POLICIAL ARGENTINO

miércoles, 7 de julio de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 7

PARÍS, XII° ARRONDISSEMENT. SEGUNDA SEMANA DE MAYO

— Ahí llamó tu cliente favorito otra vez.
— ¡No me jodas! El tipo es un enfermo...
— Para eso paga...
— ¡Me importa una mierda la plata! ¡Puede metérsela en el culo! ¡Que se busque a otra!
El Nene Rimbaud se acercó amenazador y sacudió violentamente a la mujer por el brazo.
— ¿Desde cuándo te da por elegir los clientes?
La Turca lo enfrentó con ojos llameantes.
— Para que me caguen a palos me alcanza un solo alcahuete. ¡Si no, que pague el doble!
— Nunca me dijiste que te golpeaba... — le sujetó el otro brazo.
— ¡Nunca me escuchaste! ¡El tipo es un animal! Jugar al SM está bien, pero se pasa de la raya: ¡quiere el reality show! Eso no es chiste, Nene. Disfrazarme está bien, darle el culo, chupársela... ¡pero que me muela a palos no me gusta una mierda!
El Nene se la quedó mirando en silencio, con la cara torcida de disgusto. Carajo, el comi se nos está pasando mucho de la raya. Ya no lo aguantan ni las putas. Ella siguió.
— Nene, viene armado. La última vez me puso el fierro en la boca y lo amartilló. ¡Qué se yo si estaba cargado! Tengo miedo. Está demasiado pasado, no sé... — lo abrazó y lo besó con la boca abierta — Por favor, no me mandes con él de nuevo. Hago lo que quieras pero con él, no. Por favor...
La Turca está asustada de verdad. Le devolvió el beso metiéndole la mano por debajo de la ropa. Ella se le colgó del cuello.
— Y quién va...— masculló resignado.
— La nueva...
— ¡No quiere rubias ni pelirrojas, ni negras, ni una mierda! — continuó sin hacer caso de la mujer.
— ¡Ya sé! Te digo la albanesa... Todavía no se tiñó.
Una buena noticia: le había dicho que se cambiara de color y la putita no le había hecho caso. Menos mal. Evaluó la propuesta. La albanesa no da tan bien el tipo pero peor es nada. Bajita, ojos grandes y oscuros...
— Es demasiado nuevita... — dijo en voz alta.
— Mejor: en una de esas le tiene piedad...
— Bueno, que vaya ella. Dale las instrucciones y la ropa.
— Gracias, Nene... — la Turca se le apretó otra vez contra el cuerpo y él la apartó.
— No te hagas la cariñosa.
— La puta que te parió.
— Afuera— la empujó agarrándola del culo — No quiero que la mocosa haga cagadas con él. Mejor que le enseñes lo que tiene que hacer.
                                                                               ****


El cadáver apareció tirado en una esquina del XIIº. Otra puta asesinada y van... Pobrecita, parece que le dieron la paliza de su vida antes del tiro de gracia...
— ¿Qué hace ahí? ¡Salga del cerco, idiota!
Meyer se dio vuelta despacio con las manos en los bolsillos y un Gauloise entre los dientes, para enfrentar al suicida en potencia que lo había llamado "idiota". Sacó la mano y la placa y masculló su identificación sin sacarse el cigarrillo de la boca.
— Ah, la Crim. Capitán Martínez, del XIIº. Hoy llegaron rápido, ¿eh? — el otro se presentó sin disculparse. Si le digo que pasaba con el auto y bajé a mirar, me saca a patadas en el culo.
— Le dieron una linda paliza. Es nueva—Martínez señaló con un cabezazo hacia el cuerpo.
Meyer frunció el ceño interrogativamente.
— No es de la zona, nunca la vimos por aquí antes— Martínez se encogió de hombros.
—¿ Las conocen a todas? — Jumbo preguntó con sorna.
— Sin padrinos no pueden trabajar— Martínez levantó las cejas en un gesto esclarecedor.
Padrinos canas. Qué novedad. Le dieron ganas de zamparle un tortazo a Martínez del XII°
— Era bastante joven...
— Si, dieciocho, diecinueve años. No la mataron acá — Martínez aclaró un poco tarde.
Obvio. Nadie circula por ahí así vestida, aunque sea una mujer de la calle.
— ¿Hay sangre? — le preguntó al auxiliar del forense, que recogía muestras.
— No. Llevaba un par de horas muerta cuando dejaron aquí el cuerpo.
— ¿Huellas de zapatos, algo?
Jumbo se arrepintió de la pregunta casi al instante de haberla hecho: alrededor de la marca del cuerpo había huellas de toda clase: la mitad de la PN había dejado su impronta. Carajo, cuándo aprenderán...
Oyó el ruido del cierre de la bolsa de plástico y cuando se volvió, ya estaban metiendo el cuerpo en la ambulancia.

PARÍS, AL DÍA SIGUIENTE
Odette salió del centro médico con la amarga convicción de que conocía de sobra el motivo de sus cuitas. Sus estudios ginecológicos eran asquerosamente normales. Debería dar gracias a Dios por estar sana y por el perdón de todos mis pecados. La médica había sugerido que Marcel también se hiciera estudios, al menos para tranquilizarse ambos. Luego, había sonreído comprensiva. ”La ansiedad a veces juega en contra en estos casos. Tómense vacaciones y verán los resultados antes de lo que esperan”. Marcel ni siquiera está enterado de esta consulta.
Te lo dijimos y no nos hiciste caso, canturrearon en la parte trasera de su cabeza.
 ¡Váyanse a la mierda y déjenme en paz!
No somos nosotros los que no te dejamos en paz, señora "puedo-hacerlo-sola". Fuiste a hacer esa consulta sabiendo cuál sería el diagnóstico.
¡No es cierto, podría haber habido algo!
Claro que hay algo: telarañas en ese rincón de tu cabeza que te maneja las hormonas. Telarañas, oscuridad y un pretendido manto de olvido. Mal hecho. Te está pasando la cuenta. Hasta que no lo destierres de tu vida defintivamente te va a seguir jodiendo. Te violó, preciosa, pero sobreviviste. Estás entera, sana, viva; hay un hombre que te ama: no merece que le hagas esto. Si no quieren tener hijos, no hay problemas, pero no es tu caso... ni el de él.
No estoy tan segura.
¡Sï, sí lo estás! No te pongas excusas. Una mujer se completa con un hijo, es su propia vida. Un hombre se prolonga en un hijo: es su futuro, su legado a la posteridad. Para una mujer es carne de su carne. Para un hombre, es reflejo de su espíritu. No se lo niegues.
Se sentó al volante distraída por sus pensamientos amargos y enfiló hacia el Quai en medio del tránsito bovino del lunes por la mañana.
                                                                       ****

— Es una buena oportunidad para optimizar su cobertura— Michelon apoyó la taza con cuidado.
Meyer se inclinó hacia adelante, sentado en el borde de un sillón algo escaso para contener su humanidad, y separó las manos con las palmas hacia arriba.
— Madame, yo... — para qué carajo habré metido el morro...Nunca aprendo
— Pienso asignar el caso a Marceau; usted nada más la secunda con “apoyo logístico”-
Meyer frunció la trompa, no demasiado convencido y Madame continuó.
— ¿Qué es lo que puede interferir con su otra asignación? Podrá justificar sus idas y venidas con mejores fundamentos y nos permitirá a Dubois, a usted y a mí mantener a Marceau estrictamente al margen del operativo más importante. Ya sabe, Meyer: lo hacemos para proteger a la comisario.
Jumbo meneó la cabeza y asintió. Después de todo, es lo que Dubois me pidió: que la cuide y la vigile.¿Qué mejor forma de hacerlo que trabajando con ella?
— De acuerdo, Madame.
                                                                           

                                                                         ****
Los titulares de los diarios se revolcaban en la noticia. Las fotos publicadas eran obscenas de tanto horror que exhibían. Dios, pobre chica.
— Por favor, dejen de regodearse con esas fotografías.
— Perdone, señora — Bardou dobló apresurado el semanario sensacionalista y lo metió en el cajón de su escritorio. Los demás se desparramaron por la oficina. Sully estaba pálida de asco.
Luego de dejar su bolso y el impermeable en el perchero — carajo, llueve más en París que en Londres —, Odette tomó un alfiler de color y lo clavó en el mapa en la esquina de la calle Vincennes, calle de prostitutas baratas, donde había aparecido el cuerpo. Cuando el interno sonó a sus espaldas ya sabía lo que escucharía. Suspiró mientras descolgaba el impermeable al tiempo que levantaba el auricular.
                                                                            ****
Odette marcó el número del forense mientras se subía al auto.
— ¿Dr. Bedacarratx? Estoy en camino.
— La espero, comisario.
El forense le pidió que esperara a que le diera una ojeada al cuerpo que acababa de llegar.
— Unos quince minutos...
Los quince minutos se hicieron más de una hora y media hasta que Bedacarratx se reunió con ella en su cubículo, en un extremo de la sala de autopsias. Aún cerrado hermeticamente y con aire acondicionado, el olor de los antisépticos mezclado con el leve tufo a carne en inevitable descomposición, enrarecía siempre el lugar. Sobre una de las mesas, uno de los forenses auxiliares hojeaba el diario, merendando sobre lo que quedaba de un NN, un vagabundo encontrado bajo uno de los puentes. La muerte no sólo iguala, también te inmuniza contra sí misma. Apuró el paso. Todavía no soy tan inmune.
El forense cerró la puerta y la invitó con un café y Celtiques.
— No fumo. ¿Ya se olvidó?
— Hace bien. Si tuviera que ver lo que yo veo... La chica, vino por la chica, ¿cierto? — el forense cambió abruptamente de tema —. La mataron a golpes. El disparo fue post-mortem. Estuve tomando algunas fotos para analizar mejor el patrón de los golpes; se las pasaré con el informe cuando tenga algo definitivo pero no tengo dudas respecto de la causa de muerte — Bedacarratx encendió otro Celtique —. Era menuda, no más de uno con cincuenta y cinco, y unos cincuenta y dos kilos. Quien lo haya hecho conoce el método porque podría haberla matado con un solo revés. Tiene fracturada la mandíbula y tres costillas, el pulmón derecho perforado por una de ellas y varios hematomas en la región abdominal. Una auténtica salvajada. Comisario, ¿se siente bien?
— No, debe ser el humo — respondió aguantando el asco —. Bueno, Baptiste, envíeme el reporte en cuanto pueda.
— Hace unos dos meses llegó otro cuerpo con una paliza así — agregó el forense mientras ella se levantaba.
Odette levantó las cejas y Bedacarratx explicó.
— Una NN, en el Bois de Vincennes. El cuerpo estaba muy descompuesto como para apreciar golpes superficiales a simple vista, pero también tenía fracturas en las costillas y contusiones en el cráneo y maxilares... A ver... — se levantó a rebuscar en el archivo y sacó una carpeta. — Es éste. Vea las fotos. — le mostró una serie de tomas del Museo del Terror—. El cuerpo fue encontrado por un perro. Blanca, alrededor de veinticinco años, cabello oscuro, un metro con sesenta y tres.
En el nombre de Dios, qué espanto. Contuvo las nauseas: vomitar sobre el expediente hubiera sido una demostración de pésimos modales.
— ¿Por casualidad sabe quién se hizo cargo? — preguntó después de una prolongada inspiración.
El forense revolvió entre los expedientes y le dio el dato, ofreciéndole la carpeta. Ni loca pienso volver a mirar eso. Se estrecharon la mano y casi corrió hasta la entrada de la morgue. El aire viciado de smog le pareció maravilloso.
                                                                        ****
Lejeune se sentó ante la pantalla después de ordenar que no le pasaran llamados. De su notebook extrajo un CD e introdujo el que llevaba encima. El mapa con las señalizaciones se desplegó y agregó otro alfilercito electrónico. Vamos de mal en peor. Al número uno y al número dos no va a gustarles si se enteran. Tendríamos que ver cómo solucionar esto.

miércoles, 16 de junio de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 6

Capitán Bernard Meyer

GÉNOVA, MEDIADOS DE LA PRIMERA SEMANA DE ABRIL

Marcel se registró en el hotel como Marco Delbosco, veronés residente en Marsella, documentos en regla: pasaporte, tarjetas de crédito y personales, cheques. En estas épocas todo es reciclable menos los alias, le sonrió siniestro al espejo mientras se acariciaba el pelo recién cortado en estilo casi militar. La barba afeitada a la última moda de Milán le daba un toque ligeramente perverso. Se había reunido con Meyer en el aeropuerto y Meyer había esbozado una sonrisita socarrona.
— Te van a arrestar por portación de barba...
— La envidia te está matando, Jumbo.
Tres o cuatro días, una semana a lo sumo y luego de vuelta a casa: Michelon no quería perder su rastro ni el de Meyer. "Sin riesgos inútiles", había insistido Madame, que se sentía incómoda, encadenada a su sillón de la Brigada sin la posibilidad de darles apoyo.
Jumbo y él se habían encerrado a preparar el trabajo: por el momento, estudiar el terreno. Él haría el contacto inicial en Italia: un “interesado” en ciertas mercaderías muy específicas. Jumbo sería su “enlace” para América. Se resistía a pensar en algún sitio determinado aunque el informe señalara con flechas de neón. Habían rastreado los numerosos nombres citados en el informe Henri como miembros de la red de tráfico y sus posibles relaciones. Muchos estaban muertos de muerte violenta — nada fuera de lo común en esa clase de gente — y otros habían desaparecido adecuadamente. Por fin apareció uno vivo: un tal Massimo Ruggieri, de Milán.
Verificaron con discreción que Ruggieri, que no tenía antecedentes en Italia ni en el resto de Europa, era socio de una agencia de turismo alternativo que organizaba cruceros por el Mediterráneo, el Adriático y la costas norte y occidental africanas: itinerarios sospechosamente convenientes.
— Qué te parece, Jumbo: tienen una pantalla perfecta — marcó los puertos en el mapa —. Mientras pasean a los pasajeros, cargan y descargan.
— ¿Vas a hacerte un crucerito? — preguntó Meyer.
— Uno de dos o tres días: el que llega a Marruecos.
— ¿Qué se supone vas a hacer a bordo, además de mirar a las chicas?
— Jugar un poco. La Polizia Finanziaria no le tiene demasiado afecto a EuroAvventura pero hasta ahora no pudieron comprobar nada. Los clientes son gente de mucho dinero, uno no va y arresta a un miembro del jet-set como si fuera un delincuente común, nada más que por jugarse unas fichas en un casino clandestino.
— Seguramente más de un general de los Carabinieri se asolee en cubierta: chicas, blanca... — Jumbo se encogió filosóficamente de hombros— ¿Y yo, cuándo empiezo a jugar?
— Tan pronto encuentre un enlace con los que despachan, te paso la pelota.
Antes de separarse, Meyer preguntó:
— ¿El jefe se tragó lo del curso y el ascenso?
— Parece que sí. Espero que no se ponga suspicaz porque estoy frito. Tengo previsto pasar por C* antes de ir a Génova y ver qué es lo que arregló Michelon.
— Si te vas a meter en el papel, mejor que te pongas a dieta: en C* la disciplina física es un deber moral.
— Entonces te vendría bien que te ascendieran a inspector general, querubín— le pellizcó los cachetes y Jumbo le dedicó un pescozón.
Después de intercambiar unos tortazos amistosos, se despidieron. Algo frío le rondó las entrañas.
—Jumbo, no la descuides mientras estoy afuera.
— No te preocupes. Le voy a pisar los talones y si trata de escaparse, se los muerdo.
— Ni una palabra con ella. Órdenes de Michelon.
— Soy una tumba.
La reunión con el director de C* no había comenzado de modo amable. El fulano, un comi de alto rango, lo había mirado de arriba abajo como si se tratara de un insecto bajo estudio.
— No tengo muy claros los motivos para estas condiciones especiales que solicitó Michelon, capitán Dubois. Estoy dispuesto a concederlas sólo porque la comisario me lo pidió, pero debe saber que las exigencias serán las mismas que para los oficiales que realizan el curso a conciencia.
Traducción: me van a romper el culo en cada examen del podrido curso. Mejor que afiles el lápiz, viejo. Puso cara de hoja en blanco.
— Comisario, me limito a cumplir órdenes — le entregó un sobre que Madame le había dado “por si hay que convencer a alguien” . Bueno, parece que estoy delante de ese alguien.
El hombre abrió el sobre y leyó la nota casi sin respirar. Cuando dejó la hoja sobre la mesa, su disposición de ánimo había variado visiblemente.
— Capitán, esto cambia las cosas.
Los bulldogs sonríen, quién lo hubiera creído. El comi le devolvió la carta.
— No necesito ningún registro escrito. Bien, dados sus antecedentes y la investigación que encara, la dispensa es comprensible — el hombre se puso de pie y le tendió la mano —. Le deseo suerte, capitán y espero entregarle sus charreteras de comandante junto a los demás graduados del curso. No querrá decepcionar a sus superiores.
— En absoluto, comisario.
Se despidió de su primer día en C* sin estar seguro si lo del ascenso era una buena cortina de humo para Odette o una piedra en el zapato.

                                                                             ****

Los pasajeros del crucero se saludaron como viejos conocidos que eran y le lanzaron miradas entre intrigadas y suspicaces. Un sesentón musculoso y bronceado, a cargo de las actividades a bordo, exhibía sonrisa de relacionista público mientras recibía uno a uno a los pasajeros.
— PierAndrea Giuliani — se presentó y miró la lista de embarque —. Ud. debe ser Marco Delbosco.
— Así es—  Marcel sonrió tan espléndidamente como su anfitrión y le estrechó la mano con ampulosidad —. Me recomendaron sus cruceros y no veía la hora de embarcarme en uno.
Giuliani le presentó a otros pasajeros.
— Son amigos más que clientes de EuroAvventura — nombró a dos o tres apellidos que sonaban en los medios: un cantante lírico, un músico de rock, un banquero. No había mujeres en la lista.
— ¿A qué se dedica, señor Delbosco? — preguntó el banquero.
— Comercio internacional — explicó con ambigüedad y una sonrisa más espléndida que la anterior —. Es un trabajo estresante. Necesitaba un relax y aquí estoy.
Se pasó el resto de la mañana haciendo sociales con los otros viajeros, y mirando a las mujeres que habían aparecido en cubierta tan pronto la nave zarpó y se alejó a prudente distancia de las lanchas de la Prefectura italiana.
— Hermosas hembras— comentó despreocupado a su compañero ocasional de barandilla, que asintió señalando a una negra bellísima, alta y delgada como una gacela.
— EuroAvventura sólo ofrece lo mejor. En todo sentido — subrayó el hombre.
— Sin duda. Por eso estoy a bordo— lo miró directo a los ojos.
— Creo que no nos presentaron: Massimo Ruggieri.
— Marco Delbosco.
Se estrecharon la mano. Así que este es uno de los “candidatos” de Henri.
— ¿Cuál es su tipo? — Ruggieri cabeceó hacia las mujeres, que se reían a carcajadas con un grupo de hombres con copas en la mano.
— Ah, qué pregunta difícil. Si tengo que elegir alguna... La rubia alta, con aires de mannequin.
— Eso es lo que es — Ruggieri sonrió irónico.
— Entonces tengo buen ojo.
Ruggieri la llamó y se la presentó. La mujer le tendió una mano lánguida y perfumada.
— Sonja— Los ojos verdes relumbraron bajo las pestañas. Ojos de pupilas muy dilatadas. ¿Cuánto se dopa esta mujer para hacer lo que hace?
— Marco.
— Lo dejo en buena compañía— Ruggieri le palmeó el brazo.

                                                                             ****

Sonja Jorgensson

 primera noche lo dejaron ganar en la ruleta y procuró simular que había bebido lo suficiente como para irse a dormir sin llevarse la rubia a la cama. Al día siguiente, ni siquiera asomó en cubierta y se quedó atornillado a una mesa de baccarat. Sonja lo rondó consecuentemente, alentándolo cuando ganaba y lamentándose cuando perdía.
— Quiero hablar con Ruggieri — se la sentó en las rodillas y le besó el cuello —. A solas.
— ¿Y a mí cuándo me toca? — se quejó ella. Pobrecita, te estás perdiendo las propinas.
— Después que me consigas la cita con Ruggieri.
La mujer lo besó con la boca abierta y le rozó los labios con la lengua.
— Te tomo la palabra.
                                                                              ****
— No es un hombre de perder el tiempo, Delbosco.
— No, y tampoco dinero. Ya dejé bastante en sus mesas, pero no me quejo. Son las reglas del azar.
— Puedo ofrecerle crédito...
— No es lo que necesito de Ud. Crédito es lo que me sobra— cambió sutilmente de actitud física—. Soy comprador. Tengo una clientela muy especial y exigente, y tengo buenas referencias suyas.
— No sé nada de Ud...— el otro se volvió cauteloso.
— Quizás conoció a alguno de mis anteriores contactos— nombró a dos de los finados de la lista de Henri, más un “Frankestein” que habían fabricado con Jumbo. Era tan ambiguo que podía haber sido cliente de medio planeta y la otra mitad le creería. Los llamados se desviarían a un celular que Jumbo llevaba permanentemente encima; los e-mails serían re-ruteados, lo mismo que los faxes. Meyer estaría ocupado preparando papelería membretada, sobres, sellos y falsos archivos fotográficos de falsos clientes.
— Se imaginará que tengo que constatar cuanto Ud. me informa.
— No espero menos. Hágalo pronto: volvemos a puerto pasado mañana y no quisiera volver a Génova sin un principio de acuerdo.
Cuando volvió a su camarote, Sonja lo esperaba en la cama, adobada con la dosis de rigor.

                                                                          ****
— Le ruego comprenda que tenía que tomar mis precauciones — Ruggieri sonrió disculpándose.
— Si no lo hubiera hecho, no sería Ud. confiable— Marcel dejó traslucir una amenaza sutilísima.
— Me gustaría invitarlo a nuestro próximo recorrido, la semana que viene. Salimos el jueves, regresamos el domingo por la mañana. Podremos hablar cómodamente y analizar nuestras mutuas ofertas.
— Me parece bien.
O sea que te vas a tomar una semana para continuar investigándome. Bien, me da tiempo para hacer lo propio.
                                                                          ****
— ¿Y? ¿Qué encontraste? — preguntó Ruggieri entrando al camarote de Sonja.
— Lo que le dije: tarjetas de crédito, tarjetas de presentación de varias firmas, efectivo, papeles de negocios de una firma en Venezuela...Parece ser quien dice ser. El pasaporte es italiano.
— ¿Qué tal es?
— No del tipo de los que hablan en la cama.
— ¿Gay?— no sería la primera vez que usaran a un bisexual como intermediario.
— No me lo pareció — Sonja exhibió una sonrisa de gata.
— ¿Fue generoso?
— Digamos que sí...— se encogió de hombros —, tratándose de un italiano. Me tocaron peores.
— Quién sabe la próxima.
— ¿Vuelve?— la mujer abrió los ojos apenas un poquito y luego volvió a entrecerrarlos desdeñosa.
— ¿Qué, te gustó?
— No está mal— Sonja curvó apenas los labios hacia abajo pero la sonrisa pudo más. O sea que la propina no fue tan mala o Delbosco es muy bueno en la cama. A Sonja le gusta su trabajo.


PARÍS, OFICINAS DEL SERVICIO DE RG. PRIMERA SEMANA DE MAYO
Inspector General Patrice Lejeune, de RG

El capitán se sentó del otro lado del escritorio impresionante del inspector general Patrice Lejeune, director de RG(1) , y apoyó el expediente.
— Está frecuentando a una prostituta aquí.
— ¿Frecuentando? — repitió Lejeune con incredulidad.
— Sí, inspector. Parece que la tipa es de su gusto.
Una mueca sarcástica estiró la boca de sapo de Lejeune mientras el capitán le pasaba las fotografías.
— O sea que ésta lo mantiene tranquilo.
— Yo no confiaría demasiado, señor. Es muy violento.
— No hace falta que me lo recuerde, capitán— meneó la cabeza—. ¿La tipa tiene rufián?
El capitán le alcanzó más fotos y el informe. Un viejo conocido, sonrió de costado. Carajo, la gentuza con la que uno se cruza en la PN.
— Tráiganme al alcahuete. Quiero saber en qué anda, además de proveerle putas a nuestro hombre.
Después de despedir a su subalterno se sirvió un coñac. Nos equivocamos con este sujeto, los proxenetas le conocen los vicios. Si la tipa lo calienta y el cabrón termina abriendo la boca, fanfarrón como político que es.... No se puede mezclar mujeres con estos asuntos. En la Orden no hay mujeres.
                                                                                 ****
Los dos gorilas lo esposaron sin demasiada consideración por su persona y lo metieron en un auto azul sin identificación.
— ¡Tengo influencias muy importantes! —el Nene Rimbaud fanfarroneó desde detrás de la grilla metálica— ¡No pueden encanarme sin una orden judicial, ni ...!
— No me aburras, Rimbaud — el gorila del asiento del acompañante le apuntó con una Beretta de tamaño más que respetable —. Adonde te llevamos, tus influencias no valen una puta mierda.
Llegaron a un galpón de ferrocarril en el X°, lo bajaron del auto y lo entraron a la rastra. El lugar era una nave enorme, vacía salvo por una mesa a la que estaba sentado un tipo. En el fondo se apilaban cajones viejos casi hasta el techo. Cuando los gorilas lo sentaron ante el tipo, el pico de miedo le frunció el escroto.
— Una de tus chicas se encama con Ayrault — dijo el tipo mientras jugaba con un anillo de sello en su anular derecho.
— No conozco a ningún Ayrault.
El hombre se levantó con parsimonia y rodeó la mesa: no más de un metro con setenta y cinco, pero con unas espaldas y unas manazas que podrían partir la mesa de un solo golpe. Las piernas se le adivinaban musculosas bajo el traje carísimo. Cada paso del tipo parecía calculado y ejecutado con la elasticidad y economía de movimientos de un animal. Tan ocupado estaba en estudiarlo que el revés en la mandíbula lo sorprendió y lo tiró de la silla.
— No me tomes por boludo, Rimbaud. Éste — señaló una carpeta sobre la mesa mientras los gorilas lo sentaban de nuevo —, es tu expediente original de la PDP: una auténtica mierda. Escoria de la peor calaña. Traicionaste a tus compañeros para vender por tu cuenta un cargamento de blanca secuestrado en un allanamiento. En tu perra vida como suboficial hiciste un solo arresto de algún delincuente que hubieras perseguido... Alguien te hizo el favor de limpiarte los sumarios para que pudieras retirarte y no terminar adentro, porque los mismos presos te hubieran degollado— la bestia se apoyó en la mesa con la jeta a dos centímetros de la de él — JJ Ayrault fue ese alguien. A cambio, te da trabajitos de dealer y te consiguió socio en la PDP para ayudarte con las chicas. A cambio las usa gratis, JJ no hace nada por nada. Quiero un informe de los movimientos de JJ cada vez que se aparezca por París. Todo: con quién se encuentra, el hotel en donde se aloja, a quién se coge y cómo le gusta más; quiero hasta el texto de los discursos que tanto le gusta dar. Tu culo está en juego y te lo voy a romper personalmente. Y para que no dudes de que puedo cumplir mi palabra, acá va una muestra gratis.
A una seña, los gorilas lo tiraron boca abajo encima de la mesa y le bajaron los pantalones. Uno le sostuvo la nuca, aplastándole la cara contra la madera y el otro le sujetó las piernas. El ruido del cierre lo aterrorizó.
— ¡NO, NO! ¡Está bien, hago lo que quiera! — sollozó medio ahogado contra la mesa — ¡NOOO!

No pudo seguir gritando: le metieron un trapo mugriento en la boca y casi se ahogó, no supo si de dolor o de miedo.
Lo soltaron y le abrieron las esposas. Como pudo se sacó el trapo y se subió los calzoncillos y los pantalones mojados con deshechos corporales propios y ajenos.
— A este número— uno de los gorilas le tendió un papelito.

— ¿A q-quién...?— tartamudeó. Le temblaban tanto las piernas que apenas podía sostenerse parado.
— Etchegoyen. Sáquenlo de mi vista.

(1) Renseignements Généraux: Servicio de Informaciones de la PN.

lunes, 31 de mayo de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 5

PARÍS, LA DÉFENSE, DEPARTAMENTO DE LA CRIO. MARCEAU. MISMO DÍA, DE MADRUGADA



Los ojos azules, claros como el agua. Crueles, vastamente crueles. Sin lugar en ellos para un mínimo de piedad.Ni siquiera la elemental compasión que se siente por un animal.
— Puta... me estuviste esperando trece años... Acá estoy...
Quería suplicarle pero estaba muda. La desesperación que le aporreaba las sienes y los tímpanos, le desgarraba la garganta en un grito que se empeñaba en no brotar. Por favor, no, pero los ojos azules le sellaban los labios y la paralizaban. Era de plomo sobre ella, plomo líquido y ardiente que se le colaba en los orificios torurados del cuerpo.
— Así,¿ ves?... Así quebrábamos a las putitas montoneras ...— jadeaba, ronco de furia.
Morir, morirse de una vez por todas para que el pecho no le doliera más así, el corazón lanzado a toda velocidad ensordeciéndola, no, por favor no... no... ¡NOO...!

Sus propios gritos la despertaron. Odette miró alucinada a su alrededor hasta que reconoció su propio dormitorio. Sin encender la luz, saltó de la cama y corrió al baño. Se metió en la ducha, temblando por los sollozos. Después de un rato bajo el agua se dio cuenta de que tenía puesta la ropa interior y se desnudó. Cuando consiguió llorar sin gritar, se sentó en el piso de la ducha dejando que el agua arrastrara los últimos estertores de la pesadilla. En cuatro patas, cerró los grifos y se quedó sentada hasta que el frío la hizo salir y ponerse una bata. Dios, estoy helada... Un café. Pasó corriendo delante del espejo para no verse y nunca estuvo tan concentrada llenando la cafetera. Se salpicó con el café caliente. Carajo, me tiemblan las manos.
De vuelta en la cama, encendió la lámpara y se metió bajo el cobertor con la bata puesta, sin admitir que tenía miedo de dormirse y soñar todo de nuevo. De todas las atrocidades que la bestia había cometido con su cuerpo, ninguna era comparable al odio con que le había lacerado las entrañas. Le había hundido en el cuerpo un hierro ardiente, la había inundado con ácido y destrozado por dentro con saña.
¿Qué te pasa, nena, no aprendiste que uno no le miente al espejo?
No me jodan, no puedo hablarlo con nadie... Además, el hijo de puta está muerto, muerto, muerto...!
¡Te da vergüenza, muñeca! Te da vergüenza que ese animal te haya violado. No que estuviera a punto de matarte, ¿eh? Una es una heroína si la matan, te dan medallas post mortem, pero no hay medallas post violación, no señor. Das lástima, los médicos te revisan los moretones y te hurgan en la vagina. Mejor cerrar la boquita tal como él te la cerró y no poder gritar ni cuando estás dormida. ¿Dónde mierda dejaste la psicología y la profesión? ¿Y si te pasa cuando Marcel esté en casa, qué vas a decirle? Nunca le contaste toda la verdad, claro que no, porque nunca te planteaste la idea de contárselo a alguien más, para que te acompañara en tu dolor. Tenías que tragártelo, señora "puedo-hacerlo-sola". Si lo hubieras compartido...
¿Compartir qué, la humillación? ¿Que ese hijo de puta me haya torturado y...? Estuve en exhibición en una cama de hospital, ¿qué mierda iba a conseguir con eso, que me miraran con más lástima que a un perro?
Qué estúpida puede ser una mujer inteligente.
Basta, en el nombre de Dios, basta. Ya terminó. Bebió un sorbo de café y la garganta le dolió de angustia al tragar. Todo está tan muerto y enterrado como él...
Ah, nena, ese es tu peor error: estas cosas no se entierran porque se pudren y te pudren.
Sí, decirlo, hablarlo con alguien... Un peso terrible amagó a aliviarse. Tomó el teléfono. Si no responde al segundo timbrazo, corto, se prometió cuando apretaba las teclas de memoria.


CAPO CALAVÀ, VILLA MASSARINO. LA MISMA MADRUGADA


Una desazón extraña la despertó de madrugada, oprimiéndole el pecho. Franco roncaba apaciblemente. Amor mío, lo besó y Franco dio media vuelta y dejó de roncar. Lola se levantó sin hacer ruido.
Alguien me llama. Se asomó al dormitorio de nonno Augusto: dormía como un bebé. ¿Y papá? No: si hubiera pasado algo, Aniello ya habría llamado. ¿Por qué pensé en los viejos? La voz que me llama: ronca y cascada, casi agotada por el esfuerzo de pronunciar. Decía "Addolorata". Todos me llaman Lola. ¿Quién...?
Miró la hora en el reloj de pie del salón: las cinco de la mañana. Qué frío hace, se frotó los brazos. Un frío húmedo que se le metía por las fosas nasales y le pesaba en los pulmones. Las ventanas estaban cerradas y el viento las sacudía apenas. El frente de tormenta había pasado rumbo a costas más cálidas, pero había llovido toda la noche.
Volvía al dormitorio cuando el llamado agonizante la reclamó de nuevo. ¿Quién...? La voz le azotó la memoria. ¡No! ¡No tú...! El pecho se le estrujó de miedo y los ojos se le llenaron de lágrimas. El teléfono le ahogó la respiración en la boca. Corrió y tropezó con una silla en la prisa. Gesucristo benedetto! Levantó el auricular con dedos rígidos por el temor, antes del segundo campanillazo.
Mamma?
Odette. Soltó el aire ruidosamente.
— ¡Hija, casi me muero de miedo! — pero ambas respiraron más tranquilas.
Scusa l’ora, mammina ... (1)
Otra vez la sensación de anticipación. Odette hablaba en voz queda.
— ¿Estabas despierta?
— Sí pero, ¿por qué llamaste?
Del otro lado tardaron un par de segundos de más en responder.
— Tuve un impulso — Odette titubeó — ... Quería... saber cómo estabas. Perdón, estoy medio chiflada, ... no tendría que haberlo hecho..
— No, figlia mia, no. Está bien: yo también necesitaba hablar con alguien... contigo— le confesó a su hija la inquietud—. Sentí que alguien me llamaba... Creí que eran los viejos y me levanté. Están bien— la tranquilizó —. No sé qué pueda haber sido. Un sueño, chi lo sà (2) — quién sabe te soñé...Sí, un mal sueño...
— Un sueño... — murmuró su hija —. Yo también ... soñé...
Presintió que había mucho más detrás de esas palabras.
— ¿No quieres contarme de qué se trataba? — la animó.
— Nada, mammina, ... un mal sueño... ya pasó.
— Basta, parecemos locas, hablando de pesadillas a mil quinientos kilómetros de distancia, a las seis de la mañana — se rieron más por los nervios que por lo ridículo de la situación.
Ciao, mammina.
Ciao, bambina.
Cuando cortó, reparó en el hecho: cuánto hace que no llamo bambina a Odette.

(1) Perdón por la hora, mami
(2) Quién sabe


PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. PRIMERA SEMANA DE ABRIL

— Sully, a mi oficina por favor.
Sully colgó de mal humor. Marceau. ¿Y ahora qué carajo quiere? Desde que Marceau había quedado a cargo del puesto de Massarino, había hecho lo imposible por evitarla. Lo único que me faltaba. Massarino había sido transferido al Ministerio del Interior, ¿no necesitaba una asistente? Había tratado de todas las formas posibles de que el comisario reparara en ella para que le dieran el traslado, inútilmente. La puta que lo parió, tuve que quedarme y verla ocupar ese despacho. Y encima, la gota que colmó el vaso: Dubois duerme con ella. ¡No hay derecho! ¿Por qué tengo tanta mala suerte?
Se había limitado a desaparecer de la vista de Marceau, que seguramente se la tenía jurada. Por algo le dicen "Madame la Veuve" . ¡Y cómo se callaron todos ahora que la señora es la número uno del sector! Ese chismoso de Bardou, que se llenaba la boca hablando pestes de ella y de Massarino. Todos los que le miraban el culo y las tetas cuando era capitán, y que apostaban sobre quién sería el macho de la señora y qué oficial sería capaz de encamársela, ahora se cuidan hasta cuando la saludan. Si su Dubois se llega a enterar de quiénes son, los corta en pedacitos. Maricones de mierda.
Cierto que había otros que jamás se habían metido con ella. Meyer, por ejemplo. Ese amargo de Paworski y los antipáticos de los Laboratorios: ¡los había visto sonreírle por los pasillos! Chupamedias. Con la única persona con la que el anormal de Witowlski articula más de dos palabras es con ella. Claro que hablan nada más que del sistema de mierda. ¿Y Foulquie? Pobre viejo, siempre la defendió. Y a mí qué me importa. Tragó saliva y entró al despacho.
— ¿Señora? — No la mires a los ojos. Visión periférica, preciosa.
— Sully, sería tan amable de traerme este expediente?
La comisario le alcanzó un papel con el número. Ella asintió con un sacudón de cabeza y salió.
Parece que hoy está de buen humor, pura cortesía. Bueno, conmigo siempre es muy cortés. Salvo que le mires al Dubois.
Mientras subía las escaleras a desgano expediente en mano, se cruzó con Bardou que venía de gran charla con Strauss, acerca de un tal Ayrault. Aminoró el paso y paró las orejas. El Ayrault ese se estaba postulando para candidato a presidente. ¿Y a éstos qué les importa? Alguien más intervino en la conversación: el comisario Girard. Otro cerdo con galones, de esos que te se creen que porque son comis te pueden mirar el culo y opinar acerca de él sin remordimientos.
— Su municipio es un ejemplo— decía el bocón de Girard —. Ojalá hubiéramos tenido un alcalde como él. ¡Él sí sabe cómo mantener el orden público!
— Duró poco en el Quai — intervino Strauss.
— ¡También, con el escándalo de Marceau, como para que durara! — Bardou se rió socarrón.
¡Mierda! ¿Marceau de por medio? Ésta sí que no puedo perdérmela. Pero unos pasos más y sería evidente que estaba escuchando. Se prometió averiguar el resto de la historia. Roulet, el de Archivos, siempre tenía una anécdota jugosa para quien quisiera escuchar. Seguro que algo debe saber. Se prometió ser más amable con el viejo verde para ver si le sonsacaba algo.
Apretó el paso y se adelantó al grupo sin mirarlos. Al alejarse, escuchó las risas ahogadas de los tres hombres. Alguna porquería que estarán contando, sucios babosos.
— Señora, el expediente que pidió.
Dio media vuelta decidida para salir cuando la voz aterciopelada la congeló.
— ¿Sully, quiere un café?
Se quedó sin aire durante un momento. Se volvió, tragó saliva y se sentó, consciente de que su expresión era una mezcla de sorpresa y pánico. Mejor digo que sí, nunca se sabe...
— Gracias...
Marceau le alcanzó una tacita de café exquisito y caliente. Desde que ocupaba esa oficina, se hacía preparar el café, su propio café pagado de su bolsillo, en una jarra térmica que quedaba en el despacho, junto con tacitas descartables. Bardou decía que era por Foulquie. Claro, el viejo siempre corría a llevarle la tacita de café, evocó con un pinchazo de envidia del que se arrepintió de inmediato. Pobre Foulquie.
— Sully, si no me equivoco, tuvo algunos problemas con Bardou.
Se puso roja como un tomate. Dios, ésta se entera de todo. Tragó saliva.
— Ah, bueno, tuvimos ... un intercambio de palabras.
Casi le había tirado el descartable de café por la cabeza al chismoso, por andar desparramando por ahí los comentarios groseros de Girard acerca de su anatomía y de lo bien que le vendría un poco de atención masculina específica.
— Sully, cuando una trabaja con más de dos personas, las habladurías son inevitables. Me importa un comino lo que digan de mí, pero detesto que molesten a mi personal. Sobre todo si quienes lo hacen se amparan en su rango.
Se quedó dura. La comisario continuó.
— Si vuelve a ocurrir un incidente de ese tipo, quiero conocer las circunstancias. Quiero que sepa que puede contar conmigo.
— Gra...gracias. Comisario. Gracias.
— A veces los hombres son más maledicentes que las mujeres — Marceau sonrió apenas.
Dios del Cielo, debo estar púrpura. Apuró el café y se puso de pie.
— Gra-gracias... Por el café.
La comisario sonrió otra vez y sacudió la cabeza, mientras giraba hacia la pantalla de la pc. Sully salía cuando la curiosidad pudo más que ella. No pudo resistirse más y preguntó desde la puerta.
— Comisario,... ¿quién era Ayrault?
Marceau se volvió a medias y respondió en tono neutro.
—Fue el antecesor de Michelon. Estuvo tres años en el cargo y después se retiró de la PN.
— ¿Ud. lo conoció?
— Sí.
Mierda, qué locuaz. Le informó a la comisario de sus recientemente adquiridos conocimientos.
— Ah, qué bien. ¿Sabe? Parece que va para candidato a presidente. Fue alcalde de Chaumont y ahora es diputado. Dicen que... que le va muy bien— terminó la frase en un murmullo, cortada por la expresión indescifrable de Marceau.
— Espero que tenga suerte — comentó Marceau educadamente.
— Sí, claro. Me voy... Me... tengo que archivar.
— Adelante — la sonrisa volvió al rostro impenetrable y ablandó el hielo de dos minutos atrás.
Mientras recogía expedientes y los ordenaba por número, la cabo se prometió que averiguaría la tenebrosa historia sobre la que la comisario mantenía un discretísimo silencio.

lunes, 24 de mayo de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 4

Despacho de la Crio. Michelon

PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES, PRINCIPIOS DE FEBRERO
El capitán Marcel Dubois miró a la comisario de división Claude Michelon por encima de las hojas dos o tres veces, dejando de leer al tiempo que la sensación de vacío y vértigo se le aposentaba en el estómago. Dejó los papeles sobre el escritorio sin abrir la boca.
— Lo siento, Dubois. Quisiera no haber recibido nunca ese informe. Tenía pensado darle la buena noticia del ascenso, pero esto — Madame golpeó las hojas con el índice —, tiene prioridad.
— Madame, ¿no corresponde a IGPN? — Marcel cruzó los dedos mentalmente.
Michelon vaciló antes de continuar.
— Precisamente alguien de IGPN, de cuya honestidad no puedo dudar, fue quien me lo dejó entre las manos. De acuerdo con esa persona, dejó de ser sólo territorio de IGPN.
— No me extraña — Marcel arrugó la frente—. Muchos matarían por la décima parte de todo esto.
— Ya empezaron — el tono de Madame era acre —, aunque no hay forma de probarlo.
—Veo un solo inconveniente para mi asignación a este caso: cómo mantener a ... a la comisario Marceau — iba a decir “Odette” —, al margen de esto.
— Ya pensé en eso: el ascenso estaba previsto. Los cursos en C* son muy exigentes; los postulantes deben quedarse allí en varias ocasiones... Es la excusa perfecta para ir y venir sin demasiadas preguntas. No creo que Marceau sea del estilo de perseguirlo telefónicamente. Por otra parte, no la quiero en este caso. Hay aspectos de la investigación...— Madame vaciló buscando el término adecuado —, digamos, sensibles. Hay vinculaciones con... casos anteriores. Cuando lea el informe completo, comprenderá.
Entonces es cierto, carajo. Ahora sí me duele el estómago. Dios, no tan pronto, no sé si puedo enfrentarme con ellos otra vez. La idea le petrificó la cara y Michelon lo notó.
— Dubois — lo tranquilizó —, si no quiero a Marceau en este asunto es porque estuvo directamente involucrada en una investigación relacionada con este sujeto y no sería ético que ella estuviera a cargo. La conozco bien y sé que trataría de ser lo más imparcial posible, pero desde mi posición no puedo permitirlo.
Se la quedó mirando fijo: Madame no está demasiado deductiva esta mañana. Por lo que leí en esta basura, voy a toparme con gentuza que conozco demasiado bien.
— Un solo “pero”, Madame: ¿cómo voy a justificar el que deba "recursar" más adelante?
— No lo hará. De hecho, conseguí condiciones especiales para Ud: deberá asistir sólo a los exámenes. Así que en definitiva, sí irá a C*, aunque no con la frecuencia estricta que requiere el curso — Michelon lo miró complacida —. No todas son malas noticias.
No sé si alegrarme o pegarme un tiro en las... Se ahorró a sí mismo la imagen deletérea de esa parte sensible de su anatomía.
— Una cosa más, Dubois — Madame tomó un expediente de la pila —. Ud. tiene familiares en Milán...
— No los conozco y no tengo interés en hacerlo — la interrumpió con sequedad.
— .. que tienen una empresa que casualmente opera con proveedores del otro lado del Atlántico — Michelon obvió su tono terminante—. Sería una cobertura interesante, si tuviera que utilizar alguna.
— Preferiría no tener que verme obligado a eso. Quiero decir, tomar contacto con ... mis familiares— tuvo que esforzarse para ocultar el disgusto.
— Capitán — Michelon lo miró con ojos grises y fríos apenas velados por los párpados —, en esta profesión hay miles de cosas que uno preferiría no hacer, pero las hace.
Es una orden, viejo. Te mandaron a tu lugar. Michelon continuó después de asegurarse que había sido comprendida.
— Los circuitos que recorren los fondos y las armas pasan por el puerto de Génova. Las armas siguen por mar hasta el Adriático y luego al continente. El dinero se desvía por bancos italianos a bancos luxemburgueses y desde allí se esfuma.
— Que es algo que el dinero no suele hacer. Alguien debe reunirlo en alguna parte para pagar.
Michelon hizo una pausa.
— No trabajará solo en esto. Elija un compañero.
— "Jumbo" Meyer— dijo casi sin pensar—. No confiaría en nadie más.
— Yo tampoco, Dubois — Madame sonrió —. Bien, son un equipo. Llévese el informe y comiencen a trabajar. Una cosa: esos exámenes en C*, debe aprobarlos. Fue el compromiso que asumí al negociar las condiciones. No espero menos de Ud.
Asintió sin hablar y se levantó. O sea que voy a perder las pelotas de cualquier modo.
                                                                         ****
— Tengo una sorpresa — le dijo mientras la abrazaba en la cama. Ella lo miró expectante. — Estuve con Michelon esta tarde: van a ascenderme a comandante — Marcel cruzó los dedos detrás de la espalda.
— ¡Magnífico! — Odette lo besuqueó; estaba tan feliz por él que lo hizo sentir culpable.
— El curso es en C** y comienza el lunes próximo. Serán montones de idas y venidas y tendré que quedarme algunas veces — explicó, molesto por la verdad que Odette desconocía.
— Bueno, si ese es el precio por el ascenso, vale la pena pagarlo, ¿no?
— No me queda más remedio — rezongó. ¿Te entusiasma la idea de tenerme lejos? Se arrepintió de inmediato. Soy un idiota. Dubois, no abras más la boca, vas a embarrar todo.
— Siempre podemos hablar por teléfono— ella se acurrucó debajo de su brazo —. Imagino que habrá teléfonos públicos o un número al que dejar mensajes en C*...
Hubiera podido jurar que los testículos le habían subido al menos dos centímetros: ¡El teléfono! ¡Carajo! Mejor que pienses algo, viejo, porque esto se está complicando.
— Pensaba llevarme el celular...
— Eso es mejor — ronroneó ella mientras le rascaba el estómago y descendía hacia el pubis —. Y esto está mucho mejor... Creo que me va a extrañar— lo acarició peligrosamente.
— Yo también.

OFICINAS DEL DIP. AYRAULT, CHAUMONT. MEDIADOS DE FEBRERO

— Señor, tiene una llamada desde el Comité Central — Loiseau asomó la cabeza de pájaro por la puerta.
Gruñó un asentimiento. ¿Quién jode ahora? Estaba revisando los nada halagüeños estados de cuentas personales y del FRF: estoy enterrado hasta las pelotas. La campaña estaba costando demasiado, a pesar de los buenos oficios de Blanche Lemaire a cambio de las encamadas maratónicas de las siestas. Casi todos los descubiertos están al límite: necesito ese préstamo lo antes posible.Estaba a punto de llamar al banco de Montevideo que sus contactos de Buenos Aires habían sugerido, cuando Loiseau lo habia interrumpido.
— Te llamo para darte buenas noticias — la voz del otro lado sonaba queda.
Bueno, es este cretino. Menos mal, no estoy de humor para rendir cuentas a nadie.
— Estoy muy ocupado. ¿Cuáles? — preguntó displicente.
— Me reasignaron. Soy asistente del comisario Auguste Massarino.
— ¿Y esas son buenas noticias? — masculló. ¿Imbécil, no tiene un carajo que hacer?
— ¿Qué te pasa, jefe? Massarino es del SSMI (1) , tiene acceso a información clasificada! Todavía falta limpiar algunos expedientes....— le recordó el gusano —. Entro en funciones la semana próxima.
— Bien, ya le encontraremos alguna utilidad a tu Massarino — cortó la comunicación con cualquier excusa.
Carajo, tengo demasiadas cosas de qué ocuparme...Aunque todavía debo algunos favores y esta cucaracha me los puede allanar. El directo interrumpió sus cavilaciones y le provocó un pinchacito al final de la espina dorsal. No era un número que conocieran muchos de sus allegados.
— ¿Jefe?
— ¡Nene...!
— Tengo una sorpresa muy especial para cuando tenga tiempo de hacerse ver por París.
— Si encontraste lo que te pedí, voy a dejarme ver muy pronto.
— Jefe, ¿alguna vez le fallé?— fanfarroneó el Nene. — Si me hubiera mandado la foto antes...
— Tiene que ser igual, ¿está claro? No como la última vez...— casi lo amenazó.
— No podía ser más parecida, comi. Le aseguro que es perfecta. Y una de mis mejores chicas. Veintitrés años, garantizo la discreción.
La excitación lo ahogó durante un instante.
— Quiero verla hoy — dijo sin casi pensarlo.
— Lo estamos esperando.
Del compartimiento oculto de su cajafuerte sacó sus juguetes preferidos. Le temblaban las manos cuando revisó la ropa que había comprado la semana anterior. Cargó la .45 y la metió en un maletín con los juguetitos. Guardó la foto, el expediente y cerró la cajafuerte. Al sorprendido Loiseau le dijo que había surgido un compromiso muy importante en París.
— No me esperen hasta mañana.

(1) Servicio de Seguridad del Ministerio del Interior


MILÁN, PALAZZO BOZZI. FINALES DE MARZO.


La lluvia helada azotó los cristales y Marcello Contardi se despertó completamente lúcido, con la lucidez previa a la muerte. Inspiró profundo por primera vez en varios días. El enfermero de noche no estaba en su puesto al pie de la cama de hospital, que había reemplazado a la suya propia monumental cuando la enfermedad lo encadenó a ese montón odioso de metal ortopédico para lo que le quedara de vida.
Supo que era el momento y la fuerza le llegó a los músculos vencidos por la postración. Puso los pies en el piso y sin preocuparse por buscar las pantuflas, salió de la habitación. La vida se le iba con cada respiración y muy pronto no podría impulsar el diafragma una vez más.
El picaporte del estudio le transmitió un algo de eléctrico cuando lo empuñó; tuvo la sensación de no pisar el suelo en el trayecto desde la puerta hasta el escritorio. Se sentó porque ya no podía tenerse en pie, y los pulmones y el corazón se prepararon para la traición definitiva. Abrió la trampa del escritorio y buscó enfebrecido hasta encontrar las fotografías. Quería gritar el nombre pero se le había acabado el aliento y fue nada más que un susurro ronco y desgarrado. Me muero, pensó, me muero y lo único que tuve de tí fue tu desprecio. A pesar del tiempo y de la agonía inminente, el cuerpo se le estremeció en un estertor de aquella locura que le había envenado la vida. ¡Por qué me condenaste de esta forma! Estoy maldito por tu culpa. ¡Maldito, maldito para siempre y sin descanso! El pecho le estalló en una convulsión de amor contrariado, en la rebelión inútil del final.
Guardó su secreto como pudo, con la vista turbia y las manos temblorosas por el esfuerzo ingente de girar la cerradura. Lloraba de rabia, de odio y de pasión cuando escuchó los gritos entre algodones, pero ya no podía responderlos.