POLICIAL ARGENTINO

lunes, 18 de abril de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 17





;París, sábado por la noche

Odette bajó del auto en diagonal a la puerta despintada que se abría a unas escaleras mal iluminadas. Meyer estaba fuera de la ciudad y por lo tanto no quedaba nadie más que ella misma para ocuparse.
Además, Meyer no da el phisique du rôle, se había reído mientras se maquillaba los ojos con trazos gruesos y purpurina. El trabajito tenía sus riesgos: chicas y macrós(1) eran muy territoriales y ella era una “nueva” e “independiente”, que debía andar con cuidado para no terminar con una buena paliza encima por callejear donde no debía. Con todo, era más fácil ser una más de tantas que buscar información en traje sastre y placa en mano.
En sus excursiones anteriores había averiguado que  Anouk/Sulamit no hacía la calle en el sentido estricto: lo mismo que el resto de las chicas del Nene Rimbaud, sólo iba a domicilio. Las demás les tenían algo de envidia: “No se cagan de frío ni hacen pipes(2) de rodillas en un auto: esas sí que tienen suerte.”  Si supieran lo peligrosos que son los clientes del Nene no estarían tan  envidiosas.
Metió la mano en el bolso y tanteó el frío tranquilizador de la reglamentaria. Sólo por precaución, se había dicho y había metido dos cargadores. Debajo del tapado marrón gastado y sin forma, asomaba la ropa ad hoc: suficientemente vulgar como para hacer creíble su papel y no tan llamativa como para que la recordaran. Alguien de mi tamaño puede pasar desapercibida si se lo propone.
Un bocinazo corto y unas luces trataron de llamar su atención y prefirió no darse por enterada. De nuevo las luces. Lanzó un vistazo por encima del hombro y negó con la cabeza en un gesto cansado. Un zumbidito le dijo que se estaba abriendo la ventanilla. Este tipo se está poniendo pesado.
— Busco algo muy especial— dijeron desde dentro a media voz.
—Terminé por hoy.
— Muy especial. Pago bien.
— Otro día—  le dedicó una sonrisita forzada a los vidrios polarizados sin prestar más atención y apretó el paso.
— Me gusta tu tipo. Cinco mil.
La suma la hizo respingar. Mierda, bastante más de un tercio de mi sueldo. Ninguna chica de este barrio cobra tanto por un “trabajito”. ¿De dónde salió este chiflado?
El auto aceleró.  El cristal zumbó otra vez, dejando una rendija algo más amplia.
— Vamos, nena. Deberías estar agradecida por la oferta.
La frase y la voz le hicieron correr un escalofrío por la espalda. ¿Dónde la escuché antes? Cruzó la avenida mientras el tipo seguía hablando y aterrizó frente a la puerta que había estado vigilando todas esas noches. Se alejó rabiosa, insultando al idiota y dobló en la esquina. Sólo se dio cuenta de que corría cuando al refugiarse en un portal oscuro, le faltaba el aliento y le temblaban sospechosamente las piernas. No corrí tanto... Carajo, ese tipo me asustó. ¿Qué era lo que le había provocado tanto temor? Se esforzó por evocar la voz y lo que esa voz había dicho. “Deberías estar agradecida...” Qué frase tan estúpida. Y yo más estúpida que la frase. Sin embargo, se dijo que era hora de volver a casa, aunque fuera nada más que por prudencia.

 Hotel de Milán, sábado por la noche
Marcel salió del ascensor en el piso de su habitación y el dejo de perfume todavía flotaba en el pasillo. A medida que se acercaba al cuarto, el perfume se acentuó, poniéndolo en guardia. Sacó la Beretta del bolso de mano, le quitó el seguro y abrió: el perfume se había hecho ubicuo. Cerró la puerta sin encender las luces y dejó el bolso en el suelo alfombrado, repasando mentalmente el plano de la suite. Avanzó y encendió todas las luces con el arma amartillada: Alessandra Giuliani esperaba sentada en uno de los silloncitos junto al ventanal.
— Llega tarde.
— No esperaba comité de recepción — dijo, y sin guardar la Beretta, fue hasta el baño y lo revisó.
— Vine sola — aclaró ella desde el sillón.
— ¿Viene o la envían?
— Si deja de apuntarme...
— No veo porqué debería hacerlo — respondió al tiempo que sacaba del bolso el detector de campos y escaneaba a la mujer y el cuarto. Se sentó en el sillón frente a ella con el arma sobre las rodillas.
— ¿Siempre es así de desagradable? ¿También con Sonja?
— Sonja avisa antes de venir.
— No siempre.
— Pues yo prefiero que lo hagan.
— No creo que Sonja continúe viniendo.
— ¿Dejó de interesarse en mí? — bromeó.
— Ella dejó de ser interesante.
Carajo, qué le pasó a Sonja. Puso cara de póker y continuó con el juego.
— Aún no respondió. ¿Quién la envía?
— Ah, eso— ella se encogió de hombros —.  Vine por iniciativa personal — lo miró directo a los ojos.
— Supongo que Ruggieri no tiene nada que ver con su iniciativa.
— Ni siquiera sabe que estoy aquí.
— ...porque de otro modo, se pondría furioso.
— No por los motivos que usted cree, Delbosco.
— No me diga que es de esa clase de tipos que mandan a la amante a seducir a sus posibles socios. Si es así, aclárele que no me gusta compartir.
Alessandra le disparó una mirada verde y fría.
— No soy la amante de Ruggieri: soy la hermana. Y tiene razón: es posible que Massimo intentara alguna maniobra con usted y conmigo, si le conviniera. Ya lo hizo otras veces— torció la boca perfectamente maquillada en una mueca de disgusto.
— Oh, pobrecita. Usted es una víctima.
— Piense lo que quiera, Delbosco. Sí soy una víctima de mi hermano pero me harté de que me use.
Marcel se reclinó contra el respaldo. Muy buena actuación, preciosura. La mujer dedujo correctamente lo irónico de su mirada y continuó en tono áspero.
— No pasó un día de mi vida durante el que Massimo no me usara. Ahora se acabó: ya no quiero hacer la puta para otros. Me usó con el viejo Contardi, me usó con PierAndrea y con el otro imbécil de su socio de BCB, Santorini. Bien, a partir de ahora trabajo para mí— los ojos le llamearon.
Así que el viejo se divertía en la oficina. Parece que no tenía problemas de próstata.
— ¿Y de qué forma piensa hacerlo?
— No me diga que tiene escrúpulos. Aceptó el trato que Massimo le propuso respecto de la vieja, ¿o me equivoco?
Sonrió de costado y se metió la Beretta en el cinturón después de ponerle el seguro.
— Bien, señora víctima. ¿Cuál es su oferta?
Alessandra se acercó y apoyó ambas manos sobre los brazos del sillón. El perfume lo envolvió y la luz de la lámpara se filtró a través de la cortina de pelo rubio.
— Buena, muy buena: el negocio sólo para usted. Sin intermediarios de ninguna clase.
El corazón de Marcel dio un saltito. ¿Habla en serio? ¿Cuánto puede saber de las operaciones de Ruggieri?
— ¿Puede llegar en forma directa al proveedor?
— Puedo decirle quién es y cómo llegar. No hay grandes directores para las secretarias: conozco todos los llamados, todos los contactos.
— Creí que Ruggieri había dicho que usted era la secretaria sólo de la señora Contardi-Bozzi.
— Para BCB, sí. Pero fuera de BCB me ocupo de los asuntos privados de Massimo. Usted, por ejemplo.
— ¿Por qué yo y no los otros?— él se inclinó hacia adelante y quedaron a dos centímetros uno del otro— ¿Quién me asegura que usted no está jugando este juego en varios frentes a la vez?
— Investigué sus antecedentes, lo mismo que los de los otros contactos de mi hermano. Usted es el mejor candidato: no se droga, es discreto, trabaja solo, habla poco y va al grano en todo lo que hace — una mano delgada y suave le subió por el muslo— Invíteme a comer, tengo hambre.
— ¿Y dejarme ver por ahí con usted? Ni loco. Si tiene hambre le pido un sandwich aquí en la habitación.
— Además, tacaño.
— No, señora: precavido. No tengo idea de si miente o dice la verdad, o si me está probando y en ese caso con qué fines.
— Ya me revisó: no traigo mics ni grabadores. ¿Aún desconfía de mí? ¿Le parezco tan peligrosa que no quiere aparecer conmigo en público?
—  Sí a todo. Si no quiere comer, hablemos de trabajo. ¿Cuál es su precio, señora? No hace esto gratis.
Ella no retiró la mano.
— BCB. La quiero para mí — los ojos verdes relumbraron.
— Pudo haberla conseguido con el viejo Contardi— la azuzó, y ella no pudo evitar que la contrariedad le endureciera el rostro.
— Mientras vivió ese viejo de mierda nadie se hubiera atrevido a nada, ni siquiera Massimo.
— Pero ahora las cosas cambiaron…
— La vieja está buscando a su nieto.
Una alarma se le encendió en la cabeza: esta zorra es de cuidado. Ella continuó.
— No tiene a nadie más en el mundo y esa búsqueda es la única razón por la cual la vieja se niega a vender. Pero si el nieto no existe o... — ella hizo una pausa significativa.
—...deja de existir... — Marcel acotó con sonrisa fría y ella le devolvió la misma mueca desagradable—, entonces la vieja ya no tendrá motivos para conservar BCB.
— Empezamos a entendernos — ella le rozó los labios con la punta de la lengua y esta vez él le sostuvo la cara y se la apartó con delicadeza, preguntándole:
— Vuelvo sobre el punto que más me preocupa: ¿por qué yo y no otro?
Alessandra lo miró largamente a los ojos antes de besarlo con la boca abierta.
— Intuición.
— Intuye demasiadas cosas acerca de mí. ¿Por qué razón usted debería agradarme?
— Le agrado — afirmó ella, sentándosele sobre las rodillas.
— Y me agrada tomar la iniciativa. Soy anticuado: no me drogo, soy discreto y trabajo solo.
— Y por supuesto, no hace excepciones con nada ni con nadie. Es un hombre virtuoso— terminó de acomodársele, una pierna a cada lado de las suyas. Podía sentir el calor de su piel a través de los pantalones. 
— Sólo dígame porqué hace esto. Puedo aceptar sin que necesite convencerme de esta forma. Usted misma dijo que estaba harta de prostituirse.
—No me estoy vendiendo, Delbosco — irritada, le tomó la cara entre las manos con brusquedad — ¿Le es tan difícil entender que además, me gusta? Por primera vez en mi vida — respiraba tan cerca de él que lo empujaba con cada inspiración —, seré libre de vivir como quiera y de elegir hacer lo que me venga en gana. Si voy a hacer la puta, será para mí, porque yo quiero o me conviene, no porque me obliguen. Te elegí para lo que quiero hacer — comenzó a tutearlo —,¿vas a rechazarme?
— No creo que me lo permitas...
— No.
****
— Tengo que irme — Alessandra saltó de la cama y comenzó a vestirse a la carrera.
Marcel mantuvo un silencio neutral y encendió un Gauloise.
— ¿No vas a preguntar a dónde voy?
Él negó con la cabeza antes de hablar.
— No hago preguntas ni las respondo.
— Un auténtico duro Alessandra sonrió y le dio un beso leve—  ¿Nos vemos hoy?
— No — le devolvió el beso. Ella iba a replicar y él le tomó la barbilla —.Lo dije en serio: sin preguntas. Aclaremos las cosas en este mismo minuto: somos socios sólo en esta operación: las armas son mías, BCB es tuya. La pasamos bien. Trabajo solo.
Los ojos verdes esbozaron una mirada de respeto.
— Si el lunes estás en Milán ... disponible... puedo pasarte información.
— Nada por escrito o que deje rastro. No quiero que te involucren en nada de lo que yo haga.
— ¿Te preocupo? — Alessandra tragó saliva.
— Cuido a mis contactos— la besó suavemente en la boca y ella se le colgó del cuello— Se te hace tarde.
Apagó la luz pero no pudo dormir; se sentía una escoria de la peor calaña y fumó rabioso hasta casi terminar el paquete. Involucrarse con la tipa que tenía pensado asesinar a Valentina Contardi-Bozzi y a Marcel Dubois era lo último que hubiera querido en la vida, y esa tipa acababa de levantarse de su cama. Sintió asco de sí mismo: no quería pensar en las consecuencias. En Odette.

Milán,   Palazzo Bozzi, domingo por la noche

Valentina estaba a punto de meterse en la cama cuando escuchó el sonido amortiguado del timbre de la puerta principal. Oyó a un irritado Guglielmo replicar en tono bajo y finalmente oyó la voz que la hizo salir al corredor y asomarse a la barandilla.
Creyó que el corazón le saldría por la boca al verlo: la apostura altiva, la misma altura o quizás más; la forma de plantar la cabeza y mirar a su alrededor. Se aferró al pasamanos con ambas manos. Mio Dio, ¡cuánto se le parece! Él levantó los ojos hacia ella y vaciló un segundo; luego, entregó algo a Guglielmo, que negaba con la cabeza.
— No me haga pasar si no quiere, pero alcáncele estos documentos a la signora Valentina. Esperaré afuera — dio media vuelta y salió.
No le dio tiempo a Guglielmo a subir; bajó y tomó lo que el mayordomo traía: identificación personal, credenciales y la placa de la PDP que decían que el hombre a su puerta era Marcel Dubois.

****
El mayordomo abrió la puerta y lo hizo pasar sin mirarlo a los ojos.
— Muchas gracias.
 Signore...—  murmuró Guglielmo, algo compungido.
— Está bien, se ve que Ud. la cuida mucho. Hace bien.
— Sí,  signore.  Venga por aquí — lo llevó a un salón grande.
Sin que se lo pidiera, Guglielmo le trajo un cenicero. No sabía si encender un cigarrillo cuando Valentina entró, envuelta en una bata apenas grande para ella. Su fragilidad lo conmovió. Sin hablar, ella le tendió las credenciales y el pasaporte.
 — Esos documentos son auténticos— casi tartamudeó . Soy... oficial de policía de la Prefectura de París, estoy trabajando encubierto en Milán, detrás de Ruggieri. Nunca imaginé que él tendría algo que ver con BCB — Bueno, ya lo dije. Tratemos de mantener la compostura, viejo.
— Entonces...— ella hizo una pausa —, las fotos...
— Era yo, por supuesto.
— ¿Sabe Ud. quién soy?— preguntó la anciana.
Abrió la boca y se le acabaron la seguridad y el autocontrol. Pronunció las palabras a media voz:
— Mi... abuela.
Desvió la mirada y se volvió para encender un Gauloise.
— Te le pareces tanto... — ella lo tuteó y las mismas palabras de treinta años atrás lo hicieron girar en redondo.
— ¿A quién?
— A tu abuelo, Marcello Contardi.
— Mi madre decía que me parecía a mi padre.
— Si te viera ahora, me daría la razón.
La nicotina le dio coraje. Lastimar a una anciana era una bajeza, pero él necesitaba conocer la verdad.
— ¿Por qué no respondieron cuando les escribí? Cuando mamá se enfermó, yo traté... escribí varias veces... nunca tuve respuesta. Cuando murió yo pensé que ustedes me responderían.
Valentina fue hasta un secretaire y sacó un fajo de sobres manoseados. Reconocer su propia caligrafía fue un golpe que no esperaba. Las cartas que había escrito a unos abuelos que no conocía y que detestaba, para informarles que su única hija había muerto de cáncer a los treinta y ocho años. Los sobres estaban rotos y faltaba el remitente.
— Marcello ocultó esas cartas... Supe que las habías enviado más de un año después de la muerte de Constanza... Las encontré por casualidad. No podía buscarte. No sé... cómo pedirte perdón... por haberlos abandonado, a tí y a tu madre... Dios sabe que no quise hacerlo...— contuvo un sollozo.
La miró con dolorosa atención: alguna vez había sido muy hermosa porque los resabios de aquella belleza todavía se le intuían en las facciones nobles, heridas por años del dolor que le quebraba la mirada. No sintió la lágrima que le rodaba por la cara hasta que ella la detuvo en su camino hasta el mentón.
Reparó en esas manos largas, de dedos finos y uñas rosadas, arrugadas aunque, asombrosamente, sin las manchas típicas de la edad. Manos de hada como las de mamá. Las tomó entre las suyas, demasiado grandes para esas otras tan frágiles, y acarició los dedos uno por uno, como lo hacía con Constanza.
— Tu mamá hacía lo mismo cuando era pequeña. Yo la abrazaba y ella me acariciaba los dedos hasta que se quedaba dormida.
Si le quedaba algo de escarcha en el alma, las palabras de su abuela terminaron de derretirla. Le besó las manos sin poder hablar, con las emociones brotándole de los ojos. Tiene que ser verdad. Debe haberla amado. Debe haber sufrido mucho.
— Tengo tantas cosas que decirte...— murmuró Valentina y él asintió.
Anch’ io...— "Yo también". La abrazó y se sentaron juntos a contarse sus vidas.



(1) alcahuetes
(2) fellatio

sábado, 26 de febrero de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 16

                                                            
ESCUELA DE OFICIALES SUPERIORES DE LA POLICÍA, ST CYR AU MONT D'OR, MIÉRCOLES POR LA MAÑANA
St Cyr au Mont d'Or
— Debe saber, Dubois, que la comisario Michelon sigue atentamente su evolución en el curso y que mi prestigio profesional está en juego.
— Hasta ahora aprobé todas las evaluaciones sin inconvenientes, comisario.
— Considero que para un desempeño adecuado deberá permanecer los próximos dos días aquí y...
Dejó de escuchar la perorata. La puta madre, lo único que te importa es que tus charreteras y tu culo queden a salvo. En esos dos días podían matar a Valentina. O el hijo de puta que le había tomado las fotos podía descubrir el operativo. Se tragó sus opiniones acerca del curso, el ascenso, los profesores y el rendimiento académico, sacudió la cabeza y se fue a repasar el puto Código Penal. Jumbo, no vas a dormir esta noche.


PARÍS, MINISTERIO DEL INTERIOR. MIÉRCOLES POR LA MAÑANA


                  Hôtel de Beauvau (sede del Ministerio del Interior)                                                  
— ¡Bueno, qué sorpresa! — Auguste abrazó y besó a su hermana ante la mirada sorprendida de su asistente. — Blanchard, consíganos dos cafés bien cargados.

Chismorrearon durante cinco minutos sobre la familia, hasta que un Blanchard que no dejaba de lanzarles miraditas de circunstancias les trajo los cafés.
— El Sully del Ministerio — murmuró Auguste mientras Blanchard cerraba la puerta.
— La mala fama nos persigue — Odette contuvo una sonrisa.
— Me da gusto verte aunque me traigas mala fama — bromeó él y continuó —. ¿Hablaste con los viejos? La Scala le hizo una oferta espectacular a papá.
— ¡El viejo alla Scala! ¿Qué piensa hacer?
— En principio, viajar mañana a Milán y reunirse con el Consejo Administrativo del teatro. Mamma aprovechará para escaparse a París a ver a sus nietos y a enterarse de las novedades — Auguste enrojeció.
— ¿Novedades?
— Nadine está embarazada de tres meses — confesó casi púrpura—. Creo que todavía me da un poco de vergüenza...
Ma' che coglione! (1) — gritó Odette mientras lo besuqueaba —. Ecco 'o ’vvero maschio napuletano!(2)  
Blanchard volvió para dejar unas carpetas y los pescó tomados de las manos. Se disculpó y salió corriendo. Ellos se encogieron de hombros, muertos de risa. Odette terminó su café y lo espió por encima del borde de la tacita.
— Te extraño — comentó a media voz —. Ya no es lo mismo: no tengo a quién hincharle las pelotas.
— Algún día tenías que hacerte grande, Cisne.
— ¿Era eso, no? — ella sacudió la cabeza —. Odio ser comisario, estar atada a un escritorio, llenar papeles, firmar y nada más que firmar. Me gusta la calle. No quiero ordenar que hagan las cosas, quiero hacerlas.
— Es el precio de la fama, princesa. Un comisario es demasiado valioso como para que ande por la calle.
— Bah, eso es una estupidez— ella encogió un hombro —. La Constitución dice que todos somos iguales ante la ley.
No hay nada que hacer, el Cisne se aburre en su despacho. Eso es peligroso. Auguste hizo un esfuerzo por mantener la expresión neutral.
— Necesito intercambiar ideas — suspiró su hermana y Auguste se arrellanó en el sillón —. Algo que parecía de rutina se complicó. Comenzó con una prostituta asesinada a golpes hace unas semanas. Resultó que hubo una muerte similar unos tres meses antes y el expediente terminó en el Archivo. Ambas mujeres murieron de la misma forma. Busqué sujetos con esa clase de antecedentes pero no encontré sujetos sino más muertes, dispersas por varias ciudades. Hasta ahora, ocho más. No hay periodicidad ni patrón de distribución geográfica: lo que tienen en común estas pobres desgraciadas es que son putas, por lo general extranjeras, y que las matan a golpes. A algunas las remataron de un tiro, pero hubieran muerto de todos modos por las palizas. Ah, algo más: en todos los casos hubo violencia sexual...
— ¿Aún siendo prostitutas? — Auguste se sorprendió.
— Ajá. Sevicias graves. Tuve que ir en persona a las prefecturas locales porque no conseguía un puto dato por fax o por teléfono. Todavía me quedan algunas por visitar, pero hasta ahora todos los expedientes que revisé se fueron a dormir — Odette tomó aire y siguió —. En esas ciudades no había antecedentes, ni siquiera de chicas golpeadas por clientes: a lo sumo alguna pelea entre ellas por el territorio, o algún alcahuete pasado de droga que les da una zurra cada tanto.
— Riesgo profesional — Auguste esbozó una sonrisa sardónica.
— Estaba perdida cuando algo me llamó la atención: las localizaciones de las muertes.
— Pero dijiste que no había patrón geográfico...
— Pero sí puede haber alguien que las relacione entre sí, ¿se entiende?
— ¿Un asesino que hace turismo? — Auguste frunció el entrecejo.
— Meinvielle me hizo el mismo comentario — Odette sonrió de costado —. Más bien, un asesino que viaja por otras razones.
— Un viajante de comercio, un inspector de seguros, un camionero...
— ...un político en campaña.
Se miraron sin respirar durante una pausa muy larga y ambos bajaron la mirada al mismo tiempo.
— ¿Te das cuenta de lo que ...?— Auguste dejó la frase sin concluir.
— Absolutamente.
— ¿Verificaste los puntos?
— Pensé que podríamos hacerlo juntos.
Auguste retiró su sillón, acercó una silla a su computadora y Odette se sentó a su lado.
— ¿Por dónde empezamos?
— ¿Maçon?
— Allá vamos.
Durante más de una hora, revisaron los recorridos de las campañas políticas recientes; la impresora rechinaba por la cantidad de hojas que se desparramaban por el suelo.
— Mierda— masculló Auguste, retirando el sillón —. ¿Y si estamos equivocados? ¿Qué clase de evidencia es ésta? Por completo circunstancial — se respondió a sí mismo — ¿Qué tenemos?
— Me encanta que hables en plural — su hermana le sonrió y del maletín que había traído consigo sacó un fajo de fotos revulsivas—. Bedacarratx me dijo que se puede establecer un patrón para los golpes — señaló unas marcas sobre las fotografías y se quedó callada, los labios muy apretados.
— Y entonces, ¿qué?— Preguntó él, interpretando correctamente el gesto.
Ella inspiró y lo miró directo a los ojos.
— Si el forense llegara a establecer ese patrón, y si éste se correspondiese con un antecedente...
— ¿Qué clase de antecedente?— Auguste interrumpió.
—Hace unos diez años. Intervino IGPN.
— Odette.. ¡Eso no, por Dios!
— No estoy siendo prejuiciosa, te lo juro.
Auguste meneó la cabeza varias veces antes de preguntar a su vez:
— En el hipotético caso en que ese patrón pudiera determinarse y se correspondiese, ¿qué harías?
Ella lo evaluó durante un instante.
— Ninguna estupidez que exponga a nadie de la Brigada — respondió casi con tristeza—. No estoy tan loca, Auguste. Si realmente encontrara... algo..., volvería a los casos de París.
— Y se te acabó la relación: hasta ahora ninguna campaña tocó París.
— El sujeto es diputado.
— ¡No creo que sea tan imbécil como para divertirse en París!
— No es imbécil, es impune. ¿No me escuchaste? Ningún caso en el resto de las ciudades prosperó. La primera muerte en París no se investigó. Alguien le cuida el culo desde dentro de la PN — masculló ella con ferocidad.
— Habrá que encontrar evidencia más contundente.
— Le hacen el trabajo de limpieza: no hay huellas, ni semen, ni elementos para practicar análisis de ADN. Sólo golpes. Pero resulta que sí hay un registro fotográfico de cómo golpeaba este sujeto, sólo que yo no puedo pedirlo: estuve directamente involucrada en los hechos.
— No hace falta que me lo recuerdes — Auguste sintió que se le estrujaba el estómago. Volvió a mirar las fotografías con renuencia: había algo más en esos pobres cuerpos torturados en lo que Odette no había reparado.
— No te prometo nada pero — suspiró—, podría tratar de conseguir el expediente. O por lo menos verlo y comprobar si hay ... algún nexo. Ni siquiera conozco el procedimiento para pedir una de esas cosas al Archivo...
Los ojos de su hermana brillaron de entusiasmo.
Strega!(3) ¿Viniste a verme sólo por eso, eh? Lucertola!(4)
Odette se enfurruñó.
— Vine porque no tengo a nadie con quien consultar y necesitaba una opinión profesional. Que yo recuerde, fuiste el primero en enseñarme a no descartar jamás ninguna hipótesis por estúpida o loca que fuera, sin haberla verificado. “No te apresures a juzgar, no te apresures a descartar”.
— ¡Ahora vas a decirme que fui tu maestro!
— El único que tuve. Pero tuve al mejor — Odette le dedicó una sonrisa de Gioconda —. Ti voglio bene, cretino (5).
Pure io (6).
Se abrazaron para despedirse y él le pidió que le dejara las fotografías. Cuando Odette se fue, las estudió con el detenimiento que merecían. No podía decirlo delante de ella pero estas pobrecitas tienen exactamente su mismo tipo físico. Lo único que me falta es que se le ocurra la chifladura de ponerse de carnada de este animal.


PARÍS, LA DÉFENSE. JUEVES POR LA NOCHE
Odette se abrazó a Lola durante un rato muy largo, respirando el perfume favorito de su madre, “Capricci". Colgadas del brazo se fueron a la cocina, tazas de café de por medio, a intercambiar noticias familiares.
— Así que seré abuela por tercera vez — se enorgulleció Lola.
— Y una abuela muy joven — Odette le acarició la cara.
— Me gustaría serlo por cuarta vez — Lola la miró a los ojos y ella bajó la cabeza — ¿Eres feliz, hija? — susurró su madre, encerrándole las manos entre las suyas.
Sonrió asintiendo y desvió el tema hacia su hermano. Lola se animó al hablar de sus nietos y del resto de la familia. El resto de la noche transcurrió entre preparar la comida y sentarse a disfrutar del toque mágico y las salsas incomparables de Lola. Sin embargo, sabía que su madre no se rendiría fácilmente: Lola había aceptado la primera finta, pero no habría más evasivas. Le llevaba el bolso de viaje al cuarto de húespedes, cuando Lola se lanzó de cabeza.
— Cuando un hombre y una mujer se aman, son felices y todo lo demás, tienen hijos. Ya estás en edad. ¿Qué piensa Marcel? No debería preguntar pero soy tu madre y... bueno, ¿no quieren hijos?
— ¡Mamá, cómo se te ocurre! ¡Por supuesto que quiero hijos!
— ¿”Quiero” o “queremos”?
— Ay, mamá, no te pongas suspicaz — la besó —. Imagino que estarás cansada. Mañana charlamos.
— Seguro que sí.
Odette se fue a su cuarto sin saber si eso era una afirmación o un amenaza.
****
No... No lo hagas, por favor... Me duele, me duele mucho... Me ahogo, Dios mío, me ahogo,... ¡No lo hagas...!
— ¡Odette! Bambina! ¡Odette! — los gritos de su madre la rescataron del horror. Casi saltó de la cama, empapada y con la sensación espantosa de las quemaduras aún viva en la piel.
— ¡Mami! — se abrazó, sollozando — ¡Mami!
Lola la sostuvo hasta que pudo respirar normalmente.
Ma che c'è, figlia mia?(7)  — murmuró Lola, acunándola.
Era su oportunidad. Levantó la mirada para reflejarse en los ojos enormes y profundos de su madre. Mammina. Abrió la boca dos o tres veces. No puedo desencajar los dientes, mami, no puedo...
Digli la verità alla mamma (8)— susurró Lola y ella se aferró a las manos de su madre como a un salvavidas, cerró los ojos y las palabras y el dolor brotaron juntos, curándole la herida.
****
"Abduction" , Paul Cézanne
— Ahora entiendo lo que sienten los criminales al confesar...— se burló de sí misma mientras se secaba los ojos.
— No cometiste ningún crimen, lo cometieron contra ti — murmuró Lola—. Un monstruo lleno de odio vació ese odio espantoso dentro de tu cuerpo y te envenenó.
No podría haber descripto mejor lo que siento. Se sostuvo la frente con ambas manos y embargada por el alivio, demoró varios segundos en comprender que Lola hablaba.
— Nunca pensé que tendría que sufrirlo dos veces — Lola murmuraba, dolorida —. Esto no podía, no debía ocurrirle alla mia bambina...
— ¿De qué estás hablando, mamá?
Lola clavó la mirada en las manos entrelazadas de ambas.
— Una cree que se libró del odio, pero nos espera ahí, agazapado como un animal. Fue en el teatro Alla Scala; me citaron a un ensayo sin tu padre, había cláusulas en el contrato que me obligaban a los ensayos que la régie considerara necesarios — hablaba con una serenidad espantosa —. Me esperó en el camarín y ... me violó.
Odette estaba tan aturdida que no atinó a preguntar nada.
— Le dije a Franco que quería cancelar los contratos, que no quería volver a La Scala, que no me gustaba cómo nos trataban, no sé, cualquier cosa con tal de no pisar ese maldito lugar nunca más. Jamás se lo conté a nadie — Lola hablaba con los ojos cerrados —. Papá lo hubiera matado y entonces mi vida y mi familia hubieran quedado destrozadas.
La confesión le secó la boca.
Mammina... ¿Lo conocías?
Su madre asintió
— ¡Dios, por qué no denunciaste al hijo de puta!
— Era el presidente del Consejo de Administración del teatro, un hombre muy influyente— Lola murmuró—. Yo le tenía tanto miedo... Me había amenazado tantas veces... Ese día dijo que iba a matarnos a todos si yo hablaba. Estoy segura de que lo hubiera hecho.
— ¿Quién fue, mamá? — insistió.
— Está muerto, hija. Ya no puede hacernos daño.
— Mamá, por favor...
Lola respondió mientras una lágrima gruesa se le deslizaba por la barbilla.
— Marcello Contardi.
****
Su hija dormía pegada a ella pero Lola no podía dormir. Había conocido a Marcello Contardi en la flor de la madurez del empresario. La personalidad y el atractivo que quitaban el aliento, junto a su fortuna y su posición social, lo hacían blanco invariable de las bailarinas, cantantes y demás mujeres con las que se codeaba. Contardi ni siquiera se molestaba en ser encantador y cuanto más despectivo se mostraba, más se esforzaban ellas por conquistarlo, sin saber que era una de sus tácticas favoritas. Que una mujer lo rechazara era impensable, e interpretó las negativas de ella como un juego perverso de seducción.
Ella no comprendía qué era lo que la volvía deseable a los ojos del hombre. No la perseguía por despecho: había algo en la intensidad de aquella mirada de cristal helado; algo oscuro, agazapado detrás de toda esa galantería fría pero insistente y esos modales principescos. Contardi la atemorizaba con su sola presencia. ¿Cuántas veces lo había entrevisto en las bambalinas, mezclado entre los tramoyistas, observándola con un arrobamiento siniestro?
La jugada de los contratos había sido de una bajeza infame. “Yo te los conseguí, ¿o creíste que bastaban tu talento y el de tu marido?”, le había dicho, tomándole la barbilla con saña mientras sus alientos se confundían. “Deberías tener un poco más de consideración con los que te ayudan, mia cara. Puedo arruinarte la carrera, la familia o ambas cosas. La elección es tuya. Conmigo nadie juega, Addolorata". 
Nunca lo había visto tan furioso, tan apasionado, tan desesperado, ni había sentido tanto desprecio por él.
Y después... el horror del después. Marcello Contardi casi le destrozó la vida. No había podido olvidar aquella mirada aterradora, glacial y furiosa ni aquella violencia. "¡Voy a matarte, puta!”, le habia susurrado contra el cuello mientras le dejaba el alma y el cuerpo marcados con su odio. “¡Tus hijos debieron haber sido míos!”, le gritó mientras la poseía como un loco.
Sólo el amor de Franco la había rescatado del abismo; cualquier sacrificio que hiciera por él y por los niños valdría la pena. Pero la obsesión enfermiza del hombre la persiguió durante años: Contardi se aparecía en los teatros de Europa en donde Franco y ella bailaban, aterrorizándola.
Marcello, cuánto daño me hiciste. Cuánto tiempo te odié, y me desprecié a mí misma por mi cobardía. Creí que tu muerte me liberaría de esos sentimientos y ese dolor tremendos, pero hoy comprendí que tu maldad continuó lastimándome todo este tiempo. Hija mía, gracias por ayudarme a enfrentar mi propio miedo.




****
Se despertaron juntas, tomadas de la mano y Odette se levantó a preparar el desayuno. Dios, tengo que decírselo. La cafetera rezongó llamando su atención. Marcel no tiene la culpa de nada. No somos responsables por nuestros antepasados. Se entretuvo preparando la bandeja con excesivo primor. ¿Y yo, qué haría si supiera que mi hija duerme con el nieto de mi violador? Me duele el estómago.
— Me trajo el aroma del café — la voz de Lola casi la hizo saltar. Al mirarla, su madre sonrió con dulzura— ¿No te enseñé que a la mamma no se le miente? ¿Qué es lo que te quedó atragantado anoche?
— Mamá ... — ahora o nunca — Es... por Marcel. Su madre era Constanza Contardi-Bozzi. Ella murió hace unos quince años... Era la única hija de Marcello Contardi... — se quedó sin aire.
Un atisbo de tragedia cruzó el bello rostro de Lola y Odette creyó que el corazón ya no volvería a latirle normalmente.
— Mamá, todo es tan terrible... Yo... no sabía...— Odette sintió que se encogía en el lugar. La tormenta de emociones enturbió la mirada de su madre y corrió a abrazarla. Se sostuvieron durante un momento larguísimo, hasta que Lola habló a su oído.
— Ustedes dos no tienen la culpa de nada, bambina mia. El pasado está muerto y enterrado lo mismo que ese desgraciado. No suframos más por él.
Odette dejó caer la cabeza. Ambos están muertos y no nos harán más daño. Somos libres. El temor la abandonó en el mismo momento en que admitió sus propias debilidades.
Lola le tomó la cara entre sus manos.
— Mi Cisne se enamoró de un Contardi. Me gustaría saber qué clase de justicia poética será ésta.




(1) ¡Qué boludo!
(2) ¡Miren al auténtico macho napolitano!
(3) Bruja
(4) Lagartija
(5) Te quiero, idiota
(6) Yo también
(7) ¿Pero qué pasa, hija mía?
(8) Decile la verdad a tu madre

domingo, 6 de febrero de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 15

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. VIERNES A MEDIODÍA

Marcel abrió la puerta del despacho y asomó la cabeza.
— Hace un día espléndido y no pienso desperdiciarlo acá dentro. Vamos a tomar un poco de aire.
Odette le dedicó una sonrisa desvahída.
— Una dosis de sol me va a venir bien— suspiró y cerró los archivos —. Vamos a caminar un rato.
Anduvieron un buen trecho en silencio. Odette iba algo distraída. Marcel le pasó el brazo por los hombros y la acercó a él. Compraron crepes de queso en un puesto callejero y se rieron como chicos mientras se quemaban al comerlas.
—¡Aagh, me muero de sed! — Odette carraspeó.
— Te invito a un café.
— Miserable, ¿nada más que café?
— También tengo chocolate.
— ¡Ajá! Eso es soborno.
Se sentaron a una mesita asoleada. Después de que les trajeron los cafés, sacó una tableta de chocolate del bolsillo y se la ofreció. Ella tomó una barrita y jugueteó con ella entre los labios antes de comerla.
— Eso es instigación. La voy a arrestar por ofrecerse en la vía pública— le susurró al oído y le besó el cuello.
— Quieto o nos arrestan a los dos por alterar el orden público— Odette mojó la barrita en el café y la mordió, provocativa. Él le acarició el pelo y bebieron en silencio. Odette estiró la mano y le recorrió el dibujo de la barba con el índice, con sonrisa de Gioconda.
— ¿No es un poquito... presuntuosa?
— Soy presuntuoso — Marcel estiró la boca hacia un lado en una sonrisa y ella le acarició el cabello y la frente.
— Extraño el mechón. ¿Por qué cuernos te hiciste ese corte de pelo?
Marcel se encogió de hombros mientras pensaba en una excusa decente.
— Quería probar...
— La barba, bueno, ¡pero el pelo!....No me gusta, es... kafkiano— ella frunció la nariz.
— ¡Kafkiano! Creí que me daba un aire diferente.
— Sí, de presidiario. ¿El peluquero de C* es ciego?
— ¡No, manco!
Se rieron, pero la broma no alcanzó a distraer a Odette.
— ¿En qué estás pensando? — preguntó, preocupado.
— En esas mujeres...
— ¿Cuáles?
Rápidamente ella le refirió los casos a su cargo y lo que había encontrado.
— No debería permitirme este tipo de prejuicios en esta profesión...— ella meneó la cabeza.
— Sin los prejuicios qué sería de la mayor parte de las investigaciones policiales...
— Un poquito de prejuicios, un poquito de paranoia— Odette suspiró con resignación.
— Cuando estás tan sarcástica, tus “clientes” deberían empezar a cuidarse el culo.
— Todavía no tengo ningún cliente...
— Y eso te molesta mucho.

— Msé.. — mojó otra barrita de chocolate en el café caliente y la mordisqueó pensativa, sin mirarlo. —No hay nada, absolutamente nada. Nadie inició una investigación seria. Me estrellé contra la indiferencia de cinco prefecturas, incluida la PDP, a las que les importa un comino la muerte de una prostituta. Hubo un caso anterior al que me asignaron y acabó en el archivo. Total, qué le hace una puta más o menos al municipio. ¡Hay tantas!— ella subrayó con acidez—. Y para colmo, las pobres son "extracomunitarias". ¡Como si fueran ganado! No entienden que están matando personas. Mucho declamar frente al periodismo y rasgarse las vestiduras en el nombre de los derechos humanos, pero cuando se apagan las cámaras, todos dan media vuelta y a la mierda con lo que predican.
Odette hizo una pausa que él aprovechó para pedir más café.
— Lo siento. No quería hacer un discurso de barricada, pero toda esa indiferencia me pone furiosa.
— Bueno, en mi defensa puedo decir que tu discurso no me fue indiferente.
Odette le dedicó una larga mirada. Parecía a punto de decir algo más, pero estiró la mano y le dibujó circulitos con el índice.
— Te amo...— murmuró ella.
— No lo digas como si te doliera.
Transcurrió una pausa extraña y la mirada de ella se volvió impenetrable. ¿Qué te pasa?, pensó Marcel con una punzada e aevertencia en el estómago.
— ¿Cómo estás?— ella preguntó, pero la pregunta iba mucho más allá de la mera situación del momento. Algo le subió y le bajó por el esófago antes de responder:
— Te echo demasiado de menos. Cuando... cuando termine el curso — y cuando Dios me perdone por todas las mentiras y las porquerías que estoy haciendo—, quiero que... volvamos a hablar de... vivir juntos — bueno, viejo, lo dijiste.
Mirarla a los ojos fue como ver cerrarse una puerta y Marcel sintió la irritación enroscársele en las entrañas. ¿Por qué?
— Sí... Cuando termines el curso.
Si no hubieras dicho nada, habría sido mejor. Se quedaron callados, incómodos, escondidos detrás de sus tazas. Espió por encima del borde: Odette bebía con total concentración. ¿Qué le pasa? ¿Qué me pasa a mí? Fumó con dolorosa fruición y exhaló como si respirara por su vida.
— Ya es hora de volver a trabajar... — murmuró Marcel sin demasiada convicción en la voz—. Arreglé encontrarme con Meyer, y Michelon también quiere verme.
— Prometo cocinar una comida decente esta noche — dijo ella mientras se levantaba y tomaba el bolso.
— No vuelvas a matarme de hambre: me pone de mal humor.
— Ya me di cuenta, Pantagruel, ya me di cuenta.

****

Mientras Dubois hablaba, Michelon observaba las líneas de tensión en la mandíbula y los tendones del cuello. Había mucho más que cansancio en las arrugas que endurecían la expresión del capitán.
— Ruggieri debe estar desesperado porque hizo que me buscaran en Génova para invitarme a una reunión en Milán — estaba diciendo Dubois —. Tuvieron que deshacerse de un cargamento completo, unos siete millones de dólares tirados al mar. Tiene que resolver el transporte de la mercadería y supongo que hará una propuesta. Si como pensamos, Ruggieri es nada más que un eslabón intermedio en esta cadena, el que se haya debilitado es muy conveniente para nosotros porque podemos usarlo para llegar a su distribuidor que, siempre según Ruggieri, lo es para toda Europa y cercano Oriente. Por otra parte, La muerte de Giuliani le echó encima a los perros de la Polizia Finanziaria. Los Carabinieri poco menos que le desarmaron el barco cuando entró a puerto en Génova. No fue sencillo desembarcar.
El estado de cosas la irritó más: Dubois sabe que yo sé que no podemos darle ninguna cobertura: si termina en una questura (1) , se las arregla para salir como pueda por las suyas.
—¿Ud. tuvo problemas? — Michelon preguntó .
— No. Los de la Finanziaria nunca le comprobaron nada a EuroAvventura así que no tienen evidencia de donde agarrarse, pero a partir de ahora me huelo que los Carabinieri se le van a pegar al fundillo de los pantalones.
— ¿En qué circunstancias murió Giuliani?
— Tuvo un accidente mientras buceaba... Ex campeón olímpico de natación y mundial de buceo...Por los comentarios que recogí…
Los que recogió de esa Sonja, Michelon pensó con desagrado. Bueno, hay cosas inevitables si pretende que la pantalla que utiliza sea aceptable. Continuó escuchando.
—…Giuliani no estaba de acuerdo con los “negocios alternativos” de EuroAvventura y quería separar las operaciones.
— ¿No hubo autopsia?
— Sobornaron a la policía griega, forense incluído— Dubois encogió un hombro—. Giuliani bebió antes de bajar a bucear y de acuerdo con la autopsia, sufrió un paro cardíaco provocado por la ingesta de alcohol combinada con un esfuerzo físico excesivo para su edad. Si es por lo de la bebida, tomaba como un marinero irlandés sin que se le moviera un pelo del bigote; después bajaba a bucear en zonas de arrecifes y volvía fresco como un lenguado. Le metieron algo en la bebida que no aparece en los peritajes. El tipo se jalaba con cualquier porquería que pareciera polvo. Por lo que sé, le cambiaron la blanca por otra cosa.
Más Sonja. Pobre tipa, le veo poco tiempo más a bordo, Michelon pensó con algo de tristeza. Está metida con éste hasta los tuétanos y eso le puede costar muy caro... ¿y él? Nunca lo vi tan molesto al llevar adelante un caso. Lo lamento, Dubois, son las porquerías de este trabajo.
— ¿Qué sigue ahora?— Madame preguntó, arrellanándose en su sillón.
— El próximo encuentro es en Milán. Tengo que alojarme en...— le pasó el papelito con el nombre y los teléfonos de un hotel de mediana categoría —. Meyer ya los tiene. Ruggieri me contactará para seguir con las negociaciones. ¿Qué averiguaron de mis compañeritos de crucero, Wenger y Alvarado?
— Se “reubicaron laboralmente”. Wenger opera bajo un nombre supuesto para una empresa checa que es pantalla de otra rusa. Alvarado no tiene tantos problemas: la guerrilla colombiana se encargó de que sus antecedentes parezcan el CV de un CEO— se sonrieron mutuamente, sin ganas—.No haremos movimientos hasta que Ud. nos lo indique, Dubois.
El mensaje era claro: “INTERPOL está afuera hasta que Ud. pueda salir ileso de ésta”. Dubois asintió sin hablar.
— Sé que le está yendo muy bien en C*— acotó animada, para cambiar de tema. La cara del capitán no modificó su expresión.
— Pasado mañana tengo unos exámenes. Trato de no hacer un mal papel.
— No sea modesto: recibí excelentes comentarios. ¿Cuándo estudia leyes?
— En los aviones— el capitán suspiró con resignación.
— Ya debe estar harto de nosotros: váyase a casa.
— Me prometieron comida casera— Dubois esbozó la primera sonrisa sincera de la tarde.
Cuando estaba a punto de abrir la puerta, lo llamó:
— Capitán... Si tiene algún problema... de cualquier clase, me gustaría saberlo.
Los ojos de Dubois destellaron y durante un latido de corazón tuvo la certeza de que él volvería a su asiento. Fue un titubeo de menos de una décima de segundo.
— Gracias, Madame. Si surge algo, lo tendré muy en cuenta.

****



Se lo pensó mejor y salió a la calle, caminó hasta el puente y se acodó en el parapeto a fumarse un Gauloise. Aspiró el humo como si pudiera reconfortarlo de sus pesares. ¿Qué hago: le pregunto por el puto número nuevo? Repasó la “evidencia”: completamente circunstancial, Dubois, se recriminó. El sujeto bien podría ser un contacto o un informante. No era capaz de admitir que él mismo estaba ocultando información a Odette. Lo mío es diferente: tengo órdenes. La estamos protegiendo.
Sacudió la cabeza, cuadró los hombros y dando una media vuelta resuelta regresó al Quai.


PARÍS, QUAI  DES ORFÉVRES. MARTES POR LA MAÑANA

Meinvielle había rumiado la conversación con Marceau durante varios días y la convicción era cada vez más
fuerte. ¿Cómo puede convivir con eso? Tomó la decisión, nada académica por cierto: si se enteran me echan a empujones de la Asociación de Psicología. ¿Cuándo y dónde? No fue fácil buscar: los operativos de "especiales" no están a disposición de cualquier pedido inocente al Archivo. Pero preguntando se llega a Roma y si no vean a nuestros chicos de RG. Ja, nunca me hubiera imaginado jugando a Sherlock Holmes.
Cuando cruzó las puertas del Quai, el suboficial de guardia le preguntó amablemente qué buscaba por allí. Le faltó decirme "abuela", zopenco. La credencial le bajó los humos al meterete, que le indicó el piso sin que ella se lo pidiera o lo necesitara. El rumor habitual del piso menguó apenas cuando ella levantó la voz para preguntar por la comisario Marceau y un obsequioso sargento de uniforme le indicó la puerta cerrada.
— ¡Doctora Meinvielle, qué sorpresa! — Marceau se levantó a recibirla.
Se bebieron unos cafés mientras intercambiaban comentarios sobre temas generales.
— La charla con Ud. me resultó de gran utilidad, doctora. Tengo las cosas bastante más claras.
— ¿De verdad? —preguntó con ligera malintención pero Marceau continuó con entusiasmo.
— Creo que por fin pude encuadrar al sujeto. Fue muy sencillo a partir de ahí...
Ante la falta de reacción de la comisario, Meinvielle atacó frontalmente.
— Me pareció que en nuestro anterior encuentro quedaron temas pendientes… Si mal no recuerdo, Ud. me habló de alguien que había sido víctima de abuso sexual.
Marceau esbozó un gesto de sorpresa.
—¡Ah, eso! Curiosidad intelectual— respondió levantando un hombro.
— Conocía muy bien el caso para tratarse nada más que de curiosidad — A ver cómo le va con eso.
— Lo bien que una conoce un expediente.
Ah, Marceau, la pesqué en una mentirita.
— No creo que en el expediente hubiera mención de la sintomatología histérica— contraatacó Meinvielle.
Marceau sonrió apenas.
— Claro que no— y no dijo más nada.
— ¿De dónde conoce a la víctima? — insistió con el término que parecía molestarle más a Marceau —. Porque si no ¿cómo sabría tantas cosas tan íntimas acerca de ella?
— Preferiría preservar mis fuentes— la comisario se parapetó detrás del secreto profesional, pero ella no estaba dispuesta a soltar su presa tan fácilmente. Muerdo fuerte, Marceau: espere y verá.
— ¿Comisario, quiere decirme que ocultó evidencia en un caso criminal?
— Doctora, no creo que haya venido a decirme cómo tengo que hacer mi trabajo. Y le recuerdo que se trata de un delito privado, no de un homicidio. La ley actúa de oficio ante homicidios, no ante delitos privados.
— Hubo un muerto e intervención policial.
— El muerto fue el agresor y la policía actuó adecuadamente.
— Pero la víctima quedó por completo desprotegida. Si Ud. conocía las circunstancias debió haberla ayudado y convencido de solicitar apoyo médico y psicológico.
— Doctora, nos estamos perdiendo en especulaciones sin sentido. Los hechos transcurrieron hace mucho tiempo. Le repito, era simple curiosidad— la comisario volvió su sillón hacia la pantalla de la PC —. No vale la pena que discutamos por algo así.
Meinvielle se lanzó de cabeza.
—¿Todavía cree que Ud. se lo buscó, no es así ? — aseveró con voz queda y Marceau se la quedó mirando con los labios entreabiertos — ¿Cómo pudo callar algo semejante?— insistió—. No me extraña que sufra pesadillas y todo el catálogo de síntomas del viejo Sigmund.
— Doctora, ¿qué es lo que cree? — la comisario se envaró pero fue evidente que ya no podía sostener la situación.
— La pregunta es qué es lo que Ud. cree... ¿Que con no mencionarlo desaparecería de su vida? ¿De verdad se graduó en psicología? — deletreó — ¡Dígalo de una buena vez!

La comisario palideció pero no dijo nada.
— Eso es: quédese muda, guardando ese secreto terrible que la quema por dentro. El que el tipo esté muerto no quiere decir que no haya hecho lo que le hizo. El que sus propios compañeros de operativo lo hayan matado, no significa nada a la hora de lo que Ud. siente: humillación, rabia, impotencia. El abuso es horrible porque amenaza con destruir aquello por lo que luchamos: nosotras mismas.
Había quebrantado las defensas de Marceau de una forma que no esperaba. La comisario se hundió en su sillón y enterró la cara entre las manos durante un buen rato. Finalmente habló sin mirarla.
— Yo... quería encontrarlo... hacerle pagar por lo que había hecho... Cometí errores imperdonables... Murieron cuatro personas por mi causa... — la voz le temblaba cada vez más — Quise morirme cuando él... — se quedó muda.
— Cuando él... — la azuzó — ¡Dígalo en voz alta! ¡Le hizo daño, mucho daño! — rodeó el escritorio, la tomó por los hombros y la obligó a mirarla —. Si le hubiera pegado un balazo, seguramente mostraría la cicatriz. Esto también cicatriza. ¡Dígalo! Dígaselo a alguien más, a su madre, a una amiga. ¡Comparta su dolor, es la mejor forma de curarlo!
Marceau apoyó la frente en la mano acopada, sin mirar a ninguna parte.
— Ese hombre... me violó. Me arrasó el cuerpo y el alma. Lo odio, hubiera querido verlo morir muchas, muchas veces... Me envenenó, me dejó estéril con su inmundicia— la voz le rezumaba amargura.
— Sobrevivió a él, a su odio y al suyo propio. Puede amar a otros, ¿por qué no amarse a sí misma y perdonarse?
Ni una lágrima se escapó de los ojos enormes y opacos. Todavía no puede liberarse de ese fantasma: falta una última confesión. Seguramente sea la más dura de todas. Le tomó la barbilla y le levantó la cara.
— Ahora debe dar el siguiente paso: hablar. No conmigo: yo soy una extraña. Cuéntele su pena a quienes la aman.
— No puedo...— la comisario bajó la mirada.
— Sí puede. Pida auxilio, refugio. Eso está bien, es de seres humanos el necesitar de los demás y Ud no es la excepción ni SuperMujer. Si cree que puede hacerlo todo sola, está en un error: la vida está hecha para compartir las cosas buenas tanto como las malas. Mi querida, sería buena hora para que se curase de ese sentimiento que no la lleva a ninguna parte. Aprenda a dejarse ayudar.
Marceau sonrió tibiamente y se levantó. Bueno, al menos recuperó un poco el color. Ya me estaba sintiendo culpable.
— Gracias, doctora.
— ¿Por qué?
— Por ... no creerme.
— Ah, si me creyera todo lo que me dicen, dejaría bastante que desear como profesional — Cuando salía, la reconvino: — No deje pasar el tiempo sin hablar. No está curada: sólo inició el tratamiento.

MILÁN, OFICINAS DE BCB. MARTES POR LA MAÑANA
— ¿Tiene alguna novedad?— ladraron del otro lado de la línea.
Massimo Ruggieri se secó la transpiración que le perlaba la frente.
— Estoy detrás de eso, en estos momentos y conseguí información muy útil.
— ¿Qué mierda hay de la vieja? No va a decirme que no puede con una mujer de setenta y dos años...
— ¡Claro que puedo! La información de que le hablo me la pondrá en las manos.
— Ruggieri, no puedo esperarlo mucho tiempo más — la voz del otro restalló dura — Euroavventura se volvió muy transparente para sus Carabinieri.
— No hace falta que me lo recuerde — le retrucó irritado — BCB es un boccato di cardinale pero necesito un poco más de tiempo. Parece que la vieja encontró a la familia perdida.
— ¿Y qué?
— ¿Qué? Que si resulta que sea familia existe, tenemos más problemas. La presioné para que vendiera, hice que BCB tuviera algunos inconvenientes financieros menores para convencerla, pero la vieja se entusiasmó con la idea de que tiene un nieto en alguna parte, y lo está haciendo buscar. No sirve quitarla de en medio ahora. Aunque el estatuto social prevé que los socios tenemos precedencia para la adquisición de acciones, si hay un heredero estamos fritos.
— Me imagino que los herederos de la vieja son simples mortales— sisearon del otro lado.
— Ya lo pensé — ladró entre dientes—, pero tengo que encontrarlos primero, ¿no? y encargarme después.
— Espero que un poco más discretamente de lo que se encargó de Giuliani.
Cafone di merda (2) , se atreve a criticarme y él es discreto como un pavo real. Politicucho bocón.
— Giuliani murió en un accidente, la misma policía griega lo atestiguó. Hicieron la autopsia, reconstruyeron el hecho y todos libres, limpios de culpa y cargo.
— Cuénteselo a la policía griega entonces. Euroavventura se está fundiendo gracias a su maravillosa administracion y a la fantástica propaganda de la muerte de su cuñado, que le metió a los Carabinieri en casa. Tiene dos semanas de plazo para cumplir con los compromisos. No puedo seguir demorando los embarques o tendré que buscarme otro socio italiano y cobrarme lo que me debe... de alguna forma.
Este hiijo de puta madre no amenaza: me hizo la cortesía de avisarme. A la pobre lucciola(3) que encontraron tirada en la autopista a Bologna, no le avisó. La policía buscaba a un transportista que frecuentaba esa autopista, con un par de condenas por haber golpeado a otras.
Cuando Buffo lo llamó para quejarse, él le dijo que cerrara el pico. Buffo tascó el freno y le respondió que no pensaba proveerle más mujeres al animal de su socio transalpino, para que se las dejara tan golpeadas que no podían trabajar durante más de una semana, o se las matara, como la última vez.
— Ponga atención, Ruggieri, porque Ud. también pierde plata si las chicas no trabajan — rezongó Buffo.
— Y Ud. cierre la boca. Si la historia o el nombre circulan, es cadáver, y no diga que no le avisé. Mejor que sus pupilas se porten como es debido con él, no le mande chicas con ínfulas.
Pero le había costado sus buenos millones de liras “reponer la mercadería” del alcahuete.
Encima, es difícil conseguirle el tipo de mujer que quiere: a los milaneses les gustan rubias, con aspecto de eslava y éste quiere sicilianas. Habrá que buscar albanesas o turcas. Más problemas: untar a los de Migraciones para que hagan la vista gorda con las chicas. Ni muerto pienso recurrir a los calabreses.

****
                                                        Via Montenapoleone, Milán

Las oficinas de la Via Motenapoleone eran lujosas, aunque no podía espera otra cosa de cualquier edificio en esa calle. ¿Y dónde mierda iban a vender artículos de lujo si no era en una calle de lujo?, pensó Marcel con  acritud. Mientras esperaba a Ruggieri, la sensación de incomodidad crecía con cada minuto. La puta madre, tenía que ser BCB. El último lugar del mundo que hubiera querido pisar en su vida y ahí estaba, vestidito y perfumadito para una cita de negocios con un traficante de armas que en sus ratos libres era el director financiero de la firma familiar. Si me viera Michelon, se caería de culo de la risa. 'En esta profesión, hay miles de cosas que uno preferiría no hacer, pero las hace', y acá estoy, haciéndolas. Carajo.
Evidentemente no pudo evitar la mueca de desagrado, porque la secretaria se apresuró a servirle otro café, disculpándose por la inesperada demora del dottore(4) Ruggieri. Aceptó el café con displicencia y sin mirar a la mujer. Su celular eligió sonar en ese momento y respondió con brusquedad: Meyer, rastreándolo. Intercambiaron dos o tres frases preparadas.
— Estoy retrasado en esta cita. Te llamo apenas me desocupe.
Cuando cortó la comunicación, notó la mirada de la secretaria fija en él. La mujer se sintió sorprendida en su actitud de observación y desvió los ojos. Hermosa hembra, pensó distraído. ¿Dónde la vi antes? Recordó quién era al entregarle la taza vacía: ¡la viuda de Giuliani! ¿Qué mierda hace acá?
Ruggieri asomó de su despacho y lo saludó con un apretón de manos ampuloso.
— Alessandra, café para el señor Delbosco y para mí — ordenó sin “por favor” mientras lo hacía pasar a una oficina ostentosa.
Alessandra le lanzó una mirada verde y venenosa a Ruggieri.
— No para mí, muchas gracias — Marcel le sonrió por primera vez y la mujer agradeció el gesto cortés.
— Alessandra es la secretaria de Donna Valentina — comentó Ruggieri cuando cerraba la puerta —, y no le gusta que los demás directores le pidamos cosas.
Luego de ordenar que no le pasaran llamados, Ruggieri expuso la situación: las operaciones no podrían seguir adelante con EuroAvventura. Existía una posibilidad mejor pero que ocasionaría una pequeña demora. Ruggieri dio tantas vueltas que él se irritó y le exigió definiciones y el otro mostró el juego: las entregas podían hacerse utilizando como pantalla los embarques de BCB, pero para ello debían solucionarse unos detalles menores.
— Estoy gestionando la adquisición del paquete mayoritario de BCB— le confió Ruggieri —, pues eso me daría la comodidad de movimientos que necesitamos para nuestras operaciones.
— ¿Cuánto tiempo puede tardarse en esa gestión? Mis clientes preparan sus operaciones con tiempo, pero necesitan plazos ciertos.
— Pienso resolverlo en estas semanas.
— ¿Cuántas?
— Dos o tres como máximo.
— ¿Los accionistas mayoritarios estarán dispuestos a vender sin más?
Ruggieri bebió el último sorbo de café y continuó.
— La única accionista mayoritaria es la señora Contardi-Bozzi. Le hicimos una oferta muy interesante y...
— ¿Y qué pasa, si aún en ese caso, se niega a vender?
— Los socios minoritarios tenemos prioridad ante la oferta pública. Valentina es una anciana y no tiene familia. Es muy mayor, más de setenta años. Ud. comprende — Ruggieri lo miró a los ojos.
Claro que comprendo. Estás pensando en sacarla de en medio de cualquier forma. La idea le revolvió el estómago. Condenado hijo de puta. Esbozó una media sonrisa dura y Ruggieri, que estaba aguantando el aire, lo soltó más tranquilo.
— Entonces, vuelvo a preguntar: ¿cuándo?— e hizo un ademán con las manos: “Me pongo a su disposición”.
Ruggieri comprendió a la perfección y se le amplió la sonrisa.
— En ese caso, sólo hay que arreglar algunos detalles.
— Me gustaría tener idea de fechas. Tengo nuevas operaciones en vista con contactos en Rusia, que no interferirían con Wenger — Ruggieri se asombró de que él supiera para quién trabajaba el alemán. Si supieras, cucaracha —. Estos clientes tienen buen respaldo pero son exigentes en cuanto a tiempos. Si podemos cumplir con ellos, tendremos mercado asegurado a largo plazo. Necesito una definición ¿Puede dármela pronto?
— ¿De cuánto estamos hablando? — el otro se puso profesional
— Treinta millones cada tres meses, cinco por ciento de comisión para mí. Puedo dejar para Ud. una parte de mi comisión, digamos el siete por ciento de mi cinco por ciento, si conseguimos el negocio.
— El doce.
— Siete y medio.
— Nueve.
— Ocho— bueno, te puse la zanahoria delante, Ruggieri. A ver hasta dónde estás dispuesto a llegar.
— De acuerdo.
— Es un trato — se estrecharon la mano —. Quiero conocer esos detalles que usted mencionó —lo miró directo a los ojos.
— Tendré la información para usted esta semana.
Lo acompañó hasta la puerta de la oficina. Alessandra estaba de pie, hablando por teléfono y le lanzó una mirada de fría apreciación. Mierda, nunca antes me había sentido carne en el supermercado.
— Alessandra — Ruggieri llamó la atención de la mujer —, el signor Delbosco me llamará durante esta semana por una operación que su empresa hará con BCB. Te ruego que me lo pases a cualquier parte en donde me encuentre.
Alessandra les dedicó toda su glacial atención. Ruggieri hizo un gesto imperceptible con el mentón hacia el extremo más alejado de la recepción. La mujer les dedicó una semisonrisa.
— Por supuesto.
Marcel hubiera jurado que los ojos verdes habían destellado de placer.

****

Marcel estaba a punto de salir del edificio cuando un automóvil de lujo se detuvo y el guardia de seguridad corrió a abrir ceremoniosamente la puerta. Una mujer anciana descendió, agradeciendo el gesto del hombre.
Buongiorno, signora Valentina.
Buongiorno, Simone.
El nombre lo paralizó y no supo qué hacer, parado en medio del hall de entrada. La mujer entró entre los respetuosos saludos del personal y pasaba delante de él cuando se volvió a mirarlo. Se detuvo instantáneamente y parecía a punto de hablarle cuando Alessandra casi corrió hacia la entrada.
— ¡Signora Valentina, tengo un llamado esperando para Ud.!
Arrivo, cara.(5) ¿Il signore? — preguntó mirándolo con intensidad.
Él habló antes de que Alessandra pudiera responder.
— Delbosco, Marco, signora — inclinó levemente la cabeza.
— La signora Contardi-Bozzi— aclaró Alessandra innecesariamente e insistió en la urgencia del llamado. Cuando se iban juntas, Alessandra volvió apenas la cabeza. No lo miró pero sabía que ella estaba esperando que se fuera.
Salió a la calle con las emociones revueltas. Era mi abuela. Hasta ahora había sido nada más que un nombre, una anciana a la que la escoria de Ruggieri quería asesinar para poner sus patas sucias sobre BCB. Una complicación en un caso en el que estaba trabajando undercover .
¿Y ahora, qué?


HOTEL DE MILÁN, MARTES POR LA NOCHE

Paseó por la suite tratando de atrapar retazos de aquel único encuentro, a sus cinco años. Conservaba la imagen borrosa de una mujer que le había parecido vieja. Por aquel entonces Valentina tendría unos cuarenta y cinco años; hoy la hubiera llamado una bella mujer. Lo había mirado largamente y le había rozado apenas la mejilla con un beso que él no devolvió, a pesar de las reprimendas de su madre. Consiguió que mamá le diera permiso para levantarse de la mesa del café y jugar alrededor de las otras vacías, en la vereda asoleada. Cada vez que volvía la cabeza, su abuela lo estaba mirando.
"Se parece a él", la oyó susurrar cuando se acercó a tomar un sorbo de gaseosa. “¿A quién me parezco, mami?" "A tu papá", intervino rápidamente su madre, y le dijo que fuera a jugar pero no muy lejos. Finalmente, mamá lo llamó porque se hacía tarde y debían volver a casa. Su abuela lo abrazó, esta vez muy fuerte y lo llamó "Marcello", y entonces se dio cuenta de que ellas hablaban en italiano entre ellas y con él. "Marcel", corrigió mamá, en francés. "Le pusiste su nombre", respondió su abuela, con mirada triste.
“¿Quién se llama como yo?” había preguntado a su madre, extrañado. “¿Quién es Marcello?”
“ Tu abuelo, mi padre”, dijo mami después de una eternidad. “Apurémonos que se hace tarde”, y lo tomó muy fuerte de la mano.
“¿Me llamo como mi abuelo? ¿Por qué?” Mamá no respondió. “¿Mami, por qué?” insistió y ella le sacudió el brazo para llamarle la atención al cruzar una avenida. “No le digas nada a papi sobre la abuela: es nuestro secreto”, le hizo prometer y le dio un beso. “¿Mami, me parezco a papá?”. “Por supuesto mi amor: tienen los mismos ojos, el mismo carácter”, mami sonrió apenas. “Los dos son altos...” “¿Voy a ser alto como papá?”
“ Más alto que papi”, y la mano le transpiraba en la de su madre, que se la sujetaba dolorosamente mientras corrían a casa. “¿Por qué no podemos contarle a papá...?” “¡Me lo prometiste!”, gritó su madre y lo sacudió, los ojos maravillosos llenos de lágrimas. No le gustaba verla llorar, le daba miedo y volvió a prometer que no diría nada.
Mami corrió a su dormitorio a quitarse el vestido y a preparar la cena. Se puso la bata azul que le habían regalado con papá para su último cumpleaños y él se quedó fascinado mirándola. “Mami parece una princesa”, pensó y se fue a jugar al comedor, debajo de la mesa, con los autos de juguete. Uno era el patrullero de papi y el otro era el auto de los ladrones. Rum, rum, los hizo pasar entre las patas de las sillas. “Voy a pedirle a papá que me lleve con él en el patrullero”. Entonces llegaron su padre y la tragedia.
La memoria te juega sucio, carajo. Le había traído cada palabra, cada sobreentendido y cada mirada. Detalles ínfimos que a sus cinco años no tenían sentido y hoy, casi treinta años después, empezaban a develar sus significados. Uno es un boludo que se cree que el pasado se borra tan fácilmente como los archivos de la computadora: DELETE y a la mierda con los files, pero está ahí agazapado, esperando la ocasión para asaltarte con la guardia baja.
El teléfono sonó con insistencia. ¿Será Ruggieri?, pensó con desgano al levantar el auricular.
—¿ Signor Delbosco? — era una de las empleadas de la conserjería— Un llamado para Ud.
Del otro lado de la línea había alguien que vacilaba en hablar y rezongó molesto.
— Signor Delbosco, soy Valentina Contardi-Bozzi. Necesito hablar con Ud., en privado.
La puta madre, lo que me faltaba. No lo puedo creer, ¿cómo me localizó?
— No sé cuándo, señora. Viajo mañana muy temprano y...
— Ahora mismo, en mi casa.
Vaciló, cortado. ¿Y qué excusa le pongo? Valentina tomó su silencio por asentimiento.
— Un auto pasará a buscarlo. Sepa disculpar que no se trate de mi chofer, pero es mejor así por ahora—
Clic.
¡Carajo, qué hago! Se pasó la mano por la cara y el pelo con furia. No tuvo demasiado tiempo para pensar: el teléfono sonó nuevamente para anunciar que un automóvil lo esperaba en recepción.
****

La ¿casa? Un palazzo soberbio de tres plantas, adornado con una fastuosa elegancia finisecular italiana que lo impresionó. Un poco recargado para sus gustos espartanos en cuanto a decoración, pero tenía que admitir que era magnífico. La doble puerta se abrió en el momento en que él bajaba del auto alquilado y el hombre mayor que esperaba del otro lado le cedió el paso ceremoniosamente.
— La signora lo está esperando — dijo el hombre luego de echarle una mirada atenta. Podría jurar que el tipo dio un saltito cuando me vio, pensó a medias incómodo.
Pasó a una salita con sillones, dos sofás y mesitas por todas partes. Preciosas estatuillas de porcelana se exhibían sobre cada mueble. Sobre una mesa rodante, había un servicio de café. El hombre le sirvió una tacita y salió silencioso, sin dejar de observarlo cada vez que creía que él no lo notaba. Se bebió el café y encendió un Gauloise a despecho de la ausencia de ceniceros. No quería pensar en dónde se encontraba: la casa de sus abuelos. La que había sido la casa de su madre. No son nada para mí. No significan nada, fumó con rabia.
— Signor Delbosco.
Valentina acababa de entrar y había cerrado la puerta en silencio. Trató de componer una expresión neutra y murmuró un saludo.
La anciana se sentó frente a él. Traía con ella un portafolios delgado y elegante. Detrás de ella volvió el hombre con un cenicero de cristal que dejó a su alcance. Le agradeció con un movimiento de la cabeza; el hombre respondió con un solemne “Signore”, y salió.
— Siéntese, por favor. ¿Le sorprendió mi llamado? — Valentina preguntó a quemarropa.
— Debo decir que sí — Marcel respondió mesurado.
— ¿Ha estado antes en Milán?
— No.
— Tiene un excelente acento milanés para no haber estado nunca antes.
— No sabía — claro que sabías, boludo, tu madre tenía el mismo acento. Mantuvo la boca cerrada.
— ¿Dónde hace habitualmente sus negocios? — la mirada de la anciana lo taladró.
— Señora, si lo que necesita son referencias comerciales y personales, podría habérmelo dicho sin más y yo se las hubiera ofrecido de inmediato. Mis oficinas principales están en Marsella.
— ¿Y en París?
— Tengo algunos negocios. Señora, si me lo permite, puedo enviarle mis carpetas de presentación y...
— ¿Ha estado en París recientemente?
— Voy habitualmente — respondió con cautela.
La anciana desparramó unas fotos sobre la mesita, y él se quedó helado: él mismo, en París, cruzando el Pont au Change; bajando del auto alquilado; en la puerta de su edificio. Esparció las tomas por encima de la mesa con cara de póker mientras trataba de controlarse. ¿Quién es el condenado hijo de puta que se divierte sacándome fotos? Y ya que estamos, ¿cómo carajo tuvimos esta falla de seguridad? El fotógrafo es uno que sabe hacer su trabajo.
— ¿Es Ud., signor Delbosco?
Pasó las fotos una a una, inexpresivo.
— A primera vista pareciera que sí. Podrían estar retocadas — añadíó, cada vez más incómodo.
Espió a la anciana desde debajo de las cejas: ella lo miraba con una ansiedad indisimulable. Se sintió un gusano de cuarta categoría cuando Valentina estiró la mano y la apoyó sobre una foto.
— Estoy buscando a esta persona.
Nunca había sido tan conciente de ser tan mal mentiroso e hizo acopio de coraje para hacerlo aun peor.
— No creo que se trate de mí, señora.
La anciana pareció encogerse en el sillón.
— Lamento mucho haberlo incomodado. Guglielmo lo acompañará.
— Gracias, señora. Buenas noches.
La commedia è finita(6) , pensó con acritud. ¿Cuánto falta para que todo el operativo se vaya a la mierda?



(1) comisaría
(2) boludo de mierda
(3) prostituta (lit: luciérnaga)
(4) doctor. Término de respeto para cualquier profesional o persona con cargo jerárquico.
(5) Ya voy, querida.
(6) La comedia terminó. (Frase final de "I Pagliacci", de R. Leoncavallo.

domingo, 23 de enero de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 14

PARÍS, JUEVES POR LA NOCHE


Michelon se sentía moderadamente feliz: la cena transcurría tranquila. Tres mujeres. Tres amigas disfrutando de una comida y una copa de vino. Odette — ya no utilizaban los apellidos fuera de las situaciones de trabajo — era una de las escasísimas personas con las que se atrevía a compartir su relación con Laure. Y esa misma amistad la hacía sentir cada vez más incómoda respecto de la investigación Henri, Dubois y Meyer. Meyer podrá ser tan discreto como un ratón de biblioteca pero Odette es demasiado suspicaz para tragarse los cuentos de mamá Oca durante demasiado tiempo. En algún momento deberemos hablar.
Esa misma mañana, Laure había entrado a su despacho con cara de preocupación:
— ¿Es cierto que RG (1) y el SPHP(2) se pelean por llevarse a Dubois?
— Laure..— la reprendió—, estuviste espiando la correspondencia interna?
— No espío: es mi trabajo — se molestó Laure—. Recibo, ordeno y te transmito todo lo que llega, emails y memos incluídos.
— No habrás abierto la boca delante de Marceau: es información clasificada.
— Claude, el afecto no me empaña la visión. Ni siquiera con ella — replicó Laure, mordaz.
— Mil disculpas— le acarició la mejilla —. Había observadores durante los exámenes y parece que están muy... impresionados por nuestro Dubois.
— ¿Impresionados en qué sentido?
— Parece que sus capacidades son poco menos que espectaculares.
— Bueno, fue deportista antes de meterse en la PN y todavía entrena.
Movió la cabeza y apretó los labios pues no quería ser más específica. Patrice Lejeune de RG sí había sido muy específico al describir a Dubois.
"Un elemento excelente", había dicho el inspector general, con una sonrisa de complacencia que le estiraba la cara de sapo. "Su desempeño en los simulacros fue espectacular. Muy buenas tácticas. Tiene unos reflejos increíbles, con armas de fuego, blancas y en lucha cuerpo a cuerpo. Es perfecto para el SPHP o los RG. Un arma humana al servicio de la Policía."

Michelon volvió a prestar atención a la conversación que Laure y Odette mantenían en ese momento.
— Querida...— le tocó el brazo a Odette y Laure hizo silencio.— ¿Soy muy indiscreta si le pregunto qué es lo que le pasa?
Odette suspiró pesadamente y a Michelon le pareció que se tomaba unos segundos de más antes de responder:
—Esas mujeres...
— ¿Más novedades? — preguntó sombría.
La mirada de Odette se volvió severa y las líneas sutiles a los lados de su boca se acenturaron.
— ...que en nada afectan a la PDP — Odette replicó sobre sus palabras con un tonito sarcástico desagradable.
— No comprendo — insistió Michelon.
— No es nuestra jurisdicción— respondió Odette con voz neutra.
— ¿Y ahora qué pasa? — no pudo evitar el mal talante.
— Hasta ahora, pasan ocho mujeres asesinadas en distintas ciudades, todas distantes entre sí. Las muertes son similares, pero no se repitieron dos veces en ningún lugar. No hay periodicidad en las fechas. No hay un patrón geográfico, sólo un patrón de homicidio.
Michelon se acomodó en su silla lamentando que la cena hubiera perdido su espíritu. Odette continuó.
— Pensé que estaba loca, tratando de conectar muertes sin relación entre sí. Cada vez que armaba una hipótesis, aparecía algo que la desbarataba, pero ahora creo que hay un hilo conductor. Aunque sin elementos para comprobarlo estoy en un punto muerto — la comisario masculló con furia.
Oh, oh, Marceau está de regreso: no sé si alegrarme o preocuparme. Ya no era una reunión de amigas sino el encuentro entre una superior y su subalterna que le rendía un informe. Laure percibió el cambio y se encogió discreta en su silla.
— ¿Qué tenemos, un loco serial? — preguntó Michelon curvando la boca hacia abajo.
— Un loco con muchísimo dinero para gastar. Se mueve todo el tiempo. Encontré noticias de muertes de prostitutas en periódicos de regiones diferentes. No sabía por dónde empezar y armé un mapa: la dispersión es muy grande. Todavía no recibí respuestas de las morgues a las que pedí informes. Todos están demasiado ocupados para mandar un fax o un email. Tiene que haber algo más en la conducta del tipo, algo que permita armar un patrón más completo, pero necesito la información y pareciera que no quieren dármela o que no existe.
Odette bebió un sorbo de chablis y se entretuvo en saborearlo, pero la arruga leve del ceño decía que estaba ocupada en otra cosa.
— ¿Qué ocurrió con las notas que envió?
— No pasé de los tenientes. A nadie le importa que maten putas, sobre todo si son "extracomunitarias". Bien, tendré que emprender el próximo paso: si la montaña no va a Mahoma...
— ¿Cuando irá?
— Pensaba empezar la semana próxima. No sé cuánto me dejarán husmear en cada archivo pero tengo que intentarlo.
El rostro de porcelana se había transformado en una máscara impasible y helada. Definitivamente, “Marceau” tomó el lugar de Odette en la mesa y está disgustada consigo misma más de lo que yo creería, pensó Michelon. No dijo nada y desvió la conversación hacia temas menos ásperos, aunque el encanto de la reunión se había roto.
Se despidieron en el estacionamiento. Mientras Odette se iba, Laure susurró:
— ¿Por qué no le dijiste nada de lo que hablaron con Lejeune?
— No me pareció el momento adecuado. Además, quiero conversarlo antes con Dubois.
— Pero ella es su superior inmediata... — Laure reparó en su excusa. — ¿Por qué no es el momento adecuado?
Michelon cabeceó, molesta: lo que había querido indagar durante la cena se le había quedado atragantado.
— Laure, hay algo entre ellos que ...
— ¡Seguro! Duermen juntos — Laure la interrumpió jocosa.
— Ah, no seas boba — la despeinó mientras se sentaba al volante. — Quiero decir que me parece que tienen problemas.
— ¡Estás loca! Si alguna vez vi a un tipo enamorado como un idiota, es Dubois.
— No me refiero a eso. Hay algo más.
Laure se encogió de hombros.
— Me rindo: nadie te gana a suspicacias. Mierda, es tardísimo. ¿Quién me levanta mañana?
— Yo.
— ¿Medialunas y café?
— Medialunas y café.
Menos mal que cambiamos de tema, porque no tengo ganas de hacer públicas mis sospechas. Dubois también está extraño. Cada vez que está fuera de la ciudad, los llamados al despacho de Marceau se triplican. Lo sabía por el comentario del noticiero de las ocho, léase Bardou. Tendría que hablar con Dubois tan pronto como esté en París y no sólo por la oferta de Lejeune, que espero no acepte.

****

Odette condujo despacio mientras pensaba en la conversación con Claude y Laure. No se engañaba respecto de las intenciones de Madame al preguntarle qué le pasaba, ni tampoco respecto del hecho que había aceptado el cambio de tema sin insistir. Siempre mantenían ese sutil respeto mutuo en cuanto a las confidencias y lo agradecía. No me siento preparada todavía.
Su cuñada Nadine, en cambio, no tenía ese tipo de reservas y la había arrinconado abiertamente. El sábado anterior habían llevado a Antonin en una escapada a EuroDisney y se habían divertido casi más que su sobrino.
— Marcel debe estar buscándote por medio país — comentó Nadine cuando llegaron a su casa, pasada la una de la madrugada. El teléfono sonó y Nadine corrió a responder: era Marcel, un Marcel muy irritado. Con infinito tacto, Nadine se había ido a la cocina a preparar café mientras el resto de la familia dormía. La conversación telefónica no fue un éxito diplomático y después de colgar Odette se sentía espantosamente mal. Su cuñada no hizo mención de sus dientes apretados ni del hecho de que no pudo hablar durante unos minutos tratando de dominar las emociones, pero en cuanto sirvió el café, se lanzó de cabeza.
— Odette, las cosas no andan bien. Tu hermano vive en las nubes pero yo no.
Ella cabeceó un asentimiento por respuesta y se sirvió otro café. Nadine insistió.
— Marcel te persigue por teléfono, me pregunta si sé dónde estuviste; lo pesqué interrogando a los chicos sobre tus salidas con ellos ¿Qué pasa?
Odette enroscó las piernas en el banco de cocina y habló despacio.
— Empezó cuando comenzó con el curso para el ascenso. Cierto, pasamos mucho tiempo lejos, pero no puedo hacerle entender que eso no cambia nada entre nosotros.
— Está celoso... — sonrió Nadine — .Te cela porque te ama.
— No, Nadine: eso no es amor, es desconfianza. Lo hace sufrir y yo también sufro por no poder ayudarlo.
—¿Por qué desconfiar si te quiere?
— Ese es el nudo del problema: Marcel no puede confiar en nadie. No pudo hacerlo con sus padres y no puede hacerlo con nadie más.
— ¿Él te lo dijo?
Odette meneó la cabeza con pena.
—Marcel no dijo casi nada, aparte de que sus padres tuvieron una relación de mierda y que su madre abandonó al marido cuando Marcel tenía dieciséis años, llevándoselo con ella. Marcel tuvo que defenderla de su padre y no volvieron a verlo— se quedó callada y Nadine le tomó la mano y el gesto la reconfortó —. El resto lo averigüé por mi cuenta. Siempre me pregunté porqué su padre no fue detrás de ellos cuando se fueron. No es lo habitual cuando hay violencia familiar: el agresor no deja ir a sus víctimas. Las busca, ruega o amenaza para que regresen, mantiene la buena conducta un tiempo hasta que vuelve a la agresión. ¿Por qué los dejó ir...?
— ¿Los golpeaba? ¡Qué horrible!
— Marcel nunca dijo que su padre los golpeara, a él o a su madre. Nada más habló de peleas verbales entre sus padres. Pero imagino que debe haber existido al menos un hecho de agresión física que resultó traumático. Lo que sí es seguro es que Marcel le guarda mucho rencor.
— ¿Y la madre?
— Murió cuando él tenía veinte años. Y antes que preguntes, tampoco habla de ella.
— Hummm, quizás no haya sido la madre modelo que a los hombres les gusta pintar.
— Quizás, quizás... Tengo un cajón lleno de “quizás”.
— Y seguramente tengas otro cajón lleno de hipótesis, si es que conozco a los Massarino.
— Ajá. Quién sabe, su padre haya vivido situaciones parecidas en su propia familia, es bastante común. Por otro lado, la madre se apoyó en Marcel a una edad en la que él todavía necesitaba de todo el soporte familiar posible. Un cuadro desolador para un adolescente con problemas: no hay a quién recurrir salvo él mismo.
— ¿Y no hay familiares?
— Jean-Pierre Dubois es huérfano desde los dieciséis. La familia Contardi Bozzi jamás se interesó por su hija y su nieto. Por lo que sé, gente de la aristocracia milanesa. Marcel nunca los conoció.
—Ugh, unos cogotudos. No creo que les gusten los flics. (3)
— Ni los cognes, (4) eso es seguro. Jean-Pierre Dubois es coronel de la Gendarmería.
— ¿Marcel nunca averiguó nada sobre su padre?— se interesó su cuñada.
— No que yo sepa. Yo sí me ocupé — sonrió, encogiendo un hombro —. Mi tendencia natural a meterme donde no me llaman — se rieron en voz baja —.  Tiene una foja de servicios impecable. Nunca volvió a formar pareja. Y algo más: Marcel informó que sus padres se habían divorciado pero nunca lo hicieron. El padre se plegó a la pequeña mentira del hijo cuando ingresó a la PN — suspiró — .Si el coronel Dubois no reaparece en escena, difícilmente conozcamos la otra versión de la historia. Pero no es lo que más me preocupa en estos momentos.
Nadine se la quedó mirando un rato largo sin hablar. Después la abrazó.
— Él te ama, jamás dudé de eso. Tienen que hablar
— Nadine, a veces me parece que ni siquiera sabe lo que le pasa.

****

Llegó a casa cansada, pero el olor del tabaco negro y el perfume en el palier del piso le hicieron volar mariposas en el pecho. Lo encontró despatarrado en un sofá, fumando, los pies debidamente calzados y debidamente apoyados al descuido encima del tapizado. Malcriado. Se le arrojó al cuello para besarlo pero Marcel no le devolvió el gesto.
— ¿No me esperabas hoy?— la reprendió.
El corazón le saltó un latido al oirle la voz helada.
— Es jueves, no te esperaba hasta mañana — Odette se disculpó como una cría sorprendida en falta.
Él le devolvió los besos y la abrazó pero se sentía diferente.
— Te llamé por la tarde antes de viajar, para avisarte. ¿Nadie te pasó el mensaje?
— Salí un rato de la oficina. Nada importante — se encogió de hombros al tiempo que se le encogía el estómago por la mentira: me fui a perseguir investigadores privados.
— ¿Y ahora, a la noche? Tenías el teléfono apagado.
— Cenamos con Michelon y Laure.
— Uf, cena de mujeres. Deben haber desollado a la mitad de la Prefectura de París.
— Más o menos. ¿Cómo te fue?
— Bien. Nada nuevo. Tus ocupaciones deben ser más divertidas que las mías — le dio la espalda para apagar el Gauloise y ladró—. Tengo hambre.
Bueno, bueno, el Cro-Magnon tiene hambre. Lo besó y corrió a la cocina. Marcel devoró el primer plato de pasta sin decir mu, los ojos fijos en el noticiero de TV5. Hum, está famélico. Le sirvió el segundo plato y luego una pera al vino que acampaba solitaria en el estante de frío controlado. Le hizo un rato de compañía frente a la tele que él miraba hosco.
— Me voy a dormir — suspiró y le besó el cuello. El "Ya voy" lo escuchó desde el baño.
Se metió en la cama con un sabor amargo en la boca. ¿Qué es lo que está tan mal? Se revolvía inquieta cuando él entró sin encender la luz y se desnudó a oscuras, tirando la ropa por cualquier parte. El Cro-Magnon lo está haciendo adrede, pensó con moderada irritación. Estaba a punto de encender la luz y parlamentar cuando sintió que el cobertor volaba hasta los pies de la cama.
El juego que siguió transcurrió en un silencio duro. Tuvo la convicción de que si intentaba dejar el sexo para después, él estallaría. Esto se está repitiendo demasiado a menudo: sexo a secas. Divertido, sí, pero los excesos nunca son buenos. Somos algo más que animales sexuales, intentó razonar pero su sensualidad se desbocó y la traicionó, entregándola abierta y complaciente al macho que la copulaba rabioso. La cabalgaba como un conquistador que arrasara el territorio sojuzgado, tomando posesión de todas sus intimidades y orificios. La recorría en un juego interminable que ambos conocían de memoria y jugaban como si cada vez fuese la primera. La dominaba absolutamente y ella cedía, hundida en un abismo de sexo sin ternura. No la besaba: la mordía para marcarla y cada mordisco le provocaba escalofríos. No puedo abandonarme así, pero el raciocinio se le escurría junto con sus humedades por entre las piernas.
Perdió la noción de su propia voluntad y era un juguete erótico en manos de un obseso. “Zorra, dámelo todo, me pertenece”, masculló él mientras le hundía los dedos húmedos y la verga exigente. Apretó los ojos y abrió la boca para aspirar más profundo y amplificar los espasmos que preludiaban el orgasmo.
La violencia del hombre que arremetía dentro de ella creció y con ella, su propio oscuro placer. Por Dios, no pares, no me dejes, no seas tierno ni dulce. Así, como un animal embravecido. Sintió que su cuerpo no podría resistir tanta voluptuosidad y gritó pero él le ahogó los gritos con más mordiscos.
Dos que son uno que hacen uno y son tres, hermafrodita bifronte, monstruo que se sodomiza a sí mismo, macho y hembra en el origen de la especie, creced y multiplicaos, génesis, instinto y supervivencia, hágase la luz y la luz sale de tu verga y llena mi vientre que da a luz.
Ella irradiaba sexo en éxtasis y él continuaba, despiadado e interminable, cumpliendo con su autoimpuesta tarea de demolición.
 Floto. Fluyo a tu ritmo, me entrego hasta el final, me extingo y muero en la entrega. Soy el mar que te acuna y te devora. Soy una cosa, tu cosa tuya, tu continente, tu arcilla. No soy. Soy la nada.
Cuando él la alcanzó en su nirvana privado rugiendo su descontrol, ella se acopló a su ritmo hasta el nuevo clímax. Alguna parte de su cuerpo percibió las palabras estremecedoras que él gritaba. Creyó que perdía la conciencia. En el silencio vacío del después, trató de recordar las palabras pero no pudo.
Tuvo un escalofrío: él se movía trabajosamente, agotado por el esfuerzo de someterla por completo a su virilidad. Le dolía todo el cuerpo de haber soportado el peso y el ímpetu del hombre desplomado sobre su espalda. Jugaban un juego enloquecedor y peligroso de sexo y pasión; cópula frenética e instintos primarios. ¿Hasta cuándo? ¿Cuánto dura una pareja nada más que a fuerza de coitos?
Al regresar a la cama se pegó a él: el cuerpo masculino estaba laxo y transpirado y el corazón todavía le galopaba en el pecho. Ni siquiera tenía fuerzas para abrazarla y ella lo hizo por él. Lo obligó a abrir la boca y se la exploró con dulzura hasta que logró la respuesta que había buscado desde que él se metiera a la cama. Lo besó para impregnarse de su sabor y se dejó caer a su lado.
—Te amo, loco— murmuró y se quedó dormida, mientras se prometía una conversación seria para el día siguiente.

****

Estaba desparramado en casi la totalidad de la cama, escuchando la respiración suave y rítmica de ella, que dormía acurrucada en el mínimo espacio que su propio cuerpo no ocupaba.
Tenerla así cerca, tan entregada, lo volvía loco y le encendía la sangre. Sus besos todavía le escocían en los labios y en la lengua, y los había saboreado con glotonería. Las reglas de cortesía de la cama decían que debiera haber respondido a su “te amo” con las palabras adecuadas: “yo también más mucho más te amo estuvo hermoso”. Él, en cambio, se había limitado a gruñir su satisfacción.
Te poseo porque te amo, te amo porque te poseo, ambas cosas están indisolublemente unidas, no puedo pensar en amarte sin cogerte, pero esas palabras jamás tomarían forma en su boca simplemente porque eran un todo con él y nadie anda por ahí definiendo su filosofía de vida con cada paso. Te amo y basta. Ya deberías saberlo. Ella tenía que saberlo; se lo decía la forma tan frágil, tan sexual, en que se abandonaba a su locura. Tenía que amarlo tanto como lo deseaba. Debía ser así. Y sin embargo no podía olvidar la tarde aciaga: el tipo, el teléfono, las salidas imprevisibles, la llegada tarde. Sintió que el pecho se le agarrotaba. Si me estás mintiendo, te mato, pensó sin querer y las lágrimas le rodaron por la cara hasta las sábanas revueltas.

(1) Reinseignements Généraux - Servicio de Información (PN)
(2) Service de Protection de Hautes Personnalités - Servicio de Protección de Altas Personalidades (PN)
(3) cana
(4) gendarme