domingo, 7 de febrero de 2010
LLEGÓ EL FINAL...
sábado, 2 de enero de 2010
La dama es policía - CAPITULO 37

—Así que decidió renunciar.
Odette se volvió sorprendida. Estaba terminando de vestirse, de pie al lado de la cama. Fraulein Hitler le había dicho —le había ordenado— que se sentara para hacerlo, pero ella se sentía bien, sin mareos. Me dieron tantas mierdas que no podía ni levantarme para ir sola al baño, carajo.
—Le hice una pregunta, Marceau —restalló otra vez Michelon.
La comisario estaba pálida, los ojos de acero clavados en ella con furia.
—Sí. Me voy a retirar.
Las manos le temblaban inocultablemente mientras se abrochaba los puños de la camisa. Encajó los dientes para frenar el nudo que se le estaba haciendo en la garganta.
—¿Puedo saber por qué?
—Motivos personales.
—Todavía soy su superior. Esa respuesta no es satisfactoria— MIchelon se acercó, tomó la silla y la empujó para que se sentase —.Quiero escuchar sus razones, que espero sean muy válidas.
—Yo... —le costaba pronunciar cada palabra—...me siento... No. Soy responsable... de la muerte de mucha gente. No protegí como debía a Marguerite, sabiendo que esta gente estaba detrás de nosotros... Si no hubiera regresado a la Brigada, Foulquie y los hombres que enviaron a la casa de... mi hermano, estarían vivos... No cumplí con parte esencial de mi deber como oficial. No puedo continuar. No tengo derecho.
—¿A qué no tiene derecho? ¿A seguir viva cuando ellos murieron, o a haber sobrevivido a Jean-Luc? ¿Ya consumó su venganza y desecha estos años como una cáscara vieja? ¿O no logró el objetivo propuesto de que le ahorraran el trabajo de pegarse un tiro?
Se quedó sin aliento: era la primera vez que oía gritar a Michelon.La otra la obligó a mirarla mientras le espetaba con voz helada:
—¿Se cree que no la observé todo este tiempo? ¿Se cree que no sé cómo pasó todos estos años arriesgándose, sin que le importara nada, como si buscara cruzarse en el camino de algún loco que le metiera una bala en el cuerpo de una vez por todas? ¿Por quién me toma? No es la primera vez que uno de mis oficiales tiene tendencias suicidas, ¡pero nunca fueron tan obvios!
—¿Qué dice...? —se puso de pie y se tambaleó, pero no volvió a sentarse.
—La verdad. La verdad con la que nunca se atrevió a enfrentarse. Todo este tiempo buscando vengarse como una cría caprichosa a la que le quitaron algo, sin mirar a quién le hacía daño con su obsesión. Sin preocuparse por la gente que la amaba. Porque los que tenían la desgracia de amarla y estar vivos sufrían, ¿lo sabía? No, porque usted se ocupaba nada más que de su propio dolor. Eligió su calvario exclusivo, pero arrastró a los demás con usted. Los vivos no importaban. “Bastante suerte tienen. No me interesan. Jean-Luc está muerto. Yo estoy muerta”. Se equivocó, Marceau: usted estuvo viva siempre. Tan viva que hubo gente que la amó y sufrió por callarse ese sentimiento. Pero es una mujer muy afortunada, porque todavía hay gente que la ama. Y usted es cruel como un chico, porque los rechaza. Odia a todo, a todos, se odia usted misma, no se puede perdonar y como no puede, decidió no perdonar a nadie. Nunca más.
Michelon hizo una pausa para recobrar el aliento y siguió fustigándola con saña.
—¿Sabe que el hombre que está ahí afuera mató por usted?
Odette boqueó: el corazón no le cabía en el pecho. Michelon no se detuvo.
—No importa que el tipo fuera la última escoria del universo. Usted es muy consciente de eso: un policía no puede disparar a matar salvo que corra verdadero riesgo su vida o la de otros. Usted misma respetó siempre esa ley. Podría haberle metido un tiro en la cabeza a Savatier, podría haber matado a Beaumont sin que nadie se lo hubiera reprochado; podría haber rematado a esa bestia de D’Ors. Pero es muy buena oficial. Nunca haría una cosa así. Sin embargo, Dubois le vació el cargador a un hombre desarmado. Por usted.
Las lágrimas le rodaron sin que se diera cuenta.
—¿Qué le pasa? ¿Baja la guardia nada más que cuando cree que ya no hay salida? ¿Puede admitir que es capaz de sentir algo por alguien sólo si se está muriendo o bajo los efectos de un sedante?
Odette se sentó otra vez, porque las piernas no la sostenían. Michelon no le tuvo piedad.
—¿Cuándo piensa madurar? ¿Dejar atrás de una vez todas las corazas y salir a enfrentar la vida como la adulta que se supone que es? Quizá yo también esté equivocada. Quizá nunca dejó de ser la mocosa de veinte años, enamorada de un sueño. Hermoso, pero un sueño —los ojos de Michelon se nublaron y su voz era casi un susurro—. Que terminó dolorosamente. Pero un sueño. Afuera de esta habitación la espera la realidad de todos los días. La calle, llena de hijos de puta y de gente normal, como en cualquier otra parte. Si piensa salir de este lugar— y no se refería al hospital—, crezca. Admita que también usted puede equivocarse. Que no es ni omnipotente ni responsable de todo lo que ocurre a su alrededor, sino en la medida de sus posibilidades, como mujer y como oficial de policía, que creo... No: estoy segura, es lo que mejor sabe hacer. Aprenda a dejarse amar otra vez, no ya por su familia, que la quiso incondicionalmente aun cuando usted no dejaba de castigarlos con su actitud, sino por los que la aman por lo que creen que es: una mujer. Demuéstrese que puede serlo por completo.
Odette abrió la boca para replicar, pero la otra, sujetándola por los hombros, no la dejó.
—Amó como una criatura, tomando lo que le ofrecían generosamente. No dudo de que haya amado mucho y con desesperación. Yo también tuve veinte años. Ahora aprenda a amar como una mujer, viendo las cosas como son en realidad y no como las quiere ver, y ofreciéndose tan generosamente como recibió. Acepte sus propias debilidades y las de los demás. Sólo los sueños son perfectos. La realidad es inmunda. Lo único que nos ayuda a sobrevivirla es poder dar algo de nosotros mismos cada día a los demás. Dar no significa morir por los demás; significa vivir para entregarse, equivocarse y aprender de los errores, aceptarse y aceptar a los demás tal como son, con lo que traen para ofrecernos.
Michelon estaba tan agotada como ella. La soltó y giró hacia la puerta, sin esperar que le respondiera.
—Madame...
Los ojos de Michelon ya no eran de hielo, sino un mar tormentoso por las emociones que los barrían.
—Por favor... perdóneme... Estuve tan equivocada... tanto tiempo.
Se abrazaron y lloraron juntas un rato muy largo.
PARIS, LA DÉFENSE, EL MISMO DÍA
—¿Cómo estás?
—Mareada...
Marcel sentó a Odette en la cama y comenzó a quitarle la ropa. Hubiera querido besarle cada marca, pero se contuvo y se limitó a darle un beso en la frente.
—¿Dónde hay un camisón?
—No tengo. No uso.
En otras circunstancias, le hubiera hecho el amor allí mismo. Ahora era mucho más fuerte su necesidad de protegerla y llenarla de ternura. La acostó como a un bebé y la arropó con el edredón.
—Quiero café.
—No empieces a dar órdenes— sonrió mientras la besaba.
—No es una orden. Por favor, quiero café.
¿Tenía los ojos llenos de lágrimas o a él le pareció?
Cuando Marcel volvió con las tazas, la fotografía ya no estaba sobre la mesita de noche. Tomaron el café sentados en la cama, ella envuelta en las sábanas, acurrucada bajo su brazo. Te amo. Por qué me sentiré tan estúpido, tan feliz, tan miserable, todo a la vez. Te amo.
—Voy a dormir en la habitación de huéspedes. No quiero dejarte sola.
Ella negó con la cabeza, levantó la cara y lo besó.
—Aquí, conmigo. Por favor.
La abrazó en silencio hasta que se quedó dormida.
PARIS,CASA DE LA COMISARIO MICHELON, ESA MISMA NOCHE
—Fuiste muy dura con ella, Claude.
Cuando Laure me llama por mi nombre de pila se viene una reprimenda.
—¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Dejarla ir y perder a una de mis mejores oficiales? ¿Verla destruirse otro poco cada día y lastimarlo a él por no admitir lo que le pasaba?
—También te preocupa él... Es lo suficientemente grande para resolver sus problemas solo.
—No seas así...
—Ella siempre te importó mucho. Tu enfant terrible favorita— Laure se volvió en la cama, dándole la espalda.
—Laure, Laure, en el nombre de Dios, ¿qué estás pensando? ¿No habrías hecho lo mismo en mi lugar?
Laure asintió a regañadientes y Michelon la abrazó cariñosamente.
—Yo no necesito que me digan a quién. Lo sé perfectamente: te amo.
—Nunca me lo dijiste... así —sus ojos verdes se volvieron brillantes.
—No quiero perder más tiempo, entonces. Te amo, te amo, te amo.
Se hicieron el amor hasta quedar exhaustas y se durmieron.
PARÍS, LA DÉFENSE, DOS SEMANAS MÁS TARDE
La puerta. Son las seis de la mañana. No puede ser... Sí, están tocando el timbre. ¿Marcel? No, para qué, si tiene el código de acceso. Además, la audiencia es a las diez. Se equivocaron de piso.
¡Otra vez! Ya voy, carajo. Terminó de ajustarse la bata frente a la puerta. La voz de Nazaire, el portero de la noche, le informó por el intercomunicador que había un envío para ella.
—Nazaire, ¿no pueden volver más tarde? —qué locura. ¿A esta hora?
—Es que... esperan su respuesta, señora.
Cuando abrió vio al azorado portero que sostenía un espléndido ramo de rosas de color borravino, magníficas, casi negras de tan oscuras. ¡Mis favoritas!. Más un ejemplar de Le Monde.
—Usted disculpe, señora, pero acaban de traerlas y están esperando su contestación.
—¿Quién? —yo estoy dormida y alguien me hace bromas pesadas... No. Demasiado caro como para ser una broma. Un presentimiento le estrujó el estómago.
—El... el señor de la limusina. Abajo
¿Dónde, si no? Se abstuvo de preguntar. Los porteros son insensibles al sarcasmo. Contó las rosas: veintitrés. Todo un caballero. Buscó la nota... porque debía haber una. Una tarjeta blanca, de papel elegantísimo, qué menos, sin identificación, escrita a mano con una caligrafía firme y decidida. Muy masculina. Alguien importante, por cómo dibuja las mayúsculas. Acostumbrado a dar órdenes y que no se le discuta. Leyó el texto, con la boca seca.
“Felicitaciones, señora comisario. Sabe ganar.Yo también.
¿Aprendió a perder, lo mismo que yo?”
—Señora —interrumpió el portero, que hacía esfuerzos inútiles por espiar la tarjeta—.El señor de la limusina dice... —la miró para ver si le prestaba atención—,dice que cuando llegue el teniente Dubois y le pregunte por las flores, le diga que las envió la Brigada para felicitarla por el ascenso.
Las rodillas se le aflojaron durante un latido de corazón.
—¿Quién es el teniente Dubois? —Nazaire estaba ávido de noticias.
—Un amigo.
—Señora... ¿va a enviar una respuesta?
¿Cuánta propina le dieron, Nazaire?
—Sí... Un momento.
Tomó una tarjeta personal y un sobre y escribió la respuesta que le reclamaban. Iba hacia la puerta cuando lo pensó mejor y, tomando una de las flores, la entregó junto con el sobre al portero.
—Por favor, Nazaire, entregue el sobre y la rosa al caballero que está esperando.
****
Cuando salía del baño oyó entrar a Marcel. Fue hasta la cocina a preparar el café, mientras la loción para después de afeitar le cosquilleaba en la nariz y le soltaba mariposas en el pecho.
—No quiero pasar otra noche lejos—Marcel le rodeó la cintura por la espalda y le besó el cuello
Yo tampoco —se volvió para besarlo y abrazarlo. Fuerte, muy fuerte. Él sonrió y le levantó la cara.
—Estás pálida...
—Acabo de bañarme y todavía no me maquillé.
—¿Y las rosas? Son bellísimas. El color es increíble... ¿Algún admirador del que tenga que encargarme? —hizo un cómico ademán de sacar de la cartuchera el arma que no llevaba.
—¿Por qué la violencia policial siempre en primer lugar? —decidió hacer caso del consejo—Las mandó la Brigada. Todo un gesto de cortesía — si se ocuparon de pasarme el libreto, imagino que habrán hecho lo propio con la PJ. El pensamiento le dio vértigo.
—Y ahora yo parezco un incivil por no enviarte nada.
Lo besó sin responderle. No preguntes más. Te amo, incivil.
Se sentaron en la cocina a desayunar y Marcel tomó el diario después de encender un Gauloise.
—No sabía que lo recibías.
—El portero debe de haberse equivocado. Cuando salgamos lo devolvemos.
—¡Mierda! —la miró azorado por encima de las hojas —¡Nohant se suicidó!- le leyó los titulares y copetes de las primeras páginas. - "A altas horas de la noche — Detesto ese léxico periodístico de mierda, pensó Odette mientras escuchaba, — Didier Nohant, ex Director General de la Policía Nacional, saltó desde las ventanas del último piso del Palais de Justice, cuando era trasladado para declarar por los cargos que se le habían efectuado. Al recientemente destituido funcionario se le habrían comprobado vinculaciones con organizaciones de lavado de dinero proveniente del narcotráfico". ¿Qué tal? La última rata se tiró del barco y se ahogó.
Odette bebía su café con leche en silencio cuando Marcel dejó las hojas sobre la mesa y se levantó.
—Demasiado café. Voy al baño.
—¿Por qué a mi baño? —protestó ella—.Está el de huéspedes. Tengo que maquillarme.
El la miró con esa expresión de macho de la especie que le hacía correr escalofríos de placer por la espalda, aunque ni pensara siquiera en admitirlo delante de él. Fanfarrón adorable.
—Estoy marcando el territorio.
Mientras lo oía silbar, buscó en el obituario hasta que encontró las líneas: “D. Nohant, amigo dilecto. Sus compañeros de tareas de la OCT lo recuerdan con afecto y elevan una plegaria en su memoria”. Llamó al diario a la sección correspondiente.
—¿Con cuánta anticipación se publican las necrológicas?
—Veinticuatro horas como mínimo, señora. ¿Desea publicar?
—No, está bien. Muchas gracias.
Veinticuatro horas.
—¿Con quién hablabas?— preguntó Marcel mientras se sentaba y se servía otro café.
—Con el servicio meteorológico.
—¿Qué dice?
—Que va a ser un día espléndido.
Levantó el auricular casi antes de que dejara de sonar el primer campanillazo, con la mano húmeda de transpiración fría. Marcel la miró sorprendido. Era Auguste.
—¿Te enteraste?
—¿Lo de Nohant? Sí...
—Increíble... Todavía le quedaba un ápice de vergüenza a ese inmoral....
—¿Quién es? —preguntó Marcel con cara de “quién mierda es”.
—Mi hermano, Otelo— y de nuevo por el teléfono: —Auguste, tengo que vestirme...
Le pasó el auricular a Marcel y los dos se quedaron charlando sobre la novedad.
Auguste no sólo no sabe nada: tampoco se lo imagina. Se tomaron el trabajo de averiguar qué diario recibe mi hermano en su casa. El estómago comenzó a dolerle. Se llevó el Le Monde a su dormitorio y, tras separar las necrológicas, rompió la hoja minuciosamente y arrojó los papelitos por la ventana.
PALAIS D'ELYSÉE, A MEDIODÍA
Cuando estaban a punto de entrar a la audiencia, una delegación salía del despacho. Extranjera, por lo que podía apreciarse. El hombre de alrededor de ochenta años que iba en el centro del grupo destacaba entre los otros más que por su estatura, por el aura de poder que emanaba.
A medida que ambos grupos se acercaban, Auguste siguió los ojos del hombre, que se clavaron entrecerrados en Odette. Después de un vistazo rápido y apreciativo a toda la gente de la Brigada, volvió su mirada otra vez a ella, que no le había despegado los ojos. Mientras se cruzaban, lo observó rozarse apenas la solapa izquierda con el pulgar, a la vez que inclinaba la cabeza con un esbozo de sonrisa en los labios. Ella le devolvió la sonrisa y levantó apenas el mentón, en absoluto silencio. Parecían medirse como en un lance de esgrima. Auguste no supo por qué sintió una mano helada sobre el corazón ante ese intercambio mudo. Los dos grupos habían aminorado el paso al cruzarse y nadie pronunció una palabra.
Sólo cuando se hubieron alejado lo suficiente se atrevió a tragar saliva, mientras el resto reanudaba la charla en voz baja. Oyó que detrás de él alguien comentaba lo infrecuente que era ver hoy en día a un hombre con una flor en la solapa.
****
En las escalinatas del Elysée, Michelon los abrazó efusivamente, uno a uno. La ceremonia había sido sencilla y privada. Sin prensa, había exigido la Brigada. De otro modo, los “especiales” dejarían de serlo.
Auguste miró a su hermana. Todavía estaba un poco pálida. Casi no había abierto la boca durante la audiencia y no había hablado desde que salieran de ella. Bajó los escalones de dos en dos para alcanzarlas a ella y a Michelon, que bajaban juntas.
—¿Estás bien, Cisne?
Odette le dedicó una sonrisa de Gioconda.
—Estoy en paz— murmuró.
La abrazó contra su pecho y le besó la frente.
—No más fantasmas —le dijo muy bajo. Odette asintió con la cabeza. Bajaron juntos unos escalones, mientras él esperaba que le pasara un poco más de aire por la garganta. De pronto, ella le dio un golpecito en la nariz con un dedo.
—Nonno Augusto tenía razón. Vas a ser un figurone de verdad. Hoy, un cargo en el Ministerio del Interior; mañana... ¡a conquistar el mundo! —le hizo un gesto graciosamente malévolo.
Michelon se reía sin mirarlos. Voy a echar mucho de menos a Madame. Debería tomar unas clases sobre cómo sacudir a Odette tal como hace ella.
—Usted no puede quejarse... comisario Marceau. ¿No estás contenta?
—Supongo que debería... Aunque me suena a que me ataron a la pata de un escritorio. ¿La condecoración incluye la cadena? —y se apresuró a bajar.
Así lo espero. De todo corazón, Cisne. Pero creo que conseguí una cadena mejor. Como no se encargue de tenerte bien sujeta, voy a pedirle a Michelon que lo degrade y lo transfiera a Archivos.
****
Marcel los observó mientras bajaban juntos unos escalones, el brazo derecho de Auguste rodeando los hombros de Odette. El parecido entre ambos hermanos se le hizo tan evidente que durante medio segundo tuvo una punzadita de culpabilidad. Cómo nadie se dio cuenta en tanto tiempo. Cómo yo no me di cuenta. Las mismas cejas pinceladas, los mismos rasgos delicados, tallados en él en mármol, en ella en porcelana. La chispa de comprensión en los ojos al cruzar las miradas. "Comparten algo muy íntimo, que no es el dormitorio". Claro que es íntimo. La misma sangre.Cuando pasaba a su lado, Michelon volvió a medias la cabeza y sonrió de una manera extraña, mitad comprensión, mitad complicidad. Ella lo sabía. Siempre lo supo. Le devolvió una sonrisa resignada y ambos miraron en la misma dirección.
—Tenga cuidado, capitán. Si se deja atrapar difícilmente pueda resistirse.
Marcel apretó el paso para alcanzar a Odette, que se alejaba del grupo.
—Me avisó tarde, Madame.
****
Oustry, que ahora bajaba a la par de Michelon, le tocó el codo con el entrecejo fruncido mientras le señalaba con la cabeza a Dubois y Marceau. Michelon sonrió levantando las cejas y el prefecto entendió y sonrió él también.Michelon se guardó un suspiro.Una carrera brillante. Jean-Luc estaría orgulloso de ella, igual que yo. Ahora podía pensar en él sin demasiado dolor. Pobre Dubois, la que le espera. Es muy del estilo de Massarino, un poco inocente. Buenos oficiales los dos. No hay nada que hacer: las mujeres somos más retorcidas. Quién sabe si volvemos a dejarlos dirigir la Brigada.
****
Marcel corrió detrás de Odette para tomarla por los hombros y cuando ella se sacudió el abrazo, la sujetó por la cintura. Esta vez no insistió en soltarse. Bruja caprichosa.
—¿Qué? ¿No puedo intimar con un superior?
—Dubois... —respondió ella, enarcando una ceja. Pero apoyó la cabeza en su brazo. Marcel aprovechó la ocasión y la besó. En público. En las puertas del Elysée y delante de la mitad de la PN. Uno a cero, viejo. Y al que se atreva a acercársele le rompo las costillas.Estrechó el abrazo y le dijo al oído:
—Ese viejo verde tardó una eternidad en colgarte la medallita, haciéndose el simpático.
—Ese viejo verde es tu Presidente.
—Me importa una mierda. También es el tuyo.
—Yo no lo voté.
¿Cuándo voy a ganar una discusión con esta mujer?
EPÍLOGO
PROVINCIA DE BUENOS AIRES, FINALES DE 1996
Me gusta. Inteligente. Atractiva. Una combinación casi fatal. No es exactamente de mi tipo, pero me gusta. Una pena que no admitamos mujeres en la Orden. Improvisan más rápido y mejor que nosotros. Parece que nos leyeran la mente. Muy peligroso. En poco tiempo las tendríamos ocupando lugares clave. Una verdadera pena, mi querida. Menos mal que usted es joven todavía, con mucha pasión en la sangre. Si tuviera veinte años más y la frialdad de la edad, tendría que haberla eliminado. Así de brillante, no hubiera parado hasta llegar a la tranquera de la estancia. Por suerte para usted, prefirió seguir viva para su teniente... perdón, su capitán. Y mantenerlos vivos a él y a su familia. Una decisión muy importante, señora comisario. Una elección inteligente. Aprende rápido. Seguramente supere al maestro algún día. No espero menos de usted.
—Señor...
—¿Qué pasa, José?
—¿No piensa hacer nada?
—¿Con qué?
—Con... ellos, señor. Ella, el hermano, el... otro...
—Nada. Son intocables.
—¡Pero...!
—Nos ahorraron el trabajo de limpieza, que era algo que me molestaba mucho. Por otro lado, tienen muy bien cubiertas las espaldas. Nunca nos metimos con esa gente, y no vamos a empezar ahora.
—A él lo identificaron, señor...
—Arreglé para que se encarguen el Ministerio de Relaciones Exteriores y el del Interior. No se preocupe más.
—¡Pero esos tanos hijos de puta liquidaron a nuestra gente!
— Epa, no se me vaya así de boca. Se cuidaron muy bien de eliminar a "nuestra" gente. Se ocuparon de contactos, nada más. Útiles, no se lo voy a negar, pero que habían entrado en ese jueguito perverso. Lacras morales. Capítulo cerrado —hizo un silencio que Ortiz no interrumpió —¿Usted oyó hablar alguna vez del “coste de oportunidad”? Esto es más o menos parecido. Empezamos en otra parte. Llame a Londres. Quiero saber qué novedades hay.
Se arrellanó en su bergère favorito y, antes de que Ortiz saliera, comentó a media voz:
—Tendría que haberla visto... Orgullosa, no me bajó los ojos ni una vez. Y sabía, ¿eh?, sabía que había perdido.Una dama. Me debe mucho. No se va a olvidar, se lo aseguro. Pero tampoco me voy a cobrar.Esta vez, salimos hechos...
—No entiendo, señor— Ortiz estaba moderadamente horrorizado— ¿Ella lo reconoció?
—Digamos que me dejé reconocer. Ella también puso su granito de arena, o más bien la rosa en el ojal. Soy un anticuado.
—¡Pero, por qué...!
—No pude evitar la tentación, viejo y todo como soy.Quería verla personalmente y que ella supiera que yo estaba ahí, antes que ella y que su gente; que siempre vamos a estar un paso adelante y un escalón más arriba, pero que reconozco a un gran oponente cuando me le enfrento.
Se puso melancólico sin saber por qué.
—Hubiera preferido no encontrarla nunca, no saber de ella, que no me importara. Siempre creí que las mujeres estaban para otras cosas: parir, acompañar, ser tu sombra complaciente y callada o una joya que se lleva colgada del brazo para que te envidien los obsecuentes... A ver quién lleva la hembra más linda y más estúpida. Los estúpidos somos nosotros, que creemos eso de ellas, José —rara vez lo llamaba por su nombre y vio que José se había emocionado—. Ahora me importa. Aprenda usted también, porque es una lección difícil de tragar.Debo de estar poniéndome viejo...
—Usted no es viejo, señor —murmuró el otro, desviando la mirada.
—Vaya a hacer esa llamada, José. Después vuelva, que tenemos que hablar de unas cuantas cosas.
Los ojos de Ortiz relampaguearon de expectación. Así me gusta; orgulloso del puesto que le toca ahora. A ver cómo se porta.
Mientras Ortiz salía del estudio, el viejo leyó la tarjeta por enésima vez. Caligrafía firme. Acostumbrada a tomar decisiones.
“Tuve un maestro magnífico. Aprendí una lección inolvidable”,
decía.
Lo que más le gustaba, sin embargo, era la postdata:
“Adoro las rosas negras. Gracias por tener en cuenta ese detalle”.
Guardó la rosa seca en el sobre junto con la tarjeta y las fotos y metió todo en un compartimiento de la caja fuerte, mientras sonreía. Toda una dama.
FIN
sábado, 28 de noviembre de 2009
La dama es policía - CAPÍTULO 36

PARÍS, BOIS DE BOULOGNE. LUNES, ÚLTIMAS HORAS DE LA NOCHE
Auguste miró alucinado cómo el hombre arrastraba a Odette hasta ellos. En el nombre del Cielo, ¿qué le hizo ese hijo de puta? Se le saltaron las lágrimas mientras se ahogaba de coraje. Sintió una mano en el hombro que lo empujaba hacia el suelo y se arrodilló.
El cuerpo de Odette rebotó contra el capó; cuando el tipo se acomodó delante de ella y la atrajo hasta su entrepierna, ella no reaccionó. Dios mío, qué pasa. El hombre lo miró con una sonrisa feroz y, mientras tiraba el arma al suelo y se desabrochaba la bragueta, le gritó:
—¡Sólo para tus ojos, Massarino!
En las sombras, la presión de una rodilla en la espalda lo hizo tirarse al suelo. Oyó los disparos desde atrás y rodó a un lado al tiempo que gatillaba su propia arma, aunque el hombre ya se retorcía espasmódicamente y la sangre le salpicaba la cara. Los disparos siguieron cuando el tipo ya no era más que un bulto en el suelo. Alcanzó a ver el rostro de Dubois deformado por el odio mientras vaciaba el cargador, ahora de pie junto al cuerpo del otro.
Se incorporó con agilidad mientras el hombre de Varza sacaba del auto al herido en la rodilla, todavía amordazado. Sin pensarlo dos veces, le puso la pistola en la frente y tiró del gatillo. Al volverse, Dubois estaba de rodillas sosteniendo a Odette, mientras lloraba como una criatura.
Con el corazón en la boca vio que su hermana no se movía. Caminó hasta ellos como en un mar de brea.
No, Cisne, no.
Las sirenas de ambulancias y patrulleros aullaban por el bosque.
PARÍS. HOSPITAL HÔTEL DIEU, PRIMERAS HORAS DE LA MADRUGADA DEL MARTES
—Por favor, entren y hablen con ella — el residente se asomó desde la habitación a la vez que le hacía lugar a la enfermera para que saliera.
Auguste, sentado con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, lo miró con cansancio. En dos pasos, Marcel estuvo encima del médico.
—Cinco minutos— el médico remarcó las palabras—. Y sean convincentes.
—¿Respecto de qué? —preguntó Auguste.
—Respecto de que están vivos— Marcel y Auguste se miraron sorprendidos—. Esta mujer es terca como una mula. Necesita el sedante, así que hablen con ella— y en un aparte a Auguste: —Después quiero hablar con usted.
Marcel alcanzó a oír y el corazón se le subió a la boca.

Pasillos del Hospital Hôtel Dieu de Paris- Foto de Flickr
—Ciao, lucertola —susurró Auguste mientras le revolvía el pelo. Estaba pálida como las sábanas, tanto que se le encogió el pecho.
—Scugnizzo— ella sonrió mientras él le acariciaba la cara—. ¿Estás bien? ¿Qué pasó? En el Bois creí que... ¿Estás bien?
—Magnífico — obvió las explicaciones. No iba a llorar como un idiota. Ella le tomó la mano y se la besó, reteniéndola contra su cara. Tenía las muñecas vendadas, el cuello lleno de hematomas. Sí, iba a llorar.
—Nadine estaba con tu suegro...
—Ya lo sé. Están todos bien.
—¿Quién...? — no tuvo fuerzas para completar la frase. Está mareada por los calmantes, pensó.
—Calogero y la gente de Varza — gracias a Dios.
—¿Perrin?
—Se salvó por un pelo. ¿Vas a preguntar por toda la Crim?
Los ojos de Odette se volvieron vidriosos.
—¿...Marcel?
La besó en la frente.
—Está esperando para verte
A ella se le iluminó tanto la cara que Auguste sintió una punzada de celos. Le hizo señas al teniente para que se acercara. Marcel se sentó en la cama y al estrujarla en un abrazo ella gimió.
—Parece que cada vez que te toco, te lastimo —murmuró Marcel, compungido.
—Me... estoy acostumbrando, Ranxerox... — Odette estiró la mano y le acomodó el cabello. Marcel la besó antes de soltarla con cuidado, recostándola otra vez. Auguste salió mientras oía que su hermana insistía en preguntar qué había pasado.

Marcel la besó otra vez en silencio. Odette cerró los ojos entre agotada y feliz pero cuando frunció la frente y gimió de dolor, Marcel sintió que una tenaza le estrujaba los intestinos. Nunca más lejos de mí, ¿entendiste? Te voy a pisar los talones como un perro. Tu San Bernardo.
Una walkiria embutida en uniforme de enfermera entró con una bandeja estéril y una jeringa. Lo apartó con soltura y mientras le ataba el brazo a Odette para inyectarla, comentó:
—¿Estamos más tranquilas? ¿Le hacemos caso al doctor?
—Jawohl, mein Führer.
Marcel sonrió al oírla. No perdiste el humor. Los ojos se le nublaron.
—Muy graciosa— la enfermera hizo un gesto severo. Antes de que terminara de acomodarle las sábanas, Odette estaba dormida —. Afuera— ladró. No le costó demasiado esfuerzo sacarlo de la habitación.
En el pasillo, Auguste escuchaba al médico con la mandíbula encajada y las manos en los bolsillos del pantalón. Al oír la puerta, le echó un vistazo rápido.
—Vamos a tomar un café. No le digamos nada de Foulquie todavía —con un gesto de la cabeza hacia la habitación— . Le tenía mucho afecto al viejo.
Marcel lo interrogó con la mirada llena de angustia. Auguste le apretó el hombro.
—Gracias al Cielo, ese animal no le hizo nada. Va a estar bien — el comisario sacudió la cabeza como si se convenciera a sí mismo — Va a estar bien. Vamos— y lo arrastró hacia el ascensor.

Calogero Colosimo
Se sentaron en silencio en el bar del hospital. Marcel observó las manchitas de sangre en la manga de su camisa y en una de las perneras del pantalón. Ni siquiera había ido a su casa a cambiarse de ropa. Sacó un Gauloise y le tembló la mano al encenderlo. Un hombre se les acercó. Lo reconoció como uno de los que habían encontrado en la casa del comisario.
—Augusto...
—Calogero —el comisario le hizo lugar.
—¿Cómo está? — preguntó Calogero con tono preocupado.
—Duerme. Va a estar bien —respondió Auguste.
—Le fallé. Nunca me lo voy a perdonar— el hombre tenía los ojos vidriosos—Si Mario me corta las pelotas, tiene todo el derecho— los miró y se explicó —. Envié a Filippo a su casa. Encontró a un tipo. Me quedé tranquilo. Nunca pensé que...
—Nadie pensó que ese monstruo los seguiría hasta el Quai— Auguste se mordió el labio.
—Virgen Santa, no podía creerlo. Menos mal que ese, Wi... Wik...
—Witowlski —murmuró Marcel—. Yo la dejé en el Quai. Si me hubiera quedado... —Golpeó la mesa sin darse cuenta, y las tazas tintinearon. Apretó las mandíbulas para tratar de aguantar las lágrimas. Auguste le tomó el brazo en un gesto de consuelo y se quedaron en silencio otra vez, bebiendo café.
—Hay algo... que nunca te dije, Augusto — Calogero miró alternadamente a los dos y continuó en italiano—. Es... historia antigua, pero... siempre me pesó en el corazón.
Auguste lo miró con los ojos llenos de premonición.
—Cuando... cuidaba... a Jean-Luc... —empezó Calogero y Marcel se acomodó para escuchar. Calogero comprendió que él entendía lo que estaba diciendo pero ahora no tenía más remedio que seguir.
—Él... quería que ella lo dejara... La quería con locura... y cuando comenzamos con la morfina... —el dolor le hacía temblar la voz.
—Ya lo sé. Odette se enteró y...—Auguste le tomó el brazo.
—Ella después... —Calogero no lo dejó continuar —le daba... otra cosa — miró a Marcel con aprensión—. Al principio la conseguía ella, no me preguntes de dónde, y cuando me enteré, yo salí a buscarla. No quería que se arriesgara de esa forma.
Siguió un silencio ahogado.
—Entonces él vio la oportunidad... Estuvo lúcido hasta el final, Augusto.
Auguste lloraba en silencio, con la mirada baja. Calogero hablaba con los ojos cerrados.
—Me lo había pedido tantas veces... que lo arreglé... Le cambié la dosis por cloruro de potasio... Tal como estaba, no hizo falta demasiado... Él lo sabía, te lo juro. Lo vi sonreír cuando ella... —casi no podía hablar—.Yo no soportaba verlos sufrir.
Auguste abrazó al otro en silencio durante un largo rato. Cuando se separaron, ambos tenían los ojos húmedos. Colosimo suspiró.
—Me siento mejor ahora que te lo dije. ¿Podrás...?
—Con toda el alma —respondió Auguste, ronco de emoción.
Colosimo se puso de pie.
—Me vuelvo al mediodía. Cuídenla. En casa van a matarme si le pasa algo más— le tendió la mano a Marcel y abrazó y besó a Auguste.
—Calogero, ni una palabra a los viejos.
—¿Quién te creíste que llamó a Mario? —Auguste se sobresaltó—.Fue tu madre.
En el silencio que siguió, Auguste movió la cabeza con resignación.
—No te preocupes; no pienso decirles lo que pasó.
—Está bien... ¿El tipo que encontraron en casa de mi hermana?
—Pudriéndose en el Sena.
Obvio. Colosimo se encogió de hombros.
—Tendrán que reparar la puerta. Lo arreglamos para que pareciera un intento de robo. Arrivederci.
—Arrivederci.
Se quedaron solos. Después de un rato, Marcel levantó la vista hacia Auguste.
—Quiero saber.
Auguste lo miró y asintió.
—Es una historia larga.
—Tenemos tiempo.
sábado, 31 de octubre de 2009
La dama es policía - CAPITULO 35

XVI° ARRONDISSEMENT. CASA DEL CRIO. MASASRINO. LUNES POR LA NOCHE
Auguste se había ido hacía menos de diez minutos cuando sonó el timbre. Nadine corrió hasta la puerta, pero, hija y mujer de policías, no abrió. Nadie de la familia podía estar llamando a la puerta a las diez de la noche.
—¿Quién es?
—Signora Nadine —respondió por el intercomunicador una voz vagamente conocida —. Soy Calogero. Calogero Colosimo, signora. Abra, por favor.
Nadine espió por la mirilla telescópica. Dios, de verdad es Colosimo. ¡Mis suegros! ¡Algo les pasó a mis suegros! Abrió y el hombre entró apresurado, seguido por otros tres.
—Calogero, ¿qué pasa?
—Busque a los chicos. Tenemos que salir de la casa.
—¡Auguste no está!
—Ya sé. Alcanzamos a verlo salir y preferimos quedarnos y sacarlos a ustedes.
Nadine miró a los hombres que acompañaban a Colosimo. El parecido no era suficiente para que fueran parientes, pero tenían un aire en común... paisanos del mismo lugar. Colosimo la tomó del brazo y la llevó escaleras arriba.
—Vamos, signora. No tenemos mucho tiempo.
— Dios santo, ¿dónde está Auguste?
—Por favor. Es por el bien suyo y de los niños— insistió Colosimo
Corrieron escaleras abajo, ella con Isabelle y Colosimo llevando de la mano a Antonin. En el garaje de la casa esperaba un automóvil igual al de Auguste.
—Suban. Agáchense en el piso del auto hasta que yo les avise.
—Calogero, ¿qué van a hacer?
—Los muchachos se quedan aquí. Yo la llevo a un lugar seguro.
Después de cinco minutos de carrera, el hombre les dijo que podían levantarse. Les llevó sólo cinco minutos más llegar al Quai. Calogero detuvo el automóvil frente a la puerta principal.
—¡Papá!
SaintClaire estaba esperándolos con un auto en marcha.
—Vamos, hija — el viejo ex comisario miró a Colosimo—. Gracias.
—Somos de la familia. No tiene nada que agradecer— Colosimo saludó respetuosamente a SaintClaire y acarició la cabeza de los chicos. Nadine lo miró con los ojos llenos de dolorosa anticipación.
—Quédese tranquila. A Augusto no le ocurrirá nada.
Mientras se sentaba en el auto de su padre, Nadine oyó el chirrido de los neumáticos del otro automóvil.

36,Quai des Orfèvres por la noche
QUAI DES ORFÈVRES. LUNES POR LA NOCHE
—¿Adónde vamos? —preguntó Odette después de unos minutos.
La había sentado en el auto y sujetado con el cinturón de seguridad, como a una criatura. Cuando arrancó, con el rabillo del ojo vio que ella estaba llorando en silencio. Le pasó el brazo por los hombros y le acarició la cara. Él tampoco podía hablar. Ella no resistió su abrazo. Se la veía tan frágil. Marcel sintió que el pecho le reventaba de dolor.
—¿A dónde vamos? —insistió ella, con vocecita entrecortada.
—Al Quai. Donde puedas estar segura— la soltó momentáneamente para tomar el volante y virar en un semáforo.
—¡No! ¡Van a matar a mi familia!
—Odette, tu hermano me dio la orden, y nunca estuve más de acuerdo.
—¡Van a matar a mi familia!
El semáforo cambió a rojo. En un segundo, Odette se soltó el cinturón y abrió la puerta, tratando de saltar del auto, pero él fue más rápido. Había previsto esa reacción, y la tomó del brazo y tirado de ella hacia adentro.
—¡No quiero! —Odette se debatió con furia.
—Lo siento, pero no vas a ninguna parte — le esposó la muñeca izquierda a la derecha de él —Ahora, hagamos lo posible por no matarnos— arrancó a toda velocidad.
—¡Te odio!
—Ya lo sé.
Entró con ella en el edificio, todavía esposados, escandalizando al suboficial de guardia.
—¿Quién está arriba?
—¡Foulquie! —gritó el hombre mientras Marcel arrastraba a Odette por las escaleras. Maldita caprichosa. No, por Dios. Está desesperada, igual que yo. Quería abrazarla, besarla, jurarle que nada le pasaría a su familia, que todo saldría bien.
—¡Foulquie!
El sargento se puso de pie de un salto, enarcando una ceja ante la escena. Marcel abrió las esposas, tomó a Odette por los hombros y la sentó ante uno de los escritorios.
—Por favor... —ella le dio la espalda —¡POR FAVOR! Quiero que te quedes aquí. ¡Foulquie —dijo sin volverse—, que no salga del edificio! Si es necesario, enciérrela en algún lado. Voy a la casa de Massarino.
Se inclinó hacia ella y la besó en la frente. Lo pensó mejor y la abrazó y besó apasionadamente.
—Voy a buscar a tu hermano. No te muevas de este escritorio. Quiero tu palabra.
Ella asintió con un gesto. La besó otra vez y salió.
QUAI DES ORFÈVRES. LUNES POR LA NOCHE.
Foulquie se acercó en silencio.
—Su... cuñada está en casa del comisario SaintClaire, con los niños. El comisario acaba de avisar.
Gracias al cielo. Se le quitó un peso del pecho.
—¿Cómo llegaron...?
El sargento se encogió de hombros.
Un yunque le oprimía el corazón. Odette se frotó el cuello como si con eso pudiera aliviar la angustia. Mi hermano, Marcel... Tengo tanto miedo.
—¿Quiere un café? —le preguntó Foulquie.
—Por favor —murmuró ella con un suspiro.
Mientras el sargento salía, Odette enterró la cara entre las manos. Estoy agotada. Dios mío, que no pase nada. Por primera vez en años se puso a rezar.
Entró un uniformado. Foulquie con el café... El hombre se paró detrás de ella y la levantó de un brazo.
—¡Qué...! —mientras el hombre le esposaba las manos a la espalda.
—Órdenes, señora.
No conozco esa voz.
—¡No es necesario que me espose! —sacudió las manos.
El hombre la tomó del brazo sin abrir la boca y la llevó a la rastra hacia las escaleras. En lugar de ir a las salas de interrogatorio donde pensaba que la encerraría, el tipo la empujó por el patio hacia la calle. ¿Por qué? Odette tuvo un presentimiento espantoso.

Patio interior del Quai des Orfèvres
Se volvió a medias para verlo. Alto, de contextura fuerte, rubio, facciones un poco abotargadas pero atractivas. Ojos azules, casi vacíos de tan claros. Notó que caminaba... No... Marchaba. Cristo, este hombre no es policía. Se estremeció y tironeó del brazo, pero el tipo la sujetó con mano de hierro.
—Un solo movimiento de más y masacro a los que se nos acerquen. O a los que encuentre —le susurró al oído, pegándola a él—. Así me gusta. Tranquila. Vamos a salir con calma.
Hablaba un francés plano, sin inflexiones ni acentos y sin la natural guturalidad del idioma. Extranjero, pero no europeo. Ni norteamericano. Militar, por la forma de moverse. El nombre le estalló en la mente como un rayo. Dios, es él. El estómago le dio un vuelco; le temblaron las piernas y trastabilló. El hombre la sostuvo con una facilidad increíble.
—Despacio. No queremos alarmar a nadie.
En la calle, caminaron muy juntos hasta uno de los patrulleros. Detrás de otros dos vehículos había un hombre tirado en el suelo, en ropa interior. Un hilo de sangre le corría por detrás de la oreja. Perrin. Tiene tres hijos, recordó Odette mientras pugnaba por no llorar de desesperación. Hijo de puta. El hombre la metió en el auto y la sujetó con el cinturón de seguridad. Se caló la gorra, se sentó al volante, y salieron despacio. Dejó el arma entre las piernas. Entre las sombras del interior del vehículo y la visera, no se le veía la cara.
—El mínimo intento de avisar a alguien y te vuelo la cabeza.
Odette no tenía ninguna duda al respecto.
Salieron sin que nadie los molestara, salvo algún saludo ocasional.
A unas cuadras, el hombre detuvo el patrullero detrás de un sedán oscuro, la amordazó con cinta adhesiva y la arrastró fuera del auto. El frío le cortó la respiración. Con la habilidad propia del entrenamiento, el tipo le dio detrás de la rodilla un golpe ligero que la hizo trastabillar lo suficiente como para que él le tomara la cabeza, se la bajara y la sentara en el asiento del acompañante del sedán, en un solo movimiento. Le ajustó el cinturón de seguridad, cerró la puerta y se sentó al volante. Antes de arrancar, reclinó el asiento para sacarla de la vista desde la ventanilla. Comprobó el ajuste del cinturón y se pusieron otra vez en marcha. Sobre la guantera había una Motorola sintonizada con la frecuencia de la policía. Mirando el reloj de pulsera, él dijo:
—Las once y media. En media hora nos encontramos con los muchachos en el Bois de Boulogne. Van a llevar a tu hermano.
La miró de reojo mientras conducía consultando un plano de la ciudad.
—Pensé que iba a tener que servir a una vaca vieja, y me encuentro con una yegua que todavía está para seguir corriendo.
Con la otra mano en el volante, le recorrió el cuerpo. Ella trató de apartarse.
—Eras muy joven para él— le levantó la pollera con la punta del arma—. Todas las francesas son putas. Mirá que usar portaligas. Turra—siguió en francés—. Muy fino. Me gusta.
Odette no entendía todo lo que el hombre había dicho, pero se lo imaginó muy bien. “Puta” suena igual en varios idiomas. Sintió, impotente, cómo las lágrimas de rabia le rodaban por la cara. No quería llorar delante de ese desgraciado. Si consiguiera calmarme, pensar en algo...
El tipo siguió hablando mientras conducía y le metía la mano entre las piernas, buscando el borde del calzón de encaje. Cuando ella se resistió, un violento empujón le sacudió la sien contra el parante del auto.
—No quiero marcarte la cara. No me gusta, así que no me obligues —la miró amenazador mientras le volvía bruscamente la cabeza agarrándola del pelo.
La Motorola zumbaba mensajes anodinos: robos, accidentes de tránsito. Una medianoche tranquila de invierno. Odette alimentaba la esperanza de que alguien hubiera notado la falta del patrullero. ¿Y el cuerpo de Perrin? Escuchó atentamente: lo que se oía por la radio tenía que ser casi incomprensible para el hombre, que la apagó de un manotazo.
—Hablan más atravesado que la puta que los parió —masculló —. Parece que lo de tu hermanito todavía no saltó— le habló en francés mientras le acariciaba un muslo y cuando ella apartó la pierna, se la retuvo violentamente—. Queremos que disfrute del show. Lo mismo que con la mujer. A estas horas deben de haber terminado con ella y los chicos. Espero que mis muchachos se hayan divertido. No con tu hermano, ¿eh? Él tiene que venir entero.
Entonces, el animal no sabía que Nadine no estaba en la casa. Gracias, Dios mío. Quién sabe si Marcel pudo llegar a tiempo. En medio de su angustia, saber que Nadine y los chico shabían escapado de esos monstruos la hizo recuperar algo de esperanza.
—Así que ésta es la capitán Marceau. La puta más cara del mundo. Nos costaste fortunas. Millones de dólares perdidos porque querías vengar la muerte de tu macho — el tono de voz cambió de sarcástico a sombrío. Odette entendía a medias lo que él murmuraba.
—No lo puedo creer. Un cana de mierda. Y la guacha de la mujer que busca venganza trece años después. ¡Como el puto conde de Montecristo, ja! —el auto aceleró rabioso—.Me las vas a pagar, muñeca. Aunque sea lo último que haga, vas a sufrir hasta el último segundo de lo que te queda de vida— se lo repitió en francés para asegurarse de que entendiera la sentencia.
Las luces del alumbrado público pasaban cada vez más rápido. El hombre le manoteó la camisa para desabrochársela y recorrió los contornos del corpiño. Odette tuvo un escalofrío de asco y miedo cuando la mano le bajó el encaje. Cerró los ojos para no ver al hijo de puta humillarle cada lugar del cuerpo donde la tocaba.
—¿Estás llorando de miedo o de rabia? —le volvió la cara y la miró asombrado—. ¡De rabia, puta! —hizo un gesto de incredulidad—. Quiero verte llorar de miedo—continuó con voz ronca—. Tuve una muñequita así, chiquita. Más joven, una pendeja. Después de que la quebré fue como seda. Al final tuve que “trasladarla”. Órdenes.
Ella intuyó el significado de las palabras y la desesperación le trepó por las entrañas, entrecortándole la respiración.
En el bosque se detuvieron en uno de los caminos laterales. Él miró el plano y asintió. Le soltó el cinturón de seguridad y reclinó totalmente el asiento. Se acomodó entre sus piernas, sacó una navaja del bolsillo y tuvo que hacer un esfuerzo para cortarle la ropa interior.
—Todavía te resistís, putita...
Le pasó la navaja a un milímetro de la cara y siguió bajando por el cuello, cada vez más cerca. Un hilo de sangre brotó del nacimiento del pecho izquierdo antes de que ella pudiera sentir el corte. El instinto y el miedo le hicieron contener la respiración para apartar el cuerpo de la hoja que le recorría el esternón y el estómago en una caricia mortífera. Gotitas como perlas diminutas le brotaron del rastro terrible. El hombre dejó la navaja en el otro asiento al tiempo que la sujetaba por el cuello, ahogándola con el apretón. El esfuerzo por respirar hizo que los bordes de los tajos se abrieran apenas y sangraran con un dolor intolerable. La cinta adhesiva le enmudeció el grito en la boca.
La mano de él subió para sostenerle la cara, y el pulgar le arrastró una lágrima. Un instante después la rodilla del tipo se le enterró súbita y violenta entre las piernas. El golpe la paralizó y la dejó sin aire otra vez. Cuando logró inspirar, el dolor casi la desmayó.
Cerró los ojos para controlar la náusea y arqueó el torso, acercándose involuntariamente a él en un esfuerzo por tratar de llenar los pulmones. Sintió que una mano le estrangulaba el gemido en la garganta mientras la otra la recorría en una caricia obscena, pero en lo único en que pudo pensar fue en tratar de seguir respirando. Un acceso de tos ahogada le llenó los ojos de lágrimas y le retorció el cuerpo. ¡Dios, tengo que poder respirar!
Abrió los ojos en el momento en que él miraba el reloj y encendía un cigarrillo. No pudo controlar otro espasmo de horror cuando la mano que lo sostenía la recorrió. Lo vio sonreír mientras fumaba para avivar la brasa, y el brillo rojizo le iluminó los ojos cruelmente azules. Inclinándose sobre ella murmuró:
—Diez minutos. En diez minutos podemos hacer muchas cosas.

Witowlski llegaba al Quai en su utilitario cuando se cruzó con un patrullero en el que salía Marceau, acompañada de un suboficial. La saludó cortés. Esa mujer entendía su trabajo.
—Buenas noches, capitán.
Ella le clavó los ojos. Angustiosamente, pensó él.
—Buenas noches, Vasili —lo saludó Marceau. El suboficial ni lo miró.
¿Vasili? Mientras dejaba el auto y se dirigía al ascensor, Witowlski pensó que era realmente extraño.
Un quejido le llamó la atención. Buscó, y encontró a Perrin con un balazo en la cabeza, semidesnudo, entre dos patrulleros. Las entrañas se le retorcieron del miedo. Witowlski corrió aterrorizado hasta la entrada y avisó al suboficial de guardia. Mientras llegaba la ambulancia, corrió hasta el tercer piso buscando a Massarino. Encontró a Foulquie desangrándose en el pasillo.
—Avísenle a Dubois —alcanzó a decir el viejo mientras lo subían a la camilla.
El pánico le dio ganas de vomitar. ¿Dónde mierda encuentro a Dubois?
XVI° ARRONDISSEMENT. CASA DEL CRIO.MASSARINO
Auguste estaba a unas cuadras de su casa cuando un automóvil se le cruzó delante. Clavó los frenos con un insulto y se bajó sacando el arma de la cartuchera.
—¡Comisario!
Inspiró angustiado y bajó la pistola.
—¡Dubois! ¡Casi lo mato!
—¡Vamos a su casa!
—¿Dónde está Odette?
—La dejé en el Quai con Foulquie.
Lo miró desconfiado pero Dubois insistió:
—Me juró que no se movería de allí.
Volvieron a los autos y se detuvieron cerca de la casa en silencio. Frente a la puerta había un patrullero con las luces apagadas. Había gente dentro. Se acercaron, armas en mano, para encontrar a los dos hombres de la Brigada asesinados a balazos. Auguste sintió detenérsele el corazón. Nadine. Mis hijos. Dubois lo arrinconó contra la pared
—¡No! ¿La casa no tiene otra entrada?
La desesperación no lo dejaba pensar.
—¡Ahí adentro está mi familia! —forcejeó.
—¡Tiene que haber otra forma de entrar!
Dubois tenía razón. Doblaron por la calle lateral hasta la puerta de servicio. En la casa había un silencio de muerte. El pulso le retumbaba en la cabeza. Mis hijos. ¿Dónde están mis hijos? Cuando irrumpieron en la cocina, el espectáculo era de horror. En una de las sillas había un hombre, herido en una pierna; se le veía la rodilla ensangrentada. Dos tipos lo estaban golpeando duramente. Un tercer hombre se ponía de pie, al lado de un cuerpo retorcido en forma extraña. Por la otra puerta podía verse otro cadáver, al pie de la escalera. Los tres giraron, apuntándoles.

PARÍS, BOIS DE BOULOGNE.
—Ahí están. Demasiado puntuales, carajo— la arrastró hacia afuera y le dijo, pegando la boca a la suya amordazada— Vamos. Lo mejor para el final.
Un auto se detuvo a diez metros de ellos. Tres hombres bajaron y uno quedó adentro. En la penumbra del bosque, Odette pudo entrever que el primero tenía la camisa desabrochada y con manchas oscuras. Llevaba las manos detrás de la nuca. El que venía detrás lo empujó, obligándolo a ponerse de rodillas. A pesar de las lágrimas que le nublaban la vista, reconoció a Auguste.
Si hubiera podido, habría gritado de angustia. ¡Mi hermano no! ¡A él no, por Dios!. Los sollozos se le estrangularon en la garganta, sacudiéndole el pecho. Entonces Marcel está muerto. Mi amor. ¿Qué les hice a todos?
Las piernas ya no le respondieron y el hombre tuvo que sostenerla para llevarla hacia el otro auto. El viento le hizo flamear la camisa contra la piel desnuda, pegando la tela sobre las quemaduras y erizándola de frío. Sintió la punta de la pistola enterrársele en el cuello, debajo de la mandíbula. Las esposas le laceraban las muñecas, pero había superado ese umbral de dolor.
—¡Massarino! ¿Te gustó lo de tu mujer? ¡Ahora vas a disfrutarlo con tu hermana!
El hombre la levantó, la arrojó como si fuera una muñeca sobre el capó del auto en que habían llevado a Auguste y le arrancó la cinta adhesiva de un tirón.
—Quiero que tu hermano te escuche.
Señor, si estás en alguna parte, quiero morirme ahora.
Lo último que sintió fue que la tomaba por los tobillos atrayéndola hacia él, al tiempo que le separaba las piernas.