POLICIAL ARGENTINO

viernes, 3 de septiembre de 2010

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 9

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES, DOS DÍAS DESPUÉS




El Nene Rimbaud tenía una mirada de alarma que no condecía con la expresión sobradora con la que había cruzado la entrada al Quai. Las salas de interrogatorio de la PJ continúan surtiendo efecto en los alcahuetes, pensó Jumbo del otro lado de la mesa, mientras desplomaba su humanidad contra la pared.
— ¿Cuándo trajiste a la chica? ¿Cuánto hace que la sacaste a trabajar?
— No sé de qué me habla.
— La que encontramos hace dos noches en el XIIº. Una ilegal sin identificación.
— No sé nada de ninguna asesinada.
— ¿Y quién te dijo que la asesinaron?
El macró retorció los labios en un gesto grotesco pero no abrió la boca.
— Aclaremos algo ahora, Rimbaud. No te estamos investigando... todavía. No me ocupo de proxenetas. Quiero saber quién fue el desgraciado que le hizo eso a tu pupila y en el ambiente te conocen por tu clientela refinada. Nos hacemos la vida mutuamente fácil y me olvido que estoy delante de una basura y te dejo ir tranquilito de vuelta a casa. Si se te ocurre hacerte el vivo, vas a dar de culo al calabozo y a tus amigos no les va a ser muy fácil sacarte rápido porque el primer sospechoso es el alcahuete.
— ¿Puedo fumar?
Le ofreció un Gauloise. Después de encenderlo y pitar dos o tres veces, Rimbaud respondió.
— Tengo clientes fijos y clientes ocasionales. A los ocasionales me los recomiendan los otros y no siempre vuelven a llamar, así que... no los registro. Anoche llamó uno. A eso de las once. Quería una chica, cualquiera. Estaba esta pobrecita y se la mandé. Eso es todo lo que puedo decirle.
— ¿No le pediste el domicilio?
— Un hotel— contestó mientras fumaba sin mirarlo.
— ¿La dirección?
Sin mirarlo todavía, tomó otro del paquete y lo encendió.
— Le pasé el llamado a ella, ella arregló.
— La chica estaba vestida con ropa bastante cara.
— ¿Le gusta el SM, capitán? — se burló el Nene.
— No abuses de tu suerte, cretino.
— Digo... como sabe que es cara... Se la habrá dado el cliente. Salió vestida como de costumbre.
— ¿Y los... complementos?
— Las chicas a veces compran cositas para divertirse y entretener a la clientela.
— ¿Con quién estabas anoche?
— Con una de mis chicas.
Ante la mirada interrogadora de Jumbo, el Nene aclaró:
— Con la Turca Anouk. Anoche no salió a trabajar. Está con el período.
— Quiero hablar con ella.
— Cuando quiera.
Meyer se levantó conteniendo las ganas de partirle la jeta de un derechazo.
— Dame los datos de la "Turca". Y no se te ocurra desaparecer porque tu culo va a valer menos que un gramo de mierda.
                                                       Los pasillos del 3º piso del Quai
                                                                           ****

Jumbo se desplomó en uno de los silloncitos ante el escritorio de Marceau.
— El hijo de puta mintió tan abiertamente que me dieron ganas de matarlo.
Le pasó la transcripción del interrogatorio y ella lo leyó a toda velocidad.
— Debe estar muy asustado: dijo un montón de incongruencias y metió la pata un par de veces —, comentó él cuando ella dejó los papeles sobre el escritorio—. Para empezar, mintió con la hora: a las once la chica ya estaba muerta.
 "Es todo lo que puedo decirle" — ella golpeó la hoja con un dedito — ¿Por qué? ¿Si dice algo más, caput?
— Y sabía lo de la ropa. Si la vio salir vestida de "civil", cómo sabe que tenía puesta ropa de cuero SM?
— ¿Y los "complementos"? Qué delicadeza, Meyer.
— En una de esas no miente en eso.
—Es posible. Nuestro Rimbaud tiene clientes y padrinos pesados. Los padrinos, ya sabemos — Marceau torció la boca con disgusto— ¿Los clientes? Éste está protegiendo a alguien muy gordo si mintió tan alevosamente. Y está muy asustado justamente por eso.
— Voy a citar a esa Turca.

                                                                ****
                                                         Anouk- Sulamit Chenayeb
— No entiendo por qué no me dejan ir...— la mujer estaba muy nerviosa.
— Quiero hacerle unas preguntas sobre su compañera— Jumbo empezó a juntar paciencia.
— Oiga, no tengo una puta mierda más que decirle y mientras estoy acá adentro, pierdo plata, ¿entiende? Yo trabajo en forma independiente — le escupió sarcástica—. El Estado no me paga el sueldo como a Uds. los canas. Yo no me puedo adherir a ningún paro porque no como.
La miró sin hablar: la mujer estaba tratando de parecer más vulgar de lo que era. Ella se quedó en silencio, mirándose las manos. A primer golpe de vista, el parecido era notable. Un poco más alta, pensó Jumbo mientras le miraba las muñecas. Contextura un poco más fuerte.
— Por favor, póngase de pie, vaya hasta la pared y vuelva.
— ¿Qué, quiere que desfile? ¿O está pensando en hacer uso del servicio? — lo desafió.
— No pienso usar nada de Ud. Qué carácter de mierda.
Ella se encogió de hombros desdeñosa.
— Por favor — insistió Meyer e hizo un ademán con la mano.
La mujer se levantó con renuencia y caminó como le había pedido. Buena cintura, buenas piernas, tobillos finos. Con un poco de cuidado, podría ser una puta con clase.
—¿Me puedo sentar? — le interrumpió el hilo de los pensamientos y él asintió. La sensación de incomodidad no lo abandonaba. Carajo, no es posible.
— ¿cuánto hace que trabaja para Rimbaud?
— Cuatro años.
— O sea que le conoce bastantes chicas... — ella asintió sin mirarlo — Y bastantes clientes.— La mujer curvó la boca hacia abajo y encogió los hombros. — ¿Tomo eso por un "sí"?
Ella volvió a levantar un hombro.
— ¿Tiene clientes habituales?— preguntó sentándose frente a ella.
— Algunos.
— ¿Suele pasarle sus habituales a otras?
— No. Cuando una tiene fijos es mejor, te dan propinas y el Nene ni las huele.
— ¿Ivanka tenía fijos?
— Todavía no: era muy nueva — la mujer apretó los labios para contener las lágrimas—. Tenía dieciocho... eso dijo, qué se yo. A mí me parece que era más joven.
— La noche en que la mataron...
— ¡Ya se lo dije!— estalló— Llamó un ocasional, yo no me sentía bien y le pedí que me reemplazara! — hacía esfuerzos por no llorar.
— ¿Este... ocasional, dio alguna especificación acerca de tipos físicos?
— No tengo idea — Anouk casi saltó sobre su pregunta. Demasiado rápido.
— Y como Ivanka estaba libre le tocó en suerte ir.
— Más o menos...— vaciló—. Sí, qué se yo. Hay tipos a los que da lo mismo. Otros son más... hinchapelotas. Que el pelo, los ojos, las tetas y toda la mierda esa.
— "Toda la mierda esa" no me parece una expresión feliz: se trata de Ud— dijo Meyer y la mujer lo miró con los ojos muy abiertos. Casi se veía bonita debajo del maquillaje excesivo. Otra vez la punzada de aviso en el estómago: mejor le hago caso, no pierdo nada.
— Quiero que vea a alguien — dijo mientras se levantaba de la mesa.
— ¿Qué, identi-kits, las fotitos, qué?
— Nada de eso — la tranquilizó —, es una persona. Una mujer.
— No me traiga asistentes sociales, ¿eh? Se las puede meter en el culo.
— Por más vulgar y grosera que se ponga no me va a impresionar— Meyer levantó el teléfono y llamó delante de ella.
La mujer estaba distraída y cabizbaja cuando Marceau entró sin golpear. La sorpresa se abrió paso en los ojos de la comisario, que por unas décimas de segundo se quedó congelada junto a la puerta. La otra levantó la cabeza y se quedó rígida, con la boca abierta.
Jumbo se acercó a Marceau y la puso rápidamente al tanto del interrogatorio. Marceau asintió sin despegar los ojos de la mujer, que a todas luces estaba sumamente incómoda: el capitán hubiera jurado que la tipa se mordía la lengua para no hablar.
Marceau se sentó plácidamente frente a la otra y comenzó su rueda de preguntas.
— ¿Cómo se llama?
— Ya se lo dije a él — resopló la mujer —. Anouk.
— No, el nom-de-guérre  no. Su nombre.
— Sulamit Chenayeb.
— ¿Es judía?
— Mis abuelos y mi madre eran turcos sefardíes. Mi padre, no sé...ni me importa... — hizo un gesto de resignación—. Llevo el nombre de mi abuela aunque prefiero que me llamen Anouk. Estoy más acostumbrada— se pasó el dorso de la mano por la nariz — ¿Y Ud.? — la señaló con el mentón.
— Odette. Nombre real. Ya estoy acostumbrada.
— El nombre es francés pero Ud. no es muy francesa que digamos.
— Es muy observadora — la comisario sonrió con suavidad.
— Con mi trabajo se aprende rápido — Anouk hizo una pausa, la miró un instante y desvió la vista —. parece del Sur de Italia.
— Podría ser de la Provenza.
— ¿Con esos ojos? ¡Vamos! — levantó un hombro —. Con el Nene apostamos a ver si adivino de dónde son las nuevas y siempre gano yo. Ivanka decía que era húngara pero yo la calé. Húngara las pelotas: albanesa— sonrió un instante y al siguiente los ojos se le pusieron vidriosos.
Jumbo aprovechó que estaban juntas para evaluar mejor las fisonomías. Marceau tenía la nariz y el mentón algo más finos, las cejas como alas de cuervo, las mejillas más ovaladas. Dientes perfectos y del color del marfil nuevo; un maquillaje cuidadoso destacaba la boca algo pequeña pero llena. Las cejas de Anouk-Sulamit eran más gruesas, la cara apenas más ancha en los maxilares; llevaba la boca sensual maquillada con descaro y sus dientes eran ligeramente desparejos pero blanquísimos. Una parece el original de porcelana y la otra la copia en arcilla. Ambas tenían el cutis blanco y los ojos profundos y oscuros, ojos de terciopelo. Los de Anouk casi negros; los de la comisario, muy cafés.
— Anouk — la voz de la comisario interrumpió su observación subrepticia — ¿Qué es lo que la inquieta de nuestro parecido?
— No estoy inquieta.
—Miente — Marceau afirmó con sequedad y la tipa casi saltó de la silla—. Escuche, quiero esclarecer el asesinato de su amiga. Estamos en una vía muerta, el cadáver no tenía nada que permita identificar al asesino. Lo único que tenemos es el llamado que alguien hizo a Rimbaud para pedir una chica — hizo una pausa —. ¿Se da cuenta que podría haber sido Ud.?
La mujer palideció.
— ¡No...! — barbotó a boca de jarro pero contuvo la lengua—. No. Yo sé cuidarme. Ivanka era demasiado nueva.
— No creo que pudiera “cuidarse” de un hombre que golpea de esa forma. Por el ángulo de incidencia y las marcas en el cuerpo, el forense supone que se trata de un hombre de unos noventa y cinco a cien kilos y de alrededor de un metro con noventa de estatura. Ninguna mujer tendría defensa frente a un individuo de esas características.
La tipa los miró a los dos.
— Es... es cuestión de experiencia— musitó Anouk al tiempo que desviaba la mirada.
— Experiencia...¿en qué?— la comisario endureció la voz— ¿En esquivar los golpes o en convencer al tipo de no hacerlo? ¿Sabe que a su amiga la mataron a golpes? ¿El capitán Meyer le leyó el resultado de la autopsia? Maxilar fracturado, concusiones varias, tres costillas rotas, pulmón derecho perforado, estallido de bazo...
La mujer estaba visiblemente conmovida.
— Hábleme de sus clientes — Marceau insistió—. Sin nombres, si lo prefiere. Después de todo, no está arrestada ni es sospechosa, por lo tanto nada de lo que diga puede perjudicarla.
— Uds. los canas siempre dicen lo mismo y después terminamos acuchilladas en un callejon — retrucó Anouk, mirándolos con rencor.
— La mayoría de las veces es cierto — admitió Meyer—, pero de verdad no estamos grabando, esto no es una declaración, no la citamos como testigo de nada...— todavía, omitió agregar y se sintió culpable por mentirle a una prostituta.
Anouk negó con la cabeza mientras hablaba.
— Nunca sabemos cómo se llaman o qué hacen. Es la condición del Nene para que trabajemos con él: si queremos seguir en el negocio, tenemos que ser sordas y a veces, ciegas. El Nene es muy riguroso en eso. Una de las chicas nuevas una vez comentó que se estaba trabajando a un político. El Nene se enteró y se puso como loco: le dijo que ni se le ocurriera volver a mencionar el asunto y le dio un par de tortazos para volverla más juiciosa. Igual, después de dos semanas, la chica dejó de trabajar.
— ¿Tiene los datos de esa chica? — arriesgó Meyer.
— No entendió, jefe. La chica ya no trabaja. No está más en la calle. Out — Anouk chasqueó los dedos con una miradita significativa —. A las chismosas les va mal con el Nene.
— ¿Y adónde fue a parar?
— No sé ni me importa, jefe — Anouk lo miró con ferocidad—. Tengo familia a cargo. Quiero que mi hijo tenga una vida digna. Ya junté mi buena mosca, cuatro o cinco años más y me salgo de esta mierda. Además— bajó la voz—, no voy a tener edad para aguantar.
— ¿Qué edad tiene ?
— Veintitrés...
La sorpresa lo dejó mudo: la mujer parecía mayor. Qué vida de mierda deben llevar estas pobres tipas.
— ¿Aguantar qué? — intervino Marceau.
— Los tipos... se ponen violentos — Anouk tragó saliva —. Algunos hacen cosas raras.
Carajo, que una puta te diga que los clientes hacen cosas raras, pensó Jumbo.
— ¿Muchos de sus clientes la golpean? — Marceau lanzó un tiro por elevación.
— Golpear no, yo qué sé... A veces... A algunos les gusta... un revés de vez en cuando, un azote en el culo. Otros, bueno, otros se ponen pesados...pero yo puedo manejarlos. Siempre hago lo que me piden, es mejor.
— ¿Qué le piden? — la comisario preguntaba inocente como una colegiala.
— Lo usual... La boca, el culo. Grita. “De rodillas, puta”. No tengo nombre, soy nada más que “puta”— continuó Anouk con amargura —. “La boca bien abierta, arrastrada”. Tengo que ser muy agradecida. Tengo que darle... darles las gracias— el resentimiento la estaba haciendo hablar de más y la tipa se dio cuenta de que estaba metiendo la pata.
— Esa chica, la de la paliza...¿Recuerda su nombre? — la voz se oía cándida y amable pero alguien que conociera a Marceau sabría que la plácida esfinge estaba a punto de saltar sobre la presa.
— El nom-de-guerre— la tipa alardeó y la comisario recibió la finta con una sonrisita irónica— Nadia. Pss, no sé qué mierda les da a todas por hacerse las rusas. Bueno, ésta era rusa de verdad o ucraniana, algo así, pero no se llamaba Nadia. Creo que era Galina, pero el Nene dice que los clientes prefieren nombres más cortos así que...— dejó la frase sin terminar.
— ¿Qué edad tenía?
— Mmm, no era tan joven como Ivanka. Veinticinco, más o menos.
— ¿Qué tipo físico tenía Nadia?
— Pelo oscuro, buen par de tetas — Anouk se encogió de hombros—. Un poco más alta que yo.
La expresión de la comisario se volvió indescifrable.
— ¿Nadia volvió a mencionar a ese cliente?
— El Nene la hubiera cagado a palos— aclaró Anouk con serena convicción.
— Bueno — intervino Meyer —, a veces los macrós amenazan pero...
— Usted no conoce al Nene: es un nazi. Hay que hacer lo que él dice.
— ¿Fue el Nene quien les avisó que Nadia no volvería? — insistió Marceau.
— No...— Anouk se encogió de hombros—. Un día nos dimos cuenta de que no venía.
—¿Cuánto hace de eso?
— No me acuerdo... unos tres meses... Qué se yo — Anouk curvó la boca hacia abajo: el asunto ya no valía la pena.
Marceau se puso de pie y le hizo señas para que salieran.
— Dejémosla ir. Cuando corroboremos algunos datos más, volvemos a llamarla y prefiero contar con su buena voluntad hacia los flics que la trataron bien la primera vez.
— De acuerdo — Jumbo aceptó.
Marceau se marchó a buen paso. Algo de la declaración de Anouk la puso en guardia; me gustaría saber qué, pensó Jumbo mientras volvía a entrar.
— Anouk, puede irse— se levantó e hizo un gesto invitándola a salir.
— Para Ud. es muy fácil. En cuanto sepan que estuve acá adentro y me largaron así como así, valgo menos que la mierda.
— Eso tiene arreglo: llame a Rimbaud para que la venga a buscar. Dígale que quieren dejarla detenida. Anouk lo miró asustada y él la tranquilizó.
— No es verdad pero quiero hacerlo creíble. Así esa escoria de Rimbaud no se ensaña con Ud. Dígale lo que más le guste: que le pegamos, que la apretamos. Llore un poco.
Ella se rio por primera vez.
— Siempre quise ser actriz — y levantó el teléfono.

                                                                         ****
                                                               El Nene Rimbaud
— Meyer, nos está jodiendo demasiado, a mí y a mis chicas.
— Te las voy a encanar una por una y después te meto de culo en el calabozo por proxenetismo, cucaracha.
— Las chicas son independientes y yo me encargo de cuidarlas. Soy su guardaespaldas.
— Salgan de una buena vez, antes que los encierre a los dos por obstaculizar el tránsito.
— Vamos, muñeca — el Nene le dio una palmada en el culo a Anouk y la abrazó mientras bajaban las escaleras —. Te portaste bien, Turquita, ese Meyer estaba muy caliente.
— Le dije lo que me dijiste y entonces llamó a una tipa. Seguro que era una asistente social porque no lo dejó apretarme más y me trató bien.
— ¿Viste que para algo sirven esas boludas?— la estrujó contra él y le besó la mejilla—. Vamos a casa y desayunamos en la cama juntos.
Rimbaud estaba preocupado. Al comi se le está yendo demasiado la mano, no quiero que me arruine o me mate a otra más. Mejor lo llamo a Etchegoyen: él sabrá qué hacer.

domingo, 8 de agosto de 2010

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 8


San Isidro, provincia de Buenos Aires. Segunda semana de mayo

— Con vos quiero hablar.
Aunque el tono de Ofelia no admitía réplica, a José le hizo gracia. Es la única persona que se atreve a hablarme de esa forma, y a quien yo se lo aguanto. Toda una vida bajo la mirada vigilante y atenta de la Ofelia, tanto que uno a veces se olvidaba que había sido nada más que un ama de leche para él y para el nieto. Con el correr de los años, Ofelia se había convertido en una institución en la estancia. La correntina manejaba con mano segura el puesto de ama de llaves que , solita, se había ganado de puro intervencionista. Cuando la conducción del casco quedó acéfala a la muerte de Aurora, aragonesa austera, eterna y seca, Ofelia tomó el poder silenciosamente. 
Cuando las demás — y ellos — se dieron cuenta, Ofelia mandaba cuándo se lavaban las sábanas, cuándo se hacía la limpieza general; cuándo se lustraba la platería y se ventilaban los cuartos cerrados y las alfombras; qué se comía y a qué hora.
Como para el tatita esas habían sido siempre cosas de mujeres, la dejó hacer. “No me toque los papeles del escritorio y no me entre si yo no mando”. Y como la palabra del tatita era sagrada para Ofelia, defendió el estudio con su propia vida, aún de las hijas que, cada vez más de vez en cuando, se acercaban a la estancia a cumplir con la ceremonia de un beso seco y desvahído en la mejilla del viejo. “El patrón no quiere que lo molesten”, y espantaba al resto de las sirvientas, administradores y demás personal del campo. Llegó a echar a un general. “A mí no me importa que mande ejércitos. Acá manda el patrón, y en la cocina, yo. Y se me limpia las botas antes de entrar”. El milico la miró de refilón y un edecán algo entusiasta intentó poner a la Ofelia en su lugar, pero el tira levantó la mano en son de paz, de una ojeada mandó atrás al edecán y se limpió las botas. Si en el Colegio Militar hubiera corrido la anécdota, el tira habría sido el hazmerreír de los cadetes.
Ofelia, casi la madre que no tuve, la que le habían contado se había muerto al pie de su cuna. No recordaba otro olor de mujer de su infancia más que el de Ofelia, gorda, los ojos negros y chiquitos como caramelos de orozuz, siempre apurada y de buen talante, manos callosas pero ligeras para sacudir un sopapo o, más a menudo, acariciar.  Menos al nieto. El nieto, arisco y orgulloso de su estampa y su ascendencia la despreciaba, como despreciaba a casi toda la gente de la estancia, él incluído. Ofelia era inmune a esos sentimientos de superioridad. “¡Yo te di la teta y te limpié el culo, mocoso de porra! ¿Sabés dónde te podés meter el orgullo ese?” Él la había mirado con el odio pintado en esos ojos del color del agua, los mismos que su abuelo, y con los dientes apretados pegó media vuelta y se fue derecho a las caballerizas. Salió como exhalación, azotando cruelmente al zaino, y se perdió al galope. Cuando volvió se encerró en su habitación y cuando salió, fue para volverse a Buenos Aires. El padre se quedaba, porque era el capataz y administrador del campo, desde que su propio padre, Elías Ortiz, muriera.
Elías, tan indio y mestizo como él y que nunca había abandonado la chatura de la estancia, se atrevió a soñar para su hijo un futuro diferente. Había temblado de miedo y de coraje cuando le pidió al patrón por su mocoso recién nacido que se había quedado huérfano de madre, y el patrón dijo que sí. Su hijo se criaría en el casco y tendría las oportunidades que él, como simple capataz, no podría ofrecerle. Elías murió antes de que él cumpliera los catorce, sin ver sus sueños realizados. Un profesor del Liceo Militar le avisó y para cuando llegó a la estancia, ya lo habían enterrado. Se sentó sobre la tierra, a llorar sin lágrimas junto a la tumba de aquel padre tan humilde que ni siquiera se atrevía a visitarlo en el casco.
Él le había enseñado a amar esa tierra desmesurada, de la que alguna vez habían sido señores libres y orgullosos sus ancestros ranqueles. “No te equivoqués”, le repetía, “uno no es el dueño de la tierra: es ella la que te deja estar, pisarla, cabalgarla, sacarle el jugo y el fruto.”
Le había enseñado, con conocimiento de indios fieros y sin más dios que el Gualichu, a montar en pelo; a domar un potro sin espuela ni rebenque, sino a fuerza de sobado y maniado, y a curarle las mataduras; a reconocer las tormentas por el canto de los sapos y "la” calor por el de las chicharras.
Pero Elías había querido para su hijo un destino distinto al de su raza despreciada y para eso, había hecho la renuncia más grande de su vida: había renunciado a su hijo. Con los sentidos a flor de la piel oscura y curtida como la tierra que amaba, le había dicho más de una vez que él, José, sería para el patrón como el hijo varón que nunca había engendrado.
“Está el nieto”, José respondía desde el rencor de sus doce años. “No te me equivoqués”, repetía Elías; “vos sos como el propio hijo: él te cría y te educa como yo hubiera querido hacerlo. Ya vas a ver, mocito”, sentenciaba entre mate y mate en la cocina de su propia casa, respetuosamente alejada del casco de la estancia. 
“No soy de su sangre”, insistía José, tozudo. Elías lo miró a los ojos, los suyos dos ascuas oscuras en la cara cuarteada por el viento impío. “Las mujeres paren con sangre y los hijos son de su carne. La hembra es madre en cualquier circunstancia, hasta del guacho que le hizo el conquistador bellaco. Ser padre es otra cosa: es enseñar a obedecer tanto como a mandar, es hacer un hombre hecho y derecho de ese gurí que no sabe nada de la vida más que lo que conoce alrededor de la pollera de la madre; es saber llevarlo de la mano y saber soltarlo a tiempo para que pueda volar.”
Extraña filosofía la de Elías. Pero al pasar los años, no se había atrevido a ponerla en duda. Tuve dos padres. No todos tienen mi suerte. Sacudió los recuerdos de un cabezazo y se acercó a recibir el  mate que Ofelia le tendía.  Esto va para largo, pensó y sorbió el amargo con fruición.
Ofelia Ramos

 — José... Lo estás dejando muy solo al Fernandito— Ofelia no era de dar vueltas cuando tenía que hablar.
— Ya sé — sacudió la cabeza —. Pensaba llevármelo al campo para Pascua.
— No alcanza con eso y vos lo sabés. ¿Qué querés, criar un guacho como el otro?
Para Ofelia, el nieto siempre era "el otro".
— Habrá sido cualquier cosa, pero guacho, no. Tenía padre y madre.
— ¡Padre y madre! — saltó la correntina—. ¿Y qué le enseñaron? ¡Madre! Ni le cambió los pañales. Ni a la escuela lo llevaba. ¡Lo único que le importaba era revolcarse con el marido! Ahí la tenés, entrando y saliendo de las clínicas de "recuparación"... En mi época le decían loquero... ¿Y él? ¡Lo metió de milico para sacárselo de encima, porque no lo podía manejar! O no le importaba.
— Ofelia — contemporizó —, yo también fui al Liceo y al Colegio Militar, y mi padre tampoco pudo criarme.
— Tu padre se deslomó trabajando para que fueras lo que sos — ella retrucó —. Era un buen hombre... se murió trabajando. —  Los ojos de orozuz se llenaron de lágrimas. Tiene la lágrima fácil, no hay nada que hacer. — Y el patrón se encargó de sacarte derecho. Si hubiera tenido la misma mano firme con el otro, no hubiera pasado lo que pasó.
Eso es cierto. A veces, allá en la infancia y la adolescencia, resentía el trato diferente. Ya adulto, comprendió que el tatita lo había educado tal como lo habían educado a él, en la severidad de la gente de campo. Como había querido Elías.
— Yo estoy vieja. A veces, me falta la paciencia. Y las mocosas de ahora no sirven para niñeras. El chico necesita que estés con él. Bastante que no tiene madre, pobrecita, Dios la tenga en la gloria.
Hicieron una pausa larga mientras Ofelia cebaba mate. Él no tomaba mate más que si ella lo cebaba. Si no, prefería el café. Sorbió lentamente mientras pensaba en Mariana con un dolor que se le había ido encalleciendo con el tiempo.
Hacía ya mucho que había descubierto que tenía que mirar las fotos para recordar aquellos ojos negros, la piel de durazno y el pelo renegrido y lustroso con que lo acariciaba cuando hacían el amor. Recordaba sus palabras, pero no la voz con que las pronunciara, su voz de miel salteña cálida y dulce. Mariana era el perfume de un recuerdo más que el recuerdo mismo, y eso le dolía con una pena larga y silenciosa que se negaba a compartir. Él no la había buscado pero ella había llegado, había entrado a su vida y se había ido, dejándole como ofrenda de amor y vida a Fernandito, y de ese modo él había ganado y había perdido.
Había otras mujeres, siempre las habría, bellos adornos que él colgaba de su brazo en ocasiones y que sólo podían despertarle la necesidad de satisfacer su biología o su lujuria, dependiendo del estado del tiempo y de su estado de ánimo; ninguna le había importado nunca lo suficiente como para querer resignar su viudez empedernida y melancólica.
— Sabés, los otros días me encontré con la Alcira...— Ofelia reanudó la conversación y él la interrogó con una sacudida del mentón —. La paraguaya que trabajaba en la casa de Buenos Aires, antes que ellos se vinieran a vivir acá. La que se escapó cuando él todavía estaba en el Colegio Militar.
"Ellos": el nieto, su madre y su padre. El desprecio de Ofelia se basaba en el uso discriminatorio de los artículos.
Fernando Ortiz
— Se enteró por los diarios de que el otro había muerto. Me dijo que después de más de veinte años, ahora podía dormir tranquila. Que siempre le había tenido miedo. Me contó... bueno, cosas de mujeres... ya te imaginás... Estas paraguayas calentonas... bueh ... — renegó Ofelia. — Qué chinita del campo, qué prima no se revolcó con él... Mirá si se le iba a resistir una sirvienta... Pero parece que ya de esa edad le venía el vicio, o lo había aprendido del padre.
José la miró sin levantar la cabeza, mientras el acíbar de la yerba se le hacía menos amargo que ciertos recuerdos. 
 La mataba a rebencazos. Le dio a probar esa porquería... Y era un mocoso.  Y lo que hizo después...— Ofelia estaba conversadora pero la conversación estaba tomando un giro incómodo. Los hechos de los años de represión no eran materia de discusión, ni siquiera con Ofelia. Él había podido mantenerse al margen gracias a una conveniente agregaduría en una sede diplomática del otro lado del mundo, pero su calidad de militar lo encuadraba dentro de las generales de la ley. Prefería no rememorar esas épocas nefastas.
— Ofelia, sé que estoy mucho tiempo fuera de casa, lejos de mi hijo. No es lo que me gusta, pero es lo que tengo que hacer. En este último viaje las cosas se demoraron un poco más de lo previsto, pero ahora me voy a quedar.
— Hacés bien. Un varón tiene que estar con el padre. El padre tiene que educarlo, enseñarle. Lo mismo que a vos te enseñó el patrón. Vos sos más su hijo que lo que son las pitucas esas de las hijas, o de lo que alguna vez fue el nieto.
Se sorprendió de la capacidad de penetración de Ofelia.  Ensayó una sonrisa triste y ella se levantó a tirar la yerba. Terminó la conversación.
— Andá, todavía  debe estar esperándote. Es más duro para dormirse...





Buenos Aires,  Cuartel general de la Orden del Temple. tercera semana de mayo, por la mañana



— Señor...
Se volvió apenas en el sillón giratorio hacia la puerta del despacho. Conrado Seoane. El "señor" sonaba siempre forzado entre los dientes del subteniente, que nunca lo llamaba por el rango. No podía decirle nada. No se habían cruzado en una situación pública tal como para que el otro tuviera que hacerle la venia o manifestar de alguna manera su reconocimiento hacia la superioridad de sus jinetas de coronel.
Mocoso de mierda. Un "criadito", lo mismo que yo, pero con más ínfulas que una puta cara.
Cuando regresó a  Buenos Aires a finales del '83, después de casi seis años de ausencia, lo encontró en la estancia jugando con las mujeres en la cocina. Un angelote rubio con ojazos de un azul tan profundo que lastimaba.
La versión oficial hablaba de una chinita de Nueve de Julio — una de tantas —, seducida por el maduro atractivo de Conrado Seoane senior, todopoderoso mayordomo de la estancia grande y yerno del viejo. Todos la habían comprado sin rechistar, inclusive Dora, interesada directa en el oscuro asunto, en tanto esposa cornuda. Desde la muerte accidental de su marido, Dora se hundía en un ciclo maníacodepresivo tras otro  y como no podía prestar atención al mocoso que le evocaba la infancia del suyo propio, lo mismo que con su hijo mayor había dejado la crianza en las manos de su padre. Si hubieran debido criar en la estancia a cada hijo del mayordomo, habría batallones de gringuitos arreglando los alambrados.
La historia real de Seoane junior era bastante más turbia pero nadie se hubiera atrevido a evocarla. Seoane había llegado a la estancia en la primavera de 1977, envuelto en una frazada blanca de hospital y berreando como un ternero muerto de hambre. Sólo había hombres de uniforme acompañando al Brigadier y a su padre el mayordomo, en el auto sin patente en el que habían traído al mocoso. Ofelia había recogido sin preguntar el paquetito rubio, gritón y sin nombre, y se había ocupado de cambiarle los pañales, darle una mamadera y poner en condiciones una cunita arrumbada en el cuartito de los trastos viejos.
Si había habido alguna explicación, había sido dada frente al escritorio inmenso del viejo, en el estudio al que nadie entraba cuando se cerraba la puerta. Cuando padre e hijo salieron, el Brigadier le hizo una seña a Ofelia: “Se queda”.  Nadie osó cuestionar la decisión del tatita de criar al mocoso como si fuera un miembro más de la familia.  El “hermanito mayor” estaba fascinado con el borrego: lo mimaba y malcriaba como si fuera de su misma sangre. Ante la pregunta de algún desprevenido, el Brigadier aseguraba que era su hermanito,  el “hijo de la vejez” de sus padres. La única vez que vi a ese hijo de puta demostrar cariño por alguien. Dejó las meditaciones de lado por un momento para prestar atención.
— Diga, Seoane...
— Los registros contables del comprador francés — le tendió las hojas de impresora, sin agregar otro "señor".
— Gracias. Puede retirarse.
Seoane giró marcialmente sobre un talón, picó la punta del pie derecho y salió, vista al frente y sin mirar.
Me aborrece por reflejo de lo mucho que me aborrecía el otro. Si supiera que ni siquiera me importa lo suficiente como para devolverle el sentimiento...  Se encogió de hombros .
“Se va a tener que acostumbrar al odio, José”, le había dicho una vez el viejo. “Su puesto genera odios de parte de la gente más inesperada. Que lo odien, mientras le tengan miedo. El miedo se huele y cuando uno le aprende el aroma, reconoce a los que le temen y los usa en su beneficio.”
Volvió a los papeles: tienen bastantes quilombos. Y encima le dio por jugar al político importante.  Fanfarrón y bocón como todos, no sé de qué me asombro. Como si los de acá fueran diferentes. La misma mierda con diferente nombre. Nunca le había gustado el hombre y ahora le gustaba menos.
El tatita se había hartado de las nuevas "degeneraciones" de políticos.
— Parece que no hubieran aprendido nada— rezongaba —. Mire al mico éste: las ovejas lo votaron como si fuera la última esperanza del resurgir nacional y ya las traicionó. ¿Sabe qué es lo peor de este mico? Que no tiene palabra. ¡Y se quejaban de Perón y de sus ministros! ¡Pero por favor! —  renegaba el tata —. No me van a comparar, ¡Perón era inteligente! A éste y a su cría, su propia corruptela los embruteció. Pero todo se paga. Mientras tanto, él juega al emperador latinoamericano y se rodea de la Corte de los Milagros.
A medida que concluían los negocios pactados, La Orden se apartaba de los círculos económicos y políticos locales y volvía a poner miras en el exterior. Los escándalos políticos, judiciales y diplomáticos por coimas ya ni siquiera merecían notas en los diarios, aunque involucraran la venta del patrimonio del Estado a precios viles y en condiciones más viles todavía. Las peleas a los gritos en el despacho principal de la Casa Rosada eran por ver quién se quedaba con la mejor parte de un negociado.
El viejo dio la orden de apartarse de los contactos en el gobierno, operadores y lobbistas confiados en la impunidad sin límites de la que parecían gozar los miembros de un Gabinete que oficiaba de nexo con los parientes, amigos y entenados de turno. Tanta exposición pública terminaba siendo perniciosa.
Ni siquiera esos nuevos que habían aparecido en medio de una dudosa alianza contra el partido reinante les merecían confianza. Alianza un carajo. Se están despedazando entre ellos como hienas.
 Había que prepararse para la crisis brutal que asomaba en el horizonte, y fortalecer las empresas y operaciones tradicionales. Diversificar, reinvertir en el exterior, afianzarse y capear el temporal, con plazos de por lo menos veinte años. El viejo planificaba con asombrosa sangre fría un terreno que jamás vería.
A veces me pregunto si no sería mejor trasladarnos de una vez por todas a Nueva Central. Suspiró ante la conclusión de siempre. El centro operativo tiene que estar en donde están las necesidades inmediatas, pero el centro neurálgico necesita de la inmensidad silenciosa de la tierra para meditar cada paso. El poder debe ejercerse en soledad, y si la soledad es ascética, mejor. Se evitan las tentaciones. Sin odio, sin rencor, sin piedad. Sólo lo que hay que hacer. La cabeza de la Orden se queda acá. El cuerpo es el mundo, pero la cabeza descansa en lugar seguro.
El viejo se había quedado callado, mirándolo.
— Acá es mejor. Las decisiones de poder se toman en soledad y silencio.
Él había asentido sin hablar. No era necesario.

miércoles, 7 de julio de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 7

PARÍS, XII° ARRONDISSEMENT. SEGUNDA SEMANA DE MAYO

— Ahí llamó tu cliente favorito otra vez.
— ¡No me jodas! El tipo es un enfermo...
— Para eso paga...
— ¡Me importa una mierda la plata! ¡Puede metérsela en el culo! ¡Que se busque a otra!
El Nene Rimbaud se acercó amenazador y sacudió violentamente a la mujer por el brazo.
— ¿Desde cuándo te da por elegir los clientes?
La Turca lo enfrentó con ojos llameantes.
— Para que me caguen a palos me alcanza un solo alcahuete. ¡Si no, que pague el doble!
— Nunca me dijiste que te golpeaba... — le sujetó el otro brazo.
— ¡Nunca me escuchaste! ¡El tipo es un animal! Jugar al SM está bien, pero se pasa de la raya: ¡quiere el reality show! Eso no es chiste, Nene. Disfrazarme está bien, darle el culo, chupársela... ¡pero que me muela a palos no me gusta una mierda!
El Nene se la quedó mirando en silencio, con la cara torcida de disgusto. Carajo, el comi se nos está pasando mucho de la raya. Ya no lo aguantan ni las putas. Ella siguió.
— Nene, viene armado. La última vez me puso el fierro en la boca y lo amartilló. ¡Qué se yo si estaba cargado! Tengo miedo. Está demasiado pasado, no sé... — lo abrazó y lo besó con la boca abierta — Por favor, no me mandes con él de nuevo. Hago lo que quieras pero con él, no. Por favor...
La Turca está asustada de verdad. Le devolvió el beso metiéndole la mano por debajo de la ropa. Ella se le colgó del cuello.
— Y quién va...— masculló resignado.
— La nueva...
— ¡No quiere rubias ni pelirrojas, ni negras, ni una mierda! — continuó sin hacer caso de la mujer.
— ¡Ya sé! Te digo la albanesa... Todavía no se tiñó.
Una buena noticia: le había dicho que se cambiara de color y la putita no le había hecho caso. Menos mal. Evaluó la propuesta. La albanesa no da tan bien el tipo pero peor es nada. Bajita, ojos grandes y oscuros...
— Es demasiado nuevita... — dijo en voz alta.
— Mejor: en una de esas le tiene piedad...
— Bueno, que vaya ella. Dale las instrucciones y la ropa.
— Gracias, Nene... — la Turca se le apretó otra vez contra el cuerpo y él la apartó.
— No te hagas la cariñosa.
— La puta que te parió.
— Afuera— la empujó agarrándola del culo — No quiero que la mocosa haga cagadas con él. Mejor que le enseñes lo que tiene que hacer.
                                                                               ****


El cadáver apareció tirado en una esquina del XIIº. Otra puta asesinada y van... Pobrecita, parece que le dieron la paliza de su vida antes del tiro de gracia...
— ¿Qué hace ahí? ¡Salga del cerco, idiota!
Meyer se dio vuelta despacio con las manos en los bolsillos y un Gauloise entre los dientes, para enfrentar al suicida en potencia que lo había llamado "idiota". Sacó la mano y la placa y masculló su identificación sin sacarse el cigarrillo de la boca.
— Ah, la Crim. Capitán Martínez, del XIIº. Hoy llegaron rápido, ¿eh? — el otro se presentó sin disculparse. Si le digo que pasaba con el auto y bajé a mirar, me saca a patadas en el culo.
— Le dieron una linda paliza. Es nueva—Martínez señaló con un cabezazo hacia el cuerpo.
Meyer frunció el ceño interrogativamente.
— No es de la zona, nunca la vimos por aquí antes— Martínez se encogió de hombros.
—¿ Las conocen a todas? — Jumbo preguntó con sorna.
— Sin padrinos no pueden trabajar— Martínez levantó las cejas en un gesto esclarecedor.
Padrinos canas. Qué novedad. Le dieron ganas de zamparle un tortazo a Martínez del XII°
— Era bastante joven...
— Si, dieciocho, diecinueve años. No la mataron acá — Martínez aclaró un poco tarde.
Obvio. Nadie circula por ahí así vestida, aunque sea una mujer de la calle.
— ¿Hay sangre? — le preguntó al auxiliar del forense, que recogía muestras.
— No. Llevaba un par de horas muerta cuando dejaron aquí el cuerpo.
— ¿Huellas de zapatos, algo?
Jumbo se arrepintió de la pregunta casi al instante de haberla hecho: alrededor de la marca del cuerpo había huellas de toda clase: la mitad de la PN había dejado su impronta. Carajo, cuándo aprenderán...
Oyó el ruido del cierre de la bolsa de plástico y cuando se volvió, ya estaban metiendo el cuerpo en la ambulancia.

PARÍS, AL DÍA SIGUIENTE
Odette salió del centro médico con la amarga convicción de que conocía de sobra el motivo de sus cuitas. Sus estudios ginecológicos eran asquerosamente normales. Debería dar gracias a Dios por estar sana y por el perdón de todos mis pecados. La médica había sugerido que Marcel también se hiciera estudios, al menos para tranquilizarse ambos. Luego, había sonreído comprensiva. ”La ansiedad a veces juega en contra en estos casos. Tómense vacaciones y verán los resultados antes de lo que esperan”. Marcel ni siquiera está enterado de esta consulta.
Te lo dijimos y no nos hiciste caso, canturrearon en la parte trasera de su cabeza.
 ¡Váyanse a la mierda y déjenme en paz!
No somos nosotros los que no te dejamos en paz, señora "puedo-hacerlo-sola". Fuiste a hacer esa consulta sabiendo cuál sería el diagnóstico.
¡No es cierto, podría haber habido algo!
Claro que hay algo: telarañas en ese rincón de tu cabeza que te maneja las hormonas. Telarañas, oscuridad y un pretendido manto de olvido. Mal hecho. Te está pasando la cuenta. Hasta que no lo destierres de tu vida defintivamente te va a seguir jodiendo. Te violó, preciosa, pero sobreviviste. Estás entera, sana, viva; hay un hombre que te ama: no merece que le hagas esto. Si no quieren tener hijos, no hay problemas, pero no es tu caso... ni el de él.
No estoy tan segura.
¡Sï, sí lo estás! No te pongas excusas. Una mujer se completa con un hijo, es su propia vida. Un hombre se prolonga en un hijo: es su futuro, su legado a la posteridad. Para una mujer es carne de su carne. Para un hombre, es reflejo de su espíritu. No se lo niegues.
Se sentó al volante distraída por sus pensamientos amargos y enfiló hacia el Quai en medio del tránsito bovino del lunes por la mañana.
                                                                       ****

— Es una buena oportunidad para optimizar su cobertura— Michelon apoyó la taza con cuidado.
Meyer se inclinó hacia adelante, sentado en el borde de un sillón algo escaso para contener su humanidad, y separó las manos con las palmas hacia arriba.
— Madame, yo... — para qué carajo habré metido el morro...Nunca aprendo
— Pienso asignar el caso a Marceau; usted nada más la secunda con “apoyo logístico”-
Meyer frunció la trompa, no demasiado convencido y Madame continuó.
— ¿Qué es lo que puede interferir con su otra asignación? Podrá justificar sus idas y venidas con mejores fundamentos y nos permitirá a Dubois, a usted y a mí mantener a Marceau estrictamente al margen del operativo más importante. Ya sabe, Meyer: lo hacemos para proteger a la comisario.
Jumbo meneó la cabeza y asintió. Después de todo, es lo que Dubois me pidió: que la cuide y la vigile.¿Qué mejor forma de hacerlo que trabajando con ella?
— De acuerdo, Madame.
                                                                           

                                                                         ****
Los titulares de los diarios se revolcaban en la noticia. Las fotos publicadas eran obscenas de tanto horror que exhibían. Dios, pobre chica.
— Por favor, dejen de regodearse con esas fotografías.
— Perdone, señora — Bardou dobló apresurado el semanario sensacionalista y lo metió en el cajón de su escritorio. Los demás se desparramaron por la oficina. Sully estaba pálida de asco.
Luego de dejar su bolso y el impermeable en el perchero — carajo, llueve más en París que en Londres —, Odette tomó un alfiler de color y lo clavó en el mapa en la esquina de la calle Vincennes, calle de prostitutas baratas, donde había aparecido el cuerpo. Cuando el interno sonó a sus espaldas ya sabía lo que escucharía. Suspiró mientras descolgaba el impermeable al tiempo que levantaba el auricular.
                                                                            ****
Odette marcó el número del forense mientras se subía al auto.
— ¿Dr. Bedacarratx? Estoy en camino.
— La espero, comisario.
El forense le pidió que esperara a que le diera una ojeada al cuerpo que acababa de llegar.
— Unos quince minutos...
Los quince minutos se hicieron más de una hora y media hasta que Bedacarratx se reunió con ella en su cubículo, en un extremo de la sala de autopsias. Aún cerrado hermeticamente y con aire acondicionado, el olor de los antisépticos mezclado con el leve tufo a carne en inevitable descomposición, enrarecía siempre el lugar. Sobre una de las mesas, uno de los forenses auxiliares hojeaba el diario, merendando sobre lo que quedaba de un NN, un vagabundo encontrado bajo uno de los puentes. La muerte no sólo iguala, también te inmuniza contra sí misma. Apuró el paso. Todavía no soy tan inmune.
El forense cerró la puerta y la invitó con un café y Celtiques.
— No fumo. ¿Ya se olvidó?
— Hace bien. Si tuviera que ver lo que yo veo... La chica, vino por la chica, ¿cierto? — el forense cambió abruptamente de tema —. La mataron a golpes. El disparo fue post-mortem. Estuve tomando algunas fotos para analizar mejor el patrón de los golpes; se las pasaré con el informe cuando tenga algo definitivo pero no tengo dudas respecto de la causa de muerte — Bedacarratx encendió otro Celtique —. Era menuda, no más de uno con cincuenta y cinco, y unos cincuenta y dos kilos. Quien lo haya hecho conoce el método porque podría haberla matado con un solo revés. Tiene fracturada la mandíbula y tres costillas, el pulmón derecho perforado por una de ellas y varios hematomas en la región abdominal. Una auténtica salvajada. Comisario, ¿se siente bien?
— No, debe ser el humo — respondió aguantando el asco —. Bueno, Baptiste, envíeme el reporte en cuanto pueda.
— Hace unos dos meses llegó otro cuerpo con una paliza así — agregó el forense mientras ella se levantaba.
Odette levantó las cejas y Bedacarratx explicó.
— Una NN, en el Bois de Vincennes. El cuerpo estaba muy descompuesto como para apreciar golpes superficiales a simple vista, pero también tenía fracturas en las costillas y contusiones en el cráneo y maxilares... A ver... — se levantó a rebuscar en el archivo y sacó una carpeta. — Es éste. Vea las fotos. — le mostró una serie de tomas del Museo del Terror—. El cuerpo fue encontrado por un perro. Blanca, alrededor de veinticinco años, cabello oscuro, un metro con sesenta y tres.
En el nombre de Dios, qué espanto. Contuvo las nauseas: vomitar sobre el expediente hubiera sido una demostración de pésimos modales.
— ¿Por casualidad sabe quién se hizo cargo? — preguntó después de una prolongada inspiración.
El forense revolvió entre los expedientes y le dio el dato, ofreciéndole la carpeta. Ni loca pienso volver a mirar eso. Se estrecharon la mano y casi corrió hasta la entrada de la morgue. El aire viciado de smog le pareció maravilloso.
                                                                        ****
Lejeune se sentó ante la pantalla después de ordenar que no le pasaran llamados. De su notebook extrajo un CD e introdujo el que llevaba encima. El mapa con las señalizaciones se desplegó y agregó otro alfilercito electrónico. Vamos de mal en peor. Al número uno y al número dos no va a gustarles si se enteran. Tendríamos que ver cómo solucionar esto.

miércoles, 16 de junio de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 6

Capitán Bernard Meyer

GÉNOVA, MEDIADOS DE LA PRIMERA SEMANA DE ABRIL

Marcel se registró en el hotel como Marco Delbosco, veronés residente en Marsella, documentos en regla: pasaporte, tarjetas de crédito y personales, cheques. En estas épocas todo es reciclable menos los alias, le sonrió siniestro al espejo mientras se acariciaba el pelo recién cortado en estilo casi militar. La barba afeitada a la última moda de Milán le daba un toque ligeramente perverso. Se había reunido con Meyer en el aeropuerto y Meyer había esbozado una sonrisita socarrona.
— Te van a arrestar por portación de barba...
— La envidia te está matando, Jumbo.
Tres o cuatro días, una semana a lo sumo y luego de vuelta a casa: Michelon no quería perder su rastro ni el de Meyer. "Sin riesgos inútiles", había insistido Madame, que se sentía incómoda, encadenada a su sillón de la Brigada sin la posibilidad de darles apoyo.
Jumbo y él se habían encerrado a preparar el trabajo: por el momento, estudiar el terreno. Él haría el contacto inicial en Italia: un “interesado” en ciertas mercaderías muy específicas. Jumbo sería su “enlace” para América. Se resistía a pensar en algún sitio determinado aunque el informe señalara con flechas de neón. Habían rastreado los numerosos nombres citados en el informe Henri como miembros de la red de tráfico y sus posibles relaciones. Muchos estaban muertos de muerte violenta — nada fuera de lo común en esa clase de gente — y otros habían desaparecido adecuadamente. Por fin apareció uno vivo: un tal Massimo Ruggieri, de Milán.
Verificaron con discreción que Ruggieri, que no tenía antecedentes en Italia ni en el resto de Europa, era socio de una agencia de turismo alternativo que organizaba cruceros por el Mediterráneo, el Adriático y la costas norte y occidental africanas: itinerarios sospechosamente convenientes.
— Qué te parece, Jumbo: tienen una pantalla perfecta — marcó los puertos en el mapa —. Mientras pasean a los pasajeros, cargan y descargan.
— ¿Vas a hacerte un crucerito? — preguntó Meyer.
— Uno de dos o tres días: el que llega a Marruecos.
— ¿Qué se supone vas a hacer a bordo, además de mirar a las chicas?
— Jugar un poco. La Polizia Finanziaria no le tiene demasiado afecto a EuroAvventura pero hasta ahora no pudieron comprobar nada. Los clientes son gente de mucho dinero, uno no va y arresta a un miembro del jet-set como si fuera un delincuente común, nada más que por jugarse unas fichas en un casino clandestino.
— Seguramente más de un general de los Carabinieri se asolee en cubierta: chicas, blanca... — Jumbo se encogió filosóficamente de hombros— ¿Y yo, cuándo empiezo a jugar?
— Tan pronto encuentre un enlace con los que despachan, te paso la pelota.
Antes de separarse, Meyer preguntó:
— ¿El jefe se tragó lo del curso y el ascenso?
— Parece que sí. Espero que no se ponga suspicaz porque estoy frito. Tengo previsto pasar por C* antes de ir a Génova y ver qué es lo que arregló Michelon.
— Si te vas a meter en el papel, mejor que te pongas a dieta: en C* la disciplina física es un deber moral.
— Entonces te vendría bien que te ascendieran a inspector general, querubín— le pellizcó los cachetes y Jumbo le dedicó un pescozón.
Después de intercambiar unos tortazos amistosos, se despidieron. Algo frío le rondó las entrañas.
—Jumbo, no la descuides mientras estoy afuera.
— No te preocupes. Le voy a pisar los talones y si trata de escaparse, se los muerdo.
— Ni una palabra con ella. Órdenes de Michelon.
— Soy una tumba.
La reunión con el director de C* no había comenzado de modo amable. El fulano, un comi de alto rango, lo había mirado de arriba abajo como si se tratara de un insecto bajo estudio.
— No tengo muy claros los motivos para estas condiciones especiales que solicitó Michelon, capitán Dubois. Estoy dispuesto a concederlas sólo porque la comisario me lo pidió, pero debe saber que las exigencias serán las mismas que para los oficiales que realizan el curso a conciencia.
Traducción: me van a romper el culo en cada examen del podrido curso. Mejor que afiles el lápiz, viejo. Puso cara de hoja en blanco.
— Comisario, me limito a cumplir órdenes — le entregó un sobre que Madame le había dado “por si hay que convencer a alguien” . Bueno, parece que estoy delante de ese alguien.
El hombre abrió el sobre y leyó la nota casi sin respirar. Cuando dejó la hoja sobre la mesa, su disposición de ánimo había variado visiblemente.
— Capitán, esto cambia las cosas.
Los bulldogs sonríen, quién lo hubiera creído. El comi le devolvió la carta.
— No necesito ningún registro escrito. Bien, dados sus antecedentes y la investigación que encara, la dispensa es comprensible — el hombre se puso de pie y le tendió la mano —. Le deseo suerte, capitán y espero entregarle sus charreteras de comandante junto a los demás graduados del curso. No querrá decepcionar a sus superiores.
— En absoluto, comisario.
Se despidió de su primer día en C* sin estar seguro si lo del ascenso era una buena cortina de humo para Odette o una piedra en el zapato.

                                                                             ****

Los pasajeros del crucero se saludaron como viejos conocidos que eran y le lanzaron miradas entre intrigadas y suspicaces. Un sesentón musculoso y bronceado, a cargo de las actividades a bordo, exhibía sonrisa de relacionista público mientras recibía uno a uno a los pasajeros.
— PierAndrea Giuliani — se presentó y miró la lista de embarque —. Ud. debe ser Marco Delbosco.
— Así es—  Marcel sonrió tan espléndidamente como su anfitrión y le estrechó la mano con ampulosidad —. Me recomendaron sus cruceros y no veía la hora de embarcarme en uno.
Giuliani le presentó a otros pasajeros.
— Son amigos más que clientes de EuroAvventura — nombró a dos o tres apellidos que sonaban en los medios: un cantante lírico, un músico de rock, un banquero. No había mujeres en la lista.
— ¿A qué se dedica, señor Delbosco? — preguntó el banquero.
— Comercio internacional — explicó con ambigüedad y una sonrisa más espléndida que la anterior —. Es un trabajo estresante. Necesitaba un relax y aquí estoy.
Se pasó el resto de la mañana haciendo sociales con los otros viajeros, y mirando a las mujeres que habían aparecido en cubierta tan pronto la nave zarpó y se alejó a prudente distancia de las lanchas de la Prefectura italiana.
— Hermosas hembras— comentó despreocupado a su compañero ocasional de barandilla, que asintió señalando a una negra bellísima, alta y delgada como una gacela.
— EuroAvventura sólo ofrece lo mejor. En todo sentido — subrayó el hombre.
— Sin duda. Por eso estoy a bordo— lo miró directo a los ojos.
— Creo que no nos presentaron: Massimo Ruggieri.
— Marco Delbosco.
Se estrecharon la mano. Así que este es uno de los “candidatos” de Henri.
— ¿Cuál es su tipo? — Ruggieri cabeceó hacia las mujeres, que se reían a carcajadas con un grupo de hombres con copas en la mano.
— Ah, qué pregunta difícil. Si tengo que elegir alguna... La rubia alta, con aires de mannequin.
— Eso es lo que es — Ruggieri sonrió irónico.
— Entonces tengo buen ojo.
Ruggieri la llamó y se la presentó. La mujer le tendió una mano lánguida y perfumada.
— Sonja— Los ojos verdes relumbraron bajo las pestañas. Ojos de pupilas muy dilatadas. ¿Cuánto se dopa esta mujer para hacer lo que hace?
— Marco.
— Lo dejo en buena compañía— Ruggieri le palmeó el brazo.

                                                                             ****

Sonja Jorgensson

 primera noche lo dejaron ganar en la ruleta y procuró simular que había bebido lo suficiente como para irse a dormir sin llevarse la rubia a la cama. Al día siguiente, ni siquiera asomó en cubierta y se quedó atornillado a una mesa de baccarat. Sonja lo rondó consecuentemente, alentándolo cuando ganaba y lamentándose cuando perdía.
— Quiero hablar con Ruggieri — se la sentó en las rodillas y le besó el cuello —. A solas.
— ¿Y a mí cuándo me toca? — se quejó ella. Pobrecita, te estás perdiendo las propinas.
— Después que me consigas la cita con Ruggieri.
La mujer lo besó con la boca abierta y le rozó los labios con la lengua.
— Te tomo la palabra.
                                                                              ****
— No es un hombre de perder el tiempo, Delbosco.
— No, y tampoco dinero. Ya dejé bastante en sus mesas, pero no me quejo. Son las reglas del azar.
— Puedo ofrecerle crédito...
— No es lo que necesito de Ud. Crédito es lo que me sobra— cambió sutilmente de actitud física—. Soy comprador. Tengo una clientela muy especial y exigente, y tengo buenas referencias suyas.
— No sé nada de Ud...— el otro se volvió cauteloso.
— Quizás conoció a alguno de mis anteriores contactos— nombró a dos de los finados de la lista de Henri, más un “Frankestein” que habían fabricado con Jumbo. Era tan ambiguo que podía haber sido cliente de medio planeta y la otra mitad le creería. Los llamados se desviarían a un celular que Jumbo llevaba permanentemente encima; los e-mails serían re-ruteados, lo mismo que los faxes. Meyer estaría ocupado preparando papelería membretada, sobres, sellos y falsos archivos fotográficos de falsos clientes.
— Se imaginará que tengo que constatar cuanto Ud. me informa.
— No espero menos. Hágalo pronto: volvemos a puerto pasado mañana y no quisiera volver a Génova sin un principio de acuerdo.
Cuando volvió a su camarote, Sonja lo esperaba en la cama, adobada con la dosis de rigor.

                                                                          ****
— Le ruego comprenda que tenía que tomar mis precauciones — Ruggieri sonrió disculpándose.
— Si no lo hubiera hecho, no sería Ud. confiable— Marcel dejó traslucir una amenaza sutilísima.
— Me gustaría invitarlo a nuestro próximo recorrido, la semana que viene. Salimos el jueves, regresamos el domingo por la mañana. Podremos hablar cómodamente y analizar nuestras mutuas ofertas.
— Me parece bien.
O sea que te vas a tomar una semana para continuar investigándome. Bien, me da tiempo para hacer lo propio.
                                                                          ****
— ¿Y? ¿Qué encontraste? — preguntó Ruggieri entrando al camarote de Sonja.
— Lo que le dije: tarjetas de crédito, tarjetas de presentación de varias firmas, efectivo, papeles de negocios de una firma en Venezuela...Parece ser quien dice ser. El pasaporte es italiano.
— ¿Qué tal es?
— No del tipo de los que hablan en la cama.
— ¿Gay?— no sería la primera vez que usaran a un bisexual como intermediario.
— No me lo pareció — Sonja exhibió una sonrisa de gata.
— ¿Fue generoso?
— Digamos que sí...— se encogió de hombros —, tratándose de un italiano. Me tocaron peores.
— Quién sabe la próxima.
— ¿Vuelve?— la mujer abrió los ojos apenas un poquito y luego volvió a entrecerrarlos desdeñosa.
— ¿Qué, te gustó?
— No está mal— Sonja curvó apenas los labios hacia abajo pero la sonrisa pudo más. O sea que la propina no fue tan mala o Delbosco es muy bueno en la cama. A Sonja le gusta su trabajo.


PARÍS, OFICINAS DEL SERVICIO DE RG. PRIMERA SEMANA DE MAYO
Inspector General Patrice Lejeune, de RG

El capitán se sentó del otro lado del escritorio impresionante del inspector general Patrice Lejeune, director de RG(1) , y apoyó el expediente.
— Está frecuentando a una prostituta aquí.
— ¿Frecuentando? — repitió Lejeune con incredulidad.
— Sí, inspector. Parece que la tipa es de su gusto.
Una mueca sarcástica estiró la boca de sapo de Lejeune mientras el capitán le pasaba las fotografías.
— O sea que ésta lo mantiene tranquilo.
— Yo no confiaría demasiado, señor. Es muy violento.
— No hace falta que me lo recuerde, capitán— meneó la cabeza—. ¿La tipa tiene rufián?
El capitán le alcanzó más fotos y el informe. Un viejo conocido, sonrió de costado. Carajo, la gentuza con la que uno se cruza en la PN.
— Tráiganme al alcahuete. Quiero saber en qué anda, además de proveerle putas a nuestro hombre.
Después de despedir a su subalterno se sirvió un coñac. Nos equivocamos con este sujeto, los proxenetas le conocen los vicios. Si la tipa lo calienta y el cabrón termina abriendo la boca, fanfarrón como político que es.... No se puede mezclar mujeres con estos asuntos. En la Orden no hay mujeres.
                                                                                 ****
Los dos gorilas lo esposaron sin demasiada consideración por su persona y lo metieron en un auto azul sin identificación.
— ¡Tengo influencias muy importantes! —el Nene Rimbaud fanfarroneó desde detrás de la grilla metálica— ¡No pueden encanarme sin una orden judicial, ni ...!
— No me aburras, Rimbaud — el gorila del asiento del acompañante le apuntó con una Beretta de tamaño más que respetable —. Adonde te llevamos, tus influencias no valen una puta mierda.
Llegaron a un galpón de ferrocarril en el X°, lo bajaron del auto y lo entraron a la rastra. El lugar era una nave enorme, vacía salvo por una mesa a la que estaba sentado un tipo. En el fondo se apilaban cajones viejos casi hasta el techo. Cuando los gorilas lo sentaron ante el tipo, el pico de miedo le frunció el escroto.
— Una de tus chicas se encama con Ayrault — dijo el tipo mientras jugaba con un anillo de sello en su anular derecho.
— No conozco a ningún Ayrault.
El hombre se levantó con parsimonia y rodeó la mesa: no más de un metro con setenta y cinco, pero con unas espaldas y unas manazas que podrían partir la mesa de un solo golpe. Las piernas se le adivinaban musculosas bajo el traje carísimo. Cada paso del tipo parecía calculado y ejecutado con la elasticidad y economía de movimientos de un animal. Tan ocupado estaba en estudiarlo que el revés en la mandíbula lo sorprendió y lo tiró de la silla.
— No me tomes por boludo, Rimbaud. Éste — señaló una carpeta sobre la mesa mientras los gorilas lo sentaban de nuevo —, es tu expediente original de la PDP: una auténtica mierda. Escoria de la peor calaña. Traicionaste a tus compañeros para vender por tu cuenta un cargamento de blanca secuestrado en un allanamiento. En tu perra vida como suboficial hiciste un solo arresto de algún delincuente que hubieras perseguido... Alguien te hizo el favor de limpiarte los sumarios para que pudieras retirarte y no terminar adentro, porque los mismos presos te hubieran degollado— la bestia se apoyó en la mesa con la jeta a dos centímetros de la de él — JJ Ayrault fue ese alguien. A cambio, te da trabajitos de dealer y te consiguió socio en la PDP para ayudarte con las chicas. A cambio las usa gratis, JJ no hace nada por nada. Quiero un informe de los movimientos de JJ cada vez que se aparezca por París. Todo: con quién se encuentra, el hotel en donde se aloja, a quién se coge y cómo le gusta más; quiero hasta el texto de los discursos que tanto le gusta dar. Tu culo está en juego y te lo voy a romper personalmente. Y para que no dudes de que puedo cumplir mi palabra, acá va una muestra gratis.
A una seña, los gorilas lo tiraron boca abajo encima de la mesa y le bajaron los pantalones. Uno le sostuvo la nuca, aplastándole la cara contra la madera y el otro le sujetó las piernas. El ruido del cierre lo aterrorizó.
— ¡NO, NO! ¡Está bien, hago lo que quiera! — sollozó medio ahogado contra la mesa — ¡NOOO!

No pudo seguir gritando: le metieron un trapo mugriento en la boca y casi se ahogó, no supo si de dolor o de miedo.
Lo soltaron y le abrieron las esposas. Como pudo se sacó el trapo y se subió los calzoncillos y los pantalones mojados con deshechos corporales propios y ajenos.
— A este número— uno de los gorilas le tendió un papelito.

— ¿A q-quién...?— tartamudeó. Le temblaban tanto las piernas que apenas podía sostenerse parado.
— Etchegoyen. Sáquenlo de mi vista.

(1) Renseignements Généraux: Servicio de Informaciones de la PN.