POLICIAL ARGENTINO

jueves, 25 de febrero de 2010

LA MANO DERECHA DEL DIABLO - PRÓLOGO


Prólogo — Milán, 1921
Cruzaron las miradas del color del agua en silencio, calculando el momento del enfrentamiento. ¿Quién atacaría primero? Desde su altura algo por debajo del codo de su padre, espiaba al otro, que pronto alcanzaría el hombro paterno. Se midieron durante un buen rato, sin decir una palabra.
— Saluda a papá— su madre le dio un empujoncito cariñoso —."Hola, papá, ¿cómo está Ud.?" — repitió como si él se lo hubiera olvidado.
No quería saludarlo. Ya no le basta con venir: ¡ahora trae a ese! ¿Quién es?, se preguntaba rabioso e impotente, aferrado a la mano de su madre casi con desesperación. Entre los dos me la quitarán. Aguantó las lágrimas con valentía.
— Marcello, éste es tu hermano mayor, Vittorio — su padre los presentó con severo orgullo.
El otro extendió una mano fría. Otra vez el empujoncito y el susurro: "Dale la mano, sé educado" y porque se lo pedía mamma, nada más que por eso, extendió el bracito y tomó la mano de su hermano.
Se pasó el resto del día escondido más que encerrado en su cuarto, sin querer asomar la nariz de tan enojado que estaba y porque le daba vergüenza que su padre y "ese" lo vieran llorar. A la hora de la cena no tuvo más remedio que hacer acto de presencia, vestido y peinado.
Cuando su padre estaba en casa, las cosas cambiaban mucho y él lo resentía. Había que "comportarse": sentarse en silencio, utilizar correctamente los cubiertos aunque sólo tuviera cinco años y le costara empuñar el cuchillo de plata más grande que su mano; quedarse encerrado en el cuarto de juego y no andar "whinning like a pony"[1] por toda la casa, de acuerdo con las severas instrucciones de la gobernanta inglesa a la que, sospechaba, incluso mamma temía.
Interrumpir las reuniones que su padre mantenía en el salón principal de la planta baja, a puertas cerradas, era impensable. Mamma ni siquiera se asomaba al salón en esas ocasiones y cuando debía hacerlo, murmuraba un saludo tímido y a media voz, se disculpaba y se refugiaba en su sector de la mansión, o corría a la cocina a controlar que todo estuviera perfecto.
La cocina era el secreto orgullo de mamma y el lugar en donde sus placeres sencillos la hacían sentir más a gusto. A él le encantaba verla mientras preparaba las comidas del día, y dejarse envolver por los olores cálidos y perfumados de esa Amalfi que no conocía. Platos coloridos de rojo, verde y violeta, con aromas de salvia y albahaca; sabores puros, vivaces, llenos del sol que mamma añoraba en la Milano siempre gris. En las conversaciones entre mujeres, despotricaba abiertamente contra la cocina del Norte y su única concesión a la casa de Savoia, no a Lombardía, era el sabaglione.
Mamma cantaba cuando cocinaba, cuando se sentaba a coser; cuando andaba por la casa o cuando lo hacía dormir entre sus brazos; y eran canciones en un italiano extraño, rústico y sin embargo dulce, que tenía la cadencia del mar.
Cuando padre estaba en casa, todo era distinto. Si había huéspedes, mamma no cantaba y casi no hablaba. Con el tiempo comprendió que la cadencia de mar de su italiano resultaba demasiado vulgar para los encumbrados conocidos de su padre, que las más de las veces, hablaban en francés.
Mamma no hablaba francés. Una vez, escondido detrás del recodo de un pasillo, escuchó a unos invitados de su padre burlarse en voz baja: "Ni siquiera habla italiano".

Una señora elegante se encerraba con ella dos veces por semana en un saloncito de la planta alta. Esas reuniones lo intrigaban tanto que un día se escondió debajo de una mesita en un rincón, en una posición tan incómoda que las rodillas le dolieron durante todo el día siguiente.
Mamma leía de un libro y la señora le corregía la pronunciación, haciéndola comenzar una y otra vez, lo mismo que a él la odiosa gobernanta inglesa. Luego se sentaron a una mesa grande, ya preparada, y su madre tuvo que repetir la ubicación de los cubiertos, copas, platos y servilletas. Desde su escondite podía oír claramente el tintineo de la plata y el cristal. Yo sé cómo se ponen, me lo enseñó Miss Parsons y puedo enseñárselo a mamma, en lugar de esta vieja mandona.
La lección duró una eternidad: sentarse y ponerse de pie, dejarse acercar y retirar la silla; bajar y subir de un automóvil; el lado de la calle por donde caminan las damas; los interminables tratamientos nobiliarios y de cortesía: "principe", "duca", "marchese", "conte", "cavaliere", "Sua Maestà", "Altezza", "Eccellenza", "Eminenza" y otro montón de títulos graciosos. Mamma debía repetirlos junto con el nombre del 'intitulado', como acababa de bautizar a todos esos personajes de cuentos.
La vieja mandona se fue y mamma se quedó sola en el saloncito, sin saber de su presencia y de su amor desde debajo de la mesa, repitiendo en voz baja la posición de los cubiertos y listando los 'intitulados' de a uno por dedo. Luego se sentó junto a la ventana a leer en voz alta, que fue mermando hasta un susurro tembloroso por el esfuerzo de mantener la pronunciación. El ruido seco del libraco al cerrarse lo hizo saltar, literalmente, y se golpeó la rodilla izquierda con la pata de la mesa.
Se aguantó los quejidos hasta que escuchó la puerta. Salió como pudo, en tres patas y media y corrió a ver el libro: ¡era el mismo que la gobernanta usaba con él para su lección diaria! Pensó en correr detrás de su madre y decirle que no era tan difícil y que si quería, él podía ayudarla. Cuando salió rengueando al corredor, el ladrido de la inglesa lo congeló: "Where have you been, Sir?". Habitualmente, el "Sir" en boca de Miss Parsons no auguraba nada bueno y esa vez no fue la excepción.
No tenía memoria cierta de cuándo su padre había comenzado a imponer sus reglas severas en la casa y en la vida de sus habitantes. Sí, en cambio, que no había forma de escapar de ellas cuando él se quedaba, después de sus viajes largos a no sabía qué sitios maravillosamente lejanos, sobre todo porque cuanto más lejanos, más tardaba en volver.
Mientras tanto, mamma era toda para él, inclusive a la hora de dormir. Su cuarto era su territorio — en realidad, lo era toda la casa cuando su padre no estaba — pero por la noches terminaba trepándose por los cobertores a la cama enorme y con baldaquín, escapándose de alguna pesadilla horrible que se escondía detrás de las cortinas y lo esperaba agazapada en su habitación. Hundía la nariz entre los cabellos negros, se aferraba a un mechón sedoso y largo y se quedaba dormido y feliz.
Con padre en casa, todo era diferente. Nada de meterse en la cama con mamma a dormir. La puerta de su cuarto se cerraba y él se moría de miedo, y de ganas de correr al dormitorio principal. Una sola vez lo había intentado y la niñera corrió detrás de él, asustada.
— ¡A tu padre no le gusta que los niños duerman en la cama grande!
— ¡Es la cama de mammina! — protestó lloriqueando.
La niñera lo levantó en brazos y lo llevó hasta su cuarto, aguantando estoicamente sus puñitos furiosos.
— ¡Son órdenes del Signor Conte! — y lo metió en la cama —. No me hagas cerrar la puerta con llave.
Era la primera vez que escuchaba "Signor Conte" y aunque no sabía de quién se trataba, supuso que sería su padre. Lo odió toda la noche y durante el resto de su vida.

Milán, 1929
Casi no reconoció al hombre joven y elegante, de pie en medio del vestíbulo imponente de la mansión, rodeado de equipaje y que daba órdenes displicentes al personal obedientemente arremolinado a su alrededor. La cabeza rubia y arrogante se volvió apenas y le echó una ojeada de cristal.
— Creciste mucho en este tiempo, Marcello.
Su hermano mayor. La rabia sorda y sin nombre amenazó con dejarlo sin habla.
— Cómo está, Vittorio — saludó seco y sin tutearlo, como jamás tuteaba a su padre.
El otro se encogió de hombros principescamente, dando a entender que gozaba de magnífica salud.
Se quedó mudo, como siempre delante de su hermano. Odiaba tener seis años menos, odiaba que el otro fuera tan alto y elegante y él tan desgarbado, vestido con ropas adecuadas a su edad pero ridículas para su cuerpo que crecía sin demasiado concierto ni autorización. Detestaba escucharlo hablar con la servidumbre con esos modales de gran señor. Pero lo que aborrecía desde el fondo de su corazón era la educada descortesía de que Vittorio hacía gala con su madre.
El saludo helado irrumpió en sus más negros pensamientos y la voz cantarina de mamma respondió, dulce como siempre, como si no le importara que el otro la despreciara tan abiertamente como podía. Le dolió más de lo que hubiera querido, notar la desilusión en la cara de su madre al ver que el viejo no había venido con Vittorio. Pero mamma recompuso la expresión y de inmediato tomó su lugar como señora de la casa, dando las órdenes para acomodar al recién llegado.
Afortunadamente, su hermano mayor no pasaba demasiado tiempo en la mansión y él estaba demasiado ocupado con sus estudios como para prestarse mutua atención.
Una mañana, mientras esperaba a su tutor en el estudio amplio y luminoso que le había asignado su padre, oyó a su hermano hablar con su madre. Entreabrió la puerta para enterarse de la conversación: esa noche Vittorio ofrecería una recepción a unos amigos.
Con intencionada inocencia preguntó a su madre por los preparativos. Ella lo miró con ojazos negros y sabedores, y sonrió al responderle que cómo podía ser, si las paredes y las puertas tenían oídos, no supieran ya qué pasaría esa noche. Tragó saliva, rojo hasta la raíz del pelo; su madre le acarició la mejilla y le dio un beso. Luego, sin retirar la mano de su cara, aclaró que ellos dos no estaban invitados.
El rojo de vergüenza pasó a rojo de furia, pero prefería morderse la lengua antes que demostrarle a alguien que le importaba que Vittorio los considerara menos que sus condenados amigos. Se prometió que le arruinaría la maldita fiestecita o lo que fuera. Tan entusiasmado estuvo en prepararse para la ocasión que el tutor debió llamarle la atención varias veces durante la tarde.
Esperó pacientemente a que su madre se retirara a sus habitaciones, para salir al pasillo con los zapatos en la mano. Casi corrió escaleras abajo, rápido, rápido antes de que llegaran los invitados, y se refugió en el salón de fumar, comunicado por puertas dobles acristaladas y con cortinados de pesado terciopelo, con el comedor imponente. Sería un buen lugar para espiar y, llegado el caso, tener una vía de escape por las puertas y corredores de la servidumbre. Repasó el plan, excitado.
El patio de cocheras se llenó de ruidos y voces, luego el vestíbulo y finalmente el comedor. Se apostó en su observatorio, listo para ejecutar su venganza. Todos hablaban en francés, pero eso ya no constituía un problema para él. Las damas hasta se permitían salpicar alguna que otra palabra en italiano con acento gutural. La conversación saltaba de un tema a otro, tratados con displicente suficiencia: eran ellos quienes generaban la novedad, no quienes la comentaban.
Le pareció que esas mujeres habían llevado esa ropa, ese maquillaje y esas joyas toda su vida y que el dorado y el rojizo de los cabellos no hacía más que acompañar la pálida belleza de los hombros y brazos atrevidamente desnudos.

Detalle de los frescos del Albergo Ambasciatori, de Guido Cadorin (1927)
Una morena de ojos verdes y crueles mostraba los brazos blancos engalanados de oro y piedras, como una Cleopatra moderna. Los hombres, enfundados en smokings severos, bebían y fumaban cigarros. Uno de ellos le ofreció una pitada a la morena, que fumó sin despegarle los ojos. La pelirroja se inclinó a besar a su compañero de mesa, pero sus ojos se clavaban en el de enfrente. Los hombres cruzaban miradas entendedoras por encima de las copas de cristal.
Todos su planes malvados se diluyeron: quería ser como esos hombres elegantes que bebían champagne y fumaban con afectado spleen; que poseían a aquellas mujeres, delicados y carísimos objetos de deseo; que hablaban de temas desconocidos para él. El tintineo de la platería sobre la porcelana le pareció rústico, comparado con las risas de esas hembras magníficas e inalcanzables. Hubiera dado la vida por estar sentado a esa mesa y ser aceptado como par, y beber de la misma copa que aquella diosa de corona dorada, envuelta en gasa lánguida que flotaba a su alrededor con cada paso.
El único que permanecía impasible ante los despliegues seductores de la mesa, era Vittorio. Inconscientemente siguió los ojos de su hermano mayor, que no se detenían en ninguna de las mujeres: Vittorio atendía a lo que los hombres decían. Una o dos veces esbozó una de esas sonrisas frías que ya le conocía. ¿Por qué los invitó si le desagradan? Se tomó el trabajo de pescar los nombres: eran los que debía enumerar con Miss Parsons cuando pasaban lista a la alcurnia milanesa.
Comenzó a sospechar que la reunión tenía un propósito más allá de la diversión y el regalo visual de la belleza femenina ofrecida sin pudor, y la expectativa de enterarse de algo importante le erizó el vello de la nuca. Su padre mantenía ciertas reuniones en la casas, no frívolas como ésta, pero con hombres cuyos nombres sonaban tanto o más que los que estaba escuchando esta noche. El escondite del saloncito de fumar podía dar fe de sus primeros pasos en el espionaje.
La cena eterna terminó y los hombres retiraron las sillas de las damas con galantería. ¿Y ahora, a dónde irán? pensó y la idea de que decidieran pasar al fumoir lo hizo correr hasta la puerta de la servidumbre. Apenas a tiempo, porque el grupo entró, uno de los hombres con una botella de champagne en la mano y la copa en la otra. Parapetado tras la puerta, se quedó escuchando. Una risa femenina se acalló cuando una voz seca y educada les rogó a las damas que fueran a polvearse la nariz al comedor: Vittorio. Rumor de tacos, más risas alejándose y una puerta que se cerraba. La conversación cambió bruscamente de tono y su hermano llevaba la voz cantante. Hablaron durante casi una hora, y los asuntos y las cifras que se mencionaron no le cabían en la cabeza.
Entonces el viejo está preparando a mi hermano para que se haga cargo de cosas importantes, pensó. ¿Tendré la misma oportunidad? Vittorio hablaba con una calma y una seguridad que no condecían con su edad. ¡Y a mí me tratan como a un mocoso, con tutor e institutriz! Se prometió que no dejaría pasar la oportunidad de hablar con su padre — y si era necesario, hasta rogarle — para que lo incluyeran, poco a poco, no importaba cómo, en ese mundo completamente diferente. Se tragaría la inquina y el rencor y se lo pediría. Quiero ser como ellos.
Se sintió demasiado insignificante, demasiado provinciano, demasiado encerrado en aquella mansión elegante pero severa, llena de mujeres de vida oscura, desde la seca Miss Parsons hasta su propia madre.
Me cuidan como a un crío y soy casi un hombre. Le tembló la barbilla de rabia contenida pero no pudo aguantar la lágrima que se le deslizó silenciosa hasta el cuello de la camisa.

Detalle de los frescos del Albergo Ambasciatori, de Guido Cadorin (1927)
Las conversaciones cambiaron de tono y eso lo distrajo de su hora negra de autoconmiseración: las mujeres se estaban uniendo al grupo. Alguien propuso salir y festejaron la ocurrencia con grititos glamorosos. Los ruidos lo alertaron. Corrió por los pasillos internos hasta el patio de cocheras: en la oscuridad de la noche, nadie lo vería. Se quedó mirando embobado, los autos lustrosos y brillantes y estuvo a punto de ser pescado in flagranti delicto por el grupo. Se fueron, pero sin Vittorio.
Le intrigó sobremanera el que su hermano no participara de la diversión. Esperó a que entrara a la casa para dar el rodeo por el patio y seguirlo a hurtadillas hasta el extremo del corredor de los dormitorios. Cuando se aseguró de que su hermano se había encerrado en su habitación, bajó de dos en dos los escalones hasta el comedor.
La servidumbre ya había retirado casi todo, pero en el aire persistía el perfume de las damas. Cerró los ojos y se imaginó a cada una de las bellezas de esa noche en sus brazos, las telas sutiles de sus vestidos enredándosele entre las piernas mientras bailaban. Corrió a sentarse en los sillones del fumoir y se imaginó vestido de smoking, cerrando negocios importantes.
Quería desesperadamente pertenecer a ese grupo, a ese mundo. Estaba dispuesto a sacrificar cualquier cosa para ello. Absolutamente cualquier cosa. Marcello Contardi no sabía que en ese momento acababa de tomar una de las decisiones más importantes y peligrosas de su vida.
[1] relinchando como un poney

domingo, 7 de febrero de 2010

LLEGÓ EL FINAL...

Pasaron casi dieciocho meses y 42 entradas. Fue una experiencia gratificante, tanto por los comentarios como por las estadísticas que me avisaron de casi 4.600 clicks de seguimiento. Todo un placer, un orgullo y un desafío estar a la altura de todos los que se empeñaron en saber qué era de las complicadas vidas de Odette Marceau, Marcel Dubois y demás cómplices, sospechosos y reos de delito confeso. Todo escrito apretadamente, con capítulos largos, que más de un lector avisó que los imprimía para poder leer con comodidad. Agradezco debidamente el gesto.
Estuvo bueno también el poder ilustrar - con mayor o menor suerte, no conseguí dibujante gratis así que me las arreglé solita - a los personajes y sus situaciones, algo que es bastante más dificultoso - por no decir "imposible" - en un texto impreso, salvo que se trate de un comic (tarea para la cual me declaro no calificada o más bien incalificable)
Disfruté de elegir la música y los paisajes que había imaginado para construir los escenarios y creo que quienes pasaron por aquí, también lo hicieron (al menos, no se quejaron).
Y ahora, envalentonada por el éxito obtenido, pienso lanzarme de cabeza con la continuación.
Para los que dicen que "segundas partes nunca fueron buenas", les anticipo que esta segunda parte se las trae. No era mi intención hacerles la vida fácil a estos muchachos. Espero haberlo conseguido.
Si algún lector desprevenido encuentra en esta nueva novela referencias a corrupción de funcionarios públicos o canditatos políticos, alusiones al poder económico que tira de los hilos, o a la corrupción policial, sepan que las alusiones son absolutamente intencionales. A cada cual, su sambenito y al que le quepa el sayo, que se lo ponga.
Nos encontramos en la próxima novela. Mientras tanto, disfruten con el calvario del pobre gordo, en el blog de al lado : el altillo del cuento y la novela
EME

sábado, 2 de enero de 2010

La dama es policía - CAPITULO 37

HOSPITAL HÔTEL DIEU, PARÍS, CUATRO DÍAS DESPUÉS


—Así que decidió renunciar.
Odette se volvió sorprendida. Estaba terminando de vestirse, de pie al lado de la cama. Fraulein Hitler le había dicho —le había ordenado— que se sentara para hacerlo, pero ella se sentía bien, sin mareos. Me dieron tantas mierdas que no podía ni levantarme para ir sola al baño, carajo.
—Le hice una pregunta, Marceau —restalló otra vez Michelon.
La comisario estaba pálida, los ojos de acero clavados en ella con furia.
—Sí. Me voy a retirar.
Las manos le temblaban inocultablemente mientras se abrochaba los puños de la camisa. Encajó los dientes para frenar el nudo que se le estaba haciendo en la garganta.
—¿Puedo saber por qué?
—Motivos personales.
—Todavía soy su superior. Esa respuesta no es satisfactoria— MIchelon se acercó, tomó la silla y la empujó para que se sentase —.Quiero escuchar sus razones, que espero sean muy válidas.
—Yo... —le costaba pronunciar cada palabra—...me siento... No. Soy responsable... de la muerte de mucha gente. No protegí como debía a Marguerite, sabiendo que esta gente estaba detrás de nosotros... Si no hubiera regresado a la Brigada, Foulquie y los hombres que enviaron a la casa de... mi hermano, estarían vivos... No cumplí con parte esencial de mi deber como oficial. No puedo continuar. No tengo derecho.
—¿A qué no tiene derecho? ¿A seguir viva cuando ellos murieron, o a haber sobrevivido a Jean-Luc? ¿Ya consumó su venganza y desecha estos años como una cáscara vieja? ¿O no logró el objetivo propuesto de que le ahorraran el trabajo de pegarse un tiro?


Se quedó sin aliento: era la primera vez que oía gritar a Michelon.La otra la obligó a mirarla mientras le espetaba con voz helada:
—¿Se cree que no la observé todo este tiempo? ¿Se cree que no sé cómo pasó todos estos años arriesgándose, sin que le importara nada, como si buscara cruzarse en el camino de algún loco que le metiera una bala en el cuerpo de una vez por todas? ¿Por quién me toma? No es la primera vez que uno de mis oficiales tiene tendencias suicidas, ¡pero nunca fueron tan obvios!
—¿Qué dice...? —se puso de pie y se tambaleó, pero no volvió a sentarse.

—La verdad. La verdad con la que nunca se atrevió a enfrentarse. Todo este tiempo buscando vengarse como una cría caprichosa a la que le quitaron algo, sin mirar a quién le hacía daño con su obsesión. Sin preocuparse por la gente que la amaba. Porque los que tenían la desgracia de amarla y estar vivos sufrían, ¿lo sabía? No, porque usted se ocupaba nada más que de su propio dolor. Eligió su calvario exclusivo, pero arrastró a los demás con usted. Los vivos no importaban. “Bastante suerte tienen. No me interesan. Jean-Luc está muerto. Yo estoy muerta”. Se equivocó, Marceau: usted estuvo viva siempre. Tan viva que hubo gente que la amó y sufrió por callarse ese sentimiento. Pero es una mujer muy afortunada, porque todavía hay gente que la ama. Y usted es cruel como un chico, porque los rechaza. Odia a todo, a todos, se odia usted misma, no se puede perdonar y como no puede, decidió no perdonar a nadie. Nunca más.
Michelon hizo una pausa para recobrar el aliento y siguió fustigándola con saña.
—¿Sabe que el hombre que está ahí afuera mató por usted?
Odette boqueó: el corazón no le cabía en el pecho. Michelon no se detuvo.
—No importa que el tipo fuera la última escoria del universo. Usted es muy consciente de eso: un policía no puede disparar a matar salvo que corra verdadero riesgo su vida o la de otros. Usted misma respetó siempre esa ley. Podría haberle metido un tiro en la cabeza a Savatier, podría haber matado a Beaumont sin que nadie se lo hubiera reprochado; podría haber rematado a esa bestia de D’Ors. Pero es muy buena oficial. Nunca haría una cosa así. Sin embargo, Dubois le vació el cargador a un hombre desarmado. Por usted.
Las lágrimas le rodaron sin que se diera cuenta.
—¿Qué le pasa? ¿Baja la guardia nada más que cuando cree que ya no hay salida? ¿Puede admitir que es capaz de sentir algo por alguien sólo si se está muriendo o bajo los efectos de un sedante?
Odette se sentó otra vez, porque las piernas no la sostenían. Michelon no le tuvo piedad.
—¿Cuándo piensa madurar? ¿Dejar atrás de una vez todas las corazas y salir a enfrentar la vida como la adulta que se supone que es? Quizá yo también esté equivocada. Quizá nunca dejó de ser la mocosa de veinte años, enamorada de un sueño. Hermoso, pero un sueño —los ojos de Michelon se nublaron y su voz era casi un susurro—. Que terminó dolorosamente. Pero un sueño. Afuera de esta habitación la espera la realidad de todos los días. La calle, llena de hijos de puta y de gente normal, como en cualquier otra parte. Si piensa salir de este lugar— y no se refería al hospital—, crezca. Admita que también usted puede equivocarse. Que no es ni omnipotente ni responsable de todo lo que ocurre a su alrededor, sino en la medida de sus posibilidades, como mujer y como oficial de policía, que creo... No: estoy segura, es lo que mejor sabe hacer. Aprenda a dejarse amar otra vez, no ya por su familia, que la quiso incondicionalmente aun cuando usted no dejaba de castigarlos con su actitud, sino por los que la aman por lo que creen que es: una mujer. Demuéstrese que puede serlo por completo.
Odette abrió la boca para replicar, pero la otra, sujetándola por los hombros, no la dejó.
—Amó como una criatura, tomando lo que le ofrecían generosamente. No dudo de que haya amado mucho y con desesperación. Yo también tuve veinte años. Ahora aprenda a amar como una mujer, viendo las cosas como son en realidad y no como las quiere ver, y ofreciéndose tan generosamente como recibió. Acepte sus propias debilidades y las de los demás. Sólo los sueños son perfectos. La realidad es inmunda. Lo único que nos ayuda a sobrevivirla es poder dar algo de nosotros mismos cada día a los demás. Dar no significa morir por los demás; significa vivir para entregarse, equivocarse y aprender de los errores, aceptarse y aceptar a los demás tal como son, con lo que traen para ofrecernos.
Michelon estaba tan agotada como ella. La soltó y giró hacia la puerta, sin esperar que le respondiera.
—Madame...
Los ojos de Michelon ya no eran de hielo, sino un mar tormentoso por las emociones que los barrían.
—Por favor... perdóneme... Estuve tan equivocada... tanto tiempo.
Se abrazaron y lloraron juntas un rato muy largo.

PARIS, LA DÉFENSE, EL MISMO DÍA
—¿Cómo estás?
—Mareada...
Marcel sentó a Odette en la cama y comenzó a quitarle la ropa. Hubiera querido besarle cada marca, pero se contuvo y se limitó a darle un beso en la frente.
—¿Dónde hay un camisón?
—No tengo. No uso.
En otras circunstancias, le hubiera hecho el amor allí mismo. Ahora era mucho más fuerte su necesidad de protegerla y llenarla de ternura. La acostó como a un bebé y la arropó con el edredón.
—Quiero café.
—No empieces a dar órdenes— sonrió mientras la besaba.
—No es una orden. Por favor, quiero café.
¿Tenía los ojos llenos de lágrimas o a él le pareció?
Cuando Marcel volvió con las tazas, la fotografía ya no estaba sobre la mesita de noche. Tomaron el café sentados en la cama, ella envuelta en las sábanas, acurrucada bajo su brazo. Te amo. Por qué me sentiré tan estúpido, tan feliz, tan miserable, todo a la vez. Te amo.
—Voy a dormir en la habitación de huéspedes. No quiero dejarte sola.
Ella negó con la cabeza, levantó la cara y lo besó.
—Aquí, conmigo. Por favor.
La abrazó en silencio hasta que se quedó dormida.


PARIS,CASA DE LA COMISARIO MICHELON, ESA MISMA NOCHE

—Fuiste muy dura con ella, Claude.
Cuando Laure me llama por mi nombre de pila se viene una reprimenda.
—¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Dejarla ir y perder a una de mis mejores oficiales? ¿Verla destruirse otro poco cada día y lastimarlo a él por no admitir lo que le pasaba?
—También te preocupa él... Es lo suficientemente grande para resolver sus problemas solo.
—No seas así...
—Ella siempre te importó mucho. Tu enfant terrible favorita— Laure se volvió en la cama, dándole la espalda.
—Laure, Laure, en el nombre de Dios, ¿qué estás pensando? ¿No habrías hecho lo mismo en mi lugar?
Laure asintió a regañadientes y Michelon la abrazó cariñosamente.
—Yo no necesito que me digan a quién. Lo sé perfectamente: te amo.
—Nunca me lo dijiste... así —sus ojos verdes se volvieron brillantes.
—No quiero perder más tiempo, entonces. Te amo, te amo, te amo.
Se hicieron el amor hasta quedar exhaustas y se durmieron.


PARÍS, LA DÉFENSE, DOS SEMANAS MÁS TARDE

La puerta. Son las seis de la mañana. No puede ser... Sí, están tocando el timbre. ¿Marcel? No, para qué, si tiene el código de acceso. Además, la audiencia es a las diez. Se equivocaron de piso.
¡Otra vez! Ya voy, carajo. Terminó de ajustarse la bata frente a la puerta. La voz de Nazaire, el portero de la noche, le informó por el intercomunicador que había un envío para ella.
—Nazaire, ¿no pueden volver más tarde? —qué locura. ¿A esta hora?
—Es que... esperan su respuesta, señora.
Cuando abrió vio al azorado portero que sostenía un espléndido ramo de rosas de color borravino, magníficas, casi negras de tan oscuras. ¡Mis favoritas!. Más un ejemplar de Le Monde.
—Usted disculpe, señora, pero acaban de traerlas y están esperando su contestación.
—¿Quién? —yo estoy dormida y alguien me hace bromas pesadas... No. Demasiado caro como para ser una broma. Un presentimiento le estrujó el estómago.
—El... el señor de la limusina. Abajo
¿Dónde, si no? Se abstuvo de preguntar. Los porteros son insensibles al sarcasmo. Contó las rosas: veintitrés. Todo un caballero. Buscó la nota... porque debía haber una. Una tarjeta blanca, de papel elegantísimo, qué menos, sin identificación, escrita a mano con una caligrafía firme y decidida. Muy masculina. Alguien importante, por cómo dibuja las mayúsculas. Acostumbrado a dar órdenes y que no se le discuta. Leyó el texto, con la boca seca.

“Felicitaciones, señora comisario. Sabe ganar.Yo también.
¿Aprendió a perder, lo mismo que yo?”

—Señora —interrumpió el portero, que hacía esfuerzos inútiles por espiar la tarjeta—.El señor de la limusina dice... —la miró para ver si le prestaba atención—,dice que cuando llegue el teniente Dubois y le pregunte por las flores, le diga que las envió la Brigada para felicitarla por el ascenso.
Las rodillas se le aflojaron durante un latido de corazón.
—¿Quién es el teniente Dubois? —Nazaire estaba ávido de noticias.
—Un amigo.
—Señora... ¿va a enviar una respuesta?
¿Cuánta propina le dieron, Nazaire?
—Sí... Un momento.
Tomó una tarjeta personal y un sobre y escribió la respuesta que le reclamaban. Iba hacia la puerta cuando lo pensó mejor y, tomando una de las flores, la entregó junto con el sobre al portero.
—Por favor, Nazaire, entregue el sobre y la rosa al caballero que está esperando.

****

Cuando salía del baño oyó entrar a Marcel. Fue hasta la cocina a preparar el café, mientras la loción para después de afeitar le cosquilleaba en la nariz y le soltaba mariposas en el pecho.
—No quiero pasar otra noche lejos—Marcel le rodeó la cintura por la espalda y le besó el cuello
Yo tampoco —se volvió para besarlo y abrazarlo. Fuerte, muy fuerte. Él sonrió y le levantó la cara.
—Estás pálida...
—Acabo de bañarme y todavía no me maquillé.
—¿Y las rosas? Son bellísimas. El color es increíble... ¿Algún admirador del que tenga que encargarme? —hizo un cómico ademán de sacar de la cartuchera el arma que no llevaba.
—¿Por qué la violencia policial siempre en primer lugar? —decidió hacer caso del consejo—Las mandó la Brigada. Todo un gesto de cortesía — si se ocuparon de pasarme el libreto, imagino que habrán hecho lo propio con la PJ. El pensamiento le dio vértigo.
—Y ahora yo parezco un incivil por no enviarte nada.
Lo besó sin responderle. No preguntes más. Te amo, incivil.
Se sentaron en la cocina a desayunar y Marcel tomó el diario después de encender un Gauloise.
—No sabía que lo recibías.
—El portero debe de haberse equivocado. Cuando salgamos lo devolvemos.
—¡Mierda! —la miró azorado por encima de las hojas —¡Nohant se suicidó!- le leyó los titulares y copetes de las primeras páginas. - "A altas horas de la noche — Detesto ese léxico periodístico de mierda, pensó Odette mientras escuchaba, — Didier Nohant, ex Director General de la Policía Nacional, saltó desde las ventanas del último piso del Palais de Justice, cuando era trasladado para declarar por los cargos que se le habían efectuado. Al recientemente destituido funcionario se le habrían comprobado vinculaciones con organizaciones de lavado de dinero proveniente del narcotráfico". ¿Qué tal? La última rata se tiró del barco y se ahogó.
Odette bebía su café con leche en silencio cuando Marcel dejó las hojas sobre la mesa y se levantó.
—Demasiado café. Voy al baño.
—¿Por qué a mi baño? —protestó ella—.Está el de huéspedes. Tengo que maquillarme.
El la miró con esa expresión de macho de la especie que le hacía correr escalofríos de placer por la espalda, aunque ni pensara siquiera en admitirlo delante de él. Fanfarrón adorable.
—Estoy marcando el territorio.
Mientras lo oía silbar, buscó en el obituario hasta que encontró las líneas: “D. Nohant, amigo dilecto. Sus compañeros de tareas de la OCT lo recuerdan con afecto y elevan una plegaria en su memoria”. Llamó al diario a la sección correspondiente.
—¿Con cuánta anticipación se publican las necrológicas?
—Veinticuatro horas como mínimo, señora. ¿Desea publicar?
—No, está bien. Muchas gracias.
Veinticuatro horas.
—¿Con quién hablabas?— preguntó Marcel mientras se sentaba y se servía otro café.
—Con el servicio meteorológico.
—¿Qué dice?
—Que va a ser un día espléndido.
Levantó el auricular casi antes de que dejara de sonar el primer campanillazo, con la mano húmeda de transpiración fría. Marcel la miró sorprendido. Era Auguste.
—¿Te enteraste?
—¿Lo de Nohant? Sí...
—Increíble... Todavía le quedaba un ápice de vergüenza a ese inmoral....
—¿Quién es? —preguntó Marcel con cara de “quién mierda es”.
—Mi hermano, Otelo— y de nuevo por el teléfono: —Auguste, tengo que vestirme...
Le pasó el auricular a Marcel y los dos se quedaron charlando sobre la novedad.
Auguste no sólo no sabe nada: tampoco se lo imagina. Se tomaron el trabajo de averiguar qué diario recibe mi hermano en su casa. El estómago comenzó a dolerle. Se llevó el Le Monde a su dormitorio y, tras separar las necrológicas, rompió la hoja minuciosamente y arrojó los papelitos por la ventana.

PALAIS D'ELYSÉE, A MEDIODÍA
Cuando estaban a punto de entrar a la audiencia, una delegación salía del despacho. Extranjera, por lo que podía apreciarse. El hombre de alrededor de ochenta años que iba en el centro del grupo destacaba entre los otros más que por su estatura, por el aura de poder que emanaba.
A medida que ambos grupos se acercaban, Auguste siguió los ojos del hombre, que se clavaron entrecerrados en Odette. Después de un vistazo rápido y apreciativo a toda la gente de la Brigada, volvió su mirada otra vez a ella, que no le había despegado los ojos. Mientras se cruzaban, lo observó rozarse apenas la solapa izquierda con el pulgar, a la vez que inclinaba la cabeza con un esbozo de sonrisa en los labios. Ella le devolvió la sonrisa y levantó apenas el mentón, en absoluto silencio. Parecían medirse como en un lance de esgrima. Auguste no supo por qué sintió una mano helada sobre el corazón ante ese intercambio mudo. Los dos grupos habían aminorado el paso al cruzarse y nadie pronunció una palabra.
Sólo cuando se hubieron alejado lo suficiente se atrevió a tragar saliva, mientras el resto reanudaba la charla en voz baja. Oyó que detrás de él alguien comentaba lo infrecuente que era ver hoy en día a un hombre con una flor en la solapa.

****
En las escalinatas del Elysée, Michelon los abrazó efusivamente, uno a uno. La ceremonia había sido sencilla y privada. Sin prensa, había exigido la Brigada. De otro modo, los “especiales” dejarían de serlo.
Auguste miró a su hermana. Todavía estaba un poco pálida. Casi no había abierto la boca durante la audiencia y no había hablado desde que salieran de ella. Bajó los escalones de dos en dos para alcanzarlas a ella y a Michelon, que bajaban juntas.
—¿Estás bien, Cisne?
Odette le dedicó una sonrisa de Gioconda.
—Estoy en paz— murmuró.
La abrazó contra su pecho y le besó la frente.
—No más fantasmas —le dijo muy bajo. Odette asintió con la cabeza. Bajaron juntos unos escalones, mientras él esperaba que le pasara un poco más de aire por la garganta. De pronto, ella le dio un golpecito en la nariz con un dedo.
—Nonno Augusto tenía razón. Vas a ser un figurone de verdad. Hoy, un cargo en el Ministerio del Interior; mañana... ¡a conquistar el mundo! —le hizo un gesto graciosamente malévolo.
Michelon se reía sin mirarlos. Voy a echar mucho de menos a Madame. Debería tomar unas clases sobre cómo sacudir a Odette tal como hace ella.
—Usted no puede quejarse... comisario Marceau. ¿No estás contenta?
—Supongo que debería... Aunque me suena a que me ataron a la pata de un escritorio. ¿La condecoración incluye la cadena? —y se apresuró a bajar.
Así lo espero. De todo corazón, Cisne. Pero creo que conseguí una cadena mejor. Como no se encargue de tenerte bien sujeta, voy a pedirle a Michelon que lo degrade y lo transfiera a Archivos.
****
Marcel los observó mientras bajaban juntos unos escalones, el brazo derecho de Auguste rodeando los hombros de Odette. El parecido entre ambos hermanos se le hizo tan evidente que durante medio segundo tuvo una punzadita de culpabilidad. Cómo nadie se dio cuenta en tanto tiempo. Cómo yo no me di cuenta. Las mismas cejas pinceladas, los mismos rasgos delicados, tallados en él en mármol, en ella en porcelana. La chispa de comprensión en los ojos al cruzar las miradas. "Comparten algo muy íntimo, que no es el dormitorio". Claro que es íntimo. La misma sangre.Cuando pasaba a su lado, Michelon volvió a medias la cabeza y sonrió de una manera extraña, mitad comprensión, mitad complicidad. Ella lo sabía. Siempre lo supo. Le devolvió una sonrisa resignada y ambos miraron en la misma dirección.
—Tenga cuidado, capitán. Si se deja atrapar difícilmente pueda resistirse.
Marcel apretó el paso para alcanzar a Odette, que se alejaba del grupo.
—Me avisó tarde, Madame.

****
Oustry, que ahora bajaba a la par de Michelon, le tocó el codo con el entrecejo fruncido mientras le señalaba con la cabeza a Dubois y Marceau. Michelon sonrió levantando las cejas y el prefecto entendió y sonrió él también.Michelon se guardó un suspiro.Una carrera brillante. Jean-Luc estaría orgulloso de ella, igual que yo. Ahora podía pensar en él sin demasiado dolor. Pobre Dubois, la que le espera. Es muy del estilo de Massarino, un poco inocente. Buenos oficiales los dos. No hay nada que hacer: las mujeres somos más retorcidas. Quién sabe si volvemos a dejarlos dirigir la Brigada.



****


Marcel corrió detrás de Odette para tomarla por los hombros y cuando ella se sacudió el abrazo, la sujetó por la cintura. Esta vez no insistió en soltarse. Bruja caprichosa.
—¿Qué? ¿No puedo intimar con un superior?
—Dubois... —respondió ella, enarcando una ceja. Pero apoyó la cabeza en su brazo. Marcel aprovechó la ocasión y la besó. En público. En las puertas del Elysée y delante de la mitad de la PN. Uno a cero, viejo. Y al que se atreva a acercársele le rompo las costillas.Estrechó el abrazo y le dijo al oído:
—Ese viejo verde tardó una eternidad en colgarte la medallita, haciéndose el simpático.
—Ese viejo verde es tu Presidente.
—Me importa una mierda. También es el tuyo.
—Yo no lo voté.
¿Cuándo voy a ganar una discusión con esta mujer?

EPÍLOGO
PROVINCIA DE BUENOS AIRES, FINALES DE 1996


Me gusta. Inteligente. Atractiva. Una combinación casi fatal. No es exactamente de mi tipo, pero me gusta. Una pena que no admitamos mujeres en la Orden. Improvisan más rápido y mejor que nosotros. Parece que nos leyeran la mente. Muy peligroso. En poco tiempo las tendríamos ocupando lugares clave. Una verdadera pena, mi querida. Menos mal que usted es joven todavía, con mucha pasión en la sangre. Si tuviera veinte años más y la frialdad de la edad, tendría que haberla eliminado. Así de brillante, no hubiera parado hasta llegar a la tranquera de la estancia. Por suerte para usted, prefirió seguir viva para su teniente... perdón, su capitán. Y mantenerlos vivos a él y a su familia. Una decisión muy importante, señora comisario. Una elección inteligente. Aprende rápido. Seguramente supere al maestro algún día. No espero menos de usted.
—Señor...
—¿Qué pasa, José?
—¿No piensa hacer nada?
—¿Con qué?
—Con... ellos, señor. Ella, el hermano, el... otro...
—Nada. Son intocables.
—¡Pero...!
—Nos ahorraron el trabajo de limpieza, que era algo que me molestaba mucho. Por otro lado, tienen muy bien cubiertas las espaldas. Nunca nos metimos con esa gente, y no vamos a empezar ahora.
—A él lo identificaron, señor...
—Arreglé para que se encarguen el Ministerio de Relaciones Exteriores y el del Interior. No se preocupe más.
—¡Pero esos tanos hijos de puta liquidaron a nuestra gente!
— Epa, no se me vaya así de boca. Se cuidaron muy bien de eliminar a "nuestra" gente. Se ocuparon de contactos, nada más. Útiles, no se lo voy a negar, pero que habían entrado en ese jueguito perverso. Lacras morales. Capítulo cerrado —hizo un silencio que Ortiz no interrumpió —¿Usted oyó hablar alguna vez del “coste de oportunidad”? Esto es más o menos parecido. Empezamos en otra parte. Llame a Londres. Quiero saber qué novedades hay.
Se arrellanó en su bergère favorito y, antes de que Ortiz saliera, comentó a media voz:
—Tendría que haberla visto... Orgullosa, no me bajó los ojos ni una vez. Y sabía, ¿eh?, sabía que había perdido.Una dama. Me debe mucho. No se va a olvidar, se lo aseguro. Pero tampoco me voy a cobrar.Esta vez, salimos hechos...
—No entiendo, señor— Ortiz estaba moderadamente horrorizado— ¿Ella lo reconoció?
—Digamos que me dejé reconocer. Ella también puso su granito de arena, o más bien la rosa en el ojal. Soy un anticuado.
—¡Pero, por qué...!
—No pude evitar la tentación, viejo y todo como soy.Quería verla personalmente y que ella supiera que yo estaba ahí, antes que ella y que su gente; que siempre vamos a estar un paso adelante y un escalón más arriba, pero que reconozco a un gran oponente cuando me le enfrento.
Se puso melancólico sin saber por qué.
—Hubiera preferido no encontrarla nunca, no saber de ella, que no me importara. Siempre creí que las mujeres estaban para otras cosas: parir, acompañar, ser tu sombra complaciente y callada o una joya que se lleva colgada del brazo para que te envidien los obsecuentes... A ver quién lleva la hembra más linda y más estúpida. Los estúpidos somos nosotros, que creemos eso de ellas, José —rara vez lo llamaba por su nombre y vio que José se había emocionado—. Ahora me importa. Aprenda usted también, porque es una lección difícil de tragar.Debo de estar poniéndome viejo...
—Usted no es viejo, señor —murmuró el otro, desviando la mirada.
—Vaya a hacer esa llamada, José. Después vuelva, que tenemos que hablar de unas cuantas cosas.
Los ojos de Ortiz relampaguearon de expectación. Así me gusta; orgulloso del puesto que le toca ahora. A ver cómo se porta.
Mientras Ortiz salía del estudio, el viejo leyó la tarjeta por enésima vez. Caligrafía firme. Acostumbrada a tomar decisiones.

“Tuve un maestro magnífico. Aprendí una lección inolvidable”,

decía.
Lo que más le gustaba, sin embargo, era la postdata:

“Adoro las rosas negras. Gracias por tener en cuenta ese detalle”.

Guardó la rosa seca en el sobre junto con la tarjeta y las fotos y metió todo en un compartimiento de la caja fuerte, mientras sonreía. Toda una dama.


FIN

sábado, 28 de noviembre de 2009

La dama es policía - CAPÍTULO 36


PARÍS, BOIS DE BOULOGNE. LUNES, ÚLTIMAS HORAS DE LA NOCHE
Auguste miró alucinado cómo el hombre arrastraba a Odette hasta ellos. En el nombre del Cielo, ¿qué le hizo ese hijo de puta? Se le saltaron las lágrimas mientras se ahogaba de coraje. Sintió una mano en el hombro que lo empujaba hacia el suelo y se arrodilló.
El cuerpo de Odette rebotó contra el capó; cuando el tipo se acomodó delante de ella y la atrajo hasta su entrepierna, ella no reaccionó. Dios mío, qué pasa. El hombre lo miró con una sonrisa feroz y, mientras tiraba el arma al suelo y se desabrochaba la bragueta, le gritó:
—¡Sólo para tus ojos, Massarino!
En las sombras, la presión de una rodilla en la espalda lo hizo tirarse al suelo. Oyó los disparos desde atrás y rodó a un lado al tiempo que gatillaba su propia arma, aunque el hombre ya se retorcía espasmódicamente y la sangre le salpicaba la cara. Los disparos siguieron cuando el tipo ya no era más que un bulto en el suelo. Alcanzó a ver el rostro de Dubois deformado por el odio mientras vaciaba el cargador, ahora de pie junto al cuerpo del otro.
Se incorporó con agilidad mientras el hombre de Varza sacaba del auto al herido en la rodilla, todavía amordazado. Sin pensarlo dos veces, le puso la pistola en la frente y tiró del gatillo. Al volverse, Dubois estaba de rodillas sosteniendo a Odette, mientras lloraba como una criatura.
Con el corazón en la boca vio que su hermana no se movía. Caminó hasta ellos como en un mar de brea.
No, Cisne, no.
Las sirenas de ambulancias y patrulleros aullaban por el bosque.


PARÍS. HOSPITAL HÔTEL DIEU, PRIMERAS HORAS DE LA MADRUGADA DEL MARTES
—Por favor, entren y hablen con ella — el residente se asomó desde la habitación a la vez que le hacía lugar a la enfermera para que saliera.
Auguste, sentado con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, lo miró con cansancio. En dos pasos, Marcel estuvo encima del médico.
—Cinco minutos— el médico remarcó las palabras—. Y sean convincentes.
—¿Respecto de qué? —preguntó Auguste.
—Respecto de que están vivos— Marcel y Auguste se miraron sorprendidos—. Esta mujer es terca como una mula. Necesita el sedante, así que hablen con ella— y en un aparte a Auguste: —Después quiero hablar con usted.
Marcel alcanzó a oír y el corazón se le subió a la boca.


Pasillos del Hospital Hôtel Dieu de Paris- Foto de Flickr
Ciao, lucertola —susurró Auguste mientras le revolvía el pelo. Estaba pálida como las sábanas, tanto que se le encogió el pecho.
Scugnizzo— ella sonrió mientras él le acariciaba la cara—. ¿Estás bien? ¿Qué pasó? En el Bois creí que... ¿Estás bien?
—Magnífico — obvió las explicaciones. No iba a llorar como un idiota. Ella le tomó la mano y se la besó, reteniéndola contra su cara. Tenía las muñecas vendadas, el cuello lleno de hematomas. Sí, iba a llorar.
—Nadine estaba con tu suegro...
—Ya lo sé. Están todos bien.
—¿Quién...? — no tuvo fuerzas para completar la frase. Está mareada por los calmantes, pensó.
—Calogero y la gente de Varza — gracias a Dios.
—¿Perrin?
—Se salvó por un pelo. ¿Vas a preguntar por toda la Crim?
Los ojos de Odette se volvieron vidriosos.
—¿...Marcel?
La besó en la frente.
—Está esperando para verte
A ella se le iluminó tanto la cara que Auguste sintió una punzada de celos. Le hizo señas al teniente para que se acercara. Marcel se sentó en la cama y al estrujarla en un abrazo ella gimió.
—Parece que cada vez que te toco, te lastimo —murmuró Marcel, compungido.
—Me... estoy acostumbrando, Ranxerox... — Odette estiró la mano y le acomodó el cabello. Marcel la besó antes de soltarla con cuidado, recostándola otra vez. Auguste salió mientras oía que su hermana insistía en preguntar qué había pasado.


Marcel la besó otra vez en silencio. Odette cerró los ojos entre agotada y feliz pero cuando frunció la frente y gimió de dolor, Marcel sintió que una tenaza le estrujaba los intestinos. Nunca más lejos de mí, ¿entendiste? Te voy a pisar los talones como un perro. Tu San Bernardo.
Una walkiria embutida en uniforme de enfermera entró con una bandeja estéril y una jeringa. Lo apartó con soltura y mientras le ataba el brazo a Odette para inyectarla, comentó:
—¿Estamos más tranquilas? ¿Le hacemos caso al doctor?
Jawohl, mein Führer.
Marcel sonrió al oírla. No perdiste el humor. Los ojos se le nublaron.
—Muy graciosa— la enfermera hizo un gesto severo. Antes de que terminara de acomodarle las sábanas, Odette estaba dormida —. Afuera— ladró. No le costó demasiado esfuerzo sacarlo de la habitación.
En el pasillo, Auguste escuchaba al médico con la mandíbula encajada y las manos en los bolsillos del pantalón. Al oír la puerta, le echó un vistazo rápido.
—Vamos a tomar un café. No le digamos nada de Foulquie todavía —con un gesto de la cabeza hacia la habitación— . Le tenía mucho afecto al viejo.
Marcel lo interrogó con la mirada llena de angustia. Auguste le apretó el hombro.
—Gracias al Cielo, ese animal no le hizo nada. Va a estar bien — el comisario sacudió la cabeza como si se convenciera a sí mismo — Va a estar bien. Vamos— y lo arrastró hacia el ascensor.


Calogero Colosimo
Se sentaron en silencio en el bar del hospital. Marcel observó las manchitas de sangre en la manga de su camisa y en una de las perneras del pantalón. Ni siquiera había ido a su casa a cambiarse de ropa. Sacó un Gauloise y le tembló la mano al encenderlo. Un hombre se les acercó. Lo reconoció como uno de los que habían encontrado en la casa del comisario.
—Augusto...
—Calogero —el comisario le hizo lugar.
—¿Cómo está? — preguntó Calogero con tono preocupado.
—Duerme. Va a estar bien —respondió Auguste.
—Le fallé. Nunca me lo voy a perdonar— el hombre tenía los ojos vidriosos—Si Mario me corta las pelotas, tiene todo el derecho— los miró y se explicó —. Envié a Filippo a su casa. Encontró a un tipo. Me quedé tranquilo. Nunca pensé que...
—Nadie pensó que ese monstruo los seguiría hasta el Quai— Auguste se mordió el labio.
—Virgen Santa, no podía creerlo. Menos mal que ese, Wi... Wik...
—Witowlski —murmuró Marcel—. Yo la dejé en el Quai. Si me hubiera quedado... —Golpeó la mesa sin darse cuenta, y las tazas tintinearon. Apretó las mandíbulas para tratar de aguantar las lágrimas. Auguste le tomó el brazo en un gesto de consuelo y se quedaron en silencio otra vez, bebiendo café.
—Hay algo... que nunca te dije, Augusto — Calogero miró alternadamente a los dos y continuó en italiano—. Es... historia antigua, pero... siempre me pesó en el corazón.
Auguste lo miró con los ojos llenos de premonición.
—Cuando... cuidaba... a Jean-Luc... —empezó Calogero y Marcel se acomodó para escuchar. Calogero comprendió que él entendía lo que estaba diciendo pero ahora no tenía más remedio que seguir.
—Él... quería que ella lo dejara... La quería con locura... y cuando comenzamos con la morfina... —el dolor le hacía temblar la voz.
—Ya lo sé. Odette se enteró y...—Auguste le tomó el brazo.
—Ella después... —Calogero no lo dejó continuar —le daba... otra cosa — miró a Marcel con aprensión—. Al principio la conseguía ella, no me preguntes de dónde, y cuando me enteré, yo salí a buscarla. No quería que se arriesgara de esa forma.
Siguió un silencio ahogado.
—Entonces él vio la oportunidad... Estuvo lúcido hasta el final, Augusto.
Auguste lloraba en silencio, con la mirada baja. Calogero hablaba con los ojos cerrados.
—Me lo había pedido tantas veces... que lo arreglé... Le cambié la dosis por cloruro de potasio... Tal como estaba, no hizo falta demasiado... Él lo sabía, te lo juro. Lo vi sonreír cuando ella... —casi no podía hablar—.Yo no soportaba verlos sufrir.
Auguste abrazó al otro en silencio durante un largo rato. Cuando se separaron, ambos tenían los ojos húmedos. Colosimo suspiró.
—Me siento mejor ahora que te lo dije. ¿Podrás...?
—Con toda el alma —respondió Auguste, ronco de emoción.
Colosimo se puso de pie.
—Me vuelvo al mediodía. Cuídenla. En casa van a matarme si le pasa algo más— le tendió la mano a Marcel y abrazó y besó a Auguste.
—Calogero, ni una palabra a los viejos.
—¿Quién te creíste que llamó a Mario? —Auguste se sobresaltó—.Fue tu madre.
En el silencio que siguió, Auguste movió la cabeza con resignación.
—No te preocupes; no pienso decirles lo que pasó.
—Está bien... ¿El tipo que encontraron en casa de mi hermana?
—Pudriéndose en el Sena.
Obvio. Colosimo se encogió de hombros.
—Tendrán que reparar la puerta. Lo arreglamos para que pareciera un intento de robo. Arrivederci.
Arrivederci.
Se quedaron solos. Después de un rato, Marcel levantó la vista hacia Auguste.
—Quiero saber.
Auguste lo miró y asintió.
—Es una historia larga.
—Tenemos tiempo.