POLICIAL ARGENTINO

sábado, 2 de agosto de 2008

La dama es policía - Capítulo 4




Antiguo Palacio de Correos, luego Casa de Gobierno, Buenos Aires (foto Archivo General de la Nación)


PROVINCIA DE BUENOS AIRES, 1916
La primera imagen que conservaba de su padre era la de sus seis años. Lo había mandado llamar y su madre lo vistió en silencio y le dijo que fuera con el capataz, porque el tatita tenía que enseñarle algo.
No había mujeres. Nada más que la peonada, el capataz y él, alrededor de su padre, que estaba arrancándole la piel a rebencazos a un peón estaqueado frente a ellos.
Desde donde estaba parado, podía ver la cara del tatita. Severa, sin pasión, sin un gesto más que el entrecejo fruncido. Los rebencazos eran metódicos, certeros. La peonada estaba en silencio, con la cabeza gacha. Algunos tenían el sombrero agarrado entre las manos, como cuando se va a un velorio. El capataz tenía la piel de indio curtida por el viento implacable de la pampa, oscurecida por el sol impío, lo mismo que los demás hombres. Menos su padre. Tenía la piel delicada, fina, "europea", aunque esa palabra la aprendió mucho después. Era bastante más alto que el resto de los hombres de la estancia y de muchos otros que conocía, o al menos eso le parecía desde sus seis años a la altura de la cintura del tatita. Cuando creció, entendió que el tamaño es también una cuestión de memoria y perspectiva. Llegó a ser alto, mucho más alto que él. Pero a los seis años, su tatita era el hombre más grande del mundo.
El mundo que era esa llanura interminable, silenciosa hasta la sordera, ominosa cuando se ponía el sol y las mujeres de la casa contaban historias de aparecidos y luz mala. El mundo que no se acababa en el horizonte porque el tatita le había jurado que sus tierras estaban más allá de donde él podía ver. ¿Cuántos días a caballo?
—Muchos— sonrió apenas orgulloso su padre —.Ya va a venir conmigo, mocito. Ya podrá conocer todo lo que es suyo.
Le había preguntado a su madre, y ella le había dicho que el tatita tenía razón: la estancia era enorme, y sus posesiones no se limitaban a ella. Mamá enumeró propiedades en lugares que desconocía. Si Buenos Aires era un espejismo lejano, París era una entelequia.
— ¿Qué es París?
Su madre se rió.
—Ya lo vamos a llevar, cuando sea más grande. Todavía es muy chiquito — muy gurí, como decían las sirvientas y la cocinera.
No soy tan gurí si me trajeron a ver cosas de hombres, pensó. Se sintió orgulloso de que su padre compartiera con él esos momentos. Estaba castigando al peón por algo malo que había hecho. Su padre no castigaba inútilmente y cuando lo hacía, era ejemplar. Por eso los hombres de la estancia lo respetaban y le eran fieles. Con los años, aprendió que también le tenían miedo. 'Patrón', le decían. Él también le tenía un poquito de miedo, cuando el tatita se enojaba y los ojos azules le relampagueaban y la piel se le enrojecía. Nunca gritaba: te hablaba entre dientes y te temblaban las piernas.
—Este hombre hizo algo indebido — había dejado de azotar al desgraciado y les hablaba a los demás —. Trajo una mujer a la ranchada y a las barracas, de contrabando, y terminó peleándose a cuchillo con uno de sus compañeros.
El final de la pelea era conocido y habitual: el otro había terminado con un arroyo de sangre abierto en medio del vientre.
—Si quieren mujeres, me piden permiso, y se van a vivir en rancho aparte. Las haciendas no se mezclan. A las mujeres no les doy trabajo, salvo que haga falta en el casco. Al que no le guste, es libre de irse a otra parte.
Era raro: parecía que al tatita las mujeres no le gustaban demasiado. A él sí le gustaban. El olor dulce del perfume de su madre, que se le convirtió en recuerdo demasiado pronto cuando ella se murió de parto, en un baño de sangre que se la llevó junto con su hermana neonata. El olor a canela y especias de la negra Dominga, la cocinera. La lejía y el jabón de olor de la ropa recién lavada eran privativos de Aurora, el ama de llaves española, que comandaba al enjambre de mujeres silenciosas que se ocupaban del casco como si fueran un ejército, a excepción de la negra Dominga, que reinaba en la cocina del casco y de la ranchada. Ninguna invadía el territorio de la otra y las dos revoloteaban alrededor del patrón, siempre en silencio, en su estudio lleno de papeles y del olor a libros y cuero, mezclado con el coñac francés que el tatita tomaba frente al fuego.
Fue frente al fuego y con la copa en la mano que le dijo de su madre y su hermana. No lloró porque los hombres no lloran, y su tatita lo había hecho hombre aquella tarde con la peonada.
Tiempo después lo mandó medio pupilo a un colegio de curas del pueblo cercano. Los años pasaron severos entre hombres silenciosos, devotos de Dios y del vino de misa. Entre penitencias de rodillas sobre granos de arroz y comidas silenciosas en el refectorio gris y siempre frío, mientras alguien leía parábolas oscuras.
Pero era un buen alumno, tanto que el tata lo premió y cuando terminó, lo mandó al Colegio Nacional de Buenos Aires. Lo iba a ver una vez al mes, los fines de semana. Las vacaciones las pasaba con su padre en la estancia, aprendiendo a manejar lo que sería suyo.
El colegio era bueno. No: era el mejor que podía haber en Buenos Aires, porque se codeaba con la crema de la sociedad y la política. Hijos de políticos, militares y de la aristocracia sin títulos del país se mezclaban entre los muros del viejo convento de San Ignacio.

Colegio Nacional de Buenos Aires - Pasillo del 3º Piso
Fuente:Colegio Nacional de Buenos Aires

—Usted es más y mejor que ellos —le decía su padre, sentado frente al fuego—. Quiero que los conozca, que los mame desde ahora, así les aprende las mañas. Algún día, usted va a mandar. Para mandar hay que conocer bien a los que se manda, saber cuándo se premia y se castiga, y cómo. No hace falta ser milico para eso. Hay que saber, nada más.
El tatita le enseñó a que no le temblara la mano ante nada ni por nadie. Ni por lástima. Respeto sí, piedad no. Lo llevó a cazar al “lión” que se estaba comiendo los corderos. El puma dio pelea, y él sintió el sabor de rematar a un enemigo fuerte y ágil. El tata lo llevó a cazar ciervos.
—Mírele los ojos: parece que fueran a llorar. Ahora, remátelo. Un tiro en la cabeza. Bien. No hay que hacer sufrir inútilmente.
La primera vez que su padre lo llevó a París, él tenía once años.
—La guerra terminó, no va a haber problemas —le aseguró.
¿La guerra? Al colegio de curas casi no llegaban los diarios.
—La Gran Guerra. A nosotros no nos afectó. Más bien nos trajo buenos negocios. Nos llaman “el granero del mundo”. Y los granos los vendo yo. Es lo mismo. Igual que la carne. Que la lana o el quebracho y el tanino. Y si no son nuestros, tenemos acciones de las compañías inglesas, que es lo mismo.
Comenzó a comprender lo que una vez le había dicho su padre, a los seis años. El mundo. Podía tener el mundo. Quería tenerlo. Iba a tenerlo.
Su padre lo llevó a ver el original que había servido de modelo para hacer la casa de Buenos Aires y le presentó a unos amigos. De vuelta en el hotel, el tata le habló de las amistades influyentes.
—No se equivoque: el influyente soy yo. Ellos son políticos. Hay que saber manejarlos, eso es todo.
En París se enteraron de la victoria electoral. Su padre miró a Marcelo y ambos se rieron a carcajadas, sentados a una mesa de Maxim's. Qué épocas. Qué manera de tirar manteca al techo. La belle époque de verdad. Sin embargo, el tatita era moderado hasta para disfrutar. “Tenés la parquedad de la gente de campo”, le decía a su padre, Regina, la mujer de Marcelo. Su padre no la tuteaba. Nunca tuteaba a nadie y eso ponía una distancia difícil de cruzar, que le convenía. “Cuando una pone la gente a la distancia justa —le enseñó—, la gente entiende y lo respeta. A veces, hasta se asusta un poco”. Pero Regina era diferente y no le importaba que no la tutearan. Prima donna hasta el tuétano, no admitía otro estrellato que el de ella. Volvieron con Marcelo, que venía a hacerse cargo de la Presidencia. La belle époque ya se había trasladado a Buenos Aires, que había dejado de ser una aldea grande por querer parecerse a París.

Marcelo Torcuato de Alvear e Hipólito Yrigoyen
Foto: Diario La Nación
Fuente:Galeon.com

Un día, la estancia le pareció detenida en el tiempo. Las mujeres habían envejecido junto con las paredes. Su padre también.
—Es hora de que se vaya solo a Europa —le dijo el tata, reconociéndole la mirada de macho joven—. Cuando Marcelo se vaya, las cosas van a cambiar, me parece que para peor. No para nosotros, pero sí para los políticos y los milicos.
—¿Y la gente común? —le preguntó al tatita —.Ahora es diferente. Pueden votar, elegir libremente, decidir.
El tata se rió seco.
—La gente común es como las ovejas —rezongó—. Va a donde la llevan los perros pastores, a mordiscones en las ancas.
—Pero... ¿y los anarquistas?
Su padre se encogió de hombros.
—Socialistas de cafetín. Cantan La Internacional y La Marsellesa como si con eso alcanzara. No son nada. Dos o tres fusilamientos y se acabó el anarquismo.
Y de dos o tres fusilamientos se acabó el gobierno democrático, republicano y federal, y el general Uriburu se sentó en el sillón de Rivadavia, símbolo obvio del poder. Él ya se había ido, y lo supo por los diarios. Que se siente. Que se sienten los que quieran.


Marcelo T.de Alvear - Presidente de la Nación, 1922-1928
Fuente: Galeon.com



















Regina Pacini de Alvear
Fuente: Galeon.com

Europa era una fiesta. Había en el aire ese frenesí por la vida que se daba cuando la muerte rondaba muy cerca. Como los árboles frutales, que se enloquecen y dan su fruto más jugoso cuando el desierto viene avanzando. Como las viñas, que dan las mejores uvas cuanto más la tierra les niega el agua. Sus ojos ya no tenían el asombro de los once años. Todo le pareció oropel y joyas falsas. Vio al fénix alemán resurgir de entre las cenizas y a Italia en el intento de reflotar el orgullo romano de los Césares. Hombres que se morían por el halago de las ovejas. Hombres que asesinaban por un pedacito de poder. Hombres que iban a mandar a las ovejas a la guerra otra vez. Él había aprendido de su padre a oler las señales.
El tatita le había enseñado que el poder se maneja mejor desde el silencio de atrás de la escena. “Cuanta menos gente lo identifique como poderoso, mejor. Sólo los que necesitan saberlo. Además, el poder huele, igual que el sexo. La gente puede oler al poderoso, igual que un hombre huele a una mujer encendida. Lo huele y retrocede, porque el poder encubierto asusta más que la exhibición grosera. Deje que le tengan miedo. Problema de ellos”.
Después de que las cosas se tranquilizaron en Buenos Aires, regresó. Quería volver al campo. Su padre lo esperaba en la estancia. No había ido a recibirlo al puerto porque estaba cerrando un negocio muy grande con los ingleses. A él, los ingleses no le gustaban demasiado.
—A mí tampoco, pero es asunto de negocios —había dicho el tata—. En negocios, no se le mira la facha al otro más que para saber si va a respetar el contrato o no. Todo lo demás es basura.
El tata había envejecido terriblemente más desde la última vez que lo había visto.
Lo llamó al estudio y lo hizo sentar en el otro bergère y le ofreció una copa de coñac. Estuvieron bebiendo en silencio un buen rato, él a la espera de que su padre se decidiera a hablar.
—Me estoy muriendo —le dijo al fin—. Va a tener que quedarse un tiempo en la estancia para conocer bien todos los manejos, los negocios, las operaciones, los Bancos. Tenemos Bancos, ¿sabe? Operamos con mucha gente importante.
Él asintió y el tata siguió hablando.
—Usted se relacionó bien en el colegio y en Europa.
Se lo quedó mirando, sorprendido de que su padre supiera lo que había estado haciendo. El tatita siguió tomando coñac.
—Soy su padre; no nací ayer. ¿Qué esperaba?

jueves, 24 de julio de 2008

La dama es policía - Capítulo 3






LA DÉFENSE, ÚLTIMAS HORAS DE LA MADRUGADA
Marcel todavía no podía creer lo que estaba ocurriendo, mientras se desvestía sin prestar atención a lo que hacía. La habitación que Odette le había destinado estaba en el extremo de un corredor al que se abrían otras dos puertas. Abrió una de las puertas del armario: había ropa de hombre. Una bata de toalla color azul, ropa interior limpia y camisas y corbatas elegantes.
"Mañana, Marguerite te lava y te plancha la ropa. Desayunamos a las ocho y media”. Des-pués había dado media vuelta y desaparecido por el corredor. Resignado a no poder hacer preguntas, se desnudó y se metió en la cama doble a intentar dormir. El radiorreloj sobre una de las mesitas de noche marcaba las 03:15.
La estrategia de Odette era muy audaz, extremadamente arriesgada, pero ella sería quien más arriesgaría. No estaba seguro de que eso le gustara y se lo había manifestado. Odette le dedicó una de sus miradas de esfinge para luego recordarle educadamente que ella era la superior en la operación, y Marcel se tragó el resto de las opiniones. Estaba de acuerdo con lo que había que hacer aunque seguía creyendo que el peligro era demasiado grande.
El cansancio lo venció finalmente pero le trajo sueños agitados. Se despertó a últimas horas de la madrugada, bañado en transpiración y con una erección fantástica. En la duermevela no pudo contener el clímax violento. Estas cosas le pasan a los pendejos, pensó terriblemente turbado. Tal como ocurre cuando uno se despierta en medio de un sueño, recordó su pesadilla e identificó al objeto de sus deseos en ella. Alguna vez le habían explicado algo a ese respecto: los acontecimientos del día más los datos de la investigación se habían mezclado en una parafernalia digna de un cuadro del Bosco; la mente ordena, procesa y acomoda la información recibida durante el día. Bravo. ¿En qué parte de la información entran mi libido y mi superior?
Respiró profundamente para relajarse y se preguntó si habría hablado mientras dormía, recordando con pánico que el departamento estaba protegido por un circuito cerrado de vigilancia. No podía hacer nada al respecto así que dio media vuelta y trató de seguir durmiendo. Las imágenes de la ¿pesadilla?, lo persiguieron el resto de la noche y se levantó a las siete menos cuarto con el pretexto de darse una buena ducha.
Los golpecitos en la puerta fueron discretos pero persistentes. El radioreloj marcaba las 07:30. Manoteó la bata y saltó a abrir la puerta del baño para encontrarse con una mujer de unos cincuenta y pico de años, de rostro severo pero agradable, que sostenía su pantalón en la mano derecha.
—Buenos días, teniente. La señora dejó dicho que lo despertara. Si me permite su camisa y la ropa interior, prometo devolverle todo limpio para la hora del desayuno— Marguerite tendió la mano libre y él le entregó lo que le pedía sin protestar.
Cuando terminó de afeitarse, encontró una loción que le agradó y se perfumó con cuidado. Se sentía dispuesto a enfrentar el día, cuando lo evidente lo golpeó entre los ojos. ¿Afeitadora y perfume de hombre en casa de una mujer sola? Encendio la radio y abrió de par en par el armario y si sintió alguna culpa, se le olvidó mientras revisaba las camisas y pantalones de unos dos talles más pequeños que el suyo. ¿Y en el otro colgador...? Ropa de mujer. Muy elegante. Muy cara. Pieles. ¿Los cajones? Se sintió un ladrón. Ropa interior delicada. Pero... o yo no entiendo nada de mujeres, o éste no es su talle de corpiño. ¿Se habrá aumentado el busto y...? ¿Y la ropa de hombre, qué...?
Unos golpecitos a la puerta lo hicieron cerrar de golpe las puertas y le confirmaron la eficiencia de Marguerite: al abrir encontró la camisa, el boxer y el pantalón recién planchados en una percha que pendía del picaporte. Se vistió y corrió a mirarse al espejo para asegurarse de que no estaba rojo como un tomate.
Marguerite lo esperaba para guiarlo a un lugarcito encantador y luminoso en un ángulo de la cocina, toda acero y blanco. Odette lo esperaba sentada a la mesa, vestida tan informalmente como la noche anterior, y con el pelo todavía húmedo.
—Buenos días. ¿Dormiste bien? —sonrió —.Espero que no hayas extrañado tu almohada.
—¡En absoluto! —dijo devolviendo la sonrisa. No dormí mucho pero me siento bien, muy bien. Siga sonriendo, capitán y me sentiré magníficamente bien el resto del día.
Marguerite, con un especial sentido de la oportunidad, apareció con el servicio del desayuno: medialunas calientes, tostadas, confitura de duraznos, leche y el infaltable café.
—Mmm, mi favorita - Odette se comió una cucharadita de confitura ante la mirada reprobadora de Marguerite- Marguerite me malcría demasiado —Odette ladeó la cabeza.
—Está muy flaca —respondió la mujer, con cara de resignación.
—El concepto de delgadez de Marguerite es un poco renacentista. Si una no parece salida de un cuadro de Rubens, está flaca — rezongó divertida.
Marguerite se encogió de hombros e hizo una mueca de desagrado, pero el cariño entre ambas mujeres era evidente. Podrían haber sido madre e hija por cómo se trataban.
Disfrutaron del desayuno en silencio. Marcel encendía un Gauloise cuando recordó que no había visto fumar a Odette. Marguerite le alcanzó un cenicero.
—Perdón, ¿te molesta? —señaló el cigarrillo.
—No...
—Nunca te vi fumar...
—No fumo, pero no me molesta el humo — Odette sonrió mientras comía una tostada.
No deseaba que esos momentos suspendidos en el tiempo pasaran, pero había que trabajar.
—Odio interrumpir, pero...
—Vamos al salón. Marguerite tiene mucho que hacer aquí.
De día, el lugar se veía distinto. La luz entraba a pleno por el ventanal, dando un aspecto irreal al ambiente: como si los sofás flotaran sobre una nube tenue. El aire estaba ligeramente frío y perfumado. El cambio parecía haber afectado también a Odette. Sin maquillaje parecía más humana y accesible. Y también más joven. ¿Cuál será su edad? Por lo general a las mujeres no les gusta confesarla. Digamos, más de treinta. ¿Cuánto más? Se detuvo a pensar que traslucía una madurez que no era sólo cronológica, aun cuando el aspecto físico no la traicionara. Esos ojos de terciopelo habían visto demasiadas cosas desagradables. No era nada más la soledad lo que le daba a su mirada esa profundidad que te hacía desear ahogarte en ella. Desvió sus pensamientos hacia otra parte. Basta de boludeces, viejo. Es una superior antes que una mujer. La pesadilla le volvió en ese instante a la memoria y casi se sonrojó de vergüenza. ¿Los videos quedarían grabados, o se borrarían a las veinticuatro horas? En muchos sistemas de seguridad quedan almacenados hasta que se consultan, pensó con un escalofrío. Estaba seguro de que había un ordenador con muchísima más información en el ala privada de la casa, desde el que se controlaría la seguridad y que la laptop era un portafolios electrónico, y entonces... Sacudió la cabeza y juntó coraje para preguntar casualmente:
—¿El departamento tiene circuito de vigilancia, no?
—Y alarma. Cubre las dos puertas de entrada y los accesos desde ascensores y escaleras —Odette se encogió de hombros —¿Para qué más? El Hombre Mosca no delinque en París todavía.
Obvio; estamos en un piso trece. Contuvo un suspiro de alivio.
—¿Te molesta si escuchamos algo de música?
El negó con la cabeza y Odette conectó el audio e insertó un CD. La música dulcísima inundó el ambiente. Si algo hacía falta para que esa mañana fuera ideal, era eso. Se sintió profundamente conmovido, sin entender claramente por qué.
Después de los primeros acordes reconoció el aria.
—“Caro nome” —murmuró.
—"Rigoletto" —añadió Odette con la sombra de una sonrisa en los ojos.
Escuchó en silencio mientras fumaba, pensativo.
—Era... la favorita de mi madre —las sensaciones se le agolparon en la garganta.
—Tu madre era italiana — no era una pregunta.
—De Milán. Una familia bastante aristocrática... por lo que sé. Casi no los conozco — aspiró el humo en silencio durante unos momentos.
Dolía. Después de tanto tiempo, todavía dolía. La música lo envolvió en recuerdos. Miró a Odette sin pensar y los ojos de ella lo atraparon. Se volvieron cálidos y protectores, invitándolo a hablar. Sintió que podía confiar en ella, sin comprender del todo la razón.
—Ella y mi padre... Su matrimonio fue un desastre. Nunca pudieron superar las diferencias que los separaban... Mi padre... criticaba y sospechaba de cada salida, cada llamada telefónica, cada actitud de mi madre. Creo que odiaba hasta que se comunicara... con su familia, las pocas veces que ella lo hacía. Yo no me di cuenta de que eran infelices hasta que... —vaciló y continuó: —Creía que todas las familias vivían así. Cuando conocí a otras familias, de mis amigos, ... comprendí —le dolía la garganta de la angustia. Aspiró el humo en un intento por relajarse —Finalmente mi madre decidió abandonarlo y llevarme con ella. Él intentó detenernos... —la respiración se le hizo pesada —Yo nunca había hecho algo semejante... Levantar la mano contra mi padre... Jamás lo volvimos a ver.
—¿Qué edad tenías?
La pregunta le llegó desde una distancia infinita.
—Dieciséis años.
Apoyó los codos en las rodillas y sostuvo la frente entre sus manos. Curiosamente, sintió alivio. Miró otra vez a Odette. Los ojos de ella eran lagos serenos donde hundirse y olvidar. Se quedaron en silencio mientras la música inundaba la habitación. Cerró los ojos e inspiró profundamente al tiempo que los abría otra vez.
—Los ingleses tienen una frase muy graciosa para estas cosas —sonrió, incómodo.
—"Skeletons in the cupboard". Esqueletos en el armario. De veras gracioso. —Odette se levantó. Su rostro era una máscara de placidez que lo tranquilizó y entonces se atrevió a preguntar:
—¿Y tus... esqueletos?
La máscara cayó por un instante dejando traslucir un atisbo de dolor.
—En el cementerio. Voy a buscar café.


"Caro nome",de "Rigoletto" (Giuseppe Verdi)


Había pensado en usar la música para que Marcel se relajara y poder trabajar más cómodos, pero no esperó sensibilizarlo tanto como para llegar a esa reacción. Camino a la cocina recordó los nombres leídos en el expediente del teniente. Gracias, Jean-Pierre Dubois, grandísimo hijo de puta. Gracias por arruinar la vida de tu familia y regalarle una bomba de tiempo a la Brigada. Quién sabe cuándo estallará, y de qué forma. Los que estuvieran cerca no saldrían ilesos, y Marcel tampoco. Debería ocuparme de la evaluación psicológica de mis compañeros, además de la de mis criminales.
—Es agradable —comentó Marguerite desde el otro extremo de la cocina. Odette la interrogó con la mirada. Marguerite hizo un gesto con la cabeza apuntando hacia la puerta, con las cejas enarcadas y una sonrisita pícara.
Odette llenó el termo con café mientras contenía una sonrisa. Marguerite es incorregible.
—¿Qué hay para comer?
—Pescado. ¿Le gustará?
—Y a mí que me parta un rayo...
Marguerite la miró con reprobación mientras ella volvía al salón con el café.



"Duetto de las flores", de "Lakmé" (Leo Delibes)


El “Duetto de las flores”, de "Lakmé", flotaba en el aire.
—¿Qué es? — Marcel preguntó, maravillado.
—"Lakmé", de Leo Delibes. Una de mis óperas favoritas —Odette sonrió —.Tu autógrafo para el club de fans —dijo, tendiéndole un papel. La música estaba haciéndole algo indefinible, sensibilizándolo todavía más, aunque ahora dominaba sus emociones.
—¿Para qué? —preguntó mientras firmaba.
—Mmm... Bien, deberíamos elegir un nombre con tus mismas iniciales... —comentó ella después de unos momentos, luego de observar detenidamente su firma. Se había recostado contra el respaldo del sofá y la sombra de sonrisa en su boca, su leve gesto de asentimiento y el silencio lo intrigaron y no pudo dejar de preguntar incrédulo:
—¿Estudiaste grafología?
—Es parte del entrenamiento. Se pueden conocer muchas cosas de una persona a través de su escritura. Quiero escucharte hablar italiano — lo miró esperando que lo hiciera. Marcel dijo un par de frases, y ella cerró los ojos, entre divertida y espantada.
—Atroz. Un auténtico milanés - aprobó sacudiendo la cabeza.
—¿Cómo supiste? Que hablaba italiano, digo.
—Dubois, leí tu expediente —meneó la cabeza mirando al techo desesperanzada.
Era tan obvio que se sintió tonto. Odette asintió con una ceja levantada.
—Yo no tuve esa ventaja. Ver tu expediente, claro.
Ella lo miró con calma.
—Si todo esto termina bien, te voy a dejar leer hasta mi diario íntimo.
Por supuesto que me gustaría, capitán. Mantuvo la boca prudentemente cerrada.
—¿Y qué más se puede saber de mí con mi firma? —preguntó entre molesto y divertido.
—Que te será más fácil utilizar un nombre falso que contenga las mismas letras que el tuyo verdadero, por ejemplo. Que la Brigada no se equivocó al elegirte. —Se le saltó un latido al escucharla mientras ella clavaba sus ojos en los suyos. —Ya te lo dije: si no tuvieras “el fuego sagrado”... —Hizo una pausa significativa y volvió al tema del nombre falso. —¿Qué te parece... Maurizio De Biassi?
—¿Italiano? ¿Con mi atroz acento milanés? — agradeció el cambio de dirección de la conversación.
— ¡Es perfecto! Representar el papel de italiano residente en Francia será fácil: el acento no te va a traicionar... - los ojos oscuros lo miraron burlones -. El nombre tiene varias de las letras del tuyo; te permite firmar sin problemas. Hacen falta pasaporte, carné de conductor y tarjetas de crédito. Y, sí, también chequera —iba diciendo mientras tecleaba rápidamente—. Papelería personal... Ah, podrías dejarte la barba. Algo discreto; bien recortada.
—Entiendo. También sería conveniente cambiarme el corte de pelo. Algo más audaz — bromeó pero le salió mal porque ella saltó sobre la idea. Boludo, para qué habré abierto la boca, , se insultó.
—Excelente. Y también cambiar de color.
—¿Negro? — Cristo, voy a parecer un gigoló.
—No; sería muy evidente y no podrías ocultar el crecimiento. No, un color un poco más oscuro que el tuyo, algo más... italiano.
—¡Mierda! ¿Tengo que personificar a un mafioso?
—Como no sea del Clan de los Marselleses... No hay sicilianos rubios. Y no tienen nada que ver con este asunto — el tono de Odette se había vuelto gélido y Marcel supo que había metido la pata.
—No quise parecer tonto — se disculpó como un colegial y de inmediato le dio rabia. ¿Pero por qué carajo me preocupo por no parecer un boludo? ¿Y por qué mierda no dije "boludo"? Pero la expresión de ella había cambiado y él se olvidó del asunto.
—No hay problema. Gracias a Dios, las familias todavía conservan un estricto código de honor. Estamos seguros de que no están involucrados en esto — enchufó la laptop a una conexión telefónica que él no había visto, bajo la mesa.
—Estoy informando que en una semana vas a necesitar la documentación que requiere fotografías. Las tarjetas de crédito y chequeras estarán listas esta tarde. Deberías practicar la rúbrica.
—¿También vas a cambiarte el color del pelo?
— ¿Yo? ¿Para qué? Alguien de mi tamaño puede pasar inadvertida cuando se lo propone — bromeó.
Cierto que tiene la estatura de un adolescente o un chico, pero no creo que pase inadvertida. Me equivoqué al pensar en ella como en una muñeca de porcelana. Tiene la intensidad y la fuerza de una 'prima donna', por no hablar del carácter. Notó que ella lo observaba a su vez, con una sonrisa de Gioconda que lo hizo sentir incómodo.
—Odette...
Ella lo interrogó con la mirada, inclinando la cabeza.
—¿Lo del diario íntimo... es verdad?
—Dubois... — y el “Dubois” sonó a “qué idiota”.
—Era una pregunta —pidió disculpas con la mirada, y Odette sonrió a medias. Pero si existe ese diario, de veras quiero leerlo, capitán. Muero por eso.

martes, 8 de julio de 2008

La dama es policía - Capítulo 2





LA DÉFENSE, LA MISMA NOCHE
Odette esperó a que él asimilara la idea. Siempre pasaba lo mismo con los nuevos: se sorprendían, se asustaban y al final, se sentían orgullosos. Había discutido mucho con Auguste y Michelon sobre el tema. Nada de dar a conocer la organización fuera de la Brigada ni asignarle las siglas a las que era tan afecta la PN(1). Cuanta menos gente supiera de esos equipos, mejor para todos. Los resultados estaban siendo muy buenos y se involucraba a muchísimos menos efectivos de los que se hubieran empleado en procedimientos tradicionales. Trabajaban solos o en parejas. Se estudiaba a cada posible candidato con cuidado. Por lo general trataban de elegir a hombres y mujeres sin compromisos familiares que los hicieran vulnerables de alguna forma. Muy pocos estaban casados o tenían hijos y esa política evitaba víctimas innecesarias: nadie en la Brigada quería perder vidas valiosas ni ofrecer posibles rehenes. Esta vez era su propio turno. Mi caso. Cerró los ojos para no dejar traslucir el dolor que la atacó sin avisar. Recuperó la compostura y tomó la primera carpeta del pilón, mientras encendía la laptop: el trabajo tenía la virtud de distraerla.
— Te voy a explicar mi punto de vista, Marcel. Cuando se informó de la desaparición de dos religiosas jóvenes hace un año, se pensó en una fuga. El caso se investigó bastante mal y después languideció en los archivos. Cuando se informaron otras desapariciones similares, dos monjas jóvenes y una novicia, esta vez en el norte del país, comenzaron a prestar un poco más de atención. Lamentablemente nos enteramos de lo ocurrido varios meses después, ya que las desapariciones se denunciaron inicialmente a las prefecturas regionales. Tuve una corazonada y consultamos a las policías alemana e italiana y descubrimos que en las cercanías de la frontera con Alsacia y en el norte del Piemonte, habían ocurrido casos similares, siempre con religiosas más o menos jóvenes.
— Se habrá fundado un Movimiento de Liberación de las Religiosas...
— Estamos en el siglo XX y ya no se obliga a las mujeres a meterse a monjas.
— Punto a favor. Aunque siempre creí que era un desperdicio de recursos —, comentó él, irónico.
— Desperdicio o no, estas mujeres eran monjas por su propia decisión, te lo puedo asegurar, así como puedo jurarte que no desaparecieron por su voluntad — respondió con sequedad.
— No tiene sentido, Odette, y si lo tiene... —Marcel torció la cara en un gesto de desagrado.
— No “si lo tiene". “Sí”, lo tiene. Todavía me faltan algunos hilos de la trama, pero creo estar bastante cerca. Antes de que entraras en este caso, entrevisté a algunas superioras de órdenes que no fueran de clausura. No fue fácil en tan pocos días, pero me fue bastante bien. Esas señoras son muy renuentes a tratar con nosotros, y sacarles información me costó horas de persuasión, apelaciones a sus patrióticos corazones, sentimientos religiosos, solidaridad con las pobres mujeres desaparecidas, las estrofas de La Marsellesa... ¡Una casi me hizo sacar la reglamentaria!
Marcel se rió escandalizado.
— ¿Amenazaste a una abadesa con encanarla por resistirse a la autoridad?
— Estaba furiosa. Pero conseguí la información: en los cuatro conventos que investigué no están permitidas las visitas de hombres, salvo parientes por consanguinidad en primero o segundo grado, y sólo en casos muy excepcionales. Esas visitas quedan registradas, lo mismo que las de visitantes femeninas, que tampoco son muy asiduas. Casi todos estos conventos se caracterizan por su retiro del mundanal ruido.
— Qué conveniente — apuntó Marcel.
— Mmm, sí, muy útil cuando se desea operar sin intromisiones del exterior.
— ¿Qué? ¿Las monjitas se dedican al contrabando?
— ¡Dubois, no seas idiota!
— Tengo un sentido del humor algo inoportuno — el teniente se disculpó a medias, conteniendo una sonrisa.
Ya te voy a borrar la sonrisita, Cro-Magnon. Jugadores de rugby metidos a policía. Adónde mierda se está yendo la excelencia. Y Auguste te eligió como mi compañero en este caso. Agendar: estrangular a Auguste. Odette hizo un esfuerzo por no torcer la boca y continuó.
— Volviendo al tema, hay excepciones: las órdenes religiosas masculinas. ¿Quién, si no, podría meterse en un convento sin despertar sospechas?
— O alguien que parezca serlo...
— Estás aprendiendo rápido — ella levantó una ceja y se estiró con las manos detrás de la nuca.
— ¿Pero con qué objeto?
— En primer lugar deberías tener en cuenta que estas buenas señoras no ven como “hombre” — hizo comillas con los dedos— a un religioso. Es más, la visita de uno o varios de ellos se considera visita de la orden y se registra como tal. Un acontecimiento especial sería la llegada de alguna autoridad eclesiástica, donde se mencionarían nombres, pero no es el caso.
— Así que si alguien tuviera motivos reprobables para tener acceso a un convento, y lo hiciera como un seudomonje de alguna orden, encontraría las puertas abiertas — acotó Marcel.
— Bravo. ¿Qué más? — El Cro-Magnon piensa. Pasémoslo al próximo escalón de la evolución. —Ah, bueno... ¡No debe de ser tan fácil hacerse pasar por monje!
— No: deben presentarse papeles oficiales de la orden, autorizaciones, a veces hasta cartas del mismísimo Vaticano. Pero las órdenes masculinas y femeninas intercambian visitas con cierta frecuencia.
— ¿Pero para qué querría alguien disfrazarse de cura y meterse en un convento lleno de viejas santurronas, si no fuera para robar? Y en ese caso, ¿qué?
— ¿Estás seguro de no tener doble personalidad? ¡Hace un momento hacías gala de un intelecto aceptable y un instante después te dio un derrame cerebral? Mi Dios, Dubois, ¿qué te parece que estamos investigando?


Tomaron un café perfumado y negrísimo en un silencio de muerte, hasta que el estómago de Marcel reclamó comida. Odette se compadeció y sin decir nada desapareció por el pasillo de siempre para volver con una bandeja de sandwiches, bebida y cositas dulces. Él agradeció la tregua y comieron entre comentarios intrascendentes. Ella se limitó a observarlo mientras bebía en silencio el café, esta vez con leche.
Es más barato regalarte un reloj de oro que invitarte a comer. Aunque, para mantener en forma toda esa infraestructura deportiva, imagino que hace falta combustible en cantidades adecuadas. Adecuadas a una central termoeléctrica. Tomar nota para próximos entremeses. Eso, sin hablar del perfume. Una sinfonía para el olfato, teniente. Toda una delicadeza de tu parte hacia las damas. No hay problema, no soy una dama. El sueldo se te debe de ir entre comida y loción para después de afeitar. Y a mí qué mierda me importa. Sonrió para sí y se dio cuenta que él había observado el gesto, pero no dijo nada. Un poquito de suspenso no viene mal. Te mantiene atento y enfocado, sin desviar la atención a ideas de otro tipo.
Odette retiraba la bandeja vacía cuando Marcel preguntó:
— ¿Te ayudo a lavar los vasos… y todo eso?
— Mañana viene Marguerite y se encarga de la ley y el orden domésticos — dio por terminado el tema y continuó con la exposición: —Bien, como te imaginarás, existe una gran cantidad de órdenes y grupos religiosos católicos en Francia y en el resto de Europa. No se crean órdenes nuevas desde hace al menos setenta años y otras desaparecieron, pero todavía perduran congregaciones pequeñas, desconocidas para la mayoría de la gente común y a veces inclusive para otras órdenes.
Tecleó en la laptop y la pantalla se llenó con un listado interminable de fechas, símbolos y números.
— ¡Mi Dios! ¿Por dónde empezamos? — Marcel suspiró.
— Tranquilo, no son tantas. Las del asterisco ya no existían a principios de siglo. De las restantes, las señaladas con (1) tienen sede en Francia, las (2) son del resto de Europa, y (3), Asia, África y América .
Marcel no dijo nada, pero cerró los ojos con resignación: las (1) eran más que suficientes. Odette esbozó media sonrisa.
— Yo también temblé un poco al principio. Pero nuestras monjitas me permitieron ver sus libros de visitas y comprobé algo que había comenzado a sospechar — hizo un alto para servirse más café mientras Marcel estudiaba los nombres del listado.
— ¿Alguna recurrencia de nombres en los cuadernos de visita?
— Exacto. En todos los casos de desaparición, algunos días antes una orden en particular había visitado cada convento, alojándose en ellos.
— ¿Cómo es eso posible? Quiero decir, que durmieran en...
— En las alas destinadas a visitantes, alejadas de los claustros principales. Y acá viene lo más interesante: en todos los casos, estos visitantes se presentaron como miembros de una orden que había sido suprimida a fines de la Edad Media con bastante escándalo, pero que recientemente había recibido la rehabilitación papal.
— ¡Y las monjitas se tragaron el sapo! — Marcel la miró fijamente—.No estarás hablando de...
— ...Jacques de Molay.
— ¡No puede ser! ¿Los Caballeros de la Orden del Temple? —la sorpresa de Marcel no podía ser mayor.
— Bingo.


Los Templarios... Una orden que había alcanzado un poder tal que hizo temblar a Occidente. Sus monjes-caballeros eran señores feudales poderosos y la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo era tan rica que operó como un verdadero banco entre Europa y el Cercano Oriente. En poco tiempo, todos los gobernantes del continente estaban en deuda con el Temple, monjes que empuñaban con más frecuencia la espada que el rosario. El mismo rey de Francia les debía su trono. La excusa para eliminarlos fue que el continuo contacto con los infieles los había convertido en herejes: lo habitual en esos tiempos para librarse de enemigos incómodos a quienes, por ejemplo, se debía mucho dinero. La Orden se disolvió, pero los sobrevivientes se dispersaron por Europa, confundiéndose con la masonería. Logias que brotaron como hongos después de la lluvia, y cuyos grados jerárquicos se parecían sospechosamente a los de los Caballeros Templarios.
El término “logia” había vuelto a ganar una trascendencia desagradable a mediados de los años ochenta gracias a que las actividades de una de esas organizaciones habían salido a la luz. Operaciones económicas de calibre internacional, implicados impensados y escándalos que habían golpeado a las puertas de la mismísima basílica de San Pedro. Y se habían diluido como una gota de tinta en el mar. Quién sabe dónde estarían ahora los verdaderos Richelieu detrás del trono. Otra vez lo mismo?, pensó Marcel. ¿Y por qué no? Nada nuevo bajo el sol. La humanidad se repite a sí misma.
— ¿Una logia masónica? — dijo siguiendo en voz alta sus conclusiones. El pensamiento le hizo fruncir el entrecejo.
— Muy buena elección del término... — ella se quedó silenciosa, evaluando su sugerencia —. Más si tenemos en cuenta que las logias funcionan casi de la misma forma que las células terroristas: no se conoce a los superiores, obediencia estricta, códigos secretos, bla, bla, bla… — hizo un gesto con la mano —. Y que de los Templarios que se salvaron de la hoguera y desaparecieron de la Historia, se sospecha que se unieron, o directamente generaron la masonería. Todo muy oculto, porque los hubieran colgado por herejía, brujería y crímenes de lesa majestad como prometer la piedra filosofal y la fuente de la eterna juventud... Las logias modernas seguramente se dedican a buscar otro tipo de verdades científicas. Hoy en día, cualquiera puede obtener oro del plomo con el material radiactivo adecuado, lograr la eterna juventud gracias a la cirugía estética y acceder a la suma del conocimiento universal a través de las enciclopedias en CD-ROM y la Internet — se rieron ante lo ridículo de la idea.
La dama tiene sentido del humor. No lo hubiera imaginado. Me gusta cómo se ríe.
Odette continuó en voz más baja, como si hablara para sí.
— Pero los hombres siguen teniendo las mismas ambiciones básicas que hace cuatrocientos años o cuatro millones de años: el poder sobre otros. Para pagar el precio que sea y obtener cualquier cosa que se desee. Porque el poderoso es un eterno insatisfecho que necesita cada vez más poder para encontrarle algún sentido a su vida. Ya nada es suficiente, nada satisface.
”Se vuelve adicto a la adrenalina, y cuando ésta no alcanza a provocarle el placer que busca en cada cosa que hace, prueba con drogas más fuertes... no sólo en el sentido literal del término. Y detentar y ejercer el poder es la droga más terrible. Decidir la vida y la muerte de otros, que les están sometidos aunque no lo sepan. Usarlos en el propio beneficio o la propia satisfacción; los otros son objetos y, como tales, sin derecho a tener voluntad propia o decisión — el tono de su voz tenía un dejo de amargura —. El poderoso posee a los demás en toda la extensión de la palabra: tiene 'cosas' para 'usarlas' como más le complazca. Se apodera de la vida y la muerte de los otros. Se arroga el papel de Dios.
”Posee el dinero, el gobierno, los hombres, las mujeres, las armas, lo que señale con el dedo. Lo desea y tiene que tenerlo. No se le puede negar nada porque tiene el poder. No por nada 'poder' y 'poseer' tienen las mismas raíces en latín".
Se quedó callada, mirándolo sin ver.
La intensidad de sus palabras lo había dejado mudo. Ella sacudió la cabeza, se revolvió el pelo, se lo acomodó con los dedos y suspiró.
— Perdón por la digresión. Los que vivimos solos durante mucho tiempo tenemos el hábito de pensar en voz alta.
— Estoy acostumbrado. Las paredes son confidentes discretos: no le cuentan nada a nadie.
Por primera vez en toda la noche los ojos de ella reflejaron un sentimiento al mirarlo. Compartieron unos instantes de común soledad, en un silencio que, extrañamente, no se hizo incómodo.


LA DÉFENSE, MÁS TARDE, LA MISMA NOCHE
Eran más de las once de la noche cuando Marcel miró subrepticiamente su reloj.
— ¿Te esperan? — preguntó Odette con tono casual.
— Eh, no...
— Estás cansado — no fue una pregunta sino un desafío.
— No, sigamos. Hace nada más que cuatro horas que estamos con esto.
Ella se encogió de hombros.
— Marcel, ya te dije que quiero ponerte al tanto de lo que sabemos y de lo que esperamos encontrar. Necesitamos comenzar a actuar lo antes posible. La Brigada no quiere más desapariciones. Vas a quedarte a dormir. Hay un cuarto preparado, ropa limpia y un baño a tu disposición.
Casi se atragantó con el café al oír la última frase. No conocía a Odette, pero se imaginó que las suspicacias le ponían los pelos de punta. Cuando se supiese, aparecería en los titulares del noticiario de las ocho de la Brigada.
Pareció que ella le había leído la mente.
— No tengas miedo de las murmuraciones. Nadie sabe que estás aquí salvo Auguste — y se levantó en silencio.
Auguste, no 'comisario Massarino'. El detalle no se le escapó. Supo que Odette había ido a la cocina porque trajo una bandeja con una botella de agua mineral, más sandwiches, chocolate y, por supuesto, más café.
— Algo dulce y algo salado. Sirve para mantenerse despierto — el tono no admitía réplica y él obedeció con placer, mientras ella saboreaba el chocolate. Luego del minirrelax, volvieron a atacar los datos.
— ¿Y cómo cuernos las monjitas se tragaron el anzuelo de la rehabilitación papal y todo eso? — preguntó Marcel.
— ¡Ah, ahí viene lo mejor de todo! Estos tipos presentaron papeles oficiales, con membretes y sellos auténticos del Vaticano, emblemas, firmas y toda la parafernalia. En ellos constaba el perdón papal, la devolución de tierras y monasterios, la rehabilitación de los inmolados, ¡hasta una presentación para la beatificación de Molay! ¡Creo que hasta el mismo Papa hubiera creído que la firma era la suya!
— ¡Increíble! Pero, ¿robaron los papeles o...? ¡El Vaticano no puede estar involucrado en esto!
— ¡Dios nos libre! No voy a las procesiones vestida de penitente, pero guardo cierto respeto por la Iglesia Católica. Los papeles eran falsos. Falsificaciones casi perfectas — y se metió una barra de chocolate entre los dientes y jugueteó con ella.
Fue inevitable que a él se le cruzaran toda clase de imágenes en absoluto morales de Odette, y no precisamente con una barra de chocolate entre los labios. Recuperó la cordura y tomó también una barrita para distraerse. No va a ser fácil trabajar con esta mujer.
— ¡Uy, es exquisito! ¿Suizo?
— No, italiano. Los suizos son correctos hasta para hacer chocolate. Demasiado dulce para mi gusto. El italiano es absolutamente pecador e irresistible. Es mi perdición — ella suspiró con deleite.
— Entonces, si los papeles son falsos, alguien tuvo que conseguir originales. ¿Se informó algún robo en Francia? —respondió, tratando de no mirar la saltarina barrita de chocolate.
— No, pero hace tres años, del arzobispado de Venecia desaparecieron objetos de relativo valor y papelería diplomática en blanco. Ahora resultaría claro que el robo sólo tenía por objetivo los papeles. Pero, lo de siempre...
— Sí: denuncia, informe y archivo —suspiró —. Aunque sigo sin ver la relación.
— Mi corazonada es que estos tipos se metieron en esos conventos a secuestrar mujeres.
— ¡Qué locura! ¡A quién se le ocurriría secuestrar monjas! Quiero decir, ¿con qué propósito? ¿Pedir rescate? Cierto que muchas de ellas pertenecen a familias de buena posición económica. ¿Se investigó eso?
— Ninguna de las desaparecidas tenía familia. Además, los religiosos suelen ceder sus bienes a sus congregaciones. Tampoco hubo pedidos de rescate. Nunca se supo más de esas mujeres. Ni fugas, ni rescates, ni cuerpos.
— Entonces, ¿qué? ¿Qué querrían de unas pobres monjas?
— Marcel, éste es tu primer caso así, ¿cierto? Quiero decir, desaparición de mujeres.
— Sí. Bueno, por lo menos de monjas...
— Nunca se te cruzó por la mente cometer ningún tipo de aberración o violencia sexual contra otra persona, o de causarle daño físico o moral, o aun la muerte.
— ¡No, por Dios! Yo... bueno, soy, creo ser bastante normal — se sonrojó.
— No estoy juzgando tu vida privada. No tomamos en consideración juegos consentidos entre dos personas que se desean o se aman. Son situaciones de las que no se ocupa la policía, afortunadamente. Estoy hablando de secuestro, corrupción y asesinato. Y no las llames “monjitas”. Son mujeres, Marcel, y por esa razón desaparecieron.
— Lo que estás sugiriendo es horrible... —dijo mientras se le endurecía la boca en una mueca.
— Sí, y está ocurriendo —Odette lo miró a los ojos mientras hablaba —. Lo que quiero decirte es que sospecho que se trata de secuestros de mujeres más o menos jóvenes, más o menos bonitas... eso es casi lo de menos... pero, sobre todo, vírgenes, con fines absolutamente repugnantes.
— ¿Vírgenes? — Marcel frunció el ceño — ¿Y cómo sabían que eran...?
— En los registros de los conventos también figuran la edad y estado civil al ingresar. Digamos que una mujer soltera que elige ser miembro de una orden religiosa a una edad temprana, tiene bastantes probabilidades de no tener experiencia sexual alguna. Nuestros amigos apuestan a la ley de probabilidades — Odette pronunció la última frase como si la mordiera.
Marcel comenzó a digerir todo lo que ella le había soltado en los últimos minutos. Es aberrante.
— Creo que fuiste demasiado lejos con tu imaginación — dijo con calma y esbozó una sonrisita de suficiencia que ella se encargó de borrar en menos de una décima de segundo.
— ¿Dónde están los cuerpos?— lo fusiló con una ojeada negra —. ¿Todas se desvanecieron en el aire? Si las mataron, se deshicieron de los cadáveres con mucha habilidad. ¿Montar toda una organización por el placer de matar mujeres? ¿Para probar métodos modernos de eliminación de cadáveres? Ah, no, mi querido Dubois; demasiados gastos y muy pocos beneficios. Puedo imaginar a un asesino serial solitario como Andrei Chikatilo, o el hijo de Sam, o nuestro viejo y querido Landrú, o hasta dos como los primos Bianco. ¿Pero preparar semejante puesta en escena nada más que por el placer de cometer asesinatos seriales? ¡Qué desperdicio de recursos!
— ¡Dios, no hables así! —gritó asqueado.
— ¡Bien, empezamos a entendernos! No son asesinos, no en forma directa. ¡Son tratantes de mujeres! — ladró imperiosa.
—Tratantes...
—¡Sí! ¡Pero qué mujeres! Sin experiencia sexual y posiblemente sin experiencia de vida de ningún tipo... No quiero pensar lo que esos hijos de puta hacen con esas pobrecitas...
Tragó y asintió. Sí, parecía asquerosamente razonable. ¿Y quiénes eran los compradores? Ella se quedó callada, dejándolo tomar conciencia de lo que habían hablado hasta ese momento; se levantó, se acercó al ventanal y apoyó la frente sobre los cristales helados. Volvió al sofá y se sentó frente a él otra vez. Le clavó los ojos y enarcó una ceja, a la espera de su respuesta.
— ¿Quiénes podrían...? Quiero decir, ¿qué clase de personas? No creo que se trate de mercancía barata — dijo, imitando el tonito sarcástico de ella, que ya había comprobado le rompía las pelotas. Seguramente conozca varias formas de rompérmelas con minuciosidad, se permitió el pensamiento colateral.
— No, cierto. Muy, muy cara. El secreto es siempre caro. El sexo aberrante también. Sumemos los honorarios por los servicios... — le respondió, tomando otra barra de chocolate sin dejar de mirarlo con el ceño apenas fruncido.
Apretó los dientes para que la adrenalina que le estaba acelerando el pulso no le traicionara la expresión. Era increíble que esa mujer pudiera despertar en él sentimientos tan contradictorios: lo enfurecía, lo humillaba y hacía que necesitara su aprobación, todo a la vez. Se obligó a pensar la respuesta que ella le exigía. Mejor que estés a su altura, viejo.
—Gente rica, muy rica —murmuró—. Hombres de negocios... Co un lugar para esconder a las víctimas... Trasladarlas en secreto, mantenerlas ocultas mientras... —no terminó de enunciar la idea, por delicadeza —, y llegado el momento... deshacerse de ellas.
—Bingo otra vez.
Marcel se acomodó nerviosamente un mechón que le caía sobre la frente, se sirvió café y lo sorbió despacio. ¿En qué nos estamos metiendo? ¿Qué clase de personas podrían estar haciendo esto?


LA DÉFENSE, PRIMERAS HORAS DE LA MADRUGADA

— ¿Te gustan los cruceros? — dijo ella mientras mojaba el chocolate en su taza de café y tecleaba rápidamente. La pantalla escupió otro listado y Odette giró la laptop hacia él —. Es el movimiento de los principales puertos franceses sobre el Mediterráneo. También está Montecarlo.
— ¿Por qué sobre el Mediterráneo?
— Casi no hay cruceros en los puertos del Atlántico o el mar del Norte. Clima inhóspito, supongo, salvo parte de la costa española. Tengo otro listado con puertos italianos y griegos, pero por ahora basta con éste.
Había algunas líneas destacadas: cruceros de magnates árabes, algunos griegos, dos estadounidenses, uno italiano. Algunos no mencionaban nacionalidad del propietario, pero sí bandera. Fechas de arribo y salida de puerto.
— ¿Tenemos la lista de las desapariciones?
— Con fechas — Bien, estamos usando el plural. ¿Te metiste en el caso, Cro-Magnon? Marcel verificó lo que ella ya sabía: que los cruceros habían entrado en puerto entre una y tres semanas después de la fecha de cada desaparición y habían partido el mismo día o a lo sumo al día siguiente.
—¿Tenemos la nacionalidad de los propietarios de estos barcos? —señaló a los que sólo mencionaban bandera.
— Algunos colombianos, un japonés, un argentino —enumeró ella mientras le indicaba cada nave.
— Colombianos... ¿Tendrá que ver con la forma de pago? Entraron en puerto también en fechas intermedias entre desapariciones... ¿Qué significa ese corazoncito? — Marcel señaló un nombre del listado.
Perspicaz cuando se pone on-line. Me gusta. Presta atención a los detalles. ¿Otro escalón hacia arriba? Estoy siendo injusta: démosle dos.
— Ése es un “cliente” habitual en las revistas del corazón y el jet set. Se codea con nuestra muy alicaída nobleza europea. Me hace inmensamente feliz celebrar el 14 de julio. A veces me enorgullezco del Régimen del Terror —comentó irónicamente—.Y en cuanto a la forma de pago... Sí, podrían estar pagando en especies...
— La Argentina se está convirtiendo en una etapa muy importante del lavado de dinero de narcos, después de los Estados Unidos...
— Ajá, pero el crucero entró en coincidencia con las fechas de desaparición. Si hacen alguna operación económica, no es en puertos del Mediterráneo.
— ¿Suiza? — refiriéndose a los Bancos.
— No podemos meternos hasta tener evidencia cierta y orden judicial.
— ¿No podemos registrar los cruceros?
— ¿Con qué motivo? ¿Sospechosos de secuestro? El escándalo diplomático sería tal que toda la PJ terminaría en la guillotina. No tenemos nada más que papeles falsos, listados de desapariciones y de barcos en puerto. No es prueba de nada. Coincidencias sin sentido. Imposible de llevar ante la Justicia.
— Carajo, ¿me estás probando? ¿Qué mierda tenemos, entonces? — ahora fue él quien se puso de pie y dio zancadas por toda la habitación. Se quitó los mechones de la frente de un manotazo y se detuvo delante de ella con los brazos en jarras y mirándola furioso.
Así me gusta, teniente. Ahora sí estás involucrado en el caso. A trabajar de verdad.
— No te estoy probando. Simplemente hay que buscar la grieta en la estructura. Es lo único que podemos hacer. Sí, es cierto que no tenemos nada concreto, salvo que creo que encontré esa fisura mínima, el más delgado de los hilos de la trama... — en silencio extrajo otro disquete del maletín y lo cargó, mientras Marcel se hacía a la idea de no dormir esa noche.

(1) Police National (Policía Nacional

sábado, 5 de julio de 2008

Comentario previo y Advertencia







La novela que van a leer a continuación tiene algunos años de escrita. A lo largo de este tiempo sufrió cambios (espero que para mejor). Sus primeros lectores-críticos son todos muy cercanos y muy queridos. En su papel de arrancadores de la piel a tiras encontraron los defectos y me los señalaron (lo cual agradecí debidamente) y disfrutaron de las virtudes y me lo dijeron (hecho que me colmó de placer). Tanto me lo dijeron que fui con ese primer manuscrito bajo el brazo a recorrer editoriales.
Descubrí entonces la paradoja del escritor desconocido, que se enuncia más o menos así:
“Su obra es muy interesante, tiene valor comercial y literario, bla, bla, bla, pero a Ud. no lo/la conoce nadie por lo cual no nos interesa publicarlo/la”.
¿Cómo consigo hacerme conocida si por no serlo, no me publican porque no me conocen? Nadie pudo explicarlo stisfactoriamente. Pensé que era cuestión de insistir y gracias a los esfuerzos de otra amiga, conseguí lecturas en España. Muy serias y competentes, elogiaron la obra pero no publican a extranjeros que no hayan publicado previamente en su país de origen, por eso de la economía globalizada y los resultados garantizados.
Tocando timbres llegué a una editorial que me propuso “correr un riesgo editorial conjunto”, que en buen castellano viene a significar: “Si Ud. se paga la edición, nosotros le imprimimos el librejo”. Umberto Eco no lo hubiera explicado mejor pero sí con más literatura (Ver “El péndulo de Foucault” y los “autori a proprie spese”).
Por supuesto, caí como un chorlito (¿chorlita? ¿Tiene femenino?). Sirvió para conseguirme un bonito número de ISBN que jura y perjura que esta obra es de mi exclusiva propiedad intelectual y de las otras (como si al resto de la galaxia le preocupara dicha exclusividad). También me conseguí unas cuantas cajas llenas de libros que están esperando su turno en el reciclado de papel, que no es cosa de andar tirando tal como viene el planeta.
ISBN en mano volví a la carga, nada más que para que me explicaran: a) que no resultaba creíble una organización dedicada al tráfico de mujeres; b) que era absolutamente inverosímil que dicha organización tuviera ramificaciones a nivel mundial; c) que a quién se le ocurría hoy en día retomar el tema de antiguas órdenes religiosas desaparecidas y resucitarlas con propósitos non sanctos; d) que era de un absurdo risible imaginar a un personaje todopoderoso e invisible que comanda una super sociedad dedicada al crimen organizado, que no hable en siciliano ni viva en Chicago.
No sé si esta persona continuó asesorando a la editorial desde la que se despachó tan a gusto, o si lee los diarios o las listas de “best-sellers” (dije “best-sellers”, no “best-writers”) , o simplemente ve los noticieros. Sólo sé que la realidad supera al arte y lo usa de modelo para pasar de escala.
Dicho cuanto antecede, espero que “La dama es policía” les resulte tan grata de leer como a mí me resultó de escribir. En esta obra, al igual que las que continuaré presentando en el blog, encontrarán:

- lenguaje adulto (bueno, ya no tengo quince años…)
- sexo explícito (y del aburrido también)
- malos virtuosos y buenos defectuosos (errare humanum est)
- violencia ( ¿qué esperaban? ¡Es un policial
!)

Después no digan que no les avisé.