POLICIAL ARGENTINO

viernes, 27 de marzo de 2009

La dama es policía - CAPITULO 22



JUEVES, SUBURBIOS DE PARÍS, PRIMERAS HORAS DE LA MAÑANA
—Michelon quiere vernos — le avisó Auguste mientras recogía su abrigo y el de ella. En la fábrica de chocolates la tensión crecía minuto a minuto. Los técnicos en sistemas no lograban romper la clave de acceso a una enorme cantidad de archivos clasificados.
—Es un sistema digno de un servicio secreto —comentó el analista en jefe—. Cualquier intento por probar una clave causa el total colapso de los datos. Todo se pierde sin remedio. Es algo así como un virus, un “gusano” que está en la superficie del disco y se anula únicamente con la clave correcta. Si ingresamos un dato errado o le acoplamos un programa aleatorio, el “gusano” se activa y destruye la información antes de poder recopiarla. —El capitán Santon estaba entusiasmado con el hallazgo. — Magnífico. Deberíamos tener algo parecido.
Que lo copien. Siempre se aprende algo. Mientras tanto, vamos a ver a Madame, pensó Odette
Madame Claude Michelon. Que había exigido el “Madame” —“A los cincuenta y tantos tengo ganado el derecho”, decía— aunque nunca había dejado de ser “Mademoiselle”. Claudette, para los escasísimos íntimos. Safo, o epítetos peores, para el vulgo de la Brigada. ¿Por qué será que donde trabajan más de dos personas, se tiende a tomar la vida sexual del prójimo como tema principal de conversación? El único lugar libre de murmuraciones en la Tierra debe de estar en los satélites orbitales no tripulados.
Madame se había ganado muy dura y dignamente el cargo de comisario de la Brigada Criminal y el puesto era más que merecido. La dama de acero: ojos de hielo gris, cabellos grises, severos trajes de Armani.Aquel a quien alguna vez Michelon haya levantado la voz, que tire la primera piedra. No necesita hacerlo; su tono mesurado te escarcha la transpiración. ¿A quién carajo le importa el tipo de compañía que prefiere?, Odette se encogió de hombros. El chusmerío es el pan de todos los días. A veces, hasta resulta conveniente que te asignen amantes de oficio; evita intromisiones molestas. Mientras esperaban el cambio de luces del semáforo, se inclinó hacia Auguste y le estampó un beso en la mejilla. Él se volvió a medias, levantando las cejas por la sorpresa y le sonrió.
Lucertola(1) —le dijo mientras la despeinaba.
Scugnizzo(2) —los halagos habituales de la infancia.
—Ah, esto me recuerda que llamó mamma —nunca era “mamá” para Auguste. —Dice que compremos "L'Osservatore Romano" y el "Eco di Roma".
Mensaje de Varza. Se detuvieron en un quiosco a comprar. Rápidamente buscó en los obituarios. Ahí estaba: “Monseñor Jacques Roland de Coulignac, RIP. La familia Varza lamenta la triste desaparición de un amigo entrañable”, bla, bla, bla. En los policiales del Eco, el pequeño suelto que mencionaba el accidente fatal sufrido por Monseñor al ser atropellado por el camión que habitualmente entregaba provisiones en los almacenes del Vaticano. Una lamentable falla en el sistema de frenos. El chofer estaba libre. L’Osservatore publicaba la habitual elegía.
Auguste miró de reojo mientras estacionaban en el garage de la Brigada. Un apellido que había pertenecido en su época a la nobleza francesa.
—De Coulignac. Abajo el clero y la monarquía —Auguste hizo un gesto obsceno con el dedo mayor.
—Viva la Revolución —Odette le devolvió el ademán.

36, Quai des Orfévres, Paris

QUAI DES ORFÈVRES, DESPUÉS DE MEDIODÍA
—No necesito decirles que no nos queda mucho tiempo. Vamos a tener que ponerles abogados a esas ratas. ¿No pudieron entrar en los archivos? —Michelon estaba muy molesta.
—Todavía no— Auguste estaba más que molesto; tenía los ojos terriblemente negros. Mala señal, pensó Odette sin abrir la boca.
—Madame, los únicos que pueden darnos la clave están en nuestras manos. Podemos obtenerlas si...—Odette miró ansiosa a la comisario.
—¡Se niegan a hablar sin un abogado! ¿Qué vamos a hacer? —Auguste sacudió el escritorio con el puño. —¿Golpearlos? ¿Para que después aleguen brutalidad policial y tengamos que largarlos por culpa del procedimiento? ¡No!
—¡No nos darán una puta información, con abogados o sin ellos! — retrucó ella.
Auguste la miró de reojo, reprobándola.
—Comisario, capitán, por favor — intervino Michelon. — Siento la misma repugnancia que ustedes por esos individuos, pero me niego a utilizar cualquier tipo de violencia. Si los técnicos no consiguen nada en estas horas, tendremos que darles sus condenados abogados..
Auguste se recostó contra el sillón y miró al techo. Tanto esfuerzo desperdiciado. ¡Mierda que le vamos a dar abogados a esos hijos de puta!, pensó Odette y una idea se le cruzó como un relámpago.
—Madame, quisiera proponer algo. Sin brutalidad policial. Puede resultar, estoy segura...
—¡No! — rugió Auguste, mirándola furioso. —¡No más riesgos inútiles!— e hizo un ademán termi-nante con la mano.
Odette contuvo a medias una mueca de disgusto. Michelon los miraba inexpresiva. Cristo, Madame está de pésimo humor.
—Madame, por favor, ¿me permitiría cinco minutos con usted? —arriesgó Odette.
Michelon los miró alternadamente.
—Comisario —un gesto de la cabeza: "Afuera"
—Sí, Madame — deletreó Auguste y salió después de lanzarle una ojeada asesina y negra a su hermana menor.
Cuando Auguste hubo salido, Michelon la miró con ojos de hielo.
—Adelante, capitán. Tiene sus cinco minutos.


Era inteligente. Retorcido, pero inteligente; había que admitirlo. La comisario dejó en paz el cortapapeles y vio a su subalterna contener la respiración.
Sabe que ya tomé una decisión —pensó mientras reprimía una sonrisa—. Me conoce mejor de lo que yo pensaba, capitán.
—Usted se graduó en Psicología... —más para sí que para la otra —.Puede funcionar... Pero — levantó un dedo, — yo debería presenciar los interrogatorios y estar al tanto del tratamiento previo. Podría ser... No lo sé — se hamacó en el sillón. — No es muy ortodoxo que digamos.
Marceau no abrió la boca: no era la respuesta que estaba esperando. Cuando el silencio se prolongó, la capitán amagó a levantarse con los labios apretados. Madame la detuvo con un gesto.
—Comprenda, capitán, que oficialmente no puedo aprobar lo que me pide— Marceau asintió rígidamente— Extraoficialmente…, hágalos mierda. Y recuerde que quiero estar presente.
—Gracias, Madame — la capitán sonrió con una sonrisa de navaja.
Mientras Marceau salía, Madame levantó el teléfono para avisar que Massarino y la capitán quedaban a cargo de la custodia de los detenidos.


BUENOS AIRES, JUEVES, ÚLTIMA HORA DE LA TARDE
—¿Qué mierda pasa, que no hay comunicaciones?
—¡Cómo que no hay! Llamaron anteayer. Todo bien. Fueron a buscar a las minitas para el turco nuevo.
—¿Y? Lo mismo tienen órdenes. Se comunican cada veinticuatro horas.
—No, Mengele. Ahora cada treinta y seis o cuarenta y ocho.
—¿Por qué cambiaron la frecuencia? ¿Cuándo fue, y quién decidió sin avisarme? Se supone que yo estoy a cargo de las comunicaciones.
—Uh, dale, macho. ¿Tenés miedo de perder autoridad? Si anda todo bien... Todos los días es un embole.
—Es asunto mío. ¿Quién carajo dio la orden de variar?
—Yo — El Briga intervino a sus espaldas.
Las cosas con el Brigadier no andan bien. Ultimamente cambiamos dos palabras y tres puteadas.
—Voy a llamar —manoteó el teléfono, pero el otro le detuvo la mano.
—No. Esperá que llamen ellos. Así hacemos siempre.

Prisión de La Santé, en el centro de París

PARÍS, PRISIÓN DE LA SANTÉ. MADRUGADA DEL VIERNES
¿Cuánto hacía que estaba ahí? Cuando fueron a buscarlo a la celda, uno de los oficiales le dijo que ya no estaba bajo la custodia de la Brigada. Bien, están entendiendo. Llamaron a los abogados. Pero se presentaron dos desconocidos que, después de cerrar la puerta, lo esposaron, le vendaron los ojos y lo encapucharon. Un miedo irracional se apoderó de sus entrañas y ya no lo abandonó. Vaireaux caminó sostenido por sus custodios a lo largo de pasillos interminables —arriba, abajo, vuelta a la derecha, ascensor, el automóvil, más pasillos hasta perder la cuenta—. Cuando se detuvieron, oyó la puerta que se abría y sintió el empujón. Cerraron y el pestillo exterior corrió estruendosamente. Después, nada. Gritó y gritó, pero nadie se acercó a quitarle la venda o las esposas. Escuchó atentamente. Afuera no había nadie. La desesperación se le trepó por el cuerpo y se le enroscó en la garganta.
Alguien entró. Arrojaron a su lado ¿un cuerpo? Por el sonido sordo que hizo al caer, eso parecía. Patearon al otro entre insultos. Gritos. Una voz de hombre sollozaba. Más insultos. Más golpes. El otro no habló más. Dios, está inconsciente. Intentó ponerse de pie y una mano de hierro lo lanzó contra la pared. “No te metas. No es tu turno”, le dijo alguien. Disparos. Dos, tres. “Sáquenlo”, ordenó una voz. Estaba solo otra vez. La ropa empapada de transpiración se le pegaba asquerosamente al cuerpo. Oyó voces afuera, débiles tras la puerta metálica. Vienen a buscarme. Vienen a buscarme… El corazón le bombardeaba el pecho. “Abajo”, dijo otro desde atrás. Tuvieron que sostenerlo porque el pánico no lo dejaba caminar.
La silla metálica estaba fría bajo su carne desnuda. Lo esposaron, manos y pies, a los brazos y patas de la silla. El corazón le latía tan fuerte que le retumbaban los oídos. La puerta. Pasos suaves. Inesperadamente, oyó música. Lenta, profunda, dramática, evocando emociones terribles. Las entrañas estaban a punto de derramársele. “Apaguen esa música”, gritó mientras se sacudía impotente en la silla. Una mano suave y perfumada le quitó la venda. Una mujer. De bata negra, entreabierta, que dejaba ver el nacimiento de los pechos blancos. Lo miró y, sin hablarle, comenzó a calzarse guantes negros de cuero. Se sentó encima de la mesa, sobre la que había una gran jarra con agua y una varilla... una picana. La silla... La silla es de metal…. ¡No, no, no...! Ella se inclinó, y él pudo ver más del interior de su bata. Sintió la erección. En otras circunstancias... Ahora estaba seguro de que ella iba a matarlo. Ese cuerpo, esa mujer, no podían estar haciéndole esto. La boca de ella rozó la suya y murmuró:

—¿Vas a hacerme perder mucho tiempo?
La miró enloquecido mientras ella encendía un cigarrillo. Con la brasa peligrosamente cercana a su piel, le recorrió la cara. En los ojos de esa mujer estaba su muerte. Ella estiró un pie diminuto calzado con tacón negro y le recorrió el borde de la mandíbula, el pecho y el bajo vientre con la punta del zapato. La música atronaba trágica. Ella bajó la mano con el cigarrillo hasta la altura de la entrepierna. Su cara de muñeca era una máscara de placer perverso.
—No... no quiero — dijo en un estertor. La erección le estaba haciendo doler el escroto.
—¿No? — ella se puso de pie, tomó la picana y la probó contra la mesa, también metálica. Funcionaba. Sirvió un vaso de agua y se acercó. Agua no. Era lo único en que podía pensar. No quiero, no quiero, no quiero...
—Me prometieron... — gimió él. Ella alzó las cejas con estudiada sorpresa. —... Abogados —estaba ronco del miedo. Ella se limitó a sonreír irónica.
—Ya vinieron. Ellos te trajeron —le acarició la boca con un dedo. —¿Dónde creías que estabas? ¿Parezco de la policía?
¡Me traicionaron! La comprensión lo llenó de terror y acabó con la excitación y la erección. ¡Los hijos de puta salvaron el culo y me entregaron a...
—Quiero algo a cambio para dejarte ir. Algo que me sirva —le sostuvo la cara y acercó el vaso de agua.
Algo caliente le corrió entre las piernas. Dios mío, nno, nooooo...



Del otro lado del cristal, Massarino tomó nota de las claves. Michelon observaba impasible. El hombre esposado a la silla era un desecho humano en medio de un charco de orina. Marceau se apartó de la mesa, se ajustó la bata negra y aplastó el cigarrillo contra el piso. Se volvió de espaldas a la ventana mientras dos oficiales en ropas de civil entraban en la sala de interrogatorios. Chopin sonaba dulce y trágico en el aire.
—¡Dijiste que iban a perdonarme! ¡Dijiste...! — Vaireaux sollozó desesperado, mientras le vendaban los ojos otra vez.
Marceau se inclinó hacia él, le besó los labios, susurró:
—Mentí —y salió.
Los gritos de Vaireaux hicieron eco todo a lo largo del pasillo hasta el ascensor.
—Quién sabe por qué lo besó —murmuró Michelon. Sospechaba que Massarino sí lo sabía pero que prefería guardarse la información.

(1) Lagartija
(2) Ladronzuelo

martes, 10 de febrero de 2009

La dama es policía - CAPÌTULO 21


SUBURBIOS DE PARÍS, MARTES, ÚLTIMAS HORAS DE LA TARDE
—Vamos, Maurizio. Hoy hará su primera selección.
La opresión en el pecho, que llevaba desde el momento en que había pisado por primera vez ese lugar nefasto, aumentó hasta hacerse intolerable. El pulso le martilleaba en las sienes. Se puso de pie y caminó detrás de Jacques con piernas como de madera. Jacques se volvió a medias, sonrió y le palmeó el hombro.
—Tranquilo. Todo saldrá bien.
Dios, cree que estoy preocupado por los resultados. Marcel devolvió la sonrisa aunque era consciente de que más parecía una mueca que le deformaba la cara. Hacía menos de dos días que habían llegado las nuevas para el dressage. Hablaban de ellas como si fueran animales. Sintió un vuelco en el estómago y creyó que estaba a punto de vomitar. Odette tiene que estar en ese grupo, recordó. Por lo que sabía, el pequeño convento alsaciano había sido el objetivo más reciente. Si todo resultaba como en el plan original, la detección conjunta de su localizador y el gemelo que ella tenía instalado debía ser la señal para iniciar la etapa final de la operación. Massarino, espero que estés ahí afuera...
Mientras bajaban en el montacargas, Jacques comentó:
—Parece que las nuevas son delicatessen. Vamos a ver.
Marcel sonrió mientras intentaba que el aire le llenara los pulmones y Jacques le palmeó un hombro.
—No esté tan nervioso. Después de hoy, todo resultará mucho más fácil.
La habitación del otro lado del cristal era como la que había visto en los audios de Vaireaux: la grilla metálica vertical con correas de cuero, una mesa auxiliar con instrumental quirúrgico, agua y la varilla conectada a la línea de corriente. Un escalofrío le erizó el vello de la nuca. Prévost estaba allí, calzándose guantes de cuero y probando los instrumentos.
La puerta del otro extremo se abrió y dos hombres — creyó reconocer a Wenger; al otro no lo había visto nunca antes—, entraron a una mujer vestida con un camisón blanco sin mangas que se apreciaba mojado y con manchas que, del otro lado del cristal, no eran identificables. Tenía los ojos vendados con una tela negra que le tapaba la mitad superior del rostro, pero mientras le soltaban las esposas y le sujetaban las muñecas a las correas de la grilla, Marcel sintió una punzada en las entrañas. Encajó la mandíbula y cruzó las manos detrás de la espalda hasta que le dolieron los brazos por el esfuerzo.
Prévost hizo salir a los otros dos y habló hacia el micrófono que transmitía a la salita de observación.
—Sólo para tus ojos, Maurizio.
La mujer que estaba en la grilla dio un leve respingo.
Marcel tragó saliva con dificultad.
Prévost se acercó a la mujer, le tomó la cara, la forzó a volverse hacia él y sin quitarle la venda, murmuró algo que ellos, del otro lado, no pudieron oír. La reacción que provocó fue increíble: la mujer disparó una de sus piernas, todavía libres, hacia arriba, acertando en la entrepierna del sorprendido Prévost. El hombre retrocedió con un aullido. Jacques sonrió.
—Una joya. Parece que va a dar trabajo. ¿Le gustará a su representado?
—No lo dudo — pudo articular Marcel—. Es... de su tipo.
Pero Prévost se había puesto de muy mal humor. Giró y descargó un revés brutal sobre el rostro de la mujer, que, a pesar del golpe, no gritó.
Jacques abrió el micrófono de su lado.
—¡No la golpees en la cara, estúpido!
—¡La puta casi me castra! —rugió el parlante.
—¡Nada de golpes, Prévost! ¿Está claro? —Jacques estaba molesto. Cerró el micrófono y se dirigió a Marcel:
—Está tomando demasiada iniciativa personal.
La náusea lo dominó otra vez. ¡Dios, este hijo de puta habla del verdugo de la Orden como de un empleado con veleidades de ascenso! En el nombre de Dios, Massarino, ¿dónde mierda estás? Miró como hipnotizado lo que ocurría del otro lado del cristal.
Prévost había sujetado las piernas de la mujer a la grilla y le estaba cortando la ropa, dejándola desnuda. Tocó el metal con la varilla y el cuerpo de la mujer se arqueó. El grito estalló en los oídos de Marcel a través de los parlantes. Indiferente, Jacques movió un dial y bajó el volumen. La varilla — picana, recordó Marcel— rozó alternadamente los pechos de la mujer y la grilla a la que estaba sujeta. Luego, los dedos de los pies en la unión con las uñas. Los lóbulos de las orejas. La mano enguantada hundió la picana en la entrepierna, y el grito desgarrador lo paralizó. Los pezones, otra vez. Prévost se detuvo un momento a observar: a la mujer le costaba respirar y los gritos ya eran gemidos roncos y entrecortados. Las descargas eléctricas provocan tetanización —pensó, sorprendido por el curso de sus ideas—, los músculos se paralizan y el individuo se asfixia. Tuvo un flashback y las imágenes de los audios se superpusieron con la escena que tenía delante. Abrió la boca pero no emitió ningún sonido. Estaba sordo y mudo; sólo veía, sin saber si lo que veía era real o producto de su memoria. Una voz le llegó entre algodones.
—Entremos —decía Jacques mientras lo tomaba del codo.
Caminó como un autómata, oyendo el estallido de sus propios pasos en algún lugar de la cabeza. Tenía la boca seca y la lengua pegada al paladar. Más flashbacks.
Prévost llenó un vaso con agua, sostuvo la cara de la mujer apretándole las coyunturas de los maxilares para forzarla a abrir la boca, le echó el agua entre los dientes y le aplicó una descarga dentro del labio superior. Marcel sabía que ella gritaba, pero no oía nada más que su propia, forzada respiración. No vio a Prévost llenar la jarra y arrojar el agua sobre el cuerpo bañado en sudor. El espasmo fue tan violento que la grilla se sacudió.
—Así libera la carga acumulada —explicó Prévost en tono didáctico, pero él no lo oyó; tragó con dificultad y, extendiendo la mano izquierda, quitó la venda negra y volvió la cara de la mujer hacia él. Alguien detrás de él dijo:
—Su prueba más importante, Maurizio. Mátela. Es una orden.
Las palabras estallaron en su interior. Desde un rincón de su mente, se observó a sí mismo con horror infinito. Su cuerpo no recibía sus propias órdenes. Estiró el brazo derecho y alguien puso un arma en su mano.
Ella lo miró y vio en sus ojos el dolor más absoluto. Los labios de ella articularon una palabra, sin voz.
No puedo detenerme. No quiero hacer esto, pero no puedo detener la mano.
“No”, leyó en los labios de la mujer.
—Adelante, Maurizio — la voz llegaba desde una distancia infinita. —Ahora.



La puerta. Pasos pesados y sordos. Dos hombres. El pulso se le desbocó sin control.
No sabía cuánto llevaba en ese lugar, con los ojos vendados y las manos esposadas a la espalda. Le quitaron las esposas únicamente para someterla a la humillación de tener que evacuar sus necesidades fisiológicas mientras la observaban, pero no la venda. Desde donde estaba podía oír los gritos y sollozos de Marie y Denise. Ella no había gritado: la furia y la desesperación eran demasiadas. El que pudieran oírse mutuamente era parte de la tortura. Los alaridos de Denise le llegaron nítidos cuando la sacaron de la celda. Más tarde— cuánto más, no pudo saberlo—, oyó las risas de los que la arrastraban de regreso. Sólo oyó gemidos muy leves y, después, nada. Dios mío, si estás en alguna parte, no las abandones. Los sollozos entrecortados de Marie se alejaron con el mismo rumbo. A Marie la trajeron más rápido y alguien ordenó llamar al médico. ¿Hay un médico? ¿Un médico colabora con estos hijos de puta?
Habían entrado en silencio. Uno la levantó sujetándola por las esposas y, antes de que tuviera tiempo de gritar de dolor, otro le metió un trapo en la boca y se lo aseguró con una mordaza. El terror la paralizó. El que la sostenía de pie le pasó un brazo por el cuello y le levantó el camisón para sobarle el cuerpo con la otra mano, sin dejarla mover. El otro estaba delante, pegado a ella, tanto que podía sentir los movimientos del tipo, el aliento húmedo y pesado, la respiración agitada. “Schnell”, murmuró el que la sujetaba, y en medio del pánico que la aturdía le sintió la erección. Algo viscoso y caliente le cayó encima del abdomen y las piernas. Se retorció de asco y miedo mientras los gritos se le ahogaban impotentes en la garganta. El hijo de puta terminó de masturbarse y tomó el lugar del otro, que fue más rápido que su compañero. Se limpiaron las manos en el camisón y la lavaron con el chorro de una manguera. Tenía el cuerpo helado y dolorido y no podía dejar de temblar. Antes de dejarla sola otra vez, le quitaron la mordaza y el trapo. Sintió náuseas, pero no tenía nada que vomitar. Apoyó la frente contra una pared. Auguste, ¿dónde estás? Tienen que haber detectado el localizador. En el nombre de Dios, Auguste, no esperes más.
La llevaron vendada pero pudo percibir que la nueva habitación estaba iluminada y limpia. Se fueron después de quitarle las esposas y atarla a una superficie fría. Metal. Una mano de hielo le oprimió el pecho. La posición en la que la habían atado la dejaba colgando de las muñecas y los pulmones se le comprimían contra el diafragma, asfixiándola. Tensó los brazos para incorporarse e inspirar, cuando una voz gruesa y ligeramente cascada habló en tono burlón. ¿Maurizio? ¿Marcel está acá? El hombre se acercó y le tomó la cara.
—Espléndida. Qué pena que el Brigadier no esté para disfrutarte —dijo sobre su boca.
El Brigadier. La ira la obnubiló, y en un acto casi reflejo, descargó la rodilla izquierda a donde imaginó estaría la entrepierna del tipo. Acertó. No podía dejar de pensar con desesperación en ese nombre. El golpe no se hizo esperar y sintió sangre en la boca.
Los paroxismos de dolor fueron cada vez más frecuentes. No podía recuperar el aire, y el simple acto de respirar era una tortura adicional. Algo salió terriblemente mal. Van a matarme. Una lanza de fuego le atravesó la vagina y la descarga le crepitó en los oídos, dejándola suspendida en una eternidad sin tiempo, sorda a toda otra cosa que no fueran los estertores de su agonía. Tenía la boca reseca, pero el agua la hizo retorcer en una ordalía de espasmos. Sabía que estaba gritando, pero esa parte de su cuerpo se hallaba fuera de su control; se hundió en un universo desgarrado por el dolor mientras su sistema nervioso central trataba inútilmente de recuperar la función respiratoria y los latidos le martilleaban en el cerebro. Señor, se detuvieron. Alguien le quitó la venda de los ojos. ¿Quieren que vea a mi verdugo? En medio de la niebla que embotaba sus sentidos alcanzó a oír la orden. ¡Van a matarme! Abrió los ojos a una luz dolorosamente intensa mientras le volvían la cara. Entre las lágrimas pudo distinguir a Marcel, flanqueado por dos hombres, los tres vestidos con el mismo uniforme. Quiso articular su nombre, pero ya no tenía voz. “Marcel,”, susurró, "no". Cerró los ojos para no ver cómo el cañón se acercaba despacio. No. Auguste, dónde estás.


SUBURBIOS DE PARÍS, MARTES, PRIMERAS HORAS DE LA NOCHE
—Tenemos la señal de Marceau —informó Equipos, señalando la pantalla del monitor.
Alrededor de la fábrica de chocolates se había desplegado un operativo silencioso. Dos unidades con equipo de detección se habían alternado durante las últimas semanas para cubrir a Dubois a la distancia máxima de cuatrocientos metros que permitían los blips. No habían sido rastreadas y no habían tenido problemas en completar el mapa en tres dimensiones del edificio. Los técnicos y oficiales habían comenzado a aburrirse sobre los tableros de control. “Los blips resultaron confiables, después de todo”, había comentado Paworski, entre altivo y ligeramente molesto. Confiables hasta hacía poco más de treinta horas.
Auguste inspiró profundamente, pero el abismo en la boca del estómago no se le encogió. No dormía desde la llamada de la madre Martine, casi dos días antes. Esperó el tiempo que calculaban duraría el transporte desde Alsacia, pero no había señal de Odette. Nada. No habían detectado su localizador en todas esas horas terribles. Ordenó pasar a la etapa final del operativo, con los blindados y demás móviles en alerta amarilla. Era consciente de que no podía arriesgar que descubrieran el operativo y a sus hombres por intentar un copamiento antes de tiempo; sería tan desastroso como no poder sacar a los suyos de la fábrica. La disyuntiva lo estaba volviendo loco. La demora y la preocupación les estaban socavando la resistencia a todos.
En un momento llegó a discutir a los gritos con Paworski por los detectores de mierda. “¡Si perdemos a un solo rehén o a algún oficial, voy a fusilar a todo el Laboratorio en persona!”. En medio del nerviosismo creciente, cayó en la cuenta de que nunca había visto al ingeniero tan fuera de sí. El silencio era ominoso mientras miraban las pantallas.
Uno de los hombres de Reconocimiento les recordó que el edificio tenía varios subsuelos. Si Marceau se encontraba en uno de ellos, eso podía estar debilitando la señal. Cambiaron los equipos y comenzó a aparecer por momentos. Ahora, por fin, el blip era débil pero claro y aparecía junto con el de Dubois. Los localizadores se intensificaban el uno al otro reforzando la emisión base.
—¡Carajo, se vuelve intermitente! —gritó el oficial de Equipos.
Auguste se volvió hacia Paworski.
—¿Qué mierda pasa? —la angustia le apretaba el pecho con una morsa de hierro.
El ingeniero se acercó a la pantalla con la cara deformada por la ansiedad, para manipular el teclado y los diales digitalizados.
—Descargas eléctricas. Están interfiriendo la señal. Pero están los dos juntos.
—¡ADENTRO! —la orden se dio por radio al resto de las unidades, mientras Auguste se ponía el chaleco antibalas. Alguien gritó:
—Comisario, ¿usted también va a entrar?
No se molestó en responder.


El estampido seco de los disparos retumbó por los parlantes de la sala. La pared de cristal estalló y Marcel vio como en un sueño, cómo Jacques y Prévost caían al suelo en posiciones extrañas. Alguien aulló:
—¡SÁQUELA DE AQUÍ, DUBOIS!
Dubois. Soy Marcel Dubois. Abrió las manos, inhaló desesperadamente y, con un bisturí que encontró sobre la mesita, cortó las correas de cuero. Sostuvo a la mujer y la bajó hasta el suelo; se quitó la camisa negra y la envolvió. La levantó como a un chico y corrió, apretándola contra su cuerpo. Gracias a Dios, Massarino había llegado.


—¡Estoy bien! ¡Llévenlas a ellas primero! —ordenó Odette a los de las ambulancias. Había sólo dos, y eran cinco las mujeres a las que habían rescatado con vida del edificio. Más los heridos que iban cayendo en el copamiento. De los nuestros y de los de ellos. Alcanzó a preguntarles a Marie y a Denise cómo estaban. Denise le contó entre sollozos cómo había oído a alguien decir que “ella, no”, después de dejarla de pie, con los ojos vendados y esposada durante un tiempo interminable, en el que ni siquiera se había atrevido a moverse, en medio de un grupo de hombres que la evaluaron como si fuese un caballo de carreras. Se le revolvió el estómago. Luego la llevaron de regreso y nadie más entró en la celda. Creyó que iban a dejarla morir de hambre. Marie no recordaba nada; se había desmayado a poco de que la sacaran y, cuando había reaccionado, estaba otra vez sola. Tampoco nadie había entrado después de eso.
Gracias, Señor, gracias. Sentía terribles remordimientos por las dos mujeres. La corazonada de hacerse pasar por una de ellas y que las llevaran a las tres había resultado. No las tocaron. Quién sabe qué habría pasado si hubieran estado solas. Recordó los momentos de horror en la celda y se estremeció. Las hermanas la miraron asombradas cuando les dijo que no las acompañaría al hospital y uno de los oficiales la llamó “capitán Marceau”.
—La madre Martine les explicará todo. Vayan al hospital; seguramente las otras pobrecitas necesiten de su ayuda— las abrazó y las besó, y por fin las muchachas subieron a la ambulancia.
Odette se arrebujó en la camisa negra y se ajustó el pantalón enorme que uno de los médicos de las ambulancias le había prestado. Carajo, está haciendo frío. Le dolían los pies descalzos sobre el pavimento mojado. Se acurrucó en el automóvil de Auguste. Su hermano la encontró dormida sobre el asiento y la despertó con un beso.
Bambina...
Ella saltó, gritando de terror en el asiento, y cuando comprendió que era su hermano, se le colgó del cuello.
—¿Por qué no fuiste con los médicos?— insistió su hermano.
Negó con la cabeza.
—Quiero ir a casa —pudo articular—. Estoy bien.
Él la miró con incredulidad. Qué cara debo de tener, Cristo.
—Estoy muy cansada, nada más — y con un poquito de sobrecarga eléctrica. No quiero que me vea nadie en este estado.
—¡En el nombre de Dios, bambina!—Auguste le tomó la cara entre las manos—. Vamos al hospi-tal...
PORTAMI A CASA! —gritó Odette, sin poder dominar un sollozo.
—Va’ bene. Calma —su hermano la abrazó durante un momento muy largo, acunándola. Estaba tan agitado como ella. Logró convencerlo de que la llevara a su casa y de que podía quedarse sola.
Se bañó frotándose el cuerpo con desesperación, como si pudiera despegarse las sensaciones espantosas que le habían dejado adheridas a la piel. Le dolían los pechos, la vagina, los dedos de los pies, la boca. ¿A las otras pobres desgraciadas que habían encontrado les habrían hecho lo mismo que a ella? ¿Algo peor? ¿Y si Auguste se hubiera retrasado sólo un poco más...? El recuerdo del pánico ciego la estranguló de horror, hasta que se puso a gritar bajo el agua de la ducha. Gritó y gritó hasta agotarse y la angustia se disipó. Sólo le quedaba el agotamiento.
Estoy limpia...
Todavía temblando, se derrumbó en la cama para tratar de dormir, cuando el rostro enajenado de Marcel le asaltó la memoria. ¡Santo Dios, qué le hicieron!. Alguien había aullado en medio de los disparos y la cordura había vuelto, pero no del todo. La había mirado sin verla. Podía jurar que él no estaba del todo consciente de lo que ocurría en esos momentos atroces.
En algún momento, el teléfono sonó y sonó.
—¡Odette!
—¡Mamá! ¿Qué pasa? ¡Son las cinco de la mañana!
—Nada, bambina. Estaba preocupada por ti...
Sintió un nudo en el estómago: esa intuición terrible de su madre siempre la asustaba.
—Estoy bien, mamá. Estaba durmiendo.
—¿De verdad estás bien? ¿Y tu hermano?
—También, mammina. ¿Qué te preocupa? —trató de que su voz sonara como de costumbre, pero era evidente que no le estaba saliendo bien, porque Lola insistió.
—¿Desde hace cuánto no estás en tu casa?
—Estuve trabajando fuera de la ciudad.
Le preguntó tantas veces si estaba bien, que en un momento estuvo a punto de contarle todo. Cuando ya iban a cortar, Lola le dijo:
—Hija mía, no me estás diciendo la verdad.
—No, mamá. Pero no puedo decirte nada más.
— ¿Qué te pasó?
Cerró los ojos muy apretados. No preguntes, mamá. Le tembló la voz cuando le respondió:
Mammina, ti prego...
Del otro lado se oyó un suspiro pesado.
—Ya terminó,mamá. Estamos bien.
Su madre soltó tal catarata de insultos en siciliano dirigidos a la Policía Nacional, la KGB, los Carabinieri y la Guardia Civil Española, que terminó por hacerla reír, histérica.
Ma’ lo sai che ti crescera’ quel nasino piccolo piccolo, buggiarda (1)!- protestó mamma.
Ti voglio tanto bene... Baciami a papa.
Si tuviera la bola de cristal de mi madre, sería mejor que Sherlock Holmes, Poirot y Maigret juntos fue lo último que pensó antes de dormirse.



—¡Dubois! ¡Teniente Dubois!
Soy yo. Se volvió rápidamente aunque sentía las piernas inseguras todavía. Había corrido por los pasillos interminables desde el segundo subsuelo hasta la escalera que llevaba a la planta baja. Bastante más que un field. La escalera casi lo venció, pero la carga que llevaba necesitaba que la pusieran a salvo. Afuera. Tengo que llegar afuera. Podía oír retumbar los gritos, los disparos, las voces, pero lo único que le importaba era salir. Sirenas. Vio las luces rojas y azules.
—¡Aquí! —dos hombres de blanco se acercaron corriendo —¡Está bien! ¡Déjela! ¡Nosotros nos ocupamos! Recupere el aire —tuvieron que forcejear para quitársela de los brazos.
Lo hicieron sentar en una ambulancia. Estaba mareado y casi se cayó de bruces. Alguien lo sostuvo y le puso una mascarilla. Respiró un poco. Me siento mejor. Cerró los ojos. De pronto saltó del asiento.
—¿Dónde está? La mujer que...
—Bien— le respondió el conductor de la ambulancia—. Se fue hace más de cuarenta minutos. Mejor dicho, la llevaron.
¿Cuarenta minutos? ¿Me desmayé? Sin saber por qué, se sintió avergonzado.
—¿Quién...? ¿Cómo...?
—Creo que el comisario Massarino —respondieron su pregunta a medias.
Le alcanzaron un suéter. Menos mal, porque el frío le cortaba la respiración. Bajó de la ambulancia pese a las protestas del hombre de blanco. Se sentía como si saliera al aire libre después de años de encierro. Alrededor del edificio, tres camiones se habían vaciado de efectivos. Más atrás, protegidos por los vehículos más grandes, estaban los automóviles, entre los que anduvo caminando como un borracho hasta que oyó que lo llamaban. Massarino. El comisario se le acercó y lo inspeccionó con cara de preocupación.
—¿Cómo se siente?
—No sé... —se asombró de su respuesta.
Massarino llamó a uno de los hombres que estaban custodiando los vehículos y le ordenó que lo lleva-ra a su casa. Marcel no tuvo fuerzas ni voluntad para negarse. Pero había algo que tenía que decirle y le estaba costando.
—Odette... No pude encontrar a Odette —aferró el brazo de Massarino mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. El comisario lo miró con la sorpresa naciéndole en los ojos.
—Teniente, usted la sacó de ahí —y dirigiéndose al otro oficial: — A la casa. Ya mismo.
En el trayecto recordó que no tenía las llaves. Espero que el portero esté de humor para abrirme.

(1)¡ Pero no sabes que te crecerá la naricita, mentirosa!

jueves, 15 de enero de 2009

La dama es policía - CAPÍTULO 20


ALSACIA, PRINCIPIOS DE LA CUARTA SEMANA DE NOVIEMBRE
—El hermano Vangelos Petrakis, el hermano Édouard Legros —la madre Martine hizo las presentaciones con un leve temblor en la voz.
Bienvenidas, ratas. Odette mantuvo la vista baja y la expresión nula, mientras los hombres saludaban educadamente al resto de las hermanas. Ella quedaba para el final. Soy la única ‘novicia’ y junto con Denise y Marie, una de las más jóvenes del convento. ¿Adivinen a quiénes van a elegir nuestros amados hermanos? Las otras dos eran bastante más jóvenes que ella, veintidós o veintitrés años a lo sumo. Unas criaturas. ¿Y tengo que dejar que estas escorias les pongan las manos encima? Podría sacarlas del convento con alguna excusa. Pero, ¿cuándo y adónde? Estos tipos pueden encontrarlas donde sea, no tengo ninguna duda. Tengo que arriesgarme a que nos lleven juntas.
De acuerdo con lo organizado con Auguste, debían iniciar la etapa final luego de la llamada de la madre superiora y de haber esperado el tiempo que calculaban duraría el traslado hasta la sede central de la Orden. Odette no tenía demasiada fe en los localizadores, aunque Paworski le había asegurado que funcionaban a la perfección y se lo había demostrado en el laboratorio. Muchas gracias. Estas cosas siempre funcionan en el laboratorio.
—No es personal, Kolya —le había dicho entonces—, pero no confío en absoluto en ningún tipo de colaboración o buena voluntad entre Inteligencia y la PJ. No esperen a detectar ninguna señal conjunta de mierda.
Paworski se había sentido herido.
—Está en juego mi prestigio profesional.
—Están en juego las vidas de rehenes y oficiales — ella lo había dejado sin réplicas.
Los tipos se estaban acercando. Levantó apenas la mirada e hizo un gesto leve con la cabeza. Si Vangelos Petrakis es griego, yo soy escandinava. La certeza de que los dos hombres la evaluaron de un solo vistazo le hizo saltar un latido. El supuesto padre Legros tenia el físico y probablemente la fuerza de un levantador de pesas. Espero que pueda manejar a su compañero, pensó Odette. El otro tenía la mirada de un cocainómano en los últimos estadios de la adicción. Si alguien nos va a salvar de este monstruo, es el otro bruto. Al menos, hasta que lleguemos a París.



—¿Qué te parecieron?
—Bien— D'Ors encogió un hombro.
—¡Bien! ¿¡Nada más que bien!? ¡Son las mejores que encontramos en mucho tiempo!— Hamad estaba entusiasmado.
—Son bonitas. Pero eso no es lo que importa.
—¡Vamos! No vas a decirme que no valen el doble para Jacques.
—No es asunto nuestro.
—¡Siempre tan formal!
—¿Por qué no te vas a dormir de una vez?
—A que yo sé cuál elige tu Prévost...
—“Mi” Prévost elegirá la que le dé la gana.
—Apostemos...
—En lugar de apostar, si no vas a dormir revisemos el lugar.
Recorrieron el convento con sigilo, determinando los mejores lugares para colocar el gas. No pensaba darle su dosis a Hamad hasta que se comportara como era debido. Le gustaba trabajar con él, hacían buen equipo, pero la adicción le estaba haciendo estragos. Por otro lado, había entrenado a De Biassi hasta convertirlo en un arma humana perfecta. En eso Hamad era imbatible, había que reconocérselo. Si pudieran limpiarle la droga... Cuando volvamos, voy a hablarlo con Vaireaux.


MONTE CARLO, JUEVES POR LA NOCHE
—¡Bruto! ¡Te odio!—lo golpeó con los puños, mientras Muammar trataba de contenerla —¡No te acerques!
Se soltó y corrió al espejo a mirarse: el pómulo izquierdo se le estaba hinchando. Muammar la observó estudiarse atentamente. Bah, se me fue un poco la mano. La mujer tenía marcas en la espalda y en las nalgas. Carajo, si le gusta tanto como a mí, ¿por qué tanto escándalo?
—¡Estúpido! —le gritó ella, entre rabiosa y asustada—. ¡Me lastimaste la cara!
—¡Vamos! Con un poco de hielo se arregla...
—¡No! ¡No me toques más, bastardo de mierda! —y le arrojó un cepillo que tomó del tocador.
Muammar ya estaba un poco irritado pero la agresión de ella terminó por ponerlo violento. Saltó de la cama y tomándola de las muñecas, le golpeó la cara con el dorso de la mano izquierda, en la que ostentaba un anillo con un diamante de dimensiones casi groseras. La piedra arañó la piel suave dejándole un raspón violáceo.
—¿Qué te pasa, Alteza? —siseó, agarrándola de los cabellos—. ¿Ya no te gusta que juguemos? ¿Ahora te importa si soy o no un bastardo? ¿La sangre azul no se te vuelve roja si no es con un poco de polvo de por medio?
La golpeó dos o tres veces más, pero ya no había nada que hacer: había perdido la erección. Puta inútil. Le gritó que se vistiera y llamó a sus custodios. Como siempre, Filippo, impertérrito ante cualquier escena, apareció en la puerta del camarote.
—¡Al hotel! —rugió Muammar, señalando a la mujer desnuda y golpeada.



Filippo hizo subir a la mujer a la limusina y le tendió el sobrecito que por lo general le daba cuando la dejaba en el hotel. Ella lo miró llorosa.
—Tengo otro más. Para después — dijo Filippo.
Ella asintió, agradecida.
Pobre putita hueca. Tan hermosa y tan presa fácil de estos hijos de puta. Se le revolvió el estómago al recordar lo que había visto a bordo. Mientras ponía en marcha la limusina, Filippo sacó el control remoto del bolsillo y apuntándolo hacia el yate, tecleó la clave que activaba el reloj.
Cuando dejó a Su Alteza en el hotel, la explosión iluminó de rojo el cielo nocturno y los cristales del lobby vibraron con la onda expansiva. Desde un teléfono público de la avenida, marcó el número de Milán.



Muammar se tranquilizó después de aspirar un par de líneas. Me tiene harto. Voy a tener que encargársela a Filippo. Debería llamar a la austríaca; esa puta sí que sabe jugar fuerte. Lo único que le importa es el monto del cheque y es capaz de convertirse al Islam si le conviene. No tiene tan buena imagen como esta imbécil, pero el título de nobleza es igualmente válido a la hora de abrir puertas importantes. Podría ayudarme a encontrar un socio nuevo en Japón. Ese estúpido de Nakamura nos arruinó el negocio. ¿Cómo mierda te vas a suicidar por una caída en la Bolsa de Valores? Mi mercadería no tiene esos problemas; no cotiza en Bolsa.
Mientras aspiraba la cuarta o quinta línea, la ola de fuego envolvió la nave.
No quedó un solo cuerpo reconocible. A él lo identificaron por el anillo de diamante. La policía de Mónaco determinó que la explosión había sido provocada por una falla en el arsenal escondido en las bodegas del yate. Saad Muammar sería fugazmente recordado por los medios como otro traficante de armas traicionado por su propio contrabando más que por su fama de playboy, como seguramente habría preferido.


PALACIO DE INVIERNO DE SU ALTEZA EL PRÍNCIPE AL FAID, MAÑANA DEL VIERNES
El susurro de telas en movimiento lo hizo girar la cabeza. Uno de sus edecanes, vestido con la impecable chilaba blanca sobre el uniforme, se acercó respetuosamente y le alcanzó el teléfono celular.
—Alteza...
El familiar acento hizo que no necesitara nombres.
—Mi muy querido amigo. Lo escucho.
—Lo que debía ser ha sido.
—Alá es grande.
Después de cortar la comunicación, ordenó a sus ministros tomar las medidas necesarias para adquirir las acciones de los pozos petroleros de Muammar. No vamos a dejar a nuestro pueblo sin trabajo, y no vamos a dejar los pozos en manos de los norteamericanos. Ya exprimieron bastante nuestras reservas sin dejar nada a cambio para nuestra pobre tierra. NSI es un socio mucho más serio.



PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES, MAÑANA DEL VIERNES
—Comisario, tiene una llamada. La línea directa, señor.
— Gracias, Sully.
Massarino tomó el teléfono y sonrió mientras hablaba. También sonreía cuando colgó. Sully se quedó mirándolo. Es esa... Marceau. Le conozco la voz, aunque hable en italiano. Carajo, ¿ni cuando no está lo deja vivir en paz? No se puede tener tanta buena suerte con los hombres. Dubois se fue y ella se fue detrás. ¿En qué mierda andarán? Revolcándose por ahí, seguramente, mientras el soplón de turno hace el trabajo sucio por ellos. Porque no me van a decir que la Marceau trabaja sin soplones. Todos tienen algún dealer que proteger a cambio de datos y un poco de gloria cuando simulan pescar un embarque. Todos son la misma mierda... Encima, no tiene que usar uniforme. Es injusto.
—Señor, ¿le traigo un café?
—Gracias, cabo. Por favor. Ah... Sully...
Ella giró en el vano de la puerta, agitando la cola de caballo. Esto nunca me falla.
—¿Podría conseguirme un ejemplar de "Le Figaro"?
—Sí, señor. Enseguida —no me importa que sea casado. Si a Marceau no le importa, a mí tampoco.


BUENOS AIRES, MAÑANA DEL SÁBADO
—¿Leíste el diario?
Detrás del escritorio, el otro levantó las cejas interrogativamente.
—El bote de Muammar voló a la mierda— aclaro el Cachorro.
—Lo vi en el noticiario de esta mañana... Estaba embarcando armas... Seguro se descuidaron al estibar, los boludos.
—Los embarques son seguros. Nunca hubo problemas. Con nosotros tampoco, y mirá que los trajimos hasta en contenedores con autos, en fardos, cualquier cosa...
—Sí, es raro...
Hicieron un silencio.
—Tengo una sensación rara... No sé...
El Tigre lo miró, con la boca tensa.
—¿Qué no sabés, Cachorro? —quería restarle importancia, pero las entrañas se le estrujaron un poco.
—Nakamura se suicidó la semana pasada...
—Pero ésos son medio así. El honor, la empresa...
—¡Pará, Negro! ¡Si era un hijo de puta drogón!
—¿De veras?
—Igual que Muammar. ¿De qué honor me hablás? Por lo que decían, iba a ser mejor cliente de las minitas que de la merca. Un tipo así de reventado, con semejante negocio como el que tenía por delante, ¿se va a suicidar? Andá, Negro...
—¿Lo hablaste con el Briga?
—No. Todavía no.


ALSACIA, DOMINGO POR LA NOCHE
Les llevó tres días reconocer el lugar y determinar los sitios donde ubicar las granadas de gas. El gas siempre da buen resultado: nos da tiempo a preparar las cosas para que parezca una fuga. De cualquier forma, nunca tienen tantos efectos personales que llevarse. Mejor; menos cosas de las que desembarazarse en el camino. D'Ors era un tipo minucioso y le gustaba alardear de ello.
Se despidieron la mañana del domingo, muy temprano, después de la primera misa. Hamad había preparado copias de las llaves de todos los portones del convento. Decidieron que lo mejor era entrar por la puerta que daba a los claustros más antiguos, ya que casi nadie utilizaba ahora ese sector. “Esta noche, a las tres”.


ALSACIA, MADRUGADA DEL LUNES
Se quitaron las máscaras antigás en el camión. Las tres mujeres estaban en el piso del vehículo. Mientras Hamad preparaba las literas, D’Ors inyectó a cada una con el anestésico. Duraría hasta más o menos tres horas antes de que llegaran a destino, suficiente para que las mujeres se despertaran y se aterrorizaran en grado tal como para que el tratamiento posterior pudiera iniciarse cuanto antes. Había que despacharlas lo más pronto posible. Eran para Al Faid y Jacques estaba ansioso por comenzar a proveerlo.
—¿Recogiste las granadas vacías? —preguntó D'Ors, de espaldas.
—Sí. Dejé todo tan limpio que parece un convento— respondió Hamad.
La broma los hizo sonreír a los dos.
Las aseguraron una a unacon las correas a las literas, les vendaron los ojos con tela negra y las amordazaron con cinta adhesiva. Cuando acomodaron a la última, Hamad se demoró unos instantes de más sujetándola.
—Te estás tomando demasiado tiempo —le dijo D’Ors en tono amenazador.
—Ésta no va para “Su Alteza”. Vas a ver. No es joven como las otras dos. Treinta, por lo menos...
—No es problema nuestro.
—La va a elegir tu Prévost. Es un desperdicio que nos la perdamos —le recorrió con ambas manos el cuerpo inerte y le levantó el borde del camisón.
—Hamad...
—No seas idiota, D’Ors. De cualquier modo van a matarla. Si no es Prévost, es De Biassi.
Del bolsillo, D’Ors sacó el sobre. No, mejor dos.
—A la cabina.
Los ojos de Hamad brillaron.
—Siempre me das en el corazón, viejo.
Mientras el otro bajaba, se acercó a la litera inferior. Es cierto, Prévost va a elegir a ésta. Hace mucho que no conseguimos una de este tipo. Le temblaron las manos. Pero cuando termine, es mía: Prévost siempre me las deja. Le acarició el cuerpo, un poco frío por la anestesia. Un estremecimiento le recorrió la espina dorsal.
Se inclinó y rozó los pechos que subían y bajaban regularmente bajo el camisón. Las manos le quemaban de excitación. Sin poder contener el gesto, quitó la venda negra y giró el rostro hacia él. La mía era como ésta. Griega, un poco más llena; se resistió hasta el final. El recuerdo le azotó la ingle. De Biassi tiene suerte. Le colocó la venda y la acarició una vez más. Es tan... Podría ser. Pero no quiero compartirla con Hamad. Salió, cerró la compuerta estanca y se sentó al volante.

sábado, 3 de enero de 2009

La dama es policía - CAPÍTULO 19


PUERTO DE MONTE CARLO, FINES DE LA TERCERA SEMANA DE NOVIEMBRE
—¡Te dije que no vinieras hoy! —Muammar le gritó enfurecido a la mujer llorosa que se acurrucaba en un extremo del sofá, en el camarote el capitán. Tenía ganas de golpearla, puta estúpida. Respiró hondo buscando dominarse. Tranquilo. La necesito. Inspiró dos veces más para recobrar la calma y se acercó a ella.
—Querida, te ruego que me perdones. Estoy muy nervioso... — ¿Cómo mierda me la saco de encima? Le tomó las manos y se las besó, rozándole las palmas con la punta de la lengua.
—Pero, mi amor... —balbuceó ella—. Yo... te lo juro... no quiero molestar — contuvo un sollozo.
Muammar cerró los ojos para no estallar de nuevo mientras ella hipaba.
—Hoy es un día tan importante... Hace cuatro meses que estamos juntos...
Negociemos; se sentó a su lado, la abrazó y la besó.
—Mi vida, mi princesa, no me olvidé, pero estos pesados insistieron en que cerráramos los acuerdos esta misma noche. Quieren volver a Iwata lo antes posible. Es una operación muy grande, mi amor... — claro que es importante, y si no te vas ya mismo, vas a joderme todo el negocio —.Te prometo que mañana mismo soltamos amarras y nos vamos a Grecia.
Ella dejó de hipar y lo miró con los ojos azules enormes, muy abiertos. Es tan hermosa como imbécil.
—¿Una miniluna de miel? —preguntó, ansiosa.
—Sí. Y al regreso hacemos el anuncio. Te lo prometo —la besó apasionadamente, sujetándola contra su cuerpo.
Podía sentirla pegada a él, cada curva del cuerpo espléndido debajo de la seda italiana de su vestido de firma, y sin querer se excitó. Ella era su pasaporte al jet set europeo. Con ella se aseguraba la alfombra roja en cada palacio, cada embajada.
Por un tiempo, hasta que se acostumbren a mi presencia. Hasta ahora me soportaron más que nada por mis pozos de petróleo. Dependen de mí, insectos, para que sus centrales termoeléctricas de mierda iluminen sus castillitos de juguete. Dependen de que mi guita vulgar y demasiado burguesa les compre sus hoteles de lujo en bancarrota, para seguir aparentando que pueden despilfarrar lo poco que les queda, mierdas aristocráticas.
—Por favor, muñeca, ya te lo expliqué. Los japoneses son muy particulares. No negocian delante de mujeres. Sus esposas ni siquiera cenan con ellos, mucho menos en reuniones de negocios. Si te quedaras, tendrías que encerrarte en algún camarote, y no quiero que te humilles de esa forma con estos tipos. No mi princesita — la besó y ella frunció la nariz —¿De acuerdo?
Ella se le pegó todavía más, ronroneando. La erección le estaba molestando dentro del calzoncillo.
—Sí... pero mañana...
—Mañana —la besó de nuevo con la boca abierta.
Para colmo me deja caliente como un carnero en celo. Llamó a los guardaespaldas. Filippo se detuvo respetuosamente en la puerta del camarote luego de golpear, con la vista baja.
—Acompañen a Su Alteza hasta el hotel.
Filippo asintió y se apartó para dejar salir a la mujer. Se quedó en cubierta despidiéndola, mientras ella lo saludaba desde la limusina. Ella no había terminado de cerrar la ventanilla cuando de otra limusina se apearon tres japoneses trajeados a la última moda de Milán, y subieron rápidamente por la planchada.
Me gusta este Filippo, Muammar meditó colateralmente mientras recibía a sus huéspedes. Callado, serio, cumple todas las órdenes. Cualquier orden. El trabajo de Andreazzi fue muy limpio, sin víctimas adicionales. Así aprenden estos imbéciles que se niegan a negociar en mis términos. Vamos a ver si podemos confiarle cosas de mayor envergadura.


Después de asegurarse de que la mujer se hubiera encerrado en su habitación —le había dejado dos sobres con polvo de primerísima calidad y ella había intentado darle una propina espléndida que él rechazó cortésmente—, Filippo bajó al lobby del hotel a hacer la llamada, antes de regresar al puerto.
Marcó el número de Roma y, cuando le respondieron del otro lado, se limitó a decir:
—Kazuo Nakamura —y cortó.


—Nakamura-san, éste será uno de los negocios más exitosos que haya hecho en los últimos tiempos— estaba a punto de palmearle el hombro cuando recordó lo reacios que eran sus huéspedes a ese tipo de manifestaciones. Todavía no son tan occidentales.
—Usted también ha cerrado un buen negocio, Muammar-san — retrucó Nakamura mirándolo directamente a los ojos.
—Sin duda. Juntos podemos hacer muchas cosas importantes.
La red de distribución de Nakamura Steel Industries en todo el sudeste asiático era perfecta para la operación. Sin contar con las filiales que estaban abriendo en los Estados Unidos. No habían conseguido un socio tan conveniente en el Lejano Oriente hasta ahora. Y yo lo presenté. Mérito todo mío. Los embarques estarían a disposición en una semana; Jacques se lo había prometido. Nakamura estaba ansioso por recibir la mercadería y había insistido en la posibilidad de embarcar directamente en Colombia, despachando a través del canal de Panamá. Jacques no quería arriesgar, no fuera cosa que se robaran el contacto. Finalmente los japoneses habían consentido en triangular los primeros embarques y luego continuar a través de Panamá. Para ese entonces, los tendremos bien agarrados de las pelotas, pensó Muammar, satisfecho. Conociendo a Nakamura, el regalo que estaba a punto de hacerle valía para él más que los embarques colombianos. "Los vicios de mis socios me cuestan fortunas", se había quejado a Jacques, que, como siempre, se encogió de hombros ante el sutil pedido de rebaja. "No insista, Muammar —le había espetado severo—. Tenemos el mercado cautivo y los precios los ponemos nosotros".
—Tenemos que diversificar las inversiones —comentó Nakamura mientras él permanecía en silencio, y se rieron estruendosamente. Se sorprendió de que el japonés le palmeara el brazo. Hoy estamos de lo más occidentales. Parece que el polvo de buena calidad relaja las costumbres ancestrales.
—Tengo un obsequio muy especial para usted. Sólo para conocedores —le dijo cuando los otros dos que acompañaban a Nakamura volvieron al hotel.
La cara del otro se coloreó ligeramente y las aletas de la nariz se le dilataron con placer anticipado. Carajo, y yo estoy solo ,pensó Muammar. Podría irme al hotel y... No, mejor me quedo y vigilo de cerca. Además, mañana nos vamos a Grecia; no puedo dejar nada fuera de lo común a bordo. Voy a tener que ser un poco más cuidadoso con ella. La última vez que jugamos, la dejé marcada. No queremos herir las susceptibilidades de la realeza.


Nakamura entró en el camarote que Muammar le había asignado. Escandalosamente lujoso. Se desnudó en la antecámara y del maletín sacó sus juguetes favoritos. Quiero un barco como éste. A la mierda con el conservadurismo de mi honorable padre. Tengo el dinero para pagar no uno, sino dos cruceros. Un barco para cerrar negocios y dedicarse al placer. La combinación perfecta. Acarició las correas de cuero con temblorosa anticipación. Ah, Europa, Europa, no puedo dedicarme a estas diversiones en Iwata. Entró en el dormitorio, y el terror que vio en los ojos de la mujer lo excitó todavía más.

Muammar se acomodó en la enorme cama de su camarote y encendió la pantalla del circuito cerrado. Hijo de puta, es un artista. El primer orgasmo lo tuvo cuando vio la sangre, pero el más violento lo tuvo cuando Nakamura la mató.

IWATA, MAÑANA DEL DÍA SIGUIENTE
Shige Nakamura respondió al teléfono con una desagradable premonición. Del otro lado, le pasaron el mensaje que sospechaba recibiría, pero no por eso sintió menos dolor. Se tragó las lágrimas y se encerró en su dormitorio durante dos días. Al tercer día, se levantó en silencio, rebuscó en el baúl exquisitamente tallado e incrustado en nácar que era el único adorno de su estudio y sacó todo lo que necesitaba. Se vistió para la ceremonia y fue a inclinarse ante el altar familiar de sus antepasados. No oyó entrar a Midori, que se arrodilló a su lado también en silencio, sin contener las lágrimas. Sin hablar su esposa se retiró, dejándolo solo. Shige regresó a su estudio y se sentó a esperar, con la espada cruzada sobre las piernas.

¿Si un hombre ve a alguien que actúa mal y no hace nada para detenerlo, cómo puede seguir llamándose hombre? Filosofía samurai
El chofer llevó a Kazuo directamente desde el aeropuerto hasta la casa de su padre. Carajo, pensaba ir primero a mi casa. Su madre lo recibió y le entregó la vestimenta tradicional. ¿Este color? Está bien. Hoy el viejo samurai está temperamental. Le queda poco. ¿Cuánto más va a vivir? Nakamura Steel Industries necesita sangre nueva y negocios nuevos. No pudo contener una sonrisa de satisfacción. El antiguo Imperio está a punto de terminar. Cuando entró en el estudio de Shige no le sorprendió encontrar a dos amigos del viejo, vestidos a la antigua usanza. Sí, en cambio, le sorprendió la presencia de dos hombres a los que no conocía. Ambos lo flanquearon, le sujetaron los brazos y lo obligaron a arrodillarse.
—¡Padre! —gritó— ¡Padre...!


PARÍS, PRINCIPIOS DE LA CUARTA SEMANA DE NOVIEMBRE
Tan pronto como cortó la comunicación con su madre, Auguste pidió que le consiguieran el ejemplar de Le Monde. La noticia ocupaba los titulares. Buscó en el obituario hasta que encontró el mensaje. Tienen los brazos largos, carajo. Debido a una operación que había causado un revés menor al holding, Kazuo Nakamura, vicepresidente en ejercicio interino de la presidencia de Nakamura Steel Industries, se había suicidado en casa de su padre. Con gran dolor, Shige Nakamura volvería a asumir la dirección de los destinos de NSI hasta la mayoría de edad de su nieto Toruo, que ocurriría el año siguiente. Una rata menos de que ocuparse. Cuando Odette llame esta noche, voy a darle la novedad.