POLICIAL ARGENTINO

sábado, 15 de septiembre de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 47


 Tres de la madrugada


El hombre de unos veinte o veintidós años tenía el uniforme azul manchado de sangre, y el brillo de la locura en los ojos del color del lapislázuli. Sus facciones clásicas podrían haber sido hermosas si no hubieran estado deformadas por la rabia. Cerró la puerta sin soltar al viejo.
— ¡Nos están dando un poco de trabajo, tu... “hijo”... — masculló agitado—, y el otro hijo de puta!— un ramalazo de dolor le cruzó la cara y le arrancó una mueca sardónica. La sangre le brotó del hombro humedeciéndole la camisa.
Odette se quedó muda y el corazón se le precipitó en picada al vacío. Por Dios, nena, no te aterrorices. No es él. La bestia está muerta. El color de los ojos y del pelo, la altura y el porte militar pero por sobre todo el uniforme azul y la mirada rabiosa, le dispararon la adrenalina y le confundieron las imágenes.
Con un esfuerzo violento de la voluntad, apretó el puño tembloroso alrededor de la culata. No llores, estúpida. Sintió el ardor de la lágrima trazarle un surco en la mejilla. ¡En el nombre de Dios, no llores! 
El parecido existía más en su memoria distorsionada por el miedo que en la realidad. Se obligó a ponerse de pie. Un flashback aterrador le conmocionó las entrañas. No pienses en eso ahora.
— ¡Suelte el arma!— el hombre sacudió al viejo con el mismo ímpetu con que le gritaba a ella—. ¡Suéltela o lo mato!
La amenaza tuvo la virtud de traerla a la realidad inmediata. Se enfocó en el hombre, el arma y la mano que la esgrimía. La mano temblaba. Perdió demasiada sangre. En otras circunstancias sería fácil dominarlo pero está fuera de sí y dispuesto a cualquier cosa. Una súbita frialdad la invadió, levantando un muro entre sus terrores desbocados y lo que sucedía en ese instante: era policía una vez más y había un rehén en manos de un enajenado.
— ¿No me escuchó? ¡Suéltela!
Ella bajó el arma pero no la soltó.
— Por supuesto que lo escucho— hizo contacto visual y no se desprendió de los ojos azules—. Pero no puedo creer que usted piense matarlo. No todavía, al menos: él guarda información que ni siquiera Ortiz conoce.
La vacilación del hombre le dio un aleteo de esperanza. Un poco de tiempo, nada más...
— Si lo mata ahora, perderá un tiempo precioso tratando de reunir los pedazos de información quién sabe por dónde. Usted no organizó todo esto nada más que matar a un anciano al que todavía necesita.
— ¡Usted qué sabe de mis motivos!— gritó el hombre. El movimiento brusco lo hizo respirar con dificultad y otro espasmo lo sacudió. La sangre estaba manchando la ropa del viejo.
— No conozco sus motivos pero sí sé que es demasiado joven para morir. ¿Cuántos años tiene, veintiuno, veintidós?
— ¡Qué le importa!— la voz le vaciló.
— Su nombre sonó tanto y en tantas bocas importantes que creí que era mucho mayor. Porque usted es Seoane, ¿no es cierto?
— ¡”Seoane” es un invento de él!— aulló— ¡Otra mentira más! ¡Soy un Von Schwannenfeld!— restalló con orgullo rabioso—. ¡Ese debió ser mi apellido y el de mi hermano! ¡El apellido de mi padre!— le gritó al viejo en castellano—. ¡Le quitaste todo, hasta el nombre!
— ¡Le salvé la vida quitándole el nombre!— el viejo destilaba veneno— ¡El Angel Rubio de Majdanek! ¡Le di la oportunidad de empezar de nuevo, le di a mi hija...! ¡Mire cómo me pagó: con  traición sobre traición, él, mi nieto y usted! ¡He criado serpientes!
¿De quiénes habla Seoane? Lo acusa al viejo... ¡Dios! El padre nazi, el hermano... ¿Seoane es hermano del Brigadier? ¿Cómo carajo es que el otro es nieto del viejo y éste no? Los razonamientos se le entrechocaban a la velocidad del rayo.
— ¡Mi hermano no te traicionó! ¡Vos te dejaste llevar por las palabras de ese negro de mierda! ¡Te puso en contra de mi hermano, de mi viejo y ahora de mí, pero se acabó! — apretó el antebrazo alrededor del cuello descarnado y por primera vez, ella tomó conciencia de lo frágil que era el condenado viejo.
Herido y todo, Seoane tenía la fuerza suficiente como para desnucarlo con sólo apretar un poco más el brazo. Sin embargo, la MK le temblaba tanto en la mano, que ella dudó que Seoane pudiera sostenerla mucho más.
Hubo gritos en el corredor. La puerta  batió contra la pared y rebotó. Marcel entró seguido de Ortiz.
— ¡Seoane, suelte el arma! No le queda un solo hombre— ordenó el coronel, apuntándole.
 — Me queda él— los ojos de Seoane brillaron mientras sacudía la MK. ¡Si alguien se mueve, lo mato! ¡Los mato a los dos!— balanceó el arma entre el viejo y ella.
Desde el corredor más voces llamaron a los gritos y ella reconoció una o dos. ¿Auguste y la Caballería otra vez? Te debo muchas, hermanito.


Ortiz y Marcel bajaron las armas a medias. Seoane tenía las pupilas muy dilatadas y ya no podía ocultar los escalofríos: estaba entrando en shock hipovolémico. Lo único que lo sostiene es la desesperación. Todavía puede hacer estragos. Ese pensamiento la empujó a hacer la movida siguiente.
— Si nos mata, ¿cómo saldrá de este lugar?— Odette señaló al viejo con la barbilla—. No dudo de que él preferiría dejarse matar antes que darle a usted alguna garantía, pero yo sí puedo ayudarlo a salir de aquí.  Déjelo y lléveme con usted.
Seoane evaluó sus palabras en silencio y ella se aferró a esa mínima ventaja.
— No está en condiciones de exigir mucho. Está solo, si dispara es hombre muerto y usted lo sabe — ella se agachó a dejar su pistola en el suelo y se incorporó despacio sin dejar de mirarlo— ¿Por qué está buscando que lo maten? Está perdiendo mucha sangre, déjeme llevarlo adonde puedan parar esa hemorragia.
En ese momento, ella corría más riesgo que el viejo y lo sabía: estaba en la línea de fuego entre Ortiz y Seoane, prácticamente protegiendo a éste último con su cuerpo. Seoane miró a los hombres y su mirada era la de un chico asustado por la enormidad de lo que hizo.
— No se haga matar...— ella insistió a media voz—. No permitiré que nadie lo haga, se lo prometo. Déme el arma— dio un paso adelante y tendió la mano—. Esto ya no tiene ningún sentido.
— Yo...yo lo hago por mi hermano... — él levantó el mentón de líneas orgullosas, pero le temblaba.
— Su hermano...— ella meneó la cabeza—. No vale la pena que usted arriesgue su vida por él.
— ¡Usted qué sabe de mi hermano!
— Demasiado— hubiera querido morderse la lengua por la intensidad con que lo dijo, pero era tarde.
— ¿Qué quiere decir con eso?
Lo miró a los ojos. Encontró locura, desesperación, pero no maldad. Tuvo un ramalazo de compasión.
Deje el arma— murmuró y se acercó—, no se haga matar. Es tan joven... 
Él empujó violentamente al viejo a un costado y saltó sobre ella, enterrándole el cañón en la garganta.
— Ud. no es como su hermano, no me hará daño…
La mirada furiosa y azul evocó a la otra y durante dos latidos de corazón, el horror la estremeció de vértigo. No pudo evitar que una lágrima le rodara hasta la barbilla.
— ¡Usted... usted sabe!— exigió Seoane con voz angustiada de niño—. ¡Necesito saber la verdad!  ¡Dígame c-cómo murió Federico!
Esa verdad ya no importa ...— ella susurró entre lágrimas —. Él está muerto. Es usted el que necesita ayuda...
 ¡Alguien tiene que decirme alguna vez la verdad!— suplicó él a los gritos.
— Yo lo maté.
La voz entre dientes la sobresaltó y giró apenas la cabeza: Marcel estaba desencajado y pálido como un muerto.
— ¿Q-quién... le dio la o-orden? ¡Fue él!— Seoane miró al viejo—. ¡Él...!
¡No necesité la orden de nadie!— Marcel lo interrumpió y el odio le rezumaba en la voz—. La había torturado y violado y yo lo maté.
Seoane la soltó como si el contacto le quemara la mano; Ortiz masculló un insulto grueso; el viejo se quedó rígido, la taladrándola con los ojos. Toda la humillación sufrida a manos de la bestia se le trepó por el cuerpo y se le enroscó en la garganta, dejándola sin aire. Hubiera gritado hasta dejar de recordar.
Marcel tiró el arma y se adelantó, dejando atrás a Ortiz. Sombrío y altivo la apartó a un lado y se enfrentó a Seoane deteniéndose en la boca de la MK. Una fuerza y una violencia incontenibles emanaban de él, algo que nadie en ese lugar podría detener.


 — Él había tirado el arma porque creía que éramos de los suyos. Iba a violarla otra vez antes de matarla y yo le disparé mientras estaba desarmado. Le vacié un cargador completo encima. ¿Qué más quiere saber?
El otro recobró su dimensión real, la de un crío asustado y solo.
— Entonces...— las lágrimas rodaron por la cara de angel—,...era cierto... Yo no quería...Creía que eran héroes... Que yo era... de su misma sangre...¡Me mintieron!– sollozó— ¡Toda mi vida!
Marcel se apiadó.
— Démela— extendió la mano con la palma hacia arriba y hacia el arma— ,déjeme ayudarlo.
— No  puede...— Seoane lloraba angustiado— ¡Nadie puede!
El pobrecito se volvió hacia Ortiz, juntó los talones y le hizo una venia temblorosa.
— Mi coronel... no tenía nada contra el chico...
Levantó la MK, se la metió en la boca y disparó.

****

El estallido del disparo se le eternizó en los oídos mientras la sangre le salpicaba la cara y las palmas de las manos. Retrocedió y se encogió en un rincón, mientras el universo se volvía de gelatina espesa y roja, y ella era una mosca atrapada en ese horror viscoso de muerte. La muerte que se desparramaba a su alrededor, cercándola con una crecida que le mojaba los pies. Se volvió hacia la pared y cerró los ojos muy apretados, hasta que le dolieron. Voces masculinas se alejaban aullando una cacofonía de gritos y órdenes.
Hubiera querido volverse invisible y escapar de ese lugar maldito adonde había ido a buscar a Marcel y lo había perdido. Hubiera querido estar muerta desde mucho tiempo atrás, cuando el animal le había arrasado el cuerpo, porque aun después de muerto le había hecho daño. Puso una mano en el suelo y la alfombra estaba húmeda de la sangre de Seoane. Tuvo nauseas. Una arcada violenta la puso de rodillas. Percibió una presencia junto a ella; una mano grande y firme le tomó la cara y le sostuvo la frente.

— ¿Qué más te hizo?
Miró hacia arriba y encontró los ojos de él, duros e imperiosos, exigiendo el resto de la verdad.  No puedo decírtelo... Negó con la cabeza y cerró los ojos.
— ¡Qué más te hizo ese hijo de puta! —la levantó por los hombros y la sostuvo contra la pared, impidiéndole esconderse— ¡QUÉ MÁS! ¡QUIERO SABER LA VERDAD!
Las palabras le retumbaron en la cabeza y le reventaron en el pecho.
— ¡ABORTÉ! — gritó desde la raíz de su desesperación —. ¡Creí que me volvía loca de miedo! ¡Me violó y tuve que abortar!
Él la miraba sin entender su agonía. Lo hubiera abofeteado para hacerlo comprender.
— ¿No te das cuenta todavía? ¡La noche anterior habíamos dormido juntos...! ¡Podría haber sido tu hijo pero yo no estaba segura! ¡Tuve que hacerlo! — sollozó a los gritos.
Él la soltó y ella se deslizó hasta el suelo, encogiéndose sobre el vientre que todavía evocaba toda aquella brutalidad hacia su carne. Sin mirar, supo que él se alejaba y que estaba sola en esa habitación que se había convertido en su infierno.

****
— Comisario...
La voz de Meyer la hizo volverse a medias. Lo miró por encima del hombro mientras se lavaba las manos en la cocina de la mansión, único lugar de ese rincón del Purgatorio en el que no había cadáveres. No quiero que me vea la cara. Debo estar hecha un monstruo.
— Diga, capitán.
— ¿Quiere que la lleve a su casa?
Las piernas le temblaban, estaba mareada y las nauseas iban y venían a su antojo, pero mierda si lo admitiría delante de nadie. Y además, a él ya no le importa. Negó con la cabeza.
— Mi auto está abajo. No, ocúpense de… — hizo un movimiento amplio con el brazo—,... de esto.
Meyer vaciló.
— ¿Está segura? Massarino me dijo que...
— Puedo arreglármelas sola, gracias. Estoy bien— suspiró y se apoyó en el mármol con ambas manos.
— Ajá— evidentemente, Meyer no estaba dispuesto a creerle.
— Capitán, ¿quiere hacerme un favor?
Se volvió y se apoyó contra la mesada, con los brazos cruzados. Si Meyer tenía algo que decir acerca de su aspecto, se guardó de soltar palabra.
—Usted conoce al mayor Corrente. Le hice una visita esta madrugada y ... bueno, no lo dejé en una situación airosa. Apenas pueda, vaya al hotel de Corrente y... dígale que puede irse cuando quiera— le dio el nombre del hotel y la habitación; Jumbo asintió sin hablar.
— Capitán, una cosa más. Seguramente Corrente esté de muy mal humor.
Meyer enarcó las cejas y encogió los hombros y ella aclaró:
— Quiero decir que tenga cuidado. No vaya solo: es peligroso.
— Lo mismo que Dubois— afirmó Meyer sin que se le moviera un solo músculo de la cara de querubín. Algo en la mirada del capitán le dijo que sabía mucho más de lo que se atrevía a expresar con palabras.
— Sí, lo mismo que Dubois— respondió a media voz.
Meyer se miró los zapatos, la miró a ella, murmuró un “De acuerdo” y se fue.
Ella juntó coraje y recorrió los pasillos hasta las cocheras procurando hacerse invisible. Estaba a punto de subirse al auto cuando una voz algo cascada la detuvo.
— ¿Por qué se va?
Respondió sin volverse.
— Ya consiguió lo que quería. Déjeme en paz.

****

Un ejército de agentes especiales de RG en uniforme de fajina entraba discretamente a la casa, cuando Auguste encontró a Marcel de pie en medio de la planta baja, inmóvil y con los brazos caídos. Tuvo que llamarlo dos veces para que el otro se diera la vuelta y lo enfrentara, con la mirada vacía. Algo de su expresión extraviada lo conmocionó pero hizo un esfuerzo por ocultarlo.
— Te llevo a tu casa...— lo tomó del brazo.
Marcel se encogió de hombros y lo siguió sin abrir la boca.
— ¿Cuándo lo supiste?— preguntó Marcel cuando se detuvieron en la puerta de su edificio.
— Aquella noche— Auguste sabía perfectamente a qué se refería—. El médico que la examinó en el hospital me dijo que estaba muy alterada y que no le permitió auscultarla. No tuve ninguna duda de porqué, pero en ese momento no me importó— admitió con culpa —. Estaba viva y era suficiente.
— No me lo dijiste— dijo Marcel sin acusarlo.
— No podía. Era... demasiado.
— Ya lo sé.
— No sabía nada de... lo otro. No sé qué decir o qué...
— Nada. Ya no importa—  Marcel meneó la cabeza sin mirarlo, abrió la puerta del auto y bajó y Auguste se quedó con una amarga sensación de pérdida.


lunes, 3 de septiembre de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 46

DOS DE LA MADRUGADA
La puerta voló en astillas y tres sombras aparecieron tirando desde el pasillo. Ortiz saltó a cubrir con su cuerpo al viejo y Marcel disparó desde el suelo adonde había rodado. Las balas arrancaron esquirlas de las paredes y se enterraron en los muebles cerca de sus cabezas. Somos cadáveres pero alguno viene conmigo, pensó Marcel sin dejar de disparar. Tres fogonazos se intercalaron con los estampidos secos y las tres sombras cayeron al suelo. La media luz del pasillo contorneó una silueta en el vano.
— ¡Afuera, rápido!
 La voz hizo que Marcel perdiera el equilibrio durante un segundo completo. ¡No, mierda, no!
— ¡Usted!— gritó el coronel al volverse hacia la puerta—. ¿Qué...?
 — ¡Después, Ortiz! ¡Muévanse!
Marcel se lanzó sobre la silueta y la metió de un tirón en la habitación, lanzándola contra una pared.
 — ¡Qué carajo...!—aulló rabioso mientras le quitaba el arma de la mano.
 Jamás terminó la frase: Odette deslizó una pierna detrás de las suyas y lo hizo caer con una zancadilla, al tiempo que sacaba otra pistola de la parte trasera del cinturón y disparaba con calma horrorosa. El universo entero pareció deslizarse en cámara ultralenta en un ángulo imposible, mientras el proyectil pasaba por encima de su hombro y perforaba la garganta del tipo que había aparecido de la nada, en el hueco de la puerta. La sangre lo salpicó antes de que tuviera tiempo de volver a respirar.
 —¿Qué carajo hago? Salvarte el culo, Dubois— lo dijo con el tono con que comentaría el parte meteorológico y a él se le renovaron las ganas de darle una paliza por ser tan ferozmente estúpida como para haber regresado.
 Las entrañas se le retorcieron de miedo, un miedo auténtico y visceral que le anulaba la capacidad de raciocinio. Nunca había sentido tanto miedo en toda su vida, ¿o sí? Cuando corría por los pasillos escaleras arriba hasta la calle, con su cuerpo inerte y medio desnudo en los brazos... La posibilidad de que les dieran alcance y la mataran lo había aterrorizado. Sus músculos intoxicados de adrenalina revivieron las mismas sensaciones atroces y se obligó a contener el impulso de hacer lo mismo. Esta vez no tenía adónde correr: no tenía modo de sacarla de allí y ahora sí, ellos la matarían.

 **** 
Ortiz reaccionó antes que él y tomando el fusil de uno de los muertos, salió al pasillo momentáneamente despejado por Odette. Corrieron hasta un corredor lateral. Ortiz movió un panel disimulado en la boisserie y entraron a una habitación sin ventanas, no demasiado grande en comparación con las del resto de la casa, suntuosamente amueblada y alfombrada. Las paredes tapizadas en cuero de color rojo inglés aseguraban que ningún ruido se filtrara al exterior. La sensación era la estar en el despacho que contenía el tesoro de un banco. Esa habitación era el corazón de la casa... y de la Orden. Marcel tuvo un escalofrío.

 — Necesito proteger a mi padre. Seoane va detrás de él— Ortiz se volvió hacia Odette.
 — Déjelo con uno de sus hombres— ella respondió encogiendo un hombro—. Yo voy con ustedes.
 — ¡Estás completamente loca!— Marcel la zamarreó pero ella continuó sin preocuparse por los sacudones.
— Somos compañeros, Dubois— Odette lo enfrentó.— En la PDP, en la Orden o en donde sea. Puedo reducir a uno de los mejores hombres de la organización, sacarle información y armas; puedo entrar a uno de los bunkers más protegidos de París... Puedo matar. ¿La Orden no trabaja con mujeres? Es hora de revisar el estatuto: algunos artículos quedaron obsoletos porque si volviste para quedarte, yo también me quedo. J’y suis, j’y reste (1). Me lo gané.
 ¿Qué estás diciendo? La mano con que la sujetaba por el brazo apretaba con tanta fuerza que le dolía. Su consciencia osciló y se dividió en “aquí y ahora” y “afuera”. ¿Cuál era la probabilidad de que Auguste, fiel a su tenacidad de sabueso, los localizara y sacara a Odette de ese infierno? ¡Massarino, en dónde carajo estás! “Afuera” estaba a años-luz de distancia; había un único modo de alcanzarlo y se rozó la hebilla del cinturón.
  Yo creí que te había salvado y viniste a poner tu vida en mis manos otra vez. ¿Por qué atarte a mi decisión de vivir o morir? “Aquí y ahora”, ella lo obligaba a considerar una nueva posibilidad. Si supieras lo que yo sé... Ni yo mismo sé si puedo soportarlo. Quería gritar de furia y decirle que ellos no podían... Porque él era quién era. Todas especulaciones estériles. Fallar era un lujo que “aquí y ahora” no podía darse. Tengo que sacarte de aquí. Debo sobrevivir para que sobrevivas. Si después la verdad los mataba a ambos, eso ocurriría “afuera” y ellos habrían tenido su oportunidad “aquí y ahora”. Un puntapié feroz en medio de la tibia terminó de devolverle el sentido de la realidad.
 — ¡Carajo...!— rezongó mientras la sacudía.
Ella volvió a patearlo, esta vez en la otra pierna.
— ¡No me zamarrees más! Y te guste o no, todavía soy el jefe y puedo darte órdenes. Estamos en jurisdicción de la PDP, en medio de un operativo, y yo represento la máxima autoridad en estos momentos— los ojos oscuros chispearon triunfales.
 Respiró, la oscilación se detuvo y el tiempo fue uno solo, real e inmediato. Ella había vuelto a hacerlo: enfocarlo y devolverle el equilibrio y la serenidad; enfrentarlo a la elección de vida o muerte y obligarlo a elegir la vida, bajándolo del carrusel. Basta de gritos en el fondo de la cabeza. Basta de respuestas condicionadas: ella estaba viva, lo desafiaba y lo ponía a prueba como lo había hecho siempre, exigiéndolo todo de él. Tal como ella se ofrecía en ese instante. Comprendió el mensaje. Estoy al mando. Mis decisiones. Contuvo el ademán de frotarse la pierna para aliviar el dolor. Ni muerto pienso darte el gusto. 
 — Jurisdicción las pelotas. Esto es una sede diplomática y por lo tanto territorio extranjero, así que tu autoridad no vale un carajo. Acá yo doy las órdenes— Marcel se golpeó el pecho con el índice—. No te muevas de este sitio hasta que regresemos. ¡Y no te le despegues!— señaló al viejo.
Sin hacerle caso, Odette sacaba una armería completa de la mochila que había traído con ella.
 — ¡Te estoy hablando! ¿Entendiste?
 — Seguro, Ranxerox — ella sonrió como un gato echado al sol y le tendió la pistola-ametralladora que acababa de armar.

— Quiero encontrarte aquí cuando vuelva — Marcel deletreó a media voz.
 — Tendrán que sacarnos con la fuerza pública — la sonrisa felina se hizo más amplia.
 Una palabra más y te desmayo y te meto en un baúl. Mejor me voy ya mismo. Dio media vuelta y ella lo llamó.
— ¡Eh, Ranxerox! ¡La American Express!— una sonrisa de Gioconda le iluminaba los ojos sombríos— ¡“Nunca salga sin ella”!— le arrojó una Beretta 92 Combat y dos cargadores que él atajó en el aire.
 — ¿De dónde sacaste todo esto?— sacudió la Beretta y la Uzi.
— Se las pedí a otro amiguito. Ya te dije, estuve haciendo méritos para ser compañerita de ustedes en la Orden.
— ¡Como vuelvas a mencionar el tema, te mato!— ladró furioso.
Mon plaisir . (2)
Le dio la espalda y se fue detrás de Ortiz, prometiéndose que en cuanto volviera le daría a la bruja los azotes en el culo que se merecía y la promesa lo hizo sentirse ridículamente feliz.

 DOS Y MEDIA DE LA MADRUGADA

Se quedaron solos en medio de ese silencio tenso y ominoso que precede a las confesiones. Ella recargaba la pistola dándole la espalda. El viejo la percibía vibrar de pura tensión, predador alerta listo para saltar sobre el cuello de la presa. Tigra. El nombre le viboreó entre los recuerdos. Una vez había ido a cazar al tigre que le estaba devorando al ganado. La perrada lo había perseguido y acorralado, y el jaguareté se había defendido con saña incomparable, destrozando tripas y morros a diestra y siniestra. Tuvo que rematarlo para que no siguiera carneándole perros. Al acercarse vieron que era una hembra y en el cubil encontraron dos cachorros, bellos y feroces como la madre. Alguien los llevó a un zoológico y el baqueano sentenció: “La tigra siempre pelia más qu’el macho”.
 La voz de terciopelo quebró sus evocaciones y el silencio como si fueran de cristal.
— ¿Qué es lo que quiere de Dubois?
La tigra mostró las garras. Resolvió que valía la pena jugar el juego.
 — ¿Por qué supone que quiero algo de él?
 — Su verdugo privado me lo dijo.
—Yo no tengo “verdugos privados”.
 — ¡No me diga! ¿Acaso Corrente es otra cosa?—ella  se burló.
— No sé de qué habla.
— Por supuesto que lo sabe. Inclusive sabe que yo no podría haber entrado aquí si no hubiera sido por Corrente y la información que me dio.
— ¡Nadie de la Orden le daría jamás una información que usted pudiera utilizar…!— se envaró.
 — Se equivoca— ella lo interrumpió.
 Metió la mano en la mochila y le arrojó algo que parecía un guante. Él lo revisó intrigado y al encontrar el pedazo de carne adherido al látex lo soltó como si quemara. La miró asqueado y ella le devolvió una sonrisita sarcástica.
 — Me pregunto porqué carajo Corrente no se cargó a Dubois todavía.
 — ¡Ese no es vocabulario para una dama!— restalló golpeando el suelo con el bastón.
— No soy una dama. Corrente supo todo el tiempo, o casi, en dónde estaba Dubois. ¿Qué esperaba para completar su trabajo? Es uno de sus soldados más eficientes y trabaja en exclusiva para usted. ¿Por qué Corrente, que buscó desesperadamente a Dubois por media Europa, querría quedarse en París tan tranquilo? Quizás porque sabía en dónde estaba su “encargo” y debía esperar sus instrucciones. ¿Qué es lo que quiere de él?— exigió.
 La verdad es un látigo muy cruel. No creo que le guste cuando yo lo haga chasquear.
 — Saber si merece llevar el apellido Contardi.
 Ella sonrió con incredulidad. No se engañe, no es poca cosa, pensó el viejo conteniendo una mueca irónica.
 — ¿Y a quién puede importarle un apellido? Marcel no lo necesitó jamás para ser quien es.
 Ya no es “Dubois” sino “Marcel”. La tigra está peleando por lo suyo.
 — Sí importa. Dubois me debe mucho y tiene que pagar.
— ¿Él le debe a usted? ¿Qué?
 — La vida de mi nieto.
 Lo miró extrañada.
— El chiquito Ortiz está a salvo. ¡Está loco si cree que Marcel tuvo algo que ver con el secuestro...!
— No hablo de Fernandito sino de mi nieto, el hijo de mi hija. Mi único heredero varón. Usted también lo conoció.
— Yo no...
— El “Brigadier”. Así lo conocían en Francia.
Ella retrocedió lo mismo que si la hubiera golpeado.
 — Y si no fuera porque Dubois es un Contardi — se ensañó disfrutando de la victoria —, ya habría pagado con su propia vida. Ahora saldará su deuda de otra forma.
 — ¡Un Contardi! — los dientes le rechinaron — ¿Qué puede haber de bueno en llevar la sangre de ese monstruo?
Se preparó para rematarla.
— Marcello Contardi era mi hermano.

 **** 

Los ojos como carbones se llenaron de furia desesperada: la había herido y acorralado. Una lágrima solitaria recorrió el rostro de cera y se le estrelló en el pecho y en la mirada había un dolor enorme, atroz, casi físico. Pero ella se volvió hacia la pared y se sostuvo con una mano cubriéndose la cara con la otra, negándose a su escrutinio.
— ¿Marcel lo sabe?— preguntó con voz ronca.
— Yo se lo dije— se vanaglorió.
 Ella se volvió hacia él con lágrimas en la mirada violenta.
— No se atreva a hacerle más daño del que ya le hizo— susurró.
— ¿Me amenaza? ¿A mí?— casi sonrió.
— Sabe bien que no amenazo— ella levantó la barbilla—. Si vuelve a lastimarlo, lo mato.
 No lo dudaría ni por un instante, mi tigra. 
 — Él deberá elegir— la desafió.
Se dijeron con las miradas cosas que ninguno expresó en voz alta.
 — Sí, pero solo. Déjelo en paz— respondió ella por fin.
— ¿Tan segura está de su poder sobre él?
Ella esbozó un gesto de desprecio.
— Usted está tan seguro de su poder sobre los demás que da por sentado que todos deseamos esa clase de poder. Marcel es libre de hacer lo que desee y yo respetaré su decisión.
 Era la victoria que buscaba pero tenía sabor amargo. Desvió la mirada de agua para no prenderse de esos ojos oscuros como lagos turbulentos que lo obligaban a recordar, pero el recuerdo pudo más y le mordió el alma. Ombretta... Hacía mucho que no se permitía evocar siquiera su nombre y le dolió con una intensidad que no esperaba. La misma mirada, la misma intensidad, el mismo fuego... para otro. Para mí, nada más que indiferencia y desprecio, que son peores que el odio. ¿Por qué no puedo odiar como Marcello? Nos equivocamos, hermano. No las odiamos: ellas no nos permitieron amarlas. Mi cobardía mató a una, vos te vengaste del modo más terrible de la otra. Que Dios nos perdone. 

**** 

Algo helado circuló por la habitación sin ventanas, porque un escalofrío sacudió a ambos de pies a cabeza. Le pareció que el estremecimiento la había devuelto al equilibrio, poniéndola alerta y haciendo que dejara de prestarle atención a sus veladas amenazas.
— ¿Dónde está la otra puerta de este cuarto?— ella susurró con todos los sentidos puestos más allá de él.
Sorprendido en sus cavilaciones se volvió con torpeza y con el bastón golpeó un panel de cuero repujado. — ¿Puede abrirse desde aquí?— preguntó ella por completo enfocada en el enemigo detrás de la puerta.
— Sí, pero también desde el otro lado— aclaró, nervioso.
— ¡La puta madre!— masculló ella y se interpuso entre él y el panel—. Apague la luz y quédese detrás de mí— ordenó y él ni siquiera vaciló en cumplir la orden.
Escuchó el clic de la pistola y después nada más que la respiración de ella. El panel crujió con suavidad. El soplo de aire frío le erizó el vello de la nuca y le entrecortó el aliento. El panel se abrió, una hendija fría en medio de la oscuridad. Una presencia se percibió en el vano. El hombre esperaba, cauteloso. Ellos no se movieron ni respiraron. Desde algún lugar más abajo, alguien preguntó en castellano.
—¿Y?
Sin decidirse a entrar, el hombre respondió también en castellano.
— ¡Nadie!
 — ¡Entrá y despejá el pasillo!
El que hablaba todavía estaba gritando la orden cuando un estampido y un fogonazo cortaron la niebla estigia de la habitación. El hombre se desplomó hacia atrás, impidiendo el paso de los que venían por el corredor que subía desde las entrañas de la casa. La escuchó saltar y cerrar el panel.
 — ¡Vámonos!— susurró ella mientras lo agarraba del brazo.
Salieron al corredor principal con el corazón en la boca y ella empujó un mueble pequeño contra el panel exterior del saloncito, para impedir la salida de los atacantes. El estampido de los disparos subía desde la planta baja.
 — ¿Adónde?— preguntó sin mirarlo, atenta a ambos extremos del pasillo.
 ¿Adónde? ¡Ya no queda un maldito lugar seguro en esta casa! 
 — ¡Adónde!— ella lo urgió.
Pero él no podía hablar y señaló con el bastón hacia el extremo de la escalera. Ella corrió y le hizo señas para que se acercara. En su vida le había parecido tan largo ese condenado corredor.
 — Tenemos que encontrar a Marcel y a Ortiz, o...— ella calló lo que ambos no osaban pensar: si están muertos—, o tratar de salir.
Más gritos y andanadas de disparos. Alguien corría escaleras arriba y emprendía el segundo tramo hacia el último piso. Ella insultó a todo el santoral y lo empujó dentro del cuarto más cercano. Cuando cerraba la puerta, un bulto oscuro saltó sobre ellos pero ella disparó primero y el tipo cayó como un fardo. Ella lo sacó del cuarto sin demasiados miramientos y se atrincheraron en un pequeño estudio a oscuras, del otro lado del pasillo.
 El deseo de vivir le pulsó en el bajovientre. No quiero morirme cazado como una rata. Esta vez la muerte no lo esquivaría. Era consciente de ser un estorbo y un riesgo para ella; sin él, ella ya se hubiera abierto camino hasta Dubois pero estaba allí, protegiéndolo. Cumpliendo con su deber. Se sintió tremendamente viejo y frágil y con la certeza de que su único lazo con la vida pasaba por las manos delicadas de su más encarnizada enemiga. “Non ho amato mai tanto la vita”(3) . Scarpia (4) también lo habría dicho en mi situación.
 — Váyase— murmuró con un esfuerzo de la voluntad.
La voz le llegó desde sus espaldas.
 — Mi trabajo es mantenerlo con vida.
— ¿Por qué? Usted me odia— se volvió en la oscuridad mientras escuchaba el cliqueteo del arma amartillada.
Ella permaneció callada unos momentos.
— No. No lo odio— respondió con tanta calma que no tuvo más remedio que creerle.
— ¿Por qué no?— insistió, testarudo—. Mi familia le hizo mucho daño a usted y a los suyos. Mi nieto ordenó la tortura de Jean-Luc Marceau. Marcello violó a su madre y trató de hacer lo mismo con usted. Ódieme y váyase.
La escuchó inspirar y suspirar.
— Usted carga con esos crímenes, no yo. No lo odio. El odio casi me mata y casi me hizo matar a otros.
— ¿Qué es lo que quiere, entonces?
 — A Marcel.
— Ambos lo queremos.
 — No se equivoque: yo lo amo. Si tengo que perderlo, que sea porque él decide apartarme de su lado.
— ¿Me está diciendo que usted lo seguiría? ¿Cualquiera fuese su elección?
Esta vez el silencio fue casi demasiado largo.
— Sí— le temblaba la voz.
Cuánto ha madurado mi tigra; cuánto ha aprendido. Me derrota con mis propias armas. La puerta se abrió violentamente y alguien se abalanzó sobre ella. Ella lo esquivó en el último momento y rodó por el suelo disparando pero falló. Despreocupándose de un viejo inerme como él, el hombre le dio la espalda y se lanzó sobre ella al tiempo que disparaba. Sin detenerse a pensar, él encendió la luz y con el bastón golpeó al hombre en el codo, apartándole la mano con la que sostenía el arma. Otro bastonazo en el hombro hizo que el tipo se volviera a medias, incrédulo, mientras lo insultaba y le apuntaba. Ella se incorporó de rodillas y tiró, y el tipo cayó con la sorpresa estampada en los ojos muertos. Ella se dejó caer contra la pared mascullando la obscenidad que él estaba pensando. Un brazo de hierro le enlazó el cuello desde atrás y sintió el frío del arma en la sien.
— ¡Al fin, viejo de mierda!— jadearon a sus espaldas y reconoció la voz: Seoane.


**** 

Auguste sintió fallarle las rodillas cuando Meyer y él sólo encontraron cadáveres y silencio en el garage de la mansión. Casi se alegraron cuando los estampidos de metralla resonaron por todo el edificio.
 — No tengo señal, carajo— gruñó Jumbo, y ambos se lanzaron de cabeza a las escaleras.
Cuando les dieron el alto gritando en castellano, los dos voltearon y dispararon con reflejos reptilescos sobre tipos en uniforme de la PN. Les llevó sus buenos minutos dejar a los de azul fuera de combate, con Jumbo tirando desde el suelo, despatarrado gracias al disparo de un arma de buen calibre. El olor dulzón de la sangre se enseñoreaba del lugar, sin distinguir colores ni uniformes. Auguste se acercó a ayudar a Jumbo, que levantó el pulgar mientras se incorporaba resollando como una ballena con asma.
 — Hace falta algo un poquito más contundente para sacarme del juego— fanfarroneó el capitán entre jadeos.
— Por si acaso, préndale una vela a San Chaleco de Kevlar— retrucó Auguste.
 Jumbo le tocó el brazo silenciándolo; luego hizo señas afirmativas señalando primero el localizador y después el techo. Subieron cautelosos. Los gritos y disparos amainaron hasta un silencio de mal agüero. La señal se volvió loca, Jumbo se largó a correr desaforado y Auguste lo siguió con el corazón en la boca. Cisne,en dónde estás.

(1) Aquí estoy, aquí me quedo
(2) Un placer
(3) "Jamás amé tanto la vida".Último verso del aria "E lucevan le stelle", de "Tosca" de Puccini
(4) Villano de "Tosca", ordena el fusilamiento de Cavaradossi y es asesinado por Tosca cuando intenta violarla.

domingo, 26 de agosto de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 45

HÔTEL PARTICULIER DEL XVII° ARRONDISSEMENT. UNA DE LA MADRUGADA



Estaban a menos de doscientos metros de la mansión cuando un patrullero que venía por la calle transversal dobló delante de ellos y se alejó veloz, aunque no tanto como para que Marcel no viera que a bordo había tres hombres. Raro, siempre son uno o dos.
 Volvió a concentrarse en los demás ocupantes de la limo. Si llevaba la mano hasta la sien podía sentir pulsar la vena bajo sus dedos como un ser vivo e independiente. El corazón le latía detrás de la lengua, tanto que no estaba seguro de poder hablar sin tartamudear. ¿Cuántos hombres quedarían en la casa? ¿De cuánto tiempo dispondría para llevar a cabo lo que se proponía? Primero Ortiz, después el viejo. Después... lo que pueda. No quería pensar en el resto de la frase.
 Marini estaba comunicándose con Rinaldi.
 — ¡Recuperamos la casa, señor! ¡Todo normal, señor!— ladró en castellano, sin volver la cabeza.
La limusina aceleró. A menos de cien metros de la entrada principal había un patrullero vacío estacionado.
Marcel se preguntó si sería habitual tanta presencia policial en el arrondissement, aunque tratándose de una zona con residencias de diplomáticos, bien podría ser que la vigilancia fuera mayor. Si los vecinos supiesen lo que pasa detrás de esos muros, habrían volado al otro lado de la ciudad. Los portones les abrieron paso, aunque no tan rápido como para no ver otro auto con uniformados pasar por la esquina más alejada.

Entraron. Algo hizo que el pelo de la nuca se le erizara; algo más que la conciencia de estar yendo al último lugar del mundo en donde querría estar alguna vez. Algo así como instinto, que martilleaba sobre la curiosa idea de que algo no estaba del todo normal ahí afuera. Demasiados patrulleros, demasiados uniformados.
 — Tenemos que hablar usted y yo, Dubois— la voz del viejo lo arrancó de sus elucubraciones—. Antes que cualquier otra cosa.

 **** 
Odette recorrió frenética la manzana de la Wolffschanze, mascullando insultos que hubieran sonrojado a un camionero. Las calles anónimas y oscuras estaban vacías: la limusina de mierda había desaparecido. ¡Los bastardos hijos de puta se lo llevaron!
Se presionó con cuidado cada costilla y probó a inspirar profundamente y soltar el aire dos o tres veces: le dolía, claro, pero no como para alarmarse. Más tranquila respecto de la integridad de su osamenta, condujo a casa violando todos los semáforos de la ciudad, en tanto que terminaba de dar forma a sus ideas. Alguien había dejado un celular sobre el tablero del auto y con una sola mano al volante, tecleó el número del hotel cinco estrellas para verificar que cierto huésped todavía estaba allí.
Se lavó con cuidado, se acomodó el pelo y se maquilló a conciencia: rimmel y lápiz labial, nada mejor para la autoestima y la reafirmación del ego. Después de atragantarse con dos analgésicos para hipopótamos y rugbiers, y media taza de café tan oscuro como sus pensamientos, se enfundó el vestidito negro que le diera tantas satisfacciones y se calzó unos stiletti asesinos. La cartuchera con la reglamentaria y los dos cargadores tintinearon junto con la navaja suiza, el spray paralizante, el juego de ganzúas y el resto del equipo en el fondo del bolso. Antes de salir se miró al espejo: vestida para matar y nunca mejor dicho.

 UNA Y TREINTA DE LA MADRUGADA EN UN HOTEL DEL CENTRO DE PARÍS
 Una desagradable sensación de incomodidad despertó a Gaetano Corrente y cuando intentó mover el brazo que se la estaba produciendo, se descubrió esposado de pies y manos a la cama tamaño king en la que se había quedado dormido pocas horas antes, completamente desnudo y extenuado por la sesión de sexo pago. Se habría quejado si no hubiera estado amordazado con cinta de embalar. Algo sedoso pero muy resistente le rodeaba el cuello, estrangulándolo e inmovilizándole la cabeza contra la almohada. Corrente se aterrorizó y el miedo le aferró el escroto.

 — Ne ha il sonno pesante, maggiore — la voz aterciopelada se burló de sus esfuerzos por liberarse—, No haga eso: se ve ridículo.
 Sentada junto a su cabeza, ella explicó lo que quería. El aroma de su piel lo incitó, haciéndolo olvidar el pánico de segundos antes. Indiferente, ella le mostró los documentos que acababa de sacar de su maletín, y él tuvo que asentir o negar con mínimos sacudones de la cabeza, pues ella no le quitó la cinta ni desató la media negra que le sujetaba el cuello. La odiaba cada vez que ella cruzaba y descruzaba las piernas, observando socarrona sus esfuerzos por no mirar el encaje de las medias de liga y lo que se entreveía más arriba. Todo ese odio y esos esfuerzos se le estaban acumulando en la entrepierna en forma alarmante.
Porca puttana , si tuviera una mano suelta, me las pagarías. Impotente, tuvo que ver cómo se guardaba sus elementos de trabajo, las llaves del auto alquilado, sus armas y sus cargadores y toda su identificación. Por último, la perra se puso guantes quirúrgicos y sacó una navaja suiza, y él comprendió de una sola mirada lo que ella haría. Las gotitas de sudor helado le corrieron desde las sienes hasta las orejas y los tendones del cuello le dolieron de gritar bajo la mordaza. En un alarde de consideración, ella le vendó el dedo.
Antes de irse, le advirtió:
 — En unas horas vendrán a buscarlo. Si me dijo la verdad— la voz era sutilmente amenazadora—, le traerán sus cosas y lo acompañarán al aeropuerto. Aproveche y descanse.
 Él gimió bajo la mordaza y sacudió los brazos. Retorciendo el cuello, la vio rebuscar en el escritorio hasta encontrar el cartelito de “No molestar”. Antes de salir, ella les dedicó a él y a su más fiel y sufriente amigo una sonrisa de Gioconda.

 UNA Y CUARENTA Y CINCO DE LA MADRUGADA EN EL HÔTEL PARTICULIER
— ¡No es cierto!
No es cierto, viejo de mierda. Un sentimiento atroz y helado le nació en el bajovientre y se le trepó por la espalda como un animal.
 — No tengo motivos para mentirle, Dubois.

El viejo le entregó un portafolios delgado. Había unas iniciales enlazadas grabadas en bajorrelieve pero no se detuvo a descifrarlas: era más importante el contenido. Las manos le vacilaron visiblemente cuando metió todo de nuevo dentro del portafolios. Hubiera querido arrojarlo al fuego y al maldito viejo detrás de su portafolios y después él mismo para acabar con la tortura.
— Siéntese. Tenemos que hablar usted y yo.
— ¡No vine para eso!
 — Por supuesto que no. Vino a matarnos si le era posible o morir en el intento si no lo conseguía— el viejo lanzó una tosecita—. Tengo demasiado años como para dejarme engañar por alguien de su edad, aunque se trate de uno de mis mejores hombres.
— No soy “uno de sus mejores hombres”.
— Claro que no: es el mejor. No podía ser de otra forma y me enorgullece.
— ¡Tampoco soy uno de sus toros campeones!
 — Tiene sentido del humor. Me gusta— el viejo se sirvió un whisky y se arrellanó en su sillón — Sírvase— no le ofrecía, se lo ordenaba.
La revulsión interna le estaba haciendo estragos en la calma que trataba de mantener. Te mataría con mis propias manos... ¿Y qué conseguiría: cambiar lo que soy?  Necesito algo fuerte, se convenció mientras se servía el whisky, de espaldas al viejo para que no lo viera temblar.
El viejo señaló el sillón frente al suyo con un ademán amplio y una sombra de sonrisa irónica en los labios pálidos y delgados. Marcel bebió un tercio del whisky de un solo trago y el alcohol le golpeó el estómago como un ariete. Se hubiera bebido lo que le quedaba pero no quería perder un ápice de lucidez frente a esa serpiente.
— Diga de una vez qué quiere.
— A usted, Dubois. Usted me debe.
 — ¿Qué?— el desprecio se le coló en la voz.
— La vida de mi nieto— los ojos del viejo se volvieron fríos—. La sangre se paga con sangre y pienso arreglar las cuentas de una vez por todas.

 ****

 Odette detuvo el auto a dos calles de la mansión para calzarse el guante de látex quirúrgico al que había adherido la yema del pulgar de Corrente. El vestidito negro y los zapatitos de Cenicienta habían sido reemplazados por botines, pantalones y camiseta también negros, definitivamente más acordes con las circunstancias. Abriendo apenas la ventanilla, sacó la mano enguantada y apoyó el pulgar en la lectora mientras contenía la respiración. En una de las esquinas había un patrullero vacío pero dejó de prestarle atención cuando los portones se abrieron deslizándose en silencio a los lados. Cerró los cristales y entró.
En el garage habían retirado los cuerpos y sólo quedaban los autos. Al pasar, posó la mano en el capot de la limo: estaba tibio. Los pasajeros habían llegado no hacía mucho. ¿Cuánta gente habrá quedado en pie después de lo de anoche? Schwartz dijo que Seoane llegaría a las seis. ¿No debería haber alguien de guardia?
Demoró medio minuto en localizar la salida de la servidumbre y escabullirse por allí hacia los pisos altos. Una vez acostumbrada a la penumbra y a los ruidos, comenzó a distinguir las voces del otro lado de las paredes. Asomó la nariz a un corredor silencioso. Un hombre en el uniforme negro de la Orden montaba guardia en el extremo de la escalera principal. Volvió sobre sus pasos: el corredor interno tenía ramificaciones laterales que debían servir para que el servicio entrara a los cuartos. Qué discreción la de la servidumbre de otros tiempos. Hoy en día la empleada doméstica poco menos que te tira de la cama.
Recorrió ambos pasillos con cautela y al escuchar el sonido apagado de pasos, apagó la linterna. Lo que escuchó después le hizo saltar tres latidos de corazón.

 ****

 José entró sin golpear. El tatita y Dubois continuaban sentados uno frente al otro en una calma engañosa: ambos estaban en guardia y la expresión del francés era sombría; los músculos de las mandíbulas y el cuello se le marcaban tensos, demacrándole el rostro.   Durante menos de un instante las facciones de ambos hombres se le antojaron idénticas: los mismos huesos altivos bajo la piel; las cabezas arrogantes; las bocas apretadas en un gesto de severa contención. Ambos fríos y dispuestos a todo; ambos muy lejos de ese lugar, librando un duelo silencioso en el que él no tenía cabida.
Se sintió ajeno a ese hombre al que amaba como a un padre, al descubrir en los ojos de agua la misma expresión que cuando miraban al nieto, allá en la infancia lejana en la que él, José, era sólo un “criadito”. El rencor acumulado durante tantos años amenazó con desgarrarle el pecho. Dubois también estaba herido pero se rebelaba contra ese dolor como un animal embravecido.
Ojalá pudiera hacer lo mismo. ¿No comprendo o no quiero comprender? Las llamadas telefónicas susurradas, la correspondencia entrevista, los pequeños secretos del viejo cobraban forma y unidad en ese instante. Se quedó de pie junto a la puerta, rígido y sin respirar mientras buceaba en sus propios sentimientos. El tatita desvió los ojos y encontró los suyos. No hubo sobresalto en la mirada de agua, pero sí una sombra de desazón. Se sintió impotente frente al silencio violento y glacial que se había aposentado en la habitación. Ahí dentro, los destinos de los tres pendían de un hilo. Estaban fuera del tiempo, los tres con sus rencores y sus dudas a flor de piel, percibiéndose unos a otros en sus luchas internas. Recibió el ruido de disparos casi como una bendición que los arrancaba de esa estasis mortal.