POLICIAL ARGENTINO

martes, 22 de septiembre de 2009

La dama es policía - CAPITULO 33


El edificio de Odette en La Dèfense

PARÍS, LA DÉFENSE. DOMINGO AL MEDIODÍA
—No, teniente. La señora Marceau salió cerca del mediodía y todavía no volvió. Los domingos rara vez está en casa, ¿sabe?
El portero lo había reconocido y estaba comunicativo. Marcel no pudo resistir la tentación, absolutamente reprobable, de seguir preguntando.
—Hace muchos años que trabajo acá. Apenas lo conocí al marido. Murió hace mucho. Poco después de que se mudaran, creo. Ella nunca recibe a nadie. Sus padres... bueno, deben de ser sus padres, ¿no? Un matrimonio muy agradable. Cada tanto vienen a quedarse en el piso de la señora. Y Marguerite, claro, viene todos los días. Ella está mucho tiempo afuera, ¿sabe? Por trabajo, creo.
A medida que Grégoire hablaba, Marcel se sentía más y más incómodo. ¿Cómo puedo estar haciéndole esto? Soy un insecto.
—Ella es siempre tan gentil... La señora. Marguerite también. Aunque nunca charlamos demasiado. Marguerite siempre está apurada.
Bien por Marguerite.
—¿Quiere que le avise a la señora que vino a verla?
No, no quería. Muchas gracias.
—Teniente Dubois... —el portero puso cara de circunstancias —, la señora Marceau... ¿tiene algún problema... con ustedes.? Ya sabe... —bajó la voz —. Con la policía.
Habría soltado la carcajada de no haberse sentido tan culpable.
—No, Grégoire. Nada más lejos.

BUENOS AIRES, DOMINGO PRIMERAS HORAS DE LA TARDE
La chicharra del teléfono agitó apenas el aire quieto de la hora de la siesta. Ortiz estiró la mano sin levantar la otra del teclado.
—Teniente Chávez, mi teniente coronel...
Se impacientó ante la irrupción. Y ahora qué pasa.
—Diga, teniente.
—Señor, hice lo posible por disuadir al mayor... Resultado negativo, señor.
—Las órdenes son de proceder sin dilaciones, teniente.
—Ya sé, señor— del otro lado del auricular tragaron saliva audiblemente—. No volverá a ocurrir. Señor.
—El grupo completo, teniente. Asegúrese de ejecutar la orden cuanto antes. Le recuerdo que no tiene que quedar nada que permita identificarlos o relacionarlos con nuestro país.
—Sí, señor. Comprendido, señor.

"Paris perdu" (París perdido)

PARÍS, X° ARRONDISSEMENT. DOMINGO, PRIMERAS HORAS DE LA NOCHE
—¿Adónde fuiste?
La voz del Brigadier a sus espaldas le paró el corazón durante medio segundo.
—A tomar un poco de aire —dijo el Cachorro mientras giraba y lo veía con visión periférica—. No me banco este encierro.
El otro le buscó los ojos con esa mirada helada y terrible.
—Hace un frío de cagarse.
—Igual necesitaba salir.
Se oyó un quejido sordo. ¿Todavía está viva? Instintivamente miró hacia el lugar de donde venían los gemidos. Está loco. Es demasiado; el teniente coronel tiene razón. Hay que limpiarlo cuanto antes. No va a ser fácil; los otros tres están de su lado. Podría intentar convencer al Tigre... No. Tengo órdenes. A todos.


PARÍS, LA DÉFENSE. DOMINGO, PRIMERAS HORAS DE LA NOCHE
Ya no soportaba más estar en su casa. Salió con el auto a dar una vuelta sin rumbo y terminó estacionando de nuevo frente al edificio de ella. Le mostró la placa al portero de la noche y éste lo dejó pasar. El auto de la señora Marceau estaba en las cocheras: acababa de venir de allí.
Llamó a la puerta varias veces hasta que por el intercomunicador, Odette preguntó quién era. Cuando le abrió, estaba en bata, con el cabello húmedo. Estaba tan pálida... Instintivamente miró al salón detrás de ella.
—¿Estás sola?
Hubiera querido morderse la lengua en el mismo instante en que lo dijo. Ella desvió la mirada e hizo un gesto con la cabeza.
—Hace doce años que estoy sola.
Lo miró con una pena infinita. Cuando trató de entrar, ella lo detuvo suavemente.
—No te hagas daño de esa forma. Prefiero que vuelvas cuando puedas confiar en mí.
—No...
—Te voy a esperar.
Ella se besó la punta de los dedos, estiró el brazo y los apoyó en su boca. Marcel asintió sin poder hablar, mientras la puerta se cerraba despacio. Se quedó sin saber qué hacer y después de una eternidad llamó otra vez. Cuando finalmente ella abrió sin preguntar, la abrazó, pidiéndole perdón con un beso.
Sin hablar la llevó hasta la cama. Sin hablar le hizo el amor mientras ella lloraba en silencio. Se quedaron dormidos casi al mismo tiempo.
No sabía qué hora era cuando sonó el teléfono. Odette dormía. Alargó la mano y levantó el auricular. Del otro lado vacilaron al oír su voz. Oyó una respiración pesada y después el clic violento. ¿Quién? ¿No esperaban que yo respondiera? La desconfianza se le enroscó en el pecho, quitándole el aire. Se odió a sí mismo por ese sentimiento que ya no lo dejó dormir.

El cielo mostraba esa luminosidad tenue previa al alba cuando en medio de la duermevela, el teléfono sonó de nuevo. Esta vez, ambos estiraron el brazo, pero él fue más rápido.
Lo mismo: el silencio ominoso seguido del clic. La miró con la duda agarrotándole la garganta.
Ella debió de ver algo en sus ojos, porque con la voz quebrada le pidió que se fuera. La apretó entre sus brazos, angustiado. No quería irse. Dios, ¿por qué esta mujer me hace sentir todas estas cosas? Quería saber pero no se atrevía a preguntar. Quiso hacerle el amor pero la poseyó desesperado. Ella era la sal en la herida y el bálsamo que la cerraba. La amaba y la odiaba. Ya no tenía orgullo; estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa con tal que lo dejara quedarse y se lo dijo.
—Jamás te humillaría de esa manera— se arrancó de sus brazos y habló con la voz opaca de amargura—. Si quisiera nada más que alguien que me calentara la cama, lo habría buscado en la calle.
Sus propias terribles palabras en boca de ella lo azotaron.
—¿Cómo pudiste insinuar algo así? Nos degrada a los dos. Es mejor que te vayas.
—Por Dios, no...
—No me lastimes más.
Se fue, mudo de vergüenza. Cómo se puede destruir lo que se ama con tanta facilidad. Te perdí. Ahora sí te perdí. Definitivamente.

PARIS, Xº ARRONDISSEMENT, MADRUGADA DEL LUNES—¿Y?
—Está con alguien. Un tipo, el que atendió las dos veces.
—Carajo...
—¿Qué hacemos?
—A esta hora, ya nada.
—Esperemos hasta la noche. Más fácil... Vive sola; se lo sacaste a la vieja. El tipo debe de venir los fines de semana. Seguro.


CAPO CALAVÀ, LUNES POR LA MAÑANA
Lola volvió a marcar el número de la casa de su hija. Nada. No hay nadie. ¿Y Marguerite? Una sensación extraña le trepó hasta el estómago. Decidió probar en la casa de Auguste. Charló de minucias familiares con su nuera y le preguntó como al pasar por Marguerite.
—No, mamá, no vino a casa.
Le pidió a Nadine que si la veía, le avisara para que la llamara y prudentemente cambió de tema. No está en casa de Odette, ni en lo de Auguste. Siempre hablaban el mismo día de la semana, para contarse las nimiedades de la vida diaria, los chismes familiares que la mantenían cerca de sus hijos. El contacto afectuoso de una amistad de años.
Insistió una vez más, esta vez a lo de Marguerite. Nadie. A lo largo del día continuó llamando, con creciente preocupación. A las cuatro de la tarde, la sensación desagradable se había transformado en una ominosa premonición.
Franco llegó del teatro a las cuatro y media. Lo oyó silbar "L'amour est un oisseau rebelle" mientras entraba en la casa. Estaban ensayando una nueva puesta para el ballet de "Carmen". Se asomó para verlo dar unos pasos de baile por el salón. Silbando, su marido la tomó de la cintura y la hizo girar siguiendo los compases.
—¿Qué te pasa? —le preguntó él, tras detenerse en seco.
Con el corazón en la boca, Lola le explicó lo de las llamadas. La expresión de Franco cambió instantáneamente.
—La última vez que te vi esa cara fue la noche en que murió Jean-Luc.
Los presentimientos le retorcieron las entrañas. Aquella noche, extrañamente, había insistido en llamar a la casita. Nunca lo hacían, pues Franco prefería hablar con Auguste. Calogero les había dado la noticia llorando: había encontrado a Odette al lado de la cama, paralizada. Cuando trató de tocarla, ella había gritado no sabía qué, lo había empujado y salido desesperada de la casa. No podía encontrarla. Tampoco podía encontrar a Auguste.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Aquella noche, su hija había estado a punto de matarse. Franco lo sospechaba, pero ella lo sabía: se lo había arrancado a Auguste, pues Odette jamás había hablado.
Ahora, la angustia le cerró la garganta. Franco la abrazó mientras ella murmuraba:
—Llamemos a Auguste.
Sin soltarla, él replicó:
—No. Llamemos a Varza.

MILÁN, LUNES POR LA MAÑANA
Mario Varza estaba todavía en su despacho, en la empresa, revisando papeles pero con la mente en otra parte. Había recibido el aviso de que el grupo había salido del país, con destino a Lisboa. ¿Carajo, por qué a Lisboa? No tengo a nadie allí. Repasó lo que sabía de ellos: tenían pedido de captura en Francia y España. ¿Cómo mierda iban a cruzar las fronteras? ¿Cuándo, dónde? Olvidémonos de los aeropuertos: el control es demasiado estricto. ¿Por mar? No. Mucho tiempo. Cualquier viaje por mar hasta puerto francés no llevaba menos de cuatro días, y él sabía que iban a actuar rápido.
El tren. Lógico. De entre una pila de papeles sacó la cartilla de horarios de trenes europeos. El tren les daba el tiempo necesario para preparar lo que hubiera que preparar, y la guardia fronteriza no era tan severa. Seguramente viajarían con documentación falsa. Buscó las conexiones. Lisboa-París Montparnasse, 16: 00-14: 50. Frontera: Hendaya. La puta que los parió, Hendaya es un balneario. Nadie controla nada. Están en París desde hace más de un día. La campanilla del teléfono lo sobresaltó.
Il signore Mario Varza, per cortesia ... (1)
La voz del otro lado era...
—¿Odette?
Lola Massarino, Mario. La prego mi scusi per il disturbo (2)
Apenas cortó con Lola, marcó el número de Colosimo.
En una hora, Calogero estuvo en su despacho. Ya había elegido a quiénes llevar y tenía listos los pasajes de Alitalia.
—Filippo también viene —le dijo, y él estuvo de acuerdo.
—Lo que necesiten — no era necesario mencionar qué—, ya saben dónde conseguirlo en París.
Calogero asintió seco. Cuando salía, Mario lo llamó:
—Calogero... con tu vida.
Manco che me lo dica (3)— respondió Calogero y se marchó.


Entrada al 36, Quai des Orfèvres
PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES. LUNES POR LA TARDE
—Marguerite no vino a casa.
Odette cerró la puerta y se apoyó contra el archivero, con los brazos cruzados apretadamente y mirada de preocupación.
—Estará enferma...- respondió Auguste.
—Habría telefoneado.
—¿La llamaste?
—No atiende nadie.
—Odette... —se encogió de hombros y abrió los brazos, tratando de restarle importancia al asunto.
—Fui a su casa, Auguste. No hay nadie. El portero me dijo que no la ve desde hace unos días.
Sonaba muy mal.
—Te estás poniendo paranoica —sin admitir que él ya lo estaba.
—¿Paranoica? ¿Nadie más que yo está paranoico? Este trabajo es paranoico. Ser policía implica estarlo un poco. Si no estuviéramos todos leve, sólo levemente neuróticos, la otra noche Michelon hubiera ido sola, no hubieras llevado a Meyer y Dubois, Nohant se habría salido con la suya... —ella contestó mientras la voz le subía sin control.
—Odette, por favor —le dijo, con un gesto apaciguador—. Estamos todos bajo una gran presión. Quiero que... que dejes este caso.
Ella dio un respingo y le clavó los ojos.
—Por un tiempo, hasta que las cosas estén más tranquilas— ¿Cómo mierda le explico lo que nos ordenaron? Sintió que el estómago se le volvía un abismo.
—¿Qué carajo pasa?
— Nada. Te cuido — no va a ser fácil. Nunca lo es con ella.
—Auguste, no puedo creer lo que estás tratando de hacer. ¡El caso es mío! Estamos llegando al fondo y quieren... !quieren sacarme de en medio, que lo abandone, ahora que estamos a punto de...! Todavía no encontramos a los cerebros... ¡No puedo creerlo!
—¡Basta! Esto se terminó. No quiero que te arriesgues más. Ya tuve demasiado con lo de las monjas...
—Ya tuviste demasiado... ¡YA TUVISTE DEMASIADO! —Odette estaba fuera de sí.
—¡EN EL NOMBRE DE DIOS! ¡ESTOY TRATANDO DE PROTEGERTE!- estrelló el puño en el escritorio.
Desde afuera de la oficina seguramente se oirían los gritos. Pero aunque se estuviese derrumbando el techo, nadie entraba en su oficina cuando él y Odette discutían, lo cual ocurría con cierta frecuencia últimamente. Auguste miró hacia la puerta del despacho con preocupación. Mejor bajo el tono de voz. Bastante con las murmuraciones que corren aquí adentro como para darles más pasto a las fieras. Cerró los ojos, los abrió y respiró profundo tratando de mantener la calma.
—Por favor, sentémonos.
Ella le daba la espalda. Le rodeó los hombros con el brazo.
—¡Por el amor de Dios, necesito que me escuches! Todo esto que está pasando... quiero decir, los implicados, las relaciones que están apareciendo... es muy peligroso. Tengo órdenes. Esto se convirtió en algo muy grande. Nosotros... Nos superó... Hicimos un muy buen trabajo...
—No necesito que me lo expliques —le respondió Odette ácidamente—. Hace diez años que estoy buscando a los implicados y las relaciones. Diez años esperando pacientemente, reuniendo pieza por pieza, buscando noticias inconexas a primera vista, reuniendo testimonios, pruebas minúsculas— respiró y tragó saliva—. ¿Alguna vez imaginaste lo que significa saber que estás en lo cierto y no poder demostrarlo? ¿Alguna idea de cuántas noches pasé tratando de encontrar una grieta, un resquicio por donde penetrar en ese juego infernal? ¿Alguien puede imaginar lo que sufrí?
Una catarata de imágenes terribles le cruzó la mente. ¿Cómo puede seguir resistiendo? Yo ya no puedo soportarlo más. Ella siguió hablando.
—¿Alguien sabe todo lo que perdí?
Auguste cruzó los brazos y giró el sillón hacia la ventana. El viejo dolor estaba allí, golpeando bajo, como siempre. Se mordió el labio con saña.
—Odette, todos lo perdimos. Yo perdí a un gran amigo, mi maestro, mi... hermano —le costaba seguir hablando—. Yo... yo también lo quise. No soportaba verlo sufrir... —tragó, pero el nudo de la garganta no se aflojó ni un solo punto.
—Y como no soportabas verlo, ordenaste que le dieran morfina. ¿Te tranquilizaba la conciencia?
Supo que estaba blanco como el papel. Cerró los ojos y apoyó la frente en las palmas de las manos; se pasó los dedos por el cabello. No quería mirarla.
—¿Creíste que no iba a enterarme? ¿Cómo pudiste pensar que era tan estúpida?
—¡Estúpida, no! ¡Inocente! ¡Quería protegerte!
—¿De qué? ¿De tu piedad? Calogero me lo confesó. ¿Quién creías que lo inyectaba? ¡Calogero tenía miedo de equivocarse con las dosis!
La oyó rodear el escritorio para enfrentarlo.
—Pero la morfina no bastaba. El estar inconsciente no era suficiente. Yo quería hacerlo feliz, aun en ese estado. Así que empecé a inyectarle heroína.
Auguste sintió cómo ella giraba el sillón y le quitaba las manos de la cara para obligarlo a mirarla. Estaba pálida, los ojos como brasas.
—Eso sí, tuve mucho cuidado. No quería que mi dolorido hermano tuviera problemas por mi culpa. Quería que Jean-Luc pudiera sentir, ¡SENTIR ALGO!, algo más que dolor, impotencia, desesperación. Para eso bastaba conmigo. La heroína sirvió, podía verlo en sus ojos. Mientras le duraba el efecto, hasta podía acariciarlo y besarlo, porque cuando estaba lúcido no me lo permitía. Era... la única forma de hacerle el amor que me quedaba.
Estaba de rodillas en el suelo, meciéndose suavemente, con los brazos cruzados, como quien calma un dolor.
—Al final, fue nada más que heroína. La morfina no le hacía nada. Estaba tan débil... Tenía que tener mucho cuidado con la cantidad que le inyectaba... era difícil calcular cuánto... —Odette se recostó contra la pared bajo la ventana, cerró los ojos y hubo un silencio—. Yo lo maté, Auguste. Le di una sobredosis.
El mundo ya no estaba en su lugar. En ese terrible momento Auguste vislumbró la magnitud de la tragedia. Inhaló con dificultad, sabiendo que las lágrimas estaban ahí, ahogándole las palabras en la garganta. Cuando levantó la vista, Odette ya había salido.


El silencio que se hizo cuando Massarino asomó desde su despacho fue descomunal. Marceau acababa de pasar, desencajada y pálida como un fantasma.
—Necesito a alguien de Desaparición de Personas. Ahora.
Alguien murmuró un “Sí, señor” y levantó el teléfono, mientras la puerta se cerraba otra vez.
—Parece un hombre que ha visto su propia muerte —susurró Foulquie, sin dirigirse a nadie. Por una vez, nadie hizo comentarios vulgares.
Llamaron preguntando por Marceau y entonces se dieron cuenta de que se había ido sin decir adónde.


Las manos le temblaban todavía mientras removía mecánicamente los papeles encima del escritorio. No puedo concentrarme en nada. Estoy agotado; tendría que irme a casa y dormir una semana. Aunque, con la cara que debo de tener, Nadine va a atarme a una silla hasta saber qué mierda pasó. No quiero pensar. Volvió a los prontuarios. No. No los soporto. Tomó el teléfono y llamó; nadie respondía en casa de Marguerite. Carajo. Se quedó con la mente en blanco, recostado contra el respaldo del sillón. ¿Qué es lo que no encaja? Ya terminamos, se cerró el caso, no queda nadie suelto... ¿o sí? El instinto le decía que Odette no estaba equivocada. Sí alterada, fuera de control, porque de otra forma jamás le hubiera hecho esa confesión atroz. Las palabras le volvían como una cantilena de horror. No podía ser cierto. O sí. ¿Por qué, si no, torturarse todos esos años? ¿Se había condenado y estaba pagando la culpa? Ella se había ido sin darle tiempo a reaccionar. Fue un accidente. Se estaba muriendo. Yo no tuve el coraje de volver a verlo, porque me pedía que lo ayudara a morirse de una puta vez por todas. Fue culpa mía, Cisne. ¿Mi cobardía te hizo esto?
Se frotó los ojos en un intento estéril por apartar las imágenes y cruzó las manos para apoyar la frente en el hueco de las palmas. La alianza le rozó la piel y, quién sabe por qué, el anillo de sello de Nohant le asaltó la memoria. Nohant. El hijo de puta no había perdido la expresión sarcástica ni siquiera cuando se lo llevaron esposado. Recordó la mirada envenenada de odio... y de algo más. Se habían clavado los ojos durante un instante crucial y la cara del otro reflejaba una burla cruel. Como si supiera algo más, algo que Auguste desconocía. ¿Qué, por Dios, qué? Habían interrogado a Nohant durante horas, inútilmente. Ni siquiera acompañado por los abogados que había exigido había soltado palabra. Está esperando algo. O a alguien. ¡Es eso! A alguien que pueda sacarlo de esta situación. Pero para eso tienen que sacarnos a nosotros de en medio. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. ¿Dónde está mi hermana? Llamó por el interno y finalmente Sully respondió que la capitán había salido hacía más de media hora. ¿Dubois? Estaba en Archivos. En casa de Odette no respondieron al teléfono.
Pasó un radiomensaje, con el presentimiento a flor de piel. Después de un rato le avisaron que el aparato de radio de Marceau aparentemente estaba apagado. Cristo, ¿qué está haciendo?
—Bardou, que Dubois suba a mi oficina.
El teniente se asomó sin hablar.
—Estoy tratando de localizar a Marceau. Me avisaron que tiene apagada la radio de su auto— continuó sin mirar a ninguna parte—. Marguerite... la... empleada de... Marceau... desapareció. Ya di la orden de iniciar la búsqueda.
—¿Quiere que... trate de encontrar a Marguerite?
—No. Busque a Odette— le indicó algunos sitios en los que sabía su hermana podría estar—. Vaya hasta la casa y espérela ahí. Tiene que ir a su casa en algún momento—metió la mano en el bolsillo y le entregó el llavero—. Ésta es de la puerta de entrada; ésta, del departamento. Anula el código de acceso y la alarma —explicó en tono monocorde—. Cuando entre, vuelva a cerrar con llave para activar la alarma otra vez. Ya pedí que rastreen el auto.
Levantó la vista: Dubois estaba mortalmente pálido.
—Comisario... —Dubois vacilaba—. ¿No cree que sería mejor... que usted... buscara a M-Marceau?
—No. Vaya usted. Avíseme tan pronto como sepa algo. Tengo que hacer otra cosa— interrogar a ese hijo de puta de Nohant y arrancarle la verdad a golpes.
—Dubois... —el otro se volvió a medias —Encuéntrela. Como sea. Y no la deje sola.
Dubois asintió y se fue.


(1)El Sr. Mario Varza, por favor.
(2) Le ruego me disculpe por molestarlo
(3)No hace falta que me lo digas

jueves, 3 de septiembre de 2009

La dama es policía - CAPÍTULO 32


PARÍS, X° ARRONDISSEMENT. SÁBADO POR LA MAÑANA
—Me parece muy arriesgado —aventuró el Tigre. “El jefe está tan caliente que va a hacer cagadas”, le había comentado el Cachorro en un momento en que el otro había salido.
—¿Leíste los diarios, Tigre? —murmuró el Brigadier entre dientes.
—Es un quilombo muy grande. No podemos hacer nada. Peguemos la vuelta y vayamos para África antes de que..
—¿Te cagaste? ¿Estoy rodeado de maricones?
—No, hermano, no. Pero me gusta la cabeza donde la tengo. Oíme...
—Los vamos a hacer mierda. La voy a destrozar a esa yegua, al hermano, a toda la familia.
—Pará, tenemos a la vieja. La usamos de rehén y los traemos a algún lado. Hacemos un trabajo limpio y rajamos. Pensalo.
—¡NO! ¡Quiero verlos arrastrarse!
El Yarará estaba de acuerdo, pero no era de extrañar. Cuando hay minas de por medio, aquel guacho siempre se prende.El Mula puso cara de nada, como siempre. Hijo de puta, lo único que le importa es la guita.
—No les va a alcanzar la vida para pagar— la voz se le entrecortaba por momentos, de pura rabia—. No queda nada, nadie. Hicieron saltar la banca en todas partes. ¿Quién carajo los respalda? ¿Cómo hicieron para cargarse al puto de Fiore, a Muammar, a todos los que estaban enganchados con nosotros? Están enchufando a media Humanidad. ¡Los imbéciles de acá no pudieron pararlos! ¿Y el viejo les perdona la vida? ¡Me humilló, me cargó el muerto, me está entregando atado de pies y manos! ¿Saben lo que me dijo el muy turro? Que si tu mano derecha se equivoca y peca, hay que cortarla...
Lo miraron en silencio y entonces aulló:
—¡Pelotudos! ¿Todavía no entienden? ¡Nos sentenció a todos!
Se quedó callado, evaluando las caras. Así los quiero. Mejor que empiecen a entender que sin mí no tienen salida. Que sepan que el viejo ya no me da más órdenes. No me va a sacar de en medio así como así. ¿Te pedí una oportunidad y me la negaste? Me la voy a conseguir yo solo cuando vuelva de arreglar este asuntito.
Volvió a tomar los faxes manoseados con un murmullo.
—Puta, te voy a destrozar. Cometiste un error, muñeca: descuidaste a tu propia gente por hacernos mierda. ¿Te creías intocable? ¿Tan segura estabas de que yo no te iba a encontrar primero?
Se agachó al lado de la mujer que estaba tirada en el piso, esposada y amordazada. Ella lo miró con terror.
—No entendés una mierda, ¿no? Pero sabés lo que te va a pasar... sí que sabés... y la culpa es de ella... — le mostró la foto y la mujer se ahogó con un sollozo—. Te dejó sola, vieja. Para cuando se dé cuenta de lo que pasó, va a ser tarde... —su voz era como una cuchilla—. Muy tarde.
Sintió que la excitación le trepaba por la ingle con un escalofrío. Se levantó y manoteó los papeles de arriba de la mesa.
—Así que el hermanito tiene familia— sonrió lobunamente.
—¡Estas loco! — al Cachorro no le gustaba cómo se estaban poniendo las cosas—. Ella se habrá descuidado, todo lo que vos quieras, pero no podemos meternos en la casa del tipo así como así. Es ponernos demasiado en evidencia. Pará... — el tono de voz era conciliador—.No hagamos cagadas. ¿Para qué meternos en la casa? Lo agarramos afuera. Somos cinco, no tiene oportunidad. Después, si querés, te la cargás a ella como más te guste, pero rápido, y nos vamos a Angola antes de que el viejo se avive y nos haga mierda.
El Cachorro tiene miedo. En cualquier momento nos traiciona. A éste hay que dejarlo acá también. Tienen que entender de una vez por todas que acá mando yo, carajo.
—Ustedes se van a meter en la casa y me lo van a traer a él. Sin dejar a nadie, ¿está clarito? Un laburito limpio.
el Yarará lo miró.
—Bueno, si hay tiempo, ya saben... —se miraron y asintieron. Como en las viejas épocas. —De ella me encargo yo. Mula — hizo una seña con la cabeza hacia el Cachorro, que estaba de espaldas. El Mula asintió sin hablar, mientras el Tigre y Yarará se quedaban atornillados en las sillas por la sorpresa. Les clavó los ojos a la espera de un gesto y el Tigre bajó apenas la cabeza, aceptando su decisión. Bien. El Cachorro volvió hasta la mesa con los planos, ignorante de su sentencia.
—Mula, vos te encargás del departamento de ella y de avisarme. Ustedes tres, a la casa de él. ¿Los autos?
—Ya los alquilamos. En tres lugares distintos, como vos querías.
—Entonces hoy mismo verifiquen los recorridos y los tiempos. Quiero tres Motorolas, una con la frecuencia de la cana — el Yarará dio un cabezazo seco de asentimiento. Así se cumplen las órdenes, sargento; sin discutir.
—¿Munición?
—OK.
Lo más que se le puede sacar al Mula. Mejor, quién quiere que te converse.
—¿Uniformes?
—No, eso fue imposible. No hay tiempo— el Cachorro se encogió de hombros.
Me voy a conseguir el mío de otra forma. Miró a la mujer. Ya sé cómo. Desplegó uno de los planos en silencio y buscó el lugar. Bien, nene, bien. Hoy tenés un día brillante. Ésta es la otra salida posible que tenés, y te la voy a cerrar, muñeca. No te me vas a escapar.
—¿Y vos? —preguntó el Tigre.
—Yo me encargo de esperar las contingencias. No podemos dejar ningún flanco descubierto.
—¿Y la vieja? ¿Para qué mierda la queremos, entonces?
—Nos va a servir de carnada. El plan que tengo en mente los va a hacer descuidarse más todavía, y me asegura que la contingencia sea la que yo quiero. Además, necesito ponerme en forma —se volvió hacia la mujer —.Y voy a empezar con ella.


Gran Arco de La Dèfense

PARÍS, LA DÉFENSE. SÁBADO POR LA MAÑANA
Se despertó angustiada. La misma angustia que la rondaba desde el día anterior, desde la reunión con Michelon. No. No es solamente por eso. El perfume de Marcel le hirió la memoria. Miró hacia la fotografía. ¿Te estoy traicionando? Por Dios, necesito saber. Necesito estar segura de que esto no es un reflejo de otro amor. Porque, en ese caso, los traicionaría a los dos. Pasé tanto tiempo sin querer sentir, que ahora tengo miedo de hacerlo y equivocarme.
Casi agradeció la interrupción del teléfono.
—Odette...
No. ¿Por qué tenías que llamar ahora?
—Odette...
—S-Sí. —La voz se le cortaba por momentos.
—Quiero verte.
—No.
—Por favor...
—Ahora no.
—Quiero saber por qué...
Porque tengo miedo, porque no quiero lastimarte, porque no quiero que ocupes el lugar de otro hombre sino el tuyo, único e irreemplazable, pero necesito estar segura. Pero no podía hablar.
—No puedo... Me siento mal.
—Entonces quiero acompañarte.
—Necesito estar sola.
—No me hagas esto...
—Necesito... tiempo —no pudo ocultar el sollozo —.No puedo verte ahora.
—¿De verdad estás sola?
—Siempre estoy sola.
—Entonces hablemos.
—No puedo —suplicó con un hilo de voz—. Ahora... no puedo. Dame tiempo. Te juro que... no habrá nada de mí que no sepas, pero... ahora no. Hoy, no.
—¿Cuándo?
No respondió. La garganta se le había cerrado en un nudo.
—¡Odette! ¡No me dejes hablando solo, como un loco! ¡Odette!
Ella hizo un esfuerzo por articular las palabras.
—Te amo —susurró, y del otro lado hubo un silencio terrible—, pero no sé si tengo el derecho.
Él trató de interrumpir, pero ella continuó sin darle tiempo.
—Decir lo que estoy diciendo me está costando el alma. Siento que estoy a punto de cometer la traición más grande de mi vida y no la puedo evitar. Tampoco puedo soportarlo. Dame tiempo para entender lo que me pasa.
Del otro lado Marcel también lloraba.
—Si hay otro hombre... Cristo, podemos hablar...
—Hoy no. Por favor.
Ambos hicieron un silencio muy largo.
—Yo... nunca se lo dije antes a nadie... no necesité decirlo. Nunca lo sentí de esta manera. Te amo, Odette. Si eso te sirve de algo en este momento, si significa algo, te amo.
Cerró los ojos y las lágrimas le lavaron el dolor.
—Entonces, dame el tiempo que te pido.
—Lo que quieras. Pero no me dejes fuera de tu vida.
—No podría...
—Te amo. No te olvides.
—Imposible...
—Hasta... ¿mañana? ¿Sí?
—Sí. Hasta mañana.
No pienso estar en casa mañana. No quiero que me hagas el amor y creer que puede resultar, y después comprender que era nada más que un sueño. Necesito estar segura de mi propio amor.
No quiero lastimarte.



PARIS, XVI° ARRONDISSEMENT, SÁBADO POR LA NOCHE
Auguste encendió la pantalla del estudio después de asegurarse de que el resto de la familia dormía. No quería interrupciones, ni tener que dar explicaciones por estar trabajando en casa.
No había esperado nada muy diferente de lo que había encontrado al investigar la titularidad de la propiedad. Más aún: se habría decepcionado si no hubiera resultado así. Con todo, el presentimiento agorero no lo dejó en paz.
Según los registros, el terreno pertenecía desde fines del siglo pasado a una sociedad anónima ganadera y de forestación, radicada del otro lado del Atlántico, con domicilio legal en Buenos Aires. La construcción original se había levantado hacía más de sesenta años y se habían hecho modificaciones importantes unos años después del final de la Segunda Guerra. Tan importantes que se actualizaron los registros. Durante la ocupación, los alemanes habían tratado bastante bien a todo el suburbio, y los estadounidenses, quién sabe por qué, también decidieron dejarlo en paz.
Verificó lo que él y Odette suponían: la traza de las cloacas parecía dibujada adrede para pasar por debajo del edificio.
Se había demorado un par de días en reunir vía Internet el resto de la información del Mercado de Valores de Buenos Aires. La empresa propietaria era subsidiaria de otra, más importante, que sí cotizaba en Bolsa. De allí en adelante era una sucesión de matrioshkas rusas que se abrían para dejar salir a otra muñequita, en este caso a otra empresa, de las que ya sospechaba eran nada más que fantasmas bursátiles.
La investigación no llevaba a ninguna parte; era el laberinto del Minotauro. Vueltas y más vueltas sobre sí misma, atrás y adelante, sin saber dónde estaba el monstruo. Y no tengo ni el hilo de Ariadna ni la espada de Teseo.
Nombres... ¿Dónde mierda aparecen los nombres? Pidió las composiciones de los directorios. ¿Por qué no le puse un poco más de atención al Derecho Comercial, en lugar de meterme de cabeza a penalista? Son sociedades anónimas; tienen que publicar balances, memorias y etcéteras. Nadie escapa a la burocracia de la Bolsa. Allí estaban: listas de nombres que no significaban nada. Podría haber sido arameo. Se estaba mareando con los nombres de los miembros del directorio y de las empresas y los objetos sociales. Orden, Massarino, orden. Se entretuvo en armar un árbol genealógico de empresas.
Más que un árbol, esto es un manglar. Se frotó los ojos y la cara con cansancio, y la barba crecida le raspó la mano. Miró la hora: las dos de la madrugada. Último intento y a dormir.
A ver: nada más que los cargos más altos. Bah, podrían ser títeres de otros. U otro. ¿Otro? ¿Así, en singular? Cristo.
Siguió esa línea de razonamiento y volvió a los listados de directorios. Cuántas mujeres. Todos apellidos distintos. Pero las mujeres muchas veces figuran con sus apellidos de casadas. Se me está ocurriendo algo improbable pero no imposible. ¿Altamente improbable? Por cierto que no, señoras mías. Buscó nombres de varón con apellidos concordantes con los de las mujeres. Se alternaban en los listados: donde estaba el marido no estaba la mujer, y viceversa. O padre e hija, ¿por qué no?
En un ejercicio más de distensión que de otra cosa, comparó su familia con la de su mujer. Papá no tiene hermanos, pero mamma sí: todos varones, que tuvieron más varones. Las únicas mujeres de mi generación son Odette y, bastante más tardíamente, Antonietta. Yo soy el único varón con apellido diferente, pero habrá Vittorellos por bastante tiempo, con todos mis primos dedicados a perpetuar el apellido y la especie. Ahora, Nadine. Cinco hermanas, todas sólo con hijas, menos Nadine misma; tenemos a Isabelle y a Antonin: un varón para los Massarino, ninguno para los SaintClaire. Nadie lo continúa. El apellido termina ahí.
¡Eso es! Quienquiera que sea ‘él’, tuvo nada más que hijas, que a su vez tuvieron sólo hijas. Aunque alguna haya tenido un varón, no lleva el apellido.
Las mujeres eran mayoría en los directorios. Comparó la proporción de hombres: menos de un tercio.
¿Sólo maridos? Digamos que sí. ¿Y si alguna tuvo un varón? ¿Está en algún directorio? Tendría que buscar la repetición de apellidos entre los hombres y... ¿Y si las hermanas se casaron con hermanos, o primos? Me estoy volviendo loco. A ése, si existe, no puedo encontrarlo. Pero el nombre y apellido están detrás de todo esto.
Dejó la mente en blanco y se hamacó en su sillón. La comprensión lo alcanzó lentamente, como una marea.
Quienquiera que sea ‘nombre y apellido’, debe de ser muy poderoso. Sentarse muy alto en su sociedad y en unas cuantas más. Empresas saludablemente centenarias, una dinastía dedicada exclusivamente a figurar como miembros-fantoche de directorios, fantoches de empresas matrioshkas, en beneficio de la pantalla de la operación más terrible que toda la policía francesa había soñado alguna vez con desbaratar... Y sólo encontramos la punta del iceberg. ¿Qué más hay bajo el agua?

De pronto sintió que no quería saber nada más, que no quería buscar más relaciones entre esos listados interminablemente entrelazados. Que, en alguna parte, alguien estaba apuntándole a la cabeza y había amartillado el arma. Por primera vez en su vida decidió no investigar más. Con la opresión cerrándole el pecho, borró los archivos uno tras otro y rompió los papeles que había llevado de su despacho en la Brigada, y quemó los trocitos.
Ya pensaré en algo para decirle a Odette. Ese problema quedará para mañana, o mejor, el lunes. Además, está la orden de derivar la investigación. Carajo, casi me había olvidado, con el entusiasmo de la búsqueda. En definitiva, estuve investigando de contrabando. Nadine tenía razón y Michelon me pasó la posta. Menos mal que ella iba a darle la instrucción a mi hermana. ¿Por qué las mujeres siempre me hacen estas cosas?
Mientras subía la escalera camino al dormitorio, pensó que su problema más serio era que mentía muy mal. Bien, siempre queda el recurso de la superioridad del rango. Comisario dixit.

lunes, 24 de agosto de 2009

La dama es policía - CAPÍTULO 31

PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES. JUEVES POR LA MAÑANA
El piso de la "Crim" en el Quai des Orfèvres

Los pasillos parecían poblados de fantasmas. El peso de los acontecimientos de la noche anterior era tan grande que ni los teléfonos parecían sonar con la habitual insistencia matutina. La voz se había corrido de alguna manera y el miedo se instaló cómodamente en todos los rincones del Quai. Incluso Archivos, por lo general inmune hasta la exasperación a las catástrofes humanas y naturales, había decidido, en pro del bienestar común, no molestar demasiado con sus exigencias.
Las carpetas estaban todavía allí, acechándolo desde las cajas de cartón ya medio rotas por el traqueteo y el manoseo. Un jueves de maravilla. Como los de casi toda la humanidad. Los jueves se disputan las palmas de peor día de la semana con los domingos. El lunes es un pobre imbécil que carga con las culpas del domingo, no nos engañemos. El martes, se te pasa un poco el malestar y el pronóstico mejora levemente. A veces, uno se va a jugar un partido y hasta se siente mejor. Como si la transpiración pudiera arrastrar el mal humor. El miércoles uno cree que ya remontó la semana y se atreve a levantar la cabeza y enfrentar al mundo. Los errores son reparables, la vida te da una oportunidad. El viernes, se tiene por lo menos la esperanza de irse a casa y no volver hasta el lunes. El sábado uno intenta cumplir los sueños de la semana y de la vida, y el domingo los destruye. Pero el jueves es derrota negra e interminable. La convicción de que nada cambió y, que no importa lo que uno haga, todo seguirá igual, en una vida entera de jueves.
Cristo, qué mal humor. Tengo una semana de mierda.

Nombres, nombres, nombres, órdenes de arresto, de clausura, de incautación, pedidos de captura, de averiguación de antecedentes. Una tormenta gris de papeles llenos de tierra, salpicada de llamadas telefónicas irritantes de parte de comisarios irritables, la red de comunicación que salía de servicio en horarios inesperados; las protestas de las prefecturas regionales que acataban a regañadientes lo que París les escupía por el fax. Las pequeñas miserias humanas de todos los días se estaban comportando más pobremente que de costumbre.
Mientras tomaba cansadamente otro grupo de carpetas de una caja, Marcel se quedó pensando en el hecho de que nadie, en toda la PJ, parecía demasiado feliz por lo que habían conseguido con el operativo. Carajo, un mínimo de satisfacción por el deber cumplido. ¿Por qué las omnipresentes caras de culo? ¿Simple envidia por no haberlo hecho ellos en primer lugar? ¿Por no haber tenido la amplitud de visión para imaginar algo así, y la sutil minuciosidad para concebir la estrategia adecuada? Y yo, ¿me siento orgulloso de lo que hice?
El audio de Vaireaux le decía que, al final, había fallado. Es torturante saberlo. Casi tanto como haber hecho todo lo que hice después. Por supuesto, nadie más conoce mi fracaso, a excepción de tres personas: Massarino, Odette y Michelon. Mis superiores directos y la responsable máxima de la Brigada. Debut y despedida, Dubois. Y ella me llamó 'Ranxerox'... Tiene razón. No era una broma; fue su manera de decirme que arruiné todo. Carajo, no me importaría que me echaran a la mierda si ella me perdonara.
Sacudió el escritorio de un golpe y apoyó la frente en las palmas.
—Eh, buenos días. ¿Todavía no se te despegaron las sábanas?
La cara regordeta de querubín de Meyer le sonreía desde el otro lado del escritorio mientras le robaba un Gauloise. ¿Querubín? Más bien los nueve coros angélicos. Meyer podría cargar sobre sus querúbicos hombros a los serafines, arcángeles, príncipes, dominaciones y unos cuantos más que había olvidado apenas terminó la escuela. Montones de angelitos tocando trompetas y cantando sobre las espaldas de Meyer. Sonrió ante la ridiculez de la idea.
—Casi. Buenos días— echó una mirada alrededor—. Es un decir, claro— encendió su propio cigarrillo.
—Mmm... sí —respondió Meyer con un suspiro que ocasionó un minitornado entre las hojas desparramadas sobre la mesa—. Parece que el ambiente está cada vez más pesado. Voy a buscar un café. ¿Te traigo uno?
—Te amo, Meyer.
Meyer volvió con las tacitas haciendo equilibrio y las apoyó con una delicadeza inesperada, mientras comentaba a media voz:
—Se huele el miedo por todas partes. Las ratas abandonan el barco— miró alrededor de la oficina vacía, excepto por ellos dos.
—Carajo, fue un operativo increíble. ¿Qué mierda les pasa? Nos esquivan como a leprosos...
Después de un silencio, Meyer comentó:
—Paworski tenía razón.
Marcel lo interrogó con un fruncimiento de la frente y el otro siguió.
—Están protestando en todas partes. Que no tienen efectivos, que no tienen tiempo, que damos órdenes a todo el mundo y que qué mierda nos creímos que somos. Parece que no entendieran— Meyer tomó un sorbo de café y continuó: —No es que yo entienda mucho de todo esto. Estoy empezando a enterarme.
—No hay mucho más para enterarse.
—¡Vamos! No vas a decirme que estuviste trabajando con Massarino y Marceau y que no hay nada más detrás, porque no te creo una mierda.
Se atragantó con el café.
—No te entiendo.
—Viejo, estoy en la Brigada desde un tiempito antes de que te transfirieran, y aprendí a conocerlos un poco. Son unos maníacos del trabajo que hacen. A veces parecen cirujanos, cortando un caso en pedacitos hasta el análisis más microscópico. Planificar y desarrollar este operativo les debe de haber llevado meses.
Ya lo creo. No hace falta que me expliquen. Marcel mantuvo un atento silencio. Meyer terminó el café y continuó en tono confidencial.
—Unos cuantos de aquí no les tienen mucho aprecio. Y en cuanto se sabe que uno es gente de ellos, pasa automáticamente a integrar el bando de parias del Quai.
—¿Por qué? —se sorprendió Marcel.
Meyer bajó más el tono de voz.
—Porque trabajan demasiado bien. Entre otras cosas, porque no les gustan los soplones. Un policía sin soplones es como un perro muerto, ya se sabe. Quien más, quien menos, se consigue alguno que le pase información. Alguien que de vez en cuando te permita hacer el héroe, y al que de vez en cuando le hacen la vista gorda. Comer y dejar comer.
—Vivir y dejar vivir. Son males necesarios. Son como el diploma de graduación: sin soplón no se es policía— se encogió de hombros.
No era un tema agradable dentro del Quai. Era como las venéreas: los que se las pescan prefieren no hacer mención. Por el momento, él se venía librando. Pero uno nunca sabe cuándo...
—Son como la vejez: siempre te alcanzan. Cuando se empieza a ascender, sin soplón es muy difícil trabajar. Bueno — Meyer señaló con la cabeza al cielo raso—, las cosas no se manejan así en este sector. No te critican, no te hinchan las pelotas. Cada cual hace su trabajo como puede y consigue la información de donde puede. Pero es difícil, si los jefes dan el buen ejemplo. Así que ya estás al tanto: si vas a quedarte, mejor que te pruebes el sayo de sambenito. Uno se acostumbra. Después de todo, no está tan mal. Hay quien nos llama los enfants terribles de Michelon. Y si la número uno de la Brigada te apoya, los demás tienen que meterse la cola entre las patas.
—¿Qué? —no pudo evitar una risita—. Meyer, estoy sorprendido de tu nivel de información.
—Tengo mis cousins— sonrió cómplice —.Laure Cohen, la asistente de Madame.
—No mientas, Jumbo. Cohen es una tumba.
—Frecuentamos la misma sinagoga. Laure es muy amiga de mi hermana mayor. La PJ es como una gran familia: nos odiamos todo el año y nos saludamos para Año Nuevo. A Cohen y a mí nos saludan dos veces. Rosh Hashana.
Un suboficial cruzó y murmuró un saludo ahogado. Los teléfonos internos hacían huelga de campanillas. Meyer seguía en plan de confidencias.
—A Massarino le gusta que su gente sea observadora, que se preocupe y se involucre con lo que hace. Que haga su trabajo de la forma más derecha posible. Es abogado, ¿sabías? Me lo comentó una vez. El comi no aguantó tener que defender criminales; archivó el título en un cajón y se metió en la policía. Es... raro, un tipo elegante, educado. Una vez nos pusimos a hablar de ballet. A mí me gusta, aunque no entiendo demasiado. Él sabe muchísimo. También de ópera y de literatura. Bueno, es abogado, debe de saber, qué sé yo... Pero es amable, que es mucho más de lo que se puede decir de unos cuantos comis que conozco.
Marcel se quedó callado, evaluando lo que el otro le acababa de contar. Evidentemente, Jumbo estaba contento por tener un interlocutor tan receptivo.
—Y, bueno... Marceau es así, como él. Menos amable, depende de cómo se levante o de la época del mes— levantó las cejas con ironía, y Marcel no pudo evitar una sonrisa—.Como todas las mujeres. Pero se trabaja bien con ella. Siempre está a la par de uno. No se le escapa nada y cuando está detrás de algo, mejor la matan si esperan que abandone.
Comenzó a interesarse. Meyer esbozó una sonrisa burlona ante su expresión, miró la hora y exclamó:
—Mierda. Mejor nos ponemos a trabajar.
Meyer estaba decidido a cambiar de tema. Carajo, me perdí la mejor parte. Mejor así. Prefiero no enterarme. ¿Y de qué tendría que enterarme? ¡Boludo! Lo arruiné todo y me quejo como el perro del hortelano. En cuanto termine con esta mierda voy a pedir el pase. Por lo menos voy a vivir en paz, sin que me odie el resto de la PJ. A la mierda con los ‘especiales’. Se quedó pensando en eso. ¿Meyer? ¿Con esa carita de ángel y las espaldas de estibador? ¿De qué otro modo tendría tanta información, tanta confianza con personas que raramente abrían la boca dentro de la Brigada? Más de una vez él mismo había oído comentarios desagradables sobre Michelon y sus subordinados. Ahora soy uno de ellos. Estoy en la misma bolsa. Cayó en la cuenta como un piedrazo: Jumbo me considera uno más, porque de otro modo no habría dicho una palabra. Se quedó mirando a su compañero de galeras, que estaba acomodando tranquilamente las carpetas de mierda en su escritorio. De pronto Meyer ya no le pareció un querubín excedido de peso y bonachón: estaba ahí para probarlo.
—Jumbo —susurró—. ¿Qué pasa?
El otro se volvió apenas.
—¿Qué pasa con qué?
—Conmigo.
Meyer se apoyó contra su escritorio y lo desplazó ligeramente hacia atrás, haciendo peligrar la ubicación del mobiliario de toda la oficina.
—Te estás portando como un boludo y te estoy pasando el aviso. Te eligieron. Lo mismo que a mí. No desperdicies la oportunidad. Es tu primer caso en el grupo. No es fácil; te tocó uno muy feo. Pero— señaló el cielo raso con un cabezazo—, te van a aguantar. Siempre es así. El problema con Marceau es que hace demasiado bien las cosas y le revientan las boludeces, pero a la larga, si uno aprende, te las perdona. Michelon es peor, y Massarino no es tan duro. Pero los tres hacen buen equipo y cuando uno trabaja con ellos no quiere ir a otra parte. Y los que quieren irse tienen la puerta abierta. No es fácil, muñeco, porque nos metemos con cosas que les tocan el culo a unos cuantos, y eso no gusta. Ya viste qué contentos están todos de que hayan hecho saltar a ese hijo de puta del DG— le robó otro Gauloise y lo encendió parsimoniosamente—. Pero la satisfacción del deber cumplido no te la quita nadie.
—Y la de haber encerrado a esa rata es una satisfacción muy, muy grande.
—Vamos, San Bernardo, a trabajar que faltan cincuenta carpetas.
Marcel aguantó una risita. Así que ya se enteraron
—Hoy no pasamos ningún pedido de captura a ninguna frontera. Deben de estar extrañándonos— Meyer compuso una sonrisa beatífica.
—Eso. Así nos odian en todo el territorio de la República, las ex colonias y el Canadá. Me gusta que me odien. A los grandes hombres de la Historia también los odiaron.
—Es mejor que te odien a que te desprecien. Y tampoco quiero ser despreciable. Arruinémosle la mañana al resto de la Policía Nacional.
Se rieron un buen rato de sí mismos, mientras abrían las carpetas de porquería.
Cuando miró el reloj por segunda vez en el día, eran más de las nueve de la noche.


BUENOS AIRES, JUEVES POR LA MAÑANA
El teléfono celular sonó apenas en el bolsillo interno del impermeable.
—Señor...
— José, estoy a punto de entrar en una junta de Directorio.
—Señor, hubo un problema en Lisboa. El despacho a Angola se desvió de ruta.
Imbécil. Desobedeció órdenes directas y explícitas. Juntó paciencia para preguntar.
—¿Adónde?
—París, señor.
No necesitaba la confirmación, pero quería hacer tiempo para calmarse. Ortiz continuó.
—Hicieron contacto antes de dejar Portugal. En tren.
—Ocúpese de informar el extravío y proceder con la anulación del despacho.
—¿Anulación, señor?
—Definitiva. ¿Necesita que se lo repita?
—No, señor —Ortiz sonaba moderadamente contento —.En absoluto.


Despacho de Michelon

PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES. VIERNES DESPUÉS DE MEDIODÍA
Michelon colgó el auricular mientras Marceau se sentaba del otro lado del escritorio. Se la ve cansada, pensó. Todos nos vemos cansados. Había sin embargo, una determinación en el rictus de la boca de su subordinada, que la hizo vacilar acerca de lo que tenía que decirle. No va a ser fácil. A mí tampoco me gusta, pero son órdenes directas del Elysée. Marceau suspiró, relajándose en el sillón. Le ofreció café para hacer tiempo. Y reunir el coraje ,pensó con irónico desagrado. Mierda, esto nunca me pasó. A la dama de acero le tiembla el pulso. La sonrisa le brotó tensa sin que pudiera evitarlo.
—¿Cómo... en qué etapa están con los archivos? —Marceau está extraña. Habitualmente es muy perceptiva; ya se habría dado cuenta de lo incómoda que estoy.
—Prácticamente terminamos el relevamiento. Se están verificando las últimas conexiones de nivel nacional,
Está distraída, pensó la comisario. Marceau se detuvo un segundo para beber un sorbo de café y continuó.
—Estamos trabajando tiempo completo... archivando, actualizando los registros, contrastando información... pura burocracia... —movió la cabeza—. Y todavía no lo encontramos.
—¿Más implicados? — ¿Quiénes? ¿Las estatuas del Louvre?
Prácticamente no habían quedado un ministerio o una secretaría limpios. Las ramificaciones eran monstruosas. Desde hacía menos de dos días, en alguna parte del planeta, algún funcionario, diplomático, político u hombre de negocios saltaba por los aires con el sello fatídico de la Orden del Temple metafóricamente estampado en la frente. En muchísimos casos, como los del Primer Ministro, las cosas se estaban haciendo con la máxima discreción posible porque la crisis desatada había estado a punto de quebrar gabinetes y mercados de valores. Ni siquiera habían resuelto cómo dar a conocer la traición de Nohant. El gobierno estadounidense estaba presionando, exigiendo acceso a los archivos de la Orden —corrección, ahora de la Brigada—.
Por una maldita vez la Comunidad había hecho causa común ante un suceso policial de esas características y Francia había podido mantener su posición de no permitir que agencias extranjeras se entremetieran en sus asuntos. Hasta ayer por la noche. Una puede exigir no intervencionismo en hechos de seguridad nacional, pero cuando hay dinero de las Bolsas de Valores de por medio, no hay peros que valgan. Al menos, eso se desprendía del discurso que les habían dado en el Faubourg St. Honoré para explicarles con elegancia que la Brigada ya no estaba a cargo. Bastante lógico, por otra parte, aunque injusto para los que se habían jugado la vida en el caso. Por supuesto, habría condecoraciones, ascensos y otros cuasi sobornos para endulzar la hoja del puñal. Pero estaban afuera.
Marceau apretó los dientes y la respiración se le volvió densa.
—Todavía no llegamos a él.... Quiero su cabeza en una bandeja de plata.
Michelon se recostó en su propio, magnífico sillón y preguntó:
—¿Cómo puede estar tan segura de que nos falta el Richelieu detrás del trono?
La máscara de impasibilidad de Marceau se disolvió para dejar lugar a un rostro ensombrecido por la amargura.
—El Brigadier... Me falta él.... Todo este tiempo, todos estos años buscándolo, persiguiéndolo como en una pesadilla... —levantó los ojos, y Michelon vio en ellos el brillo helado del odio—.Es a él al que quiero.
La comisario no supo qué decir. Marceau siguió hablando, mirando sin ver.
—Dejé tanto en esto... Diez, doce años obsesionada con... —le costaba decirlo —...con cobrarme la vida de Jean-Luc.
Michelon sintió una punzada de dolor y cerró los ojos un instante.
—Quería la ley del Talión... y no comprendí que estaba pagando esa obsesión con mi propia vida— Marceau tenía los ojos demasiado brillantes—. No puedo recordar... su voz... ni sus manos... ni su amor... Sé que esas cosas ocurrieron, pero no puedo aferrar los recuerdos. La única imagen que conservo es la del final, la de la degradación última de un ser humano... Y mi degradación junto con la de él.
La vio levantar la taza de café con mano temblorosa y apoyarla casi inmediatamente. El incongruente tintineo de la porcelana la sobresaltó.
—Me cegué... a todo lo que no fuera mi trabajo, rebuscando siempre entre lo que me caía entre las manos, tratando de hallar las posibles relaciones — se echó hacia atrás en el sillón y miró al cielo raso. Las lágrimas se le escapaban libremente. —Estuve tan ciega que hasta... perdí la oportunidad de estar viva otra vez... Creí que podría... y me equivoqué— su voz bajó hasta hacerse un susurro—. No me queda nada... No tengo esperanzas.. Sólo el ansia de encontrarlo... y terminar con todo.
Michelon se levantó despacio, rodeó el escritorio y, parándose delante del otro sillón, apoyó las manos en los hombros de la otra y apretó fuertemente. No tenía palabras para lo que había oído. Del escritorio tomó unos pañuelitos de papel del contenedor de plata —adoraba esos detalles femeninos— y le secó la cara con cuidado, como a un chico.
Jesús, esta mujer atravesó mis defensas. ¿Qué habrá querido decir con ‘terminar con todo’? Carajo, tengo que hablar con Massarino antes de que la hermana haga una barbaridad. Y quizá con Dubois. No, también. Y si Marceau insiste en que le falta encontrar a alguien, estoy segura de que tiene razón. Podrá estar alterada, pero ante todo es oficial de policía. De los buenos. Mierda, no nos pueden echar así como así. Tengo que hablar con Massarino. Se apoyó en su escritorio con los brazos cruzados y la vista baja.
Marceau se levantó en silencio. Había recuperado la compostura.
—Lo lamento —dijo, mirando hacia otro lado mientras se alisaba la ropa.
Siguiendo un impulso, Michelon la abrazó y la besó en la mejilla como podría haber besado a una hija.
—No hay nada que lamentar. Esto nos superó a todos. Cuanto antes termine, mejor.
Su asistente personal entró, cruzándose con Marceau que salía.
—Parece que hubieran visto un fantasma. ¿Se lo dijiste? —y se apoyó en el brazo del sillón de Michelon.
—No, querida— le tomó la mano y se la besó, distraída—. No tuve el valor. Tengo que llamar a Massarino.
—Ya lo llamo— Laure le acarició brevemente la mejilla y salió.


Seguía de un humor frágil cuando volvió a su cubículo. Dios, qué manera de terminar el día. Me llenaron el escritorio de papeles, carajo. Pura burocracia de mierda. Pateó la silla y colgó la cartera y el abrigo. Hay más formularios que espacio. Y esa estúpida de Sully, que no puede llenar ni un papelito sin consultar. Se sentó de pésimo humor. En fin. Esto es tan bueno para no pensar como cualquier otra rutina. Si los papeles son importantes, ¿para qué mierda están las computadoras? Y viceversa. Resignada ante la evidencia, encendió la pantalla. Alguien asomó la cabeza.
—Capitán, ¿le traigo un café?
Foulquie. Bendito tú eres.
—Por favor, sargento —sonrió débilmente y Foulquie le devolvió el gesto. Viejo adorable. Siempre me cambia el humor. Giró la silla hacia la pantalla otra vez. Sólo es empezar. Coraje.
La puerta se abrió otra vez a sus espaldas y dejaron la taza de café encima del escritorio.
—Gracias... —no terminó la frase. El perfume le asaltó los sentidos. Se quedó paralizada en el asiento mientras el estómago se le estrujaba.
Oyó el chasquido del picaporte al cerrarse la puerta otra vez, y las manos de Marcel la tomaron suavemente por los hombros. Casi con miedo, pensó.
—Por favor... — la voz de Marcel era un susurro—, hablemos. Sin pelear— hizo una pausa larguísima—. Nunca le supliqué a una mujer. Ni le pedí dos veces que me diera una oportunidad. Necesito... necesito explicarme... y... pedirte perdón— la angustia le hacía vacilar la voz.
Odette no se atrevió a moverse, tanto le temblaba todo el cuerpo. Sin darse cuenta levantó una mano y apretó la de él.
—Cuando esto termine —murmuró mientras él sujetaba su mano dolorosamente—. Falta poco. Necesitamos... tiempo para hablar... Estar... más calmados.
Él se inclinó y le besó apenas el pelo, sin soltarla. Ella besó la mano apoyada en la suya. Retiró la silla y Marcel la abrazó, cuando la campanilla del interno estalló en el aire. Se soltó de sus brazos y tomó el auricular con rabia.
—Marceau... ¡Voy! — Archivos y su putísimo sentido de la ocasión. El gesto de contrariedad fue tan evidente que él no pudo evitar una sonrisa esperanzada.
—Marcel...
Él giró en el vano de la puerta.
—Yo también tengo cosas que explicar.
Él soltó un beso al aire.
Dios, si no fuera tan dulce. Me hace bajar la guardia. Cuánto hace que alguien no me conmueve de esta forma. Cuánto hace que no siento algo así. Quiero mi oportunidad, si todavía estoy a tiempo. Apoyó la frente en una mano, aguantando las emociones que le anudaban la garganta. Cerró los ojos y esperó a que él se fuera para salir de la oficina.

viernes, 7 de agosto de 2009

La dama es policía - Capítulo 30


Hôtel Matignon, residencia del Primer Ministro

PARÍS, MIÉRCOLES POR LA NOCHE
—Tengo que hablar con usted. Esta noche.
— Imposible. Tengo una audiencia con el Presidente.
—¡Me importa un carajo! Arrégleselas como pueda, pero a mí me recibe primero.
La puta que lo parió. ¿Qué se cree? ¿Que puedo darle el plantón al Viejo así porque sí? El Primer Ministro se revolvió molesto en el sillón: ese boludo merecía que lo pusieran en su lugar.
—Escuche...
—No. Escúcheme usted a mí. Este desastre tiene que terminar. Como sea. No se olvide de quiénes lo pusimos donde está.
Apretó los labios con rabia. Grandísimo hijo de puta, nunca se pierde la ocasión de recordármelo, él y su puto anillito, siempre amenazándome. Las entrañas se le hicieron un nudo.
—Voy a tratar de arreglarlo... No le prometo nada.
—No sea idiota. No trate: arréglese para verme. Y no quiero que nadie por ahí sepa que estuve con usted. Después vemos qué mierda vamos a hacer con el Viejo y los demás.
Cuando colgó, el Primer Ministro llamó al secretario privado. Un buen tipo, eficiente, diplomático. Un idiota útil.
—Frayssinet, necesito postergar la audiencia con el Presidente una hora por lo menos. Tengo que resolver algo... personal. Usted me entiende.
Frayssinet sonrió comprensivo. Bien, se tragó el sapo de que voy a ver a Evelyn.
—¿Va usted, señor?
—No. Ella insistió en venir aquí. Tengo que solucionar un problemita. ¿Sería posible un poquito de discreción?
—Señor...— Frayssinet se ofendió —Yo me ocupo de que nadie quede en el piso. Como siempre.
—Gracias, Georges. Usted es un amigo. Arrégleme lo de la agenda y avíseme por teléfono.
—¿Va a entrar...?
—Por donde siempre. No se preocupe.



En los pasillos del piso no había ningún guardia. Los empleados civiles ya se habían retirado. Me hizo caso. Bien por el ministro.
El cretino estaba esperando sentado a su escritorio. Seguramente para impresionarme. Gordo fanfarrón.
—No tengo mucho tiempo. Pude postergar la audiencia una hora y media, nada más.
—No nos va a llevar mucho tiempo —sacó el arma con silenciador y le apuntó.
—¿Qué... qué hace?
—Usted es un imbécil. Le dije que había que quitar de en medio a esos policías de mierda y al prefecto Oustry.
—¡Por Dios, hice lo que me ordenaron! ¡Puse a cargo a Beaumont! ¡Después tuvimos que liquidarlo antes de que hablara! ¡Todo está yendo muy rápido! Necesito tiempo... Déjeme ver al Viejo... Puedo convencerlo... de que son ellos... los responsables...
—O de que yo soy el responsable... Iba a entregarme en bandeja de plata, ¿no?
La cara mofletuda del hombre reflejaba una desesperación sin límite. La que se siente cuando te descubrieron y no te queda alternativa. La que se tiene cuando se sabe que te van a matar.
Se acercó ominoso y empujó el sillón hacia el escritorio, apretándole el estómago abultado contra el sobre de madera y cuero. El otro jadeó, un poco por el empujón, un poco por el miedo. No era rival físico para él. Lo sorprendió, agarrándolo por los cabellos y tirándole la cabeza hacia atrás, hacia el respaldo del sillón. Con el mismo movimiento le metió el cañón de la pistola en la boca y moviéndolo ligeramente hacia arriba y hacia la derecha, disparó. El proyectil atravesó el respaldo exactamente en el lugar que había previsto al correrse a la izquierda. Con cuidado, tomó la mano del hombre y la frotó con la suya cubierta por guantes de látex quirúrgico, para adherirle la pólvora a los dedos. Zurdo de mierda. Después quitó el silenciador, acomodó los dedos sobre el arma y dejó caer el brazo desde la posición frente a la boca. Se limpió una salpicadurita de sangre de la manga, abrió el cajón central del escritorio, retiró otra pistola igual a la que había puesto en la mano del muerto, y se la guardó en la cartuchera bajo el sobaco después de ponerle el silenciador.
Salió por donde había llegado, sin que lo vieran. Caminó unas cuadras hasta su automóvil y se fue a su casa, a esperar la llamada. Porque tenían que llamarlo. Y él iba a ir. Cómo no iba a ir. Ahora estaba a cargo de todo. El Brigadier me lo confirmó. Tembló de expectación y coraje. Reflotamos la operación y yo quedo al frente. La entrepierna se le erizó excitada.



BUENOS AIRES, MIÉRCOLES POR LA TARDE
Ortiz llamó la atención del viejo con una tosecita.
—Señor...
El viejo levantó la vista de los papeles y le hizo una seña con la cabeza. Ortiz se acercó sólo entonces, separó el silloncito con un movimiento silencioso y se sentó frente al escritorio, la boca apretada en una línea de disgusto.
—Están haciendo averiguaciones sobre los propietarios de la sede de París—dejó los faxes sobre el escritorio.
El viejo se recostó contra el respaldo del sillón con los papeles entre las manos y Ortiz se quedó en silencio.
—¿Qué quiere que hagamos?— preguntó Ortiz cuando el viejo apoyó otra vez los papeles.
—Por ahora, nada. No tienen posibilidades de investigar demasiado, José. A lo sumo fueron al municipio, consiguieron información sobre el dominio, y después, ¿qué? Una sociedad anónima, una nacionalidad. Tienen que seguir buscando. ¿Por dónde empiezan? ¿Por las páginas amarillas? —se rió seco, y él lo acompañó con una sonrisa. Ese humor tan particular del tatita.
El viejo continuó.
—Esto no es Europa, ni los Estados Unidos. ¿Sabe cuánto pueden tardar? No creo que consulten a nuestra policía, con la experiencia que tuvieron hace doce años. Sacando a algunos federicos derechos, el resto no es muy confiable que digamos. Yo no confiaría, ¿y usted?
—Ya sabe que no lo hago. Ni en esos federicos derechos, como los llama usted. Igualmente me gustaría saber qué averiguan. No quisiera salir un día a la mañana y encontrármelos en la tranquera.
—Esta vez creo que la mejor estrategia es mantener el mimetismo con el paisaje— el viejo sonrió con astucia—. No estoy huyendo; no se me equivoque— lo atajó al verle el gesto de desagrado—. No se olvide de que el poder que se intuye, muchas veces espanta más que el que se ve a simple vista. ¿Qué es peor: oír el rugido del león y saber que sale a cazar, o esperar el zarpazo silencioso del tigre? Si alguna vez llegan a saber más de lo que ya saben, que es mucho, y si son tan brillantes como creo que son, van a retroceder — la mano del viejo bajo categórica sobre el brazo del sillón, acompañando las palabras.
Ortiz nunca había dudado de la sabiduría del tatita, porque, entre otras cosas, nunca le había mentido ni le había ocultado nada. Pero la espinita en el costado le molestaba, así que decidió insistir. No sea cosa que por una vez se nos equivoque el viejo y...
—Señor, perdone que insista pero... ¿y si de cualquier forma llegan a saber algo más? ¿Algo que no deben?
El viejo lo miró con expresión severa.
—En ese caso, veremos.
Respiró más tranquilo. Por supuesto, la decisión final es de él, eso no se discute, pero tengo la aprobación. Si llegan a meterse demasiado en donde no deben, traslado.


PARÍS, MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Durante la cena, Michelon intercambió con Laure los chismeríos del día. Cuando le contó lo de Sully, Laure comentó divertida:
—¡Madame la Veuve ataca de nuevo! ¡Se ve que estuvo afilando la hoja durante bastante tiempo! ¿Hasta dónde rodó la cabeza de Sully?
Se rieron a carcajadas, tanto que medio restaurante se volvió a mirarlas.
—Pobre chica, no para de hacer malas elecciones— dijo Laure con un suspiro, después de beber un sorbo de vino blanco..
—Sí, y la primera fue ingresar en la policía.
—No me refería a eso. Por lo que yo sé...
—Que siempre es mucho más que lo que yo sé ... —la acusó Michelon, medio en broma.
—Por lo que sé —Laure frunció la nariz—, estaba decidida a pescar a Dubois.
—¡Ajá!
—Y las cosas no venían tan mal encaminadas, hasta que lo asignaron al caso con Marceau... —Laure le echó una miradita cómplice.
Michelon sonrió gatunamente, sin responder.
—Claudette, me estás ocultando algo... —Laure entrecerró los ojos.
—¡Vamos! No se puede ocultar lo inocultable...
—No me refiero al teniente. Los hombres no suelen ser muy sutiles a la hora de enmascarar emociones. El asunto es:¿cómo es que ella todavía no se lo sacudió de encima?
—Bien... no puedo decir que no lo haya sacudido... —le contó lo de las carpetas y la revista de historietas. Laure no paraba de reírse—. Estaba que echaba humo por las benditas carpetas, pero terminó admitiendo que ella tenía razón.
Laure cerró el puño derecho e inclinó el pulgar hacia abajo.
—Que Sully se olvide del teniente.... ¿Y ella, qué?
Madame se quedó pensativa, con la copa de vino en la mano.
—Algo le pasa también. Tuvo algunas reacciones... las de hoy, por ejemplo. Estoy segura de que si Dubois no hubiera estado allí con nosotros, el baldazo de vitriolo de la cabo le hubiera resbalado como de costumbre. Estaba indignada. Eso, dentro de lo que habitualmente deja traslucir.
—Estás muy observadora... —comentó Laure en tono neutro.
—No estarás celosa... —la reprendió con la mirada. La otra hizo un mohín gracioso. —Es parte de mi trabajo, querida. Observar a mi gente, evaluarla, conocerla a fondo. Saber en quién se puede confiar, en cualquier circunstancia.
—Separar la paja del trigo...
—Nunca mejor dicho.

Estaban entrando a su casa cuando el teléfono comenzó a sonar. Laure le hizo señas: Respetemos las convenciones. Cada una responde a las llamadas en su propia casa, así no herimos las suscep-tibilidades de nadie. Sin quitarse el tapado levantó el auricular.
—¡Claudette!
—¡Raoul! — Jesús, y ahora qué. Oustry llamando a estas horas de la noche. No creo que sea para hacer relaciones públicas...
—Te llamé a la oficina.
—Salí a comer...
—Esto que está pasando... ¿también se lo debemos a tus “especiales”?
Michelon tragó saliva y el prefecto siguió hablando.
—Se están metiendo con demasiada gente, querida.
—Raoul, esto es mucho, mucho más grande de lo que nunca imaginamos, y sí, es mi gente y estoy orgullosa de ellos. Y te recuerdo que somos todos "tu" gente.
—Ya lo sé, no me olvido —contemporizó Oustry—. Me llamó mi Número Uno. Están tratando de localizar también a Nohant, para una reunión de urgencia.
—Voy para tu casa —respondió Michelon, cerrando los ojos.
—Por favor —dijo el otro, y colgó.
Laure la miró a medias intrigada.
—Ya empezaron a golpear la puerta— suspiró pesadamente y salió.


El prefecto en persona le abrió la puerta. Subieron al estudio y él le ofreció algo de beber.
—Coñac... —lo voy a necesitar.
Oustry sirvió dos copas generosamente. Bebieron un par de tragos en silencio y luego lo puso al tanto de las últimas novedades, mientras Oustry asentía y le pedía detalles a medida que ella hablaba.
—Claudette, ¿por qué no diste parte al resto de las divisiones?
—Todo fue muy rápido. Casi no tuvimos tiempo más que para reaccionar ante lo que encontrábamos...
—¡Qué velocidad de reacción, querida!
Se rió sin ganas.
—Para colmo, lo de Inteligencia fue... tan inesperado.
El prefecto asintió con un gesto de disgusto.
—¡Beaumont! ¡Qué increíble! Pensar que se ofreció a arreglar la agenda del Presidente para que te recibiera las dos veces.
—Estaba más que interesado en saber qué pasaba.
—Y los teníamos con un pie adentro, gracias al acuerdo de colaboración que había firmado Nohant —comentó el prefecto mientras tomaba un sorbito de coñac.
Cierto. Nohant. Una alarma se le disparó en el cerebro. No le gustaba Nohant, como no le gustaban los políticos y los funcionarios en general. Cuando se creó el cargo de Director General de la Policía Nacional, habían esperado que lo ocupara un oficial de carrera, un hombre como Oustry. Habría sido el corolario ideal para la carrera del viejo prefecto de París. El Ministerio del Interior había designado a uno de sus funcionarios civiles en el cargo. Un “policía de escritorio”, como lo llamaban algunos. Nohant había hecho carrera en el Ministerio con una habilidad poco menos que maquiavélica. Un administrador fabuloso, eso era innegable. Era brillante, había que reconocérselo, y con una cintura política admirable.
Oustry siguió hablando.
—Tenían todo preparado —Michelon lo miró fijamente. —Yo también puedo moverme rápido—el prefecto sonrió sin alegría—. Te sacaban de en medio junto con el Viejo, y a mí detrás. No era el plan original, pero cuando lo pusiste al tanto, eso precipitó las cosas. El Primer Ministro se hacía cargo temporariamente. Proponían a su gente para nuestros puestos y con eso dejaban a los tuyos... perdón, a los nuestros... fuera de combate. Iba a ser un juego de niños manejar la situación.
—No vayas a creer... — lo miró con ironía.
—No... Viendo lo que hicieron, no habría sido fácil quitarlos de en medio.
El teléfono los interrumpió, sobresaltándolos. Oustry la miró mientras respondía que estaban juntos y que ya salían.
—El Elysée — dijo cuando colgaba.
—¿El Viejo?
Oustry asintió.
—El Primer Ministro acaba de suicidarse. Nos van a apretar las tuercas, querida. Vámonos.
— Antes, una llamada. Ya aprendí la lección.
El prefecto la miró intrigado.


Habían estado haciendo el amor durante más de una hora y tenían toda la intención de atacar el segundo movimiento, cuando el teléfono interrumpió la partitura. Auguste bufó y Nadine lo besó suavemente, haciéndole señas para que levantara el auricular.
—Que se vayan a la mierda— la abrazó otra vez—. Hace una semana que no te...
—Amor... — Nadine lo interrumpió.
Tiene razón. Levantó el auricular con rabia.
—¡Massarino! — ladró.
Era Michelon. Resignado, se sentó en la cama para hablar más cómodo, mientras Nadine le acariciaba el estómago. Se vistió a la carrera y antes de salir abrazó y besó a su mujer.
—No te duermas. Pienso volver lo más pronto posible.
—No tenía ninguna intención de dormir. —Le devolvió el beso.
Desde su auto, Massarino llamó a la Brigada.
—¿Quiénes están ahí ahora?
—Meyer y Dubois, señor— le informó el oficial de guardia.
Cierto. Todavía están revisando los montones de expedientes secuestrados.
—Que se reúnan conmigo en el Palais d’Elysée en quince minutos. Voy a buscar a Michelon y al prefecto Oustry.
—Sí, señor.
Mejor ir prevenidos.


PARÍS, PALAIS D'ELYSÉE. MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Cuando Michelon, Oustry y Auguste llegaron al Elysée, Meyer y Dubois los esperaban con caras de preocupación.
—¿No exageró un poco, comisario? —preguntó Oustry, sorprendido.
—Espero que sí, señor —le respondió Auguste con aprensión.
Los tres escoltaron a Madame junto al prefecto hasta el segundo piso, y se quedaron esperando en el corredor silencioso. El personal habitual de seguridad había sido reemplazado por los hombres del SSMI. Algunos eran conocidos de Auguste y lo saludaron sorprendidos.
—Comisario —lo llamó Oustry—. El director general Nohant todavía no llegó. Si uno de sus hombres es tan gentil de esperarlo abajo y acompañarlo hasta aquí...
Auguste le ordenó a Meyer que esperara a Nohant. Es una buena ocasión para charlar con Dubois a solas.
—¿Cómo va lo de las carpetas? —le preguntó para iniciar la conversación.
—Hasta ahora, Gendarmería detuvo a veinticinco de los fichados, en las fronteras con España y Alemania. Nosotros encontramos a diez más, tratando de abandonar París. Informamos a Interpol de... — hizo una pausa—: cincuenta y tres casos de pedido internacional de captura...
En ese momento vieron que Nohant se acercaba por el corredor. Cuando el recién llegado los vio, se apresuró a sacarse algo de la mano izquierda, sin quitarles los ojos de encima. Mientras pasaba entre Dubois y él, durante una décima escasa de segundo lo paralizó con una mirada inconfundible.
Dubois reaccionó medio instante después de que Nohant hubo entrado. Con el entrecejo fruncido en un gesto de alarma, le dijo en voz baja a Auguste:
—Está armado.
Se miraron y juntos atacaron la puerta, empujándola para evitar que corrieran la traba interior.



—¡Massarino! ¿Se volvió loco? —Oustry y los demás, salvo Michelon, los miraron con ojos desorbitados mientras el comisario esposaba a Nohant y Dubois lo desarmaba. Sin dejar de apuntarle, Auguste le metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón y le tendió a Michelon lo que había encontrado.
La comisario giró el anillo para ver el sello y se cubrió la boca en un gesto de disgusto, pero sin sorpresa.
—¿Cómo lo supo?
—Lo vi quitárselo antes de entrar. Dubois le vio el arma.
—Es el mismo que llevaban Jacques y Prévost— el teniente mordió las palabras.
Nohant los miró a todos con el desprecio y el odio pintados en los ojos. Recuperó la compostura y con una mueca desagradable le dijo a Michelon:
—Su gente es brillante, comisario. Deberíamos haberles ofrecido estar de nuestro lado.
—Que yo recuerde, no hay mujeres en la Orden —respondió fríamente Michelon—. No creo que hubiéramos aceptado. Tenemos un pleito muy antiguo con ustedes.
Auguste cerró los ojos para contenerse y les ordenó a Meyer y a Dubois que se lo llevaran.
—¿Quiere que me quede, Madame?
—Por favor... —Michelon comenzó a hablar, cuando el ministro del Interior los interrumpió.
—Creo que es mejor que se quede aquí, con nosotros.
Oustry estudió el anillo. Tenía un diseño curioso en el sello: dos caballeros medievales, montados uno detrás del otro, a la grupa de un solo caballo.
Auguste salió a llamar a Nadine para avisarle que no lo esperara.
—Te amo, pelirroja.
—No creas que te vas a salvar cuando vuelvas. Te amo.


En el despacho, las caras eran más que fúnebres. Al Presidente lo acompañaban el ministro del Interior y el de Relaciones Exteriores. Sin edecanes ni secretarios. El ministro del Interior dijo en tono apenado y sombrío:
—Señor, mi renuncia está a su disposición.
—Cállese la boca. Nadie quiere su renuncia —rezongó el Viejo—. Entre los culpables que se suicidan o van camino al calabozo, y los inocentes que renuncian, me voy a quedar sin Gabinete, en medio de la anarquía. Cerremos filas y déjese de estupideces.
Los anteojos le recorrieron el largo dorso de la nariz. Los miró por encima del marco de oro, mientras se repantigaba en el sillón enorme, cruzando las manos sobre el estómago.
—Madame, señores, en las últimas dos horas hablé con Washington cinco veces.
Cuatro pares de ojos la miraron expectantes. Michelon apretó los labios. Hora de dar explicaciones. Menos mal que traje apoyo logístico.



Marcel entró en su departamento pasadas las dos de la madrugada. Un día terrible. Primero Hamad; después Michelon y Massarino que casi me suspenden, y para rematar, el chistecito de Nohant. Hijo de puta traidor. Por un pelo no nos decapitó a todos. Dios, quiero que esto termine de una puta vez. Estoy tan nervioso que si se meto en la cama no voy a poder dormir.
Al entrar había tirado la revista de historietas y el CD sobre la mesita al costado del sofá. No sería mala idea... ¿o sí? Ver el contenido del CD lo repelía y atraía al mismo tiempo. Se desnudó y en ropa interior y con una lata de cerveza, se recostó en el sofá a hojear la revista. Se rió de sí mismo a su pesar. Ella tiene una forma tan especial de hacer bromas... No pierdas las esperanzas, viejo. Si está de humor para lanzarte indirectas después de que casi le rompiste las costillas, no te está yendo tan mal. Cristo, si pudiera estar a solas con ella, hablar, explicarle, hacerle el amor...
De pronto, el aire ya no le pasó por la garganta. Hicimos el amor acá, sobre esta alfombra, en mi cama. ¿Cómo pude creer que mentía? Yo interpuse mis ‘otros’ imaginarios. ¿Nunca vas a dejarme en paz, papá? ¿Nunca voy a poder confiar en ninguna mujer? Si alguna vez hubo otro, cuando estuvo conmigo ya no había nadie más. Era mía. No existía ninguna otra persona entre los dos. No quiero perderla. No puedo. No quiero.
Se levantó para ir a acostarse, cuando vio de nuevo el CD. Sin pensarlo dos veces, se sentó delante de la pantalla, encendió el equipo y lo cargó. Tecleó la contraseña con dedos como de madera.
Un “audio” de Vaireaux. Se obligó a seguir mirando. Hijos de puta. Por primera vez tomó conciencia de que la escena que veía era real. Los protagonistas eran atrozmente reales. Cada vez que había sido obligado a ver uno de esos audios había logrado mantener la cordura imponiéndose la idea de que lo que presenciaba era una ficción. Se vio a sí mismo arrancar la venda negra de la cara de la mujer, mientras Jacques repetía la orden. Su mano sostenía el rostro bañado en lágrimas. Leyó su propio nombre en los labios de ella y la vio cerrar los ojos por la desesperación y el dolor.
Apagó el equipo de un manotazo y se fue a la cama, recorriendo el camino de memoria, porque no podía ver por dónde iba.


Eran más de las cuatro de la mañana cuando llegó a su casa. Se desvistió en silencio y cuando se metió en la cama, Nadine se volvió para preguntarle qué había pasado.
—Creí que dormías.
—Sí, pero entró una manada de elefantes y me despertó.
—¡No hice ruido!
Su mujer le tapó la boca con un beso. Mientras se acomodaban en la cama, le resumió los hechos.
—Estamos afuera...
—Y te molesta.
—¿Te parece que no? ¡Casi dejamos el pellejo en esto!
—Me gusta dónde está tu pellejo. Me alegro de que ya no estén en este caso de mierda.
Massarino miró sorprendido.
—Es la primera vez que te preocupa tanto una investigación.
—Es la primera vez que toda mi familia se juega el cuello — y sin detenerse, preguntó: —¿Odette ya lo sabe?
—No, todavía no. Michelon me prometió que se encargaría de hablar con ella.
—Y le creíste...
—No tengo por qué no hacerlo.
Nadine movió la cabeza con incredulidad y se arrebujó entre las sábanas, pegada a él. Mientras lo acariciaba, susurró:
—Tenemos un asunto pendiente, héroe.