POLICIAL ARGENTINO

martes, 15 de noviembre de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 27


PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. MARTES POR LA MAÑANA


Las cinco de la mañana la sorprendieron vacía de sueños. No sabía a qué hora había vuelto a casa, después de avisar a Meyer que no había localizado a Marcel, que seguramente ya habría viajado a Milán. No sabía cómo había controlado la voz para no llorar a los gritos.
No pienses, casi rezó. No pienses en él, en cuánto lo lastimaste, cómo te equivocaste, cómo lo perdiste. Odette se duchó y se vistió sin mirarse al espejo. El café no le quitó el mal sabor de la boca ni le devolvió la voz, agotada de llorar.
Llegó al Quai a la hora de los fantasmas. Sintiéndose un cascarón vacío, repitió los gestos habituales y encendió la pc que, ignorante de las pasiones y miserias humanas, comenzó a lanzar avisos de correo electrónico y de actividades programadas. Abrió los mails como una autómata. El auto de Henri no tenía huellas de ningún tipo. Muchas gracias, Dio ed io già lo sapevamo(1) . Punto siguiente: ¿quién era el "descartable"? Ningún correo del Archivo de Huellas Digitales. La fotografía del tipo ya circulaba por todas las prefecturas, a la pesca de algún pedido de captura. Siguió abriendo mails internos de Archivos reclamando vaya una a saber qué mierda, de la prefectura de Estrasburgo donde solicitaban ampliar los motivos de su requisitoria por la muerte de una NN ilegal que ejercía la prostitución, de... Me hartaron. Lo siento, Sulamit Chenayeb, pero no tengo más testigos ni testimonios. Citaría a la mujer y mientras tanto, se haría un paseo hasta el departamento de Henri en St. Denis. El aire frío de la mañana y el trabajo la ayudarían a no pensar en cosas más terribles.
****
Michelon estaba acomodando su abrigo y el bolso en el perchero cuando llamaron a la puerta. No podía ser Laure: todavía no había llegado. Invitó al que golpeaba a entrar y Odette asomó, pálida, ojerosa y sin maquillaje.
— Estuve en el departamento de Henri: lo dieron vuelta como a un guante— Odette se dejó caer en el sillón frente al escritorio— Tengo una teoría sobre el asesinato: Henri no pensaba que lo matarían. Acompañó a los tipos y se dejó esposar y amordazar porque sabía que lo que buscaban no estaba en su departamento. Los tipos tenían orden de asegurarse el silencio de Henri en cualquier circunstancia. Cuando Henri se dio cuenta de lo que ocurría, ya era tarde.
Michelon asintió despacio: sí, tenía sentido. Odette siguió hablando.
— Henri tenía acceso a información clasificada que en muchos casos, él mismo generaba. Como por ejemplo el expediente del incidente "M" .Tenemos pruebas de que ese expediente fue alterado: usted tiene una y yo me conseguí otra.

— ¿Cómo es eso?— Madame levantó una ceja.
— Mi fuente es confidencial y la prueba no está en mis manos, pero me confirmó que el expediente que consta en los archivos de IGPN también está alterado. Lo mismo que otros más, de IGPN y también de Personal. Una "limpieza" de legajos.
— Y su fuente es absolutamente confiable.
— Respondo por ella— se miraron a los ojos y Odette continuó—. Siguiendo con mi teoría, lo que buscaban los asesinos es la información que falta en alguno de los expedientes. Y quién mejor que Henri para hacer la limpieza.
— ¿Está sugiriendo que Lionel Henri era un... corrupto?
— Henri tenía acceso a expedientes de IGPN. Sabemos de uno que está incompleto; podría haber otros.
Jesús...— murmuró ella —, no Lionel...Eramos amigos...— torció la boca en una mueca triste —. ¿Y por qué no? ¿Por qué vendría a verme con su investigación, si no? Sabía que estaba en peligro... "El que las hace las paga", ¿cierto?
Odette dejó transcurrir una pausa prudente y continuó.
— Creo que el autor material del crimen está esperando en la morgue a que lo identifiquemos, pero el autor intelectual sigue buscando esa información suprimida. ¿Quizas Henri lo amenazó o exigió algo a cambio de su silencio?— su subordinada la miró esperando su respuesta.
— ¡Lionel nunca...! Jesús, creo que ya no sé más nada respecto de este caso — Michelon apoyó la frente en la mano.
— Madame, por favor— Odette le tomó las manos—. No pretendo juzgar los actos de Lionel Henri o su amistad con usted...
— Si Lionel ocultó o eliminó información del archivo que ya sabemos, le hizo daño a usted— Michelon sacudió la cabeza apesadumbrada.
— Yo estoy viva y él está muerto. ¿Quién sufrió más daño de los dos? Claude, cuando Henri le trajo la información, ¿no mencionó nada más?
Laure asomó la cabeza pelirroja para avisar que había llegado y salió a toda velocidad al ver las caras fúnebres.
— Dijo que... que no había detalles del incidente "M" .Era lo que había negociado Ayrault para retirarse de la PN sin arrastrar con él a la mitad de la Fuerza. Pero Lionel siguió investigando las otras actividades de Ayrault... Y esa es la investigación que en su momento puse a cargo de Dubois y Meyer— Michelon terminó la frase en voz baja.
— Quiero conocer los nombres de los implicados locales en ese caso— Odette se hamacó en el sillón.
— ¿Locales?
— Mi fuente...
— Oh, su fuente...
—...cree que se están haciendo favores muy caros con las limpiezas de expedientes. Tan caros como los que se hacen con las limpiezas de las mujeres.
— ¿Quién de los dos sugiere que hay relación entre ambas?
— Es una hipótesis mía. Un poco bizarra, lo admito.
— ¿Qué opina su fuente al respecto?
— Que no debería meterme en los casos asignados a otros oficiales, pero los casos están relacionados entre sí.
Madame decidió que tan pronto como Odette saliera de su despacho, llamaría a cierto número del SSMI para saciar su sed de conocimientos en la fuente ad hoc. El interno chirrió: era un llamado para Odette y Michelon le pasó el auricular. Cuando cortó, estaba pálida.
— Carajo— murmuró—. ¿Dónde se metió esta tipa?— se pasó las manos por el pelo.
— ¿Quién?
— Sulamit Chenayeb. Mi testigo en el caso de la prostituta del Bois de Boulogne. Desde ayer por la mañana, nadie sabe nada de ella— Odette se puso de pie—. La mantendré al tanto de los progresos... si consigo alguno— dejó caer los hombros.
— Odette, ¿tiene alguna novedad de Dubois?
Odette negó con la cabeza
— ¿Meyer tampoco reportó nada?
Otra negativa muda.
— Ayer le di órdenes a Meyer de hacerlo regresar y Meyer no pudo localizarlo. ¡Jesús! — golpeó el brazo del sillón con el puño cerrado—. Le di órdenes a Meyer de avisarle también a usted cuando tome contacto con Dubois, pero si habla antes con usted, bueno, ya sabe...
— Sí, Madame— la otra respondió con un murmullo, salió y cerró sin ruido.
Creo que estuve poco sensible al preguntarle por Dubois, pensó Michelon, sintiéndose  incómoda. Apretó los labios. Es este trabajo de mierda: una siempre hace cosas que no desea hacer y dice cosas que no desea decir.

PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ESTANCIA "LA AGUSTA". MARTES POR LA MAÑANA


Conrado Seoane bajó de la camioneta y respiró profundo. Hacía rato que no iba a la estancia. Las viejas lo recibieron con cariño y le hicieron fiestas lo mismo que la perrada. Sólo el galgo gris más joven no se le acercó: se quedó atento, las patas larguísimas tendidas delante, la cabeza erguida, sin desprenderle los ojos de almendra. Lo admiró contra su voluntad: musculoso pero enjuto hasta la escualidez, el animal no comía si no cazaba. Ni un gramo de más bajo el manto de terciopelo; ni un movimiento excesivo salvo cuando se desaforaba en la carrera mortífera. El amo lo había entrenado en su misma severidad. ¡El amo! Negro de mierda, te apropiaste hasta de los perros.
El viento no llegó a revolverle el pelo corto pero le llenó los pulmones de inmensidad y de recuerdos. La estancia había sido la casa de su infancia, entre mujeres eternamente viejas, que se turnaban para malcriarlo a escondidas del padre y del abuelo, ocupados en los negocios de la familia, y de alejarlo de las habitaciones de la madre, ocupada en superar crisis nerviosas una tras otra. Su padre, Conrado Seoane senior, había muerto allí una tarde cualquiera, mientras volvía de recorrer el campo: una bala perdida de un puestero que había salido a cazar liebres y perdices con su hijo. La perdigonada entró por la ventanilla y terminó detrás de la oreja, atravesando el parietal. “Muerte accidental”, había escrito el médico de la familia en el certificado de defunción. El mismo médico que había firmado su propia partida de nacimiento y que lo había visto crecer, le había curado las anginas y lo dejaba jugar con el estetoscopio mientras lo auscultaba.
Había dejado la estancia y la niñez, cuando se había ido a seguir los pasos de su hermano mayor al Liceo Militar y después al Colegio. Su padre y su hermano estaban orgulloso de su elección. El abuelo no había dicho nada y su madre ni siquiera se había enterado.
Recorrió las habitaciones que no habían cambiado en años y el aroma a espliego le tiró el zarpazo. Mercedes olía a espliego la tarde en que se habían quedado solos en la estancia, haraganeando en las hamacas de la galería azotada por el calor. Él la había mirado con hambre y ella lo había mirado con gula.
Su prima hermana Mercedes le llevaba casi veinte años y era una hembra espléndida, acostumbrada a tomar lo que quería cuando quería. Ella le había enseñado los caminos de su cuerpo del color de los duraznos maduros, lo había mordido, lo había saboreado y lo había bebido. Lo llamaba “mi chiquito” y lo acunaba entre las tetas duras y gloriosas mientras le daba lecciones a domicilio.
Mercedes había hecho un escándalo histérico el día en que él le dijo que quería cortar la relación.
“¿Pará, boluda, te creiste que me iba a casar con vos?”, había preguntado entre incrédulo y burlón, con todo el aplomo y la arrogancia de sus veinte años.
Mercedes se enfureció y le vomitó toda su hiel de mujer madura abandonada. “¡Criadito de mierda, quién carajo te creés que sos!”
De todos los insultos de Mercedes, el que lo corroía era el “criadito”. ¿Qué me quiso decir? Algo en la mirada apenada por guardar secretos, se agazapaba en las conversaciones de las viejas de la estancia.
Algo que las tías y las primas ocultaban detrás de las sonrisas hipócritas. Algo en las palabras delirantes de Dora, que sólo hablaba de su hijo mayor.
“Me lo mataron y me quedé sola”.
“Me tenés a mí, mamá”, le dijo.
Ella lo había mirado desvahída entre la neblina de los antipsicóticos.
“¿Vos quién sos?” le preguntó.
“Conrado”, respondió.
“Conrado está muerto” replicó ella volviéndose en la cama hacia la ventana.
“Ese era papá”, casi sollozó, “Soy yo, Conradito”.
“Vos no sos nadie”, dijo ella sin darse vuelta. “Te trajeron y después se llevaron a mi hijo”.
El médico de la familia le explicó que la medicación de Dora podía provocar alucinaciones y pérdida de contacto con la realidad.
— ¿Dónde nací, doctor?
— ¡En la estancia, Conrado! Tu mamá está desequilibrada. ¡Delira!, ¿no entendés?— replicó el médico y dio por terminada la conversación.
Iba a “entender” de una vez por todas. Se aseguró de tener el territorio libre, ya que el viejo — hacía rato que no lo llamaba “abuelo”—, pasaba mucho tiempo allí, ocupándose de los asuntos más confidenciales de la Orden. Pensaba sonsacar a las viejas que lo adoraban y se dejó mimosear un rato a fuerza de mate y pan con manteca. Cuando empezó a preguntar, las mujeres fueron saliendo una a una hasta que quedó Enriqueta, que había reemplazado a Ofelia cuando la correntina se fue a Buenos Aires para cuidar a Fernandito. Queta era casi tan antigua en la estancia como Ofelia, así que tenía que saber.

— Decíme la verdad, Queta. Ya sé que no soy hijo de Dora. ¿De quién soy hijo?
— ¿Y esa barbaridad quién te la dijo?— preguntó la vieja dándole la espalda.
— El doctor — mintió.
Hubo un silencio largo quebrado nada más que por el ruido del agua al calentarse.
— Nosotras te criamos como si lo fueras— murmuró la vieja.
Aguantó el cimbronazo de la confesión y siguió preguntando.
— Ya sé, si no te reprocho nada. Pero... quiero saber.
Queta acomodó el culo grandote en una silla que no le alcanzaba y se cebó un mate largo antes de contestar.
— Mirá, Conradito: no me vayás a soltar una palabra, porque se arma, ¿eh? ¡Te doy la paliza de tu vida!
— Dale, no digo nada. Soy una tumba.
— Tu papá y tu hermano te trajeron de Buenos Aires... cuando tenías, no sé, una semana de nacido. Se dio la orden de decir a la familia que eras hijo de una chinita de Bolívar y que tu papá se había hecho cargo y pagado todos los gastos. Pero la verdad es que te trajeron de Buenos Aires— Queta cebó un mate y se lo tomó antes de seguir—. Sabés, vos naciste en una época muy fea. Acá no nos enterábamos de mucho, pero pasaban cosas...
— ¿Qué cosas?
— No sé... Cosas— Queta se miró las manos regordetas y ásperas—. Hay gente que todavía hace manifestaciones... Una no sabe si creer o no...— pero la cara de Queta decía que creía.
— Pero mi viejo... porque Conrado sí era mi viejo, ¿no, Queta? Yo me le parezco... Me parezco a mi hermano...
— ¡Nooo! ¡Qué te le vas a parecer! ¡Él era terrible! De chico era contestón, tremendo... ¡Si el patrón tuvo que darle una vez un chirlo en la boca! Y de grande, mejor ni hablar: el mismo carácter que el padre, así, fuerte, orgulloso...— Queta pronunciaba “orgulloso” con acentos por todos lados, recalcando cuanto de pecado capital había en el calificativo—. No, vos sos tan dulce, tan seriecito...No tenés nada que ver...
Él se levantó despacio después de tomarse el último mate. Cuando salía de la cocina, Queta lo llamó.
— Siempre fuiste diferente. No cambies, Conradito, y no revuelvas más— la mirada de la mujer se volvió aguachenta—. El pasado es pasado. Dejá a los muertos en paz. El patrón te aceptó como un nieto más.
Antes de salir se detuvo en el vestíbulo. No sé a quién estoy mirando en el espejo.

****
— Mirá, pibe...
— Pibe las pelotas. Soy mayor de edad— se plantó delante del médico—. Tengo derecho a saber— aplastó la partida de nacimiento encima del escritorio.
El médico lo miró sin pestañear.
— Vos sos milico, ¿sí? Bueno— metió la mano en un cajón y sacó una credencial—, yo también. Teniente coronel médico. Vos sos un Seoane. Yo firmé tu partida de nacimiento. No hay nada más que decir. Puede retirarse, subteniente— se paró junto a la puerta y la abrió para que él saliera.
Conrado Seoane se fue con la humillación retorciéndole los músculos de la cara.

(1) Broma que alude a la infalibilidad del Papa

martes, 11 de octubre de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 26

OFICINAS DEL DIPUTADO J-J AYRAULT, CHAUMONT. LUNES POR LA TARDE


La línea directa sonó, interrumpiendo la lectura del diputado Ayrault, ocupado en su próximo discurso.
—¿ Quién?— ladró.
— Conrado Seoane.
— Lo escucho— Ayrault moderó los malos modales: aunque fuera un pendejo, Seoane era su futuro socio.
— El operativo se lanza el jueves.
— De acuerdo— casi saltó de alegría en el sillón: Seoane se estaba retrasando demasiado para su gusto.
— ¿Los recursos?
— Todo preparado y en regla. Mi gente se moverá mañana— aseguró Ayrault.
— No habrá más comunicaciones hasta que su grupo esté de regreso en París.
— Comprendido.
Cortaron sin saludarse.
Ayrault se sirvió un coñac y lo sorbió despacio, mientras el pulso le volvía a su ritmo normal. Los algo más de veinte millones de dólares escamoteados a la Orden y depositados en el banco de las Cayman Islands le alteraban los latidos cada vez que se comunicaba en forma directa con un miembro de la Orden. El problema más urgente a enfrentar ahora era que no podría usar el mismo cuento de nuevo, y las cifras eran tan tentadoras como antes. Los “inconvenientes” que había "sufrido” Euroavventura con la muerte de Giuliani, y alguna que otra oportuna intervención de prefecturas africanas sobornables con pequeños porcentajes de los embarques, habían agotado la confiabilidad de la empresa y él necesitaba a la fuerza mostrarse confiable.
La única piedra en su camino era el cretino incompetente de Ruggieri, que no terminaba de poner sus patas embarradas encima de BCB. Era una perla que no podía darse el lujo de perder. En realidad, no tenía intenciones de perder absolutamente nada salvo socios imbéciles. Si la accionista mayoritaria de BCB se queda sin socios, seguramente escuchará ofertas. Dejemos que Ruggieri haga la primera parte del trabajo y después veremos. En poco tiempo más, de acuerdo con los pronósticos de las encuestas y Blanche Lemaire, él tendría una posición negociadora inmejorable. No estaba dispuesto a ser nada más que un perro guardián de los intereses de la Orden y hacer la parte sucia por un porcentaje: para eso estaban los boludos como Ruggieri. Él tenía aspiraciones mucho más elevadas.
Otros políticos lo habían intentado antes que él, y habían terminado en un escándalo judicial de proporciones, pero ir de canciller a traficante de armas no era el camino correcto a recorrer: desde su punto de vista, el inverso era el más seguro, y él estaba en las mejores condiciones para demostrarlo. Si la Orden pretendía que él continuase operando con ellos, debería ofrecerle muy buenas condiciones. Un anillo de oro con el sello de la Orden, no estaría mal para empezar. Ya se ocuparía de conseguir algo mejor.

BUENOS AIRES, CUARTEL GENERAL DE LA ORDEN. LUNES POR LA MAÑANA
Subteniente Conrado Seoane
— ¿Y?— Schwartz sacudió el mentón.
— Todo arreglado— Seoane se volvió a medias y apagó el celular mientras le respondía.
— ¿Son confiables?— Schwartz bajó la voz hasta un murmullo.
Éste no está convencido del todo, pensó Seoane y rió sin ganas.
— Si el viejo y el negro le creen, porqué yo no? Políticos. Son una mierda en todas partes.— A mí la política me importa un carajo. Quiero lo que me pertenece y nada más. Pero no lo dijo en voz alta.
— Nosotros no hacemos nada…— Schwartz se atajó.
— La primera fase del operativo está a cargo de ellos. Todo: personal, armas, transporte.
Schwartz hubiera querido hacerlo él, pero Seoane fue terminante. Era preferible así. Si algún boludo se zafaba y soltaba algo en castellano, estarían todos bien jodidos.
— ¿Cómo mierda se arreglan para sacar el paquetito?
— Una mina.
— ¿Cuándo movemos?
— Nosotros no existimos hasta la segunda fase. Hasta ese momento, hacemos los deberes y cumplimos órdenes como siempre— cabeceó hacia arriba, señalando el cielorraso—. Cualquier orden— reiteró.
— Pará: ¿y si al tira se le ocurre intentar algo?
— ¿Algo como qué?
— Qué se yo, boludo, mover gente de allá...
— No tienen a nadie. Les barrieron a los mejores efectivos de Europa cuando coparon Central hace dos años— Seoane esbozó una sonrisa asesina.
— ¿Y los de Nueva Central?
—Son muy nuevitos, todavía no se ganaron las jinetas. Están para otros operativos. Son killers profesionales, no soldados: yo no los usaría para algo como esto— Seoane sacó un atado de Camel y le ofreció uno a Schwartz con una sonrisa helada que no alcanzaba los ojos del color del lapislázuli.
— Pero el condicionamiento... Siempre pensé que con esos tipos funcionaba de una...
Y a vos no te condicionó nadie, Schwartz,  por eso podés traicionar. ¿Eso es lo que querés decir? La comprensión le recorrió la espalda como un animal viscoso. Tu única fidelidad es con la guita y lo único que te asusta es la posibilidad de no ver un mango.
— Nosotros somos auténticos soldados de la Orden— el oficial más joven fumó con ganas—. Y aunque yo no le guste al negro, él confía en vos y en aquellos que vos elijas, como por ejemplo a mí— sonrió pensando en la ironía: era él quien había elegido a Schwartz, precisamente porque Ortiz lo consideraba un hombre confiable.
— Además, no puede arriesgarse a perder: está en juego el prestigio de la Orden, ¿te das cuenta? ¿Cualquier boludito nos toca el culo? No, bebé. Va a ir y nos va a llevar y va a intentar cualquier cosa. Y yo lo voy a hacer mierda.
— No lo podés ni ver, ¿no?— Schwartz sonrió de costado.
— Negro hijo de mil putas. El "criado" del viejo... Le robó el lugar a mi hermano...— Seoane torció la boca.
— El viejo te tiene aprecio ...— Schwartz se encogió de hombros.
No le respondió. El viejo... él también me debe mucho. También tiene que pagar por lo que hizo.
****
Una puerta al final del corredor se abrió. Schwartz y Seoane se saludaron como si acabaran de cruzarse y cada uno siguió hacia un extremo opuesto del pasillo.
Schwartz escuchó a Seoane saludar al asistente de Ortiz. El nabo de Rinaldi. No me gusta, no le gusto. Forrito. Saludó a su vez y siguió hacia el baño. Qué guacho, el pendejo. Durísimo. Parece mentira que tenga veintiuno. El hermano estaría orgulloso de él. Apoyó el cigarrillo en el borde del mingitorio, cuidando de no salpicarlo.
En los círculos más cerrados de la Orden se comentaba en voz bajísima que el viejo en persona había dado la orden de “anular definitivamente” al Brigadier. Nunca había comunicación oficial de motivo alguno, pero otras células “anuladas definitivamente” en Europa en el mismo momento que el Brigadier, lo habían sido por traición. Una sensación desagradable hormigueó por la espina dorsal del mayor del Ejército Argentino Jorge Osvaldo Schwarz. ¿Y ésto que vamos a hacer, qué carajo es? El pensamiento le cortó el chorro.
¿El nenito se quiere tomar revancha? Problema de ellos y entre ellos. Las venganzas ajenas me importan una mierda. Yo quiero mi parte. Aunque, no sé, meterse con el viejo... El tira, vaya y pase, qué se yo, es un negro de mierda. A mí tampoco me hace gracia que esté donde está. Pero el viejo... Ah, París, París. El pendex que haga lo que quiera con la manija. Yo me retiro en plena gloria de la carrera militar. Me pagan y 'orrevuar'... Que me vengan a buscar... canturreó mentalmente mientras se subía el cierre de la bragueta.
****
Seoane se encerró en su cubículo. Schwartz es una cucaracha pero lo necesito. Schwarz estaba entusiasmado con su papel de vengador anónimo y había sugerido el toque de los archivos nazis. Schwartz era tan Schwartz como él Seoane, pero el padre de Schwartz se había dado el lujo de elegir un nombre alemán: si los del Centro Wiesenthal encuentran a “Jürgen Schwartz”, lo cuelgan en donde esté y sin juicio previo. Y a mí qué carajo me importa.
Oficiales nazis 
El muy guacho se había reído:
— Mi viejo está en el Paraguay y los forros de los judíos dieron vuelta medio Brasil buscándolo. De última, ya pasó los ochenta. Ya vivió su vida, él entendería.
Es un turro. Cualquier cosa se puede usar si rinde beneficios. Lo cierto es que Schwartz sabía de la existencia de esos archivos que podrían haber entregado a su padre en manos de la justicia alemana o francesa. Él no tenía intenciones de usar los archivos; era una maniobra de distracción para desviar la atención del enemigo hacia otro flanco, y poner a todas las ratas juntas en la misma ratonera.
Schwartz tiene a sus propios hombres, y yo no tengo otro tipo tan bien entrenado como él y que pueda conseguir tantos efectivos. “Todavía no te ganaste las jinetas, nene”, me dijo. “Sos muy capo, pero demasiado pendejo. Vos pensá, yo te manejo la gente. Podemos hacer un equipo imbatible”. ¡Equipo! A éste lo único que lo moviliza es la guita. Mi hermano lo tenía bien calado.
Una historia oscura relacionada con la guerra en las Malvinas, que Seoane no había llegado a desentrañar del todo, nublaba la supuesta íntima amistad entre el mayor y su finado hermano. Él era un mocoso en aquella época y sólo conocía de oídas la versión retransmitida por el "correo secreto" del Liceo Militar. Se habían hecho muchas porquerías en Malvinas, las Georgias y el Atlántico Sur. Había muerto gente que no debería haber muerto jamás y se habían rendido quienes habían jurado morir en el frente de batalla. Unos cuantos tiras todavía miraban incómodos por encima del hombro cuando andaban cerca de algún veterano de menor rango. A Schwartz lo habían ascendido después que a su hermano, decreto del PEN mediante, y junto a otros oficiales de pasado bélico dudoso, en una movida poco publicitada "para no generar irritación en la población”.
Cada vez que podía, Schwartz se pavoneaba ante él de su amistad con el Brigadier. Sin embargo, ese pavoneo se diluía si aparecía alguno que hubiera conocido a ambos en los años de plomo. Oculta algo. Me gustaría tener tiempo para descubrir qué.
Conrado Seoane apretó los labios. ¿Tendría que haberlo preparado desde Central? No: los de Central son ferozmente leales. El condicionamiento sí funciona. También funcionaba cuando mi hermano lo manejaba. Papá... Mi hermano...La puta que te parió, viejo de mierda, cómo pudiste... Mi hermano era de tu propia sangre, tu mano derecha. "La mano derecha del diablo", le decías y se reían. La rabia le atenazó la garganta. Tranquilo. Estas cosas se hacen con la cabeza fría.
Cargó el CD, tecleó la clave de encriptamiento y el plano se desplegó. Con doce hombres dominamos cualquier situación. Schwartz pensaba utilizar veinticinco, previendo cualquier posible pérdida. El personal de servicio no contaba aunque fuera un batallón. “Si joden son boleta antes de que se den cuenta” , había afirmado el mayor, acariciando la culata del arma en la cartuchera.
Y él podrá tener a cuántos: ¿veinte, veinticinco de los suyos? Puede duplicar el número si lleva a los de Central... No, no se puede arriesgar a dejar Central desprotegida. No lo va a hacer. Yo no lo haría. ¿Qué haría yo en su lugar?
Se lo había preguntado con cada paso de la planificación del operativo: pensar las reacciones del otro y sorprenderlo con anticipación y movimientos inesperados. Así se hace la guerra de verdad, me lo enseñó mi viejo. Papá, que le había mostrado la Cruz de Hierro ganada en el frente. Se le habían llenado los ojos de lágrimas cuando su padre se la regaló delante de su hermano mayor, que lo miraba con orgullo. Su hermano mayor también tenía medallas de las Malvinas. Guerras. Palabras ajenas a su vida de todos los días, hasta que a los diecisiete, el día que terminó el Liceo Militar, su padre y su hermano lo sentaron para contarle a escondidas del resto de la familia.
“Hice lo que debía hacer”, dijo su padre. “Un soldado siempre cumple con las órdenes. Yo cumplí”, y le regaló la condecoración.
“Hice lo que me ordenaron”, sonrió su hermano con suficiencia. “Eran terroristas, subversivos, montos que conspiraban contra la Patria. Ahora quieren reivindicarlos como víctimas. ¿Y los que mataron ellos? ¿Los oficiales, los colimbas, los policías? ¿Quién se acuerda de Tucumán y Formosa?”

Las condecoraciones que atesoraba eran lo único que le quedaba de ambos, después de la muerte de su hermano en Francia. Por orden del viejo, se habían limitado a repatriar el cadáver y enterrarlo en un cementerio privado. No lo velaron ni dejaron ver el cuerpo.
“Para qué”, había dicho el viejo desde el fondo de su bergère. “Ya debe estar descomponiéndose. Los trámites de repatriación de restos no son sencillos y llevan su tiempo”.
El único que lloró fue él. Un clasificado en las necrológicas de La Nación y Clarín fue la única mención: ”Mayor del Ejército Argentino Federico Seoane. Q.e.p.d. Sus familiares lamentan comunicar su deceso en el extranjero”.
Tampoco hablaron de sus medallas de Malvinas. Su batallón era el que había participado en la mayor cantidad de acciones de combate y sus superiores los habían felicitado. Lo sabía porque papá había guardado los diarios para cuando él creciera. Guardaba las medallas en la misma caja que la Cruz de Hierro de su padre.
Papá, te llegó la hora de la revancha. Otra vez uno de tus hijos al frente de la Orden. Lo hago también por mi hermano. Cerró el archivo y se reclinó en la silla.
Y en cuanto al otro, boleta. Es un mal bicho. ¡Quiere armar una "organización paralela"! ¡Si será boludo! Con la Orden no se jode, forro. Estos políticos son todos iguales, mierda pura. La guita, la guita, empiezan a corromperse con la guita y después no paran: merca, minas, cualquier cosa. Imbécil, lo que importa es el poder, y quién lo maneja. Las riendas del poder bien cortitas en la mano. Sin vicios, sin excesos. Sin pasión pero sin piedad. Decisiones de poder y nada más.
Debe ser en lo único en que coincidimos con el negro de mierda.

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. LUNES, ÚLTIMAS HORAS DE LA TARDE
— Comisario , no puedo localizar a Dubois— Meyer asomó a medias su humanidad portentosa—. Todavía debería estar en París. Tenía previsto viajar mañana a Milán.
El mensaje era claro: "Dubois se está haciendo el boludo y no responde a los llamados al orden".
— Está bien— suspiró Odette—. Trataré de encontrarlo— "Intentaré hacerlo entrar en razón".
Meyer sonrió aliviado y desapareció.
El celular de Marcel tenía la casilla de mensajes saturada, lo mismo que contestador telefónico de su departamento. Podía pedir un rastreo, pero prefería encontrarlo por las buenas. Avisó que salía.
****
Marcel estaba metiendo la ropa en el bolso y ecuchó los timbrazos. Que se vayan a la mierda. Había recogido los setecientos mensajes de Jumbo en su celular y el contestador para que se comunicara con el Quai. Les faltó mandame palomas mensajeras. Se imaginaba perfectamente porqué querían que se presentara.

El ruido de la llave en la cerradura lo atornilló al piso. La única otra persona que tenía llave de su departamento era la última que esperaba ver. Salió del dormitorio y encontró a Odette esquivando los restos del tsunami que había pasado por el salón, dejando ropa sucia tirada, latas de cerveza vacías y diarios apilados encima de la mesa.
— Qué milagro...— le dijo, con la voz teñida de sarcasmo.
— Meyer te estuvo llamando todo el día— Odette evitó responderle.
— ¿Viniste a comunicarme oficialmente que me apartaron de la investigación?
— No vine a comunicarte nada. Michelon no quiere que te muevas de París.
—¿Vas a reemplazarme ahora que estás al frente?
— ¡Nadie te reemplaza! La situación cambió. ¿No te enteraste del tiroteo de esta mañana?
— ¡Están intimidándonos!— estampó un puño sobre la mesa—. Estamos demasiado cerca, ¿no se dan cuenta? Todavía tenemos algo de ventaja y no pienso perderla.
— ¡No es una cuestión de perder ventaja sino vidas, por Dios!
— No— la miró desde debajo de las cejas, con la decisión petrificada en la cara—. Yo arriesgué el culo en este caso y no pienso tirar todo a la mierda porque se asustaron.
— ¿Quién habló de tirar nada? ¡Se trata de prudencia! ¡Saben que estás detrás de ellos!— Odette dio un paso adelante y tropezó con un diario tirado en el piso— ¿Carajo, no vienen a limpiar?— murmuró enojada y se agachó a recoger el diario.
— Lo lamento: es el departamento de un hombre soltero que pasa mucho tiempo fuera. El mismo hombre que rechazaste cuando te ofreció vivir juntos en este departamento mugriento.
Ella retrocedió como si la hubiera golpeado.
— ¿Te duele? ¡Si supieras cuánto me dolió a mí que prefirieras encerrarte en un mausoleo de lujo, con las fotos y la ropa de un muerto! — los ojos de Odette se llenaron de lágrimas, pero él ya no podía contener todo ese veneno que lo amargaba—. Ensucio, desordeno, dejo los diarios tirados y me equivoco. Cometo miles de errores nada más que porque estoy vivo. Me harté de competir con un fantasma. No voy a hacerlo nunca más.
Odette estaba pálida como el mármol cuando atinó a tomar el picaporte, la mirada arrasada y sin aliento. Salió al pasillo y corrió hasta el ascensor, sin cerrar la puerta.
Él se quedó en el medio del salón, temblando de coraje, sin darse cuenta de que también lloraba.

jueves, 29 de septiembre de 2011

PARÍS, XI° ARRONDISSEMENT, DEPTO. DEL CAP. DUBOIS. DOMINGO A MEDIODÍA
¡Cristo, el teléfono! Casi se cayó de la cama por alcanzarlo.
— ¿Marcel?— Era Jean-Pierre.
Marcel apretó los ojos y los dientes, tratando de recuperar la voz. Durante las décimas de segundo que había tardado en responder, se había ilusionado con que era Odette quien llamaba y ahora tenía un nudo en la garganta. Contuvo el impulso de arrancar el maldito artefacto y tirarlo al carajo.
— Soy yo— articuló.
— Estoy en París y... pensé que... podríamos almorzar juntos.
Iba a decir que no, que estaba hecho mierda, pero no tuvo coraje para negarse ni para dar explicaciones. Al fin y al cabo le serviría para no pensar.
Jean-Pierre estaba esperándolo en la puerta del restaurante. Firme como un gendarme, fue la primera estupidez obvia que se le cruzó por la mente, hasta que al acercarse vio la mirada ansiosa de su padre, que manoseaba un sobre marrón grande. Comprendió que Jean-Pierre tenía tanto miedo como él y que hacía los mismos esfuerzos por ocultarlo.
Se sentaron a una mesa para fumadores y sacaron los paquetes de Gauloises al mismo tiempo.
— Yo invito la vuelta— sonrió su padre y él asintió, guardándose sus cigarrillos para después.
Pidieron el vino y la comida, y si el camarero se sorprendió por las cantidades, se guardó la opinión.
— ¿Qué pasa, la gente dejó de comer en París?— preguntó Jean-Pierre cuando el camarero se retiraba mirándolos de reojo.
— No hay tanto tiempo para disfrutar de una entrada, un plato principal y un segundo— aclaró Marcel.
— Pero hoy es domingo. Me gusta comer bien los domingos.
El sobre marrón había quedado en un rincón de la mesa y Marcel lo miró dos o tres veces antes de que su padre se decidiera a revelarle el contenido.
— Son... fotos. Te las traje porque pensé que... te gustaría tenerlas.
El nudo en el pecho amenazó con apretársele y no dejarlo comer. Cuando Constanza se había ido con él, casi no habían llevado fotografías familiares. Él había conservado una a escondidas, durante varios años, hasta que la rompió después de la muerte de su madre. Era una toma de toda la familia en una plaza de Grenoble. Él tendría unos tres años y estaba en brazos de su padre.

Jean-Pierre tomó el sobre y las manos le temblaron; las fotos se desparramaron entre las copas. Empezó a describirlas pero se quedó sin voz y fue pasándoselas de a una, como si fuera una ceremonia. Mudos, recorrieron las imágenes hasta que una gota se estrelló sobre el mantel y Marcel descubrió que era una lágrima suya.
— Cristo, soy un boludo grandote— murmuró. Al levantar la mirada, Jean-Pierre también moqueaba.
— Yo también soy un boludo, y más grandote.
— Yo soy más alto— se plantó Marcel.
— Pero yo soy más pesado — porfió Jean-Pierre—. Y más viejo.
Se rieron y siguieron pasando tomas hasta que aparecieron unas de partidos de rugby, otras con la graduación en el Liceo y finalmente, la imagen de una fila de oficiales de policía en uniforme de gala. Marcel miró a su padre y buscó la foto siguiente: él mismo, durante la ceremonia de entrega de las insignias de teniente.

—¿Cómo... cómo...? — no atinaba a formular la frase completa.
— No te mentí cuando te dije que siempre estuve cerca.
Sintió que algo se le disolvía en el pecho y lo liberaba. Volvió a las fotos y las repasó una a una.
—¿Puedo... quedármelas?
— Para eso te las traje.
— Pero...
— Tengo copias de todo. Deformación profesional— Jean-Pierre aclaró con media sonrisa que intentaba ser burlona.
Marcel asintió sin hablar. Dos hombres grandes, sonriéndose y llorisqueando en un restaurante. Parecemos...
— Mejor que paremos con esto o van a pensar que somos maricas— Jean-Pierre le leyó la mente y Marcel no pudo aguantar la carcajada.
El clima emotivo se había quebrado, gracias a Dios, y podían seguir comiendo y conversando civilizadamente sobre el trabajo, el fútbol y el rugby. Como padre e hijo.
Se zamparon el almuerzo a pesar de las sospechas del camarero, que se entusiasmó hasta el punto de recomendarles el postre. Sin consultarse siquiera, pidieron dos porciones y café.
— Soy un descortés, no te pregunté por Odette— dijo su padre y a Marcel se le atragantó la torta de chocolate. Jean-Pierre no se dio cuenta y continuó—. Pero la verdad es que... quería que estuviéramos solos. No sabía cómo ibas a reaccionar con las fotos y...
— Está bien, no te preocupes. Son... un regalo hermoso. Hermoso. Gracias.
Su padre tuvo la delicadeza o la masculina despreocupación, nunca lo sabría, de no volver a mencionar a Odette y Marcel lo agradeció en secreto.
—Tengo que tomar el vuelo a Estrasburgo— Jean-Pierre miró el reloj—. Esta escapada está fuera de reglamento.
— Te llevo.
En la puerta de embarque, su padre le dijo:
— La próxima es tu turno. Conozco un par de lugares en Estrasburgo que harían poner colorados a unos cuantos pretenciosos de aquí.
Le prometió ir a visitarlo pronto. Descubrió que tenía unas ganas enormes de conocer ese par de lugares. De regreso a su departamento, se sentó junto al teléfono a repasar una vez más las fotografías, pero el muy puto no sonó en toda la tarde. Cuando se fue a dormir sin comer, la amargura lo había ganado de nuevo.

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. LUNES A MEDIODÍA




— ¡Quién dio la orden!
— ¿Quién es Ud.?— preguntó arrogante uno de los agentes de uniforme.
— Yo soy la comisario Marceau— Odette respondió con gentileza forzada—. La pregunta es: quiénes son Uds. y porqué lavaron este auto— repitió en tono medido.
— ¡Llamaron por teléfono!— el más joven se asustó y buscó el apoyo de su compañero.
— ¿No se identificaron?
— Me...nos dijeron... — titubeó el mismo agente.
—¿Es que no conocen el procedimiento?— Odette interrumpió con severidad.
— ¡Como dieron la orden creímos que ya habían terminado de tomar las evidencias!— repitió el que había hablado todo el tiempo. El otro mantenía un silencio prudente.
— Acompáñenme— ordenó sin dar lugar a réplica y se apartó para que los imbéciles pasaran delante de ella. El silencioso le lanzó una mirada calculadora con el rabillo del ojo: éste no está asustado, lo preocupa más cómo escaparse de ésta. No le perdió pisada al astuto: ¿por qué querrías irte si te dieron una orden y la cumpliste? Por el pasillo venía Meyer y tuvo una idea.
— ¡Esperen!— en un aparte le pidió a Jumbo que tomara nota de los números de placa de los tipos y le pasara los datos confidencialmente y siguió a toda velocidad por el pasillo, haciéndoles señas a los dos agentes.
— Arriba, a mi oficina. Tercer piso, izquierda... ¡La puta madre!
El arrogante le hizo zancadilla a su compañero y corrió hacia la escalera. Cuando pasó a su lado, la estampó contra la pared de un empujón.
— ¡Detengan a ese hombre! — gritó mientras corría tras él, rebuscando el arma en su bolso. Detrás de ella corrieron Meyer y dos oficiales más—. ¡Alto o disparo!
El hombre estaba a punto de disparar cuando Michelon apareció en el último escalón: el tipo lo pensó mejor y con velocidad pasmosa, le pasó el brazo por el cuello a Michelon y le puso la pistola en la sien.
— ¡Atrás! — aulló, y arrastró a Madame con él.
Odette siguió corriendo mientras el edificio se convertía en un pandemonium de gritos, órdenes y contaórdenes. Se lanzó escaleras abajo, seguida de Meyer. Por el griterío supieron que el tipo iba al estacionamiento. Meyer ordenó a los que los seguían que se apostaran en las entradas y salidas, y que no intentaran nada hasta su orden. Pero el tipo no tenía intenciones de subirse a ningún auto: arrastrando a Michelon, corrió hacia la calle.
Pensemos, nena, se dijo furiosa. Si va a la calle... ¡lo están esperando! No hizo caso de Meyer, que quería impedir que saliera.
— ¡Comisario, por favor!
— ¡Va a escaparse!— masculló, sacudiéndose la mano de Jumbo.
El tipo se plantó en medio de la calle, desesperado, siempre encañonando a Michelon.
— ¡ Si alguien se acerca le vuelo la cabeza! — aulló.
— Está esperando que lo vengan a buscar— susurró casi sin aliento a Meyer—. No tiren a matar, lo necesitamos para...
—¡Va a llevarse a Michelon...!— replicó el capitán —. ¡Mejor llamo a la Brigada Antiterrorismo..!
— ¡Carajo, haga lo que le digo! ¡Lo único que el tipo quiere es irse!
Mientras Odette se les acercaba, un auto gris proveniente de la derecha entró en su campo visual. Ella miró a Madame y señaló con la cabeza en dirección al auto. El hombre, alerta a los movimientos de todos, cometió el error de desviar la mirada. Michelon se agachó y Odette disparó a la mano del tipo, que saltó y gritó, sosteniéndose la mano herida. Madame se tiró al piso y Odette corrió hasta ella. El auto gris aceleró. El tipo corrió hacia él. Una ventanilla se abrió y una ráfaga de metralla partió al tipo por la mitad.
— ¡Al suelo, Claude, no se levante!
Odette cubrió a Michelon con su cuerpo y apuntó a los neumáticos del auto. Algo les cayó encima: Meyer y docena y media de oficiales, suboficiales y agentes rasos, en un scrum inolvidable. Meyer le acertó a un cristal, pero el auto tomó el puente a contramano y desapareció en el tránsito enloquecido por el tiroteo. Las sirenas aullaron su impotencia.
Una ambulancia recogió el cuerpo destrozado del falso agente. Se quedaron sentadas en medio de la calle, furiosas, Odette frotándose la rodilla y Madame, el codo.
— Nos dejaron sin testigo— murmuró Odette mientras se revisaba las medias rotas. Mierda, medias de ochenta francos.
Meyer las ayudó a incorporarse.
— Dispersen a los curiosos— ordenó Michelon —. Prefiero que los civiles no me vean pasar por estúpida.
La orden se cumplió de inmediato.
****
— El número de placa del sospechoso corresponde a un suboficial retirado a fines del año pasado— les informó Meyer, en el despacho de Michelon—. A ver qué nos dice Archivos— y tecleó el mensaje junto con el número de placa.
El e-mail de retorno no se hizo esperar y Jumbo pidió el resto de la información. Cuando recibió la respuesta, las miró a ambas con una mueca de abatimiento.
— Sargento René Picard, sesenta y cinco, retirado. Falleció hace cuatro meses de un paro cardíaco.
El silencio era opresivo.
— Cómo mierda consiguieron la placa...—, dijo Michelon sin mirar a ninguna parte.
— Podría ser una falsificación— sugirió Odette—. Si uno tiene un original y una prensa de estampar metales...
— Y consigue los números de los finados... — agregó Meyer, cabeceando.
— Alguien que tiene acceso al sistema— Michelon los miró—. Creí que éramos inviolables pero parece que no es así.
Odette levantó el teléfono y llamó a Witowlski de Sistemas.
— Podemos detectar cualquier entrada ilegal en menos de seis minutos— el teniente Viktor Witowlski de Sistemas se pavoneó—, y estamos trabajando para reducir los tiempos.
— ¿Cuánto tiempo llevaría efectuar una búsqueda, digamos, en Personal?
— Bueno, primero tienen que acceder, después buscar los links, conocer las claves de ingreso a esa parte de los files, y depende de lo que busquen...
— Por ejemplo, suboficiales retirados.
— Eso puede tardar un poquito más... Digamos, diez minutos. Si saben lo que tienen que hacer, claro. De otro modo pueden estar buscando un buen rato hasta que consiguen la información: si hackean los pescamos— contestó, satisfecho.
Michelon asintió despacio.
— Gracias, teniente. Nada más quería conocer la situación.
Witowlski hizo una mueca parecida a una sonrisa y salió.
— Los tenemos adentro. La puta que los parió — Madame estaba pálida de furia y le temblaba la voz.
Transcurrió una pausa ominosa, rota por la estridencia del interno.
— ¡Necesito un guión para el comunicado de prensa!— suplicó Laure, atosigada por la prensa.
— Jesús, tengo que pensar en algo coherente— murmuró la comisario—. Laure, dame cinco minutos. Señores, tenemos un problema— Michelon paseó la mirada de un gris tormentoso de uno a otra —. Los tipos detrás de los que vamos, liquidaron a Henri, y si hoy no hicieron más, habrá sido porque no estaba previsto — Madame inspiró antes de seguir— Marceau, hoy mismo la pondré en antecedentes de todo el caso. Meyer, alcáncele a la comisario copia de sus informes. Hasta hoy supusimos que Dubois y Ud., capitán, estaban relativamente seguros bajo sus coberturas, pero la situación cambió. ¿En dónde está Dubois?
Odette desvió la mirada y murmuró "notengoidea". Meyer se encogió de hombros con cara de sorpresa.
— Debería estar aquí. ¿No vino hoy...? No, no vino— se preguntó y se respondió.
Odette no abrió la boca y Michelon se imaginó los motivos de su mutismo. Lamento la situación de mierda pero hay prioridades, pensó Madame.
— Meyer— ordenó—, localícelo y que se presente de inmediato. Y usted, Marceau, de ahora en adelante no se mueve sin custodia.
— ¡¿Qué?! Por Dios, no me haga esto... No puedo trabajar así...
— La van a buscar a su casa, la acompañan a donde sea, así sea a comprarse un par de medias. Un hombre armado va con Ud. las veinticuatro horas.
— No podemos desperdiciar a la poca gente que tenemos. Es una locura...
— Es una orden— Michelon subrayó cada palabra—. Meyer, encárguese de hacerla cumplir.
— Sí, Madame— Meyer sonrió mostrando los dientes.
— ¿Me consigo una silla de ruedas o un cochecito de bebé?— su subordinada retrucó malhumorada.
— Guárdese el humor para otra oportunidad— ladró Madame.

martes, 13 de septiembre de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 25

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES, SÁBADO POR LA MAÑANA
El teléfono sonó y sonó y ella no hizo caso hasta que insistieron por segunda vez.
 — ¡Marceau! — Michelon no esperó a que ella terminara de decir "hola" —. Encontraron a Lionel Henri muerto en su automóvil, esta madrugada, en el garage de su edificio.
 — Dios santo — suspiró y se sentó en la cama —. Voy para allá.
— No. Ya retiraron el cuerpo. La espero en el Quai.
Odette llegó al piso con dolor de cabeza y el estómago en la montaña rusa. El interno había sonado durante todo el tiempo que ella había tardado en colgar el impermeable en el perchero.
 — Michelon te está esperando — le avisó Laure y cortó.

Mientras subía contando los peldaños, trató de componer una expresión neutra. Odio que mis asuntos personales afecten el trabajo. Tu problema, ricura, es que el trabajo te afectó los asuntos personales. Entró sin golpear: Madame estaba pálida.
 — ¿Quién encontró el cuerpo?
 — El portero. Aparentemente se suicidó con una manguera conectada al escape del motor. Lionel era mi amigo, yo lo conocía bien, nunca hubiera hecho una cosa así....— Michelon tragó saliva antes de hablar, y lo hizo aprovechando que ella no había abierto la boca todavía —. Tiene el caso asignado.
— ¿No están Meyer y Dubois en esto?— Odette casi saltó del sillón—. Sería interferir en la investigación... — Es un homicidio y Ud. está a cargo. Meyer y Dubois reportan a Ud. directamente.
 Se miraron y Odette meneó la cabeza con decepción.
— Madame, no creo que sea lo mejor en estos momentos...
 — Ya me equivoqué lo suficiente. Basta: Ud. está al frente del caso.
Marcel entró azotando la puerta y se quedó cortado cuando la vio; ella encajó los dientes y se apoyó rígida contra el respaldo de su sillón, los ojos fijos en Madame. Marcel tenía mal semblante.
 — Henri murió en la madrugada.... Ya lo saben...
 — Siéntese, Dubois. Marceau queda a cargo de la toda la investigación, incluída la muerte de Henri. Infórmele a Meyer.
 — Madame, no es lo que ...— Odette empezó a hablar y Marcel la interrumpió.
 — Madame, no creo que sea prudente. Ud.misma excluyó a Marceau de la investigación y ahora...
 — ¡Dubois, son mis órdenes!— Michelon restalló.
 — Creí que se trataba de no poner en peligro a más gente que la estrictamente necesaria— Marcel la enfrentó.
 — ¿Está poniendo en duda mi autoridad? — siseó la comisario.
— No, Madame, en absoluto — Marcel vaciló un instante antes de responder entre dientes.
— Madame, permítame disentir. Ya conoce mi opinión acerca de reasignar...— Odette intentó replicar.
 — ¡Marceau, para Ud. también vale mi autoridad!— Michelon estaba furiosa—. Quiero informes completos de todo lo que hagan. Quiero saber en dónde están y a quién van a ver o interrogar. ¡Y quiero al asesino de Lionel Henri!
 Odette se levantó sin mirar a nadie: mejor que me vaya a hacer mi trabajo.
 — Me voy a la morgue.
 ****

Marcel la alcanzó en el estacionamiento y se metió al auto sin que lo invitara. 
 — ¿Adónde estuviste anoche? Volví loca a media PDP buscando tu auto, llamándote a los celulares, al radio...¿No estabas en tu casa? ¿Podrías responderme por favor?
 Ella continuó conduciendo sin despegar la vista del tráfico mientras mantenía un silencio rencoroso. Se estaba comportando de un modo infantil pero si abría la boca terminarían a los gritos, y no eran el momento ni el lugar. Luchó por contener las lágrimas.
— ¡Carajo, te estoy hablando!— Marcel le tomó un hombro— ¿Podrías parar el puto auto?
Clavó los frenos y estacionó: acababan de llegar a la morgue. Se bajó sin mirarlo.
Marcel la alcanzó y la detuvo antes de entrar.
— Te estás portando como una chiquilina...— la agarró de un brazo y tiró hacia él.
— ¿Y qué estuviste haciendo hasta ahora, si no fue comportarte como un pendejo?— susurró ella entre dientes.
— ¡Te protegía! Todos te protegíamos, inclusive Michelon y ahora me hace esto. Vas a hablar con ella apenas regreses al Quai: te quiero afuera del caso.
— Da la casualidad que Michelon me hizo este presente griego. Entremos de una buena vez— trató de soltarse y él apretó más.
— No me jodas. Te amo aunque no me creas. No pienso consentir que te expongas por un caso de mierda. — Es por lo que nos pagan, Dubois. Y en cuanto a lo otro, creo que tendrías que revisar las bases de tu filosofía amorosa — remachó.
Él la soltó mascullando un insulto y ella acometió el pasillo blanco y frío con una decisión que le costaba sostener.
****

El forense auxiliar los estaba esperando. Por el bien de la causa, Marcel se quedó unos pasos detrás de Odette, que sin volver a mirarlo se acercó al médico. Al cadáver desnudo a sobre la camilla apenas le estaba comenzando el rigor mortis.
— La muerte se produjo alrededor de las cinco de la mañana, por inhalación de monóxido de carbono — informó el médico—. Es una muerte dulce y rápida. Si yo fuera a suicidarme la elegiría.
El sentido del humor de los forenses es algo que muy pocos le aprecian y yo no soy de esos pocos, pensó Marcel, asqueado.
— ¿Cuán rápida?— preguntó Odette.
El cretino presuntuoso pareció no darse cuenta del tono escueto de la pregunta y se dedicó a pontificar.
— El individuo primero pierde la conciencia, después el cerebro deja de funcionar por la anoxia, finalmente llega el paro cardiorespiratorio pero a esas alturas ya hay muerte clínica...— explicó, didáctico como un profesor de Medicina—. Digamos, veinte minutos como máximo, tratándose del escape de un auto. En el caso de las estufas, lleva un poco más, digamos...
 — ¿Cómo estaba cuando lo encontraron?— interrumpió Odette rodeando la camilla.
 — Sentado al volante, la cabeza sobre el pecho. Típico: conectan una manguera al escape, la meten por la ventanilla casi cerrada, arrancan el motor y ahí se quedan.
No la convenciste, doc, pensó Marcel al observar la expresión de Odette.
 — Las causas de muerte son claras, comisario— se jactó el forense—. Tiene todas las señales típicas...
— No dudo de su capacidad para determinar causas de muerte, doctor. Dudo de que Henri se haya suicidado.
— Para sospechar de un crimen, debería haber señales de violencia ¿Ud. se dejaría meter así como así en un auto en esa situación?— el forense se encogió de hombros—. Era un tipo de contextura fuerte, se hubiera resistido.
— ¿Y si lo drogaron, o algo así?
 — Lo primero que hice fue analizar la sangre: está limpio. Ni un sedante, un vasito de vino, nada. Es un suicidio— el tipo esbozó una sonrisita de suficiencia.
— Carajo— masculló Odette cruzándose de brazos; se apoyó en la camilla vecina y después de unos momentos, descorrió la sábana hasta descubrir los brazos del cadáver.
— No hay pinchaduras de nada, no le inyectaron ningún veneno, no lo golpearon para desmayarlo — enumeró vanidoso y levantó la cabeza del cadáver— ¿Ve? No hay hematomas ni contusiones...
— ¿Qué son estas marcas?
 — ¡Ah, comisario, es la marca del reloj de pulsera! Es la mano izquierda... Lo llevaría algo apretado y cuando se detiene la sangre...
 — No creo que usara dos relojes— Odette acotó sarcástica y levantó la mano derecha— ¿Qué me dice de esta marca?
— Ah, bueno, no parece nada demasiado concluyente— el hombre cubrió el cadáver—. No creo que... Bedacarratx entró a la carrera y saludó agitado.
 — Lamento llegar tarde...— una ojeada le bastó para que el auxiliar le alcanzara la ficha de la autopsia. El forense leyó el informe y descubrió el cuerpo hasta la mitad, para revisar los brazos del cadáver. — Tome muestras de la piel de las muñecas alrededor de esas marcas— ordenó y el forense auxiliar se puso colorado—. Son marcas de esposas... aunque casi no hay laceraciones...— Bedacarratx miró la muñeca derecha del cadáver varias veces y comparó las marcas con las de la muñeca izquierda—. Muy leves... parecen arañazos...
— Comisario — el auxiliar tartamudeó, rojo como un tomate —, no comprendo cómo se me pudo pasar... Entonces lo esposaron al volante y sí forcejeó... ¡y por qué no gritó!
— ¿Y si estaba amordazado?— Marcel intervino por primera vez—. Los tipos lo sacan de su casa. En el auto, lo sientan en el lugar del conductor pero en lugar de obligarlo a salir, que es lo que Henri suponía que harían, lo amordazan con cinta adhesiva y lo esposan al volante. Seguramente le hayan vendado las muñecas y por eso las marcas son leves; el resto es historia conocida. Preparan la escenografía, esperan a que el tipo muera, le sacan las esposas y la cinta.
— Y habría restos de adhesivo sobre la piel y alrededor de la boca— Odette sacudió la cabeza. No lo puedo creer, estamos de acuerdo en algo, pensó Marcel y le buscó la mirada. Ella no apartó los ojos pero se mantuvo inexpresiva.
— Sí, siempre queda algo— el forense auxiliar voló a buscar unos tubos de centrífuga, hisopos, una cureta y otras porquerías más, mientras pasaba de rojo a bordó.
Los instrumentos del forense le daban asco. Cuando me muera espero que sea en el mar, así me ahorran el paso por este sitio, pensó Marcel. Quién sabe si el remordimiento por haber dejado escapar el detalle de las muñecas hizo que el auxiliar se pusiera trabajar a toda velocidad. Bedacarratx les pidió que no se fueran.
— Por favor, esperen. Esto no tardará— y se fue a trabajar con el idiota apoplético. Con un ademán invitó a Odette a acompañarlo hasta la pecera de Bedacarratx, mientras encendía un cigarrillo.
— ¡Fume en el cubículo, Dubois! ¡Aquí hay inflamables!— le advirtió el forense.
Mejor no fumo una mierda.
 **** 
—¡Ya está!— Bedacarratx entró triunfante—. No tardé demasiado... ¡Buen Dios, qué humo!
— ¡Qué quiere! ¡Nos archivó aquí dentro casi una hora!— protestó Marcel, malhumorado.
 No habían constituido la mejor mutua compañía, él fumando como el Expreso Oriente y Odette vuelta hacia la pared, con la frente apoyada en una mano.
— Uno de estos días le muestro los pulmones de algún muerto por enfisema y...— bromeó el forense.
— ¡No joda, Ud. fuma Celtiques! ¿Cómo anda su enfisema?
— En casa de herrero...— el médico se encogió de hombros—. Limpiaron los tejidos con alcohol, pero había restos de adhesivo alrededor de la boca y de las muñecas y algunos vellos arrancados. Es homicidio. — Vamos a ver qué encontramos en el auto— Odette frunció el ceño—. Tiene que haber algo.
 — ¿Qué vas a buscar? Si yo lo hubiera hecho, hubiera tomado todos los cuidados posibles, me habría puesto guantes...— Marcel intentó un amago de conversación, animado por el plural.
— Yo hubiera hecho lo mismo, pero nunca se sabe: quizás haya cabellos, huellas de calzado, una colilla de cigarrillos, no sé...Hay que verlo— respondió ella con sequedad, y salió sin invitarlo a seguirla.
Siguen las hostilidades. Masticó el Gauloise y se le lanzó detrás. La alcanzó cuando abría la puerta del auto. Carajo, es capaz de irse y dejarme a pie. Maldita gata caprichosa. 
 — Dame las llaves— tendió una mano imperiosa. Por la expresión de Odette, creyó que se las tiraría por la cabeza. Tuvo suerte: un par de oficiales entraban al edificio y los saludaron. Las llaves le cayeron en la mano y ella se subió al auto, muda. Ofuscado por su silencio, Marcel detuvo el auto en una callecita medio desierta y tomándola por los hombros la obligó a mirarlo.
 — Hablemos.
 — No queda mucho por decir— replicó ella.
— No me hagas esto...
 — ¿Y qué me hiciste a mí?
 — Soy un imbécil— susurró—, un boludo, un hijo de puta, sé que no tengo excusas pero por favor...
— Nunca escuché una definición tan acertada — el sarcasmo fue peor que un cachetazo.
 — Dame una oportunidad... — le rogó con los ojos llenos de lágrimas.
 — ¿Me la hubieras dado a mí? ¿Me la diste alguna vez? — Odette perdió el control —. ¿En todo este tiempo merecí una sola vez tu confianza? ¡El señor no soporta la mentira! Serías capaz de matar por algo así, ¿no es cierto, Dubois?... ¡Creí que era una forma equivocada de amor y no era más que tu ego de macho inflado como un globo!
 Ella trató de bajarse del auto y él la retuvo por la fuerza. Lo insultó y él se aguantó los insultos. Lo odiaba desde sus mismas entrañas y se lo gritó, pero él aceptaba cualquier cosa con tal que lo escuchara. Forcejearon, él tratando de dar explicaciones que ambos sabían no tenían sentido.
— Estoy metido en esta mierda hasta el cuello y no puedo salirme en este momento... Tengo que seguir hasta el final...— trató de tomarle la cara entre las manos para obligarla a mirarlo—. ¡Cristo, cometí millones de errores, ya lo sé, pero te amo! ¡Qué debo hacer para que me creas!
— Nada...— murmuró ella exhausta y sin mirarlo.
— ¡Odette, por favor...!
— No es nada más lo de esas mujeres...¡sería tan sencillo! Pero, mentirme así sobre todo lo demás es... humillante.
 — ¡Tenía órdenes!
 — Creí que podías confiar en mí.
 — Yo no inventé el procedimiento— rebatió con sequedad. El que mencionara el caso lo irritó más de lo que podía admitir. Tenía órdenes: Odette debía ser mantenida al margen. Y ahora se la ponían delante, haciéndolo sentir un incompetente. Para colmo, ¿cómo mierda se las arreglaría para protegerla de los hijos de puta con los que se había cruzado? Era una locura y se sentaría a hablar con Michelon: Odette tenía que permanecer afuera.
— No, no inventaste el procedimiento: yo lo hice y no tuve en cuenta casos “excepcionales”— ella respondió con acritud—. Por ejemplo, que te acostaras con tu jefe y tuvieras que cumplir con un operativo a sus espaldas, haciéndola pasar por estúpida.
— ¡No es cierto! ¡Estás siendo injusta con los dos!
— ¿Y en el próximo operativo, qué? ¿Cuándo deberé enterarme que estás durmiendo con alguien más? Fui una idiota al pensar que esto podía funcionar— ella susurró y la pausa que transcurrió le heló la espina dorsal. “Esto”, eso, eran ellos dos. Pero entre ambos se levantaba una investigación que les destrozaba la confianza mutua. Maldijo a media voz y arrancó el auto. Llegaron al Quai en medio de un silencio pavoroso. Ninguno de los dos atinó a bajar en el primer momento.
— Odette... — hizo un último intento cuando ella estiraba la mano hacia la puerta.
— Pediré el traslado en cuanto termine esta investigación. No podemos seguir juntos en la misma unidad— bajó del auto y no se volvió una sola vez.