POLICIAL ARGENTINO

domingo, 8 de agosto de 2010

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 8


San Isidro, provincia de Buenos Aires. Segunda semana de mayo

— Con vos quiero hablar.
Aunque el tono de Ofelia no admitía réplica, a José le hizo gracia. Es la única persona que se atreve a hablarme de esa forma, y a quien yo se lo aguanto. Toda una vida bajo la mirada vigilante y atenta de la Ofelia, tanto que uno a veces se olvidaba que había sido nada más que un ama de leche para él y para el nieto. Con el correr de los años, Ofelia se había convertido en una institución en la estancia. La correntina manejaba con mano segura el puesto de ama de llaves que , solita, se había ganado de puro intervencionista. Cuando la conducción del casco quedó acéfala a la muerte de Aurora, aragonesa austera, eterna y seca, Ofelia tomó el poder silenciosamente. 
Cuando las demás — y ellos — se dieron cuenta, Ofelia mandaba cuándo se lavaban las sábanas, cuándo se hacía la limpieza general; cuándo se lustraba la platería y se ventilaban los cuartos cerrados y las alfombras; qué se comía y a qué hora.
Como para el tatita esas habían sido siempre cosas de mujeres, la dejó hacer. “No me toque los papeles del escritorio y no me entre si yo no mando”. Y como la palabra del tatita era sagrada para Ofelia, defendió el estudio con su propia vida, aún de las hijas que, cada vez más de vez en cuando, se acercaban a la estancia a cumplir con la ceremonia de un beso seco y desvahído en la mejilla del viejo. “El patrón no quiere que lo molesten”, y espantaba al resto de las sirvientas, administradores y demás personal del campo. Llegó a echar a un general. “A mí no me importa que mande ejércitos. Acá manda el patrón, y en la cocina, yo. Y se me limpia las botas antes de entrar”. El milico la miró de refilón y un edecán algo entusiasta intentó poner a la Ofelia en su lugar, pero el tira levantó la mano en son de paz, de una ojeada mandó atrás al edecán y se limpió las botas. Si en el Colegio Militar hubiera corrido la anécdota, el tira habría sido el hazmerreír de los cadetes.
Ofelia, casi la madre que no tuve, la que le habían contado se había muerto al pie de su cuna. No recordaba otro olor de mujer de su infancia más que el de Ofelia, gorda, los ojos negros y chiquitos como caramelos de orozuz, siempre apurada y de buen talante, manos callosas pero ligeras para sacudir un sopapo o, más a menudo, acariciar.  Menos al nieto. El nieto, arisco y orgulloso de su estampa y su ascendencia la despreciaba, como despreciaba a casi toda la gente de la estancia, él incluído. Ofelia era inmune a esos sentimientos de superioridad. “¡Yo te di la teta y te limpié el culo, mocoso de porra! ¿Sabés dónde te podés meter el orgullo ese?” Él la había mirado con el odio pintado en esos ojos del color del agua, los mismos que su abuelo, y con los dientes apretados pegó media vuelta y se fue derecho a las caballerizas. Salió como exhalación, azotando cruelmente al zaino, y se perdió al galope. Cuando volvió se encerró en su habitación y cuando salió, fue para volverse a Buenos Aires. El padre se quedaba, porque era el capataz y administrador del campo, desde que su propio padre, Elías Ortiz, muriera.
Elías, tan indio y mestizo como él y que nunca había abandonado la chatura de la estancia, se atrevió a soñar para su hijo un futuro diferente. Había temblado de miedo y de coraje cuando le pidió al patrón por su mocoso recién nacido que se había quedado huérfano de madre, y el patrón dijo que sí. Su hijo se criaría en el casco y tendría las oportunidades que él, como simple capataz, no podría ofrecerle. Elías murió antes de que él cumpliera los catorce, sin ver sus sueños realizados. Un profesor del Liceo Militar le avisó y para cuando llegó a la estancia, ya lo habían enterrado. Se sentó sobre la tierra, a llorar sin lágrimas junto a la tumba de aquel padre tan humilde que ni siquiera se atrevía a visitarlo en el casco.
Él le había enseñado a amar esa tierra desmesurada, de la que alguna vez habían sido señores libres y orgullosos sus ancestros ranqueles. “No te equivoqués”, le repetía, “uno no es el dueño de la tierra: es ella la que te deja estar, pisarla, cabalgarla, sacarle el jugo y el fruto.”
Le había enseñado, con conocimiento de indios fieros y sin más dios que el Gualichu, a montar en pelo; a domar un potro sin espuela ni rebenque, sino a fuerza de sobado y maniado, y a curarle las mataduras; a reconocer las tormentas por el canto de los sapos y "la” calor por el de las chicharras.
Pero Elías había querido para su hijo un destino distinto al de su raza despreciada y para eso, había hecho la renuncia más grande de su vida: había renunciado a su hijo. Con los sentidos a flor de la piel oscura y curtida como la tierra que amaba, le había dicho más de una vez que él, José, sería para el patrón como el hijo varón que nunca había engendrado.
“Está el nieto”, José respondía desde el rencor de sus doce años. “No te me equivoqués”, repetía Elías; “vos sos como el propio hijo: él te cría y te educa como yo hubiera querido hacerlo. Ya vas a ver, mocito”, sentenciaba entre mate y mate en la cocina de su propia casa, respetuosamente alejada del casco de la estancia. 
“No soy de su sangre”, insistía José, tozudo. Elías lo miró a los ojos, los suyos dos ascuas oscuras en la cara cuarteada por el viento impío. “Las mujeres paren con sangre y los hijos son de su carne. La hembra es madre en cualquier circunstancia, hasta del guacho que le hizo el conquistador bellaco. Ser padre es otra cosa: es enseñar a obedecer tanto como a mandar, es hacer un hombre hecho y derecho de ese gurí que no sabe nada de la vida más que lo que conoce alrededor de la pollera de la madre; es saber llevarlo de la mano y saber soltarlo a tiempo para que pueda volar.”
Extraña filosofía la de Elías. Pero al pasar los años, no se había atrevido a ponerla en duda. Tuve dos padres. No todos tienen mi suerte. Sacudió los recuerdos de un cabezazo y se acercó a recibir el  mate que Ofelia le tendía.  Esto va para largo, pensó y sorbió el amargo con fruición.
Ofelia Ramos

 — José... Lo estás dejando muy solo al Fernandito— Ofelia no era de dar vueltas cuando tenía que hablar.
— Ya sé — sacudió la cabeza —. Pensaba llevármelo al campo para Pascua.
— No alcanza con eso y vos lo sabés. ¿Qué querés, criar un guacho como el otro?
Para Ofelia, el nieto siempre era "el otro".
— Habrá sido cualquier cosa, pero guacho, no. Tenía padre y madre.
— ¡Padre y madre! — saltó la correntina—. ¿Y qué le enseñaron? ¡Madre! Ni le cambió los pañales. Ni a la escuela lo llevaba. ¡Lo único que le importaba era revolcarse con el marido! Ahí la tenés, entrando y saliendo de las clínicas de "recuparación"... En mi época le decían loquero... ¿Y él? ¡Lo metió de milico para sacárselo de encima, porque no lo podía manejar! O no le importaba.
— Ofelia — contemporizó —, yo también fui al Liceo y al Colegio Militar, y mi padre tampoco pudo criarme.
— Tu padre se deslomó trabajando para que fueras lo que sos — ella retrucó —. Era un buen hombre... se murió trabajando. —  Los ojos de orozuz se llenaron de lágrimas. Tiene la lágrima fácil, no hay nada que hacer. — Y el patrón se encargó de sacarte derecho. Si hubiera tenido la misma mano firme con el otro, no hubiera pasado lo que pasó.
Eso es cierto. A veces, allá en la infancia y la adolescencia, resentía el trato diferente. Ya adulto, comprendió que el tatita lo había educado tal como lo habían educado a él, en la severidad de la gente de campo. Como había querido Elías.
— Yo estoy vieja. A veces, me falta la paciencia. Y las mocosas de ahora no sirven para niñeras. El chico necesita que estés con él. Bastante que no tiene madre, pobrecita, Dios la tenga en la gloria.
Hicieron una pausa larga mientras Ofelia cebaba mate. Él no tomaba mate más que si ella lo cebaba. Si no, prefería el café. Sorbió lentamente mientras pensaba en Mariana con un dolor que se le había ido encalleciendo con el tiempo.
Hacía ya mucho que había descubierto que tenía que mirar las fotos para recordar aquellos ojos negros, la piel de durazno y el pelo renegrido y lustroso con que lo acariciaba cuando hacían el amor. Recordaba sus palabras, pero no la voz con que las pronunciara, su voz de miel salteña cálida y dulce. Mariana era el perfume de un recuerdo más que el recuerdo mismo, y eso le dolía con una pena larga y silenciosa que se negaba a compartir. Él no la había buscado pero ella había llegado, había entrado a su vida y se había ido, dejándole como ofrenda de amor y vida a Fernandito, y de ese modo él había ganado y había perdido.
Había otras mujeres, siempre las habría, bellos adornos que él colgaba de su brazo en ocasiones y que sólo podían despertarle la necesidad de satisfacer su biología o su lujuria, dependiendo del estado del tiempo y de su estado de ánimo; ninguna le había importado nunca lo suficiente como para querer resignar su viudez empedernida y melancólica.
— Sabés, los otros días me encontré con la Alcira...— Ofelia reanudó la conversación y él la interrogó con una sacudida del mentón —. La paraguaya que trabajaba en la casa de Buenos Aires, antes que ellos se vinieran a vivir acá. La que se escapó cuando él todavía estaba en el Colegio Militar.
"Ellos": el nieto, su madre y su padre. El desprecio de Ofelia se basaba en el uso discriminatorio de los artículos.
Fernando Ortiz
— Se enteró por los diarios de que el otro había muerto. Me dijo que después de más de veinte años, ahora podía dormir tranquila. Que siempre le había tenido miedo. Me contó... bueno, cosas de mujeres... ya te imaginás... Estas paraguayas calentonas... bueh ... — renegó Ofelia. — Qué chinita del campo, qué prima no se revolcó con él... Mirá si se le iba a resistir una sirvienta... Pero parece que ya de esa edad le venía el vicio, o lo había aprendido del padre.
José la miró sin levantar la cabeza, mientras el acíbar de la yerba se le hacía menos amargo que ciertos recuerdos. 
 La mataba a rebencazos. Le dio a probar esa porquería... Y era un mocoso.  Y lo que hizo después...— Ofelia estaba conversadora pero la conversación estaba tomando un giro incómodo. Los hechos de los años de represión no eran materia de discusión, ni siquiera con Ofelia. Él había podido mantenerse al margen gracias a una conveniente agregaduría en una sede diplomática del otro lado del mundo, pero su calidad de militar lo encuadraba dentro de las generales de la ley. Prefería no rememorar esas épocas nefastas.
— Ofelia, sé que estoy mucho tiempo fuera de casa, lejos de mi hijo. No es lo que me gusta, pero es lo que tengo que hacer. En este último viaje las cosas se demoraron un poco más de lo previsto, pero ahora me voy a quedar.
— Hacés bien. Un varón tiene que estar con el padre. El padre tiene que educarlo, enseñarle. Lo mismo que a vos te enseñó el patrón. Vos sos más su hijo que lo que son las pitucas esas de las hijas, o de lo que alguna vez fue el nieto.
Se sorprendió de la capacidad de penetración de Ofelia.  Ensayó una sonrisa triste y ella se levantó a tirar la yerba. Terminó la conversación.
— Andá, todavía  debe estar esperándote. Es más duro para dormirse...





Buenos Aires,  Cuartel general de la Orden del Temple. tercera semana de mayo, por la mañana



— Señor...
Se volvió apenas en el sillón giratorio hacia la puerta del despacho. Conrado Seoane. El "señor" sonaba siempre forzado entre los dientes del subteniente, que nunca lo llamaba por el rango. No podía decirle nada. No se habían cruzado en una situación pública tal como para que el otro tuviera que hacerle la venia o manifestar de alguna manera su reconocimiento hacia la superioridad de sus jinetas de coronel.
Mocoso de mierda. Un "criadito", lo mismo que yo, pero con más ínfulas que una puta cara.
Cuando regresó a  Buenos Aires a finales del '83, después de casi seis años de ausencia, lo encontró en la estancia jugando con las mujeres en la cocina. Un angelote rubio con ojazos de un azul tan profundo que lastimaba.
La versión oficial hablaba de una chinita de Nueve de Julio — una de tantas —, seducida por el maduro atractivo de Conrado Seoane senior, todopoderoso mayordomo de la estancia grande y yerno del viejo. Todos la habían comprado sin rechistar, inclusive Dora, interesada directa en el oscuro asunto, en tanto esposa cornuda. Desde la muerte accidental de su marido, Dora se hundía en un ciclo maníacodepresivo tras otro  y como no podía prestar atención al mocoso que le evocaba la infancia del suyo propio, lo mismo que con su hijo mayor había dejado la crianza en las manos de su padre. Si hubieran debido criar en la estancia a cada hijo del mayordomo, habría batallones de gringuitos arreglando los alambrados.
La historia real de Seoane junior era bastante más turbia pero nadie se hubiera atrevido a evocarla. Seoane había llegado a la estancia en la primavera de 1977, envuelto en una frazada blanca de hospital y berreando como un ternero muerto de hambre. Sólo había hombres de uniforme acompañando al Brigadier y a su padre el mayordomo, en el auto sin patente en el que habían traído al mocoso. Ofelia había recogido sin preguntar el paquetito rubio, gritón y sin nombre, y se había ocupado de cambiarle los pañales, darle una mamadera y poner en condiciones una cunita arrumbada en el cuartito de los trastos viejos.
Si había habido alguna explicación, había sido dada frente al escritorio inmenso del viejo, en el estudio al que nadie entraba cuando se cerraba la puerta. Cuando padre e hijo salieron, el Brigadier le hizo una seña a Ofelia: “Se queda”.  Nadie osó cuestionar la decisión del tatita de criar al mocoso como si fuera un miembro más de la familia.  El “hermanito mayor” estaba fascinado con el borrego: lo mimaba y malcriaba como si fuera de su misma sangre. Ante la pregunta de algún desprevenido, el Brigadier aseguraba que era su hermanito,  el “hijo de la vejez” de sus padres. La única vez que vi a ese hijo de puta demostrar cariño por alguien. Dejó las meditaciones de lado por un momento para prestar atención.
— Diga, Seoane...
— Los registros contables del comprador francés — le tendió las hojas de impresora, sin agregar otro "señor".
— Gracias. Puede retirarse.
Seoane giró marcialmente sobre un talón, picó la punta del pie derecho y salió, vista al frente y sin mirar.
Me aborrece por reflejo de lo mucho que me aborrecía el otro. Si supiera que ni siquiera me importa lo suficiente como para devolverle el sentimiento...  Se encogió de hombros .
“Se va a tener que acostumbrar al odio, José”, le había dicho una vez el viejo. “Su puesto genera odios de parte de la gente más inesperada. Que lo odien, mientras le tengan miedo. El miedo se huele y cuando uno le aprende el aroma, reconoce a los que le temen y los usa en su beneficio.”
Volvió a los papeles: tienen bastantes quilombos. Y encima le dio por jugar al político importante.  Fanfarrón y bocón como todos, no sé de qué me asombro. Como si los de acá fueran diferentes. La misma mierda con diferente nombre. Nunca le había gustado el hombre y ahora le gustaba menos.
El tatita se había hartado de las nuevas "degeneraciones" de políticos.
— Parece que no hubieran aprendido nada— rezongaba —. Mire al mico éste: las ovejas lo votaron como si fuera la última esperanza del resurgir nacional y ya las traicionó. ¿Sabe qué es lo peor de este mico? Que no tiene palabra. ¡Y se quejaban de Perón y de sus ministros! ¡Pero por favor! —  renegaba el tata —. No me van a comparar, ¡Perón era inteligente! A éste y a su cría, su propia corruptela los embruteció. Pero todo se paga. Mientras tanto, él juega al emperador latinoamericano y se rodea de la Corte de los Milagros.
A medida que concluían los negocios pactados, La Orden se apartaba de los círculos económicos y políticos locales y volvía a poner miras en el exterior. Los escándalos políticos, judiciales y diplomáticos por coimas ya ni siquiera merecían notas en los diarios, aunque involucraran la venta del patrimonio del Estado a precios viles y en condiciones más viles todavía. Las peleas a los gritos en el despacho principal de la Casa Rosada eran por ver quién se quedaba con la mejor parte de un negociado.
El viejo dio la orden de apartarse de los contactos en el gobierno, operadores y lobbistas confiados en la impunidad sin límites de la que parecían gozar los miembros de un Gabinete que oficiaba de nexo con los parientes, amigos y entenados de turno. Tanta exposición pública terminaba siendo perniciosa.
Ni siquiera esos nuevos que habían aparecido en medio de una dudosa alianza contra el partido reinante les merecían confianza. Alianza un carajo. Se están despedazando entre ellos como hienas.
 Había que prepararse para la crisis brutal que asomaba en el horizonte, y fortalecer las empresas y operaciones tradicionales. Diversificar, reinvertir en el exterior, afianzarse y capear el temporal, con plazos de por lo menos veinte años. El viejo planificaba con asombrosa sangre fría un terreno que jamás vería.
A veces me pregunto si no sería mejor trasladarnos de una vez por todas a Nueva Central. Suspiró ante la conclusión de siempre. El centro operativo tiene que estar en donde están las necesidades inmediatas, pero el centro neurálgico necesita de la inmensidad silenciosa de la tierra para meditar cada paso. El poder debe ejercerse en soledad, y si la soledad es ascética, mejor. Se evitan las tentaciones. Sin odio, sin rencor, sin piedad. Sólo lo que hay que hacer. La cabeza de la Orden se queda acá. El cuerpo es el mundo, pero la cabeza descansa en lugar seguro.
El viejo se había quedado callado, mirándolo.
— Acá es mejor. Las decisiones de poder se toman en soledad y silencio.
Él había asentido sin hablar. No era necesario.

miércoles, 7 de julio de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 7

PARÍS, XII° ARRONDISSEMENT. SEGUNDA SEMANA DE MAYO

— Ahí llamó tu cliente favorito otra vez.
— ¡No me jodas! El tipo es un enfermo...
— Para eso paga...
— ¡Me importa una mierda la plata! ¡Puede metérsela en el culo! ¡Que se busque a otra!
El Nene Rimbaud se acercó amenazador y sacudió violentamente a la mujer por el brazo.
— ¿Desde cuándo te da por elegir los clientes?
La Turca lo enfrentó con ojos llameantes.
— Para que me caguen a palos me alcanza un solo alcahuete. ¡Si no, que pague el doble!
— Nunca me dijiste que te golpeaba... — le sujetó el otro brazo.
— ¡Nunca me escuchaste! ¡El tipo es un animal! Jugar al SM está bien, pero se pasa de la raya: ¡quiere el reality show! Eso no es chiste, Nene. Disfrazarme está bien, darle el culo, chupársela... ¡pero que me muela a palos no me gusta una mierda!
El Nene se la quedó mirando en silencio, con la cara torcida de disgusto. Carajo, el comi se nos está pasando mucho de la raya. Ya no lo aguantan ni las putas. Ella siguió.
— Nene, viene armado. La última vez me puso el fierro en la boca y lo amartilló. ¡Qué se yo si estaba cargado! Tengo miedo. Está demasiado pasado, no sé... — lo abrazó y lo besó con la boca abierta — Por favor, no me mandes con él de nuevo. Hago lo que quieras pero con él, no. Por favor...
La Turca está asustada de verdad. Le devolvió el beso metiéndole la mano por debajo de la ropa. Ella se le colgó del cuello.
— Y quién va...— masculló resignado.
— La nueva...
— ¡No quiere rubias ni pelirrojas, ni negras, ni una mierda! — continuó sin hacer caso de la mujer.
— ¡Ya sé! Te digo la albanesa... Todavía no se tiñó.
Una buena noticia: le había dicho que se cambiara de color y la putita no le había hecho caso. Menos mal. Evaluó la propuesta. La albanesa no da tan bien el tipo pero peor es nada. Bajita, ojos grandes y oscuros...
— Es demasiado nuevita... — dijo en voz alta.
— Mejor: en una de esas le tiene piedad...
— Bueno, que vaya ella. Dale las instrucciones y la ropa.
— Gracias, Nene... — la Turca se le apretó otra vez contra el cuerpo y él la apartó.
— No te hagas la cariñosa.
— La puta que te parió.
— Afuera— la empujó agarrándola del culo — No quiero que la mocosa haga cagadas con él. Mejor que le enseñes lo que tiene que hacer.
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El cadáver apareció tirado en una esquina del XIIº. Otra puta asesinada y van... Pobrecita, parece que le dieron la paliza de su vida antes del tiro de gracia...
— ¿Qué hace ahí? ¡Salga del cerco, idiota!
Meyer se dio vuelta despacio con las manos en los bolsillos y un Gauloise entre los dientes, para enfrentar al suicida en potencia que lo había llamado "idiota". Sacó la mano y la placa y masculló su identificación sin sacarse el cigarrillo de la boca.
— Ah, la Crim. Capitán Martínez, del XIIº. Hoy llegaron rápido, ¿eh? — el otro se presentó sin disculparse. Si le digo que pasaba con el auto y bajé a mirar, me saca a patadas en el culo.
— Le dieron una linda paliza. Es nueva—Martínez señaló con un cabezazo hacia el cuerpo.
Meyer frunció el ceño interrogativamente.
— No es de la zona, nunca la vimos por aquí antes— Martínez se encogió de hombros.
—¿ Las conocen a todas? — Jumbo preguntó con sorna.
— Sin padrinos no pueden trabajar— Martínez levantó las cejas en un gesto esclarecedor.
Padrinos canas. Qué novedad. Le dieron ganas de zamparle un tortazo a Martínez del XII°
— Era bastante joven...
— Si, dieciocho, diecinueve años. No la mataron acá — Martínez aclaró un poco tarde.
Obvio. Nadie circula por ahí así vestida, aunque sea una mujer de la calle.
— ¿Hay sangre? — le preguntó al auxiliar del forense, que recogía muestras.
— No. Llevaba un par de horas muerta cuando dejaron aquí el cuerpo.
— ¿Huellas de zapatos, algo?
Jumbo se arrepintió de la pregunta casi al instante de haberla hecho: alrededor de la marca del cuerpo había huellas de toda clase: la mitad de la PN había dejado su impronta. Carajo, cuándo aprenderán...
Oyó el ruido del cierre de la bolsa de plástico y cuando se volvió, ya estaban metiendo el cuerpo en la ambulancia.

PARÍS, AL DÍA SIGUIENTE
Odette salió del centro médico con la amarga convicción de que conocía de sobra el motivo de sus cuitas. Sus estudios ginecológicos eran asquerosamente normales. Debería dar gracias a Dios por estar sana y por el perdón de todos mis pecados. La médica había sugerido que Marcel también se hiciera estudios, al menos para tranquilizarse ambos. Luego, había sonreído comprensiva. ”La ansiedad a veces juega en contra en estos casos. Tómense vacaciones y verán los resultados antes de lo que esperan”. Marcel ni siquiera está enterado de esta consulta.
Te lo dijimos y no nos hiciste caso, canturrearon en la parte trasera de su cabeza.
 ¡Váyanse a la mierda y déjenme en paz!
No somos nosotros los que no te dejamos en paz, señora "puedo-hacerlo-sola". Fuiste a hacer esa consulta sabiendo cuál sería el diagnóstico.
¡No es cierto, podría haber habido algo!
Claro que hay algo: telarañas en ese rincón de tu cabeza que te maneja las hormonas. Telarañas, oscuridad y un pretendido manto de olvido. Mal hecho. Te está pasando la cuenta. Hasta que no lo destierres de tu vida defintivamente te va a seguir jodiendo. Te violó, preciosa, pero sobreviviste. Estás entera, sana, viva; hay un hombre que te ama: no merece que le hagas esto. Si no quieren tener hijos, no hay problemas, pero no es tu caso... ni el de él.
No estoy tan segura.
¡Sï, sí lo estás! No te pongas excusas. Una mujer se completa con un hijo, es su propia vida. Un hombre se prolonga en un hijo: es su futuro, su legado a la posteridad. Para una mujer es carne de su carne. Para un hombre, es reflejo de su espíritu. No se lo niegues.
Se sentó al volante distraída por sus pensamientos amargos y enfiló hacia el Quai en medio del tránsito bovino del lunes por la mañana.
                                                                       ****

— Es una buena oportunidad para optimizar su cobertura— Michelon apoyó la taza con cuidado.
Meyer se inclinó hacia adelante, sentado en el borde de un sillón algo escaso para contener su humanidad, y separó las manos con las palmas hacia arriba.
— Madame, yo... — para qué carajo habré metido el morro...Nunca aprendo
— Pienso asignar el caso a Marceau; usted nada más la secunda con “apoyo logístico”-
Meyer frunció la trompa, no demasiado convencido y Madame continuó.
— ¿Qué es lo que puede interferir con su otra asignación? Podrá justificar sus idas y venidas con mejores fundamentos y nos permitirá a Dubois, a usted y a mí mantener a Marceau estrictamente al margen del operativo más importante. Ya sabe, Meyer: lo hacemos para proteger a la comisario.
Jumbo meneó la cabeza y asintió. Después de todo, es lo que Dubois me pidió: que la cuide y la vigile.¿Qué mejor forma de hacerlo que trabajando con ella?
— De acuerdo, Madame.
                                                                           

                                                                         ****
Los titulares de los diarios se revolcaban en la noticia. Las fotos publicadas eran obscenas de tanto horror que exhibían. Dios, pobre chica.
— Por favor, dejen de regodearse con esas fotografías.
— Perdone, señora — Bardou dobló apresurado el semanario sensacionalista y lo metió en el cajón de su escritorio. Los demás se desparramaron por la oficina. Sully estaba pálida de asco.
Luego de dejar su bolso y el impermeable en el perchero — carajo, llueve más en París que en Londres —, Odette tomó un alfiler de color y lo clavó en el mapa en la esquina de la calle Vincennes, calle de prostitutas baratas, donde había aparecido el cuerpo. Cuando el interno sonó a sus espaldas ya sabía lo que escucharía. Suspiró mientras descolgaba el impermeable al tiempo que levantaba el auricular.
                                                                            ****
Odette marcó el número del forense mientras se subía al auto.
— ¿Dr. Bedacarratx? Estoy en camino.
— La espero, comisario.
El forense le pidió que esperara a que le diera una ojeada al cuerpo que acababa de llegar.
— Unos quince minutos...
Los quince minutos se hicieron más de una hora y media hasta que Bedacarratx se reunió con ella en su cubículo, en un extremo de la sala de autopsias. Aún cerrado hermeticamente y con aire acondicionado, el olor de los antisépticos mezclado con el leve tufo a carne en inevitable descomposición, enrarecía siempre el lugar. Sobre una de las mesas, uno de los forenses auxiliares hojeaba el diario, merendando sobre lo que quedaba de un NN, un vagabundo encontrado bajo uno de los puentes. La muerte no sólo iguala, también te inmuniza contra sí misma. Apuró el paso. Todavía no soy tan inmune.
El forense cerró la puerta y la invitó con un café y Celtiques.
— No fumo. ¿Ya se olvidó?
— Hace bien. Si tuviera que ver lo que yo veo... La chica, vino por la chica, ¿cierto? — el forense cambió abruptamente de tema —. La mataron a golpes. El disparo fue post-mortem. Estuve tomando algunas fotos para analizar mejor el patrón de los golpes; se las pasaré con el informe cuando tenga algo definitivo pero no tengo dudas respecto de la causa de muerte — Bedacarratx encendió otro Celtique —. Era menuda, no más de uno con cincuenta y cinco, y unos cincuenta y dos kilos. Quien lo haya hecho conoce el método porque podría haberla matado con un solo revés. Tiene fracturada la mandíbula y tres costillas, el pulmón derecho perforado por una de ellas y varios hematomas en la región abdominal. Una auténtica salvajada. Comisario, ¿se siente bien?
— No, debe ser el humo — respondió aguantando el asco —. Bueno, Baptiste, envíeme el reporte en cuanto pueda.
— Hace unos dos meses llegó otro cuerpo con una paliza así — agregó el forense mientras ella se levantaba.
Odette levantó las cejas y Bedacarratx explicó.
— Una NN, en el Bois de Vincennes. El cuerpo estaba muy descompuesto como para apreciar golpes superficiales a simple vista, pero también tenía fracturas en las costillas y contusiones en el cráneo y maxilares... A ver... — se levantó a rebuscar en el archivo y sacó una carpeta. — Es éste. Vea las fotos. — le mostró una serie de tomas del Museo del Terror—. El cuerpo fue encontrado por un perro. Blanca, alrededor de veinticinco años, cabello oscuro, un metro con sesenta y tres.
En el nombre de Dios, qué espanto. Contuvo las nauseas: vomitar sobre el expediente hubiera sido una demostración de pésimos modales.
— ¿Por casualidad sabe quién se hizo cargo? — preguntó después de una prolongada inspiración.
El forense revolvió entre los expedientes y le dio el dato, ofreciéndole la carpeta. Ni loca pienso volver a mirar eso. Se estrecharon la mano y casi corrió hasta la entrada de la morgue. El aire viciado de smog le pareció maravilloso.
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Lejeune se sentó ante la pantalla después de ordenar que no le pasaran llamados. De su notebook extrajo un CD e introdujo el que llevaba encima. El mapa con las señalizaciones se desplegó y agregó otro alfilercito electrónico. Vamos de mal en peor. Al número uno y al número dos no va a gustarles si se enteran. Tendríamos que ver cómo solucionar esto.

miércoles, 16 de junio de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 6

Capitán Bernard Meyer

GÉNOVA, MEDIADOS DE LA PRIMERA SEMANA DE ABRIL

Marcel se registró en el hotel como Marco Delbosco, veronés residente en Marsella, documentos en regla: pasaporte, tarjetas de crédito y personales, cheques. En estas épocas todo es reciclable menos los alias, le sonrió siniestro al espejo mientras se acariciaba el pelo recién cortado en estilo casi militar. La barba afeitada a la última moda de Milán le daba un toque ligeramente perverso. Se había reunido con Meyer en el aeropuerto y Meyer había esbozado una sonrisita socarrona.
— Te van a arrestar por portación de barba...
— La envidia te está matando, Jumbo.
Tres o cuatro días, una semana a lo sumo y luego de vuelta a casa: Michelon no quería perder su rastro ni el de Meyer. "Sin riesgos inútiles", había insistido Madame, que se sentía incómoda, encadenada a su sillón de la Brigada sin la posibilidad de darles apoyo.
Jumbo y él se habían encerrado a preparar el trabajo: por el momento, estudiar el terreno. Él haría el contacto inicial en Italia: un “interesado” en ciertas mercaderías muy específicas. Jumbo sería su “enlace” para América. Se resistía a pensar en algún sitio determinado aunque el informe señalara con flechas de neón. Habían rastreado los numerosos nombres citados en el informe Henri como miembros de la red de tráfico y sus posibles relaciones. Muchos estaban muertos de muerte violenta — nada fuera de lo común en esa clase de gente — y otros habían desaparecido adecuadamente. Por fin apareció uno vivo: un tal Massimo Ruggieri, de Milán.
Verificaron con discreción que Ruggieri, que no tenía antecedentes en Italia ni en el resto de Europa, era socio de una agencia de turismo alternativo que organizaba cruceros por el Mediterráneo, el Adriático y la costas norte y occidental africanas: itinerarios sospechosamente convenientes.
— Qué te parece, Jumbo: tienen una pantalla perfecta — marcó los puertos en el mapa —. Mientras pasean a los pasajeros, cargan y descargan.
— ¿Vas a hacerte un crucerito? — preguntó Meyer.
— Uno de dos o tres días: el que llega a Marruecos.
— ¿Qué se supone vas a hacer a bordo, además de mirar a las chicas?
— Jugar un poco. La Polizia Finanziaria no le tiene demasiado afecto a EuroAvventura pero hasta ahora no pudieron comprobar nada. Los clientes son gente de mucho dinero, uno no va y arresta a un miembro del jet-set como si fuera un delincuente común, nada más que por jugarse unas fichas en un casino clandestino.
— Seguramente más de un general de los Carabinieri se asolee en cubierta: chicas, blanca... — Jumbo se encogió filosóficamente de hombros— ¿Y yo, cuándo empiezo a jugar?
— Tan pronto encuentre un enlace con los que despachan, te paso la pelota.
Antes de separarse, Meyer preguntó:
— ¿El jefe se tragó lo del curso y el ascenso?
— Parece que sí. Espero que no se ponga suspicaz porque estoy frito. Tengo previsto pasar por C* antes de ir a Génova y ver qué es lo que arregló Michelon.
— Si te vas a meter en el papel, mejor que te pongas a dieta: en C* la disciplina física es un deber moral.
— Entonces te vendría bien que te ascendieran a inspector general, querubín— le pellizcó los cachetes y Jumbo le dedicó un pescozón.
Después de intercambiar unos tortazos amistosos, se despidieron. Algo frío le rondó las entrañas.
—Jumbo, no la descuides mientras estoy afuera.
— No te preocupes. Le voy a pisar los talones y si trata de escaparse, se los muerdo.
— Ni una palabra con ella. Órdenes de Michelon.
— Soy una tumba.
La reunión con el director de C* no había comenzado de modo amable. El fulano, un comi de alto rango, lo había mirado de arriba abajo como si se tratara de un insecto bajo estudio.
— No tengo muy claros los motivos para estas condiciones especiales que solicitó Michelon, capitán Dubois. Estoy dispuesto a concederlas sólo porque la comisario me lo pidió, pero debe saber que las exigencias serán las mismas que para los oficiales que realizan el curso a conciencia.
Traducción: me van a romper el culo en cada examen del podrido curso. Mejor que afiles el lápiz, viejo. Puso cara de hoja en blanco.
— Comisario, me limito a cumplir órdenes — le entregó un sobre que Madame le había dado “por si hay que convencer a alguien” . Bueno, parece que estoy delante de ese alguien.
El hombre abrió el sobre y leyó la nota casi sin respirar. Cuando dejó la hoja sobre la mesa, su disposición de ánimo había variado visiblemente.
— Capitán, esto cambia las cosas.
Los bulldogs sonríen, quién lo hubiera creído. El comi le devolvió la carta.
— No necesito ningún registro escrito. Bien, dados sus antecedentes y la investigación que encara, la dispensa es comprensible — el hombre se puso de pie y le tendió la mano —. Le deseo suerte, capitán y espero entregarle sus charreteras de comandante junto a los demás graduados del curso. No querrá decepcionar a sus superiores.
— En absoluto, comisario.
Se despidió de su primer día en C* sin estar seguro si lo del ascenso era una buena cortina de humo para Odette o una piedra en el zapato.

                                                                             ****

Los pasajeros del crucero se saludaron como viejos conocidos que eran y le lanzaron miradas entre intrigadas y suspicaces. Un sesentón musculoso y bronceado, a cargo de las actividades a bordo, exhibía sonrisa de relacionista público mientras recibía uno a uno a los pasajeros.
— PierAndrea Giuliani — se presentó y miró la lista de embarque —. Ud. debe ser Marco Delbosco.
— Así es—  Marcel sonrió tan espléndidamente como su anfitrión y le estrechó la mano con ampulosidad —. Me recomendaron sus cruceros y no veía la hora de embarcarme en uno.
Giuliani le presentó a otros pasajeros.
— Son amigos más que clientes de EuroAvventura — nombró a dos o tres apellidos que sonaban en los medios: un cantante lírico, un músico de rock, un banquero. No había mujeres en la lista.
— ¿A qué se dedica, señor Delbosco? — preguntó el banquero.
— Comercio internacional — explicó con ambigüedad y una sonrisa más espléndida que la anterior —. Es un trabajo estresante. Necesitaba un relax y aquí estoy.
Se pasó el resto de la mañana haciendo sociales con los otros viajeros, y mirando a las mujeres que habían aparecido en cubierta tan pronto la nave zarpó y se alejó a prudente distancia de las lanchas de la Prefectura italiana.
— Hermosas hembras— comentó despreocupado a su compañero ocasional de barandilla, que asintió señalando a una negra bellísima, alta y delgada como una gacela.
— EuroAvventura sólo ofrece lo mejor. En todo sentido — subrayó el hombre.
— Sin duda. Por eso estoy a bordo— lo miró directo a los ojos.
— Creo que no nos presentaron: Massimo Ruggieri.
— Marco Delbosco.
Se estrecharon la mano. Así que este es uno de los “candidatos” de Henri.
— ¿Cuál es su tipo? — Ruggieri cabeceó hacia las mujeres, que se reían a carcajadas con un grupo de hombres con copas en la mano.
— Ah, qué pregunta difícil. Si tengo que elegir alguna... La rubia alta, con aires de mannequin.
— Eso es lo que es — Ruggieri sonrió irónico.
— Entonces tengo buen ojo.
Ruggieri la llamó y se la presentó. La mujer le tendió una mano lánguida y perfumada.
— Sonja— Los ojos verdes relumbraron bajo las pestañas. Ojos de pupilas muy dilatadas. ¿Cuánto se dopa esta mujer para hacer lo que hace?
— Marco.
— Lo dejo en buena compañía— Ruggieri le palmeó el brazo.

                                                                             ****

Sonja Jorgensson

 primera noche lo dejaron ganar en la ruleta y procuró simular que había bebido lo suficiente como para irse a dormir sin llevarse la rubia a la cama. Al día siguiente, ni siquiera asomó en cubierta y se quedó atornillado a una mesa de baccarat. Sonja lo rondó consecuentemente, alentándolo cuando ganaba y lamentándose cuando perdía.
— Quiero hablar con Ruggieri — se la sentó en las rodillas y le besó el cuello —. A solas.
— ¿Y a mí cuándo me toca? — se quejó ella. Pobrecita, te estás perdiendo las propinas.
— Después que me consigas la cita con Ruggieri.
La mujer lo besó con la boca abierta y le rozó los labios con la lengua.
— Te tomo la palabra.
                                                                              ****
— No es un hombre de perder el tiempo, Delbosco.
— No, y tampoco dinero. Ya dejé bastante en sus mesas, pero no me quejo. Son las reglas del azar.
— Puedo ofrecerle crédito...
— No es lo que necesito de Ud. Crédito es lo que me sobra— cambió sutilmente de actitud física—. Soy comprador. Tengo una clientela muy especial y exigente, y tengo buenas referencias suyas.
— No sé nada de Ud...— el otro se volvió cauteloso.
— Quizás conoció a alguno de mis anteriores contactos— nombró a dos de los finados de la lista de Henri, más un “Frankestein” que habían fabricado con Jumbo. Era tan ambiguo que podía haber sido cliente de medio planeta y la otra mitad le creería. Los llamados se desviarían a un celular que Jumbo llevaba permanentemente encima; los e-mails serían re-ruteados, lo mismo que los faxes. Meyer estaría ocupado preparando papelería membretada, sobres, sellos y falsos archivos fotográficos de falsos clientes.
— Se imaginará que tengo que constatar cuanto Ud. me informa.
— No espero menos. Hágalo pronto: volvemos a puerto pasado mañana y no quisiera volver a Génova sin un principio de acuerdo.
Cuando volvió a su camarote, Sonja lo esperaba en la cama, adobada con la dosis de rigor.

                                                                          ****
— Le ruego comprenda que tenía que tomar mis precauciones — Ruggieri sonrió disculpándose.
— Si no lo hubiera hecho, no sería Ud. confiable— Marcel dejó traslucir una amenaza sutilísima.
— Me gustaría invitarlo a nuestro próximo recorrido, la semana que viene. Salimos el jueves, regresamos el domingo por la mañana. Podremos hablar cómodamente y analizar nuestras mutuas ofertas.
— Me parece bien.
O sea que te vas a tomar una semana para continuar investigándome. Bien, me da tiempo para hacer lo propio.
                                                                          ****
— ¿Y? ¿Qué encontraste? — preguntó Ruggieri entrando al camarote de Sonja.
— Lo que le dije: tarjetas de crédito, tarjetas de presentación de varias firmas, efectivo, papeles de negocios de una firma en Venezuela...Parece ser quien dice ser. El pasaporte es italiano.
— ¿Qué tal es?
— No del tipo de los que hablan en la cama.
— ¿Gay?— no sería la primera vez que usaran a un bisexual como intermediario.
— No me lo pareció — Sonja exhibió una sonrisa de gata.
— ¿Fue generoso?
— Digamos que sí...— se encogió de hombros —, tratándose de un italiano. Me tocaron peores.
— Quién sabe la próxima.
— ¿Vuelve?— la mujer abrió los ojos apenas un poquito y luego volvió a entrecerrarlos desdeñosa.
— ¿Qué, te gustó?
— No está mal— Sonja curvó apenas los labios hacia abajo pero la sonrisa pudo más. O sea que la propina no fue tan mala o Delbosco es muy bueno en la cama. A Sonja le gusta su trabajo.


PARÍS, OFICINAS DEL SERVICIO DE RG. PRIMERA SEMANA DE MAYO
Inspector General Patrice Lejeune, de RG

El capitán se sentó del otro lado del escritorio impresionante del inspector general Patrice Lejeune, director de RG(1) , y apoyó el expediente.
— Está frecuentando a una prostituta aquí.
— ¿Frecuentando? — repitió Lejeune con incredulidad.
— Sí, inspector. Parece que la tipa es de su gusto.
Una mueca sarcástica estiró la boca de sapo de Lejeune mientras el capitán le pasaba las fotografías.
— O sea que ésta lo mantiene tranquilo.
— Yo no confiaría demasiado, señor. Es muy violento.
— No hace falta que me lo recuerde, capitán— meneó la cabeza—. ¿La tipa tiene rufián?
El capitán le alcanzó más fotos y el informe. Un viejo conocido, sonrió de costado. Carajo, la gentuza con la que uno se cruza en la PN.
— Tráiganme al alcahuete. Quiero saber en qué anda, además de proveerle putas a nuestro hombre.
Después de despedir a su subalterno se sirvió un coñac. Nos equivocamos con este sujeto, los proxenetas le conocen los vicios. Si la tipa lo calienta y el cabrón termina abriendo la boca, fanfarrón como político que es.... No se puede mezclar mujeres con estos asuntos. En la Orden no hay mujeres.
                                                                                 ****
Los dos gorilas lo esposaron sin demasiada consideración por su persona y lo metieron en un auto azul sin identificación.
— ¡Tengo influencias muy importantes! —el Nene Rimbaud fanfarroneó desde detrás de la grilla metálica— ¡No pueden encanarme sin una orden judicial, ni ...!
— No me aburras, Rimbaud — el gorila del asiento del acompañante le apuntó con una Beretta de tamaño más que respetable —. Adonde te llevamos, tus influencias no valen una puta mierda.
Llegaron a un galpón de ferrocarril en el X°, lo bajaron del auto y lo entraron a la rastra. El lugar era una nave enorme, vacía salvo por una mesa a la que estaba sentado un tipo. En el fondo se apilaban cajones viejos casi hasta el techo. Cuando los gorilas lo sentaron ante el tipo, el pico de miedo le frunció el escroto.
— Una de tus chicas se encama con Ayrault — dijo el tipo mientras jugaba con un anillo de sello en su anular derecho.
— No conozco a ningún Ayrault.
El hombre se levantó con parsimonia y rodeó la mesa: no más de un metro con setenta y cinco, pero con unas espaldas y unas manazas que podrían partir la mesa de un solo golpe. Las piernas se le adivinaban musculosas bajo el traje carísimo. Cada paso del tipo parecía calculado y ejecutado con la elasticidad y economía de movimientos de un animal. Tan ocupado estaba en estudiarlo que el revés en la mandíbula lo sorprendió y lo tiró de la silla.
— No me tomes por boludo, Rimbaud. Éste — señaló una carpeta sobre la mesa mientras los gorilas lo sentaban de nuevo —, es tu expediente original de la PDP: una auténtica mierda. Escoria de la peor calaña. Traicionaste a tus compañeros para vender por tu cuenta un cargamento de blanca secuestrado en un allanamiento. En tu perra vida como suboficial hiciste un solo arresto de algún delincuente que hubieras perseguido... Alguien te hizo el favor de limpiarte los sumarios para que pudieras retirarte y no terminar adentro, porque los mismos presos te hubieran degollado— la bestia se apoyó en la mesa con la jeta a dos centímetros de la de él — JJ Ayrault fue ese alguien. A cambio, te da trabajitos de dealer y te consiguió socio en la PDP para ayudarte con las chicas. A cambio las usa gratis, JJ no hace nada por nada. Quiero un informe de los movimientos de JJ cada vez que se aparezca por París. Todo: con quién se encuentra, el hotel en donde se aloja, a quién se coge y cómo le gusta más; quiero hasta el texto de los discursos que tanto le gusta dar. Tu culo está en juego y te lo voy a romper personalmente. Y para que no dudes de que puedo cumplir mi palabra, acá va una muestra gratis.
A una seña, los gorilas lo tiraron boca abajo encima de la mesa y le bajaron los pantalones. Uno le sostuvo la nuca, aplastándole la cara contra la madera y el otro le sujetó las piernas. El ruido del cierre lo aterrorizó.
— ¡NO, NO! ¡Está bien, hago lo que quiera! — sollozó medio ahogado contra la mesa — ¡NOOO!

No pudo seguir gritando: le metieron un trapo mugriento en la boca y casi se ahogó, no supo si de dolor o de miedo.
Lo soltaron y le abrieron las esposas. Como pudo se sacó el trapo y se subió los calzoncillos y los pantalones mojados con deshechos corporales propios y ajenos.
— A este número— uno de los gorilas le tendió un papelito.

— ¿A q-quién...?— tartamudeó. Le temblaban tanto las piernas que apenas podía sostenerse parado.
— Etchegoyen. Sáquenlo de mi vista.

(1) Renseignements Généraux: Servicio de Informaciones de la PN.

lunes, 31 de mayo de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 5

PARÍS, LA DÉFENSE, DEPARTAMENTO DE LA CRIO. MARCEAU. MISMO DÍA, DE MADRUGADA



Los ojos azules, claros como el agua. Crueles, vastamente crueles. Sin lugar en ellos para un mínimo de piedad.Ni siquiera la elemental compasión que se siente por un animal.
— Puta... me estuviste esperando trece años... Acá estoy...
Quería suplicarle pero estaba muda. La desesperación que le aporreaba las sienes y los tímpanos, le desgarraba la garganta en un grito que se empeñaba en no brotar. Por favor, no, pero los ojos azules le sellaban los labios y la paralizaban. Era de plomo sobre ella, plomo líquido y ardiente que se le colaba en los orificios torurados del cuerpo.
— Así,¿ ves?... Así quebrábamos a las putitas montoneras ...— jadeaba, ronco de furia.
Morir, morirse de una vez por todas para que el pecho no le doliera más así, el corazón lanzado a toda velocidad ensordeciéndola, no, por favor no... no... ¡NOO...!

Sus propios gritos la despertaron. Odette miró alucinada a su alrededor hasta que reconoció su propio dormitorio. Sin encender la luz, saltó de la cama y corrió al baño. Se metió en la ducha, temblando por los sollozos. Después de un rato bajo el agua se dio cuenta de que tenía puesta la ropa interior y se desnudó. Cuando consiguió llorar sin gritar, se sentó en el piso de la ducha dejando que el agua arrastrara los últimos estertores de la pesadilla. En cuatro patas, cerró los grifos y se quedó sentada hasta que el frío la hizo salir y ponerse una bata. Dios, estoy helada... Un café. Pasó corriendo delante del espejo para no verse y nunca estuvo tan concentrada llenando la cafetera. Se salpicó con el café caliente. Carajo, me tiemblan las manos.
De vuelta en la cama, encendió la lámpara y se metió bajo el cobertor con la bata puesta, sin admitir que tenía miedo de dormirse y soñar todo de nuevo. De todas las atrocidades que la bestia había cometido con su cuerpo, ninguna era comparable al odio con que le había lacerado las entrañas. Le había hundido en el cuerpo un hierro ardiente, la había inundado con ácido y destrozado por dentro con saña.
¿Qué te pasa, nena, no aprendiste que uno no le miente al espejo?
No me jodan, no puedo hablarlo con nadie... Además, el hijo de puta está muerto, muerto, muerto...!
¡Te da vergüenza, muñeca! Te da vergüenza que ese animal te haya violado. No que estuviera a punto de matarte, ¿eh? Una es una heroína si la matan, te dan medallas post mortem, pero no hay medallas post violación, no señor. Das lástima, los médicos te revisan los moretones y te hurgan en la vagina. Mejor cerrar la boquita tal como él te la cerró y no poder gritar ni cuando estás dormida. ¿Dónde mierda dejaste la psicología y la profesión? ¿Y si te pasa cuando Marcel esté en casa, qué vas a decirle? Nunca le contaste toda la verdad, claro que no, porque nunca te planteaste la idea de contárselo a alguien más, para que te acompañara en tu dolor. Tenías que tragártelo, señora "puedo-hacerlo-sola". Si lo hubieras compartido...
¿Compartir qué, la humillación? ¿Que ese hijo de puta me haya torturado y...? Estuve en exhibición en una cama de hospital, ¿qué mierda iba a conseguir con eso, que me miraran con más lástima que a un perro?
Qué estúpida puede ser una mujer inteligente.
Basta, en el nombre de Dios, basta. Ya terminó. Bebió un sorbo de café y la garganta le dolió de angustia al tragar. Todo está tan muerto y enterrado como él...
Ah, nena, ese es tu peor error: estas cosas no se entierran porque se pudren y te pudren.
Sí, decirlo, hablarlo con alguien... Un peso terrible amagó a aliviarse. Tomó el teléfono. Si no responde al segundo timbrazo, corto, se prometió cuando apretaba las teclas de memoria.


CAPO CALAVÀ, VILLA MASSARINO. LA MISMA MADRUGADA


Una desazón extraña la despertó de madrugada, oprimiéndole el pecho. Franco roncaba apaciblemente. Amor mío, lo besó y Franco dio media vuelta y dejó de roncar. Lola se levantó sin hacer ruido.
Alguien me llama. Se asomó al dormitorio de nonno Augusto: dormía como un bebé. ¿Y papá? No: si hubiera pasado algo, Aniello ya habría llamado. ¿Por qué pensé en los viejos? La voz que me llama: ronca y cascada, casi agotada por el esfuerzo de pronunciar. Decía "Addolorata". Todos me llaman Lola. ¿Quién...?
Miró la hora en el reloj de pie del salón: las cinco de la mañana. Qué frío hace, se frotó los brazos. Un frío húmedo que se le metía por las fosas nasales y le pesaba en los pulmones. Las ventanas estaban cerradas y el viento las sacudía apenas. El frente de tormenta había pasado rumbo a costas más cálidas, pero había llovido toda la noche.
Volvía al dormitorio cuando el llamado agonizante la reclamó de nuevo. ¿Quién...? La voz le azotó la memoria. ¡No! ¡No tú...! El pecho se le estrujó de miedo y los ojos se le llenaron de lágrimas. El teléfono le ahogó la respiración en la boca. Corrió y tropezó con una silla en la prisa. Gesucristo benedetto! Levantó el auricular con dedos rígidos por el temor, antes del segundo campanillazo.
Mamma?
Odette. Soltó el aire ruidosamente.
— ¡Hija, casi me muero de miedo! — pero ambas respiraron más tranquilas.
Scusa l’ora, mammina ... (1)
Otra vez la sensación de anticipación. Odette hablaba en voz queda.
— ¿Estabas despierta?
— Sí pero, ¿por qué llamaste?
Del otro lado tardaron un par de segundos de más en responder.
— Tuve un impulso — Odette titubeó — ... Quería... saber cómo estabas. Perdón, estoy medio chiflada, ... no tendría que haberlo hecho..
— No, figlia mia, no. Está bien: yo también necesitaba hablar con alguien... contigo— le confesó a su hija la inquietud—. Sentí que alguien me llamaba... Creí que eran los viejos y me levanté. Están bien— la tranquilizó —. No sé qué pueda haber sido. Un sueño, chi lo sà (2) — quién sabe te soñé...Sí, un mal sueño...
— Un sueño... — murmuró su hija —. Yo también ... soñé...
Presintió que había mucho más detrás de esas palabras.
— ¿No quieres contarme de qué se trataba? — la animó.
— Nada, mammina, ... un mal sueño... ya pasó.
— Basta, parecemos locas, hablando de pesadillas a mil quinientos kilómetros de distancia, a las seis de la mañana — se rieron más por los nervios que por lo ridículo de la situación.
Ciao, mammina.
Ciao, bambina.
Cuando cortó, reparó en el hecho: cuánto hace que no llamo bambina a Odette.

(1) Perdón por la hora, mami
(2) Quién sabe


PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. PRIMERA SEMANA DE ABRIL

— Sully, a mi oficina por favor.
Sully colgó de mal humor. Marceau. ¿Y ahora qué carajo quiere? Desde que Marceau había quedado a cargo del puesto de Massarino, había hecho lo imposible por evitarla. Lo único que me faltaba. Massarino había sido transferido al Ministerio del Interior, ¿no necesitaba una asistente? Había tratado de todas las formas posibles de que el comisario reparara en ella para que le dieran el traslado, inútilmente. La puta que lo parió, tuve que quedarme y verla ocupar ese despacho. Y encima, la gota que colmó el vaso: Dubois duerme con ella. ¡No hay derecho! ¿Por qué tengo tanta mala suerte?
Se había limitado a desaparecer de la vista de Marceau, que seguramente se la tenía jurada. Por algo le dicen "Madame la Veuve" . ¡Y cómo se callaron todos ahora que la señora es la número uno del sector! Ese chismoso de Bardou, que se llenaba la boca hablando pestes de ella y de Massarino. Todos los que le miraban el culo y las tetas cuando era capitán, y que apostaban sobre quién sería el macho de la señora y qué oficial sería capaz de encamársela, ahora se cuidan hasta cuando la saludan. Si su Dubois se llega a enterar de quiénes son, los corta en pedacitos. Maricones de mierda.
Cierto que había otros que jamás se habían metido con ella. Meyer, por ejemplo. Ese amargo de Paworski y los antipáticos de los Laboratorios: ¡los había visto sonreírle por los pasillos! Chupamedias. Con la única persona con la que el anormal de Witowlski articula más de dos palabras es con ella. Claro que hablan nada más que del sistema de mierda. ¿Y Foulquie? Pobre viejo, siempre la defendió. Y a mí qué me importa. Tragó saliva y entró al despacho.
— ¿Señora? — No la mires a los ojos. Visión periférica, preciosa.
— Sully, sería tan amable de traerme este expediente?
La comisario le alcanzó un papel con el número. Ella asintió con un sacudón de cabeza y salió.
Parece que hoy está de buen humor, pura cortesía. Bueno, conmigo siempre es muy cortés. Salvo que le mires al Dubois.
Mientras subía las escaleras a desgano expediente en mano, se cruzó con Bardou que venía de gran charla con Strauss, acerca de un tal Ayrault. Aminoró el paso y paró las orejas. El Ayrault ese se estaba postulando para candidato a presidente. ¿Y a éstos qué les importa? Alguien más intervino en la conversación: el comisario Girard. Otro cerdo con galones, de esos que te se creen que porque son comis te pueden mirar el culo y opinar acerca de él sin remordimientos.
— Su municipio es un ejemplo— decía el bocón de Girard —. Ojalá hubiéramos tenido un alcalde como él. ¡Él sí sabe cómo mantener el orden público!
— Duró poco en el Quai — intervino Strauss.
— ¡También, con el escándalo de Marceau, como para que durara! — Bardou se rió socarrón.
¡Mierda! ¿Marceau de por medio? Ésta sí que no puedo perdérmela. Pero unos pasos más y sería evidente que estaba escuchando. Se prometió averiguar el resto de la historia. Roulet, el de Archivos, siempre tenía una anécdota jugosa para quien quisiera escuchar. Seguro que algo debe saber. Se prometió ser más amable con el viejo verde para ver si le sonsacaba algo.
Apretó el paso y se adelantó al grupo sin mirarlos. Al alejarse, escuchó las risas ahogadas de los tres hombres. Alguna porquería que estarán contando, sucios babosos.
— Señora, el expediente que pidió.
Dio media vuelta decidida para salir cuando la voz aterciopelada la congeló.
— ¿Sully, quiere un café?
Se quedó sin aire durante un momento. Se volvió, tragó saliva y se sentó, consciente de que su expresión era una mezcla de sorpresa y pánico. Mejor digo que sí, nunca se sabe...
— Gracias...
Marceau le alcanzó una tacita de café exquisito y caliente. Desde que ocupaba esa oficina, se hacía preparar el café, su propio café pagado de su bolsillo, en una jarra térmica que quedaba en el despacho, junto con tacitas descartables. Bardou decía que era por Foulquie. Claro, el viejo siempre corría a llevarle la tacita de café, evocó con un pinchazo de envidia del que se arrepintió de inmediato. Pobre Foulquie.
— Sully, si no me equivoco, tuvo algunos problemas con Bardou.
Se puso roja como un tomate. Dios, ésta se entera de todo. Tragó saliva.
— Ah, bueno, tuvimos ... un intercambio de palabras.
Casi le había tirado el descartable de café por la cabeza al chismoso, por andar desparramando por ahí los comentarios groseros de Girard acerca de su anatomía y de lo bien que le vendría un poco de atención masculina específica.
— Sully, cuando una trabaja con más de dos personas, las habladurías son inevitables. Me importa un comino lo que digan de mí, pero detesto que molesten a mi personal. Sobre todo si quienes lo hacen se amparan en su rango.
Se quedó dura. La comisario continuó.
— Si vuelve a ocurrir un incidente de ese tipo, quiero conocer las circunstancias. Quiero que sepa que puede contar conmigo.
— Gra...gracias. Comisario. Gracias.
— A veces los hombres son más maledicentes que las mujeres — Marceau sonrió apenas.
Dios del Cielo, debo estar púrpura. Apuró el café y se puso de pie.
— Gra-gracias... Por el café.
La comisario sonrió otra vez y sacudió la cabeza, mientras giraba hacia la pantalla de la pc. Sully salía cuando la curiosidad pudo más que ella. No pudo resistirse más y preguntó desde la puerta.
— Comisario,... ¿quién era Ayrault?
Marceau se volvió a medias y respondió en tono neutro.
—Fue el antecesor de Michelon. Estuvo tres años en el cargo y después se retiró de la PN.
— ¿Ud. lo conoció?
— Sí.
Mierda, qué locuaz. Le informó a la comisario de sus recientemente adquiridos conocimientos.
— Ah, qué bien. ¿Sabe? Parece que va para candidato a presidente. Fue alcalde de Chaumont y ahora es diputado. Dicen que... que le va muy bien— terminó la frase en un murmullo, cortada por la expresión indescifrable de Marceau.
— Espero que tenga suerte — comentó Marceau educadamente.
— Sí, claro. Me voy... Me... tengo que archivar.
— Adelante — la sonrisa volvió al rostro impenetrable y ablandó el hielo de dos minutos atrás.
Mientras recogía expedientes y los ordenaba por número, la cabo se prometió que averiguaría la tenebrosa historia sobre la que la comisario mantenía un discretísimo silencio.