POLICIAL ARGENTINO

viernes, 20 de julio de 2012

La mano derecha del diablo- CAPITULO 42

XII° ARRONDISÉMENT, ONCE Y CINCUENTA DE LA NOCHE DEL SÁBADO 
Sulamit y Odette

Sulamit estaba feliz de obtener un Armani auténtico en pago por sus pantalones baratos de vinilo y la camiseta vulgarísima, llena de brillitos y agujeritos estratégicos.
 — Mierda, sí que te la dieron lindo— Sulamit murmuró señalándole las marcas de quemaduras de cigarrillos y tuteándola por primera vez.
 Odette se quedó paralizada, con la camiseta a medio bajar.
 —Un hijo de puta con todas las letras— continuó Sulamit mientras le recorría las marcas oscuras con la punta del índice—. Éste te quería matar— aseguró con conocimiento de causa.
Odette se bajó la camiseta sin poder pronunciar palabra. Los hombres estaban petrificados en sus asientos y Sulamit tenía un ataque de verborrea.
 — A veces juegan un poco con los cigarrillos pero cuando te arruinan así, te quieren liquidar. Hace tres años vi a una chica, el cliente la había quemado igual, hasta la...— la mujer lanzó una ojeada a su alrededor —, y después la remató. Tuvimos que ir todas a declarar pero el tipo era extranjero, un militar o algo así, y no lo agarraron. Te salvaste por un pelo...
 — No es mi tema favorito de conversación— Odette la cortó en seco, volviendo a respirar.
— Son todos iguales. Unos cerdos— Sulamit afirmó desafiante.
— Seguro, Sadie Thompson (1) — ironizó el viejo desde su rincón.
— ¿Qué dice?— preguntó Sulamit.
 — El señor conde está senil, no le hagas caso— Odette tenía una mueca dura en la boca. Nadie replicó.
 — Estaba segura de que eras asistente social pero me equivoqué. Eso se lo hacen a una puta o a un cana. Je, nunca hubiera pensado que eras cana. Demasiado fina para keuf  (2) , digo. A JJ lo calientan las putas vulgares. Como yo— Sulamit encogió un hombro—. Se ve que le gusta tu envase con mi contenido, je. Eso dijo la vez que le pregunté por la foto: “una putita con aires de virgen ofendida”. ¿Pasó algo entre ustedes?— preguntó como si estuvieran juntas en la peluquería—. JJ tiene fama de no perdonar a ninguna pollera.
— No fui una de sus subordinadas favoritas y me lo manifestó muy claramente en una oportunidad.
 Sulamit la miró con compasión.
 — Te cagó a palos... Es un animal.
 — Bueno, no es el primer misógino empedernido con el que me cruzo en este trabajo— Odette enarcó una ceja sin mirar a nadie y terminó de acomodarse la ropa.

 **** 
Marcel interrogó a Sulamit sobre la distribución del edificio y repitió las localizaciones para asegurarse que recordaba cuanto le había dicho.
 — Esto es una locura— rezongó—. Lo pensé bien: no vas.
 — Creí que nos habíamos entendido— Odette lo miró con cara de esfinge antes de acotar en tono apenas molesto— Si lo hacemos como lo preparamos no habrá mayores problemas.
Marcel se mordió el interior de las mejillas antes de hablar. Como sigas usando ese tonito de maestra de escuela, te estrangulo.
 — Puedo hacerlo solo perfectamente...
 Ella meneó la cabeza como si tuviera que repetir la explicación a un deficiente mental.
— Pueden matarte perfectamente. Ya te lo dije: yo no te necesito para hacer esto, pero creo que si vamos juntos tendremos más posibilidades. Basta con no salirnos del libreto.
 — No estoy de acuerdo... ¡No vas y se acabó!
— Capitán Dubois— ella le lanzó una mirada de hoja de navaja—, es una orden.
 — ¡No me vengas con esa mierda...!
— Jurisdicción de la PDP. Asunto de la Brigada Criminal. Yo soy el oficial a cargo y yo doy las órdenes.
 Él encajó los dientes para no insultarla en público y ella sonrió complacida.
Te borraría la sonrisita con un buen par de tortazos.
 — Cada minuto que pasa nos juega en contra— Odette continuó—. Para tu tranquilidad, no tengo intención de pasar por heroína o hacerme matar por nadie de ahí dentro. La experiencia me volvió cobarde. ¿Vamos?
Sonaba a tregua y bandera blanca. Marcel asintió: lo mejor sería simular acatar las putas órdenes de mierda, en tanto encontraba la forma de llevar adelante la decisión que había tomado. 

**** 
— ¿Así que es conde?— Sulamit le preguntó al viejo, muy suelta de cuerpo—. ¡Uaaah! Nunca estuve cerca de alguien con sangre azul.
El viejo la miró glacial pero ella no se amilanó.
 — Cuando se lo cuente a las chicas, se van a morir de envidia: ¡en una limusina y con un conde!— dejó de prestarle atención y aplastó la nariz contra la ventanilla—. Daría todas las limusinas del mundo por tener a mi nene sano y salvo. Carajo, espero que ese grandote la cuide: ella me cae bien...
 Le echó una ojeada a Ortiz.
 — El otro chiquito es suyo, ¿no?— ante la sonrisa pálida del coronel, Sulamit continuó—. Estaba segura: se le parece un montón. Es lindo que los varones se parezcan al papá— siguió mirando por la ventanilla—. Cuando me pongo nerviosa hablo mucho — encogió un hombro —. Los van a sacar, ¿no es cierto? — miró a Ortiz con aprensión y con los ojos llenos de lágrimas.
 — Seguro: son los mejores en esto — afirmó el coronel.
 — Yo no quería hacerlo, se lo juro, pero JJ se me llevó a Leo, usted entiende, ¿no?— se mordió el labio. — Todo saldrá bien.
 Sulamit se retorció las manos y murmuró:
 — Cuando Leo vuelva a casa me voy a salir de esta mierda, lo juro por Dios... No sé de qué voy a vivir, je.
 — Podría buscarse un trabajo honesto — disparó el viejo sin mirarla.
— Mi trabajo es honesto— retrucó ella con ferocidad—. Todo el mundo sabe a qué me dedico: yo no le miento a nadie, no asesino, no robo y no secuestro chicos.
 Se encontró con los ojos negros del coronel mirándola fijamente.
— Tiene razón, señora.

 **** 
Janvier
Había hombres armados en las ventanas de los pisos superiores. Pueden hacernos mierda en cualquier momento a partir de ahora pensó Marcel con acritud y se enfocó con desesperación en el plan, para no pensar en todas las posibles fallas que podrían ocurrir. Ayrault podría llegar de imprevisto; alguien de ahí dentro podría conocer a ese Seoane; podría haber gente de Seoane en el edificio...Las posibilidades comenzaban a tornarse desagradablemente infinitas.  
Un tipo más grueso y algo más bajo que él se acercó a impedirles la entrada, con la mano en la parte de atrás del cinturón. Al ver a Odette, el sujeto sonrió mostrando toda la dentadura. 
— ¡Hola, nena! ¿Quién es este tipo?— lo miró desconfiado. 
— Él es Seoane. 
Marcel creyo escuchar una vacilación levísima en la voz de Odette.  
Janvier lo miró de arriba abajo y silbó.
— Creímos que llegaría mañana, señor— el tipo le franqueó el paso y se volvió hacia Odette— ¿Viniste a ver a tu mocosito?— la enlazó por la cintura y la estrujó contra él. 
Marcel decidió saltarse algunas líneas del libreto para apresurar la salida de Odette y evitar que las manos de Janvier siguieran camino abajo.
— Hay que sacar a los mocosos de este lugar. Está demasiado expuesto— lanzó una ojeada apreciativa a su alrededor y miró al hombre con altivo desagrado—. El crío es una pieza clave para el intercambio. Vamos a llevarlo a un lugar seguro. 
— Pero JJ... — Janvier receló. 
Marcel tomó a Odette por el brazo, la apartó con brusquedad sin mirarla, y se dirigió a Janvier en un tono que no admitía réplica: eran órdenes que debían ser cumplidas. 
— Hubo una filtración de información. No todos los hombres de Ortiz estaban en la casa y algunos estarían intentando llegar aquí— sondeó al tipo con su mejor cara de perro y largó el farol—. Los refuerzos prometidos por Ayrault no llegaron a tiempo.
 Janvier se quedó momentáneamente sin palabras.

 — ¡No puede ser!— explotó —. ¡Nuestra gente se está moviendo en los tiempos convenidos...! 
— No es lo que Schwartz reportó— lo interrumpió—. No hay tiempo para lamentarse: hay que moverse rápido y trasladar a los rehenes. La localización alternativa ya está en nuestras manos y Ayrault la conoce. 
Si yo fuera Seoane y quisiera aparecer confiable ante Ayrault, le ofrecería pruebas de hasta dónde estaría dispuesto a llegar en la traición a Ortiz. Darle a conocer los escondites que la Orden conserva en París sería una muy buena forma de hacerlo.
Sonó tan marcial que Janvier casi chocó los talones mientras asentía vigorosamente. Típico custodio, todo músculos y cero cerebro. Menos mal

Se cruzaron con un par de tipos que apenas les dedicaron una mirada: evidentemente, el uniforme de la Orden no era algo inusual en ese sitio. Marcel marchaba a la par de Janvier y dos o tres veces pescó la miradita cómplice del tipo hacia Odette; ella le devolvió una sonrisita tímida y el tipo deslizó la lengua sobre los labios. Marcel le dedicó una ojeada de desprecio y Janvier enrojeció, pero mantuvo los ojos y las manos quietos.
 Los chicos dormían juntos en una misma camita. Odette entró en puntas de pie y los despertó sin encender la luz, explicándoles que se irían a otra parte y sin mencionar nombres: si el hijo de Ortiz conocía a Seoane, ellos estaban fritos. 
Medio adormilados, los críos la confundieron con Sulamit. 
— ¿Voy a ir con mi papá?— llorisqueó Fernandito. 
— Sí, pronto irás con tu papi— Odette susurró en castellano.  
Odette cargó a Leo, que la llamaba “mami” y lo besuqueó; él levantó a Fernandito y al sentir el cuerpecito tibio de sueño contra el suyo, se le estrujaron las entrañas y casi tropezó. Dios, no nos abandones. Estas criaturitas no deben sufrir ningún daño. 
— Nos esperan en la calle lateral en una limusina negra. Adelántese a avisar— le ladró a Janvier, que corrió hasta la puerta y volvió. 
— Ya están ahí, señor. 
Cuando asomaron, la limo esperaba enfrente con el motor en marcha y las ventanilla cerradas. 
Marini saltó y corrió hacia ellos. 
— ¡Todo listo, señor!— aseguró el subteniente en castellano y le hizo una venia. 
El imbécil de Janvier se paró muy derechito y saludó a ambos. El subteniente tomó a los chicos en brazos, los metió en la limusina y se sentó de nuevo al volante.
Marcel miró la hora y recorrió con los dedos la hebilla del cinturón. Cristo, espero que de verdad funciones. Había activado el radiofaro cuando habían ido a buscar a Sulamit, estimando el tiempo que podría llevar detectar la señal y comenzar el rastreo. Si todo iba bien, Jumbo llegaría con la caballería. Si no... Jumbo, no me falles. Ni siquiera voy a darme el gusto de romperle el culo a Paworski si esta mierda no anda. 
El celular del cretino interrumpió sus cálculos. 
— Era el jefe— Janvier sacudió el aparatito—. Salió antes de la tele. Le dije que usted ya estaba aquí y está viniendo. 
Un escalofrío de decisión le recorrió la espalda. Será la mejor oportunidad que tenga. Deliberadamente ignoró la mirada de alarma de Odette.
— Excelente. ¡Janvier!— escupió y el otro casi se cuadró—. Lléveme a la oficina de Ayrault. Tenemos que rehacer algunos planes.
— ¿Qué...van a hacer con... mi chiquito?— Odette también improvisó furiosa—. ¡Usted dijo que me llevaría con él! ¡Dijo que yo iría con ustedes...!
No me odies, estoy tratando de sacarte de este antro. La ignoró y se dirigió a Janvier, señalándola con un gesto despectivo del mentón.
— Despáchela.
 — Ya escuchaste al señor Seoane, nena— el imbécil la tomó por la cintura—, tengo que despacharte. Janvier señaló una puerta oscura en el extremo del corredor —. Allí, señor.
 Marcel entró a la oficina obligándose a no volver la cabeza, pero no pudo aguantar más y se asomó ver al cerdo llevarse la mano a la cintura y tantear el arma, mientras empujaba a Odette hacia las escaleras. ¡Cristo! Este animal piensa cumplir la orden al pie de la letra. ¿Qué carajo hice?

(1) Protagonista de "Rain", de W.S.Maugham 
(2) "Vesre" francés para "flic" (cana) (Verlan, argot que invierte las palabras, al igual que en castellano del Río de la Plata)

martes, 10 de julio de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 41


PARIS, Xº ARRONDISSEMENT, DIEZ DE LA NOCHE DEL SÁBADO

Conrado Seoane paseó la mirada de lapislázuli por los uniformes azules y cada hombre se envaró levemente al sentir el peso de esa mirada.
— ¿Los autos?— preguntó.
— Ya están disponibles, señor— el responsable casi chocó los talones al responder.
— No son rastreables — afirmó más que preguntó.
— No, señor— el mismo hombre.
— ¿El contacto?
— Anulado, señor.
— ¿Cronograma?
— Dentro de los tiempos establecidos. El primer grupo toma posiciones a las 00:45. El segundo a la hora 01:00. Tercer grupo, a las 01:15. Todos en sus móviles. Cuarto grupo a pie, a las 01:30. El suyo es el último, señor, a las 01:45, también con móvil. Reagrupamos y nos desplegamos para asegurar las rutas de escape. A las 01:50, rutas bloqueadas. A las 02:00 inicia fase final.
A cada frase los hombres cabecearon un asentimiento.
— Chequeen las armas y los recorridos alternativos— en unas horas más, también Ayrault quedará anulado, pensó colateralmente. Se alejó de los hombres para ejecutar la movida siguiente. Prefería llevarla a cabo lejos de testigos, con la siempre válida excusa del procedimiento habitual de la Orden: "células que responden a un único superior; elementos que sólo conocen sus propias órdenes; compartimientos estancos cuyas informaciones corren por diferentes canales".
Antes de llamar, miró la hora. La casa ya debería estar tomada y el primer objetivo, cumplido: eliminar a Ortiz y sus oficiales de confianza. Del viejo se encargaría él personalmente. Schwartz debe haber organizado una carnicería. Bien, ahora le toca a él. Había aprovechado con habilidad el hecho de que la casa tuviera inmunidad diplomática y rango de embajada, y había fabricado evidencia de que se trataba de un grupo local vinculado con extremistas argentinos; el secuestro del chico sería la pantalla perfecta para cubrir lo que pasaría allí dentro.
Abrió la notebook y cliqueó el archivo encriptado con la grabación. Le había llevado menos tiempo que el que había calculado el componer el falso mensaje de pedido de refuerzos. A nadie se le ocurriría averiguar la verdad hasta que fuera tarde. Los hombres de Ayrault correrían en auxilio de los de Schwartz y los liquidarían, confundiéndolos con los hombres de Ortiz, debido a que la gente de Schwartz vestía el uniforme negro de la Orden, en lugar de los uniformes de la PN que el mismo Ayrault había conseguido, supuestamente para todo el grupo argentino. El Ejército del Führer había usado esa estrategia simple con excelentes resultados. Tampoco le importaba mucho quiénes sobrevivieran: sus propios hombres se encargarían de limpiarlos.
Conectó el modem, ingresó el código de llamada y lanzó el archivo con el mensaje, comprobando con placer perverso que había calculado bien las pausas. Una sonrisa fría le estiró los labios.
Mientras volvía a la sala de comando, tanteó el objeto-talismán en el fondo del bolsillo y antes de abrir la puerta lo sacó para mirarlo: un anillo de oro, grueso y con un sello curioso: dos caballeros montados a la grupa de un solo caballo. No era suyo: muy pocos miembros de la Orden tenían derecho a uno y él no pertenecía al círculo áulico. No todavía... Se lo puso y notó que le quedaba apenas grande en el anular izquierdo cuando extendió la mano para admirarlo. Hoy voy a vengar a la otra mano que lo llevó. La mano de su hermano mayor, que debió haber sido Freiherr[1] Friedrich Von Schwannenfeld pero que fuera conocido como Federico Seoane, nombre clave El Brigadier. Conrado Seoane apretó el puño. Esta noche.

ONCE DE LA NOCHE, A MITAD DE CAMINO ENTRE EL XVII° Y EL XII° ARRONDISSEMENTS

Ortiz hizo que Marini desactivara el localizador satelital de la limusina apenas salieron, y se alejaron en una carrera desordenada, del radio de detección de la última posición.
— Tenemos que ir a buscar al chico...— Odette comenzó y Marcel la interrumpió brusco.
— No uses el plural, no estás incluida en esto. En cuanto encuentre a Ayrault, habré encontrado al chico...
— ¡El chico estará muerto para entonces!— ella restalló.
— ¡No si actúo lo suficientemente rápido!— respondió casi a los gritos.
— ¿Podemos postergar tu gloria personal hasta que encontremos al mocoso?
El sarcasmo lo hizo estallar furioso.
— ¿Qué mierda te ofrecieron éstos a cambio del crío?— casi no podía contener las manos que se le escapaban asesinas, mientras la metralla de flashbacks le trastornaba el pulso: el hombre que se alejaba de la cama, ella y sus labios maquillados... "La perra lo traicionó..."
— De nuevo estás pensando con las hormonas, Dubois...— las manos de ella encerraron las suyas—. No hay ofertas de nadie. Lo único que hay es nuestro deber. Somos policías de la Brigada Criminal detrás de un asesino que tiene a un chico como rehén. Primero el chico; después, Ayrault.
Los latidos se le normalizaron: el contacto había obrado el milagro de devolverlo a la realidad. Odette siguió hablando sin soltarlo.
—Si nos movemos rápido, tenemos una oportunidad bastante razonable de recuperar al chico y de agarrar a Ayrault al mismo tiempo. Tengo una idea de cómo localizarlos. Si Seoane tiene pensado aparecer a las seis, hay que aprovechar el tiempo al máximo.
La presión en las sienes se alivió. Ella volvía a sacarlo del punto ciego y lo llevaba de regreso a su precario equilibrio, al obligarlo a enfocarse en problemas más urgentes.
— Lo siento, estuve grosera con eso de la "gloria personal"— se disculpó mirándolo a los ojos. Él meneó la cabeza.
Dios, dame fuerzas para resistir hasta hacerme cargo de la situación, es todo lo que Te pido. Por ella y por ese chiquito que no tiene culpa de nada. Inspiró lento y profundo mientras tejía su propia estrategia mentalmente. Cuando sintió que podía controlar la voz, preguntó:
— ¿Cuál es el plan?

XII º ARRONDISSEMENT, ONCE Y MEDIA DE LA NOCHE DEL SÁBADO

— ¿Adónde nos trajo, comisario?— preguntó el viejo, entre burlón y molesto—. Si no es el barrio de peor reputación de París, debe ser el segundo.
—Entonces conoce bien todos los barrios de mala reputación de París— retrucó Odette sin dedicarle siquiera una mirada de sorna— Ahí, — le indicó a Marini que detuviera la limo —. Y necesito un arma.
— ¿Un arma?— Marini la miró sorprendido.
— Por favor— replicó ella con cansancio—, debe haber un arsenal en la guantera.
Ortiz asintió y Marini le dio una Tomcat. Odette verificó el cargador, se bajó de un salto y cruzó la avenida. Varias chicas se acercaron a la limo con sus encantos en venta. Minutos después, Odette salió de un portón desvencijado trayendo a la rastra a una mujer, que metió a empujones a la limo.
— ¡Vámonos!
— ¡Suélteme, loca de mierda!— la mujer forcejeó.
— ¡Basta!— Odette la sacudió por el brazo—. ¿Cuánto te pagó Ayrault para que lo ayudaras a sacar al chico de Argentina?
— ¡No sé de qué habla! ¡Nadie me pagó nada!
— Sulamit, no vuelvas a mentirme, no estoy de humor— Odette siseó entre dientes—. Hace días que te busco. Me faltó nada más pedir que removieran la tierra de Vincennes y Boulogne para encontrar tu cuerpo. ¡No dejé a un solo commissariat en paz, pensando que esa bestia te había liquidado! Resultó que te habías ido de paseo a Buenos Aires sin tu hijo, que está tan enfermo que no va a la escuela, ni está en tu casa ni con nadie que te conozca. Y tengo más, preciosa— le encañonó el cuello mientras seguía hablando—. Ayrault secuestró a un chico de seis años y necesitó a una mujer como cómplice. Las fechas de tus ausencias coinciden con las del secuestro del chico. ¿Llamo a Migraciones y te hago deportar por sans-papiers y por usar pasaportes falsos, o mejor te encano por cómplice de homicidio?
— ¡Está inventando todo, boluda de mierda!— la mujer pataleó al borde de las lágrimas. 
Odette la agarró por el pelo y tiró para acercar la cara a la suya.
— Si no encontramos pronto al chico, lo va a matar, lo mismo que mató a tus amigas Ivanka y Nadia y a otras diez mujeres— masculló—. ¿Cuántas palizas soportaste, estúpida? ¿Durante cuánto tiempo más podrás “arreglártelas” y “manejarlo”, como alardeaste en el Quai? ¿Quién le explicará a tu hijo que Ayrault te asesinó a golpes como a las otras?
Se miraron a los ojos y la mujer se derrumbó.
— ¡Se lo juro, no me pagó!— sollozó la tipa—. ¡Se llevó a mi Leo... mi hijo!— se ahogó con el llanto—. ¡Me dijo que si no colaboraba, no volvía a ver a Leo... ! ¿Entiende? ¡Mi nene tiene cinco años! ¡JJ me juró que no le pasaría nada! ¡Que mañana por la noche Leo estaría en casa! ¡Mañana! ¿Entiende?— chilló histérica.
— Mañana...— Odette restalló con dureza— tu hijo estará muerto mañana, lo mismo que el otro chiquito. No serás tan inocente de creer que Ayrault piensa dejar testigos, y eso te incluye. ¡Quiero ayudarte y para eso necesito la información!
La otra se encogió, gimoteando.
— ¡No puede hacer nada! ¡Ese lugar, la Gulfjans, no hay forma de entrar sin que lo sepan! ¡Está lleno de vigilantes!
— ¿La... qué?— preguntó Ortiz.
— ¡Gulfjans... Ulf-ans, yo qué sé... !— Sulamit encogió un hombro mientras se limpiaba las lágrimas de un manotón.
Después de unos segundos, el viejo y Odette repitieron casi al unísono y se miraron, como sorprendidos en algo sucio:
Wolfsschanze.
— ¿Y eso qué mierda es?— preguntó Sulamit.
— “La guarida del lobo” de Adolph Hitler— aclaró Odette—. Qué adecuado. Qué imbécil. Sulamit, necesito saber con cuánta gente cuenta Ayrault en su Wolfsschanze.
La mujer negó con la cabeza. Odette insistió.
— No haremos nada que ponga en peligro la vida de tu hijo. Te lo prometo.
— ¡No sé! ¡A veces está llena de gente que va y viene pero últimamente, no sé, habría una docena de tipos...!
— ¿Es habitual que llames para saber cómo está tu hijo?
— No conozco ningún número...— se pasó el dorso de la mano por la nariz.
— ¡Dios santo, esta tipa no sabe un carajo! — Marcel se enfureció — ¡Estamos perdiendo el tiempo...!
— Me dejan entrar a verlo — aclaró Sulamit con simpleza.
— ¡Sólo un deficiente mental te dejaría entrar! — gruñó Marcel.
— ¡Oiga, con usted no hablo!— rezongó la mujer.
— ¿Quién te deja entrar?— insistió Odette sin hacer caso de los gruñidos.
— Janvier, el jefe de los custodios. Todo músculo y cero cabeza. Como éste— Sulamit señaló a Marcel con un sacudón desdeñoso de la barbilla y se ganó una mirada venenosa del aludido.
— ¿Te estás acostando con alguien más, además de Ayrault y Janvier?— Odette cambió prudentemente de tema.
— Oiga, yo...— la mujer frunció la boca.
— Si mi hijo estuviera en manos de Ayrault, yo me dejaría voltear por un batallón. ¿Con quién más, Sulamit?
— Sólo con Janvier. Él..., yo me porto bien con él.
— ¿Viste a algún tipo nuevo en estos últimos días?
— Había varios extranjeros. Me pareció que hablaban en español... Sí, estoy segura. Español.
— ¿Escuchaste algún nombre?— preguntó Marcel.
— No sé... puede ser— Sulamit se encogió de hombros sin mirarlo—. Oiga, yo no lo tuteo...
— ¿Alguien llamado Seoane?— él insistió de mal humor.
— JJ habla de él todo el tiempo. Es muy importante, parece...
— ¿Y lo viste en la Wolfsschanze entre los tipos nuevos?— Marcel interrumpió, impaciente.
— No, a él no. Otros. Pesqué algunos apellidos alemanes, pero no hablaban alemán.
— No, seguro que no— Odette miró de reojo al viejo—. El Abwehr[2] de Buenos Aires.
Los ojos de hielo la fusilaron pero el viejo se tragó lo que iba a decir.
— ¿Cómo es ese Seoane? —Marcel le preguntó a Ortiz.
La descripción parecía hecha a medida de Marcel.
— Dubois, el papel es tuyo— dijo ella—. Será más sencillo de lo que pensé.
— Por supuesto porque nada más necesito que esta mujer nos diga dónde queda el búnker de Ayrault, me hago pasar por ese Seoane y...
— ¿Y cómo entrarías sin identificación? Te matarían antes de alcanzar la puerta. Tiene que ir alguien a quien conozcan y que no les resulte peligroso o amenazador. Sólo así te dejarán entrar también.
— ¿Tengo que ir con él?— interrumpió Sulamit, asustada.
— ¡No!— Odette sacudió la cabeza—. Yo voy en tu lugar.
— ¿Qué? ¡No lo puedo creer!— Marcel se quedó con la boca abierta.
— Dubois, no habrás creído que pondría en peligro la vida de un civil— Odette sonrió con un dejo de ironía.
— No me vengas con ese discursito de mierda. ¡Cristo, la última vez que hiciste algo así, casi te...!
Se miraron y la frase inconclusa quedó flotando en el aire. “Casi te mato”, ibas a decir, pensó ella. Marcel desvió los ojos y se mordió el labio.
— Casi...— ella cabeceó un asentimiento leve—. Esta vez es diferente.
— ¡Un carajo! ¡No tenemos cobertura de ninguna clase, no conocemos el terreno, no...!
— Vamos a arruinar todo si no lo hacemos como digo—aseguró Odette—. Puedo hacerlo sola, pero preferiría que vinieras conmigo. Hacemos buena pareja trabajando— aunque sea la única cosa buena que hacemos juntos, agregó para sí. 
Marcel farfulló algo ininteligible.
—Tomo eso por un “sí” — dijo Odette, dando por terminada la discusión.



[1] Barón
[2] Servicio Secreto alemán durante la 2° Guerra Mundial

lunes, 25 de junio de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 40

DIEZ DE LA NOCHE


Los encerraron sin quitarles las esposas, en una celda minúscula, parecida a aquella donde la habían dejado a ella. Odette apoyó la cabeza en la puerta para escuchar. Los pasos se alejaron, los gritos de las órdenes se apagaron y contó cincuenta latidos de corazón. Localizó la cámara del circuito cerrado y se acuclilló en el rincón del ángulo ciego de la cámara. Deslizó los brazos por debajo de las caderas, y con una pirueta pasó las piernas por encima de los brazos y quedó con las manos esposadas delante. Mediante señas, le indicó a Ortiz que se acercara y lo empujó al rincón.
— ¿Q-qué...?— el coronel la miró de reojo, sorprendido.
— ¡Cállese!— farfulló mientras le sacaba el cinturón a un Ortiz paralizado por la sorpresa.
Manipuló el gancho de la hebilla en el cierre de sus esposas, con los ojos cerrados, hasta que el clic le dijo que era libre. Se descalzó, se quitó las medias y las dejó en un rincón. Hizo girar al coronel sin demasiadas contemplaciones y le abrió las suyas. Sin dejar de arrinconarlo, le desprendió la camisa y lo obligó a sacársela.
— ¿Qué…!— Ortiz intentó preguntar y Odette lo interrumpió con un ademán furioso. Señaló la cámara con un cabezazo y le dio la camisa. El coronel comprendió y cubrió la cámara con un movimiento rápido.
Silenciosa como un ratón, ella tomó el bastón del viejo y la almohada. Golpeó con el bastón el artefacto de iluminación del baño que contenía la cámara, amortiguando el ruido a vidrios rotos con la almohada. Hizo lo mismo con la otra y le devolvió la camisa a Ortiz.
— ¿Cómo supo de las cámaras?— susurró el coronel.
— ¿Cómo supo usted esta tarde que yo ya estaba vestida?— retrucó en el mismo tono.
— Es un circuito de vigilancia— respondió Ortiz, levemente sonrojado.
— Aquí lo llamamos peep-show— replicó ella con acidez y Ortiz desvió la mirada.
En el baño, Odette taponó el lavatorio con una toalla, rellenó el sumidero del piso con la almohada y abrió todos los grifos al máximo.
— ¿Qué hace? La cerradura de estas puertas es exterior e inviolable, con contraseñas numéricas y...
— Gracias por el dato pero no pertenezco a Inteligencia Central— lo paró en seco—. Soy cana y este truquito— señaló el agua que inundaba el baño microscópico –, lo aprendí de los rateros.
— Pero Dubois nos traicionó...
— No sea idiota: si lo hubiera hecho, estaríamos muertos. Córrase, no deja pasar el agua.
— Hay montones de claves que sólo mi padre y yo conocemos— insistió tozudo—. Nos necesitan...
— ¿Y a mí?— empujó el catre hacia el costado de la puerta y se subió—. Su padre lo dejó muy claro: una vez conseguido Dubois, no tengo ninguna utilidad y estos tipos lo saben tan bien como usted
Ortiz asintió a regañadientes.
— ¿Cuál es la frecuencia de barrido del circuito cerrado?— ella preguntó.
— Tres minutos.
— Ya perdimos dos por discutir. Empiece a gritar.

****
Aburrido de estar de pie como un poste, el subteniente dio unos pasos y chapoteó. ¿Agua? ¡Pero qué carajo pasa! El agua pasaba a borbotones por debajo de la puerta y desde el interior de la celda gritaban y golpeaban. El hombre dio la alarma sin moverse de su puesto.
— No tenemos imágenes del interior— le informaron por el handy y le dieron instrucciones de entrar.
No aclararon si debía disparar, pero se encogió de hombros: los tipos lo mismo estarían muertos en un par de horas más, luego de que Schwartz tuviera tiempo de interrogarlos. Liberó el seguro del fusil ametrallador, tecleó la secuencia de apertura, pateó la puerta y entró.
El viejo arrogante estaba sentado en el extremo de la celda. Avanzó hacia él con dos zancadas, preguntando a los gritos por Ortiz. Una sombra entró en su campo de visión y él volteó, su cuerpo y el arma como una sola entidad, el dedo empujando el gatillo hasta el final del recorrido.
Quizás el recorrido era demasiado largo o él no tuvo en cuenta a la tercera persona en la celda: lo cierto es que algo blando voló por encima de su cabeza y le cubrió la cara, impidiéndole la visión. Soltó el gatillo para tratar de quitarse el impedimento de encima y un golpe seco en medio de la espalda lo dejó sin aire y le aflojó los brazos. Algo sedoso e implacable le rodeó el cuello y se estrechó. Hubo más golpes como el primero y el lazo se cerró sobre su garganta, quitándole el aliento. Hubo un sacudón brusco y todo terminó.

****
Schwartz ladraba órdenes por el handy y Marcel observaba atentamente los monitores cuando descubrió que una de las cámaras había dejado de transmitir. Prestó atención al barrido y concluyó que debía ser la de la celda en donde habían encerrado a Odette junto a los dos hombres. Calculó que el barrido se producía más o menos cada tres minutos y esperó inquieto. El siguiente barrido le quitó las dudas: las cámaras estaban neutralizadas. Lanzó una ojeada distraída por la sala: nadie lo había advertido todavía. Había un handy junto al monitor y la voz del guardia pedía instrucciones. Tomó el handy y le ordenó al tipo entrar. Luego lo apagó disimuladamente y se lo enganchó en el cinturón. Se acercó a Schwartz, que controlaba otro monitor con imágenes en las cocinas y le tocó el hombro.
— Hay problemas con Ortiz— comentó en voz baja y Schwartz lo miró con el ceño fruncido—. No deberían haberlos encerrado juntos, Ortiz es peligroso. Habría que sacar al viejo de ahí.
Deliberadamente evitó mencionar a Odette y Schwartz esbozó una sonrisita astuta de “estamos en la misma longitud de onda”.
— Voy a terminar con este asunto ipso facto— aseguró el mayor, que tomó un fusil ametrallador y salió, mientras a Marcel le corrían escalofríos por la espalda de pensar en el modo en que Schwartz terminaría asuntos “ipso facto”.
Salió subrepticiamente y trabó la cerradura de la puerta que comunicaba la escalera con el pasillo del subsuelo, calculando que resistiría sus buenos cinco minutos. Alcanzó a ver a Schwartz corriendo por el pasillo vacío mientras llamaba al hombre que debía estar de guardia. El suelo brillaba mojado.
La puerta de una de las celdas estaba entreabierta y Schwartz se lanzó dentro. Hubo un instante de silencio y luego los insultos del mayor arreciaron. Una ráfaga de disparos hendió el aire enrarecido. Marcel cruzó los metros que le faltaban de un solo salto pero el cuerpo destrozado del guardia estrangulado obstruía el paso: Ortiz lo había usado de escudo. Sin embargo, no era rival físico para el mayor: Schwartz le enterró la culata en el hígado, Ortiz retrocedió y Schwartz lo golpeó en la mandíbula. Marcel entró y Schwartz comprendió al vuelo sus intenciones; sin dudar y con velocidad de escorpión volteó hacia él al tiempo que disparaba.
Marcel se arrojó de cabeza al suelo y rodó para esquivar la metralla que agujereaba el piso en donde había estado parado media décima de segundo antes. Trataba de cubrirse cuando un ruido sordo reemplazó a los disparos. Todavía desde el suelo, siguió asombrado los arabescos mortales que Odette trazaba con el bastón del viejo. Un toque en el codo desarmó a Schwartz, y el golpe certero con la contera lo aturdió. Odette giró en una pirouette feroz que terminó en la ingle del tipo, dejándolo doblado sobre sí mismo y sin siquiera la posibilidad de aullar de dolor.
En un esfuerzo inhumano, el hombre se incorporó con la decisión de asesinar plasmada en el rostro. Se abalanzó sobre Odette rugiendo como un animal pero el dolor le quitó precisión, y ella lo esquivó con movimientos llenos de la gracia fatal de un matador. El bastón giró y castigó y el hombre cayó de rodillas con la espalda arqueada hacia atrás
. Marcel saltó sobre Schwartz preparando el filo de la mano para quebrarle la tráquea y librar al mundo de otra escoria más.
— ¡No lo mates! —la voz de Odette lo trajo a medias a la realidad, pero ya no podía detener el golpe—¡No! ¡Necesitamos la información que tiene! — forcejeó con él deteniéndole el brazo.
Algo le relampagueó en la cabeza. Abrió la mano izquierda y Schwartz cayó al suelo como un fardo; luego giró hacia ella, furioso por haberle impedido rematar al gusano. Te voy a matar. Se arrancó de su brazo la mano de ella retorciéndole la muñeca, la arrojó contra la pared y la sostuvo por el cuello.
— ¡Vamos, Dubois, hágalo!— Schwartz jadeó desde el piso—. ¡Para eso lo preparamos! ¡Nosotros damos las órdenes y usted obedece!
La sucesión de recuerdos le ametralló la memoria. La mujer desnuda y vendada, el cuerpo sudoroso y retorcido, las palabras de Jacques que le retumbaban en algún lugar del cráneo. “Mátela. Es una orden”. Estaba fuera de su cuerpo, flotando por encima de los demás, viéndose a sí mismo preparar el golpe. La tensión en los testículos, la erección que comenzaba a empujar, el pulso aceleradísimo, el sudor frío de las manos; el plexo que se le hinchaba en una inspiración que subía desde el bajovientre y le envolvía la garganta en una oleada de placer brutal: el placer del predador que salta sobre la presa.
Los aullidos llegaban desde una distancia inconmensurable y sus músculos se prepararon en tensión insoportable y perfecta, independientes de su voluntad. Se vio a sí mismo lanzado por el túnel directo al blanco, el cuerpo entero convertido en una máquina de matar.
— ¡Mátela, De Biassi! ¡Es una orden! ¡Ya lo hizo una vez, hágalo nuevamente!— las palabras retumbaron en su cabeza.
Una mano apretó la suya. ¿Qué... quién...? La mujer tenía los ojos llenos de lágrimas. ¿Dónde está la venda?
— No es cierto, no lo hiciste. Yo estoy viva— ella murmuraba, sosteniendo la mano con la que él le rodeaba el cuello.
Sus músculos recordaron por él: el cuerpo inerte en sus brazos, la carrera furiosa; sus propios resuellos desgarrándole los pulmones; el esfuerzo que le quemaba las piernas. Corrí lejos, arriba, afuera, hasta las luces rojas y azules...
Cerró los ojos hasta que la pulsión de muerte se diluyó, y recuperó el ritmo normal de respiración; al abrirlos, la mujer lo miraba aguantando el aire.
Está viva. No la maté. Maurizio De Biassi no existe. Soy el capitán Marcel Dubois, Brigada Criminal, Prefectura de París, repitió hasta el infinito.
La soltó, encajó las mandíbulas y miró a otra parte: Ortiz, ya recuperado, encañonaba a Schwartz. Marcel lo levantó del suelo y lo estrelló contra la pared.
— ¿Cuántos son?— preguntó entre dientes.
— ¡La puta te traicionó con Ortiz! ¡Él también se la cogió, boludo! ¡Todos nos la pasamos!— barbotó Schwartz—. ¡No saldrán vivos de aquí, los vamos a hacer mierda!— lo desafió.
No pudo decir más: Marcel le enlazó el cuello en un torniquete mortal y Schwartz comprendió que ya nadie le conmutaría la pena.
— Cuántos, Schwartz...— Marcel apretó el antebrazo — ¡Cuántos!
— ¡Dieci...nuev...e!— tosió el otro.
— ¡Quiénes!— exigió Ortiz y Schwartz escupió una chorrera de apellidos que hicieron que Ortiz palideciera.
— ¿Nadie más?— preguntó el coronel.
— Los... otros... están muertos. ... Dubois los liquidó...en la ... ca-rretera y... a-rriba.
— ¿Dónde está Seoane?
— ¡Todavía... no llegó!— farfulló Schwartz con un jadeo estrangulado.
— ¡Cuándo lo esperan!
— ¡Ma-ñana... a las seis! ... Lon-dres… ¡Desde... Londres !
Hubo un chirrido de estática y llamaron al mayor por el handy. Ortiz lo tomó de inmediato.
— Todo en orden. Estamos trasladando a los prisioneros a otra celda— respondió brusco.
Schwartz intentó gritar y eso fue fatal: Marcel lo desnucó y lo dejó caer al suelo como una bolsa vacía. Se quedó mirando el cuerpo retorcido en un ángulo extraño, temblando por el exceso de adrenalina o quién sabe qué otra cosa. Transcurrió un tiempo vacío de sensaciones en el que no dominaba sus propios músculos. Lo había matado sin que el pensamiento le pasara por la conciencia.
— ¿Nunca voy a salir de esta mierda?— jadeó horrorizado.
— Nunca estuviste dentro.
Levantó la cabeza con brusquedad y tropezó con los ojos de ella.
— Jamás mataste siguiendo sus órdenes—dijo Odette y él la aferró con ambas manos, sin poder despegarse de su mirada. Odette. Ella era la mujer.
Hubiera querido gritar que ahora era diferente; que le habían saturado la sangre con porquerías y no podía controlarse; que ellos habían desatado todos los demonios que tan trabajosamente había tratado de domar; que había matado a Schwartz en un acto reflejo horrible y fuera de su dominio; que no sabía cuándo volvería a matar. Y que tenía miedo... Echó la cabeza atrás y tragó el nudo de angustia. Apretó las manos, ella gimió, y comprendió que estaba sacudiéndola.
— Déjela, Dubois, la lastima— dijo Ortiz a sus espaldas mientras trataba de separarlos y él giró fuera de sí mientras una frase y una voz que no podía identificar, le laceraban la cabeza: "Él también se la cogió, boludo..."
— ¿Qué carajo le importa...?
— ¡Basta!— Odette le contuvo el puño que estaba a punto de lanzar contra Ortiz—. ¡Basta, por Dios!
Se interpuso entre ambos y él trató de apartarla pero ella se mantuvo firme. Lo sorprendió la fuerza con que ella resistía sus sacudones.
— ¡No! — le tomó la cara y lo obligó a mirarla—. ¡Están con nosotros! ¡Estás pensando con las hormonas, Dubois!— restalló la voz de terciopelo, y la inflexión de esa voz lo golpeó en medio del plexo.
Desequilibrio-equilibrio, osciló hasta estabilizarse en un punto que las drogas no habían podido alcanzar. Volvía a pisar terreno firme, sabía quién era y lo que debía hacer, y que no debía mirarla a los ojos para evitar que ella lo supiera antes de tiempo. Y debía hacerlo antes de perder el equilibrio nuevamente y subirse al carrusel de órdenes-imágenes-muerte, que le daba vueltas en algún rincón todavía obnubilado de la cabeza. Podía oir los engranajes girar locos, pero sabía que no debía, no debía...
Respiró con la boca abierta y el oxígeno terminó de despejarlo. Voy a sacarte de acá y alejarte de estos asesinos, de mí y de mi locura. Y después... Nunca pude limpiarme esta mierda y ellos lo saben. Lo que no saben es que prefiero estar muerto antes que servirles de herramienta.
Controló el remolino de pensamientos para que nadie le viera la determinación dibujada en la cara: Nunca más volveré a lastimarte. No van a usarme nunca más. Nunca más te harán daño por mi causa. La convicción le dio frío. Ortiz y el viejo esperaban, mudos e inexpresivos.
Recogió el arma de Schwartz y arrastró a Odette fuera de la celda.
— ¡Vámonos!
Los otros dos se movieron en silencio.
Corrían pasillo arriba cuando escucharon pasos detrás. Ortiz les hizo señas de que siguieran y giró para enfrentar al que venía. La luz y sombra del pasillo ocultaban a medias la cara del coronel.
— ¡Schwartz!— gritó el hombre, en castellano—. ¿Dónde está Schwartz?
— ¡En la celda, interrogando a Ortiz! ¡Venga conmigo!— respondió el coronel y le hizo señas para que se acercara. El tipo corrió hacia ellos y Ortiz le truncó el ímpetu con un disparo que le agujereó la frente. Después habló sin volverse:
— Vayamos por los corredores de la servidumbre: son más seguros, éstos no los conocen.
Una figura oscura se movió a unos quince metros adelante. El hombre iba armado y se movía con cautela. Marcel se adelantó sin hacer ruido, inmovilizó al tipo y lo arrastró en silencio hasta el grupo. Ortiz abrió un panel disimulado en la pared y todos entraron a un corredor interior débilmente iluminado.
— ¡Rinaldi!— Ortiz reconoció al hombre —. Está bien, Dubois. Es de mi gente.
Marcel lo soltó y aprovechó para recuperar el aire y el control de sí mismo. ¿Pero hasta cuándo? La pregunta lo aterrorizaba. Sin mirarse las manos, sabía que le temblaban. El pulso no se le había calmado del todo. Se forzó a respirar profundo el aire tibio y con ese tufo dulzón de los lugares que llevan mucho tiempo sin uso. Cuando pudo acallar el rugido de su propia respiración, prestó atención a lo que hablaban Ortiz y Rinaldi: si actuaban rápido podían recuperar las posiciones. Apoyó la cabeza contra la pared. Tengo que sacarla de este infierno. Después me ocuparé de éstos. Se acercó a ambos hombres.
— Ortiz, voy a colaborar con ustedes o como carajo lo llamen pero saque a la comisario de aquí. No la necesitan.
— ¿Y por qué me va a ayudar?— murmuró el coronel con expresión torva.
— Porque usted también hará lo que le pido. Pacto de caballeros— mostró los dientes en una sonrisa sin ganas—. Ahora sáquela de este infierno.
Ortiz los miró y se chupó las mejillas, meneando la cabeza.
— También tengo que poner a salvo a mi padre. Mi hijo y él son lo más importante en este momento. Rinaldi, ¿cuál es la situación en el garage?
— Eliminaron a nuestros hombres— jadeó el teniente—. No esperan a nadie por allí.
— Vamos allá entonces.
En las cocheras, tres cadáveres regaban sus destrozos por el piso; los capots de la colección de últimos modelos estaban llenos de agujeros, salvo la limusina de negro riguroso, milagrosamente impecable.
— Mi coronel...— intentó el oficial pero Ortiz lo interrumpió.
— Rinaldi, conozco perfectamente el estado de cosas. Viajé hasta aquí a sabiendas de a qué nos exponíamos pero no podía hacer otra cosa: tenía que seguirle el juego a los traidores para descubrirlos. El capitán Dubois eliminó a Schwartz pero todavía no sabemos en dónde está Seoane, que es el cerebro de la operación.
A Rinaldi se le endurecieron los músculos de la cara ante la mención del nombre.
— Seoane...— repitió siseando—. Pondré a nuestra gente sobre aviso. Creo que sé quiénes más pueden estar apoyándolo, señor — bajó la voz y mencionó apellidos que hicieron que Ortiz torciera la boca.
— La situación está muy complicada; necesito proteger a mi padre y a la señora, y que Dubois pueda salir a buscar a mi hijo— Ortiz tomó aire y continuó—. Vaya con ellos y...
— Déjeme a cargo, señor. Podemos recuperar todas las posiciones— al teniente le brillaban los ojos con orgullo.
— No puedo hacer eso.
— Sí puede, mi coronel. El señor conde y usted son lo más importante en este momento— Rinaldi murmuró una orden en su handy—. Uno de los nuestros lo acompaña con el auto. Es de total confianza, señor: el subteniente Marini. Respondo por él.

Marini llegó a la carrera, un rubiecito con cara de publicidad de dentífrico, emocionado por el papel que le tocaba y los pasajeros ilustres que debía conducir. Hizo la venia y se puso al volante mientras Rinaldi se ocupaba del tablero que abría los portones, que se deslizaron silenciosos hacia un lateral. La calle era nada más que un bostezo negro. Los cristales se cerraron todos a un tiempo y la limo salió sin ser molestada

jueves, 7 de junio de 2012

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 39

NUEVE DE LA NOCHE
En la biblioteca, la mesita rodante con el servicio de café esperaba obediente junto a los sillones. El viejo tomó su posición de mando en su bergère. Odette se acomodó en el bergère más alejado, todavía luchando con sus propios infiernos, la frente apoyada en una mano. Marcel y el coronel se quedaron de pie, en guardia.
— ¿Cuándo se comunicaron con Uds. los secuestradores?— Marcel interrogó a Ortiz.
— La primera vez, el día del secuestro, el jueves. Nos dijeron que deberíamos venir a París para el ‘intercambio’. Se comunicaron por última vez hoy por la tarde. Nos dan un número distinto al que llamar cada vez y nunca hablan el tiempo suficiente para permitir rastrear las llamadas.
— ¿Les dieron alguna indicación de cómo y dónde deben hacer ese intercambio?
— Todavía no. La última vez llamamos nosotros para informar el número que usamos aquí.
— ¿Tiene grabaciones de los llamados?
— Sí— Ortiz encendió una laptop, activó un programa anti-distorsión y se escuchó una voz masculina, algo ronca.
El primer llamado sonaba particularmente monótono, sin dar espacio para hablar a los del otro lado. Una grabación. En el segundo, el que hablaba se había regodeado en la desesperación del que respondía. El tercer llamado duraba menos de veinte segundos y la voz era diferente. Otra grabación.
— ¡Yo conozco esa voz!— la voz queda de Odette lo sobresaltó: casi había saltado desde el fondo del bergère—. El segundo llamado: quiero escucharlo.
Ortiz hizo lugar y ella se acercó a operar los controles, adelantando y retrocediendo la grabación hasta localizar una frase determinada. La pasó varias veces, subiendo el volumen y refinando la calidad del sonido.

"Debería darme las gracias por ocuparme tanto de él. Tengo una buena idea de cómo me lo
puede agradecer"...

— ¡Es él...!— farfulló Odette— ¡El tipo del auto en la avenida Vincennes! ¡"Deberías estar agradecida por la oferta"!— rememoró en voz alta—. ¡Maldito hijo de puta, estabas ahí!— golpeó la mesa con el puño cerrado.
— ¡La avenida Vincennes! ¿Qué hacía en esa calle de busconas, comisario?— preguntó el viejo, medio divertido.
— Mi trabajo...— ella le lanzó una mirada seca como un navajazo—. ¿Qué hora es?
— Las nueve— respondió Ortiz mirando su reloj.
— ¿Coronel, hay algún televisor que podamos usar? Creo que sé quién es el que habla. ! Por favor... ! — lo urgió.
Ortiz descubrió una pantalla de home-cinema tras un panel pintado en trompe-l’oeil y le entregó el control remoto a Odette, que sintonizó ansiosa un canal tras otro.
— ¡Ahí está!— corrió a grabar el audio. Luego de un minuto apagó el televisor y los miró con expresión de predador.
— Es él—sibiló.
— ¡No es posible! — replicó Ortiz.
— ¡En el nombre de Dios!— Odette se irritó—. ¿Tiene un programa de identificación de voces?
— Hay uno en el servidor...
— ¡Búsquelo!— ladró imperiosa.
Ortiz tecleó nervioso y los tres se arremolinaron frente a la pantalla. Ya no cabían dudas; las voces pertenecían a la misma persona: Jean-Jacques Ayrault.

****
Ortiz estaba demudado y soltó un insulto grueso en su propio idioma.
—Su socio para Europa continental— afirmó Marcel con calma—. El que junto con Ruggieri pretendía utilizar los embarques de BCB como pantalla para el contrabando de armas. Qué mala elección, coronel: el hombre carece de sentido del honor— se burló—. En todo este tiempo que investigué a Ayrault, aprendí que el tipo no es inteligente: es astuto, intuitivo y sanguíneo, pero no puede ser el cerebro de nada. Había alguien más moviendo los hilos. Pero Ayrault es demasiado vanidoso y ambicioso como para aceptar ser nada más que un intermediario, y quería armar su propio negocio. Muy oportunamente, apareció alguien que podía ayudarlo a dar el golpe, traicionando a sus socios originales. No me importaba en lo absoluto: si Uds. se jodían, nos hacían un doble favor. Pero cuando Ayrault y su nuevo socio hicieron la jugada, fue en una forma que no esperábamos y terminamos metidos todos hasta el cuello en esta mierda. Ese alguien tiene otros planes y ahora ustedes tienen al enemigo durmiendo en casa.
A Ortiz se le oscureció el semblante. ¿Qué es lo que oculta? pensó Marcel.
— Y por ganar el juego más grande preferiste desaparecer cuando Michelon te dio la orden de regresar— a sus espaldas, Odette habló con voz tenue—. No esperaba que respondieras mis mensajes, pero ni siquiera llamaste a Meyer cuando te avisó que habían baleado a tu padre.
— ¿ Qué ... ?— la enfrentó horrorizado.
— Hiciste el check-in para un vuelo Milán-Estrasburgo-París que no pensabas tomar: era sólo para despistar a los tipos que Ayrault te había mandado detrás. Alguien verificó los Dubois en ese vuelo, otro Dubois subió en Estrasburgo y alguien en París equivocó el blanco.
Mi viejo. Las entrañas se le retorcieron de remordimiento. No mi viejo, en el nombre de Dios. Odette continuó.
– Alessandra era tu informante. Iba a decirte quién era el socio de Ayrault y cómo llegar a él, ¿no es cierto? Ese sí hubiera sido un golpe en el riñón de la Orden. Pero Ayrault llegó primero, hizo hablar a Alessandra y la mató; preparó la evidencia en contra de Marco Delbosco y te mandó a sus esbirros. Te quedaste sin la última pieza del rompecabezas y con un dilema de conciencia: ‘si dejo que metan a Ayrault en la cárcel nada más que por homicidio, me pierdo la oportunidad de llegar al socio más peligroso’.
— Hubieras hecho lo mismo— Marcel la refutó entre dientes.
— No. Ya no me importan las luchas de poder en la cima del mundo. Me quemé las manos una vez y el dolor es inolvidable. Soy una vulgar cana de la Crim y Ayrault ya asesinó a doce mujeres. Quiero mandarlo adentro por el resto de su puta vida y nada más. De los demás— Odette miró de reojo hacia Ortiz—, que se ocupen otros. Yo no puedo. No quiero. Tengo miedo de lo que pueda encontrar.
“La perra lo traicionó". "Acaba de negociar con Ortiz”, repitió la voz dentro de su cabeza y Marcel apretó los puños para esconder el ímpetu horrible de estrangularla. ¿Por eso nada más te importa esa mierda de Ayrault? ¡Me traicionaste! “Todos tenemos un precio”, se burlaban. Una metralla de flashbacks se superpuso a la voz: la limusina, los golpes, los insultos, las vejaciones... La voz recia que insistía: “¿Quiere que le suplique a los gritos que la saque de aquí?" “Está asustada... ” El pulso homicida pasó dejándole sabor ácido en la boca.


— No voy a discutir ahora sobre quién tiene la razón— masculló y se volvió hacia Ortiz—. Hay problemas más urgentes de qué ocuparse. Coronel, estos tipos conocen todo: desde le recorrido del auto que llevaba a su hijo, hasta cómo reaccionarían ante cada ataque. Sabían cómo despistarlos con lo del MOSSAD, que no tienen hombres en Francia, ¿qué más saben, Ortiz? ¿Exigieron dinero? ¿No le habrán pedido datos de ciertas cuentas bancarias de sus amigos SS? Porque ustedes conocen todos esos datos, ¿no es cierto? ¿No es cierto que son los propietarios de los bancos donde están esas cuentas?
Ortiz se quedó rígido y sin palabras. El viejo mantuvo la expresión hierática pero los nudillos apretados en la empuñadura del bastón estaban tan blancos que parecía que se le saldrían de las manos. Bueno, Dubois, te liquidan ahora o seguimos juntos hasta el final. Ya no hay secretos entre nosotros, ¿eh, viejo de mierda? Los ojos de cristal lo fusilaron, pero ya no le importaba. Continuó con los dientes apretados.
— No nos queda más remedio que ser aliados por una noche porque creo que vamos detrás del mismo hombre, del que Ayrault es nada más que el instrumento. Así que piense, coronel, quién además de ustedes dos, conoce tan íntimamente los secretos de la Orden.
— José...— ¿le pareció o en la voz del viejo había una vacilación?— que traigan a...
— ¡Al hijo de mil putas de Seoane!

NUEVE Y MEDIA DE LA NOCHE
La puerta se abrió estrepitosamente y entraron tres hombres armados.
— ¡Todos quietos!— aulló el primero.
— ¡Schmidt!— gritó Ortiz, pero el tipo lo golpeó en el estómago con el arma; Ortiz se dobló de dolor y trastabilló sin aire. Schmidt le arrancó la Glock de la cartuchera y lo sentó de un culatazo; después balanceó la punta del fusil entre el viejo, el coronel y él. El que venía detrás avanzó hacia Odette, después de asegurarse de que nadie más estuviera armado. Un tercer hombre, más joven que los dos primeros, se quedó de guardia frente a la puerta.
— ¡Vaya con ellos!— ladró el tipo a Odette, señalándolos con la punta de la Kalashnikov. Ella retrocedió, simulando tropezar con una mesita y consiguiendo que el hombre perdiera la paciencia y se abalanzara sobre ella. La maniobra de distracción cumplió su objetivo: Schmidt dejó de vigilarlos para observar de reojo lo que pasaba.
Marcel se abandonó a la adrenalina le quemaba en las venas. Sus músculos se prepararon para dispararse en un soberbio alarde de reflejos condicionados. Matar. Aquí, ahora, con mis manos. El túnel y del otro lado, el objetivo: la presa, la víctima. Primero estos imbéciles, después Ortiz y el viejo. Casi tuvo un espasmo de placer.
Hizo una finta y Schmidt giró hacia él insultando. Pero él ya no estaba ahí: se había movido una décima de segundo antes del clic del gatillo. Con un movimiento corto y preciso levantó el fusil con el codo, que siguió su trayectoria hasta la sien del hombre, golpeó y rebotó. Schmidt se tambaleó aturdido. Le enroscó el brazo alrededor del cuello y el traquido le dijo que Schmidt estaba muerto. Aflojó el brazo y el cuerpo cayó al suelo con ruido apagado.
El tercer hombre que había quedado junto a la puerta todavía no había reaccionado: los hechos transcurrían demasiado rápido para él y cometió el error fatal de no decidir a quién disparar primero. Marcel lo alcanzó de un salto y lo desnucó en el mismo movimiento.
Odette había rodado por el suelo haciendo caer al tipo que había saltado sobre ella, y pateó la Kalashnikov hacia Marcel, pero el tipo tenía una pistola escondida en la ropa y le disparó. Marcel saltó a un lado y alcanzó el arma mientras se incorporaba, pero el hombre se revolvió hacia Odette y la alcanzó, aplastándola contra el piso; forcejearon pero él terminó de un golpe con su resistencia.
— ¡Suelte el arma o le vuelo la cabeza!— gritó mientras la sostenía con una rodilla contra el suelo y la sujetaba por el pelo.
Marcel amagaba a soltar la Kalashnikov calculando una finta, cuando un cuarto tipo armado entró a la habitación, seguido de dos más que los encañonaron. De una ojeada el cabecilla verificó los daños y masticó una obscenidad. Marcel tiró el arma.
— ¡Arriba, puta!— el que tenía a Odette la levantó por el pelo.
— Dejen a Dubois acá— ordenó el recién llegado—. Los otros tres, abajo.
La mirada del tipo no dejaba dudas acerca de qué les esperaba “abajo” a los demás. Se quedó a solas con él, a prudente distancia y apuntándole con la ametralladora.
— Usted es un hombre demasiado valioso para perderlo. Estoy dispuesto a ofrecerle un trato: Ortiz está acabado, en cinco minutos no le quedará gente leal. Únase a nosotros y no se arrepentirá.
La voz y el acento extranjero lo pusieron alerta: era el que había hablado por los parlantes denunciando a Odette cuando él salía de la ducha.
— ¿Por qué debería aceptar la oferta?
— Usted es de los nuestros. Ya lo demostró antes, con ella en el “agujero”: no le importa lo que pierde sino lo que gana. Habrá muchos cambios en la Orden y alguien como usted tiene un valor inestimable.
Marcel miró al hombre tratando de no desviar los ojos hacia la puerta: se escuchaban los gritos de los otros, arreando a los prisioneros. Una luz se hizo lugar en medio del torbellino que era su mente y asintió con media sonrisa irónica.
— Usted parece conocerme bien, pero yo no tengo el placer.
— Mayor Jorge Schwartz, Ejército Argentino. Vamos, Dubois, necesitamos hombres de su talla y conocemos sus antecedentes. Estos idiotas desmembraron Europa. Nosotros podemos reconstruir toda la red y el “nosotros” puede incluirlo.
— No tengo nada que perder, ¿eh, Schwartz? y todo que ganar. Hay un problema: Ayrault. ¿Cómo se las arreglarán para sacarlo de en medio? Es el socio de la Orden para Europa.
— Ayrault es un idiota y usted lo sabe tan bien como nosotros. Nos sirvió, lo utilizamos; ya no nos sirve, lo descartamos. Usted es el contacto perfecto: no necesitamos a Ayrault teniéndolo a usted de nuestro lado. Conocemos las porquerías que hicieron Ayrault y su socio Ruggieri. Usted quiere ganar como sea: eso nos gusta. Le ofrecemos a Ayrault como chivo expiatorio: su posición en la PN quedará más firme y respaldada que nunca. En cuanto al resto, usted ya nos conoce. ¿Qué dice?— lo evaluó con frialdad aterradora.
— ¿Cómo sé que no me dispararán por la espalda?— Marcel le dedicó una semisonrisa igualmente helada.
— Porque usted sería nuestro hombre en la PN. La Brigada Criminal es un escalón menor en su carrera, si acepta. Además conoce al socio italiano de Ayrault y puede ayudarnos a poner pie en la empresa, esa BCB, que sería nuestra puerta al continente.
— Parece que tiene poder de representación...— deslizó mordaz.
— Absolutamente.
— De acuerdo— Marcel inspiró para ocultar el estremecimiento.
— Venga conmigo— Schwartz lo hizo pasar delante y lo siguió.
Ni por un segundo Marcel creyó que el tipo dejaría de apuntarle, y relajó los músculos de la espalda. Cuando llegaron a la sala de monitoreo, el coronel y Odette estaban esposados y el viejo sentado en una silla alejada. Delante de cada uno esperaba un hombre armado apuntándoles.
— Liquídenlos— ordenó Schwartz, indiferente.
— Todavía no— intervino Marcel e interpuso un brazo delante de las armas.
— ¿Qué...?— Schwartz se volvió furibundo hacia él.
— Pueden servirnos— levantó una ceja—. Ella es comisario, y un rehén de la PN no se desprecia, al menos hasta que deja de ser útil. Y en cuanto a los otros dos...supongo que... Seoane, ¿verdad?, no conoce todas las claves y todas las combinaciones de todas las puertas, ni todos los números de todas las cuentas.
Schwartz lo miró satisfecho.
— Lo dicho, Dubois: usted nos es invalorable. Enciérrenlos y pongan una guardia— se volvió y le arrojó el arma de Schmidt— Venga con nosotros. Todavía hay mucho que hacer.


MINISTERIO DEL INTERIOR, NUEVE Y MEDIA DE LA NOCHE
Auguste repicó los dedos con impaciencia sobre el teclado mientras la pesada página Web terminaba de descargarse. Le dolían los ojos de buscar en los archivos electrónicos, mientras rezaba porque el registro catastral estuviera actualizado. Conociendo a nuestra burocracia, bien podrían haberse quedado en 1925. De cualquier manera, no importaba: los propietarios que buscaba posiblemente fueran dueños del lugar desde bastante antes.

Los registros aparecieron y la sonrisa de depredador le dio aspecto sombrío a su rostro patricio. Siempre es un placer encontrarse con viejos conocidos. Memorizó la localización, cerró la página y entrando algo ilegalmente con la password robada a un distraido tenientito de Sistemas, borró su paso por el server, precaución que nunca estaba de más en los tiempos que corrían.
Salió con calma de su despacho en el MI, saludó a los oficiales de la guardia nocturna y apenas se metió en el auto, salió derrapando hacia el Quai.