POLICIAL ARGENTINO

viernes, 3 de febrero de 2012

la mano derecha del diablo - CAPITULO 33

QUAI DES ORFÈVRES, JUEVES POR LA MAÑANA


— ¿El comisario Massarino?
— Soy yo, dígame.
— Era como Ud. suponía. La comisario Marceau acaba de venir a preguntarme cuánto podría demorar en preparar un equipo de detección portátil.
Massarino insultó a medio santoral antes de preguntarle a Paworski qué le había respondido a Marceau.
— Que no menos de veinticuatro horas. Lo siento, comisario, no podía decirle más tiempo sin que sospechara.
— Está bien, eso nos da un día más. ¿Le pidió otra cosa?
— No... todavía.
— Manténgame al tanto.
— Algo más. En la madrugada del martes la señal de Dubois se activó en modo operativo normal pero se perdió en menos de cinco minutos. El operador pensó que se trataba de un encendido accidental y no reportó.
Massarino volvió a insultar.
— ¿No llegaron a triangular la posición?— preguntó el comisario cuando dejó a los antepasados del operador en paz.
— No. Trataré de reconstruirla con los datos del registro.
— Si lo consigue, no se lo informe a Marceau.
— En absoluto.
Cuando colgó el auricular, Paworski se sentía más miserable que una cucaracha.
****

La visita al laboratorio había sido frustrante: no había novedades y Paworski no tendría un equipo portatil antes del día siguiente. De regreso a su despacho, Odette encontró la puerta cerrada y ella la había dejado abierta. Dentro, El mayor Corrente medía la oficina con pasos inquietos.
— ¿No sabe anunciarse, mayor?— preguntó sin saludarlo.
— ¿Dónde está Dubois?— restalló el tipo, grosero.
— No debajo de mi escritorio, eso es seguro.
— Lo vieron por última vez con Alessandra. ¿Cuánto hace que no se reporta?
El tono perentorio del tipo la irritó.
— Alessandra solía ser vista con unas cuantas personas. ¿Quiénes vieron a Dubois por última vez?
— Mis informantes— respondió él con brusquedad—.Compró un pasaje en Malpensa como Marcel Dubois e hizo el check-in pero de acuerdo con mis contactos, nunca subió al avión. Alquiló un auto y lo cambió al llegar a Turín. Entró a Francia por Montmélian y volvió a cambiar de vehículo cuando llegó a Lyon. Allí lo perdieron. Tengo que encontrarlo— deletreó el hombre.
— Sigo sin ver la razón de su premura por localizarlo.
— Asesinaron a Alessandra— siseó Corrente a la distancia del aliento—. La molieron a golpes y la remataron con un disparo de .45 en la cabeza.
El corazón le subió hasta detrás de la lengua y tardó dos latidos en volver a su lugar. Se rehizo para seguir hablando en tono neutral.
— ¿Tiene una orden de arresto?— lo enfrentó.
— Por supuesto que no.
—¿Entonces, qué hace aquí en lugar de investigar en Milán? ¿O está usando a Dubois de coartada? ¿Y si fue usted quien mató a Alessandra? Las circunstancias apuntan más a usted que a Dubois, mayor: usted dormía con ella antes de que Dubois apareciese en escena. Usted se ocupó solícitamente de traerme la prueba de sus propios cuernos, todavía no sé con qué motivos
Corrente apretó los dientes sin responder y ella continuó.
— Es evidente que conoce los movimientos de Dubois mejor que yo. ¿Para qué lo busca?
— Ya se lo dije...
— ¡Vamos, Corrente! La excusa de Valentina se le terminó hace rato.
El mayor soltó un suspiro largo antes de hablar.
— Los Carabinieri estamos detrás de Ruggieri desde hace bastante. Me serví de Alessandra para acercarme a BCB; lo de Valentina fue, digamos, un intercambio de favores con Alessandra. Cuando Dubois resultó ser Marco Delbosco, me inquieté: no sabía si estaba operando undercover o era otro policía corrupto.  Reconozco que me excedí un poco tratando de saber qué era lo que realmente hacía, y descuidé otros frentes— Corrente meneó la cabeza con pesadumbre—. Eran dos pájaros en un mismo tiro, ¿entiende?, una tentación demasiado grande como para no ceder. Ahora las cosas se complicaron y... bueno, él se convirtió en uno de los eslabones de la cadena de investigación. Lo siento si me porté como un rústico. Estoy algo alterado— tragó saliva y la nuez de Adán le subió y bajó ostensiblemente—. La muerte de Alessandra me... afectó— se pasó la mano por la cara.
—Comprendo— respondió ella con una amabilidad que no sentía—. No sé nada de Dubois desde hace unos días— no pensaba decirle cuántos—, pero le prometo mantenerlo informado. ¿Se quedará en París?
— No sé todavía. Puede localizarme en mi celular.
— Lo llamaré.
— Se lo agradezco, comisario— Corrente le estrechó la mano y se fue y ella se quedó mirando la puerta.
No le había despegado los ojos al hombre mientras hablaba: las pupilas de Corrente ni siquiera se habían dilatado; su mirada no reflejaba emoción alguna.
Está mintiendo...¿respecto de quién? ¿Alessandra no le importaba tanto como quiere aparentar? ¿Quién carajo es Corrente? La información que maneja y su red de soplones son mucho más amplias que las de los Carabinieri. ¿Cuál es tu juego, Corrente? O mejor, ¿cuál es tu equipo? Demasiadas coincidencias, demasiada información.
Dudó entre enviar un fax o un e-mail y se decidió por la mayor discreción del primero. A ver qué nos responden ahora. Marcó el número de Calogero Colosimo en Roma y despachó nuevamente la hoja de pedido de información.
La respuesta oficial fue bastante más rápida que la de Calogero, pero ésta última era mucho más confiable porque la información era mucho más confidencial. Te cubren bien las espaldas, mayor. No quería imaginar las posibles razones de porqué buscaba tan desesperadamente a Marcel Dubois, pero la punzada en el estómago le decía que las conocía a la perfección. Se tiró el impermeable encima y se lanzó a la calle a caminar.
Corrente se había acercado a Valentina haciéndose pasar por investigador privado, cobertura que usaba como oficial de los Carabinieri con una particular independencia de movimientos. ¿Por qué en lugar de ocuparse de Ruggieri y sus socios, que debían ser los objetos obvios de indagaciones de la Polizia Finanziaria y los Carabinieri, Corrente estaba emperrado detrás de Dubois? Podría decirse que es su único objetivo: rastrearlo en donde se encuentre. ¿Para qué lo busca? ¿O es “para quién”? ¿Por qué estás tan cerca de nosotros todo el tiempo?
“Células pequeñas, perfectamente organizadas, que no conocen a otras células que operan dentro del mismo caso; sólo se informa a un oficial de rango, al que en ciertos casos no se conoce; especialistas que trabajan solos, supervisados por un único superior y que reciben órdenes exclusivamente de éste. Instrucciones precisas, específicamente codificadas para cada célula, con claves que cambian semanal o diariamente, según las necesidades...”
Los “especiales” de Michelon trabajaban de esa forma... Igual que los terroristas, las organizaciones clandestinas y parapoliciales. La Orden del Temple tenía ese modus operandi y por esa razón ellos habían logrado penetrar en sus filas. Y nuestro mayor Corrente sigue el patrón al pie de la letra. La certeza le quitó el aliento. ¿Corrente? ¿Y por qué no?
Los recuerdos se le hicieron carne y la nausea la hizo sostenerse del parapeto del puente. “Mátela, Maurizio. Es una orden” y Marcel había estado a punto de cumplirla. El condicionamiento había funcionado aunque ella siempre se hubiera negado a admitirlo. Estuviste frente al cañón de esa pistola, suplicándole que no te matara. Y ellos lo saben. Saben que aún es hombre de la Orden. El horror le secó la boca y le llenó los ojos de lágrimas.
Son “ellos” los que lo buscan. Maurizio De Biassi era uno de los “elegidos” y sólo quienes estuvieran al tanto del resultado del operativo de la Orden, sabrían que Maurizio De Biassi es Marcel Dubois y podrían intentar rastrearlo. Dios, tengo que encontrarte antes que ellos. No puedo permitir que te hagan daño nuevamente.

JUEVES, EN ALGÚN LUGAR DE PARÍS
Los escalofríos de agotamiento le hacían doler la piel. Los músculos le temblaban en espasmos involuntarios y por momentos el corazón se le aceleraba furioso. Sentía las piernas hinchadas al triple del volumen normal y pesadas como el plomo; la sed le estaba arrasando la boca y le incendiaba el estómago.
Lo que estuvieran inyectándole o suministrándole con la escasa agua que le daban a beber, lo condenaba a una vigilia atroz. Había perdido por completo la noción del tiempo y ya no era capaz de razonar; sólo ansiaba cerrar los ojos y hundirse en un olvido negro y sin imágenes.
El techo se iluminó con luz cegadora: otra vez las malditas proyecciones. Apretó los párpados y los dientes negándose a ver, pero no podía dejar de oir. Los gemidos atravesaron su cerebro como una lanza de fuego. Voces que le forzaban sensaciones que en una situación normal le hubieran resultado repelentes y que ahora se le hacían carne y le conmovían las entrañas.
— Mire, Dubois— ordenó la voz cascada.

No pudo resistirse y abrió los ojos. Las sensaciones odiosas le serpearon como una corriente eléctrica por el cuerpo. No quiero verlo, no quiero... Los gemidos degeneraron en gritos desgarradores y las imágenes se volvieron caóticas. Manos enguantadas, pedazos de cuerpos desnudos, ojos, bocas, piernas retorcidas, la varilla metálica adentro-afuera-adentro-afuera imitando obscena el coito, los espasmos, los gritos, un cuerpo extrañamente laxo, una vagina inerte penetrada con furia, más gritos, más carne desnuda y lacerada, más sexos erectos y violentos.
“Parece que va a dar trabajo. ¿Le gustará a su representado?”, preguntaron. “No lo dudo, es de su tipo”, respondía su propia voz.
Con terror sintió el cuerpo entero pulsarle en la entrepierna. La erección era independiente de su voluntad estragada por las drogas; crecía y latía rítmicamente. Tensó las piernas para evitar que continuase. “Entremos”. El cuerpo desnudo sujeto a la grilla metálica se retorcía espasmódico. No es verdad. No soy como ellos. Yo nunca...nunca...
— ¿Lo ve, Dubois? ¡Usted también está excitado! ¿Lo está disfrutando? Vamos, déjese llevar. Mírela a los ojos.
Quería gritar que no, que sentía horror, repudio, que no quería mirarla ni matarla, pero no tenía voz ni aliento. Las escenas se sucedieron con violencia creciente y le pareció que su propio corazón bombeaba al ritmo enloquecido de lo que veía. La tensión le hacía doler los testículos. “Matela, Maurizio. Es una orden” y los disparos retumbaron en los parlantes. Abrió la boca jadeando por aire y al inspirar, un envión le subió desde el bajovientre hasta la base de la cabeza, obligándolo a retorcerse. La eyaculación se le disparó sin que pudiera dominarla, y la humedad viscosa y caliente de sus propios fluidos le mojó el vientre. Era una liberación y una tortura.
El cuerpo entero se le sacudió en estertores agónicos que se disolvieron en un hormigueo desagradable, dejándolo sucio y transpirado, y sintiéndose inmensamente miserable. Sollozó sin voz y sin lágrimas, con la boca abierta y el rostro contraído.
— ¿Lo ve?— la voz atronaba el aire— ¿Para qué negarse a lo evidente? ¿No gozó con esto? ¡Usted es como nosotros! ¡Uno de nosotros! ¡CONFIÉSELO, DUBOIS! ¡ES UNO DE NOSOTROS!

QUAI DES ORFÉVRES, JUEVES POR LA TARDE
Después de de bucear en las redes de destinos aéreos y carreteras de interconexión, Odette pudo armar un cuadro más o menos lógico de situación. Algunos hechos comenzaban a encajar, como por ejemplo por qué habían confundido a Dubois padre con Dubois hijo. No era sólo el parecido físico: los que lo habían hecho, estaban siguiendo muy de cerca a Marcel, casi tanto como el mismo Corrente, aunque con motivos diferentes. Ahora tenía una idea bien precisa de la ruta que podría haber tomado Marcel, que sin duda estaba regresando a París. Bajó los escalones hasta el Laboratorio de dos en dos.
— ¿Paworski?
— Salió— gruñó uno de los auxiliares sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.
Carajo, ¿que hago, espero? Dio media vuelta y emprendía el camino hacia la salida cuando la tapa de un diario le llamó la atención.
—¿De quién es el "Corriere della Sera"?— preguntó sacudiendo el diario de dos días atrás.
El mismo auxiliar se encogió de hombros con otro gruñido, ni sí ni no. A la mierda, me lo llevo.
Subió las escaleras buscando la página de "Cronache" (1) , y releyó la noticia para asegurarse de que no había equivocado los nombres. La descripción meticulosa del cronista de policiales le dio piel de gallina. ¿Hace falta ser tan gráficos? Su contacto en Carabinieri estaba de humor comunicativo, porque le tomó sus buenos diez minutos llevar al hombre al tema que le interesaba. El oficial le prometió las fotos “para dentro de quince minutos”.
Corriere della Sera
Quince minutos italianos pueden ser dos horas, o mañana, o quién sabe cuando, pensó desesperanzada, pero el chirrido de la pc y el iconito del correo oficial le dijeron que esta vez se había equivocado: ahí estaba la información, vivita y coleando.
Santo Dios, qué le hicieron a esta pobre tipa. Nadie merece algo así. Con un clic reenvió las fotos al Laboratorio y a Bedacarratx. Esperó cinco minutos con los dedos repiqueteando inquietos sobre el teléfono, y citó al forense en el Quai.
****
— ¿Qué le pasa, Marceau, ahora se dedica al snuff (2) ? — Paworski puso cara de asco.
— Por favor, Kolya, esto va en serio. Superpóngala con las otras tomas.
— ¿Qué, hay más?— ladró Paworski mientras abría los otros archivos— ¡Mi Dios! ¿Por qué no va a lo del forense con esta porquería?
— Bedacarratx está por llegar. Pase las tomas a negativo.
Quai des Orfèvres- Local de secado de pruebas y fotografías
Estrecharon filas con el forense, delante del monitor, para que los ayudantes no se regodearan con el espectáculo en pantalla. Bedacarratx pidió acercamientos y Paworski comenzó a interesarse.
— ¿Podríamos imprimirlas?— pidió el forense.
— ¿Con o sin copyright?— chanceó Paworski.
— Basta, Kolya, por favor— Odette suspiró y el ingeniero asintió, algo más rojo que lo normal.
Se encerraron en el cubículo del ingeniero y Bedacarratx tuvo la deferencia de no fumar.
— Yo diría que es el mismo tipo— dijo el forense—. Vea: el tipo y tamaño de marcas y sobre todo, el sentido. Golpea siempre de la misma forma. ¿Ve estas marcas alargadas?
El forense se explayó en una clase sumamente didáctica sobre ejercicio de la violencia física. Cuando terminó, Paworski tenía náuseas y ella estaba completamente segura de la identidad del asesino.
****
Bedacarratx se despidió prometiendo un informe completo sobre las fotografías. Odette regresó a su oficina y se servía un café cuando Sully asomó sin golpear, blanca como el papel, y le entregó copia de una circular. La cabo salió sin haber soltado la respiración.
El texto le secó la boca: la comisario Michelon había sido relevada de su cargo y todas las acciones no estrictamente inmediatas quedaban suspendidas hasta tanto asumiera el nuevo Director de la Brigada Criminal. Se convocaba al personal para el acto de asunción del día... Alguien más entró: Michelon, el rostro de color ceniciento. A la comisario le costaba dominar la voz cuando habló.
— Veo que ya recibió la notificación— Michelon traía un sobre en la mano y se lo tendió—. Si hubieramos tenido esto antes, quizás hoy la situación sería diferente.
Odette revisó el contenido, palideciendo a medida que lo hacía.
— Madame... esto define la investigación...
— Es mi deber informarle además, que oficialmente no existe investigación alguna acerca del ciudadano Ayrault, diputado nacional y candidato para la presidencia.
Hubo una pausa durante la que ambas respiraron casi a la fuerza. Madame continuó en un susurro.
—Tiene hasta el lunes. Haga lo que pueda, como pueda.

(1) Policiales
(2) Género porno que incluye tortura y asesinato

lunes, 16 de enero de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 32

EN ALGUNA PARTE DE PARÍS, MADRUGADA DEL MIÉRCOLES


Se despertó esposado a una cama metálica en un cuartucho ínfimo. La cabeza y la espalda le dolían y el acto de respirar era casi intolerable. Tenía la ropa manchada de sangre. Lentamente, recordó que no era la suya. Se tocó la cara: el corte ya estaba cubierto por una costra pero ante el mínimo movimiento le brotaba sangre. Se incorporó muy despacio, pero las nauseas lo dominaron y se cayó sobre el colchón desnudo. Contuvo el vómito y se incorporó de nuevo. Esta vez aterrizó de rodillas junto a la cama. La cabeza le estalló en chispazos y tuvo que sostenerse de los barrotes de la cabecera.
— Nos dio trabajo traerlo, capitán— dijo una voz recia.
Levantó la cabeza por la sorpresa y un dolor blanco le hendió el cráneo. Donde debería estar la puerta, una luz cegadora rodeaba una figura oscura.
— ¿Quién carajo es Ud.?— rugió, doblado sobre su estómago.
Dos hombres más entraron y lo arrojaron contra la cabecera. Ciego de furia, estiró el brazo libre y alcanzó a uno, lo hizo trastabillar y le partió la tráquea de un golpe. El otro le dio en la sien con algo duro. Marcel tiró de la macana con la que lo había golpeado, trabó las piernas del tipo con las suyas y lo desnucó de un giro violento de la cabeza.
— ¡Párenlo, carajo!— aulló el que daba las órdenes.
Tres más se le tiraron encima, esposándole la otra mano a la cabecera.
— ¡Alejense de él! ¡Saquen a esos dos boludos de acá, rápido!—el tipo siguió gritando furioso—. ¡Les dije que le esposaran las dos manos!
— Sí, señor!— ladró uno de los tipos. Estaban de uniforme negro, igual que el que daba las órdenes.
El sujeto se acercó hasta los pies de la cama, a prudente distancia de sus piernas. Hijo de puta, si te alcanzo te llevo conmigo. La luz no le permitía ver la cara del tipo pero sí apreciarle la contextura. Bajo y de espaldas poderosas, caminaba como un predador al acecho. ¿Dónde te vi antes? Te conozco, hijo de puta. Si la cabeza no estuviera a punto de estallarme...
— Impresionante, Dubois. No esperaba menos pero estoy asombrado. Superó mis expectativas.
— ¡La puta madre que te...!
— Si se tranquiliza, hablamos— el otro sacó un cigarrillo y lo encendió con parsimonia; aspiró dos o tres veces y se dignó a prestarle atención.
Un brillo dorado destelló en la mano izquierda del hombre.
— ¿Lo conoce? Claro que sí— le acercó el dorso de la mano a la altura de los ojos: el anillo de sello de la Orden del Temple—. Ningún miembro de la Orden lo desconocería.
— ¡Miembro de la Orden! ¿De qué mierda habla?
El otro sonrió sardónico.
— Capitán: usted es uno de nuestros hombres. Por lo que pude ver, muy bueno. Su entrenamiento fue perfecto: una verdadera máquina de matar en cualquier situación, aún en desventaja física o numérica. Magnífico.
No puede ser posible... ¿no? El pensamiento horroroso tomó forma. Nunca dejé de serlo...
— Está empezando a comprender, Dubois. Aunque si utilizo su alias quizás nos entendamos mejor..."Mayor" Maurizio De Biassi.
El nombre que había usado para infiltrarse en la Orden, dos años atrás. No era posible que ese pasado regresara de este modo. La garganta se le cerró en un nudo: no tengo salida, soy hombre muerto.
— No sé qué pretenden de mí pero no me importa— jadeó—. No puede obligarme a nada.
— ¿No? ¿Se imagina el escándalo en la PDP cuando se sepa que su condicionamiento funcionó?
— ¡No sea imbécil! ¡Nunca funcionó!
— Asesinó a ocho hombres en la ruta esta madrugada, acaba de liquidar a otros dos, y si me pusiera al alcance de sus piernas, creo que la pasaría mal. Podría no significar nada, pero tenemos pruebas de su condicionamiento.
— ¡No tienen un carajo!
— Sí, tenemos. Tenemos todas las grabaciones de su entrenamiento, sus respuestas y, lo más importante, el “audio” del test final. Muy satisfactorio. Jacques no se equivocó con Ud. y me alegra comprobar que yo tampoco.
— No importa lo que haya hecho entonces— susurró—. Me niego a hacer nada para Uds. Máteme y déjeme en paz.
— No quiero matarlo. Quiero que trabaje para nosotros— el bastardo hijo de puta era un modelo de mesura y consideración—. Sea razonable, Dubois, no quisera tener que convencerlo por la fuerza.
— ¿ Puede hacer más de lo que hicieron en el cuartel de París? ¡No les sirvo, cretino de mierda! ¡Pégueme un tiro de una vez por todas!
— Lo necesito vivo. Si no acepta colaborar voluntariamente, usaré otros métodos. Siempre consigo lo que quiero.
Se levantó, aplastó el cigarrillo en el piso y salió, cerrando de un portazo.
Marcel se quedó aturdido de horror: soy como ellos. Soy uno de ellos. El recuerdo de lo que había hecho era terrible: cada uno de sus movimientos había sido fatal; su cuerpo respondía autónomo en impulsos mortales.
¿Cuántas otras veces lo hice? Los entrenadores de C** estaban maravillados conmigo... ¿Dios mío, en qué me convertí? ¡Soy tan criminal como ellos, nunca conseguí limpiarme esta mierda!
Una sucesión de flashbacks lo paralizó: “Mátela, Maurizio. Es una orden” y él había levantado el arma. Tenía recuerdos físicos atroces de ese momento: su propia mano moviéndose sola, independiente de su voluntad; su cuerpo empapado en sudor; la erección incipiente ante la visión del cuerpo desnudo y torturado. La mirada fría y evaluadora de Jacques. La excitación evidente y grosera del necrofílico de Prévost. Y ella, retorcida de dolor, aterrorizada ante la muerte que le llegaba de su mano.
Me convirtieron en un monstruo y no fui capaz de librarme de esa podredumbre.
La habitación quedó a oscuras
— Capitán, la decisión está en sus manos— la voz del tipo provenía del techo—. Ud. ya nos conoce y sabe qué es lo que podemos hacer. ¿Está dispuesto a colaborar?
— ¡Váyase a la mierda!
— No: el que se va a la mierda es usted. Que lo disfrute.
El parlante cliqueteó y cambió el sonido. Una imagen se proyectó en el techo del cuartucho, ocupando todo el cielorraso. Los gritos desgarradores llenaron la habitación y le estallaron en los tímpanos. Cerró los ojos pero no podía evitar escuchar. “Su prueba más importante, Maurizio. Mátela. Es una orden”.

****

— Señor— el capitán médico se acercó respetuosamente—. ¿Cómo continuamos?
— Continúen con las proyecciones y no permitan que duerma. Vuelvan a inyectarlo tan pronto como noten que pierde la conciencia.
— ¿La misma dosis, señor? Parece muy resistente, podríamos probar con una más alta...
— Tiene que estar en condiciones antes de cuarenta y ocho horas así que no se pasen de la raya. Sólo lo necesario. No quiero un zombie.
El médico sacudió la cabeza y antes de salir, Lejeune se volvió una vez más hacia él.
— No me llamen. Yo me comunicaré.

PARÍS, XV° ARRONDISSEMENT. RESIDENCIA DE LA CRIO. MICHELON. MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Michelon se fue a casa sin la compañía consoladora de Laure. Prefería dispensarle los malos momentos que últimamente pasaba, respondiendo al teléfono que no dejaba de sonar, y evitar que algún periodista indiscreto se metiera a husmear relaciones que no le interesaban a nadie.
Se servía un coñac generoso cuando llamaron a la puerta. Espió por el circuito cerrado: un hombrecito anodino con un sobre en la mano.
— ¿Quién es?— ladró por el intercom.
— ¿La comisario Claude Michelon? Traigo algo para usted de parte de Lionel Henri.
El nombre la puso alerta.
— Un momento— fue a buscar su reglamentaria en el cajón del escritorio donde solía dejarla olvidada. Camino de la puerta verificó el cargador y liberó el seguro.
El hombrecito la miró detenidamente y miró el arma sin arredrarse.
— Tenía que entregarle esto si el comisario Henri moría... en determinadas circunstancias— le tendió un sobre manoseado—. Usted no me conoce, nunca me vio y no sabe quién le dejó esto en su buzón.
— ¿Por qué hace esto?
— Lionel era mi amigo. Me hizo prometer que le entregaría esto a usted cuando llegara la ocasión. Él estaba seguro que llegaría. Una sola cosa más: Lionel pidió que luego de leer la nota, la destruya.
— ¿Quién es usted?— insistió pero el hombre ya se alejaba rápidamente.
Michelon cerró la puerta con llave y ni siquiera esperó a llegar al escritorio para revisar el contenido: varios microfilms y negativos cortados más la nota de Lionel Henri.
Inspector Lionel Henri

“Querida Claudette:


Si estás leyendo estas líneas es porque estoy muerto. Es preferible así, entre otras cosas porque esta confesión me avergüenza tremendamente. Te pido perdón, Claudette, por haberte mentido y por no haber tenido el coraje de decírtelo personalmente.
Cuando te entregué el informe Ayrault diciéndote que se había eliminado evidencia clave en la causa contra él, no te dije toda la verdad. No te dije, por ejemplo, que fui yo quien la eliminó: acepté presiones y suprimí y oculté evidencia que yo mismo había registrado, como condición para que Ayrault no implicara a funcionarios de alto nivel en IGPN, RG y otras divisiones de nuestra vieja y venial PN. Como pago por mis servicios, me promocionaron rápidamente y tuve una próspera carrera en IGPN.
Y aunque la única mancha de mi legajo permaneció oculta, los culpables nunca dormimos tranquilos, así que cargaba con el peso de esa evidencia robada a los expedientes y que me quemaba en las manos. Creí que siguiendo por mi cuenta y por otras vías con la investigación que yo mismo había cerrado, podría equilibrar ese saldo pendiente sobre mi conciencia. No estaría usando aquello que yo mismo había contribuido a desaparecer; nadie podría acusarme de no cumplir con lo pactado. Si Ayrault sacaba los pies del plato por otro motivo, entonces la PN tendría un caso completamente nuevo y yo, la conciencia en paz.
Me busqué un compañero que creyera en mi virtuosa indignación: Arnold tuvo la desgracia de confiar en mí, porque fue demasiado lejos en su celo profesional y murió por mi causa. Pero resultó que no es la única víctima: cuando veas lo que te envío con esta carta, comprenderás.
No hice caso de mi instinto de policía. Debí saber que Ayrault no cambiaría; que lo que parecía un juego perverso, terminaría en crimen; que cuando la corrupción alcanza cierto grado, sólo cambia para hacerse más grande y contaminar cuanto toca, como a mí.
Lamento profundamente todo lo ocurrido: la humillación de quienes quedaron manchados por mi deshonestidad; las vidas perdidas; el quedar como un miserable ante los ojos de una colega a quien respeto y una amiga a quien quiero con el corazón.
Ojalá que cuando esto llegue a tus manos, sea de alguna utilidad y evite, al menos, otra muerte más.
                                                           Lionel”

Hizo lo que Henri pedía: rompió la carta y la quemó.
No quería esperar al día siguiente para conocer lo que revelarían los negativos y los anticuados microfilms y llamó al Quai: los técnicos se había retirado. Regresó al Quai y fue al Laboratorio de Fotografía. Después de dos o tres vacilaciones, y de recordar el orden de los reactivos gracias a un listado pegado con cinta adhesiva a la pared, consiguió revelar las tomas. Sin duda alguna, era su despacho del Quai. En total desorden, con el intercom y teléfonos arrancados y en el suelo, y papeles desparramados por todas partes. Las demás fotos le dieron escalofríos y vergüenza: varias tomas de cuerpo entero, frente, espalda, y tomas localizadas de una mujer brutalmente golpeada: Odette Marceau.

miércoles, 4 de enero de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 31

RUTA ENTRE LYON Y PARÍS, MARTES POR LA MADRUGADA


Marcel miró el cartel indicador - ciento setenta kilómetros a París-  y apretó los dientes y el acelerador en un mismo gesto. El agotamiento lo perseguía desde Milán. Había logrado distraer a sus perseguidores al entrar a Turín, pero era cada vez más evidente que la suerte lo había abandonado mucho antes de salir de París, una semana antes.
Tomó la curva siguiente vacío de pensamientos, frotándose la cara hirsuta de barba de dos días. Fue una estupidez no haberme comunicado con Jumbo, pensó mientras encendía un cigarrillo y la mano con que lo sostenía vaciló. No tenía intenciones de detenerse: esta vez iba a hacer caso de su instinto de conservación.
Los faros traseros de un BMW se perdieron en una curva pero en pocos minutos lo tuvo delante otra vez. ¿Estabas tan apurado y te quedaste a esperarme? Se abrió hacia la izquierda para adelantarse y el conductor también se abrió. Le hizo señas con las luces. Imbécil. Levantó un poco el pie del acelerador y cuando el otro se alejó, cambió de marcha y aceleró otra vez. Lo mismo. ¡Cretino de mierda! Volanteó a la derecha y de una acelerada sobrepasó al idiota.
El BMw se le pegó al paragolpes y en un movimiento peligroso se le apareó. En el automóvil viajaban cinco hombres y el del asiento del acompañante le apuntó con una Glock, haciéndole señas para que se detuviera. Marcel aceleró a fondo mientras el corazón le saltaba un latido. ¡Carajo, me encontraron! Con la izquierda sostuvo el volante mientras con la derecha sacaba la Beretta de la funda y le soltaba el seguro. Un disparo le agujereó la ventanilla trasera izquierda. ¿Hablan en serio? Yo también. Amartilló el arma y disparó por encima del antebrazo izquierdo. El tipo de la Glock se sacudió. Otro disparo y su parabrisas estalló en una granizada infernal. La puta que los parió. Sin despegar el pie del acelerador, rompió con la culata de la Beretta los restos del cristal.
El BMW se sacudió contra su auto. Marcel apuntó a los neumáticos, pero el chofer pegó su automóvil al de él. Hubo un ruido espantoso a chapas rozándose y las chispas saltaron entre los vehículos. Su disparo entró por la puerta trasera y el tipo se sacudió. El BMW se lanzó una y otra vez contra él. Uno de sus neumáticos estalló. El siguiente estallido le dijo que no tenía posibilidades de escapar. Se detuvo como pudo, con el otro auto pegado al suyo.

Manoteó el cargador con acorazadas, lo cargó y encendió el radiofaro del cinturón. Abrió la puerta del acompañante y se tiró al suelo, parapetado detrás del auto inutilizado, mientras una seguidilla de disparos terminaba con los pocos cristales que quedaban sanos. Dos tipos saltaron del vehículo. Él asomó y le destrozó la cabeza al chofer. Los tipos se escudaron detrás de las puertas del BMW. Un camión que venía por la carretera vacía se detuvo a unos cincuenta metros del auto y desde la cabina comenzaron a disparar. Cristo, esto es la guerra.
Del camión bajaron dos tipos que acompañaban al conductor. Otro disparo, otro chofer a la mierda. Uno de los que habían bajado del camión quedó tirado con una pierna fragmentada por las 9mm full-metal jacket. ¡Hijos de puta, se van a ir conmigo! La decisión irrevocable le inundó la mente y en lo único en que podía pensar era en matar.
Más hombres bajaron del camión.
—¡Capitán Dubois! ¡No queremos matarlo!— gritaron.
Yo sí. Se levantó otra vez y el tipo voló a la mierda con un agujero en el pecho del tamaño de un puño. Aprovechó la confusión y de los que venían en el BMW no quedó nadie en pie.
Disparos de ametralladora destrozaron el aire y el baúl del auto alquilado.
— ¡Dubois!— otra voz— ¡No tiene oportunidad!
¿Dubois? El pulso se le aceleró. ¿Quién carajo sabe que soy Dubois?


Oyó gritos. Ordenes. Estaba oscuro; el camión encendió los faros y lo encandiló. Se cubrió la cara mientras rodaba por el suelo sin dejar de disparar, pero alguien corría hacia él, aprovechando la distracción. Un tipo le saltó encima. Marcel le enterró la culata en la sien y el otro cayó al suelo. Él lo alcanzó y le giró la cabeza, desnucándolo de un solo movimiento. La adrenalina le hacía estallar el pulso en las sienes. Dos más lo atacaron por la espalda y giró disparando. Un disparo, un muerto y se le acabaron los proyectiles. Usó nuevamente la Beretta para golpear al que quedaba, pero el tipo se dio cuenta y gritó.
— ¡Se quedó sin municiones!
Fueron tus últimas palabras, hijo de puta, y le quebró la mandíbula y el cuello de un solo golpe limpio con el costado del pie. No vio correr hacia él a los que se habían quedado a cubierto en el camión.
Un arma blanca le rozó la cara. Sintió la sangre antes que el dolor. En un acto reflejo, tomó el brazo del tipo, lo quebró y le enterró el arma en el abdomen. El hombre cayó entre aullidos. Arrancó la navaja de su funda humana y disparó el brazo en un arco asesino. El contraluz de los faros del camión no le dejaba ver las caras de los tipos pero sí los bultos de sus cuerpos. De pronto, la cabeza le estalló de dolor y se tambaleó. ¿Me dieron? Un golpe en medio de la espalda lo dejó sin respiración. Se lanzó hacia adelante una vez más, la navaja empuñada hacia arriba. La sangre de la carótida del que tenía delante le manchó la ropa, pero otro puño lo estaba esperando: el golpe en el bazo estuvo magníficamente aplicado y lo dobló en dos. El otro aprovechó la ventaja y volvió a golpearlo con maestría, a la altura del plexo solar. El borceguí voló en un arco hasta su mandíbula y el sacudón dentro de su cráneo le dijo que estaba perdiendo la conciencia. Otro golpe más y no supo qué pasó después.

PARÍS, HOSPITAL HÔTEL DIEU. MARTES POR LA MAÑANA
Hospital Hôtel Dieu
— ¿Adónde va?— ladró el tipo de verde, asomado desde la sala de monitores de la Unidad de Cuidados Intensivos.
— Comisario Auguste Massarino— Auguste le devolvió el ladrido—. Busco a la comisario Marceau. Llegó con un herido de arma de fuego.
— Segunda cama, izquierda— farfulló el tipo mientras volvía a su posición indolente frente los controles. Odette estaba en silencio y de espaldas a la puerta, junto a una cama rodeada de un enjambre de catéteres, electrocardiógrafos y respirador. Estiró el cuello para espiar al hombre y el pecho se le disparó como un tambor furioso. Se forzó a poner un pie delante del otro. Volvió a mirar: el parecido lo había engañado. El hombre en la cama debía ser un pariente muy cercano... ¿Sería posible?
— ¿Es... el padre de Marcel? — preguntó, intrigado.
Odette asintió y Auguste la miró, sorprendido.
— Ya te contaré afuera — murmuró su hermana.
— ¿Qué pasó?
— Buscaban a Marcel y los confundieron
— ¿A Marcel? ¡Dios, por qué!
— Un operativo de “especiales”.
— No sé nada— Auguste se maldijo por no haber hablado con Michelon cuando se lo había propuesto.
— Claro que no. Ni siquiera yo lo supe hasta hace unos días.
Uno de los residentes se acercó y Odette le rozó el brazo llamándolo a silencio.
****
Eligieron una mesa anónima en el bar del hospital y Auguste escuchó el relato sin interrumpir ni una sola vez.
—Le dije a Meyer que trate de localizar a Marcel con la mayor discreción posible y le informe lo que ocurrió— continuó Odette con voz monótona.
—El error de estos tipos podría ser útil. Si lo creen muerto o fuera de juego, tendría más libertad de acción.
— Sólo hasta que lo descubrieran. Necesita apoyo, no podemos dejarlo solo en Milán.
— Meyer conoce todo el operativo. Es el más indicado.
Odette enarcó una ceja y meneó la cabeza. Ah, no, Cisne. Ni sueñes con hacer la escapada. Auguste se preparó para la argumentación que seguiría, pero su hermana no hizo amagos de resistencia.
 Más grave todavía: ya lo tiene decidido. Carajo, mejor que me ponga a pensar y encuentre algo con qué distraerla.
Las puertas vaivén del bar se abrieron a un tiempo, y Jumbo entró provocando un minitornado en las mesas vecinas.
— ¿Novedades?— preguntó Odette sin saludar. La cara de querubín de Meyer se ensombreció.
— No pude localizarlo.
— ¿Dubois cuenta con algún otro equipo?— ella preguntó y el capitán tragó saliva antes de cada frase.
— Un... localizador. Un radiofaro.
— ¿Eso es todo?— pareció que el “todo” brillaba en letras de neón rojo.
Esta vez Jumbo no atinó a abrir la boca. Odette desvió la mirada hacia la taza vacía
— ¿Paworski preparó el material?
— Como siempre— murmuró Meyer y Odette lo midió con mirada de esfinge.
— Quédese aquí de consigna hasta que le envíe un reemplazo— bajó la voz—. No podemos dejar solo al coronel Dubois y en cuanto recupere la conciencia, habrá que ponerlo al tanto de la situación. Dejemos correr que el que está en esa cama es Delbosco.
— ¡Comisario, no puede dejarme archivado acá!— masculló Meyer.
— Capitán— siseó Odette—. Es una orden— Jumbo se puso púrpura—. Le enviaré un relevo apenas haya alguno disponible y confiable: no podemos dejar a cualquier suboficial custodiando al coronel Estaré con Paworski. Necesitamos localizar a Dubois— Meyer cerró la boca y se tragó el orgullo vapuleado.
Odette recogió el abrigo y el bolso y le hizo señas a Auguste, que saludó apresurado a Meyer y la siguió.
— Lo maltrataste un poquitín a Jumbo — comentó Auguste mientras conducía hacia el Quai.
— Me harté de pasar por la boluda del regimiento— gruñó su hermana sin mirarlo.
Él extendió una mano y la despeinó.
Calma, lucertola (1) .
— Estoy muy tranquila— ella esbozó una media sonrisa.
Esto va de mal en peor. Cuanto más tranquila, más peligrosa. Auguste dudó entre empezar a rezar o llamar a Michelon para que metiera a su hermana en algún calabozo y prevenir males mayores.
En el laboratorio de Tecnología, Paworski insultaba por lo bajo a un circuito impreso.
— ¡Bueno, qué honor!— dijo el ingeniero al verlos.
Odette no estaba de talante diplomático.
— Paworski, usted le proporcionó a Dubois un equipo de rastreo— afirmó.
— ¿A cuál equipo se refiere, comisario?— Paworski vaciló.
— El radiofaro.
El ingeniero frunció la boca, sopesando lo comprometido de su respuesta. Odette aclaró:
— Michelon cambió las órdenes: estoy en el operativo. Llámela y verifíquelo.
— No, Marceau, le creo— se apresuró a asegurar Paworski.
— Bien. Necesitamos localizar de inmediato a Dubois.
— Eh, bueno... Necesito... una serie de informaciones para asegurar el resultado de la búsqueda.
Odette se cruzó de brazos y se apoyó en una de las mesadas.
— No comprendo.
—Si bien la señal es única y perfectamente identificable...
— Kolya, no me dé lecciones teóricas sobre captación de señales: ¡dígame qué datos necesita!
La nuez de Adán del ingeniero subió y bajó.
— Debería ser suficiente con las coordenadas aproximadas de latitud y longitud, para poder orientar el satélite con mejor precisión.
Odette levantó una ceja entre inquisitiva y acusadora.
— O sea que para localizar a alguien con el radiofaro, necesitamos tenerlo localizado por otros medios menos sofisticados... ¿No es una tecnología un poco... tautológica?
— No es exactamente así. Si le pido coordenadas es para buscar más rápido y con mayor efectividad.
Ante la expresión de su hermana, Auguste intervino para evitar violencias físicas en perjuicio de Paworski.
— Imagino que este equipo es nada más que un recurso secundario. Además, Meyer debe tener idea del cuadrante en donde orientar el rastreo.
— Algo así— farfulló Paworski.
— ¿Algo así?— Odette saltó como una cobra sobre las palabras del ingeniero— ¿Kolya, enviamos a un oficial encubierto con un equipito de rastreo que necesita datos muy específicos para decirnos dónde está ese oficial? ¿Datos como por ejemplo “Dubois está en este domicilio de esta ciudad determinada” y “BIP BIP”, el radiofaro funciona?
— Nunca pensamos en utilizar al radiofaro como localizador sino como señal de alarma— se defendió Paworski. Mejor no lo hubiera hecho.
— ¿Alarma? ¿Un S.O.S.?
— Algo así.
— Sea más preciso, se lo ruego— en un tono que no rogaba en absoluto.
— Dubois activa el radiofaro en caso de emergencia. O bien el equipo envía una señal determinada y diferente, si no detecta ciertos parámetros de temperatura corporal.
— A ver si entendí bien: el radiofaro funciona en automático si Dubois está muerto.
— No es exactamente así...
— Pero casi— Odette desvió la mirada—. Enviar a Dubois nada más que con ese equipo, es... suicida. No tenemos modo de contactarlo si él no se comunica con nosotros. No sabemos en dónde puede estar dentro de un perímetro equivalente a la superficie del Mediterráneo. ¡No sabemos si está vivo y en condiciones de utilizar ese... condenado aparatito para hacérnoslo saber!
— Necesito datos...
Odette se incorporó y dio media vuelta hacia la salida y Auguste la siguió después de cruzar miradas de circunstancia con el pobre Paworski. Ella giró a medias desde la puerta.
— La última localización de Dubois fue Milán. Génova, Milán, París era el circuito. Encuéntrelo, Kolya, están tratando de matarlo.

SAN ISIDRO, PROVINCIA DE BUENOS AIRES, MARTES POR LA NOCHE
— Coronel, interceptamos el objetivo— el acento gutural del castellano en todo lo demás perfecto, le dijo quién hablaba sin necesidad de más identificaciones. José asentió con un gruñido. No lograba vencer el esceptismo, aunque el tatita insistiera en la utilidad del hombre. ¿Quién aseguraba que el condicionamiento se hubiera mantenido latente después de dos años sin seguimiento ni técnicas de refuerzo? Era suicida y se lo dijo a su interlocutor.
— Señor, presencié las prácticas de los cursos en C *: además de aptitudes naturales, el hombre tiene disciplina física y capacidad de respuesta espectaculares. Es perfecto, bueno, ya se lo había dicho en febrero cuando hice las observaciones. Si hubiera sabido antes lo que ahora sé acerca de él, ya lo tendríamos a nuestra entera disposición. De cualquier forma creo que podremos tenerlo cooperando en...
— Cuarenta y ocho horas— José interrumpió.
— De acuerdo, señor— el otro comprendió que era una orden—. Estaremos listos para entonces.

****
Inspector Lejeune

Cuando cortaron del otro lado, Lejeune se quedó pensativo: con este desastre del crío, se me olvidó pasarle la información sobre ese hijo de puta vicioso. Tendría que eliminarlo sin más trámite y hacerme cargo de las consecuencias. Cuando esto termine y el crío esté de vuelta en casa, me ocuparé personalmente del asunto.
Lo más urgente ahora era reflotar el espíritu de cooperación de Dubois. Tendremos que ir con cuidado con las dosis si no queremos que Ortiz se dé cuenta: detesta el uso de químicos.


(1) Tranquila, lagartija

viernes, 16 de diciembre de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 30

BUENOS AIRES, BARRIO DE LA RECOLETA, LUNES POR LA NOCHE
                                                                    Nunca Más
Conrado Seoane se había atrevido a comprar el libro y se había puteado por hacerlo. Semejante mierda. Estoy loco, ¿qué carajo estoy buscando? Pero algunos de los nombres estigmatizados por el libro de porquería se pronunciaban en voz baja en el Colegio. El puto libro lo atraía y lo repelía. Abría las hojas en capítulos salteados y las cerraba de golpe. Lo revoleó al otro sillón, prendió la tele y las imágenes del canal de documentales lo hechizaron: el ejército del Tercer Reich desfilaba glorioso ante el Führer.
Antorchas, hombres a paso de ganso en uniformes severos y magníficos. El poderío de una nación guerrera, la gloria del Valhalla. Qué impresionante. Haber estado ahí para vivirlo, sentir a los chicos, las mujeres, los hombres aullar, rugir, ¡casi rezar! "Heil Hitler! Heil Hitler!". Qué ejército.
Se fue a buscar una latita de Coca y cuando volvió, las imágenes mostraban chiquilines rubiotes y de ojos claros: el futuro del Reich. Las madres estaban a disposición de los oficiales; cualquiera de ellos podía impregnar a cualquier mujer y engendrar hijos arios para gloria del Führer. No había lugar para los no-arios, los deficientes físicos o mentales, los diferentes.
El relato desapasionado del doblaje lo dejó mudo. Liebensborn. Miles de bebés polacos de características "arias", "confiscados" para el Reich, arrancados de sus familias convenientemente exterminadas. Miles de bebés alemanes y escandinavos que jamás conocerían a sus padres biológicos.
Majdanek, Polonia
Millones de judíos, alemanes disidentes, gitanos, rusos, húngaros, polacos, en campos de trabajo que se convertían en tumbas colectivas.
Pero mi viejo estaba en el Ejército y el Ejército no se metió con los campos de exterminio. Esos fueron los turros de los SS.
Hornos de Majdanek
A punto de cambiar de canal, la imagen en la pantalla lo detuvo: un grupo de oficiales jóvenes, hermosos y orgullosos como dioses, sonreía a la cámara frente a las puertas de un campo de trabajo. El capitán le llamó la atención. La película en blanco y negro desvahídos perdía la nitidez por momentos, pero lo vio: la boca sensual, el perfil puro, el pelo que se veía blanco de tan rubio. Los ojos no podían apreciarse, velados por la visera. La Cruz de Hierro sobre el pecho, en la manga el brazalete con la svastica y en el cuello de la guerrera, las insignias plateadas de los SS.


BUENOS AIRES, CUARTEL GENERAL DE LA ORDEN. MARTES POR LA MAÑANA
Entró a la página web con resquemor.  "Los niños del Holocausto"; "Bibliografía del Holocausto", "Glosario de términos". Cliqueó y la pantalla desplegó un listado de nombres. Buscó el del documental: Majdanek, Polonia. “Campo de exterminio, desde julio de 1941 hasta julio de 1944”. Salió y cliqueó en otra entrada. “De entre más de cien mil oficiales, se localizaron y juzgaron a cinco mil. No existen registros completos. Los listados existentes pueden consultarse en...”
No. No quiero. No es cierto. Mi viejo no me mintió.
Seoane cortó la conexión de Internet, diciéndose que necesitaba darle una última revisada al plan. Su plan, independiente del de Schwartz. Ayrault ya había entregado los quince uniformes de la PN, completos y con placas de identificación, al contacto francés, que por supuesto ignoraba tanto los motivos del pedido como lo que ocurriría en unos días. En cuanto a Ayrault, le había explicado que sus hombres podrían necesitarlos como cobertura, lo cual era parcialmente cierto, y Ayrault no había hecho más preguntas.
Con clics nerviosos verificó las grabaciones, los planos y recorridos, mientras con la otra mano jugueteaba con el objeto que llevaba en su bolsillo izquierdo a modo de talismán, apretándolo hasta incrustárselo en la carne.
Clic. Archivo: plantas.pdf. Los planos originales del hôtel particulier de París, pirateados de archivos rigurosamente confidenciales de la Orden y bajo clearance de seguridad, y que incluían todos los recorridos originales de la mansión. Reconocería ese lugar a ciegas, sonrió. A Schwartz le había pasado los planos ligeramente alterados, sin los corredores internos de la servidumbre, que todavía se mantenían activos y que constituían una vía de escape de la casa. Esos corredores le servirían a su propio operativo, que no incluía a Schwartz ni a sus hombres.

El mayor lo había puesto en contacto con un borrego de dieciséis años amigo de su sobrino, un hacker con más experiencia que Bill Gates a la hora de reventar claves. El pibe había conseguido la password de log-in del negro de mierda, que cambiaba cada veinticuatro horas de acuerdo con las exigencias de seguridad del sistema.
“Una pena lo del pibe: era brillante.”, había comentado Schwartz con un encogimiento de hombros. El cuerpo había aparecido en La Cava de San Isidro y los diarios le cargarían el muerto a la Bonaerense.
Clic. Archivo: crono2.xls. Como era norma en cualquier operativo, todos se desplazarían en vuelos distintos y con escalas que permitieran tanto reorganizarse como dispersarse, llegado el caso. Él se desviaría desde Madrid a Londres. Sus hombres conocerían el resto de las instrucciones una vez que él se reuniera nuevamente con ellos en París.
Tamborileó nervioso los dedos en el borde de la notebook.
Clic. Archivo: Falklands.txt. Un e-mail enviado por un ex-combatiente de Malvinas. Había usado una de las direcciones de correo electrónico del Reino Unido para contactar al hombre, haciéndose pasar por historiador británico. El veterano había sido embarcado en el HMS Northland como prisionero de guerra y pedía preservar su identidad. Había participado de la acción en la que soldados argentinos de un grupo de Artillería de Defensa, siguiendo las órdenes de un oficial, habían derribado a uno de sus propios helicópteros causando doce bajas.
El entonces subteniente Schwartz había discutido agriamente— “se cagaron a gritos”, escribía el veterano— con el suboficial artillero. “La orden es de disparar a los que vuelen después de las 18.00”, había dicho Schwartz y el artillero insistía en asegurarse de la procedencia antes de lanzar la defensa antiaérea. El subteniente Seoane intervino y dio la orden de atacar. "Nosotros estamos para cumplir órdenes, no para discutirlas" había dicho. El grupo recibió la felicitación de un superior de alto rango por el cabal cumplimiento y el artillero cumplió arresto por desacato.


En el mismo archivo, él había registrado los datos personales del piloto del helicóptero derribado, conseguidos a través de un contacto suyo en la Fuerza Aérea. Los oficiales se asignaban a cada aeronave y permanecían asignados. El radio del helicóptero estaba en óptimas condiciones de funcionamiento. Las aeronaves eran perfectamente identificables visualmente. La única confusión posible podría haber surgido a raíz del horario del vuelo.

El mismo contacto le había confirmado que el piloto muerto en combate había tenido una disputa bastante fuerte por un asunto de polleras, poco antes de ser destinado en Malvinas. El tercero en discordia era un oficial del Ejército. La disputa había degenerado en una pelea a golpes y con exhibición de armas de fuego. Ambos oficiales habían terminado bajo arresto de setenta y dos horas.
Alguien golpeó a la puerta de su cubículo y Seoane casi arrancó el mouse en la prisa por cerrar el archivo. Schwartz asomó la cabeza y habló en tono casual.
—Todo listo. Nosotros ya nos vamos— echó un vistazo a la notebook— ¿Qué hacés?
— Boludear. Nos vemos en París.
— Aurrevuar.
Sacudió la cabeza sin hablar. Cuando el otro salió,  Seoane sacó la mano del bolsillo izquierdo y miró el dibujo que se le había grabado en la palma de tanto apretar. Chau, Schwartz.