POLICIAL ARGENTINO

sábado, 31 de marzo de 2012

La manoo derecha del diablo - CAPITULO 36



CUATRO DE LA TARDE
Gritos y pasos a la carrera. Alguien aulló una orden y la soltaron. Comenzaron a ladrar en otro idioma. El que gritaba enfurecido era extranjero, pero evidentemente tenía el rango suficiente para mandar y que le obedecieran. Pisadas recias. Más voces. En medio del griterío escuchó el “Dubois”, seguido de una catarata de instrucciones. Un grupo se alejó apresurado. El recién llegado continuaba dando órdenes secas, esta vez también en francés; podía sentir la presencia del hombre a menos de un metro de distancia. Se agachó junto a ella, que continuaba de rodillas y ella percibió los restos de perfume mezclados con tabaco rubio y transpiración reciente. Olor a hombre limpio: el pasajero habitual de la limusina, porque era su perfume el que había impregnado el vehículo.
— ¿Puede ponerse de pie? — preguntó en un francés perfecto y sin rastros de acento.
Odette no tenía aliento para responder y sacudió la cabeza. Él la ayudó a incorporarse. Súbitamente recordó que ese tipo gentil y perfumado era uno más de entre los hijos de puta de ese antro. Con más precisión, el que daba las órdenes. Retrocedió varios pasos, tropezó y cayó. Un terror irracional la invadió al sentir que la tomaban por los hombros.
— ¡No!
—Tranquilícese— dijo —, no quiero hacerle daño. Voy a quitarle esa venda y las esposas.
La venda cayó y la luz tenue de la habitación la deslumbró. Después de soltarle las manos, el hombre la hizo girar hacia él y le examinó las muñecas. Ella trató de impedirlo y trastabilló, mareada. El hombre tuvo que sostenerla.
— No quiero lastimarla, créame— repitió él. La soltó con suavidad y desvió la mirada del vestido hecho jirones.
Ella se cubrió como pudo y enfocó la visión: la habitación era una sala amplia y de techos bajos. Una puerta entreabierta mostraba una escalera ascendente. Pantallas de video ocupaban casi todas las mesas disponibles. Dos hombres jóvenes en uniforme negro y armados esperaban de pie junto a la puerta. Tres operadores, también de uniforme, permanecían en sus asientos, mudos e inexpresivos.
Uno de los uniformados armados se acercó a ellos, llamando “coronel Ortiz” al hombre junto a ella. Éste se volvió y el subalterno le habló en voz baja. El tal Ortiz pidió una silla y la hizo sentar. Luego, se acercó a una pantalla. El operador tecleó nervioso, equivocándose en dos ocasiones. Ortiz desvió la mirada hacia ella varias veces. Se puso a temblar sin poder contenerse: Dios santo, voy a caerme de la silla. Abrió los ojos con dificultad y el hombre estaba delante de ella.
— Venga conmigo. Éste no es sitio para hablar.
Quería decirle que no podía pararse pero no tenía voz. Abrió la boca dos o tres veces y se desmayó.

****

Recuperó el sentido en una habitación pequeña mal iluminada por un artefacto barato, sin llaves de luz ni picaporte o cerraduras a la vista. Una celda. Habían tenido la gentileza de dejarla sobre un catre sin sábanas y le habían quitado los zapatos. Un hombre joven y de rasgos armoniosos, alto, de cabello oscuro y la piel con el bronceado que da el ejercicio al aire libre; el mismo que había hablado con Ortiz, esperaba junto a la puerta. Hablaba un francés de extranjero, sin inflexiones ni guturalidades.
— Tiene un baño a su disposición. Si me permite su ropa, le conseguiremos algo limpio.
— ¿Quiere que me desvista?— tartamudeó.
El hombre señaló un ángulo de la habitación que ella todavía no había visto.
— Por favor. El coronel Ortiz lamenta esta situación terrible. En el baño hay toallas y... shampú— lo dijo como si le ofreciera un objeto obsceno—. Deje toda su ropa. También la interior. Voy a esperar afuera— el hombre dio media vuelta marcial.
— ¡Espere!— lo llamó y el hombre se volvió a medias—. ¿Qué... qué hora es? ¿Qué día... cu-cuando...?
— Son las cinco de la tarde del sábado— salió y cerró la puerta y se escuchó correr una traba.
Bien, sigo siendo botín de guerra. Obedeció la orden: ¿acaso era otra cosa? Se desnudó temblando de asco. Se sentía inmensamente sucia y degradada y no le quedaba un lugar en el cuerpo que no recordara el suplicio de esas horas.
Abría la ducha cuando oyó pasos masculinos en la habitación y el terror la paralizó. Contuvo el aire hasta que la puerta volvió a abrirse y cerrarse, y la traba corrió. Reunió coraje para asomarse a espiar: se habían llevado toda su ropa. Mi Dios, me dejaron desnuda...
Se metió temblando bajo la ducha y se puso a llorar, al principio contenida y después a los gritos, mientras el agua le arrastraba las inmundicias del cuerpo pero no del alma. Cuando se calmó, empuñó el jabón como un arma y se lavó con desesperación. El inquilino precedente había olvidado una afeitadora descartable y la fuerza de la costumbre la hizo rasurarse las axilas. Lo hacía desde que se acordaba, en la escuela de danzas y para imitar a mamá que también se depilaba axilas y piernas aunque no tuviera función. Sus compañeras del liceo y de la universidad pensaban que era rara porque se depilaba. La parte de su cerebro que había recuperado la capacidad de raciocinio, reconoció la sintomatología del pánico en sus divagaciones.
Le temblaban las piernas y tuvo que sentarse en el inodoro para cerrar los grifos. Mejor salgo antes de desmayarme, pensó sin detenerse a averiguar si era por el exceso de vapor o por el miedo que no cedía.
El espejo le devolvió una imagen bastante devaluada de sí misma. Se peinó con los dedos tratando de recuperar algo de la gloria perdida. Un momento aún, señor verdugo. Si María Antonieta lo dijo, yo también. Quiero verme digna cuando me ejecuten. Se envolvió en las toallas y se sentó en el catre con la firme decisión de no despegar los ojos de la puerta. ¿Y ahora?

****

El roce en el hombro la hizo saltar como un resorte y descubrió que las toallas se habían salido de su sitio. Carajo, ¿me dormí? Se cubrió como pudo, sin mirar al que había entrado.
— Le traje ropa— el mismo hombre joven de antes señaló una bolsa grande.
— ¿Me quedé dormida?— preguntó. La afirmación silenciosa la dejó atónita— ¿Cuánto?
— Casi dos horas. Vístase. El coronel la espera.
Salió y cerró tras de sí, y ella saltó de la cama reuniendo fuerzas para odiarlos a todos.
La calidad y el corte del sencillo vestido de cashmere eran simplemente soberbios y totalmente inadecuados para el lugar y las circunstancias: estaba hecho para destacar cada contorno y envolver las piernas en una caricia que la obligaría a un andar felino. Buscó la etiqueta sabiendo que leería Armani. La ropa interior de encaje ostentaba la caligrafía melosa de Victoria’s Secret, lo mismo que las medias. Los zapatos eran perfectos en diseño y altura: Ferragamo.
Se sintió insultada. No podría pagar ni los calzones con mi sueldo. En la bolsa de los zapatos había una encantadora cajita de maquillaje.
Pero qué corteses: me secuestran, me torturan, casi me matan y después, servicio de hotel cinco estrellas.
En un impulso rabioso, aplastó la cajita encantadora contra el espejo manchado del baño. “Hijos de puta, hijos de puta, hijos de puta”, gritó mientras convertía el espejo en añicos. Una astilla le lastimó la mano y tuvo que llevársela a la boca para detener la sangre. Basuras, escorias, ¿qué mierda pretenden? “Tratamiento”, por supuesto. Mejor que Pavlov y el Viejo de la Montaña juntos. Premios y castigos; cajita encantadora y Armani o calabozo y ruleta rusa. “¿Qué prefiere, comisario? ¿Un terrón de azúcar o el látigo?”
Rescató la caja del lavatorio lleno de vidrios: estaba sana. La abrió y se miró en el espejito. Hagámosle creer a estos cerdos que estás dispuesta a comerte sus terrones de azúcar.

SEIS DE LA TARDE
José había regresado de muy mal humor a la sala de monitoreo, a presenciar los interrogatorios. Pobre tipa, la hicieron mierda. Odiaba admitir que no se había preocupado por el modo en que se ejecutaban sus órdenes. Parece que los viejos métodos no son fáciles de desterrar.
Paseaba la mirada distraída por los monitores mientras atendía a medias las respuestas de los hombres que ‘Etchegoyen’ había destacado para la misión, y la imagen lo sorprendió: la hembra bajo la ducha no era la pobre desgraciada que habían tirado en un catre. Miró la pantalla con disimulo hasta que alguien lo llamó, y se descubrió torpe y apresurado al cambiar de ventana. ¿Qué carajo hacés, José, espiás mujeres como un colimba? Disgustado consigo mismo, puso atención al grupo mal predispuesto que reportaba a regañadientes. Nada más falta que digan que se limitaron a cumplir órdenes.
Se enfocó en lo urgente: la situación podía empeorar en cualquier momento. Le dio la espalda al grupo con la espantosa convicción de que en ese preciso momento, entre esos tipos estaban los que tratarían de apuñalarlo por la espalda. Pisaba a ciegas sobre arenas movedizas y debía continuar avanzando. ¿Cuándo lanzarían el operativo? ¿Con cuántos hombres? ¿Cuántos de los que él creía de su lado responderían como tales? Demasiadas preguntas y ninguna respuesta. Estaba comenzando a arrepentirse de haber traído al tatita. Estamos corriendo un riesgo muy grande. Si fallo, la Orden queda decapitada. El pensamiento le arrasó la boca.
Casi dos horas después, había salido de la sala de control a preguntar por ‘Etchegoyen’, pero éste no había regresado desde la mañana temprano. Desde su suite en el segundo piso llamó por el celular, pero ‘Etchegoyen’ tenía el suyo apagado. Carajo, justo ahora... La pantalla de la laptop saltaba ordenadamente por todo el circuito cerrado y le dedicó una ojeada distraída: mostraba la celda de ella, pero ella yacía desmadejada en el catre con las toallas desparramadas a su alrededor, un brazo por encima de la cabeza y el otro cubriéndole los ojos. Algo se le escurrió entre los otros pensamientos cuando la cámara hizo el zoom programado, y se acercó a mirar, jurándose a sí mismo que no era simple voyeurismo. ¿Qué es ...? Algo le dio la alerta y dejó la mente en blanco mientras miraba sin ver el cuerpo desnudo de axilas depiladas. El recuerdo llegó con una nitidez lacerante. No puede ser... Buscó el CD que había traído de Buenos Aires y lo cargó. ¿Estoy loco o las dos son...?
Adelantó el video hasta el acercamiento previo al momento del disparo, y comparó las imágenes. Continuó hasta que la mano masculina arrancaba la venda negra y fijó la toma. Con una sensación nauseabunda de vacío en la boca del estómago, sacó el CD a los manotazos: la mujer que la Orden había utilizado para probar el condicionamiento de Dubois y la de la celda, eran la misma. ¡La reputa madre que los parió!
El carrusel del circuito cerrado había continuado con monotonía y la celda ya no estaba en pantalla. Furioso, buscó los archivos de grabaciones del "agujero". Minimizó la ventana asqueado de sí mismo y de todos los que lo rodeaban. ¿Qué le habían hecho? Deberías decir “qué le hicimos”, José. Apoyó la frente en ambas palmas. Necesitaba desesperadamente poner todos sus esfuerzos en rastrear a los traidores y esas imágenes lo habían golpeado bajo. Inspiró hasta marearse. Las prioridades son la vida de mi hijo, la seguridad del tatita y la permanencia de la Orden, trató de convencerse. Pero si ella está viva, entonces el condicionamiento de Dubois...Una mano gélida le rozó los testículos. El hombre había levantado el arma, la había mirado y encañonado. Parecía obvio que no había reconocido a su compañera en el operativo, que había estado a punto de disparar, y que si no lo había hecho era porque los de la Brigada Criminal habían llegado primero. Pero lo que parece obvio, a veces...
Llamaron a la puerta y él rezongó un “pase” entre dientes.
Rinaldi entró, cerró y quedó en posición de firmes. A una seña suya, le informó.
— Ya está despierta, señor.
— Llévela a la biblioteca.
Rinaldi sacudió la cabeza y se fue.
Antes de salir, volvió a mirar la pantalla: alli estaba ella, destrozando el espejo y aborreciéndolos a todos. Se quedó helado cuando le vio maquillarse la sonrisa de odio con la misma furia.

****

Casi no podía tenerse en pie bajo la ducha que le picoteaba los hombros y la cabeza con agujas calientes. Tuvo que apoyar ambas manos en los azulejos blancos para sostenerse. Los cuatro días de miserias humanas se deslizaron con el agua purificándole la piel pero no los sentidos. Una única idea pertinaz y monomaníaca ocupaba todos sus pensamientos: los voy a matar uno por uno. Salió de la ducha y se quedó de pie, desnudo y chorreando, tratando de recuperar el equilibrio alterado después de tanta inmovilidad forzosa, esposado a una cama mientras la sangre le quemaba de furor. Levantó la cabeza y descubrió en el espejo los ojos de alguien alienado. Un ruido persistente, rítimico y veloz le sonaba en algún lugar de la cabeza; le llevó sus buenos segundos comprender que era su propio pulso. Un hormigueo eléctrico desagradable le recorría los músculos y cuando se miró las manos, le temblaban.
No reconoció la voz que siseaba en el parlante y que lo sorprendió. Giró con brusquedad, mareándose.
— Dubois, la perra lo traicionó: acaba de negociar con Ortiz. Véalo usted mismo y decida.
En el techo apareció una proyección muda: el hombre moreno se alejaba de la cama revuelta y del cuerpo desnudo. Luego, ella poniéndose unos calzones de encaje negro delicadísimos, lo mismo que el corpiño que le calzaba a la perfección. Otro salto de la proyección: se estaba maquillando con una sonrisa felina.
— ¿Lo ve? Todos tenemos un precio y parece que encontraron el de ella. Se quedó solo, Dubois. Somos su única opción. Sea razonable, le estamos dando una oportunidad de oro.
El parlante cliqueteó, extinguiendo el ruido a estática. La furia le incendió las venas como un veneno. Voy a matarlos a todos. A todos.

****

El viejo conectó su propio circuito cerrado y sintonizó la celda de Dubois. Por fin nos veremos las caras pero quiero tener una avant-premiére en vivo. El hombre se bañaba como un autómata, quitándose del cuerpo los días de violencia corporal. Bah, es fuerte; está preparado para eso y mucho más. Quiero saber qué hay de lo otro.
Enfocó las cámaras con el zoom hasta encontrar lo que buscaba: los ojos. Los halló vacíos. No, así no nos sirve. No quiero un muñeco... Siguió como un sabueso tras la mirada perdida. No puede ser, está fingiendo, ¿no es cierto? No usted. No un Contardi. Se hace el muerto como el tigre, que yace listo para saltar a la garganta de los perros.
Se afanó buscando obsesionado la chispa que le dijera que estaba en lo cierto. Golpeó el suelo con el bastón, de pura impaciencia, hasta que descorazonado y a punto de apagar la pantalla vio la mirada torva, furiosa; el gesto familiarmente violento. Menos de un segundo, cierto, pero lo vio. Respiró un poco más tranquilo: no me equivoqué.

domingo, 4 de marzo de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 35

VIERNES POR LA NOCHE


¿Cuánto hace que estoy acá? ¿Cuánto tardarán en volver? Intentó cambiar de posición sin rasparse con las paredes revocadas groseramente. Las esposas le lastimaban las muñecas, la venda le ajustaba demasiado, la sed le desgarraba la garganta y la boca y le dolían las piernas y los brazos, pero frente al pánico que le enloquecía el pulso, todo se minimizaba.
Trató de razonar para no aterrorizarse más todavía.  ¿Acá adentro también hay cámaras? ¿Para qué? ¿Para que Marcel lo vea? ¿Qué me harán después? La sola idea del “después” le paralizó los músculos del tórax. No llores, estúpida; no les sigas el juego, y se tragó las lágrimas.
Habían entrado no sabía hacía cuánto y la habían empujado hasta un baño. La la vejiga le lanzaba punzadas dolorosas por todo el abdomen. Tuvo que orinar con la puerta abierta y mientras lo hacía, escuchó el ping de la cámara y las risas y obscenidades de los tipos.
— ¡Sin quitarse la venda!— ladraron. Casi no la dejaron acomodarse la ropa y la esposaron otra vez, para arrastrarla de regreso al agujero en la pared que le servía de calabozo.
Escuchó ruido a llaves y cerraduras que corrían y a través de la tela negra percibió luz. Alguien se agachó junto a ella: olía a sudor ácido y a tabaco negro. El calor del cuerpo del hombre era algo tangible que la hizo retroceder.

— Tu Dubois es un duro, ¿eh?— susurró frente a su boca y el aliento del tipo le insultó los sentidos —. Si yo fuera él, me dejaría de joder que para que no te pasara nada más.
Reconoció la voz del que la había llamado a la Brigada.
— Conmigo no hay duros: les rompo el culo a todos y el cretino no será la excepción— la lengua del tipo se le deslizó por el cuello y la oreja. El asco casi la hizo gritar. El tipo levantó la voz.— ¿Está mirando, Dubois? ¿Cuánto tiempo más resistirá sin quebrarse? ¿Quiere que le suplique a los gritos que la saque de aquí?— la levantó casi por el aire y la sostuvo contra el cuerpo transpirado— Está asustada y me calienta mucho cuando me tienen miedo.
La soltó tan bruscamente como la había levantado y cayó como una piedra. No tenía aire para moverse o gritar y se quedó inmóvil, esperando a que la bestia saliera y dejara de torturarla con su sola presencia.
El portazo la sumió en un averno de oscuridad.
****
De pie frente a los monitores, Lejeune se tragó la rabia junto con el humo del cigarrillo. El médico seguía perorando acerca de los peligros de una sobredosis.
— Es muy resistente, señor. Podría incluso sufrir un efecto paradojal y...
— ¡No me venga con esa mierda de medicuchos para justificar que el compuesto que está usando no sirve!
— Está al borde del colapso— el médico se envaró con una mueca de disgusto.
— ¡Y por qué no cede de una puta vez!— deletreó mordiendo el cigarrillo.
El médico dejó caer los brazos.
— No lo sé. Señor.
—Quizás no sea el método indicado. Señor— Schwartz, uno de los argentinos, intervino respetuosamente.
Uno que no se anda con vueltas, pensó Lejeune, evaluándolo con los ojos entrecerrados. Escuchémoslo.
— ¿Qué sugiere, mayor?
El hombre miró hacia la puerta del “agujero”.
—Probar con algo más... drástico a nivel físico y psicológico. Lo de la “limo” fue una muestra gratis pero hasta ahora, nos limitamos a amenazar con lo que haríamos con ella si él no colabora.
Empezó a entender y sonrió torcido.
— Hagámoslo. ¿No es eso, mayor?
—Es una cuestión de prioridades, señor. De acuerdo con las instrucciones que tenemos, él es el más necesario de los dos.
Evaluó la situación y decidió.
— Adelante.


CENTRO POMPIDOU, SÁBADO TEMPRANO POR LA MAÑANA


El empleado del estacionamiento dejó de protestar cuando Auguste le pagó la estadía completa. Según el registro, el auto había ingresado a las 08.55 del día anterior y no se había movido de allí durante las últimas veinticuatro horas. Las llaves estaban puestas: no se lo habían robado de milagro.
Del piso del vehículo recogió un pimpollo marchito de rosa negra. Revisó metódicamente el interior y al bajar el parasol, una tarjeta flotó como un pájaro blanco. El texto no significaba nada para él pero lo mismo se la metió en el bolsillo junto a la flor. Subió al auto y salió, deteniéndose en una callecita cercana a aclararse las ideas. Al rebuscar la tarjeta, se enterró una espina del pimpollo en el dedo y el dolor le fulguró en la cabeza. Gotitas de sangre salpicaron la consola, su camisa, el parabrisas y la tarjeta. Sacó la flor con cuidado mientras se llevaba el dedo a la boca y lo chupaba, mirando fascinado el reguero de perlitas rojas. Tan bella y tan cruel, pensó dándole vueltas a la rosa. Todo un símbolo ... ¿de qué? La tarjeta vino con la rosa... Algo parecido a una alarma comenzó a sonarle en la cabeza. 
¿Quién te necesita, Cisne, y para qué? ¿Qué ganarías a cambio de aceptar ese trato? ¿Por qué te arriesgarías? ¡Por Marcel, que no aparece! ¿Está escondido o lo esconden?
La certeza lo iluminó.
Te necesitan para obligarlo a algo que de otro modo él no haría. ¿Ayrault? No, trató de matarlo y ya lo habría hecho. Estos lo quieren vivo y colaborando. Entonces, les es muy valioso, hasta el punto de sacrificar a otros por él... ¿Quiénes podrían conocerlo tan bien?
 La respuesta lo aturdió.
"Ellos”, esos hijos de puta madre. Y tienen a mi Cisne otra vez.

SÁBADO POR LA TARDE
Ya no podía llevar la cuenta de las veces que habían entrado y la habían manoseado, pateado o escupido; le habían gritado "puta barata", "cana de mierda", "acá tu placa no vale un carajo y te la vamos a meter en el culo"; se habían acercado en silencio y habían hecho girar el tambor de un revólver en su oreja: “¿Jugamos ruleta rusa, comisario?“, y gatillado cinco veces en vacío. “¿Y ahora? ¿Aprieto el gatillo? ¿Ya te measte de miedo? ¡Se hace así, arrastrada!” y el hijo de puta le había orinado encima, y ella ya no podía tolerar el hedor que le provocaba arcadas. ¡No puedo más, Marcel, por favor!, suplicó mentalmente. ¡Por favor!, y las nauseas la doblaron en dos.
Escuchó voces ahogadas que daban y recibían órdenes. La puerta se entreabrió. Alguien se acercó y se bajó el cierre de la bragueta frente a ella; algo húmedo le rozó la cara y ella se encogió en un rincón con un grito mientras el tipo aullaba: “¡Dubois, vamos a jugar cara o ceca! ¡Cara, me la chupa, ceca, le hago el culo!”
El corazón se le desbocó cuando una mano de hierro la levantó por el pelo, la arrastró fuera, la obligó a arrodillarse y le desgarró lo que quedaba del vestido mientras los demás se reían salvajes.
Más pasos pesados. Alguien tropezó delante de ella y ella le percibió los olores rancios de sudor, sangre, orina y encierro. Todo ese sitio inmundo hedía con hedores de muerte y descomposición.
Nos van a matar.
No tenía dudas de que el otro era Marcel, que estaba tan acabado como ella y que los matarían a los dos.
¡Ni siquiera sé porqué lo hacen!
Un espasmo de llanto la convulsionó. El ruido metálico inconfundible de una pistola amartillada rasgó el aire viciado, y el frío del cañón en su sien la petrificó.
— Quedó hecha una piltrafa por tu culpa, cretino— masculló la voz de la ruleta rusa —. Da asco, no me la cogería ni para anotar otro tanto. Si le pego un tiro, le hago un favor. ¿O te interesa que siga con vida?
¿Marcel? Hubo un silencio horrible. Iba a suplicar pero no le dieron tiempo: la agarraron por los cabellos y cuando gritó, el cañón se le metió en la boca.
— ¿Eso es un “sí “? Se te acaba el tiempo, Dubois... Tres, ... dos... uno... fuera.

jueves, 9 de febrero de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 34

VIERNES, AL AMANECER



— Señor...
Lejeune levantó a medias la vista de la nota que leía e interrogó al teniente con la mirada. El otro se mordisqueó el labio superior antes de hablar.
— Está resistiendo demasiado.
— ¿Qué dice el médico?
El teniente meneó la cabeza con un gesto entre negativo y desalentador. Lejeune sintió que la rabia le estrujaba el escroto. Lo necesito receptivo. La Orden lo necesita. Ortiz me cortará las pelotas en pedacitos si este condenado de Dubois no colabora. 
Aplastó los papeles sobre el escritorio y azotó el sillón contra la pared.
Dubois y la puta que te parió.
Sacó el sobre blanco con la tarjeta que había traído uno de los grupos de apoyo recién llegados. “Ella sabrá quién la envía”, le había asegurado Ortiz la noche anterior, cuando él lo había llamado para pasar el reporte de situación.
 Quieren resultados, carajo. Está bien, voy a dárselos.
Tamborileó los dedos sobre el escritorio. El relevo de Michelon estaría fuera del país un día más del previsto y eso le había empeorado el malhumor.
  Carajo, este boludo de Ayrault casi nos echa encima a toda la Brigada Criminal.
En la sala de monitoreo, los hombres se aburrían frente a las pantallas y el oficial a cargo de la de la celda de Dubois le cedió el lugar. Lejeune activó el micrófono.
— Capitán, insiste en no entrar en razones— no obtuvo respuesta pero no esperaba otra cosa—. ¿Quiere hacerse matar?
Cero reacción. Te lo buscaste, boludo de mierda.
— Lo necesitamos vivo y con muchas ganas de colaborar, pero mi paciencia y mi tiempo tienen límites. No así mis métodos. ¿Quiere seguir probando?
El “váyanse al carajo” fue menos que un susurro pero se escuchó.
— ¿Sabe, Dubois? No soporto a los héroes. Sostengo que son todos unos boludos y Ud. no es la excepción. ¿Quiere saber qué es lo que está haciendo la comisario Marceau en estos momentos? Está a punto de venir a ver lo que queda de Ud. Si yo estuviera en su lugar, trataría de recomponerme un poco — hizo una pausa.
¡Tiene que reaccionar!
El silencio se prolongó demasiado.
— ¿No me cree? Siempre hablo en serio, mejor que lo aprenda. Preste mucha atención porque su aprendizaje empieza ahora.

QUAI DES ORFÉVRES, VIERNES A PRIMERA HORA DE LA MAÑANA
Con el pretexto de confrontar las pruebas fotográficas, Odette había pasado buena parte de la noche en el laboratorio junto a Paworski, a la espera de alguna condenada señal de detección del radiofaro. A las tres y media el ingeniero le rogó compasión y ella lo mandó a dormir.
Ella en cambio, sin olvidar sus obligaciones y violando las recientes disposiciones oficiales, le había enviado a Bedacarratx desde su departamento y por correo electrónico privado— si me pescan me echan a patadas de la PN —, copias de los negativos que Michelon le había dado para que pudiera comparar los patrones que él mismo había establecido y avanzar en los casos pendientes. La cabeza le daba vueltas, pero no podía dormir y se duchó para arrancarse el cansancio del cuerpo.
Regresó al Quai antes de las seis. La falta de sueño y el nerviosismo comenzaron a afectarla y los papeles se le cayeron varias veces de las manos y del escritorio.
Mejor me tomo un café y me pongo a archivar.
Miró la hora varias veces pero las agujas se habían detenido en las 6:45. Ni siquiera la hora decente para llamar a Bedacarratx. Volvía a su despacho con un vasito de café y una aspirina cuando Jumbo la alcanzó por el pasillo con cara de pocos amigos.

— ¿A qué hora se fue anoche?
— No me fui anoche. Volví a casa hoy a las cuatro y regresé hace un rato.
Meyer la empujó dentro del despacho y cerró la puerta tras de sí.
— Gendarmería reportó el hallazgo del auto que Dubois había alquilado en Dijon, lleno de agujeros de bala, con los vidrios rotos y un lateral y el baúl hundidos.
—¿Qué... qué más... encontraron?— preguntó ella mientras el piso se le movía debajo de los pies.
— Había rastros de sangre importantes; los gendarmes suponen que se trataba de varios cuerpos. El forense calcula que pudo haber ocurrido entre las cuatro y las seis de la madrugada del martes. Demoraron en pasar la información porque no podían identificar la procedencia del vehículo y quién lo había rentado. Había cápsulas servidas de 9mm, comunes y acorazadas y Dubois llevaba un cargador de acorazadas...
— ¡La sangre, Meyer! ¿Analizaron la sangre?— preguntó mordiéndose para no gritar.
— Fue lo primero que hicieron: ninguna corresponde a la de Dubois— Jumbo le rozó el hombro con la manaza.
— ¿Y qué hay del radiofaro ese de mierda?— estalló ella sin poder contener el temblor de la voz.
— Debe estar bloqueado por una transmisión más fuerte. Podrían haberselo quitado pero pienso que es lo menos probable. Dubois no haría ninguna locura, y si tiene forma de comunicarse o enviar alguna señal desde donde esté, lo hará. Démosle tiempo. En cuanto pueda escabullirme— Jumbo lanzó una mirada significativa a su alrededor—, iré a ver qué puedo encontrar.
— Dubois estaba camino de París.
— ¿Cómo lo sabe?
— Corrente también lo buscaba— le contó de la extemporánea visita del mayor, sin abundar en los detalles. No quiero a Meyer de niñera—. Por los sitios que enumeró, es la ruta más rápida de regreso desde Milán, si uno viene en auto. Tenemos un radio por dónde empezar a buscar.
— No se mueva del Quai— Jumbo sacudió el índice—. Le prometo mantenerla al tanto de todo.
Ni pensaba prestarle atención a Jumbo y su perorata de seguridad personal.
A la mierda con todos.
Apenas el capitán salió de su despacho, tecleó con dedos rígidos de miedo el número de Corrente y le respondió la voz metálica de la casilla telefónica de mensajes.
¿Dónde te metiste, cretino? ¿Para esto lo buscabas, condenado hijo de puta?
Le dejó un mensaje levemente más civilizado que sus pensamientos, pidiéndole que se comunicara con ella porque tenía novedades. El interno zumbó y lo levantó de un tirón antes de que sonara por segunda vez.
— ¿Comisario Marceau?
¡No conozco esa voz! La paranoia profesional le hizo encender el rastreador de llamadas.
— Soy yo.
— ¿Ya conoce las novedades? Imagino que sí porque la Gendarmería y Meyer son muy eficientes.
Las palabras le hicieron saltar dos latidos.
— ¿Quién es Ud.?
— No necesito decirle que por la seguridad de Dubois, apague el rastreador. ¡Hágalo ahora, comisario!— restalló el tipo. No tuvo más remedio que hacerle caso—. No importa quién soy sino lo que puedo hacer. ¿Quiere volver a ver vivo a Dubois?
Esta vez el costado izquierdo le dio una punzada.
— ¿Qué es lo que quiere?— articuló cuando pudo mover las mandíbulas.
— A usted. Y no intente avisarle a nadie. De cualquier modo lo sabremos, ¿comprendido? Vaya sola hasta el estacionamiento subterráneo del Pompidou. Allí la recogerán.
—¿Cómo sabré quiénes son?
— Ellos saben. A las nueve, en el Pompidou.
El clic la dejó sin respiración. Contra la advertencia, trataba de teclear el número de Auguste cuando golpearon a la puerta de su despacho. Dejó el auricular tratando de recomponer la expresión.
— Señora, llegó un presente para Ud. ¿Es su cumpleaños?— Bardou se asomó con cara de asombro.
— No, Bardou— casi no le salía la voz—. ¿Qué es?
El cabo entró con una sonrisa de circunstancias y un copón lleno de rosas negras. La belleza mortífera de las flores la clavó al piso.

— ¡Guau! ¡ Cuestan una fortuna!— chilló Sully desde la puerta y codeó a Bardou para que saliera— Deben estar reconciliándose. Debería mandarle algo más que flores.
Le dolía el pecho de desesperación mientras rebuscaba en el ramo con dedos como de madera. ¡Dónde está la puta tarjeta! Reconoció la caligrafía angulosa antes de poder leer el texto.

“Usted me necesita. Yo la necesito. Le ofrezco un buen trato y esta vez ganamos los dos.”

VIERNES, NUEVE DE LA MAÑANA
Intentó por tercera vez: “el comisario Massarino está en una reunión y no puedo interrumpirlo”, “Todavía no salió”, “Apenas esté disponible la llamará”, y todo el rosario de excusas del imbécil de Blanchard. “Por favor, avísele que llamé”, repitió.
Entró al estacionamiento y no vio ningún vehículo en movimiento. ¿Espero en el auto? Tendría la oportunidad de salir más rápido si... No había terminado de armar el pensamiento cuando un camión pequeño se acercó impidiéndole el paso. Un hombre joven en overol azul gastado se acercó con un pimpollo de rosa negra en la mano.
— ¿Comisario Marceau?
Asintió, tensa; el hombre le ofreció la flor y ella la dejó caer dentro del automóvil.

— Acompáñeme, por favor— la tomó del brazo con una violencia que desdecía la cortesía del “por favor” y la llevó hasta la parte trasera del camión. Abrió la doble puerta y la empujó dentro. En la entrada del estacionamiento, una Trafic con problemas de arranque obstruía el ingreso a una fila de automóviles.
Tienen todo controlado.
Las puertas se cerraron con un “clanc” ominoso. El vehículo arrancó y la sacudió contra las paredes desnudas. Un miedo irracional se le trepó por las piernas y le aferró las entrañas. Como pudo, se arrimó a una de las paredes mientras el camión aceleraba rabioso. Varios cambios bruscos de dirección cumplieron con el objetivo de desorientarla, además de desollarle los nudillos. Se sentó en un rincón y entonces distinguió en la penumbra de la cabina, el lente de una cámara fijada en un ángulo de la carrocería. La luz testigo titilaba roja.
¿Me están filmando, por qué?
El camión se detuvo y abrieron la puerta. Los faros de un auto la encandilaron y se cubrió la cara. Dos hombres subieron de un salto; uno la levantó de un brazo y le esposó las manos a la espalda y otro la vendó con algo negro. Entre ambos la bajaron y la metieron a un auto con interiores que olían a cuero y perfume masculino caro. Al entrar, rozó otro asiento delante de ella. Una limusina...
— Vamos— golpearon y sonó a vidrio. El auto se movió.
El corazón le latía al doble de lo normal.
— ¿Quién es “madame”?— preguntó en castellano alguien sentado frente a ella—. ¿El tira se aburre y nos mandó a buscarle diversión? No vale, él jode y la tropa mira.
— ¡Si fuera para Etchegoyen no sería una mina, boludo!— se rieron a carcajadas—. Es la mina del tipo que trajeron el martes, ese Dubois.
—¿Viste lo que hizo con los que lo fueron a buscar? ¡Los destrozó! Menos mal que Etchegoyen mandó otra unidad de refuerzo. Schwartz está entusiasmadísimo. ¿De dónde lo habrán sacado?
— Alguno de los servicios de acá, seguro. Nadie más aguantaría tanto. ¿Y vos, cuánto aguantás?— la mano del que hablaba le rozó el pelo y ella se apartó. Los tipos se rieron por lo bajo—. Lo apretaron y no aflojó así que Etchegoyen nos mandó a buscarla. Hay que aplicarle tratamiento.
— ¡Upa! ¿Y para esto Ortiz le prestó la limo al enano?
— Ordenes de Etchegoyen. La cámara— ordenó el mismo tipo con voz repentinamente dura, y un ‘ping’ le dijo que se había encendido una camcorder.
¿Por qué graban todo esto?
Hicieron silencio, y eso la asustó más que el tono obsceno de la conversación en un argot por momentos ininteligible. Una mano le acarició una pierna y se metió debajo del vestido, mientras una voz burlona hacía un comentario grosero. Se apartó con brusquedad y los tipos se rieron. Un dedo le rozó la línea de la mandíbula y se le metió entre los labios. Intentó alejarse y la mano le estrujó el mentón y la empujó contra el asiento. Una tira de cinta adhesiva le cruzó la boca mientras otro par de manos le separaba las rodillas.
Mientras uno la agarraba por los cabellos, el otro le hizo saltar los botones de la delantera del vestido. El pánico la aturdió y se contorsionó aterrorizada mientras le forzaban las piernas brutalmente. El golpe en la entrepierna le hizo doblarse en dos, gimiendo por el aire que no le llenaba los pulmones, pero el que la sujetaba por el pelo la enderezó de un tirón.
Unas manos transpiradas le manosearon los pechos y le retorcieron los pezones, y se arqueó de dolor. Sus propios gritos le retumbaban en el interior del cuerpo. Un acceso de tos amenazó con asfixiarla y en medio de las convulsiones, sintió que le separaban otra vez las rodillas. El miedo cedió ante el instinto y disparó ambas piernas juntas, pero el animal le sujetó los tobillos y se los retorció hasta separárselos. Sintió frío sobre el estómago y los muslos: le estaban abriendo el vestido. El pulso terminó de enloquecerle cuando una mano le manoseó los calzones, pero el puñetazo en el estómago fue completamente inesperado. Creyó que se ahogaría con su propio vómito y luchó desesperada contra el reflejo.

El juego espantoso se prolongó hasta que la limusina se detuvo. La bajaron casi a la rastra, le arrancaron la cinta adhesiva y la arrojaron dentro de lo que ella percibió como un cubículo. La bocanada de aire la mareó. Respirar normalmente era un acto más allá de sus fuerzas. Le llevó varios latidos de corazón el comprender que por fin la habían dejado sola. Entonces, se acurrucó contra una pared y lloró de desesperación.

****
— ¿Está mirando, Dubois? ¿Cuánto tiempo más permitirá que continuemos? Vino aquí por Ud. ¿Ud. no hará nada por ella?
El micrófono cliqueteó y la proyección en el techo volvió para torturarlo. No podía emitir un solo sonido coherente. Las lágrimas le quemaban la cara y el cuerpo entero se le estremecía de agotamiento e impotencia. Los voy a matar a todos con mis propias manos, se prometió.
— Tengo más para ella y para Ud— insistió la voz odiosa—. Espere y verá que siempre hablo en serio.

MINISTERIO DEL INTERIOR. DESPACHO DEL CRIO . MASSARINO. VIERNES POR LA TARDE
Blanchard dejó una pila delante de él y Auguste resopló mentalmente, soltando el teléfono. No había tenido un solo minuto libre para saber en qué andaba su hermana. Paworski prometió llamarme si se enteraba de algo. Probó con Meyer sin éxito, mientras pasaba los papeles casi mecánicamente. Una de las hojas con membrete oficial lo clavó en el asiento.
— ¡Blanchard!— llamó—. ¿Cuándo llegó esta circular?— agitó el papel delante de la cara de su asistente.
— Esta mañana... o ayer a última hora, no recuerdo— Blanchard se encogió de hombros—. Pensé que se había enterado durante la reunión. Bueno, lo sabe todo el mundo que Michelon fue relevada del puesto.
Llamó al Quai: Odette no estaba y ya había cambiado la guardia. Nadie sabía nada de ella.
—Blanchard— volvió a llamar y el otro asomó la cabeza—. ¿Hoy no hubo llamados?
— Bueno, llamó su esposa ... — Blanchard se permitió una sonrisita de circunstancias.
— ¿Nadie más?
— Ah, sí, también llamó la comisario Marceau. Temprano. No volvió a llamar— la sonrisita se amplió.
Auguste contuvo un insulto muy gráfico.

— Siempre que llame la comisario Marceau, pásela de inmediato. Por favor.
— Por supuesto, comisario, no voy a olvidarlo— el idiota levantó las cejas, socarrón.
Probó con el celular de Odette y luego con su casa, sin resultados. Con una sensación ominosa, pasó la descripción del auto, pidiendo que lo localizaran en su celular apenas tuvieran novedades.
A las once de la noche reclamó información sin éxito. A las dos de la mañana se fue a dormir, más que inquieto. ¿En dónde estás, Cisne?

viernes, 3 de febrero de 2012

la mano derecha del diablo - CAPITULO 33

QUAI DES ORFÈVRES, JUEVES POR LA MAÑANA


— ¿El comisario Massarino?
— Soy yo, dígame.
— Era como Ud. suponía. La comisario Marceau acaba de venir a preguntarme cuánto podría demorar en preparar un equipo de detección portátil.
Massarino insultó a medio santoral antes de preguntarle a Paworski qué le había respondido a Marceau.
— Que no menos de veinticuatro horas. Lo siento, comisario, no podía decirle más tiempo sin que sospechara.
— Está bien, eso nos da un día más. ¿Le pidió otra cosa?
— No... todavía.
— Manténgame al tanto.
— Algo más. En la madrugada del martes la señal de Dubois se activó en modo operativo normal pero se perdió en menos de cinco minutos. El operador pensó que se trataba de un encendido accidental y no reportó.
Massarino volvió a insultar.
— ¿No llegaron a triangular la posición?— preguntó el comisario cuando dejó a los antepasados del operador en paz.
— No. Trataré de reconstruirla con los datos del registro.
— Si lo consigue, no se lo informe a Marceau.
— En absoluto.
Cuando colgó el auricular, Paworski se sentía más miserable que una cucaracha.
****

La visita al laboratorio había sido frustrante: no había novedades y Paworski no tendría un equipo portatil antes del día siguiente. De regreso a su despacho, Odette encontró la puerta cerrada y ella la había dejado abierta. Dentro, El mayor Corrente medía la oficina con pasos inquietos.
— ¿No sabe anunciarse, mayor?— preguntó sin saludarlo.
— ¿Dónde está Dubois?— restalló el tipo, grosero.
— No debajo de mi escritorio, eso es seguro.
— Lo vieron por última vez con Alessandra. ¿Cuánto hace que no se reporta?
El tono perentorio del tipo la irritó.
— Alessandra solía ser vista con unas cuantas personas. ¿Quiénes vieron a Dubois por última vez?
— Mis informantes— respondió él con brusquedad—.Compró un pasaje en Malpensa como Marcel Dubois e hizo el check-in pero de acuerdo con mis contactos, nunca subió al avión. Alquiló un auto y lo cambió al llegar a Turín. Entró a Francia por Montmélian y volvió a cambiar de vehículo cuando llegó a Lyon. Allí lo perdieron. Tengo que encontrarlo— deletreó el hombre.
— Sigo sin ver la razón de su premura por localizarlo.
— Asesinaron a Alessandra— siseó Corrente a la distancia del aliento—. La molieron a golpes y la remataron con un disparo de .45 en la cabeza.
El corazón le subió hasta detrás de la lengua y tardó dos latidos en volver a su lugar. Se rehizo para seguir hablando en tono neutral.
— ¿Tiene una orden de arresto?— lo enfrentó.
— Por supuesto que no.
—¿Entonces, qué hace aquí en lugar de investigar en Milán? ¿O está usando a Dubois de coartada? ¿Y si fue usted quien mató a Alessandra? Las circunstancias apuntan más a usted que a Dubois, mayor: usted dormía con ella antes de que Dubois apareciese en escena. Usted se ocupó solícitamente de traerme la prueba de sus propios cuernos, todavía no sé con qué motivos
Corrente apretó los dientes sin responder y ella continuó.
— Es evidente que conoce los movimientos de Dubois mejor que yo. ¿Para qué lo busca?
— Ya se lo dije...
— ¡Vamos, Corrente! La excusa de Valentina se le terminó hace rato.
El mayor soltó un suspiro largo antes de hablar.
— Los Carabinieri estamos detrás de Ruggieri desde hace bastante. Me serví de Alessandra para acercarme a BCB; lo de Valentina fue, digamos, un intercambio de favores con Alessandra. Cuando Dubois resultó ser Marco Delbosco, me inquieté: no sabía si estaba operando undercover o era otro policía corrupto.  Reconozco que me excedí un poco tratando de saber qué era lo que realmente hacía, y descuidé otros frentes— Corrente meneó la cabeza con pesadumbre—. Eran dos pájaros en un mismo tiro, ¿entiende?, una tentación demasiado grande como para no ceder. Ahora las cosas se complicaron y... bueno, él se convirtió en uno de los eslabones de la cadena de investigación. Lo siento si me porté como un rústico. Estoy algo alterado— tragó saliva y la nuez de Adán le subió y bajó ostensiblemente—. La muerte de Alessandra me... afectó— se pasó la mano por la cara.
—Comprendo— respondió ella con una amabilidad que no sentía—. No sé nada de Dubois desde hace unos días— no pensaba decirle cuántos—, pero le prometo mantenerlo informado. ¿Se quedará en París?
— No sé todavía. Puede localizarme en mi celular.
— Lo llamaré.
— Se lo agradezco, comisario— Corrente le estrechó la mano y se fue y ella se quedó mirando la puerta.
No le había despegado los ojos al hombre mientras hablaba: las pupilas de Corrente ni siquiera se habían dilatado; su mirada no reflejaba emoción alguna.
Está mintiendo...¿respecto de quién? ¿Alessandra no le importaba tanto como quiere aparentar? ¿Quién carajo es Corrente? La información que maneja y su red de soplones son mucho más amplias que las de los Carabinieri. ¿Cuál es tu juego, Corrente? O mejor, ¿cuál es tu equipo? Demasiadas coincidencias, demasiada información.
Dudó entre enviar un fax o un e-mail y se decidió por la mayor discreción del primero. A ver qué nos responden ahora. Marcó el número de Calogero Colosimo en Roma y despachó nuevamente la hoja de pedido de información.
La respuesta oficial fue bastante más rápida que la de Calogero, pero ésta última era mucho más confiable porque la información era mucho más confidencial. Te cubren bien las espaldas, mayor. No quería imaginar las posibles razones de porqué buscaba tan desesperadamente a Marcel Dubois, pero la punzada en el estómago le decía que las conocía a la perfección. Se tiró el impermeable encima y se lanzó a la calle a caminar.
Corrente se había acercado a Valentina haciéndose pasar por investigador privado, cobertura que usaba como oficial de los Carabinieri con una particular independencia de movimientos. ¿Por qué en lugar de ocuparse de Ruggieri y sus socios, que debían ser los objetos obvios de indagaciones de la Polizia Finanziaria y los Carabinieri, Corrente estaba emperrado detrás de Dubois? Podría decirse que es su único objetivo: rastrearlo en donde se encuentre. ¿Para qué lo busca? ¿O es “para quién”? ¿Por qué estás tan cerca de nosotros todo el tiempo?
“Células pequeñas, perfectamente organizadas, que no conocen a otras células que operan dentro del mismo caso; sólo se informa a un oficial de rango, al que en ciertos casos no se conoce; especialistas que trabajan solos, supervisados por un único superior y que reciben órdenes exclusivamente de éste. Instrucciones precisas, específicamente codificadas para cada célula, con claves que cambian semanal o diariamente, según las necesidades...”
Los “especiales” de Michelon trabajaban de esa forma... Igual que los terroristas, las organizaciones clandestinas y parapoliciales. La Orden del Temple tenía ese modus operandi y por esa razón ellos habían logrado penetrar en sus filas. Y nuestro mayor Corrente sigue el patrón al pie de la letra. La certeza le quitó el aliento. ¿Corrente? ¿Y por qué no?
Los recuerdos se le hicieron carne y la nausea la hizo sostenerse del parapeto del puente. “Mátela, Maurizio. Es una orden” y Marcel había estado a punto de cumplirla. El condicionamiento había funcionado aunque ella siempre se hubiera negado a admitirlo. Estuviste frente al cañón de esa pistola, suplicándole que no te matara. Y ellos lo saben. Saben que aún es hombre de la Orden. El horror le secó la boca y le llenó los ojos de lágrimas.
Son “ellos” los que lo buscan. Maurizio De Biassi era uno de los “elegidos” y sólo quienes estuvieran al tanto del resultado del operativo de la Orden, sabrían que Maurizio De Biassi es Marcel Dubois y podrían intentar rastrearlo. Dios, tengo que encontrarte antes que ellos. No puedo permitir que te hagan daño nuevamente.

JUEVES, EN ALGÚN LUGAR DE PARÍS
Los escalofríos de agotamiento le hacían doler la piel. Los músculos le temblaban en espasmos involuntarios y por momentos el corazón se le aceleraba furioso. Sentía las piernas hinchadas al triple del volumen normal y pesadas como el plomo; la sed le estaba arrasando la boca y le incendiaba el estómago.
Lo que estuvieran inyectándole o suministrándole con la escasa agua que le daban a beber, lo condenaba a una vigilia atroz. Había perdido por completo la noción del tiempo y ya no era capaz de razonar; sólo ansiaba cerrar los ojos y hundirse en un olvido negro y sin imágenes.
El techo se iluminó con luz cegadora: otra vez las malditas proyecciones. Apretó los párpados y los dientes negándose a ver, pero no podía dejar de oir. Los gemidos atravesaron su cerebro como una lanza de fuego. Voces que le forzaban sensaciones que en una situación normal le hubieran resultado repelentes y que ahora se le hacían carne y le conmovían las entrañas.
— Mire, Dubois— ordenó la voz cascada.

No pudo resistirse y abrió los ojos. Las sensaciones odiosas le serpearon como una corriente eléctrica por el cuerpo. No quiero verlo, no quiero... Los gemidos degeneraron en gritos desgarradores y las imágenes se volvieron caóticas. Manos enguantadas, pedazos de cuerpos desnudos, ojos, bocas, piernas retorcidas, la varilla metálica adentro-afuera-adentro-afuera imitando obscena el coito, los espasmos, los gritos, un cuerpo extrañamente laxo, una vagina inerte penetrada con furia, más gritos, más carne desnuda y lacerada, más sexos erectos y violentos.
“Parece que va a dar trabajo. ¿Le gustará a su representado?”, preguntaron. “No lo dudo, es de su tipo”, respondía su propia voz.
Con terror sintió el cuerpo entero pulsarle en la entrepierna. La erección era independiente de su voluntad estragada por las drogas; crecía y latía rítmicamente. Tensó las piernas para evitar que continuase. “Entremos”. El cuerpo desnudo sujeto a la grilla metálica se retorcía espasmódico. No es verdad. No soy como ellos. Yo nunca...nunca...
— ¿Lo ve, Dubois? ¡Usted también está excitado! ¿Lo está disfrutando? Vamos, déjese llevar. Mírela a los ojos.
Quería gritar que no, que sentía horror, repudio, que no quería mirarla ni matarla, pero no tenía voz ni aliento. Las escenas se sucedieron con violencia creciente y le pareció que su propio corazón bombeaba al ritmo enloquecido de lo que veía. La tensión le hacía doler los testículos. “Matela, Maurizio. Es una orden” y los disparos retumbaron en los parlantes. Abrió la boca jadeando por aire y al inspirar, un envión le subió desde el bajovientre hasta la base de la cabeza, obligándolo a retorcerse. La eyaculación se le disparó sin que pudiera dominarla, y la humedad viscosa y caliente de sus propios fluidos le mojó el vientre. Era una liberación y una tortura.
El cuerpo entero se le sacudió en estertores agónicos que se disolvieron en un hormigueo desagradable, dejándolo sucio y transpirado, y sintiéndose inmensamente miserable. Sollozó sin voz y sin lágrimas, con la boca abierta y el rostro contraído.
— ¿Lo ve?— la voz atronaba el aire— ¿Para qué negarse a lo evidente? ¿No gozó con esto? ¡Usted es como nosotros! ¡Uno de nosotros! ¡CONFIÉSELO, DUBOIS! ¡ES UNO DE NOSOTROS!

QUAI DES ORFÉVRES, JUEVES POR LA TARDE
Después de de bucear en las redes de destinos aéreos y carreteras de interconexión, Odette pudo armar un cuadro más o menos lógico de situación. Algunos hechos comenzaban a encajar, como por ejemplo por qué habían confundido a Dubois padre con Dubois hijo. No era sólo el parecido físico: los que lo habían hecho, estaban siguiendo muy de cerca a Marcel, casi tanto como el mismo Corrente, aunque con motivos diferentes. Ahora tenía una idea bien precisa de la ruta que podría haber tomado Marcel, que sin duda estaba regresando a París. Bajó los escalones hasta el Laboratorio de dos en dos.
— ¿Paworski?
— Salió— gruñó uno de los auxiliares sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.
Carajo, ¿que hago, espero? Dio media vuelta y emprendía el camino hacia la salida cuando la tapa de un diario le llamó la atención.
—¿De quién es el "Corriere della Sera"?— preguntó sacudiendo el diario de dos días atrás.
El mismo auxiliar se encogió de hombros con otro gruñido, ni sí ni no. A la mierda, me lo llevo.
Subió las escaleras buscando la página de "Cronache" (1) , y releyó la noticia para asegurarse de que no había equivocado los nombres. La descripción meticulosa del cronista de policiales le dio piel de gallina. ¿Hace falta ser tan gráficos? Su contacto en Carabinieri estaba de humor comunicativo, porque le tomó sus buenos diez minutos llevar al hombre al tema que le interesaba. El oficial le prometió las fotos “para dentro de quince minutos”.
Corriere della Sera
Quince minutos italianos pueden ser dos horas, o mañana, o quién sabe cuando, pensó desesperanzada, pero el chirrido de la pc y el iconito del correo oficial le dijeron que esta vez se había equivocado: ahí estaba la información, vivita y coleando.
Santo Dios, qué le hicieron a esta pobre tipa. Nadie merece algo así. Con un clic reenvió las fotos al Laboratorio y a Bedacarratx. Esperó cinco minutos con los dedos repiqueteando inquietos sobre el teléfono, y citó al forense en el Quai.
****
— ¿Qué le pasa, Marceau, ahora se dedica al snuff (2) ? — Paworski puso cara de asco.
— Por favor, Kolya, esto va en serio. Superpóngala con las otras tomas.
— ¿Qué, hay más?— ladró Paworski mientras abría los otros archivos— ¡Mi Dios! ¿Por qué no va a lo del forense con esta porquería?
— Bedacarratx está por llegar. Pase las tomas a negativo.
Quai des Orfèvres- Local de secado de pruebas y fotografías
Estrecharon filas con el forense, delante del monitor, para que los ayudantes no se regodearan con el espectáculo en pantalla. Bedacarratx pidió acercamientos y Paworski comenzó a interesarse.
— ¿Podríamos imprimirlas?— pidió el forense.
— ¿Con o sin copyright?— chanceó Paworski.
— Basta, Kolya, por favor— Odette suspiró y el ingeniero asintió, algo más rojo que lo normal.
Se encerraron en el cubículo del ingeniero y Bedacarratx tuvo la deferencia de no fumar.
— Yo diría que es el mismo tipo— dijo el forense—. Vea: el tipo y tamaño de marcas y sobre todo, el sentido. Golpea siempre de la misma forma. ¿Ve estas marcas alargadas?
El forense se explayó en una clase sumamente didáctica sobre ejercicio de la violencia física. Cuando terminó, Paworski tenía náuseas y ella estaba completamente segura de la identidad del asesino.
****
Bedacarratx se despidió prometiendo un informe completo sobre las fotografías. Odette regresó a su oficina y se servía un café cuando Sully asomó sin golpear, blanca como el papel, y le entregó copia de una circular. La cabo salió sin haber soltado la respiración.
El texto le secó la boca: la comisario Michelon había sido relevada de su cargo y todas las acciones no estrictamente inmediatas quedaban suspendidas hasta tanto asumiera el nuevo Director de la Brigada Criminal. Se convocaba al personal para el acto de asunción del día... Alguien más entró: Michelon, el rostro de color ceniciento. A la comisario le costaba dominar la voz cuando habló.
— Veo que ya recibió la notificación— Michelon traía un sobre en la mano y se lo tendió—. Si hubieramos tenido esto antes, quizás hoy la situación sería diferente.
Odette revisó el contenido, palideciendo a medida que lo hacía.
— Madame... esto define la investigación...
— Es mi deber informarle además, que oficialmente no existe investigación alguna acerca del ciudadano Ayrault, diputado nacional y candidato para la presidencia.
Hubo una pausa durante la que ambas respiraron casi a la fuerza. Madame continuó en un susurro.
—Tiene hasta el lunes. Haga lo que pueda, como pueda.

(1) Policiales
(2) Género porno que incluye tortura y asesinato