POLICIAL ARGENTINO

lunes, 24 de mayo de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 4

Despacho de la Crio. Michelon

PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES, PRINCIPIOS DE FEBRERO
El capitán Marcel Dubois miró a la comisario de división Claude Michelon por encima de las hojas dos o tres veces, dejando de leer al tiempo que la sensación de vacío y vértigo se le aposentaba en el estómago. Dejó los papeles sobre el escritorio sin abrir la boca.
— Lo siento, Dubois. Quisiera no haber recibido nunca ese informe. Tenía pensado darle la buena noticia del ascenso, pero esto — Madame golpeó las hojas con el índice —, tiene prioridad.
— Madame, ¿no corresponde a IGPN? — Marcel cruzó los dedos mentalmente.
Michelon vaciló antes de continuar.
— Precisamente alguien de IGPN, de cuya honestidad no puedo dudar, fue quien me lo dejó entre las manos. De acuerdo con esa persona, dejó de ser sólo territorio de IGPN.
— No me extraña — Marcel arrugó la frente—. Muchos matarían por la décima parte de todo esto.
— Ya empezaron — el tono de Madame era acre —, aunque no hay forma de probarlo.
—Veo un solo inconveniente para mi asignación a este caso: cómo mantener a ... a la comisario Marceau — iba a decir “Odette” —, al margen de esto.
— Ya pensé en eso: el ascenso estaba previsto. Los cursos en C* son muy exigentes; los postulantes deben quedarse allí en varias ocasiones... Es la excusa perfecta para ir y venir sin demasiadas preguntas. No creo que Marceau sea del estilo de perseguirlo telefónicamente. Por otra parte, no la quiero en este caso. Hay aspectos de la investigación...— Madame vaciló buscando el término adecuado —, digamos, sensibles. Hay vinculaciones con... casos anteriores. Cuando lea el informe completo, comprenderá.
Entonces es cierto, carajo. Ahora sí me duele el estómago. Dios, no tan pronto, no sé si puedo enfrentarme con ellos otra vez. La idea le petrificó la cara y Michelon lo notó.
— Dubois — lo tranquilizó —, si no quiero a Marceau en este asunto es porque estuvo directamente involucrada en una investigación relacionada con este sujeto y no sería ético que ella estuviera a cargo. La conozco bien y sé que trataría de ser lo más imparcial posible, pero desde mi posición no puedo permitirlo.
Se la quedó mirando fijo: Madame no está demasiado deductiva esta mañana. Por lo que leí en esta basura, voy a toparme con gentuza que conozco demasiado bien.
— Un solo “pero”, Madame: ¿cómo voy a justificar el que deba "recursar" más adelante?
— No lo hará. De hecho, conseguí condiciones especiales para Ud: deberá asistir sólo a los exámenes. Así que en definitiva, sí irá a C*, aunque no con la frecuencia estricta que requiere el curso — Michelon lo miró complacida —. No todas son malas noticias.
No sé si alegrarme o pegarme un tiro en las... Se ahorró a sí mismo la imagen deletérea de esa parte sensible de su anatomía.
— Una cosa más, Dubois — Madame tomó un expediente de la pila —. Ud. tiene familiares en Milán...
— No los conozco y no tengo interés en hacerlo — la interrumpió con sequedad.
— .. que tienen una empresa que casualmente opera con proveedores del otro lado del Atlántico — Michelon obvió su tono terminante—. Sería una cobertura interesante, si tuviera que utilizar alguna.
— Preferiría no tener que verme obligado a eso. Quiero decir, tomar contacto con ... mis familiares— tuvo que esforzarse para ocultar el disgusto.
— Capitán — Michelon lo miró con ojos grises y fríos apenas velados por los párpados —, en esta profesión hay miles de cosas que uno preferiría no hacer, pero las hace.
Es una orden, viejo. Te mandaron a tu lugar. Michelon continuó después de asegurarse que había sido comprendida.
— Los circuitos que recorren los fondos y las armas pasan por el puerto de Génova. Las armas siguen por mar hasta el Adriático y luego al continente. El dinero se desvía por bancos italianos a bancos luxemburgueses y desde allí se esfuma.
— Que es algo que el dinero no suele hacer. Alguien debe reunirlo en alguna parte para pagar.
Michelon hizo una pausa.
— No trabajará solo en esto. Elija un compañero.
— "Jumbo" Meyer— dijo casi sin pensar—. No confiaría en nadie más.
— Yo tampoco, Dubois — Madame sonrió —. Bien, son un equipo. Llévese el informe y comiencen a trabajar. Una cosa: esos exámenes en C*, debe aprobarlos. Fue el compromiso que asumí al negociar las condiciones. No espero menos de Ud.
Asintió sin hablar y se levantó. O sea que voy a perder las pelotas de cualquier modo.
                                                                         ****
— Tengo una sorpresa — le dijo mientras la abrazaba en la cama. Ella lo miró expectante. — Estuve con Michelon esta tarde: van a ascenderme a comandante — Marcel cruzó los dedos detrás de la espalda.
— ¡Magnífico! — Odette lo besuqueó; estaba tan feliz por él que lo hizo sentir culpable.
— El curso es en C** y comienza el lunes próximo. Serán montones de idas y venidas y tendré que quedarme algunas veces — explicó, molesto por la verdad que Odette desconocía.
— Bueno, si ese es el precio por el ascenso, vale la pena pagarlo, ¿no?
— No me queda más remedio — rezongó. ¿Te entusiasma la idea de tenerme lejos? Se arrepintió de inmediato. Soy un idiota. Dubois, no abras más la boca, vas a embarrar todo.
— Siempre podemos hablar por teléfono— ella se acurrucó debajo de su brazo —. Imagino que habrá teléfonos públicos o un número al que dejar mensajes en C*...
Hubiera podido jurar que los testículos le habían subido al menos dos centímetros: ¡El teléfono! ¡Carajo! Mejor que pienses algo, viejo, porque esto se está complicando.
— Pensaba llevarme el celular...
— Eso es mejor — ronroneó ella mientras le rascaba el estómago y descendía hacia el pubis —. Y esto está mucho mejor... Creo que me va a extrañar— lo acarició peligrosamente.
— Yo también.

OFICINAS DEL DIP. AYRAULT, CHAUMONT. MEDIADOS DE FEBRERO

— Señor, tiene una llamada desde el Comité Central — Loiseau asomó la cabeza de pájaro por la puerta.
Gruñó un asentimiento. ¿Quién jode ahora? Estaba revisando los nada halagüeños estados de cuentas personales y del FRF: estoy enterrado hasta las pelotas. La campaña estaba costando demasiado, a pesar de los buenos oficios de Blanche Lemaire a cambio de las encamadas maratónicas de las siestas. Casi todos los descubiertos están al límite: necesito ese préstamo lo antes posible.Estaba a punto de llamar al banco de Montevideo que sus contactos de Buenos Aires habían sugerido, cuando Loiseau lo habia interrumpido.
— Te llamo para darte buenas noticias — la voz del otro lado sonaba queda.
Bueno, es este cretino. Menos mal, no estoy de humor para rendir cuentas a nadie.
— Estoy muy ocupado. ¿Cuáles? — preguntó displicente.
— Me reasignaron. Soy asistente del comisario Auguste Massarino.
— ¿Y esas son buenas noticias? — masculló. ¿Imbécil, no tiene un carajo que hacer?
— ¿Qué te pasa, jefe? Massarino es del SSMI (1) , tiene acceso a información clasificada! Todavía falta limpiar algunos expedientes....— le recordó el gusano —. Entro en funciones la semana próxima.
— Bien, ya le encontraremos alguna utilidad a tu Massarino — cortó la comunicación con cualquier excusa.
Carajo, tengo demasiadas cosas de qué ocuparme...Aunque todavía debo algunos favores y esta cucaracha me los puede allanar. El directo interrumpió sus cavilaciones y le provocó un pinchacito al final de la espina dorsal. No era un número que conocieran muchos de sus allegados.
— ¿Jefe?
— ¡Nene...!
— Tengo una sorpresa muy especial para cuando tenga tiempo de hacerse ver por París.
— Si encontraste lo que te pedí, voy a dejarme ver muy pronto.
— Jefe, ¿alguna vez le fallé?— fanfarroneó el Nene. — Si me hubiera mandado la foto antes...
— Tiene que ser igual, ¿está claro? No como la última vez...— casi lo amenazó.
— No podía ser más parecida, comi. Le aseguro que es perfecta. Y una de mis mejores chicas. Veintitrés años, garantizo la discreción.
La excitación lo ahogó durante un instante.
— Quiero verla hoy — dijo sin casi pensarlo.
— Lo estamos esperando.
Del compartimiento oculto de su cajafuerte sacó sus juguetes preferidos. Le temblaban las manos cuando revisó la ropa que había comprado la semana anterior. Cargó la .45 y la metió en un maletín con los juguetitos. Guardó la foto, el expediente y cerró la cajafuerte. Al sorprendido Loiseau le dijo que había surgido un compromiso muy importante en París.
— No me esperen hasta mañana.

(1) Servicio de Seguridad del Ministerio del Interior


MILÁN, PALAZZO BOZZI. FINALES DE MARZO.


La lluvia helada azotó los cristales y Marcello Contardi se despertó completamente lúcido, con la lucidez previa a la muerte. Inspiró profundo por primera vez en varios días. El enfermero de noche no estaba en su puesto al pie de la cama de hospital, que había reemplazado a la suya propia monumental cuando la enfermedad lo encadenó a ese montón odioso de metal ortopédico para lo que le quedara de vida.
Supo que era el momento y la fuerza le llegó a los músculos vencidos por la postración. Puso los pies en el piso y sin preocuparse por buscar las pantuflas, salió de la habitación. La vida se le iba con cada respiración y muy pronto no podría impulsar el diafragma una vez más.
El picaporte del estudio le transmitió un algo de eléctrico cuando lo empuñó; tuvo la sensación de no pisar el suelo en el trayecto desde la puerta hasta el escritorio. Se sentó porque ya no podía tenerse en pie, y los pulmones y el corazón se prepararon para la traición definitiva. Abrió la trampa del escritorio y buscó enfebrecido hasta encontrar las fotografías. Quería gritar el nombre pero se le había acabado el aliento y fue nada más que un susurro ronco y desgarrado. Me muero, pensó, me muero y lo único que tuve de tí fue tu desprecio. A pesar del tiempo y de la agonía inminente, el cuerpo se le estremeció en un estertor de aquella locura que le había envenado la vida. ¡Por qué me condenaste de esta forma! Estoy maldito por tu culpa. ¡Maldito, maldito para siempre y sin descanso! El pecho le estalló en una convulsión de amor contrariado, en la rebelión inútil del final.
Guardó su secreto como pudo, con la vista turbia y las manos temblorosas por el esfuerzo ingente de girar la cerradura. Lloraba de rabia, de odio y de pasión cuando escuchó los gritos entre algodones, pero ya no podía responderlos.

jueves, 13 de mayo de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 3

PARÍS,XVI° ARRONDISSEMENT. CASA DEL CRIO. MASSARINO. NAVIDAD.

El almuerzo familiar navideño había degenerado en el habitual y estentóreo intercambio de noticias. La visita de Franco y Lola había sublevado a los chicos en contra de la autoridad paterna y apoyados por sus abuelos, se dedicaban a fechorías tales como levantarse de la mesa sin permiso y arrancar las fotos de las manos de su madre y su tía.
Marcel los observó mientras volvía a la mesa: los Massarino en pleno. Los mismos ojos oscuros y profundos, la misma intensidad en todo lo que hacían. Lola y Odette eran versiones apenas diferentes de una misma porcelana de Capodimonte; Auguste y su padre se reían del mismo modo abierto y sincero.
Y pensar que no me gustaban las de tipo mediterráneo, ni bajitas, ni con curvas, ni quería enredarme con compañeras de trabajo, mucho menos con un superior y...
— ¿Qué te pasa? — murmuró Odette a su oído.
Cuándo voy a aprender que no se le escapa nada.
— Nada.
— No mientas que te crece la nariz.
La besó para no tener que responderle.
— ¿Eh, Calogero no se casó hace tres meses?— preguntó Auguste, que había recuperado las fotos.
— Ajá — asintió Lola.
— Pero Clementina está como de seis meses por lo menos...
— En Sicilia todo crece rápido — disparó Franco.
— ¿Y cómo fue que el padre de Clementina le perdonó la vida a Calogero?
— Es un buen muchacho, de buena familia. ¡No lo iban a rechazar!— Franco seguía en su papel de defensor de pobres.
— No sé de qué se asombran algunos— comentó Odette sin mirar a nadie—. Isabelle es la única sietemesina que conozco que pesó 3,5 kilos al nacer.
— No vayas a creer — Lola intervino, risueña —. Tu hermano nació de seis meses y pesó un poco más.
— ¡Mamá! — Odette puso cara de espanto —. Qué van a decir los vecinos...
— ¡No sé cómo papá te perdonó la vida!— Nadine se reía a carcajadas, colgada del cuello de Auguste.
— Ibamos a casarnos. ¿Cuál era la diferencia? — Auguste se encogió de hombros.
— Es que los napolitanos somos irresistibles— fanfarroneó Franco abrazando a su mujer—. Tropo belli — con Auguste se guiñaron un ojo—. Y talentosos... — agregó mientras hacía un gesto envolvente con la mano abierta.
Lo que se perdieron Vittorio de Sica y el neorrealismo italiano con los Massarino no tiene perdón, pensó Marcel, aguantando la risa.
— Y con mucha, mucha suerte— agregó Lola —. Te salvaste de que mi padre y mis hermanos te decapitaran o te hicieran algo peor...— hizo tijeritas con los dedos.
— Ya habíamos anunciado la boda, invitado a las autoridades del teatro, arreglado la fiesta,... ¡Estaba todo listo, ni siquiera le hice gastar dinero a Antonino! ¿Dónde más iba a encontrar un yerno como yo?— Franco gesticulaba con cara de inocencia ofendida— ¡Tu madre estaba contenta de que te casaras conmigo!
E non si parli più! (1) — Lola parafraseó a su marido, muerta de risa —. ¿Alguna vez alguien te ganó una discusión?
Auguste señaló a su hermana con la cabeza con un gesto por demás expresivo.
— Digna hija de su padre— Marcel sonrió y abrazó a Odette —. Mejor que tome lecciones con Franco si quiero ganar alguna.
— Un poco de elocuencia no te vendría nada mal. Dejarías de romperme las costillas para convencerme de algo — le dijo ella en voz baja.
— ¡Nunca te rompí nada!
— No porque te faltaran oportunidades...— lo provocó con la mirada.
— ¿Dónde está Antonin?— Nadine buscaba a su cachorro.
— En su cuarto — Franco señaló hacia el techo—, practicando las trampas que le enseñé a hacer al tre-sette.
— No se puede hacer trampas en el tre-sette— sentenció Auguste. Tres montoncitos de dedos se le sacudieron delante de la cara. Lola se reía a carcajadas y Odette levantaba una ceja burlona.
— ¡TU nunca aprendiste a hacer trampa en el tre-sette! — replicó Franco.
— ¿Dónde está Isabelle? — Auguste cambió prudentemente de tema.
— Hablando por teléfono — suspiró Nadine.
— ¿Con quién? — a Auguste se le oscureció la mirada.
— Con uno de los chicos del Liceo.
— Está preciosa— Lola estaba orgullosa de su nieta —. ¡Está tan alta, tan bonita! ¡Parece de dieciséis!
— ¿Escuchaste? — Auguste le gritó a su mujer. Nadine no se inmutó. — ¡Tu hija tiene trece años! ¡Es una mocosa! ¿Tengo que estar cuidándola todo el tiempo?
— No sabía que te habían transferido a Moralidad — disparó Odette.
Auguste miró a Marcel solicitando refuerzos mientras su hermana se mordía para no reírse.
— Antonietta se casa en noviembre— anunció Lola—, con Andrea Varza. ¡Renzo está amargado por lo que gastará en la fiesta! Pobrecito, todavía le falta lo peor: el vestido, la iglesia, la banda...
— Podrías aprender ...— intervino Franco, hablándole a su hija.
— Papá, basta — Odette suspiró.
Lola hizo un gesto de resignación e invitó a las demás mujeres a levantar la mesa, para que las cosas no pasaran a mayores. Cuando Odette volvió con la bandeja del café, Marcel la tomó de la cintura y se la sentó en las rodillas.
—Tu padre tiene razón— Marcel invitó a Franco y a Auguste a darle apoyo logístico y padre e hijo le pusieron trompa a Odette.
— Siempre la misma...— rezongó Franco.
— La culpa es tuya, papá, por malcriarla tanto— sentenció Auguste.
— ¿Ven?— declamó Marcel, mientras forcejeaba con Odette, que quería levantarse a toda costa —. Yo quiero hacerte una mujer honesta, ¿y qué consigo? Nada, la señora resopla como un búfalo. ¿Qué, no soy un buen partido?
— Es un buen muchacho — aseguró Franco.
— Y tiene un trabajo honesto — Auguste colaboró.
— ¿Qué les pasa, me quieren colocar con el primero que llega? — Odette se levantó, ofendida y él le dio una palmada en el culo. Caprichosa de mierda. Odette le lanzó una mirada oscura y se llevó la bandeja vacía. La siguió y la arrinconó antes de que pudiera escurrirse hasta la cocina. Asterix contra el César. Ella echó la cabeza hacia atrás y se mordió el labio.
—¿Por qué no ?— Marcel ensayó su mejor expresión asesina.
— ¿Por qué no qué?
— No te hagas la tonta...
— No necesito papeles. Te amo, estamos bien así. ¿No es suficiente?
— ¡No! No quiero que tu familia diga que somos amantes. Quiero que seas mi mujer— ¿Jaque mate en dos jugadas?
Ella miró al cielorraso con resignación, pero le acercó las caderas sin despegársele un milímetro. Bruja.
— Mi familia es tu familia. No necesitan un acta de matrimonio para aceptarte y quererte. Y yo tampoco.
Tengo una familia.
La idea lo tomó por sorpresa y lo emocionó. Odette lo empujó y se soltó, pero él quería arrancarle alguna clase de compromiso, palabra de honor o por lo menos un buen mechón de pelos. No pienso dejarte ganar la partida esta vez. Salieron al balcón pero ni el frío de diciembre les aplacó los ánimos belicosos.
— Muy bien. Entonces, no quiero que en la PJ se corra la voz de que estás disponible— ¡Jaque otra vez!
— ¡Disponible! ¡Qué vulgar! ¡Nunca estuve disponible!— se picó y forcejeó para apartarse, pero la sostuvo contra él, empujándola con la pelvis. Se miraron furiosos, en el límite entre un arranque de pasión y uno de rabia. Esto es la Inquisición, bruja.
— Vamos, comisario, si los pretendientes la acorralaban por los pasillos cuando era capitán, ahora deben estar haciendo fila fuera de su despacho. Quiero que todos sepan a quién pertenece— le echó una mirada de rufián.
— No seas desagradable. Nadie me acorrala en ninguna parte. ¿Qué es esa idea estúpida de que las mujeres tenemos que "pertenecer" o "estar disponibles"? ¿Por qué no podemos simplemente "ser" ?
— Nena, no te hagas la feminista conmigo— lo estaba sacando de quicio.
— ¡Miren al macho de la PN!
— ¿Sí o no? — la apretó entre sus brazos y la miró sombrío.
— No. ¡Auch! ¡Vas a romperme una costilla de verdad!
— Voy a hacer mucho más que eso — la miró amenazador —. Sí o no.
— Está bien.
— ¡No! "Está bien", no— masculló ronco —. Sí o no.
Lo miró sin responder tan largamente que estuvo a punto de estallar.
— No puedo respirar... — jadeó ella y él la apretó más.
— Te voy a matar...— susurró en su cuello.
— Basta, nos miran todos. Y me estoy muriendo de frío.
— Me importa un carajo. Por última vez, ma dame, ¿sí o no?
— S-sí.
Le dejó una buena marca en el cuello. Se rindió, viejo. Jaque mate. Ahora, segunda etapa.
— Cuándo.
— ¡Ah, no! Ya son demasiadas condiciones.
                                  

                                                                             ****

Franco abrazó a su mujer para darle un beso y se quedó helado, mirando hacia el balcón. No podía despegar los ojos de su hija y Marcel. Frunció el ceño y sacudió la cabeza.
— ¿Qué te pasa? — murmuró Lola pegada a su cuello.
— Nada.
— Claro, y yo estoy ciega. ¿A quién estabas mirando?
Ma' va, pazza! Nisciuno (2)— la apretó entre sus brazos.
— Tendrías que haberte visto la cara: pareció que viste un fantasma.
Suspiró resignado: cuándo voy a aprender. Cuarenta años con la misma mujer y todavía me dejo pescar distraído. La besó sin soltarla.
Va bene, mira hacia el balcón y díme qué ves. A primer golpe de vista, ¿eh?, sin pensar.
E va' bene... — Lola meneó la cabeza, poniéndole cara de "estás medio chiflado". Pero la sorpresa le abrió enormes los ojos. Se quedó callada y desvió la vista.
E' beh'? ¿A que pensaste lo mismo que yo?
— Me impresioné, te lo juro. Qué tontería — su mujer sonrió, incómoda.
— A mí también me pareció tonto. Pero no pude evitar pensarlo.
Hundió la nariz entre los cabellos de Lola y "Capricci" le inundó los sentidos, tranquilizándolo. Mi amor, mi mujer, mi vida. Gesucristo, cada vez que me acuerdo de ese hijo de puta me vuelven las ganas de asesinarlo. Cómo se atrevió a poner los ojos de serpiente encima de mis mujeres. Estrechó a su mujer contra sí. Mi Lola. Mi bambina. Mierda, la memoria te juega pasadas absurdas. Es imposible. No tiene sentido.
Miró otra vez: Marcel y Odette se abrazaban, riéndose y besándose. Gracias, Dios mío, por devolverle la felicidad a mi hija. Y con ella, a nosotros dos. Después de tantos años, Lola había vuelto a reír con alegría, y él, que vivía por la palabra de su mujer, se sentía entero otra vez. Ahora falta nada más que te dejes de esa estupidez de la Policía y tu madre y yo viviríamos más tranquilos.
Besó la frente de Lola y le acarició la nuca.
— Son felices... Dio Santo, nunca pensé que nuestra felicidad necesitara tanto de la suya — señaló hacia el balcón con la cabeza y Lola asintió.
— Casi tengo ganas de volver a bailar... — susurró ella. Franco le levantó la cara y la besó en la boca largamente.
— Siempre te espero en el teatro.
— Pero no podría bailar contigo...
— Hay muchas que quisieran aprender de tí. Podríamos trabajar juntos.
Ella no respondió pero sonrió y se acurrucó en el hueco de su hombro. Franco se sintió inmensamente feliz: otra vez juntos en el escenario, en la escuela de ballet.
— Hay unos mocositos que me gustaría que vieras...
Mientras charlaban en voz baja, la mirada se le fue una vez más, como atraída por un imán. La forma de levantar la cabeza y plantar los hombros, el perfil orgulloso y ligeramente aquilino, la boca sensual que a veces esbozaba aquel gesto altanero; la arrogancia con que sujetaba a Odette contra su cuerpo, mostrándole al mundo que esa mujer le pertenecía. No supo por qué, pero la aborrecida imagen de Marcello Contardi no dejó de rondarle la cabeza en toda la tarde.
                                                    Marcello Contardi
PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ESTANCIA "LA AUGUSTA". ENERO DE 1998

El viento le azotó la cara y el pecho desnudo hasta el ombligo. Entre las piernas, a través de las bombachas, sintió la transpiración del tordillo que montaba en pelo y descalzo. Riachos de agua corrían por el cuello y los flancos de la bestia. El sudor le perlaba la frente, más de excitación que del esfuerzo de la cabalgata. Hizo detener al tordillo nada más que con la presión de los talones en los ijares, para otear el horizonte. El pecho le batía gozoso.
Quería emborracharse de pampa interminable y callada, del viento seco y áspero como él mismo, del olor familiar de la polvareda y del rumor de los arbustos achaparrados susurrando en lenguas perdidas.
¿Así habrá sido cuando venían a saquear los fortines? ¿La grandeza entontecedora los habrá aturdido igual que a mí? ¿De veras darían alaridos de guerra? ¿No habrá sido su humanidad solitaria queriendo espantar a los que se atrevieron a quebrar el silencio eterno y el silbo del viento?
El ocaso lo cegó y en ese momento, el horizonte podría haber sido el mar.
¿Quién soy? ¿El que pertenece a esta tierra desde sus mismos huesos, desde la sangre que me corre por las venas? ¿El que lleva las riendas del poder tras el poder, sin dejarme conocer por los codiciosos, los glotones, los avaros, los trepadores? ¿O nada más que la mano izquierda que reemplazó a la derecha, cortada porque supuraba su propia podredumbre? La pregunta le corroía el alma y entonces ansiaba desesperadamente volver a la tierrra, a cabalgarla, a pertenecerle, para reencontrarse en secreto con su identidad.

Dejó que el animal volviera al trote cansino. Se lo merece. Jamás lo espoleaba o azotaba: no hacía falta. Se entendían con la piel, el sudor, los resoplidos de los ollares y sus propios murmullos y caricias en las orejas. “Le brota el indio, José”, le decía el tatita, y él sonreía con esa sonrisa que apenas le movía las comisuras aunque le hiciera brillar los ojos.
Cuando llegó a las caballerizas, desmontó y dejó libre al tordillo para que volviera solo a su stud. Se calzó las botas antes de entrar, no fuera cosa de asustar a los asistentes. Una cosa es un coronel que vuelve de recorrer el campo a caballo y otra muy distinta, un indio que regresa de un malón imaginario. Al entrar se miró en el espejo para ver si ya se la había borrado la mirada de salvaje. Se prendió dos botones de la camisa de fajina y se pasó la mano por el pelo oscuro y corto.
— Mi coronel...— el asistente se paró en posición de firmes cuando pasó por delante de la puerta del estudio. Mientras encendía un Marlboro y lo pitaba con fruición, hizo un gesto con la cabeza. El subteniente asintió y le pasó el mensaje. Golpeó la puerta del estudio y entró. Golpeaba más por costumbre que por pedir permiso, porque ahora, al único a quien tenía que pedirlo era a sí mismo.
                                                                
                                                                            ****
— Le estoy ocupando el escritorio.
— No es mi escritorio...
— Déjese de pavadas...
— Mientras Ud. esté en esta casa, señor, seguirá siendo suyo.
— Mire que es tozudo.
La discusión era siempre la misma y sin embargo, al viejo le complacía el respeto que José no ostentaba sino ejercía. Sabía que más que palabras, era una actitud de vida. Por qué será que a veces los de tu sangre te salen torcidos, la manzana podrida del árbol, y los que recogés parecieran estar hechos de tu misma madera.
José se acomodó en el sillón frente al escritorio imponente. Al viejo le gustaba verlo, nunca totalmente relajado, atento tanto a los ruidos de fuera como a lo que ocurría dentro, en una espera tensa, casi animal. Con el correr de los años y la convivencia, se entendían sin hablar. A veces, les bastaba una seña mínima para saber la decisión o la opinión del otro.
La botella de whisky estaba sobre el escritorio y José se sirvió un par de dedos para acompañar el cigarrillo.
— 'Etchegoyen' — dijo él y José asintió sin hablar—. Alguien está metiéndose donde no debe — antes que José pudiera hacer ningún comentario, levantó la mano—. No quien ya sabemos. De eso me encargué personalmente. Ella no hará ningún movimiento ni creo que permita que los suyos lo hagan.
— No estoy tan seguro. Pasó bastante tiempo ...
— Yo sé lo que le digo. Es una mujer muy inteligente. Nos ha esquivado cuidadosamente, ¿o Ud. se cree que no sospecha por dónde andamos o qué hacemos? No, ella sabe y se calla. Bien hecho. Nosotros cumplimos nuestra parte del trato, y ella la suya.
José miró la brasa y pitó en silencio. Todavía tiene la camisa mojada de transpiración. Esos raptos que le agarran y lo hacen cabalgar desmesurado, como si quisiera morirse a caballo. Su única concesión al desenfreno. Se le antojó tan severo como su propio padre, ya nada más que un jirón de recuerdo perdido en la memoria. Lo halló tan espartano como él mismo y sin embargo... La misma duda que hacía que José vacilara internamente en asumir el lugar que él le había dado, y que José se había ganado, lo hacía vulnerable: lo llenaba de humanidad y eso era peligroso para la Orden. Hay decisiones que deben tomarse. Sin odio, sin rencor, sin piedad. Simplemente, hacer lo que debe hacerse. El ejercicio del poder a lo largo de toda su vida se lo había enseñado. Él había intentado enseñárselo a su nieto, su heredero, y había fallado. Mi error.
El nieto se le había desbocado salvaje, había cometido todos los excesos que permite el poder, se había revolcado en ellos y había pecado de lujuria de poder. Que es un veneno terrible porque te intoxica pero no te mata. No había sabido mantener la necesaria distancia con lo que había que hacer: se había involucrado, había manchado sus propias manos.
La equivocación de los milicos de pacotilla. Imbéciles soberbios. No entendieron que el poder se ejerce mejor sin sentimientos, sin dejar que broten los instintos. Cuando se deja que las entrañas manejen al cerebro, el vientre se vuelve voraz y obnubila al intelecto. Una cosa es instinto de conservación, otra muy distinta, gula. La gula de poder lleva a la lujuria. De la lujuria al derrumbe hay nada más que un paso.
Apretó los labios con fuerza, mientras alcanzaba el vaso de whisky. De nuestras propias destilerías, sonrió complacido. Una highland cream, la que se bebía en la mesa de sus Graciosas Majestades Británicas y que él se dignaba a venderle a cuentagotas a la Corona. La cara que pondría la vieja si supiera que su ‘appointed supplier’ es un argentino. Pequeñas venganzas poéticas.
Sonrió, y José intuyó su gesto y el pensamiento, y se rió a medias con él de la broma privada. Retomaron el tema de conversación.
— ¿Tienen algún nombre?
— Parecen ser los de IGPN. Asuntos Internos de ellos, o algo parecido — se encogió apenas de hombros — .Dos tipos. Van detrás de nuestro cliente.
Golpearon a la puerta, José dio la orden de entrar y un asistente les alcanzó un fax. Se lo pasaron entre ellos, mirando las fotos.
— Queda uno. El otro murió de insuficiencia renal — comentó casi para sí.
— Qué conveniente para nuestro hombre...— José levantó una ceja apenas sarcástica.
— La gente se muere— se encogió de hombros—. Podría no ser nada.
— El hombre es demasiado sanguíneo...
— Por ahora, esperamos.
— Por ahora — José asintió y se bebió de un trago lo que le quedaba en el vaso antes de continuar—. Estuve pensando en desarrollar algún comprador nuevo en Francia. Éste era un contacto de Nohant y tiene muchas veleidades de otra clase. No termina de gustarme. Habrá que averiguar porqué IGPN anda ocupándose de él.
Mientras José se levantaba para salir, le preguntó por Fernandito, y a José se le iluminaron los ojos.
— Bien, con ganas de venir a ver a su tatita. Extraña mucho en Buenos Aires. En una de esas, me pego una vuelta y me lo traigo para Pascua.
Su debilidad: el hijo de José. Le recordaba al padre cuando tenía su edad. No le decía abuelo sino "tatita" y eso lo llenaba de un orgullo medio zonzo. ¿Me estaré volviendo gagá del todo?


(1) No se hable más
(2)¡Pero no seas loca! A nadie



miércoles, 21 de abril de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 2

Oficinas del Diputado Jean-Jacques Ayrault. Chaumont, mediados de noviembre




El diputado Jean-Jacques Ayrault


— Señor...
Loiseau miró incómodo a los presentes en el despacho, mientras manoseaba un sobre grueso. El diputado Jean-Jacques Ayrault le hizo una seña y Loiseau se acercó, rodeando con cuidado a los hombres sentados en un semicírculo alrededor del escritorio.
— Acaban de traerlo, señor— el asistente vaciló y bajó la voz—. Me atreví a interrumpir porque me dijeron que estaba esperándolo.
Ayrault tomó el sobre con gesto de disgusto, pero el contenido le cambió la expresión. Le sonrió a su asistente con un gesto de suficiencia.
— Está bien, Loiseau. Por esta vez está disculpado— guardó los papeles en un cajón del escritorio mientras Loiseau salía y aclaró a sus interlocutores: — Asuntos bastante urgentes.
Los otros sonrieron con diplomacia y retomaron la conversación.
— Diputado, el desarrollo de la campaña necesitará de una financiación importante...— el jefe de la agencia publicitaria volvió a la carga.
— Puedo asegurarles que no necesitan preocuparse por ese tema. Los miembros del "Front pour le Recouvrement Français"[1] pueden solventar la campaña con sus aportes. Además, hay empresas que han comprometido su apoyo tanto en forma oficial como extraoficial.
Discutieron hasta muy avanzada la tarde sobre los aspectos de la campaña, la asignación de fondos para la publicidad en los medios, invitaciones a programas radiales y de televisión — "me interesan únicamente los de opinión política", les aclaró: "no quiero aparecer en programas frívolos ni dar ese tipo de imagen" — y toda la parafernalia electoralista que secretamente lo entusiasmaba y le halagaba el ego.
— Al FRF le fue muy bien en las regionales — comentó uno de los hombres del grupo y Ayrault asintió satisfecho mientras el otro hablaba— Mejor que a los demás partidos de derecha en el resto del país...Ese será un buen punto para la campaña. ¿Está pensando en alguna alianza estratégica para encarar la candidatura presidencial?
— No por el momento. Mi partido ya ha demostrado sobradamente su capacidad, y yo también — sonrió condescendiente—. La falsa modestia no es uno de mis pecados.
Todos rieron corteses. Él paseó la mirada entre los presentes y continuó:
— Su agencia ya demostró su capacidad con las campañas por la diputación y la delegación regional. Sólo pueden mejorar lo que hicieron hasta ahora.
Más risas. Nadie es inmune al halago, y menos ustedes, que viven de la vanidad ajena, pensó Ayrault.
— Necesitaremos un resumen de su desempeño como diputado, datos y estadísticas sobre su alcaldía... Ud. fue comisario de Policía y se retiró antes de los cincuenta. ¿Por qué...?
Asintió con expresión plácida e interrumpió al hombre. No pienso responderte ese tipo de preguntas, imbécil.
— Mi asistente ya preparó una carpeta con los resultados de mi gestión a lo largo de estos años. Fui reelegido en dos oportunidades como alcalde y tengo el honor de haber presidido uno de los municipios más ordenados y con menor incidencia de delitos de la región. La policía municipal es el orgullo de mi ciudad. La seguridad fue el leit-motiv de mis campañas para la diputación y cumplí ampliamente con los objetivos que propuse: limpiar la delincuencia de las calles, prevenir, ofrecer más seguridad a los ciudadadanos honestos para que puedan ejercer sus libertades individuales...
— Parece el discurso del Ministro del Interior — acotó la hizo la única mujer del grupo, encargada de los contactos con la prensa escrita. Alguien a quien tener muy en cuenta.
Bastante feúcha, querida. Aunque a las feas siempre se les puede encontrar alguna virtud. Más de una ha hecho carrera donde las bonitas fallan. Y suelen ser mejores a la hora de la cama: tienen que suplir la belleza con la habilidad. Él tenía una experiencia muy amplia en ese sentido: unas cuantas feas que se había montado se lo habían demostrado cabalmente. Prestó atención a la mujer. Cara alargada y sin maquillaje, con cejas oscuras y algo desprolijas lo mismo que el cabello, que pedía a los gritos un buen corte. Nariz borbónica, boca grande y sensual. Ropa severa y elegante aunque un poco descuidada, buenas pantorrillas. Debajo de la blusa se adivinaban los pechos generosos. Por qué no, señorita publicista. Te alegro las tardes con unas buenas encamadas y apuesto a que tu opinión sobre mí cambia radicalmente. Se dirigió a la mujer con su mejor sonrisa y una cortesía que casi pareció sincera.
— No veo qué es lo que tiene de malo el discurso del Ministro del Interior. Velar por la seguridad de la ciudadanía es el primer paso para asegurar el ejercicio de los derechos.
— Hay quejas — insistió ella.
— Siempre las hay. Siempre hay disconformes— mantuvo el tono conciliador, y los ojos fijos en los de ella—. Pero si se toman el trabajo de hacer una encuesta, yo les aseguro que el porcentaje de la población a favor de la política de la seguridad es bastante más elevado de lo que creerían.
El grupo se despidió con una idea cabal de lo que él pretendía para su campaña. Los saludó uno a uno y retuvo la mano de la mujer mientras la recorría con la mirada, en un despliegue de seducción.
— Siempre es un placer concocer a una mujer inteligente.
La cara de ella se coloreó apenas y sonrió con complacencia.
Blanco perfecto. La señorita encargada de los medios gráficos está lista para recibir una invitación irrechazable del señor diputado. Un poco más de fuego lento y tendremos una aliada incondicional dentro de la agencia. Obtener información de cómo piensan llevar estos cretinos la campaña y si emplean los fondos adecuadamente o se meten en lo que no les importa, será como quitarle un dulce a un chico. Y sus contactos con la prensa no son para despreciar. Nunca se sabe a quién se necesitará hacerle campaña en contra.
Estaba ansioso porque se fueran y lo dejaran a solas con el sobre. Las manos le habían ardido durante toda la reunión, de deseos de revisar el contenido. Desparramó los papeles sobre el escritorio después de avisarle a su asistente que no admitiría interrupciones. Había hecho nuevas amistades dentro de la PN[2] gracias a la política y a sus negocios privados, pero sus contactos en la PJ[3] se habían reducido, y desarrollar unos nuevos le había costado una pequeña fortuna. Mis vicios personales son un poco caros, se rió. Mis pequeñas venganzas también, pero el placer será inmenso.
Espléndido, consiguieron copias del expediente. Revisó las fotos y sintió una punzada de rabia mezclada con deseo. Hola, putita. Estos diez años te hicieron bien. Mejor así: cuando te destroce lo voy a disfrutar más intensamente. Oh, ¡la señora es comisario! Le dieron el cargo a los treinta y cinco: debe ser uno de los más jóvenes de la PN. ¿Cómo carajo hiciste? ¿Con quién te acostaste, muñeca? ¿O serás como la reventada de tu jefe, la Michelon? No, a menos que te hayas vuelto lesbiana después de tantos años de viuda. Qué desperdicio de recursos serías, estás hecha para que te monte un macho de verdad.
Cerró los ojos para recordar el tacto fugaz de unos pechos llenos y la excitación se le trepó por la bragueta.
Pensar que te tuve de rodillas... ¿Qué habrá sido del viejo de mierda de Foulquie? Me olvidé de preguntar. Ya debe estar retirado. Ah, te condecoraron, nena. Te gusta hacer bien los deberes. A mí me retiraron y a ella la condecoraron y ascendieron. Perdí oportunidades de negocios preciosas gracias a tus amigos de IGPN, que empezaron a meter la nariz en otros asuntos. Menos mal que mis amigos me cubrieron las espaldas. Para cuidarse el culo, cierto: nadie te hace favores por nada. Me retiraron gracias a tus esfuerzos, putita, pero me llegó la hora de la revancha.
El teléfono directo interrumpió el fisgoneo.
— Quién? — ladró.
— JJ — del otro lado hablaban bajo —, ¿te llegó el material?
— Podrías haber investigado un poquitín más a fondo, imbécil — resopló molesto.
— No te pongas pesado, JJ. No es fácil meterse en el sistema para darte gusto. No te olvides del lugar en donde trabajo. Si me pescan, mi culo no valdrá una mierda.
— Ya no vale una mierda y te pago demasiado por él— gruñó.
— ¡Vamos! Hasta te conseguí el domicilio de la señora. ¿Puedo preguntar las razones de tanto interés?
— No es asunto tuyo.
Su tono de voz debió ser muy revelador porque el del otro lado vaciló, incómodo.
— ¿JJ, qué vas a hacer con... la información?
— ¿Y eso a qué viene?
— Bueno... quiero decir, la tipa es comisario,...
— Me importa un carajo. Conozco a unos cuantos comisarios que merecerían estar guardados en lugar seguro. Ésta, por ejemplo.
Se cuidó muy bien de aclarar que el lugar seguro que estaba considerando era a tres metros bajo tierra.
— De acuerdo, pero...
— ¿Te asusta una comisario de mierda?
— Me cuido el culo. Me gusta donde lo tengo, me gusta el puesto que tengo...
— Y te gustó lo que te pagué para que hicieras lo que hiciste — le soltó, amenazador. No sería la primera vez que un traidor traiciona a dos puntas.
— JJ, conseguir información es una cosa, soy incondicional tuyo pero, bueno... meterme en algo más pesado, no sé...
— Pesado como qué? — "Incondicional" hasta que se te frunce el culo de miedo. ¿Qué se le cruzó a este boludo? — Por favor, viejo — compuso su tono más conciliador—, no pasa nada: estoy preparando mi campaña presidencial y en algún momento alguien preguntará sobre mi temprano retiro de la PN.
— Y qué tiene que ver la señora con eso?
— Todo, viejo. Por su culpa me retiraron. La muy puta me acusó de acoso sexual. Nunca le puse una mano encima, ni siquiera la miraba. Es una ratita insignificante— la voz le destilaba amargura —. Debe haberse dejado montar por media IPGN y todo el tribunal de Deontología para conseguir que me echaran de la PN. Después, mi puesto lo ocupó esa lesbiana de mierda de la Michelon: no sería extraño que se hubiera encamado también con ella para que le dieran el ascenso.
Del otro lado de la línea se escuchó un largo silbido. Ya está, te convencí. Nunca falla: es la versión que más les gusta a todos. Es más fácil hacerle fama de zorra a una tipa que verificar la verdad. Eso era algo que había comprobado largamente durante sus años en la PN y como comisario responsable de la Brigada Criminal: "Todas son putas hasta que se demuestre lo contrario". Con Marceau se había dado el gusto de colgarle el sambenito.
— O sea — interrumpieron sus cavilaciones —, que al tiempo de preparar tu campaña política, te vas a cobrar algunas viejas deudas...
— Digámoslo así... Si a alguien se le ocurriera sacar a la luz aquel incidente, bueno, tengo que defender mi buen nombre y honor.
El otro largó la carcajada, más tranquilo. Mejor así, cretino. Carajo, alguien más que pasar a las listas de prescindibles. Pero por ahora me sirve. Intercambiaron un par de comentarios intrascendentes y cortaron la comunicación.
Guardó el sobre en la caja fuerte y se sirvió un coñac más que generoso. Por diez años de espera, putita, levantó la copa y se la bebió de un solo trago.— Señor — la voz de Loiseau, irritante como de costumbre, lo arrancó de sus placeres secretos —, un llamado del Comité Central.
— ¿No le dijeron quién? — ladró.
— Sí, señor. El Sr. Etchegoyen.
¡Mierda, no es del Comité, es RG[4] ! Éste llama nada más que para darme malas noticias. Ayrault se tragó la irritación.
— Páselo ya mismo.
— Sï, señor— respondió Loiseau, ansioso por agradar.
"Etchegoyen" no estaba de humor para cortesías.
— IGPN[5] está metiendo la nariz en donde no le importa — ladró sin saludar.
La rabia le recorrió el cuerpo en un estremecimiento.
— No hay nada, estoy limpio— aseguró Ayrault—. Mi expediente da asco de tan resplandeciente.
— ¿Qué cagadas hiciste cuando estabas en la PN?— el tono de “Etchegoyen” no admitía réplicas.
— ¡Nada de lo que tenga que avergonzarme! Una tipa me acusó de acoso sexual — escupió con rabia — . Inventó todo el asunto, me tenía entre ceja y ceja, estaría caliente conmigo. Se salió con la suya y me retiraron, pero no quedó constancia en mi record. Fue lo que negocié para irme sin más escándalo.
—¿Por qué mierda yo no sabía nada de esto?— bufó su interlocutor.
— Me fui de la PN limpio como un colegial. ¡A quién carajo puede importarle ahora esa mierda de hace diez años!
— ¡Entonces habrán encontrado algo más porque están revolviendo mierda antigua!
El miedo reemplazó a la furia y le sacudió las entrañas.
— Quiero saber qué investigan.
— Sin órdenes, diputado— siseó Etchegoyen—. No te olvides de con quién estás hablando...
Hijo de puta, perro de presa; si le dan la orden, te destroza la yugular sin remordimientos. El otro continuó:
— ¿ Quién estuvo a cargo de la investigación de IGPN?
— Dos tipos: Lionel Henri y... el otro... no me acuerdo, ... Arnaud o Arnold Perrier, algo así.
— Bien, vamos a ver qué están haciendo. Y no hagas nada raro. Me estoy hartando de tapar tus diversiones — el clic le retumbó en el tímpano.
Esos malparidos de Henri y Perrier tenían que haber seguido adelante, porque ¿quién más si no? ¿Así que quieren ventilar viejas querellas? ¿No te alcanzó con lo que obtuviste, Henri? ¿O te prometieron algo mejor? La mierda se te puede volver en contra muy rápido. Habrá que mandarte un avisito. Marcó el número desde su celular.
— Necesito otra averiguación y no empieces a protestar — atajó al otro —. Lionel Henri y Arnold Perrier, de IGPN.
— ¡IGPN! ¡Te volviste loco!
— No me interrumpas cuando hablo— gruñó —. Quiero saber nada más por dónde andan.
— De Perrier puedo darte noticias de público conocimiento: se retiró por problemas de salud a mitad de año, le hicieron la fiesta de despedida y ...
— ¿Problemas de salud?— interrumpió — ¿Cuáles?
— Insuficiencia renal severa. Se dializa y todo eso.
Le encargó al cretino que le consiguiera datos de “público conocimiento” sobre Henri, aunque la información acerca de Perrier le era mucho más útil: no necesitaría deberle más favores a “Etchegoyen”.

Saint-Denis,Hospital Delafontaine. Primeros días de diciembre

Comisario de División Lionel Henri

La familia Perrier se quedó mirando al nefrólogo con la boca abierta. Un instante después, la señora Perrier se desmayaba y Daniel, el hijo menor, agarraba al médico por la bata verde y lo sacudía.
— ¡Ud. dijo que estaba bien! —gritaba y lloraba.
Un enfermero los separó y otra asistía a la mujer que, recuperada, se quedó muda en estado de shock.
— Escuchen, por favor, estas cosas suceden... El corazón puede fallar... — decía el médico.
— ¡Íbamos a trasplantarlo! ¡No es justo! — lloraba el chico —. Yo iba a darle mi riñón a mi papá...
Lionel Henri se acercó al grupo y el hijo mayor de Arnold Perrier se le abrazó.
— Lionel... el viejo...— balbuceaba.
Henri lo sostuvo contra su pecho.
— El viejo murió durante la diálisis... Estaba tan contento... Daniel era compatible... Lo trasplantaban la semana próxima... — Phillipe sacudió la cabeza incrédulo —. Había elegido los regalos para Navidad...
Mientras consolaba a los muchachos, con el rabillo del ojo pescó a un enfermero con uniforme verde que salía de la sala de diálisis. El hombre se detuvo en seco, lanzó una mirada al grupo y bajó la cabeza para dar media vuelta y emprender el camino del pasillo hacia el otro lado. Venía para acá, pensó Henri, y cambió de idea. Se lo quedó mirando. Arnold está muerto, pensó. Quedo solamente yo. ¿Por cuánto tiempo? No había dejado de observar al enfermero que se alejaba con apuro. Tiene zapatos de calle. ¿Por qué un enfermero tendría zapatos de calle? Se maldijo por no haber echado una ojeada a la identificación de plástico colgada de la bata.
— ¿Quién es el médico a cargo del sector?
— Yo — el médico que les había dado la mala noticia a los Perrier se presentó y le tendió la mano — Pfeiffer.
— ¿Conoce al enfermero que acaba de salir?
— ¿Cuál enfermero? — preguntó Pfeiffer.
— El de verde, que salió hace dos minutos de Diálisis— se impacientó.
— Todos estamos de verde— retrucó el médico con acidez.
— Aquel...— señaló hacia el extremo del corredor vacío —. El que acababa de salir.
— Tendría que preguntar quién está hoy de turno.
— ¿No los conoce?
— Hace menos de una semana que estoy en el hospital. Todavía no me sé la nómina.
Imbécil de mierda, pensó Henri, y una sensación desagradable le invadió el estómago. No puedo decírselo a nadie más pero estoy seguro de que ese enfermero con zapatos de calle y este cretino de verde acaban de asesinar a Arnold.

París,Quai des Orfévres, principios de diciembre

Comisario de División Claude Michelon

—Claudette...
— ¿Quién...? — la comisario de división Claude Michelon se sorprendió de que alguien usara el diminutivo familiar para llamarla a la Brigada.
— Soy Lionel. Necesito verte... en privado.
— ¡Querido! ¿Pasa algo malo?
— ¿Puedo invitarte a almorzar? ¿Hoy, a las doce y media?
Miró la hora: doce y cuarto. Lionel Henri se oía tan mal que aceptó casi sin pensar. Acordaron el lugar de la cita y Henri cortó de inmediato.
Se quedó mirando el teléfono y todavía tenía la mirada perdida cuando Laure entró.
— Laure, querida, ¿hay algún compromiso para la una?
— No...
No le dio tiempo a continuar.
— Bien, ahora tengo uno. Salgo a almorzar. Un asunto de trabajo.
— ¿Con quién?
— IGPN
— ¡Claude! ¿Qué pasa? — se alarmó Laure.
— Nada. Al menos que yo sepa.
— ¿Vas sola?
— Sí. Me encuentran en el celular.
— No me gusta...
— Es un viejo amigo, querida, no te preocupes.
— ¿No? ¿Vas con esa cara y no tengo que preocuparme? — Laure extendió la mano y le rozó la mejilla.
— No. — la tranquilizó tomándole la mano entre las suyas.
— Claude... ¿me lo vas a decir después?
Le sonrió y se fue sin aclarar si se lo diría.

****
Pidieron cualquier cosa; a ninguno de los dos le interesaba demasiado el menú.
— Claudette, creo que me estoy volviendo paranoico— declaró Henri en forma abrupta—. No sé cómo empezar ni por dónde... — la miró, tragó saliva y siguió —. Sí, lo mejor es por el principio. Fue antes de que te designaran a cargo de la Brigada, hace como diez años. Tu puesto lo ocupaba el comisario de división Jean-Jacques Ayrault. Se fue, o mejor dicho, lograron que se fuera... gracias a un escándalo.
— El “incidente M”— acotó ella con sarcasmo—. Estoy enterada, aunque no de todos los detalles.
— No hay detalles, Claudette. No figuran en ninguna parte.
Michelon frunció el ceño con curiosidad y Henri interpretó correctamente el gesto.
— Fue lo que negoció Ayrault para retirarse sin tapar de mierda a los cadres[6] de la PN, RG, IGPN y cuanta otra división o cuerpo especial quieras listar de la la Prefectura de París y el Ministerio del Interior: el comisario se retira en la cumbre de su gloria y sin mención del incidente "M".
— ¿Y qué razones tendría Ayrault para desacreditar a los cadres?
— Razones que se miden en millones de francos: tráfico de armas. ¿El nombre de Didier Nohant no te dice nada?
El ex Director General de la PN, que de acuerdo a la información dada a los medios, se había “suicidado” por haberse visto involucrado en un supuesto escándalo de lavado de dinero. El traidor que casi había entregado a media Prefectura de París a los asesinos a sueldo de la Orden del Temple, de la que él mismo era miembro. Pero la Orden no perdona a sus traidores, ¿cierto, Nohant? ¿Cuántos más quedan sueltos todavía? Michelon aguantó una mueca de desagrado.
— Sí, me dice unas cuantas cosas.
— Amigo íntimo de JJ Ayrault. Al momento de los hechos que precedieron a la muerte de Nohant, Ayrault llevaba varios años retirado de la PN y actuando en política. Lo mismo que está haciendo ahora, al menos oficialmente.
— IGPN no tiene más nada que hacer entonces— dijo ella sin ocultar el disgusto.
— IGPN en la persona de un servidor se pasó años detrás del hijo de puta de Ayrault sin poder tocarle ni la pelusa de la ropa. No podíamos comprobarle nada, no podíamos pasar ciertas barreras que para IGPN no debieran existir. Y cuando podíamos penetrarlas, no quedaban rastros. Todos estaban limpios como bebés de pecho.
— Y el incidente "M" sirvió para quitárselo de encima a la PN, ¿no es así?— Michelon meneó la cabeza —. Usaron a una oficial— le recriminó.
— Era la única forma. Pero no nos sirvió para nada más: nos retiraron del caso y adiós.
— Lionel, no es tu estilo el abandonar una investigación...— esperó la respuesta de Henri.
— No lo hice, Claudette, te lo aseguro. Arnold Perrier y yo seguimos hasta donde pudimos. Llegamos lejos, pero no todo lo que nos hubiera gustado. Extraoficialmente, por supuesto. Ya se sabe, muerto el perro se acabó la rabia.
Henri hizo una pausa para comerse el último bocado y beber un sorbo de su copa.
— Lionel, no me llamaste para contarme tus penas y nada más— se acomodó en su silla.
— Claudette... Arnold murió hace una semana mientras se dializaba. Un fallo cardíaco es lo que figura en el acta de defunción— Henri la miró a los ojos —. Según su familia estaba en buena condición, tan buena que lo trasplantarían la semana siguiente,... es decir, hoy.
—Lo lamento mucho, de veras. Estas cosas pasan, Lionel.
— Sí, pasan. Y por eso ocurrió. Claudette, creo que asesinaron a Arnold.
Michelon se quedó con la boca seca: a pesar de ser un mastín de la IGPN y de sufrir de algunas deformaciones profesionales, Lionel no tenía tendencias paranoicas.
— ¿Qué es lo que te hace pensar eso?
— Indicios, pequeñeces: un enfermero con zapatos de calle, un médico que esa semana hacía una suplencia y que no volvió a prestar servicio en el hospital. Aprovecharon la desesperación de la familia para no hacer la autopsia.
Lo observó sin hablar durante unos segundos.
— ¿Qué es lo que ustedes dos encontraron?
— Encontré en singular, Claudette. Arnold se había retirado por la enfermedad. Me entregó todo lo que había recopilado en sus investigaciones, no quiso conservar nada para que su familia tuviera problemas —el hombre bajó la cabeza antes de continuar—. Fue un aviso. Saben que estoy sobre la pista.
— ¡Lionel! ¿Continuaste investigando?
— Parece que no me conocieras. ¿Qué hubieras hecho en mi lugar? ¿Qué hubieran hecho tus "especiales"? Que recuerde, uno de ellos siguió un caso más de diez años.
— Se trataba de algo personal y lo hizo sin autorización — admitió con renuencia.
— Sabías que tu oficial seguía un caso personal como un perro de presa e hiciste la vista gorda. Y cuando tuvo todo a punto, le diste apoyo personal, hombres...
— Hubo una investigación, un procedimiento y un superior a cargo. El caso tenía bases sólidas y...
— Me lo conozco de memoria, Claudette. Lo mismo que a tus "especiales". Es por eso que vine a verte.
Henri sacó una cajita del bolsillo: un disco zip.
— Son mis informes y los de Arnold, transcriptos desde que comenzó la investigación hace diez años, más lo que encontramos a lo largo de este tiempo. Hay registros de testimonios y declaraciones. La Brigada puede iniciar una investigación...Tus especiales pueden. Y no me digas que no hay un caso todavía — la atajó —, ya hay un muerto aunque no haya pruebas: Arnold.
Se quedó callada, evaluando las palabras de Henri.
— ¿Hay alguien más en tu grupo? — finalmente preguntó.
— No quise involucrar a nadie más...
— O no confiabas en nadie más...
El hombre asintió sin hablar.
— ¿Qué vas a hacer ahora, Lionel?
— Lo único que sé hacer: seguir adelante. Soy un perro viejo, no aprendo mañas nuevas.
No dijeron más: las despedidas suelen ser desagradables.




[1] Frente para la Recuperación Francesa
[2] Policía Nacional
[3] Policía Judicial
[4] RG:Reinssegnements Générales: Servicio de Informaciones de la PN.
[5] IGPN: Inspection General de la PN . Asuntos Internos y Deontología
[6] Los escalafones superiores

sábado, 10 de abril de 2010

La mano derecha del diablo - CAPITULO 1


PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ESTANCIA "LA AUGUSTA". AGOSTO DE 1997

El Gran Maestre


"Al principio me pareció medio zonza la idea, pero pudo más la necesidad y aquí estoy, escribiéndote estas líneas que supe que jamás te enviaría desde el momento mismo en que las concebí. ¿Qué será este impulso: la conciencia que me empuja a poner por escrito impresiones que jamás confesé a nadie? ¿La vejez y la soledad a las que ya nada puede vencer salvo mis recuerdos? ¿O será no más la muerte que gusta de acompañarme y quiere que le refiera mis cosas para no aburrirse de puro silencio aquí en la estancia? Siento que lee por encima de mi hombro, pero no me molesta. Llevamos tantos años juntos que ya somos como un matrimonio. ¿Quién de los dos da las órdenes? ¿Cuál de nosotros es el verdugo?
La tierra inmensa duerme bajo la helada. Esta tierra que es tan tuya como mía y que nunca quisiste conocer, quién sabe si por orgullo o por rencor. Aunque no soy el más indicado para hablarte de esos sentimientos, ¿verdad? Sos mi más oscuro y secreto espejo. ¿Qué puedo decir de vos que no diga de mí? Porque si vos te dejaste llevar siempre por tus pasiones y tus odios, yo usé las pasiones y odios del prójimo en mi beneficio.
Me pasé la vida queriendo hacer de cuenta que no existías y ahora comprendo que estuviste presente en cada uno de los momentos de mi existencia, aún a través de otros. Como si no bastara la sangre para atarnos, nos conseguimos otros lazos, más terribles, más mortales. Tenemos muchas culpas compartidas. Y ahora, cuando tu vida se te escurre de entre las manos, yo siento ese mismo frío entre las mías.
Quisiera sentir piedad por vos, por tus sentimientos furiosos y contrariados, por tu despecho y tu vacío igual al mío. Durante mucho tiempo creí que no sentía nada pero no era cierto: tuve que anestesiarme los sentimientos para poder ejercer el poder espartanamente. Hubiera sido una locura dejarlo en tus manos. La misma locura que hubiera cometido dejándolo en manos de mi nieto. Hoy sé que nunca confié verdaderamente en que él podría ocupar mi lugar, sólo que me negaba a admitirlo. Y estoy tan solo..."

Golpearon a la puerta imponente del estudio y él posó la lapicera sobre el papel.
— Señor...— el ayudante de José chocó los talones a modo de saludo, mientras le entregaba un fax.
Lo leyó con parsimonia. Entonces, ya está todo listo. La idea de viajar lo excitó. Despidió al teniente con un gesto y abrió el compartimiento para guardar la carta. Un secreto más entre otros.

NUEVA CENTRAL, ESCOCIA, SEPTIEMBRE DE 1997


Cnel.José Elías Ortiz


José Elías Ortiz, coronel del Ejército Argentino y jefe de Inteligencia Central de la Orden del Temple, se acercó a los cristales empañados vaso de whisky en mano. Una celebración íntima y sobria: el tatita no habría admitido otra cosa. Afuera, la nieve todavía escasa dibujaba paisajes de cuento sobre los alféizares. Una media sonrisa le tironeó de una comisura, templándole el gesto adusto de indio. La elección de la nueva Central no podía haber sido mejor, aunque los gastos para acondicionarla habían sido un poco más que discretos. Los alrededores estaban bastante desiertos: el pueblo más cercano estaba a más de cuarenta y cinco kilómetros, carretera de montaña de por medio, lo que no invitaba a los curiosos a acercarse. Su propio ascetismo hacía que el sitio le pareciera más acogedor que lo que le había resultado siempre la Central de París, demasiado expuesta para su gusto. Así había terminado, por culpa de ese hijo de puta.
Cerró los ojos, la frente apoyada contra los vidrios fríos. Los ojos azules, claros como el agua, helados, los mismos ojos del tatita. El gesto siempre despectivo de la boca, aquella misma boca infantil que allá en la estancia lo había llamado "guacho" tantas veces. Me odiabas abiertamente y yo te odiaba sordamente, sin tener siquiera el derecho a hacerlo, porque era el 'criadito', el hermano de leche no querido del heredero. Siempre fuiste un desmesurado para todo, hasta para hacerte matar. Nunca hubieras podido ocupar el lugar del viejo El poder debe ejercerse espartanamente para que perdure, casi sin pasión, mano firme y mesurada para que no te contamine con las tentaciones. Lo había aprendido del tatita, que así les había enseñado a ambos. Él había aprendido con humildad. El nieto se había burlado de ese estoicismo hecho a fuerza de pampa silente hasta la exasperación, de noches avasalladoras de estrellas mudas; de cabalgatas con nadie más que el viento por compañero, y se había encargado de demostrarlo con cada uno de los hechos de su vida.
Una sola vez el viejo lamentó los errores cometidos con su nieto y él supo respetar en silencio su dolor. “Me equivoqué con él y con el padre”, le había dicho con amargura. “Creí que si le quitaba el pasado a mi yerno y le daba la oportunidad de convertirse en alguien diferente, nacer de nuevo, podría cambiarlo. Creí que mi nieto no heredaría o no aprendería su crueldad torpe e inútil. Me descuidé y permití que lo alejaran de mi mano. He pagado caro mi yerro”.
Algo muy adentro se le había quebrado al tatita después de la muerte de ese malparido. En persona había dado la orden: anulación definitiva, un eufemismo no por tal, menos violento. La herida le estaba haciendo estragos, no visibles para otros que lo conocían apenas, pero sí para él, que le sabía hasta los silencios, cada vez más largos, más solitarios.
Supongo que a mi también me habría dolido. Pero si tu mano derecha peca... El viejo no había vacilado en cortarla, a sabiendas de que se cortaba a sí mismo la esperanza de su estirpe. Tendría que haberle evitado el dolor de la decisión, pensó mientras miraba el paisaje teñido de ámbar a través del whisky. Yo debí cargar con la responsabilidad y soportar el castigo que el viejo me impusiera. No tuve el coraje. ¿Le habrá dolido también eso? ¿Qué su hombre más fiel no fuera capaz de sacrificarse por él, por la Orden, anticipándose a ejecutar el castigo que sabía que otro merecía?
Y con todo, la orden del viejo no se había cumplido nada más que porque los franceses habían actuado antes. Tres de los cinco hombres del comando desaparecieron sin dejar rastro. Deben estar pudriéndose en el fondo del Sena con una piedra atada al cogote. Ese favor se lo debemos a los Varza. Su propio hombre, infiltrado con el encargo de eliminar al grupo ante cualquier desobediencia, había muerto junto al nieto en un supuesto enfrentamiento con la policía francesa, entre las sombras del Bois de Boulogne. El paso de aquel hijo de puta no se había conocido más que en las necrológicas: una mujer salvajemente asesinada; un suboficial degollado en el mismo Quai des Orfévres y dos más, muertos a balazos. Si hubo más víctimas, no quedaron rastros. A los franceses les importaba tanto o más que a ellos mantener la discreción sobre los hechos: también tenían sus buenos escándalos que tapar. La Orden por su parte, se había ocupado de limpiar a aquellos miembros que respondían al "Brigadier". La Orden no tolera ni perdona a los traidores.
¿Merezco el lugar que ocupo? ¿Tengo derecho a reclamar el puesto que no debió haber sido mío? Yo estaba siendo preparado para ser segundo. Esas preguntas le abrían las puertas de su infierno, árido y desierto, en el que estaba siempre solo, siempre dudando. No podía preguntar a nadie porque nadie respondería. Había sobrevivido al odio del nieto y a su propio odio por él, pero no sabía si sobreviviría al infierno de su propia duda.
— José...— la voz del viejo lo arrancó de sus pensamientos sombríos. Dio media vuelta hacia la puerta mientras el tatita se acercaba con andar pausado, el bastón enjoyándole la mano larga y huesuda.
Se acercó con un vaso del whisky favorito del viejo y se lo ofreció en silencio, mientras el otro se sentaba en el bergère más cercano a la chimenea.
— Siéntese conmigo, José. No me esté de pie cuando yo estoy sentado. Ya estoy viejo...— casi suspiró mientras se acomodaba.
— Ud. no es viejo, señor... — dijo mientras ocupaba el bergère vecino.
— Ah, déjese de pavadas — el viejo sacudió una mano impaciente y la dejó caer sobre el brazo del sillón —. ¿En qué andaba pensando, ahí parado delante de la ventana?
— En nada — mintió mirando el fuego.
— ¿Sabe una cosa, José? Ud. no sabe mentir.
Se quedó callado, la boca apretada contra el borde del vaso de cristal. Asintió y bebió despacio.
— ¿Por qué cree que no merece el puesto que le toca?— insistió el viejo con voz llana.
Se le anudó la garganta. Por qué me conocerá tan bien. El viejo continuó.
— Nos reagrupamos y reorganizamos en muchísimo menos tiempo del que creíamos. Expurgamos las filas de las lacras. Nos recuperamos económicamente. Todo eso es mérito suyo. Yo no lo hubiera hecho mejor— estiró el brazo y palmeó el suyo apoyado en el brazo del bergère.
El hecho que el viejo estuviera tan al tanto de todo como siempre, lo sorprendió menos que el gesto inusual de afecto. Prácticamente se había retirado hacía casi dos años, después de la muerte del nieto, para dejar en sus manos la conducción de la Orden. Por primera vez, el Gran Maestre no era de ascendencia europea. José prefería prescindir de esos títulos rimbombantes. Jefe de Inteligencia Central es más adecuado a lo que hago.
— Con Ud., José, me pasa algo raro: es como si no necesitáramos hablar para saber lo que nos pasa.
— Son los años juntos, señor.
Bebieron lo que les quedaba en los vasos y José se levantó para servir otra vuelta. Cuando se inclinó con la botella hacia el viejo, los ojos azules, claros como el agua, del tatita, se prendieron de los suyos.
— Él era mi nieto. Ud... — subrayó —, es mi hijo. No siempre se puede elegir a un hijo. Yo lo elijo a Ud.
La botella tintineó apenas contra el cristal del vaso.
— Gracias, tatita.
— Sirva y déjese de pavadas.

BUENOS AIRES, BARRIO DE LA RECOLETA, SEPTIEMBRE DE 1997

Tte. Conrado Seoane


— La decisión que enfrentan es fundamental. Deben saber que cuando la tomen, no habrá marcha atrás.
Paseó la mirada de color lapislázuli lentamente por el auditorio, deteniéndose en cada una de las caras ansiosas y atentas, evaluándolos uno por uno. Más asentimientos silenciosos. Inspiró y el aire le silbó a través de la garganta en una borrachera de hiperventilación.
— Vamos a establecer un nuevo orden, con sangre renovada.
Los rostros más viejos se distendieron en sonrisas de autocomplacencia; los ojos de los más jóvenes brillaron con dureza.
— Le devolveremos el orgullo a la raza.
Orgullo. Raza. Le pareció que las palabras le vibraban en la garganta y le retumbaban en el pecho cada vez que las pronunciaba. Los despidió con el saludo prohibido y cuando los otros respondieron, un placer frío le recorrió la espina dorsal. Mi Blitzkrieg está cerca. Cuando salieron, Conrado Seoane sacó del bolsillo el objeto que había estado tocando todo el tiempo mientras hablaba. Apretarlo en la mano le provocaba una especie de electricidad mística. Por vos, viejo. Por vos, hermano.