POLICIAL ARGENTINO

martes, 21 de octubre de 2008

La dama es policía - Capítulo 14


Gauloises y Gitanes:símbolos de Francia
PARÍS, PRIMERA SEMANA DE NOVIEMBRE DE 1996
Marcel repasó una vez más el equipo mientras fumaba el último Gauloise. Los dichosos blips. Nunca había vuelto a los laboratorios de tecnología electrónica después de su paso por la Escuela de Policía. No sabía si los talleres eran sofisticados o no lo eran, pero las placas de integrados, testers, chips y quincallería electrónica desparramados por todas partes no ayudaban a mejorar la imagen del lugar. Varias pantallas destripadas exhibían sus interiores sin pudor, lo mismo que los ordenadores personales. Parecían esqueletos vacíos de animales exóticos. Para colmo, el jefe de ingenieros, Nikolai Paworski, era un bicho desagradable por el cual resultaba difícil sentir algo lejanamente parecido a la simpatía. Y además estaba empezando a dolerle la boca, pues el efecto de la anestesia se iba perdiendo. Se frotó la mandíbula como si eso sirviera de algo. Era el último lugar del mundo en donde hubiera pensado encontrar a Odette, sentada sobre una de las mesas y prestándole suma atención a Paworski. Carajo, por qué no estudié ingeniería. Al acercarse, vio una chispa de diversión en los ojos de ella.
—¿Ya perdiste tu primer molar en cumplimiento del deber?— dijo Odete haciéndoles señas para que se uniera al grupo.
—Me está empezando a doler —miró a Paworski con rencor—.Podrían hacer los localizadores un poco más chicos.
—¿Más chicos? ¿Usted tiene idea del esfuerzo que representó diseñar un chip que cupiera en una muela? —rezongó el otro, y miró acusador a Odette—. Las muelas de Marceau ya nos dieron bastante trabajo.
—Insisto en que deberíamos contratar ingenieros japoneses —respondió Odette, frunciendo la nariz. Marcel no sabía si reírse o no.
—El reglamento debería prohibir que se aceptaran personas por debajo de ciertos estándares físicos e intelectuales —el comentario de Paworski sonó ácido pero Odette no se molestó.
—Nikolai, uno de estos días voy a arrinconarlo en este laboratorio y exigirle que se case conmigo.
—Antes debería demostrarme que le gustan los hombres.
—Si usted se decide por las mujeres, estoy primera en la lista.
Entró uno de los técnicos, Thibaud, todavía con el abrigo puesto.
—Perdón, me retrasé por el tránsito...
Paworski le echó un vistazo devastador.
—Lástima. Unos minutos más y Paworski era mío— Odette miró al ingeniero con ojos entrecerrados.
—No insista, Marceau. Nunca podrá ponerme las manos encima.
El ingeniero se alejó para buscar algo en el otro extremo del laboratorio. Marcel asistía a la escena sin entender del todo. ¿Paworski tiene sentido del humor? Interrogó a Odette con la mirada y ella le guiñó un ojo cómplice.
—Acá están —gritó Thibaud, alcanzándole una caja a su jefe. Sin darle las gracias, el otro le arrancó la caja de las manos y regresó.
—Para usted, Dubois. Los blips.
La caja contenía esferitas de menos de medio centímetro de diámetro, de material negro y con aspecto de munición de arma de fuego. Marcel miró al ingeniero levantando las cejas.
Blips. Localizadores. No tan miniaturizados como los que les instalaron a ustedes — aclaró Paworski
—¿Por qué se llaman blips? —preguntó Marcel.
—Porque hacen “blip” cuando aparecen en las pantallas de los equipos de detección —la obviedad de la respuesta hizo sonreír a todos, menos a Paworski, por supuesto.
Thibaud intervino, ansioso por un poco de gloria personal.
—Son localizadores para relevamiento. Pueden detectarse a cuatrocientos metros o más, y permiten recomponer un mapa en tres dimensiones del lugar, si se colocan los suficientes blips, claro.
—¿Cuánto es “suficientes”? —preguntó, preocupado.
—Seis por cada planta del edificio —aseguró Thibaud.
—Debería funcionar con cuatro —intervino Paworski, molesto por la intromisión de su subordinado.
—Seis es más seguro —insistió el otro.
—Los localizadores de ustedes dos son diferentes. El rango de detección no es tan amplio, sólo cien metros, pero se intensifican mutuamente cuando están a menos de diez metros de distancia entre ambos.
Odette, que sonreía a medias, enarcó las cejas en un gesto de diversión.
—¿De qué están hechos? —preguntó, levantando una esferita.
Thibaud se apuró a contestar.
—El núcleo del localizador es un isótopo... —Paworski le echó una mirada furibunda y Thibaud se tragó el resto de la frase. El silencio que siguió fue desagradable.
—Lo lamento. Es información clasificada —el tono de voz era brusco: el ingeniero jefe estaba incómodo.
Marcel notó que ya no había diversión en la mirada de Odette: su rostro era una máscara de impasibilidad. Paworski se había puesto nervioso, eso era evidente. El asistente se escabulló por el laboratorio, pretextando algo ininteligible en voz baja.
—Los equipos de radio... también están listos —Paworsrki tartamudeó mientras les entregaba el material.
Odette bajó de la mesa y se apoyó contra ella, cruzada de brazos y con expresión de esfinge. Miró alrededor y, después de comprobar que no había nadie trabajando cerca, preguntó:
—¿De qué están hechos, Paworski?
La cara del ingeniero era un muestrario de culpabilidad. Odette insistió.
—¿Kolya?
—No sé a qué...
—Los blips —ladeó la cabeza.
El hombre inspiró, apretó los labios y miró a todas partes antes de responder.
—Usamos... cerio 141, cerio radiactivo.
Los ojos de Odette se entrecerraron y Paworski se puso violáceo.
—Una cantidad muy pequeña, se lo juro —el hombre parecía a punto de llorar —.Tiene una vida media de treinta y dos días. No... no puede afectar ningún órgano importante; la radiación gamma es muy baja y en menos de un mes les retiramos el implante —Paworski estaba sudando. Marcel tuvo ganas de estrangularlo.
—¿Con quién estamos durmiendo, Kolya? —la voz de Odette era una navaja.
—Inteligencia —murmuró el otro.
Odette tomó su equipo y lo invitó a salir con un gesto. Marcel tomó la caja de los blips y el radio y salieron en silencio.
En el ascensor Marcel dijo:
—Dejémosle los blips de mierda a Paworski.
—Ya es tarde para reemplazarlos. Lo mismo que las prótesis. Los equipos de detección ya deben de estar sintonizados en la frecuencia de estas basuras. ¡Dios! —susurró ella mientras salían del ascensor, camino al despacho de Massarino—. Empiezan por el laboratorio. ¿Y después, qué?
Entraron en la oficina del comisario, que al verlos frunció el entrecejo y lo interrogó con un gesto.
—Tenemos el material electrónico —respondió Marcel, mientras Odette se quedaba de pie en silencio, apoyada contra el archivero.
—A Paworski se le escapó un dato interesante —dijo ella entre dientes.
—¿Qué?
—Los blips. Están construidos con material radiactivo.
—¡Imposible! —Massarino se sobresaltó —.No tenemos acceso a esa tecnología.
—Nosotros no, pero Inteligencia sí. Me gustaría saber cómo mierda llegaron hasta nuestros laboratorios —parecía que Odette mordía las palabras.
El comisario no se molestó en ocultar su desagrado.
—Sabía de un programa de colaboración, pero nunca pensé que fuera esto. La puta que los parió —masculló Massarino—. ¿Y los localizadores de ustedes dos?
Las caras de ambos eran respuesta más que suficiente.
— ¡Qué puta mierda...! —sacudió el escritorio al golpearlo con la mano abierta.
—¿Por qué con Inteligencia? —estalló Odette—. ¡Para ellos somos menos que nada! ¡Escoria que junta la escoria de la calle! ¡Nos desprecian! ¿Qué? ¿Ahora somos sus conejitos de Indias? —estaba a punto de perder los estribos.
Massarino los miró alternadamente. La situación se estaba poniendo difícil y Marcel tuvo la incómoda sensación de que el enojo y la discusión eran acerca de algo que él desconocía.
—Les juro que no sabía que se trataba de esto. Tengo que hablarlo con Michelon...
—¡No puedo creerlo! Cuando la PJ les pidió colaboración, ni se molestaron en contestar —la voz de Odette le temblaba y bajó hasta un susurro ronco —.Estaría vivo si esas ratas hubieran ayudado. ¡Lo dejaron ir solo al matadero! O lo mandaron a sabiendas.
Massarino cerró los ojos y sacudió la cabeza.
—Odette, las cosas pueden haber cambiado.
—¡Claro que cambiaron! ¡Ahora Beaumont es general! —se cubrió la boca con las manos.
Hicieron un silencio durante el cual ella se recompuso y se sentó. Massarino pidió café para los tres. Marcel anotó mentalmente que, en cuanto pudiera, preguntaría al comisario —a solas— por ese Beaumont y el pleito con Inteligencia.
—¿Cómo mierda se las va a arreglar Dubois para contrabandear los blips? —Odette estaba pensando de nuevo como policía. Massarino respiró mejor y Marcel, también.
—No digas palabrotas. No es propio de una dama —el comisario la reprendió.
—No soy una dama —ella lo miró sombría.
Carajo, ¿qué pasa entre estos dos? Marcel se sintió incómodamente de más. Por suerte, el tono de la conversación cambió. Discutieron varias posibilidades. Como munición, no; le quitarían las armas en la primera oportunidad. Tampoco en un doble fondo del equipaje. Lugar demasiado común.
—Tiene que ser algo más sencillo —apuntó el comisario.
—Ajá. Más obvio —Odette se hamacó en el sillón —,“La carta robada”, de Edgar Allan Poe.
—¿Qué? —preguntaron los hombres a la vez.
—Una carta robada que estaba oculta a la vista, mezclada con otras cartas. El lugar obvio. ¿A qué se parecen estas mierditas? - Odette jugueteó con los blips haciéndolos rodar por el escritorio.
— No juegues con eso — Massarino torció la boca.
Odette moduló un "qué hinchapelotas" y el comisario miró al techo, moviendo la cabeza. Marcel no sabía si reirse.
—Municiones, bolillas de rodamientos, perlas... —enumeró Marcel, tratando de cambiar de tema.
—¡Eso! Perlas, cuentas, abalorios... Un cinturón. Sí, un cinturón. Me gusta —Odette movió la cabeza con expresión pensativa.
—¡Pero eso es de mujer! —protestó Marcel.
—Si es italiano, no —intervino, mirando a Odette, que hacía un gesto afirmativo—. Un cinturón de cuero trenzado con abalorios negros.
—Abalorios radiactivos —Marcel sonrió siniestro.
El intercomunicador interrumpió las risas.
—Marceau, responda a Laboratorio por favor —ea Paworski.
—Estoy en el despacho de Massarino —aclaró Odette por el micrófono.
El teléfono sonó instantes después. El comisario hizo señas para que ella levantara el auricular.
—Marceau —estalló el parlante. Odette se lo apartó instintivamente de la oreja.
—¿Cuándo van a cambiar esta mierda? —gruñó—. Sí, Paworski, no grite. Este aparato amplifica demasiado.
—Marceau... quería disculparme... por lo de esta tarde... los blips.
El parlante les taladró los oídos a todos. Odette mantuvo el auricular alejado.
—Está bien. Todos cumplimos órdenes.
El otro vaciló.
—Teníamos una cita en el gimnasio...
—A las seis —Odette sonrió a medias.
—A las seis. Nos vemos.
—Kolya... Por favor, que alguien cambie este interno.
—No es mi...
—Kolya...
—Mañana lo cambian.
Mientras ella cortaba la comunicación, Massarino preguntó:
—¿Van a tirar?
Odette asintió con un gesto.
—No entiendo. ¿Por qué en el gimnasio, y no en el polígono? —preguntó Marcel, extrañado.
—Esgrima. Con el príncipe Paworski jugamos a los Tres Mosqueteros —Odette tenía una expresión traviesa —.Estrictamente deportivo.
—¿Príncipe?
—Bueno, en los Estados Unidos, Paworski sería uno más de tantos canas polacos. Aquí puede darse el lujo de decir que desciende de la más rancia nobleza europea. Si le creen o no, eso es otra cosa.
Se rieron los tres.
— Aaaah...¿Por eso es tan...?— Marcel torció la cara en un gesto altivo.
Ella se rozó la punta de la nariz con el índice y levantando las cejas.
—Su Alteza consiente en mezclarse con nosotros, pobres plebeyos —agregó Marcel en tono teatral.
Odette se encogió de hombros con una media sonrisa.
— Pero pienso cobrarme lo de esta tarde —su expresión era la de un predador.


Se escurrió hasta el gimnasio, que estaba vacío salvo por Odette y Paworski. Estaban tan concentrados en lo que hacían que no notaron su presencia. La tensión entre ambos podía olerse: se les notaba en las actitudes físicas, expectantes, listos a responder a los movimientos del otro. Marcel siempre había creído que la esgrima era un deporte anticuado y sin demasiada fuerza. Elegante, pero muy elaborado para su gusto. Artificioso. Sus opiniones estaban cambiando en ese preciso momento. Odette y Paworski se atacaron velozmente, saltando uno contra el otro con movimientos felinos. No hablaban, nada más acusaban los golpes secamente. Se dio cuenta de que estaba tan tenso como ellos, con el aliento contenido y los puños apretados en los bolsillos del pantalón.

¿Más esgrima?: FencingPhotos

Hubo una sucesión sorprendente de ataques, fintas y contraataques. Ninguno de los dos parecía defenderse en exceso; se estudiaban para golpear donde la guardia del otro lo dejara al descubierto. En un momento, Paworski avanzó sobre Odette, que paró y contraatacó a toda velocidad. El otro intentó una parada a su vez, pero ella penetró su guardia y lo alcanzó. Ambos retrocedieron.
—¡Cuatro iguales! —gritó Paworski.
Fueron al centro de la pedana otra vez. Con el rabillo del ojo vio que Massarino estaba a su lado, también observando.
—No lo vi entrar —susurró sorprendido.
El comisario le tocó el brazo en un gesto que indicaba silencio. Podían oír jadear a Odette y Paworski.
En garde(1) —murmuró el ingeniero. Cruzaron las armas con ferocidad. En un momento, Odette levantó el florete, ofreciendo el flanco. El arma de Paworski buscó el punto débil. Odette paró, contra-atacó y fue a fondo en el mismo salto.
Coupé(2)!
Paworski bajó su arma.
Touché (3)
Se quitaron las caretas y se dieron la mano sonriendo. Paworski saludó militarmente con galantería y se retiró por el lado opuesto del gimnasio. Mientras pasaba entre Massarino y él, desprendiéndose el borde de la chaquetilla, Odette murmuró en tono vengativo:
—Abalorios radiactivos.

(1) En guardia
(2) Golpeado
(3) Tocado

miércoles, 8 de octubre de 2008

La dama es policía - CAPITULO 13

PARÍS, LA DÉFENSE, MEDIADOS DE OCTUBRE DE 1996
—¡Dios santo! —la exclamación de Marguerite la sorprendió cuando estaba a punto de salir.
—¿Qué pasa?
—¡Asesinaron a Taddeo Fiore!
—¿Qué?— Odette se quedó con la boca abierta.
Marguerite le pasó el diario. Mierda, es cierto. El famoso diseñador italiano radicado en Los Ángeles había sido asesinado, al parecer, por un amante ocasional. La servidumbre lo había visto entrar en la casa la noche anterior con un mocoso que no tendría más de quince años, y Fiore había ordenado que se marcharan temprano. Al día siguiente, su ama de llaves lo encontró atado a la cama y apuñalado en varias partes del cuerpo. Los identikits del supuesto criminal no coincidían.
Taddeo Fiore. Nom de guerre (1)de Galeazzo Cagna. Con semejante epónimo nunca habría triunfado en el mundo de la moda. Había dado sus primeros pasos como diseñador de vestuario teatral y se había conocido con los Massarino —una manera de decir— cuando la Ópera-Garnier lo contrató. Brillante hasta la genialidad como profesional, en lo personal era un tipo encantador hasta que se lo conocía a fondo: un deshecho moral. Franco y Lola advirtieron enseguida la catadura del tipo y mantenían el menor contacto posible con él, lo cual no fue obstáculo para que Cagna se dedicara a rondar a Auguste. A los trece años, el hermano de Odette era tan virilmente hermoso como un adolescente renacentista y con una inocencia que sorprendía a los que lo trataban. Cagna había desplegado todos sus encantos para atraerlo y seducirlo.
Fue la primera y última vez que vieron a Franco golpear a un tipo. Quién hubiera imaginado que papá tenía tan buenos conocimientos de pugilato. Bueno, no por nada el viejo nació y se crió en Forcella. Cuando los separaron, Cagna tenía partido el labio y rotos el tabique nasal —que nunca pudo reparar del todo—, el orgullo y el contrato con la Ópera.
Se había radicado en los Estados Unidos, consciente de que en Europa el escándalo lo perseguiría durante bastante tiempo. Sus clientas lo adoraban, los maridos detestaban las cuentas astronómicas por sus creaciones y sus mannequins le temían, aunque esto último corría sotto voce(2). La policía nunca le había podido probar nada concreto, pero se sospechaba que el modisto del jet set estadounidense proveía de modelos afamados del sexo que se deseara, a cierta clientela selecta pero muy anónima. Nunca había tenido una denuncia. Ninguno de los hombres y mujeres que desfilaban para él se había atrevido a hacerla pero varios habían tenido problemas por drogas y dos mannequins habían muerto de sobredosis de heroína. Más los rumores de que todos los aspirantes masculinos a la pasarela o a figurar en el mundo de la moda tenían, como etapa obligada, su cama.
Bien, por fin justicia. Y no precisamente poética. Besó a Marguerite y salió.
Escándalo de sexo y drogas en el mundo de la moda en Milán



QUAI DES ORFÈVRES, EL MISMO DÍA
Apenas dejó el auricular en la horquilla, Auguste le pidió a Bardou que le consiguieran el "Los Angeles Post". La novedad ya la conocía —no se hablaba de otra cosa en los noticiarios—, pero quiso verificar el dato lo antes posible. En el obituario aparecían líneas que lamentaban la triste desaparición de Galeazzo Cagna, gran amigo de la familia Varza. Mientras subía al segundo piso, se cruzó con su hermana.
—¿Te enteraste? —preguntó, mostrándole el diario mientras hacía el gesto universal del teléfono con la otra mano. “Mamma”.
—Espero que le hayan cortado las pelotas —la expresión de Odette era feroz.
—De hecho...


La casa de Don Mario Varza Fuente: Italian Photo Gallery

CAPO CALAVÀ, MEDIADOS DE OCTUBRE DE 1996
Mariolino, assittati(3).
Estaban solos en el enorme estudio de su abuelo. "Sin Salvatore", había especificado el viejo. Una sensación extraña le aprisionó los intestinos. El viejo tenía delante un listado de nombres. Se miraron en silencio: los nombres que le habían arrancado a Cagna, literalmente hablando.
—Esto fue un poco escandaloso —comentó don Mario.
Asintió, molesto. A él tampoco le había gustado la forma en que se habían resuelto las cosas. Podrían haber obtenido los nombres con más sutileza y ensuciando menos las paredes. En la caja fuerte de Cagna se guardaban los archivos de "clientes”.
—Además —continuó su abuelo— arriesgaron al hijo de Matteo. No me gustó.
—Es lo menos preocupante de todo. Tenía el pelo teñido, lentes de contacto, limpiaron sus huellas de todos lados... No van a identificarlo.
—No justifiques a tu padre.
Bajó la cabeza mientras el viejo seguía hablando.
—Ese Cagna merecía cualquier cosa que le pasara. Pero nosotros no hacemos esas cosas — después de una pausa, el viejo soltó la bomba —.Salvatore ya no está a cargo.
Mariolino Varza sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Su abuelo siguió hablando.
—No sirve. La violencia, esta violencia, ya no sirve. Estoy tratando de limpiarles el camino a mis nietos y esto es una mancha muy grande.
—Abuelo...
—Estás al frente, Mario — era la primera vez que el viejo no usaba el diminutivo familiar —.Vas a estar al frente de todo. Quiero que me demuestres que no me equivoqué.
Le temblaron las piernas. Apretó los labios y enfrentó la mirada de su abuelo.
—No sólo vamos a ayudar a unos amigos. Vamos a limpiar escoria y a desembarazarnos del pasado de una vez por todas. Quiero que entiendas eso.
—Sí, abuelo.
Avanti, quinni(4). Mis hombres son tuyos.
Mientras se levantaba a besar al viejo, éste le preguntó por su mujer.
—Bien. Hermosa como siempre. En Roma — pero un ramalazo de pena le cruzó los ojos. A su abuelo no se le escaparía.
T'adda aviri maritatu 'na picciotta siciliana(5)
Después de un momento, le respondió en voz baja:
—La única siciliana con la que me hubiera casado no nació en la isla.
El viejo sonrió tristemente.
Sembri cche nun sunnu pe'noi(6)


Avda. del Libertador
fuente: Universidad Panamericana

BUENOS AIRES, MEDIADOS DE OCTUBRE DE 1996
—¡Mierda! ¡Se lo cargaron a Fiore!
—¡Andá! ¿A ver?
El Tigre le pasó el diario.
—La puta, che. Lo boletearon lindo.
—¿Boleta? Eso es una vendetta, hermano.
—¡Nooo! Con lo puto que era éste... Se la habrá dado algún filito despechado.
Mengele los miró a los dos.
—Filito, las pelotas. Un pendejo de quince años no te hace eso. Ahí hubo manos expertas.
—El Tigre tiene razón.Lo torturaron antes de matarlo
El Brigadier miró sorprendido un semanario sensacionalista que le alcanzó el Tigre, y que publicaba fotos del cadáver.
—Si vos lo decís... y la sabés lunga —murmuró el Brigadier. Mengele le hizo un gesto obsceno con la mano.
—También... con todas las hijoputeadas que hizo, alguna vez se la tenían que dar —al Tigre nunca le había gustado Fiore.
—Bien que cuando te volteaste a las pendejas que te llevó al hotel, no parabas de darte dique. "Fulanita coge así, Menganita me la chupó asá"...
—¿Y qué querés? Una vez que tengo la oportunidad de moverme a semejantes minas... Eso sí, más flacas que la mierda, y repasadas de merca.
—Y sin la merca, ¿cómo carajo te creés que le iban a dar bola a un negro como vos?
—¡Callate, pelotudo! Claro, el nene es rubiecito, bonito, el malcriado del “namberguán”, se le tiran a los pies.... ¡Al grone general ese de los Marines bien que se le tiraban encima!
—¡Qué vivo! ¡Era un grone con estrellas hasta en el pito! —se rieron a carcajadas.
—Muchas estrellas y poco seso —comentó Mengele—.Lo de Centroamérica salió como el culo.
—Eso porque se metieron los civiles de los servicios de ellos. ¿Ves lo que digo? ¿Cuánto llevamos con el operativo en Europa? Casi doce años. Un violín, hermano. ¿Quién dirige? Un milico. ¿Los mejores hombres? Milicos. Y tenemos a los civiles bien agarraditos de las bolas.
—Igual, lo de las monjas no me gusta. Y al número uno tampoco. Te lo dijo catorce mil veces y vos te emperraste igual.
Mengele siempre en la contra, carajo, pensó el Brigadier y casi se le torció la boca. Lo mismo se pavoneó.
—Es un toquecito. ¿No estuve sutil? Mejoramos el servicio y la clientela está fascinada.
—Fascinada no: caliente —al Tigre sí le gustaba lo de las monjitas. Había probado un par de veces y se había endulzado. El problema de no poder pisar suelo francés se había solucionado con el yate de unos amigos que compraban armas y de paso se prendían en las joditas.
Cuando las cosas están bien hechas, siempre funcionan. Pensándolo bien, hace mucho que no me anoto en ningún tiroteo. Podríamos hacer un crucerito y ya que estamos... Voy a llamarlo a Armand. Ese turro se está divirtiendo solo.


PARÍS, QUAI DES ORFÈVRES, FINES DE OCTUBRE DE 1996
—¿Qué te parece? —comentó Odette señalando la carpeta.
—Muy bueno. Me gustaría verificar un par de datos que tengo en mente y agregarlos—Auguste repasó los papeles que su hermana le acababa de entregar y comentó al pasar —¿Sabías que encarcelaron al general Constantini?
—¿Alessandro Constantini? ¿El de los Cascos Azules?
—El mismo. Le están lloviendo denuncias por violaciones a los derechos humanos en Etiopía y Somalía.
—¡Mi Dios! ¿Qué hizo esta vez?
—De todo menos robar gallinas. Palizas, violaciones a civiles, vejaciones y torturas a prisioneros, razzias, fusilamientos...
— ¡Qué horror! ¿Quiénes lo denunciaron?
—Algunos de sus propios hombres y los pobres somalíes, que consiguieron que un grupo de periodistas filmara con teleobjetivo una de las “diversiones” del general.
—¡Carajo! El paladín de la Patria es miembro del Ku-Klux-Klan...
—Ajá, y nos viene como anillo al dedo para la cobertura de Dubois.
Odette lo miró calculadora y sonrió a medias.
—¿Un ex-Casco Azul de Constantini?
—Un fanático de sus ideas contratado como asesor de seguridad de Su Alteza, el príncipe Tarik Al Faid— esperó callado mientras ella evaluaba la propuesta —.No será necesario alterar las cartas de presentación.
—Hmm... No, son lo suficientemente ambiguas... Una clase magistral de diplomacia... ¿Pero eso no sería fácil de verificar? Quiero decir, si investigan en los archivos de enrolamiento... Esta gente debe de tener buenos contactos...
—Yo también tengo buenos contactos... —respondió satisfecho.
—Y me los ocultaste. A tu propia sangre —Odette lo miró con los ojos entrecerrados, fingiendo enojo, pero una sonrisa le bailaba en los labios.
Él sonrió mientras pensaba cuánto hacía que no bromeaban juntos. A veces sentía miedo por ella, tan lejana, tan sola por su propia tenaz decisión. Le había asignado diferentes compañeros en casos anteriores, pero nunca había resultado del todo bien. Ella era demasiado sutil, iba demasiado delante de ellos. Algunos de sus compañeros habían tenido la pésima idea de tratar de llevársela a la cama. Era lo peor que se podía hacer con Odette: insinuársele o intentar abiertamente la seducción. El Cisne respondía con la ferocidad y la velocidad de una cobra. Cuando no terminó como el escándalo de Ayrault. Cerró los ojos como si pudiera evitar el recuerdo. Espero que con Dubois sea diferente. Él es diferente.
—¿Qué te parece? —le preguntó a su hermana en voz alta, siguiendo el hilo de sus pensamientos.
—Excelente... ¿Qué mejor recomendación?
—Gracias. Perdón, pero me refería a Dubois.
Ella lo miró con una expresión indefinible y a Auguste se le saltó un latido. ¿Acerté?
—Dubois... —Odette hizo una pausa —Me enteré de lo de su padre. El tipo es todo un caso.
—¿Todavía vive? Creí que...
—No lo ve desde hace quince años, por lo menos.
En pocas palabras le refirió los hechos que Marcel le había confesado un mes atrás.
—Una bomba de tiempo, ¿eh? ¿Cómo cuernos sabías de su familia y...?
—Leí su expediente.
—Odette, eso es...
—Tengo amigos en Archivos —vanidosa.
—¿Archivos? ¡Creí que se habían declarado la guerra!
—Siempre hay un traidor al que utilizar —retrucó ella, imitando la voz de Humphrey Bogart. Se rieron.— Me... gusta — refiriéndose al teniente —.Creo que tiene potencial. Me recuerda a alguien que conozco —sonrió traviesa.
—¿Sí?
—A un abogado metido a policía —
Tramposa. La miró levantando una ceja y ella se rió.
—¡Eh, eh, debería ser un elogio, al menos para Dubois!
Rieron otra vez. La observó pensando que ella no se daba cuenta. Había líneas diminutas alrededor de su boca y en el entrecejo. Líneas de preocupaciones presentes y de dolores pasados.
—Ya no somos más unos chicos —dijo Odette en voz baja, sobresaltándolo—. También te ganaste tus arruguitas. Y canas — hicieron silencio —Te quiero, Auguste. Te voglio bene assaje.(7)
Lee tan bien en mí... Se mordió el labio mientras la miraba.
—Sé que es difícil trabajar conmigo. A veces, ni yo misma me soporto. Te pido disculpas por ser un incordio.
Auguste se levantó del escritorio para abrazarla.
—Yo también te quiero, Cisne. Estoy asustado —no se había atrevido a confesárselo hasta ahora.
—El miedo es saludable. Te mantiene vivo — se abrazaron en silencio —.Estamos cerca, muy cerca. Quisiera... que esto terminara lo más pronto posible.
—¿Cuándo... cuándo te vas? —a Alsacia. No lo mencionó.
—En dos semanas, más o menos. Pensaba llegar allí unos días antes que... "ellos", y preparar un poco el terreno.
La besó en la frente mientras todavía estaban abrazados. Sully entró y se soltaron despacio, pero no antes de que la cabo pusiera cara de circunstancias. Dios, ahí va el noticiero de las ocho. Odette lo miró con la risa en los ojos, alzándose de hombros. La suboficial dejó una pila de papeles en el escritorio y salió con gesto ofendido.
—Soy un hombre casado —susurró al oído de su hermana.
—No te preocupes. Voy a hacer unas llamadas anónimas a Nadine para ponerla en guardia.
Mientras salía de su despacho le dijo:
—Voy a archivar. Un poco. No sea cosa que se malcríen.


—Ahí va, con esa sonrisita de gato que se acaba de comer el pescado —murmuró ácidamente Sully. Sus labios modularon un insulto que no pronunció en voz alta. Foulquie la reprendió con la mirada
—¡Qué más quiere! ¡Tiene al comisario de la nariz, y Dubois que no le despega los ojos del culo!
—Basta, Sully. Qué sabe...
—¡Estaban abrazados cuando entré! —miró a su alrededor buscando apoyo logístico.
—Te lo dije, viejo: la dama es propiedad privada —Bardou se unió a la turba con un gesto socarrón —-.Avísenle a Dubois.
—Me muero por darle las novedades —agregó Sully, acomodándose el pelo con la mano.
—¿Cuáles? —preguntó el teniente mientras entraba a la oficina general desde el pasillo. Foulquie la miró con aire amenazador. No me importa, pensó la cabo y apoyó una mano cómplice en el brazo de Dubois.
—Si me invita después a un café... — no me voy a perder la ocasión, dulzura.
—Sully —Foulquie, siempre tan oportuno, viejo de mierda —, lleve estos expedientes a Prontuarios. Ahora.
Mientras la cabo salía, Dubois interrogó con la mirada a los presentes. El sargento se sentó de espaldas a él, mientras Bardou señalaba con la cabeza hacia el cubículo de Marceau. La cara de Dubois era un monumento a la curiosidad.


(1)Seudónimo
(2)En voz baja
(3)Siéntate (dial. siciliano)
(4)Adelante, entonces (id.ant.)
(5)Debieras haberte casado con una muchacha siciliana (id.ant.)
(6)Parece que no son para nosotros (id.ant.)
(7)Te quiero mucho (dial.napolitano)

martes, 16 de septiembre de 2008

La dama es policía - Capítulo 12


Crio. Auguste Massarino
PARÍS, PRINCIPIOS DE OCTUBRE DE 1996
—Que hiciste qué? —Auguste mordió las palabras, más que pronunciarlas en voz baja, mientras golpeaba el escritorio y se ponía de pie, empujando el sillón hacia atrás. El hecho de que no gritase era señal inconfundible de furia asesina.
Ella lo miró impasible, sin abandonar su asiento, mientras Auguste rodeaba el escritorio en dos zancadas, para sacudirla por los hombros.
—¿Te volviste loca? ¡Por Dios! ¿Cómo carajo se te ocurrió?
Odette trató de mantener la calma mientras explicaba como si su hermano fuera deficiente mental.
—¿De dónde íbamos a conseguir las preciosas cartas para Dubois? ¿De la embajada? ¿O pensabas presentarte en el puerto de Monte Carlo, placa en mano, a preguntar si alguien estaba dispuesto a cola-borar con la Brigada Criminal? Tienen que ser comprobables, desde el membrete hasta la firma. ¡Deben ser reales! Si no, ¡es lo mismo que mandar a Dubois al pelotón de fusilamiento!
—¡Desapareciste cuatro días! —rugió Auguste sin mirar siquiera los papeles que ella había dejado sobre el escritorio.
—Marguerite te avisó— Odette apoyó los codos en la madera y la frente en las palmas.
—¡Menos mal! ¡Gracias a eso me enteré y estuve un poco menos preocupado! — se detuvo para respirar y bajó la voz —¿Te das cuenta del problema en que estás metiendo a la familia?
—La familia estaba perfectamente al tanto de lo que fui a hacer.
Auguste la miró a medias sorprendido.
—De hecho— Odette continuó—, Renzo y Ciro me acompañaron. Me demoré para esperar esos papeles.
—¡Y volviste en tren! ¡Desde Nápoles! ¿Por qué no tomaste un puto avión? —otro sacudón al sufrido escritorio.
¿Auguste diciendo palabrotas? Debe estar enojado de verdad. Dios santo, es un hinchapelotas. Odette se levantó tratando de contenerse para no patear la silla. Después de todo, el mobiliario pertenece al Estado.
—Porque quería dormir. Tomé el primer vuelo que encontré y llegué a Milán. De ahí, otro avión a Nápoles. Después a Ischia. Después el velero a Capo Calavà. Esperé los papeles y Renzo me llevó de vuelta a Ischia. Quería dormir un poco.



Marcel entró sin golpear. Llegaba tarde a la reunión con el comisario y las caras de culo que encontró lo dejaron frío. Murmuró una disculpa y volvió a salir, pero antes de que pudiera cerrar la puerta, Odette la sostuvo, salió y cerró.
El vestido negro de lana le disparó la adrenalina. Intentó despegar los ojos, pero fue tan obvio que ella le disparó una mirada asesina. Giró acompañando su paso mientras trataba penosamente de encontrar una disculpa: el puto vestido era tan devastador cuando llegaba como cuando se iba. Inesperadamente ella giró la cabeza y con una extraña sonrisa le dijo:
—La barba te queda bien, Duque de Mantova —y se encerró en su cubículo detrás de una montaña de papeles. Él sonrió, algo más relajado ante la pequeña broma privada. El sargento Foulquie observaba la escena en silencio, y Marcel lo miró con expresión culpable. Foulquie le sonrió con los ojos.
—Yo no lo intentaría, teniente —comentó en voz baja.
Marcel frunció la frente y lo interrogó con un gesto. El otro explicó a media voz:
—En el tiempo que llevo aquí, que es bastante, nadie... Repito: nadie... pudo acercársele más que para entregarle papeles. La dama tiene una gentileza que desarma hasta que intentan pasarse de la raya. Entonces, un glaciar es más simpático.
El cabo Bardou se unió a los comentarios, codeando al sargento.
—Coto de caza privado, Foulquie —y con la cabeza señaló la oficina de Massarino.
—No seas idiota, Bardou. Qué saben —rezongó el otro.
—Dicen... —respondió Bardou, encogiéndose de hombros—. ¿Por qué cierran la puerta cuando están juntos? ¿Para que no los escuchen? —Foulquie hizo un gesto con la mano y le dio la espalda, pero Bardou insistió: —¿O para discutir? Porque discuten, ¿eh?...
—Seguramente les guste ese estilo —acotó venenosamente alguien de uniforme. Una rubia muy, muy atractiva, esa cabo Sully, muy del tipo que le gustaba a él. Había estado a punto de invitarla a salir un par de veces, con la seguridad de que ella no lo rechazaría. El día que tenía pensado arreglar una cita con la rubia, Massarino lo había asignado al caso con Marceau.
—No sé qué le ven. A ella, digo. A Massarino —siguió la cabo, bajando la voz— lo pasaría por las armas de todo corazón —y miró a Marcel con idéntica vocación por el fusilamiento— Ay, teniente, parece D'Artagnan con la barba.
Pasó a su lado y le acomodó el mechón que se le había deslizado por la frente, mientras Bardou le hacía un gesto cómplice. Marcel le sonrió a medias a Sully, dándose cuenta de que lo hacía casi por compromiso.
—Imbéciles —murmuró Foulquie mientras volvía a su escritorio.
Marcel se detuvo un instante antes de entrar en la oficina del comisario. ¿Qué le ven? La forma de congelarte o incendiarte con la mirada. Cómo te pasa cerca. Cómo camina. Cómo le quedan los vestidos negros.

Auguste hizo el intento de cambiar la cara cuando Dubois entró, pero falló.
—Lamento llegar retrasado, comisario.
—Está bien —Auguste suspiró pesadamente al tiempo que aflojaba las mandíbulas—. Estas son las cartas de recomendación que necesita. ¿Tiene listo el resto de la documentación personal?
—Sí, señor. Las fotos las haré después, cuando me corte el pelo— y se lo tiña, recordó Auguste, pero no eran cosas de decir entre hombres grandes.O policías. Teñirse es cosa de futbolistas y de actores de cine, no de canas, razonó.
— Excelente falsificación— decía Dubois repasando la cartas.
—Son auténticas, teniente. Desde el membrete hasta la firma y el sello— vio la sorpresa pintada en la cara del otro mientras continuaba —.Este dossier es para que lo lea antes de partir.Es información sobre el príncipe Al Faid que podría llegar a necesitar: fotos, fechas, situación del país, cosas así.
Dubois asintió con la boca abierta y la cerró para tartamudear.
—Señor... no esperaba algo tan... real.
—Nos permitimos hacer lo propio con sus datos para el príncipe — Auguste continuó, sin responderle—. El conocimiento debe ser mutuo. Esta gente sin duda verificará por partida doble los datos que usted les dé.
Odette había preparado todo a sus espaldas y eso lo ponía furioso. En realidad, lo que más lo irritaba era no haber previsto lo que ella haría. En fin, lo usual con Odette, pensó con un suspiro furioso. Dubois hojeaba los papeles con expresión de perplejidad cuando sonó el teléfono. Se sobresaltó y tomó mecánicamente el auricular del interno. La campanilla siguió sonando; era la línea directa.
—¡Hola! —respondió bruscamente.
Augusto, sono mamma.
El corazón le dio un vuelco.
Mamma, cos’è successo? - ¿Qué pasó? Auguste sintió que se le retorcía el estómago.Dubois se levantó y salió del despacho,cerrando la puerta.
—Nada, querido — Lola continuó en italiano—, pero quería hablarte de tu hermana.
Dios, ¿y ahora qué? Algo se complicó. Cuando corte, la mato. Golpeó al pobre escritorio, tan fuerte que su madre debió escucharlo del otro lado del teléfono.
Figlio mio, debes confiar en Odette. Ella jamás, jamás haría algo que pudiera perjudicarte. No a nosotros. A ti. Te ama, Augusto. Su única preocupación al venir y hablar con... —Lola no pronunció el nombre. Madre de un cana. —...con ellos... era que nada de lo que ocurriese aquí pudiera afectarte personalmente o en tu trabajo. A te, Augusto, capisci?
Se sintió un absoluto gusano.
—Pero si yo...
—Figlio mio, te conozco. Ellos van a ayudar. De verdad.
Auguste podía imaginar la sonrisa resignada de su madre.
—Ya lo hicieron, mamma. Lo que Odette consiguió es... increíble.
—Harán más. Son gente de honor. Yo te llamaré para mantenerte al tanto. Un beso y un abrazo a Nadine y a mis nietos.
Ciao, mamma. Baci a tutti.
Sin duda, papá estaba junto a la mamma mientras hablaban. Y alguno más. Estas cosas se hacen en familia. Se recostó en el sillón. Entonces mamma sería el “correo”: la intermediaria perfecta. Se levantó para hacer pasar a Dubois.
—Era mi madre. Cosas de familia —se disculpó mientras el otro sonreía comprensivo.
El teléfono volvió a sonar. Esta vez sí era el interno. Hizo un gesto de resignación y levantó el auricular correcto.
Augusto, scusami — era Odette, pidiéndole disculpas.
Scusami tu —cerró los ojos y giró el sillón para que el teniente no viera su expresión culpable.
Non avrei dovuto prendere il treno... (1)
Se reprochó por enésima vez el haberle gritado por lo del tren de porquería.
Non fa’ niente. Ci vediamo stassera?(2)
Va’ bene.
Strega.
Cretino.
Bien, la familia reunida otra vez: mi mujer, mis hijos y mi hermana. Sonrió satisfecho.La sonrisa casi se le congeló cuando después de colgar recordó que Dubois también hablaba italiano. Tengo que pedir que Mantenimiento cambie este interno de mierda. El parlante del auricular amplifica demasiado y se escucha al que habla del otro lado. Bah, tampoco fue una conversación importante. Cosas de familia.


Marcel reconoció instantáneamente la voz del otro lado. Así que coto de caza privado. ¿Pero quién sale de cacería? Apretó la boca para que el gesto de irritación no lo traicionara.
La alianza de oro en la mano del comisario no era garantía de fidelidad. ¿Y ella se tomó el trabajo de aprender italiano para darle gusto? No me parece del estilo de darle gusto a nadie. La llamada de disculpas pareció más una segunda oportunidad para Massarino que para ella.
Chocolate en estado puro. El solo aroma te hace desear probarlo, aunque sepas que te deja la boca amarga. No, viejo. Lejos de la tentación, lo más lejos posible. Aunque me muera por saber a qué sabe, capitán. La sonrisa de Massarino terminó de arruinarle la mañana y lo dejó de muy, muy mal humor para el resto del día.


Scilingo admitió que hubo unos 200 vuelos de la muerte - Infobae.com
BUENOS AIRES, PRINCIPIOS DE OCTUBRE DE 1996
—El Tano nos cagó —dijo el Tigre mientras le pasaba el diario.
La foto del “Tano” acompañaba un titular y notas de varias páginas. Un arrepentido y la puta que lo parió. Sintió intensos deseos de reventarle los sesos a patadas.
—Tranquilos. No nos pueden hacer nada —comentó Mengele.
Tenía razón. Nadie podía tocarlos. Ése había sido el arreglo para la “pacificación nacional”
—Dejálo que hable al pedo— insistió el doctor.
—Tengo una idea mejor —se le acababa de ocurrir —.Llamen al Turco. Que lo tape de mierda hasta la nariz. Que lo enganche con algo y lo entierre.
—¿A cuál? Digo, cuál Turco... —preguntó el Tigre, con los ojos muy abiertos.
— ¡Al Camionero, pelotudo! Se enganchó en la custodia, ¿no?
—Bien pensado, capi —el Tigre sonrió, más tranquilo.
—Mayor, nene. Ahora soy mayor.
Se rieron a carcajadas. El negro de mierda ascendió a teniente coronel. El pensamiento le amargó su propia promoción.
—Esperen —Mengele, siempre tan puntilloso, tan memorioso —¿Qué sabe el Tano de la operación nueva?
—Nada. Ya estaba afuera cuando empezamos.
—Pero lo del franchute... la encomienda.
—¡Cómo no va a saber, si él lo llevó al hotel!
—Entonces...
—¡Pero quién carajo se acuerda!
Mengele dio media vuelta y salió sin contestar.
—Hacete el vivo y tratá de poner un pie en Francia, y vas a ver cómo se acuerdan —chicaneó el Tigre.
—No necesito estar para dirigir las operaciones —fanfarroneó—. Les di las instrucciones, la forma de hacer los operativos, de entrenar al personal... —se rieron a carcajadas.
—Briga, sos un hijo de puta —en ese tonito admirativo que cambiaba el sentido del insulto.


—Hay problemas —comentó Mengele, preocupado.
—¿Otro arrepentido?
—No. Algo referido a nuestra encomienda.
—¡Pero carajo, basta! Eso está terminado hace años. El tipo debe de estar muerto hace rato.
—Sí. Pero tenía familia.
—¿Y?
—Parece que aparecieron.
—Repito: ¿y?
—¿No sabés? Alguien contactó al Tano en la cárcel.
—No puede salir del país aunque lo larguen. El Turco hizo bien las cosas. Está hasta la jeta en no sé qué quilombo —reaccionó ante la información —¿Quiénes son? Los que lo fueron a ver...
—No sé. Otros tanos. Parientes, pareciera. De afuera.
—¿Y qué tiene que ver con la encomienda?
—Los escucharon, ¿entendés? Siempre escuchan cuando es uno de los nuestros. Y los tanos le preguntaron por ese asunto. Nada más que por ese asunto. No me gusta una mierda.
—¿Qué más? —la conversación había tomado un giro que no esperaba.
—Hablé con el contacto francés. Comentó que están pasando cosas. Cosas raras...
El Brigadier lo interrogó con una mirada que erizaba los pelos de la nuca.
—Se está armando algo dentro de la Brigada Crimi-nal. La misma de la que vino la encomienda — explicó el doctor.
—¡Ya sé, ya sé! ¿Y? —el tono cambió de impaciente a violento —¡No te hagas el misterioso, Mengele! ¿Qué pasa con la Brigada?
—Parece que es un operativo del que nadie sabe mucho. Habló de cuerpos especiales. No se sabe quiénes son. Pero parece que manejan asuntos gordos. A nivel internacional.
—Si la Interpol está metida, no hay problema. El viejo se encarga de que no jodan. Tiene buenos contactos —se rió sobrador, con una tranquilidad que estaba dejando de sentir.
—No, no es la Interpol. Es francés. Andan atrás de cosas grandes, jodidas, pero con mucho cuidado, ¿entendés? Nada de publicidad, nada de uniformes. Todo muy calladito. Ya hubo otros operativos que anduvieron bien. El asunto del tráfico de bebés, por ejemplo.
—No me vas a decir que con eso no pudieron saber de quiénes se trata.. Hacé el favor...
—Sí te lo voy a decir —Mengele encajó la mandíbula para no putearlo —Nadie larga información, ni para los diarios. Cuando se destapó la olla de los pibes, se mencionó solamente a la Prefectura de París, sin especificar nada más. Sin nombres ni fotos. Saltaron un par de capitostes en una secretaría de no sé qué, gente de guita en cana, pero sin demasiado ruido en los medios. No quieren levantar la perdiz, tanto que ni la propia gente de ellos está segura de quiénes son.
—¿Y el contacto cómo mierda sabe del “escuadrón secreto”, entonces? —burlonamente incrédulo.
—Siempre algún boludo deja escapar algo. Pero esto es en serio. Parece que después de la buchoneada al boludo le dieron el traslado.
—¿Boleta? —preguntó el Tigre, sorprendido.
—No, animal. Lo trasladaron al interior. A un pueblito de mierda —contestó Mengele, moviendo la cabeza—. Así que chau, no hay más rumores. Pero no me gusta.
—A mí tampoco —murmuró el Brigadier, apretando la mandíbula en un gesto sombrío—. A mí tampoco.


(1)No debería haber tomado el tren
(2)No es nada. ¿Nos vemos esta noche?

domingo, 7 de septiembre de 2008

La dama es policía - Capítulo 11


Prefectura de Policía de París
PARÍS, 1981
—¿Dónde está Marceau? — el aullido del teniente Massarino se escuchó desde el interior del despacho de SaintClaire, que no tuvo que molestarse en abrir para ver qué pasaba: la puerta del despacho se azotó y Massarino entró furioso.
—Olvidó golpear, teniente — dijo SaintClaire en tono exageradamente medido.
—Tenemos que hablar — respondió Massarino, agarrando a Jean-Luc por el hombro—. Disculpe, comisario.
—Más tarde, Massarino —respondió Jean-Luc, girando a medias el sillón.
—Voy a romperte la cara acá o afuera, así que mejor salimos.
—Teniente, salga y cálmese — dijo SaintClaire con severidad. Lo último que necesitaba era que esos dos percherones se enfrentaran a golpes en su despacho. Acababan de pintarlo, y era el dinero de la Prefectura. Nada de gastos extra.
—Después de golpearlo, señor, voy a estar muy calmado.
SaintClaire se preguntó qué podría haber llevado a Massarino a ese estado de descontrol. Estaba trabajando junto con Jean-Luc en un caso, y sabía que el inspector se cuidaba de imponer sus teorías sin escuchar antes a sus subalternos. No podía ser eso, entonces...
—¿Qué estuviste haciendo anoche en mi casa?— ladró Massarino.
Ah, era eso. SaintClaire se acomodó en el sillón. Jean-Luc sonreía beatíficamente. Massarino estaba a punto de perder el control.
—¡Tuve que enterarme por Marguerite esta mañana! ¡Qué clase de compañero tengo! ¡Invito a mi superior a mi casa, a compartir mi familia, y el cerdo termina en la cama con mi hermana!
—Tu hermana va a casarse conmigo —le respondió Jean-Luc con parsimonia.
—¡Odette es una mocosa!
—Ninguna mujer de más de nueve años es una mocosa — retrucó Jean-Luc sonriéndole a SaintClaire, que lo miró con expresión de “a mí no me metas”.
Esto pasa por aceptar italianos, carajo. El honor, la familia, la hermana, la Cavalleria Rusticana, y ahora tengo a dos buenos oficiales a punto de matarse en mi oficina. Y está recién pintada. Mierda.
—¡Grandísimo hijo de...!
—Tu hermana y yo salimos desde hace un año — interrumpió Jean-Luc.
—¡Cómo pude ser tan estúpido! ¡Yo creí que eras una buena persona!
— Bueno, tu hermana y tus padres opinan eso. Aunque también creen eso de ciertos oficiales jóvenes y un poco arrebatados —énarcó una ceja —.Y como tengo que darles crédito, quiero pedirte que seas mi testigo.
Para tranquilidad de SaintClaire, Massarino se sentó, aturdido por el giro que estaban tomando las cosas.
—No tengo familia. Fuiste el primero en quien pensé.
—Testigo...
—Ajá...
SaintClaire se levantó y los palmeó en el hombro.
—Felicitaciones, inspector. Felicitaciones, teniente. Nos gustan las familias. —Todo terminó bien. Aunque la mirada de Jean-Luc le avisó que el inspector no pensaba abandonar el campo de batalla sin devolver las atenciones.
—Auguste, cuando tengas un minuto, podrías explicarle al comisario por qué te encanta perder tanto de tu tiempo libre en la puerta de su casa. Nadine, la segunda, ¿verdad?
—La tercera. Massarino, ¿a qué se refiere Marceau? — SaintClaire frunció el ceño.
—Traidor... — farfulló el teniente.
—Te dejo en buenas manos — Jean-Luc abandonó el despacho. SaintClaire hubiera jurado que el inspector aguantaba la risa hasta salir de allí, mientras dejaba que Wellington invitara a Napoleón después de Waterloo, a tomar asiento.


Amalric Mathieu como Jean-Dominique Bauby, en la película "La escafandra y la mariposa"
Más sobre sindrome de locked-in: Alis - Asociación del Síndrome de Locked-In (en francés e inglés)

PARÍS, FINES DE SEPTIEMBRE DE 1996
Tropezó con las fotos mientras rebuscaba en el interminable revoltijo de papeles de su escritorio de casa. El dolor seguía agazapado ahí, esperando para tirarle el zarpazo. Auguste se mordió el labio hasta que sintió sangre, para no llorar. Dos años. La felicidad había durado dos años y después, la nada. El horror de esa nada agónica en que había quedado convertido Jean-Luc. La espera diaria por el milagro que jamás ocurriría. El sabor de la desesperación y la impotencia. No tuvo el coraje de seguir viéndolo cuando el deterioro físico fue más que evidente. No podía contener las lágrimas: apenas hablar por teléfono con Calogero. Sabía que Odette no lo abandonaría. Que ella sí creía ciega e irracionalmente en ese milagro inasequible. Sabía también que ella sabía que era una mentira construida por su mente para seguir adelante porque, entre las sondas y los catéteres que mantenían eso que había sido un ser humano al borde de la vida, ella veía todavía al hombre al que amaba. Afortunadamente, pensaba Auguste, los períodos de lucidez de Jean-Luc eran cada vez más cortos. Afortunadamente, y sin que su hermana lo supiera, había logrado que los médicos recetaran morfina, que Calogero inyectaba en los catéteres, junto con el resto de las prescripciones.
Guardó las fotos de cualquier manera en el último cajón, como si el esconderlas pudiera exorcisar los recuerdos. Cómo, si todavía los tenía a flor de piel y le daban escalofríos. La noche en que Jean-Luc murió, él estaba en el Quai, empantanado en una pila de informes por terminar. Entró un radio de un patrullero que cumplía con el recorrido habitual, informando sobre un posible suicida en el puente de L'Alma. La identificación positiva por parte de los suboficiales de ronda lo hizo salir como alma que lleva el diablo, sin impermeable y sin placa. Nunca pudo recordar cómo llegó hasta el puente. Seguramente violando todas las normas del tránsito.
—Acérquese despacio, capitán. No sabemos qué es lo que va a hacer.
Despacio una mierda. Corrió a abrazar a Odette, que miraba ciegamente el río, sentada descalza en el parapeto.
—¿Qué pasa, Cisne? —como cuando eran chicos.
—¿Sabías que una vez hicimos el amor en este puente? —Estaba desvariando, no podía ser otra cosa, estaba seguro.
—Bambina... — le acarició el pelo mientras se aseguraba de tenerla sujeta.
—Scaramouche — ella sonrió débilmente mientras se volvía hacia el río otra vez.
Auguste hizo señas al patrullero para que se retirara.
—Está bien— les gritó —. Un poco alterada, pero no pasa nada — cualquier cosa con tal que los dejaran solos.
—Se despertó para mirarme y sonrió.
No era posible. Era una ilusión creada por la desesperación misma.
—Me sonrió, lo abracé y murió.
—Vamos a casa.




CAPO CALAVÀ, FINES DE SEPTIEMBRE DE 1996
Lola acarició la cabeza de su hija mientras se asoleaban en la terraza del villino de Capo Calavà. Medio adormilada por el sol tibio del otoño siciliano, Odette sonrió al tiempo que frotaba su mejilla contra la mano de su madre. Lola suspiró. Cuando Auguste se entere, pondrá el grito en el cielo. Y ella se habrá salido con la suya. Lo normal.
—¿Le avisaste a tu hermano?
—Se lo encargué a Marguerite. No te preocupes, mamá. Tan pronto como tenga los papeles, vuelvo a París.
Pobre Auguste, siempre el último en enterarse, pensó Lola, sonriendo para sí. Caballero andante de brillante armadura, empeñado en proteger damiselas renuentes a ser protegidas. Odette reaccionaba como un basilisco ante el intervencionismo fraternal. Siempre había sido así: desde chicos, cada vez que Auguste había intentado tomarse seriamente su papel de hermano mayor, el Cisne se había escurrido en forma invariable, aunque se hubiera metido en problemas. “Puedo hacerlo sola”, era el eterno argumento contra el “Quiero ayudar”. No importaba que fuera un rompecabezas complicado o un compañero del Liceo demasiado afectuoso, aunque Auguste se las arreglara, en estos últimos casos, para cuidar a su hermana a espaldas de ella. Lola siempre había sospechado que Odette lo dejaba hacer en los casos en que le convenía que el oso de su hermano mayor hiciera su entrada triunfal como protector de doncellas en desgracia. Prueba de ello había sido el noviazgo con Jean-Luc: Auguste no se enteró de nada hasta que estuvieron a punto de casarse.
Lo mismo cuando Odette ingresó en la Policía, después de enviudar. Auguste había hecho un escándalo, se había peleado con Nadine y había amenazado a su hermana con encerrarla hasta que se le pasara la locura temporal que la había atacado. Ella se limitó a decirle con calma que no le estaba pidiendo permiso sino comunicándole una decisión. Auguste incluso intentó robar el expediente de admisión, lo que casi le costó que lo degradaran, si su suegro no hubiera intervenido para pacificar la situación y salvarle el cuello. Lola y Franco viajaron a París ante el pedido de refuerzos de su hijo, que veía que las cosas se le escapaban de las manos. Lola sonrió al recordar la expresión del viejo SaintClaire, en medio del simposio familiar en que había degenerado la cuestión, murmurando: “Estos italianos...”. Franco estuvo a punto de ofenderse, Nadine acusó llorando a Auguste de retrógrado y machista, y SaintClaire no sabía cómo disculparse con sus consuegros. Por fin, cuando se calmaron los ánimos, descubrieron que Odette se había ido. Regresó dos horas más tarde, con expresión plácida: había ido a firmar los papeles de la admisión. Auguste decidió cambiar de táctica.
—Odette, por favor, sólo queremos ayudarte.
—Soy mayor de edad.
—No tiene nada que ver con la edad —su hijo mostraba una ecuanimidad que estaba lejos de sentir —.Todos te queremos y queremos cuidarte.
—Yo también los quiero. Es simplemente un trabajo, como cualquier otro. Tengo que vivir de algo.
—¡No! — Auguste golpeó la mesa con el puño—. ¿No fuiste a la universidad? ¿Para qué estudiaste? ¿Qué carajo vas a hacer en la policía? — A la mierda la ecuanimidad.
Odette se sentó y se sirvió un café y cuando levantó la vista, Lola supo que su hija iba a ganarle otra partida al hermano.
—Esta conversación me recuerda a otra parecida, entre un abogado joven y muy prometedor, y sus padres — .Jaque.
Auguste se quedó sin argumentos. Miró consternado a cada uno de los presentes. Su suegro —que no se había atrevido a confesarle que era él quien había aceptado la solicitud de Odette— estaba muy ocupado armando una pipa. Nadine lo miraba con expresión triunfal. Buscó apoyo en el último baluarte que le quedaba, pero Franco, encogiéndose de hombros muy a la napolitana, dijo:
—Siempre hizo lo que quiso. No va a cambiar ahora.
Auguste ni siquiera pensó en consultar a su madre. Con los brazos en jarras se volvió hacia su hermana, tratando de hacer una salida honorable.
—No quiero que sepan que somos hermanos.
—Yo tampoco. Me admitieron como Marceau —.Jaque mate.
Y, con todo, Auguste continuó protegiendo como podía a su hermana. Contaba con la ayuda incondicional de Marguerite, que había decidido quedarse con los "chicos" cuando ella y Franco volvieron a Italia. Odette había insistido en que su padre aceptara el puesto de régisseur de la Ópera de Palermo, que le había sido ofrecido varias veces. “¡Qué mejor culminación de tu carrera! Quizás hasta podrías convencer a mamá de que vuelva a escena”, le dijo. Franco estaba feliz con el desafío del puesto. Con sus hijos casados, deseaba emprender algo nuevo.

Pas de deux del balcón de "Romeo y Julieta"

Mi dulce Franco, tan conmovedoramente napolitano. Tan enamorado de la vida, pensó Lola y sonrió. Ni la guerra, ni la infancia en la miseria, ni la muerte prematura de Vita le habían oscurecido el corazón. Sí, a lo sumo, exacerbado el ansia de vivir cada minuto de la vida, bebiéndosela a grandes tragos. Siempre la había arrastrado en sus bríos, hasta cuando bailaban. Por eso ella había elegido abandonar el escenario cuando su marido se había retirado. ¿Con quién podría sentir tan vívidamente las dulces ficciones de las coreografías? Franco le había enseñado a gozar de la danza no solamente como placer estético o disciplina artística. No era eso lo que importaba: cuando bailaban, eran de veras los protagonistas de cada historia. Su amor no se limitaba únicamente a las bambalinas: subía con ellos a escena y creaba la magia que los había hecho inolvidables. Podría no ser un bailarín tan acrobático como los rusos o tan disciplinado como los británicos, pero la pasión que le brotaba por los poros se transmitía al público, electrizándolo. Si Shakespeare y Prokofiev lo hubieran visto bailar, se habrían dado cuenta de que nunca fue más auténtico un Romeo. Franco era único, su amor era único y sería su único partenaire durante el resto de sus vidas.
Sólo la tragedia de su hija había opacado ese ímpetu maravilloso. La agonía de Jean-Luc les había cambiado la vida a todos. Después de su muerte, con Odette en Capo Calavà, Franco había intentado que su hija se quedara a vivir con ellos, pero al cabo de dos meses ella quiso regresar a París. “¿Estarás bien?”, le preguntó el padre, y Odette le mintió diciéndole que sí.
Lola se sentía impotente para penetrar el caparazón en que se había recluido voluntariamente Odette. Con un dolor que la consumía vio cómo su hija se transformaba, lenta pero inexorablemente. Quizás esa forma de ser siempre había estado allí, latente, acechando el momento para salir a la luz. Auguste era transparente, abierto e inocente como su padre, y precisamente esas cualidades muchas veces le causaban dolores innecesarios. Odette, en cambio, era más sombría, más reconcentrada, con una violencia interior severamente contenida, que Lola alcanzaba a entrever en algunas actitudes de su hija. Aun cuando todavía era una estudiante despreocupada, había en ella esa intensidad en los sentimientos que se manifestaba en la pasión desaforada con que emprendía todo lo que hacía. Había amado apasionadamente y ahora sufría igualmente apasionada, pero ese mismo fuego le había convertido la sangre en veneno. Lo veía en sus ojos, antes brillantes de alegría, ahora carbones encendidos por la furia sorda e impotente que le oprimía el pecho.
Odette nunca había podido engañarla. Tu padre y tu hermano podrán no verlo, o no querer verlo, pero te llevé en mis entrañas y yo sí sé lo que hay en tu corazón. Sabía que su hija no descansaría hasta vengar —sí, vengar, aunque me duela— la muerte de Jean-Luc. Una vez, una sola, Lola se había atrevido a preguntarle por qué se lastimaba de esa forma. Odette la miró como si quisiera ahogarse en sus ojos. “No lo sé. Lo llevo en las venas, en las entrañas. Es más fuerte que yo”, respondió en un momento terrible de desnuda debilidad. Es esta tierra, se lleva en la sangre. Se habían abrazado durante mucho tiempo, sin hablar, dejando que la piel transmitiera esas sensaciones que no pueden describirse con palabras. Te entiendo, hija, te amo y te acepto. Desearía que no sufrieras tanto, nada más. Pudo entonces verla en su real dimensión y darse cuenta de que Odette había madurado de la forma más dura posible, porque la vida no le había dejado oportunidad. Había perdido de un solo golpe el halo maravilloso de la juventud. Y si los años no la habían tocado, le habían dado a cambio la belleza sombría y terrible de una tragedia griega. Entonces Lola lloró por su pequeño, dulce e inocente Cisne, muerto y enterrado en la tumba de un policía.



Mariolino Varza enfocó los binoculares disimuladamente. En la reposera vecina, Beatrice se bronceaba el cuerpo de modelo, provocando a los guardaespaldas. Que provoque. Ninguno se atrevería a tocarle ni un pelo de la cabeza, aunque ella se les tirara encima desnuda. ¡Ah! Ahí está. Apretó los labios, inspirando para desatar el nudo que la excitación le había atado en la garganta. Tomaba sol con un pantaloncito viejo de jean desprendido y el corpiño de encaje. ¿Qué era lo que lo atraía de esa mujer? Eso. “Mujer” era la palabra. Con todas las letras. No solamente "hembra". Para hembra, tenía a Beatrice, la belleza romana que era la envidia de sus amigos. Beatrice, que se aburría ostentosamente fuera de su círculo social, y elegantemente dentro de él; que no podía comprender a la familia ni la forma de vida que ésta llevaba en la isla. Por fortuna, él estaba a cargo de los negocios y vivían alternadamente en Roma y en Milán, lo cual era muy conveniente para evitar los roces entre su mujer y el resto de sus parientes salvo su madre, tan afecta al jet set como Beatrice. Se había casado enamorado, pero la pasión no alcanzaba a convertirse en amor, y ya había perdido la esperanza de que eso sucediera algún día.
Ah, ahora se levantó. Volvió a tragar saliva. Orgullosa, había enfrentado a los hombres de la familia: su abuelo, su padre, sus hermanos y él mismo. Vestida de negro, con un único anillo de oro en la izquierda y la alianza del marido muerto descansando sobre el pecho, colgada de una cadena. No necesitaba más adornos. Ella se bastaba; sus ojos eran joyas suficientes. Los había mirado uno a uno, congelándolos, manteniéndolos a distancia. “No estoy en venta”, decía esa mirada. Él jamás habría intentado comprarla. A una mujer así se la respeta, y se la ama, si te deja. Y si no, uno se muerde y cede el paso.
Salvatore —quién sabe por qué, hacía tiempo que no podía pensar en él como “papá”— había reaccionado como el macho cabrío que era: “Siempre quise tener de amante a una putita francesa”, le había susurrado mientras salían del escritorio de don Mario. A una mujer así no se la tiene de amante. Uno se casa con ella y mata al que se le acerca, o nada..
—¿Qué estás mirando? —preguntó Beatrice, indolente, desde la reposera.
—Los veleros.
Les hizo señas a los guardaespaldas para que se retiraran. Se le había encendido la sangre, y el cuerpo de su mujer era tan bueno como cualquier otro. O casi, pensó con los dientes apretados.


—Bambina, tu madre y yo salimos un momento —gritó papá desde el vestíbulo. Odette asomó la cabeza desde el baño para pedirles que trajeran cannoli di ricotta(1).
Cannoli, struffoli..., ¿macchè ti credi(2)? ¿Que estás de vacaciones en la Isola dei Ballocchi (3)? —papá rezongó—. ¿Traigo también casatta(4)?
—¡Síii!
La puerta se cerró y Odette se quedó rebuscando entre los vestidos de su madre. Mamá conservaba el cuerpo gentil de sus tiempos de étoile, así que todavía usaban el mismo talle, excepto que... Mierda, no puedo cerrarme la parte de arriba. Se sacó el corpiño y eligió otro, más escotado, con la espalda baja y breteles. Un modelito adorable. Por lo menos no parezco un salchichón. Descalza bajó a la cocina a meter el atribulado conjunto deportivo, la ropa interior y los pantaloncitos de jean en el lavarropas y a preparar café. Oh, struffoli. Tomó dos o tres y se los metió en la boca. Llamaron a la puerta y fue a abrir chupándose la miel de los dedos.
—¿Se olvidaron las llaves?
—Signora Marceau... —Mariolino Varza en persona, que pugnaba por mantener la mirada por encima de su cuello. Por qué mierda me puse este vestido. Y descalza. Y con el pelo mojado. Cristo, debo de parecer un pato.
—Adelante, signor Varza.
—Quise traerle estos papeles. Sé que está esperándolos para marcharse.
Tomó el sobre de papel de arroz —carísimo— que le entregaba el hombre.
—¿Puedo ofrecerle un café?
—Por favor.
Lo invitó a sentarse en el salón y mientras iba a la cocina sintió los ojos de Mariolino clavados en su espalda. Bebieron el café intercambiando frases de cortesía, hasta que él dijo:
—Mi abuelo me puso al tanto —dijo Mariolino mientras Odette asentía en silencio —.Creo que usted es... muy valiente al hacer lo que hace.
—Es mi trabajo.
—No me refería sólo a eso —y después de unos segundos: —Le prometo, señora, que tendrá toda la colaboración que necesite de nuestra parte.
Odette se sonrojó levemente ante esos ojos negros que la miraban con intensidad.
—Por favor, llámeme Odette. El “señora” es demasiado formal.
Él le sostuvo la mirada por un instante y después bajó los ojos.
—Odette... Llámeme Mario, entonces.
—Mario —sonrió, asintiendo. Sintió que podía confiar en él tal como había confiado en su abuelo, y se relajó.
La conversación se volvió profesional, pero en absoluto distante. Mario había oído rumores sobre cierto tipo de diversiones a los que eran afectos algunos de los hombres con los que hacía negocios. El gesto de repugnancia no era fingido. Continuaron hablando hasta que Franco y Lola regresaron. Si sus padres estaban sorprendidos, lo disimularon muy bien. Invitaron a Mario con una copa de Marsala y dulces pero él se negó con gentileza.
—Tengo que irme. Pero creo que pronto mi familia tendrá la oportunidad de aceptar y devolver la cortesía. Si Dios quiere, seremos parientes.
—¿Tonina? —Su madre sonrió, muy al tanto de los romances familiares. Franco, como siempre, estaba en la luna en ese aspecto.
—Su hermosa sobrina ha aceptado a mi hermano Andrea —Mario estaba complacido —.Parece que las Vitorello siempre se roban el corazón de los Varza —añadió, mirando galante a ambas. Lola sonrió otra vez, encantadora, mientras Mario se inclinaba en un educado besamanos. Saludó con un respetuoso gesto a Franco y, al volverse a Odette, le tomó la mano. No se la besó sino que se la estrechó con franqueza. Al devolverle el apretón, ella supo que ese hombre sería un aliado incondicional.
Cuando se hubo marchado, papá preguntó con la boca llena de casatta:
—¿Tonina se casa con Andrea Varza?
—Parece que sí —respondió mamá, que volvía de la cocina con más café.
—Podrías aprender — Franco reprendió a su hija.
—Papá...
—¿Te crees que estoy ciego? Si las miradas preñaran, ese Varza te habría dejado embarazada. ¿Qué te pasa? ¿Ya no te gustan los hombres?
—¡Papá!
—Encima te pones ese vestido... —comentó Franco en tono reprobador.
Odette y su madre se miraron con un gesto de entendimiento: “Papá no cambia más”.


(1) postre siciliano de masa frita en forma de tubo (cañón), rellena de ricota y chocolate
(2) ¿Pero qué te crees?
(3)La Isla de Los Juguetes: a donde se escapó Pinocho con su amigo para no ir a la
escuela
(4)postre siciliano confeccionado con ricotta, vino Marsala y frutas glaseadas