados del sexo que se deseara, a cierta clientela selecta pero muy anónima. Nunca había tenido una denuncia. Ninguno de los hombres y mujeres que desfilaban para él se había atrevido a hacerla pero varios habían tenido problemas por drogas y dos mannequins habían muerto de sobredosis de heroína. Más los rumores de que todos los aspirantes masculinos a la pasarela o a figurar en el mundo de la moda tenían, como etapa obligada, su cama.
Bien, por fin justicia. Y no precisamente poética. Besó a Marguerite y salió.
Escándalo de sexo y drogas en el mundo de la moda en Milán



QUAI DES ORFÈVRES, EL MISMO DÍA
Apenas dejó el auricular en la horquilla, Auguste le pidió a Bardou que le consiguieran el "Los Angeles Post". La novedad ya la conocía —no se hablaba de otra cosa en los noticiarios—, pero quiso verificar el dato lo antes posible. En el obituario aparecían líneas que lamentaban la triste desaparición de Galeazzo Cagna, gran amigo de la familia Varza. Mientras subía al segundo piso, se cruzó con su hermana.
—¿Te enteraste? —preguntó, mostrándole el diario mientras hacía el gesto universal del teléfono con la otra mano. “Mamma”.
—Espero que le hayan cortado las pelotas —la expresión de Odette era feroz.
—De hecho...


La casa de Don Mario Varza Fuente: Italian Photo Gallery

CAPO CALAVÀ, MEDIADOS DE OCTUBRE DE 1996
—Mariolino, assittati(3).
Estaban solos en el enorme estudio de su abuelo. "Sin Salvatore", había especificado el viejo. Una sensación extraña le aprisionó los intestinos. El viejo tenía delante un listado de nombres. Se miraron en silencio: los nombres que le habían arrancado a Cagna, literalmente hablando.
—Esto fue un poco escandaloso —comentó don Mario.
Asintió, molesto. A él tampoco le había gustado la forma en que se habían resuelto las cosas. Podrían haber obtenido los nombres con más sutileza y ensuciando menos las paredes. En la caja fuerte de Cagna se guardaban los archivos de "clientes”.
—Además —continuó su abuelo— arriesgaron al hijo de Matteo. No me gustó.
—Es lo menos preocupante de todo. Tenía el pelo teñido, lentes de contacto, limpiaron sus huellas de todos lados... No van a identificarlo.
—No justifiques a tu padre.
Bajó la cabeza mientras el viejo seguía hablando.
—Ese Cagna merecía cualquier cosa que le pasara. Pero nosotros no hacemos esas cosas — después de una pausa, el viejo soltó la bomba —.Salvatore ya no está a cargo.
Mariolino Varza sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Su abuelo siguió hablando.
—No sirve. La violencia, esta violencia, ya no sirve. Estoy tratando de limpiarles el camino a mis nietos y esto es una mancha muy grande.
—Abuelo...
—Estás al frente, Mario — era la primera vez que el viejo no usaba el diminutivo familiar —.Vas a estar al frente de todo. Quiero que me demuestres que no me equivoqué.
Le temblaron las piernas. Apretó los labios y enfrentó la mirada de su abuelo.
—No sólo vamos a ayudar a unos amigos. Vamos a limpiar escoria y a desembarazarnos del pasado de una vez por todas. Quiero que entiendas eso.
—Sí, abuelo.
— Avanti, quinni(4). Mis hombres son tuyos.
Mientras se levantaba a besar al viejo, éste le preguntó por su mujer.
—Bien. Hermosa como siempre. En Roma — pero un ramalazo de pena le cruzó los ojos. A su abuelo no se le escaparía.
—T'adda aviri maritatu 'na picciotta siciliana(5)
Después de un momento, le respondió en voz baja:
—La única siciliana con la que me hubiera casado no nació en la isla.
El viejo sonrió tristemente.
—Sembri cche nun sunnu pe'noi(6)


Avda. del Libertador
fuente: Universidad Panamericana

BUENOS AIRES, MEDIADOS DE OCTUBRE DE 1996
—¡Mierda! ¡Se lo cargaron a Fiore!
—¡Andá! ¿A ver?
El Tigre le pasó el diario.
—La puta, che. Lo boletearon lindo.
—¿Boleta? Eso es una vendetta, hermano.
—¡Nooo! Con lo puto que era éste... Se la habrá dado algún filito despechado.
Mengele los miró a los dos.
—Filito, las pelotas. Un pendejo de quince años no te hace eso. Ahí hubo manos expertas.
—El Tigre tiene razón.Lo torturaron antes de matarlo
El Brigadier miró sorprendido un semanario sensacionalista que le alcanzó el Tigre, y que publicaba fotos del cadáver.
—Si vos lo decís... y la sabés lunga —murmuró el Brigadier. Mengele le hizo un gesto obsceno con la mano.
—También... con todas las hijoputeadas que hizo, alguna vez se la tenían que dar —al Tigre nunca le había gustado Fiore.
—Bien que cuando te volteaste a las pendejas que te llevó al hotel, no parabas de darte dique. "Fulanita coge así, Menganita me la chupó asá"...
—¿Y qué querés? Una vez que tengo la oportunidad de moverme a semejantes minas... Eso sí, más flacas que la mierda, y repasadas de merca.
—Y sin la merca, ¿cómo carajo te creés que le iban a dar bola a un negro como vos?
—¡Callate, pelotudo! Claro, el nene es rubiecito, bonito, el malcriado del “namberguán”, se le tiran a los pies.... ¡Al grone general ese de los Marines bien que se le tiraban encima!
—¡Qué vivo! ¡Era un grone con estrellas hasta en el pito! —se rieron a carcajadas.
—Muchas estrellas y poco seso —comentó Mengele—.Lo de Centroamérica salió como el culo.
—Eso porque se metieron los civiles de los servicios de ellos. ¿Ves lo que digo? ¿Cuánto llevamos con el operativo en Europa? Casi doce años. Un violín, hermano. ¿Quién dirige? Un milico. ¿Los mejores hombres? Milicos. Y tenemos a los civiles bien agarraditos de las bolas.
—Igual, lo de las monjas no me gusta. Y al número uno tampoco. Te lo dijo catorce mil veces y vos te emperraste igual.
Mengele siempre en la contra, carajo, pensó el Brigadier y casi se le torció la boca. Lo mismo se pavoneó.
—Es un toquecito. ¿No estuve sutil? Mejoramos el servicio y la clientela está fascinada.
—Fascinada no: caliente —al Tigre sí le gustaba lo de las monjitas. Había probado un par de veces y se había endulzado. El problema de no poder pisar suelo francés se había solucionado con el yate de unos amigos que compraban armas y de paso se prendían en las joditas.
Cuando las cosas están bien hechas, siempre funcionan. Pensándolo bien, hace mucho que no me anoto en ningún tiroteo. Podríamos hacer un crucerito y ya que estamos... Voy a llamarlo a Armand. Ese turro se está divirtiendo solo.


PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES, FINES DE OCTUBRE DE 1996
—¿Qué te parece? —comentó Odette señalando la carpeta.
—Muy bueno. Me gustaría verificar un par de datos que tengo en mente y agregarlos—Auguste repasó los papeles que su hermana le acababa de entregar y comentó al pasar —¿Sabías que encarcelaron al general Constantini?
—¿Alessandro Constantini? ¿El de los Cascos Azules?
—El mismo. Le están lloviendo denuncias por violaciones a los derechos humanos en Etiopía y Somalía.
—¡Mi Dios! ¿Qué hizo esta vez?
—De todo menos robar gallinas. Palizas, violaciones a civiles, vejaciones y torturas a prisioneros, razzias, fusilamientos...
— ¡Qué horror! ¿Quiénes lo denunciaron?
—Algunos de sus propios hombres y los pobres somalíes, que consiguieron que un grupo de periodistas filmara con teleobjetivo una de las “diversiones” del general.
—¡Carajo! El paladín de la Patria es miembro del Ku-Klux-Klan...
—Ajá, y nos viene como anillo al dedo para la cobertura de Dubois.
Odette lo miró calculadora y sonrió a medias.
—¿Un ex-Casco Azul de Constantini?
—Un fanático de sus ideas contratado como asesor de seguridad de Su Alteza, el príncipe Tarik Al Faid— esperó callado mientras ella evaluaba la propuesta —.No será necesario alterar las cartas de presentación.
—Hmm... No, son lo suficientemente ambiguas... Una clase magistral de diplomacia... ¿Pero eso no sería fácil de verificar? Quiero decir, si investigan en los archivos de enrolamiento... Esta gente debe de tener buenos contactos...
—Yo también tengo buenos contactos... —respondió satisfecho.
—Y me los ocultaste. A tu propia sangre —Odette lo miró con los ojos entrecerrados, fingiendo enojo, pero una sonrisa le bailaba en los labios.
Él sonrió mientras pensaba cuánto hacía que no bromeaban juntos. A veces sentía miedo por ella, tan lejana, tan sola por su propia tenaz decisión. Le había asignado diferentes compañeros en casos anteriores, pero nunca había resultado del todo bien. Ella era demasiado sutil, iba demasiado delante de ellos. Algunos de sus compañeros habían tenido la pésima idea de tratar de llevársela a la cama. Era lo peor que se podía hacer con Odette: insinuársele o intentar abiertamente la seducción. El Cisne respondía con la ferocidad y la velocidad de una cobra. Cuando no terminó como el escándalo de Ayrault. Cerró los ojos como si pudiera evitar el recuerdo. Espero que con Dubois sea diferente. Él es diferente.
—¿Qué te parece? —le preguntó a su hermana en voz alta, siguiendo el hilo de sus pensamientos.
—Excelente... ¿Qué mejor recomendación?
—Gracias. Perdón, pero me refería a Dubois.
Ella lo miró con una expresión indefinible y a Auguste se le saltó un latido. ¿Acerté?
—Dubois... —Odette hizo una pausa —Me enteré de lo de su padre. El tipo es todo un caso.
—¿Todavía vive? Creí que...
—No lo ve desde hace quince años, por lo menos.
En pocas palabras le refirió los hechos que Marcel le había confesado un mes atrás.
—Una bomba de tiempo, ¿eh? ¿Cómo cuernos sabías de su familia y...?
—Leí su expediente.
—Odette, eso es...
—Tengo amigos en Archivos —vanidosa.
—¿Archivos? ¡Creí que se habían declarado la guerra!
—Siempre hay un traidor al que utilizar —retrucó ella, imitando la voz de Humphrey Bogart. Se rieron.— Me... gusta — refiriéndose al teniente —.Creo que tiene potencial. Me recuerda a alguien que conozco —sonrió traviesa.
—¿Sí?
—A un abogado metido a policía —
Tramposa. La miró levantando una ceja y ella se rió.
—¡Eh, eh, debería ser un elogio, al menos para Dubois!
Rieron otra vez. La observó pensando que ella no se daba cuenta. Había líneas diminutas alrededor de su boca y en el entrecejo. Líneas de preocupaciones presentes y de dolores pasados.
—Ya no somos más unos chicos —dijo Odette en voz baja, sobresaltándolo—. También te ganaste tus arruguitas. Y canas — hicieron silencio —Te quiero, Auguste. Te voglio bene assaje.(7)
Lee tan bien en mí... Se mordió el labio mientras la miraba.
—Sé que es difícil trabajar conmigo. A veces, ni yo misma me soporto. Te pido disculpas por ser un incordio.
Auguste se levantó del escritorio para abrazarla.
—Yo también te quiero, Cisne. Estoy asustado —no se había atrevido a confesárselo hasta ahora.
—El miedo es saludable. Te mantiene vivo — se abrazaron en silencio —.Estamos cerca, muy cerca. Quisiera... que esto terminara lo más pronto posible.
—¿Cuándo... cuándo te vas? —a Alsacia. No lo mencionó.
—En dos semanas, más o menos. Pensaba llegar allí unos días antes que... "ellos", y preparar un poco el terreno.
La besó en la frente mientras todavía estaban abrazados. Sully entró y se soltaron despacio, pero no antes de que la cabo pusiera cara de circunstancias. Dios, ahí va el noticiero de las ocho. Odette lo miró con la risa en los ojos, alzándose de hombros. La suboficial dejó una pila de papeles en el escritorio y salió con gesto ofendido.
—Soy un hombre casado —susurró al oído de su hermana.
—No te preocupes. Voy a hacer unas llamadas anónimas a Nadine para ponerla en guardia.
Mientras salía de su despacho le dijo:
—Voy a archivar. Un poco. No sea cosa que se malcríen.


—Ahí va, con esa sonrisita de gato que se acaba de comer el pescado —murmuró ácidamente Sully. Sus labios modularon un insulto que no pronunció en voz alta. Foulquie la reprendió con la mirada
—¡Qué más quiere! ¡Tiene al comisario de la nariz, y Dubois que no le despega los ojos del culo!
—Basta, Sully. Qué sabe...
—¡Estaban abrazados cuando entré! —miró a su alrededor buscando apoyo logístico.
—Te lo dije, viejo: la dama es propiedad privada —Bardou se unió a la turba con un gesto socarrón —-.Avísenle a Dubois.
—Me muero por darle las novedades —agregó Sully, acomodándose el pelo con la mano.
—¿Cuáles? —preguntó el teniente mientras entraba a la oficina general desde el pasillo. Foulquie la miró con aire amenazador. No me importa, pensó la cabo y apoyó una mano cómplice en el brazo de Dubois.
—Si me invita después a un café... — no me voy a perder la ocasión, dulzura.
—Sully —Foulquie, siempre tan oportuno, viejo de mierda —, lleve estos expedientes a Prontuarios. Ahora.
Mientras la cabo salía, Dubois interrogó con la mirada a los presentes. El sargento se sentó de espaldas a él, mientras Bardou señalaba con la cabeza hacia el cubículo de Marceau. La cara de Dubois era un monumento a la curiosidad.


(1)Seudónimo
(2)En voz baja
(3)Siéntate (dial. siciliano)
(4)Adelante, entonces (id.ant.)
(5)Debieras haberte casado con una muchacha siciliana (id.ant.)
(6)Parece que no son para nosotros (id.ant.)
(7)Te quiero mucho (dial.napolitano)