POLICIAL ARGENTINO: Policía Judicial
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viernes, 16 de diciembre de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 29

MILÁN, DOMINGO POR LA NOCHE
                                                             
Alessandra manoteó ansiosa el teléfono celular pero la voz que sonó del otro lado no era la que ella esperaba escuchar. Irritada, le respondió de mala manera al cretino que había marcado el número equivocado. Cazzo! Cuando se decidirá a llamar. Había saturado la casilla de mensajes de Delbosco con avisos urgentes. Cero respuesta. No podía decidir si lo que más la irritaba de él era precisamente lo que lo hacía más atractivo.
 El desgraciado coge como un dios olímpico pero no hay puto modo de sacarle una palabra más de las que te quiere decir. 
Pensar sexualmente en Marco Delbosco le aceleró el pulso. O quizás fuera el nerviosismo. Había conseguido la información que él le había exigido a cambio de sus servicios de killer: los datos del proveedor argentino de su hermano y el socio francés. Le había resultado más sencillo de lo que había creído, meterse en los archivos de Massimo con el programita de decodificación que Marco le había facilitado, grabado en un diskette anodino como todos los diskettes.
El teléfono volvió a sonar y esta vez la voz era la que ella quería oir.
— Tengo lo que me pediste— trató de no sonar excitada pero no podía evitarlo.
Él le informó que llegaría esa noche. Lo esperaba en casa sin importar la hora, ronroneó, pero Marco respondió escueto. Nada fuera de lo habitual en él. Hasta el momento sus planes habían resultado perfectos: Valentina estaba destrozada por la muerte accidental del nieto y había aceptado vender su participación accionaria a sus socios: la mañana anterior había llamado para avisarles de su decisión desde Lyon, adonde había concurrido para identificar el cadáver de un nieto al que había conocido por fotografías y del que era su única pariente. Massimo la abrazó y la besó y bailó de alegría en su despacho. Ella lo hizo a solas frente al espejo del baño. La venta se haría la semana siguiente. El ínfimo detalle de que para acceder a BCB debía heredar a su hermano soltero y sin más familia que ella misma, no le parecía un inconveniente insalvable teniendo a Marco Delbosco al alcance de la mano.
¿Y si questo tizio quiere quedarse con BCB también? En los momentos en que la asaltaban las dudas, Marco Delbosco pasaba a ser más conocido como “questo tizio”
Una solución menos cruenta podría ser utilizar la información que había obtenido para mandar a Massimo y a su secuaz francés a la sombra: una colaboración anónima — obviamente luego de que Massimo comprara las acciones de BCB—, de la que la Polizia Finanziaria y los Carabinieri estarían eternamente agradecidos. Ella administraría los negocios familiares y pronto subiría por esa escalera que hasta ahora le había estado prohibida. Entonces brillaría en el tout Milan como brillaban otras arribistas, que habían tenido hermanos más famosos que quitar de en medio. El llamado a la puerta interrumpió sus sueños de grandeza. Al pasar delante del espejo del hall ensayó una mueca de elegante disgusto. Tendrá que hacerse perdonar si quiere su información.
Cuando abrió, una mano pesada se le estrelló en la mejilla, haciéndola trastabillar y caer. El hombre cerró de un portazo y volvió a golpearla sin darle tiempo a gritar o levantar las manos.
Putain de merde .. (1).— masculló levantándola en vilo y arrojándola contra el sofá.
Algo caliente le rodeó el labio y le entró en la boca: estaba sangrando por la nariz. El siguiente golpe interrumpió el hilo de sus desordenados y aterrorizados pensamientos. El hombre continuó golpeándola con calculado salvajismo. Llena de horror, comprendió que golpeaba para matar. Un puño como una maza se le estrelló en el costado derecho y sintió que se quedaba sin aire definitivamente, pero la conciencia se negaba a proporcionarle el alivio del desmayo. La sujetó por el pelo y le puso un cuadrado negro a diez centímetros de los ojos. Al enfocar entre lágrimas distinguió un diskette. El dolor y el ahogo se hicieron insoportables. Abrió los ojos verdes enormes, las pupilas espantosamente dilatadas, cuando el pecho le quedó envuelto en un estallido y una llamarada. Lo último que pudo decir antes de morir ahogada con su propia sangre fue "Marco Delbosco".

 PARIS, QUAI DES ORFÉVRES, LUNES POR LA TARDE

— Comisario, la están esperando— anunció Sully en el instante en que Odette ponía un pie en el piso.
La mañana había sido frustrante: Sulamit Chenayeb y su hijo continuaban ausentes sin aviso y el caso Henri, si bien estaba resuelto a los efectos técnicos de identificación del criminal, no estaba cerrado ni mucho menos en cuanto a los móviles del crimen. El asesino era un ex-cabo dado de baja de la PN por conducta violenta. A éste no tuvieron tiempo de limpiarle los antecedentes.
Encontró a Jean-Pierre sentado frente a una hilerita de vasos descartables de café usados sobre el escritorio. De tal padre, tal hijo fue lo primero que pensó al ver los vasitos y se le estrujó el estómago. Con un esfuerzo inaudito de voluntad borró al hijo de sus pensamientos y trató de concentrarse únicamente en el padre.
— Coronel, no sabía que vendría ...— intentó una sonrisa.
— Jean-Pierre— la interrumpió—. Supe que usted se había comunicado con la prefectura de Estrasburgo...
— Yo lo llamo Jean-Pierre pero usted me tutea.
— De acuerdo. Bueno, supe que no fueron muy gentiles con tu pedido de información. Como Gendarmería encontró el cuerpo, te traje las fotografías y una copia del informe del forense— le entregó un sobre grueso.
Ella le dio las gracias mientras revisaba el contenido..
— Dios santo... pobre mujer...— hojeó el informe—. Carajo, nunca hay una sola huella en el cuerpo. Alguien más hace el trabajo sucio...
Jean-Pierre la miraba sin ocultar su interés y ella le refirió los antecedentes que tenía. El coronel se pasó la mano por el pelo, apartándose un mechón ceniciento que le caía al descuido sobre la frente. El gesto familiar casi le hizo saltar las lágrimas. ¡Por Dios, boluda, no te largues a llorar!  Apretó los labios mientras Jean-Pierrre comentaba a media voz:
— Uno mata y otros hacen la limpieza. Eso debe ser muy caro ¿Ya hay un sospechoso?
— Tengo un candidato— murmuró Odette, mirando las fotos por segunda vez—, pero me falta evidencia concluyente. Cualquiera de las pruebas que podría presentar, sería rechazada como circunstancial. Necesito más elementos para defender mi hipótesis y ligar al candidato con las muertes.
— ¿Me equivoco o dijsite “candidato” con un énfasis especial?
Lo miró fijo antes de responder.
— No se equivoca.
Jean-Pierre silbó por lo bajo y encendió un Gauloise.
— No me gustaría estar en tus zapatos— le dijo con aplastante sinceridad.
— Ya lo creo— suspiró ella—. Puedo perder algo más que la cabeza si me equivoco. No puedo permitirme el lujo de dar un solo paso en falso, o la Brigada entera termina en la guillotina. Hay gente borrando pruebas, alterando expedientes e informes, ordenando archivar casos que no se cerraron. Hace falta una cantidad de poder enorme para conseguir eso y no hablo nada más que del económico: hay que saber a quién comprar. Mi “candidato” debe servir a intereses a los que él o lo que él hace les son útiles porque nadie cubre gratis las espaldas de un psicópata.
Odette se recostó contra el sillón con la mirada perdida por el despacho.
— En otro momento de mi vida hubiera averiguado quién financia los vicios pequeños de mi "candidato", hubiera ido a buscar a las eminencias grises detrás de esta bestia, y posiblemente me hubiera encontrado con algo que no esperaba— la voz se le volvió amarga—. Pero descubrí mi propio miedo y me volví cobarde. Esta vez me conformo con una victoria menor: quiero nada más que a mi vulgar criminal. Ni siquiera quiero saber por qué lo hace. Aprendí que no hay nada más estúpido que un policía soberbio que se cree que va por delante de sus delincuentes, y que esa es una estupidez que se paga muy cara.
— A tu edad yo también lo hubiera llamado “cobardía” pero aprendí a decirle “prudencia”. No está mal ser prudente, nos alarga la vida— interrumpió Jean-Pierre—. Y hablando de pagar, pagaría por saber adónde apuntan tus sospechas...
— ... y perdería el dinero. Quiero al tipo que mató a diez mujeres... hasta ahora. Siento que cuanto más tiempo tardemos en agarrarlo, más muertes habrá. Los otros seguirán existiendo, tanto si me ocupo de llegar a ellos como si no lo hago.
— ¿Los otros? ¿Ellos?
— “Ellos”. El poder verdadero detrás de los fantoches del poder. Los que juegan impunemente con la vida de los demás y deciden quién vive, quién muere y cómo. Los que trafican influencias lo mismo que armas, drogas o vidas y les da lo mismo fabricar políticos que arsenales. Es algo contra lo que nosotros, comunes mortales, no podemos siquiera soñar con luchar. No estamos a su nivel.
— Una fuerza organizada sí podría— insistió Jean-Pierre.
— En tanto no la sabotearan desde sus mismas tripas.
— Siempre hay manzanas podridas en el árbol.
— A veces el mismo tronco lo está.
— ¿Qué te hace quedarte entonces?
Odette giró el sillón a medias hacia la ventana.
— Éste es mi trabajo, lo que mejor sé hacer. Es lo que la gente espera: que los protejamos de los males de todos los días. Nuestro trabajo no consiste en interferir con los “Superiores Desconocidos”, sino en la cosa pequeña y cotidiana que afecta nuestra diminuta y miope realidad. A Estrasburgo no le gusta que un comi de la capital se meta en sus asuntos y ya quisiera ver yo a algún provinciano tratando de indagar en los archivos de la PDP. Ahí afuera— cabeceó hacia la ventana—, quieren que su vida de todos los días transcurra en paz y para eso trabajamos.
El silencio descendió sobre ellos como una neblina.
— Nunca escuché una definición tan acertada de lo que hacemos— Jean-Pierre quebró la pausa —. Sin embargo me gusta creer que puedo, podemos, cambiar algo. Cambios pequeños pero cambios al fin, porque algunas cosas son diferentes, ¿o no? Una cierta “Central de París” ya no existe y una cierta organización se vio seriamente afectada en su orden interno gracias a que unos policías comunes y silvestres hicieron lo que se esperaba de ellos: su trabajo. Aun ahora, pese a tus intentos por convencerte de lo contrario, vas tras ellos nuevamente.
La miró a los ojos y ella no pudo rehuir la mirada. Jean-Pierre sonrió y siguió.
— Es siempre igual, chiquita: volver a empezar todos los días. Tus padres fueron bailarines, ¿verdad?, siempre ensayando, siempre con miedo antes de salir a escena y sabiendo que cada vez es una ocasión única y distinta. Hoy quizás aplaudan, mañana quizás no. Todos queremos aplausos, triunfos. No siempre lo logramos pero seguimos intentándolo.
— Me llamó “malcriada” tan elegantemente que no puedo menos que agradecer que lo haya hecho— le sonrió.
— ¿Puedo hacerme perdonar invitándote a cenar? Conozco uno o dos buenos restaurantes a donde invitar a una dama.
— No soy una dama, pero acepto la invitación.
Arreglaron que Jean-Pierre pasaría a buscarla por su casa, a las ocho. Cuando se quedó sola, corrió a llorar al baño. ¿Cómo podría resistir toda una comida con ese hombre que tenía los mismos ojos, la misma manera de fumar, de caminar, de tomar café y de apartarse el pelo de la frente que Marcel?

****
Puso un poco de música, pero los reproches de Marcel continuaban aturdiéndola. Se había vuelto exquisita, dolorosamente sensible a Marcel, y se había equivocado profundamente al resistirse a esos sentimientos. ¿Esto es amor? ¿Así, tan hormonal? ¿Tan desde las entrañas?
Su alter-ego le respondió desde el fondo de la cabeza.
Lo que más socava tu autoestima, muñeca, es que te volviste vulnerable otra vez. Demolieron todos tus muros y te dejaron desnuda, mostrando todas tus debilidades. Era más fácil cuando vivías encerrada en el cascarón protector de tus recuerdos, empeñada en no volver a sentir.
Tragó por enésima vez las lágrimas: no puedo estar hecha una ruina cuando llegue Jean-Pierre.
Llamaron por el intercom: era el coronel, haciendo gala de estricta puntualidad.
—Mi auto está casi en la esquina— dijo él mientras le ofrecía el brazo.
Un motor rugió a sus espaldas. Una camioneta oscura chirrió los neumáticos en medio de la calle y clavó los frenos.
—Siempre hay un loco...— decía Jean-Pierre cuando el aire se llenó de aullidos y estampidos.
El coronel la empujó contra la pared para cubrirla pero nunca llegó a disparar su arma: la sangre le trepó por el cuello y le salpicó la cara a ella. Odette maldijo el momento en que había dejado la reglamentaria y tomando la pistola que dejaba caer Jean-Pierre, disparó furiosa al vehículo que se tragaba la noche. Hubo un estallido de cristales pero los tipos no se detuvieron. Volvió corriendo junto al coronel, que perdía lentamente la conciencia en medio de un charco oscuro y espeso.
Con los ojos vidriosos llenos de dolor y asombro, alcanzó a balbucear:
— Me llama...ron ... Delbosco.

(1) Puta de mierda

sábado, 28 de noviembre de 2009

La dama es policía - CAPÍTULO 36


PARÍS, BOIS DE BOULOGNE. LUNES, ÚLTIMAS HORAS DE LA NOCHE
Auguste miró alucinado cómo el hombre arrastraba a Odette hasta ellos. En el nombre del Cielo, ¿qué le hizo ese hijo de puta? Se le saltaron las lágrimas mientras se ahogaba de coraje. Sintió una mano en el hombro que lo empujaba hacia el suelo y se arrodilló.
El cuerpo de Odette rebotó contra el capó; cuando el tipo se acomodó delante de ella y la atrajo hasta su entrepierna, ella no reaccionó. Dios mío, qué pasa. El hombre lo miró con una sonrisa feroz y, mientras tiraba el arma al suelo y se desabrochaba la bragueta, le gritó:
—¡Sólo para tus ojos, Massarino!
En las sombras, la presión de una rodilla en la espalda lo hizo tirarse al suelo. Oyó los disparos desde atrás y rodó a un lado al tiempo que gatillaba su propia arma, aunque el hombre ya se retorcía espasmódicamente y la sangre le salpicaba la cara. Los disparos siguieron cuando el tipo ya no era más que un bulto en el suelo. Alcanzó a ver el rostro de Dubois deformado por el odio mientras vaciaba el cargador, ahora de pie junto al cuerpo del otro.
Se incorporó con agilidad mientras el hombre de Varza sacaba del auto al herido en la rodilla, todavía amordazado. Sin pensarlo dos veces, le puso la pistola en la frente y tiró del gatillo. Al volverse, Dubois estaba de rodillas sosteniendo a Odette, mientras lloraba como una criatura.
Con el corazón en la boca vio que su hermana no se movía. Caminó hasta ellos como en un mar de brea.
No, Cisne, no.
Las sirenas de ambulancias y patrulleros aullaban por el bosque.


PARÍS. HOSPITAL HÔTEL DIEU, PRIMERAS HORAS DE LA MADRUGADA DEL MARTES
—Por favor, entren y hablen con ella — el residente se asomó desde la habitación a la vez que le hacía lugar a la enfermera para que saliera.
Auguste, sentado con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, lo miró con cansancio. En dos pasos, Marcel estuvo encima del médico.
—Cinco minutos— el médico remarcó las palabras—. Y sean convincentes.
—¿Respecto de qué? —preguntó Auguste.
—Respecto de que están vivos— Marcel y Auguste se miraron sorprendidos—. Esta mujer es terca como una mula. Necesita el sedante, así que hablen con ella— y en un aparte a Auguste: —Después quiero hablar con usted.
Marcel alcanzó a oír y el corazón se le subió a la boca.


Pasillos del Hospital Hôtel Dieu de Paris- Foto de Flickr
Ciao, lucertola —susurró Auguste mientras le revolvía el pelo. Estaba pálida como las sábanas, tanto que se le encogió el pecho.
Scugnizzo— ella sonrió mientras él le acariciaba la cara—. ¿Estás bien? ¿Qué pasó? En el Bois creí que... ¿Estás bien?
—Magnífico — obvió las explicaciones. No iba a llorar como un idiota. Ella le tomó la mano y se la besó, reteniéndola contra su cara. Tenía las muñecas vendadas, el cuello lleno de hematomas. Sí, iba a llorar.
—Nadine estaba con tu suegro...
—Ya lo sé. Están todos bien.
—¿Quién...? — no tuvo fuerzas para completar la frase. Está mareada por los calmantes, pensó.
—Calogero y la gente de Varza — gracias a Dios.
—¿Perrin?
—Se salvó por un pelo. ¿Vas a preguntar por toda la Crim?
Los ojos de Odette se volvieron vidriosos.
—¿...Marcel?
La besó en la frente.
—Está esperando para verte
A ella se le iluminó tanto la cara que Auguste sintió una punzada de celos. Le hizo señas al teniente para que se acercara. Marcel se sentó en la cama y al estrujarla en un abrazo ella gimió.
—Parece que cada vez que te toco, te lastimo —murmuró Marcel, compungido.
—Me... estoy acostumbrando, Ranxerox... — Odette estiró la mano y le acomodó el cabello. Marcel la besó antes de soltarla con cuidado, recostándola otra vez. Auguste salió mientras oía que su hermana insistía en preguntar qué había pasado.


Marcel la besó otra vez en silencio. Odette cerró los ojos entre agotada y feliz pero cuando frunció la frente y gimió de dolor, Marcel sintió que una tenaza le estrujaba los intestinos. Nunca más lejos de mí, ¿entendiste? Te voy a pisar los talones como un perro. Tu San Bernardo.
Una walkiria embutida en uniforme de enfermera entró con una bandeja estéril y una jeringa. Lo apartó con soltura y mientras le ataba el brazo a Odette para inyectarla, comentó:
—¿Estamos más tranquilas? ¿Le hacemos caso al doctor?
Jawohl, mein Führer.
Marcel sonrió al oírla. No perdiste el humor. Los ojos se le nublaron.
—Muy graciosa— la enfermera hizo un gesto severo. Antes de que terminara de acomodarle las sábanas, Odette estaba dormida —. Afuera— ladró. No le costó demasiado esfuerzo sacarlo de la habitación.
En el pasillo, Auguste escuchaba al médico con la mandíbula encajada y las manos en los bolsillos del pantalón. Al oír la puerta, le echó un vistazo rápido.
—Vamos a tomar un café. No le digamos nada de Foulquie todavía —con un gesto de la cabeza hacia la habitación— . Le tenía mucho afecto al viejo.
Marcel lo interrogó con la mirada llena de angustia. Auguste le apretó el hombro.
—Gracias al Cielo, ese animal no le hizo nada. Va a estar bien — el comisario sacudió la cabeza como si se convenciera a sí mismo — Va a estar bien. Vamos— y lo arrastró hacia el ascensor.


Calogero Colosimo
Se sentaron en silencio en el bar del hospital. Marcel observó las manchitas de sangre en la manga de su camisa y en una de las perneras del pantalón. Ni siquiera había ido a su casa a cambiarse de ropa. Sacó un Gauloise y le tembló la mano al encenderlo. Un hombre se les acercó. Lo reconoció como uno de los que habían encontrado en la casa del comisario.
—Augusto...
—Calogero —el comisario le hizo lugar.
—¿Cómo está? — preguntó Calogero con tono preocupado.
—Duerme. Va a estar bien —respondió Auguste.
—Le fallé. Nunca me lo voy a perdonar— el hombre tenía los ojos vidriosos—Si Mario me corta las pelotas, tiene todo el derecho— los miró y se explicó —. Envié a Filippo a su casa. Encontró a un tipo. Me quedé tranquilo. Nunca pensé que...
—Nadie pensó que ese monstruo los seguiría hasta el Quai— Auguste se mordió el labio.
—Virgen Santa, no podía creerlo. Menos mal que ese, Wi... Wik...
—Witowlski —murmuró Marcel—. Yo la dejé en el Quai. Si me hubiera quedado... —Golpeó la mesa sin darse cuenta, y las tazas tintinearon. Apretó las mandíbulas para tratar de aguantar las lágrimas. Auguste le tomó el brazo en un gesto de consuelo y se quedaron en silencio otra vez, bebiendo café.
—Hay algo... que nunca te dije, Augusto — Calogero miró alternadamente a los dos y continuó en italiano—. Es... historia antigua, pero... siempre me pesó en el corazón.
Auguste lo miró con los ojos llenos de premonición.
—Cuando... cuidaba... a Jean-Luc... —empezó Calogero y Marcel se acomodó para escuchar. Calogero comprendió que él entendía lo que estaba diciendo pero ahora no tenía más remedio que seguir.
—Él... quería que ella lo dejara... La quería con locura... y cuando comenzamos con la morfina... —el dolor le hacía temblar la voz.
—Ya lo sé. Odette se enteró y...—Auguste le tomó el brazo.
—Ella después... —Calogero no lo dejó continuar —le daba... otra cosa — miró a Marcel con aprensión—. Al principio la conseguía ella, no me preguntes de dónde, y cuando me enteré, yo salí a buscarla. No quería que se arriesgara de esa forma.
Siguió un silencio ahogado.
—Entonces él vio la oportunidad... Estuvo lúcido hasta el final, Augusto.
Auguste lloraba en silencio, con la mirada baja. Calogero hablaba con los ojos cerrados.
—Me lo había pedido tantas veces... que lo arreglé... Le cambié la dosis por cloruro de potasio... Tal como estaba, no hizo falta demasiado... Él lo sabía, te lo juro. Lo vi sonreír cuando ella... —casi no podía hablar—.Yo no soportaba verlos sufrir.
Auguste abrazó al otro en silencio durante un largo rato. Cuando se separaron, ambos tenían los ojos húmedos. Colosimo suspiró.
—Me siento mejor ahora que te lo dije. ¿Podrás...?
—Con toda el alma —respondió Auguste, ronco de emoción.
Colosimo se puso de pie.
—Me vuelvo al mediodía. Cuídenla. En casa van a matarme si le pasa algo más— le tendió la mano a Marcel y abrazó y besó a Auguste.
—Calogero, ni una palabra a los viejos.
—¿Quién te creíste que llamó a Mario? —Auguste se sobresaltó—.Fue tu madre.
En el silencio que siguió, Auguste movió la cabeza con resignación.
—No te preocupes; no pienso decirles lo que pasó.
—Está bien... ¿El tipo que encontraron en casa de mi hermana?
—Pudriéndose en el Sena.
Obvio. Colosimo se encogió de hombros.
—Tendrán que reparar la puerta. Lo arreglamos para que pareciera un intento de robo. Arrivederci.
Arrivederci.
Se quedaron solos. Después de un rato, Marcel levantó la vista hacia Auguste.
—Quiero saber.
Auguste lo miró y asintió.
—Es una historia larga.
—Tenemos tiempo.

lunes, 24 de agosto de 2009

La dama es policía - CAPÍTULO 31

PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES. JUEVES POR LA MAÑANA
El piso de la "Crim" en el Quai des Orfèvres

Los pasillos parecían poblados de fantasmas. El peso de los acontecimientos de la noche anterior era tan grande que ni los teléfonos parecían sonar con la habitual insistencia matutina. La voz se había corrido de alguna manera y el miedo se instaló cómodamente en todos los rincones del Quai. Incluso Archivos, por lo general inmune hasta la exasperación a las catástrofes humanas y naturales, había decidido, en pro del bienestar común, no molestar demasiado con sus exigencias.
Las carpetas estaban todavía allí, acechándolo desde las cajas de cartón ya medio rotas por el traqueteo y el manoseo. Un jueves de maravilla. Como los de casi toda la humanidad. Los jueves se disputan las palmas de peor día de la semana con los domingos. El lunes es un pobre imbécil que carga con las culpas del domingo, no nos engañemos. El martes, se te pasa un poco el malestar y el pronóstico mejora levemente. A veces, uno se va a jugar un partido y hasta se siente mejor. Como si la transpiración pudiera arrastrar el mal humor. El miércoles uno cree que ya remontó la semana y se atreve a levantar la cabeza y enfrentar al mundo. Los errores son reparables, la vida te da una oportunidad. El viernes, se tiene por lo menos la esperanza de irse a casa y no volver hasta el lunes. El sábado uno intenta cumplir los sueños de la semana y de la vida, y el domingo los destruye. Pero el jueves es derrota negra e interminable. La convicción de que nada cambió y, que no importa lo que uno haga, todo seguirá igual, en una vida entera de jueves.
Cristo, qué mal humor. Tengo una semana de mierda.

Nombres, nombres, nombres, órdenes de arresto, de clausura, de incautación, pedidos de captura, de averiguación de antecedentes. Una tormenta gris de papeles llenos de tierra, salpicada de llamadas telefónicas irritantes de parte de comisarios irritables, la red de comunicación que salía de servicio en horarios inesperados; las protestas de las prefecturas regionales que acataban a regañadientes lo que París les escupía por el fax. Las pequeñas miserias humanas de todos los días se estaban comportando más pobremente que de costumbre.
Mientras tomaba cansadamente otro grupo de carpetas de una caja, Marcel se quedó pensando en el hecho de que nadie, en toda la PJ, parecía demasiado feliz por lo que habían conseguido con el operativo. Carajo, un mínimo de satisfacción por el deber cumplido. ¿Por qué las omnipresentes caras de culo? ¿Simple envidia por no haberlo hecho ellos en primer lugar? ¿Por no haber tenido la amplitud de visión para imaginar algo así, y la sutil minuciosidad para concebir la estrategia adecuada? Y yo, ¿me siento orgulloso de lo que hice?
El audio de Vaireaux le decía que, al final, había fallado. Es torturante saberlo. Casi tanto como haber hecho todo lo que hice después. Por supuesto, nadie más conoce mi fracaso, a excepción de tres personas: Massarino, Odette y Michelon. Mis superiores directos y la responsable máxima de la Brigada. Debut y despedida, Dubois. Y ella me llamó 'Ranxerox'... Tiene razón. No era una broma; fue su manera de decirme que arruiné todo. Carajo, no me importaría que me echaran a la mierda si ella me perdonara.
Sacudió el escritorio de un golpe y apoyó la frente en las palmas.
—Eh, buenos días. ¿Todavía no se te despegaron las sábanas?
La cara regordeta de querubín de Meyer le sonreía desde el otro lado del escritorio mientras le robaba un Gauloise. ¿Querubín? Más bien los nueve coros angélicos. Meyer podría cargar sobre sus querúbicos hombros a los serafines, arcángeles, príncipes, dominaciones y unos cuantos más que había olvidado apenas terminó la escuela. Montones de angelitos tocando trompetas y cantando sobre las espaldas de Meyer. Sonrió ante la ridiculez de la idea.
—Casi. Buenos días— echó una mirada alrededor—. Es un decir, claro— encendió su propio cigarrillo.
—Mmm... sí —respondió Meyer con un suspiro que ocasionó un minitornado entre las hojas desparramadas sobre la mesa—. Parece que el ambiente está cada vez más pesado. Voy a buscar un café. ¿Te traigo uno?
—Te amo, Meyer.
Meyer volvió con las tacitas haciendo equilibrio y las apoyó con una delicadeza inesperada, mientras comentaba a media voz:
—Se huele el miedo por todas partes. Las ratas abandonan el barco— miró alrededor de la oficina vacía, excepto por ellos dos.
—Carajo, fue un operativo increíble. ¿Qué mierda les pasa? Nos esquivan como a leprosos...
Después de un silencio, Meyer comentó:
—Paworski tenía razón.
Marcel lo interrogó con un fruncimiento de la frente y el otro siguió.
—Están protestando en todas partes. Que no tienen efectivos, que no tienen tiempo, que damos órdenes a todo el mundo y que qué mierda nos creímos que somos. Parece que no entendieran— Meyer tomó un sorbo de café y continuó: —No es que yo entienda mucho de todo esto. Estoy empezando a enterarme.
—No hay mucho más para enterarse.
—¡Vamos! No vas a decirme que estuviste trabajando con Massarino y Marceau y que no hay nada más detrás, porque no te creo una mierda.
Se atragantó con el café.
—No te entiendo.
—Viejo, estoy en la Brigada desde un tiempito antes de que te transfirieran, y aprendí a conocerlos un poco. Son unos maníacos del trabajo que hacen. A veces parecen cirujanos, cortando un caso en pedacitos hasta el análisis más microscópico. Planificar y desarrollar este operativo les debe de haber llevado meses.
Ya lo creo. No hace falta que me expliquen. Marcel mantuvo un atento silencio. Meyer terminó el café y continuó en tono confidencial.
—Unos cuantos de aquí no les tienen mucho aprecio. Y en cuanto se sabe que uno es gente de ellos, pasa automáticamente a integrar el bando de parias del Quai.
—¿Por qué? —se sorprendió Marcel.
Meyer bajó más el tono de voz.
—Porque trabajan demasiado bien. Entre otras cosas, porque no les gustan los soplones. Un policía sin soplones es como un perro muerto, ya se sabe. Quien más, quien menos, se consigue alguno que le pase información. Alguien que de vez en cuando te permita hacer el héroe, y al que de vez en cuando le hacen la vista gorda. Comer y dejar comer.
—Vivir y dejar vivir. Son males necesarios. Son como el diploma de graduación: sin soplón no se es policía— se encogió de hombros.
No era un tema agradable dentro del Quai. Era como las venéreas: los que se las pescan prefieren no hacer mención. Por el momento, él se venía librando. Pero uno nunca sabe cuándo...
—Son como la vejez: siempre te alcanzan. Cuando se empieza a ascender, sin soplón es muy difícil trabajar. Bueno — Meyer señaló con la cabeza al cielo raso—, las cosas no se manejan así en este sector. No te critican, no te hinchan las pelotas. Cada cual hace su trabajo como puede y consigue la información de donde puede. Pero es difícil, si los jefes dan el buen ejemplo. Así que ya estás al tanto: si vas a quedarte, mejor que te pruebes el sayo de sambenito. Uno se acostumbra. Después de todo, no está tan mal. Hay quien nos llama los enfants terribles de Michelon. Y si la número uno de la Brigada te apoya, los demás tienen que meterse la cola entre las patas.
—¿Qué? —no pudo evitar una risita—. Meyer, estoy sorprendido de tu nivel de información.
—Tengo mis cousins— sonrió cómplice —.Laure Cohen, la asistente de Madame.
—No mientas, Jumbo. Cohen es una tumba.
—Frecuentamos la misma sinagoga. Laure es muy amiga de mi hermana mayor. La PJ es como una gran familia: nos odiamos todo el año y nos saludamos para Año Nuevo. A Cohen y a mí nos saludan dos veces. Rosh Hashana.
Un suboficial cruzó y murmuró un saludo ahogado. Los teléfonos internos hacían huelga de campanillas. Meyer seguía en plan de confidencias.
—A Massarino le gusta que su gente sea observadora, que se preocupe y se involucre con lo que hace. Que haga su trabajo de la forma más derecha posible. Es abogado, ¿sabías? Me lo comentó una vez. El comi no aguantó tener que defender criminales; archivó el título en un cajón y se metió en la policía. Es... raro, un tipo elegante, educado. Una vez nos pusimos a hablar de ballet. A mí me gusta, aunque no entiendo demasiado. Él sabe muchísimo. También de ópera y de literatura. Bueno, es abogado, debe de saber, qué sé yo... Pero es amable, que es mucho más de lo que se puede decir de unos cuantos comis que conozco.
Marcel se quedó callado, evaluando lo que el otro le acababa de contar. Evidentemente, Jumbo estaba contento por tener un interlocutor tan receptivo.
—Y, bueno... Marceau es así, como él. Menos amable, depende de cómo se levante o de la época del mes— levantó las cejas con ironía, y Marcel no pudo evitar una sonrisa—.Como todas las mujeres. Pero se trabaja bien con ella. Siempre está a la par de uno. No se le escapa nada y cuando está detrás de algo, mejor la matan si esperan que abandone.
Comenzó a interesarse. Meyer esbozó una sonrisa burlona ante su expresión, miró la hora y exclamó:
—Mierda. Mejor nos ponemos a trabajar.
Meyer estaba decidido a cambiar de tema. Carajo, me perdí la mejor parte. Mejor así. Prefiero no enterarme. ¿Y de qué tendría que enterarme? ¡Boludo! Lo arruiné todo y me quejo como el perro del hortelano. En cuanto termine con esta mierda voy a pedir el pase. Por lo menos voy a vivir en paz, sin que me odie el resto de la PJ. A la mierda con los ‘especiales’. Se quedó pensando en eso. ¿Meyer? ¿Con esa carita de ángel y las espaldas de estibador? ¿De qué otro modo tendría tanta información, tanta confianza con personas que raramente abrían la boca dentro de la Brigada? Más de una vez él mismo había oído comentarios desagradables sobre Michelon y sus subordinados. Ahora soy uno de ellos. Estoy en la misma bolsa. Cayó en la cuenta como un piedrazo: Jumbo me considera uno más, porque de otro modo no habría dicho una palabra. Se quedó mirando a su compañero de galeras, que estaba acomodando tranquilamente las carpetas de mierda en su escritorio. De pronto Meyer ya no le pareció un querubín excedido de peso y bonachón: estaba ahí para probarlo.
—Jumbo —susurró—. ¿Qué pasa?
El otro se volvió apenas.
—¿Qué pasa con qué?
—Conmigo.
Meyer se apoyó contra su escritorio y lo desplazó ligeramente hacia atrás, haciendo peligrar la ubicación del mobiliario de toda la oficina.
—Te estás portando como un boludo y te estoy pasando el aviso. Te eligieron. Lo mismo que a mí. No desperdicies la oportunidad. Es tu primer caso en el grupo. No es fácil; te tocó uno muy feo. Pero— señaló el cielo raso con un cabezazo—, te van a aguantar. Siempre es así. El problema con Marceau es que hace demasiado bien las cosas y le revientan las boludeces, pero a la larga, si uno aprende, te las perdona. Michelon es peor, y Massarino no es tan duro. Pero los tres hacen buen equipo y cuando uno trabaja con ellos no quiere ir a otra parte. Y los que quieren irse tienen la puerta abierta. No es fácil, muñeco, porque nos metemos con cosas que les tocan el culo a unos cuantos, y eso no gusta. Ya viste qué contentos están todos de que hayan hecho saltar a ese hijo de puta del DG— le robó otro Gauloise y lo encendió parsimoniosamente—. Pero la satisfacción del deber cumplido no te la quita nadie.
—Y la de haber encerrado a esa rata es una satisfacción muy, muy grande.
—Vamos, San Bernardo, a trabajar que faltan cincuenta carpetas.
Marcel aguantó una risita. Así que ya se enteraron
—Hoy no pasamos ningún pedido de captura a ninguna frontera. Deben de estar extrañándonos— Meyer compuso una sonrisa beatífica.
—Eso. Así nos odian en todo el territorio de la República, las ex colonias y el Canadá. Me gusta que me odien. A los grandes hombres de la Historia también los odiaron.
—Es mejor que te odien a que te desprecien. Y tampoco quiero ser despreciable. Arruinémosle la mañana al resto de la Policía Nacional.
Se rieron un buen rato de sí mismos, mientras abrían las carpetas de porquería.
Cuando miró el reloj por segunda vez en el día, eran más de las nueve de la noche.


BUENOS AIRES, JUEVES POR LA MAÑANA
El teléfono celular sonó apenas en el bolsillo interno del impermeable.
—Señor...
— José, estoy a punto de entrar en una junta de Directorio.
—Señor, hubo un problema en Lisboa. El despacho a Angola se desvió de ruta.
Imbécil. Desobedeció órdenes directas y explícitas. Juntó paciencia para preguntar.
—¿Adónde?
—París, señor.
No necesitaba la confirmación, pero quería hacer tiempo para calmarse. Ortiz continuó.
—Hicieron contacto antes de dejar Portugal. En tren.
—Ocúpese de informar el extravío y proceder con la anulación del despacho.
—¿Anulación, señor?
—Definitiva. ¿Necesita que se lo repita?
—No, señor —Ortiz sonaba moderadamente contento —.En absoluto.


Despacho de Michelon

PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES. VIERNES DESPUÉS DE MEDIODÍA
Michelon colgó el auricular mientras Marceau se sentaba del otro lado del escritorio. Se la ve cansada, pensó. Todos nos vemos cansados. Había sin embargo, una determinación en el rictus de la boca de su subordinada, que la hizo vacilar acerca de lo que tenía que decirle. No va a ser fácil. A mí tampoco me gusta, pero son órdenes directas del Elysée. Marceau suspiró, relajándose en el sillón. Le ofreció café para hacer tiempo. Y reunir el coraje ,pensó con irónico desagrado. Mierda, esto nunca me pasó. A la dama de acero le tiembla el pulso. La sonrisa le brotó tensa sin que pudiera evitarlo.
—¿Cómo... en qué etapa están con los archivos? —Marceau está extraña. Habitualmente es muy perceptiva; ya se habría dado cuenta de lo incómoda que estoy.
—Prácticamente terminamos el relevamiento. Se están verificando las últimas conexiones de nivel nacional,
Está distraída, pensó la comisario. Marceau se detuvo un segundo para beber un sorbo de café y continuó.
—Estamos trabajando tiempo completo... archivando, actualizando los registros, contrastando información... pura burocracia... —movió la cabeza—. Y todavía no lo encontramos.
—¿Más implicados? — ¿Quiénes? ¿Las estatuas del Louvre?
Prácticamente no habían quedado un ministerio o una secretaría limpios. Las ramificaciones eran monstruosas. Desde hacía menos de dos días, en alguna parte del planeta, algún funcionario, diplomático, político u hombre de negocios saltaba por los aires con el sello fatídico de la Orden del Temple metafóricamente estampado en la frente. En muchísimos casos, como los del Primer Ministro, las cosas se estaban haciendo con la máxima discreción posible porque la crisis desatada había estado a punto de quebrar gabinetes y mercados de valores. Ni siquiera habían resuelto cómo dar a conocer la traición de Nohant. El gobierno estadounidense estaba presionando, exigiendo acceso a los archivos de la Orden —corrección, ahora de la Brigada—.
Por una maldita vez la Comunidad había hecho causa común ante un suceso policial de esas características y Francia había podido mantener su posición de no permitir que agencias extranjeras se entremetieran en sus asuntos. Hasta ayer por la noche. Una puede exigir no intervencionismo en hechos de seguridad nacional, pero cuando hay dinero de las Bolsas de Valores de por medio, no hay peros que valgan. Al menos, eso se desprendía del discurso que les habían dado en el Faubourg St. Honoré para explicarles con elegancia que la Brigada ya no estaba a cargo. Bastante lógico, por otra parte, aunque injusto para los que se habían jugado la vida en el caso. Por supuesto, habría condecoraciones, ascensos y otros cuasi sobornos para endulzar la hoja del puñal. Pero estaban afuera.
Marceau apretó los dientes y la respiración se le volvió densa.
—Todavía no llegamos a él.... Quiero su cabeza en una bandeja de plata.
Michelon se recostó en su propio, magnífico sillón y preguntó:
—¿Cómo puede estar tan segura de que nos falta el Richelieu detrás del trono?
La máscara de impasibilidad de Marceau se disolvió para dejar lugar a un rostro ensombrecido por la amargura.
—El Brigadier... Me falta él.... Todo este tiempo, todos estos años buscándolo, persiguiéndolo como en una pesadilla... —levantó los ojos, y Michelon vio en ellos el brillo helado del odio—.Es a él al que quiero.
La comisario no supo qué decir. Marceau siguió hablando, mirando sin ver.
—Dejé tanto en esto... Diez, doce años obsesionada con... —le costaba decirlo —...con cobrarme la vida de Jean-Luc.
Michelon sintió una punzada de dolor y cerró los ojos un instante.
—Quería la ley del Talión... y no comprendí que estaba pagando esa obsesión con mi propia vida— Marceau tenía los ojos demasiado brillantes—. No puedo recordar... su voz... ni sus manos... ni su amor... Sé que esas cosas ocurrieron, pero no puedo aferrar los recuerdos. La única imagen que conservo es la del final, la de la degradación última de un ser humano... Y mi degradación junto con la de él.
La vio levantar la taza de café con mano temblorosa y apoyarla casi inmediatamente. El incongruente tintineo de la porcelana la sobresaltó.
—Me cegué... a todo lo que no fuera mi trabajo, rebuscando siempre entre lo que me caía entre las manos, tratando de hallar las posibles relaciones — se echó hacia atrás en el sillón y miró al cielo raso. Las lágrimas se le escapaban libremente. —Estuve tan ciega que hasta... perdí la oportunidad de estar viva otra vez... Creí que podría... y me equivoqué— su voz bajó hasta hacerse un susurro—. No me queda nada... No tengo esperanzas.. Sólo el ansia de encontrarlo... y terminar con todo.
Michelon se levantó despacio, rodeó el escritorio y, parándose delante del otro sillón, apoyó las manos en los hombros de la otra y apretó fuertemente. No tenía palabras para lo que había oído. Del escritorio tomó unos pañuelitos de papel del contenedor de plata —adoraba esos detalles femeninos— y le secó la cara con cuidado, como a un chico.
Jesús, esta mujer atravesó mis defensas. ¿Qué habrá querido decir con ‘terminar con todo’? Carajo, tengo que hablar con Massarino antes de que la hermana haga una barbaridad. Y quizá con Dubois. No, también. Y si Marceau insiste en que le falta encontrar a alguien, estoy segura de que tiene razón. Podrá estar alterada, pero ante todo es oficial de policía. De los buenos. Mierda, no nos pueden echar así como así. Tengo que hablar con Massarino. Se apoyó en su escritorio con los brazos cruzados y la vista baja.
Marceau se levantó en silencio. Había recuperado la compostura.
—Lo lamento —dijo, mirando hacia otro lado mientras se alisaba la ropa.
Siguiendo un impulso, Michelon la abrazó y la besó en la mejilla como podría haber besado a una hija.
—No hay nada que lamentar. Esto nos superó a todos. Cuanto antes termine, mejor.
Su asistente personal entró, cruzándose con Marceau que salía.
—Parece que hubieran visto un fantasma. ¿Se lo dijiste? —y se apoyó en el brazo del sillón de Michelon.
—No, querida— le tomó la mano y se la besó, distraída—. No tuve el valor. Tengo que llamar a Massarino.
—Ya lo llamo— Laure le acarició brevemente la mejilla y salió.


Seguía de un humor frágil cuando volvió a su cubículo. Dios, qué manera de terminar el día. Me llenaron el escritorio de papeles, carajo. Pura burocracia de mierda. Pateó la silla y colgó la cartera y el abrigo. Hay más formularios que espacio. Y esa estúpida de Sully, que no puede llenar ni un papelito sin consultar. Se sentó de pésimo humor. En fin. Esto es tan bueno para no pensar como cualquier otra rutina. Si los papeles son importantes, ¿para qué mierda están las computadoras? Y viceversa. Resignada ante la evidencia, encendió la pantalla. Alguien asomó la cabeza.
—Capitán, ¿le traigo un café?
Foulquie. Bendito tú eres.
—Por favor, sargento —sonrió débilmente y Foulquie le devolvió el gesto. Viejo adorable. Siempre me cambia el humor. Giró la silla hacia la pantalla otra vez. Sólo es empezar. Coraje.
La puerta se abrió otra vez a sus espaldas y dejaron la taza de café encima del escritorio.
—Gracias... —no terminó la frase. El perfume le asaltó los sentidos. Se quedó paralizada en el asiento mientras el estómago se le estrujaba.
Oyó el chasquido del picaporte al cerrarse la puerta otra vez, y las manos de Marcel la tomaron suavemente por los hombros. Casi con miedo, pensó.
—Por favor... — la voz de Marcel era un susurro—, hablemos. Sin pelear— hizo una pausa larguísima—. Nunca le supliqué a una mujer. Ni le pedí dos veces que me diera una oportunidad. Necesito... necesito explicarme... y... pedirte perdón— la angustia le hacía vacilar la voz.
Odette no se atrevió a moverse, tanto le temblaba todo el cuerpo. Sin darse cuenta levantó una mano y apretó la de él.
—Cuando esto termine —murmuró mientras él sujetaba su mano dolorosamente—. Falta poco. Necesitamos... tiempo para hablar... Estar... más calmados.
Él se inclinó y le besó apenas el pelo, sin soltarla. Ella besó la mano apoyada en la suya. Retiró la silla y Marcel la abrazó, cuando la campanilla del interno estalló en el aire. Se soltó de sus brazos y tomó el auricular con rabia.
—Marceau... ¡Voy! — Archivos y su putísimo sentido de la ocasión. El gesto de contrariedad fue tan evidente que él no pudo evitar una sonrisa esperanzada.
—Marcel...
Él giró en el vano de la puerta.
—Yo también tengo cosas que explicar.
Él soltó un beso al aire.
Dios, si no fuera tan dulce. Me hace bajar la guardia. Cuánto hace que alguien no me conmueve de esta forma. Cuánto hace que no siento algo así. Quiero mi oportunidad, si todavía estoy a tiempo. Apoyó la frente en una mano, aguantando las emociones que le anudaban la garganta. Cerró los ojos y esperó a que él se fuera para salir de la oficina.

viernes, 7 de agosto de 2009

La dama es policía - Capítulo 30


Hôtel Matignon, residencia del Primer Ministro

PARÍS, MIÉRCOLES POR LA NOCHE
—Tengo que hablar con usted. Esta noche.
— Imposible. Tengo una audiencia con el Presidente.
—¡Me importa un carajo! Arrégleselas como pueda, pero a mí me recibe primero.
La puta que lo parió. ¿Qué se cree? ¿Que puedo darle el plantón al Viejo así porque sí? El Primer Ministro se revolvió molesto en el sillón: ese boludo merecía que lo pusieran en su lugar.
—Escuche...
—No. Escúcheme usted a mí. Este desastre tiene que terminar. Como sea. No se olvide de quiénes lo pusimos donde está.
Apretó los labios con rabia. Grandísimo hijo de puta, nunca se pierde la ocasión de recordármelo, él y su puto anillito, siempre amenazándome. Las entrañas se le hicieron un nudo.
—Voy a tratar de arreglarlo... No le prometo nada.
—No sea idiota. No trate: arréglese para verme. Y no quiero que nadie por ahí sepa que estuve con usted. Después vemos qué mierda vamos a hacer con el Viejo y los demás.
Cuando colgó, el Primer Ministro llamó al secretario privado. Un buen tipo, eficiente, diplomático. Un idiota útil.
—Frayssinet, necesito postergar la audiencia con el Presidente una hora por lo menos. Tengo que resolver algo... personal. Usted me entiende.
Frayssinet sonrió comprensivo. Bien, se tragó el sapo de que voy a ver a Evelyn.
—¿Va usted, señor?
—No. Ella insistió en venir aquí. Tengo que solucionar un problemita. ¿Sería posible un poquito de discreción?
—Señor...— Frayssinet se ofendió —Yo me ocupo de que nadie quede en el piso. Como siempre.
—Gracias, Georges. Usted es un amigo. Arrégleme lo de la agenda y avíseme por teléfono.
—¿Va a entrar...?
—Por donde siempre. No se preocupe.



En los pasillos del piso no había ningún guardia. Los empleados civiles ya se habían retirado. Me hizo caso. Bien por el ministro.
El cretino estaba esperando sentado a su escritorio. Seguramente para impresionarme. Gordo fanfarrón.
—No tengo mucho tiempo. Pude postergar la audiencia una hora y media, nada más.
—No nos va a llevar mucho tiempo —sacó el arma con silenciador y le apuntó.
—¿Qué... qué hace?
—Usted es un imbécil. Le dije que había que quitar de en medio a esos policías de mierda y al prefecto Oustry.
—¡Por Dios, hice lo que me ordenaron! ¡Puse a cargo a Beaumont! ¡Después tuvimos que liquidarlo antes de que hablara! ¡Todo está yendo muy rápido! Necesito tiempo... Déjeme ver al Viejo... Puedo convencerlo... de que son ellos... los responsables...
—O de que yo soy el responsable... Iba a entregarme en bandeja de plata, ¿no?
La cara mofletuda del hombre reflejaba una desesperación sin límite. La que se siente cuando te descubrieron y no te queda alternativa. La que se tiene cuando se sabe que te van a matar.
Se acercó ominoso y empujó el sillón hacia el escritorio, apretándole el estómago abultado contra el sobre de madera y cuero. El otro jadeó, un poco por el empujón, un poco por el miedo. No era rival físico para él. Lo sorprendió, agarrándolo por los cabellos y tirándole la cabeza hacia atrás, hacia el respaldo del sillón. Con el mismo movimiento le metió el cañón de la pistola en la boca y moviéndolo ligeramente hacia arriba y hacia la derecha, disparó. El proyectil atravesó el respaldo exactamente en el lugar que había previsto al correrse a la izquierda. Con cuidado, tomó la mano del hombre y la frotó con la suya cubierta por guantes de látex quirúrgico, para adherirle la pólvora a los dedos. Zurdo de mierda. Después quitó el silenciador, acomodó los dedos sobre el arma y dejó caer el brazo desde la posición frente a la boca. Se limpió una salpicadurita de sangre de la manga, abrió el cajón central del escritorio, retiró otra pistola igual a la que había puesto en la mano del muerto, y se la guardó en la cartuchera bajo el sobaco después de ponerle el silenciador.
Salió por donde había llegado, sin que lo vieran. Caminó unas cuadras hasta su automóvil y se fue a su casa, a esperar la llamada. Porque tenían que llamarlo. Y él iba a ir. Cómo no iba a ir. Ahora estaba a cargo de todo. El Brigadier me lo confirmó. Tembló de expectación y coraje. Reflotamos la operación y yo quedo al frente. La entrepierna se le erizó excitada.



BUENOS AIRES, MIÉRCOLES POR LA TARDE
Ortiz llamó la atención del viejo con una tosecita.
—Señor...
El viejo levantó la vista de los papeles y le hizo una seña con la cabeza. Ortiz se acercó sólo entonces, separó el silloncito con un movimiento silencioso y se sentó frente al escritorio, la boca apretada en una línea de disgusto.
—Están haciendo averiguaciones sobre los propietarios de la sede de París—dejó los faxes sobre el escritorio.
El viejo se recostó contra el respaldo del sillón con los papeles entre las manos y Ortiz se quedó en silencio.
—¿Qué quiere que hagamos?— preguntó Ortiz cuando el viejo apoyó otra vez los papeles.
—Por ahora, nada. No tienen posibilidades de investigar demasiado, José. A lo sumo fueron al municipio, consiguieron información sobre el dominio, y después, ¿qué? Una sociedad anónima, una nacionalidad. Tienen que seguir buscando. ¿Por dónde empiezan? ¿Por las páginas amarillas? —se rió seco, y él lo acompañó con una sonrisa. Ese humor tan particular del tatita.
El viejo continuó.
—Esto no es Europa, ni los Estados Unidos. ¿Sabe cuánto pueden tardar? No creo que consulten a nuestra policía, con la experiencia que tuvieron hace doce años. Sacando a algunos federicos derechos, el resto no es muy confiable que digamos. Yo no confiaría, ¿y usted?
—Ya sabe que no lo hago. Ni en esos federicos derechos, como los llama usted. Igualmente me gustaría saber qué averiguan. No quisiera salir un día a la mañana y encontrármelos en la tranquera.
—Esta vez creo que la mejor estrategia es mantener el mimetismo con el paisaje— el viejo sonrió con astucia—. No estoy huyendo; no se me equivoque— lo atajó al verle el gesto de desagrado—. No se olvide de que el poder que se intuye, muchas veces espanta más que el que se ve a simple vista. ¿Qué es peor: oír el rugido del león y saber que sale a cazar, o esperar el zarpazo silencioso del tigre? Si alguna vez llegan a saber más de lo que ya saben, que es mucho, y si son tan brillantes como creo que son, van a retroceder — la mano del viejo bajo categórica sobre el brazo del sillón, acompañando las palabras.
Ortiz nunca había dudado de la sabiduría del tatita, porque, entre otras cosas, nunca le había mentido ni le había ocultado nada. Pero la espinita en el costado le molestaba, así que decidió insistir. No sea cosa que por una vez se nos equivoque el viejo y...
—Señor, perdone que insista pero... ¿y si de cualquier forma llegan a saber algo más? ¿Algo que no deben?
El viejo lo miró con expresión severa.
—En ese caso, veremos.
Respiró más tranquilo. Por supuesto, la decisión final es de él, eso no se discute, pero tengo la aprobación. Si llegan a meterse demasiado en donde no deben, traslado.


PARÍS, MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Durante la cena, Michelon intercambió con Laure los chismeríos del día. Cuando le contó lo de Sully, Laure comentó divertida:
—¡Madame la Veuve ataca de nuevo! ¡Se ve que estuvo afilando la hoja durante bastante tiempo! ¿Hasta dónde rodó la cabeza de Sully?
Se rieron a carcajadas, tanto que medio restaurante se volvió a mirarlas.
—Pobre chica, no para de hacer malas elecciones— dijo Laure con un suspiro, después de beber un sorbo de vino blanco..
—Sí, y la primera fue ingresar en la policía.
—No me refería a eso. Por lo que yo sé...
—Que siempre es mucho más que lo que yo sé ... —la acusó Michelon, medio en broma.
—Por lo que sé —Laure frunció la nariz—, estaba decidida a pescar a Dubois.
—¡Ajá!
—Y las cosas no venían tan mal encaminadas, hasta que lo asignaron al caso con Marceau... —Laure le echó una miradita cómplice.
Michelon sonrió gatunamente, sin responder.
—Claudette, me estás ocultando algo... —Laure entrecerró los ojos.
—¡Vamos! No se puede ocultar lo inocultable...
—No me refiero al teniente. Los hombres no suelen ser muy sutiles a la hora de enmascarar emociones. El asunto es:¿cómo es que ella todavía no se lo sacudió de encima?
—Bien... no puedo decir que no lo haya sacudido... —le contó lo de las carpetas y la revista de historietas. Laure no paraba de reírse—. Estaba que echaba humo por las benditas carpetas, pero terminó admitiendo que ella tenía razón.
Laure cerró el puño derecho e inclinó el pulgar hacia abajo.
—Que Sully se olvide del teniente.... ¿Y ella, qué?
Madame se quedó pensativa, con la copa de vino en la mano.
—Algo le pasa también. Tuvo algunas reacciones... las de hoy, por ejemplo. Estoy segura de que si Dubois no hubiera estado allí con nosotros, el baldazo de vitriolo de la cabo le hubiera resbalado como de costumbre. Estaba indignada. Eso, dentro de lo que habitualmente deja traslucir.
—Estás muy observadora... —comentó Laure en tono neutro.
—No estarás celosa... —la reprendió con la mirada. La otra hizo un mohín gracioso. —Es parte de mi trabajo, querida. Observar a mi gente, evaluarla, conocerla a fondo. Saber en quién se puede confiar, en cualquier circunstancia.
—Separar la paja del trigo...
—Nunca mejor dicho.

Estaban entrando a su casa cuando el teléfono comenzó a sonar. Laure le hizo señas: Respetemos las convenciones. Cada una responde a las llamadas en su propia casa, así no herimos las suscep-tibilidades de nadie. Sin quitarse el tapado levantó el auricular.
—¡Claudette!
—¡Raoul! — Jesús, y ahora qué. Oustry llamando a estas horas de la noche. No creo que sea para hacer relaciones públicas...
—Te llamé a la oficina.
—Salí a comer...
—Esto que está pasando... ¿también se lo debemos a tus “especiales”?
Michelon tragó saliva y el prefecto siguió hablando.
—Se están metiendo con demasiada gente, querida.
—Raoul, esto es mucho, mucho más grande de lo que nunca imaginamos, y sí, es mi gente y estoy orgullosa de ellos. Y te recuerdo que somos todos "tu" gente.
—Ya lo sé, no me olvido —contemporizó Oustry—. Me llamó mi Número Uno. Están tratando de localizar también a Nohant, para una reunión de urgencia.
—Voy para tu casa —respondió Michelon, cerrando los ojos.
—Por favor —dijo el otro, y colgó.
Laure la miró a medias intrigada.
—Ya empezaron a golpear la puerta— suspiró pesadamente y salió.


El prefecto en persona le abrió la puerta. Subieron al estudio y él le ofreció algo de beber.
—Coñac... —lo voy a necesitar.
Oustry sirvió dos copas generosamente. Bebieron un par de tragos en silencio y luego lo puso al tanto de las últimas novedades, mientras Oustry asentía y le pedía detalles a medida que ella hablaba.
—Claudette, ¿por qué no diste parte al resto de las divisiones?
—Todo fue muy rápido. Casi no tuvimos tiempo más que para reaccionar ante lo que encontrábamos...
—¡Qué velocidad de reacción, querida!
Se rió sin ganas.
—Para colmo, lo de Inteligencia fue... tan inesperado.
El prefecto asintió con un gesto de disgusto.
—¡Beaumont! ¡Qué increíble! Pensar que se ofreció a arreglar la agenda del Presidente para que te recibiera las dos veces.
—Estaba más que interesado en saber qué pasaba.
—Y los teníamos con un pie adentro, gracias al acuerdo de colaboración que había firmado Nohant —comentó el prefecto mientras tomaba un sorbito de coñac.
Cierto. Nohant. Una alarma se le disparó en el cerebro. No le gustaba Nohant, como no le gustaban los políticos y los funcionarios en general. Cuando se creó el cargo de Director General de la Policía Nacional, habían esperado que lo ocupara un oficial de carrera, un hombre como Oustry. Habría sido el corolario ideal para la carrera del viejo prefecto de París. El Ministerio del Interior había designado a uno de sus funcionarios civiles en el cargo. Un “policía de escritorio”, como lo llamaban algunos. Nohant había hecho carrera en el Ministerio con una habilidad poco menos que maquiavélica. Un administrador fabuloso, eso era innegable. Era brillante, había que reconocérselo, y con una cintura política admirable.
Oustry siguió hablando.
—Tenían todo preparado —Michelon lo miró fijamente. —Yo también puedo moverme rápido—el prefecto sonrió sin alegría—. Te sacaban de en medio junto con el Viejo, y a mí detrás. No era el plan original, pero cuando lo pusiste al tanto, eso precipitó las cosas. El Primer Ministro se hacía cargo temporariamente. Proponían a su gente para nuestros puestos y con eso dejaban a los tuyos... perdón, a los nuestros... fuera de combate. Iba a ser un juego de niños manejar la situación.
—No vayas a creer... — lo miró con ironía.
—No... Viendo lo que hicieron, no habría sido fácil quitarlos de en medio.
El teléfono los interrumpió, sobresaltándolos. Oustry la miró mientras respondía que estaban juntos y que ya salían.
—El Elysée — dijo cuando colgaba.
—¿El Viejo?
Oustry asintió.
—El Primer Ministro acaba de suicidarse. Nos van a apretar las tuercas, querida. Vámonos.
— Antes, una llamada. Ya aprendí la lección.
El prefecto la miró intrigado.


Habían estado haciendo el amor durante más de una hora y tenían toda la intención de atacar el segundo movimiento, cuando el teléfono interrumpió la partitura. Auguste bufó y Nadine lo besó suavemente, haciéndole señas para que levantara el auricular.
—Que se vayan a la mierda— la abrazó otra vez—. Hace una semana que no te...
—Amor... — Nadine lo interrumpió.
Tiene razón. Levantó el auricular con rabia.
—¡Massarino! — ladró.
Era Michelon. Resignado, se sentó en la cama para hablar más cómodo, mientras Nadine le acariciaba el estómago. Se vistió a la carrera y antes de salir abrazó y besó a su mujer.
—No te duermas. Pienso volver lo más pronto posible.
—No tenía ninguna intención de dormir. —Le devolvió el beso.
Desde su auto, Massarino llamó a la Brigada.
—¿Quiénes están ahí ahora?
—Meyer y Dubois, señor— le informó el oficial de guardia.
Cierto. Todavía están revisando los montones de expedientes secuestrados.
—Que se reúnan conmigo en el Palais d’Elysée en quince minutos. Voy a buscar a Michelon y al prefecto Oustry.
—Sí, señor.
Mejor ir prevenidos.


PARÍS, PALAIS D'ELYSÉE. MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Cuando Michelon, Oustry y Auguste llegaron al Elysée, Meyer y Dubois los esperaban con caras de preocupación.
—¿No exageró un poco, comisario? —preguntó Oustry, sorprendido.
—Espero que sí, señor —le respondió Auguste con aprensión.
Los tres escoltaron a Madame junto al prefecto hasta el segundo piso, y se quedaron esperando en el corredor silencioso. El personal habitual de seguridad había sido reemplazado por los hombres del SSMI. Algunos eran conocidos de Auguste y lo saludaron sorprendidos.
—Comisario —lo llamó Oustry—. El director general Nohant todavía no llegó. Si uno de sus hombres es tan gentil de esperarlo abajo y acompañarlo hasta aquí...
Auguste le ordenó a Meyer que esperara a Nohant. Es una buena ocasión para charlar con Dubois a solas.
—¿Cómo va lo de las carpetas? —le preguntó para iniciar la conversación.
—Hasta ahora, Gendarmería detuvo a veinticinco de los fichados, en las fronteras con España y Alemania. Nosotros encontramos a diez más, tratando de abandonar París. Informamos a Interpol de... — hizo una pausa—: cincuenta y tres casos de pedido internacional de captura...
En ese momento vieron que Nohant se acercaba por el corredor. Cuando el recién llegado los vio, se apresuró a sacarse algo de la mano izquierda, sin quitarles los ojos de encima. Mientras pasaba entre Dubois y él, durante una décima escasa de segundo lo paralizó con una mirada inconfundible.
Dubois reaccionó medio instante después de que Nohant hubo entrado. Con el entrecejo fruncido en un gesto de alarma, le dijo en voz baja a Auguste:
—Está armado.
Se miraron y juntos atacaron la puerta, empujándola para evitar que corrieran la traba interior.



—¡Massarino! ¿Se volvió loco? —Oustry y los demás, salvo Michelon, los miraron con ojos desorbitados mientras el comisario esposaba a Nohant y Dubois lo desarmaba. Sin dejar de apuntarle, Auguste le metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón y le tendió a Michelon lo que había encontrado.
La comisario giró el anillo para ver el sello y se cubrió la boca en un gesto de disgusto, pero sin sorpresa.
—¿Cómo lo supo?
—Lo vi quitárselo antes de entrar. Dubois le vio el arma.
—Es el mismo que llevaban Jacques y Prévost— el teniente mordió las palabras.
Nohant los miró a todos con el desprecio y el odio pintados en los ojos. Recuperó la compostura y con una mueca desagradable le dijo a Michelon:
—Su gente es brillante, comisario. Deberíamos haberles ofrecido estar de nuestro lado.
—Que yo recuerde, no hay mujeres en la Orden —respondió fríamente Michelon—. No creo que hubiéramos aceptado. Tenemos un pleito muy antiguo con ustedes.
Auguste cerró los ojos para contenerse y les ordenó a Meyer y a Dubois que se lo llevaran.
—¿Quiere que me quede, Madame?
—Por favor... —Michelon comenzó a hablar, cuando el ministro del Interior los interrumpió.
—Creo que es mejor que se quede aquí, con nosotros.
Oustry estudió el anillo. Tenía un diseño curioso en el sello: dos caballeros medievales, montados uno detrás del otro, a la grupa de un solo caballo.
Auguste salió a llamar a Nadine para avisarle que no lo esperara.
—Te amo, pelirroja.
—No creas que te vas a salvar cuando vuelvas. Te amo.


En el despacho, las caras eran más que fúnebres. Al Presidente lo acompañaban el ministro del Interior y el de Relaciones Exteriores. Sin edecanes ni secretarios. El ministro del Interior dijo en tono apenado y sombrío:
—Señor, mi renuncia está a su disposición.
—Cállese la boca. Nadie quiere su renuncia —rezongó el Viejo—. Entre los culpables que se suicidan o van camino al calabozo, y los inocentes que renuncian, me voy a quedar sin Gabinete, en medio de la anarquía. Cerremos filas y déjese de estupideces.
Los anteojos le recorrieron el largo dorso de la nariz. Los miró por encima del marco de oro, mientras se repantigaba en el sillón enorme, cruzando las manos sobre el estómago.
—Madame, señores, en las últimas dos horas hablé con Washington cinco veces.
Cuatro pares de ojos la miraron expectantes. Michelon apretó los labios. Hora de dar explicaciones. Menos mal que traje apoyo logístico.



Marcel entró en su departamento pasadas las dos de la madrugada. Un día terrible. Primero Hamad; después Michelon y Massarino que casi me suspenden, y para rematar, el chistecito de Nohant. Hijo de puta traidor. Por un pelo no nos decapitó a todos. Dios, quiero que esto termine de una puta vez. Estoy tan nervioso que si se meto en la cama no voy a poder dormir.
Al entrar había tirado la revista de historietas y el CD sobre la mesita al costado del sofá. No sería mala idea... ¿o sí? Ver el contenido del CD lo repelía y atraía al mismo tiempo. Se desnudó y en ropa interior y con una lata de cerveza, se recostó en el sofá a hojear la revista. Se rió de sí mismo a su pesar. Ella tiene una forma tan especial de hacer bromas... No pierdas las esperanzas, viejo. Si está de humor para lanzarte indirectas después de que casi le rompiste las costillas, no te está yendo tan mal. Cristo, si pudiera estar a solas con ella, hablar, explicarle, hacerle el amor...
De pronto, el aire ya no le pasó por la garganta. Hicimos el amor acá, sobre esta alfombra, en mi cama. ¿Cómo pude creer que mentía? Yo interpuse mis ‘otros’ imaginarios. ¿Nunca vas a dejarme en paz, papá? ¿Nunca voy a poder confiar en ninguna mujer? Si alguna vez hubo otro, cuando estuvo conmigo ya no había nadie más. Era mía. No existía ninguna otra persona entre los dos. No quiero perderla. No puedo. No quiero.
Se levantó para ir a acostarse, cuando vio de nuevo el CD. Sin pensarlo dos veces, se sentó delante de la pantalla, encendió el equipo y lo cargó. Tecleó la contraseña con dedos como de madera.
Un “audio” de Vaireaux. Se obligó a seguir mirando. Hijos de puta. Por primera vez tomó conciencia de que la escena que veía era real. Los protagonistas eran atrozmente reales. Cada vez que había sido obligado a ver uno de esos audios había logrado mantener la cordura imponiéndose la idea de que lo que presenciaba era una ficción. Se vio a sí mismo arrancar la venda negra de la cara de la mujer, mientras Jacques repetía la orden. Su mano sostenía el rostro bañado en lágrimas. Leyó su propio nombre en los labios de ella y la vio cerrar los ojos por la desesperación y el dolor.
Apagó el equipo de un manotazo y se fue a la cama, recorriendo el camino de memoria, porque no podía ver por dónde iba.


Eran más de las cuatro de la mañana cuando llegó a su casa. Se desvistió en silencio y cuando se metió en la cama, Nadine se volvió para preguntarle qué había pasado.
—Creí que dormías.
—Sí, pero entró una manada de elefantes y me despertó.
—¡No hice ruido!
Su mujer le tapó la boca con un beso. Mientras se acomodaban en la cama, le resumió los hechos.
—Estamos afuera...
—Y te molesta.
—¿Te parece que no? ¡Casi dejamos el pellejo en esto!
—Me gusta dónde está tu pellejo. Me alegro de que ya no estén en este caso de mierda.
Massarino miró sorprendido.
—Es la primera vez que te preocupa tanto una investigación.
—Es la primera vez que toda mi familia se juega el cuello — y sin detenerse, preguntó: —¿Odette ya lo sabe?
—No, todavía no. Michelon me prometió que se encargaría de hablar con ella.
—Y le creíste...
—No tengo por qué no hacerlo.
Nadine movió la cabeza con incredulidad y se arrebujó entre las sábanas, pegada a él. Mientras lo acariciaba, susurró:
—Tenemos un asunto pendiente, héroe.