POLICIAL ARGENTINO

jueves, 7 de julio de 2011

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 22

PARÍS,LA DÉFENSE. DOMINGO, ÚLTIMAS HORAS DE LA TARDE
El teléfono. Lo único que quiero es estar muerta y ese puto teléfono suena.
— ¡Hola!
— ¡Eh! ¡Qué mal humor!
Auguste. Señor, no abandones a tu sierva y dale un buen argumento para mentir adecuadamente.
— Hola, scugnizzo (1)
Convenció a su hermano de que no se sentía bien y que pensaba haraganear en la cama. "Cosas de mujeres", mintió, y Auguste exclamó “¡Aaahhh!” y le recomendó los analgésicos de Nadine. Colgó con los ojos llenos de lágrimas: Dios, tener un hombre que te quiere tanto que sabe cuáles son los mejores analgésicos para el período. Aguantó un sollozo y se tapó la cabeza con el cobertor.
Se despertó aturdida por un sueño vacío de sueños que le hacía pesar la cabeza. Sin mirar el reloj se metió al baño y se duchó con meticulosidad. Salió y se envolvió en la bata, sin secarse. El dejo de perfume que la impregnaba le dijo que esa era la que Marcel usaba cuando se quedaba a dormir. Demasiado agotada para quitársela en un arrebato de rabia, fue hasta la cocina a tomar algo: tenía la boca pastosa. Descubrió que también tenía hambre y se comió una manzana mientras esperaba el blup-blup del café. Se sentó a beberse el café con leche y a compadecerse de sí misma. No quiero pensar. Vacío total, absoluto y abstracto. Cero pensamientos. ¿Música? Música. Taza en mano fue al salón, puso cinco de sus CDs favoritos en el equipo y se tumbó en el sofá, dejándose acunar por las voces maravillosas que cantaban las glorias y pesares del amor.
“Va pensiero /sulle ali dorate ” (2). Vayan ustedes porque yo no quiero pensar...
No le creas, "Celeste Aída": Radamés es héroe de Egipto antes que tu amante; la Carmencita, qué bien hace al no atarse a ningún hombre: miren cómo le fue a Madame Butterfly.
¿”Caro nome ”? (3) No recuerdo ninguno.
 “Pourquoi me reveiller ”? (4)No, no nos despertemos: durmamos como Werther.
Y estaba a punto de quedarse misericordiosamente dormida cuando la voz desgarradora del amante condenado a muerte evocó “ O, dolci baci, / O, languide carezze ”.(5)Lloró sin consuelo por Tosca, Cavaradossi, su pasión y sus celos tremendos, y sus amores desgraciados. “Svanì per sempre il sogno mio d'amore... ”.(6) Puccini, insecto, te odio.

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Están tocando el timbre y la puta madre que los parió. Auguste, te voy a mandar al carajo como Dios manda.
Se ajustaba el lazo de la bata mientras sin levantar el intercom abría la puerta, y se quedó congelada: ocupando casi todo el vano de la puerta y conteniendo la respiración, Jean-Pierre Dubois esperaba a que se abrieran los portales del Infierno.

****

Jean-Pierre abrió y cerró la boca un par de veces antes de decidirse.
— Yo... quisiera disculparme por lo del viernes y ... bueno... lo de toda la semana y...
En la Gendarmería no dan clases de elocuencia, pensó Odette y enseguida se arrepintió: el hombre estaba apenado en serio y pasaba alternativamente del rojo al blanco. Se hizo a un lado y lo invitó a pasar.
— Déme dos minutos para ponerme presentable— sonrió desvahída, señalando los sofás, y él asintió.
Se calzó los jeans agujereados y su viejo suéter blanco a la carrera. Sin preocuparse por ponerse zapatos, se zambulló en la cocina a preparar más café y corrió al baño a mirarse crítica al espejo: que Dios me ayude, esto no tiene remedio.
La cafetera estaba de mejor humor que de costumbre porque el blup-blup no se hizo esperar. Sirvió dos tazas, llenó una lecherita, cargó la azucarera y regresó al salón donde Jean-Pierre esperaba.
— Preparé café — dijo, por hacer ruido. El coronel sonrió y agradeció con un movimento de cabeza; se sirvió leche y tres generosas cucharadas de azúcar. ¿Por qué tiene que recordármelo de esa manera?, pensó ella con un retortijón de estómago. ¡No llores, estúpida! Habías decidido odiar al cretino animal cerdo chauvinista. Apretó los dientes y tragó el café.
Jean-Pierre dejó la taza y se lanzó de cabeza.
— No soy buen diplomático y tampoco hablo elegantemente, pero siento que le debo una explicación.
— No me debe nada...— meneó la cabeza.

Jean-Pierre estiró la mano y le rozó la barbilla allí donde Marcel la había golpeado. Todavía le dolía e involuntariamente retiró la cara. Se hubiera matado por reaccionar de esa forma.
— Sí, y mucho. Soy en parte responsable de esto.
— Marcel es mayor de edad y responsable de sus actos — Odette tragó un nudo en la garganta.
— En algunas cosas actúa como el crío de dieciséis años que yo dejé ir.
Se descubrió buscando expresiones y gestos familiares en Jean-Pierre y comprobando con dolor que reconocía cada uno de ellos. Las manos le temblaron al recoger las tazas y el tintineo hizo que Jean-Pierre levantara la cabeza. Las miradas se encontraron en el espacio neutral sobre la mesa baja y se quedaron prendidos. Bajó la vista y volvió a sentarse, incapaz de moverse. Todas sus hipótesis acerca de la vida de Marcel que ella no conocía, habían quedado reducidas a maquinaciones infantiles frente al relato de Jean-Pierre. Se llenó los pulmones de aire y se levantó. Recuperó algo de frialdad al volver de la cocina, y comenzó a racionalizar la situación.
¿Quién me asegura que no mandaste a tu viejo a conmoverme? Lo de siempre: te agreden, te piden perdón, buena letra un tiempo y de vuelta subidos al carrusel. Se dejó inundar por el enojo, disfrutando del embate hormonal. Me importa un carajo tu pasado.
Con una capacidad de penetración que la sorprendió, el coronel dijo a media voz:
— Marcel no sabe que vine. Tampoco lo veré esta noche: no quiso, dijo que tenía demasiadas cosas para digerir. Mañana tomo el servicio temprano así que no tendré oportunidad de decirle que vine a verla.
Asintió, reprochándose para sus adentros sus sospechas y sintiéndose menos que un gusano.
— Usted lo ama, lo supe desde el primer momento, pero a veces el amor no alcanza: hacen falta madurez, paciencia y comprensión. Esa lección la aprendí muy duramente— sonrió con tristeza—. Si alguien puede darle todo eso a Marcel, esa es usted — Jean-Pierre se puso de pie.
— Me está haciendo trampas — masculló mientras la lágrima traicionera que la acechaba se le deslizaba mejilla abajo.
— Si juego sucio es por mi hijo.
Lo acompañó hasta la puerta y se tendieron la mano al mismo tiempo.
Cuando cerró la puerta, la marejada de emociones encontradas le tironeaba el cuerpo y el alma hacia los cuatro puntos cardinales.

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. MARTES POR LA MAÑANA
La entrada al Quai le pareció siniestra. Vamos, cobarde, arriba. Aunque ella esté dispuesta a echarte a patadas de su vida. Siguió de largo ante las fotos de los caídos en servicio y emprendió muy despacio la escalera engañándose con que le daría tiempo para pensar. Estaba considerando la posibilidad de salir y llamar por teléfono cuando lo detuvieron tomándolo del brazo.
— Tenemos que hablar— la mirada de Auguste era inquietantemente oscura.
Asintió y lo invitó a su pecera. Auguste negó con la cabeza y señaló el otro extremo del pasillo: las salas de interrogatorio. Caminaron sin abrir la boca más que para devolver saludos murmurados por personal con repentina prisa.
Auguste cerró la puerta y tuvo la deferencia de apagar el circuito cerrado.
— ¿Dónde está mi hermana? — le soltó sin previo aviso y Marcel se atragantó con su propio aliento.
— No... sé.
— Por supuesto que no, porque aunque estás en París desde el jueves a la noche, no pisaste su casa. ¿No te interesa saber qué le pasó?
¿Y qué mierda puedo decir: “Auguste, golpeé a tu hermana en público y me muero de vergüenza de enfrentarla?” .
Por lo visto, Auguste iba a hacerle ahorrar saliva.
— Yo sí estoy preocupado, porque Odette se está escondiendo: de mí, de los que la conocen, de su trabajo. Ayer no vino al Quai y cuando la llamo por teléfono pone excusas para no verme ni darme explicaciones. ¿No te parece raro?
Marcel sintió que la lengua no le respondía y se apoyó contra la pared, sin mirarlo. Auguste continuó con voz bronca.
— Hay más cosas raras. Por ejemplo, porqué alquilaste autos en tus tres últimos viajes de regreso, para circular por la ciudad. ¿De quién te estabas escondiendo? El viernes alquilaste un auto gris — afirmó—. El portero de Odette la vio llegar en un automóvil color bordó. Estuvo charlando con el conductor y cuando bajó, un auto gris llegó a toda velocidad. El portero jura que el conductor responde a tu descripción. El tipo la metió por la fuerza al auto y se fueron. Ella volvió sola en taxi, muy alterada.
No hay nada que hacer, sigue siendo el mejor policía que conozco, pensó Marcel con desazón. Auguste se apoyó con ambas manos sobre la pared, una a cada lado de su cabeza, tan cerca que las respiraciones y las transpiraciones de ambos se entremezclaban. El rostro patricio parecía tallado en granito, los ojos terribles hundidos en cuencas prominentes, la línea de la mandíbula encajada con dureza. Las aletas de la nariz romana se dilataron en una inspiración premonitoria. Uno comete la estupidez de olvidar que la mitad del comisario Massarino desciende en línea directa de Sicilia. La mitad más peligrosa. El pensamiento no contribuyó a su situación en extremo comprometida.
— ¿Qué le hiciste a mi hermana, Dubois?— deletreó el César furibundo.
No tengo escapatoria: el comisario Massarino me pasará por las armas sin juicio previo.
— Estoy esperando que abras la boca — masculló Auguste entre dientes.
Marcel cerró los ojos y se mordió el labio y su vacilación bastó para confirmar las sospechas de Auguste, que sin decir mu, le sacudió un cross de derecha, seguido de un jab impecable. La cabeza le rebotó en la pared y casi perdió el equilibrio.
— ¡Te voy a matar, hijo de puta!
El siguiente uppercut le nubló la vista: Auguste golpeaba con método y elegancia. Me lo tengo merecido, Marcel atinó a pensar antes de que un gancho magistral lo doblara en dos. Tuvo que sostenerse de la mesa con ambas manos.
— Por... favor...— levantó las manos con las palmas hacia Auguste —, no sigas... No quiero defenderme...
— ¡No pienso darte la oportunidad!
— ¡Auguste! ¿Te volviste loco? ¡Basta! — la voz de Odette los congeló.
— ¡Ah! ¡Apareciste! — Auguste miró de soslayo a su hermana; después reaccionó y trató de alcanzarlo.
— Te dije que basta — restalló ella, interponiéndose entre ambos—. Esto es inadmisible.
Auguste la encaró con los brazos en jarras y Marcel se dejó caer en una de las sillas, agradeciendo secretamente la interrupción.
— ¿Qué es inadmisible? ¿Que me preocupe por lo que te pasa? — Auguste gritó—. ¿Que quiera matar a este hijo de puta por ponerte las manos encima?
— Te estás pasando de la raya — replicó ella en voz baja —. !No hagas escándalo, por Dios!
— ¡No entiendo un carajo! ¡Esta escoria ...! — lo señaló y el dedo acusador temblaba.
— Auguste, que la termines — Odette hablaba cada vez más bajo.
— ¡No puedo creer que además lo defiendas! ¿Qué mierda te pasa, te gusta que te maltraten?
— Por Dios, no me avergüences...
— ¡Yo te avergüenzo y él te golpea! — Auguste estrelló la palma abierta sobre la pobre mesa.
Transcurrió una pausa desagradable.
— No me golpeó — Odette respondió, mirando fijamente a su hermano.
La respuesta le cortó la respiración: ¿está mintiendo por mí? Escondió la cara entre las manos sintiéndose la última basura del planeta
— Si no te golpeó— Auguste no pensaba darse por vencido —, se te fue la mano con el maquillaje.
— Estás diciendo estupideces.
— Ah, digo estupideces, ¿eh? ¿Entonces, por qué mierda desapareciste todos estos días?— la acusó —. No pisaste la oficina ni te tomaste el trabajo de darme una buena excusa.
— No desaparecí: el fin de semana estuve en casa y las explicaciones de porqué vengo o dejo de venir se las doy a mi superior.
Auguste reconsideró y cambió el flanco de ataque.
— Me preocupo. Te cuido, soy...
— Mi hermano mayor que tiene la espantosa costumbre de meterse en donde no lo llaman, ¡como por ejemplo en mi vida!— ladró Odette a dos centímetros de la cara de su hermano, que no le despegaba la mirada asesina.
— ¡Me meto porque me importa! — Auguste retrucó —. No lo puedo creer... ¡Parece que estoy delante de una de esas pobres boludas que después aparecen en la morgue, muertas a palos por defender a un hijo de puta! ¿Qué sigue ahora? ¿Con qué te va a dar la próxima vez, con la reglamentaria?
Las palabras de Auguste le explotaron en el plexo.
—¡Basta, por favor!— Marcel se encontró suplicando sin pensar.
Lo miraron como si acabaran de percatarse de su presencia. Los hermanos Massarino están a punto de arrojarse uno a la yugular del otro porque soy un cretino imbécil y un animal.
— Tu hermano hace bien en querer protegerte— jadeó —. Auguste, es verdad... la golpeé.
Hubo una pausa vacía de sonidos y de respiraciones. Odette palideció, les dio la espalda y se alejó hacia el otro extremo de la sala. Marcel se dejó caer en la silla y sosteniéndose la frente con ambas manos murmuró su confesión para ella.
— Yo... te seguí.... No sólo el viernes. Varias veces, en cada encuentro que tenías con ese Corrente. Averigüé que tenías un nuevo número de celular que nadie más conocía, salvo el tipo; rastreé las llamadas y era él quien las hacía. Él te llamaba al Quai y salías corriendo a verlo. Yo te llamaba y nunca te encontraba; después te preguntaba y me dabas una excusa cualquiera.
Odette se acercó a la mesa y se sentó con los brazos cruzados. Auguste, apoyado contra la pared, lo miraba insondable.
— Me estaba volviendo loco — Marcel continuó —, y el viernes... fue terrible. Cuando mi padre te dejó en la puerta de tu edificio... yo estaba seguro que era Corrente— levantó los ojos y miró a Odette por primera vez—. Quería matarte — murmuró sin voz —. Me habías mentido... y yo no podía soportarlo...
No pudo seguir. Hundió la cara en el hueco de las manos y sollozó.
Nadie habló durante un rato muy largo. Cuando recobró el dominio de sí mismo y los miró, Odette lloraba en silencio, pálida como la porcelana, y Auguste, de brazos cruzados, se miraba los zapatos con el ceño fruncido.
Sintió que las palabras le brotaban desde el centro de las entrañas en un pedido desesperado.
— Estoy enfermo. Necesito ayuda.

(1) chico de la calle, ladronzuelo (dialecto napolitano)
(2)"Vuela, recuerdo/sobre alas doradas". (Coro de esclavos de "Nabucco", G.Verdi.)
(3) "Nombre amado" ( "Rigoletto", G. Verdi.)
(4) "¿Por qué debo despertarme?" ( "El joven Werther", C. Gounod)
(5)"Oh, dulces besos, / oh, lánguidas caricias" ( "E lucevan le stelle" , "Tosca", G.Puccini.)
(6)"Mi sueño de amor / se ha desvanecido para siempre". Id. ant.

domingo, 19 de junio de 2011

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 21

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. VIERNES, POCO DESPUÉS DE MEDIODÍA
                                  Opera Garnier (Opera Nacional de París) (clic para entrar al sitio)
                                                          
El teléfono otra vez.... no, mierda, es el celular nuevo. Odette rebuscó en el bolso insondable y lo pescó justo a tiempo. Una voz bronca gruñó del otro lado.
— Buenas tardes, signor Corrente.
— Estoy en París, necesito hablar con Ud.
— Visíteme en el Quai.
— Prefiero invitarla a tomar un café. Sin reglamentarias esta vez — Odette miró el reloj: qué cuernos querrá este tipo ahora. Ante su vacilación, el otro insistió—. Tengo información que puede interesarle.
Acordaron encontrarse frente a la Opera.
****
Corrente la miró con una sonrisa de oreja a oreja que ella no se molestó en corresponder.
— Pensé que tenía algo importante — le soltó, irritada.
— ¿Le parece poco? Oiga, déjeme hablar con Dubois y explicarle. El director financiero de BCB está presionando a Donna Valentina para que venda. Si ella tuviera el respaldo de un familiar, estaría en una posición más segura, ¿no cree?
— Si le hubiera dado mi número a Donna Valentina, ella estaría hablando con su nieto y la situación no sería tan complicada. Dígame una cosa, Corrente...
— Gaetano...
— “Corrente” está bien para mí— lo cortó —. ¿Cómo sé yo que Ud. trabaja para Valentina y no para el director financiero de BCB? Porque si las cosas son como dice, a este señor no le conviene la existencia de un heredero para Valentina.
El tipo rezongó por lo bajo llamándola cocciuta .(1)
— Por supuesto que soy tozuda. Hasta ahora Ud. no me ofreció ninguna certeza, ni siquiera acerca de Ud. No veo porqué tendría que confiar en un tipo que dice ser investigador privado y se deja pescar en la primera oportunidad.
— Dubois es grandecito, puede cuidarse solo. Dígame dónde puedo encontrarlo.
Se recostó contra la silla, midiendo al hombre con la mirada: así que esa es la información que estás tratando de sacarme. Bueno, no pierdo nada con decírtelo.
— Dubois está siguiendo un curso en C* y no está localizable — Odette se encogió de hombros.
Un cambio de expresión que duró menos de un segundo la puso en guardia: ¿qué es lo que él sabe y yo no sé?
— En fin, él se lo pierde — murmuró Corrente después de unos momentos y la miró a los ojos —. Es un verdadero desperdicio de parte de él — el hombre pidió la cuenta y se pusieron de pie casi al mismo tiempo. — Cuando Dubois regrese... de C* — había un dejo irónico en la voz del tipo —, por favor, necesito hablar con él. Valentina lo necesita.
— Dígale a Valentina que me llame. Si es que se trata de ella.
— No me cree.
— Ud. tampoco. Somos dos.
Se miraron y durante el espacio de un latido tuvo la certeza de que Corrente quería decirle algo más y luchaba contra sí mismo para callarse. Frunció el ceño sin darse cuenta.
— No arrugue la frente. Se ve más bonita cuando sonríe— Corrente la galanteó adrede y sonrió mientras se metía a un autito verde.
Cafone (2) . Odette enfiló hacia el estacionamiento sin reparar en el sedán gris que esperaba en la otra esquina frente al café y que salió chirriando los neumáticos con rabia.

****
Las diez de la noche: hora de irse. Mierda, cómo llueve. Se sentó en el auto nada más que para verificar que el muy perro se había quedado otra vez sin batería. ¡Puta madre, si la cambié hace dos meses! Insultó a todos los fabricantes de baterías del planeta mientras revisaba el bolso, buscando las moneditas salvadoras que pagaran el pasaje en Metro. Entonces lo vio- en el puente St. Michel. Estaba acodado en el parapeto, fumando, a despecho de la lluvia.
Hacía ya dos o tres días que lo veía recorriendo el puente, o cruzando delante del Quai sin atreverse a entrar. El parecido le había acelerado el pulso: la misma forma de caminar y moverse; los mismos gestos. Su contacto le confirmó la identificación, y que estaba de licencia, fuera de Estrasburgo. ¿Por qué no se presenta de una vez, dice lo que tiene que decir y desaparece, como hizo durante veinte años? Se detuvo del otro lado de la calle, a mirarlo, y él le dio la espalda. A la mierda, que se quede a mojarse en el puente. Yo me voy a casa. La lluvia no solía ponerla de talante comunicativo o diplomático.
Apretó el paso por el Bvd. du Palais. Los edificios públicos a oscuras siempre le daban un pinchacito incómodo. A punto de cruzar el puente au Change, una mano pesada la detuvo con brusquedad. Giró sacando la reglamentaria en un acto reflejo, pero él tenía más años de oficio que ella: le sujetó la mano y la empujó contra el parapeto del puente. Se miraron con dureza durante un instante.
                                               El Quai des Orfèvres y el Puente St. Michel
— Lo siento... comisario Marceau. No era mi intención. Quiero hablar con usted — pero no la liberó.
— ¿Y por qué cuernos no entró al Quai y preguntó por mí, coronel Dubois?
Los ojos azul oscuro brillaron de sorpesa. ¿Qué, creías que no te conocía? La lluvia arreció y ella insultó al clima por lo bajo, aunque no tanto como para que él no la oyera.
— Mi auto está cerca. La llevo hasta su casa.
Mejor terminar con esto lo antes posible. Encima me voy a agarrar una gripe de lujo. Asintió y el hombre aflojó la mano, aunque no la soltó. Le abrió la puerta de un sedán color bordó, esperó a que ella se sentara para cerrarla y dio la vuelta por detrás del auto para entrar. El gesto caballeroso la sorprendió.
— No me preguntó en dónde vivo — dijo ella, después de unos minutos de silencio interrumpido por el picoteo de la lluvia en el techo del auto.
— La Défense, calle...
— Está bien, ya sé que sabe hacer su trabajo. ¿Qué es lo que quiere? — segunda pregunta retórica de la noche.
— Quiero ver a mi hijo.
— El puente no es el mejor lugar para encontrarlo.
— Ya lo sé: está en C* — él no acusó recibo de la mordacidad —. Necesito hablar con él.
— Existe el teléfono — no aguantó el sarcasmo, pero él apretó las manos en el volante y no respondió.
Cuando se detuvieron en la puerta de su edificio, el coronel se volvió hacia ella y la tomó por los hombros.
— Es... muy largo de contar... Yo sé que le causé daño pero tengo que hablar con él, personalmente.
Lo miró a los ojos: había dolor en esa mirada igual a la de Marcel. ¿Y si estoy equivocada? No sería justo para ellos. Marcel necesita reunirse con su padre, aunque más no sea para saber la verdad.
— No puedo prometer nada en nombre de otro, pero...
Él la acercó hacia sí.
—Yo... no sé...muy bien... pedir por favor, pero... se lo ruego — la miró casi con desesperación.
— Está bien, coronel. Marcel vuelve mañana. Llámeme. Imagino que también tiene mi número.
Él asintió mientras soltaba el aire con alivio, al tiempo que se apartaba un mechón de la frente. Ella abrió la puerta del auto y bajó.
— Una sola cosa — se asomó al interior del auto y lo miró a los ojos —: no lo lastime.
Él sacudió la cabeza, puso primera y se fue sin decir una palabra.

****
Cnel. Jean-Pierre Dubois
Odette se quedó de pie en la vereda, mirando el auto alejarse. ¿Qué voy a hacer ahora? Un sedán gris clavó los frenos junto a ella y el chirrido de los neumáticos la asustó.
— ¡¿Qué ...?! — dio un salto hacia atrás.
El conductor se tiró del auto y se abalanzó sobre ella, que demoró un segundo entero en comprender que ese loco era Marcel. La tomó del brazo, abrió la puerta y la empujó dentro, haciendo que se golpeara la sien contra el parante.
— ¡Me golpeé! ¡Qué estás haciendo! — gritó,  pero él no le hizo caso, empeñado en alcanzar el auto cuyas luces traseras se perdían en dirección al puente de Neuilly. Un sacudón brusco le recordó ajustarse el cinturón de seguridad.
— ¡Marcel! — insistió —. ¡Por favor, adónde vamos!
Después de violar una luz roja y ponerse a menos de cien metros de distancia del otro, Marcel masculló sin aire:
— ¡A alcanzar a ese hijo de puta!
—¿Qué? ¡Basta, Marcel, él vino a verte, a hablar...! — Marcel encajó los dientes, aceleró y se apareó al otro automóvil — ¡Por Dios, nos vamos a matar...!
En una maniobra violenta, cruzó su sedán en el camino del otro, que frenó a veinte centímetros de la colisión. El otro conductor no atinaba a bajarse. Marcel bajó y la arrastró hasta el otro vehículo. Fuera de sí, la empujó contra el auto y la golpeó en la cara. El golpe la aturdió y le hizo saltar las lágrimas
— ¡Puta mentirosa! ¡Por supuesto que vas a decirme quién es! — rugió Marcel —. ¿Él quiere hablarme? ¿Los dos tienen mucho para decirme? ¡Yo también!
Jean-Pierre Dubois bajó del auto despacio, con el rostro demudado. Marcel se quedó rígido. Ella hundió la cara entre las manos, llorando y sin poder creer lo que pasaba. Marcel me golpeó. Se hizo un silencio ominoso y vacío entre los tres. Todavía aturdida y sin mirar a los hombres, corrió hasta el auto de Marcel. Alguien la tomó del brazo: era él, desencajado, pálido como un muerto.
Tironeó murmurando que la dejara en paz.
— ¿Quién... era? — tartamudeó él.
— ¡Quién era quién! — le gritó, desconcertada y furiosa. La cara le ardía de dolor y humillación.
— ¡El tipo de esta mañana! — jadeó, zamarreándola descontrolado — ¿Quién es?
— ¡Marcel, basta! — Jean-Pierre trató de separarlos pero Marcel lo apartó de un empujón.
Con una calma que le nacía del centro mismo del furor, Odette sacó del bolso las fotografías.
— Ese tipo es Gaetano Corrente— le tiró las fotos a la cara—. Tu abuela, Valentina Contardi-Bozzi, lo mandó a buscarte.
Marcel la soltó y retrocedió como si estuviera borracho. Las fotografías que Corrente les había tomado a ambos se desparramaron por el pavimento mojado. Marcel recogió las fotos y la miró a ella.
— No quiero volver a verte — le informó con voz gélida. Agarró el bolso y se alejó corriendo.
— ¡Odette! — la llamó Marcel con la voz quebrada —. ¡Odette, por favor...!
Te odio. Trastabilló pero sostuvo el paso; todavía tenía vértigos por el golpe. Apretó los dientes para no llorar.
— ¡Odette...!
Te odio con todo mi corazón. Las lágrimas le escocían y se las enjugó de un manotazo. Un taxi milagroso apareció y ella le hizo señas. Corrió hasta el vehículo y subió, ordenándole arrancar antes de decirle adónde, aunque no se alejó tan rápido como para no escuchar las súplicas desesperadas de Marcel.

****

Le temblaban las piernas con tal intensidad que tuvo que sostenerse del auto. Se quedó mirando la calle negra que se se había tragado al taxi con la mujer que amaba y a la que había venido a matar, y lloró como una criatura. Lloraba y se sacudía contra el auto, golpeándolo. Alguien le tocó el brazo y lo llamó quedo. Levantó la cabeza: su padre lo miraba apenado.
— ¡Qué viniste a hacer!— le gritó, rabioso— ¡Me arruinaste la vida!
Jean-Pierre susurró, acongojado.
—Lo supe todos estos años y legué tarde. Es terrible ver a un hijo repetir los mismos errores que uno.
— ¡Nunca te importé!
— No es cierto...
— ¡No me mientas!— rugió y lo sacudió por las solapas del sobretodo.
Quedaron a la distancia del aliento. Jean-Pierre bajó los brazos sin reaccionar y Marcel se quedó congelado. No podía soltarlo. Sus manos se negaban a abandonar ese contacto brutal, como si ellas por su cuenta le suplicaran a ese hombre al que odiaba desde sus mismas entrañas, por todo aquello que le había faltado durante casi veinte años. Dónde estuviste todo este tiempo, papá.
Luchó consigo mismo por abrir las manos y alejarse de su padre.
— No quiero volver a verte— masculló y lo empujó sin mirarlo.
Otra mano, tan grande y tan fuerte como la suya, lo detuvo.
— No, Marcel. No pienso cometer el mismo error otra vez ni permitirte que cometas los míos.
La firmeza y la calma de Jean-Pierre lo sorprendieron.
— Te debo una vida de explicaciones y vine a dártelas. No voy a irme hasta que me escuches. Si si de verdad ella te importa — Jean-Pierre miró hacia la calle vacía —, mejor que pongas todo tu corazón en escucharme.
****




Se sentaron a una mesa del lobby del hotel de Jean-Pierre. El encargado del bar estiró la jeta cuando los vio acomodarse y miró la hora, pero se acercó educadamente. Marcel respondió con monosílabos a los ofrecimientos de café y prefirió un coñac. Lo voy a necesitar, y doble.
Después de tomarse la primera copa de una sola vez y pedir la segunda, sintió que recobraba el control de manos y piernas. Se cruzó de brazos sin hablar y se quedó mirando a su padre, que hacía girar su propia copa entre las manos.
Marie-Thérèse había huído del lado del marido cuando Adéle y él tenían doce y diez años respectivamente. Edouard Dubois había volcado en sus hijos la violencia que antes ejercía contra su mujer. La que más había sufrido el horror familiar había sido su hermana mayor, hermosa y delicada como su madre y con la misma fragilidad de carácter. Edouard abusó en todas las formas posibles de su hija, hasta que un día la desesperación de Adéle empujó a Jean-Pierre a cometer uno de los actos más terribles de su vida: a los doce años, intentó matar a su padre. Luego, el escándalo en el pueblito provinciano, el escarnio para Adéle, la cárcel para Edouard y hogares sustitutos para él y su hermana. Al poco tiempo de separarlos, Adéle se suicidó. Edouard murió en la cárcel. Él logró la emancipación a los dieciseis y abandonó el lugar. Cuando ingresó a la Gendarmería, ocultó sus antecedentes familiares.
Localizó a su madre en una institución psiquiátrica: el remordimiento por haber abandonado a sus hijos le había destruído la poca cordura que le quedaba. No se atrevió a contarle sobre la muerte de Adéle.
Con Constanza se había jurado que serían felices. Fue inútil. El odio de su suegro, la imposibilidad de reconciliarla con su familia, las diferencias sociales que los separaban y que salían indefectiblemente a relucir en las peleas cada vez más frecuentes, porque no eran más que mocosos que habían intentado escapar de realidades familiares intolerables. El que su hija se enamorara de un don nadie no había entrado jamás en los cálculos de Marcello Contardi, que la había insultado y golpeado delante de él cuando Constanza les dijo a sus padres que estaba embarazada. Se enfureció y hubiera matado al hijo de puta si Constanza no le hubiera rogado a los gritos que lo dejara. Fue la última vez que vio a sus suegros.
Los celos lo volvían loco. Constanza era tan hermosa, tan educada, tan refinada y él era nada más que un gendarme de provincia. Sus amigos lo envidiaban y sus conocidos lo humillaban a sus espaldas, diciendo que la había dejado embarazada para hacerse de la fortuna de su mujer. A él le importaba una mierda la fortuna de ella: la amaba por ella misma, algo que Constanza nunca comprendió.
— Yo... nunca la golpeé... La perseguía, discutíamos de una forma terrible, pero nunca la golpeé, por Dios, eso no. Constanza mentía. Me mentía todo el tiempo como una colegiala por cualquier tontería, no sé, en qué había gastado la plata, dónde iba cuando salía sola, con quién hablaba por teléfono... y eso me enloquecía. Me iba de casa furioso— bajó la cabeza y después de una larga pitada al Gauloise continuó— Una vez, una sola — hizo un esfuerzo por hablar —, tu madre había salido, se suponía que estabas en la escuela... Unos compañeros que estaban de franco la vieron en un café. Estaba esperando a alguien... Algún desgraciado que me conocía demasiado bien tuvo la cruel idea de llamar y avisarme... Yo no podía dejar mi puesto... Cada minuto hasta la noche fue un suplicio. Llamé a casa cada vez que pude y no estaban.”
"Cuando llegué, estabas jugando por ahí. Corrí a buscarla y preguntarle en dónde había estado. Ella me dijo que en ninguna parte, que no se había movido de casa... Sabía que me mentía y me desquicié. Ella se asustó... Me dijo llorando que se había encontrado... con tu abuela y que habían ido a buscarte a la escuela para que te conociera... pero no le creí. Cuando me dijo la verdad no le creí..."
"Puta mentirosa". Había usado las mismas palabras de su padre para herir a la mujer que amaba. Lo mismo que su padre. Tuvo que hacer un esfuerzo para contener la angustia que amenazaba con estrangularlo.
Jean-Pierre continuó con voz casi inaudible.
— Después, Constanza me tuvo terror. Tenía en sus ojos la misma expresión que cuando su padre la golpeó y la echó. Para ella, yo me había convertido en la misma clase de monstruo. Empecé a no estar en casa, prefería no volver a verla así; fueron tiempos peores que los anteriores. Acepté traslados temporarios con tal de mantenerme alejado, y cada vez que regresaba, tu madre se convertía en un animalito asustado. Cuando me dijo que se iba y que te llevaba con ella, no pude soportarlo. No me quedaba nada, ni siquiera mi hijo: no podía resignarme. Yo te amaba; eras tan hijo mío como de tu madre. Quise rogarle que se quedara, que lo intentáramos de nuevo pero terminamos como siempre, echándonos en cara las estupideces del pasado, las diferencias, la vida espantosa que habíamos llevado. Traté de abrazarla, de explicarle y entonces... ahí estabas, reaccionando tal como había hecho yo con mi padre. Comprendí que a tus ojos yo era como él... y los dejé ir.
— ¿Por qué no viniste a buscarla? — le preguntó entre dientes, sin mirarlo.
— ¿Y quién te dijo que no los busqué? Siempre supe en dónde estaban y adónde iban. Traté de mantenerme cerca de cualquier modo que me fuera posible...¿De dónde creías que sacaba el dinero tu madre? Pero ella no me permitía verlos y yo no quería hacerles más daño que el que ya les había hecho así que acepté sus condiciones. Me equivoqué, ahora lo sé— meneó la cabeza con resignación—. Cuando Constanza se enfermó, no lo supe hasta que fue demasiado tarde. Corrí a verla, a rogarle que me perdonara y me dejara volver, pero ella me dijo que no querías verme.
Marcel le clavó los ojos, sorprendido contra su voluntad.
— Nunca me dijo nada.
— Estaba tan mal que no quise contrariarla... y volví a equivocarme.
Su madre había muerto a la madrugada en el hospital. Le avisaron a su casa. Esa noche se había quedado con ella hasta última hora, mientras Constanza agonizaba, misericordiosamente inconsciente. Como si supiera en qué estaba pensando, Jean-Pierre murmuró:
— Estuve allí. Esperé a que te llamaran y me fui antes que llegaras.
— ¿Por qué?
— Tenía miedo de enfrentarte.
Se quedaron en silencio durante un tiempo larguísimo.
— Sé que es tarde para pedirte perdón — cuando levantó la vista, Jean-Pierre tenía los ojos nublados — Pero tenía que encontrarte ... y explicarte.. que no toda la culpa fue mía. Nadie me dijo hace treinta años que las cosas podían cambiar,... con la ayuda adecuada. Estaba enfermo. No fue fácil admitir que necesitaba ayuda. Me resultó muy duro empezar: a mi edad las cosas ya no son fáciles.
No era la mirada que recordaba de su padre: había un dolor enorme en esos ojos iguales a los suyos. Quería odiar a ese hombre y sólo podía sentir compasión por él, y lo inesperado de ese sentimiento lo conmovió. Había aceptado hablar con él con la intención de no perdonarlo, pero el sentimiento que le oprimía el pecho no era rencor: era dolor, un dolor inmenso por esa vida destruída. Todavía podía encontrar amor por él en alguna parte de su ser: si se permitía abrigar una mínima esperanza de recuperar a la mujer que amaba, el camino comenzaba esa noche, aceptando a su padre y ofreciéndole el perdón que él venía a pedirle. Sintió que ambos estaban limpios, inocentes como recién nacidos. Había recibido un regalo increíble de quien menos lo esperaba: su padre le estaba dando la oportunidad de empezar de nuevo.

(1) testaruda
(2) imbécil

domingo, 5 de junio de 2011

Sexto Continente: Relatos de oyentes

Sexto Continente: Relatos de oyentes: "Relatos negros de los oyentes de Sexto Continente. Hacía falta cometer este asesinato Venganza Poética de Monica Sacco (Argentina) http..."

sábado, 4 de junio de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 20

PARÍS, CONSULTORIO DE LA DRA. MEINVIELLE. MIÉRCOLES POR LA MAÑANA

Marceau asomó tímida, sin entrar del todo.
— ¿Tiene un minuto?
Meinvielle se subió los lentes de medio marco y sonrió.
— Tengo varios. Pase, pase.
Marceau se sentó en el borde del sillón; luego lo pensó mejor y se apoyó en el respaldo, sin relajar los hombros. ¿Qué es eso tan importante que estamos a punto de decir?, sonrió Meinvielle para sí. Marceau inspiró, se mordió el labio inferior y soltó a boca de jarro:
— Hablé con mi madre — y la miró con ojos enormes.
Bueno, bueno, comenzó el deshielo. Le dedicó una sonrisa espléndida antes de responder.
— Estoy muy feliz por usted.
La mirada de Marceau se perdió por las bibliotecas tras su escritorio.
— No sé si estoy feliz, ... estoy aliviada — suspiró. Después se encogió de hombros. — Por algo se empieza.
Meinvielle acomodó el mentón entre las manos entrelazadas. Me va a convencer de que le gusta que la hagan confesar. ¿Vicios de la profesión?
— ¿Puedo...?
— Ya sabe que puede — la otra la atajó, pero una sonrisa tenue le flotó por la cara.
— ¿Por qué no tuvo hijos con Jean-Luc?
Transcurrió una pausa.
— Me extrañaba que no lo hubiera preguntado antes — Marceau la miró enarcando una ceja.
— No haga esos jueguitos conmigo — la reconvino y la comisario sonrió— ¿Y bien?¿Por qué no tuvo hijos en su primer matrimonio?
— Jean-Luc insistía en que yo era joven y que teníamos tiempo. Ni siquiera había terminado mi carrera cuando me casé.
— Y a Ud. no le molestó.
— Tenía veinte años y a esa edad se es inmortal.
— ¿Qué edad tenía su marido?
—Me llevaba dieciséis años.
La psicóloga se arrellanó en su sillón.
— Él no necesitaba hijos: la tenía a Ud., que era todo lo que él podía desear: su mujer, su amante, su muñeca. El sueño inconfesable de cualquier padre: "mi nenita es mía y de nadie más". A Jean-Luc no le importaba esperar: ni siquiera había pensado en otra cosa. Después de todo, él también era joven: un hombre de ochenta años puede engendrar un hijo.
Marceau se quedó silenciosa, mirando la alfombra entre sus pies. Después de un rato susurró:
— No es justo...
— ¿Criticar a un muerto? — fustigó Meinvielle —. No lo critico: expongo los hechos tal como los veo.
Marceau no la miraba. Dicen que el hierro se golpea en caliente. Golpeemos entonces.
— ¿Cómo murió Jean-Luc?
— ¿Conoce el síndrome de “locked-in”?
—¡Locked-in! — casi saltó en su sillón — Qué terrible.
— Jean-Luc viajó a la Argentina por una investigación. Después de dos meses lo trajeron de vuelta... así. Fue premeditado...— los ojos de Marceau brillaron vidriosos—. Sobrevivió un año.
Dios, creo que esta vez fui demasiado lejos. Marceau continuó con voz sin inflexiones.
— Yo estaba desesperada e hice locuras. Llegué a inyectarlo con heroína para que no sufriera. Quería hacerlo sentir... un... un hombre completo. Él estaba consciente, lúcido, encerrado en esa cáscara muda y torturada que era su cuerpo. Me pedía que lo dejara. No sé cómo, pero convenció a mi primo Calogero, que lo cuidaba todo el tiempo, para que lo ayudara a morir. Calogero cambió la heroína por cloruro de potasio. Creí que yo lo había matado de una sobredosis — durante unos segundos, el único sonido que atravesó el aire fue el de la pesada respiración de Marceau — Después de que Jean-Luc murió fue como... como estar muerta yo también. No sé durante cuánto tiempo: dos, tres años. Era como no tener cuerpo, no verme en el espejo, no tener necesidades... nada. Había dejado de sentirme mujer.
Meinvielle se mantuvo en un silencio alentador durante la pausa que siguió. Marceau volvió a hablar en voz baja y sin mirar a ninguna parte.
— Y de pronto un día...Fue horrible. No podía entender cómo había pasado a mí, que no lo había buscado, no lo deseaba, que ni siquiera me atrevía a... a tocarme — terminó en un susurro.
— ¿Ni siquiera se masturbaba? — lanzó la pregunta como un dardo.
— N-no...— Marceau jadeó, roja de vergüenza.
— Y esa experiencia le recordó que después de todo usted era humana y podía sentir y despertar deseos.
— Lo único que sentí fue miedo.
— ¿Miedo a qué?
— A quién — la otra la corrigió —. Ese hombre.
— ¿Ese hombre tiene un nombre?
— Nombre, apellido, rango, posición política — Marceau respiraba pesadamente.
— ¿De quién estamos hablando? Comisario — la llamó —, se trata... ¿de quién?
— Jean-Jacques Ayrault. Y si va a hacer la perorata del nombre y la negación del nombre, gracias, ya la conozco — resopló sin aire—. Y sí, aborrezco pronunciar su maldito nombre.
— Lo aborrece porque la vio como mujer.
— Me vio como una cosa a poseer— la comisario subrayó con rabia fría.
— La hizo tomar conciencia de su propia fragilidad, de su femineidad y de lo indefensa que estaba. Suficiente en su caso para odiar a alguien durante bastante tiempo— sonrió, pero la otra le apagó la sonrisa.
— Tomé conciencia de mi propia fragilidad y de mi indefensión gracias a la paliza que me dio ese animal— enseguida cambió el tono—. Lo siento, no quise ser grosera.
— Disculpe, no sabía que nuestro ex-comisario Ayrault tenía entre sus muchas virtudes la de acosar subalternas— esta mujer es peor que el laberinto de Creta: en cada vuelta acecha un monstruo nuevo. Se las arregló para mantener la expresión neutral—. Y a pesar de todo, esa situación la hizo ‘re-tomar’ conciencia de su cuerpo y sus necesidades…
Marceau asintió despacio.
— Necesidades que vivía con culpa— nuevo asentimiento —, pero que debía satisfacer.— Enrojecimiento violento. — No se avergüence, no estamos hechos para el celibato y la vida impoluta, mal que les pese a los santos. Resumiendo, hasta que llegó Marcel, el único contacto con el sexo opuesto fue tan violento y frustrante que decidió hacer vida de religiosa laica en el convento de las carmelitas de la PDP .
— No me tome el pelo.
— No, claro que no: la hubieran echado de cualquier convento a los tres días por revolucionaria y activista.
Se rieron.
— ¿Cómo fue que Marcel pudo acercársele?
— No fue él: fui yo — el rostro de porcelana volvió a colorearse.
— No le tuvo miedo.
— No... Creo que... lo seduje.
— Volvió a ser una mujer completa. Esta vez no era usted el inocente objeto de seducción sino el sujeto, y por lo tanto responsable de sus actos. Pero entonces pecó contra esa memoria atesorada de Jean-Luc. ¡Deseaba a otro hombre, lo estaba engañando, abandonando! — hizo una pausa para observar las reacciones de la comisario, que cerró los ojos y se encogió en el sillón. Continuó, bajando la intensidad de su voz — Usted no mató a Jean-Luc. No es culpable de nada más que de comprar sustancias ilegales y seguramente la causa esté prescripta así que deje de castigarse por cosas que no hizo. ¿Qué es lo que se echa en cara ahora? ¿”No tuve hijos con Jean-Luc, no tengo derecho a tener hijos con nadie más”? ¿Es ese el cuestionamiento? — Meinvielle tendió las manos con las palmas hacia arriba. La comisario abandonó las suyas en las de ella y se las sostuvo mientras hablaba—. Perdónese de una buena vez, querida. Es muy saludable. Y también sería saludable que enterrara a sus muertos de una vez por todas.
Marceau meneó la cabeza asintiendo. Parece de verdad aliviada. Por mi parte estoy agotada. Pienso tomarme el resto de la mañana libre.
— ¿Qué tiene que hacer ahora? — preguntó palmeándole el dorso de una mano.
— Estaba por volver al Quai...
— Vámonos a tomar un café y a respirar aire libre. Sus clientes no tienen problemas si llega tarde, ¿no? — preguntó con intención.
Marceau le devolvió la humorada.
— Cuando una trabaja en la “Crim”, siempre llega tarde. Vamos: yo invito.


PARIS, MINISTERIO DEL INTERIOR. MIÉRCOLES POR LA NOCHE

Después de estrellarse por cuarta vez contra la inaccesibilidad de IGPN y sus archivos, Auguste se decidió por la vía rápida. Esperó a que se retirara la mayor parte del personal — siempre alguien interrumpe en el mejor momento —, y se dedicó a hurgar electrónicamente en el sistema.
Llevaba más de quince minutos buscando cuando llegó a los archivos que le interesaban y cliqueó impaciente. La decepción le torció la boca: el informe era totalmente anodino. No es posible. Continuó buceando sin éxito por los subdirectorios. Después de casi una hora, soltó el sufrido ratón y se quedó mirando la pantalla con mal sabor en la boca.
¿Por qué no hay registros? Pensemos, Massarino. Uno, porque son demasiado viejos y no están cargados en el Archivo virtual. La hipótesis resultó no válida: había registros mucho más viejos que diez años. Pero IGPN tiene archivos. ¿Dónde están? Nueva búsqueda, nuevo éxito-fracaso. Sí había archivos de IGPN, pero no el que él buscaba.
Hipótesis número dos: archivos borrados o alterados. En caso de ser cierta, era sumamente peligrosa. Tus amigos te borran los “malos antecedentes”. Una punzada en el estómago lo previno. Tamborileó los dedos, impaciente. Los archivos electrónicos tienen un origen físico. Vamos a buscarlos.
Con su mejor cara de rottweiler de mal humor y la credencial prendida de la solapa, entró al sector. El suboficial a cargo hizo una venia silenciosa y él se perdió por los corredores entre estanterías. Lanzó una ojeada hacia el mostrador de entrada: el suboficial estaba inclinado sobre un diario, muy presumiblemente dormitando. Inspiró — Massarino, esto es ilícito, ¿lo sabías?—, y se lanzó de cabeza a las estanterías con expedientes de diez años antes.
Quince minutos y las manos debidamente mugrientas después, leía la carpeta. Su irritación iba en aumento con cada folio. Nada… Limpio como un bebé de pecho. Ni una sola mención al incidente: se retiró en la cumbre de su gloria.
Decidió probar con la contraparte y después de asegurarse que el archivista aún cabeceaba sobre las noticias del día, fue a buscar las copias de expedientes en las estanterías del otro extremo. Acá está... Por supuesto. Degradación, dos meses en el Archivo, restitución del rango. ¿Dónde mierda figura ese condenado asunto?
Salió del Archivo con una desagradable sensación de impotencia. El “incidente M” había sido borrado de los archivos de la PN en el sentido literal de la palabra. Las implicancias de algo semejante podían generar un escándalo de proporciones... si se descubría. Y por supuesto, había un sinnúmero de razones para que no se descubriera. El sólo hecho de alterar los expedientes era en sí mismo un delito.
Auguste regresó a su despacho a paso lento, mientras pensaba a todo vapor. El asunto estaba tomando un cariz desagradable. ¿Por qué “limpiarían” los antecedentes del tipo? ¿Cuándo lo habrían hecho: diez años atrás? Lo más probable era que sí. El sujeto tenía influencias ya en aquel entonces. Pregunta siguiente: ¿qué clase de influencias? Porque había sido la mismísma incorruptible IGPN la que había alterado los expedientes: no cabía otra posibilidad.
El ingreso del sujeto en política era razón más que suficiente para la “limpieza”. A nadie le gusta un candidato caracterizado por intentar violar subordinadas. Y sí que hizo carrera. En menos de diez años está disputando la presidencia. Qué rápido. Nadie había llegado tan lejos en tan corto tiempo. Nadie que haga las cosas limpiamente, entendámonos bien. Decidió que era buena hora de dedicarle un poco de su tiempo libre a la campaña presidencial del sujeto, nada más que por despuntar el vicio. Desde que me fui de la Brigada, me aburro como un cocodrilo embalsamado. Ahora la entiendo a mi hermana: la calle te mantiene vivo.


SUBURBIOS DE ESTRASBURGO, MIÉRCOLES POR LA NOCHE
Ya había visto pasar el auto de cristales oscuros que se detuvo delante de ella. Se inclinó sobre la ventanilla, asomando el escote estratégicamente. El hombre ni siquiera intentó regatear. “Busco algo muy especial”, le dijo y ella sonrió. “Muy especial”, insistió el tipo. “Todo tiene su precio”, encogió un hombro desnudo. Él liberó el seguro de las puertas sin dejar de mirarla.
Le dio la ropa que traía en un maletín.” ¿Te gusta jugar?”, le preguntó mientras él sacaba el resto de los objetos. “Me fascina”, sonrió él de un modo que le hizo correr un escalofrío por la espalda. Examinó las prendas. Carajo, es carísimo. Cuero natural. Mientras se vestía, él le daba vueltas alrededor sin decir palabra. “¿No vas a desvestirte?”, preguntó y él negó con la cabeza.
“¿Así está bien?”, preguntó. Él se le acercó por detrás, la llevó frente al espejo y le sujetó las manos mientras le besaba el cuello y los hombros sin dejar de mirar la imagen reflejada.
“Así, quieta, no te muevas, no digas una sola palabra.” Ella se mordía por preguntarle qué quería. Él se apartó y le acarició el cabello, el borde de la mandíbula, el cuello hasta el nacimiento de los pechos. “No te muevas”, siseó entre dientes. La acarició otra vez, y otra más y le recorrió el cuello hasta las orejas con la lengua. “Quiero que me golpees”, y ella se lo quedó mirando. “Con la mano abierta, de revés, cuando te acaricie de nuevo”. Hizo lo que él le pedía. “No, muñeca, así no. Con fuerza: quiero que me golpees de verdad”. Recomenzaron el juego y esta vez sí le estrelló la mano en la cara.
La tomó del pelo y la arrojó al suelo, sin soltarla, mientras con la otra mano se desprendía la bragueta. “¡De rodillas, putita, así!” , y la estrujó contra él. “¡La boca bien abierta!” , rugió. “Más te vale que hagas el mejor trabajo de tu vida, arrastrada”. Le temblaba todo el cuerpo cuando se arrodilló delante del hombre.
“Ya está bien”, siseó y la arrojó boca abajo sobre la cama. Antes de que pudiera reaccionar, le estaba atando las manos con el cinturón. Le separó las rodillas con las suyas y sintió uno de los juguetes del tipo enterrársele en la carne y lastimarla. El miedo más básico e instintivo la hizo gritar. Él la hizo volverse de un empujón y un revés brutal le ahogó el grito en la garganta. Sonreía con odio. “Te voy a matar, puta”, y eso fue lo que hizo.