POLICIAL ARGENTINO

lunes, 24 de agosto de 2009

La dama es policía - CAPÍTULO 31

PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES. JUEVES POR LA MAÑANA
El piso de la "Crim" en el Quai des Orfèvres

Los pasillos parecían poblados de fantasmas. El peso de los acontecimientos de la noche anterior era tan grande que ni los teléfonos parecían sonar con la habitual insistencia matutina. La voz se había corrido de alguna manera y el miedo se instaló cómodamente en todos los rincones del Quai. Incluso Archivos, por lo general inmune hasta la exasperación a las catástrofes humanas y naturales, había decidido, en pro del bienestar común, no molestar demasiado con sus exigencias.
Las carpetas estaban todavía allí, acechándolo desde las cajas de cartón ya medio rotas por el traqueteo y el manoseo. Un jueves de maravilla. Como los de casi toda la humanidad. Los jueves se disputan las palmas de peor día de la semana con los domingos. El lunes es un pobre imbécil que carga con las culpas del domingo, no nos engañemos. El martes, se te pasa un poco el malestar y el pronóstico mejora levemente. A veces, uno se va a jugar un partido y hasta se siente mejor. Como si la transpiración pudiera arrastrar el mal humor. El miércoles uno cree que ya remontó la semana y se atreve a levantar la cabeza y enfrentar al mundo. Los errores son reparables, la vida te da una oportunidad. El viernes, se tiene por lo menos la esperanza de irse a casa y no volver hasta el lunes. El sábado uno intenta cumplir los sueños de la semana y de la vida, y el domingo los destruye. Pero el jueves es derrota negra e interminable. La convicción de que nada cambió y, que no importa lo que uno haga, todo seguirá igual, en una vida entera de jueves.
Cristo, qué mal humor. Tengo una semana de mierda.

Nombres, nombres, nombres, órdenes de arresto, de clausura, de incautación, pedidos de captura, de averiguación de antecedentes. Una tormenta gris de papeles llenos de tierra, salpicada de llamadas telefónicas irritantes de parte de comisarios irritables, la red de comunicación que salía de servicio en horarios inesperados; las protestas de las prefecturas regionales que acataban a regañadientes lo que París les escupía por el fax. Las pequeñas miserias humanas de todos los días se estaban comportando más pobremente que de costumbre.
Mientras tomaba cansadamente otro grupo de carpetas de una caja, Marcel se quedó pensando en el hecho de que nadie, en toda la PJ, parecía demasiado feliz por lo que habían conseguido con el operativo. Carajo, un mínimo de satisfacción por el deber cumplido. ¿Por qué las omnipresentes caras de culo? ¿Simple envidia por no haberlo hecho ellos en primer lugar? ¿Por no haber tenido la amplitud de visión para imaginar algo así, y la sutil minuciosidad para concebir la estrategia adecuada? Y yo, ¿me siento orgulloso de lo que hice?
El audio de Vaireaux le decía que, al final, había fallado. Es torturante saberlo. Casi tanto como haber hecho todo lo que hice después. Por supuesto, nadie más conoce mi fracaso, a excepción de tres personas: Massarino, Odette y Michelon. Mis superiores directos y la responsable máxima de la Brigada. Debut y despedida, Dubois. Y ella me llamó 'Ranxerox'... Tiene razón. No era una broma; fue su manera de decirme que arruiné todo. Carajo, no me importaría que me echaran a la mierda si ella me perdonara.
Sacudió el escritorio de un golpe y apoyó la frente en las palmas.
—Eh, buenos días. ¿Todavía no se te despegaron las sábanas?
La cara regordeta de querubín de Meyer le sonreía desde el otro lado del escritorio mientras le robaba un Gauloise. ¿Querubín? Más bien los nueve coros angélicos. Meyer podría cargar sobre sus querúbicos hombros a los serafines, arcángeles, príncipes, dominaciones y unos cuantos más que había olvidado apenas terminó la escuela. Montones de angelitos tocando trompetas y cantando sobre las espaldas de Meyer. Sonrió ante la ridiculez de la idea.
—Casi. Buenos días— echó una mirada alrededor—. Es un decir, claro— encendió su propio cigarrillo.
—Mmm... sí —respondió Meyer con un suspiro que ocasionó un minitornado entre las hojas desparramadas sobre la mesa—. Parece que el ambiente está cada vez más pesado. Voy a buscar un café. ¿Te traigo uno?
—Te amo, Meyer.
Meyer volvió con las tacitas haciendo equilibrio y las apoyó con una delicadeza inesperada, mientras comentaba a media voz:
—Se huele el miedo por todas partes. Las ratas abandonan el barco— miró alrededor de la oficina vacía, excepto por ellos dos.
—Carajo, fue un operativo increíble. ¿Qué mierda les pasa? Nos esquivan como a leprosos...
Después de un silencio, Meyer comentó:
—Paworski tenía razón.
Marcel lo interrogó con un fruncimiento de la frente y el otro siguió.
—Están protestando en todas partes. Que no tienen efectivos, que no tienen tiempo, que damos órdenes a todo el mundo y que qué mierda nos creímos que somos. Parece que no entendieran— Meyer tomó un sorbo de café y continuó: —No es que yo entienda mucho de todo esto. Estoy empezando a enterarme.
—No hay mucho más para enterarse.
—¡Vamos! No vas a decirme que estuviste trabajando con Massarino y Marceau y que no hay nada más detrás, porque no te creo una mierda.
Se atragantó con el café.
—No te entiendo.
—Viejo, estoy en la Brigada desde un tiempito antes de que te transfirieran, y aprendí a conocerlos un poco. Son unos maníacos del trabajo que hacen. A veces parecen cirujanos, cortando un caso en pedacitos hasta el análisis más microscópico. Planificar y desarrollar este operativo les debe de haber llevado meses.
Ya lo creo. No hace falta que me expliquen. Marcel mantuvo un atento silencio. Meyer terminó el café y continuó en tono confidencial.
—Unos cuantos de aquí no les tienen mucho aprecio. Y en cuanto se sabe que uno es gente de ellos, pasa automáticamente a integrar el bando de parias del Quai.
—¿Por qué? —se sorprendió Marcel.
Meyer bajó más el tono de voz.
—Porque trabajan demasiado bien. Entre otras cosas, porque no les gustan los soplones. Un policía sin soplones es como un perro muerto, ya se sabe. Quien más, quien menos, se consigue alguno que le pase información. Alguien que de vez en cuando te permita hacer el héroe, y al que de vez en cuando le hacen la vista gorda. Comer y dejar comer.
—Vivir y dejar vivir. Son males necesarios. Son como el diploma de graduación: sin soplón no se es policía— se encogió de hombros.
No era un tema agradable dentro del Quai. Era como las venéreas: los que se las pescan prefieren no hacer mención. Por el momento, él se venía librando. Pero uno nunca sabe cuándo...
—Son como la vejez: siempre te alcanzan. Cuando se empieza a ascender, sin soplón es muy difícil trabajar. Bueno — Meyer señaló con la cabeza al cielo raso—, las cosas no se manejan así en este sector. No te critican, no te hinchan las pelotas. Cada cual hace su trabajo como puede y consigue la información de donde puede. Pero es difícil, si los jefes dan el buen ejemplo. Así que ya estás al tanto: si vas a quedarte, mejor que te pruebes el sayo de sambenito. Uno se acostumbra. Después de todo, no está tan mal. Hay quien nos llama los enfants terribles de Michelon. Y si la número uno de la Brigada te apoya, los demás tienen que meterse la cola entre las patas.
—¿Qué? —no pudo evitar una risita—. Meyer, estoy sorprendido de tu nivel de información.
—Tengo mis cousins— sonrió cómplice —.Laure Cohen, la asistente de Madame.
—No mientas, Jumbo. Cohen es una tumba.
—Frecuentamos la misma sinagoga. Laure es muy amiga de mi hermana mayor. La PJ es como una gran familia: nos odiamos todo el año y nos saludamos para Año Nuevo. A Cohen y a mí nos saludan dos veces. Rosh Hashana.
Un suboficial cruzó y murmuró un saludo ahogado. Los teléfonos internos hacían huelga de campanillas. Meyer seguía en plan de confidencias.
—A Massarino le gusta que su gente sea observadora, que se preocupe y se involucre con lo que hace. Que haga su trabajo de la forma más derecha posible. Es abogado, ¿sabías? Me lo comentó una vez. El comi no aguantó tener que defender criminales; archivó el título en un cajón y se metió en la policía. Es... raro, un tipo elegante, educado. Una vez nos pusimos a hablar de ballet. A mí me gusta, aunque no entiendo demasiado. Él sabe muchísimo. También de ópera y de literatura. Bueno, es abogado, debe de saber, qué sé yo... Pero es amable, que es mucho más de lo que se puede decir de unos cuantos comis que conozco.
Marcel se quedó callado, evaluando lo que el otro le acababa de contar. Evidentemente, Jumbo estaba contento por tener un interlocutor tan receptivo.
—Y, bueno... Marceau es así, como él. Menos amable, depende de cómo se levante o de la época del mes— levantó las cejas con ironía, y Marcel no pudo evitar una sonrisa—.Como todas las mujeres. Pero se trabaja bien con ella. Siempre está a la par de uno. No se le escapa nada y cuando está detrás de algo, mejor la matan si esperan que abandone.
Comenzó a interesarse. Meyer esbozó una sonrisa burlona ante su expresión, miró la hora y exclamó:
—Mierda. Mejor nos ponemos a trabajar.
Meyer estaba decidido a cambiar de tema. Carajo, me perdí la mejor parte. Mejor así. Prefiero no enterarme. ¿Y de qué tendría que enterarme? ¡Boludo! Lo arruiné todo y me quejo como el perro del hortelano. En cuanto termine con esta mierda voy a pedir el pase. Por lo menos voy a vivir en paz, sin que me odie el resto de la PJ. A la mierda con los ‘especiales’. Se quedó pensando en eso. ¿Meyer? ¿Con esa carita de ángel y las espaldas de estibador? ¿De qué otro modo tendría tanta información, tanta confianza con personas que raramente abrían la boca dentro de la Brigada? Más de una vez él mismo había oído comentarios desagradables sobre Michelon y sus subordinados. Ahora soy uno de ellos. Estoy en la misma bolsa. Cayó en la cuenta como un piedrazo: Jumbo me considera uno más, porque de otro modo no habría dicho una palabra. Se quedó mirando a su compañero de galeras, que estaba acomodando tranquilamente las carpetas de mierda en su escritorio. De pronto Meyer ya no le pareció un querubín excedido de peso y bonachón: estaba ahí para probarlo.
—Jumbo —susurró—. ¿Qué pasa?
El otro se volvió apenas.
—¿Qué pasa con qué?
—Conmigo.
Meyer se apoyó contra su escritorio y lo desplazó ligeramente hacia atrás, haciendo peligrar la ubicación del mobiliario de toda la oficina.
—Te estás portando como un boludo y te estoy pasando el aviso. Te eligieron. Lo mismo que a mí. No desperdicies la oportunidad. Es tu primer caso en el grupo. No es fácil; te tocó uno muy feo. Pero— señaló el cielo raso con un cabezazo—, te van a aguantar. Siempre es así. El problema con Marceau es que hace demasiado bien las cosas y le revientan las boludeces, pero a la larga, si uno aprende, te las perdona. Michelon es peor, y Massarino no es tan duro. Pero los tres hacen buen equipo y cuando uno trabaja con ellos no quiere ir a otra parte. Y los que quieren irse tienen la puerta abierta. No es fácil, muñeco, porque nos metemos con cosas que les tocan el culo a unos cuantos, y eso no gusta. Ya viste qué contentos están todos de que hayan hecho saltar a ese hijo de puta del DG— le robó otro Gauloise y lo encendió parsimoniosamente—. Pero la satisfacción del deber cumplido no te la quita nadie.
—Y la de haber encerrado a esa rata es una satisfacción muy, muy grande.
—Vamos, San Bernardo, a trabajar que faltan cincuenta carpetas.
Marcel aguantó una risita. Así que ya se enteraron
—Hoy no pasamos ningún pedido de captura a ninguna frontera. Deben de estar extrañándonos— Meyer compuso una sonrisa beatífica.
—Eso. Así nos odian en todo el territorio de la República, las ex colonias y el Canadá. Me gusta que me odien. A los grandes hombres de la Historia también los odiaron.
—Es mejor que te odien a que te desprecien. Y tampoco quiero ser despreciable. Arruinémosle la mañana al resto de la Policía Nacional.
Se rieron un buen rato de sí mismos, mientras abrían las carpetas de porquería.
Cuando miró el reloj por segunda vez en el día, eran más de las nueve de la noche.


BUENOS AIRES, JUEVES POR LA MAÑANA
El teléfono celular sonó apenas en el bolsillo interno del impermeable.
—Señor...
— José, estoy a punto de entrar en una junta de Directorio.
—Señor, hubo un problema en Lisboa. El despacho a Angola se desvió de ruta.
Imbécil. Desobedeció órdenes directas y explícitas. Juntó paciencia para preguntar.
—¿Adónde?
—París, señor.
No necesitaba la confirmación, pero quería hacer tiempo para calmarse. Ortiz continuó.
—Hicieron contacto antes de dejar Portugal. En tren.
—Ocúpese de informar el extravío y proceder con la anulación del despacho.
—¿Anulación, señor?
—Definitiva. ¿Necesita que se lo repita?
—No, señor —Ortiz sonaba moderadamente contento —.En absoluto.


Despacho de Michelon

PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES. VIERNES DESPUÉS DE MEDIODÍA
Michelon colgó el auricular mientras Marceau se sentaba del otro lado del escritorio. Se la ve cansada, pensó. Todos nos vemos cansados. Había sin embargo, una determinación en el rictus de la boca de su subordinada, que la hizo vacilar acerca de lo que tenía que decirle. No va a ser fácil. A mí tampoco me gusta, pero son órdenes directas del Elysée. Marceau suspiró, relajándose en el sillón. Le ofreció café para hacer tiempo. Y reunir el coraje ,pensó con irónico desagrado. Mierda, esto nunca me pasó. A la dama de acero le tiembla el pulso. La sonrisa le brotó tensa sin que pudiera evitarlo.
—¿Cómo... en qué etapa están con los archivos? —Marceau está extraña. Habitualmente es muy perceptiva; ya se habría dado cuenta de lo incómoda que estoy.
—Prácticamente terminamos el relevamiento. Se están verificando las últimas conexiones de nivel nacional,
Está distraída, pensó la comisario. Marceau se detuvo un segundo para beber un sorbo de café y continuó.
—Estamos trabajando tiempo completo... archivando, actualizando los registros, contrastando información... pura burocracia... —movió la cabeza—. Y todavía no lo encontramos.
—¿Más implicados? — ¿Quiénes? ¿Las estatuas del Louvre?
Prácticamente no habían quedado un ministerio o una secretaría limpios. Las ramificaciones eran monstruosas. Desde hacía menos de dos días, en alguna parte del planeta, algún funcionario, diplomático, político u hombre de negocios saltaba por los aires con el sello fatídico de la Orden del Temple metafóricamente estampado en la frente. En muchísimos casos, como los del Primer Ministro, las cosas se estaban haciendo con la máxima discreción posible porque la crisis desatada había estado a punto de quebrar gabinetes y mercados de valores. Ni siquiera habían resuelto cómo dar a conocer la traición de Nohant. El gobierno estadounidense estaba presionando, exigiendo acceso a los archivos de la Orden —corrección, ahora de la Brigada—.
Por una maldita vez la Comunidad había hecho causa común ante un suceso policial de esas características y Francia había podido mantener su posición de no permitir que agencias extranjeras se entremetieran en sus asuntos. Hasta ayer por la noche. Una puede exigir no intervencionismo en hechos de seguridad nacional, pero cuando hay dinero de las Bolsas de Valores de por medio, no hay peros que valgan. Al menos, eso se desprendía del discurso que les habían dado en el Faubourg St. Honoré para explicarles con elegancia que la Brigada ya no estaba a cargo. Bastante lógico, por otra parte, aunque injusto para los que se habían jugado la vida en el caso. Por supuesto, habría condecoraciones, ascensos y otros cuasi sobornos para endulzar la hoja del puñal. Pero estaban afuera.
Marceau apretó los dientes y la respiración se le volvió densa.
—Todavía no llegamos a él.... Quiero su cabeza en una bandeja de plata.
Michelon se recostó en su propio, magnífico sillón y preguntó:
—¿Cómo puede estar tan segura de que nos falta el Richelieu detrás del trono?
La máscara de impasibilidad de Marceau se disolvió para dejar lugar a un rostro ensombrecido por la amargura.
—El Brigadier... Me falta él.... Todo este tiempo, todos estos años buscándolo, persiguiéndolo como en una pesadilla... —levantó los ojos, y Michelon vio en ellos el brillo helado del odio—.Es a él al que quiero.
La comisario no supo qué decir. Marceau siguió hablando, mirando sin ver.
—Dejé tanto en esto... Diez, doce años obsesionada con... —le costaba decirlo —...con cobrarme la vida de Jean-Luc.
Michelon sintió una punzada de dolor y cerró los ojos un instante.
—Quería la ley del Talión... y no comprendí que estaba pagando esa obsesión con mi propia vida— Marceau tenía los ojos demasiado brillantes—. No puedo recordar... su voz... ni sus manos... ni su amor... Sé que esas cosas ocurrieron, pero no puedo aferrar los recuerdos. La única imagen que conservo es la del final, la de la degradación última de un ser humano... Y mi degradación junto con la de él.
La vio levantar la taza de café con mano temblorosa y apoyarla casi inmediatamente. El incongruente tintineo de la porcelana la sobresaltó.
—Me cegué... a todo lo que no fuera mi trabajo, rebuscando siempre entre lo que me caía entre las manos, tratando de hallar las posibles relaciones — se echó hacia atrás en el sillón y miró al cielo raso. Las lágrimas se le escapaban libremente. —Estuve tan ciega que hasta... perdí la oportunidad de estar viva otra vez... Creí que podría... y me equivoqué— su voz bajó hasta hacerse un susurro—. No me queda nada... No tengo esperanzas.. Sólo el ansia de encontrarlo... y terminar con todo.
Michelon se levantó despacio, rodeó el escritorio y, parándose delante del otro sillón, apoyó las manos en los hombros de la otra y apretó fuertemente. No tenía palabras para lo que había oído. Del escritorio tomó unos pañuelitos de papel del contenedor de plata —adoraba esos detalles femeninos— y le secó la cara con cuidado, como a un chico.
Jesús, esta mujer atravesó mis defensas. ¿Qué habrá querido decir con ‘terminar con todo’? Carajo, tengo que hablar con Massarino antes de que la hermana haga una barbaridad. Y quizá con Dubois. No, también. Y si Marceau insiste en que le falta encontrar a alguien, estoy segura de que tiene razón. Podrá estar alterada, pero ante todo es oficial de policía. De los buenos. Mierda, no nos pueden echar así como así. Tengo que hablar con Massarino. Se apoyó en su escritorio con los brazos cruzados y la vista baja.
Marceau se levantó en silencio. Había recuperado la compostura.
—Lo lamento —dijo, mirando hacia otro lado mientras se alisaba la ropa.
Siguiendo un impulso, Michelon la abrazó y la besó en la mejilla como podría haber besado a una hija.
—No hay nada que lamentar. Esto nos superó a todos. Cuanto antes termine, mejor.
Su asistente personal entró, cruzándose con Marceau que salía.
—Parece que hubieran visto un fantasma. ¿Se lo dijiste? —y se apoyó en el brazo del sillón de Michelon.
—No, querida— le tomó la mano y se la besó, distraída—. No tuve el valor. Tengo que llamar a Massarino.
—Ya lo llamo— Laure le acarició brevemente la mejilla y salió.


Seguía de un humor frágil cuando volvió a su cubículo. Dios, qué manera de terminar el día. Me llenaron el escritorio de papeles, carajo. Pura burocracia de mierda. Pateó la silla y colgó la cartera y el abrigo. Hay más formularios que espacio. Y esa estúpida de Sully, que no puede llenar ni un papelito sin consultar. Se sentó de pésimo humor. En fin. Esto es tan bueno para no pensar como cualquier otra rutina. Si los papeles son importantes, ¿para qué mierda están las computadoras? Y viceversa. Resignada ante la evidencia, encendió la pantalla. Alguien asomó la cabeza.
—Capitán, ¿le traigo un café?
Foulquie. Bendito tú eres.
—Por favor, sargento —sonrió débilmente y Foulquie le devolvió el gesto. Viejo adorable. Siempre me cambia el humor. Giró la silla hacia la pantalla otra vez. Sólo es empezar. Coraje.
La puerta se abrió otra vez a sus espaldas y dejaron la taza de café encima del escritorio.
—Gracias... —no terminó la frase. El perfume le asaltó los sentidos. Se quedó paralizada en el asiento mientras el estómago se le estrujaba.
Oyó el chasquido del picaporte al cerrarse la puerta otra vez, y las manos de Marcel la tomaron suavemente por los hombros. Casi con miedo, pensó.
—Por favor... — la voz de Marcel era un susurro—, hablemos. Sin pelear— hizo una pausa larguísima—. Nunca le supliqué a una mujer. Ni le pedí dos veces que me diera una oportunidad. Necesito... necesito explicarme... y... pedirte perdón— la angustia le hacía vacilar la voz.
Odette no se atrevió a moverse, tanto le temblaba todo el cuerpo. Sin darse cuenta levantó una mano y apretó la de él.
—Cuando esto termine —murmuró mientras él sujetaba su mano dolorosamente—. Falta poco. Necesitamos... tiempo para hablar... Estar... más calmados.
Él se inclinó y le besó apenas el pelo, sin soltarla. Ella besó la mano apoyada en la suya. Retiró la silla y Marcel la abrazó, cuando la campanilla del interno estalló en el aire. Se soltó de sus brazos y tomó el auricular con rabia.
—Marceau... ¡Voy! — Archivos y su putísimo sentido de la ocasión. El gesto de contrariedad fue tan evidente que él no pudo evitar una sonrisa esperanzada.
—Marcel...
Él giró en el vano de la puerta.
—Yo también tengo cosas que explicar.
Él soltó un beso al aire.
Dios, si no fuera tan dulce. Me hace bajar la guardia. Cuánto hace que alguien no me conmueve de esta forma. Cuánto hace que no siento algo así. Quiero mi oportunidad, si todavía estoy a tiempo. Apoyó la frente en una mano, aguantando las emociones que le anudaban la garganta. Cerró los ojos y esperó a que él se fuera para salir de la oficina.

viernes, 7 de agosto de 2009

La dama es policía - Capítulo 30


Hôtel Matignon, residencia del Primer Ministro

PARÍS, MIÉRCOLES POR LA NOCHE
—Tengo que hablar con usted. Esta noche.
— Imposible. Tengo una audiencia con el Presidente.
—¡Me importa un carajo! Arrégleselas como pueda, pero a mí me recibe primero.
La puta que lo parió. ¿Qué se cree? ¿Que puedo darle el plantón al Viejo así porque sí? El Primer Ministro se revolvió molesto en el sillón: ese boludo merecía que lo pusieran en su lugar.
—Escuche...
—No. Escúcheme usted a mí. Este desastre tiene que terminar. Como sea. No se olvide de quiénes lo pusimos donde está.
Apretó los labios con rabia. Grandísimo hijo de puta, nunca se pierde la ocasión de recordármelo, él y su puto anillito, siempre amenazándome. Las entrañas se le hicieron un nudo.
—Voy a tratar de arreglarlo... No le prometo nada.
—No sea idiota. No trate: arréglese para verme. Y no quiero que nadie por ahí sepa que estuve con usted. Después vemos qué mierda vamos a hacer con el Viejo y los demás.
Cuando colgó, el Primer Ministro llamó al secretario privado. Un buen tipo, eficiente, diplomático. Un idiota útil.
—Frayssinet, necesito postergar la audiencia con el Presidente una hora por lo menos. Tengo que resolver algo... personal. Usted me entiende.
Frayssinet sonrió comprensivo. Bien, se tragó el sapo de que voy a ver a Evelyn.
—¿Va usted, señor?
—No. Ella insistió en venir aquí. Tengo que solucionar un problemita. ¿Sería posible un poquito de discreción?
—Señor...— Frayssinet se ofendió —Yo me ocupo de que nadie quede en el piso. Como siempre.
—Gracias, Georges. Usted es un amigo. Arrégleme lo de la agenda y avíseme por teléfono.
—¿Va a entrar...?
—Por donde siempre. No se preocupe.



En los pasillos del piso no había ningún guardia. Los empleados civiles ya se habían retirado. Me hizo caso. Bien por el ministro.
El cretino estaba esperando sentado a su escritorio. Seguramente para impresionarme. Gordo fanfarrón.
—No tengo mucho tiempo. Pude postergar la audiencia una hora y media, nada más.
—No nos va a llevar mucho tiempo —sacó el arma con silenciador y le apuntó.
—¿Qué... qué hace?
—Usted es un imbécil. Le dije que había que quitar de en medio a esos policías de mierda y al prefecto Oustry.
—¡Por Dios, hice lo que me ordenaron! ¡Puse a cargo a Beaumont! ¡Después tuvimos que liquidarlo antes de que hablara! ¡Todo está yendo muy rápido! Necesito tiempo... Déjeme ver al Viejo... Puedo convencerlo... de que son ellos... los responsables...
—O de que yo soy el responsable... Iba a entregarme en bandeja de plata, ¿no?
La cara mofletuda del hombre reflejaba una desesperación sin límite. La que se siente cuando te descubrieron y no te queda alternativa. La que se tiene cuando se sabe que te van a matar.
Se acercó ominoso y empujó el sillón hacia el escritorio, apretándole el estómago abultado contra el sobre de madera y cuero. El otro jadeó, un poco por el empujón, un poco por el miedo. No era rival físico para él. Lo sorprendió, agarrándolo por los cabellos y tirándole la cabeza hacia atrás, hacia el respaldo del sillón. Con el mismo movimiento le metió el cañón de la pistola en la boca y moviéndolo ligeramente hacia arriba y hacia la derecha, disparó. El proyectil atravesó el respaldo exactamente en el lugar que había previsto al correrse a la izquierda. Con cuidado, tomó la mano del hombre y la frotó con la suya cubierta por guantes de látex quirúrgico, para adherirle la pólvora a los dedos. Zurdo de mierda. Después quitó el silenciador, acomodó los dedos sobre el arma y dejó caer el brazo desde la posición frente a la boca. Se limpió una salpicadurita de sangre de la manga, abrió el cajón central del escritorio, retiró otra pistola igual a la que había puesto en la mano del muerto, y se la guardó en la cartuchera bajo el sobaco después de ponerle el silenciador.
Salió por donde había llegado, sin que lo vieran. Caminó unas cuadras hasta su automóvil y se fue a su casa, a esperar la llamada. Porque tenían que llamarlo. Y él iba a ir. Cómo no iba a ir. Ahora estaba a cargo de todo. El Brigadier me lo confirmó. Tembló de expectación y coraje. Reflotamos la operación y yo quedo al frente. La entrepierna se le erizó excitada.



BUENOS AIRES, MIÉRCOLES POR LA TARDE
Ortiz llamó la atención del viejo con una tosecita.
—Señor...
El viejo levantó la vista de los papeles y le hizo una seña con la cabeza. Ortiz se acercó sólo entonces, separó el silloncito con un movimiento silencioso y se sentó frente al escritorio, la boca apretada en una línea de disgusto.
—Están haciendo averiguaciones sobre los propietarios de la sede de París—dejó los faxes sobre el escritorio.
El viejo se recostó contra el respaldo del sillón con los papeles entre las manos y Ortiz se quedó en silencio.
—¿Qué quiere que hagamos?— preguntó Ortiz cuando el viejo apoyó otra vez los papeles.
—Por ahora, nada. No tienen posibilidades de investigar demasiado, José. A lo sumo fueron al municipio, consiguieron información sobre el dominio, y después, ¿qué? Una sociedad anónima, una nacionalidad. Tienen que seguir buscando. ¿Por dónde empiezan? ¿Por las páginas amarillas? —se rió seco, y él lo acompañó con una sonrisa. Ese humor tan particular del tatita.
El viejo continuó.
—Esto no es Europa, ni los Estados Unidos. ¿Sabe cuánto pueden tardar? No creo que consulten a nuestra policía, con la experiencia que tuvieron hace doce años. Sacando a algunos federicos derechos, el resto no es muy confiable que digamos. Yo no confiaría, ¿y usted?
—Ya sabe que no lo hago. Ni en esos federicos derechos, como los llama usted. Igualmente me gustaría saber qué averiguan. No quisiera salir un día a la mañana y encontrármelos en la tranquera.
—Esta vez creo que la mejor estrategia es mantener el mimetismo con el paisaje— el viejo sonrió con astucia—. No estoy huyendo; no se me equivoque— lo atajó al verle el gesto de desagrado—. No se olvide de que el poder que se intuye, muchas veces espanta más que el que se ve a simple vista. ¿Qué es peor: oír el rugido del león y saber que sale a cazar, o esperar el zarpazo silencioso del tigre? Si alguna vez llegan a saber más de lo que ya saben, que es mucho, y si son tan brillantes como creo que son, van a retroceder — la mano del viejo bajo categórica sobre el brazo del sillón, acompañando las palabras.
Ortiz nunca había dudado de la sabiduría del tatita, porque, entre otras cosas, nunca le había mentido ni le había ocultado nada. Pero la espinita en el costado le molestaba, así que decidió insistir. No sea cosa que por una vez se nos equivoque el viejo y...
—Señor, perdone que insista pero... ¿y si de cualquier forma llegan a saber algo más? ¿Algo que no deben?
El viejo lo miró con expresión severa.
—En ese caso, veremos.
Respiró más tranquilo. Por supuesto, la decisión final es de él, eso no se discute, pero tengo la aprobación. Si llegan a meterse demasiado en donde no deben, traslado.


PARÍS, MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Durante la cena, Michelon intercambió con Laure los chismeríos del día. Cuando le contó lo de Sully, Laure comentó divertida:
—¡Madame la Veuve ataca de nuevo! ¡Se ve que estuvo afilando la hoja durante bastante tiempo! ¿Hasta dónde rodó la cabeza de Sully?
Se rieron a carcajadas, tanto que medio restaurante se volvió a mirarlas.
—Pobre chica, no para de hacer malas elecciones— dijo Laure con un suspiro, después de beber un sorbo de vino blanco..
—Sí, y la primera fue ingresar en la policía.
—No me refería a eso. Por lo que yo sé...
—Que siempre es mucho más que lo que yo sé ... —la acusó Michelon, medio en broma.
—Por lo que sé —Laure frunció la nariz—, estaba decidida a pescar a Dubois.
—¡Ajá!
—Y las cosas no venían tan mal encaminadas, hasta que lo asignaron al caso con Marceau... —Laure le echó una miradita cómplice.
Michelon sonrió gatunamente, sin responder.
—Claudette, me estás ocultando algo... —Laure entrecerró los ojos.
—¡Vamos! No se puede ocultar lo inocultable...
—No me refiero al teniente. Los hombres no suelen ser muy sutiles a la hora de enmascarar emociones. El asunto es:¿cómo es que ella todavía no se lo sacudió de encima?
—Bien... no puedo decir que no lo haya sacudido... —le contó lo de las carpetas y la revista de historietas. Laure no paraba de reírse—. Estaba que echaba humo por las benditas carpetas, pero terminó admitiendo que ella tenía razón.
Laure cerró el puño derecho e inclinó el pulgar hacia abajo.
—Que Sully se olvide del teniente.... ¿Y ella, qué?
Madame se quedó pensativa, con la copa de vino en la mano.
—Algo le pasa también. Tuvo algunas reacciones... las de hoy, por ejemplo. Estoy segura de que si Dubois no hubiera estado allí con nosotros, el baldazo de vitriolo de la cabo le hubiera resbalado como de costumbre. Estaba indignada. Eso, dentro de lo que habitualmente deja traslucir.
—Estás muy observadora... —comentó Laure en tono neutro.
—No estarás celosa... —la reprendió con la mirada. La otra hizo un mohín gracioso. —Es parte de mi trabajo, querida. Observar a mi gente, evaluarla, conocerla a fondo. Saber en quién se puede confiar, en cualquier circunstancia.
—Separar la paja del trigo...
—Nunca mejor dicho.

Estaban entrando a su casa cuando el teléfono comenzó a sonar. Laure le hizo señas: Respetemos las convenciones. Cada una responde a las llamadas en su propia casa, así no herimos las suscep-tibilidades de nadie. Sin quitarse el tapado levantó el auricular.
—¡Claudette!
—¡Raoul! — Jesús, y ahora qué. Oustry llamando a estas horas de la noche. No creo que sea para hacer relaciones públicas...
—Te llamé a la oficina.
—Salí a comer...
—Esto que está pasando... ¿también se lo debemos a tus “especiales”?
Michelon tragó saliva y el prefecto siguió hablando.
—Se están metiendo con demasiada gente, querida.
—Raoul, esto es mucho, mucho más grande de lo que nunca imaginamos, y sí, es mi gente y estoy orgullosa de ellos. Y te recuerdo que somos todos "tu" gente.
—Ya lo sé, no me olvido —contemporizó Oustry—. Me llamó mi Número Uno. Están tratando de localizar también a Nohant, para una reunión de urgencia.
—Voy para tu casa —respondió Michelon, cerrando los ojos.
—Por favor —dijo el otro, y colgó.
Laure la miró a medias intrigada.
—Ya empezaron a golpear la puerta— suspiró pesadamente y salió.


El prefecto en persona le abrió la puerta. Subieron al estudio y él le ofreció algo de beber.
—Coñac... —lo voy a necesitar.
Oustry sirvió dos copas generosamente. Bebieron un par de tragos en silencio y luego lo puso al tanto de las últimas novedades, mientras Oustry asentía y le pedía detalles a medida que ella hablaba.
—Claudette, ¿por qué no diste parte al resto de las divisiones?
—Todo fue muy rápido. Casi no tuvimos tiempo más que para reaccionar ante lo que encontrábamos...
—¡Qué velocidad de reacción, querida!
Se rió sin ganas.
—Para colmo, lo de Inteligencia fue... tan inesperado.
El prefecto asintió con un gesto de disgusto.
—¡Beaumont! ¡Qué increíble! Pensar que se ofreció a arreglar la agenda del Presidente para que te recibiera las dos veces.
—Estaba más que interesado en saber qué pasaba.
—Y los teníamos con un pie adentro, gracias al acuerdo de colaboración que había firmado Nohant —comentó el prefecto mientras tomaba un sorbito de coñac.
Cierto. Nohant. Una alarma se le disparó en el cerebro. No le gustaba Nohant, como no le gustaban los políticos y los funcionarios en general. Cuando se creó el cargo de Director General de la Policía Nacional, habían esperado que lo ocupara un oficial de carrera, un hombre como Oustry. Habría sido el corolario ideal para la carrera del viejo prefecto de París. El Ministerio del Interior había designado a uno de sus funcionarios civiles en el cargo. Un “policía de escritorio”, como lo llamaban algunos. Nohant había hecho carrera en el Ministerio con una habilidad poco menos que maquiavélica. Un administrador fabuloso, eso era innegable. Era brillante, había que reconocérselo, y con una cintura política admirable.
Oustry siguió hablando.
—Tenían todo preparado —Michelon lo miró fijamente. —Yo también puedo moverme rápido—el prefecto sonrió sin alegría—. Te sacaban de en medio junto con el Viejo, y a mí detrás. No era el plan original, pero cuando lo pusiste al tanto, eso precipitó las cosas. El Primer Ministro se hacía cargo temporariamente. Proponían a su gente para nuestros puestos y con eso dejaban a los tuyos... perdón, a los nuestros... fuera de combate. Iba a ser un juego de niños manejar la situación.
—No vayas a creer... — lo miró con ironía.
—No... Viendo lo que hicieron, no habría sido fácil quitarlos de en medio.
El teléfono los interrumpió, sobresaltándolos. Oustry la miró mientras respondía que estaban juntos y que ya salían.
—El Elysée — dijo cuando colgaba.
—¿El Viejo?
Oustry asintió.
—El Primer Ministro acaba de suicidarse. Nos van a apretar las tuercas, querida. Vámonos.
— Antes, una llamada. Ya aprendí la lección.
El prefecto la miró intrigado.


Habían estado haciendo el amor durante más de una hora y tenían toda la intención de atacar el segundo movimiento, cuando el teléfono interrumpió la partitura. Auguste bufó y Nadine lo besó suavemente, haciéndole señas para que levantara el auricular.
—Que se vayan a la mierda— la abrazó otra vez—. Hace una semana que no te...
—Amor... — Nadine lo interrumpió.
Tiene razón. Levantó el auricular con rabia.
—¡Massarino! — ladró.
Era Michelon. Resignado, se sentó en la cama para hablar más cómodo, mientras Nadine le acariciaba el estómago. Se vistió a la carrera y antes de salir abrazó y besó a su mujer.
—No te duermas. Pienso volver lo más pronto posible.
—No tenía ninguna intención de dormir. —Le devolvió el beso.
Desde su auto, Massarino llamó a la Brigada.
—¿Quiénes están ahí ahora?
—Meyer y Dubois, señor— le informó el oficial de guardia.
Cierto. Todavía están revisando los montones de expedientes secuestrados.
—Que se reúnan conmigo en el Palais d’Elysée en quince minutos. Voy a buscar a Michelon y al prefecto Oustry.
—Sí, señor.
Mejor ir prevenidos.


PARÍS, PALAIS D'ELYSÉE. MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Cuando Michelon, Oustry y Auguste llegaron al Elysée, Meyer y Dubois los esperaban con caras de preocupación.
—¿No exageró un poco, comisario? —preguntó Oustry, sorprendido.
—Espero que sí, señor —le respondió Auguste con aprensión.
Los tres escoltaron a Madame junto al prefecto hasta el segundo piso, y se quedaron esperando en el corredor silencioso. El personal habitual de seguridad había sido reemplazado por los hombres del SSMI. Algunos eran conocidos de Auguste y lo saludaron sorprendidos.
—Comisario —lo llamó Oustry—. El director general Nohant todavía no llegó. Si uno de sus hombres es tan gentil de esperarlo abajo y acompañarlo hasta aquí...
Auguste le ordenó a Meyer que esperara a Nohant. Es una buena ocasión para charlar con Dubois a solas.
—¿Cómo va lo de las carpetas? —le preguntó para iniciar la conversación.
—Hasta ahora, Gendarmería detuvo a veinticinco de los fichados, en las fronteras con España y Alemania. Nosotros encontramos a diez más, tratando de abandonar París. Informamos a Interpol de... — hizo una pausa—: cincuenta y tres casos de pedido internacional de captura...
En ese momento vieron que Nohant se acercaba por el corredor. Cuando el recién llegado los vio, se apresuró a sacarse algo de la mano izquierda, sin quitarles los ojos de encima. Mientras pasaba entre Dubois y él, durante una décima escasa de segundo lo paralizó con una mirada inconfundible.
Dubois reaccionó medio instante después de que Nohant hubo entrado. Con el entrecejo fruncido en un gesto de alarma, le dijo en voz baja a Auguste:
—Está armado.
Se miraron y juntos atacaron la puerta, empujándola para evitar que corrieran la traba interior.



—¡Massarino! ¿Se volvió loco? —Oustry y los demás, salvo Michelon, los miraron con ojos desorbitados mientras el comisario esposaba a Nohant y Dubois lo desarmaba. Sin dejar de apuntarle, Auguste le metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón y le tendió a Michelon lo que había encontrado.
La comisario giró el anillo para ver el sello y se cubrió la boca en un gesto de disgusto, pero sin sorpresa.
—¿Cómo lo supo?
—Lo vi quitárselo antes de entrar. Dubois le vio el arma.
—Es el mismo que llevaban Jacques y Prévost— el teniente mordió las palabras.
Nohant los miró a todos con el desprecio y el odio pintados en los ojos. Recuperó la compostura y con una mueca desagradable le dijo a Michelon:
—Su gente es brillante, comisario. Deberíamos haberles ofrecido estar de nuestro lado.
—Que yo recuerde, no hay mujeres en la Orden —respondió fríamente Michelon—. No creo que hubiéramos aceptado. Tenemos un pleito muy antiguo con ustedes.
Auguste cerró los ojos para contenerse y les ordenó a Meyer y a Dubois que se lo llevaran.
—¿Quiere que me quede, Madame?
—Por favor... —Michelon comenzó a hablar, cuando el ministro del Interior los interrumpió.
—Creo que es mejor que se quede aquí, con nosotros.
Oustry estudió el anillo. Tenía un diseño curioso en el sello: dos caballeros medievales, montados uno detrás del otro, a la grupa de un solo caballo.
Auguste salió a llamar a Nadine para avisarle que no lo esperara.
—Te amo, pelirroja.
—No creas que te vas a salvar cuando vuelvas. Te amo.


En el despacho, las caras eran más que fúnebres. Al Presidente lo acompañaban el ministro del Interior y el de Relaciones Exteriores. Sin edecanes ni secretarios. El ministro del Interior dijo en tono apenado y sombrío:
—Señor, mi renuncia está a su disposición.
—Cállese la boca. Nadie quiere su renuncia —rezongó el Viejo—. Entre los culpables que se suicidan o van camino al calabozo, y los inocentes que renuncian, me voy a quedar sin Gabinete, en medio de la anarquía. Cerremos filas y déjese de estupideces.
Los anteojos le recorrieron el largo dorso de la nariz. Los miró por encima del marco de oro, mientras se repantigaba en el sillón enorme, cruzando las manos sobre el estómago.
—Madame, señores, en las últimas dos horas hablé con Washington cinco veces.
Cuatro pares de ojos la miraron expectantes. Michelon apretó los labios. Hora de dar explicaciones. Menos mal que traje apoyo logístico.



Marcel entró en su departamento pasadas las dos de la madrugada. Un día terrible. Primero Hamad; después Michelon y Massarino que casi me suspenden, y para rematar, el chistecito de Nohant. Hijo de puta traidor. Por un pelo no nos decapitó a todos. Dios, quiero que esto termine de una puta vez. Estoy tan nervioso que si se meto en la cama no voy a poder dormir.
Al entrar había tirado la revista de historietas y el CD sobre la mesita al costado del sofá. No sería mala idea... ¿o sí? Ver el contenido del CD lo repelía y atraía al mismo tiempo. Se desnudó y en ropa interior y con una lata de cerveza, se recostó en el sofá a hojear la revista. Se rió de sí mismo a su pesar. Ella tiene una forma tan especial de hacer bromas... No pierdas las esperanzas, viejo. Si está de humor para lanzarte indirectas después de que casi le rompiste las costillas, no te está yendo tan mal. Cristo, si pudiera estar a solas con ella, hablar, explicarle, hacerle el amor...
De pronto, el aire ya no le pasó por la garganta. Hicimos el amor acá, sobre esta alfombra, en mi cama. ¿Cómo pude creer que mentía? Yo interpuse mis ‘otros’ imaginarios. ¿Nunca vas a dejarme en paz, papá? ¿Nunca voy a poder confiar en ninguna mujer? Si alguna vez hubo otro, cuando estuvo conmigo ya no había nadie más. Era mía. No existía ninguna otra persona entre los dos. No quiero perderla. No puedo. No quiero.
Se levantó para ir a acostarse, cuando vio de nuevo el CD. Sin pensarlo dos veces, se sentó delante de la pantalla, encendió el equipo y lo cargó. Tecleó la contraseña con dedos como de madera.
Un “audio” de Vaireaux. Se obligó a seguir mirando. Hijos de puta. Por primera vez tomó conciencia de que la escena que veía era real. Los protagonistas eran atrozmente reales. Cada vez que había sido obligado a ver uno de esos audios había logrado mantener la cordura imponiéndose la idea de que lo que presenciaba era una ficción. Se vio a sí mismo arrancar la venda negra de la cara de la mujer, mientras Jacques repetía la orden. Su mano sostenía el rostro bañado en lágrimas. Leyó su propio nombre en los labios de ella y la vio cerrar los ojos por la desesperación y el dolor.
Apagó el equipo de un manotazo y se fue a la cama, recorriendo el camino de memoria, porque no podía ver por dónde iba.


Eran más de las cuatro de la mañana cuando llegó a su casa. Se desvistió en silencio y cuando se metió en la cama, Nadine se volvió para preguntarle qué había pasado.
—Creí que dormías.
—Sí, pero entró una manada de elefantes y me despertó.
—¡No hice ruido!
Su mujer le tapó la boca con un beso. Mientras se acomodaban en la cama, le resumió los hechos.
—Estamos afuera...
—Y te molesta.
—¿Te parece que no? ¡Casi dejamos el pellejo en esto!
—Me gusta dónde está tu pellejo. Me alegro de que ya no estén en este caso de mierda.
Massarino miró sorprendido.
—Es la primera vez que te preocupa tanto una investigación.
—Es la primera vez que toda mi familia se juega el cuello — y sin detenerse, preguntó: —¿Odette ya lo sabe?
—No, todavía no. Michelon me prometió que se encargaría de hablar con ella.
—Y le creíste...
—No tengo por qué no hacerlo.
Nadine movió la cabeza con incredulidad y se arrebujó entre las sábanas, pegada a él. Mientras lo acariciaba, susurró:
—Tenemos un asunto pendiente, héroe.

miércoles, 22 de julio de 2009

La dama es policía - CAPITULO 29

Quai des Orfèvres

PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES. MIÉRCOLES POR LA MAÑANA
—Savatier se suicidó en la celda. Desgarró las sábanas y se ahorcó— Auguste soltó la novedad al tiempo que entraba junto con su hermana al despacho de Michelon.
—Ese hijo de puta no tenía las pelotas para suicidarse— Odette se puso pálida. Michelon y Auguste la miraron sorprendidos.
—Cuando le metí el tiro entre las piernas casi se desmayó. ¡Se lo cargaron, carajo!
—¡Cristo, el vocabulario! —rugió Auguste.
—Acabo de comprarme el último "Diccionario Francés de Insultos Modernos" —fue la respuesta entre dientes—. Están siempre un paso adelante —se quedó de pie frente al escritorio. Miró a Michelon y repentinamente ambas mujeres exclamaron:
—¡Beaumont!
Odette se precipitó hacia la puerta y él tomó el teléfono para ordenarle a Dubois que la acompañara.
—¡No!
—No vayas sola— su tono no admitía réplica; Odette apretó los labios.
—No voy a golpear a Beaumont otra vez— le respondió mordaz.
—Massarino tiene razón— intervino Michelon—. Hay un suboficial de guardia, pero visto cómo están las cosas, no será suficiente. ¡Corran!
Auguste se quedó mirando a Odette. El gesto de contrariedad de su hermana no era precisamente por la suerte de Beaumont. ¿Qué mierda está pasando entre Dubois y ella? Estaba seguro de que el sábado se habían acostado. Había insistido en que Odette fuera a almorzar a su casa el domingo de puro curioso, para tratar de sonsacarle algo y ver si había resultado. Parecía que sí: Odette estaba en las nubes, y no era nada más que por el sueño atrasado. Después, el lunes por la mañana... algo había pasado la noche anterior. Las reacciones de Odette de esa mañana eran un indicador claro. Siempre había respondido a la violencia con violencia. Seguía pensando con la mente clara, pero la adrenalina había estado presente en cada uno de sus actos: Savatier y Beaumont habían sufrido las consecuencias aunque se lo tuvieran merecido. Extrañamente, no hubo pelea con Dubois, o al menos no que él supiera. Pero el teniente andaba por los pasillos hecho un zombie, y Odette seguía exhibiendo una mirada asesina. En cuanto vuelvan, lo agarro a Dubois y lo encierro en una sala de interrogatorios. Una buena dosis de violencia policial no nos vendría nada mal.



Hospital Hotel-Dieu de Paris

Marcel la esperó en la playa de estacionamiento y le hizo señas en cuanto la vio. Se metieron en el auto de él sin dirigirse la palabra. Después de unos minutos de tensión, él encendió la sirena y arremetió contra el tránsito. El nudo en la garganta no lo dejaba hablar. Cristo, necesito desespe-radamente hablarle, explicarle, y no encuentro el puto momento.
Subieron corriendo las escaleras del hospital, cruzándose con varios tipos de blanco y de verde que salían, y que silbaron divertidos y dijeron inconveniencias al paso de Odette. Imbéciles. Escorias. Ahora no tengo tiempo de cagarlos a trompadas.
Corrió detrás de ella escaleras arriba hasta el primer piso. Cuando pasaron delante de la sala de controles, sonó la alarma de uno de los monitores cardíacos. Odette retrocedió para ver de qué paciente se trataba.
—¡Es el de Beaumont! —murmuró sin aliento.
Casi no la alcanzó. Afuera de la habitación, el uniformado los saludó sorprendido. El general estaba muerto.
—¿QUIÉN ENTRÓ? —le gritó Marcel al suboficial sujetándolo del brazo, mientras Odette llamaba a los médicos.
—¡Una enfermera, teniente! Traía una bandeja con jeringas y esas cosas. ¡No sé, parecía...! —El pobre hombre estaba asustado.
—¿Cuánto tiempo estuvo dentro? ¿Cuándo salió? —le costaba articular las palabras.
—¡Qué sé yo! ¡Como diez minutos! ¡Acaba de salir! —señaló el otro extremo del pasillo, por el que se alejaba una mujer con uniforme de enfermera.
Odette tragó saliva y murmuró:
—No hay mujeres en la Orden —y salió disparada detrás de la tipa.
Marcel soltó al suboficial y la siguió. Le dio la voz de alto, pero la otra no se detuvo. Los dos corrieron gritando a los que se asomaban desde las habitaciones para que se mantuvieran dentro. La mujer giró fulmínea; sostenía una pistola y vaciló un instante antes de disparar al verlos a los dos. Marcel aplastó a Odette contra la pared y la arrastró hasta el piso para cubrirla, mientras sacaba su arma y respondía al fuego de la mujer.
Le dio en un brazo, pero ella siguió disparando. El siguiente tiro de Marcel le agujereó la frente. Dejó a Odette en el suelo y se precipitó hasta el final del pasillo, impidiendo que se acercaran algunos curiosos. Al lado del cuerpo estaba caída una peluca con la cofia de enfermera. Era un hombre. Odette se acercó respirando con dificultad y se agachó a su lado.
—Mi Dios, es uno... de los que estuvieron... en el convento —jadeó.
—Nasir Hamad.
—Ya me parecía que no era griego. Se presentó como Petrakis... ¡Auch!
El monstruo de Hamad. La Brigada no lo había localizado por medio de los listados secuestrados en la Orden. Evidentemente tenía más de un alias. Y alguien que le cuidaba el culo. Mientras se llevaban el cuerpo, Marcel oyó que ella se quejaba. Vio preocupado cómo se tomaba las costillas y se recostaba contra la pared.
—Me dolió... —dijo ella, inspirando con cuidado—. Ranxerox.
—Vamos a ver a un médico— trató de sostenerla, pero ella le apartó la mano con brusquedad.
—No. Vámonos. No hay más nada que hacer aquí.
—¿Qué es eso de “Ranxerox”?
Ella no respondió.
Ya en el auto, Odette rezongó:
—Siguen un paso adelante de nosotros. Creí que no quedaba nadie que no hubiéramos detectado.
—Los operadores financieros de la Orden no están en Francia. —Ella lo miró sorprendida. —En la fábrica no se manejaba dinero. Se desviaba todo por dos o tres empresas locales y...
—¡No dijiste nada!
—¡Nadie me preguntó! ¡Me echaron como a un perro sarnoso! —respondió furioso.
—¡Dios, qué sensibles estamos! —después de un momento tenso preguntó, imperiosa: —¿Qué sabías?
—Querían que Al Faid invirtiera en acciones de algunas empresas que poseen, además de permitirles a ellos participar en los negocios del emirato. Cosas así.
—¿Nombres? —su tono era absolutamente profesional.
Él hizo un esfuerzo por recordar.
—Las principales eran Trans-Petrol y Com... ComInTel.
En un alto del semáforo, Odette saltó del auto y corrió a comprar el diario. Y algo más. Al tiempo que subía otra vez, le arrojó sobre las piernas una revista de historietas.
—"Ranxerox"— le dijo, y se dedicó a buscar la sección financiera del periódico—. Aquí están— silbó asombrada—. ComInTel cotiza en París y Nueva York... Trans- Petrol... no hay nada... ¡Sí! Nueva York y Tokio! ¡Mierda! Deben de ser muy importantes para que figuren en un diario local —se quedaron en silencio mientras él conducía a toda velocidad.


"RanXeroX" de Tanino Liberatore

Al llegar, y como ella no hizo ningún gesto en contrario, la siguió hasta el despacho de Michelon. Las caras de Massarino y Madame le dijeron que ya conocían las novedades.
—Le cambiaron el oxígeno por anhídrido carbónico. Lo mataron en menos de cinco minutos—. Michelon estaba pálida de ira y contrariedad— ¿Es que no vamos a tomar nunca la delantera con estos tipos?
Odette se sentó, todavía masajeándose las costillas, y pidió cuatro cafés. Al menos me tuvo en cuenta, pensó Marcel mirándola con una punzadita en las entrañas.
Mientras los otros bebían, Marcel relató los hechos del hospital. Habían identificado a Hamad como el suboficial que había entrado en la celda de Savatier, poco después de la medianoche pasada.
—Puedo entender lo de Beaumont, pero... ¿Savatier? ¿Qué sabía de importante para que lo liquida-ran? ¿Y cómo llegó Hamad hasta él? — Los tres lo miraron en silencio. —¿Quién le cubría las espaldas? El uniforme, la placa... Pudo entrar hasta la celda... Se necesita una autorización escrita... — la comprensión lo hizo abrir los ojos en un gesto de horror: ¡Savatier sabía quiénes somos...!
—O una llamada... Alguien importante. No sólo están delante... Están más arriba— la voz de Mas-sarino era durísima—. Hijos de puta, conocen nuestros movimientos. Los tenemos adentro.
Michelon asintió lentamente y se mordió el labio en un gesto de rabia impotente. Marcel continuó:
—¡Entonces no tenemos forma de romper el círculo! ¡Van a cerrar la puerta de la trampa con nosotros adentro!
Odette seguía pensativa, haciendo dibujitos en el margen del diario, hasta que en un momento levantó la vista; tenía la expresión de un predador.
—No... Estarán muy arriba, pero podemos tomar la delantera... con algo que ellos no pueden controlar— miró el reloj—. Las nueve —dijo para sí—. En Nueva York son las cuatro de la mañana. Madame, ¿puedo hacer una llamada internacional?
La comisario asintió, intrigada.
—¿Ebenezer? —adivinó Massarino, no demasiado sorprendido.
—Ebenezer Benzacar —confirmó ella mientras tecleaba el número.
Michelon insistió en que la conversación fuera a micrófono abierto y la hizo llamar por su línea privada.
—Ya no confío ni en nuestra central telefónica, carajo.
El teléfono sonó interminablemente hasta que, del otro lado, una voz masculina respondió con una grosería en inglés.
Who in the fuckin’ hell...?
Ebenezer, it’s Odette. I’m terribly sorry to wake you up, sweetheart... Please, honey... Ebbie...
Del otro lado hubo un silencio. Michelon pidió que continuaran en francés, y Odette asintió.
—Querido, lamento despertarte a estas horas. Por favor, Ebenezer, soy Odette...
—¿Odette? ¿Cisne? —la voz sonaba incrédula—. No. Me están jodiendo. ¿Quién habla?
—¡Sefaradí tozudo, mejor que saques el culo de la cama ya mismo!
—¡Ese sí es mi Cisne! —una carcajada sonó del otro lado—. Por si no te diste cuenta de la hora...
— Perdón por la hora, Ebbie. No quise gritarte, te lo juro. Necesito pedirte un favor— Odette lo apremió.
—Lo que quieras.
A toda velocidad le explicó sobre la Orden, la Trans-Petrol y ComInTel mientras Marcel garabateaba algo en un papel y se lo alcanzaba. Odette le pasó los nombres al otro. En voz baja, Massarino los puso en antecedentes a él y a Michelon acerca de Benzacar; Marcel le preguntó si era pariente del Benzacar director de orquesta.
—Es su hijo —respondió en tono neutro el comisario, con expresión indefinible.
—Trans-Petrol— se oyó el silbido de Benzacar—. Son pesos pesados. Conozco personalmente a algunos de sus directivos. Armand Prévost es el presidente de la TP.
Prévost. Marcel aguantó un insulto pero el corazón le dio un vuelco.
—Sé de lo que estoy hablando. Tengo pruebas— Odette rebuscó en su bolso y sacó un CD, que insertó en el equipo de Michelon— .Necesito que veas tu correo electrónico. Te estoy enviando un archivo de video en este momento.
Después de minutos interminables, la voz del otro lado retumbó en el silencio del despacho.
—Ya lo estoy recibiendo... No puedo acceder...
—La contraseña es D-E-B-I-A-S-S-I.
Se oían las teclas del otro lado de la línea.
—Ahora sí... Dios, ¿qué... qué están haciendo? — el hombre del otro lado estaba horrorizado.
—¿Viste alguna vez a esos tipos?
—Es... Prévost, sin duda... El otro... no puedo... Sí, ¡el coronel Donatien Jacques! Tiene un cargo importante en ComInTel. ¡Mi Dios, qué horror!... No conozco al tercero...
—Es uno de los nuestros —Odette tenía los ojos cerrados y la frente apoyada en la mano—. Un oficial infiltrado en la Orden.
—¿La... mujer? —La voz sonaba ahogada.
—Viva... por un pelo.
—Es atroz... Son unos...
—Eran. Están muertos. Nuestra gente llegó a tiempo. ¿Nos vas a ayudar?
—Los voy a destrozar, nena— el hombre vaciló un momento—. Odette... pero ¿la mujer ...?
Marcel volvió a anotar y le pasó el papel a Odette. Ella lo leyó y lo miró sorprendida.
—Ebenezer— sin responder a la pregunta del otro—, tenemos un regalo para hacerte. El atentado en Francfort. Creo que a algunos amigos tuyos pueden interesarles estos datos —Odette leyó len-tamente la información que le había pasado; la voz le temblaba.
—Hijos de puta... —el hombre del otro lado estaba llorando—. ¡Los voy a hacer mierda, te lo juro! Hoy mismo. Tengo amigos en Tokio y Londres. Vamos a abrir el fuego en todos los frentes. En cuanto a los otros tipos... no te preocupes por buscarlos. Mis amigos se hacen cargo— y después de un momento: —Odette... ¿son los mismos?
El teniente la vio cerrar los ojos con expresión de dolor. El papel quedó hecho un bollito irreconocible. Odette inspiró como si le costara articular las palabras.
—Sí. Completamente segura —la voz le sonaba amarga —.Nos deben mucho...
Michelon y Massarino parecían compartir el mismo secreto. Marcel se sintió excluido.
—Nunca olvidar... —la voz en el parlante era un murmullo.
—Nunca perdonar —Odette completó la frase en el mismo tono —.Tengo que hacer otra llamada, querido. ¿Podrías... borrar ese archivo?
—No hay problema. No me interesa el porno duro.
—No es porno. Es homicidio. O casi.
—Mil disculpas, Cisne. No es un momento para bromas.
—Está bien. Un beso a Rebecca.
—Besos a todos. Shalom.
Shalom.
Mientras Odette extraía cansadamente el CD, Marcel le dijo en voz baja:
—Quiero verlo.
Ella vaciló un instante y se lo dio sin mirarlo.
—La contraseña es...
—De Biassi —asintió mientras se guardaba el CD en el bolsillo.
—Dubois —Michelon le clavó los ojos de hielo—. ¿Cómo es que usted estaba al tanto de tal cantidad de información y no nos la dio?
—Las carpetas. Las que revisé ayer. Y además... se lo dije a... a Marceau —le echó un vistazo rápido—.¡Me echaron como a un perro del centro de operaciones!
—Muy bien, San Bernardo, siéntese y cuente lo que sabe.
Mientras Marcel se sentaba en el banquillo de los acusados, con Massarino y Michelon mirándolo sombríos, Odette salió del despacho diciendo que tenía que hacer una llamada personal.



Le Figaro

Mario Varza estaba desayunando con su mujer antes de salir hacia la empresa, cuando la mucama les alcanzó el teléfono. Beatrice respondió y le entregó el inalámbrico con expresión furiosa.
—La señora Marceau, señor —le informó la mucama.
La cara de Beatrice era una tormenta de emociones. Mario se levantó y se encerró en el estudio.
—Odette...
—Mario, ¿cómo está?
—Bien, bien, gracias. ¿Usted?
—Bien. Quiero avisarle sobre unas empresas... Tiene acciones de la Trans-Petrol o ComInTel?
—No, no directamente, quiero decir. Algunas de mis subsidiarias...
—¿Y sus operadores de Nueva York?
—Tendría que verificar. Puede ser que sí.
Odette le explicó rápidamente lo que ocurriría en la Bolsa de Nueva York y posiblemente en Londres y Tokio.
—Entonces no nos vamos a quedar atrás —respondió Mario, excitado—. Tengo amigos que invirtieron con ellos, aquí y en Francfort. Vamos a darles por el culo, literalmente.
—¿Al Faid?
—No se preocupe. Yo me encargo de ponerlo sobre aviso.
—Mario, una cosa más— ella vacilaba, cosa extraña— .Hay una firma... de una familia milanesa, Contardi Bozzi; creo que se dedican a artículos de cuero o algo así...
—Equipajes de lujo y esas cosas. La crema de la sociedad, muy nariz parada. Hace un año el viejo Contardi quedó fuera de los negocios por un ataque. Su mujer, donna Valentina Bozzi in Contardi, tomó las riendas de la empresa y le está yendo muy bien.
—No quisiera que se vieran afectados por la corrida. ¿Puede hacer algo?
—Puedo intentar... ¿Tiene alguna relación con ellos?
—No, nunca tuve contacto personal con ellos... Son parientes de alguien que sí conozco, y... no quisiera que salieran perjudicados.
—Debe de estimar mucho a ese conocido para salvarle el culo a gente con la que no tiene relación.
Intuyó que ella contenía el aire. Finalmente Odette admitió en voz baja:
—Es alguien muy importante... para mí.
Mario sintió un pinchacito de celos en las entrañas.
—Haré lo que pueda por avisarles a tiempo.
—Gracias. Haga saltar a los polentoni por el aire.
—No sabe con cuánto placer. Hasta pronto.
—Hasta pronto. Un beso a su abuelo.
Mientras él colgaba con una media sonrisa triste, Beatrice se le acercó con los ojos llameantes.
—Era esa puta francesa —siseó entre dientes.
—¿De qué estás hablando?
—¡No te hagas el estúpido! ¡Todo el tiempo llamándola, señora Massarino de aquí, señora Massarino de allá, y ella te devuelve las llamadas! ¡Que se haga llamar Marceau no me va a engañar! ¡Le conozco perfectamente la voz!
Comenzó a entender. Beatrice confundía a Lola Massarino con su hija; la voz de ambas era idéntica. Había notado cómo últimamente se precipitaba a responder las llamadas. Ah, mia divina Beatrice. Sei gelosa. La miró como si la descubriera por primera vez. No lo puedo creer. ¿De veras te importo tanto? Un latido de esperanza le sobresaltó el pecho.
—¿No vas a contestarme? —ella pugnaba por no llorar.
Él decidió aprovecharse de la confusión.
—Te acordaste un poco tarde de que tenías un marido de quien ocuparte, ¿no te parece?
Beatrice se cubrió la boca con las manos mientras lloraba en silencio. Mario la aferró por los hombros y la pegó a su cuerpo. La sintió temblar.
—No sabes cuánto me alegra que tomes conciencia de mi persona, Señoría. Deberías saber que no soy hombre de tener amantes. No soy Salvatore. Si me interesara otra mujer, serías la primera en enterarte. Y, sí, agradecería un poco, sólo un poco, de tu ocupadísima y preciosa atención.
La soltó con brusquedad. Beatrice estaba desencajada. Mientras tomaba su portafolio y el abrigo y salía, la oyó llamarlo. No. Tengo que ganar esta batalla y la guerra. Veamos si podemos recuperar lo que perdimos, mia cara.


Michelon vio entrar a Marceau con el rabillo del ojo. Dubois seguía revisando el listado e identificando nombres. Habían hecho llevar las carpetas. Miró el reloj; eran las once de la mañana.
—Va a ser un día muy largo —comentó Marceau, apoyándose contra su escritorio. Se revolvió el pelo y se lo acomodó en su gesto habitual.
—No vamos a tener novedades hasta dentro de seis o siete horas, por lo menos —asintió Massarino.
—Puede ser que sepamos algo de Milán y Francfort antes— Marceau y Massarino se miraron breve pero significativamente, mientras el comisario hacía un leve gesto de asentimiento.
El clan de los italianos en acción, pensó Madame. ¿En qué andarán estos dos? Si lo que imagino es aproximadamente cercano a la verdad, los titulares de los diarios de estos últimos tiempos no los sorprendieron del todo. Pero se manejan con cuidado. Nada que pueda perjudicar o complicar a la PJ. En fin, contactos son contactos. Yo también tengo algunos ligeramente reprobables.
Hubo una pausa. La pobre Sully tuvo la mala idea de aparecerse en ese momento, buscando a Marceau.
—Capitán, me están reclamando un expediente, el número... —Archivos a la carga otra vez. Marceau respondió cansada pero gentilmente:
—Está en mi escritorio, Sully. ¿Ya lo buscó ahí?
Sully echó una ojeada rápida. Tenía público. Con una sonrisita cómplice, replicó:
—No es que quiera criticar, pero el orden no es precisamente una de sus virtudes—enarcó una ceja y miró a su público.
Marceau ni siquiera le dedicó una ojeada.
—Mi única virtud, cabo, es reconocer que no tengo ninguna— hizo una pausa para esperar la réplica de la otra, que no llegó—. Ni virtudes... ni virtud. Pero eso usted lo sabe muy bien.
Marceau se volvió para clavarle los ojos de terciopelo. Sully se puso pálida y retrocedió. Dubois cerró los ojos un momento y el gesto le bastó a Michelon para entender unas cuantas cosas e imaginarse el resto.
Marceau se cruzó de brazos y se apoyó contra el sillón de Massarino.
—El expediente que busca es el primero de la pila a la derecha de la pantalla. Si es tan gentil —remarcó las palabras—, devuélvalo a Archivos, por favor.
La cabo dio media vuelta y salió. Parecía a punto de echarse a llorar. Marceau hizo un gesto con la cabeza y miró al techo.
—Necesito tomar un poco de aire —dijo, y tomó el picaporte para salir.
—¿Adónde vas? —Massarino sonaba preocupado.
—A caminar un rato.
—¿Qué.. qué hago con esto? —preguntó Dubois, señalando la revista de historietas. Todavía la tenía en la mano.
—Ilustrarte —fue la respuesta seca de Odette mientras cerraba.
Dubois se quedó mirando la puerta como un chico al que le robaron un juguete.
—"Ranxerox" —murmuró Michelon para sí, mirando la tapa de la revista. Y luego, en voz alta e inocente: —¿Le pasa algo, teniente?
—No.... Sigamos —y Dubois tomó el listado que estaba sobre el escritorio.
No te pasa nada y yo soy Caperucita Roja. Y Marceau que te regala revistas de historietas para que te "ilustres".



Puente de L'Alma

Llovizna. Odio los paraguas. Odio mojarme. Odio estar encerrada. Salgamos. Caminó sin pensar. Sus pies sabían adónde ir. Después de vagar no supo cuánto, llegó al puente de L’Alma. Se acodó sobre el parapeto a mirar el río picoteado por la llovizna que insistía en volverse lluvia. Nunca perdonar, nunca olvidar. Perdonar, no había perdonado. Olvidar... Aquí hicimos una vez el amor, pero mi piel ya no puede recordarlo. No puedo evocar las sensaciones.... Lo único que tengo es el dolor y la amargura del dolor. Las lágrimas se le mezclaron con la lluvia. Creí que podía sentirme viva otra vez, pero la desconfianza pudo más. No se pasan años escudada en situaciones ambiguas para protegerse y se sale ilesa cuando se decide cambiar. Menos todavía con alguien como Marcel, que arrastra sus propios terribles fantasmas. Mis fantasmas y los tuyos no se llevan muy bien. Si pudiéramos perdonarnos a nosotros mismos... perdonar lo que la vida nos hizo a los dos... Duele. Me duele tanto, tanto. Creí que no podría sentir tanta angustia otra vez, tanto... ¿amor?
—¿Capitán Marceau?
Se volvió, confundida. Un agente, de patrulla.
—El comisario Massarino pasó un radiomensaje para que la llevemos de regreso, si quiere.
Lo miró sin expresión. El hombre le devolvió la mirada, extrañado.
—Está lloviendo, capitán. ¿No quiere...?
Pobre hombre, se está mojando. Asintió y subió al automóvil en silencio.
—Hace frío —comentó el suboficial al volante.
—Sí, y el río está un poco revuelto.
No está tan mal hablar del clima. Es un tema sociable y neutro. Sin el clima, el noventa por ciento de los ingleses no podría iniciar una conversación. Lo leí en una encuesta en el 'Times'.
—El comisario dijo que si quería la lleváramos a su casa— el agente se volvió para mirarla.
—Muchas gracias, pero no. Volvamos a la Brigada— se estremeció de frío.
Pasó por el baño para tratar de reparar lo irreparable. Se lavó la cara y se secó el pelo con el secamanos. Se maquilló de nuevo. Un desastre. Gracias a Dios no me mojé el vestido. La lana apesta cuando se humedece.
Buscó un chocolate en los cajones de su escritorio. Me estoy muriendo de hambre. Cuando miró la hora vio que eran casi las cinco de la tarde. Cristo, con razón. Desayuné a las seis y media. El interno sonó una vez, y saltó sobre él.
—Marceau.
—Novedades. Suba a mi despacho a ver la diversión.
Michelon. Entonces, ¿ya hay noticias? Salió a la carrera, todavía con una barra de chocolate entre los dientes. Volvió a recoger el resto de la tableta y voló al otro piso.


Por fin estamos adelante nosotros, Michelon se permitió una sonrisita siniestra. A pesar de las presiones de la UCLAT y de la UCRAM, que literalmente estaban aporreándole las puertas del despacho para intervenir en el caso. No nos van a quitar el mérito de haber hecho volar por el aire a estos hijos de puta.
Marceau entró en el momento en que el noticiero daba el informe financiero. En la pantalla de la PC podían verse las fluctuaciones de las Bolsas más importantes del mundo. Se miraron rápidamente, se tomaron de la mano por encima del escritorio y escucharon las noticias mientras Internet seguía disparando cifras silenciosas. Las imágenes del televisor mostraban la habitualmente bulliciosa Bolsa de Valores de Nueva York, convertida en un pandemónium de gritos e insultos. Las cifras de Francfort, Londres y Milán llegaron a manos de los periodistas. Le costaba tragar saliva. Miró a Marceau y vio que estaba pálida y tensa como un resorte a punto de ser disparado.
Los periodistas no cesaban de repetir que la situación era inédita: varias empresas internacionales, aparentemente sin relación entre sí, estaban perdiendo cotización en forma abrupta. A primera hora de la mañana la Bolsa de Nueva York se había inundado de vendedores de las acciones de Trans-Petrol y ComInTel. Los valores habían caído a cifras ínfimas. La situación de Tokio era prácticamente la misma, con la diferencia de que allí, en el momento más negativo de la jornada, había aparecido un pool comprador que adquirió varios de los paquetes accionarios en picada por valores irrisorios. Se hablaba de una empresa árabe recientemente asociada con NSI. Se creía que la situación podría repetirse en el resto de los mercados.
—Los tenemos. Por fin —Michelon levantó el teléfono para pedir las órdenes de detención de los directores franceses de la TP y ComInTel y sus subsidiarias—. Debería llamar a los de Delitos Financieros —agregó.
—Como no nos detengan a nosotros... — Marceau la miró de reojo, con una barra de chocolate a medio comer en la boca. Se rieron a carcajadas, aflojando los nervios. Marceau le ofreció una barrita, que la comisario aceptó complacida
—¡Ah, qué delicia! — se sorprendió Michelon. El chocolate era exquisito.
—Es italiano. Prometo que cuando le regale una tableta no voy a comérmela por el camino.
Saborearon en silencio. Michelon miró subrepticiamente la marca. Tengo que decirle a Laure que lo compre. El sexo y el chocolate son una combinación maravillosa.
—Capitán, ¿puedo hacerle una pregunta?... Personal, creo.
Marceau la miró intrigada.
—¿Cómo conoció a Benzacar?
Marceau esbozó una sonrisa triste.
—Su padre era director de orquesta. Como muchos hijos de artistas, Ebenezer viajaba con Ezra y Myriam a todas partes donde actuaran, lo mismo que Auguste y yo. Ezra dirigió muchas veces cuando mis padres bailaban. Con Ebenezer jugábamos detrás de las bambalinas. Es hijo único, así que éramos amigos y hermanos a la distancia. Todos nos encariñamos mucho. Cada vez que Ezra actuaba en Europa, tratábamos de asistir a alguna de las funciones y ellos iban a ver bailar a mis viejos cada vez que podían— Marceau sonreía nostálgica- Ebenezer y Auguste eran muy compinches y se las arreglaban para hacerme la vida imposible, pero era mutuo —rió brevemente—. Myriam quería que su hijo estudiara dirección y composición, pero él tenía tanta vocación por la música como yo por la danza, así que...
—Se dedicó a ser agente de Bolsa —la comisario completó la frase —. Lo de su padre fue terrible.
En el atentado habían muerto cincuenta personas y salido heridas otras ochenta, sin contar con que el teatro había quedado prácticamente demolido desde el foso de la orquesta hacia atrás.
Marceau suspiró y asintió.
—Myriam no pudo recuperarse. Murió cuatro meses después— luego comentó en tono melancólico: — Me degradaron por asistir al funeral de Ezra en Ginebra.
—¿Qué?
—El vuelo de regreso se retrasó y me presenté a tomar mi puesto quince minutos tarde —se encogió de hombros, con una media sonrisa resignada.
Michelon se quedó mirándola en silencio, en tanto que las pantallas del televisor y la PC insistían con las malas noticias para las finanzas.
—Y hoy intercambiaron favores —dijo en voz baja.
—Ojalá nunca hubiéramos tenido que hacerlo —respondió Marceau con voz ronca.


—Laure, necesito el expediente de Marceau.
A los quince minutos su asistente le llevó la carpeta. La comisario rebuscó rápidamente. Acá: hace casi siete años. El comisario de división era Ayrault. Basura machista pronazi. Ayrault había sido, reconocidamente, el terror del personal femenino de la Prefectura de París durante años.
—¿De veras no sabías nada? —preguntó Laure con incredulidad.
—En esa época yo estaba en el Ministerio del Interior —respondió la comisario, encogiéndose de hombros con una mueca de desagrado.
Laure se ocupó de ampliar la sucinta información del expediente:
—La degradó y la asignó a Archivos. Dos meses. De uniforme. —Michelon la miraba con la boca abierta. — Después del "período de ablande", intentó poner en práctica la etapa final de su estrategia de seducción y la llamó a su despacho, o sea éste mismo — Laure señaló el suelo con el índice —, pero Marceau apretó el botón de llamada general del intercomunicador y las "propuestas" y amenazas de Ayrault se difundieron por todo el edificio. ¡Un escándalo! No era la primera vez que el comisario acosaba a una mujer, pero fue la última— Laure rodeó el escritorio y sacó el último cajón de la derecha—. Todavía están acá— le mostró el interior con la madera marcada por rayaduras paralelas—. Las marcas en la culata del rifle. Una por cada uniforme.
—¡¿Cómo... cómo lo sabías?! ¡Nunca me dijiste nada!
—Se juntaba en este despacho con un par de secuaces y me pedían estupideces a cada rato para que yo entrara y escuchara todo lo bueno que me estaba perdiendo gracias a mi condición sexual, y cómo el personal femenino de la Prefectura de París hacía cola para encamarse con alguno de ellos. Así me enteré de lo de las marcas... ¡Decía que con las estrellas se había ganado el derecho de pernada!
— Jesús, qué animal... No, es injusto para los animales.
Laure le besó el cabello.
—Estoy completamente de acuerdo, Claudette.
Volvió al expediente. En dos meses, Marceau había acumulado cuatro veces más sanciones que en los diez años de carrera. Estupideces tales como llevar las jinetas mal cosidas, entregar un expediente desordenado o no hacer la venia ante un superior. A Ayrault lo habían retirado discretamente y a Marceau le habían devuelto el rango, pero no había tenido una sola promoción más. La habían saltado sistemáticamente.
Hijos de puta chauvinistas. No era justo que Marceau estuviera arriesgando el cuello en la calle. El haberla relegado tanto tiempo era desperdiciar el talento estratégico y la amplitud de visión de una oficial que merecía el comisariato mucho más que un montón de capitostes pomposos como los que pululaban por todas las divisiones de la Policía Nacional. Y el cerdo se está postulando como alcalde en su ciudad de residencia. No vendría nada mal poner al electorado al tanto. Un poquito de reparación histórica... Notable cómo Marceau pudo aguantar a esa rata de Ayrault. Tiene un genio explosivo, pero sabe esperar pacientemente. 'Siéntate a tu puerta y verás pasar el cadáver de tu enemigo', dicen los árabes. No es que se siente, precisamente, pero no se precipita, hasta el momento exacto. Entonces, que se cubran para evitar las esquirlas. Si aprende a dominar un poco, sólo un poco, ese temperamento, será una sucesora magnífica.
—¿Nos vamos? —preguntó Laure.
—Ya es hora. Mañana, la mitad de la Policía Nacional va a estar haciendo cola a la puerta de este despacho y no precisamente con intenciones amorosas— se levantó con cansancio—. Ah, y quiero que Mantenimiento borre las marcas de este cajón.
—Sí, mi comisario —Laure hizo la venia.
—Muy graciosa —y le pellizcó la nariz.

domingo, 5 de julio de 2009

La dama es policía - CAPITULO 28

Foto de Flickr: Esprit de Sel
SUBURBIOS DE PARÍS, MARTES POR LA TARDE
—Comisario, use la máscara para entrar ahí abajo.
No necesitaba el consejo: el hedor del lugar se estaba filtrando desde el segundo subsuelo por el hueco del montacargas y por la escalera de incendio que rodeaba el hueco. La sorpresa había sido mucho más que desagradable, sobre todo porque las ratas presentaron batalla. Finalmente las combatieron con el método expeditivo del lanzallamas. Cerraron la puerta metálica tan rápidamente como lo permitió la cerradura eléctrica y esperaron a que se extinguiera el fuego, que se demoró sus buenos quince minutos, antes de volver a abrirla. Había olor a cloacas mezclado con el de la carne hedionda y quemada de esos bichos asquerosos, más otro, muy identificable, a cadáveres en descomposición.
Auguste ya conocía al enemigo: había sufrido la presencia ubicua de las ratas durante su infancia en las bambalinas y los sótanos de la Ópera-Garnier. Siempre había un tramoyista persiguiendo a alguna que intentaba comerse las cuerdas de los contrapesos; los vestuaristas se quejaban a la administración del teatro porque cada tanto, los trajes más antiguos aparecían mordisqueados; a pesar de los intentos de exterminio, las chicas gozaban de buena salud y de un increíble poder de recuperación.
Tuvo un encuentro cercano con una de buen tamaño una vez que, aburrido, se escurrió del camarín de sus padres durante un ensayo general. Fue a su lugar favorito, los talleres de escenografía. Tenía muchos amigos entre los escultores, pintores, carpinteros y demás artesanos que trabajaban en el teatro. Era tarde, el taller estaba vacío y subió por la escalera de una escenografía para deslizarse por la balaustrada. Cuando se estaba trepando, un bulto gris chilló delante de su nariz. Saltó por encima de él mientras la cola larga y dura le rozaba la cabeza. Él gritó y salió corriendo aterrorizado; en sus siete años de vida nunca se había enfrentado a un enemigo tan feroz. Tardó bastante en volver de visita al taller, pero tuvo la valentía de no contarle nunca a nadie que había huido frente a una rata. Durante un tiempo mantuvo una conducta tan ejemplar que su madre pensó que estaba enfermo.
Cuando Odette tuvo edad suficiente para acompañarlo en el safari, la llevó a ver la ruta de los bichos y las hileritas de paseantes que hacían equilibrio en la cuerda floja de los contrapesos de los telones. Afortunadamente, su hermana siempre mostró un respeto muy saludable por las chicas, y lo consideraba un héroe por su hazaña contra el rey de los ratones del "Cascanueces", que era casi la versión que le había contado de su encuentro con el peligro.
Para vanagloriarse, también la llevó a conocer al empleado de la empresa de exterminio de plagas. Odette le hizo tantas preguntas que el pobre tipo, aburrido de aguantarlos, rezongó preguntándoles si no serían los hijos del conde Drácula, tanto interés mostraban por las ratas. “No. Somos los hijos del señor y la señora Massarino”, respondió él. El hombre abrió la boca y la cerró con el asombro dibujándole una expresión cómica en la cara. Los hermanos aprendieron muy temprano la importancia de los nombres influyentes. Después, hecho un almíbar de amable, el hombre les dio una de las mejores clases de su vida sobre biología de roedores. Les explicó las costumbres y les mostró las señales del paso de los bichos, dónde dejaban los excrementos, qué comían —prácticamente de todo— y los sitios en los que preferían vivir y anidar; por último les mostró todos los venenos que llevaba. “¿Y si no quieren comerse el veneno?”, insistió la chiquita. “Entonces las corremos con fuego, pero eso es peligroso y sólo puede hacerse en cloacas o lugares que puedan cerrarse, para no dejar salir a las ratas o, peor, propagar el incendio”. Tampoco era cuestión de arrasar París por unas ratas de porquería.
—Comisario, habría que llamar al forense —la voz del oficial salía deformada por el filtro antigás.
—Vino conmigo. Está poniéndose la máscara.
Carajo, siempre creí que los forenses eran capaces de aguantar cualquier cosa. Los ojos del patólogo, única parte de la cara visible detrás de la máscara, se habían abierto de horror. No era para menos: aquello era un osario. Los hombres recogieron los restos en bolsas de plástico. Gracias al cielo que Odette no está aquí, pensó Auguste.



—¿Qué había?— preguntó Marceau a media voz.
—No creo que les guste— Massarino los miró a ambos con una mueca inconfundible. Un par de auxiliares del forense estaban cargando bolsas de plástico negro. Nikolai Paworski miró al comisario y señaló con la cabeza hacia el fondo del pasillo.
—Una auténtica Corte de los Milagros, ¿eh?
Massarino asintió, todavía asqueado y pálido. Ráfagas de hedor trepaban por el hueco del montacargas. Subieron a la planta baja en silencio. Por fin el comisario habló.
—Un minicementerio. Sin demasiados restos, porque las aguas servidas habrán arrastrado la mayor parte y los bichos hicieron lo suyo también.
—Habría que demoler este edificio de mierda hasta los cimientos— dijo el ingeniero sin mirar a nadie. Con lo que había visto con Marceau y Dubois en el pasillo del segundo subsuelo era más que suficiente para tirar abajo todo el lugar. Digna copia de un campo nazi de exterminio resultaron las catacumbas; habían reemplazado el horno por las cloacas.
—Los cimientos... —murmuró Marceau—. Estábamos en los cimientos del edificio...
—Los muros son muy viejos —comentó Massarino, y cruzó miradas con Marceau. Comunicación telepática. Cuando estos dos empiezan a hablar en código Morse, uno se queda indefectiblemente afuera, pensó Paworski, un poco molesto.
—¿Como las cloacas? —Marceau.
—Más viejos. En esta zona no son tan antiguas —Massarino. Y después de un silencio: —¿Pagaron para que la traza pasara por aquí?
—Qué vecinos influyentes... —acotó Marceau, sombría—. ¿Quién es el verdadero propietario? —y señaló con un movimiento de cabeza a su alrededor.
—Buena pregunta, mejor respuesta.
—Te atrapé, rata— Marceau no se refería a ninguno de los presentes—. ¿Qué tenemos?
—Nada, ni papeles ni escrituras— Massarino negó con gesto torcido —.Los abogados que detuvimos tampoco tenían nada.
—¿Extranjeros?
— Más que una posibilidad. Pero sería peor que buscar una aguja en un pajar.
—¿Ya te diste por vencido?— Marceau azuzó al comisario.
—¿Apostamos? — Massarino levantó una ceja desafiante.
—Pero si los encontramos...
—Nada. Si los encontramos, nada— aclaró Massarino—. Nada de desapariciones.
—Uf…— Marceau echó la cabeza hacia atrás, visiblemente molesta.
—Uf, un carajo— contestó el comisario.
Paworski los miró sorprendido. ¿Massarino tratando así a Marceau?
—No quiero movimientos raros. Es una orden.
E indiscutible, o por lo menos eso se desprendía de la expresión y el tono duro del comisario.
—Sí, comisario— Marceau aflojó los hombros y no volvió a replicar.
Ésta es buena. Parece que Massarino sabe cuándo aplicar el peso de la autoridad, el ingeniero sonrió para sus adentros.
—¿Qué es esa cantidad de carpetas que Dubois, Meyer y los otros llevaron a la Brigada?- preguntó Massarino.
El comisario cambió de tema. ¿Negociando la paz? Paworski paseó la mirada de uno a otro mientras ella explicaba.
—Paworski también encontró grabaciones de entrevistas.
—Vamos a tener unos días muy entretenidos cazando ratas por todo el país — Massarino esbozó una sonrisita siniestra.
—Ya lo creo — acotó el ingeniero — A los de la Riviera no va a gustarles nada arrestar a los que los invitan a las fiestas...
—¿Qué tal los próximos titulares de las revistas de actualidad? “Visitamos la elegante celda del barón von Deustche”... “Motín de presos por la falta de champaña en los almuerzos: Exigimos que se nos trate de acuerdo con nuestra clase social”... —Marceau tenía una expresión malévola.
—Abajo el clero y la monarquía— Massarino se rió.
—Viva la Revolución — y se rieron los tres.


Marcel corrió al gimnasio sólo para encontrar a Paworski que se ejercitaba con unas pesas. A los cincuenta y siete años, el ingeniero conservaba el físico ágil y nervioso de un deportista. Eran bastante más de las siete y media. Sin darse cuenta, Marcel golpeó el marco de la puerta de entrada con el puño. Mierda. Necesito encontrarla, hablar con ella. Paworski se volvió.
—Se fue hace diez minutos.
No hacía falta que dijera quién. El gesto de contrariedad de Marcel debió de ser tan evidente que, cuando daba media vuelta para irse, Paworski lo llamó.
—Dubois... —hizo una pausa, esperando que lo mirara—. Habitualmente me interesa un cuerno la vida del prójimo, y creo que eso es evidente —el ingeniero sonrió a medias. Marcel lo miró con el entrecejo fruncido.— Pero voy a hacer una excepción. No por usted, sino por Marceau.
¿De qué está hablando? Su silencio invitó al otro a continuar.
—No es fácil trabajar con alguien brillante, más inteligente que uno. Sobre todo si ese alguien es una mujer. Cuando se consigue aceptar ese hecho, trabajar con Marceau constituye un absoluto placer intelectual, del que personalmente disfruto tan a menudo como puedo.
Marcel se quedó sin palabras.
—Placer que, imagino... repito: i-ma-gi-no —remarcó Paworski— sólo debe ser superado por el de llevarla a la cama.
Marcel lo miró con la mandíbula encajada y los puños apretados, pero el otro no se amilanó.
—No cometa el error de subestimarla, Dubois. Sus compañeros anteriores fueron unos imbéciles que, o no soportaron que ella fuera dos pasos delante de ellos, o creyeron que era una muñequita con la que entretenerse en horarios de trabajo.
—Nunca... nunca pensé en ella... de esa forma —. Era cierto.
—Le creo. Segunda advertencia, teniente. No crea en las estupideces que circulan por este lugar. En los años que he pasado aquí, nadie ha podido alardear de haberle tocado siquiera un pelo de la cabeza. Y no sólo eso. Estoy por demás seguro de que ella jamás ha sido ni será la amante, no ya de los que le adjudican de oficio, sino de ningún tipo que camine por la faz de la Tierra, simplemente porque no es segunda en nada ni de nadie — Paworski hizo una pausa, esperando que asimilara lo que acababa de decir. —¿Sabe? Tiene una voz magnífica. Una vez le pregunté por qué demonios no se había dedicado a la lírica en lugar de venir a hacerse matar en la Brigada. Me respondió que las contralto nunca son prime donne. ¿Entiende lo que quiero decir?
Marcel bajó la cabeza, atormentado por los recuerdos. Dios, cómo pude...
—Pero... —vaciló. Paworski parecía saber —¿Y... Massarino? —preguntó casi sin voz.
—Observe, Dubois. Aprenda. No sé qué clase de relación tienen pero no es lo que el populacho imagina.
Marcel se sobresaltó pero no abrió la boca. Paworski siguió.
—Es algo mucho más profundo... pero no carnal, no al menos de cuestiones de cama. A veces pareciera que se leen la mente mutuamente, y eso me da escalofríos... Es extraño de entender... pero comparten algo muy íntimo... que no es el dormitorio.
Hicieron un silencio muy largo. Por fin se atrevió a preguntar otra vez.
—¿Por qué me dice todo esto?
Paworski hizo una pausa. Lo miró a los ojos y Marcel reconoció sus propios sentimientos en el otro.
—Porque yo también estuve enamorado de ella.

BUENOS AIRES, MARTES POR LA TARDE
—¡Dame ese fax! —se lo arrancó de las manos con violencia. Ahí estaban. Los nombres, las direcciones. Las fotos.
—¡Pará, boludo! ¡Lo vas a romper!
—¿El tipo quién es? —preguntó el Tigre.
—El comisario que dirigió el copamiento.
—¿Y ella? ¿Es la minita del quía?
—No. Cana también. La hermana.
—¿De quién?
—¡Del comi! ¡Dejame de joder!
Mengele se acercó en silencio, a leer por encima de su hombro.
—Marceau —murmuró ominoso—. Igual que la encomienda.
El Brigadier miró con esos ojos azules terribles.
—¿Qué querés decir?
—Lo que te vengo diciendo desde hace un montón. ¿No te acordás de cuando al Tano lo fueron a ver esos “parientes”? ¿Lo que le habían preguntado?
—¡Carajo, siempre hinchando las pelotas con eso! ¡Pasó hace trece años! ¿Quién mierda...?
—Ella, pelotudo —se le acercó hasta que pudo sentirle el aliento—. Es la mujer. ¿Por qué mierda no leés? —Mengele estaba blanco de rabia. Parecía a punto de pegarle una trompada.
Es cierto. Yegua de mierda, ¿buscás vengar a tu macho? ¿Nos cagaron todo un operativo de años por cargarnos a un cana? Miró la fotografía. No tiene nada que ver con el tipo. Él tendría arriba de cincuenta si viviera. ¡La puta que la parió!
—¿Estas fotos son actuales? — el Tigre ocupándose de minucias, como siempre.
—¡Cómo no van a ser actuales! —rugió Mengele.
—Linda, la turra —se miraron con Cachorro—. Che, Mengele, ¿estás seguro de que es la mujer del paquete? Es un poco joven.
—¡Terminen de hablar pelotudeces! — el Brigadier los fusiló de una mirada.
—Cagamos. El jefe está caliente.
—Nos vamos para Lisboa. Vos —al Tigre—, vos —al Cachorro—, el Mula y el Yarará vienen conmigo. Como ordenó el viejo, pero antes vamos a dar un paseíto por Europa.
Hizo una pausa y siguió con el odio tiñéndole la voz.
—Tenemos un fin de semana. No lo voy a desperdiciar. Mengele, vos también. Estamos todos en el mismo barco.
—¿Y si se avivan?
—¡De qué!
—¡De que no fuimos! ¡Las órdenes son estar antes del lunes! —el Cachorro siempre tan obediente.
—Las conexiones con África son una mierda. El Yarará ya se comió sus buenos plantones anclado en Lisboa y Dakkar.
—Seguro, hermano— el Yarará asintió. —Además, es un “toco y me voy”, ¿no, jefe?
El Brigadier lo miró con furia, pero después se rió.
—“Toco y me voy”... Va a ser un poquito más que “toco”...
—¿Qué pensás hacer? —Mengele se cruzó de brazos, con cara de culo.
—Los voy a reventar. A la puta esa y al hermanito.
—Estás pensando en caliente. Eso no sirve, es una pelotudez. No podés pisar la mitad de Europa. Y estás desobedeciendo órdenes directas.
—No me busqués, Mengele.
—No te pongas al viejo más en contra todavía. Bastante quilombo tenemos como para que te dediques a asuntos personales. Ya hablaste con el tira de allá. Dejá que se encargue él.
—¡Es un pelotudo! ¡Un inútil! Hoy, ¿entendés? ¡HOY consiguió todos los datos! ¡Forro! Como no se encargue de los que le tocan a él, lo reviento. Esos canas ya se cargaron prácticamente a todos —bajó la voz, ronco de rabia—. Falta que vengan a golpear la puerta para rompernos el culo en casa. No, macho, los voy a hacer mierda personalmente.
—¿Y vos qué sabés si consiguieron los datos hoy? ¿Te creés que arriba no estaban enterados de quiénes eran?
Lo miró furioso. Sí, el viejo tiene que saber. Guacho de mierda, ¿lo supo todo el tiempo? La boca se le deformó en una mueca de violencia. ¿Y por qué los va a perdonar? ¿Tiene miedo? ¿De quién? Si nadie nos toca el culo. ¿El viejo se volvió cagón? No. El pensamiento lo azotó como un trallazo. Es un manejo de Ortiz. Negro de mierda, te diste el gusto de ponérmelo en contra. Estás todo el tiempo con él, llenándole la cabeza. Me odiás y yo también te odio. Me quitaste el lugar junto al viejo, pero te voy a devolver el favor. Nadie me va a sacar lo que me pertenece ni decirme lo que tengo que hacer. Voy a arreglar este quilombo, y cuando vuelva, van a saber quién manda. Se terminó Ortiz. Se terminó el viejo.
La decisión le recorrió el cuerpo con un estremecimiento. Se terminó el viejo. La sola idea del poder que iba a caerle entre las manos le sacudió la entrepierna.
—Te estás jugando la cabeza por una calentura... —insistió Mengele ante su silencio.
Agarró al doctor del cuello de la camisa y lo sacudió contra la pared.
—¿Qué te pasa? ¿Tenés sangre de pato? Cuando hay que apretar a alguno, mandar a la parrilla, trasladar, cogerse minitas, laburo fácil, ¿eso sí te gusta? ¿Reventar por encargo a periodistas sí te gusta? ¿Y ahora que hay que defender lo nuestro, me decís que estoy caliente? ¡Claro que estoy caliente! —lo sacudió de nuevo—. ¡Muy caliente! ¡Tanto que la puta esa va a maldecir el día en que nació!
Siguió sacudiéndolo y golpeándolo. Para cuando pudieron sacárselo de entre las manos, Mengele estaba muerto.
—Tírenlo por ahí. Total, a este hijo de puta no lo quería ni la familia. Preparen todo. Y ni una palabra del paseíto.
—Sí, señor.
El Tigre le hizo señas al Cachorro. Se acabó la joda. El jefe se calentó en serio.