POLICIAL ARGENTINO: Palais d'Elysée
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sábado, 2 de enero de 2010

La dama es policía - CAPITULO 37

HOSPITAL HÔTEL DIEU, PARÍS, CUATRO DÍAS DESPUÉS


—Así que decidió renunciar.
Odette se volvió sorprendida. Estaba terminando de vestirse, de pie al lado de la cama. Fraulein Hitler le había dicho —le había ordenado— que se sentara para hacerlo, pero ella se sentía bien, sin mareos. Me dieron tantas mierdas que no podía ni levantarme para ir sola al baño, carajo.
—Le hice una pregunta, Marceau —restalló otra vez Michelon.
La comisario estaba pálida, los ojos de acero clavados en ella con furia.
—Sí. Me voy a retirar.
Las manos le temblaban inocultablemente mientras se abrochaba los puños de la camisa. Encajó los dientes para frenar el nudo que se le estaba haciendo en la garganta.
—¿Puedo saber por qué?
—Motivos personales.
—Todavía soy su superior. Esa respuesta no es satisfactoria— MIchelon se acercó, tomó la silla y la empujó para que se sentase —.Quiero escuchar sus razones, que espero sean muy válidas.
—Yo... —le costaba pronunciar cada palabra—...me siento... No. Soy responsable... de la muerte de mucha gente. No protegí como debía a Marguerite, sabiendo que esta gente estaba detrás de nosotros... Si no hubiera regresado a la Brigada, Foulquie y los hombres que enviaron a la casa de... mi hermano, estarían vivos... No cumplí con parte esencial de mi deber como oficial. No puedo continuar. No tengo derecho.
—¿A qué no tiene derecho? ¿A seguir viva cuando ellos murieron, o a haber sobrevivido a Jean-Luc? ¿Ya consumó su venganza y desecha estos años como una cáscara vieja? ¿O no logró el objetivo propuesto de que le ahorraran el trabajo de pegarse un tiro?


Se quedó sin aliento: era la primera vez que oía gritar a Michelon.La otra la obligó a mirarla mientras le espetaba con voz helada:
—¿Se cree que no la observé todo este tiempo? ¿Se cree que no sé cómo pasó todos estos años arriesgándose, sin que le importara nada, como si buscara cruzarse en el camino de algún loco que le metiera una bala en el cuerpo de una vez por todas? ¿Por quién me toma? No es la primera vez que uno de mis oficiales tiene tendencias suicidas, ¡pero nunca fueron tan obvios!
—¿Qué dice...? —se puso de pie y se tambaleó, pero no volvió a sentarse.

—La verdad. La verdad con la que nunca se atrevió a enfrentarse. Todo este tiempo buscando vengarse como una cría caprichosa a la que le quitaron algo, sin mirar a quién le hacía daño con su obsesión. Sin preocuparse por la gente que la amaba. Porque los que tenían la desgracia de amarla y estar vivos sufrían, ¿lo sabía? No, porque usted se ocupaba nada más que de su propio dolor. Eligió su calvario exclusivo, pero arrastró a los demás con usted. Los vivos no importaban. “Bastante suerte tienen. No me interesan. Jean-Luc está muerto. Yo estoy muerta”. Se equivocó, Marceau: usted estuvo viva siempre. Tan viva que hubo gente que la amó y sufrió por callarse ese sentimiento. Pero es una mujer muy afortunada, porque todavía hay gente que la ama. Y usted es cruel como un chico, porque los rechaza. Odia a todo, a todos, se odia usted misma, no se puede perdonar y como no puede, decidió no perdonar a nadie. Nunca más.
Michelon hizo una pausa para recobrar el aliento y siguió fustigándola con saña.
—¿Sabe que el hombre que está ahí afuera mató por usted?
Odette boqueó: el corazón no le cabía en el pecho. Michelon no se detuvo.
—No importa que el tipo fuera la última escoria del universo. Usted es muy consciente de eso: un policía no puede disparar a matar salvo que corra verdadero riesgo su vida o la de otros. Usted misma respetó siempre esa ley. Podría haberle metido un tiro en la cabeza a Savatier, podría haber matado a Beaumont sin que nadie se lo hubiera reprochado; podría haber rematado a esa bestia de D’Ors. Pero es muy buena oficial. Nunca haría una cosa así. Sin embargo, Dubois le vació el cargador a un hombre desarmado. Por usted.
Las lágrimas le rodaron sin que se diera cuenta.
—¿Qué le pasa? ¿Baja la guardia nada más que cuando cree que ya no hay salida? ¿Puede admitir que es capaz de sentir algo por alguien sólo si se está muriendo o bajo los efectos de un sedante?
Odette se sentó otra vez, porque las piernas no la sostenían. Michelon no le tuvo piedad.
—¿Cuándo piensa madurar? ¿Dejar atrás de una vez todas las corazas y salir a enfrentar la vida como la adulta que se supone que es? Quizá yo también esté equivocada. Quizá nunca dejó de ser la mocosa de veinte años, enamorada de un sueño. Hermoso, pero un sueño —los ojos de Michelon se nublaron y su voz era casi un susurro—. Que terminó dolorosamente. Pero un sueño. Afuera de esta habitación la espera la realidad de todos los días. La calle, llena de hijos de puta y de gente normal, como en cualquier otra parte. Si piensa salir de este lugar— y no se refería al hospital—, crezca. Admita que también usted puede equivocarse. Que no es ni omnipotente ni responsable de todo lo que ocurre a su alrededor, sino en la medida de sus posibilidades, como mujer y como oficial de policía, que creo... No: estoy segura, es lo que mejor sabe hacer. Aprenda a dejarse amar otra vez, no ya por su familia, que la quiso incondicionalmente aun cuando usted no dejaba de castigarlos con su actitud, sino por los que la aman por lo que creen que es: una mujer. Demuéstrese que puede serlo por completo.
Odette abrió la boca para replicar, pero la otra, sujetándola por los hombros, no la dejó.
—Amó como una criatura, tomando lo que le ofrecían generosamente. No dudo de que haya amado mucho y con desesperación. Yo también tuve veinte años. Ahora aprenda a amar como una mujer, viendo las cosas como son en realidad y no como las quiere ver, y ofreciéndose tan generosamente como recibió. Acepte sus propias debilidades y las de los demás. Sólo los sueños son perfectos. La realidad es inmunda. Lo único que nos ayuda a sobrevivirla es poder dar algo de nosotros mismos cada día a los demás. Dar no significa morir por los demás; significa vivir para entregarse, equivocarse y aprender de los errores, aceptarse y aceptar a los demás tal como son, con lo que traen para ofrecernos.
Michelon estaba tan agotada como ella. La soltó y giró hacia la puerta, sin esperar que le respondiera.
—Madame...
Los ojos de Michelon ya no eran de hielo, sino un mar tormentoso por las emociones que los barrían.
—Por favor... perdóneme... Estuve tan equivocada... tanto tiempo.
Se abrazaron y lloraron juntas un rato muy largo.

PARIS, LA DÉFENSE, EL MISMO DÍA
—¿Cómo estás?
—Mareada...
Marcel sentó a Odette en la cama y comenzó a quitarle la ropa. Hubiera querido besarle cada marca, pero se contuvo y se limitó a darle un beso en la frente.
—¿Dónde hay un camisón?
—No tengo. No uso.
En otras circunstancias, le hubiera hecho el amor allí mismo. Ahora era mucho más fuerte su necesidad de protegerla y llenarla de ternura. La acostó como a un bebé y la arropó con el edredón.
—Quiero café.
—No empieces a dar órdenes— sonrió mientras la besaba.
—No es una orden. Por favor, quiero café.
¿Tenía los ojos llenos de lágrimas o a él le pareció?
Cuando Marcel volvió con las tazas, la fotografía ya no estaba sobre la mesita de noche. Tomaron el café sentados en la cama, ella envuelta en las sábanas, acurrucada bajo su brazo. Te amo. Por qué me sentiré tan estúpido, tan feliz, tan miserable, todo a la vez. Te amo.
—Voy a dormir en la habitación de huéspedes. No quiero dejarte sola.
Ella negó con la cabeza, levantó la cara y lo besó.
—Aquí, conmigo. Por favor.
La abrazó en silencio hasta que se quedó dormida.


PARIS,CASA DE LA COMISARIO MICHELON, ESA MISMA NOCHE

—Fuiste muy dura con ella, Claude.
Cuando Laure me llama por mi nombre de pila se viene una reprimenda.
—¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Dejarla ir y perder a una de mis mejores oficiales? ¿Verla destruirse otro poco cada día y lastimarlo a él por no admitir lo que le pasaba?
—También te preocupa él... Es lo suficientemente grande para resolver sus problemas solo.
—No seas así...
—Ella siempre te importó mucho. Tu enfant terrible favorita— Laure se volvió en la cama, dándole la espalda.
—Laure, Laure, en el nombre de Dios, ¿qué estás pensando? ¿No habrías hecho lo mismo en mi lugar?
Laure asintió a regañadientes y Michelon la abrazó cariñosamente.
—Yo no necesito que me digan a quién. Lo sé perfectamente: te amo.
—Nunca me lo dijiste... así —sus ojos verdes se volvieron brillantes.
—No quiero perder más tiempo, entonces. Te amo, te amo, te amo.
Se hicieron el amor hasta quedar exhaustas y se durmieron.


PARÍS, LA DÉFENSE, DOS SEMANAS MÁS TARDE

La puerta. Son las seis de la mañana. No puede ser... Sí, están tocando el timbre. ¿Marcel? No, para qué, si tiene el código de acceso. Además, la audiencia es a las diez. Se equivocaron de piso.
¡Otra vez! Ya voy, carajo. Terminó de ajustarse la bata frente a la puerta. La voz de Nazaire, el portero de la noche, le informó por el intercomunicador que había un envío para ella.
—Nazaire, ¿no pueden volver más tarde? —qué locura. ¿A esta hora?
—Es que... esperan su respuesta, señora.
Cuando abrió vio al azorado portero que sostenía un espléndido ramo de rosas de color borravino, magníficas, casi negras de tan oscuras. ¡Mis favoritas!. Más un ejemplar de Le Monde.
—Usted disculpe, señora, pero acaban de traerlas y están esperando su contestación.
—¿Quién? —yo estoy dormida y alguien me hace bromas pesadas... No. Demasiado caro como para ser una broma. Un presentimiento le estrujó el estómago.
—El... el señor de la limusina. Abajo
¿Dónde, si no? Se abstuvo de preguntar. Los porteros son insensibles al sarcasmo. Contó las rosas: veintitrés. Todo un caballero. Buscó la nota... porque debía haber una. Una tarjeta blanca, de papel elegantísimo, qué menos, sin identificación, escrita a mano con una caligrafía firme y decidida. Muy masculina. Alguien importante, por cómo dibuja las mayúsculas. Acostumbrado a dar órdenes y que no se le discuta. Leyó el texto, con la boca seca.

“Felicitaciones, señora comisario. Sabe ganar.Yo también.
¿Aprendió a perder, lo mismo que yo?”

—Señora —interrumpió el portero, que hacía esfuerzos inútiles por espiar la tarjeta—.El señor de la limusina dice... —la miró para ver si le prestaba atención—,dice que cuando llegue el teniente Dubois y le pregunte por las flores, le diga que las envió la Brigada para felicitarla por el ascenso.
Las rodillas se le aflojaron durante un latido de corazón.
—¿Quién es el teniente Dubois? —Nazaire estaba ávido de noticias.
—Un amigo.
—Señora... ¿va a enviar una respuesta?
¿Cuánta propina le dieron, Nazaire?
—Sí... Un momento.
Tomó una tarjeta personal y un sobre y escribió la respuesta que le reclamaban. Iba hacia la puerta cuando lo pensó mejor y, tomando una de las flores, la entregó junto con el sobre al portero.
—Por favor, Nazaire, entregue el sobre y la rosa al caballero que está esperando.

****

Cuando salía del baño oyó entrar a Marcel. Fue hasta la cocina a preparar el café, mientras la loción para después de afeitar le cosquilleaba en la nariz y le soltaba mariposas en el pecho.
—No quiero pasar otra noche lejos—Marcel le rodeó la cintura por la espalda y le besó el cuello
Yo tampoco —se volvió para besarlo y abrazarlo. Fuerte, muy fuerte. Él sonrió y le levantó la cara.
—Estás pálida...
—Acabo de bañarme y todavía no me maquillé.
—¿Y las rosas? Son bellísimas. El color es increíble... ¿Algún admirador del que tenga que encargarme? —hizo un cómico ademán de sacar de la cartuchera el arma que no llevaba.
—¿Por qué la violencia policial siempre en primer lugar? —decidió hacer caso del consejo—Las mandó la Brigada. Todo un gesto de cortesía — si se ocuparon de pasarme el libreto, imagino que habrán hecho lo propio con la PJ. El pensamiento le dio vértigo.
—Y ahora yo parezco un incivil por no enviarte nada.
Lo besó sin responderle. No preguntes más. Te amo, incivil.
Se sentaron en la cocina a desayunar y Marcel tomó el diario después de encender un Gauloise.
—No sabía que lo recibías.
—El portero debe de haberse equivocado. Cuando salgamos lo devolvemos.
—¡Mierda! —la miró azorado por encima de las hojas —¡Nohant se suicidó!- le leyó los titulares y copetes de las primeras páginas. - "A altas horas de la noche — Detesto ese léxico periodístico de mierda, pensó Odette mientras escuchaba, — Didier Nohant, ex Director General de la Policía Nacional, saltó desde las ventanas del último piso del Palais de Justice, cuando era trasladado para declarar por los cargos que se le habían efectuado. Al recientemente destituido funcionario se le habrían comprobado vinculaciones con organizaciones de lavado de dinero proveniente del narcotráfico". ¿Qué tal? La última rata se tiró del barco y se ahogó.
Odette bebía su café con leche en silencio cuando Marcel dejó las hojas sobre la mesa y se levantó.
—Demasiado café. Voy al baño.
—¿Por qué a mi baño? —protestó ella—.Está el de huéspedes. Tengo que maquillarme.
El la miró con esa expresión de macho de la especie que le hacía correr escalofríos de placer por la espalda, aunque ni pensara siquiera en admitirlo delante de él. Fanfarrón adorable.
—Estoy marcando el territorio.
Mientras lo oía silbar, buscó en el obituario hasta que encontró las líneas: “D. Nohant, amigo dilecto. Sus compañeros de tareas de la OCT lo recuerdan con afecto y elevan una plegaria en su memoria”. Llamó al diario a la sección correspondiente.
—¿Con cuánta anticipación se publican las necrológicas?
—Veinticuatro horas como mínimo, señora. ¿Desea publicar?
—No, está bien. Muchas gracias.
Veinticuatro horas.
—¿Con quién hablabas?— preguntó Marcel mientras se sentaba y se servía otro café.
—Con el servicio meteorológico.
—¿Qué dice?
—Que va a ser un día espléndido.
Levantó el auricular casi antes de que dejara de sonar el primer campanillazo, con la mano húmeda de transpiración fría. Marcel la miró sorprendido. Era Auguste.
—¿Te enteraste?
—¿Lo de Nohant? Sí...
—Increíble... Todavía le quedaba un ápice de vergüenza a ese inmoral....
—¿Quién es? —preguntó Marcel con cara de “quién mierda es”.
—Mi hermano, Otelo— y de nuevo por el teléfono: —Auguste, tengo que vestirme...
Le pasó el auricular a Marcel y los dos se quedaron charlando sobre la novedad.
Auguste no sólo no sabe nada: tampoco se lo imagina. Se tomaron el trabajo de averiguar qué diario recibe mi hermano en su casa. El estómago comenzó a dolerle. Se llevó el Le Monde a su dormitorio y, tras separar las necrológicas, rompió la hoja minuciosamente y arrojó los papelitos por la ventana.

PALAIS D'ELYSÉE, A MEDIODÍA
Cuando estaban a punto de entrar a la audiencia, una delegación salía del despacho. Extranjera, por lo que podía apreciarse. El hombre de alrededor de ochenta años que iba en el centro del grupo destacaba entre los otros más que por su estatura, por el aura de poder que emanaba.
A medida que ambos grupos se acercaban, Auguste siguió los ojos del hombre, que se clavaron entrecerrados en Odette. Después de un vistazo rápido y apreciativo a toda la gente de la Brigada, volvió su mirada otra vez a ella, que no le había despegado los ojos. Mientras se cruzaban, lo observó rozarse apenas la solapa izquierda con el pulgar, a la vez que inclinaba la cabeza con un esbozo de sonrisa en los labios. Ella le devolvió la sonrisa y levantó apenas el mentón, en absoluto silencio. Parecían medirse como en un lance de esgrima. Auguste no supo por qué sintió una mano helada sobre el corazón ante ese intercambio mudo. Los dos grupos habían aminorado el paso al cruzarse y nadie pronunció una palabra.
Sólo cuando se hubieron alejado lo suficiente se atrevió a tragar saliva, mientras el resto reanudaba la charla en voz baja. Oyó que detrás de él alguien comentaba lo infrecuente que era ver hoy en día a un hombre con una flor en la solapa.

****
En las escalinatas del Elysée, Michelon los abrazó efusivamente, uno a uno. La ceremonia había sido sencilla y privada. Sin prensa, había exigido la Brigada. De otro modo, los “especiales” dejarían de serlo.
Auguste miró a su hermana. Todavía estaba un poco pálida. Casi no había abierto la boca durante la audiencia y no había hablado desde que salieran de ella. Bajó los escalones de dos en dos para alcanzarlas a ella y a Michelon, que bajaban juntas.
—¿Estás bien, Cisne?
Odette le dedicó una sonrisa de Gioconda.
—Estoy en paz— murmuró.
La abrazó contra su pecho y le besó la frente.
—No más fantasmas —le dijo muy bajo. Odette asintió con la cabeza. Bajaron juntos unos escalones, mientras él esperaba que le pasara un poco más de aire por la garganta. De pronto, ella le dio un golpecito en la nariz con un dedo.
—Nonno Augusto tenía razón. Vas a ser un figurone de verdad. Hoy, un cargo en el Ministerio del Interior; mañana... ¡a conquistar el mundo! —le hizo un gesto graciosamente malévolo.
Michelon se reía sin mirarlos. Voy a echar mucho de menos a Madame. Debería tomar unas clases sobre cómo sacudir a Odette tal como hace ella.
—Usted no puede quejarse... comisario Marceau. ¿No estás contenta?
—Supongo que debería... Aunque me suena a que me ataron a la pata de un escritorio. ¿La condecoración incluye la cadena? —y se apresuró a bajar.
Así lo espero. De todo corazón, Cisne. Pero creo que conseguí una cadena mejor. Como no se encargue de tenerte bien sujeta, voy a pedirle a Michelon que lo degrade y lo transfiera a Archivos.
****
Marcel los observó mientras bajaban juntos unos escalones, el brazo derecho de Auguste rodeando los hombros de Odette. El parecido entre ambos hermanos se le hizo tan evidente que durante medio segundo tuvo una punzadita de culpabilidad. Cómo nadie se dio cuenta en tanto tiempo. Cómo yo no me di cuenta. Las mismas cejas pinceladas, los mismos rasgos delicados, tallados en él en mármol, en ella en porcelana. La chispa de comprensión en los ojos al cruzar las miradas. "Comparten algo muy íntimo, que no es el dormitorio". Claro que es íntimo. La misma sangre.Cuando pasaba a su lado, Michelon volvió a medias la cabeza y sonrió de una manera extraña, mitad comprensión, mitad complicidad. Ella lo sabía. Siempre lo supo. Le devolvió una sonrisa resignada y ambos miraron en la misma dirección.
—Tenga cuidado, capitán. Si se deja atrapar difícilmente pueda resistirse.
Marcel apretó el paso para alcanzar a Odette, que se alejaba del grupo.
—Me avisó tarde, Madame.

****
Oustry, que ahora bajaba a la par de Michelon, le tocó el codo con el entrecejo fruncido mientras le señalaba con la cabeza a Dubois y Marceau. Michelon sonrió levantando las cejas y el prefecto entendió y sonrió él también.Michelon se guardó un suspiro.Una carrera brillante. Jean-Luc estaría orgulloso de ella, igual que yo. Ahora podía pensar en él sin demasiado dolor. Pobre Dubois, la que le espera. Es muy del estilo de Massarino, un poco inocente. Buenos oficiales los dos. No hay nada que hacer: las mujeres somos más retorcidas. Quién sabe si volvemos a dejarlos dirigir la Brigada.



****


Marcel corrió detrás de Odette para tomarla por los hombros y cuando ella se sacudió el abrazo, la sujetó por la cintura. Esta vez no insistió en soltarse. Bruja caprichosa.
—¿Qué? ¿No puedo intimar con un superior?
—Dubois... —respondió ella, enarcando una ceja. Pero apoyó la cabeza en su brazo. Marcel aprovechó la ocasión y la besó. En público. En las puertas del Elysée y delante de la mitad de la PN. Uno a cero, viejo. Y al que se atreva a acercársele le rompo las costillas.Estrechó el abrazo y le dijo al oído:
—Ese viejo verde tardó una eternidad en colgarte la medallita, haciéndose el simpático.
—Ese viejo verde es tu Presidente.
—Me importa una mierda. También es el tuyo.
—Yo no lo voté.
¿Cuándo voy a ganar una discusión con esta mujer?

EPÍLOGO
PROVINCIA DE BUENOS AIRES, FINALES DE 1996


Me gusta. Inteligente. Atractiva. Una combinación casi fatal. No es exactamente de mi tipo, pero me gusta. Una pena que no admitamos mujeres en la Orden. Improvisan más rápido y mejor que nosotros. Parece que nos leyeran la mente. Muy peligroso. En poco tiempo las tendríamos ocupando lugares clave. Una verdadera pena, mi querida. Menos mal que usted es joven todavía, con mucha pasión en la sangre. Si tuviera veinte años más y la frialdad de la edad, tendría que haberla eliminado. Así de brillante, no hubiera parado hasta llegar a la tranquera de la estancia. Por suerte para usted, prefirió seguir viva para su teniente... perdón, su capitán. Y mantenerlos vivos a él y a su familia. Una decisión muy importante, señora comisario. Una elección inteligente. Aprende rápido. Seguramente supere al maestro algún día. No espero menos de usted.
—Señor...
—¿Qué pasa, José?
—¿No piensa hacer nada?
—¿Con qué?
—Con... ellos, señor. Ella, el hermano, el... otro...
—Nada. Son intocables.
—¡Pero...!
—Nos ahorraron el trabajo de limpieza, que era algo que me molestaba mucho. Por otro lado, tienen muy bien cubiertas las espaldas. Nunca nos metimos con esa gente, y no vamos a empezar ahora.
—A él lo identificaron, señor...
—Arreglé para que se encarguen el Ministerio de Relaciones Exteriores y el del Interior. No se preocupe más.
—¡Pero esos tanos hijos de puta liquidaron a nuestra gente!
— Epa, no se me vaya así de boca. Se cuidaron muy bien de eliminar a "nuestra" gente. Se ocuparon de contactos, nada más. Útiles, no se lo voy a negar, pero que habían entrado en ese jueguito perverso. Lacras morales. Capítulo cerrado —hizo un silencio que Ortiz no interrumpió —¿Usted oyó hablar alguna vez del “coste de oportunidad”? Esto es más o menos parecido. Empezamos en otra parte. Llame a Londres. Quiero saber qué novedades hay.
Se arrellanó en su bergère favorito y, antes de que Ortiz saliera, comentó a media voz:
—Tendría que haberla visto... Orgullosa, no me bajó los ojos ni una vez. Y sabía, ¿eh?, sabía que había perdido.Una dama. Me debe mucho. No se va a olvidar, se lo aseguro. Pero tampoco me voy a cobrar.Esta vez, salimos hechos...
—No entiendo, señor— Ortiz estaba moderadamente horrorizado— ¿Ella lo reconoció?
—Digamos que me dejé reconocer. Ella también puso su granito de arena, o más bien la rosa en el ojal. Soy un anticuado.
—¡Pero, por qué...!
—No pude evitar la tentación, viejo y todo como soy.Quería verla personalmente y que ella supiera que yo estaba ahí, antes que ella y que su gente; que siempre vamos a estar un paso adelante y un escalón más arriba, pero que reconozco a un gran oponente cuando me le enfrento.
Se puso melancólico sin saber por qué.
—Hubiera preferido no encontrarla nunca, no saber de ella, que no me importara. Siempre creí que las mujeres estaban para otras cosas: parir, acompañar, ser tu sombra complaciente y callada o una joya que se lleva colgada del brazo para que te envidien los obsecuentes... A ver quién lleva la hembra más linda y más estúpida. Los estúpidos somos nosotros, que creemos eso de ellas, José —rara vez lo llamaba por su nombre y vio que José se había emocionado—. Ahora me importa. Aprenda usted también, porque es una lección difícil de tragar.Debo de estar poniéndome viejo...
—Usted no es viejo, señor —murmuró el otro, desviando la mirada.
—Vaya a hacer esa llamada, José. Después vuelva, que tenemos que hablar de unas cuantas cosas.
Los ojos de Ortiz relampaguearon de expectación. Así me gusta; orgulloso del puesto que le toca ahora. A ver cómo se porta.
Mientras Ortiz salía del estudio, el viejo leyó la tarjeta por enésima vez. Caligrafía firme. Acostumbrada a tomar decisiones.

“Tuve un maestro magnífico. Aprendí una lección inolvidable”,

decía.
Lo que más le gustaba, sin embargo, era la postdata:

“Adoro las rosas negras. Gracias por tener en cuenta ese detalle”.

Guardó la rosa seca en el sobre junto con la tarjeta y las fotos y metió todo en un compartimiento de la caja fuerte, mientras sonreía. Toda una dama.


FIN

viernes, 7 de agosto de 2009

La dama es policía - Capítulo 30


Hôtel Matignon, residencia del Primer Ministro

PARÍS, MIÉRCOLES POR LA NOCHE
—Tengo que hablar con usted. Esta noche.
— Imposible. Tengo una audiencia con el Presidente.
—¡Me importa un carajo! Arrégleselas como pueda, pero a mí me recibe primero.
La puta que lo parió. ¿Qué se cree? ¿Que puedo darle el plantón al Viejo así porque sí? El Primer Ministro se revolvió molesto en el sillón: ese boludo merecía que lo pusieran en su lugar.
—Escuche...
—No. Escúcheme usted a mí. Este desastre tiene que terminar. Como sea. No se olvide de quiénes lo pusimos donde está.
Apretó los labios con rabia. Grandísimo hijo de puta, nunca se pierde la ocasión de recordármelo, él y su puto anillito, siempre amenazándome. Las entrañas se le hicieron un nudo.
—Voy a tratar de arreglarlo... No le prometo nada.
—No sea idiota. No trate: arréglese para verme. Y no quiero que nadie por ahí sepa que estuve con usted. Después vemos qué mierda vamos a hacer con el Viejo y los demás.
Cuando colgó, el Primer Ministro llamó al secretario privado. Un buen tipo, eficiente, diplomático. Un idiota útil.
—Frayssinet, necesito postergar la audiencia con el Presidente una hora por lo menos. Tengo que resolver algo... personal. Usted me entiende.
Frayssinet sonrió comprensivo. Bien, se tragó el sapo de que voy a ver a Evelyn.
—¿Va usted, señor?
—No. Ella insistió en venir aquí. Tengo que solucionar un problemita. ¿Sería posible un poquito de discreción?
—Señor...— Frayssinet se ofendió —Yo me ocupo de que nadie quede en el piso. Como siempre.
—Gracias, Georges. Usted es un amigo. Arrégleme lo de la agenda y avíseme por teléfono.
—¿Va a entrar...?
—Por donde siempre. No se preocupe.



En los pasillos del piso no había ningún guardia. Los empleados civiles ya se habían retirado. Me hizo caso. Bien por el ministro.
El cretino estaba esperando sentado a su escritorio. Seguramente para impresionarme. Gordo fanfarrón.
—No tengo mucho tiempo. Pude postergar la audiencia una hora y media, nada más.
—No nos va a llevar mucho tiempo —sacó el arma con silenciador y le apuntó.
—¿Qué... qué hace?
—Usted es un imbécil. Le dije que había que quitar de en medio a esos policías de mierda y al prefecto Oustry.
—¡Por Dios, hice lo que me ordenaron! ¡Puse a cargo a Beaumont! ¡Después tuvimos que liquidarlo antes de que hablara! ¡Todo está yendo muy rápido! Necesito tiempo... Déjeme ver al Viejo... Puedo convencerlo... de que son ellos... los responsables...
—O de que yo soy el responsable... Iba a entregarme en bandeja de plata, ¿no?
La cara mofletuda del hombre reflejaba una desesperación sin límite. La que se siente cuando te descubrieron y no te queda alternativa. La que se tiene cuando se sabe que te van a matar.
Se acercó ominoso y empujó el sillón hacia el escritorio, apretándole el estómago abultado contra el sobre de madera y cuero. El otro jadeó, un poco por el empujón, un poco por el miedo. No era rival físico para él. Lo sorprendió, agarrándolo por los cabellos y tirándole la cabeza hacia atrás, hacia el respaldo del sillón. Con el mismo movimiento le metió el cañón de la pistola en la boca y moviéndolo ligeramente hacia arriba y hacia la derecha, disparó. El proyectil atravesó el respaldo exactamente en el lugar que había previsto al correrse a la izquierda. Con cuidado, tomó la mano del hombre y la frotó con la suya cubierta por guantes de látex quirúrgico, para adherirle la pólvora a los dedos. Zurdo de mierda. Después quitó el silenciador, acomodó los dedos sobre el arma y dejó caer el brazo desde la posición frente a la boca. Se limpió una salpicadurita de sangre de la manga, abrió el cajón central del escritorio, retiró otra pistola igual a la que había puesto en la mano del muerto, y se la guardó en la cartuchera bajo el sobaco después de ponerle el silenciador.
Salió por donde había llegado, sin que lo vieran. Caminó unas cuadras hasta su automóvil y se fue a su casa, a esperar la llamada. Porque tenían que llamarlo. Y él iba a ir. Cómo no iba a ir. Ahora estaba a cargo de todo. El Brigadier me lo confirmó. Tembló de expectación y coraje. Reflotamos la operación y yo quedo al frente. La entrepierna se le erizó excitada.



BUENOS AIRES, MIÉRCOLES POR LA TARDE
Ortiz llamó la atención del viejo con una tosecita.
—Señor...
El viejo levantó la vista de los papeles y le hizo una seña con la cabeza. Ortiz se acercó sólo entonces, separó el silloncito con un movimiento silencioso y se sentó frente al escritorio, la boca apretada en una línea de disgusto.
—Están haciendo averiguaciones sobre los propietarios de la sede de París—dejó los faxes sobre el escritorio.
El viejo se recostó contra el respaldo del sillón con los papeles entre las manos y Ortiz se quedó en silencio.
—¿Qué quiere que hagamos?— preguntó Ortiz cuando el viejo apoyó otra vez los papeles.
—Por ahora, nada. No tienen posibilidades de investigar demasiado, José. A lo sumo fueron al municipio, consiguieron información sobre el dominio, y después, ¿qué? Una sociedad anónima, una nacionalidad. Tienen que seguir buscando. ¿Por dónde empiezan? ¿Por las páginas amarillas? —se rió seco, y él lo acompañó con una sonrisa. Ese humor tan particular del tatita.
El viejo continuó.
—Esto no es Europa, ni los Estados Unidos. ¿Sabe cuánto pueden tardar? No creo que consulten a nuestra policía, con la experiencia que tuvieron hace doce años. Sacando a algunos federicos derechos, el resto no es muy confiable que digamos. Yo no confiaría, ¿y usted?
—Ya sabe que no lo hago. Ni en esos federicos derechos, como los llama usted. Igualmente me gustaría saber qué averiguan. No quisiera salir un día a la mañana y encontrármelos en la tranquera.
—Esta vez creo que la mejor estrategia es mantener el mimetismo con el paisaje— el viejo sonrió con astucia—. No estoy huyendo; no se me equivoque— lo atajó al verle el gesto de desagrado—. No se olvide de que el poder que se intuye, muchas veces espanta más que el que se ve a simple vista. ¿Qué es peor: oír el rugido del león y saber que sale a cazar, o esperar el zarpazo silencioso del tigre? Si alguna vez llegan a saber más de lo que ya saben, que es mucho, y si son tan brillantes como creo que son, van a retroceder — la mano del viejo bajo categórica sobre el brazo del sillón, acompañando las palabras.
Ortiz nunca había dudado de la sabiduría del tatita, porque, entre otras cosas, nunca le había mentido ni le había ocultado nada. Pero la espinita en el costado le molestaba, así que decidió insistir. No sea cosa que por una vez se nos equivoque el viejo y...
—Señor, perdone que insista pero... ¿y si de cualquier forma llegan a saber algo más? ¿Algo que no deben?
El viejo lo miró con expresión severa.
—En ese caso, veremos.
Respiró más tranquilo. Por supuesto, la decisión final es de él, eso no se discute, pero tengo la aprobación. Si llegan a meterse demasiado en donde no deben, traslado.


PARÍS, MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Durante la cena, Michelon intercambió con Laure los chismeríos del día. Cuando le contó lo de Sully, Laure comentó divertida:
—¡Madame la Veuve ataca de nuevo! ¡Se ve que estuvo afilando la hoja durante bastante tiempo! ¿Hasta dónde rodó la cabeza de Sully?
Se rieron a carcajadas, tanto que medio restaurante se volvió a mirarlas.
—Pobre chica, no para de hacer malas elecciones— dijo Laure con un suspiro, después de beber un sorbo de vino blanco..
—Sí, y la primera fue ingresar en la policía.
—No me refería a eso. Por lo que yo sé...
—Que siempre es mucho más que lo que yo sé ... —la acusó Michelon, medio en broma.
—Por lo que sé —Laure frunció la nariz—, estaba decidida a pescar a Dubois.
—¡Ajá!
—Y las cosas no venían tan mal encaminadas, hasta que lo asignaron al caso con Marceau... —Laure le echó una miradita cómplice.
Michelon sonrió gatunamente, sin responder.
—Claudette, me estás ocultando algo... —Laure entrecerró los ojos.
—¡Vamos! No se puede ocultar lo inocultable...
—No me refiero al teniente. Los hombres no suelen ser muy sutiles a la hora de enmascarar emociones. El asunto es:¿cómo es que ella todavía no se lo sacudió de encima?
—Bien... no puedo decir que no lo haya sacudido... —le contó lo de las carpetas y la revista de historietas. Laure no paraba de reírse—. Estaba que echaba humo por las benditas carpetas, pero terminó admitiendo que ella tenía razón.
Laure cerró el puño derecho e inclinó el pulgar hacia abajo.
—Que Sully se olvide del teniente.... ¿Y ella, qué?
Madame se quedó pensativa, con la copa de vino en la mano.
—Algo le pasa también. Tuvo algunas reacciones... las de hoy, por ejemplo. Estoy segura de que si Dubois no hubiera estado allí con nosotros, el baldazo de vitriolo de la cabo le hubiera resbalado como de costumbre. Estaba indignada. Eso, dentro de lo que habitualmente deja traslucir.
—Estás muy observadora... —comentó Laure en tono neutro.
—No estarás celosa... —la reprendió con la mirada. La otra hizo un mohín gracioso. —Es parte de mi trabajo, querida. Observar a mi gente, evaluarla, conocerla a fondo. Saber en quién se puede confiar, en cualquier circunstancia.
—Separar la paja del trigo...
—Nunca mejor dicho.

Estaban entrando a su casa cuando el teléfono comenzó a sonar. Laure le hizo señas: Respetemos las convenciones. Cada una responde a las llamadas en su propia casa, así no herimos las suscep-tibilidades de nadie. Sin quitarse el tapado levantó el auricular.
—¡Claudette!
—¡Raoul! — Jesús, y ahora qué. Oustry llamando a estas horas de la noche. No creo que sea para hacer relaciones públicas...
—Te llamé a la oficina.
—Salí a comer...
—Esto que está pasando... ¿también se lo debemos a tus “especiales”?
Michelon tragó saliva y el prefecto siguió hablando.
—Se están metiendo con demasiada gente, querida.
—Raoul, esto es mucho, mucho más grande de lo que nunca imaginamos, y sí, es mi gente y estoy orgullosa de ellos. Y te recuerdo que somos todos "tu" gente.
—Ya lo sé, no me olvido —contemporizó Oustry—. Me llamó mi Número Uno. Están tratando de localizar también a Nohant, para una reunión de urgencia.
—Voy para tu casa —respondió Michelon, cerrando los ojos.
—Por favor —dijo el otro, y colgó.
Laure la miró a medias intrigada.
—Ya empezaron a golpear la puerta— suspiró pesadamente y salió.


El prefecto en persona le abrió la puerta. Subieron al estudio y él le ofreció algo de beber.
—Coñac... —lo voy a necesitar.
Oustry sirvió dos copas generosamente. Bebieron un par de tragos en silencio y luego lo puso al tanto de las últimas novedades, mientras Oustry asentía y le pedía detalles a medida que ella hablaba.
—Claudette, ¿por qué no diste parte al resto de las divisiones?
—Todo fue muy rápido. Casi no tuvimos tiempo más que para reaccionar ante lo que encontrábamos...
—¡Qué velocidad de reacción, querida!
Se rió sin ganas.
—Para colmo, lo de Inteligencia fue... tan inesperado.
El prefecto asintió con un gesto de disgusto.
—¡Beaumont! ¡Qué increíble! Pensar que se ofreció a arreglar la agenda del Presidente para que te recibiera las dos veces.
—Estaba más que interesado en saber qué pasaba.
—Y los teníamos con un pie adentro, gracias al acuerdo de colaboración que había firmado Nohant —comentó el prefecto mientras tomaba un sorbito de coñac.
Cierto. Nohant. Una alarma se le disparó en el cerebro. No le gustaba Nohant, como no le gustaban los políticos y los funcionarios en general. Cuando se creó el cargo de Director General de la Policía Nacional, habían esperado que lo ocupara un oficial de carrera, un hombre como Oustry. Habría sido el corolario ideal para la carrera del viejo prefecto de París. El Ministerio del Interior había designado a uno de sus funcionarios civiles en el cargo. Un “policía de escritorio”, como lo llamaban algunos. Nohant había hecho carrera en el Ministerio con una habilidad poco menos que maquiavélica. Un administrador fabuloso, eso era innegable. Era brillante, había que reconocérselo, y con una cintura política admirable.
Oustry siguió hablando.
—Tenían todo preparado —Michelon lo miró fijamente. —Yo también puedo moverme rápido—el prefecto sonrió sin alegría—. Te sacaban de en medio junto con el Viejo, y a mí detrás. No era el plan original, pero cuando lo pusiste al tanto, eso precipitó las cosas. El Primer Ministro se hacía cargo temporariamente. Proponían a su gente para nuestros puestos y con eso dejaban a los tuyos... perdón, a los nuestros... fuera de combate. Iba a ser un juego de niños manejar la situación.
—No vayas a creer... — lo miró con ironía.
—No... Viendo lo que hicieron, no habría sido fácil quitarlos de en medio.
El teléfono los interrumpió, sobresaltándolos. Oustry la miró mientras respondía que estaban juntos y que ya salían.
—El Elysée — dijo cuando colgaba.
—¿El Viejo?
Oustry asintió.
—El Primer Ministro acaba de suicidarse. Nos van a apretar las tuercas, querida. Vámonos.
— Antes, una llamada. Ya aprendí la lección.
El prefecto la miró intrigado.


Habían estado haciendo el amor durante más de una hora y tenían toda la intención de atacar el segundo movimiento, cuando el teléfono interrumpió la partitura. Auguste bufó y Nadine lo besó suavemente, haciéndole señas para que levantara el auricular.
—Que se vayan a la mierda— la abrazó otra vez—. Hace una semana que no te...
—Amor... — Nadine lo interrumpió.
Tiene razón. Levantó el auricular con rabia.
—¡Massarino! — ladró.
Era Michelon. Resignado, se sentó en la cama para hablar más cómodo, mientras Nadine le acariciaba el estómago. Se vistió a la carrera y antes de salir abrazó y besó a su mujer.
—No te duermas. Pienso volver lo más pronto posible.
—No tenía ninguna intención de dormir. —Le devolvió el beso.
Desde su auto, Massarino llamó a la Brigada.
—¿Quiénes están ahí ahora?
—Meyer y Dubois, señor— le informó el oficial de guardia.
Cierto. Todavía están revisando los montones de expedientes secuestrados.
—Que se reúnan conmigo en el Palais d’Elysée en quince minutos. Voy a buscar a Michelon y al prefecto Oustry.
—Sí, señor.
Mejor ir prevenidos.


PARÍS, PALAIS D'ELYSÉE. MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Cuando Michelon, Oustry y Auguste llegaron al Elysée, Meyer y Dubois los esperaban con caras de preocupación.
—¿No exageró un poco, comisario? —preguntó Oustry, sorprendido.
—Espero que sí, señor —le respondió Auguste con aprensión.
Los tres escoltaron a Madame junto al prefecto hasta el segundo piso, y se quedaron esperando en el corredor silencioso. El personal habitual de seguridad había sido reemplazado por los hombres del SSMI. Algunos eran conocidos de Auguste y lo saludaron sorprendidos.
—Comisario —lo llamó Oustry—. El director general Nohant todavía no llegó. Si uno de sus hombres es tan gentil de esperarlo abajo y acompañarlo hasta aquí...
Auguste le ordenó a Meyer que esperara a Nohant. Es una buena ocasión para charlar con Dubois a solas.
—¿Cómo va lo de las carpetas? —le preguntó para iniciar la conversación.
—Hasta ahora, Gendarmería detuvo a veinticinco de los fichados, en las fronteras con España y Alemania. Nosotros encontramos a diez más, tratando de abandonar París. Informamos a Interpol de... — hizo una pausa—: cincuenta y tres casos de pedido internacional de captura...
En ese momento vieron que Nohant se acercaba por el corredor. Cuando el recién llegado los vio, se apresuró a sacarse algo de la mano izquierda, sin quitarles los ojos de encima. Mientras pasaba entre Dubois y él, durante una décima escasa de segundo lo paralizó con una mirada inconfundible.
Dubois reaccionó medio instante después de que Nohant hubo entrado. Con el entrecejo fruncido en un gesto de alarma, le dijo en voz baja a Auguste:
—Está armado.
Se miraron y juntos atacaron la puerta, empujándola para evitar que corrieran la traba interior.



—¡Massarino! ¿Se volvió loco? —Oustry y los demás, salvo Michelon, los miraron con ojos desorbitados mientras el comisario esposaba a Nohant y Dubois lo desarmaba. Sin dejar de apuntarle, Auguste le metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón y le tendió a Michelon lo que había encontrado.
La comisario giró el anillo para ver el sello y se cubrió la boca en un gesto de disgusto, pero sin sorpresa.
—¿Cómo lo supo?
—Lo vi quitárselo antes de entrar. Dubois le vio el arma.
—Es el mismo que llevaban Jacques y Prévost— el teniente mordió las palabras.
Nohant los miró a todos con el desprecio y el odio pintados en los ojos. Recuperó la compostura y con una mueca desagradable le dijo a Michelon:
—Su gente es brillante, comisario. Deberíamos haberles ofrecido estar de nuestro lado.
—Que yo recuerde, no hay mujeres en la Orden —respondió fríamente Michelon—. No creo que hubiéramos aceptado. Tenemos un pleito muy antiguo con ustedes.
Auguste cerró los ojos para contenerse y les ordenó a Meyer y a Dubois que se lo llevaran.
—¿Quiere que me quede, Madame?
—Por favor... —Michelon comenzó a hablar, cuando el ministro del Interior los interrumpió.
—Creo que es mejor que se quede aquí, con nosotros.
Oustry estudió el anillo. Tenía un diseño curioso en el sello: dos caballeros medievales, montados uno detrás del otro, a la grupa de un solo caballo.
Auguste salió a llamar a Nadine para avisarle que no lo esperara.
—Te amo, pelirroja.
—No creas que te vas a salvar cuando vuelvas. Te amo.


En el despacho, las caras eran más que fúnebres. Al Presidente lo acompañaban el ministro del Interior y el de Relaciones Exteriores. Sin edecanes ni secretarios. El ministro del Interior dijo en tono apenado y sombrío:
—Señor, mi renuncia está a su disposición.
—Cállese la boca. Nadie quiere su renuncia —rezongó el Viejo—. Entre los culpables que se suicidan o van camino al calabozo, y los inocentes que renuncian, me voy a quedar sin Gabinete, en medio de la anarquía. Cerremos filas y déjese de estupideces.
Los anteojos le recorrieron el largo dorso de la nariz. Los miró por encima del marco de oro, mientras se repantigaba en el sillón enorme, cruzando las manos sobre el estómago.
—Madame, señores, en las últimas dos horas hablé con Washington cinco veces.
Cuatro pares de ojos la miraron expectantes. Michelon apretó los labios. Hora de dar explicaciones. Menos mal que traje apoyo logístico.



Marcel entró en su departamento pasadas las dos de la madrugada. Un día terrible. Primero Hamad; después Michelon y Massarino que casi me suspenden, y para rematar, el chistecito de Nohant. Hijo de puta traidor. Por un pelo no nos decapitó a todos. Dios, quiero que esto termine de una puta vez. Estoy tan nervioso que si se meto en la cama no voy a poder dormir.
Al entrar había tirado la revista de historietas y el CD sobre la mesita al costado del sofá. No sería mala idea... ¿o sí? Ver el contenido del CD lo repelía y atraía al mismo tiempo. Se desnudó y en ropa interior y con una lata de cerveza, se recostó en el sofá a hojear la revista. Se rió de sí mismo a su pesar. Ella tiene una forma tan especial de hacer bromas... No pierdas las esperanzas, viejo. Si está de humor para lanzarte indirectas después de que casi le rompiste las costillas, no te está yendo tan mal. Cristo, si pudiera estar a solas con ella, hablar, explicarle, hacerle el amor...
De pronto, el aire ya no le pasó por la garganta. Hicimos el amor acá, sobre esta alfombra, en mi cama. ¿Cómo pude creer que mentía? Yo interpuse mis ‘otros’ imaginarios. ¿Nunca vas a dejarme en paz, papá? ¿Nunca voy a poder confiar en ninguna mujer? Si alguna vez hubo otro, cuando estuvo conmigo ya no había nadie más. Era mía. No existía ninguna otra persona entre los dos. No quiero perderla. No puedo. No quiero.
Se levantó para ir a acostarse, cuando vio de nuevo el CD. Sin pensarlo dos veces, se sentó delante de la pantalla, encendió el equipo y lo cargó. Tecleó la contraseña con dedos como de madera.
Un “audio” de Vaireaux. Se obligó a seguir mirando. Hijos de puta. Por primera vez tomó conciencia de que la escena que veía era real. Los protagonistas eran atrozmente reales. Cada vez que había sido obligado a ver uno de esos audios había logrado mantener la cordura imponiéndose la idea de que lo que presenciaba era una ficción. Se vio a sí mismo arrancar la venda negra de la cara de la mujer, mientras Jacques repetía la orden. Su mano sostenía el rostro bañado en lágrimas. Leyó su propio nombre en los labios de ella y la vio cerrar los ojos por la desesperación y el dolor.
Apagó el equipo de un manotazo y se fue a la cama, recorriendo el camino de memoria, porque no podía ver por dónde iba.


Eran más de las cuatro de la mañana cuando llegó a su casa. Se desvistió en silencio y cuando se metió en la cama, Nadine se volvió para preguntarle qué había pasado.
—Creí que dormías.
—Sí, pero entró una manada de elefantes y me despertó.
—¡No hice ruido!
Su mujer le tapó la boca con un beso. Mientras se acomodaban en la cama, le resumió los hechos.
—Estamos afuera...
—Y te molesta.
—¿Te parece que no? ¡Casi dejamos el pellejo en esto!
—Me gusta dónde está tu pellejo. Me alegro de que ya no estén en este caso de mierda.
Massarino miró sorprendido.
—Es la primera vez que te preocupa tanto una investigación.
—Es la primera vez que toda mi familia se juega el cuello — y sin detenerse, preguntó: —¿Odette ya lo sabe?
—No, todavía no. Michelon me prometió que se encargaría de hablar con ella.
—Y le creíste...
—No tengo por qué no hacerlo.
Nadine movió la cabeza con incredulidad y se arrebujó entre las sábanas, pegada a él. Mientras lo acariciaba, susurró:
—Tenemos un asunto pendiente, héroe.