POLICIAL ARGENTINO

martes, 21 de diciembre de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 11

PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ESTANCIA "LA AUGUSTA". TERCERA SEMANA DE MAYO


Sentado ante el escritorio, el viejo rozó distraídamente el sobre forrado en cuero: sus dedos no necesitaban mirar para encontrar las ranuras sutiles que señalaban la tapa-trampa. Movido por una tentación irresistible, tironeó del escueto cajón central y la tapa se soltó de su cerradura oculta. La levantó en un estado casi hipnótico y tanteó la cajafuerte. No sé porqué hago esto.
Desparramó el contenido de la caja encima del escritorio, sin acabar de decidir qué buscaba y hurgó con el índice entre papeles quebradizos y fotos más o menos amarillentas. Una rosa seca se deslizó entre unas hojas, y con delicadeza la puso a un lado con una sonrisa fría. Se dijo a sí mismo que ese husmear ocioso no tenía más propósito que matar el tiempo inmóvil de una tarde lluviosa de otoño. Y sin embargo sus dedos sí sabían qué buscar, porque tomaron la hoja correcta y la carta se desplegó ante sus ojos como una flor extraña, marchita y sin embargo, en cierto modo, viva. La caligrafía casi infantil que denunciaba la escasa educación de quien la había escrito hacía ya más de cincuenta años, le trajo una emoción que hacía mucho había olvidado que podía sentir.
No leyó: no quería hacerlo. Para qué, si conocía cada palabra de memoria. Ella había muerto poco después de escribirla, en respuesta a una única carta suya. Él, que jamás había escrito antes una carta de amor. ¿Amor? ¿Dijiste “amor”? ¡Viejo cuentero! Estás solo frente a tus recuerdos y no podés mentirles. Nunca hablaste de amor. Ofreciste protección, dinero y buen pasar. Muy educadamente, como corresponde a un caballero. Uno que invita a una mujer a ser su mantenida. ¿Quién podría haber rechazado semejante oferta en medio de la guerra? Ella, viejo zonzo. Cómo te equivocaste...
Desde la fotografía sepia y de esquinas desgastadas y carcomidas, aquellos ojos negros dedicaban sus miradas a otro que no era él.
Por alejarte de mí te alcanzó la muerte disfrazada de bombardero americano. Y ni siquiera una tumba en donde dejarte una flor a escondidas. La guerra me privó hasta de ese consuelo absurdo. Metió todos los papeles y las fotos de nuevo en la caja y la guardó en el escondite del escritorio. De pie frente al ventanal dejó que los recuerdos lo asaltaran y en el reflejo del cristal, encontró su mirada, que evocaba a otra también de agua, también cruel y fría. Sangre de su sangre, derramada por sus propios errores.
¿En qué me equivoqué con él? ¿Cuánta sangre nos costó? Mis manos jamás derramaron sangre pero firmaron tantas sentencias... ¿No es lo mismo? ¿Qué es el verdugo más que un ejecutor de decisiones ajenas? Tuve la suerte de que ciertas decisiones no fueran ejecutadas por mis propios verdugos, pero las hace eso menos violentas? Condené a mi propia sangre, esa es la verdad. Pero si tu mano derecha peca...
Rumiaba el tema y volvía a la misma eterna conclusión: debía hacerse. Mi propio nieto. El futuro de mi casa. Pero era una herida que lamía a escondidas.
Qué cruel es la verdad. Con tantos que se niegan a admitirla, resulta ser el mejor embuste de todos. ¿Y mi verdad? ¿Cuál es? ¿Ejercer el poder sin pasión y sin locura, llevar el timón con mano firme, dirigir detrás de la escena? ¿A eso se redujo mi vida? Y ahora vos también te fuiste, dejándome definitivamente solo. Lo supe por los diarios y por un presentimiento extraño que no me atrevo a llamar dolor, que me quitó el sueño varios dias. Fui a mirarme al espejo para recordarte, tanto nos parecíamos, y hacerme a la idea de lo que me espera: sin descendencia, casi sin esperanzas. Me queda una sola, tan pequeña que no me atrevo a formularla ni en mis pensamientos. A los dos nos castigaron con hembras y después nos resarcieron con varones. Quién sabe...
Su celular vibró y él respondió, agradeciendo la irreverencia de la tecnología que no respetaba los recuerdos de nadie. Reconoció instantáneamente la voz del otro lado.
— Tengo un encargo para usted — dijo sin detenerse en preámbulos.
—¿Recibiré órdenes escritas? — preguntó el hombre luego de escuchar sin interrumpirlo.
— No en esta oportunidad. Recibirá instrucciones telefónicas y reportará telefónicamente sólo a mí. Utilice el identificador de voces cada vez que hable conmigo para asegurarse. La investigación es absolutamente confidencial y me refiero a que nadie más, ni siquiera el coronel Ortiz, debe conocerla.
Hubo una levísima vacilación del otro lado.
— De acuerdo, señor. ¿Cómo le enviaré las fotografías?
Le dio una dirección de correo electrónico.
— Obtenga un nuevo e-mail y utilice códigos de encriptamiento para los envíos. Sólo imágenes, ningún texto.
— Sí, señor.
— El punto de partida es Milán. Inicie allí la búsqueda, consiga una cobertura válida para el caso que la necesite.
Del otro lado hubo nada más que un “sí, señor” seco: la comunicación había terminado.
De pie frente al hogar monumental coronado por el espejo majestuoso, se sirvió un whisky y levantó los ojos mientras bebía. La imagen podría haber sido también la del otro: el mismo orgullo frío, la misma mueca dura en la boca. Por fin sabré si la madera de que estabas hecho era igual a la mía.


MILÁN, PALAZZO BOZZI, SEGUNDA SEMANA DE JUNIO


Valentina Bozzi in Contardi

— Signora Valentina — el mayordomo llamó su atención discretamente.
Valentina Bozzi in Contardi se volvió hacia él sin responderle.
— El señor Corrente, señora.
— Hágalo pasar al escritorio.
Guglielmo asintió y se retiró en silencio. Tanto esperar las noticias que Corrente traería y ahora los nervios le jugaban una mala pasada. Inspiró profundo varias veces para recuperar el control y se miró al espejo antes de bajar. El cristal fue despiadado, pero no era su culpa. ¿Cuánto tiempo pasó desde la última vez que la vi? Veintinueve años. Una vida. Después, Marcello me prohibió volver a verla. Y yo acepté. Yo permití que nos hicieran esto.Entró al estudio y el hombre se puso de pie.
— Donna Valentina... — inclinó la cabeza para saludarla.
— Tome asiento, señor Corrente. ¿Le ofrecieron algo?
— Preferí esperarla a Ud.
Llamó a Guglielmo para pedirle el café. Estoy retrasando las cosas, Corrente ya debe haberse dado cuenta. Decidió poner fin a su propia inquietud.
— ¿Pudo averiguar algo?
— En primer lugar, que hija y su nieto dejaron Grenoble para trasladarse a París.
— Dios, no tenía idea... ¿Cuándo?
— Cuando su nieto tenía dieciseis años.
— ¿Por qué?
— Su hija y su yerno se separaron.
Constanza había muerto prematuramente de un cáncer de pecho, extendido en forma fulminante. Ella lo había sabido casi un año después, al encontrar las cartas de su nieto entre los papeles de Marcello. Lo odió por haberle ocultado tanto la existencia de esas cartas como el intento de su nieto por tomar contacto con ellos. Las cartas no mencionaban nada acerca de él o de su padre. No sabía que ella había abandonado a Jean-Pierre. Marcello no tenía excusas para esconder la muerte de su hija, aunque jurara que hacía mucho ella había muerto para él. Había destruído los sobres, negándole la posibilidad de encontar a su nieto.
— Signora...— Corrente se había mantenido en silencio.
— Discúlpeme. Continúe por favor.
— Lo localicé a través de los datos en los registros del cementerio, pero cambió de domicilio dos veces desde entonces.
— ¿Entonces — interrumpió asustada —, no tenemos forma de encontrarlo?
— Sí— Corrente la tranquilizó—, su nieto pertenece a la Policía. Está en la Prefectura de París. Comprenderá que cualquier investigación debe ser cuidadosa.
— ¿Policía como el padre?
— No, señora. Su yerno es coronel de la Gendarmería; actualmente está destinado en Estrasburgo.
— Está bien. No importa. ¿En un mes es todo lo que pudo encontrar?
— También conseguí su domicilio, aunque no fue fácil.
Sacó del portafolio un sobre con fotografías y se lo entregó. Las miró con los ojos llenos de nostalgia. Sí, era su nieto. La misma mirada que tenía a los cinco años. La mirada de Constanza. Parecido a su padre y sin embargo... Algo de Marcello, algo indefinible, estaba allí, vivo.
— Esta es su pareja. Ella también es policía. No viven juntos.
Le alcanzó más fotografías, esta vez de la mujer. Su expresión debió ser muy reveladora porque Corrente le preguntó si la conocía.
— No puede ser ...— murmuró — ¿Sabe su nombre, la edad?
— Parece de la misma edad que su nieto, quizás menos. Lo de los nombres fue toda una sorpresa.
Valentina sintió acelerársele el corazón.
— Ella aparece en los registros de la Prefectura como Marceau, pero su apellido de soltera es Massarino. Es hija de Franco y Addolorata Massarino, ex-étoiles de la Opera. El padre es actualmente el régisseur de la Opera de Palermo y tiene ofertas del San Carlo de Napoli y de la Scala — Corrente se habia entusiasmado — Eso fue lo más sencillo de indagar: eran estrellas internacionales.
Cerró los ojos y se recostó en el sofá. La hija de Addolorata. Quién sabe cuánto estuvo así, porque Corrente le preguntó si se sentía bien.
— La verdad es que no demasiado.
 — Comprendo.
No, no puede comprenderlo. Que el pasado nos persiga de esta forma no es para explicárselo a cualquiera.
— Señor Corrente, yo le pediría...
— Por favor, señora. No tiene que pedirme nada — le entregó el resto de los papeles —. Puedo volver cuando Ud lo desee. Espero su llamado.
— Se lo agradezco mucho.
Corrente se fue y Valentina volvió a su dormitorio con los papeles y las fotos. Tomó la foto de ella, tan parecida a su madre que la había hecho confundir. Qué tontería preguntar la edad. El recuerdo todavía le atenazaba el corazón. Como fundadores y miembros del Consejo de Administración del teatro de La Scala, Marcello y ella habían conocido muy bien a las estrellas que se presentaban. La Scala era un escenario donde los Massarino habían bailado a menudo, hasta que un día se negaron, corteses pero firmes, a renovar los contratos.
Marcello, que intervenía en todas las negociaciones, se había encerrado en un mutismo estatuario y furibundo mientras Franco Massarino ponía una excusa elegante tras otra bajo la forma de “compromisos indeclinables” y “palabra de caballero” al teatro Tal o Cual. Addolorata, que siempre acompañaba a su marido, no había estado presente en ninguna de las tirantes reuniones. Valentina no asistía a las sesiones del Consejo de Administración pero Umberto Testi, secretario del Consejo y su amigo de toda la vida, la informaba con puntualidad de las actividades del teatro y de las de su marido.
Umberto y Marcello mantenían una fría y mutua antipatía barnizada por la buena educación, pues el teatro los necesitaba a ambos y ellos se necesitaban entre sí. Los contactos de Marcello eran increíbles y su capacidad negociadora iba a la par de su inmenso poder de seducción. Umberto, por su parte, tenía una sensibilidad agudizada por su condición de homosexual confeso, que sólo agregaba encanto a los rancios títulos de nobleza que exhibía entre coqueto y ostentoso, sin perder ni un ápice de su glamour. Los músicos más exquisitos y arrogantes, los bailarines más caprichosos se rendían a su simpatía, su savoir-faire y quién sabe a qué más. Las prime donne del ballet y la ópera las dejaba para Marcello y entre los dos, el teatro se aseguraba las mejores voces, las estrellas mundiales del ballet, y los conciertos en los que cualquier músico hubiera dado su mano derecha por participar. El Consejo de Administración bailaba una complicada contradanza con su vicepresidente y su secretario y, en beneficio de la escena, cerraba los ojos a las actividades más o menos privadas de ambos.


Teatro Alla Scala
Valentina era confidente íntima de Umberto y de sus desvelos por la fiamma de turno, que invariablemente le dejaba el corazón destrozado. Nada podía ser más opuesto a Marcello. Las conquistas de su marido duraban hasta que aparecía el siguiente objetivo. Una soprano amenazó con suicidarse cuando Marcello la dejó por una nueva atracción, y el escándalo bastó para aumentar la fama de seductor irreductible del presidente del Consejo, convirtiéndolo en pieza más que codiciada por las damas y no tanto del tout—Milan. Marcello disfrutaba sin ningún empacho de las prebendas del renombre que lo precedía y que le ahorraba el esfuerzo de ser encantador. Hasta que los Massarino hicieron su entrada en escena.
Al igual que el público, Umberto se fascinó con la pareja y su historia de amor de cuento de hadas. Instantáneamente se convirtió en uno de sus más fervientes dilettanti. A Marcello las historias de amor le importaban un comino. En cuanto supo que Franco Massarino había nacido en Nápoles de una familia humildísima y que casi no había tenido educación hasta que comenzó a bailar casi por casualidad, dejó traslucir su olímpico y aristocrático desprecio por el bailarín. Pero por alguna razón oscura, Addolorata se le convirtió en una obsesión. Se apasionó por ella de un modo irracional y esa misma pasión contrariada lo volvió más violento que nunca.
Valentina evitaba a su marido a toda costa, aún de desaparecer dentro de su propia casa, espantada por la cólera que estallaba por cualquier minucia. Marcello se encerraba en su estudio y ella corría a encerrarse en su dormitorio — ya no dormían juntos desde hacía mucho, gracias al Cielo —, a la espera de que el día siguiente trajera una relativa calma con la noticia de que él ya había salido.
Por medio de un preocupado Umberto supo de la persecución feroz de que era objeto Addolorata. “¿Por qué lo soportas?”, era la eterna pregunta de su amigo que ella no podía responder. ¿Cómo explicarle que pendía sobre ella una amenaza demasiado grande, demasiado cruel, si se atrevía a cualquier cosa ? Era preferible que sólo yo lo sufriera  y no mi hija. Constanza ya sufrió demasiado. Debía proteger a su hija y al nieto al que casi no conocía.
La tensión en el teatro se hizo sentir. Corrieron versiones de que Marcello había forzado un encuentro a solas con Addolorata, acerca de cuyos resultados los vestidores y tramoyistas no terminaban de decidirse.
Umberto le confirmó luego que los Massarino se habían negado a renovar contratos con La Scala. El Consejo estaba desolado y Marcello manifestó su frío desagrado por la situación, comentando que Franco Massarino era un terrone sin educación y que no merecía que el teatro continuara ocupándose de él y de sus caprichos. Después de cinco o seis años de ese episodio y de no bailar en ningún teatro de Italia, los Massarino volvieron al San Carlo de Nápoles. Ella se enteró del acontecimiento por los periódicos, por Umberto que le contó que volaría de inmediato a tratar de convencerlos de volver a La Scala y por Marcello, que repentinamente tenía negocios en Nápoles.
Lo único bueno de todo eso era que lo tendría lejos por unos días y, quién sabe, como cada vez que viajaba por negocios y por mujeres, Marcello volvía de buen humor y la dejaba en paz, o al menos no la maltrataba verbal o físicamente durante un tiempo. No pudo haberse equivocado más: su marido volvió demasiado pronto, demasiado furioso, con esa cólera que era la que más la aterrorizaba porque permanecía agazapada como un animal salvaje a la espera de la más ínfima provocación.
Apoyó las fotografías a un costado sobre la cama y suspiró. Y ahora, mi propio nieto vive con la hija de los Massarino. Si los viera Marcello, se moriría de nuevo de la sorpresa. Si yo no hubiera sufrido tanto todos estos años, podría disfrutar de su castigo, más que merecido... Pensar que alguna vez te amé. Me quitaste a mi hija, me humillaste con tantas otras mujeres. La única que me respetó fue Addolorata. Voy a reparar tantos errores. Perdí a mi hija pero no voy a perder a mi nieto.

****


Gaetano Corrente azotó la puerta al entrar al cubículo de madera gastada que cumplía las funciones de despacho, archivo y fumadero de tabaco negro. Miró con disgusto el único rincón de su escritorio que no tenía papeles encima: había tierra acumulada, lo que significaba que hacía varios días que nadie se dignaba a limpiarlo. Estiró el brazo para alcanzar una carpeta que se mantenía en peligroso equilibrio inestable sobre una pila de expedientes de origen variado. Qué complicación, Virgen Santa. Es cana, carajo. Bah, es tan mortal como cualquier otro, meditó bajo los efectos mefíticos del humo. Pero me rompe las pelotas que sea cana. ¿Y ella? Nadie habló de una mujer. Otra cana. No había recibido instrucciones acerca de ella pero las necesitaría muy pronto.
Llegar a Valentina había sido casi un juego: Alessandra Giuliani se había encargado sutilmente de entregársela en bandeja de plata, por sus propios oscuros motivos. "La vieja dice que necesita un detective y me gustaría saber en qué anda. ¿No me harías ese favorcito?" Y ahora, Valentina confía en mí, se mordió el labio y pitó furibundo. ¿Desde cuándo tenemos problemas de conciencia ? Es un encargo como cualquier otro. Y estaba seguro de que no sería la primera ni la última vez que tuviera que "anular definitivamente" un "encargo", con ancianitas confiadas de por medio o sin ellas.
Bufó al tiempo que cambiaba de posición y el sillón crujió incómodo. Su reflejo en el cristal le devolvió un rostro cansado, con barba crecida de un día. Tendría que afeitarme antes de ver a Alessandra. Pensó en la mujer y en el cuerpo de la mujer y el habitual pulso erótico le recorrió la piel con la intensidad de siempre.
Macchè razza di coglione sono , Santo Dio(1) , no puedo seguir con ella. Se lo decía antes de cada encuentro y cuando la tenía cerca, se derretía como un pendejo. La relación con Alessandra podía costarle mucho más de lo que estaba dispuesto a perder pero era incapaz de tomar una decisión. Fumó con rabia el MS mientras giraba el sillón, para tomar el expediente del archivero y dedicarle un poco de su estimable atención a sus obligaciones oficiales. No hay nada definitivo, ninguna prueba. Nada que la Policía o los Carabinieri puedan usar contra Ruggieri o los Giuliani. Muy razonable, en tanto era él quien se ocupaba de mantener el expediente con el nivel de higiene adecuado. Se encogió de hombros mientras hojeaba las páginas manoseadas y sonreía torcido: tampoco sería la primera vez que un socio menor fuera abandonado para que las policías locales se lucieran metiéndolo a la sombra. Para eso estaban los hombres que pertenecían a las Fuerzas: para actuar cuando les correspondiera, eliminando las lacras de la sociedad. Él mismo, por ejemplo.
Tecleó desde el celular el número que jamás marcaba desde la línea telefónica común y esperó ansioso. Cuando la voz sensual respondió del otro lado, sintió que el nudo de la garganta se le disolvía en el estómago como por arte de magia y se insultó por ello. Arregló la cita y al cortar la comunicación, el deseo se había ocupado de ahogar a la culpa.

GÉNOVA, SEGUNDA SEMANA DE JUNIO
Marcel bajó al lobby del hotel para hacer la llamada. La quinta o sexta del día, pensó con acritud.
— Odette... — casi no podía hablar por la crispación que lo ahogaba.
— ¡Amor! ¡Qué sorpresa!
— Te llamé catorce veces a la oficina y no estabas...— gruñó.
— Estoy siguiendo un caso— ella replicó con tono de "ya deberías saber" y eso lo irritó más de lo que era capaz de admitir.
— No puedo volver este fin de semana — le informó brusco.
— Ah, bu- bueno...¿Cómo te está yendo con los cursos?
— Todo maravilloso — ladró —. Te extraño. Carajo, te necesito— podrían rastrear la llamada—. Tengo que cortar, no creo que pueda llamarte hasta el lunes.
— Está bien entonces...Espero tu llamada el lunes. Te quiero.
— Yo también.
Cuando colgó se sentía peor que antes. Subió a la habitación con ánimo pesado: Sonja lo estaba esperando y se le tiró encima apenas cerró la puerta.
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(1) ¡Pero qué clase de pelotudo soy, Dios mío!

sábado, 13 de noviembre de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 10

     C* , tercera semana de mayo
Otra vez los gritos. ¿Por qué? Él también quería gritar: por favor, no peleen más. Se encerró en su dormitorio. Mamá está llorando. Salió sin hacer ruido por el corredor, hasta el cuarto grande.
“¿Dónde estabas?” repetía su padre, sordo a las súplicas de mamá. No la escuchaba, tan sólo repetía “¿Dónde estuviste? ¿Con quién?” Sus propias lágrimas le mojaron la cara al oir los insultos. La voz de papá sonaba rara. ¡Está llorando también él!  Se agazapó detrás de la puerta. No podía abrir los ojos y le dolían las rodillas de apretarlas contra el suelo.
En un arranque de coraje, se puso de pie y abrió la puerta. El valor se le diluyó en la boca y le fue a parar en un nudo en el pecho, junto con las palabras que nunca llegó a pronunciar. Papi, no quiero que te enojes con mamá, quería decirle, pero papi estaba fuera de sí.  De alguna manera intuyó que veía lo que no debió haber visto a su edad ni nunca. La violencia de la escena lo asustaba y lo atraía. Ya no oía los gritos ni las súplicas, sólo miraba.  "¡Te amo, puta!", escuchó después de un tiempo interminable. Mamá dijo que ‘puta’ es una mala palabra y no me deja decirla.  "¡Te mato antes de verte con otro!"  Papá es gendarme ¿mata ladrones ? preguntó una vez y mami le dijo que sólo si era muy necesario. Matar es malo, mi chiquito, siempre. Papá también se lo había dicho ¿Entonces, por qué?  No quiero que mates a mami. ¡Por favor, papá ! ¡PAPA... !

Marcel se sentó en la cama con el corazón estallándole en el pecho. Miró alucinado alrededor hasta que reconoció el lugar. ¿Qué hora...? Las cuatro y media. Esa pesadilla de mierda otra vez. Las manos todavía le temblaban. Inspiró profundo tres o cuatro veces, hasta dominar el pulso. Un vaso de agua me vendría bien... Se levantó en silencio,  bañado en transpiración. Volvió a toda velocidad a meterse bajo las mantas.
Se quedó tratando de pensar en nada, pero las imágenes le rondaban los bordes de la conciencia. Tengo que dormir. Se obligó a relajarse. Cuenta regresiva y respiración profunda. Así, viejo. No fue más que un sueño. Las inspiraciones lo oxigenaron apenas en exceso y aprovechó el mareo ligero para acostarse y dormirse. Carajo, mañana tengo la primera evaluación y me puso nervioso. Mejor que me duerma de una perra vez.
En el instante en que se quedaba dormido, una pregunta lo tomó desprevenido: ¿por qué lloraba mi padre? No sé, ni me importa. No me importa nada de tu vida, papá. Ni si alguna vez lloraste por alguien. Yo ya lloré demasiado.

París, Quai des Orfévres,  tercera semana de mayo
— Laure, necesito hablar con Michelon.
La voz del otro lado del intercom fue interrumpida por los timbrazos de varios directos.
— Ahora o nunca— dijo Laure entre una llamada y otra —, antes que llame el prefecto Oustry.
Odette subió  a la carrera los dos tramos de escalera. Entró y Madame le dedicó una ojeada.
— ¿Novedades?
— Malas — de pie, Odette apoyó ambas manos en el escritorio—. Hubo otra muerte similar: hace unos dos meses, unos perros encontraron el cuerpo en el Bois de Vincennes
— Ya recuerdo: una sans-papiers[1]. No había huellas, ni testigos, nada. Como si hubiese aparecido de la nada.
— Bedacarratx me mostró fotos del cuerpo: presentaba el mismo tipo de golpes y fracturas, la misma causa de muerte.
— ¿Y entonces?
— El juez de instrucción ordenó archivar el caso.
— ¡¿Qué!?— Madame estaba moderadamente furiosa.
— Que algo huele a podrido en la PDP. Necesito su autorización para pedir información a otras prefecturas.
— Eso quiere decir que ya tomó contacto con esas otras prefecturas y no hubo información.
— Algo así.
— ¿Qué tiene en concreto?
— Dos muertes en París, una en Orleans, muy posiblemente otra en Maçon. No sé, tengo que seguir buscando.
Madame apretó los labios.
— Déle las indicaciones a Laure para que redacte las notas.
Odette se incorporó y se alejó hacia la puerta.
— ¡Manténgame al tanto! — escuchó que Michelon le decía mientras ella cerraba.

****

Michelon abrió el cajón y sacó la cajita con el zip. ¿Qué voy a hacer con esto? se preguntó por enésima vez.  Miró hacia la puerta como si pudiera taladrarla con los ojos. Debería verificar su versión del incidente "M", pero ¿cómo encaro las preguntas? "¿Odette, querida, podría referirme los hechos de hace diez años?" ¿Y con qué motivo le pediría algo así? Si yo estuviera en su lugar, sospecharía de  inmediato y tendría razón. Había leído los expedientes de Personal, inclusive los ya archivados: unas líneas neutras que no significaban nada. En los registros aparecía como una insubordinación. La versión no escrita de Henri no aclaraba mucho más sobre el asunto.
Ni hablar del resto de la investigación: tengo una bomba de plutonio en el último cajón. Torció la cara en una mueca y sacó el dossier que Meyer actualizaba día a día con los reportes de Dubois. Al principio, la elección del alias la había hecho sonreir: Marcel no era más que el diminutivo latino de Marco, y Delbosco, la traducción de Dubois al italiano. No fue lo que se dice un ataque de originalidad.
Hasta ahora había sido el único motivo de sonrisas de toda la investigación. La preocupaba el hecho de que Dubois no tuviera respaldo en territorio italiano, en tierra o a bordo. Junto con Meyer habían acordado — ella, con suma renuencia — que mientras Dubois estuviera embarcado no habría comunicaciones, salvo en caso de "emergencia mayor", un eufemismo ominoso. El equipo de Dubois se limitaba a un transmisor especial disimulado en una hebilla intercambiable de cinturón, un radiofaro que el usuario podía activar voluntariamente para que enviara una señal determinada. Con una triangulación sencilla, sería detectado satelitalmente en menos de cuatro minutos, en el lugar del planeta donde se encontrara.
Dubois debería recordar desactivar el bendito artefacto cada vez que se quitara el cinturón, pues de otra forma se se activaría en modo automático, generarando falsas alarmas al emitir la señal preestablecida para variaciones del gradiente de temperatura corporal. Se miraron los tres sin decir nada: si llegaban a captar esa señal, significaría que Dubois flotaba en alguna parte del Mediterráneo.
El ingeniero Paworski les había asegurado que el variador secuencial de banda garantizaba una señal indetectable por un equipo que no fuera el específicamente preparado para captarla. 
“Y qué pasa si alguien capta la señal indetectable”, preguntó Dubois con escepticismo. 
“Nada”, se encogió de hombros el jefe de Laboratorios. “Necesitarían saber quién recibe la señal y qué significa”.  A continuación, les dio una clase sobre emisiones de radiación controlada y fiabilidad de los rangos de detección. Dubois le había preguntado si tanta sofisticación nuclear no le afectaría su capacidad reproductiva, o en buen francés, si no le freiría las pelotas, y Paworski lanzó la nariz al aire, ofendidísimo. Ninguno de sus dispositivos había jamás afectado a ningún usuario, replicó el ingeniero, a lo que Dubois respondió que Paworski no era el más indicado ya que jamás era su propio usuario.
La discusión se tornó incómodamente bizantina y Michelon decidió cortar por lo sano, apoyando a Paworski, al menos desde el punto de vista tecnológico. Con todo, era un transmisor y a quienes estuvieran con Dubois no les gustaría que llevara algo así encima.
En Génova habría mucho más equipo sofisticado y recursos a disposición, la  tranquilizó Meyer. Ella miró al capitán sin hablar: ambos sabían que estarían a ciegas mientras Dubois estuviera a bordo y que una vez en puerto, estaba por su cuenta.  Bueno, demostró ser buen actor con el operativo de la Orden. Espero que siga teniendo la puntería y los reflejos de siempre y que los Carabinieri le crean.

Puerto de Génova, tercera semana de mayo

os pasajeros no eran los mismos del crucero anterior pero algunos nombres eran igual de rimbombantes. Había sin embargo un par de tipos cuyo aspecto no generaba una excesiva confianza. Le recordaron a algunas caras con las que se había cruzado durante el operativo de la Orden del Temple y una tenaza fría le aferró el escroto, hasta que recordó que lo que había visto de ellos eran las fotos en los expedientes secuestrados. Asesinos profesionales entrenados por la Orden. Ellos no me conocen, gracias a Dios, pero que anden sueltos es una muy mala noticia. Apenas regresara a Génova le pasaría la información a Jumbo.
Sonja lo recibió con efusividad.
— Me puso contenta saber que vendrías también esta vez.
— Me hiciste un gran favor al conseguirme esa reunión con Ruggieri, preciosa — y le deslizó un billete doblado entre los pechos— Eso sí, la próxima vez que me revises las cosas, no las dejes desordenadas.
La mujer retrocedió, asustada y rabiosa,  pero él la apretó contra sí levantándole el mentón.
— Está bien, no tiene nada de malo. Ruggieri tiene que tomar sus precauciones, yo en su lugar haría exactamente lo mismo.  Pero no le digas que me enteré porque no creo que le guste saber que sus chicas a veces meten la pata. ¿OK? — la besó detrás de la oreja — Buena chica.
— ¿No estás enojado?
Negó con un gesto.
— Cada uno hace su trabajo... y el tuyo es muy, muy bueno— acentuó con total intención—. Me gustaría que nos encontráramos cuando no estás a bordo.
Los ojos verdes brillaron de anticipación. Sí, es muy probable que estas pobres tipas estén esperando que alguno las “baje del barco”, literalmente. Ruggieri se acercaba y lo saludó.
— Veo que el comité de recepción ya se encargó de las relaciones públicas.
— Estaba por presentarlo a los demás— sonrió Sonja, colgada de su brazo, y se lo llevó hacia el grupo más grande de hombres y mujeres.
Los tipos de la Orden se presentaron como “negociadores” para compradores de Medio Oriente.  Ruggieri le lanzó una mirada de entendedor: "estamos todos juntos". ¿Habrá un remate?
— Esta noche quiero invitarlos a una rueda especial — les dijo a los tres, en un aparte. Parece que veremos la mercadería.

****

La “mercadería” era de excelente calidad y origen variado: ruso, americano, francés y en buena proporción, argentino.
Ruggieri esperó pacientemente mientras los tres desarmaban y revisaban las armas con la eficiencia y la mecanicidad del hábito. Al tiempo que lo hacía, un flashback conmovió la conciencia de Marcel: las horas pasadas armando y desarmando armas a oscuras, a ciegas, en cuclillas, en posiciones imposibles e insoportables. En cualquier situación, aún bajo fuego.  Uno por uno, los mismos gestos se repetían hasta volverse tan automáticos como un reflejo condicionado.  "Hasta que las armas sean parte de tu cuerpo" repetía el loco de Hamad,  el entrenador que el coronel Jacques, responsable de la instrucción militar de los seleccionados por la Orden, había elegido para él. Ese mismo entrenamiento que había hecho que aprobara la primera tanda de exámenes en C* dentro del grupo con mejores calificaciones.
¿En qué mierda nos convierten? Desmontó una mira infrarroja telescópica y la apuntó sobre sus compañeros. ¿Cuál es la diferencia entre uno de estos asesinos y yo? Con un esfuerzo del diafragma ahogó los latidos que amenazaban con acelerarse.
Cada uno eligió un grupo de armas. Discutieron los precios y los tiempos de entrega. Uno de los hombres  tenía cierta prisa por el "equipamiento", como lo llamaba. El otro no tenía problemas en esperar.
— ¿Qué hay de Ud., Marco? — preguntó Ruggieri.
— Mi cliente gusta de preparar las cosas con cierta anticipación. Puede esperar un tiempo prudencial pero quiere certeza en las entregas.
— ¿Para quién compra? — preguntó el más alto, rubio desvahído y de mirada gris glacial. Alemán. Recordó el apellido: Wenger. El nombre del otro tardó un poco más en llegar: Alvarado, colombiano.
Ruggieri y el colombiano lo miraron sorprendidos: no eran la pregunta ni el lugar para hacerla.
— Mis clientes son tan afectos a la discreción como los suyos, espero— lo encaró —. Ruggieri, me imagino que no acostumbra publicar sus listados de compradores en los diarios. 
— No creo que el capitán Wenger haya querido ofenderlo, señor Delbosco Ruggieri enrojeció.
— ¿Brigadistas? — insistió el alemán,  obviando a Ruggieri — ¿O etarras?
— No trabajo con fanáticos — Marcel se permitió una sonrisa piadosa—. Suele haber problemas a la hora de los cheques. No adhiero a ninguna causa más que a la mía.
Wenger estiró la boca y enseñó los dientes.
— A mí tampoco me gustan los fanáticos— tendió la mano—. Nunca pregunté nada.
Le estrechó la mano. Un completo chiflado.
— Me sorprendió su habilidad con los equipos— continuó Wenger —. Creí que era uno de ellos, un brigadista o algo parecido.
Si supieras, Wenger, que fuimos compañeritos en la peor escuela de fanáticos que conozco.
Alvarado se atusó el bigote tupido, muy molesto por el intermezzo. Era el que tenía urgencia.
— Señores, no vinimos a intercambiar experiencias personales.
Ruggieri, más tranquilo, les explicó la metodología de los embarques.
— Las armas salen del puerto de Colón, Panamá. Allí son trasbordadas, tanto para cruzar el canal si vienen a Europa como para cargarse en buques del Pacífico si van a Medio o Lejano Oriente.  Los pagos se hacen a través de un banco de Luxemburgo. Cuando llegue el momento, les indicaré cuál y el número de la cuenta...
La puta madre, es precavido hasta el final. Ruggieri seguía hablando.
—... buques de bandera liberiana. Ninguno cruza Gibraltar, de eso nos encargamos nosotros. Esta noche haremos un trasbordo de mercadería que debe entregarse en la costa dálmata. Pueden acompañarme si lo desean pero les sugiero mantenerse fuera del alcance visual de la tripulación: estos argentinos son sumamente desconfiados.
—¿Argentinos? — preguntó el colombiano.
— Todos, hasta el grumete— bromeó Ruggieri—. Marinos profesionales, oficiales y suboficiales retirados en su mayoría. No hay nombres— recalcó — Ni siquiera los de ustedes— miró el reloj — Vamos a cubierta.
La operación de trasbordo se hizo sin problemas, muy cerca de la costa africana. Seguramente tengan arreglada a la prefectura o lo que sea que patrulle la costa. Lo más probable es que la patrulla esté compuesta por tiburones, Marcel filosofó.
A bordo del crucero, la tripulación se afanó en acomodar las cajas sin identificación.  Las naves se alejaron a toda máquina a un tiempo, una hacia alta mar y la otra rumbo a Gibraltar. El operativo se había llevado con una sincronización perfecta que hablaba de una habitualidad y una frecuencia poco comunes. Mierda, esto es más grande de lo que parecía.
Cuando volvió al camarote, Sonja dormía profundamente, gracias a Dios. Apenas llegue a casa, voy a hacerle el amor a Odette en el umbral.


[1] indocumentada

viernes, 3 de septiembre de 2010

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 9

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES, DOS DÍAS DESPUÉS




El Nene Rimbaud tenía una mirada de alarma que no condecía con la expresión sobradora con la que había cruzado la entrada al Quai. Las salas de interrogatorio de la PJ continúan surtiendo efecto en los alcahuetes, pensó Jumbo del otro lado de la mesa, mientras desplomaba su humanidad contra la pared.
— ¿Cuándo trajiste a la chica? ¿Cuánto hace que la sacaste a trabajar?
— No sé de qué me habla.
— La que encontramos hace dos noches en el XIIº. Una ilegal sin identificación.
— No sé nada de ninguna asesinada.
— ¿Y quién te dijo que la asesinaron?
El macró retorció los labios en un gesto grotesco pero no abrió la boca.
— Aclaremos algo ahora, Rimbaud. No te estamos investigando... todavía. No me ocupo de proxenetas. Quiero saber quién fue el desgraciado que le hizo eso a tu pupila y en el ambiente te conocen por tu clientela refinada. Nos hacemos la vida mutuamente fácil y me olvido que estoy delante de una basura y te dejo ir tranquilito de vuelta a casa. Si se te ocurre hacerte el vivo, vas a dar de culo al calabozo y a tus amigos no les va a ser muy fácil sacarte rápido porque el primer sospechoso es el alcahuete.
— ¿Puedo fumar?
Le ofreció un Gauloise. Después de encenderlo y pitar dos o tres veces, Rimbaud respondió.
— Tengo clientes fijos y clientes ocasionales. A los ocasionales me los recomiendan los otros y no siempre vuelven a llamar, así que... no los registro. Anoche llamó uno. A eso de las once. Quería una chica, cualquiera. Estaba esta pobrecita y se la mandé. Eso es todo lo que puedo decirle.
— ¿No le pediste el domicilio?
— Un hotel— contestó mientras fumaba sin mirarlo.
— ¿La dirección?
Sin mirarlo todavía, tomó otro del paquete y lo encendió.
— Le pasé el llamado a ella, ella arregló.
— La chica estaba vestida con ropa bastante cara.
— ¿Le gusta el SM, capitán? — se burló el Nene.
— No abuses de tu suerte, cretino.
— Digo... como sabe que es cara... Se la habrá dado el cliente. Salió vestida como de costumbre.
— ¿Y los... complementos?
— Las chicas a veces compran cositas para divertirse y entretener a la clientela.
— ¿Con quién estabas anoche?
— Con una de mis chicas.
Ante la mirada interrogadora de Jumbo, el Nene aclaró:
— Con la Turca Anouk. Anoche no salió a trabajar. Está con el período.
— Quiero hablar con ella.
— Cuando quiera.
Meyer se levantó conteniendo las ganas de partirle la jeta de un derechazo.
— Dame los datos de la "Turca". Y no se te ocurra desaparecer porque tu culo va a valer menos que un gramo de mierda.
                                                       Los pasillos del 3º piso del Quai
                                                                           ****

Jumbo se desplomó en uno de los silloncitos ante el escritorio de Marceau.
— El hijo de puta mintió tan abiertamente que me dieron ganas de matarlo.
Le pasó la transcripción del interrogatorio y ella lo leyó a toda velocidad.
— Debe estar muy asustado: dijo un montón de incongruencias y metió la pata un par de veces —, comentó él cuando ella dejó los papeles sobre el escritorio—. Para empezar, mintió con la hora: a las once la chica ya estaba muerta.
 "Es todo lo que puedo decirle" — ella golpeó la hoja con un dedito — ¿Por qué? ¿Si dice algo más, caput?
— Y sabía lo de la ropa. Si la vio salir vestida de "civil", cómo sabe que tenía puesta ropa de cuero SM?
— ¿Y los "complementos"? Qué delicadeza, Meyer.
— En una de esas no miente en eso.
—Es posible. Nuestro Rimbaud tiene clientes y padrinos pesados. Los padrinos, ya sabemos — Marceau torció la boca con disgusto— ¿Los clientes? Éste está protegiendo a alguien muy gordo si mintió tan alevosamente. Y está muy asustado justamente por eso.
— Voy a citar a esa Turca.

                                                                ****
                                                         Anouk- Sulamit Chenayeb
— No entiendo por qué no me dejan ir...— la mujer estaba muy nerviosa.
— Quiero hacerle unas preguntas sobre su compañera— Jumbo empezó a juntar paciencia.
— Oiga, no tengo una puta mierda más que decirle y mientras estoy acá adentro, pierdo plata, ¿entiende? Yo trabajo en forma independiente — le escupió sarcástica—. El Estado no me paga el sueldo como a Uds. los canas. Yo no me puedo adherir a ningún paro porque no como.
La miró sin hablar: la mujer estaba tratando de parecer más vulgar de lo que era. Ella se quedó en silencio, mirándose las manos. A primer golpe de vista, el parecido era notable. Un poco más alta, pensó Jumbo mientras le miraba las muñecas. Contextura un poco más fuerte.
— Por favor, póngase de pie, vaya hasta la pared y vuelva.
— ¿Qué, quiere que desfile? ¿O está pensando en hacer uso del servicio? — lo desafió.
— No pienso usar nada de Ud. Qué carácter de mierda.
Ella se encogió de hombros desdeñosa.
— Por favor — insistió Meyer e hizo un ademán con la mano.
La mujer se levantó con renuencia y caminó como le había pedido. Buena cintura, buenas piernas, tobillos finos. Con un poco de cuidado, podría ser una puta con clase.
—¿Me puedo sentar? — le interrumpió el hilo de los pensamientos y él asintió. La sensación de incomodidad no lo abandonaba. Carajo, no es posible.
— ¿cuánto hace que trabaja para Rimbaud?
— Cuatro años.
— O sea que le conoce bastantes chicas... — ella asintió sin mirarlo — Y bastantes clientes.— La mujer curvó la boca hacia abajo y encogió los hombros. — ¿Tomo eso por un "sí"?
Ella volvió a levantar un hombro.
— ¿Tiene clientes habituales?— preguntó sentándose frente a ella.
— Algunos.
— ¿Suele pasarle sus habituales a otras?
— No. Cuando una tiene fijos es mejor, te dan propinas y el Nene ni las huele.
— ¿Ivanka tenía fijos?
— Todavía no: era muy nueva — la mujer apretó los labios para contener las lágrimas—. Tenía dieciocho... eso dijo, qué se yo. A mí me parece que era más joven.
— La noche en que la mataron...
— ¡Ya se lo dije!— estalló— Llamó un ocasional, yo no me sentía bien y le pedí que me reemplazara! — hacía esfuerzos por no llorar.
— ¿Este... ocasional, dio alguna especificación acerca de tipos físicos?
— No tengo idea — Anouk casi saltó sobre su pregunta. Demasiado rápido.
— Y como Ivanka estaba libre le tocó en suerte ir.
— Más o menos...— vaciló—. Sí, qué se yo. Hay tipos a los que da lo mismo. Otros son más... hinchapelotas. Que el pelo, los ojos, las tetas y toda la mierda esa.
— "Toda la mierda esa" no me parece una expresión feliz: se trata de Ud— dijo Meyer y la mujer lo miró con los ojos muy abiertos. Casi se veía bonita debajo del maquillaje excesivo. Otra vez la punzada de aviso en el estómago: mejor le hago caso, no pierdo nada.
— Quiero que vea a alguien — dijo mientras se levantaba de la mesa.
— ¿Qué, identi-kits, las fotitos, qué?
— Nada de eso — la tranquilizó —, es una persona. Una mujer.
— No me traiga asistentes sociales, ¿eh? Se las puede meter en el culo.
— Por más vulgar y grosera que se ponga no me va a impresionar— Meyer levantó el teléfono y llamó delante de ella.
La mujer estaba distraída y cabizbaja cuando Marceau entró sin golpear. La sorpresa se abrió paso en los ojos de la comisario, que por unas décimas de segundo se quedó congelada junto a la puerta. La otra levantó la cabeza y se quedó rígida, con la boca abierta.
Jumbo se acercó a Marceau y la puso rápidamente al tanto del interrogatorio. Marceau asintió sin despegar los ojos de la mujer, que a todas luces estaba sumamente incómoda: el capitán hubiera jurado que la tipa se mordía la lengua para no hablar.
Marceau se sentó plácidamente frente a la otra y comenzó su rueda de preguntas.
— ¿Cómo se llama?
— Ya se lo dije a él — resopló la mujer —. Anouk.
— No, el nom-de-guérre  no. Su nombre.
— Sulamit Chenayeb.
— ¿Es judía?
— Mis abuelos y mi madre eran turcos sefardíes. Mi padre, no sé...ni me importa... — hizo un gesto de resignación—. Llevo el nombre de mi abuela aunque prefiero que me llamen Anouk. Estoy más acostumbrada— se pasó el dorso de la mano por la nariz — ¿Y Ud.? — la señaló con el mentón.
— Odette. Nombre real. Ya estoy acostumbrada.
— El nombre es francés pero Ud. no es muy francesa que digamos.
— Es muy observadora — la comisario sonrió con suavidad.
— Con mi trabajo se aprende rápido — Anouk hizo una pausa, la miró un instante y desvió la vista —. parece del Sur de Italia.
— Podría ser de la Provenza.
— ¿Con esos ojos? ¡Vamos! — levantó un hombro —. Con el Nene apostamos a ver si adivino de dónde son las nuevas y siempre gano yo. Ivanka decía que era húngara pero yo la calé. Húngara las pelotas: albanesa— sonrió un instante y al siguiente los ojos se le pusieron vidriosos.
Jumbo aprovechó que estaban juntas para evaluar mejor las fisonomías. Marceau tenía la nariz y el mentón algo más finos, las cejas como alas de cuervo, las mejillas más ovaladas. Dientes perfectos y del color del marfil nuevo; un maquillaje cuidadoso destacaba la boca algo pequeña pero llena. Las cejas de Anouk-Sulamit eran más gruesas, la cara apenas más ancha en los maxilares; llevaba la boca sensual maquillada con descaro y sus dientes eran ligeramente desparejos pero blanquísimos. Una parece el original de porcelana y la otra la copia en arcilla. Ambas tenían el cutis blanco y los ojos profundos y oscuros, ojos de terciopelo. Los de Anouk casi negros; los de la comisario, muy cafés.
— Anouk — la voz de la comisario interrumpió su observación subrepticia — ¿Qué es lo que la inquieta de nuestro parecido?
— No estoy inquieta.
—Miente — Marceau afirmó con sequedad y la tipa casi saltó de la silla—. Escuche, quiero esclarecer el asesinato de su amiga. Estamos en una vía muerta, el cadáver no tenía nada que permita identificar al asesino. Lo único que tenemos es el llamado que alguien hizo a Rimbaud para pedir una chica — hizo una pausa —. ¿Se da cuenta que podría haber sido Ud.?
La mujer palideció.
— ¡No...! — barbotó a boca de jarro pero contuvo la lengua—. No. Yo sé cuidarme. Ivanka era demasiado nueva.
— No creo que pudiera “cuidarse” de un hombre que golpea de esa forma. Por el ángulo de incidencia y las marcas en el cuerpo, el forense supone que se trata de un hombre de unos noventa y cinco a cien kilos y de alrededor de un metro con noventa de estatura. Ninguna mujer tendría defensa frente a un individuo de esas características.
La tipa los miró a los dos.
— Es... es cuestión de experiencia— musitó Anouk al tiempo que desviaba la mirada.
— Experiencia...¿en qué?— la comisario endureció la voz— ¿En esquivar los golpes o en convencer al tipo de no hacerlo? ¿Sabe que a su amiga la mataron a golpes? ¿El capitán Meyer le leyó el resultado de la autopsia? Maxilar fracturado, concusiones varias, tres costillas rotas, pulmón derecho perforado, estallido de bazo...
La mujer estaba visiblemente conmovida.
— Hábleme de sus clientes — Marceau insistió—. Sin nombres, si lo prefiere. Después de todo, no está arrestada ni es sospechosa, por lo tanto nada de lo que diga puede perjudicarla.
— Uds. los canas siempre dicen lo mismo y después terminamos acuchilladas en un callejon — retrucó Anouk, mirándolos con rencor.
— La mayoría de las veces es cierto — admitió Meyer—, pero de verdad no estamos grabando, esto no es una declaración, no la citamos como testigo de nada...— todavía, omitió agregar y se sintió culpable por mentirle a una prostituta.
Anouk negó con la cabeza mientras hablaba.
— Nunca sabemos cómo se llaman o qué hacen. Es la condición del Nene para que trabajemos con él: si queremos seguir en el negocio, tenemos que ser sordas y a veces, ciegas. El Nene es muy riguroso en eso. Una de las chicas nuevas una vez comentó que se estaba trabajando a un político. El Nene se enteró y se puso como loco: le dijo que ni se le ocurriera volver a mencionar el asunto y le dio un par de tortazos para volverla más juiciosa. Igual, después de dos semanas, la chica dejó de trabajar.
— ¿Tiene los datos de esa chica? — arriesgó Meyer.
— No entendió, jefe. La chica ya no trabaja. No está más en la calle. Out — Anouk chasqueó los dedos con una miradita significativa —. A las chismosas les va mal con el Nene.
— ¿Y adónde fue a parar?
— No sé ni me importa, jefe — Anouk lo miró con ferocidad—. Tengo familia a cargo. Quiero que mi hijo tenga una vida digna. Ya junté mi buena mosca, cuatro o cinco años más y me salgo de esta mierda. Además— bajó la voz—, no voy a tener edad para aguantar.
— ¿Qué edad tiene ?
— Veintitrés...
La sorpresa lo dejó mudo: la mujer parecía mayor. Qué vida de mierda deben llevar estas pobres tipas.
— ¿Aguantar qué? — intervino Marceau.
— Los tipos... se ponen violentos — Anouk tragó saliva —. Algunos hacen cosas raras.
Carajo, que una puta te diga que los clientes hacen cosas raras, pensó Jumbo.
— ¿Muchos de sus clientes la golpean? — Marceau lanzó un tiro por elevación.
— Golpear no, yo qué sé... A veces... A algunos les gusta... un revés de vez en cuando, un azote en el culo. Otros, bueno, otros se ponen pesados...pero yo puedo manejarlos. Siempre hago lo que me piden, es mejor.
— ¿Qué le piden? — la comisario preguntaba inocente como una colegiala.
— Lo usual... La boca, el culo. Grita. “De rodillas, puta”. No tengo nombre, soy nada más que “puta”— continuó Anouk con amargura —. “La boca bien abierta, arrastrada”. Tengo que ser muy agradecida. Tengo que darle... darles las gracias— el resentimiento la estaba haciendo hablar de más y la tipa se dio cuenta de que estaba metiendo la pata.
— Esa chica, la de la paliza...¿Recuerda su nombre? — la voz se oía cándida y amable pero alguien que conociera a Marceau sabría que la plácida esfinge estaba a punto de saltar sobre la presa.
— El nom-de-guerre— la tipa alardeó y la comisario recibió la finta con una sonrisita irónica— Nadia. Pss, no sé qué mierda les da a todas por hacerse las rusas. Bueno, ésta era rusa de verdad o ucraniana, algo así, pero no se llamaba Nadia. Creo que era Galina, pero el Nene dice que los clientes prefieren nombres más cortos así que...— dejó la frase sin terminar.
— ¿Qué edad tenía?
— Mmm, no era tan joven como Ivanka. Veinticinco, más o menos.
— ¿Qué tipo físico tenía Nadia?
— Pelo oscuro, buen par de tetas — Anouk se encogió de hombros—. Un poco más alta que yo.
La expresión de la comisario se volvió indescifrable.
— ¿Nadia volvió a mencionar a ese cliente?
— El Nene la hubiera cagado a palos— aclaró Anouk con serena convicción.
— Bueno — intervino Meyer —, a veces los macrós amenazan pero...
— Usted no conoce al Nene: es un nazi. Hay que hacer lo que él dice.
— ¿Fue el Nene quien les avisó que Nadia no volvería? — insistió Marceau.
— No...— Anouk se encogió de hombros—. Un día nos dimos cuenta de que no venía.
—¿Cuánto hace de eso?
— No me acuerdo... unos tres meses... Qué se yo — Anouk curvó la boca hacia abajo: el asunto ya no valía la pena.
Marceau se puso de pie y le hizo señas para que salieran.
— Dejémosla ir. Cuando corroboremos algunos datos más, volvemos a llamarla y prefiero contar con su buena voluntad hacia los flics que la trataron bien la primera vez.
— De acuerdo — Jumbo aceptó.
Marceau se marchó a buen paso. Algo de la declaración de Anouk la puso en guardia; me gustaría saber qué, pensó Jumbo mientras volvía a entrar.
— Anouk, puede irse— se levantó e hizo un gesto invitándola a salir.
— Para Ud. es muy fácil. En cuanto sepan que estuve acá adentro y me largaron así como así, valgo menos que la mierda.
— Eso tiene arreglo: llame a Rimbaud para que la venga a buscar. Dígale que quieren dejarla detenida. Anouk lo miró asustada y él la tranquilizó.
— No es verdad pero quiero hacerlo creíble. Así esa escoria de Rimbaud no se ensaña con Ud. Dígale lo que más le guste: que le pegamos, que la apretamos. Llore un poco.
Ella se rio por primera vez.
— Siempre quise ser actriz — y levantó el teléfono.

                                                                         ****
                                                               El Nene Rimbaud
— Meyer, nos está jodiendo demasiado, a mí y a mis chicas.
— Te las voy a encanar una por una y después te meto de culo en el calabozo por proxenetismo, cucaracha.
— Las chicas son independientes y yo me encargo de cuidarlas. Soy su guardaespaldas.
— Salgan de una buena vez, antes que los encierre a los dos por obstaculizar el tránsito.
— Vamos, muñeca — el Nene le dio una palmada en el culo a Anouk y la abrazó mientras bajaban las escaleras —. Te portaste bien, Turquita, ese Meyer estaba muy caliente.
— Le dije lo que me dijiste y entonces llamó a una tipa. Seguro que era una asistente social porque no lo dejó apretarme más y me trató bien.
— ¿Viste que para algo sirven esas boludas?— la estrujó contra él y le besó la mejilla—. Vamos a casa y desayunamos en la cama juntos.
Rimbaud estaba preocupado. Al comi se le está yendo demasiado la mano, no quiero que me arruine o me mate a otra más. Mejor lo llamo a Etchegoyen: él sabrá qué hacer.